La vida pagana


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¿Qué es ser un pagano? Decían los antiguos que los paganos eran los que vivían en el campo. Eran los rústicos, los que habitaban los “pagus” y tendían a adorar a los dioses antiguos. Dioses que ayudaban en las cosechas, que vivían en los astros y nos animaban a sembrar en luna decreciente. Estos días estoy experimentando la vida en la aldea, la vida pagana donde adoramos al sol, al viento, a la tierra, al agua, al misterio del éter en toda nuestra más absoluta desnudez. Desnudos por el campo, asomando nuestros dedos a lo más profundo de la tierra húmeda, explicitando un arte gótico con los árboles, con la hierba, con las silvas, la Naturaleza se muestra como la representante más sagrada del Absoluto, del Misterio.

Los que tienen experiencia enseñan a los nuevos. Escuchamos atentos para saber cuando podar, cuando sembrar, cuando preparar la tierra. Dedicamos un tiempo prudente a entender los misterios que encierra la supervivencia en mitad de la nada, especialmente en estos tiempos donde la nada se ha apoderado de todo, y vivir una vida pagana resulta insólito e inquietante. Los dioses del dinero aquí no existen. Ni siquiera los dioses de las cosas, de lo superfluo. Aquí todo se vive con intensidad, con viveza aguda, con todos los sentidos, como si cada acto sencillo estuviera rodeado de cierta pureza, de cierta sacralidad.

La vida en el campo de alguna forma es sagrada en cuanto todo se venera. El hacer fuego es un ritual que ayuda a calentar la casa al mismo tiempo que hace el proceso alquímico de cocinar los alimentos. El viento se vive con intensidad, porque forma parte de esos dioses invisibles que permiten que todo quede limpio, que la vida se esparza. Aquí las catedrales se visten de verde, de musgo, de hierba. Los campanarios son esos árboles cargados de frutos o pájaros que te miran con curiosidad. El templo es cada rincón donde reposar cansados y observar la Obra mientras oramos en quietud.

Aquí no hay privilegios, solo inspiración, silencio, cariño por la vida y todo lo que se teje a su alrededor como un manto misterioso que cubre cada pétalo de existencia. El agua fluye desde los manantiales más profundos y el beberla ya supone un acto de tributo a lo más insondable. La propia vida es el centro de todo, por eso no se descuida, no se aniquila con máquinas que nos mantienen alejada de ella. La vida fluye incesante, como una fiesta, cada día como si fuera un ciclo nuevo, con sus sorpresas, con sus añadidos.

La vida pagana discurre lenta porque no hay distracciones. Cada segundo renueva en nosotros un hálito de sopor, una recompensa por el esfuerzo, aunque sea mínimo.
Los nuevos paganos son aquellos que hacen de la vida un arte sencillo y verdadero. Son aquellos capaces de apreciar en una rama o en el canto de un pajarillo la grandeza total de la infinitud. Son los que detienen los relojes y prenden la llama de un nuevo tiempo sopesado y administrado por el instante presente, por el ahora incombustible. Los nuevos paganos adoran la risa y el llanto, la alegría y el soñar. No tienen prisa por nada. Cada paso, cada momento, es una oración cargada de alabanzas al Creador de todas las cosas. Sus emociones se esparcen por la tierra y sus pensamientos se los lleva el viento. El alma se aposenta entre el canto del grillo y los atardeceres cargados de bosque. Los caminos consumen momentos de canto y la flauta del roble entona su propia ensoñación. No tenemos nada, pero al estar vacíos, poseemos la infinitud.

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Teoría de las variables ocultas


 

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© Terry Wilson 

A pesar de los años, a pesar de los daños, uno no teme volver a empezar de cero, leía hoy en las redes. Parece que así es. Tenemos siempre la capacidad de rehacer nuestras vidas, de volver a empezar una y otra vez con la esperanza de que volveremos a reencontrarnos de frente con la felicidad, con el cariño de la vida, con el amor que infunde el misterioso devenir de la existencia. En estos días estoy viviendo con mucha intensidad ese reencuentro con la vida. Ese apretar constante, ese ímpetu y vigor por adueñarnos de la urgencia de todo lo que respira, de todo lo que nos rodea, de todo, inclusive, aquello que parece invisible a nuestros ojos.

Es esa dimensión, la oculta, la invisible, la que más entusiasmo agolpa entre aquellos que desean volver a empezar. Vivimos ante una descripción incompleta del mundo físico. La física cuántica ya hace grandes esfuerzos para revelar algunos acontecimientos inexplicables. La teoría de las variables ocultas pretende dotar de significado a esas cosas que se nos escapan a la lógica, pero son esas variables ocultas las que más se alejan de nuestra imaginación, las que más difícil acceso dispone para nosotros.

Imaginemos, por poner un solo ejemplo, que fuera el futuro el que construyera el pasado. A veces tenemos la sensación de conocer a alguien y pensar sobre esa persona que la conocemos de toda la vida. Pensamos siempre con cierta gracia que quizás ese reconocimiento, esa reminiscencia, provenga del pasado, de una vida anterior, de otras vidas compartidas. Pero nunca llegamos a pensar que quizás ese recuerdo provenga del futuro. Es decir, podría ser que conectáramos con ese ser por todo lo que el futuro nos transmite del mismo. Nos atrae esta u otra persona porque hay lazos indestructibles que vienen de una posterior relación. Esta podría ser una variable oculta que se nos escapa. Tener la percepción, la intuición, de que quizás lo que estamos viviendo no es un producto de nuestro presente, ni siquiera como resultado de nuestras acciones pasadas, sino que todo proviene del mañana.

Por eso, a pesar de los años, a pesar de los daños, uno no teme volver a empezar de cero, porque de alguna manera, podría ser que todo lo que hacemos no venga del ayer, sino del mañana. Y mañana siempre es esperanza, fe, ilusión, confianza. Pensar en que podemos volver a empezar, a pesar de todo, nos llena de vida futura, que es al mismo tiempo presente, manifestación de lo manifestado en una línea diferente de tiempo, en una variable oculta aún por descifrar. Empezar una y otra vez, como si fuera eso lo único verdaderamente importante, sin rencor, sin miedo, sin duda.

Ahí están las variables ocultas para descifrar, desde la intuición, el porqué ocurren algunos acontecimientos que te dan esperanza de vida. Ahí están los secretos del Viejo, como lo llamaba Einstein, para aprender a vivir siempre con precipitación. Volver a empezar una y otra vez, tantas veces como haga falta. En esas andamos, sin perspectiva, pero con valentía, con fe, con esperanza.

El misterio de la logística


 

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© Michael J. Reibert 

Cuando vives en mundos reducidos, palpables, calculados por los pies que atraviesan un trozo de monte o un cúmulo de casas que se pueden contar con los dedos de una mano, uno puede hacerse a la idea de lo fácil que resulta la supervivencia y la logística de las cosas. Puedes coger unas patatas de la huerta y unas berzas y con eso es posible sobrevivir algunos días. La logística en entornos rurales suele ser sencilla. Las aguas vienen de manantiales que nacen en las profundidades de la tierra y las aguas residuales van a unos pozos donde el líquido sobrante se va reciclando con en el paso del tiempo. El alimento es posible conseguirlo gracias a la generosidad del campo. Se pueden calentar casas a base del exceso de leña de los bosques. De alguna forma, uno puede vivir una vida sencilla y saludable con muy pocas cosas.

El asunto se complica cuando vas a la ciudad, o vives en ella. En estos últimos meses he tenido la oportunidad de comparar la vida en la ciudad, en una de las ciudades más grandes de Europa, con la vida en una comunidad de vida alternativa y la vida en un entorno rural, en una aldea de no más de veinte habitantes. Son tres comparativas ideales en un corto periodo de tiempo para poder observar con cierta curiosidad la complejidad de nuestro mundo sistémico. Especialmente el misterio que tiene que ver con el abastecimiento de agua, luz, alimentos y todo tipo de productos que dan vida a las ciudades y sus áreas metropolitanas.

La mayor aglomeración urbana del mundo es Tokio y su metrópoli, la cual alcanza la friolera de casi cuarenta millones de habitantes. Para que nos hagamos una idea, es como si casi toda la población de nuestro gran país estuviera concentrada en una megalópolis como es la Gran Tokio. El misterio de la logística tiene que ver con cierta apreciación de cómo en estos últimos siglos el ser humano ha sido capaz de organizarse para dar abastecimiento continuo y constante a la demanda individual y colectiva de estas grandes ciudades. Pongamos algunos ejemplos para poder asombrarnos de este misterio. Imaginemos que cada día, todos los habitantes de la Gran Tokio quisieran desayunar una mandarina. Eso significaría que solo en la Gran Tokio harían falta al menos unos cuarenta millones de mandarinas diarias. Pensemos en términos escatológicos. Todos los habitantes de Tokio van al baño al menos una vez al día. Eso significa que cuarenta millones de defecaciones van a parar a los ríos y los mares de Tokio todos los días.

Con estos dos ejemplos, podemos ver la magnitud del progreso humano, o la magnitud del misterio de la logística, porque para que cuarenta millones de habitantes de una gran ciudad puedan consumir cuarenta millones de mandarinas diarias, se necesitan grandes campos de cultivo a nivel mundial para abastecer toda la demanda. Vamos a extrapolar todo esto al consumo de carne, o al consumo de harinas, o de luz o de agua. Y hagamos la misma extrapolación hacia todas las grandes ciudades del mundo o hacia los más de seis mil millones de habitantes que demandan consumo de todo aquello que en el primer mundo valoramos como normal. ¿De dónde surge tanto alimento, tanto papel higiénico, tanta ropa, electricidad, agua, ladrillos, aluminio y cualquier otra cosa útil o no de la que hagamos acopio?

Con esta reflexión, tras estar tres días comiendo productos de la huerta al mismo tiempo que me interrogo sobre la complejidad de la vida en la ciudad, solo quiero añadir dosis de agradecimiento a todo el desarrollo humano, al mismo tiempo que reflexiono en la manera de revertir, antes de que acabemos con nuestro planeta, sobre métodos y metodologías que mengüen nuestro impacto en la naturaleza que vivimos. El decrecimiento sigue siendo, a día de hoy, la filosofía que deberá regir en el futuro inmediato si queremos dar respuesta a los retos del futuro. Decrecer no significa menguar, sino redistribuir nuestras necesidades y hábitos hacia una forma más saludable y respetuosa con el medio. Y también significa allanar el futuro de los que nos precedan para que puedan seguir disfrutando de los misterios de la vida. También del magno misterio de la logística.

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Todo está entrelazado


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«La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creado por las cosas vivientes. Nos rodea, nos penetra; y mantiene unida a la galaxia.» Obi-Wan Kenobi

«Al darnos cuenta de que nada existe independientemente, ni los átomos, ni las personas, ni las culturas… brota naturalmente la compasión». Alan Wallace

 

La vacuidad es uno de los principios del budismo.  Todos los fenómenos y todas las cosas que existen están vacías, ya que no tienen una esencia independiente, nos cuenta el filósofo Alejandro Martínez. Para existir dependen de otra cosa y esa otra cosa depende de otra. Esto es conocido como originación dependiente. Lo anterior puede equipararse con la noción de la física cuántica, la cual nos dice que el estado definido de una partícula en el tiempo y en el espacio no existe hasta que no es observada, es decir, depende de otra cosa siempre, de tal forma que no podemos decir que exista por sí misma. Con esta visión, todo es interdependiente en el universo, y nada puede existir de forma independiente. Todo está entrelazado. Es el fenómeno conocido como entrelazamiento cuántico.

Cuando la física cuántica demostró que el observador modificaba lo observable, se abrió un nuevo campo de investigación en el conocimiento de la realidad. El relativismo se volvía entonces la madre superiora del convento científico y las respuestas epistemológicas, a partir de entonces, adquirían un cariz gallego a la hora de buscar soluciones, porque a partir de ese descubrimiento, todo “depende”. Es decir, siguiendo con la broma, puede que llueva o puede que no, depende. Esto añade dosis de complejidad a lo cognitivo, al conocimiento que hasta ahora se daba por válido, y la realidad, ahora moldeable y no tan sujeta a las antiguas leyes, se vuelve plástica y cambiante. Es como si el budismo y su principio de impermanencia empezara a ser explicado bajo el método científico.

Si la realidad es plástica y moldeable, también lo es el tiempo, nuestras vidas, nuestras rutinas psicológicas, nuestras emociones, en definitiva, nuestro destino humano. Siendo así, tenemos capacidad de dar un giro a nuestras vidas inesperado, saltar de una dimensión de la realidad a otra, sumergirnos en otro aspecto emocional y psíquico que se adapte mejor a nuestro nuevo sentir. Podemos, en definitiva, cambiar nuestra realidad a cada instante a sabiendas de que todo está entrelazado.

El problema de esta visión, de sabernos con el poder de cambiar nuestras realidades y entrar en otra dimensión de acontecimientos, en otras líneas de tiempo multidimensionales que se acoplan a nuestra realidad cambiante dependiendo de nuestra intención interior, es saber, nada más y nada menos, qué destino forjar. Elegir sabiamente un nuevo reto es la cuestión, el asunto. Aquí nos topamos con una realidad exigente. Podemos elegir ciegamente una nueva línea de tiempo, un nuevo destino, o podemos dotar a ese viaje de cierta dosis de saber que nos guíe por este espacio que se presenta vasto e inabarcable. Podemos convertirnos en los guionistas y arquitectos de la cuestión existencial entrelazada.

Es importante saber que tenemos libre albedrío para poder modificar nuestra realidad, nuestros pensamientos, nuestras emociones. Podemos elegir, sabia o ciegamente, un nuevo destino a cada instante. Podemos romper con eso que se espera de nosotros y voltear la realidad buscando aquello que realmente deseamos. Podemos incluso romper con nuestra rutina diaria, con nuestras propias perspectivas y anhelos para dar paso a algo radicalmente nuevo y diferente.

La realidad es como una autopista de muchos carriles que a su vez están interconectados con cientos de salidas cada cien metros que nos conducen a otras anchas autopistas con cientos de salidas cada poco tiempo que nos llevaran a lugares absolutamente diferentes a los habituales. Esta visión es impresionante porque dibuja un universo que se transforma a cada segundo de vida, que no es fijo sino cambiante y que nos invita a participar a cada instante en su plástica y moldeable realidad.

De ahí que surja la cuestión filosófica y existencial de poder cambiar nuestra realidad para acercarnos cada día más a la felicidad, a aquello que realmente esté en sintonía con nosotros y, por lo tanto, nos haga vibrar. Todo esto tiene que ver con eso tan manido de sabernos manejar en nuestros pensamientos. De que todo es mente, según los tratados más esotéricos y, por lo tanto, nuestros pensamientos tienen la capacidad innata de construir una u otra realidad, dependiendo de nuestro enfoque y atención. Un mundo hilozoista, entrelazado, permeable.

