Nunca es siempre así…


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© j.u.l.i.e.n.g

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.                  Odas de Horacio (Carminum II, 10 «A Licinio»).

 

Así me lo recordaba ayer una amiga, citando una frase escrita por Jack Kordfield y que describe perfectamente el principio budista de la impermanencia. Nunca es siempre así, porque el dolor no dura siempre, ni la felicidad, ni nada de lo que conocemos. Todo cambia, todo se transmuta. El Anitya budista, el principio de transitoriedad, donde toda existencia está inevitablemente sujeta al cambio. En las enseñanzas de la meditación vipassana, se nos enseña la idea profunda de que todas las cosas son transitorias, por lo tanto, aferrarse a ellas es siempre un empeño vano que conduce al sufrimiento. Este sufrimiento es conocido como Duḥkha. Si nos aferramos a las cosas que ya no están, que ya tuvieron su tiempo, que ya no existen en nuestra realidad, estamos agrandando la brecha de ese sufrimiento. Por lo tanto, todo lo que es aparente, es siempre insustancial o Anātman. Lo único que permanece es el cambio, la constante transformación.

Hay tres características fundamentales en las enseñanzas budistas, llamadas las Tri Laksanas: transitoriedad o Anitya, insustancialidad o Anātman y sufrimiento o Duḥkha. La estabilidad es una ilusión a la que nos aferramos de forma arbitraria, ignorando siempre esta sustancia de flujo movible. Somos seres cambiantes en un mundo cambiante, de ahí que nada sea seguro. No podemos aferrarnos ni creer que las situaciones que ahora vivimos, las emociones que sentimos o los pensamientos que tenemos van a ser fijos. Cada minuto de nuestras vidas es diferente y, por lo tanto, también nuestra propia condición humana. Ya no somos lo que éramos hace unos años y ya no somos lo que fuimos hace unos minutos. Estamos en un proceso de constante e irremediable cambio. ¿Por qué aferrarse entonces al pasado, al presente o al futuro? ¿Por qué aferrarse a emociones que pertenecían a otro tiempo o a ilusiones de cosas ficticias? ¿Por qué aferrarse a nuestro presente inmediato, a sabiendas que todo cambiará? Trabajo, pareja, familia, salud, tiempo. Todo son constantes circunstanciales que se manifiestan y que desaparecen tarde o temprano.

No existe la certidumbre absoluta. Esta es una realidad poderosa que siempre intentamos evitar. Deseamos llevar una vida normal, una vida segura, pero en cualquier momento todo eso puede desaparecer de un plumazo, en un segundo, en un instante. Nuestros trabajos desaparecen, nuestra salud se marcha, nuestras parejas nos abandonan, los hijos hacen su vida. Esta idea nos puede crear incertidumbre y sufrimiento, pero también, reflexionada con calma, nos puede preparar para hacernos fuertes ante lo que se pueda avecinar. El desapego hacia las cosas, las experiencias y las personas es siempre un eterno aprendizaje.

El budismo nos dice mediante sus cuatro nobles verdades que el sufrimiento (dukkha) existe, que el mismo tiene una causa, que el sufrimiento se puede eliminar y que el sufrimiento tiene un camino para su eliminación: el noble óctuple camino. En esta maraña de enseñanzas aparentemente claras y sencillas, la realidad que habitamos siempre es compleja y obtusa. De ahí que el amor, la sabiduría y la voluntad deben ayudarnos a discernir una y otra vez la posición que habitamos en nuestras vidas, la felicidad en la que vivimos y el tipo de libertad que disponemos y deseamos. Siendo así, deseamos que todos los seres sintientes sean felices… Anitya! Anitya! Anitya!

 

A la sombra de la Gran Montaña…


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Esta mañana paseando por las faldas de Montserrat

Llevo unos días de insomnio. De nuevo el estado de ansiedad volvió. Ayer eran las cuatro y aún seguía despierto, dando vueltas en la cama. Los abogados no se ponen de acuerdo y seguramente iremos a juicio. Esa idea me aburre porque tengo ganas de cerrar etapas, de cerrar ciclos, de cerrar las canillas del llanto. Aunque el guerrero esté abatido, hay coordinación en todo cuanto hace. Aunque las batallas hayan sido duras y ahora la tristeza pose sobre su espada inválida, hay un sentido profundo para cada instante. Ahora me doy cuenta de que no medí bien la fuerza y metí mucha presión para dilucidar el futuro. Mis palabras fueron muy duras, pero tenían que serlo. Necesitaba saber la verdad, aunque la verdad a veces velada, no guste. No me gusta la gente indecisa, la gente que se autoengaña y con ello daña a los demás. Necesitaba esa presión para empujar al destino. Un guerrero no espera a ser arrastrado por el agua. Actúa, aunque en esa acción sepa que lo perderá todo. Actué y perdí. Además por partida doble. La pérdida siempre es una gran enseñanza, aunque no te deje dormir por las noches.

En mi primer ataque de ansiedad me daba por no dormir y no comer y perdí diez kilos. En este me ha dado por no dormir y comer mucho. Seguramente, de seguir así, en poco tiempo me convertiré en una bola de cebo. En el hábito de caminar encuentro cierto alivio, pero hoy tuve dos desayunos y dos comidas. Tengo que distraer la mente, tengo que salir, quedar con unos y con otros. Eso me recomiendan que haga y eso intento hacer cuando el ánimo me lo permite. Tengo que caminar mucho.

Había quedado para desayunar por segunda vez en Barcelona. Me levanté temprano. Me duché. El pelo, ahora corto, contrastaba con la barba que de nuevo crecerá para que se adapte así a la nueva aventura que espera en los próximos días. Hay que ser prácticos. Me miré al espejo. No vi nada, excepto un rostro cansado. La ropa olía a limpio y fuera hacía frío, mucho frío. Cogí el metro y me bajé algunas paradas antes para poder pasear por Barcelona. Tras un corto paseo buscando los rayos del sol, ella llegó puntual a la cafetería en alguna bonita esquina modernista de la Eixample. Dos cruasanes de chocolate y dos cafés con leche de soja nos acompañaron. Contemplaba con calma a mi alrededor y veía como todo encerraba cierta perfección. La mirada de la camarera, la situación de las mesas en la segunda sala, el olor a café espumoso, el paso de la gente que entraba y salía buscando un rincón tranquilo para saborear un momento de paz. Incluso aquel papel arrugado descuidado en una de las mesas tenía su propia gracia. Todo escondía algún tipo de mística extraña, desvelada cuando despiertas al mundo de la visión arquetípica.

Qué hermoso es hablar con personas que te miran a los ojos y son transparentes, amorosas, claras, reales. Curioso que los dos viviéramos en nuestros pasados en la hermosa ciudad alemana de Göttingen. De repente, cientos de miles de recuerdos se amontonaron en la conversación, que se quedó corta por lo inspiradora de la misma. Hablamos de lo difícil de ser hombre en estos días donde la masculinidad está en entredicho. Hablamos de lo blandengue y de la necesidad de retomar la fortaleza, los roles perdidos. Rozamos nuestras almas con el detalle del momento, de forma natural. Ella, hermosa, dirigía una sonrisa al mundo, valiente, fuerte, sincera. Yo, temeroso, me inclinaba sediento ante la grandeza de comprender que cada segundo puede ser valioso, imprescindible, tremendamente único. Brotaban fuentes de clara agua y bebía de ellas. Un guerrero cansado necesita beber mucha agua. Estos días, estos largos meses, ando sediento de manantiales.

