Caminos y encomiendas. La importancia de los espacios sagrados



Siempre sentí una especial devoción y admiración por mi querida María. Una mujer entera, sensible, profunda, además de inteligente y libre, muy libre. Aún recuerdo nuestro primer encuentro en Malasaña, en el tristemente desaparecido café Ruíz, un lugar emblemático, al mismo tiempo que hacía las veces de oficina cuando vivía en aquel pequeño zulo y los espacios de coworking no estaban aún de moda. La excusa del encuentro era hablar sobre comunidades, yo como supuesto experto en el tema tras años investigando las utopías de nuestro tiempo y ella como promotora de una fundación interesada en crear un proyecto de comunidad de vida. Esa era la excusa, pero detrás de todo ese escenario había algo profundo, algo que en ese momento ni siquiera podíamos imaginar.

Lo que ocurrió después forma parte de la magia, o diría que de lo milagroso. Los caminos se volvieron a entrecruzar una y otra vez en diferentes lugares y nuestras vidas se unieron para siempre cuando decidimos atender a los llamados de lo sagrado y nos pusimos manos a la obra, a veces de forma torpe, a veces de forma ingenua, para crear la encomienda de O Couso. A pesar de las dificultades, nos convertimos en custodios y preceptores de aquel lugar, en devotos vigilantes de ese espíritu que pretendía de nuevo proteger los espacios sagrados y ayudar a los peregrinos del alma en su tránsito y caminar. Es cierto, habían cambiado los escenarios, los tiempos y las excusas, pero la esencia seguía siendo la misma. Como si nada hubiera cambiado en miles de años.

El llamado era claro. La misión, como aquellos antiguos franciscanos que se adentraban en la selva para evangelizar al mundo, tenía su propia paradoja. Cómo adentrarnos en la luz en un mundo tan aparentemente oscuro. Cómo seguir los pasos de aquellos que durante tanto tiempo habían infringido las reglas comunes para adentrarse en la selva humana, herejía tras herejía. ¡Cuantas pruebas nos aguardaban! ¡Cuántas tentaciones nos esperaban para abandonar el camino y sucumbir plácidamente a otros menesteres que abortaran el proyecto común!

La importancia de crear espacios sagrados lo explica muy bien María, cofundadora del Proyecto O Couso, en este video que comparte. No se trata de espacios físicos, sino de espacios de silencio y encuentro con lo que más amamos. Los espacios físicos, las encomiendas, solo son testimonios, símbolos necesarios que pueden servir de guía en el camino. Lugares como O Couso solo pretende ser eso, un arquetipo manifestado que nos pueda guiar hacia los adentros, hacia la compleja esencia de lo que somos y así luego poder desarrollar esa complejidad en nuestras vidas cotidianas, en nuestra familia, con nuestros hijos, con nuestra familia y amigos, con nuestras parejas, en nuestros trabajos y lugar de actividad ordinaria.

Gracias María por tu luz y guía y gracias por recordarnos la importancia de seguir adelante, pase lo que pase. Gracias de corazón por compartir tu vida, con la Vida. Seguiremos, halo tras halo, conquistando lugares para consagrarlos a la Gloria de la Gran Obra.

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Merece la pena compartir las tres joyas…


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Tras pasar la noche en un hermoso hotel en el centro de la capital califal, llegué tarde a la caseta de la feria. Me ahorré el viaje a la sierra y disfruté de un hermoso paseo y cena por la judería cordobesa con la amiga Dolores. Hablamos de mil asuntos, especialmente de la difícil tarea de supervivencia de alguien que se muestra irreductible ante las circunstancias, por difíciles que sean. Es difícil explicar en qué consiste el Camino del Loco, y porqué en ese camino no puedes estar aferrado a las diez mil cosas de las que habla el Tao. ¿Cómo explicar esta tarea de robar el fuego a los dioses para expandir la luz en la tierra? ¿Cómo dibujar en el mapa mental de la creación una imagen que viene de lo más profundo del cosmos? Es complejo, por eso, cuando a veces me veis rico o pobre, con cosas y sin cosas, recordad al Loco y su camino. No puedo aferrarme a nada excepto a la Obra alquímica de la reconstrucción del templo interior. De ahí los libros, de ahí los monasterios vestidos de modernidad, de ahí la necesidad de más luz y mayor desapego.

Nada más abrir la caseta, se acercó alguien y me saludó con gran admiración. Me recordó que fui uno de los fundadores de la logia que aquí sigue creciendo y que, además, sigo siendo el vicepresidente de la asociación de estudios culturales Maimónides, asociación que le da respaldo legal a la misma. Igual que en la editorial, en la logia me deben ver como alguien invisible, que viene del intramundo para proteger el misterio y que, por mi condición transparente, es difícil de ver, tocar y respirar. Supongo que al verme humildemente vendiendo libros en la caseta de una feria la ilusión se habrá desvanecido. Aún así, con los ojos iluminados, como si hubiera visto una especie de leyenda viva, compró con alegría la edición especial que editamos hace un año del mítico libro «El Misterio de las Catedrales”. Remiré el libro y recordé el supremo esfuerzo editorial que hicimos para poder editar esta obra emblemática de la alquimia y la hermética. Respiré profundamente mientras me daba cuenta de que el esfuerzo merece la pena. De que el trabajo Uno sigue adelante a pesar de todo.

Al poco rato se acercó una persona que conocía todos los libros azules. Una especie de mago local que pretende contagiar el amor por la sabiduría perenne. Admiró nuestro catálogo, especialmente por la increíble hazaña de editar los clásicos que nadie ya publica, y nuestro papel de guardianes de la enseñanza. Tras una larga charla recordando nuestro común recorrido rosacruz en Oceanside y nuestro común recorrido en Panillo y Ginebra, no tuve más remedio que regalarle nuestro libro estrella de AAB: “Sirviendo a la Humanidad”.

La poderosa obra continua. No puedo abandonar esta labor, no puedo dejar de hacer todo aquello a lo que fui llamado. No puedo dejar de compartir, desde la pobre personalidad, todo aquello que pueda inspirar a otros a seguir el camino del corazón, el camino mágico del alma. Sin mayor pretensión, todos somos llamados a realizar una abrupta tarea, siempre difícil, siempre ardua. Cuidar el jardín, sus flores y las bellas creaciones del universo requiere un gran esfuerzo, pero sin duda, merece la pena entregar la vida a un servicio más allá de nuestras necesidades personales. Desde la cultura, desde el conocimiento, desde la inspiración, desde el amor, desde la enseñanza, desde el compartir… Merece la pena expandir las tres joyas secretas por amor a la vida.

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La casa de los cristales


Beatriz intentó comprarla hace unos años. Era la casa estilo bauhaus que impresionaba a todo el mundo. Allí en el pueblo la conocían como la casa de los cristales, o también como la casa del escritor, un tipo extraño que estuvo viviendo allí unos años y se le ocurrió hacer una casa siguiendo las directrices del número de oro y la geometría sagrada. La construcción aurea tuvo su apogeo en 2012, cuando, ante mis continuadas ausencias debido a mis viajes, cedía el espacio de forma gratuita a grupos de meditación. De ahí que se llenara todo de camas y los espacios tuviera ese aire newage que ayudaba a mantener un clima de equilibrio y relajación. El cálido sol del sur hacía el resto.

Eran tiempos divertidos, de mil aventuras y cientos de experiencias extrañas, diferentes, sutiles. Tener la editorial en el sótano y la vivienda encima de ella hacía que se crearan encuentros con gente de todo tipo que venía desde lejos o cerca para intercambiar algún tipo de relación. El principio del fin fue cuando me enamoré de una hermosa aristócrata y me marché a vivir a Madrid. A mi vuelta, tras el fin de la relación y en plena crisis económica, las cosas empezaron a marchar mal en todos los aspectos y tuve que deshacerme, con cierta pena, de la casa, de mis ahorros de toda la vida y de una etapa que terminaba con cierto sabor agridulce.

Años más tarde hemos editado un libro a Beatriz, la cual me contaba estos días en la feria del libro su amor por esa casa que estuvo a punto de comprar. Qué sincronías extrañas. La verdad es que al ver su brillo en los ojos me removió por dentro. Tanto esfuerzo en esas paredes, tantas ilusiones, toda una vida puesta en esos ladrillos en plena sierra andaluza. La práctica del desapego siempre está ahí, latente, hasta que hoy me escribió la actual dueña de la casa, Carmen, una hermosa mujer por dentro y por fuera que constantemente me invita a habitar esa casa que dice, sigue siendo mía, aunque los papeles digan lo contrario. Qué hermosa esa relación de desapego, la suya y la mía, y de generosidad absoluta.

Y luego la vida, y mis amigos abogados diciendo que tengo que terminar mi relación mercantil (la emocional ya terminó, por suerte) con las propiedades que aún tengo con mi ex muy cerca de Santiago. Como la sinrazón se apoderó de todo y de todos y no hay comunicación posible, me dicen los abogados que hay que ir a pleito, a juicio, y cuanto antes mejor. Supongo que los abogados saben de estas cosas, y no habrá más remedio que buscar ese juicio justo donde se reparta de forma justa el lote de pisos. La cosa común tiene que dejar de serlo si ya no hay ningún tipo de relación, ni interés por mantener ningún tipo de vínculo de ningún tipo, ni afectivo, ni mercantil ni de mera amabilidad, que digo yo, sería lo mínimo que una persona debería mantener con otra cuando durante un tiempo fueron casi almas gemelas. Como tengo que seguir practicando el desapego sobre los éxitos y las pérdidas, pues asumo el reto y delego a la vida lo que tenga que ser.

La conclusión de todo este proceso de equivocaciones continuas es que ya no tengo ánimo para más casas, ni para más relaciones de ningún tipo. Las traiciones sufridas en los últimos tiempos han sido ya suficientes para el ánimo y mi propio carácter. Darlo todo para recibir desprecio y egoísmos y traición ya no va conmigo. Me rindo. Viviré hasta donde pueda en la pequeña cabaña, escribiendo, paseando taciturno, solitario. Ya no deseo que me rescaten ni rescatar a nadie de esta soledad tan desolada. Solo deseo estar tranquilo, dándole de comer a los pájaros y viendo como la naturaleza sigue triunfando a pesar de todo. La casa de los cristales fue un error y un fracaso del cual no aprendí, viendo mi confianza en el ser humano y en el amor que puse estos últimos años en personas egoístas, desagradecidas y dolientes. No escarmiento. Ahora resulta que soy dueño de otras casas que no puedo habitar y de las cuales se está haciendo un uso abusivo, con la complacencia del egoísmo más absoluto. La cosa común, dicen. Pues nada, al César lo que es del César, y que sea lo que Bios quiera.

(Hoy me he encontrado este video de la Casa de los Cristales que me ha rememorado viejos tiempos). 

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El corazón de una paloma amanece en paz


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© Oleo «Campiña con charca», de José Vicente Corona

Me desperté buscando a mi lado el calor de un abrazo. Oteé con la mano uno y otro lado de la cama pero a medida que mis siete cuerpos se iban entregando a la realidad, me daba cuenta de la ilusión de vivir separado del fuego, de los álamos verdes en los márgenes del río. Me duché para limpiar mi aura tras afeitar mi cara ahora sin pelos. Las cigarras cantoras aún no han llegado. Realmente hacía frío esta mañana. Desayuné taciturno y salí hacia el coche que aún sigue averiado y se para cada dos por tres en mitad de la carretera. La cara reparación no sirvió de nada y toca arriesgar. Al menos, el recorrido desde la sierra a la ciudad califal es bien hermoso a pesar de los sustos de la carroza. Montañas, campiñas, frutales, alamedas, el hermoso valle del Guadalquivir y todo tipo de animales muertos que yacen en las cunetas, señal de la riqueza de vida que por estos parajes se desprende. Me quedo absorto ante las bellas vistas que se derraman a uno y otro margen entre castillos y veredas hasta llegar a la ciudad omeya.

Aparco frente a la estación de tren y sus ruinas romanas, preludio de inicios y finales. Tengo que llegar pronto porque luego me espera un paseo entre jardines y huertas urbanas hasta llegar a la feria, en pleno centro, en la avenida del popular Gran Capitán. Voy haciendo mi camino absorto por la poesía del lugar, por el crepúsculo interior que bombea sangre con cierta melancolía y pena hasta llegar al número 32 de la feria del libro. Abro la caseta medio mojada por las lluvias primaverales y se abre ante mi la luz de los libros, relucientes, brillantes, únicos.

Al poco rato llega nuestro primer cliente. Trae consigo un libro envuelto en una de esas bolsas de plástico que tanto están contaminando nuestros mundos. Lo saca y desea devolverlo porque su lectura es demasiado compleja. Es “La luz del Alma”, de AAB, ¡ay el alma mía! Sonrío por dentro ante la paradoja. Llevamos cinco días de feria, la mitad de la jornada, y aún no hemos amortizado ni la mitad del precio de la misma. Ni siquiera la gasolina de haber llegado hasta aquí. Aún así no me importa. Persevero en el ánimo a sabiendas de que “La luz del Alma” tiene que seguir viva y sobre la mesa. Le devuelvo el dinero y promete volver para comprar algún otro libro, quizás un cuento o algo sobre relajación. Le miro la parte pituitaria izquierda y sé que volverá. Lo hace justo cuando escribo estas letras, a cual sincronía hermosa, y se lleva, por el mismo precio, “El punto de quietud”, de Ramiro Calle, prologado por este servidor hace ya un tiempo. Por curiosidad remiro sus primeras páginas y me encuentro una cita del yogui Ramana Maharshi: “en el debido momento sabrás que tu gloria está donde tú dejas de existir”. Me quedo mirando el mundo y recuerdo su doctrina de no dualidad, el atma-vichara, la indagación del alma, donde todos somos uno con la fuente primera, y por lo tanto, no hay separación posible.