Nuestra capacidad imaginativa para diseñar nuevos escenarios delimitará o ampliará nuestro marco de realidad. Si la energía sigue al pensamiento, solo nos hará falta tener «la fuerza» y la capacidad suficiente para conseguir esa energía y adaptarla a nuestro diseño mental. Ese famoso “poder de la fuerza” tiene aquí un sentido claro a la hora de construir realidades. Ese poder está en nosotros y es posible, utilizándolo con sabiduría, transformar nuestras vidas hacia aquello que realmente deseamos. Por lo tanto, no tengamos duda, seamos sensibles a la fuerza, cambiemos nuestras vidas y que la fuerza nos acompañe en este mundo entrelazado.

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Hacia un mundo amoroso


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Cupido y Psique, de Jacques-Louis David

Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor… (Luis Cernuda)

Me gusta esa imagen loca de un angelito medio desnudo lanzando flechas a diestro y siniestro esperando que la fortuna del amor enlace mundos hasta ahora serios y aburridos. Me gustan esas parejas enamoradas, locas de remate en las esquinas, besándose en los aeropuertos, metiéndose mano y lengua y de todo. Me encanta ese mundo acaramelado y ardiente en una tierra donde se ha perdido la razón y el sentido del cariño, la palabra honrada, la honestidad, la bondad, el detalle, el compartir, el cuidar, el amar. Me encanta esa imagen ñoña, casi de estampa, donde todo parece rosa y escarlata.

Todos los días del año deberían ser así, días de enamorados. Donde los partidos políticos se abrazaran mirándose cursis a los ojos, donde los enemigos de repente nos tiraran los tejos y se derritieran ante nuestras poses horteras, ante nuestros errores y nuestras sombras, perdonándonos como rezaba el Nazareno. Un mundo donde los soldados se volvieran soldadores y los gamberros cuidaran a las abuelitas en los parques mientras dan de comer a las palomas colipavas. Un mundo sin guerras donde hiciéramos el amor en los desiertos, bajo la luna llena o en cualquier acera.

Daría cualquier cosa por vivir siempre cargado de poesía, enamorado de la mujer, de la vida, de la montaña, de los animales, del bosque, del cielo, del mar. Incluso daría cualquier cosa por estar siempre en ese estado de enajenación donde la realidad parece plástica y manipulable, donde todo es posible, donde todo está bien y donde la vida es dulce y merece ser vivida. Ese estado que te hace atravesar medio mundo para dedicar un instante de paseo, para ofrecer una caricia, para mirar a los ojos de la amada aunque sea por tan solo un segundo y decir ese tan esperado “te quiero”. Daría cualquier cosa por ver a una pareja enamorada, entregada, alocada en el sentido más profundo del término, capaz de cualquier cosa por un beso, por un halago, por una sonrisa. Por verlos juntos bajo el roble, en el jardín, entre las flores y también en el barro, en el coche, en los balcones tímidos y callados.

Ojalá Cupido se volviera loco y empezara a atacar al mundo con un ejército angélico cargado de alta munición amorosa. Flechas que rebasaran los corazones, que explotaran en los días grises, que formaran un oasis de arcoíris omnisciente. Ojalá el dios del deseo amoroso volviera al mundo inteligentemente para demostrar que las fuerzas del bien y de la luz son más poderosas que la triste estampa del aburrido incapaz de amar. Ojalá volcara su furia rosa llena de pétalos en los cañones floridos de la primavera amorosa. ¡Sí, un mundo amoroso, ingenuo, bello, tierno, amable y excitante!

Este mundo está falto de besos, de caricias, de coqueteos, de guiños, de juego, de alegría, de felicidad, de ensoñación, de risas, de complicidad, de compenetración con los opuestos, de verdadero arrebato y pasión, de fogosidad, de pulsión, de exaltación por los altos ideales del amor. En un mundo frío, hipócrita y falso, es necesario volcar toda nuestra existencia en amarnos los unos a los otros. En secreto, a escondidas o en la calle, en los lavabos, en las portadas de las revistas, en las puertas del cine y en sus butacas, en las clases de antropología y en las comisarías, en los portales, en los hospitales entre bandolinas y en los mercados, en las aceras, en la cama, en el armario y en los campos. Sin miedo a ser juzgados de cursis o presumidos o tórtolos o corderos degollados o descarados. Que se besen los políticos y que se estrujen en abrazos los soldados. Que se amen los banqueros con los obreros y se expanda el amor entre el campo y los mercenarios. ¡Que el mundo se vuelva cursi y amable, que se vuelva loco de arrebato! ¡Ligad vuestro amorcillo con una cadena de perlas y llenaros las cabezas de fruta como hacían los dioses! ¡Preparad el lecho, derrumbad los cuerpos ungidos y amaros!

Así que felicidades a los que aún tienen capacidad de amor, de enamorarse, de volverse locos por sus compañeros, amigos, esposos y esposas, íntimos, mujeres y hombres, amantes y novios. Amaros con locura, con pasión, con deseo, con arrebato, con urgencia, con generosidad, con cariño, con desesperación. Cortejaros sin pudor, sin remedio. Volveros locos de idiotez, de ternura, de afección. Sed agradables al mundo para que el mundo se vuelva agradable. Llenad las plazas de cariño y simpatía y las calles de humor y afecto. Esto es lo más esotérico, lo más sublime, lo más acertado: el amor.

Que los serios y pomposos no arruinen vuestra alegría. Que los tristes y amargados no influyan en vuestra loca visión de la vida. Dejaros arrebatar por el delirio y amad amando. En gerundio, sin parar, con urgencia, porque el mundo urge de amor, de arrebato, de ternura. Sostened una paloma y bebed ambrosía. Vestiros de rosa y sed cursis, aunque solo sea por un día. Feliz día de los enamorados. Sed felices, y amaros.

Pd. Nuestro querido Joan Contreras ha tenido la amabilidad de ponerle voz a este post… Gracias querido por el gesto y el guiño. Me ha hecho mucha ilusión:

https://anchor.fm/joankontreras/embed/episodes/Podcast-92-feliz-post-dia-de-los-enamorados-poesa-en-prosa-e37cpp/a-aagu1t

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Mía es la voz antigua de la tierra…


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… tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra.  Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… más yo te dejo mudo… ¡mudo! … ¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción? (León Felipe)

Siempre me repito a mí mismo que en la vida hay que hacer aquello que te haga sonreír. Cerrar los ojos, imaginar varios escenarios y observar con atención cuál de los escenarios posibles te saca una sincera sonrisa. Lo cierto es que ayer por la mañana me levanté temprano, a eso de las cinco. Estuve trabajando un poco en algunos libros, luego fui a los cantos de Taizé, más tarde a la meditación y tras un corto paseo por la comunidad, volví tranquilo, observando este precioso paisaje invernal en las Highlands escocesas. Desayuné, me puse al trabajo y así hasta la hora de comer. En toda esta perfección cotidiana, había algo interiormente que me incomodaba. Me daba cuenta de que mi espíritu aventurero no soporta la levedad del ser por mucho tiempo. Eso de estar en un lugar cómodo en una situación perfecta es algo que por dentro desespera. La aventura está ahí fuera, siempre guiada por los impulsos del corazón errante y vagabundo. Miré al horizonte, con cierta nostalgia, y sentí que dentro había una nueva canción, una melodía que gritaba al mundo y dejaba mudo el paisaje.

Así que cerré los ojos a media tarde con esa calma propia de la certeza y había una imagen que me hacía sonreír. Busqué en el interior y vi que había un destino que me llevaba a otro lugar del mapa, a otro territorio aún por explorar. No es un territorio físico, más bien emocional y psicológico al que necesito enfrentarme con calma y sutileza. Al menos eso es lo que me dicta ese corazón en su locura de voltear siempre las situaciones para seguir con máxima profundidad en el aprendizaje. Llevo dos semanas aquí, la mitad del tiempo que me había propuesto, pero ha sido suficiente para que mi mente se alineara de nuevo y prepara los asientos del alma para que pronto, muy pronto, vuelva de nuevo a su lugar. Para los que somos algo sensibles, Findhorn sigue siendo un acelerador de procesos, y he sabido aprovecharlo al máximo. Misión cumplida. Mente en su sitio, corazón amable, energía limpia y renovada, cuerpo sano y vigoroso de nuevo. Tras el alineamiento inevitable del cuaternario, vendrá el anclaje necesario con la triada. Pronto, muy pronto el Ser volverá a sus aposentos.

Dentro late un nuevo destino de incertidumbre pero que interiormente me calma. No sé qué pasará a partir de ahora. El viaje a Israel ha sido determinante, o al menos, ha habido una inflexión interior positiva. Así que auguro buenos propósitos para lo que tenga que venir a partir de ahora. Y si no es así, pues tendré que enfrentarme de nuevo a la máscara de la experiencia y sortear todo aquello por lo que debo aprender. Ya no tengo miedo. He tocado fondo, he bajado hasta lo más profundo del ser y he visto la manera de poder salir poco a poco, despacio, hacia arriba. Toda una experiencia, toda una hermosa noche oscura del alma…

Ahora veo luz, siento paz, admiro la belleza del paisaje y contemplo con auténtico desapego toda la experiencia. No me ato a mis obras, ni a todo lo creado hasta ahora. No me arrepiento de mis errores y torpezas. No hay nada que provoque en mí un aleteo de remordimiento. Siento esa paz de los ancianos que miran con nostalgia tiempos pasados. Al mismo tiempo que me enfrento como un recién nacido al mundo por descubrir y explorar. Con curiosidad, con ganas, con vida. Tuya es la hacienda, mía es la canción y la voz antigua de la tierra. Gracias por haberme dejado tan rico, quedándote tú tan pobre. Desnudo y errante por el mundo, seguiré avivando fuegos…

Sobre el Camino del Medio


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© Yoel Amram

“La utopía es una forma de acción y no una mera interpretación de la realidad» Pierre Furter

Entre el crecimiento interior y la supervivencia pura y dura hay un largo trecho. No es lo mismo ganar en una tarde treinta mil euros o ganar un trozo de cielo en mil años. Lo primero te da porciones medidas de satisfacciones fisiológicas y algo de seguridad. Lo segundo, a muy largo plazo, algo de estima y autorrealización. Entre crecer exteriormente y hacerlo interiormente hay una sutil barrera difícil de discriminar. Una barrera que puede delatarse como cruel si no sabemos discernir entre las cosas verdaderas de la vida, esas que a largo plazo nos llenarán de satisfacción duradera, o esas otras pequeñas promesas que no sirven sino para sentir un pasajero sentimiento de placer y alivio.

A veces es posible el camino medio, ese que pretende, siempre y cuando no te distraigas fútilmente entre las diez mil cosas, crecer hacia fuera y hacia dentro al mismo tiempo. Pero esto requiere un poderoso sentido del equilibrio y la ecuanimidad, de compromiso y responsabilidad. Ser un auténtico malabarista de la voluntad, la intuición y la sabiduría puestas al servicio de la acción.

Siempre hay que ir con cuidado cuando pretendemos lanzarnos al universo del conocimiento y la sabiduría, porque a veces nos inunda ese miedo al saber, que no es otro que un miedo irracional al hacer. No se puede entender el uno sin el otro. Es decir, el verdadero saber te lleva inevitablemente a la acción. Y el hacer, la acción, requiere responsabilidad y compromiso, sobre todo cuando nos equivocamos y fracasamos ante los demás. Ese fracaso tiene que ver con el reconocimiento del que hablábamos y sobre la necesidad de satisfacer nuestros apetitos y anhelos exteriores. Interiormente no hay lugar para el fracaso. Todo reto, toda aventura, toda decisión y toda acción guarda dentro de sí una enseñanza oculta, un crecimiento interior, una expansión inevitable de consciencia. El desequilibrio exterior produce locura, aislamiento, soledad, ruptura, sufrimiento y muerte. El interior tan sólo un breve reguero de llanto y una nueva promesa de avance.

El camino del medio es un reto que asusta a los pensadores. Nadie quiere mojarse, nadie quiere hoy día enterrar los pies en el barro como hacen los hortelanos para sembrar la semilla. Nadie quiere esperar pacientemente los resultados y nadie quiere arriesgar las estaciones, los tiempos, los ciclos. Sembrar, cuidar lo sembrado y velar por ello requiere esfuerzo y grandes dosis de sacrificio personal. El camino del medio requiere esa ecuanimidad, ese equilibrio entre lo de dentro y lo de fuera. Esa responsabilidad, ese cuidado, ese compromiso en un mundo donde ya nadie se compromete ni se responsabiliza. Donde ya nadie tiene cuidado por las cosas importantes, tan distraídos que andamos con la superficie.

El camino del medio requiere trabajo, trabajo, trabajo. Disciplina, organización, reflexión, paciencia, prudencia y visión honda de las cosas. Lo fácil e inmediato no pertenecen al camino del medio. La superficialidad de las cosas se aleja del mismo. La acción y el esfuerzo constante, aún cuando fracasamos una y otra vez, es lo que nos permite reorientar nuestras vidas hacia un sentido profundo. Ningún extremo nos llevará a ninguna parte. Sólo a dar bandazos de aquí para allá hasta que algún día tomemos las riendas de nuestras vidas y empecemos a caminar de igual forma hacia dentro y hacia fuera, ecuánimes, equilibrados.

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Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la «sociedad» no es más que la suma de socios, «asociados», que interaccionan por interés, a diferencia de la «comunidad», que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del «pueblo», siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de «todo por la patria» o «todo por el pueblo». Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?


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© Deborah Sheedy

«El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

La vida debería ser un juego alegre, divertido, cargado de humor, y no un constreñido aparato de seriedad pusilánime. Inclusive la vida espiritual, siempre encorsetada en estampas serias y reliquias fúnebres. Me gustaría hablar un poco de esta estrecha y angosta mirada, especialmente en aquellos que de repente se iluminan y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, inclusive a su propia familia.

No quiero entrar en la reflexión de si debo abandonar a mi familia porque me he enamorado de otro u otra, o abandonar a la familia porque he encontrado un trabajo mejor o una oportunidad mejor de cualquier tipo. Esto, que ahora es tan frecuente y que se realiza de forma tan artificial e irresponsable, creo que no habría que discutirlo moralmente. En el mundo en el que vivimos, en el que todo vale y en el que las personas nos hemos convertido en objetos de uso, y no en sujetos sintientes, no vale la pena entrar en un debate estéril.

