Hay locuras que merecen la pena ser vividas, sobre todo las locuras menores, las del día a día, las que pasan desapercibidas pero que sirven de guiño a la existencia. Ayer removía recuerdos de entre las cajas y encontraba figuras con algún significado simbólico que me han acompañado durante años mudanza tras mudanza sin ningún tipo de queja o murmullo. Las miraba e intentaba recordar su origen. Quizás el regalo de algún amigo, el amuleto que siempre acompañó a aquella inseparable amiga, el duende que alguien me regaló en alguna despedida. Estaban allí juntos, en una cajita de madera perdida entre papeles y libros. Cuando abrí la cajita me sorprendió encontrar en ella múltiples recuerdos. Uno de ellos el bote de perfume de un amor lejano. Al abrirlo y oler el perfume que permanecía intacto después de más de quince años fue como sentir un arrebato que me empujó de golpe hacia el pasado. Me interrogué sobre si las cosas del ayer aún existen. Sin duda las emociones están ahí, quizás mancilladas por el lodo del tiempo y las experiencias. Pero basta que sople cualquier viento para removerlas y sentirlas cerca. Quise hacer un ejercicio práctico para despejar las dudas sobre mi reflexión. Cogí un puñado de esas figuritas y las liberé en el jardín. Busqué un rincón mágico donde pudieran encarnar sueños de hadas y duendes, de gnomos y elfos. Pensé que allí estarían bien, y pensé que quizás los duendes del ahora podrían jugar con ellos dándoles vida en algún juego. De momento permanecerán ahí, libres, a la espera de que los duendes aprovechen su poder o algún niño del futuro los encuentre y pueda jugar con ellos. Así, las figuras y sus recuerdos ya no me pertenecen… Serán heredados por la tierra futura… El trayecto sigue y los vínculos se expandirán hasta alcanzar el cielo… Me gusta pensar en la loca idea de que ahí fuera, en algún rincón del jardín, la magia ha empezado a nacer… Pronto habrá duendes por todas partes, pronto las plantas empezarán a crecer de forma increíble y el agua empezará a correr por todo el jardín… Habrá fuentes, saltos de agua, estanques con peces de colores… habrá vida, pero no esa vida llena de preocupaciones y temores, sino vida sana, vida armónica, sencilla. Atardeceres llenos de suspiros, y al final de los días, una confidencia: confesaré que he vivido.
NO a las guerras: testimonio de un marine
Coincidentia Oppositorum
Tanto Goethe como Balzac creían en la unidad de la literatura. Hoy he paseado con ellos, y con muchos más, por mis ansiosas estanterías, viendo como efectivamente esa unidad retomaba sentido en mi pequeña biblioteca. Ayer dediqué el día al jardín, al mundo exterior, a la naturaleza, al Mefistófeles que niega al mundo pero que se convierte en un auténtico aliado para comprenderlo. Hoy tocaba cierto orden en la casa, la cual, por primera vez, he sentido como hogar. Y esto ha ocurrido cuando he desempolvado las últimas cajas de la mudanza de Barcelona, una mudanza que ha durado la friolera de casi cinco años. He empezado a sacar los últimos libros y recuerdos que quedaban por ordenar en las estanterías. Allí estaban mis obras de teología mística, de filosofía, de mitología, de folclore universal. Las novelas de juventud, con Sartre y Camus a la cabeza. Obras que marcaron mi vida y mi pensamiento, que influyeron en mis caminos, que obraron como auténticos focos de sabiduría. Ventanas que me abrieron al mundo y despertaron la curiosidad hacia el universo. Toda la nostalgia del paraíso perdido condensada en esas cajas. En ellas los contrarios coexisten, la multiplicidad provoca una misteriosa unidad de conocimientos y experiencias. Una coincidentia oppositorum, una unidad de los contrarios que totaliza los fragmentos. Y en esas andaba cuando he recibido la visita de dos amigas que fue revelada, sincrónicamente al mismo tiempo en el que unos se iban y otros venían, por otro matrimonio amigo. Estas visitas son gratas porque me conectan al mundo, despiertan el interés por lo que ocurre ahí fuera y engrandecen los vínculos que los humanos tanto necesitamos. Así que agradezco a los cuatro su tiempo. Cada vez que alguien nos piensa y nos regala parte de su historia, debemos actuar con generosidad, y no se me ocurre otra mayor que la del agradecimiento sentido. Así que hoy ha sido un bonito pasear entre amigos, los literarios y los reales. Algo grande está destino a suceder en cada encuentro…
El abrazo de un payaso
Esta imagen resume a la perfección nuestro viaje a India. El abrazo de un payaso a un niño recién rescatado de una muerte segura. Desnutrido por el hambre, luchando por una vida frágil que pende del hilo de la suerte, o quizás de la providencia. El payaso, conmovido, sólo puede abrazarlo con la intensidad de un corazón sensible, un corazón minado por todo cuanto ha visto y experimentado en un mundo terriblemente injusto. Un corazón lleno de cráteres y cicatrices, capaz de aguantar lo insoportable con tal de vencer el espectro de la inconsciencia. ¿Qué nos queda por hacer tras ese abrazo? ¿De qué forma un humilde payaso puede provocar las sinergias necesarias para que el mundo gire de nuevo hacia la paz y la justicia? Hay muchos interrogantes que revolotean nuestras cabezas cada vez que pensamos en todo lo vivido. No puede haber calma en el mundo mientras sigamos permitiendo estas cosas. No podemos permanecer inmóviles al borde del camino como si nada ocurriera. Este abrazo remueve, clama esperanza, trabajo, generosidad. Este abrazo conmueve y por lo tanto nos conecta al sentir de aquellos bien nacidos que se afanan por un mundo nuevo. Este abrazo es la manifestación viva de la utopía que ha de llegar… Veintiún días condensados en este abrazo. Un abrazo de amor… un abrazo de esperanza… un abrazo tierno que reclama hechos… Gracias Kolo Kolo por este momento único… por este abrazo sentido…
Wu Wei
A las siete y media de la mañana estaba en el jardín intentando poner algo de orden en la primaveral expansión de hierbas. Los dioses de la naturaleza se esmeran en propagar todo cuanto sea propicio para la vida. Y la primavera, que ya puede verse aquí en tierras de María Santísima, es el mejor tiempo para la expansión vital. Existe un importante término chino, el wu wei, “no acción”, cuyo significado no es “no hacer nada”, sino más bien “no forzar”. A las nueve de la mañana, cansado de arrancar un millón de hierbas de todos los colores, comprendí que no debía seguir forzando los antojos de la naturaleza. Así que pensé y me acordé de mis maravillosos aliados, los conejos. Había visto en algunos jardines alemanes como los utilizaban sabiamente para cortar el césped. En la ciudad de Essen utilizaban a ovejas, pero no me imaginaba con un rebaño de tal calibre en mi modesto jardín. El año pasado hice la prueba y funcionó, pero a los pocos meses, y debido a que cometí la torpeza de no vacunar a los pobres animales, sucumbieron a la enfermedad. Así que fui hasta el lugar más propicio y adquirí cuatro nuevos conejos. Esta vez, para evitar errores pasados, compré dos inyecciones y las vacunas pertinentes. Hice de veterinario y la verdad es que los pobres cobayos tuvieron que vérselas con mi maña a la hora de ejecutar las banderillas, dos veces por barba.