Hay una fuerza y un designio en todo lo que ocurre. En mitad de la conversación me llamaron. Otra cita me aguardaba. Salí agradecido con tres joyas bajo el brazo. Tras la despedida, subí al coche mal aparcado en uno de los laterales. Guardé silencio mientras viajamos lejos de la ciudad, entre montañas, hasta la Gran Montaña, recordando cuando vivía en aquellos valles sinuosos y serpenteantes. Cierta emoción me recorría al recordar los tiempos en los que navegaba por aquellas laderas. Paseamos por las ancianas calles de aquel perdido lugar. Agradecíamos cualquier rayo de sol que zigzagueaba por entre las veredas. Tras un corto paseo, llegamos hasta el olivar y de vuelta al pueblo. Comimos algo mientras unas cabras salvajes intentaban huir al monte en mitad de la plaza. Hablamos, comimos y cerramos los ojos ante la luz del día. Respiramos. Sentimos la vida. Sentimos el origen de todas las cosas a la sombra de la Gran Montaña. El guerrero, cansado, respiraba vida. Su espada, ahora inservible, reposaba en la mesa, bañada por el aura inmortal de las fundamentales leyes de la equidad. Ahora la noche espera, larga, sediciosa, indecisa.

Desvelado y mudo


Estos son mis últimos días en Barcelona tras casi un mes en la casa familiar. Había muchas opciones para seguir con la vida errante y el propósito de año sabático que me habían sugerido para salir del pozo emocional. Alguien, viendo mi estado deplorable, quiso hacerme un regalo. Un viaje por Tierra Santa. Acepté, no con mucho entusiasmo, porque sigo paralizado interiormente, sin muchas ganas de prácticamente nada. Pero entiendo que ese viaje servirá para distraer la mente, explorar un poco más el mundo convulso y comprender de paso los conflictos que atañen a la incomprensión humana.

Viajo como huida, a sabiendas de que los demonios me perseguirán a cada instante. No creo que se desvele nada nuevo a pesar de que intuyo que viviré experiencias intensas. Pagaré algún peaje y deberé fortalecerme interiormente para no derrumbarme a la primera de cambio en un ambiente que promete ser hostil. Mi vocación será más antropológica que religiosa, aunque intentaré bañarme en las fuentes de todas las culturas y creencias que allí se derraman. Supone un esfuerzo, más que un placer, así que intentaré no caer a la primera de cambio.

Han pasado casi seis meses desde que mi vida cambió drásticamente. Sigo sin entender casi nada de lo que ocurrió. Sigo desorientado con respecto a la suma de cosas que pasaron y sigo sin comprender el resultado final. No termino de encajar las piezas y eso a nivel mental es agotador. Es como si la vida se hubiera paralizado, porque nada de lo que ahora hago tiene un gran sentido. Sólo me limito a ver pasar los días, a intentar no descuidar las obligaciones materiales más básicas y a dejarme llevar por las corrientes anímicas que se desarrollan a mi alrededor. Estoy sumergido en una deriva que observo atento para aprender de ella. Sin ningún tipo de inclinación hacia nada, sin ningún tipo de motivación sobre nada ni nadie. Sólo observo.

Lo bueno de no tener coche es que me obliga a estar más tiempo en los lugares que visito. Teóricamente vine a pasar unos días, pero todo se ha alargado, dependiendo un poco de las vicisitudes de cada momento. No conseguí plaza en el curso de vipassana y la vida me lleva a Israel. Después unos días en Ginebra por temas de trabajo y después no sé qué ocurrirá. Es la primera vez en muchos años que no tengo un plan, una motivación o un valor sugerente por el qué luchar. Tampoco es algo que me preocupe en exceso. Sólo intento experimentarlo, vivenciarlo a sabiendas de que la vida milagrosa siempre aparece tarde o temprano. Me gusta, mientras tanto, expresar abiertamente esta noria y ver, cada vez que lo hago sin tapujos, como reacciono y evoluciono con el pasar del tiempo.

Uno nunca sabe lo que la vida depara. Hay ciertos deseos, ciertos anhelos. Sí, con la experiencia, tengo claro lo que no deseo. El ruido ensordecedor de la ciudad casi termina con ese remanso de paz que traía de los bosques. Me cuesta asumir la vida mecánica, el sueño de levantarse temprano para ir a un trabajo con el que debo estar comprometido toda mi vida para pagar una hipoteca que me permita dormir algunas horas para poder ir de nuevo al trabajo. Estos días observaba, especialmente en el metro, las caras de esas personas valientes y comprometidas con sus vidas que no les quedó otro remedio que asumir esa realidad. Caras cansadas, agotadas, tristes. Un espejo de lo que yo ahora experimento. Pero mi rostro cansado es por otros motivos. En eso me siento perfectamente un privilegiado. Mi trabajo no tiene horarios, ni jefes, ni siquiera una oficina estable donde acudir todos los días. Pago mi propio peaje, es cierto, pero prefiero hacerlo antes que volver a un mundo que conozco bien y que no me hace feliz.

Mi tormento actual sé que es circunstancial. Sé que es algo debido a dos experiencias duras que he pasado y experimentado concentradamente en estos meses. Dos experiencias que por motivos diferentes no han podido ser cerradas aún. Y aunque aún no sé hacia donde dirigir mi mirada, sí que sé algunos caminos por los que ya no transitaré nunca más. Sí, estoy desvelado, pero este desvelo servirá para seguir avanzando. La desesperación muda terminará tarde o temprano. El tiempo siempre es sanador. El desierto espera. También sus demonios.

Reencuentros con el ángel


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Uno siempre duda sobre la existencia real de los ángeles. Te haces mayor, te vuelves incrédulo y descartas toda esa poesía mística con la que nos adormecían en esos cielos celestes de dudosa existencia. Sin embargo, a veces ocurre que conoces personas que rozan el estado angélico y de repente la duda desaparece, la fe renace y la esperanza de que todo aquello sea real, y no producto de la imaginación soñadora, florece en nuestros corazones.

Cuando era joven frecuentaba aquellos lugares donde se hablaba y practicaba cierta ascesis mística. Debía contar con unos dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en algún lugar de Barcelona donde un grupo reducido de gente se reunía para meditar. Ella tenía dos años más que yo y su hermosura, más de otro mundo que del tangible que frecuentábamos, relucía a raudales. Nunca imaginé que jóvenes tan hermosas pudieran frecuentar lugares tan inusuales para esa edad. Ambos deberíamos estar descubriendo el mundo de las emociones, de los encuentros, de las relaciones propias de la juventud. Ambos deberíamos estar experimentando, a esa edad, todo aquello relativo al mundo. Sin embargo, ambos, rechazando lo que por edad nos correspondía, cada uno a su manera, optó por frecuentar aquellos otros lugares de búsqueda de rectitud y moral espiritual.

Han pasado muchos años de aquellos tiempos. Ella continúo explorando fielmente sus creencias hasta que profundizó en lo más alto de la perfección mística. En sus moradas pudo contemplar y sentir el mundo magnánimo de las virtudes. De alguna forma pudo elevar su vibración hacia lugares prácticamente inalcanzables para los mortales. Mi caso fue más torpe, dando palos de ciego de aquí para allá sin implicarme nunca de forma fiel a ninguna idea o creencia, buscando libremente conjuros epidérmicos que pudieran calmar mi sed ensoñadora. Mientras ella iba escalando las montañas de la claridad, los espacios de las benignidades del mundo, yo iba torpedeando cada pequeña conquista para no elevarme demasiado y permanecer anclado al fangoso barro de la mentira, de los abismos insondables, de la petulancia académica. Un mundo contaminado de palabras pero falto de hechos. El dichoso camino medio necesitaba dinamitar cualquier atisbo de luminosidad para no quedar atrapado en las celestes cumbres del mundo intangible y seguir así obrando, sin mucho éxito, en la siembra terrestre.