Pero hoy sí tenía ganas de comentar la cuestión, igual de problemática, de aquellos que de repente encuentran algún tipo de salvación o iluminación en alguna nueva creencia que entra en sus vidas como un huracán, arrasando a veces con todo, inclusive con la propia estabilidad económica y familiar. Una revelación, una nueva forma de ver las cosas, una iluminación interior, un descubrimiento, a veces rozando el puritanismo más atroz o la severidad más absurda o el ridículo más burdo. Esa grotesca imagen de una figura seria, estreñida entre recitales de mantras y entonaciones del om, entre serias meditaciones transcendentales o exóticos viajes a la India para adorar al gurú de turno, pero que carece de relación íntima con lo profundo. Una superficialidad como cualquier otra disfrazada de beatitud que deja de serlo en cuanto se vuelve seria, triste y amargada.

Quería hablar de aquellos que abrazan, iluminados, un dogma o una doctrina, un gurú o un maestro o cualquier cosa que de repente les hace sentir plenos y aparentemente reverentes, obviando todo lo que hasta ese momento era sus vidas. Por desgracia, he conocido a personas que de repente lo dejaban todo por abrazar su nueva fe o su nueva creencia, haciéndolo de forma inconsciente e irresponsable. Que destrozaban familias enteras porque de repente se veían o sentían superiores en conocimiento, verdad y creencia a los suyos. El azote de lo que muchos llaman el orgullo espiritual arrasaba con todo lo que hasta ahora era razonablemente sostenido.

El orgullo espiritual nos hace pensar que hemos sido elegidos especialmente para algún tipo de misión. El orgullo espiritual nos hace creer erróneamente que somos especiales y que, por lo tanto, debemos buscar personas especiales con las que desarrollar nuestro propósito. Nos aleja quizás de la tarea más espiritual de todas, que es la de amar a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra pareja, estén o no “iluminadas”, sean o no sean como nosotros, piensen o no piensen como nosotros, desde la alegría, la broma y el buen humor. El orgullo espiritual nos aleja de unos de los trabajos más espirituales que existen en el mundo que es el de amar y respetar al prójimo, especialmente al prójimo familiar. La cantera de aprendizajes espirituales que desarrollamos en el entorno de la familia, el respeto, la comprensión, la empatía, la flexibilidad, la tolerancia, el amor incondicional, el compartir, la alegría y todo un cúmulo de valores y principios, jamás lo vamos a encontrar en el plano de las ideas o las creencias, siempre tan mustias y carentes de vida. El cúmulo de experiencias místicas que una familia te puede otorgar, jamás lo vamos a encontrar en el mayor de los credos.

El pensarnos o creernos iluminados, es lo que más nos aleja precisamente de esa iluminación. La arrogancia y el orgullo son escollos que solo desde el silencio y la humildad pueden superarse. No hay mayor iluminación que el abrazo a un hijo, que hacer el amor sincera y pasionalmente con tu pareja, que el pasear juntos y alegres por una vereda de experiencias en un campo en primavera. Jamás alcanzaremos ningún tipo de iluminación hasta que no abracemos con amor incondicional la experiencia humana que nos ha tocado vivir en nuestro entorno familiar e inmediato. Sanar nuestro árbol familiar, amar nuestras parejas y nuestra familia entera es lo más espiritual que podemos hacer. Jugar a la vida con alegría es lo más profundo que la vida nos pide. Porque la vida es juego, es diversión, es alegría si se enmarca realmente desde una perspectiva espiritual. Lo demás, inevitablemente, y posteriormente, vendrá por añadidura. Pero no antes, nunca antes. Como decía Eckhart, “Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros”, no en nuestra idea de Dios, sino desde la manifestación en nuestra esencia y en nuestra vida ordinaria. Abrazar sinceramente esa nuestra vida ordinaria es lo más extraordinario que nos puede pasar. Es en la cotidianidad donde tenemos nuestro verdadero campo de experiencia espiritual.

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La Casa del Pan


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Aquí estoy viviendo durante este mes…

El Gólgota está lleno de cuevas al igual que los demás lugares que visitamos por Palestina e Israel. La cueva era muy significativa en toda la tradición palestina, ya que en aquellos lugares semidesérticos, el poseer un lugar fresco suponía seguridad y arropo. Jesús nació en Belén, que significa la Casa del Pan. Nació en una cueva, ya que los pesebres, en aquel entonces, se cavaban en la roca para dar refugio a los animales. Lugares oscuros donde se podía conservar mejor cosas tan valiosas como el ganado. La Casa del Pan viene a significar la necesidad de poseer una vida material lo más abundante posible, ofreciendo al mundo todo aquello que pueda ser compartido. Todos necesitamos un sustento, una casa, un hogar. Es la base de la vida humana.

Ayer interaccioné por primera vez con el niño de la casa. No quería hacerlo, porque sé que los niños enseguida cogen cariño y yo a ellos. Pero tras casi una semana viviendo en este hermoso hogar, no pude obviar la hermosa evidencia de convivir con un niño de seis años. La interacción, aunque ambos hablamos diferentes idiomas, encontró su lugar en la risa y la broma, idioma universal por excelencia. La tarde de risas tuvo efectos devastadores. Hoy el niño no ha ido al colegio y quería jugar todo el rato con el invitado. Por la mañana temprano tocaba a la puerta, con esa cara que ponen los niños cuando demandan algo. Salí al salón y estuve un rato con él. Luego, disciplinadamente, le dije que tenía que marcharme a trabajar y así lo hice. Por la tarde volvió a tocar, esta vez para invitarme a cenar salchichas veganas cocinadas por él mismo. No pude con ambas tentaciones, así que pasamos un buen rato jugando a cualquier cosa tras devorar las sabrosas salchichas.

Encerrarme un mes en una casa desconocida en un lugar lejano tiene su propósito interior. Necesitaba discernir y de paso dejar espacio y tiempo para que otros lo hicieran. Discernir significa aislarnos de todo lo que nos seduce, de todo lo que nos tienta, de todo lo que la vida nos ofrece como prueba para que valoremos interiormente qué es lo que queremos y deseamos desde lo más profundo de nosotros. Así está ocurriendo. La vida nos ofrece motivos suficientes para elegir uno u otro camino, pero es necesario que nosotros discernamos desde dentro. Viéndolo con perspectiva, veo que todo ha pasado muy rápido, que he pasado del auténtico calvario a la tranquilidad interior de poder ver con claridad el siguiente paso.

Admito que un mes aquí encerrado, con frío polar ahí fuera, se va a hacer eterno, pero un mes es un tiempo prudente para tomar decisiones que puedan gobernar nuestras vidas durante los próximos tiempos. La primera prueba a la que me estoy enfrentado es precisamente esa. Vivir en una “Casa del Pan”, en un lugar materialmente cómodo, con una familia establecida que pone constantemente a prueba ese deseo humano que tengo desde hace unos años. Una mujer hermosa, inteligente, consolidada materialmente y sensible a la vida espiritual con un hijo especialmente cariñoso y capaz de robar el corazón a cualquiera. Una experiencia que ya viví en el pasado y que admito, es capaz de hechizar a cualquiera. Pero ahí está el discernimiento, la paradoja de enfrentarnos al mundo escénico desde la mirada interior con fuerza y determinación.

Conozco bien el rechazo a la llamada. Y no me refiero a la llamada a la vida cómoda. Me refiero en este caso a la llamada interior. Ahora puedo saber exactamente aquello que la vida nos pone para que acomodemos nuestra existencia a lo fácil, a lo material, creando así una hermosa vivencia en la Casa del Pan. Lo escribo en voz alta porque al hacerlo me reafirmo en la necesidad de seguir adelante con lo pactado internamente, con lo pactado con esas almas errantes y peregrinas que deambulan buceando en lo mistérico. Aquí solo puedo enfrentarme desde la quietud a la insinuación de la prueba. Esperar, quieto, tranquilo, desapegado, a que el tiempo transcurra y dejando paso a que todo se coloque en su justo lugar. Luego, desde el deseo más ardiente, andaremos y veremos.

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La leyenda del ojo del pájaro


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© Nashoba68

Eso que me oprime, ¿es mi alma intentando salir al exterior o el alma del mundo llamando a mi corazón para poder entrar? Rabindranath Tagore.

En los tiempos en los que la India era un paraíso mítico, Arjuna era conocido por su excelente concentración. Una vez, su maestro Dronacharia decidió poner a prueba a sus alumnos. Se acercó hasta un árbol y colgó de una rama un pájaro hecho de madera. A continuación, pidió a todos apuntar con su arco al ojo del pájaro, pidiéndoles que describieran todo lo que pudieran ver. Los estudiantes empezaron a describir el jardín, el árbol, las flores, la rama del árbol, así como al pájaro mismo. Cuando llegó el turno de Arjuna, él respondió a su maestro que todo lo que veía era el ojo del pájaro. Tal era su capacidad de concentración.

Los escenarios pueden ser hermosos y tentadores. Uno puede vivir en un auténtico paraíso si mira a su alrededor y uno podría pensar en la bucólica idea de una vida sencilla, amable y discreta en un lugar excepcional con unas personas excepcionales. La mayoría de las personas elegimos siempre ese camino, el de la visión panorámica, olvidando el ojo del pájaro de la leyenda de Arjuna.

Miramos y optamos por lo que aparentemente más nos conviene. Pocos son los que cierran los ojos a los escenarios y se inclinan hacia el leve susurro de lo que siente el corazón, lo que se derrama en la concentración, lo que se expresa en la profunda brisa de lo interno. Esta visión es muy poderosa, porque a veces el corazón nos lleva por caminos difíciles, por angostos carruseles que despiertan en nosotros , pero que están alejados de esa vida tranquila y cómoda, segura y dócil. Rechazar lo bucólico, lo fácil, lo hermoso, para adentrarse en las veredas de lo incógnito supone tener una especial predisposición para vivir la vida en su máxima intensidad, pero también en su máxima disparidad.

¿Qué elegimos? ¿Qué es más noble para el corazón cuando miramos los escenarios de nuestras existencias? El amor de los dóciles no está en el corazón, sino en los ojos que dispersan la mirada distraída. Comen por los ojos, viven por lo que entra en los ojos, apuestan siempre por lo que les hipnotiza a los ojos, obviando la naturaleza suprema del corazón, del ojo del pájaro. La batalla de Arjuna está lejos de ellos, porque desean el camino fácil, tranquilo, reposado, seguro. Los sentimientos son moderados, viven una vida contenida sin revelar ningún amor profundo, sin lanzarse desnudos y vacíos hacia la pérdida. Al no desear derrotas, no desean apostarlo todo a un camino inseguro lleno de trabas y dificultades.

Sí, puedo observar a mi alrededor y ver cómo la vida me sorprende de nuevo con contextos que podrían llamarse afortunados. Pero un nómada, un peregrino errante no busca fortuna, no busca victorias, no busca un lugar tranquilo plagado de riquezas y obsolescencias. Mira hacia dentro y observa con cautela los dictados del corazón, concentrando la mirada en lo profundo. Y ahora lo lleva aquí y luego allá, donde esté la necesidad y el hambre, donde esté la batalla que apremie su latir. De ahí la necesidad de una claridad extensa para conectar con el adentro. Una mente experta, decidida, alineada, concentrada, con capacidad exquisita para poder discernir entre lo verdadero y lo falso, entre los escenarios irreales al corazón y la profunda vida interior que subleva los sentidos y se desprende de lo accesorio, una mirada fija y concentrada en el ojo del pájaro.

¿Qué elegimos, un sol radiante o una luna cambiante? ¿Qué es más noble para el corazón? ¿Una vida fácil y tranquila o un camino apasionante, sí, cargado de pérdidas y derrotas, pero vivido hasta su máxima expresión? ¿Qué es aquello que tanto nos oprime el pecho? ¿Qué tiene que decir nuestra alma libre sobre la existencia que llevamos? ¿Dónde está nuestra capacidad de escucha, de elección, de atrevimiento, de entrega, de pasión, de realización? ¿Es posible conjugarlo todo o siempre debemos elegir, discernir?

La broma cósmica ha querido que unos años después se repitan poderosamente los escenarios. Pero ahora tengo un poder que antes no tenía. Ahora sé qué es lo que debo elegir, cueste lo que cueste. Y sé que los escenarios bucólicos no traerán paz a mi mundo. Sé que el camino fácil no es el camino que desea mi pecho oprimido. Ahora gobierna el corazón, embajador supremo en la tierra de mi alada alma, dominio incognoscible que habita inconformista las estrellas reinantes del cosmos. La lucha de Arjuna continua… y la mirada de ahora, versa concentrada en los adentros.

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Oración al viento. Canto profano a Namada en Do mayor.


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Cráter de Ramón, desierto de Israel

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. En tu memoria yace la memoria del mundo y de todos los tiempos. Intrépido volar, derramas suspiros en cada instante mientras la invisible mano que transporta aves nómadas crea transmigraciones de peregrinos errantes que no saben dónde ir. No permitas que un destino fijo les aflija. Música que recorre cada sorbo de vida. Aire que se expande entre las canillas abismales y la visión del horizonte. Vacía mirada cristalina con nocturna narración para soportar las sombras del viaje. Sorpresa cuando un rayo de luz vuelca su furor en la estampa vertical y el aullido silencioso, melancólico, vibra trashumante bajo la luna. Errático ardor que nos envuelve a cada aleteo. Abajo, el musgo lleno de consonantes, la tierra húmeda y vibrante que asola cuando soplas huracanada devastando los jardines en invierno. Todos los desiertos se arrodillan cuando exhalas imitando una flor que se cierra. Y en aquel desierto, con su luna llena, fijó estrellas en nuestro pecho.

Orión, Sirio, Pegaso. Eran las montañas nuestras almas, en el valle, junto al mar, nuestros cuerpos. Y ahora danzando en el encanto de ese hermoso y sagrado recuerdo. Bajo los pies del Altísimo, bajo la tutela del Amplísimo, bajo el amanecer glorioso de lo venerable, del secreto inconfesable, del aliento que solo puede ser visto en el susurro de una noche sacra. Bajo ese fuego que se alza, que esclarece y calienta los corazones, sucumbimos. Escuchamos el murmullo bajo los pies mientras la tierra habla, se expresa junto al mar, en sus areniscas, en su vaivén. Y ondea el viaje en un instante de fulgor atendiendo los alientos que se unen, los corazones que se acompasan, el latido que se convierte en una colonia de amaneceres. La híbrida secuencia se repite en todos los planos, con diferentes explosiones de luz y color como una copla en primavera que se abre rodando en las costuras del alma. Desde la piedra hasta el éter, auténtica y fugaz.