La reacción de los conejos ante su nueva situación de semilibertad no dejó de ser curiosa. Primero miedo, terror por lo desconocido. Haber vivido toda una vida en una jaula incrustada en una habitación oscura y pestilente sin mayores experiencias que las de un humano dándoles agua y pienso no es muy alentador. Así que cuando de repente se vieron ante la luz del sol y con un campo lleno de miles de flores multicolores, hierba y árboles no se lo podían creer. Empezaron tímidamente a explorar el espacio, probando en cada paso esos nuevos sabores. A medida que iban comiendo hierba y flores, el instinto se iba apoderando de ellos y la llamada de la selva iba tomando forma. Entonces el terror y la timidez desaparecieron y empezaron a jugar, a correr, a saltar alegres por todos los rincones. Las primeras carreras eran muy torpes. ¡Nunca habían corrido en su pequeña jaula! A la hora de estar libres eran auténticas liebres. Apenas se les distinguía entre el forraje alto. Mi pensamiento se repetía un año más: cuatro nuevos seres liberados… Mientras ellos comían hierba, yo seguía intentando descubrir los secretos del wu wei… Así, meditabundo, veía como las cosas de la vida se muestran por sí mismas. Sentía una serenidad especial trabajando con plantas y flores, árboles y tierra, y ahora más con mis nuevos amigos. Todo está bien. Todo está al alcance de la mano. Incluso la felicidad, que tantas veces la buscamos lejos de nosotros mismos. Allí, en ese llanto que incurre en lo secreto, frente a la idea de un universo que va tomando forma en su propia espontaneidad, se hallaba el artista dibujando, sin forzar, su particular wu wei… Un día sereno, calmo, hermoso, frente a las orillas de la vida, sin esperar mayor recompensa que la de seguir vivos… Qué placer más intenso, qué felicidad más esperada… Wu wei… la vigilancia incesante… la vida como expresión de consciencia… la vida vivida en ella misma… sin necesidad de instruirla o dirigirla… se mueve por sí misma… vive por sí misma… habla y actúa por sí misma… Como esas cobayas que ahora transitan de flor en flor…
El misterio de la flor de oro
A veces me vienen imágenes, destellos, recuerdos que intento ordenar sin exceso de sufrimiento o melancolía. El viaje a India aún es reciente y procuro dar largos paseos, hacia fuera y hacia dentro, para ordenar todo lo vivido. A veces las imágenes circulan en el interior de mi cuerpo y, tal y como ocurre en el tratado neotaoísta de “El misterio de la flor de oro”, esas imágenes provocan la circulación de la luz interior. Este tratado dice que la esencia de la vida no puede ser vista ya que está contenida en la luz del corazón. A su vez, la luz del corazón no puede ser vista, ya que está contenida en los dos ojos. Sin embargo, meditando un poco a la manera yóguica, ritmando en todo momento la respiración, los párpados se cierran y entonces los ojos no miran ya hacia el exterior, sino que iluminan el espacio interior. Es entonces cuando uno descubre la luz interior. Y en esa luz las cosas se ven de forma diferente, calmada, desde una distancia tan cósmica que todo parece mecerse ante el lento ritmo de una brisa. Es la luz soberana la que permite ir contra corriente de todas las cosas, el ulta-sâdhana en las técnicas tántricas –avanzar contra corriente-. Detener el tiempo con movimientos regresivos, inmovilizar el pasivo de los balances terrenales para activar la frecuencia de la plenitud. Eso es toparse de bruces con el elixir de la inmortalidad, como cuando en mitad del espectáculo aquel niño –el de la fotografía que acompaño- se acercó y rozó varias veces su pequeña nariz con la mía. En ese momento único se creó la magia de la cámara vacía, ese lugar donde la flor de oro eclosiona y se crea la llama de la luz. En ese instante, los espíritus corren y vuelven hacia el cielo, un cielo de seda y jade. La experiencia de ese momento es tan intensa que realmente es como flotar hacia lo alto. Al recordar todo esto siento cierta simpatía mística, cierta armonía y paz que subyace en los ciclos y ritmos cósmicos. Una paz extraña que alberga la esperanza de un mundo nuevo… Aquellas dos narices que se toparon en la casa de Madre Teresa de Calcuta engendraron una misteriosa flor de oro que subyace en las luminiscencias de la vida simple… Claro que la iluminación es posible. Solo hace falta respirar… cerrar los ojos y hacer circular la imagen de ese niño pegado a la nariz de payaso…
El constructor de casas
He sufrido la metamorfosis necesaria a eso de las seis de la mañana, hora en la que me he levantado leyendo un texto de la Nidada-Katha en la que, después de la iluminación, Siddharta proclamó triunfalmente su victoria sobre el “constructor de casas”. Dice así: “Durante mucho tiempo he errado, atado por la cadena de la vida, a través de muchos nacimientos, buscando así en vano al constructor de la casa. Y dolor es nacer una y otra vez. ¡Hacedor de casas, he visto tu arte! No volverás a hacer una casa. Rotas están todas sus vigas. ¡Destrozados los tejados! Mi mente ha traspasado las cosas hechas para la vida. Por fin se ha alcanzado el final de los deseos”. Y eso leía en unas de esas causales sincronías tras mantener ayer noche una conversación con B. sobre este asunto. Y B. insistía en que todo está conectado, en que todas las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida tiene que ver con ese maravilloso vínculo que nos une más allá del tiempo y del espacio, más allá de la cosmología, de las ventanas del cielo, de los pilares cósmicos, más allá del axis mundi… Así que me levanté revelándome contra el constructor de casas y me afeité la barba, vacié el sagrado centro de toda energía antigua y dibujé ante mi ventana el nuevo panorama. No he sufrido ninguna iluminación porque eso ya no me pertenece, pero si el necesario atrevimiento para seguir mi paso por la tierra sin que la indiferencia se manifieste errante… Sigamos… hay mucho que hacer… y el tiempo es corto…
Un mundo razonado
El dramaturgo Bernard Shaw expresó su punto de vista sobre el progreso en los siguientes términos: «El hombre razonable se adapta al mundo; el que no lo es, insiste en que el mundo se adapte a él. Por tanto, todo el progreso depende del hombre no razonable«. La frase viene a cuento porque alguien me preguntaba esta mañana si lo que hacía, sobre todo el viajar a los infiernos de nuestra sociedad y volver hecho una pena, con esas barbas, me parecía razonable. No hace falta que diga que lo razonable no me motivaría por la sencilla razón de que el mundo que llamamos normalizado vive en un reinado de tinieblas absurdo y reiterativo. Así que prefiero pasar por loco o payaso antes que por persona sensata o razonable.