Cuando saco la pequeña caja de caudales encuentro una nota en la mochila: “el corazón de una paloma amanece en paz”. Cojo la nota escrita en color verde con delicadeza y cariño. Me quedo mirándola y le digo mientras la abrazo: “gracias por curar la pobre melancolía”. Recuerdo entonces los versos de Machado: “Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa”. Y entonces, abrazado a la nota verde, con su lenguaje verde y mistérico, siento la paz, y la unión, y el amor más allá de la separación. Y amanece en mí un corazón tranquilo, firme, convencido, de que las cosas siempre son trascendentales y de que la “luz del alma” ha vuelto para seguir iluminando esta caseta, sin separación posible, en la unidad de todas las cosas, incluso en la unidad de aquellas que partieron lejos, hacia el Camino.

Termino de escribir estas letras y mientras buscaba algo sobre Ayam Atma Brahma, se acerca una hermosa mujer y compra el libro “Amor es relación”. Otra hermosa sincronía. Como soy tímido no le digo que yo soy el autor, y ni siquiera tengo la cortesía de dedicárselo. Ella tampoco se da cuenta de que el hombre que aparece en la solapa del libro soy yo mismo, sentado frente a ella, mirándola con la devoción con la que un hombre puede mirar a una mujer hermosa. Sonrío por dentro por la magia de la vida. Y me dejo fluir por la gracia, deleitado por esa visión más allá de lo aparente. Recojo la nota verde y el corazón, de nuevo, se vuelve paz y amor.

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La gran huida


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La lectura es una buena fórmula de evasión

«La libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de nuestras propias decisiones». James Mullen

Siempre he sido un gran aficionado a las fugas. Me he fugado de muchas cosas, de muchos lugares y de muchas personas. A veces, de forma consciente, otras, de forma loca, sin razonar, con sus consecuencias. Mi primera gran huida, mi primera gran fuga fue del ejército. Me declaré primero objetor de consciencia y más tarde insumiso al servicio militar por motivos éticos. Estuve cuatro años en caza y captura, así que me fugué al sur de España, donde cada pocos meses cambiaba de domicilio para evitar los dos años, cuatro meses y un día de cárcel por el delito de rebelión. De los diferentes grados de insumisión que había según la estrategia a seguir, yo pertenecía al grupo conocido a veces como los «invisibles», el cual se declaraba insumiso a los tribunales y no acudía a las citaciones y mucho menos a las órdenes de ingreso en prisión. Sobrevivíamos en la clandestinidad con órdenes de busca y captura pesando sobre nosotros hasta que en ocasiones éramos localizados y detenidos. Mis cuatro años escondido en el sur de España evitó la captura y la prisión hasta que se declaró la gran amnistía. La insumisión de aquellos días fue un importante movimiento de desobediencia civil al que tuve el honor de pertenecer. Eran otros tiempos.

Mi segunda gran huida tuvo que ver con el trabajo. Mi excesivo espíritu libre me impedía mantener una relación normal con el ámbito del trabajo asalariado. No soportaba las injusticias, ni la explotación, ni el abuso, así que duraba poco en las empresas. Creo que mi récord estuvo en dos años continuos, tiempo suficiente para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era ser mi propio jefe. Por eso me hice autónomo o pequeño empresario. Así solo tenía que rendir cuentas a mí mismo. Sin amo, sin patria y sin Dios. Esas cosas que uno piensa cuando se vuelve existencialista.

Mi tercera gran huida siempre ha sido con las relaciones de pareja. Normalmente, cuando notaba que la otra parte recelaba, o dejaba de estar enamorada, solía huir, desaparecer. Nunca fui capaz de pasar a la fase de responsabilidad y de compromiso que todo proyecto a largo plazo requiere, inclusive el emocional. Nunca fui capaz, quizás por orgullo o decepción, de abordar una relación con cierta seriedad. Y cuando lo he intentado, he fracasado estrepitosamente. Por eso nunca tengo relaciones estables ni duraderas en el tiempo. ¿Quién iba a soportar a alguien que siempre huye de los anillos de compromiso y las servidumbres maritales? Mi especialidad es hacer creer al otro que son ellos los que huyen. Como gran saboteador de relaciones, no son ellas, soy yo. Me marcho, desaparezco mientras que los otros creen que son ellos los huidos. Pido perdón a las fugadas. Lo siento, pero soy irreductible.

La otra gran huida es espiritual. Tiene que ver con ese “fuga mundi” o “contemptus mundi”, ese claro desprecio hacia las cosas mundanas, esa búsqueda constante de cierta serenidad interior sin trabas y sin ningún tipo de distracciones con los apetitos materiales y las conexiones emocionales febriles. La espiritualidad, para muchos, nos sirve como acicate para no adentrarnos como personas adultas y responsables en los asuntos de la materia. Por eso también huimos de la familia, de las patrias o de cualquier cosa que nos ate a algún tipo de estatus, ideología o creencia. Mi espiritualidad en ese sentido es un poco ácrata. Se revela de forma hilozoista, invisible, energética, pero no sólo hacia fuera, sino también hacia dentro, y viceversa. Sin credo, sin Dios determinado, sin obispado al que rendir cuentas. A mi aire, en el aire. Sutil y manejable solo desde lo más esotérico. Desde lo más inaccesible. Lo arquetípico, lo oculto, lo mistérico.

Sea como sea, observo que mi vida se podría resumir en una gran huida. Siempre huyendo de las responsabilidades, de los compromisos, de los retos, de los problemas y circunstancias que esta maraña de enjundias crea en nuestra realidad. Por eso me gusta tanto viajar, porque es vivir en esa constante huida. Por eso me gusta ir a mi bola, esconderme en una meditación constante sin tener que dar la cara ahí fuera. Por eso mi refugio en los bosques y por eso mi afán por no tener dinero, así no tengo que acarrear con las diez mil cosas con el que el dinero te compensa inevitablemente.

Pocas cosas son capaces de atarme. Pocas cosas son capaces de llenarme de compromiso y responsabilidad. Pocas personas han sido capaces de entender la importancia suprema de permanecer en lo bueno y en lo malo en este constante espíritu libre. Por eso, cuando en lo malo alguien huye, se abren las puertas del campo y se tienden puentes de plata. Y a aquellas que pese todo han conseguido permanecer, y no han huido, encuentran entonces la eterna recompensa en el lazo místico. Allí nos vemos, valientes. A los huidizos, los comprendo y les doy alas. Que les vaya bonito.

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Ozú mi mae!


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El andaluz tiene una gracia exquisita y un arte elaborado a la hora de seducir. Los piropos suenan a camelia y las gracias suelen venir acompañadas de cierta musicalidad provocadora. Se puede decir algo grave sin entrar en la ofensa. Algo tosco puede, en la boca de un andaluz, convertirse en un halo de alegría y santidad. Lejos de las sobrias, cansadas y tristes figuras del norte, aquí en el sur reina la alegría por doquier. Sobre todo, el cachondeito, una especie de orgullo nacional donde la arrogancia se transmite en forma de broma. Si el orgullo norteño es rancio y violento en muchas ocasiones, aquí es suave, pero educadamente pasional. Puede ocurrir que por dentro uno esté triste, hasta que sale al sol, a la tapita y al vinito. Entonces las penas desaparecen con una “manzanilla”, la alegría se llena de chiste con “soleá” y lo vulgar se honorifica de forma pomposa y jovial con un “jamoncito” o un “flamenquín”. El Gran Poder custodia todo lo demás, así que no hay por qué preocuparse.

Hoy la lluvia, la soledad y el silencio han reinado en la feria, pero ayer fue una auténtica caravana de comensales que deambulaban buscando el elixir, el sabor de los libros, el paseo y el sol. El ministro de agricultura, solitario y taciturno, se detuvo ante nuestros libros en su caminar anónimo. Los miró con extrañeza. Incluso los eruditos en ciertas materias opinan que nuestro catálogo es extraño y peculiar. El ministro miraba uno a uno cada perla, luego me miró con cara extraña y se marchó con una sonrisa amable y dudosa. Los ministros son personas educadas y te miran y sonríen, aunque no compren nada y aunque no entiendan nada de arquetipos y cuerpos sutiles.

Oscar es nuestro mejor embajador en Andalucía. Todo el mundo en Córdoba conoce a Oscar, un editor de los pies a la cabeza. Así que ayer fue un carrusel de saludos y abrazos, de amigos y conocidos, todos cultos y profundamente satisfechos con sus vidas. Llegaron a pasar toda la corte de autores consagrados en nuestro modesto sello dedicado al rescate etnográfico de la cultura. Lo tangible y lo intangible se unieron. También estuvo con nosotros Beatriz, una autora cordobesa, joven, hermosa, que daba alegría a la caseta mientras que unos y otros miraban su belleza entre libro y libro. Pasaban personas y personalidades, esas que además de mantener un estatus homínido y social, tienen además algún tipo de logro personal que los hace destacar sobre el resto. Unos presumen de éxitos personales, de fincas y cortijos, de propiedades y títulos, de caballos y empleados. Nosotros, personajillos anónimos, presumíamos de nuestra aristócrata voluntad de subyugar la ignorancia a base de cultura y valores.

Recuerdo estas cosas mientras tomo un café en el centro, cerca de la feria, y veo por la ventana como un transeúnte rebusca entre la basura algo que comer. En una de las bolsas ha encontrado un trozo de croissant mientras en los bolsillos va guardando desechos aparentemente inútiles. Lo ha olido, lo ha probado y mientras compartía algún trozo con unas palomas, se engullía el resto. Esto me hace recordar que hoy solo he regalado un libro. Este pobre hombre compartiendo la mitad del croissant de la basura con las palomas y yo sólo he regalado un libro en toda la mañana. Eso sí, un gran libro: “Sirviendo a la humanidad”. Mientras rebusca habla solo y yo, mientras rebusco en mi memoria, escribo solo. No hay realmente mucha diferencia entre su locura y la mía, o por no ser egocéntrico, entre su locura y la nuestra, la de todos aquellos que andamos por la vida buscando cosas, acumulando cosas para luego presumir ante el resto de las mismas, aunque sea con gracietas jocosas o con cachondeito suave.

De todas formas aquí nada importa. Acaba de salir el sol, riqueza aurea, patrimonio etérico. La vida sigue mientras todos opinan musicalmente con ese hablar peculiar, característico e inconfundible. Todos tienen algo que decir en este concierto de voces. Aunque sea de broma, en broma, a veces echan piropos que te elevan el alma. El transeúnte se acaba de marchar alegre con su corte de palomas. Yo tengo que cumplir con el resto de la jornada libresca, a ver si vendemos algún libro y regalamos algún piropo o sonrisa. ¡Alegría! ¡Que estamos en el sur! ¡Que sale el sol! ¡Ozú mi mae!, que diría aquel.

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El camino que siguen los que no se enfadan


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“En cierta forma misteriosa, las diferenciaciones que se manifiestan en la naturaleza se encuentran en el reino de la cualidad y no en el reino de la realidad”. AAB

Llegar a Córdoba es imbuirse en la alegría, en esa expresión de color, luz y arte que envuelve todas sus calles y sus gentes. Cada instante resulta surrealista y a veces alejada de la realidad. El primer visitante es Tomás, que habla durante largas sesiones sobre la única fuerza que mueve el universo: el amor. Intento venderle alguno de mis libros que trata sobre el tema, pero no lo consigo. Soy mal vendedor, tan malo, que decido, para alegría del filósofo del amor, regalarle mi libro “Amor es relación”. En toda la mañana no vendo ningún libro, pero las charlas con Tomás han compensado las pérdidas sufridas. Para celebrarlo, y de forma excepcional, decido ir a un restaurante chino. Amo la comida china. Sus ensaladas, sus arroces tres delicias, sus tallarines empalagosos.

Abro la puerta del restaurante y de repente entro en un mundo nunca imaginado. El restaurante está a rebosar de comensales chinos y quien atiende es un cordobés de pura cepa. Lo nunca visto. El cordobés se acerca e indica que es imposible atendernos, que vuelva en una hora. Salgo del lugar riendo a carcajadas por lo surrealista de toda la situación. Me tumbo en los Jardines de la Victoria. Me quedo totalmente dormido. Me despierto y voy otra vez al restaurante chino porque el menú es barato, siete euros por persona. Entro y no hay nadie. Todos los comensales chinos han desaparecido. Pero el concienzudo camarero cordobés de pura cepa se asombra de volver a verme. Me sirve con alegría al ver que no me había enfadado y que había vuelto de nuevo al restaurante.

Doy un paseo por las calles de la hermosa judería cordobesa. Entro en el patio de la mezquita-catedral. No puedo orar dentro porque es tabú. Me refiero a que hay que pagar, y todo lo que tiene precio, es tabú, excepto el comer, claro, y no siempre. Así que miro imaginando intramuros, cierro los ojos y oro al Dios de todas las cosas, libre entre palmeras, naranjos con su azahar, en éxtasis e íntasix.

Vuelvo a la caseta de la feria en silencio, meditativo, reflexivo, imbuido por la gracia. Al rato llega el primer cliente. Manu, un joven simpático, adolescente con inquietudes. Compra un libro y por ser el primer cliente le regalo un libro cualquiera a elegir. Emocionado, los mira todos con suma atención y elige un libro de mi autoría: “Creando Utopías”, el último ejemplar que quedaba de su segunda edición. Para sorpresa del ilusionado joven, le digo que el autor está muy próximo y que le puede firmar el ejemplar. No se puede creer tanta magia. Llamamos a “Javier” y de repente aparezco como autor del libro. Manu, sus tres primas y su tía no se lo pueden creer. Le firmo alegre el ejemplar y todos se van contentos y yo especialmente me quedo feliz por haber sido capaz de participar de un hermoso momento mágico, emocionante y único.