Ayer, veinte años después, tuve la suerte de volver a verla. Quedamos para charlar en el mismo lugar sagrado donde nos conocimos, un espacio luminoso que crea una gran grieta en esta inmensa marea grisácea que cubre toda la ciudad. Un punto de luz en la mente de Dios protegido por un cuerpo angélico fuerte y sabio. Ella, ahora ya instalada en su condición celestial, desprendía esa luz propia del mundo angélico. Podía mirarla solo con tímidas ráfagas luminiscentes, intentando que su luz no cegara aún más mi oscuridad. Su belleza de otro mundo seguía intacta, ahora acompañada de esa aura dorada que cubre todo su cuerpo angélico. Su fortaleza, su constancia, su trabajo interior y su perseverancia y discernimiento han provocado un arquetipo perfecto de virtud.

Charlamos durante una hora recordando viejos tiempos, hablando de las dificultades de la vida ordinaria y de lo complejo que resulta profundizar en la vida extraordinaria sin caer en la trampa de la superficialidad, de lo mentiroso y banal. Luego participé de una meditación y me marché de nuevo a la oscuridad del mundo subterráneo, agradecido por haber tenido la oportunidad de saborear, aunque fuera por un instante, ese trozo de cielo. Sí queridos… los ángeles existen, los he podido abrazar, los he podido tocar, los he podido reverenciar con el respeto y la admiración que merecen. Están entre nosotros, son de carne y hueso aunque desprenda esa luz cegadora. Y están aquí para ayudarnos, para recordarnos el mensaje de la vida eterna.

Gracias de corazón a M. M. por su mágica presencia, por su milagrosa vida de entrega y por su valentía como mujer joven y hermosa por haber sido capaz de discernir y sobrevivir a esa condición luminosa. Me encantó volver a verte después de tantos años. Me encantó volver a mirarte con esa mirada inocente que contempla el mundo con admiración y agradecimiento. Gracias, gracias, gracias…

Reverencia profunda


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© Ozkan Konu

«En ese momento, al soplar el viento, fui consciente de que el aire existía. Lo mismo el sol: de repente me percaté del sol brillando entre los árboles; su luz, su calor. Un don completamente gratuito y a nuestra disposición para que lo disfrutemos. Sin pensarlo, de forma totalmente espontánea, junté mis manos, y me di cuenta de que estaba haciendo una reverencia. Comprendí que eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso”. Rev. Eido Shimano

Cerca del mar hay una pequeña comunidad cristiana, casi anónima, casi desconocida. Los lunes se reúnen en una pequeña capilla habilitada en uno de los rincones de la casa. Una veintena de personas, primero en silencio y luego cantando a la luz de siete velas, ofrecen un momento de calma y remanso para el alma. Hacen una reverencia a la luz, simbolizada por el Cristo de sus creencias. Se inclinan ante ese arquetipo solar y oran para que la lucidez se extienda por los dominios de la tierra. Tuve la suerte de descalzar mis zapatos, desanudar por un instante mi mente y vaciarme ante la presencia de lo inconmensurable representado en símbolos. Ofrecí la comunión al silencio y dediqué mi plegaria a ese instante irrepetible y único. Cerré los ojos, junté mis manos, oré, canté y me desplacé con cierta gracia y alegría hasta las huestes celestiales. Quizás tan solo por un momento, pero suficiente para poder contemplar el aliento de la vida, el sentido profundo de la existencia, la magnitud de lo inabarcable.

Tras el rezo y el canto vino el tradicional ágape ya distendido, humano, cercano. Me invitaron, como mensajero esporádico, a explicar qué se cuece más allá del septentrión, cerca del fin de la tierra. Realmente no traía muchas buenas nuevas, excepto la ilusión de pensar que, tras cinco años de esfuerzos, otra comunidad está germinando en algún lugar del mundo.

Luego llegó la noche y recordé la invitación a Tierra Santa. Por tres veces me tentaron con ese viaje y pensé que sería bueno claudicar a la llamada, ir al desierto, llevarme mis demonios encima del hombro y buscar durante cuarenta noches la forma de expulsarlos de mi vida para siempre. O al menos para esta prueba significativa. Decir adiós a esa pesada carga, a ese infortunio que no cesa e intentar que el año nuevo se presente desde una perspectiva diferente.

La oración en la capilla me recordó la necesidad de huir, primero de mí mismo, por eso de que nosotros siempre somos nuestro peor enemigo, y luego de esta tormenta que no cesa. Huir, huir, huir bien lejos, sin remordimientos, sin necesidad de búsqueda ni de encuentro. Sólo huir por los caminos y las veredas del llanto, hasta llegar a alguna orilla, arrodillarme ante la inmensidad y orar. Necesito recordar, volver a recordar, que lo único que importa es poder arrodillarse ante el infinito, ante el absoluto más profundo, para poder hacer una humilde reverencia. Y para eso huiré al desierto. No será importante lo que allí ocurra. Sólo me inclinaré de nuevo para darme cuenta de que eso es lo único que necesitamos. Arrodillarnos humildes, lejos del ruido, cercados por el silencio, abrigados por la inmensidad.

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Añorando la intimidad


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© Stephen Cairns

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”. Alexandra David-Néel

Alexandra tenía razón, aunque olvidó mencionar que, para alcanzar ese estado de gloria, había antes que pasar por infinitas vicisitudes. Llevo muchos años de vida libre y vagabunda y el precio ha sido costoso. Especialmente cuando ya pensé que esa vida había terminado e hice lo posible para estabilizarme en cierta calma e intimidad necesaria. Un exceso de esfuerzos baldíos para darme cuenta de que eso, en mi naturaleza, parece un imposible. Aún no he podido recuperarme de ese devenir, y siento como este errante momento me empuja a seguir explorando por las tardes mientras que, a la siguiente mañana, el mundo se me viene encima con cualquier sueño. Subir y bajar parece ser el sino de esta vida vagabunda, carente de rumbo fijo, especialmente atada a la suerte y el azar en estos días de infortunio.

Tengo sobre la mesa tres aventuras, tres posibles destinos exóticos que podría enlazar uno con otro de forma que a medida que avance en la aventura, vaya creando nuevos escenarios que distraigan mi mente, ahora loca y alborotada, con nuevas experiencias, nuevos rostros. Supongo que es tiempo de estar distraído, algo incómodo en mi vida, porque no soy persona de buscar distracciones para matar el tiempo. Pero noto que debo serenar mis siete cuerpos, uno por uno, como un ejercicio de gimnasio disciplinado para ahuyentar de mi interior el pasado que ya no existe, excepto en mi imaginación desbordada.

Me siento como desnudo, al mismo tiempo que desprotegido. Al menos he notado en estas semanas una ligera recuperación física y vital, aumentando también mi desapego emocional hacia los escenarios ya no existentes. Ahora es la mente la que cabalga sola y descontrolada. Es la mente la que requiere serenidad y paz. Y la recomendación siempre es la misma: cambia constantemente de escenarios para crear nuevas experiencias, nuevos pensamientos y por lo tanto, nuevas ideas a las que aferrarse. Quizás por eso esté alargando un poco mi estancia en el Mediterráneo y quizás por eso Barcelona me seguirá atrapando unos días más antes de decidir si marcho a Oriente Medio, donde me aguardan algunas promesas incumplidas, o sigo mi camino hacia el septentrión, a las lejanas Tierras Altas, previa parada en los países helvéticos.