Pero esto es secreto, no deberíamos nombrarlo. Todo lo sagrado es secreto, por eso aquí nos volvemos profanos, como goterones que resbalan en un cristal estacionario. De ahí el canto y la oración, forma minúscula de enterrar lo sublime y confundir lo carnal. El vuelo del ave, la siembra en la tierra, la calima, el valle, el mar. Todo lo que nace y respira dos veces tiene la particularidad de entrar en sabia y poderosa expresión de lo intangible. Todo aquello que pervive más allá del instante en el que se creó forma ya parte de la memoria del cosmos danzante. Por eso ahora pervive en mundos y dimensiones diferentes, esperando expresión, discernimiento, esperando suspiros que lo atrapen, deseando encarnar de nuevo en la existencia empapada. Gotas que caen desde lo más alto para abrazar su destino común. Suaves, tiernas, amables, graciosas. Vida en movimiento que alienta cada paso en un acto de poética aventura.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Santificado sea tu verbo. Venga a nosotros tu aliento y hágase la obra sin fin aquí en la luz como en el cielo. Intrépido volar que derrama suspiros en cada instante. Vacía cámara donde se guarda lo más bello. Inteligencia sublime que se expande por la zozobra de los bosques y sus lenguas, por el espeso rumor de la arboleda opaca. Como esa dama desnuda que corre descalza pisando la tierra mojada y huye danzando hacia las entrañas de cuevas cálidas, sacrificando el tiempo y el lenguaje en Tabor. Allí dónde nace en el corazón la sublime luz, cargada de esplendor celeste, brillando en poética ternura. A salvo de cuanto ocurre en las mazmorras silentes, acariciadas por el tacto suave de cualquier noche transmutada.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Viento, santifica tu verbo y hágase tu palabra, aún perdida, aún vaciada en los tumultos de la voluntad. Venga a nosotros tu aliento ahora y siempre, tu hálito, tu emanación, tu profunda elocuencia silvestre encarnada en el ahora. El sol, que con su luz ilumina nuestra oscuridad, venga a tu encuentro y líbranos de todo mal. Que así sea por las dimensiones distantes y por todos los tiempos. Amado viento, namada libre, hágase siempre desde tu osadía susurrante, amplia y secreta en dicha y amor.

(Pd.- Leer en voz alta en do mayor).

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Cuando los hombres lloran


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© Philip Mckay

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día! Oliverio Girondo

Ayer tuve la oportunidad de hablar con tres hombres que estaban pasando por un mal momento. Uno por un problema laboral, otro por un mal de amores y el tercero por un problema existencial, de soledad y pérdida de sentido. Yo mismo tuve un día extraño, mezcla de los tres problemas que cosechaban mis amigos. Quizás Mercurio estaba retrógrado, o Acuario en luna llena o lo que fuera, pero lo cierto es que ayer fue un día difícil para algunos de mi entorno. Un día para llorar.

Es evidente que los hombres, algunos hombres, han desarrollado una sensibilidad diferente en las últimas décadas. Aunque aún persiste el estereotipo de hombre fuerte e insensible, depredador y machista, muchos hombres están desarrollando cierta sensibilidad que choca frontalmente con un momento de plena emancipación de la mujer. Estamos viendo un cambio de roles extraño, donde muchas mujeres se comportan como lo hacían los hombres y muchos hombres como lo hacían las mujeres. Las mujeres se emancipan, se sienten libres e independientes, utilizan a los hombres como los hombres utilizábamos antes a las mujeres, con cierta frialdad y despotismo, con cierta superficialidad y desapego. Mientras que los hombres sensibles, los hombres blandengues, que diría con humor el Fary, se vuelven vulnerables, indefensos, demandantes de cariño y afecto, de seguridad y arropo. Ahora los hombres necesitan ser abrazados y comprendidos en este nuevo mundo sensible.

Esto crea confusión porque inconscientemente la mujer sigue demandando un hombre fuerte y seguro, capaz de proteger la familia y el hogar con un buen sueldo y la necesidad de estatus con una buena reputación, ya sea laboral o de cualquier otro tipo de éxito. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación siguen potenciando ese tipo de roles arcaicos y primitivos, creando aún mucha más confusión en la psique, ahora más sensible y abierta, de todos.

Esto crea un verdadero embrollo y una verdadera pérdida de sentido para todos. Mi primer amigo lloraba por la frustración laboral que sentía. Tiene la necesidad de generar dinero para alimentar a su familia, pero no a cualquier precio. Le gustaría poder desarrollar su arte, pero el arte no vende, no tiene prestigio y es decadente en una sociedad decadente. Su frustración y dolor nace de verse atrapado en un sistema donde nadie va a reconocer su trabajo, su don, su talento, y para poder sobrevivir, debe prostituir su tiempo en labores ingratas que no le aportan nada. Dedicarse al arte o a la poesía hoy día no provoca más que frustración y fracaso. ¿Qué mujer hoy día desea vivir con un poeta, con un soñador, con un nómada del verso?

Mi segundo amigo sufría de mal de amores. Tras experimentar con algunas relaciones, veía como las mujeres utilizaban su belleza y su cuerpo sin mayor compromiso. Guapo, atractivo, inteligente, pero sin capacidad de poder crear una relación comprometida y estable. En la sociedad líquida donde vivimos, el fluir se ha convertido en un mantra poderoso donde lo sólido no tiene nada que hacer. Las mujeres fluyen y hoy se acuestan con uno y mañana con otro, como tradicionalmente hacíamos los hombres, sin mayor implicación emocional que la de pasar una buena noche. La sociedad se prostituye, y los hombres que han nacido con ese nuevo rol de sensibilidad no se adaptan a este cambio de paradigma. Un romántico, un soñador, un hombre sensible, está abocado al fracaso. Nadie querrá estar con alguien que da muestras de inseguridad, sensibilidad o debilidad.

El caso del tercer amigo es más grave aún porque ha conseguido de alguna manera, aunque sea pasando calamidades, malvivir de la poesía, del cuento, del arte. Eso le ha abocado a una vida errante y nómada, sin una base material sólida donde sustentarse, sin una casa ni un hogar donde volver tras sus periplos poéticos. El precio de su felicidad, de su libertad absoluta, lo paga con creces a base de grandes dosis de soledad. La soledad, y esa sensación de fracaso en lo personal a cambio de cierto éxito en lo profesional, le aboca a una depresión constante y continua. ¿Qué mujer se fijaría hoy día en un consagrado poeta que no tiene dónde caerse muerto?

Es cierto que no es bueno generalizar ni que estos tres ejemplos que casualmente se juntaron ayer en un lloro colectivo sean una muestra considerable de lo que realmente está sucediendo, pero sí es un síntoma claro de que los tiempos están cambiando y de que nos estamos encontrando con un paradigma de pérdida de sentido. Yo mismo soy un claro ejemplo del fracaso de este paradigma. Errante, con un trabajo excitante pero que apenas da para vivir, nómada emocional porque ninguna mujer es capaz de soportar una vida tan inestable y tan poética, tan sensiblera y necesaria de grandes dosis de cariño y atención, de cierto misticismo y espiritualidad, de cierta inteligencia y crítica. Sí, los hombres también lloran. Y últimamente no paramos de hacerlo, como lo hacen los cacuies y los cocodrilos, si es verdad que los cacuies y los cocodrilos lloran, como decía el poeta. Nadie desea abrazar y sostener a un poeta, a un hombre sensible. Nadie en una sociedad líquida desea responsabilizarse y comprometerse en una relación estable y duradera.

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Discernimiento


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Esta mañana me desperté a eso de las cinco totalmente despejado, con la mente clara, el corazón caliente, la vida por delante. A las seis y media asistí a la “early morning meditation” que durante una larga hora nos ayuda mediante el enfoque del pensamiento a adueñarnos de la posibilidad de discernir. Luego volví a casa y desayuné con la hermosa anfitriona, con la que tengo largas charlas sobre política, espiritualidad o la vida y sus misterios. Son momentos que se hacen cortos en las comidas pero agradables, porque sin atosigarnos, podemos entablar conversaciones de todo tipo.

Me gusta la educación de estos países donde te saludan amigablemente dándote los buenos días con una agradable sonrisa y donde las formas siempre vienen bien acompañadas del fondo. Últimamente me he vuelto un amante de las formas, no de aquellas hipócritas que desentonan en la cortesía, sino de aquellas sinceras, que nacen del corazón, haciendo que lo valiente nunca se disocie de lo cortés. Educación, cortesía, trato y corrección. Simple y llanamente hermoso. Pequeños detalles que a veces olvidamos y que marcan y difieren radicalmente nuestras vidas y nuestras relaciones. Por eso es necesario discernir, para acercarnos a lo hermoso y agradable y desechar lo tosco e insípido.

Discernir es una poderosa herramienta que hace que nuestras vidas se configuren de una u otra manera. Si estamos atentos, la vida siempre nos pone ante nosotros varios caminos, varias posibilidades, infinitas sendas para que nuestros escenarios nos ayuden a resolver las incógnitas a las que hemos venido a enfrentar. Discernir no es solo levantarnos para ver qué ropa nos ponemos por la mañana temprano. Es también decidir qué personas entran en nuestras vidas, qué seres permitimos que entren en nuestros cuerpos para honrarlos y amarlos, qué deseos pongo en el jardín de nuestras emociones para subliminar la belleza de la existencia, qué pensamientos empodero para que guíen mis acciones y qué clase de energía derramo sobre el mundo para generar el bien. Tan acostumbrados a prostituir nuestros cuerpos, nuestras emociones y nuestros pensamientos y creencias, el mundo se ha vuelto tosco e ingrato.

En cada acto minúsculo de nuestras vidas estamos discerniendo. Cuando comemos, podemos hacerlo causando dolor y sufrimiento a otros seres sintientes. Cuando compramos cualquier cosa estamos enriqueciendo a unos u otros. Cuando gastamos el dinero decidimos en cada momento a quien ayudamos con nuestra energía económica. Todo aquello que ingerimos, ya sean alimentos, energías, emociones o pensamientos repercutirá inevitablemente en aquello que ofrezcamos al mundo.

No se trata tan solo de discernir si vamos al mar o a la montaña, realmente eso no importa. Tampoco importa si elegimos a una persona igual o diferente a nosotros para emprender un proyecto común de vida. Lo que importa es lo que hacemos en cada escenario y con cada persona. Lo que importa es la suavidad y el tacto con el que nos enfrentamos a cada momento de nuestras vidas y el trato que ofrecemos a las personas que nos rodean. O si, por el contrario, preferimos vivir una vida irritada, enfadada o cargada de tristeza.

Me doy cuenta de lo difícil que resulta discernir sobre cosas que a veces nos superan, que a veces no dependen de nosotros. Una enfermedad o un accidente físico o emocional. A veces es la actitud, o simplemente la mirada ante la pérdida. Uno puede elegir mal, pero tiene la oportunidad de redimirse si realmente desea cambiar, si realmente toma consciencia de su error y busca la manera de ser amable con el mundo. Dar los buenos días con una sonrisa, enviar un caluroso y cariñoso mensaje a ese amigo querido, abrazar con pasión a esa amante despierta. Cada gesto discierne sobre el anterior y, por lo tanto, cada elección nos permitirá ser mejores personas, excelentes sujetos vivos.

Lo inteligente, lo sabio, diría que lo verdaderamente iniciático, es obrar de manera inofensiva y amable, aunque a veces esa inteligencia se vea empañada por ofuscas nubes. Hoy nos hemos levantado y hemos elegido qué clase de vida queremos. Hoy la vida nos propone aventuras y decidimos qué camino tomar. Estar atentos a los escenarios y a las personas que se acercan a nosotros para poder elegir el mejor de los mundos posibles. Discernir. Hoy quiero un mundo amable, inofensivo, bello. Hoy quiero una vida amorosa.

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Calma


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Esta mañana de tenor en el Nature Sanctuary de la comunidad de Findhorn

Venía de un calvario y llegué a un nuevo nacimiento, a un nuevo sentir, a una nueva línea de tiempo de paz y sosiego. Se hizo el trabajo mágico del alma. Se sanó la herida en el bautismo, bajo el agua, sumergido en la fría mar. El antakarana helvético sirvió para conectar ambos mundos, para recordar la urgencia del vivir. Su mano invisible me acompañó diligentemente, con suavidad, hacia el reino de la luz. Por eso nada más llegar, agradecido, creé un pequeño altar con su carta manuscrita donde resalta la palabra “magia” como centro de todo. Organicé la mesa de trabajo acompañada de algunos hermosos fetiches… Su carta manuscrita, un trozo de muro de Jerusalem, una piedra del mar de Galilea y una flor del monte Tabor que me regaló en un hermoso paseo… Materia, vida y pensamiento que juntos recuerdan hermosos momentos cargados de amor.

Desde mi ventana puedo ver las aves migratorias que van y vienen de un lado para otro. Por la noche hacen un especial ruido, intentando despertar al mundo para recordarle que todo cambia, que todo continua. Fuera de estas blancas paredes decoradas con maderas nobles se siente el frío ártico. Ayer di mi primer paseo por la bahía mientras recordaba mi primer viaje en el invierno del 2007. Allí empezó todo. Allí el cambio se apoderó de mi vida para siempre. Por eso le tengo un especial cariño a este lugar y por eso, siempre vuelvo para agradecer la transmutación sufrida y para recordar, sobre todo para recordar cuando el olvido se apodera de mi vida.

Me levanté temprano y medité en silencio. Aún de noche, al alba, a dos luces, llegué hasta el Nature Sanctuary donde todas las mañanas se hace un hermoso círculo alrededor de una vela encendida para cantar en comunión canciones de Taizé. El mundo devocional que puede inspirar estas canciones ayudan para ensanchar el corazón, para llenarlo de alegría, compasión y calma. Los beneficios de cantar en grupo nos acercan a ese equilibrio de paz tan necesario en el mundo. Paz en los corazones, amor perpetuo para la vida. Hay sonrisas y miradas cómplices entre los tenores, los bajos y las soprano y contraltos. Se respira un ambiente dulce y amable, lo cual ayuda a empezar el día con una alegría interior hermosa y necesaria. El canto devocional eleva nuestras miradas hacia la vida del alma, y el alma, agradecida, nos abraza desde el lazo místico.

Nada más terminar, algunos marchamos al Sanctuary de meditación, al otro lado de la comunidad, justo en frente de la caravana original. Tras ensanchar el corazón mediante la práctica devocional, toca ensanchar la mente sin límites ante la práctica de la meditación silenciosa. Abrazados al alma, partimos al encuentro del Espíritu Universal, el Absoluto que se encuentra en todas las cosas y en todos los seres vivientes. Es entonces cuando se abre la visión sobre las cosas invisibles. Un corazón alegre acompañado de un intelecto despierto y vivo, con ganas de aprender y comprender, es lo mejor para empezar la jornada y comprender desde la profundidad de las cosas qué hacemos aquí y porqué estamos en este misterio cósmico. Nuestro cuerpo, que no deja de ser un templo labrado en honor de la vida, alberga todo aquello que nos reconecta con nuestra esencia más infinita. Honrar al cuerpo es honrar a la vida, es honrar el Misterio.