Es cierto que el oficio de editor o escritor no es para hacerse rico. He regalado dos libros en lo que va de día y he vendido otros dos. Pero al menos he amortizado la comida del chino-cordobés-de-pura-cepa y he dado un bonito paseo por Córdoba. Un día hermoso en una tierra hermosa. No estoy enfadado, estoy alegre.

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Luces del sur… o el régimen del solitario


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Ese hijo de plateros también pensó en la utopía. Ibn Bayya expuso su utopía social y filosófica en un tratado que llamó El Régimen del Solitario, describiendo una ciudad ideal, al-madina al-fadila, nacida de una clara inspiración platónica. La utopía tiene mil sabores y lugares. Es como esa luz del mediodía, tan próxima a ese especial paralelo donde los rayos etéricos tienen mayor efecto en los contornos sensibles. Cuanto más te acercas a ese mediodía, a ese paralelo, mayores son las luminarias, la clara luz, la belleza etérica del mundo invisible manifestado en la belleza natural de los paisajes. En estas fechas, a la luz hay que añadirle el olor a azahar de estas tierras. Es un olor hechicero, sublime, seductor. Cuando paseas por los pueblos blancos, en la sierra teñida por talentosos morenos que deambulan de aquí para allá, percibes que este lugar es diferente al resto de lugares. Es en sí misma una utopía, un lugar ideal.

Apenas llevo un día y el alma se esmera por ordenar todos los recuerdos. Sin darme cuenta descubro que aquí he pasado parte de mi vida. Mis orígenes sureños me trajeron por casualidades de la vida a vivir en dos ocasiones por estos lugares. A pesar de los orígenes, siempre me sentí un extranjero, un extraño, un incómodo habitante con ideas de ciudad cosmopolita y norteña que intentaba inculcar otras formas de ver el paisaje, de sentir su luz, de percibir a sus gentes. Siempre me sentí un solitario, algo incómodo e incomprendido en todas las tierras donde viví. Algo que no gusta, que crea desconfianza por esas ideas tan diferentes a los contornos nativos.

Nacido en tierras mediterráneas, en Barcelona, de familia originaria de Sierra Morena, vivo en el septentrión galaico y convivo siempre con el corazón entre Malasaña, las Highlands escocesas y los campos del valle del río Elba. Una mezcla extraña que discurre estacionalmente entre siete entidades intangibles, entre siete estados del ser que se identifican cada uno con un territorio determinado, arquetípico. El séptimo aún no ha llegado, pero lo intuyo en alguna planicie futura, en algún régimen solitario.

Alguien diría que tengo sangre gitana, más ahora que empieza mi andadura de feriante, o de feria en feria con tal de liquidar el gran stock de libros que llevo acumulando desde hace más de una década (por favor comprad libros para aligerar mi marcha). Algo de nómada tengo, pero siempre me identifiqué más con la figura del peregrino. Ese que sabe a dónde va, porque tiene una fe y una esperanza de besar alguna tierra santa, ya sea esta simbólica o real. Peregrinar siempre me mantuvo vivo. Deambular como un vagabundo de un lado para otro siempre fue una especie de entrenamiento para adentrarme en los confines del misterio, de la impermanencia, de la carencia de sujeción a un territorio fijo y determinado. Volátil, nada ni nadie me puede atrapar cuando me dejo persuadir por el Camino. Loco de atar, angosto, desquiciado por emprender cualquier marcha, floto a medio metro del suelo al mismo tiempo que camino con un farol mistérico cuya luz desprende luminarias a doquier.

Por eso no soy capaz de adorar a un dios determinado, ni a una tierra, ni a una nación, ni sublevo mi espíritu libre a ningún rey, señor o bandera. Hilozoista por naturaleza, no tengo amo ni reino, ni idea que defender ante ninguna tribu adormecida en los albores de la cueva de cualquier Shaddai, excepto aquella que pueda entender que la materia, en todas sus manifestaciones, está plena de vida. Por eso ahora soy capaz de deleitarme de las luces del sur y mañana quedar enamorado de las sombras, las lluvias y los grises melancólicos del norte. De tanto dar vueltas de un lado para otro descubro que la tierra no puede ser plana. Es más bien una bola de fuego ardiendo que por pura atracción, sigue atrapada a una luminaria mayor. Una procesión ígnea que pretende, en su grado y condición, desarrollar su propia evolución. Un régimen solitario el mío. Aquí, sentado, contemplando las luces del sur, su luz, su magnetismo, su energía. La divina Siquis que respira cerca, tan cerca que la siento dentro.

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Hacer la calle


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En la Feria del libro de Córdoba cuando tan sólo teníamos una docena de libros editados

“Ecce nunc patiemur philosophantem nobis asinum?” (¿Es que vamos a sufrir que un loco nos venga con filosofías?) Lucio Apuleyo, El Asno de Oro, Libro X.

Decía Mark Hedsel que el Camino del Loco (libro editado por nosotros) es el del peregrino independiente que recorre la senda del espíritu. Es el camino del Ego en desarrollo, el camino de la experiencia o pathein, en griego antiguo. El Loco es un errante que persigue la vía secreta a costa de perderlo todo sin ningún tipo de remordimiento. Al igual que la esencia espiritual del reino vegetal es el perfume de sus flores, el Loco entiende que existe una esencia de igual valor en el reino humano, y su fijación es perseguirla y alcanzarla, cueste lo que cueste.

Quizás por ello de nuevo salgo de viaje, esta vez a tierras del mediodía para participar en una feria del libro. Hacía muchos años que no participaba en una feria del libro, pero la quiebra de la distribuidora y la necesidad de remontar económicamente una situación difícil me obliga a “hacer la calle”. Nunca se me ha dado bien la venta. No soy un buen vendedor de nada. Editar libros fue un capricho que se me ocurrió en un tiempo de una holgada bonanza económica. Era como un hobbie que hacía en los ratos libres mientras dedicaba mi tiempo al mundo académico con la tesis en Sevilla por las tardes, el curso de adaptación pedagógica en Córdoba por las mañanas y el máster en pedagogía Waldorf en Madrid los fines de semana… Era esa época en la que era capaz de estirar los días y hacer mil cosas a la vez. Escribir, viajar, sacar títulos académicos y en las horas libres, cuando las había, empezar a gestar la creación de una editorial que luego, sin querer, se convirtió en mi medio de vida.

La idea inicial del proyecto era la de ayudar a autores noveles a editar sus primeras obras. Como en ese momento tenía algo de dinero, podía realizar una concienzuda tarea de mecenazgo arriesgando mi patrimonio personal en la edición de libros no comerciales. Luego quise expandir ese mecenazgo a libros con consciencia y más tarde a libros de crítica social. En estos años de vida editorial, he visto casi de todo. He podido ayudar a mucha gente mientras tenía dinero, y también cuando dejé de tenerlo. Al mismo tiempo, cuando ocurrió lo segundo, he sentido como algunos ángeles me ayudaban al mismo tiempo a seguir adelante. Editar autores noveles, poesía o libros de la sabiduría perenne nunca me repercutió pingües beneficios. Más bien muchos disgustos, quiebras consecutivas y fracasos gestionados de forma muchas veces desagradable por autores orgullosos y malagradecidos.

No se me caen los anillos por hacer la calle. Creo en el proyecto editorial como plataforma de mecenazgo cultural y creo que es una bonita labor la que durante estos años hemos hecho de forma peculiar. El proyecto O Couso nació al mismo tiempo como una extensión de ese mecenazgo cultural. La cultura, al fin y al cabo, es el espíritu que nos mueve como grupo humano y, por lo tanto, su cuidado y su protección es una labor encomendable. ¿Quién sino los locos pueden atreverse a llevar a cabo esta tarea hercúlea?

Es cierto que para hacer mecenazgo hay que tener dinero. Lo tuve en su día y por eso me atreví a meterme en todos estos berenjenales. También es cierto que ahora no lo tengo, y eso me crea cierto conflicto personal, pues no me gustaría abandonar estos proyectos grupales para intentar recuperar mi economía estrictamente personal. Es una paradoja vital en la que me encuentro, de difícil solución. Así que, sea como sea, estoy infinitamente agradecido a todos los que compráis nuestros libros, aportáis apoyo a la fundación y a sus proyectos y de vez en cuando colaboráis con aportaciones, por muy simbólicas que parezcan, a este blog. Todo suma y todo ayuda para seguir adelante.

Con vuestro permiso, seguiré luchando, a cual Loco, con coraje, para mantener vivo este espíritu. Seguiré saliendo a los caminos para proteger la cultura, para potenciar sus virtudes y para seguir creando un mundo más humanista, ecológico y consciente. Seguiré haciendo la calle tantas veces como haga falta, sin prostituir mi alma, aludiendo una y otra vez a la figura de ese peregrino errante e independiente que recorre la senda del espíritu, inevitable… Sigamos aportando a la gran obra del espíritu, siempre…

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El retorno a las fuentes


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Me sorprendió ver ese hermoso ser posado en la silla. Una mariposa que realmente parecía un hada, un ser de otro mundo, frágil y casi transparente. La miré absorto bajo el calor octogonal que la primavera recién estrenada desprendía a raudales. Una mariposa salida de algún sueño.

La verdad es que la vida en los bosques transcurre de forma muy diferente. El tiempo no se mide, simplemente pasa. Tanto es así que llevaba ya días sin escribir, pensando que hoy era ayer y en realidad ha pasado ya una semana. Por eso la mariposa me recordó tantas cosas. Especialmente lo frágil que es la vida, lo volátil que es todo, y lo complejidad que subyace en cada instante. Planeas cosas, pero luego las cosas pasan de forma diametralmente opuesta. Piensas que internarse entre árboles puede asegurarte cualquier recompensa, pero aquí todo se mide de forma diferente. Cogí la mariposa, la puse en la ventana y desapareció entre vientos que la llevaban de aquí para allá. A pesar de la frágil experiencia, ocurrieron otros hechos importantes.

Ese mismo día llegó el equinoccio, con su luna llena, con sus rituales ancestrales, con su celebración a la vida. El sol es cálido y amable, los árboles empiezan a despertar de su letargo y comienzan a teñirse de verde. La vida es como si de repente comenzara a fluir más rápida, más vibrante y luminosa. Si te paras un momento a mirar la belleza del entorno es como si entraras, con un poco de constancia, a otra dimensión donde los colores son más brillantes y la vida clama con un sentido misterioso. Es como si el cielo se manifestara en la tierra de forma poderosa y pudieras arriesgar un trozo de esta realidad para traspasar las barreras que nos separan de lo esencial. Puedes ver la vida, la materia, las fuerzas, las energías y los arquetipos que subyace en cada una de esas dimensiones paralelas.

En estos días he descubierto algunas cosas interesantes sobre los procesos que la existencia te anima a perseguir. He visto claramente como las necesidades pueden ser personales, o si queremos, necesidades del ego, del pequeño yo. Todo aquello que tiene que ver con nuestras inquietudes más inmediatas y egoístas se manifiestan con una fuerza alarmante en nosotros y el mundo.

Luego están las necesidades de eso que las tradiciones llaman alma. Alma es una palabra extraña pero que encierra en sí misma un poderoso significado. Y saber y atender las necesidades del alma no es fácil, porque es algo que late en potencia en nosotros, pero no en acto. Es decir, el alma es algo latente, pero incapaz de manifestarse en nosotros. Sólo en breves destellos de iluminación momentánea tiene cierto poder de manifestación. Como la mariposa que entra en la cabaña y desaparece en un instante mecida por los vientos en el día equinoccial. Pero cuando eso ocurre y lo observas de forma despierta, es posible captar cierto mensaje, cierto destello de luz, de comprensión superior sobre las cosas. Cuando el alma es capaz de asentar parte de su existencia en nosotros, nuestras capacidades y entendimiento cambian para siempre. Y descubro con asombro que el alma también tiene sus propias necesidades y alimentos, sus propias exigencias para adecuarse y asentarse en nuestras vidas.

En los bosques, ante la visión de la naturaleza plena, es posible que el alma se acomode, que te posea con mayor frecuencia, ya no como algo ajeno a nosotros, sino como algo que empieza a pilotar nuestras vidas, nuestra entrega a un propósito mayor, a algo que supera con creces nuestras necesidades particulares y egoístas del pequeño yo. Y cuando eso ocurre, especialmente en momentos de plenitud silenciosa, descubrimos un tercer agente, un factor que está por encima de la vida del alma, un pequeño y leve toque de clarín. La tradición habla de ello como la vida del espíritu, o como la cosa espiritual e inmanente que está en todo lo existente. Aquí el Misterio es poderoso, porque el espíritu, a diferencia del alma, ya no es algo tan tangible, ni tan fácil de atrapar o contextualizar al tratarse de algo que pertenece a todos, y no a una entidad definida.

El yo y el alma aún tienen cierta identidad, pero no el espíritu, que subyace en la no identidad de todas las cosas. Sin embargo, cuando un trozo de su poder es capaz de asentarse en el trono álmico, la experiencia sensitiva y vital supera con creces todo lo vivido hasta ahora. Ya no se trata de una mariposa frágil que es mecida por los vientos. Ahora es el PROCESO en el que esa mariposa, el bosque, el viento y yo mismo nos encontramos en un mismo instante dentro de otro instante mayor. Esa experiencia es como una revelación del continuo fluir de la vida, y de como nosotros participamos en ella. Esa experiencia, fugaz, primaveral, volátil, nos permite comprender las necesidades del alma y del espíritu, y participar de su concierto existencial si deseamos atenderlas. Y en ese proceso me encuentro, por eso pierdo toda noción de tiempo, de trabajo, de experiencia. Por eso pasan las horas y los días y siento rejuvenecer en vez de envejecer. Como si el volver a las fuentes dotara de sentido todo lo demás, y al hacerlo, uno se hiciera espíritu inmortal.