Ayer fue un día largo, de necesario viaje de Oriente a Occidente siguiendo el curso de la luz que irradiaba fórmulas para volver al punto de fuga, a ese lugar donde convergen todas las líneas que se apartan directamente del espectador. Llegué tarde a casa, pero llegué gracias a la generosa recogida en la estación de autobuses del amigo «X», el cual, además, acompañó con una bolsa de naranjas y otra con batido de chocolate y un pastel. Así da gusto… Uno se siente menos solo con estos gestos amables y sinceros. Y hoy ha sido un día de idas y venidas, de poner cierto orden en todo lo que ha podido repercutir en estas tres semanas de ausencia. La Montaña preciosa, con ese verde teñido de primavera y flores. El silencio me parece un paraiso acostumbrado al infernal ruido de las megaciudades de India. Ahora me siento extraño y lo relativizo todo. Estoy aquí en mi habitación, me toco la barba y miro con cautela este espacio en el que viviría una familia entera. ¿Cuantas familias indias podría acoger toda esta casa? ¿Y cuantas bocas podría alimentar el pago mensual de mi hipoteca? Todo es espeluznante. Por eso es mejor no ser un hombre razonable y seguir imponiendo una complida impostura. De momento dejaré que los días pasen hasta que tenga fuerzas para imponer la búsqueda de nuestro origen. Beberé para ello, tal y como nos recomendaba Luca Pacioli, el dulce jugo de la fruta que mantiene la satisfacción en las mentes de los filósofos. Sólo así podré soportar la levedad de todas las cosas…
EDUCAR EN VALORES: UNA FÓRMULA PARA LA RECUPERACIÓN Y EL “REGRESO”
El barrio de Chembur, en Bombay, es un buen lugar para la última reflexión de este viaje por Oriente. Por sus contrastes de pobreza y miseria, por su carga semántica en cuanto a lugar olvidado, por servir de ejemplo de todo aquello que desde la afortunada atalaya del bienestar produce nausea o hastío. El calor asfixiante empieza a golpear y los ruidos se tornan cada vez más insoportables. Los cuervos se organizan en legión para rebuscar algo de comer. Sus quejidos se meten tan adentro que da la sensación de que salen plumas por todas partes. Los mosquitos inundan cualquier parte sombría acechando en los momentos de distracción. Ahí fuera, más allá de estas cuatro paredes mohosas y cansadas, las calderas del infierno empiezan a hervir las ollas de la sinrazón. La conquista del reino del orgullo y el egoísmo empieza su particular batalla y sus particulares sacrificios.
En estas condiciones resulta difícil escribir con cierta sensatez algo coherente, algo que implique sapiencia sin restringir los accesos y cavidades del alma, pero no quería despedirme de Asia sin una última reflexión. La experiencia en India, en nuestra particular India de pobreza y miseria ha sido francamente dura en muchos aspectos. No sólo porque nos hemos dado de bruces con una humanidad cruel, sino más bien por la sensación aberrante de descubrir que esa crueldad no es una maldad genuina en nuestra raza, sino el producto de una macabra y elaborada ignorancia. Una ignorancia que tiene como premisa la fe absoluta en el progreso egoísta e incontrolado. Un progreso vacío, carente de significado e inteligencia, ciego. Un progreso equivocado a cuenta de tropiezos individuales y hábitos colectivos.
Este descubrimiento ha sido el precio de renunciar a un viaje de placer para indagar y hollar los senderos de la indigencia humana. El precio de un billete caro por la visión y las experiencias vividas. Por toparnos de bruces con una realidad ignorada en los circuitos turísticos. Cargamos nuestras mochilas con la esperanza de la alegría y la sonrisa. Ese era nuestro visado particular para entrar en el lado oscuro del corazón humano. Y nuestra nariz de payasos era el sello que nos identificaba como seres peregrinos extraordinariamente extraños a la naturaleza común. Al ideario común de la prudencia acostumbrada y rebosante de infortunios y carencias extremas.
Los ejemplos de crudeza han cundido. Los países en vías de desarrollo viven acelerados. No existe la paz melancólica de una puesta de sol o el canto de un cisne en un cristalino lago nocturno. Es como si los días no fueran suficientemente largos y los estiraran hasta el límite renunciando con ello a la serenidad de un paseo, de una mirada, de una franca sonrisa. Es como si vivieran en la creencia de que jamás alcanzarán el bienestar profundo hasta que no imiten las asperezas consumistas del primer mundo. Ignoran, además, que el primer mundo desea estar de vuelta de todo y existen luminarias que hablan ya de nuevos valores posmaterialistas y posconsumistas. Un debate que pretende proyectar la utopía de un nuevo mundo, de una nueva forma de entender la existencia desde la autorrealización y la emancipación material. De unas correctas relaciones basadas en la generosidad y el respeto común.
Pero este debate aún está lejos de sus mentes. Tener un buen móvil es síntoma de ser alguien en la vida. Un coche es el premio al progreso, y si además tiene aire acondicionado, es síntoma de que la vida ha sido plena y se ha cumplido con el deber existencial, sin importar si en ese deber se incluye a los otros, al mundo, o sólo a una particular visión reducida de todo cuanto somos. Por eso la prisa por comprar o vender algo. Cuando paseas por las calles de Bombay o Calcuta, es como si todos estuvieran en esa noria que gira acelerada sin que nada ni nadie pueda pararla. Todos quieren progresar… Como si se hubiera inyectado la célula sobrante que obliga a bombear miopía por todas partes…
Los que no pueden subirse a ese carro viven alejados de la realidad. Deambulan de un lado para otro como fantasmas errantes. Se paran en cualquier esquina, rebuscan en la basura algo que tragar y se tumban días enteros en cualquier penumbra para vivir quizás mejor instalados en el mundo de los sueños. Para ellos la única esperanza es que alguien los recoja de las calles y obren el milagro en sus vidas. Como el excelente cocinero que conocimos en el Ashram of Jisu, en la misión jesuita de Pandua, un hombre bueno que meses antes estaba destinado a la destrucción total de su existencia en cualquier estación de tren. O como los cientos de niños rescatados de las calles y que ahora optan por un futuro diferente, lleno de esperanza. ¡Hemos conocido tantos milagros!
Fue precisamente un misionero quien nos puso en la pista y nos dio la clave de todo lo que ocurre: educación. Sólo si se consigue educar a las gentes se obrará el milagro del cambio. Sólo si hay una modificación en los valores, las calles empezarán a ser más limpias, menos ruidosas, las casas empezarán a ser pintadas y restauradas. Todos harán un esfuerzo colectivo por mejorar y erradicar la contaminación asfixiante, por plantar árboles en el gris asfalto, por dedicar más atención al más necesitado, por contribuir a la justicia social, al orden primordial de todas las cosas. Pero no me refiero a una excelente educación académica donde se aprenda inglés e informática. Me refiero a una educación en valores. A una educación que ponga en práctica la buena voluntad en acción. Que enseñe a ser amable, que explique las fórmulas matemáticas de la dignidad humana, las geografías del buen hacer, los lenguajes del alma generosa y entregada, la naturaleza del bien.
Una educación integral que reorganice las prioridades humanas, que mantenga en vilo la prosperidad diferenciando a todo momento lo necesario de lo imprescindible. Que nos haga entender la importancia del prójimo, de todos los prójimos, incluyendo especialmente a aquellos que por ignorancia o ceguera yerran con más facilidad. Valores que rescaten las almas anémicas que ya los antiguos griegos desterraban al Hades, almas que deben ser repatriadas al mundo de la necesidad espiritual, al mundo de las riquezas ancestrales.