La vida corre deprisa. No nos damos cuenta porque somos esclavos de nuestros propios escenarios. Vivimos distraídos por un mundo que ahora se desdobla entre lo real y lo virtual, entre lo analógico y lo digital. Es una paradoja que, siendo esclavos durante siglos del trabajo, ahora seamos doblemente esclavos, del trabajo y del ocio. Doble distracción antes de darnos cuenta de que la vida se agota.

Y de todo esto, lo que más echo de menos sigue siendo lo mismo, algo que añoro y que ahora veo como lejano, como imposible. Algo a lo que todo ser humano no debería jamás renunciar: la intimidad compartida. Pero la intimidad como la entiende Taylor Jenkins, “la gente piensa que la intimidad es sobre el sexo. Pero la intimidad es sobre la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes decirle a alguien tu verdad, cuando puedes mostrarte ante ellos, cuando te encuentras frente a ellos desnudo y su respuesta es ‘estás a salvo conmigo’, eso es intimidad«. Necesito esa desnudez, necesito ese «estás a salvo conmigo», no como necesidad emocional nacida de carencias, sino como realidad última del espectro humano. Aunque soy consciente de que esto, a veces, es imposible para una vida libre y vagabunda, no dejaré de soñarlo una y otra vez.

 

Reinterpretar nuestras vidas. No te has quedado solo, te has quedado libre


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© Jovana Rikalo 

Cuando nos abandonan, especialmente al principio, y durante algunos meses, la sensación que tenemos es la de habernos quedado solos, de que nos han despreciado de la forma más burda. Con el tiempo, en ese empoderamiento que la vida siempre da, la sensación cambia. De repente dejamos de sentirnos abandonados y solos, y comenzamos a sentirnos libres. El sabor de poder reinterpretar siempre nuestras vidas posee dentro de sí una fuerza inabarcable. Podemos y debemos interpretar todo el relato de forma diferente. Podemos y debemos poner nuestra atención a las enseñanzas recibidas gracias a ese poderoso maestro que es el dolor, y poner de paso en acción una nueva versión de nosotros mismos.

Reinterpretar las situaciones para reinventarse es una buena acción para mejorar como seres humanos. Siempre podemos ver la vida desde una posición pesimista y acabada. Quizás en algunos momentos de dolor intenso, eso sea necesario para desahogar la tensión que la rabia y la frustración puedan ocasionar en nosotros. Pero pasado un tiempo, es posible ver las cosas de forma diferente. Es posible y diría que necesario, poder sacar lo mejor de cada experiencia. Dar las gracias a la persona que nos abandonó porque esa experiencia dolorosa, amarga, nos permite ser mejores.

Si alguien nos abandona, por la causa que sea, debemos inclinarnos ante la grandeza de la vida por darnos la oportunidad de saborear la libertad de la que ahora disponemos. Si las cosas nos van mal, debemos agradecer la oportunidad de ser más ágiles, más inteligentes para mejorar todo aquello que necesitamos mejorar. Cuando las cosas van mal y pueden ir a peor, podemos recrearnos en esa situación o podemos buscar con inteligencia salidas y soluciones imaginativas para que todo se recomponga de alguna manera.

Junto al mar, podemos ver la grandeza de la serenidad de las olas, y podemos comprobar la importancia de abonar la tierra para que lo que venga, sea siempre mejor. El secreto para conseguir algo bueno es preparar bien la base, abonar bien todo aquello que hará germinar lo que realmente deseamos. No basta con desearlo, debemos preparar el terreno para que todo germine y florezca y dé frutos sanos y provechosos. Debemos reinterpretar la narrativa de las cosas que nos pasan, la historia en su conjunto. Si alguien se marchó, es porque no éramos merecedores de eso, y debemos prepararnos para recibir algo mejor, para desear y de alguna forma exigir algo mejor. No esperar a que nos elijan, no esperar a que cualquier cosa entre en nuestras vidas, si no esperar a ser merecedores de la excelencia en cada momento.

Por eso, desde esa libertad de la que podemos disfrutar cuando nos abandonan, debemos sentir la necesidad de preparar el terreno, de abonarlo con calma y sembrar las semillas de lo que realmente deseamos cosechar en los próximos años. Sin prisa, sin necesidad de nada, libres, perfectamente libres y emancipados para poder elegir cuando realmente estemos preparados. Y a partir de ese momento no dejar que entre cualquier cosa a nuestras vidas. No dejar que nada ni nadie pueda aprovecharse de esta nueva versión de nosotros mismos, porque ya no será una versión de usar y tirar. Lo caduco se ha terminado. Lo rápido se ha terminado. Lo circunstancial se ha terminado. Nos debemos exigir a partir de ahora solo lo verdadero, lo real. Se acabó lo ilusorio. Se terminó la mentira y el autoengaño.

No nos hemos quedado solos, nos hemos quedado libres para ser mejores y desear lo mejor, dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

Epifanía, la noche de los reyes magos


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Un rey es aquel que es soberano de sí mismo, de su mundo, de su vida, de su destino. Es aquel que busca en la virtud el sentido de toda vida. Es un ser libre, de educadas costumbres y responsable con su vida y con la vida de los que le rodean. Es comprometido, cuando da su palabra la cumple porque el sentido del honor está por encima de todo. Ser soberano entraña obligaciones, cuidado y rectitud. Valor y confianza, fuerza y perseverancia. Un rey tiene el poder de gobernar todo aquello que se proponga, y como legítimo descendiente de los dioses, cumple con su deber de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Ese es su mayor propósito y a eso se entrega. Algún día todos seremos reyes.

Un mago es aquel que, por una condición especial de su alma, tiene la capacidad de percibir lo que no todos perciben. Ve, porque tiene visión, las causas de todas las cosas, los arquetipos y los orígenes de cada acto, de cada emoción, de cada pensamiento. Es mago porque tiene el poder de transformar, no solo la realidad en la que vive, sino la realidad en la que viven los demás. Su magia es transformadora, generosamente transformadora. Al tener visión de las causas, es capaz de sobrellevar todo aquello que circunstancialmente acontece, intentando desde la serenidad buscar el cambio en cada lugar, situación o persona que se cruce por su camino. Su deseo más profundo es el de ser un obrador de milagros ,es decir, transcender la magia por lo milagroso de la vida. Algún día todos seremos magos y hacedores de milagros.

Un rey mago es aquel que ha llegado a nuestras vidas cuando estamos en un momento de descubrimiento, de guía, de transformación. Su poder silencioso, su elegancia, su sonrisa, transforma nuestra percepción de las cosas, nos guía, nos eleva hacia otras dimensiones hasta ahora inimaginables. Su poder y fuerza, su sabiduría y belleza, su amor e inteligencia activa producen en nosotros el cambio que necesitamos para volar hacia otra dimensión desconocida, amplia, transformadora. Cuando se cruza un rey mago en nuestras vidas, sufrimos una metamorfosis y ya nada vuelve a ser igual. Hemos elegido una vida de cambio, de mejora continua, de aprendizaje, y debemos aprovechar ese regalo para seguir avanzando. Algún día todos seremos reyes magos.

Por eso la figura del rey mago, del soberano capaz de transformar, se manifiesta al comienzo de cada ciclo, para recordarnos una y otra vez que la vida trae a nuestra existencia presentes con los que poder elevar nuestras consciencias, nuestra realidad inmediata y profunda. No solo es un gesto simbólico, es un arquetipo que nos ayuda a estar atentos. En cualquier momento puede llegar ese mago disfrazado de amigo, amante, familiar, para empujarnos hacia otra visión de las cosas. Estemos atentos a sus regalos, a su mirra, a su incienso, a su oro. Los reyes magos vendrán a la cueva de nuestro corazón para que allí nazca el niño que hay en nosotros, el alma que debe elevar nuestras consciencias hacia el infinito, hacia el mensaje de amor que este mundo tanto necesita.