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Esa vida onírica


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Ayer tocó desatascar tuberías y hoy reparar un molino de viento. Parece que en el mundo arquetípico todo está relacionado y todo está lleno de símbolos. Estos días en los bosques han sido un poco de locos. Aquí el tiempo es diferente. Se podría decir que no hay tiempo, ni orden aparente, ni programación normal sobre lo que podría ser una jornada tranquila o cualquiera. Todo discurre, sin más. Y la mente analítica debe adaptarse a ese fluir inexacto, expresivo, incandescente. El tiempo de la ocasión es impermeable. Uno se desliza ante la suave atmósfera. La sensación es como si estuvieras contemplando el curso de un río desde fuera y de repente te lanzas a sus aguas dejándote llevar por su fuerza. No sabes hasta qué orilla, ni siquiera sabes qué ocurre o ocurrirá mientras flotas en la intemperie. Pero te dejas llevar mientras ríes de emoción.

Esto es realmente apasionante. Si no fuera por todo el trabajo que se empieza a acumular, por la falta de medios para intentar abarcarlo todo, por no tener casi de nada y aún así vivir una vida rica en experiencias. Y el río sigue arrastrándome con su fuerza, con su ímpetu, disfrutando de los paisajes, sin expectativas, sin mayores dramas que el fluir. Ahora ya no me cuestiono las cosas del pasado o del futuro. Ni siquiera me cuestiono las cosas del presente, como si estuviera viviendo en un ciclo natural, en un proceso supraconsciente que predomina en una psique demasiado acostumbrada a atar las cosas, a controlar las cosas.

Con el tiempo uno descubre que nada se puede controlar, que la vida se muestra caprichosa o milagrosa dependiendo de nuestra propia inclinación interior. Uno se levanta por las mañanas y decide realmente cómo será el día dependiendo del escenario que dibujemos en nuestra mente. Si miramos la vida con alegría, solo pueden ocurrir escenarios hermosos. Si miramos con tristeza, casi seguro que lloverá. Y no lo digo porque la lluvia sea algo triste en sí misma. Más bien es una alegoría de la corriente de agua que corre dentro de nosotros cuando nuestras emociones deambulan hacia las esferas acuáticas.

La vida es onírica. Se supedita a los sueños y estos a nuestra labor como creadores. Cuando el arte recorre nuestras venas, la vida puede llenarse de tonos impresionantes, sacados de otros mundos. Cuando vagamos ante la premisa del tedio, lo gris se manifiesta inevitablemente. Mañana, cuando amanezca, miraré el bosque, escucharé el canto mañanero de los pajarillos ya disfrazados de primavera. Intentaré sopesar qué merece la pena pensar, sentir y hacer. Me guiaré por cada acontecimiento, por cada nueva experiencia que se presente. Seguiré aprendiendo, como un niño que mira con atención y curiosidad el nuevo mundo. Suspiraré por todo aquello que me gustaría abrazar e intentaré que el lazo místico se manifieste con profundidad. Me siento bien, ya alejado de la tempestad, y ahora más preparado para las siguientes pruebas. Mientras, río en el río… Qué paradojas…

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Hacia un mundo amable


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Esta tarde meditando en O Couso

Domingo. Suena el despertador a las siete. Los pajarillos se escuchan en los árboles. El bosque amanece lleno de rocío inmaculado, preñado, fresco. Me estiro mientras sonrío interiormente. La noche fue bien, el reencuentro con la cabaña fue hermoso y tranquilo. Paz y silencio a esas horas. Observo atento a mi alrededor cada párpado de recuerdo. Miro por la ventana como llueve mientras se mecen los árboles con cierto aleteo alegre. Geo me mira, se levanta y se estira. Aprovecho su iniciativa y lo imito con cierta pereza. Me quito el pijama de franela. Me visto tranquilo. Hago la cama y emprendo el camino hacia la ermita. Allí ya está María silenciosa. La acompaño tras encender la vela y tocar los tres gongs.

La ermita es un centro de peregrinación para almas que buscan paz interior. El silencio acompaña los ritmos que creemos se expanden más allá de nuestra parte corpórea y limitada. Hay sutilezas difíciles de describir, mundos incapaces de manifestarse si no es ante una observación atenta y desapegada de todo lo que somos. La paz interior no es más que conectar la llama que nos ilumina y refleja nuestro sustento álmico con aquello que resplandece más allá de lo cognoscible. La paz nos sobrevive cuando auscultamos el universo en su magnificencia cósmica y conectamos con esa vibración compartida. Realmente funciona como la música, con sus armónicos y su oscilación auditiva. El sonido se extiende como la luz, a un ritmo diferente, pero eficaz. La voz del silencio permite esa conexión imprescindible y nos trae paz.

La vida ordinaria, el día a día, es convulso. Si estamos solos, la pelea es con nuestros miedos y fantasmas. Si vivimos con otros, ya sea con parejas, familia o amigos, la convulsión entonces puede llegar a ser violenta y descontrolada. No somos perfectos y ya sabemos que hay muchos tipos de violencia, y a veces resulta difícil controlarlas, apagarlas, dominarlas. La violencia puede ser psicológica, sutil, invisible pero poderosa. También puede ser verbal, como cuando berreas a un animal, y olvidas que, a los animales, y menos aún a las personas, no hay que berrearlas. A veces esa violencia se descontrola y pasan cosas horribles.

De ahí la belleza de empezar y terminar el día con un momento de silencio, de trascendencia, de coloquio interior con la paz. Esa música nos acomoda a un estado del ser diferente. Silencio, paz. Paz silenciosa. Gandhi sabía mucho de esa paz y la llevó al mundo como ejemplo encarnado. Nosotros deberíamos intentar, en la medida de lo posible, dejar de berrear, y aprender a ser amables, cariñosos, amorosos con los otros, sean los que sean. Ser amable con el mundo es ser amable con la parte trascendente de la que venimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Ser cariñosos y amorosos con todos aquellos que nos rodean producen un efecto multiplicador en la construcción inevitable de la paz mundial. El día que comprendamos la importancia de la amabilidad, del cariño, de los pequeños gestos, ese día el mundo empezará a cambiar. Paz al mundo, paz a los hombres y mujeres de buena voluntad para que lleven paz a todos los rincones de la esfera existencial. Feliz y pacífica vida a todos. Mi paz os doy, mi paz os dejo.

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Volver a los bosques. Rite de passage


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La lechuza de mi última revolución solar observa atenta en este bosque de aliento. Tras nueve meses de ausencia, volver a la cabaña, a los bosques, a las montañas, a la vida en comunidad, está siendo una experiencia intensa. Se lo debo en parte a Sergi, escritor de oficio, nómada y buena gente que vino a pasar unas semanas al balneario y eso me obligó a una mudanza precipitada a mi otro hogar. Dejar mi refugio entre libros y ríos allá en el valle y subir a la montaña con el corazón por fin tranquilo, la mente ligera y el espíritu con deseos de vida ha sido algo hermoso, intenso e interiormente deseado.

Hoy éramos siete personas y el ambiente no podía ser más amoroso, equilibrado y afinado. Fuimos de excursión a lugares de una belleza impresionante, que siempre han estado ahí y que, en mis cinco años de excursiones y exploraciones por estos lares, nunca había sido capaz de descubrir. Lo cual ha sido como una especie de rite de passage antes de entrar de nuevo a esta realidad, a este mundo mistérico que se está tejiendo desde los planos más etéricos. Un rito que me ha permitido ver con paciente calma todo lo hermoso que aquí se está tejiendo.

En la cabaña, rodeado de árboles y montañas, de soledad y sosiego, se respira algo especial. El amigo Geo respira a mi lado. La gata Meiga merodea por los alrededores. Desde que me marché, ha sido fiel y se ha mantenido firme como una guardiana viviendo en la cabaña, esperando mi regreso y protegiendo el lugar. Ahora tendré que acomodar de nuevo la decoración original, mis enseres personales y mi nueva forma de ver la vida y el sentido de todo. Por suerte pude entrar en este recinto de forma tranquila, sosegada, sin lágrimas ni deseos extraños. Ahora solo con un manto de agradecimiento, con una sonrisa alegre tras comprobar todo lo que aquí se hizo de forma bella y desapegada. Estoy bien, me siento bien, lleno de agradecimiento y con ganas de empezar de nuevo después de tanto tiempo de dureza y ausencias.

Ahora me encuentro preparado para ir entrando poco a poco a la segunda fase del proyecto: “el jardín de Epicuro”. Si la primera parte podríamos llamarla como de mito fundacional o la reconstrucción de la pequeña Porciúncula para albergar la idea de que el reino de los cielos se está acercando, ahora toca bucear en la parte etérica del proyecto y profundizar en nuestra relación con la madre naturaleza. Como ya hicieron cerca de El Pireo los «filósofos del jardín» o «aquellos del jardín», nos toca a nosotros manifestar la parte celeste en la belleza natural de la vida tal y como lo hiciera Epicuro de Samos. Los placeres espirituales y la ataraxia debería ser el próximo objetivo primordial.

Perder el tiempo en el dolor y el sufrimiento no tiene sentido. Perder el tiempo en la violencia y la rabia no nos conduce a nada. De ahí la necesidad de conseguir tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad buscando una correcta y sana relación con el alma, la razón y los sentimientos, con el otro y lo otro, con la vida y el misterio. No merece la pena sufrir. No merece la pena gritar, expandir odio, rabia, frustración, miedo, inseguridad, arrebato o violencia. Es necesario volver a la paz interior, al refugio del alma, a la felicidad y la alegría. Eso es lo que deseo interiormente y ese será mi esfuerzo para los próximos tiempos. Luz, paz y amor para todos.

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El secreto es el vacío de todos los fenómenos


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© Pintura de Caspar David Friedrich

 

Hoy ha sido un día difícil en cuanto a la administración del tiempo. Sin embargo, he descubierto esa manera tranquila de sortear de la mejor manera todos los compromisos. En el fondo, había cierta emoción en aquello que sucedía y acontecía. Como si todo estuviera ordenado, como si todo estuviera en su sitio, como si de repente hubiera un cambio imprescindible en la percepción de todo. Una luz primaveral, un sentir riguroso de lo intangible, de lo perenne, de lo sensible al palpitar de la existencia.

Descubro un poco tarde que no se pueden forzar las cosas y que en estos últimos años he forzado en exceso algunos acontecimientos. No puedes provocar que la primavera se adelante. No puedes obligar a que la gente permanezca a tu lado si lo que desea es estar en comunión plena consigo misma, a solas, en silencio. No puedes marcar los ritmos cuando los ciclos tienen vida propia. Lo que se expande y se contrae no depende de nosotros. En nuestro haber, solo podemos arrodillarnos ante la inmensidad, humildemente, y aceptar los acontecimientos. Si alguien quiere estar a nuestro lado, vendrá. Si algo tiene que suceder, inevitablemente sucederá. Podemos desearlo, pero no forzarlo, porque la música tiene sus propios ritmos y nuestro tono, mayor o menor, debe encajar en cada concierto en el que participemos de forma siempre equilibrada y armónica.

Mientras pienso en todo esto, empiezo a comprender el secreto que existe como vacío de todos los fenómenos. Es como si todo lo que ocurre estuviera envuelto en un misterio que tiene su propia lógica. Nada ocurre al azar, ninguna brizna cae sin una historia que la envuelve y dota de sentido ese instante. Los fenómenos responden ante un vacío inconmensurable cargado de sinergias que se expanden hacia un exacto y meticuloso propósito. Todo encierra una intención que no sabemos interpretar. Por eso interiormente hoy sentía, ante todo lo que ocurría casi de forma inevitable, cierta paz interior. Respiraba con la confianza de saber que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así que, aunque hoy haya sido un día intenso y mañana parece que también lo será, siento ese equilibrio de las cosas invisibles, siento la fuerza de todo aquello que se sujeta en ese cambio constante. Puedo ver los acontecimientos encadenados unos con otros y percibir el sentido de todas las cosas en paz, con calma, con sosiego. Es como si las puertas cósmicas se empezaran a abrir para penetrar en la consistencia del misterio, de todo aquello que alberga el sentido de la vida.

La soledad nos permite ver el entresijo de la vida de forma diferente. Y si la soledad es acompañada por la música de la propia existencia, entonces todo se ordena. El bosque crece, el río empuja el agua, las montañas entablan comunicación con los valles y las flores empiezan a preparar el néctar que pronto repartirán en toda la naturaleza. Así son los ciclos. Y así entiendo que debemos vivir. Si ahora toca soledad, ya vendrán tiempos de compartir, de volver a las risas, de volver a la exploración conllevada. Si ahora toca mirar con nostalgia los tiempos pasados, ya vendrán tiempos en los que volvamos de nuevo a la intrínseca aventura. El misterio seguirá ahí, y los mundos. Y lo más increíble de todo: el secreto seguirá siendo el vacío de todos los fenómenos.

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Ya no sé hablar


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Ya no sé hablar. Ni siquiera sé de qué hablar. Uno se cansa de hablar. Voy al bosque y miro al árbol. Lo observo con calma, con esa calma de creernos inmortales ante ese instante nimio. Si el árbol es suficientemente grande, uno se siente anestesiado ante su fortaleza. Por eso prefiero callar y observarlo. Tiene mucho más que decir en su silencioso ajetreo con el viento que yo ante mi constante ajetreo mental. Mi mente es un reguero de emisoras que capta los diez mil pensamientos que sucumben en la frecuencia modulada del mundo intangible. Ante la robustez del árbol descubro que mis pensamientos no son míos. Se cuelan, vienen y van, pero no pertenecen a nadie, ni siquiera a mí. Por lo tanto, miro el árbol y prefiero callar. No decir nada. Para qué hablar si no somos capaces de sostener un ápice de compromiso. Para qué decir nada si no hemos aprendido a escuchar. Podría hablar mil idiomas y no tendría nada que decir porque aún nadie me enseñó a escuchar.