Es por ello que la humanidad debe reinventarse. Comprender que el progreso vacío no conduce a ninguna parte. Que el mundo no puede seguir aspirando al crecimiento infinito. Por ello se hace urgente el volver a empezar. El regresar a la esencia humana para toparnos con las herramientas de la rectitud y el equilibrio. Regresar de nuevo a ese punto donde todo empezó a desbordarse. Parar la máquina, vaciarla de aceite y ruido, limpiarla a fondo y llenarla de nuevas energías más limpias y silenciosas. Los sabios del futuro deben nacer para reconducir esta carrera hacia la catástrofe. Y deben ser inspirados con urgencia por esos nuevos valores que afloran en los campos de la esperanza y la nueva consciencia. Ojala que de entre todos los niños que hemos abrazado estos días exista media docena de sabios capaces de iluminar una nueva tierra y un nuevo hombre… Que así sea por el bien de todos…
Los Angeles existen. Ultimas lagrimas
En Sishu Bhavan y Daya Dan, ambas casas de la Madre Teresa, fue donde hicimos las dos ultimas actuaciones de este increible periplo por India. Sin duda, como ocurrio en Etiopia, en las casas de la caridad fue donde la dificultad se unio a la angustia. Estabamos agotados hasta que asomamos la cabeza de payasos y vimos a esas criaturas ansiosas de novedad. Trescientos hermosos niños que esperan adopcion fueron abrazados por un momento por la luz de la alegria. Por un momento, mientras visitabamos las habitaciones al final de la actuacion y los pequeños angeles corrian para abrazarnos soñabamos por un momento con poder adoptarlos a todos. Con llevarlos metidos en nuestros bolsillos, entre nuestros brazos, abrazados al cuello como hacian con desesperacion suplicando un hogar. Por un momento… Pero alli estan las hermanas de la Caridad, verdaderos angeles de grandes sonrisas que abrigan con sus amplias y eternas alas-almas a esas criaturas… Una de ellas nos acompaño en la visita. Miraba sus ojos puros, su sonrisa infinita, su pureza, su entrega. Se podia sentir su amor por todo. En la despedida sonaba musica celestial. Me pare por un instante en la penumbra de un pasillo. No pude evitar la emocion. Habiamos cumplido nuestra modesta y humilde mision, habiamos conseguido sonrisas, alegria, momentos inolvidables. Por un minuto todo el trabajo, todo el esfuerzo sucumbio en lagrimas. La felicidad es asi y merece la pena seguir sus sendas… Por eso mañana volvemos a Bombay… y de ahi a España con la esperanza de no olvidar el aprendizaje, con la ilusion de seguir caminando por estos maravillosos caminos. La felicidad es posible, incluso en los lugares mas insospechados, en las situaciones mas dificiles. La felicidad esta en las cosas simples. Y nunca habia conocido una fabrica de crear felicidad mas sencilla que una sonrisa. Por eso la emocion… De ahi la plenitud…
Buena Voluntad en Accion
En el Sudder Street hay un ejercito de voluntarios. La mayoria de ellos japoneses, pero sobre todo españoles que se reparten entre el hotel Maria y la Tasca Vasca, lugar donde te sirven tortilla de patatas y gazpacho. Hay que tener cuidado con la comida o el agua ya que te pueden jugar una mala pasada tarde o temprano. Sentido comun, nos dicen siempre. Habiamos aguantado hasta el ultimo momento sin mayor incidencias aparte del cansancio y el agotamiento exhausto, pero hoy los payasos han pinchado y a punto han estado de no poder actuar en las dos escuelas que teniamos comprometidas en el barrio que se conoce como la Ciudad de la Alegria. Kolo Kolo totalmente agotado y Kili Kili andaba suelto de estomago. Cinco minutos antes de la segunda actuacion, a punto de vomitar, sacamos fuerzas de donde no las habia y dimos nuestro particular espectaculo. Kolo Kolo solo podia responder con un recurso improvisado que utiliza cuando Kili Kili se sale del guion: «Kili Kili is a little crazy«. Kili Kili, carente de memoria, suele olvidarse del guion ensayado una y otra vez y termina improvisando cualquier gracia que Kolo Kolo soporta con santa paciencia. Al final todo salio afortunadamente bien y la terapia del show y las risas sirvieron para levantar el alma. Los abrazos de los niños y el agradecimiento que ofrecen sus inocentes miradas son balsamo suficiente para levantar cualquier espiritu. Y eso, precisamente eso es lo que consigue que ese ejercito de voluntarios vuelvan una y otra vez a este increible mundo donde el cielo y el infierno se confunden con cierta facilidad. Un ejercito de soldados invisibles que no se cuestionan cuanto dejan atras, sino cuanto pueden aportar con su humilde trabajo. Los ves a todas horas y en todas partes, la mayoria exhaustos pero sonrientes. Cuentan con orgullo las veces que han vuelto a esta ciudad, lo mucho que dan y reciben. Lo mal que lo pasaron el primer dia en la casa de moribundos, las pesadillas durante dias, los llantos en las esquinas, el dia que tuvieron que ayudar a amputar un dedo o una pierna… Pero tambien los maravillosos cantos de las misioneras de Calcuta, o de las niñas que viven en ese paraiso a tres horas al sur, en la selva. Todo eso lo cuentan en la tasca vasca, o a la puerta de Casa Madre, o en las esquinas, sentados mientras hablan con mendigos o niños abandonados. Hay un espiritu que los mueve, una fortaleza que los conmueve, una energia de otro mundo que los impulsan a ayudar, a volver, a ir a sus familias y amigos con el testimonio de que hay mucho que hacer, de que hay una utopia que alcanzar, un mundo nuevo en el que creer. Respiran melancolicos cuando se sientan en su sofa de skay, alli en el primer mundo, viendo como les sobra todo, observando que nada material tiene importancia porque nada permanece y todo es provisional. Apagan la television de plasma y miran con extrañeza el microondas. Recuerdan que las misioneras de Casa Madre no poseen nada: ni siquiera lavadora, ni maleta. Tan solo tres saris (vestidos) y un par de sandalias. Y es que la vida nos provee de la esperanza de un presente hermoso y facilon para luego arrebatarlo sin miramientos. Eso se aprende rapido en India, especialmente en Calcuta, donde todo esta por hacer, donde todo es provisional, donde todo pesa poco porque la vida y la muerte rebosan en todos sus rincones.
Si alguien puede venir a India recomiendo que lo haga. Que visite Casa Madre, que trabaje de voluntario un par de dias, un par de semanas. Las Hermanas estaran encantadas y te daran a cambio un desayuno a base de un trozo de pan y alguna banana en los dias de mejor lujo. Ademas, una sonrisa que no tiene precio, porque es profunda, sincera, desesperada. Hay mucho que hacer, la jornada empieza temprano. Y luego el premio: la vuelta a casa respirando un profundo perfume que atraviesa los poros de tu vida futura, por siempre, para siempre… Mañana sera nuestro ultimo dia en Calcuta. Mañana nuestras dos ultima actuaciones en Casa Madre. Sera dificil, como lo fue en Etiopia, pero estaremos dispuestos a arrebatar al mundo un par de sonrisas mas antes de partir… Que la vuelta sea buena… que la vuelta rebose alegria y esperanza…
La Ciudad de la Alegria
Estos dias hemos estado aislados del mundo. Tras un vuelo domestico desde Bombay, en el mar Arabico a Calcuta, en Bengala Occidental, y tras dormir una noche en una especie de zulo sin ventanas y sin casi nada en el barrio donde se hospedan casi todos los voluntarios que vienen a ayudar a Calcuta, especialmente en la Casa de Madre, en la casa donde vivio y trabajo toda su vida Teresa de Calcuta, nos fuimos a actuar a la zona rural durante unos dias.