Feliz epifanía en vuestro pesebre interior. Dejemos que se dé a conocer la realidad de nuestros mundos, que se manifieste lo que realmente somos, que se revelen las visiones más allá de lo tangible.

La gestión de emociones. Dar una narrativa a nuestras vidas


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Es normal sentir miedo, rabia, angustia, ambivalencia, amargura, apatía, apego, cansancio, congoja, confusión, desidia, frustración, furia, desengaño, impotencia, ira, melancolía, turbación, tristeza y así hasta llegar a cientos de emociones con las que nos enfrentamos todos los días. Es difícil sopesar toda esa amalgama que nos recorre día sí y día no, hora tras hora. El grado de intensidad de cada emoción dependerá no sólo de la propia experiencia que hayamos padecido, sea objetiva o subjetivamente, sino también de nuestra capacidad de reacción hacia la misma y de nuestra capacidad de comprensión y adaptación a ese escenario con el que no contábamos. Conocer las emociones y sobre todo sus funciones es algo complejo. Pero debemos hacerlo. Conocerlas para reconocerlas y así poder gestionar todo lo que esa emoción nos pide. Hay que permitir que las emociones se expresen, pero también debemos educarnos para poder regularlas. Si sientes ira, rabia y frustración, es importante permitir que eso ocurra, pero más importante es aún el poder controlar y regular todas esas emociones, todas esas válvulas de escape que nuestro cuerpo diseña para poder soportar la presión de ciertos acontecimientos.

El tiempo nos permite, si existe un mínimo de trabajo y esfuerzo interior, reflexionar sobre cómo hemos reaccionado ante ciertas experiencias y cómo nuestras emociones han condicionado nuestra respuesta natural a las mismas. Un episodio de dolor intenso no es vivido de la misma forma por unos y por otros. Existen cientos de factores que condicionarán la respuesta. La gestión de las emociones ante graves conflictos es determinante para que en el futuro las cosas no empeoren y no terminen en catástrofe o en pérdida de salud física, emocional, psíquica o social. Dar respuestas adaptativas a todo lo que nos ocurre quizás sea una de las tareas más complejas, porque no siempre todo lo que ocurre es agradable. De ahí la importancia de estar alertas, de reflexionar sobre los avatares y experiencias que la vida nos pone como pruebas a superar, y sobre todo, reflexionar sobre nuestras respuestas hacia las mismas, para que en un futuro podamos mejorar dichas respuestas.

Muchas veces perdemos por el camino amistades y relaciones profundas con otras personas por no haber sido capaces de adaptar nuestras respuestas a momentos críticos de la relación. Perdemos personas increíbles de nuestro lado por no saber adaptarnos a las crisis que todas las relaciones sufren tarde o temprano. Por eso es importante, una vez pasadas esas crisis, reflexionar sobre ellas, crear una narrativa para poder entender qué ha pasado, cómo ha pasado y de qué manera podemos mejorar. Es importante entender que las emociones deben expresarse, deben surgir de alguna manera y debemos comprender y aceptar como hemos gestionado, ya sea como adultos o como adultos no maduros, toda la experiencia. Narrar lo sucedido, enfrentarse a ello, es una forma de curarse, de sanarse por dentro y comprender de paso todo el relato de la historia. Nuestra gran campo de batalla, las emociones, está ahí para enseñarnos. Aquel que no se enfrenta a las mismas, que prefiere huir, desaparecer y obviar las situaciones críticas está condenado a repetirlas. Una y otra vez. Podrá cambiar el escenario, podrán cambiar las personas, pero seguiremos cometiendo los mismos errores por no querer enfrentarnos a la propia narrativa de la historia.

Ley de la inmersión: sumérgete


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© Dermot Russell 

 

Sumérgete en las canillas del llanto, en las verdes praderas de lo inaccesible, en el misterio que rodea cada pulso, cada vibración invisible. Sumérgete por completo en la vida que recorre las hojas que caen en otoño, pero también en los ríos de la primavera, los vientos del verano y el frío de la escarcha en invierno. Si eres valiente y tienes coraje, sumérgete en ti mismo. Busca en tu interior la grandeza de saberte hijo de las estrellas, manantial de vida, ruiseñor de todas las mañanas que delatan el hervor de la vida. Siente el calor que abriga tus adentros, piérdete en cada rincón de tu ser hasta que encuentres al rey que todo lo gobierna. Póstrate ante su majestad, arrodíllate ante su minúscula e inmaculada presencia. Está ahí, en alguna parte de ti, como representante cósmico de toda esta aventura, como embajador celestial del remoto recuerdo ancestral de lo que todas nuestras generaciones han sido. Si fijas tu mirada profunda en ese legado verás una carrera de aconteceres que han hecho posible el que ahora tú, aquí, en este único e irrepetible instante, estés explorando la existencia. Pon atención plena en ti mismo, porque cuando te sumerges en los abismos que representas, de alguna forma estás dando paso al milagro de poder embriagarte de eternidad.

Si eres valiente y tienes coraje, sumérgete en el otro. Respíralo con fuerza. Abraza todos sus ramajes, todas sus esencias, arrodíllate como un vasallo se arrodilla ante el poder luminoso de un emperador. Mira como brilla su mirada, aunque esté ciega. Mira como clama al cielo un trozo de esperanza y fe. Si fueras capaz de sumergirte en sus adentros y fusionar tu aliento con su aliento, entonces te darías cuenta de uno de los mayores misterios de la existencia. Su respirar, su aire, forma parte de tu aire. Su oxígeno forma parte de tu oxígeno, y su vida, de tu vida. No tengas miedo y sumérgete en cada uno de sus recuerdos, de sus errores, de sus torpezas. Mira atento su luz, su fuerza, su talento. Admira la belleza de su rostro, de su mirada. Tómale la mano para a continuación tomarle el alma y baila como lo hacen las estrellas. Observa atento cada uno de sus dedos, cada una de sus sonrisas. Si te apresuras, que sea para abrazar desesperadamente su calma. Si tienes miedo, que sea para vencerlo y abrigar la osadía de poder pertenecer a su más íntimo secreto. Arrodíllate siempre, humilde, ante el otro, para que pueda subir a tus hombros y pueda contemplar desde lo alto de tu mirada toda la belleza del camino. Y también viceversa, porque con el otro siempre se llega más lejos, más profundo, más alto.

Pero aún ve más allá, si tienes coraje y valentía. Sumérgete en la vida. Sumérgete en todas sus infinitas dimensiones. Mira cada horizonte, otea cada pálpito, cada instante como si fuera único y desmedido. Observa en el canto del jilguero que nunca viste como la luz se sumerge en el aliento del árbol donde posa. Sumérgete en cada detalle de cada momento de cada segundo de tu vida. Explora, si eres valiente y tienes coraje, cada pensamiento, cada emoción, cada universo paralelo capaz de mostrarse ante una visión plena. No tengas miedo nunca, y si lo tienes, véncelo una y otra vez en ti, en el otro, en la vida. Deja que la música del celeste roce pueda explotar con júbilo dentro de ti. Deja que el abrazo al otro te sumerja en lo más grande de unir dos pieles que se rozan. Deja que el sudor de la vida te empape, te llene de gracia, te atraviese en cada poro. Si tienes coraje y valentía, sumérgete, préñate de vida, penetra la existencia. Que nada te pare. Que nada te aparte al borde del camino. Que nada te aleje del amor hacia ti, hacia el otro, hacia la vida.