Calma, mucha calma interior siento en estos momentos de paz, sosiego y alegría. Necesitaba este silencio, este lugar y esta práctica para volver a mí, para retomar mi centro, para equilibrar mi vida. De alguna forma me estoy salvando. Estoy salvando el mundo dentro de mí para así poder ayudar a salvar al mundo que se expresa a mi alrededor. Calma, sosiego. Andaremos y veremos. Inevitablemente.

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Del Calvario a Belén y más allá…


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Este atardecer en Israel guarda sus propios secretos

«Los que aspiran a un verdadero progreso deben considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser, por así decirlo, sus propios iniciadores». The Theosophist, T. IX, pág. 364.

 

El viaje por Palestina e Israel albergó su propio misterio. Algo hermoso se inició, y por lo tanto, vivimos nuestro propio proceso iniciático. Hicimos el recorrido iniciático al contrario de como marcan las pautas establecidas. Partiendo siempre a la inversa de lo instituido, primero fuimos hacia la Resurrección y Ascensión, interrogándonos, como hacen los que hollan el sendero, de la siguiente forma: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. Allí estaba Jerusalén y toda su gloria para dar respuesta a nuestras dudas. Nos acercamos en silencio y en humilde devoción volcamos todo nuestro sentir a ese momento de fe y esperanza. Miramos una y otra vez al cielo mientras nuestros cuerpos bajaban hacia las profundas oquedades.

Allí mismo, muy cerca, en el monte del Calvario, nos esperaba el momento de la Crucifixión. En algunos lugares de Oriente se la designa como la Gran Renunciación, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte de la naturaleza inferior. «Cada día muero”, decía el apóstol, porque sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede enfrentarse y resistirse a la Muerte final, nos recuerda AAB. Algo así sucedía en nosotros. Algo moría, al mismo tiempo que algo renacía de nuevo. Renunciábamos al miedo y nos íbamos entregando al amor de la vida, al amor de la comprensión, al amor alado de la vivencia de estar vivos, al mismo tiempo que algo moría a cada instante.

Uno de los momentos más sublimes fue el de la Transfiguración en el Monte Tabor. Allí por primera vez se manifestó cierta perfección y cierto deseo de unión. Allí nace el mandato: «Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Y de alguna forma, en los paseos y aledaños sentimos esa necesidad de perfección. Algo nació en ese instante único e irrepetible, algo que nos aproximaría a la verdad de lo que somos, no como entidades separadas, sino como seres unidos por el lazo místico.

Llegó más tarde el Bautismo. El nuestro no fue en el Jordán, pero sí en el ancho mar de la tierra media, desnudos e inocentes, en un invierno cálido, en un abrazo sincero donde podían unirse las almas para ser bautizadas con agua y con fuego, porque las almas puras se tiñen de sol para ver en la llama el símbolo del camino iniciático. La luz resplandeció por encima de nuestras mentes y la claridad se hizo palpable.

Y por último llegó el Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a Nicodemo: «el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios». Allí nos acurrucamos en la incertidumbre, nos acomodamos al silencio y nos vaciamos de todo cuanto éramos, naciendo de nuevo, en la caverna del corazón, como seres que desean volver a empezar, como almas peregrinas que nacen de nuevo al mundo para ofrecer la luz que llega desde lo más alto.

Y más allá… de todo cuanto aquí se dice, lo que más valor tiene es lo que se oculta, porque en el Misterio de todo viaje, es la parte que no se conoce la que más valor encierra. Por eso la palabra, que no deja de ser un símbolo que desea aproximarnos a una cierta verdad, siempre se empequeñece ante los hechos reales, ante la grandeza de aquello que jamás podrá ser revelado. El secreto del viaje, el misterio, lo oculto, quedará para siempre en nuestros corazones. Quedará para siempre en nuestros verdaderos rostros, aquellos que solo pueden ser enseñados a los capaces, a los valientes, a los osados. Ese más allá inolvidable que algún día entenderemos. Ese más allá indescriptible que sólo las almas nobles podrían sospechar y entender. Un proceso iniciático se abrió en ese viaje. Ahora solo queda esperar sus frutos.

Abrirse a la experiencia del amor


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© Susanne Washington

La ternura no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor… Jorge Bergoglio

Cuando uno fracasa en la experiencia del amor, especialmente del amor pequeño, del amor minúsculo, del amor de pareja, se siente cierta frustración, cierta sensación de fracaso y derrota. La norma generada es que nos cerramos a esa experiencia al cosechar pérdidas consecutivas. Nos gusta indagar sobre la experiencia del amor porque junto a la vida y la muerte, es uno de los tres temas fundamentales de la existencia de todo ser. A pesar de todo lo vivido y experimentado, a pesar de todo lo indagado y escrito sobre este asunto, siempre notamos cierto verdor, como si cada día, la experiencia del amor fuera algo nuevo a lo que enfrentarse y de lo que aprender.

Hace unos días, una buena amiga me miraba con amor y dulzura en los ojos y me decía contundente que algún día mi alma encontraría a su alma amiga. Que más allá de los amores de la personalidad, siempre torpes, el alma enfocada en un propósito encuentra inevitablemente a esa otra alma que ayudará al mismo, ya que el propósito del alma nada tiene que ver con los pequeños propósitos de la personalidad, siempre egoístas e individuales. Por lo tanto, es inevitable que dos seres enfocados en un propósito de alma se encuentren para engrandecer esa experiencia. Otra cosa es que ambos se reconozcan como tal en esa vivencia cuántica, que brote la semilla del amor y que se expanda en ambos sentidos, en el sentido de amor de alma y en el sentido de amor de pareja terrenal.

Como experto saboteador de relaciones, siempre, a pesar del dolor que esto conlleva, un dolor siempre bilateral, donde ambas partes sufren, me he interrogado por ese afán de lanzarme a cualquier relación sin examinar a priori las consecuencias futuras. El amor debería ser inteligente, más allá de los impulsos primarios que nos hacen abrazar la experiencia humana de cualquier ser que se nos acerque y por el que sintamos un mínimo de atracción. Uno debería razonar si esa atracción primera está en acorde con el sentir más profundo, con la experiencia como almas libres que desean desarrollar un trabajo profundo, compartido y consciente en esta oportunidad de vida. Hay experiencias de amor en pareja que te separan totalmente de este propósito y hay otras que te elevan exponencialmente hacia la misma. El discernimiento, en este sentido, resulta ser una poderosa herramienta para saber elegir bien la persona que entrará en tu vida, que aminorará la marcha de tu evolución o la multiplicará en un acelerado compartir.

De ahí la prudencia de abrirse a la experiencia del amor. De hacerlo con calma, sin prisas, despacio. Conociendo bien a la otra persona y conociendo bien todo aquello que nos aporta y que nosotros aportamos a ella. Si perdemos el tiempo en señuelos de una noche de pasión, en tratos comerciales para pagar hipotecas y vivir una vida cómoda o en estimulantes relaciones que solo nos conducen a un vacío perpetuo, es mejor no hacer nada, es mejor esperar, es mejor estar atentos.

La prudente espera debe venir acompañada de un profundo anhelo. No todo el mundo desea arriesgar parte de su vida para afrontar el reto de la experiencia humana en compañía. Para muchos, la soledad también puede ser una llama, un camino, una vereda. Para otros, la comprensión de poder multiplicar la experiencia, acelerada inevitablemente ante el abrazo incondicional de otro ser, puede suponer un avance meteórico hacia la evolución. Si la soledad puede ser una llama, el amor en relación puede llegar a ser un fuego incombustible. Una vida tierna y amable, una vida rebosante de amor y atención es la mejor manera de comprender las fuerzas universales de la existencia. No una relación mediocre de interés mutuo, sino una verdadera apertura al amor incondicional, fuerza primera de todo lo que nos rodea, fuente primordial de todo cuanto existe.

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Andaremos y veremos


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Esta tarde caminando por las Highlands escocesas…

Así ha sido en los últimos meses. Pasos tímidos, pero necesarios. Destinos que se iban desvelando poco a poco, sin mayor plazo que el de la inmediatez. Todo tejido desde un misterioso vaivén de nodos y líneas de tiempo que se iban superponiendo unas sobre otras. Andaremos y veremos. Porque es en el movimiento rítmico dónde se desvelan los secretos. Es en esa quietud interior desde dónde nace la acción oportuna, el movimiento, la impermanencia que nos dirige inevitablemente hacia nuestro destino. Los peregrinos del alma solo se detienen al borde del camino para tomar aire y seguir adelante. Ahora lo puedo entender, de ahí mi afán para ir de allí para acá con la nueva buena.

Así lo estoy viviendo desde hace unos meses con cierta intensidad añadida. Hoy mismo era prueba de ello, casi un puro reflejo de toda mi vida errante, vagabunda. Me levantaba temprano en Petit Lancy, a las afueras de Ginebra. Hacía frío y caían suaves copos de nieve. Ordené como pude el apartamento. Dejé las llaves en el lugar acordado. Entré en el tranvía hasta la estación de tren, la famosa Cornavin. Allí cogí un tren hasta el aeropuerto, de allí un avión hasta Londres. Pasé unas horas, comí algo y un nuevo vuelo hacia Inverness, la capital de las Highlands, las tierras altas de Escocia. El aeropuerto en este lugar desolado es algo así como un lugar desaliñado en medio de prados y bosques. De no ser por el ruido de los aviones, nadie diría que estamos ante un lugar de tránsito.

Al pisar el suelo noté el frío polar de estos lugares tan cercanos al Ártico. El próximo autobús pasaba en una hora, así que preferí salir a caminar. Andaremos y veremos, pensé para mis adentros. Cuando llevaba algo más de una hora andando por una gélida carretera ya no podía más. El frío me había colapsado. Busqué en el navegador la parada de autobús más cercana. Por suerte estaba cerca y por suerte el autobús no tardó en aparecer. Tuve que coger dos antes de llegar a la iglesia de St. Leonard’s, en Forres, donde una hermosa y joven anfitriona vendría a recogerme. Por suerte ella habla español, lo que me impedirá practicar mi pobre inglés, pero a cambio me permitirá tener conversaciones más profundas sobre la comunidad de Findhorn, que es dónde ahora me encuentro y dónde espero estar al menos durante el próximo mes. Luego andaremos y veremos, porque estoy convencido de que en las próximas semanas se revelarán los próximos pasos, el próximo peregrinaje.

Así que aquí estoy, en una bonita casa, en una acogedora habitación en un lugar privilegiado para buscar inspiración y visión. En este bello lugar podré trabajar, podré centrarme en cuestiones cruciales, indagaré en aquellos aspectos que puedan ayudar a mejorar como persona y bucearé, inevitablemente, en los aspectos más profundos de la inteligencia humana. Intentaré seguir cierta rutina que no entorpezca mucho a la rutina de mi anfitriona. Seré sigiloso e invisible. Sí, andaremos y veremos. Con calma, con desasosiego, con paz interior. Hay mucha vida ahí fuera por descubrir. Hay mucha experiencia que abarcar también en nuestros adentros. El mundo se ensancha cuando lo respiras, cuando en los caminos gélidos deseas continuar para encontrar visión. Me siento un privilegiado. Me alegra saber que hay vida más allá de nosotros. Andaremos y veremos, ojalá, junto a otra alma errante, porque queda demostrado que así la vida se amplía hasta cuotas inimaginables.

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Amar y vivir con desesperación


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Esta mañana paseando por Petit Lancy

“Os amo como hay que amar:
con exceso, con locura, arrebato
y desesperación”.
Julie de Lespinasse

Llego de la oficina algo cansado y con frío. Me gusta hacer caminando el recorrido que separa la fundación, en el centro de la ciudad, del apartamento para los voluntarios que se encuentra en Petit Lancy. Es tan solo media hora, pero en invierno ese tiempo crucial puede parecer una eternidad si el frío acecha. En ese hermoso paseo junto al Ródano y sus bosques da tiempo a observar lo aprendido durante el día. A meditar sobre las cosas que preocupan en nuestro interior o a discernir sobre los caminos que se deben elegir a partir de ahora.

En este tiempo de reflexión intento mirar más allá del hoyo que cavamos en la tierra y procuro elevar la mirada más allá de mí mismo y de mis preocupaciones mundanas. Lo profano se mezcla con lo sagrado en ese continuo vaivén de emociones y esperanzas. Una cita de una escritura hindú nos recuerda que hay tres cosas que tenemos por la gracia del misterio: el don de ser un ser humano, el anhelo por la liberación y estar bajo la guía de un perfecto sabio en nuestro propio corazón. En eso pensaba. En hacer música de nuestras vidas humanas y colocar humildemente todo lo que nos importa sobre el altar de la vida. Eso nos hace sabios y nos encumbra inteligentemente hacia la existencia y el anhelo de la liberación.

Nos pasamos media vida socavando la tierra que nos rodea, identificándonos con ese agujero que vamos labrando día tras día, obviando todo lo demás: los ríos, las montañas, los valles, el cielo. Simplificamos la vida a ese reguero cavado, sudado desde que tuvimos consciencia de que algo había que hacer ante tanta tierra. Sin saber quienes somos y sin interrogarnos el para qué hemos venido aquí, hora tras hora cavamos cegados en nuestro círculo más inmediato.

No es verdaderamente importante saber dónde estamos en la escala de la evolución. El mundo sabrá lo que somos mediante nuestras acciones, cuando hayamos resuelto nuestro trazado en este trabajo que se nos ha impuesto. Lo importante es darnos cuenta, más allá de la luz que brilla por encima de nuestra mente, si hemos sido conscientes en todo momento de nuestra labor y si hemos limitado nuestras vidas a nuestro propio hoyo o hemos sido capaces de cavar zanjas más allá de nuestras preocupaciones. Tener visión nos libra de lo ilusorio y nos aleja de la mentira que el mundo crea como escenario. El arquero a caballo que va recto como una flecha hacia su meta no teme la derrota, la desolación, las pruebas que el camino le infringe. Su destino se traza a medida que avanza galopante. No mira hacia atrás, no huye hacia adelante, solamente respira mientras se acerca la hora de volcar todas sus fuerzas en la hazaña prometida. No cava una tumba en la tierra. Emerge en los caminos y se aleja veloz hacia su destino. Avanza, irremediablemente.

Vivir en un gran lodazal de confusión es prueba de lo dificultoso que resulta la tarea de estar vivos. Limpiar esa gran ilusión, esa gran ciénaga, forma parte de los trabajos de la vida. Nos corresponde profundizar abiertamente sobre lo que somos, al mismo tiempo que actuamos con fe en lo que hemos venido a hacer. A veces no nos damos cuenta de que vivimos inmersos en esa nube de pensamientos que distorsionan nuestra visión y olvidamos la poderosa fuerza del discernimiento. Pensamos infinitamente sobre el universo, pero no logramos verlo realmente. El universo no se piensa, se ve, se observa, se siente.