En el sur se extiende una selva hermosa, silenciosa, sin ruidos, sin rickshaws, sin esa contaminacion que se pega a la piel y te cubre de un hollin negro dificil de despegar. El primer dia, nada mas llegar a ese legado verde y frondoso, quise pasear a solas por sus caminos abrigados por pantanales, arboles exoticos y casas de barro que se extienden por las laderas. A la hora de camino me perdi y no supe regresar, pero no me importo. Me sentia sanamente perdido. Los niños de las aldeas salian a mi encuentro para saludar. Les encantaba que les hiciera fotos para luego verse reflejadas en ellas. Sus risas eran contagiosas y su confianza a la hora de tratar con un desconocido barbudo me parecia increible. Durante un rato me acompañaban contandome historias que yo no entendia. Pregunte si habia tigres en el lugar y todos me tranquilizaban con un «no» universal y sincero. En la selva la pobreza no es miseria, y existe dignidad. Las gentes parecen felices y sonrien en una tranquilidad que rebosa paz. No entiendo porque muchos prefieren desarraigarse de ese pequeño paraiso para intentar la aventura insensata de «mejorar» sus vidas en la gran ciudad.
Volvi al dispensario de Ashabari, un centro apadrinado por la Ong Calcuta Ondoan, lugar donde se atiende las necesidades de indigentes y enfermos mentales y donde actuariamos al dia siguiente ante casi mil quinientas personas en la celebracion del dia de la mujer. Alli nos abrieron las puertas de su casa el matrimonio de Das, un carismatico servidor de los pobres y su mujer Lilly, la cual nos ofrecio en esos dias unas estupendas tortillas de patatas que comimos con agradecimiento y alegria.
Tras estar dos dias en Ashabari partimos con el padre Joseph hasta una mision jesuita a ochenta kilometros al norte de Calcuta. Alli nos esperaban dos actuaciones en escuelas rurales que sobreviven en medio de arrozales y cultivos de patatas. Las misiones religiosas hacen un gran esfuerzo por proteger a los mas desfavorecidos, y asi lo pudimos comprobar en los dos colegios donde actuamos.
Tras este periplo por selva y arrozales, la vuelta a la Calcuta, a la Ciudad de la Alegria sin duda ha sido dura, pero compensada por los abrazos que ayer recibimos de los niños ante los que actuamos. Esperamos que esas sonrisas sirvan de algo. Al menos para creer en la esperanza de un mundo nuevo.
MÍSTICA Y HERMÉTICA DESDE CALCUTA
Decía Louis Cattiaux que existe una realización mística, la cual actúa en espíritu y en alma; pero que, además, existe una realización hermética, la cual actúa en espíritu, en alma y en cuerpo. Y en Calcuta hay una relación especial que agita todo cuanto somos como humanos: una triple relación que supera todo cuanto creemos conocer. Aquí todo es incierto y provisional. Incluso la vida carece de valor. Un ser humano tumbado en la calle tiene el mismo valor que el cartón que cubre su mugriento esqueleto. Hace unos días hablaba de una pobreza límite generada en los suburbios, en los slums de Bombay. Pero en Calcuta la miseria se torna desagradable a la sensibilidad. Es retorcida, soberbia, incomprensible.Slums
Ayer actuamos en un hospital para niños sin recursos que padecen algún tipo de cáncer. La actuación nos pareció aún más delicada que el resto por tratarse de situaciones en algunos casos desesperadas. Tratar con niños pobres es delicado, hacerlo con niños miserablemente pobres lo es aún más, pero hacerlo con niños miserablemente pobres y que padecen algún tipo de cáncer resulta difícil, muy difícil. Por eso nos esforzamos todo lo que pudimos en hacer bien nuestro papel de magos de la sonrisa. Cosa paradójica, lo más delicado resultó ser el hacer reír a sus padres, más conscientes de lo que estaba ocurriendo en las vidas de sus pequeños. La mayoría de estos niños viven en las “casas” que se amontonan cada vez más en los “slums”. Son lugares pequeños, de entre diez y veinte metros cuadrados. Mucho más pequeños que los minipisos que se pusieron de moda no hace mucho en España. La diferencia es que estos no tienen cocina, ni lavabo, ni habitaciones. Son, diríamos, lugares diáfanos. Tan diáfanos que en ellos pueden vivir una familia entera entre cuatro paredes sin más decoración que la foto de algún santón o familiar. Tan modestos en tamaño que algunos miembros de la familia prefieren dormir al raso, en la calle, o en cualquier otro lugar donde exista algún metro cuadrado sin ocupar. Y esos metros son compartidos con otros seres vivientes como chuchos o inmensas ratas que deambulan de aquí para allá. Los cuervos, ruidosos y cansinos, se relamen cada vez que un trozo de “algo” cae al suelo. Las casas, de plástico, chapa o ladrillo las más lujosas, indican el tipo de miseria al que nos enfrentamos. Los “slums” se amontonan unos sobre otros y se encuentran en cualquier rincón. Estos días los hemos visto en laberintos de calles interminables que surgían alrededor de inmensos y modernos edificios. El lujo de estos contrastaba con la miseria de los otros. Pero en cuestiones de dignidad, uno nunca sabe cual de los dos gana. Los primeros por exagerados y excesivamente lujosos. Los segundos por excesivamente humildes hasta el punto que no entiendes muy bien qué está ocurriendo. Si eso es real o forma parte de la imaginación paisajística del viajero. Por algún motivo que desconozco me sentía más seguro entre sus peligrosas y estrechas calles laberínticas que no fuera, en las grandes avenidas cargadas de lujosos coches. Las gentes de los “slums” me resultan sinceras, agradecidas y generosas. Los niños nos guillaban los ojos al pasar, o nos saludaban sorprendidos por nuestro atrevimiento. Los mayores no tenían reparo en enseñarnos sus oficios y las madres sus pequeñas criaturas. Eso no ocurre en las lujosas mansiones, ni en las grandes avenidas, donde todos parecen tener miedo a perderlo todo. Nos contaba una cooperante española que los “slums”, es decir, el grupo de chabolas o barrios chabolistas, son controlados por mafias. Mafias que cobran un impuesto por vivir en una de esas chabolas. Mafias que a su vez invitan a los campesinos de otros lugares a que vengan al sueño de la gran ciudad, una ciudad llena de oportunidades y lujos que jamás alcanzarán. Mafias que utilizan la política, y también viceversa, para conseguir más votos o poder. Y es así como se multiplican los “slums”, y la miseria, y los sueños frustrados de cientos de familias campesinas que dejaron sus tierras para vivir esclavas durante el resto de sus vidas. Y es así como la gran ciudad se convierte en un hervidero insoportable, una colmena, diría más bien una plaga superpoblada, con un equilibrio roto que tarde o temprano explotará en mil pedazos. Y todo esto lo decía mientras sorteábamos la suciedad abarrotada de moscas que ayudaban a que el hedor se volviera cada vez más insoportable. En las calles más afortunadas hay una especie de canalillo donde se echa todo tipo de excrementos y basura que junto al calor y la humedad insoportable crea un ambiente rancio y nauseabundo. Y así, caminando sobre unas cuantas chabolas más, llegamos a una que había sido convertida en “guardería”. Esta ONG custodiaba a más de un centenar en todo el norte de Bombay. Y cuando entramos, allí se obraba el milagro. Más de una docena de niños recitaban los días de la semana en inglés, intentando que la lengua universal calara en sus mentes para crear en ellos un estatus diferente, una esperanza de futuro. Al menos durante unas horas no están en la calle y disfrutan, además, de un plato de comida al día, seguramente el único. Así hasta que crezcan algo y puedan aprender un oficio. Quizás incluso alguno, de todos ellos, consiga ir a la universidad. Quizás, alguno de ellos, incluso pueda vivir, dos calles más abajo, en uno de esos lujosos apartamentos de cristal y conduzca uno de esos lujosos coches. Entonces tendrá miedo a perderlo todo, y no apreciará nunca más la seguridad de sentirse miembro de una comunidad. Y quizás, algún día, recuerde sus orígenes y dé alguna propina a los niños de la calle, esos que, sin importarles qué tipo de dignidad es la más verdadera, deseen ser como él. Quizás, quién sabe, también recuerde a ese par de payasos que un día se acercaron tímidos hasta su slums para creer en la magia, en el idioma universal. Quizás lo haga y sonría, y crea en ese instante en la esperanza de un mundo nuevo.