El encantamiento del sueño


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«El Señor solar, con su calor y su luz, energetiza a los moribundos Señores lunares para una vida espúrea. Ésta es la gran desilusión, y el Maya de Su Presencia». AAB.

 

Ayer hablábamos de la importancia de los tiempos cíclicos y hoy recordaba con cierta añoranza los tiempos en los que uno empezaba a descubrir la fuerza del discernimiento, el mejor de los tiempos y la mejor guía posible para adentrarnos en el vasto mundo de la experiencia. Fue a principios de los años noventa, siendo yo aún muy joven e ingenuo para entender los avatares del tiempo, cuando alguien trajo desde México unos treinta juegos de la versión del Tzolkin realizada por José Argüelles. Como seguidor de un conocido grupo mexicano dedicado a los temas de la Nueva Era, o por alguna otra extraña razón, fui uno de los treinta afortunados españoles que recibió uno de los juegos maya: El encantamiento del sueño. En 1987 acababa de terminar la conocida Convergencia Armónica y ahora tocaba prepararse para el final de una era, que llegaría en alguna fecha determinada del 2012. El nuevo Tzolkin pasteurizado de Argüelles nos serviría como herramienta y guía imprescindible para poder descifrar los futuros avatares, y de paso, nuestra posición particular en el mundo y en el final de los tiempos, ahora ya muy próximos.

Si en algo estaba de acuerdo con Argüelles era en su visión al contemplar el tiempo como Arte. Su equivocación, quizás con esa buena voluntad de promover un calendario más universal, fue encapsular ese Arte en un nuevo calendario nacido de unas experiencias psicodélicas basadas en LSD (por favor, leer de nuevo el artículo sobre la incompatibilidad de las drogas con el mundo espiritual). Al encerrarlo en esa cápsula del tiempo, sus seguidores se empeñaron en codificar dicha interpretación temporal, olvidando el arte para sumergirse en la esclavitud cronológica de la medida. Los acólitos, como suele ocurrir en cualquier movimiento, se quedaron mirando el dedo que señalaba las estrellas. De alguna forma, Argüelles, sin darse cuenta, había creado otro modelo de esclavitud dirigido a aquellos que necesitan agazaparse a algún tipo de creencia nueva, innovadora y sugerente más allá de la ortodoxia dominante. Intentando crear algo que nos llevara más cerca del tiempo natural, creó otro modelo cronológico, otra aletargada y burlesca representación del dios Cronos, alejándonos de nuevo del verdadero tiempo Kairos, el tiempo de la ocasión, el tiempo del Arte o el tiempo de Dios, como lo conocen los creyentes cristianos: el momento adecuado y oportuno. Lo epidérmico de nuevo venció la batalla ante lo profundo.

No deja de ser una paradoja de mal gusto que José Argüelles muriera un año antes del final de los tiempos. De alguna forma, en el 2012 también murió un movimiento, el de la Nueva Era, que ya empezaba a desenmascarar sus propias contradicciones. Visto con distancia y desapego, muchas de las buenas energías y corrientes que el movimiento de la Nueva Era engendró a principios del siglo XX, empezaron a desvirtuarse, como siempre ocurre, a medida que el movimiento crecía. Sus ramas, sus secuencias y sus seguidores se encargaron de llenar de ilusión, de maya, todo aquello que pretendía un nuevo despertar de la consciencia a nivel global. Sin duda, hubo y hay cierto despertar gracias a esta corriente, y los viejos y caducos paradigmas cayeron para dar paso a algo nuevo. Ahora, la muerte inexorable de este movimiento va dejando sus propios cadáveres en todas partes y es bueno, mediante la ley del discernimiento, poder diferenciar entre aquello que es verdadero de aquello que es ilusorio, siempre desde la medida que cada cual entienda como verdadero o ilusorio.

El Encantamiento del Sueño ha sido precisamente eso, una especie de flautista de Hamelín que ha hipnotizado a una gran masa de fieles creyentes sin criterio, sin autonomía propia y sin espíritu crítico que han terminado en el precipicio de la creencia, el fervor y la ilusión de los señores lunares. Llevados por las corrientes astrales de la confusión y la pérdida de sentido, siguen ensoñando, encantados por la música y el color que proviene de los bajos astrales. No hay peor sueño que la ignorancia, y no hay peor encantamiento que un puñado de soñadores absortos y prisioneros de algún encantador de serpientes. La luna, representante de esas fuerzas astrales, venció la batalla de la ilusión. Las trece lunas del nuevo calendario invadieron el mundo y atrapó a los carceleros. El sol, aletargado, espera de nuevo volver a reinar en el mundo de las sombras. La luz de la luna, ilusoria, dejará paso a la luz pura y radiante del astro sol que volverá a lucir en un tiempo próximo.

Feliz 2019. Feliz periodo de los tiempos cíclicos…


 

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© Cap Sur Le Bassin

Los ciclos siempre nos ayudan a reinterpretar nuestras vidas y a situarnos en nuevos aspectos para seguir avanzando. En el mundo antiguo se hablaba del Periodo de los Tiempos Cíclicos. Se aprovechaban esos cambios de ciclos para expulsar a los demonios, las enfermedades y todos aquellos pecados que nos atormentaran. Con ello se pretendía restaurar el tiempo mítico, el tiempo primordial de total pureza humana. Cada año nuevo es una oportunidad para volver a ese tiempo primero, una oportunidad para volver a nacer. Hay una lucha ritual para dotarnos de una nueva conformidad, un nuevo pacto entre nosotros y el cosmos para simular una vida mejor. En estos primeros momentos de celebración, buscamos renovarnos bajo propósitos que llenen la vida de sentido, siendo cada vez mejores en el proceso existencial. Por ello pactamos, bajo el disfraz de la fiesta y la celebración, los nuevos propósitos para el nuevo ciclo.

Siendo así, en esta nueva renovación, intentaremos tener el coraje y la fuerza suficiente para cooperar con lo inevitable. Para levantarnos con firmeza y decidir que los ciclos siempre nos dan la oportunidad de enfrentarnos a nuestro destino sin miedo, reordenando nuestras vidas tantas veces como haga falta. Amaremos y daremos la oportunidad de amar, porque si no amamos, si no aprendemos a amar, la vida carece de sentido. Siempre con una amplia sonrisa en nuestro rostro, aprenderemos a valorar todo aquello que tenemos, aunque sea poco, aunque sea nada. No hay mayor valor que aquel intangible deseo de seguir viviendo. Eso nos da salud y energía, nos coloca en nuestro lugar y nos avanza las aventuras futuras. Es importante cumplir nuestras promesas, aunque a veces estas tengan que cambiar para adaptarse a las nuevas circunstancias. Es importante conocer nuestros límites para poder romperlos bajo la fuerza del deseo, bajo la sabia batuta de nuestra voluntad inquebrantable.

A veces no es fácil, pero siempre buscaremos en este nuevo tiempo la manera de ser justos, sensatos y verdaderos. Especialmente con nosotros mismos, pero muy especialmente con los otros. Justos y humildes. Sensatos en cada gesto, en cada emoción compartida. Sin extremos, pero sin sordidez. Siempre justos, humildes y generosos. Con estos tres mandamientos aprendemos a mostrar interés por los detalles y apreciamos, poco a poco, con suma atención, aquello que nos rodea. Es cuando empezamos a apretar con fuerza la mano de nuestro compañero de viaje, cuando empezamos a mirarlo con mayor frecuencia a los ojos, en silencio, agradecidos. Esos detalles, siempre tan importantes, tan pequeños, pero que hacen nacer tan grandes obras. Gestos, cuidemos siempre los pequeños gestos para engrandecer nuestras vidas.