Pero ante el árbol la comunicación es diferente. Él no necesita decir nada ni yo necesito decir nada. Nos observamos, uno ante su naturaleza vegetal y el otro ante su naturaleza homo-animal. Siento como él me mira a su manera verde. Y yo intento mirarlo a mi manera azul. Pero no hablamos, no hace falta hablar. El árbol entiende mi mensaje oculto, mi lenguaje, mi sinceridad, mis miedos, mis alegrías, mis propósitos, mi camino. Y yo puedo entender su mudo respirar. No necesitamos nada más que mirarnos, y si nos atrevemos, si nadie nos mira, si nada extraño acontece, podemos incluso abrazarnos en silencio. Un acto de amor mudo, desnudo, sin pretensiones, sin ambiciones.

Los árboles tienen esa conexión especial con el mundo. Entierra sus brazos en la profunda tierra al mismo tiempo que sucumbe de igual manera hacia los cielos. Esa enseñanza es impresionante porque el árbol atiende a todos los requisitos de la existencia. Aprieta sus raíces en la oscuridad brillante mientras aletea sus ramas ante la luminosidad de la bóveda celeste. Hay una doble danza, un doble juego. Puede lamer ambas realidades y nutrirse de esa enseñanza. Y todo en respetuoso silencio, sin mediar palabra. El árbol quizás sea uno de los seres más admirables porque sabe escuchar. Algo tan lejano a lo que nos ocurre a los humanos. El árbol atiende, empatiza, se yergue centinela de nuestros más profundos secretos.

Un árbol no reclama su sensibilidad, sino que atiende majestuosamente a la sensibilidad de todos. Se expresa de igual forma, respetuoso con el trozo de espacio que le corresponde. Cobija y da calor a unos y otros, alimento a unos y otros, disfrute y aliento a todos. Su obra es admirable cuando el árbol es lo suficientemente grande y nos observa desde cualquier altura. Nos mira con reposada paciencia y humildemente atiende nuestras súplicas, nuestros deseos, nuestros anhelos. Crece silencioso, año tras año, invierno tras invierno. Se expande en su bosque silente.

Ya no sé hablar. Por eso voy al bosque en búsqueda de comprensión, de aliento, de luz. Allí los elementos y los elementales se aproximan curiosos. Se acercan en susurro y producen ese cosquilleo inquietante que nos hace erizar todo nuestro cabello. En el bosque, junto al árbol, cualquier árbol que sea lo suficientemente grande, podemos entablar una comunicación diferente. No es necesario hablar, porque sabemos que el árbol, cualquier árbol, podrá escuchar. Sí, podemos hablar diez mil idiomas. Pero si no sabemos escuchar, de nada nos sirve. Por eso el árbol es admirable. Escucha todos los idiomas, los atiende, los abraza y cobija. Es cierto, ya no sé de qué hablar. El árbol atiende ahora mis silencios, y comprende.

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Esa media caravana


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“El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega”. Rumi.

Nadie comprende con exactitud la grandeza de unir corazones tan distantes y diferentes en una misma mesa. Nadie puede expresar el laborioso esfuerzo de poder congregar en un mismo concierto a instrumentos tan dispares. Esa profunda magia de la armonía, de la música, de la danza, solo puede entenderse desde la profundidad de ese momento que llega a través del amor. Aunque sea un amor inconsciente, un amor no comprendido, puede manifestarse de mil maneras en una sola nota clave. Sólo los que han sido bautizados bajo el fuego de la espada, bajo las hazañas del compás y la escuadra, pueden entender o atisbar la melodiosa y poderosa fuerza de la tolerancia, del amor que se manifiesta ante lo radicalmente diferente.

Hoy en la mesa éramos infinitamente distintos. Dispares. Antagónicos en muchos aspectos. Pero había una música de fondo que nos unía. Un lazo que desea vivir más allá de nosotros, con intensa belleza y fortaleza. Los que se consideran puros y solo buscan la pureza de sus iguales, olvidan la belleza de la diversidad. Olvidan que en un concierto melodioso existen tambores que retumban fuerte, flautas que hipnotizan con su brillo, violines que danzan entre trompetas y pianos. Son tantos los instrumentos que pueden brillar con voz propia en un concierto que olvidamos ese milagro misterioso. Lo importante de cada instrumento es que esté bien afinado, y así obrar el milagro armónico.

Celebrar cinco años de un proyecto tan polifónico es toda una grandeza. Especialmente cuando hoy llegaron desde tan lejos los amigos que donaron la primera caravana del proyecto. La grandeza de seguir unidos a pesar de los avatares, a pesar de que cada instrumento toca su nota clave, se ha manifestado hoy de forma hermosa. La humildad de expresarnos como podemos, como sabemos, como nuestros pequeños egos nos permiten, forma parte del ritual del compartir. La mesa repleta de alimentos, las manos cogidas en silencio, las almas respirando y conspirando.

Sobre todo teníamos especial memoria para todos aquellos que ya no estaban con nosotros. En mi haber había dos personas que sin ellas el proyecto no hubiera existido y que ya no están entre nosotros. German y Antonio. De alguna forma, en el conspirar silencioso allí estaban, sentados en esos dos asientos que habían quedado vacíos en su honor y memoria. También estaban vacíos para María y Laura, para que sus almas poderosas pudieran sentarte junto a nosotros. Y para todos aquellos que han sufrido, que han vivido con pena y dolor el sacrificio grupal.

Desde dentro he guardado la memoria de todos aquellos que durante estos largos cinco años han formado parte de este concierto. Ni siquiera me ha molestado cuando la oscuridad ha intentando invadir el espacio con sus torpezas. En el fondo la llama seguía viva. Quizás tenue, temblorosa, pero viva. Fe y esperanza. Amor.

Gracias querida Filo y Paco por venir desde tan lejos. Gracias de corazón por esa “media caravana” que tanto calor nos ha dado y que sumaron en el amoroso acto de la generosidad, de la desmedida entrega sin condicionantes. Gracias por acompañarnos en la mesa donde los tambores sonaban junto a la flauta, donde los corazones palpitaban en un solo tono. Alegría de que hoy podáis descansar en la cabaña que con tanto esfuerzo ayudasteis a construir. Cinco años no es nada… La gran obra continua… todo momento llega tarde o temprano…

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Quinto aniversario del proyecto O Couso


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Primer grupo de voluntarios hace cinco años…

«El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía».  John R. Piatt

In Memorian Antonio el «Alquimista», guía y mentor…

Mañana día doce de marzo hará cinco años que unos jóvenes ingenuos y decididos emprendieron la aventura de intentar recrear en la tierra un trozo de cielo. Desde ese primer día en el que pudimos desembarcar en las tierras de O Couso, apenas cuatro hectáreas de terreno en un paraje inhóspito rodeado de bosques y montañas, muchos amigos se unieron con ilusión a un proyecto que pretendía, de forma modesta, crear un nuevo paradigma utópico, alternativo y de convivencia armónica. Desde esos primeros días en los que teníamos que dormir en modestas caravanas cedidas por amigos hasta el día de hoy han pasado muchas cosas.

Los primeros años fueron muy duros. Nos enfrentamos casi sin recursos ni medios a un entorno hostil, desconocido. Teníamos ante nosotros una ruina que pretendíamos reconstruir piedra a piedra con nuestras manos. La idea era repetir la hazaña del humilde Francisco de Asís: reconstruir el espíritu de los tiempos con el ejemplo de la humildad, el trabajo grupal y el cariño compartido. Por eso empezamos la reconstrucción en la pequeña ermita, aún cuando no teníamos ni luz ni agua ni conocimientos sobre nada. El poder tener al menos un lugar de retiro, de recogimiento, de interiorización donde imaginar el resto de la gran obra nos seducía y nos atrajo. Allí hicimos nuestras primeras meditaciones, nuestros primeros acuerdos y desde allí buscamos la magia que debería ayudarnos a seguir adelante. Aún guardamos vivos los recuerdos del frío helado en los inviernos que nos acecharían con crudeza extrema. Aún recordamos el momento en el que pasamos nuestras primeras Navidades rodeados de amigos que se congelaban al ritmo de la celebración improvisada en la gran ruina.

Pero poco a poco, a pesar de las calamidades y los esfuerzos, a pesar de las crisis personales y grupales, persistimos. Nuestra guía era la fe y la esperanza que empujaban nuestros corazones a seguir adelante. Así hasta que conseguimos nuestra primera habitación, nuestra primera ventana, nuestro primer tejado, nuestra primera puerta, nuestro primer reguero de agua, nuestra primera estufa, nuestras primeras sillas y mesas y luego sillones, nuestra primera chimenea y el primer grifo y la primera ducha y el primer lavabo y la luz… por fin la luz…

Cinco años es casi toda una vida en un esfuerzo titánico como es el trabajo en comunidad. Podemos decir que la persistencia concienzuda del trabajo colectivo ha provocado que el proyecto perviva, siga vivo y siga palpitando en nuestros corazones. Podemos decir que O Couso ha sobrevivido a todo tipo de avatares y sus gentes, presentes o no en el lugar, han logrado desde el lazo místico llevar el calor de los corazones hasta lo más alto. Se ha creado una llama inmortal, un punto de luz en un planeta que merece ser cuidado desde la atención y la vigilia, desde nuevos paradigmas que profundicen en la cocreación con la naturaleza, en el apoyo mutuo, en la cooperación entre iguales, entre personas libres y fraternas. Este mundo bueno merece potenciar la belleza entre lo posible y lo imposible como lazos que unen puentes indestructibles. Este mundo bueno merece ser mejor cada día con el esfuerzo continuado de todos… Por eso persistimos…

Mañana cumplimos cinco años y lo celebraremos con una humilde comida, congregados ante el fuego y la llama de nuestros corazones. Estás invitado a unirte, en lo tangible o desde lo intangible, a esta nueva fiesta. Celebraremos la unión, la persistencia, el coraje, la valentía, la posibilidad de equivocarnos, de levantarnos una y otra vez, nuestras contradicciones y paradojas, nuestros errores y aciertos… Persistimos un año más ante el reto de experimentar la vida de forma intensa y única, agradecidos de corazón a todos los que habéis hecho posible este sueño que ya es vuestro, y de todos. Gracias sinceras almas bellas por seguir uniendo vuestros latidos al conspirar universal del amor. Gracias por hacer posible que la vida se manifieste en el plano humano de forma amable y sencilla.

Queremos mostrar un especial mensaje de agradecimiento a Antonio el Alquimista, el cual nos ha dejado recientemente. Sin su guía e intuición seguramente el proyecto nunca hubiera existido. Nos puso, desde su portal en el Camino, tras la pista de lo que ahora existe. Gracias por todo tu amor y cariño y gracias por iluminarnos ahora desde el otro lado. 

 

A ese fresno roto


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La cabaña en el invierno pasado

«El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía». John R. Piatt

Subí de nuevo a los bosques. Tenía que repasar el segundo artículo de antropología pero no me concentraba tan rodeado de libros y estímulos del pasado. En otoño hubo una gran nevada que había partido literalmente por la mitad decena de árboles. Uno de ellos, un gran roble pegado a la cabaña, había caído justo encima del fresno que sembramos cuando empezamos a construir ese pequeño hogar. Aún no me siento con fuerzas de volver a la cabaña, pero quise, de forma simbólica, poner orden en sus alrededores. Todo aquello que se había doblado, como mi propia vida en estos meses, enderezarlo, como ahora hago con todo. Así que cogí la motosierra, y aunque se resistió a funcionar durante más de una hora, al final conseguí hacerla funcionar y empecé a hacer leña del tronco caído.

La sensación fue de liberación. Por fin los alrededores de la cabaña quedaban limpios y ordenados. Era un acto muy simbólico, pero también muy necesario interiormente hablando. Por dentro la cabaña había sufrido también sus propios avatares. En este tiempo personas pasaron por la misma y toda la decoración y mis cosas personales habían desaparecido. Los cuadros que traje de la India, la Bandera de la Paz de Roerich, la bandera de la ONU, los recuerdos de algunos viajes y toda mi ropa personal había quedado escondida en el baúl que rescaté de mi casa bauhaus de la Montaña de los Ángeles. Otras cosas desaparecieron supongo que para siempre, pero eso ya no lo sabré, porque con tanto recuerdo a veces resulta difícil echar alguna cosa de menos.

Entré un momento dentro y pensé que en esta primavera quizás podría intentar el salto a la misma sin que me saltaran las lágrimas. Ese lugar es impresionantemente bello y ahora albergo deseos de volver, aunque eso no quite el que continúe con mi año sabático. Pero mi alma respira de nuevo aliviada ante la tarea emprendida, el compromiso interior, la responsabilidad de seguir promoviendo y acompañando a las utopías. Realmente, fuera de la utopía, o mejor dicho, fuera de aquello que no sea lo que el alma tenga preparado para nosotros, resulta peligroso vivir. El mundo que no se ajusta a nuestra vibración interior, es un mundo delicado y resbaladizo. El asunto es poder sintonizar con nuestra particular llamada interior, comprenderla y ajustarla a nuestras vidas para darle sentido y ánimo.

Me quedé a comer y luego bajé al balneario para seguir trabajando con el artículo. Se me ocurrió, dado que ya tenía más de dos mil fotografías de mis últimos viajes, pasarlas todas al disco duro que poseo en la editorial. Ocurrió algo catastrófico. Al intentar pasarlas, todas las fotografías que guardaba desde junio del año pasado se esfumaron de repente. Más de dos mil fotografías de recuerdos impresionantes, de viajes inolvidables, de momentos únicos. También las fotografías de todo mi proceso de duelo y dolor, de posterior sanación y pervivencia. No me lo podía creer. Todos esos recuerdos borrados de la memoria digital y ahora solo existentes en mi pequeña memoria de cocodrilo. Nueve meses, justamente nueve meses, borrados para siempre.