A India por una sonrisa (Crónica I)
Había que despertar al payaso que yacía en medio de la sala. Ella se levantó sola y resuelta. Abandonó el círculo donde se encontraba con los demás niños y empezó a reanimar a un Kili-Kili tumbado en el suelo. Una ola de ternura invadió en ese instante toda la sala del humilde colegio. El otro payaso también dejó de actuar. La niña fue por instantes la reina absoluta de la escena. Todos mayores y pequeños mirábamos con asombro a esa criatura de apenas cinco años que se había situado en mitad del círculo y cobrado protagonismo con la sola intención de devolver la vida al payaso. Intentaba una y otra vez, con suaves palmadas en la cara, resucitar al clown derrotado en el boxeo. Las lecciones de los niños nos han acompañado desde el primer día.
Con Nirmala de Aseema
Los adultos también nos han derrochado aprendizaje. He ahí el ejemplo que al rato de la escena narrada nos daría Nirmala, la directora del centro y coordinadora de Aseema, ya en una de las aulas de ese colegio del extrarradio. Creando un círculo en el suelo con los niños, se habían puesto a rezar, con una devoción que nos llegó dentro, al Dios de todos los seres humanos. Con las palmas de las manos unidas recitaban una oración universal apta para los pequeños de las diferentes religiones indias. Después nos lo confesaría en la comida que nos ha ofrecido: su religión es la del servicio. Nos compartió su generoso y vital testimonio, al tiempo que disfrutábamos del sencillo combinado de arroz y verduras, el plato de los niños. En medio de esa comida típica, siempre un poco picante para nuestro paladar occidental, nos ha manifestado también su gozo por contactar con personas con “latido interior”.
No nos conocíamos previamente, pero habíamos contactado con otro nodo de la red de luz. Sí, bajo el asfalto de 18 millones de habitantes, bajo los atascos atronadores, también pulsa la red universal de amor y de compasión. Nirmala es parte importante de Aseema, la ONG que se encarga de cubrir en las escuelas las importantes necesidades que no asume el gobierno. Aseema lleva en autobuses a los niños de los “slums”. Todos esos pequeños de familias desestructuradas de repente visten uniforme y están delante de una pizarra. Desarrollan además su aprendizaje con uno de los métodos más cualificados, el de las escuelas Montessori. En palabras de Nirmala “a quien no tiene nada hay que darle todo”. Hemos podido constatar su esfuerzo en proporcionar la mejor educación a los últimos de entre los últimos.
En el “Famous Studio”
Habíamos mantenido otros contactos con otras personas y organizaciones de esa oculta red de buena voluntad. Nos habían también impresionado muy positivamente los jóvenes de Pragati. Ellos se dedican a llevar arte, expresión y alegría a los niños hospitalizados. Freedom of Expression Movement (www.bethekey.com) era otra organización de jóvenes con la que habíamos entrado en contacto.
Sí, en medio de ese panorama multicolor, pero que demasiado a menudo carga con el gris de la miseria; en medio de esas calles infinitas que tan a menudo nos golpean por dentro con la agresividad del tráfico, también hay ángeles…, gentes que viven por y para hacer la existencia más feliz a los más pequeños. Nosotros sólo nos dejamos pasear por ellos. Ellos nos han llevado al encuentro de la fiesta. En este caso, ambas organizaciones de manera conjunta habían reservado una gran sala en las instalaciones del llamado Famous Studio en el centro de Bombay. Alrededor de 150 niños de los “slums”, es decir de los barrios más pobres, habían subido a varios autobuses. Habían viajado desde la geografía más depauperada que pudiéramos imaginar, al lejano e inaccesible centro urbano. Les habían pintado la cara y les habían dado de comer a la grande. Dentro de las instalaciones les aguardábamos los payasos. Les habíamos dicho que no éramos profesionales, que estaban ante puros aficionados, pero no debieron de acabárselo de creer, pues no sólo reservaron ese lugar bolybodiano, sino que contrataron también un equipo profesional de vídeo con tres cámaras.
Era la segunda actuación en Bombay y la verdad es que toda aquella expectación suscitada nos puso un poco nerviosos de cara a la actuación, pero, gracias a Dios, los organizadores se manifestaron muy satisfechos después del show. Insistieron incluso en hacernos una entrevista ante las cámaras.
En realidad todos estábamos allí por lo mismo: empujar la vida, alentar la vida amenazada por la gran miseria reinante. Disfrutábamos esa mágica unidad más allá de todas las fronteras que proporciona la risa. En medio de la explosión de alegría, se esfumaban al instante todos los sinsabores pretéritos, sobre todo el infierno del tráfico, el ruido y la contaminación que es de los retos más difíciles que se nos han planteado. En medio de esta megaselva de asfalto invertimos más de una hora en cada uno de los desplazamientos. Se nos va más energía al absorber el ruido y el humo dentro de los taxis sin ventanas en medio de los embotellamientos que en el trabajo con los chavales.
Caminando la ciudad
Bombay ya se nos ha metido un poco dentro, pese a esos inconvenientes. No es que nos hayamos acostumbrado, no es que ya dejemos de sufrir sus monumentales atascos, simplemente es que la ciudad nos ha dado ya mucho en estos seis días… A tres de marzo hemos realizado cuatro actuaciones: dos con Pragati y Freedom of Expression Movement y otras dos con Aseema. Vamos ya algunos cientos de esos rostros encendidos.
A veces una vez finalizada la actuación, hemos deambulado por la ciudad despacio, sin prisa por coger nuestro taxi “yelow-black”. Si no hay un tráfico atronador y la zona es mínimamente apacible, el paseo es siempre sorprendente allí donde nos encontramos. Salimos a descubrir esa sorpresa que nos depara cada metro cuadrado de esta ciudad tan intensa. La vida está volcada en la calle. A veces una simple tela inclinada y anclada entre el suelo y la pared delimita un espacio, afirma un territorio personal o familiar, constituye el techo de un hogar… Las gentes se extrañan de vernos también adentrarnos en los lugares más inhóspitos. Si no fuera por el recelo de incomodar e invadir su intimidad, haríamos más kilómetros por los barrios humildes…
Después nos hidratamos. Nos regalamos nuestros zumos y nuestros helados. Compartimos las imágenes de las cámaras y repasamos la actuación. Vemos la forma de hacerlo mejor en la próxima actuación.
Ya no regateamos los taxis. En realidad ya no regateamos casi nada. ¿Por qué intentar llevar más para nosotros cuando ellos no tienen apenas nada? Intentamos corresponder pues, como decíamos, somos colmados en muchos sentidos. Javi llevó al extremo su generosidad el día pasado al pagar con dos mil rupias el trayecto de un taxi que era de doscientas. Equívoco con los billetes o agradecimiento inconsciente, igual un poco de todo.