Ocurre lo mismo con el amor. No podemos pensar el amor ni nublar nuestra visión sobre el mismo si no arriesgamos nuestra emoción y nuestro hacer en la práctica del amor. Hay que amar desesperadamente, como dicen los poetas. La vida no se piensa, se vive. Y hay que vivir desesperadamente, como si nos faltara el aire a cada instante que pasa. Pensar en exceso sobre las cuestiones vitales nos aleja de lo que realmente importa. No pensemos el universo, sumerjámonos en él. Dejemos de cavar y vayamos de una vez a abrazar la inmensidad de la experiencia humana. Amemos y vivamos con desesperación.

 

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Ginebra, visiones desde el otro lado


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Al fondo, tras el umbral, la mezquita de Al-Aqsa, la mezquita lejana, inaccesible para nosotros por segunda vez, la mezquita más lejana en nuestro viaje nocturno. Lo intentaremos en el Buraq.

Llegar a Ginebra ha sido como darme un baño de realidad tras trece días perdidos, nómadas, errantes. Decenas de correos por contestar, cientos de cuestiones que resolver y una necesaria vuelta a la disciplina del orden, el decoro y la racionalidad. Hace un frío que ya no recordaba tras vivir en una primavera mediterránea suave y hermosa durante semanas. Aquí mandan los Alpes y sus escarpadas cimas cargadas de nieve. Tanto tiempo junto al mar me hizo olvidar el frío y esa vocecita subterránea, esa melodía baja, medio capturada, medio evasiva que subyace en los contornos grises.

De todos los mensajes recibidos buscaba con cierta ansiedad uno significativo. Lo encontré tímido y deseado. Era escueto, corto, sin mayor emotividad. Más bien una descripción de lugar y tiempo sin ningún añadido. Intenté interpretarlo como lo hacen los poetas, indagando si su contenido oculto era un punto y seguido o un punto y final. Miré en el manual de instrucciones de las palomas mensajeras por si había algún capítulo al que dedicarle mayor atención en esto de la conquista alada. Pero el cansancio podía conmigo. Tras recoger las llaves del apartamento en la oficina, comprar algo de comida para pasar estos días y afeitarme, me tumbé abatido, feliz pero cansado, alegre pero añorante, deseoso de muchas cosas e instantes que ahora están aparentemente lejos, pero interiormente cercanos y vivos.

Hace tan solo unas horas estábamos sentados junto a la gran mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, intentado por segunda vez e inútilmente acceder a ella, tomando un té caliente en sus calles laberínticas y multiculturales mientras aprovechábamos para limpiar el acceso sagrado a la misma de plásticos y basuras. Y un día después, andaba soñoliento, solitario, deambulando instintivamente por ordenadas calles, limpias y pulcras, cargadas de sofisticación y decoro. Del caos al orden, de lo nómada y errante a lo sedentario y rutinario. Del calor a la nieve.

Este lugar es como un puente que me llevará hasta Escocia. Un puente necesario, porque siempre uno tiene que tejer puentes entre una realidad y otra. Un lugar donde acomodar las nuevas energías, digerir la aventura antes de penetrar en el silencio y la reflexión profunda que me acompañará en las Tierras Altas. Un conector entre el pasado y el futuro, a sabiendas, según reflexionábamos estos días, de que ambos se tejen en un mismo instante separado únicamente por nuestro punto de anclaje y atención.

El trabajo todavía no ha sido consumado del todo. Lo que tiene que llegar inevitablemente es la nota de un probable logro. Todo lo que me queda por encontrar tiene que ver con ese profundo impulso interior y ese descontento nacido de aquello que algún día me alejó de mí mismo. Hay algo que gradualmente se vuelve tan fuerte que eleva al oculto y esforzado ser, fuera de su medio común, de su inestable condición humana. Todo este esfuerzo provoca el que podamos mirar a la vida como el aspirante más ferviente, aquel que no conoce descanso hasta que ha emergido fuera del agua y trepado constantemente hasta que se encuentra en las más altas cimas.

Añoro las risas y los abrazos, el cariño y esa sensación de sentirte seguro y alegre cuando alguien te acompaña en el camino. Es cierto que la vida se hace más cómoda y profunda cuando compenetras con alguien que te acompaña en los avatares de esta. Es como si la realidad pudiera ampliarse, porque ya no son tan sólo dos ojos los que ven, sino cuatro. Entonces todo se engrandece y ensancha a cada respiración compartida. Las experiencias parecen multiplicarse y la vida adquiere otro sentido diferente, amplio, dilatado por la visión compartida del otro. Uno puede vagar solo e irradiar aquello que pueda, pero descubro con este tipo de experiencias que cuando lo hace acompañado, con buena y cómplice compañía, la vida se vuelve intensa, sorprendente, excelsa. Esto es muy revelador, porque añade dosis de profundidad a todo cuanto nos ocurre.

Ver un atardecer al otro lado del mar junto a alguien que te aprieta con fuerza la mano mientras puedes escuchar el susurro de su respiración próxima y rítmica es una experiencia doblemente gratificante. No importa la implicación emocional que se tenga con esa persona. Ni siquiera importa el grado de compromiso adquirido, ya sea de colegueo, de amistad estrecha o de relación íntima de pareja consumada. Lo que importa es que al entrelazar las manos y mirar juntos el milagro de la vida, uno puede comprender con mayor asertividad los secretos ocultos de la realidad manifestada. Uno puede lidiar con mayor esperanza en todo aquello que se nos esconde, que se oculta tras los hechos observables. Uno, en definitiva, puede con mayor grado de implicación, responder ante la llamada misteriosa de la existencia, intentando descifrar qué desea de nosotros y cómo podemos atender a su llamada inevitable.
Nieva ahí fuera. Ginebra sigue igual de expectante. La vida continúa su curso inevitable.

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El milagro de la transfiguración


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Por fin volvió la sonrisa

Escribo, ya finalizada la aventura por Israel y Palestina, desde el aeropuerto, esperando coger un avión hasta Ginebra, donde estaré unos días trabajando en los libros azules. Mi querida compañera de viajes, la bella nómada que tuvo la certeza y valentía de soñar con esta aventura, vuela dirección Barcelona. Su intuición y su magia, su poder y dominio sobre los fractales invisibles, hizo que se obrara el milagro de la transfiguración. Lo hermoso de poder viajar con auténticos magos es que logran obrar en ti el milagro que tanto se anhela, el cambio que tanto necesitamos para impulsarnos hacia una nueva realidad. Te obligan, de alguna manera, a experimentar, en silencio desapegado, la alquimia transformadora. Por segunda vez en todo este proceso, con su calma y su radiante mirada, ha logrado elevarme a las cumbres más hermosas. Nunca encontraré palabras suficientes para agradecer todo lo que ha hecho en mí. Gracias de nuevo querida namada. Has entrado en mí de forma hermosa y has conseguido obrar lo milagroso.

Llevaba meses buscando que ocurriera ese milagro. Algo capaz de cambiar por fin la visión del mundo, algo con la suficiente fuerza, coraje y decisión para arrojarme a otra dimensión, a otro lugar, a otro estado de cosas. No sé exactamente en qué momento ocurrió. Ahora, con el paso de los días y ya con la añoranza como compañera, tengo vagos recuerdos que se acumulan uno tras otro, intentando ordenar tantas y tantas experiencias, tantos y tantos momentos intensos, únicos e irrepetibles.

Lo cierto es que tras nuestro viaje por el norte del país, llegamos a Nazaret y sentimos una gran decepción y un gran agobio. La ciudad que teníamos en nuestra mente infantil, en aquellos relatos que recordamos de nuestra infancia, nada tenía que ver con el paisaje que se dibujaba ante nosotros. Hubo un momento que tuvimos que retirarnos a un lugar apartado, cerca de un pequeño bosque, para poder respirar y tomar aire. Nos abrazamos con intensidad, algo confundidos por los acontecimientos y estuvimos allí un rato indeterminado. Hicimos, tras cambiar nuestra visión de las cosas, un nuevo intento para entrar en la ciudad y buscar alguna respuesta a ese momento extraño.

De repente, encontramos la fuente donde dice la tradición que María, la madre de Jesús, recibió la anunciación por parte del ángel Gabriel. Suerte o coincidencia, aparcamos el coche junto al conocido como “Pozo de María”. Fue allí donde empezaron las señales, lo milagroso que nos acompañaría durante el resto del viaje. De repente nos cruzamos con un pequeño grupo de franciscanos españoles capitaneados de forma simpática por Fernando. El monje nos invitó a que les siguiéramos hasta la impresionante basílica de la Anunciación. Fue toda una suerte encontrarnos con este agradable grupo de monjes que nos permitieron acompañarles por lugares que de otra forma nunca hubiéramos visto ni entendido. Pasamos toda la tarde con ellos hasta que el propio monje nos invitó a que visitáramos el Monte Tabor. Sin dudarlo, nos dejamos guiar por las indicaciones.

Llegamos de noche y tuvimos la gran suerte de dormir en la cumbre de la montaña, justo al lado de la Basílica de la Transfiguración. Fue allí donde cuenta la tradición que Jesús se iluminó irradiando luz y se transfiguró. De alguna forma, para nosotros también significó algo parecido. Interiormente hubo una transfiguración, un cambio, algo que nos embriagó por la belleza del lugar y por toda su simbología. Pudimos encontrar en una hermosa excursión lugares ocultos y secretos, sendas pedregosas entre los bosques que nos llevaron a imaginar preciosas escenas.

Tras una hermosa noche y una bonita mañana en Tabor, empezamos de nuevo a viajar hacia el sur, dirección Belén, en territorio palestino. Poder bajar hasta las entrañas del mítico portal de Belén fue también una experiencia extraña. Allí no había musgo como dice la tradición popular, ni tampoco la apariencia, totalmente humilde en una gruta oscura, se parece en nada al ideal que guardamos de ese espacio donde María dio a luz a Jesús. Tras una larga espera, permanecimos un rato en silencio junto al portal, esperando bucear en las reminiscencias pasadas. Silenciosos, tras un rato de adoración imaginada, emprendimos de nuevo el viaje.

A modo de despedida de Israel, decidimos pasar el día siguiente en la playa tras tres intentos vacuos de entrar al territorio de Gaza. Aislados por tierra, mar y aire, aprovechamos que era Sabat para intentar colarnos en la zona fronteriza. Tras traspasar algunas barreras y meternos por caminos impracticables y prohibidos conseguimos llegar a la zona militarizada. De alguna forma fuimos algo inconscientes, pero no sabíamos que los tres accesos posibles hasta Gaza habían sido cerrados y militarizados hasta que una patrulla nos interceptó. La escena fue dantesca e interiormente divertida, ya que pusimos la excusa de que queríamos visitar las playas de Gaza. Tras una bronca monumental, los despistados españolitos fueron escoltados hasta zona segura. Cuando salimos de allí no paramos de reír por lo surrealista de la situación, a la cual le dedicaré unas letras con sumo detalle en próximos escritos.

Por la tarde aparcamos el coche en un lugar remoto donde por la noche no había nadie. Nos pudimos bañar en pleno invierno y desnudos en una playa paradisíaca. Ese baño fue totalmente liberador, reparador y anunciador de algo nuevo, bello y profundo. Ese momento y lugar de profunda compenetración con la naturaleza salvaje fue el inicio de un nuevo nodo, de una nueva vida que ya irradiaba dentro.

 

Desde los Altos del Golán


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Ayer en los hermosos Altos del Golán

Pasamos toda la tarde rodeando el mar de Galilea hasta llegar a la montaña de las bienaventuranzas, el lugar donde Jesús el Cristo había predicado el Sermón de la Montaña. El lugar es hermoso, verde como toda la parte norte de Israel, rodeado de montañas y paisajes hermosos. El mar de Galilea es realmente un pequeño lago, algo más pequeño que el lago Lemand, en Suiza. Desde cualquier parte del mismo se puede divisar toda su superficie. Mientras paseábamos por sus orillas intentábamos recordar los pasajes bíblicos donde Jesús andaba buscando a sus futuros pescadores de hombres. Intentamos buscar en la solemnidad del lugar las reminiscencias de aquellos tiempos, mojando nuestras caras con sus aguas y buceando en sus profundos misterios. Siempre teniendo en mente lugares secos, se nos hacía extraño ver tanta vegetación y verdor.

Este verdor iba aumentando en belleza a medida que viajábamos hacia el norte, hasta los Altos del Golán, tras visitar el que fue el primer kibutz del país, el Degania. Israel es totalmente diferente en esta región fronteriza con Siria y Líbano. Llegamos hasta ambas fronteras tras pasar una tarde en la cuna de la Cábala, en Safed, una ciudad antigua que aún guarda destellos de otro tiempo. Llegamos hasta lo más alto del país, hasta Metula y el impresionante y nevado monte Hermon. Y de allí cruzamos junto a la frontera de Líbano todo el norte hasta llegar a Acre, uno de los últimos bastiones de los cruzados en Tierra Santa.

Nos quedan pocos días de viaje. Interiormente me siento fuerte y por fin la sonrisa ha vuelto dentro de mí. El viaje y la excelente compañía con la que he podido compartir esta aventura han reavivado en mí la fuerza necesaria para seguir adelante. Siento ganas renovadas de seguir caminando en la senda de la vida, de seguir buceando en sus misterios y de seguir amando todo aquello por lo que he luchado estos años. Ya no hay tristeza, ni rabia, ni melancolía. Ahora solo quedan momentos para la fe y la esperanza renovada. Solo deseos de poder seguir colaborando humildemente en la necesaria construcción de un mundo nuevo y mejor. El cambio constante de escenarios ha provocado que mi mente, por fin, volviera a su centro, que mis pensamientos se alinearan con el aquí y el ahora, que la vida vuelva a tener un sentido renovado.

Ahora solo toca disfrutar, vivir lo mejor que se pueda, en paz con todos y con todo. Toca mirar hacia adelante con fortaleza, con mimo, con gracia, con alegría y sobre todo, tal y como ha ocurrido en este hermoso e inolvidable viaje, con buen humor. Todos los retos que debo afrontar en los próximos meses estoy convencido de que surtirán efecto, de que encontrarán una vía justa y necesaria para poder reordenar todo lo que hasta ahora se ha hecho con amor y constancia. Estoy agradecido a este bello país y especialmente a la bella compañía por su generosidad y por su magia, por haber hecho posible este cambio. Gracias querida namada por lo que has hecho en mí. Gracias por tu buen humor, por tu infinita generosidad, por haber sido capaz de viajar de forma austera por todo este entramado de realidades. Gracias por haber recepcionado a esta nueva persona que está naciendo.