Si sabemos escuchar sabremos respetar las diferencias. Para eso será tan importante los silencios, las sonrisas, los abrazos tan cargados de empatía y amor. Escucharemos la música del alma del otro y la respetaremos siempre, especialmente cuando su alma llore y gima o esté perdida y confundida. Seamos pacientes. Porque cada uno tiene su propio ritmo, su propio compás para vivir y adaptarse a esta maratoniana carrera existencial. Si miramos las cosas desde el corazón veremos sueños y tesoros por todas partes. En los atardeceres, en los paseos por el campo, en los abrigados rayos del sol. Si miramos como niños al mundo sabremos desvelar sus secretos y podremos converger en sus enseñanzas.

Salud, fuerza y unión para los espíritus libres. Tengamos esa humilde capacidad de ayudar a los grandes para que, subidos a sus hombros, podamos ver el mundo desde otras alturas. Eso nos permite dar las gracias, ser agradecidos siempre y colaborar con la creación en todas sus dimensiones. Llevar una vida saludable y con buen humor son armas indestructibles. Hacerlo conmovidos por la grandeza de los otros nos hace grandes. Vivir en el presente sin esperar nada del futuro es darnos la oportunidad de divertirnos mientras vivimos, mientras amamos, mientras jugamos. Si lo hacemos buscando nuestro justo lugar en el mundo, nos hace únicos e irrepetibles.

Estamos, hoy, ante la oportunidad de un nuevo ciclo. Expulsemos a nuestros fantasmas y demonios. Perdonemos nuestros errores y trabajemos profundamente en nuestro propósito de almas limpias y puras. Démonos la oportunidad de ser mejores, una y otra vez, incansablemente. Feliz año nuevo. Feliz periodo de los tiempos cíclicos. Feliz 2019 a todos. Feliz propósito.

Gracias 2018…


Termina, por fin, este año. Mientras se sumerge el último día en su pequeño abismo, en su grandilocuente sencillez, en su olvido, recuerdo aún los sonidos celtas del concierto al que ayer asistía para despedir el año con música. Deseaba decir adiós de forma ordenada, justa, con cariño. Ella me acompañó y al final del concierto, después de un intenso abrazo, salían hermosas lágrimas de su alma. Lloraba porque realmente aquello era una despedida, no sólo de un año difícil, sino también de una experiencia, de un portal, de una aventura, de una línea de tiempo que no tuvo continuidad. Sus lágrimas sirvieron para sellar este año recordando que todo son encuentros, todo es un resurgir de almas que se recuerdan cuando se abrazan. Y por eso lloran cuando todo termina.

Mañana será otro día y empezará, simbólicamente, otro año, otro ciclo, otro recuerdo. Qué decir del anterior, del que ya no existe más que en la memoria. Miro hacia atrás con nostalgia, con pena, con cierta melancolía, pero también con fortaleza y agradecimiento. No puede ser de otra manera, porque eso es lo que realmente nos define como seres humanos completos, ser agradecidos. Así que este tiempo acabado lo termino acompañado en un concierto que engrandece el ancho campo de la experiencia. Que derriba los muros angostos que nos han separado y sepulta para siempre el aliento cansado del viajero.

Hay años donde todo se derrumba. Especialmente aquello que no es verdadero, que creció en una desmedida ficción deseada desde la ignorancia, la necesidad o el miedo. Hay años donde todo parece perecer irremediablemente, como si en verdad, lo ocurrido hubiera sido fraguado lejos de la autenticidad. Lo legítimo, lo valiente, es dejar que caiga, que todo aquello que fue ficción encuentre su caída libre. Y en ese alud, volver a empezar. Volver a peregrinar por las sendas de lo auténtico. Personas auténticas, caminos auténticos, proyectos auténticos. La autenticidad de un mundo más lento, más pausado, más calmo, más sencillo y humilde. La serenidad de saberte seguro bajo tus pies, de caminar en un ancho mar de emociones ricas, alegres, verdaderas, alejadas de la ilusión del aparentar, del tener, del desear inútiles formas.

Me engrandece la idea que soporta la oportunidad de volver a empezar de nuevo. De levantarte con fuerza y agradecimiento por lo aprendido y otear el horizonte con esa gracia de un recién nacido. Elevar la mirada a los cielos, contemplar la línea que separa lo de abajo con lo de arriba y querer alcanzar ambas con la sutiliza de esa magia vaporosa e invisible que todo lo anima. Abrir los brazos para que el pecho se expanda de nuevo. Abrir las canillas del llanto para que la emoción engrandezca nuestras vidas. Respirar profundamente mientras elevamos las más altas aspiraciones a esa entrega mistérica que nos protege. Suspirar por todo aquello que ya no está, y por todas aquellas almas que quedaron rezagadas en alguna posada.

Y dar gracias, siempre dar gracias. Incluso a la dureza del camino. Incluso al tremendo año que dejamos atrás. Dar sinceras gracias por lo aprendido, y pedir perdón por las torpezas. Guiñar al destino y seguir luchando, pero esta vez en son de paz, sin agravios, sin prisa, sin miedo. Un regalo musical para el nuevo año… Agradecido de corazón por todo lo que nos has dado… Gracias siempre por estar ahí, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza… Gracias por elevar el significado profundo del abrazo a su máxima potencia… gracias por inspirar tan bellas tardes con tan sencillos gestos… un abrazo grande y sentido con el cariño de siempre… Gracias a los que continuáis a mi lado. Y gracias sinceras y agradecidas a los que se fueron… Sin ellos, no sería lo que ahora soy… Gracias 2018 por todo lo que me diste y todo lo que me quitaste… Tus razones habrás tenido, aunque nunca logre comprenderlo… Bienvenido 2019… Feliz año nuevo a todos…

Momento transicional…


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Ayer paseando por la playa

 

Tomamos una taza de chocolate caliente y nos fuimos al mar. Caminamos por la orilla escuchando el oleaje, meciéndonos con su música, saboreando la sal que cortaba nuestros labios. Caminar y caminar y caminar mientras nos mecía el agua. Era de noche y el horizonte se dibujaba entre señuelos de algodón, entre aventuras marinas que no podíamos alcanzar con la mirada. Al día siguiente volví al mar, pero algo más al norte. Volvimos a caminar mientras el concierto salado resumía nuestro propio oleaje interior. Cansancio, pero también esperanza. Terminamos en su casa y tocó, de nuevo, una taza de chocolate caliente. Las horas pasaban sin que se esgrimiera un gran relato, pero no importaba. Era el placer de disfrutar, desde la complejidad del momento, de las cosas sencillas. Un paseo, una taza caliente, la amistad, la hermandad, el aplomo de sonreír al atardecer, la justa visión de las cosas a pesar de la distorsión interior.

Sigo anclado en el Mediterráneo, en el agua entre dos tierras. Aún no sé, más allá de los postulados propios de estas fechas, qué más puede atarme a este lugar. Oteo el horizonte y me gustaría seguir viajando. Quizás algo más al norte, quizás hacia el sur. No importa con tal de viajar lejos de este año que no ha sido bueno. Aunque esto es una percepción irreal. Quizás algún día lo valore de forma diferente, apreciando que eso que al parecer fue malo, en realidad solo fue una liberación para encontrar algo mejor. El tiempo lo dirá, y los viajes, y la vida en general. Mejor no juzgar. Mejor solo respirar profundamente y pensar en el instante presente que es lo único que importa. En el mar, en los paseos diarios junto a la orilla, en la taza de chocolate caliente, en la buena compañía. Mejor permanecer agradecido, aunque ahora cueste tanto.