Festividades
Además de las actuaciones hemos vivido algunas fiestas y acontecimientos. Para nuestra sorpresa al aterrizar en esta megaurbe, vimos por todas partes sembrados carteles de Amma. Era como si la “santa de los abrazos” nos estuviera aguardando en destino para velar por nuestro itinerario. Así que una noche también fuimos allí y nos fundimos con la multitud devota, devotos nosotros también no sabemos de qué ni de quién, seguramente de la Vida que nos brindaba tan hermosas sorpresas.
Nos ha tocado también la fiesta nacional de los colores el primero de marzo, el “holi festival”. La víspera vivimos un acontecimiento muy particular al ser invitados por una familia, a participar, siquiera como espectadores, de su fiesta musical, cerca de nuestro hotel en el distrito de Chembur. Era una familia muy amplia que celebraba desde hace 75 años ese día su encuentro anual. Fuimos agasajados con café aromatizado y dulces. A Cristina, Ana ya se había retirado, la trataron como a una reina. Le llegaron a decir que no era casualidad alguna el que hubiéramos ido a parar a aquel lugar, que la entrada de un invitado, más aún en el caso de una mujer, significaba algo de la presencia de Dios en ese hogar.
En el día propiamente de la fiesta, la calle se convierte en una batalla lúdica y campal en la que unos y otros se arrojan pinturas de colores. Es una festividad religiosa que parece haber derivado en un sentido carnavalero. Como ya vestimos mucho color el resto de los días, esa mañana nos quedamos descansando en el hotel.
Llevamos ya casi una semana en India y era ya hora del encuentro con la pantalla, hora de intentar reportaros algo de lo vivido y observado a lo largo de estos intensos días. Han sido líneas necesariamente aceleradas. No hay mucho tiempo para el teclado. Aquí lo prioritario es la farándula, lo importante es contribuir al latido de la vida humana. En medio del Bombay inmenso ella pulsa; en sus lugares más inhóspitos, más insalubres sigue manifestándose; en medio de las basuras y las ratas, el olor insoportable brota también ella insobornable… No nos resta sino contribuir a perpetuarla y a elevarla a mejor expresión. Intentamos contribuir a ese pulsar de la vida encendiendo el mayor número de sonrisas entre esos rostros oscuros lamidos por el sol, entre esas criaturas de tan corta, pero vapuleada edad.
Volvemos de cenar en nuestro vegetariano del barrio. Ya nos conocen de todos los días. Pese a la lata que les damos al pedir los platos, nos tratan con afecto. De vuelta al hotel ya conocemos “los bultos” que duermen en cada uno de las esquinas y portales. En el hotel también los empleados duermen en los sofás. No es momento de molestarles para que nos abran la sala con el ordenador. Lanzaremos mañana estas líneas a los vientos.
Kolkata asoma ya al final de estos días en Mombay. El programa allí se promete aún más intenso. Volaremos en avión dentro cuarenta y ocho horas. Estamos deseando poder conocer en el otro extremo del país al personal de Calcuta Ondoan, Colores de Calcuta, Udanyi, Madre Teresa… Estamos deseando poder confraternizar con tantos gentes que también en aquel ancho asfalto, pulsan por la vida.
Intentaremos dar continuidad a la crónica.¡Seguimos juntos, con la ayuda del Cielo, sembrando sonrisas y esperanza a lo largo de este ancho solar planetario!
Cristina, Anita, El Loco y Koldo
Mi religion es el servicio
Hoy hemos actuado en uno de los barrios mas pobres de Mumbai, en un colegio que se mantiene gracias a las ayudas de mucha gente y organizaciones que dan apoyo a la labor que alli se hace. Tambien ha sido uno de los dias mas emotivos por el amor especial de unos chiquillos que sin tener nada, lo han dado todo. Koldo esta preparando una cronica para explicar las emociones del dia porque han sido muchas. Especialmente cuando en mitad de la actuacion, en un momento en el que Kili-Kili cae al suelo, una chiquilla ha ido de forma expontanea hasta el para intentar reanimarlo. Ese momento inolvidable, esa suavidad con la que acariciaba el rostro barbudo del pobre payaso ha quedado marcado en nuestras almas.
En la conversacion que hemos tenido mas tarde con una de las profesoras, y tras ver como rezaban antes de empezar las clases, esta ha dicho: mi religion es el servicio. Y esa religion la hemos visto en esa peque que de forma voluntaria fue a ayudar al payaso inconsciente. En los abrazos de todos los que nos han animado en la actuacion, en las infinitas sonrisas. El servicio, el amor, es la verdadera religion. Todo lo demas forma parte del folclore, de la tradicion de cada cultura, de cada pais, de cada region, de las creencias epidermicas, de la fantasia, el mito o la imaginacion de los pueblos. Lo importante era ver como hindus, musulmanes y cristianos rezaban juntos al Dios del amor. Con respeto, con tolerancia, con sencillez, con ese afan de servicio al otro, de ayudar al otro, como esa chiquilla de apenas cuatro o cinco primaveras que se ha arrodillado para acariciar al hombre de la nariz roja.
Cuando nos marchamos, nunca sabemos que ocurre en el corazon de esos seres diminutos al haber sido invadidos por dos seres de otra galaxia vestidos de forma rara. Sin duda, nuestros corazones se transforman en cada actuacion, haciendo mas blando y limpio el refugio de nuestra alma.
Gracias de nuevo a Ana y Cristina por habernos guiado hasta esos otros mundos…
La fiesta de los colores
Han pasado tantas cosas en estos dias que me resulta dificil ordenar los recuerdos. Ni siquiera hemos tenido tiempo de pararnos a escribir en nuestros diarios todo lo ocurrido, excepto hoy, que es fiesta nacional, la fiesta de los colores, y tenemos el dia libre. Ahi fuera en la calle todo el mundo esta en una batalla campal de colores, especialmente el rojo, pues segun la tradicion, era de ese color el rostro de Krishna y por eso hoy todo el mundo, aunque con un caracter mas folclorico y festivo, intentan imitar esa tradicion espiritual. Por cierto, ayer ocurrio algo muy bonito. Andabamos paseando por la calle de vuelta de cenar en nuestro rincon gastronomico (el restaurante vegetariano Satguru, donde por menos de tres euros por cabeza puedes comer como un rey), cuando nos acercamos a una fiesta privada en un casa. La familia nos invito a entrar y a participar en ella, estando un buen rato con ellos compartiendo la musica. En la despedida nos llevaron dentro de la casa y nos invitaron a tomar algo mientras que decian que si estabamos alli no era por casualidad, sino porque habia un vinculo que nos unia y que por eso habiamos llegado hasta ellos. Tuvieron especial atencion hacia la guapa Cristina, la cual se habia vestido con un hermoso traje tradicional y parecia una reina oriental. Asi la trataron, diciendo que en India ven a Dios a traves de la mujer. La fiesta la hacen anualmente en honor a la familia. Nos hablaban con mucho orgullo de los ancianos de la familia, los cuales protagonizaban el momento. Fue todo muy emocionante.