Así quizás sea la vida. Quizás esos meses cargados de peligro debieron desaparecer. Quizás nunca debió existir tanto dolor y sufrimiento. Mejor así. Que solo queden recuerdos donde la sonrisa amplia sea la verdadera protagonista. Que solo quede la alegría y el resurgir de un mundo nuevo. El fresno quedó enderezado a pesar de haber quedado enterrado durante meses bajo tierra. Esperemos que sobreviva y reflorezca esta primavera. Esperemos que las fuerzas del alma vuelvan a su justo lugar…

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El esplendor en la hierba


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Thérèse soñando (Thérèse rêvant), 1938, de Balthus

“Aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante hoy esté por siempre oculto a mis miradas. Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. William Wordsworth

Me hubiera gustado ser padre. No lo niego. Al menos me hubiera gustado tener esa sensación, disponer de esa posibilidad. Pero la realidad se impone con cierta crudeza. En este mundo efímero, delicado y trágico resulta difícil comprender que no todo tiene cabida en la vida. La aventura de un guerrero no es compatible con la chifladura de un loco y ninguno de los dos arquetipos tiene cabida en la serena imagen de un padre de familia. Por más que he intentado conjugar esas tres formas de vida, una de ellas se resistió hasta el final.

Aún así, en este mundo que se derrumba, subsiste en mi recuerdo la dicha que en otros tiempos pudo con esa posibilidad. Ahora que todo se desintegra, ahora que la comunidad tradicional sucumbe, que los valores tradicionales se esparcen por las cloacas de la modernidad, entiendo que mi papel no es más que el papel que representa al nuevo hombre: apático, solitario, triste. Un guerrero desarmado, un loco sin camino, un padre invisible gracias a los avances de la fecundación in vitro. Poco más nos queda por hacer en ese reguero de modernidad aplastante excepto adaptarnos, invisibles, al teatro que se impone, al papel que se nos exige para estar en concordancia con los nuevos tiempos.

De alguna forma me alegro por los avances del feminismo. La mujer ha conquistado cuotas de poder y emancipación inimaginables hace un siglo. Al mismo tiempo, casi sin darnos cuenta, la mujer se ha masculinizado, perdiendo la suavidad de su rostro y la amabilidad del trato. Sus valores más arraigados, su propia belleza intrínseca, han desaparecido gracias a sus conquistas sociales. Aunque aún queda mucho camino por recorrer, es cierto que la mujer ha avanzado en derechos y obligaciones al mismo tiempo que perdía parte de su gloria.

Ese avance, hecho con torpeza, ha creado una nueva sociedad, una nueva forma de entender la vida, las relaciones, ahora de quita y pon, de pego, de paripé pueril y fugaz. Lo masculino se atrofia para dar paso a otro modelo sensiblero, miedoso, patético. Algo iconoclasta, pero más bien figurante. Algo casi de mentira que se abre paso intentando reivindicar un modelo obsoleto, apagado, estéril.

Es cierto que las mujeres tienen mil motivos para movilizarse una y otra vez. También es cierto que los hombres, ahora más feminizados que nunca, deben apoyar estas movilizaciones, fundirse con ellas, solidarizarse con ellas. Al mismo tiempo, hay que reordenar interiormente cosas que se están perdiendo por el camino, hay que revisar con sumo detalle roles y valores que están menguando o migrando, posiciones que deberían recuperarse para que unas cosas no fueran sustitutas de otras, sino más bien complementarias.

A pesar de todo la belleza siempre subsiste en el recuerdo. Así que mientras salimos hoy a la calle para exigir mayores conquistas, la polifonía seguirá engullendo todo aquello que pervive en los arquetipos, todo aquello que aún anhelamos cuando todo perdemos. Sigamos exigiendo, pero no perdamos el aroma suave de la hierba, el esplendor y la belleza de las flores. Igualemos los derechos y obligaciones, pero que la mujer siga siendo lo mejor de una mujer y el hombre, lo mejor de un hombre.

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Opus Magnum


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Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma discreta. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera. De ahí la importancia de verlo todo desde la comprensión del ojo de Shiva, una visión amplia y desapegada, iluminada desde el interior incognoscible y respetuoso con todas las formas de vida.

Por eso cuando ahora subo a los bosques lo hago con cierto desapego, como lo hacen los guardianes y los ancianos. De alguna forma ese es mi nuevo rol. Guardar desde la sabiduría de la experiencia. Por eso intento no juzgar lo que allí pasa e intento desapegarme de todo cuanto acontece. Subo, observo, interpreto las fuerzas que allí se mueven y compruebo la temperatura del lugar. Luego bajo al balneario, lugar simbólico de retiro donde intento recomponerme, poner orden y seguir adelante con la gran obra.

Aquí la soledad ayuda. Veo como todo se va ordenando, como todo persigue un propósito de armonía y delicada belleza. Sin darme cuenta se ha creado un espacio íntimo y hermoso. Lo que antes era un pequeño almacén de libros ahora es un acogedor alambique alquímico donde puedo transformar el plomo en oro, donde la transmutación de la parte bruta acontece hacia delicadas y bellas formas. Los libros ayudan a contemplar el propósito desde la profundidad del conocimiento.

La transformación es un trabajo interior. Uno se da cuenta de que el sufrimiento ayuda a convertir experiencias traumáticas en auténticos procesos alquímicos. La transmutación personal y espiritual en la tradición hermética no sólo es un reclamo para soñadores, también puede ser una realidad si somos capaces de sobrevivir al trauma y colocar en nuestras vidas la enseñanza a cual piedra filosofal. El nigredo, el albedo y el rubedo son procesos que ocurren en nuestro interior y que nos permiten ver la vida de forma amplia y soportable. Por eso quedo agradecido a la experiencia. Por un lado, ha puesto al descubierto los flacos, las debilidades, los errores, y por otro, ha podido sintonizar las fuerzas que estaban siendo conducidas hacia lugares que no correspondían. Ahora solo hay que esperar hasta que todo se reordene por sí solo. Sólo esperar paciente, sin aspiraciones, sin pretensiones, sin reclamos, a que las fuerzas vuelvan a su cauce y vuelvan a empujar hacia el cometido en la Gran Obra.

 

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Religiousness and Spirituality in the New Utopian Movements


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Mi casa en la vida salvaje

Este es el título que una revista internacional de impacto, -así la llaman en el mundo académico- ha tenido la delicadeza de publicar desde Suiza. Un primer artículo en inglés que tiene que venir precedido de algunos más para poder doctorarme. Algo de lo que me entero tarde y mal debido a mi intensa inmersión en el campo de estudio y mi más absoluta desconexión del mundo académico. La noticia es buena porque si consigo al menos una publicación más, la comisión académica dará por válido mi currículo y podré presentarme ante el tribunal de tesis este mismo año. Todo con un año más de retraso debido a la sorpresa, tanto de mi directora de tesis como del departamento de antropología como la mía propia, al cambiar los baremos mínimos para poder acceder al título de doctor. Algún día contaré con detalle todo este maremágnum de cosas inexplicables que andan retrasando, quizás para bien, todo este asunto.

Lo cierto es que cuando de forma valiente y osada dejé mi cómodo trabajo en Barcelona para emprender la carrera de doctor en antropología con la idea de dar alguna vez clases en la universidad, nunca pensé que esa loca decisión me llevaría por estos derroteros. Ahora que los derroteros están más que explotados y asimilados, me pregunto interiormente si debo tomar la vieja idea, el propósito inicial de seguir mi vida por el mundo académico o una vez doctorado, renunciar al mismo. Es algo que marcará un antes y un después porque realmente todo la vida de esta última década se ha expresado gracias a ese impulso inicial, a esa idea mía de escribir libros y dedicarme a la ciencia social.

La exploración de la religiosidad y la espiritualidad en los nuevos movimientos utópicos solo ha sido una excusa para adentrarme en ese interrogante. Para saber si la vida apasionante que he vivido hasta ahora tiene continuidad o requiere una revisión profunda. Si debo virar el timón de la barca hacia otros derroteros o debo continuar explorando estos mares utópicos. Lo cierto es que cuando tuve la oportunidad de dar clases en la universidad como profesor en prácticas la experiencia fue positiva, pero tampoco tan apasionante como en un primer momento llegué a pensar. Disfruté de la experiencia porque en aquel momento estaba dando rienda suelta a mis sueños. Ser profesor universitario parecía el sumun de lo que en aquel momento podía aspirar. Pero ahora vivo una vida salvaje y me costaría mucho atender a los requisitos de un horario, de una formalidad, de un corsé que dicta constantemente reglas que uno debe seguir para entrar en eso que llamamos mundo normal.

Digamos que el objeto de estudio ha logrado alejarme de la intención primera que me llevó a él. Es lo que en antropología llamamos perder la visión etnográfica, perder el marcado distanciamiento necesario para poder hablar con cierta objetividad. Ocurre cuando el estudioso se pierde en la jungla, se enamora de una nativa y desaparece para siempre. Eso me pasó. Eso me pasa. Me enamoré del objeto de estudio y me perdí en la selva. Ahora solo volveré a la academia para seguir con el trámite burocrático de defender mis ideas sobre las utopías, pero dudo mucho que vuelva a pisar un aula ni como alumno ni como profesor. Una vez terminado el paripé formal, volveré a la jungla y me perderé para siempre. Si tengo que elegir entre ciencia y esencia, me decanto por lo segundo. Inevitablemente.

Por si a alguien le interesa, aquí dejo el enlace del artículo:
https://www.mdpi.com/2077-1444/10/3/166

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El principio cuántico de la no separatividad


Respirar. Escuchar la lluvia tras la ventana. Observar el fuego que calienta y acoge el bienestar. La música suave, sin drama, meciendo los momentos. La mirada perdida, retórica, curiosa, expectante. La presión de la vida sujeta. La voz interior clamando atención. El susurro de las madreselvas que crecen en la intemperie. El cúmulo de momentos que se ordenan de forma adecuada, incesante. Una escoba reposa en el aparente caos esperando cumplir su misión. Un vaso de agua vacío. Algunos huesos de aceituna. Una luz templada, lejos de ser cegadora. La guitarra sin acordes. Respiro y observo. Vuelvo a respirar hasta sucumbir en el cansancio del día.

La jornada se agota. Es tarde. Los Trabajos de Hércules está ya terminado, listo para la imprenta, esperando alguna financiación, alguna venta, para cobrar vida. Decenas de libros esperan y van haciendo hueco. Me escribieron desde Suiza para comunicar que por fin habían aceptado mi artículo en inglés. Mi primer artículo científico en una revista científica. Lo comuniqué a la comisión académica y a lo mejor lo dan por válido para poder defender, por fin y de una vez, la tesis. Algún día seré doctor en antropología, aunque ahora sonrío ante esa idea descabellada tras una década de idas y venidas en una investigación holística que me ha llevado lejos, muy lejos, en la comprensión humana. Expiro satisfecho. Ya no siento deseos. Ya nada importa. Solo observo.

Respiro de nuevo y noto como la soledad se apodera una vez más del instante. Ahora es una soledad dulce, abrigada por la experiencia, agrietada por la ensoñación del abrazo, por el latir de los corazones intangibles que se aproximan sigilosos. Una soledad amable, compartida, experimentada en secreto. Exhausto buceo en las premisas omniscientes. Vuelvo a respirar mientras siento la vida en un instante. Ese pasajero momento se infiltra en los aposentos del alma. Entonces creo que la vida es más amplia y todo se convierte en un baile, en un latir hermoso y hermanado con lo invisible. Y entonces ya no me siento separado, sino unido. Un pálpito que palpita. Un halo que se fusiona. Un aleteo que se sumerge en lo incognoscible.

Respiro de nuevo y veo. Pero ver es algo confuso, más bien percibo, aunque el percibir también se limite a sí mismo. Quizás lo que ocurra es que ya no ocurre nada porque cuando ya no estás separado la sensación es como ser todo y nada al mismo tiempo. La música suave. Yo soy. La mirada perdida. Yo soy. El susurro de las madreselvas. Yo soy. El vaso de agua vacío. Yo soy. Incluso los cúmulos de instantes, la guitarra sin acordes, la belleza, el secreto, yo soy… Siendo… eso es todo…

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Si yo fuera rico


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Alguien me preguntaba hoy en qué cambiaría mi vida si de repente tuviera suficiente dinero para despreocuparme absolutamente de todo. Qué haría diferente si fuera rico, si tuviera tanta fortuna que no tuviera que pensar realmente en él. No tardé mucho en contestar porque realmente no cambiaría mucho mi vida. Seguiría con mi profesión de editor porque para mí es un servicio a la cultura y a la transmigración del conocimiento. Un escriba renacentista encarnado en nuestro tiempo disfruta transmitiendo el conocimiento a las nuevas generaciones, por lo tanto, lo único que cambiaría sería el enfoque. No perdería mucho el tiempo en obras necesarias para el sustento, sino que iría directamente a editar aquellas obras que considero imprescindibles, sin ningún afán, y no es que ahora lo tenga, de ganar dinero, sino de seguir con el pacto de transmisión de la sabiduría perennis.

También seguiría apoyando proyectos utópicos como ahora hago modestamente. Utilizaría la fundación para intentar crear muchos más proyectos que sirvan para traer del futuro los nuevos paradigmas, las nuevas ideas, el nuevo tiempo que ha de llegar inevitablemente y que requieren de proyectos inspiradores para que se encarnen. Con dinero todo sería más fácil, y en vez de dedicar tanto tiempo a la reconstrucción de ruinas, se podría dedicar más tiempo a la pedagogía, a la nueva cultura ética, a los nuevos valores, a la educación y el potencial humano.