Predicando en el desierto


 

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Ya casi no recuerdo nada de todo lo vivido, por un cúmulo exagerado de experiencias que me están ayudando a centrar la atención en todo lo que ocurre en el aquí y ahora sin prestar mayor apoyo al pasado ni al futuro. Viajar por el desierto desde el mar Rojo hasta el mar de Galilea, previa parada nocturna frente al mar Muerto está siendo toda una hermosa experiencia. Tuvimos la suerte de pasar una tranquila tarde en Eliat y dormir justo frente al mar. Esa noche no hizo frío y pudimos dormir tranquilos, sin ningún tipo de sobresaltos a la orilla del mar. Cuando nos levantamos emprendimos el viaje hacia el norte, dirección Galilea.

Antes de llegar al hermoso lugar de Neguev, nos desviamos en un lugar perdido para hacer una pequeña parada en el desierto. Empezamos a caminar en silencio, mirando hacia el horizonte que se abría infinito, misterioso. Cuando miras a paisajes que no están en tu psique, es como si algún tipo de ventana interior se abriera al mismo tiempo. Nos sentamos al borde de una colina protegida por rocas que parecían haber nacido al principio de la creación. Una brisa rozaba nuestros cuerpos y nos recordaba la infinitud de la que estamos hechos. No hay mayor inspiración que la visión del desierto para combatir, en ese silencio, con todos nuestros demonios.

Tras el paseo, seguimos la ruta hasta el mar Muerto. Allí intentamos acceder hasta la inexpugnable Massada, pero nos fue imposible. Nos quedamos en las faldas de las montañas. Luego penetramos en el hermoso kibutz de Kalya, situado en mitad de la nada. Paseamos por ese pequeño paraíso creado en el desierto donde sus gentes, protegidas por alambradas y alta seguridad, parecía vivir una vida feliz. Nos marchamos y acampamos el coche justo debajo de Qumrán, frente al mar Muerto, y justo donde encontraron los famosos manuscritos.

En esa noche inolvidable nos pasó de todo. La luna llena iluminaba todo el paisaje entre las impresionantes montañas del desierto. El mar muerto al fondo, Qumrán a nuestra espalda, el mundo y la vida interaccionando ante nuestro asombro y sorpresa. El pasado diluido entre vagos recuerdos, recordando esos rollos de papiro que aparecieron como aromas de una primavera que nunca llegó. El periodo de sanación haciendo efecto y el mundo por delante, esperando señales o esferas que puedan ser interpretadas para seguir el camino. Temprano llegamos hasta el Mar de Galilea, y aquí permaneceremos, buscando pescadores de hombres, a cual galileo buscando un ejército para expandir bajo el manto de la sencillez un mundo amoroso.

Palestina, Luna hiena, Mar Rojo…


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El Mar Rojo al fondo 

 

 

Salimos tarde de Jerusalén. De alguna forma, nos habíamos familiarizado en tan solo dos días con su energía, con su gente, con su mezcolanza, con su multiculturalidad e interreligiosidad. Cogimos el coche, amplio para poder dormir en él, y empezamos a bajar hacia el sur, hacia los relatos que tanto habíamos leído del Antiguo Testamento.

La primera parte del viaje lo hicimos por territorio palestino. Fue un impacto total. Acostumbrados al orden y la limpieza de Israel, el caos reinaba en Palestina. Pero era un caos hermoso, lleno de vida, de niños en las calles, de alegría, a pesar de las continuas advertencias que veíamos por todas las carreteras de que, por favor, nos abstuviéramos de viajar por allí por ser un lugar peligroso.

Nos sorprendió las casas que veíamos en la zona Palestina. No vimos pobreza en la forma de construir, más bien todo lo contrario. No vimos chabolas o esa idea que a veces tenemos de países en conflicto. Si bien las carreteras estaban descuidadas y algunos barrios eran caóticos, había un gran número de viviendas unifamiliares impecables, recién construidas, como si de repente todo palestino tuviera derecho a una vivienda digna. Los almacenes de chatarra, mecánicos en cada esquina y tiendas de fruta colorida contrastaban con esas casas elegantes entre olivos. Nos sorprendió con mucha pena el gran muro que divide Israel de Palestina. Es algo incomprensible en los tiempos que corren y pensamos que quizás en unos años, todos esos muros que ahora separan al ser humano por fin caerían.

Nos paramos en algún borde y comimos generosamente una lata de alubias con tomate que nos supieron a gloria. Tras abandonar tierra palestina y tras unos hermosos paisajes montañosos cargados de bosques, enseguida nos adentramos en el desierto de Israel, dirección sur. Allí nos esperaba el gran Cañón de Ramón, una impresionante meseta excavada en la profundidad del desierto. Buscamos durante un tiempo el lugar ideal para dormir. Nos adentramos hasta muy cerca de la frontera con Egipto, pero en esa zona, estaba prohibido, por la supuesta peligrosidad fronteriza, pode aparcar a los bordes del camino. Una inmensa luna llena iluminaba el pedregoso paisaje hasta que conseguimos llegar a un pequeño pinar en mitad de la nada donde nos sentimos seguros. Nada más llegar, y esta visión fue espectacular, nos encontramos con una gran hiena. Nunca pensamos que ese animal pudiera ser tan grande, y su mirada amenazante y su forma de rodear nuestro coche nos hizo agudizar las precauciones. De ahí surgió la broma de luna-hiena que duró toda la noche. En el desierto hace mucho frío, así que fue una noche muy movida por la incomodidad de dormir en un coche y por no estar del todo preparados para esas temperaturas. Pudimos ver liebres, hienas, zorros y una especie de cabra salvaje a la que pudimos dar de comer de la mano en las aristas del cañón.

Al día siguiente nos levantamos al alba, muy temprano. Tras unas compras y algún café caliente para entrar en calor, nos sentamos al borde del gran cañón, en silencio, dando gracias por poder apreciar tanta maravilla que la austeridad de la roca podía ofrecer. Tras un rato de contemplativa meditación por la anestesia de lo bello y natural, continuamos junto a la frontera egipcia viajando hacia la ciudad más lejana, Eilat. El camino por el desierto que tanto nos recordaba a los relatos bíblicos fue tranquilo. Nuestra idea era poder mojar nuestros pies en el Mar Rojo, no con la esperanza de que se abrieran las aguas, pero sí quizás con la esperanza de que algo interiormente pudiera abrirse. Había en mi interior una necesidad imperiosa de que pudiera abrirse una nueva puerta. Habíamos traspasado ya tantas, que en este viaje de ascesis, deseaba continuar atravesando las puertas estrechas del camino. De ahí pensamos dar un salto hasta Petra, pero a pesar de la cercanía, no nos llegaba nuestra humilde economía. Unos días largos e intensos, lleno de anécdotas, risas y buen humor que nos ha llevado hasta el mítico mar Rojo y sus impresionantes montañas rojas que lo rodean en ambos lados de esta extraña orilla. Jordania a nuestra derecha, Egipto a nuestra izquierda y nosotros aquí, inmóviles en el centro, buceando en los misterios de Israel y Palestina.

De la verdadera y perfecta alegría


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En la entrada al templo del Santo Sepulcro, tocando con calma sus piedras e intentando recordar toda su historia.

 

Más conocido como Perfecta Letitia, se explica el episodio en el que Francisco, el bueno de Asís, no fue reconocido a las puertas de un convento fundado por él mismo y al que, al intentar, en una noche gélida, buscar cobijo, sus propios frailes lo rechazaron. Él explicaba que allí, en ese episodio doliente, encontró la verdadera y perfecta alegría. Hoy, por dos veces, sufrimos en diferentes templos algo parecido. No nos dejaron entrar, sin embargo, sentimos por dentro el significado profundo de lo que Francisco quería mostrarnos cuando hablaba desde su humildad característica de la Perfecta Letitia.

Paseando una y otra vez por este laberinto de calles que es Jerusalén, nos damos cuenta de que todo este lío, todo este mundo se creó en torno a un mensaje muy sencillo: amaros los unos a los otros. No hay discusión ante el hecho de que ese mensaje fue olvidado y, como ya pasó hace dos mil años junto al Templo de Herodes, látigo en mano, habría que sacudir de nuevo las consciencias para preguntarnos qué hemos olvidado por el camino. Realmente no ha cambiado nada. El mundo de los mercaderes, que simbólicamente es el mundo del miedo, invade cualquier espacio, y el espíritu que dio luz a todo esto luce por su ausencia, excepto en aquellos que, al igual que de forma humilde hizo el bueno de Francisco, entienden el profundo significado de la alegría.

Culturalmente hablando Jerusalén es un lugar que hay que visitar. El poder dormir dentro de las murallas, justo al lado de la vía Dolorosa, es realmente un privilegio por la historia que rodea a los muros de todas estas casas de piedra caliza. Llega un momento, aún cuando llevas poco tiempo por estas calles infinitas, que sientes una sensación de familiaridad con todo. La gente siempre es amable, no importa si son judíos, musulmanes o cristianos, y el ajetreado vaivén entre turistas, curiosos, creyentes y nativos tiene su propia gracia.

Espiritualmente hablando la sensación es extraña. Anochece muy pronto y en unas horas no hay nadie en las calles. Es cuando preferimos salir a pasear, y así poder ver todo con mayor detalle. Cuando llegamos por segunda vez al Santo Sepulcro, nos quedamos de nuevo hasta el último minuto. Pudimos ver el ritual del cierre de las puertas y permanecimos un rato indefinido en la placita que hay justo a la entrada del templo. Cuando ya casi todo el mundo se había marchado y el sigilo adornó el lugar, pudimos orar, rezar el padre nuestro, permanecer en silencio. Ella se acercó y empezó a susurrar la melodía tal y como lo hacen en arameo. Fue un momento emotivo, de hermosa comunión con todo este instante de sanación. Quizás esa melodía fue lo más espiritual del viaje, más allá de la fenomenología de los lugares santos visitados. Cerrar los ojos justo ante la puerta del Santo Sepulcro, en el antiguo Gólgota, volar dos mil años atrás y escuchar esa melodía fue reconocer el misterio de la perfecta alegría.

De noche dimos un largo paseo hasta el Monte de los Olivos, algo apartado de la ciudad vieja y nada que ver con la visión bucólica que solemos tener de ese lugar. Encontramos justo en la cima un antiguo olivo que abrazamos por unos momentos. Al bajar por el inmenso e impresionante cementerio judío, recordaba de nuevo la simplicidad de la vida y la importancia del mensaje universal que hace dos mil años nos transmitieron de forma clara y concisa: amaros los unos a los otros.

Bajamos inocentes y llegamos hasta la ciudad vieja. De nuevo un paseo por sus calles mientras soñábamos con las próximas aventuras. Mañana toca ir hasta el desierto, hasta el mar Rojo, hasta la frontera con Egipto y Jordania, donde todo empezó. Mañana un nuevo día, una vuelta de tuerca en esta hermosa fuga. Una fuga que ya me está permitiendo, tras meses de profunda tristeza, hablar abiertamente de pequeña alegría. Así que ya por esto, por ese instante de hermoso susurro, el viaje ha merecido la pena. Gracias de corazón a los obradores de tal milagro, y gracias de corazón a su mensajera más fiel.

Desde Jerusalén


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El Santo Sepulcro, en Jerusalén, esta tarde

Cuando estás en otro fractal, en otra realidad, es como si el tiempo pasara de forma diferente. Es como si de repente entraras en otra dimensión y todo lo demás que hasta ahora te atosigaba o te molestaba o te distraía volviera a otro estado de cosas. Cuando viajas a mundos tan diferentes, la distracción y la impresión de todo lo que ves, de todos esos escenarios, juegan un papel importante. Como se trataba de huir de una realidad excesivamente tóxica y de intentar, a base de otros escenarios, poder reconfigurar el mundo interior, los primeros días ya están ejerciendo un poderoso efecto sobre esa intención. Los problemas se vuelven menores y se disuelven a medida que va pasando el tiempo y el pasado se va marchitando para dar vida al presente y al esperanzador futuro. Viajar es un buen antídoto para volver a empezar de nuevo.

Ayer llegamos, previas anécdotas en Estambul, al hermoso aeropuerto de Tel Aviv. El recibimiento no pudo ser más hermoso ya que desde el avión que aterrizaba podíamos ver como caían rayos y truenos en los paisajes de Israel. Llegamos tarde a todas partes. Tuvimos que buscarnos la vida entre trenes y autobuses nocturnos, entre paseos a media noche por calles desconocidas y sacadas de otra realidad. Deambulamos de un lado para otro hasta que conseguimos llegar al lugar que nos acogería la primera noche. De nuevo el insomnio se apoderó de mí, esta vez de forma alarmante, porque a pesar de todos los acontecimientos del día y a pesar de los cambios de escenario y el cansancio, tardé muchas horas en poder dormir.

Hoy fue un día de paseos entre la hermosa ciudad vieja de Jaffa y la ciudad vieja de Jerusalén. Lo que más nos sorprendió de este país es la mezcla de culturas y religiones, y la aparente normalidad con la que se entienden judíos, árabes y cristianos. Todo muy lejos de esa imagen de violencia y estado de guerra en la que siempre parecen vivir. Al menos, en ningún momento, a pesar de toda la policía y el ejército que hay por todas partes, tuvimos sensación de agobio o miedo. Ni siquiera cuando hemos deambulado a altas horas por barrios desolados y perdidos.

Jerusalén es una ciudad única y sorprendente. Pudimos pasear por los cuatro barrios que dividen la ciudad: el armenio, el cristiano, el judío y el musulmán. En el barrio cristiano, que es donde pasaremos las próximas dos noches, pudimos visitar entre los zocos y la multitud de gente que a pesar del frío y ser temporada baja hay por todas partes, el impresionante Santo Sepulcro, en el monte del Gólgota. El lugar donde dice la tradición que fue crucificado, enterrado y resucitado el Cristo Jesús. También pudimos orar en el muro de las lamentaciones judío, y ver, en una cámara donde se reúnen para rezar todos juntos, como la religión se convierte en la vida de muchos.

Israel es un país que tiene como reto derrumbar los muros que los separan y convivir entre las diferencias, sin importar si unos le rezan a un muro, a una imagen o una palabra. Esta analogía me recordaba todos los muros que aún los seres humanos debemos derrumbar poco a poco. Ahora me doy cuenta de la importancia que supuso para Europa y los europeos el derrumbe del muro de Berlín, y lo que supondrá, para las próximas generaciones, el derrumbe de los muros que separan a Oriente Medio. Todo esto lo veo con optimismo ahora que escribo desde la pequeña ciudad vieja de Jerusalén, donde tantas y tantas diferencias se juntan para rezar al que en definitiva, es un único Dios.

Vox Populi, vox Dei


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“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”. Cartas de Alcuino de York a Carlomagno. Epistolae, 166.

