En los siglos III-V d.C., los monjes del desierto en Egipto, Siria y Palestina comprendieron la comida como algo radicalmente distinto del placer o el refinamiento que tanto se ostenta en nuestros días. Su dieta —pan seco o paxamatia, legumbres, verduras, hierbas y agua, generalmente en una única comida frugal al día— era una pedagogía del espíritu: sostener el cuerpo lo justo para que el alma pudiera entregarse a la oración, al trabajo y al combate interior. La abstinencia de carne y la llamada “dieta seca” no pretendían dañar el cuerpo, sino entrenarlo, domesticar sus impulsos y recordar que no todo deseo necesita ser satisfecho para que la vida tenga plenitud. Y, sin embargo, en medio de esa austeridad, la hospitalidad era sagrada: siempre había pan reservado para el visitante, porque la caridad estaba por encima del ayuno.
Esa comprensión simbólica de la mesa encuentra un eco inesperado en el ágape que realizan algunas órdenes iniciáticas en nuestros días, donde compartir el pan no es ostentación, sino fraternidad. El ágape no es un banquete de exceso, sino un acto de comunión consciente: la mesa como espacio de igualdad, de palabra compartida y, especialmente, de elevación moral. En ambos casos, la comida deja de ser simple combustible biológico para convertirse en gesto cargado de sentido. Se come para vivir… y para recordar algo más alto relacionado con el misterio de la existencia.
No se trata, claro está, de lanzarnos todos a una dieta seca —cada cual tiene sus pequeñas debilidades, y unas palmeritas de chocolate o unas galletitas también forman parte del paisaje humano—, pero quizá sí de relativizar la importancia casi obsesiva que a veces damos a lo gastronómico. Si la finalidad es la comunión real —con uno mismo, con los demás y con lo trascendente—, entonces el centro no está en el plato, sino en la conciencia con la que se comparte.
Hubo un tiempo en que el sacrificio del cordero tenía una fuerza simbólica profunda: expresaba una era, una forma de comprender la relación entre lo humano y lo divino. Pero las épocas cambian y las llamadas “eras” se superan; de igual forma, los símbolos evolucionan. Como canta la célebre canción del musical Hair, cuando la luna está en la séptima casa y Júpiter se alinea con Marte, se anuncia una nueva sensibilidad: la era de Acuario, tiempo de paz y amor, de transformación interior más que de ritual externo. Más allá de la literalidad astrológica, el mensaje es claro: algunas formas deben trascenderse para que el símbolo siga vivo. El sacrificio animal ya no es necesario ni recomendado, como ya ocurría en el antiguo monacato, donde el pacto noaquita aún estaba claro y fresco.
En última instancia, la pregunta es profundamente personal: si el verdadero Templo que hemos de construir para la Gloria del Altísimo es nuestro propio cuerpo, ¿qué queremos introducir en ese santuario? No solo alimentos materiales, sino también palabras, pensamientos, hábitos. La austeridad del desierto y la fraternidad del ágape convergen en esa misma invitación: comer con sentido, vivir con consciencia y convertir cada gesto cotidiano en una piedra más del Templo interior. Y eso, en la nueva era en la que ya queremos vivir, requiere extinguir el sacrificio animal por una elevada visión hacia la Vida entera, plena y Real.