Seguiría viajando, eso también, pero esta vez con mayores intenciones, quizás intenciones más ambiciosas en cuanto a crear proyectos que ayudaran a sectores o sociedades desprotegidas o vulnerables dónde pudiera ejercer una mayor influencia en cuanto a fórmulas para empoderar a personas y lugares. Retomaría con mayor fuerzas mis viajes solidarios, pero esta vez con un impulso más grande. Ese afán por hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, me acompañaría con mayor protagonismo.

También seguiría escribiendo. Eso es algo a lo que no podría renunciar. Escribir puede ser también una fuente de inspiración, aunque sea mínima, y sobre todo, también una fuente que nos ayuda a replantearnos algunas situaciones que requieren revisión o cambio.

De ahí que ahora me atrevo a lanzar la pregunta: ¿qué harías si fueras rico? La pregunta tiene doble trampa, porque si lo que estás haciendo ahora no te satisface, seguramente encontrarás rápidamente un sustituto. Pero si lo que haces es lo que siempre has soñado y por dentro te sientes feliz, entonces, eres ya rico y no necesitas más. Esa es mi propia respuesta y mi propia riqueza. Vivo en la abundancia constante, a pesar de no tener nada de lo que categóricamente se relaciona con la riqueza. Vivo en la afortunada mendicidad de hacer lo que más quiero, y por lo tanto, de sentirme plenamente agradecido por esta fortuna tan intangible. Mi patrimonio no es de este mundo, que diría aquel en tiempos modernos. Sí, ya soy rico…

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Una cuerda no es una serpiente. Algunas apreciaciones sobre el pensamiento falso y las percepciones erróneas


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Escultura del santuario de Toshogu con los tres monos sabios

 

«La ciencia es un juicio verdadero acompañado de razón». Platón

En occidente hemos simplificado la enseñanza que nos deja la escultura del santuario de Toshogu de los tres monos sabios a ver, oír y callar. Aunque los nombres japoneses de los tres monos, Mizaru, Kikazaru y Iwazaru significan más bien «no ver, no oír, no decir», refiriéndose normalmente al mal, este mal también podría simplificarse hacia el origen de todo mal: la ignorancia. En la tradición del yoga se resume en dos palabras: pramāṇa vs viparyaya. Pramāṇa se refiere al conocimiento válido y viparyaya a las percepciones erróneas que nuestra mente suele producir para adecuar el pensamiento a la experiencia, o para acomodar, aunque sea erróneamente, nuestras vidas a la vida.

Cartesius, más conocido como René Descartes, nos dejó su famoso cogito ergo sum, su pienso, luego existo. De ahí nació la esencia del racionalismo y el método cartesiano que nos condujo poco a poco a huir de las creencias, las falacias y las mentiras basadas en cuestiones dogmáticas y no de realidad. Desde entonces, existen diferentes tendencias epistemológicas que tienen que ver con la búsqueda del conocimiento y la verdad.

La pregunta para poder analizar estas tendencias nos dice lo siguiente: “¿existe la posibilidad de alcanzar el conocimiento de alguna verdad?” Los escépticos dicen que no categóricamente. Los que afirman que sí se dividen normalmente en dos grupos: los que piensan en los medios cognitivos y los que piensan en cuál es el objeto de esa verdad. Entre los primeros, los que piensan en los medios cognitivos, tenemos a los empiristas, que utilizan los sentidos para llegar a la verdad, y los racionalistas, que sólo usan la razón. Entre el segundo grupo, los que piensan en el objeto de la verdad, están los idealistas, que piensan que la verdad nace de una realidad interna a uno mismo, y los realistas que afirman que esa verdad es algo externo a uno mismo.

A pesar de los avances de la ciencia, del método científico, de la epistemología e incluso de la filosofía científica, podemos decir que todo nuestro conocimiento está ajustado a nuestra percepción sobre la realidad, la cual, a su vez, está bombardeada constantemente por mentiras y falacias. Esto no implica que todo lo que hemos alcanzado hasta ahora sea falso. Implica que lo que hemos descubierto nos sirve de forma provisional para entender nuestra percepción limitada del mundo. Otra cosa muy diferente es que se intente llamar ciencia o método científico a supuestas evidencias o creencias que han nacido de percepciones u opiniones sobre la realidad.

En lógica esto se llama falacia. Aristóteles fue el primero en identificar y clasificar hasta trece clases de falacias. La falacia es un argumento con apariencia de ser válido, pero sin serlo. Persuadir o manipular desde la sutileza y el atractivo de la sugestión a los demás suelen ser las premisas para lanzar falacias desde cualquier ámbito de nuestras vidas. Que un pensamiento sea falaz no implica que sus premisas o su conclusión sean falsas. Un argumento puede tener premisas y conclusiones verdaderas y aun así ser falaz. Lo que hace falaz a un argumento es la invalidez del argumento en sí. Un argumento lógico no crea verdades. Un argumento disfrazado de evidencias no crea ciencia ni tiene por qué ser algo científico o real.

Una falacia puede construirse con argumentos sólidos y con trozos de verdad, pero eso no quita que su propia naturaleza sea falsa. Al igual que una cuerda no es necesariamente una serpiente, el decir que los gatos tienen pelos es como decir que Félix tiene pelos y por lo tanto es un gato. Que tenga pelos no demuestra que sea gato, pues podría tratarse de otro animal. Así que no es un gato a no ser que Félix sea el nombre de mi gato. La falacia puede disfrazarse de lógica, como en este ejemplo, pero la verdad sobre la argumentación no demuestra nada sobre la esencia de las cosas.

De alguna forma, de esta manera en la que no se tiene sentido crítico sobre la realidad, uno puede ser engañado, manipulado o intoxicado con cualquier argumento o realidad que se nos quiera presentar e imponer de forma argumentativa. Como escribí alguna vez cuando hice referencia a la Navaja de Ockham, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable y siempre, siempre, siempre, tenemos que estar alertas sobre las falacias que intoxican nuestro mundo, especialmente ahora, en la era digital, en la era del Photoshop, en la era de la ilusión y lo aparente dónde todo vale. Por eso a veces se hace necesario «no ver, no oír, no decir» sobre aquello que tenga que ver con la mentira y la ignorancia. El mal, en su mayor expresión, crea auténticos monstruos que se alimentan de falacias.

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En la soledad del balneario


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Acuarela de J. M. W. Turner

Después de dos hermosas semanas en casa de una atractiva aristócrata he vuelto al balneario. La única condición que me impuso para estar en su casa era que guardara un estricto silencio y anonimato, conociendo mi facilidad para describir personas y paisajes. Eso hice con cierto dolor de estómago porque realmente deseaba relatar con detalle todo lo vivido. Pero hice caso y hoy me marché fiel a la promesa.

Lo bonito de tener amigos en todas partes del mundo es que puedes visitarlos y estar un rato con ellos. Al no tener coche, los ratos se hacen largos, como ha ocurrido esta vez. Ir a un sitio para estar unos días y terminar allí durante dos semanas a la vista de los exquisitos cuidados recibidos. Admito que la vida bucólica del campo tiene su belleza y te engancha cuando vives en un palacio con todas las comodidades del mundo y encima puedes pasear por los bosques y campos propiedad del anfitrión con toda libertad y desapego. La buena compañía, el trato amable, las risas y la complicidad hacen de la experiencia algo único e irrepetible. Hoy me despedía con cierta nostalgia de mi habitación, mientras por la ventana veía los caballos, los bosques, las montañas.

Tuve la suerte de tener hace tiempo una pareja baronesa, de la haute bourgeoisie, diplomática de profesión y con la que tuve la suerte de conocer la exquisitez de ese complejo mundo de las formas. Eso me ha permitido pasar dos semanas atendiendo a la elegancia que el lugar merecía, pero también me ha permitido, dada mi necesidad de romper esquemas, el poder bajar al barro, a la huerta o a las cuadras y atender las necesidades de la recogida de leña o estiércol sin que por ello se me cayera ningún anillo. Algunas horas de elegancia, especialmente intelectual, mezcladas con horas de auténtico fango. Todo un placer difícil de conjugar.

La elegancia y la propia mirada aristócrata era diferente a la que podía vivir y representar en mis tiempos de embajador consorte, donde tenía que ir, metro en mano, midiendo la separación entre cubierto y cubierto. Lo sublime de poder estar frente a personas de una excelsa inteligencia y una suprema distinción espiritual es que te hacen ver el mundo de diferente forma, te hacen apreciar la vida con un sistema de valores renovado, sin necesidad de aburridas medidas, pudiendo expresar desde el más absoluto caos verdades complejas. Te hace, de paso comprobar, que la riqueza interior puede venir acompañada de mil añadidos apasionantes que para nada incomodan al que los sabe apreciar. Así que hoy me marché, tras un periplo penoso, agradecido por la experiencia y la acogida, por las horas de conversación y las divertidas tardes de broma y alegría. Ya se echa de menos la bella sonrisa amable, la elegancia y esbeltez de esa alma noble a la que estaré por siempre en deuda.

Y ahora, tras meses sin pisar este tranquilo lugar, me encuentro de nuevo sumido en la soledad, recordando tantos y tantos viajes, tantas y tantas aventuras, tantos y tantos amigos que me han acogido y con los que he disfrutado mientras me sanaba. De nuevo solo, ideando ya el próximo viaje, la próxima aventura y con el convencimiento de que seguiré empeñado en tomarme este año sabático cueste lo que cueste.

Por suerte, y debido al trabajo intenso que estoy realizando a pesar de tanto viaje y ausencia, estoy saneando la economía de la empresa y estoy creando valor para el futuro. Eso me anima a seguir lejos de todo compromiso más allá que el que requiere mi trabajo y mi recuperación. Estaré por aquí unos días, repasaré las cientos de cartas que han llegado, pondré orden en algunos asuntos y me lanzaré de nuevo al Camino. Esta vez sin un rumbo fijo, de nuevo improvisando, tal vez hacia tierras del sur, buscando el calor amable de la primavera y la acogida de algún otro anfitrión. Andaremos y veremos. Esa es la consigna.

De nuevo agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este periplo sanador y gracias por volverme de nuevo al centro que nunca debí perder. Aquí en el balneario todo parece tranquilo y en paz. Siento mucho agradecimiento y mucho amor por la vida. Ahora tendré tiempo de mirar de nuevo al horizonte mientras descanso en soledad e ilusión renovada.

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Vivir en la amable nostalgia


 

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Todos aquellos que pasaron por nuestras vidas siguen, de alguna manera, dentro de nosotros. Es como si una parte de su alma nos acompañara por nuestros caminos. Por eso resulta hermoso honrar la memoria de aquellos familiares, amigos y parejas que compartieron un trozo de existencia a nuestro lado. Siempre nos cuesta entender, especialmente en el ámbito de la pareja, cómo es posible que personas que durante un gran tiempo de vida nos desearon y nos quisieron como a nadie, luego de repente, a veces de la noche a la mañana, desaparecen para siempre. Es algo que ocurre con excesiva frecuencia cuando, si de verdad fuéramos personas adultas y psicológicamente maduras, deberíamos siempre tener un trato amable y hermoso con esos seres. Al fin y al cabo, alguna vez significaron mucho para nosotros, y de alguna forma, esos vínculos, más o menos fuertes, siguen ahí.

Lo complejo, sin duda, es despojarse del recuerdo, del vínculo. Algunos incluso parecen como si caminaran a nuestro lado aún, tal es su fuerza. Personas que marcaron para siempre nuestras vidas y que ahora las pensamos con nostalgia, con esa añoranza propia de los tiempos que pasan entre otoño y otoño y rezuma susurrando en los adentros. Resulta una bonita experiencia. De alguna manera, es como si pudieras abrazar uno a uno a esos melancólicos sueños desvanecidos en la memoria. Como si en el lazo místico fuera posible entrever todo aquello que fue o todo aquello que nunca fue pero que podría haber sido. Como si en diferentes dimensiones se reencontraran almas que aún siguen vivas dentro de nosotros.

En estos meses de soledad, esa sensación ha sido fuerte y duradera. Nadie faltaba a la fiesta, todos estaban presentes en ese mundo del recuerdo y la nostalgia. Y durante la jornada, era como si siempre hubiera un hueco para estar con unos y con otros, paseando por aquellos Alpes, visitando aquellos lugares lejanos, en la sala de un cine o tomando un café a media mañana.

Pero en el otro lado, en el otro lado los abrazos continúan, como el amor universal, invisible y todopoderoso y que no puede ser encapsulado en ninguna realidad. Y allí, desde el lazo místico, uno puede abrazar a los seres queridos, estén o no presentes en nuestras vidas, y amar, amar siempre, aunque sea en silencio.

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Modos simbólicos para expresar una verdad difícil


 

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© Jiří Šebek

Nunca tenemos mucho tiempo para mirar a nuestro alrededor e interrogarnos sobre lo observado. Hemos creado unas vidas aceleradas que no cuestionan nada. Si se nos dice que vivimos en una esfera que da vueltas alrededor de un astro luminiscente, lo creemos sin cuestionarnos mucho más allá de esa aparente verdad. Realmente no es importante si vivimos en una tierra plana o esférica. Ni siquiera nos hemos parado a pensar si nuestro pensamiento es plano o se desarrolla con ramajes espirales, si es producto de un psicotrópico o de una mentira repetida cien veces.

Realmente no tenemos tiempo para nada de eso. Más bien obedecemos a las circunstancias que nos hemos implantado, seguidos por una corriente de tradición que nos guía desde la cuna sobre lo que tenemos que pensar, decir, sentir y hacer. Lo preocupante de todo es que creemos sin cuestionar todo lo que pensamos. Es decir, somos valedores de nuestra propia realidad, de nuestro propio pensar, por lo tanto, no hay forma humana de poder modificar nada sobre nosotros mismos. Si pensamos que la tierra es plana, sin cuestionar el origen de nuestras ideas, moriremos expuestos a nuestras creencias, y por lo tanto, moriremos en una realidad que durante toda nuestra vida nada o poco se habrá modificado. Somos hijos de lo que pensamos. El problema es cuando dejamos de hacerlo, de cuestionarnos, de cuestionar la vida.