Ese mismo dia habiamos tenido nuestra tercera actuacion en un colegio de estilo colonial. La primera fue en un barrio pobre donde los infantes lo pasaron en grande y nosotros sufrimos la novatada de la primera actuacion. La segunda actuacion fue de lo mas surrealista. Los organizadores pudieron hacerse con un gran estudio al estilo Bolliwood – los estudios Famous- donde llevaron en autocares a las criaturas. Cuando vimos aquello no podiamos creerlo. Habiamos creado una expectativa grandiosa en las ONGs que organizaron todo el evento y montaron un espectaculo a lo grande gracias a la colaboracion desinteresada de algunas familias pudientes de Bombay. Cuando llegamos al estudio los nervios nos abordaron porque nosotros no somos profesionales. Por suerte fue todo bien. Al final incluso nos grabaron con tres camaras de video y nos hicieron entrevistas al estilo de los famosos… Fue todo increible y nos fuimos muy satisfechos por todo lo que habia ocurrido… Intentare esta tarde subir algunas fotografias si la velocidad de internet me lo permite… Seguimos mientras pensamos todos preocupados por lo ocurrido en Chile…
Desde Bombay
No se cuantos dias llevamos aqui. Creo que quizas llevamos tan solo unas horas, pero psicologicamente es como si llevaramos toda una vida. Nos hospedamos en un hotel barato de Chembur, en la periferia de Bombay. La noche sale a menos de diez euros. A veces hay agua caliente y a veces no, pero realmente hace tanta calor que no la necesitamos. Ayer comimos solo una vez. Estabamos tan cansados por el cambio de clima y horarios que habiamos perdido el apetito.
La primera anecdota ocurrio ayer. Una chica muy inteligente se acerco hasta donde Koldo y yo estabamos descansando, justo en frente del Gate of India, lugar donde ocurrieron los espantosos atentados de hace unos meses. La muchacha nos conto lo mal que lo paso. Estuvo un buen rato explicandonos su situacion familiar. Decia que no queria dinero, pero que por favor le compraramos leche y arroz para su familia. Me parecio todo tan sincero que acepte inocentemente el ir a comprar con ella. Pero resulta que todo era un bulo. Me llevo a una tienda donde la muchacha de tan solo diez anyos y un excelente ingles estaba compinchada con el tendero. De repente, el tendero empezo a sacarme efectivamente arroz y leche para la pobre muchacha, eso si, paquetes de arroz de diez kilos y leche de cinco kilos y todo por el valor de casi dos mil rupias. Es decir, que si en la calle un guiri despistado da veinte rupias de limosna, esta jovencita astuta sacaba dos mil con la historia de que no queria dinero. Me parecio todo tan perfecto y la muchacha lo hizo tan bien que no compre la suculenta compra, pero me la lleve de vuelta al Gate of India y le di cien rupias por lo bien que habia hecho la mentira. Me enfade con ella y le meti previamente un rapapolvos explicando que no es bueno mentir. Y que el premio no era por la mentira, sino por haberla hecho perder su tiempo con su «trabajo».
Quitando esta anecdota sin importancia y solo como aviso para navegantes, poco mas ha ocurrido excepto nuestra primera actuacion hoy mismo ante unos cien muchachos. Como las cosas no son perfectas no todo ha salido perfecto, pero al menos ellos se han reido y lo han pasado muy bien y nosotros tambien.
Perdonad que no ponga acentos pero este ordenador indio es diferente a los nuestros. Intentare siempre que encuentre ocasion escribir algunas letras…
Seguimos llevando sonrisas…
Pd. De nuevo mil gracias a Cristina y Anita por su increible trabajo. Creo que sin ellas esto hubiera sido muy diferente.
Despedida de Equipo Grande
Leyenda Personal
Hemos conocido a James Moiben, un atleta keinetiano que viajará con nosotros hasta Qatar. Me ha recordado la cita de Coelho que aparece en El Alquimista: el amor nunca impide a un hombre seguir su Leyenda Personal. Cuando esto sucede, es porque no era el verdadero Amor, aquel que habla el Lenguaje del mundo.
Planing de trabajo
Puentes indestructibles

Noche dulce y amable. De aquí a pocas horas embarcaremos dirección Oriente. No deja de ser curioso esa manía mía de pensar ya en el próximo viaje cuando estoy empezando el presente. Y en cada viaje se crean vínculos y puentes indestructibles, como el que se creó hace unos años en las Tierras Altas. En este viaje nacerán lazos y pronto un cúmulo de recuerdos. Espero que sea un hermoso encuentro con gente bonita, y con Ángeles como los de Zway…
Dormir a cuerpo de rey
No sé si es un deporte sano pero no es la primera vez que duermo, o al menos lo intento, en un aeropuerto. En el que mejor he dormido ha sido en el de Los Ángeles. Allí los pasajeros sin techo teníamos hasta moqueta en el suelo. Todo un cinco estrellas. Hoy podía haber dormido en dos auténticos Palacios, pero ya sabéis que de vez en cuando me gusta sentirme cercano a la tierra, en este caso al frío suelo de la Terminal 1 de Barajas. La aventura ya ha empezado… Mañana perderé el contacto con el mundo virtual… Mañana entraré de lleno en el mundo real. Primera parada: Qatar… Ande está eso?
Equipo Grande
La batalla
Estimado amigo,
Leo sus palabras desde un café cualquiera de Madrid. Mañana partimos hacia la India en un viaje solidario. Agradezco profundamente sus escritos llenos de ánimo, pero sobre todo, llenos de esperanzas. Somos guerreros del nuevo mundo, y nos debemos en cuerpo y alma a esta batalla. Un abrazo sentido desde el mundo real…
(Foto: casa de vagabundo en la calle Lagasta de Madrid. Me he parado junto a él para observar juntos al mundo real).
Cuaderno de campo
Es una herramienta imprescindible para un antropólogo. En él anotamos todo cuanto vemos, todo cuanto observamos y todo cuanto sentimos. El campo es allí donde vamos, allí donde estamos, allí donde experimentamos la trascendente experiencia de conocer al «otro». Si además de antropólogo disfrutas escribiendo, sin duda, de estas primeras letras saldrán historias, relatos, libros. Espero que así sea en un pronto futuro.
Madrid
Todo mi equipaje
Preparando el viaje a India
Hoy es el último día en la Montaña… Ando preparando las últimas cosas antes de incrustarme de nuevo en la aventura de la vida. Habrá, como siempre, un antes y un después de este viaje. De momento me he cortado el pelo al uno y empezaré poco a poco a dejarme crecer la barba. Es por pura comodidad. En lugares donde hay poca agua es mejor así. No llevo medicinas. Mi equipaje: una pequeña mochila donde meteré cuatro gayumbos, una camiseta, tres pares de calcetines y las cámaras de video y fotos. Además, una toalla de esas de deporte que no ocupan nada (son como una especie de balleta azul tamaño pañuelo, no más). El saco de dormir, cepillo de dientes, champú en bote pequeño, pasta y desodorante. Mi cuaderno de campo, un boli, y lo puesto: un pantalón cómodo, una camiseta, un sueter-pijama y un forro polar. Creo que no me dejo nada… Mi reto era llevar una mochilita de ciclista, de esas que no ocupan casi nada, pero el saco de dormir no cabe ahí, así que llevaré una mochilita algo más grande… no mucho más… y haré realidad ese mi viejo sueño de viajar sin equipaje… Koldo me llama, por lo de la austeridad, monje franciscano… No le falta razón… y algo de esa filosofía encierra esas mis manías… Un monje vestido de moderidad, como les digo a mis amigos…



