A estas horas estoy sobrevolando Europa dirección Estambul. Desde allí cogeremos un vuelo hacia Tel Aviv, nuestro primer destino. A vista de vuelo panorámico, creo que aún no somos conscientes de todo lo que está ocurriendo en Europa, y hacia dónde nos llevará esta situación cada vez más agravante. Lo ocurrido ayer en el parlamento Británico y la brutal derrota de su primera ministra es solo el principio de un fin que no sabemos aún hacia qué lugar nos llevará. Hablo de lugar, aunque quizás debería de hablar de tiempos…
Vox Populi, Vox Dei, decían los antiguos. Si realmente esta expresión significa que «la opinión popular de la gente revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, debemos pensar seriamente por qué Dios ha querido semejante panorama en la cultura política europea de estos últimos años. El Brexit es un claro ejemplo de retroceso social y político, de vuelta al pasado, de defensa de lo “nuestro” en contra de lo que les ocurra a los demás. Los movimientos nacionalistas, aupados desde el egoísmo y las esencias, vuelven como alocados corceles que, ciegos sobre su destino, solo pueden cabalgar hacia adelante.
Estamos viviendo momentos que pueden determinar para siempre lo que pueda ocurrir en este próximo siglo recién estrenado. Aún nos duele la memoria de las cosas que ocurrieron en tiempos pasados. De nuevo el ombliguismo contra la mirada sincera al otro. De nuevo defendiendo lo nuestro y arrasando por el camino todo lo demás. De nuevo el miedo antes que la cordura de la razón. El Brexit, como los demás patriotismos o nacionalismos de nuevo cuño, forma parte de la derrota de Europa en el campo de las ideas, en la visión de la paz común y en las ideas de fraternidad, libertad e igualdad que tanto nos costó alcanzar tras las grandes guerras del siglo pasado. Todos los avances logrados se empiezan a derrumbar poco a poco, a la espera de que los dioses benévolos vuelvan a susurrar al pueblo las ideas de luz, fraternidad y paz que tanto necesitamos en este nuevo tiempo.
Todo aquello que nos separa, el Brexit, las naciones, las fronteras, las patrias, la ignorancia o el odio nunca puede ser bueno para el conjunto de todos nosotros. Todo aquello que intenta, de la manera que sea y con los motivos que sean, separar, dividir, restar, nunca puede ser un susurro de nuestra más profunda naturaleza. La decadencia del Reino Unido, su declive, se está expresando en estos instantes. El Gran Imperio Británico que durante siglos dominó el mundo está viendo sus últimos días. Ahora es el Brexit, pronto será Escocia e Irlanda del Norte y luego… Europa y sus ideales deben estar alertas para que este movimiento no se expanda aún más… Aquí en España, uno de los últimos reductos que quedaban libre de extremismos, se está manifestando de forma fuerte la derrota de la razón y la fraternidad. La plaga sigue, y es contagiosa. Es como si de repente, estuviéramos de nuevo cerca de la locura… La misma locura que hace un siglo arrasó media Europa.

 

 

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Nunca más, con prisa…


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© Marandmar Photography

Mañana empieza la aventura. No sé si podré volver a escribir de nuevo hasta mi regreso a Ginebra o Escocia. Los tres primeros días están organizados en Jerusalén. Luego alquilamos un coche que nos llevará por todo el país de norte a sur y de este a oeste de forma bastante improvisada. Es más barato dormir en un coche de alquiler que hacerlo en hoteles. Al final no viajaré solo, lo cual es un alivio y una suerte. Una joven y hermosa dama me acompaña y ambos tendremos que hacer el gran esfuerzo de soportar la presión del viaje y las condiciones interiores tan revueltas que se avecinan. Viajar con amigos es hermoso, y también una forma extrema de conocer al otro. Como no hay expectativas de nada ni ningún tipo de presión, eso nos dará libertad para ser como somos sin fingir lo que no somos.

Así que se presentan trece días difíciles en Israel y Palestina, complejos y en teoría, de disfrute, de cambio de escenarios, de intentar, en un lugar de mucha fuerza, volver a ordenar las dos líneas de tiempo que se separaron y se atascaron hace seis meses. Ese será el trabajo mágico, o el trabajo interior que debo hacer en este primer viaje. Reordenar los dos tiempos y poner cada cosa en su lugar, en su correcto fractal cuántico. El segunda viaje en Ginebra, junto al poder del impresionante lago Leman y los Alpes, será para visionar el nuevo tiempo con la práctica del raja yoga y el poder grupal. El tercero, en Escocia, para trabajar esa visión y consolidarla en la hermosa y calmada bahía de Findhorn. No son casuales, ni lugares elegidos al azar, sino que cada uno, con su propia impregnación y energía, ayudarán a acelerar los tres procesos en los que estoy envuelto. Esa es la perspectiva y la idea, luego la realidad enviará sus propias enseñanzas y sus propios regalos y aconteceres.

El desierto jugará un papel importante en todo esto y espero poder disfrutar del mismo desde la serenidad y la paz interior que ahora no tengo. También las Tierras Altas de Escocia, la hermosa bahía de Findhorn y el mar del Norte servirán de apoyo. Será un tiempo de reconciliación, de perdón y de esperanza. Será un tiempo de fe y vuelta al centro que nunca debí abandonar. Será un tiempo de trabajo interior que me llevará inevitablemente a la victoria contra las sombras. También una etapa para abrirme por fin a lo milagroso de la existencia. Tan encerrado en mí mismo todos estos meses, aún no he tenido tiempo de mirar la vida, de enfrentarme a ella, de observar todo lo que ocurre a mi alrededor de forma generosa y expansiva. Será tiempo de arrodillarme cuando la arena roce la mirada, hincar las rodillas al suelo y reverenciar la grandeza de la creación con sumo agradecimiento. Dar gracias a la vida nunca es suficiente. Pero tras seis meses ignorándola, es hora de abrazar sus secretos, sus misterios y su grandeza.

Soy consciente de que solo cambio de escenario. Pero también soy consciente de que una fuerza interior ha nacido para poder hacerlo y enfrentarlo. Hasta hace poco tiempo estos pasos eran impensables. Ahora una voluntad interior me lleva a ello, siguiendo los pasos de la intuición que poco a poco van desvelando el camino.

Agradezco infinitamente a mi acompañante la valentía de querer emprender este viaje significativo juntos y agradezco su infinita generosidad por todo lo que ha hecho para que fuera posible. También agradezco la oportunidad de no tener coche y permitirme disfrutar más de los lugares. El hecho de haber estado casi un mes en Barcelona me ha permitido reconciliarme con muchas cosas que quedaron aquí abiertas. Así que me marcho en paz y tranquilo, a sabiendas de que se quedan cosas ordenadas a muchos niveles. Tanto tiempo cantando la canción de que “nunca más con prisas”, y es ahora cuando empiezo a experimentarlo dentro de mí. Que la fuerza y la suerte nos acompañen en esta nueva travesía…

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Como vencer a la depresión…


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© Asier Garagarza

 

Tristeza, rabia, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración o derrumbe. Pasar por un mal momento es algo que nos ocurre a menudo. Eso puede provocar una pequeña depresión a la que, si no se le pone remedio, puede llegar a desembocar en una gran depresión o un trastorno depresivo persistente. Según la psicóloga, estoy ya rozando el trastorno, y podría ser que tuviera que medicarme si no cambio el rumbo de los acontecimientos. Como sugerencias me invitó a seguir en terapia mientras me cogía, al mismo tiempo, un año sabático para poder así reordenar mi vida, pero, sobre todo, reordenar mi psique y mis pensamientos. En ese año sabático no debía hacer nada excepto viajar y disfrutar de pequeños placeres diarios. Debía distraer mi mente con nuevos paisajes y experiencias.

Viendo el panorama, una buena amiga me ha invitado a pasar unos días a Tierra Santa. Estaré trece días intentando distraer mi mente con nuevos escenarios, con nuevas experiencias y nuevos lugares nunca vistos. Cuando termine este viaje estaré en Ginebra, por motivos de trabajo, unos días, y de ahí, me retiro un mes a la comunidad de Findhorn, en Escocia, para intentar desde allí reorganizar toda mi vida mientras espero la ansiada primavera. Exceptuando un compromiso en el mes de julio, el resto del tiempo, al menos hasta que salga de este trastorno depresivo, lo pasaré viajando o viviendo en lugares diferentes. La otra opción es ir a un psiquiatra para empezar a medicarme, y es algo que no me seduce nada.

Hoy empecé a tomar un nuevo remedio homeópata tras una hora de consulta con una buena amiga doctora que intenta ayudarme desde esa terapia. Y hoy toca otra consulta con otra amiga doctora para intentar buscar una guía alternativa a mis pensamientos recurrentes. El escribir también es terapéutico. De alguna forma me alivia el expresar en voz alta este sentir y el poder compartirlo con otros. La disciplina física que adquirí hace unos meses, la cual me obligaba a comer bien y hacer algo de deporte al aire libre hizo que mi ánimo de alguna manera se restableciera. También, aunque esta semana he tenido alguna recaída, hizo que el cuadro de ansiedad desapareciera. El socializar y el hacer cosas diferentes como ir a retiros, conciertos o comidas con amigos también han ayudado en la segunda etapa de mi recuperación.

Las ideas de suicidio, muy recurrentes cuando pasas por un estado depresivo, han desaparecido prácticamente. Este es un tema crucial, porque la gente suele obviarlo y esconderlo. Pero los que pasan por problemas de depresión profunda, lo que más sienten es un deseo intenso por desaparecer. Lo único que lo impide es la cobardía, la falta de fuerzas o de valor, o el arropo constante de amigos y familiares. Mi salvación fue una mezcla de todo, aunque de vez en cuando me sorprenda con esa idea en la cabeza. Los pensamientos siempre son nuestro peor enemigo en este estado de ánimo.

Cuando uno se encuentra así, es un repelente de personas. En mi caso, acostumbrado a empalmar una relación tras otra, esta vez lo miro como una ventaja. Me está permitiendo descartar por completo la posibilidad de tener pareja a corto y medio plazo, y me está ayudando a contemplar la posibilidad de vivir absolutamente solo en los próximos años. Viendo con franqueza el fracaso acumulado de todas mis relaciones pasadas, no tiene sentido seguir insistiendo y tengo que ser honesto conmigo mismo. No me acomodo a la moda actual de tener parejas pasajeras, con falta de compromiso y responsabilidad. Así que me decantaré, irremediablemente, por la vida en solitario, con la posibilidad de albergar espontáneas noches abrazado a alguna amante casual. Así que, lo que al principio veía como una derrota, ahora puedo verlo desde otra perspectiva más positiva intentando acomodarme a lo inevitable. Si por el camino algún día me vuelvo a enamorar perdidamente y pierdo de nuevo la cabeza, pues bienvenido sea el amor. Pero debo ser honesto y no entrar a engaños ni dejarme engañar de nuevo.

Así que en dos días me marcho de Barcelona hacia Jerusalén, sin mucho ánimo ni alegría, pero con la esperanza de que este ciclo de viajes continuo me ayude a reordenar todo mi mundo interior, y con ello, de paso e inevitablemente, reordenar todo mi mundo exterior. Quedo agradecido a todos los familiares y amigos que con su paciencia y apoyo me están ayudando en este proceso. También pido paciencia a los que les debo algo, sea lo que sea, para restablecer pronto mis compromisos. Ahora toca salvarme de este infortunio para poder seguir adelante. Ahora toca cuidarme, con mucha observación, para seguir avanzando.

Si alguien está pasando por una situación parecida y desea escribirme en privado estaré encantado de escucharle y contarle con mayor detalle mi experiencia, por si sirve de ayuda… (javier@dharana.org)

 

¿Cuál es tu rostro original?


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Hoy en la casa de espiritualidad de Sant Felip Neri, en Barcelona

 

A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos, recordando los recurrentes sueños, intentando comprender su naturaleza, mensaje o misión. Miraba en la negrura pero no veía nada. Dos horas después estaba duchándome. Dejaba que el agua caliente intentara despertarme del insomnio. Cogí el metro temprano y estaba lleno de borrachos, de zombis que venían de fiesta, de personas tumbadas en los suelos sin sentido. Miraba sus rostros, pero en su negrura no podía ver nada. Me llamó la atención comparar esa estampa con la que viviría más tarde en una casa de espiritualidad donde más de medio centenar de personas, despiertas y lúcidas, se retiraban para meditar en un domingo cualquiera en una gran ciudad cualquiera.

Llegamos temprano a la hermosa casa de espiritualidad Sant Felip Neri que las filipenses tienen en Barcelona. Un pequeño y bello oasis en medio de la ciudad donde se mezcla la cultura cristiana de unas monjas que han abrazado las prácticas del budismo zen. A las nueve empezó el samu de preparación, seguido durante toda la mañana de las prácticas frente a la pared de zazen y kinhin, acompañados de un hermoso teisho que Berta Meneses había preparado. Este era el koan para el día de hoy: “¿cual es tu rostro original?”

Pensaba en ello mientras me retorcía de cierto dolor durante la primera hora de práctica. Sujeto con fuerza al zafu, el pequeño cojín redondo que se utiliza en estas prácticas, intentaba, pobre occidental, adaptarme a la compleja posición del loto. Luego conseguí una postura cómoda, más parecida a la postura de la esfinge, más propia para nuestros rígidos cuerpos, y pude dejar pasar el dolor y el sufrimiento para centrarme en la meditación zazen. El fluir de la respiración, la correcta posición y el dejar pasar los pensamientos son los primeros pasos para adentrarse en este mundo de vaciado mental.

Recordaba las imágenes de la primera hora de la mañana, luego las del hermoso lugar donde estábamos y las contrastaba con mi propia experiencia interior, últimamente condicionada por el dolor y el sufrimiento excesivo. No me sujetaba a esas tres experiencias, solo las observaba, mientras intentaba desvelar mi auténtico rostro. Fue entonces cuando de alguna forma empecé a llorar interiormente, porque el verdadero rostro es algo íntimo y secreto, algo difícil de describir y comprender, pero que existe, está ahí y todos estamos llamados a descubrirlo. El rostro original de cada uno, más allá de las máscaras y los sentires circunstanciales, aparece cuando las aguas revueltas dejan paso a la inmensa paz de los océanos interiores.

Lo complejo de esta experiencia, hermosa y necesaria a la hora de descubrirnos realmente, es poder gestionar su realidad con las circunstancias envolventes y condicionantes del día a día. Especialmente sobre la elección que hacemos diariamente. Todos los días sin excepción debemos elegir entre ser auténticos, ser un reflejo vivo de nuestro verdadero rostro, o dejarnos llevar por todas esas máscaras que nos ponemos para defendernos: el orgullo, la soberbia, el miedo, el rencor, el odio, la desidia, la pereza… Todos los días tenemos una lucha, y debemos discernir. ¿Cuál es tu rostro original? Medítalo, todos los días, con calma, y discierne entre ser verdadero o mostrar tu rostro más falso y embustero.