En unos meses hará un año que deambulo solo por el hado. Podría estar perfectamente acompañado, disfrutar de una tradicional relación y sucumbir a los deseos astrales de la emoción. Podría estar embelesado salpicando el mundo de poesía o ensoñación, disfrutando de lo animado a tientas con lo intangible. Descubro que ahora que tengo tiempo y no debo explicación a nada ni a nadie, podría estar haciendo cualquier cosa y nadie sospecharía nada. A nadie realmente le importaría si subo o bajo, si giro a la izquierda o a la derecha. Realmente, si nos fijamos en las relaciones, todas se encuadran en un estereotipo básico aprendido y aceptado. Pero nadie se cuestiona las relaciones. Simplemente las aceptamos por algún grado de filiación o afinidad. Por lo tanto el estar o no acompañado, el tener o no relaciones, es como pensar si la tierra es esférica o plana.

Entonces, si todo lo aceptamos y nada nos cuestionamos, de parar algún día a hacerlo, podríamos habernos dado cuenta de que nuestras vidas más bien era algo vacío que se adaptaba a unos simples patrones de realidad, de proyección, de teatralidad, interpretando un papel basado en roles y estatutos que nosotros mismos nos autoimponemos. Siervos de la servidumbre de nuestras realidades, y especialmente, siervos de esa necesidad de destacar o demostrar algo, aunque eso solo sirva para mendigar rodajas de afecto vacuo.

Esta mañana me acordaba de los refugiados con los que tuvimos la suerte de interaccionar hace dos años frente a las costas turcas, en las islas griegas. Intenté buscar información sobre ellos, sobre qué había sido de sus realidades y sus vidas y no encontré absolutamente nada. Las ONGs que allí estaban sobre el terreno habían desaparecido. Los voluntarios andamos en otros asuntos y las noticias han cegado esa realidad. Y entonces me preguntaba sobre en qué realidad vivimos los que vivimos de forma mecánica la vida. En qué basamos nuestras vidas, sobre qué valores, sobre qué cuestionamientos, sobre qué clase de libertad para decidir realmente lo que deseamos. Aquí no hay guerras, excepto los que la tientan en su interior. Aquí no hay refugiados, excepto aquellos que se esconden en sus escenarios para no cuestionarse nada.

Esto es una verdad difícil al mismo tiempo que incómoda. Si basamos nuestra existencia en no pensar, en actuar de forma mecánica, como si fuéramos un artefacto sin autonomía ni voluntad, uno se pregunta qué clase de naturaleza posee y a qué ha venido a esta vida tan corta y tan milagrosa. Si tenemos tiempo y nos paramos en alguna vereda y miramos con suma atención a nuestro alrededor, el escenario deja de ser simple y llevadero. Digamos que si nos paramos un rato a contemplar la existencia en su máxima plenitud, empezamos a entrever una red de complejidades absolutamente extraordinarias, una especie de mundos dentro de otros mundos que se desarrollan de forma asombrosa no solo en sus partes tangibles, sino también en sus extraordinarias fuerzas de dimensiones intangibles. Si nos paramos un rato a pensar, quizás nuestras vidas empiecen a liberarse, empiecen a cuestionarse nuestras cegadas maneras de hacer las cosas. Si nos paramos, aunque sea por un momento, quizás demos a luz un inicio danzante, diferente, sublime, verdadero.

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La vida al calor de los campos


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‘Usted necesita caos en el alma para dar a luz un inicio danzante.” Friedrich Nietzsche

Ayer paseando entre campos y bosques nos preguntábamos porqué la gente prefiere huir de este paraíso para asimilar la vida en la ciudad. Hablando con unos paisanos nos dábamos cuenta de la urgente situación del mundo rural. Lo cierto es que cuando esta generación desaparezca, los campos quedarán desolados. Por un lado, la naturaleza tendrá su oportunidad de medrar, de crecer a su antojo sin la intervención humana. Ayer mismo nos lo decían: antes no había tanto árbol. Seguramente, todo será próspero y florido en la vida salvaje que se avecina. Por otro lado, da pena pensar que estos lugares quedarán abandonados, solitarios, sin almas que puedan labrar sus tierras, disfrutar de sus frutos, admirar el calor del tiempo sencillo.

Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se siente satisfecho cuando va al trabajo, dedica parte de su existencia a realizar algo útil para los demás y vuelve a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero la satisfacción en el campo es otra. Tiene más que ver con la conexión primordial del ser humano con el calor que susurra la tierra, con el aleteo de las aguas de los ríos, con el sabroso aroma del viento cuando se cruza con un campo florido. Hay una ligazón que nos vincula con la vida cuando miras a tu alrededor y lo que ves es la expresión más salvaje de la existencia. Con mirada profunda, puedes ver como desde un irreconocible misterio, todo crece desde un cierto orden. Hay un equilibrio sensato que no teme seguir la existencia.

Los árboles parecen nostálgicos, siempre hundiendo la mirada hacia abajo con la misma fuerza con la que miran hacia arriba. Los cielos limpios y azules, las veredas verdes con su musgo florecido, las huertas preparadas para albergar el fruto y los sotos a punto de expandir sus ramajes hacia lo más alto. A veces puedes adentrarte en la espesura y observar en silencio el sonido del bosque. Algunos pajarillos curiosos se acercan para ver cuales son las intenciones. Otros prefieren huir ante la fama fundada de lo que somos. Cientos de animalillos recorren cada vereda, cada páramo, cada rincón encantado. Hay un inestimable calor en los campos.

Aquí, en los lugares abandonados de la historia rural, uno puede comprarse una casita de piedra por muy poco dinero. Con algo de ahorros, puede ir restaurando el lugar, volverlo habitable y vivir de lo que uno quiera. Con algo de conexión a internet y un poco de imaginación, uno puede dar rienda suelta a sus talentos. Al hacerlo, uno puede vivir arropado con pocas cosas. Si tuviera que marcharme lejos de todo y volver a empezar de nuevo, elegiría sin duda un lugar como este. Buscaría una tierra generosa, construiría de nuevo una pequeña cabaña y seguiría con mi labor tranquila, editando libros, escribiendo y ayudando en todo lo que pudiera para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Soy un chico de ciudad que nació en la ciudad y creció en la ciudad. Pero estoy, de nuevo, descubriendo la vida en el campo y no desearía alejarme de su calor. Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se puede sentir útil allí. En cambio, en el campo, uno se siente vivo, y en este inicio danzante nacido tras el caos, siento ganas inmensas de exprimir la vida y sacar de ella todo su encanto, todo su jugo.

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Honrar no tener nada


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Desde hace meses no tengo coche. Desde hace meses no tengo dinero excepto para ir poniendo orden en las deudas pendientes de la empresa editorial. Desde hace meses no tengo casa, debido a mis viajes continuados y mis idas y venidas necesarias para reponer los estados anímicos distorsionados por la experiencia. Se puede decir que desde hace meses vago, no como un vago, sino como un vagabundo. Trabajo para mantener el ritmo de los pagos aunque esto no me permita apoderarme de mucho dinero para mi propia vida. Medito en silencio para observar la calma de las cosas. Sonrío siempre que puedo, ya sea al sol o a quien me acompañe, ya sea en lo bueno o en lo malo, dado que lo malo, si por dentro estás fuerte, no tiene ningún poder sobre ti.

También observo que desde hace una semana no voy a comprar. No compro nada, porque nada necesito. No voy a restaurantes, ni a tomar un café, ni al cine, ni a la librería, ni recuerdo el ruido de los centros comerciales. Ni siquiera consumo nada por internet. No gasto gasolina y los alimentos que aquí hay son de una alacena, supervivientes de otros tiempos de bonanza. Diríamos que andamos comiendo gracias al Hado, siempre tan generoso con todo. Sin tener nada, ni siquiera ropa con exceso de mudas o caprichos que cada cual pueda tener de vez en cuando, uno se siente dichoso, rico, amparado por la fortuna de la sencillez. El estar aislado te permite estar quieto, en quietud, observante, a la espera de saber hacia dónde se inclinará la balanza. Pero esta vez sin ansiedad. Tranquilo, expectante.

En estos años he experimentado muchos aspectos de la vida sencilla, pero admito que la experiencia en esta perdida aldea está superando todas mis expectativas. El aprendizaje está siendo brutal, especialmente por la austeridad que la vida solitaria y apartada de lo civilizado te obliga a experimentar. Los paseos por el monte o los bosques tienen su particular desdicha porque a veces nos conecta con el mundo de ahí fuera. Ves fugazmente un coche, algún tractor, algún paisano, alguna tala de árboles que pueda distorsionar nuestra paz interior. Aún así podríamos estar mucho tiempo sin nada y a base de costumbre no echar en falta ninguna cosa. Realmente, para vivir, lo que se dice para vivir como hacían antiguamente, no se necesita mucho.

Por eso la simplicidad voluntaria me resulta la fórmula mágica para retomar el control de nuestras vidas, para liberarnos del yugo que pueda oprimir nuestro tiempo. Sí, trabajar, claro que hay que trabajar, pero no para comprar cosas, sino para disfrutar del trabajo que haces. Ese cambio de paradigma es revolucionario. Amar lo que haces, amar el trabajo, disfrutar del mismo y recomponer nuestra vida material de forma armónica con el medio ambiente, con la naturaleza, reconciliando cada aspecto vital de la misma con nuestra condición humana.

No tengo nada, quizás ahora más que nunca, pero al no tener nada, lo tengo todo. Nada material que me ate más allá de las deudas pasadas. Nada etérico que oprima mi propia salud. Nada emocional que pueda atarme a una realidad u otra, sino más bien todo lo contrario, un estado emocional liberador, amoroso, brillante. Ninguna ideología que me haga creer en unos u otros, ya sean dioses, poderosos o mandamases. Ninguna filo-creencia que pueda más que mi deseo de vivir. No tengo nada, y ante esa grandeza de la nada, de la más absoluta desnudez, me arrodillo y honro. Honro la vacuidad. Honro la sencillez y honro la felicidad de ser libre, de estar libre. Honro humildemente cada trozo de alimento que llega a mi boca y cada aliento de vida que atraviesa cada una de mis células. Honro cada abrazo silencioso, cada instante, cada pensamiento fugaz que navega libre por la omnipresencia del todo. Honro la vida, sin más, sin nada más.

Imaginando mundos


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© Uwe Langmann

Me escribe gente empeñada en reinterpretar mi vida, imaginándola, diseñándola dependiendo de rumores, de lo que otros cuentan o de lo que otros imaginan a su vez. Resulta divertido ver como el rumor es capaz de construir auténticas realidades más allá de lo que realmente pueda estar ocurriendo. Por suerte, ese tipo de rumores ya dejaron de afectarme, y dedico más tiempo a construir mi nueva vida que a intentar rehacer lo que otros dicen, piensan u opinan. Necesariamente, en estos momentos donde cierta calma se apodera de mi, revivo la necesidad de seguir caminando, en lo bueno y en lo malo, pero con la cabeza bien alta para así poder otear el horizonte. Con una mirada conservadora, sin ganas de comprometer nada más allá del trabajo diario, de lo que cada jornada pueda ofrecer. Sin mayor compromiso que el de seguir poniendo orden en todo antes de volver a poner encima de la mesa la lámpara maravillosa.

De momento silencio, calma, tranquilidad, ir haciendo, sin vivir ya de los réditos del pasado sino más bien intentando construir un futuro sereno y sosegado. Tras más de dos semanas en las Tierras Altas de Escocia volví a Barcelona por unos días y de allí me exilié a un lugar tranquilo donde poder pasar unos días de reposo antes de continuar el periplo, sea el que sea. El lugar es secreto y anónimo porque así me lo pide mi anfitriona. La verdad es que la belleza única de este sitio tranquilo merece ser protegido y resguardado. A veces hay cosas que no se pueden contar por tabú. Otras, porque es mejor dejar que otros sigan imaginándolas a su antojo. De alguna forma resulta divertido poder ver como los mundos se entremezclan en el mundo de la fantasía.

Aquí puedo pasear, respirar tranquilo, sin agobios. En Findhorn cumplí con mi propósito y adelanté en unos días mi viaje por asuntos que ahora no vienen a cuento. Pero me marché satisfecho y feliz tras vivir una bonita experiencia con una encantadora familia. Ahora tengo una pequeña mesa, una habitación, comida abundante, noches largas donde poder descansar, silencio, paz, serenidad y buena conversación cuando se tercia. Aquí se puede, con aplomo y quietud, imaginar mundos. Pero no mundos fantasiosos donde cada cual pueda interpretar la realidad a su antojo. Más bien mundos que puedan ser excusa para declinar la realidad hacia uno u otro lado. Mundos cargados de detalles, de color, de brillo. Mundos donde cada poro de fantasía pueda suponer una excusa para su construcción. Mundos secretos. Porque ahora tercia cierta discreción, cierta tranquilidad, cierto sentido de lo esotérico a la hora de exponer las cosas. Mundos capaces de hacer vibrar los planos que se adentran en lo intangible.

Estoy bien. Desapegado de las experiencias. Sin expectativas ninguna, sin proyecciones extrañas. Simplemente fluyendo con el tiempo presente. Con la naturaleza inmanente de este instante único e irrepetible, sin saber si la continuidad dará paso a otras realidades. De momento sigo empeñado en mi año sabático, al menos hasta poner en orden todo lo desordenado que el año pasado nos trajo. Sigo empeñado en buscar el equilibrio perdido en todos los planos. Poco a poco, sigo avanzando y descubriendo cómo es posible sanar y ser sanado. Sigo imaginando mundos… claro que sí… Entrelazando mundos…

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