Ella me decía que ando en un momento de transición. Que debo ser fuerte para poder anclar en mí todo aquello que ha de llegar. El devenir despejará mis dudas sobre el camino a tomar. Las dos fuerzas que ahora mecen todo este cúmulo de sensaciones dejarán de luchar y la vía se abrirá clara para que encuentre la puerta deseada. Angosta, estrecha, pero hacia un cielo ancho e infinito. Mientras, debo observar como el juego se desarrolla, sin dejarme engañar por lo aparente, por lo irreal. Todo eso caerá con su pesada carga de fantasía. Solo debo aferrarme a lo verdadero. A gente verdadera, lejos de hipocresía y engaño. A momentos sinceros. A seres en los que confiar tu vida, a sabiendas de su futilidad.

Me gusta esta sensación que poco a poco se va vislumbrando como obsequio. La agradable brisa casi primaveral en este cálido invierno resulta ser una señal inequívoca de que en el interior algo está obrando. Como es adentro es afuera, por eso el caos aparente, circundante, solo pretende dar respuesta a un movimiento que se está gestando. Por eso a mi vera estaba el mar. Tranquilo, calmo, brillante. Con sus olas que mecían mi alma, con su viento que frotaba en nuestras mejillas salados momentos. Y más allá del mar el horizonte, oteado con curiosidad por las aves marinas, por el chapoteo del perro que corría de la arena al agua. La curiosidad me invade. Presiento que están ocurriendo cosas que aún no logro desentrañar del todo. Pero ahí están de nuevo las señales. Sí, ahí está el mar que por dos días me ha llevado hasta las orillas de este momento. Ahí está la música. Ahí está la experiencia única de sentir como la vida obra su milagro. La primavera está cerca. Las flores pronto germinarán.

 

 

Vivir los abismos


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© Sergey Novozhilov

 

Entre la fe y la esperanza siempre hay trozos de tierra que se asoman al abismo. Es entonces cuando empiezas a leer a Heidegger o Wittgenstein y recuerdas la importancia del conocimiento para poder entender el mundo de forma más profunda, y sobre todo, para saber guiarnos por él. Pero no puedes olvidar la mística, la inteligencia que nos eleva hacia otras dimensiones menos exploradas, pero no por ello menos importantes. Poseer experiencias místicas o tentar una mirada elevada y profunda te llevan a observar el mundo de forma más amplia, y por lo tanto, más generosa. Eso permite no vivir una vida tan solo material y anodina, sino excitante y plagada de aventuras, donde lo importante no se reduce tan solo a tener algunas necesidades básicas cubiertas y a pocos más estímulos que no sean aquellos plagados al consumismo de superficialidad y materia. De hecho, esa simplicidad es una forma de degradar la materia, lo material, porque en términos amplios de consciencia, la materia también se puede consagrar, elevar, subliminar, siempre y cuando no estemos sometidos a sus dictámenes. Vivir una vida amplia, abarcando todas sus dimensiones, es vivir una vida inmensamente intensa llena de abismos.

Por eso es importante tener fe. Fe en algo más elevado a nuestra pobre percepción. Fe para poder mirar con entusiasmo la vida, abrazarla en todo su misterio y aceptar, sea lo que sea, aquello que nos presenta para nuestro aprendizaje. El salto de fe es importante cuando lo que tienes ante ti es un poderoso abismo. Los abismos dan miedo, a veces pánico, tanto que nos hace retroceder, volver a nuestra casilla de salida y no avanzar. Preferimos la seguridad de lo conocido y olvidamos que el universo es acción y movimiento continuo, es evolución constante hacia una emancipación poderosa. Los tiempos claros son complejos ante la decisión de seguir o volver al reducto seguro. Saltar, saltar y volar en esa fe que nos permite continuar nuestro camino es estar en sintonía con la sincrónica y mistérica vida.

La fe te mueve hacia esos caminos cargados de abismos, y la esperanza nos anima a seguir adelante una vez superadas todas las pruebas hercúleas que puedan aparecer en la senda. La esperanza de un mundo mejor. La esperanza de profundizar en la generosidad, en la pasión, en el cariño, en el amor, en la vida en su más amplia expresión. La esperanza de poder compartir todo eso con alguien capaz de volar hacia esas dimensiones desconocidas. La fe es aquí y ahora y la esperanza es el futuro. La fe nos empuja para movernos irremediablemente en aquello que no se ve, que no se puede entender. La esperanza es la motivación para ese movimiento crucial. La fe le da a nuestra esperanza sustancia para poder acercarnos a los secretos de nuestro interior, para poder traer al mundo natural, todos los misterios del mundo sobrenatural.

No hay que tener miedo si tenemos fe y esperanza. Solo hay que saber vivir los abismos, vivir entre los mismos, sabiendo que cuando esto ocurre, es porque nos espera siempre algo mejor. Y eso mejor siempre llega si mantenemos la mirada alta, el corazón limpio y afianzamos en los errores la prueba de que no todo es perfecto ni todo es perdurable. Sólo son pruebas, trabajos, tentativas para medir nuestra capacidad, nuestra fe, nuestra esperanza… Si se ama con conocimiento, con inteligencia, el miedo desaparece, el camino se abre ante nosotros y la vida continua su danza invisible y secreta.

Viaje al primitivo barro


 

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«El secreto, querida Alicia, es rodearte de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, solo entonces, que estarás en el País de las Maravillas». Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

He visto como del viejo barro, a veces húmedo, a veces seco, surge la luz. De su oscuro cobijo nacen las flores, pero también el perfume, la belleza, la sabiduría. Los arquitectos hicieron de algo burdo, un milagroso empeño de la evolución. Nosotros, que tenemos el color del barro, también formamos parte de ese milagro, de ese arquetipo de belleza. Nuestro perfume, aquello que nos distingue en la realeza del alma, es la sonrisa. También la música y la poesía, porque no todas las criaturas son capaces de ello, pero especialmente la sonrisa.

Son muchas las personas que nos hacen sonreír el corazón, aunque no siempre estemos despiertos para poder apreciarlo. Sin duda, el mejor viaje de todos, la mayor maravilla, es poder encontrar en la vida ese tipo de personas, rodearte de ellas, apreciarlas, cuidarlas, protegerlas, honrarlas. Al igual que esas flores que nacen en primavera para embellecer la creación, las personas que sonríen son capaces de elevar el universo a una dimensión más perfecta, más sublime. Estar al lado de alguien que sonríe, sin más, es el mejor de los viajes.

Del barro primitivo nacen muchas cosas. En nuestro caminar siempre tenemos la obligación de elegir qué deseamos para nuestras vidas. Podemos elegir entre la luz del sol o la luz de una antorcha en una helada noche de invierno. Los escenarios siempre dibujarán contornos diferentes, pero en nosotros siempre estará la opción de ir a la búsqueda del calor. La belleza es una luz para nuestra alma. Bajo nuestros pies está el barro primitivo, pero de ahí surge la promesa, el verbo, la palabra. Es nuestra guía circundante, nuestra atalaya humana.

La noche es oscura cuando nos sorprende lejos de casa, cuando olvidamos que nuestro verdadero hogar nunca fue la soledad, sino el amor. Pero ahí está la sonrisa que nos guía para poder seguir. Ahí está todo aquello que nos lleva hacia las orillas de la paz y cuya serenidad rebota en nuestras carnes ofrecidas al mundo. Ahí está también la espera, la esperanza, que nos lleva hacia lugares remotos, hacia países imposibles, hacia abrazos que se extienden más allá de cualquier verso.

Sí, el verdadero secreto es entender como esa estrella vespertina cae sobre el húmedo barro y allí guarda una promesa. Cae en la oscuridad y allí espera, reposa, recuerda. Es un camino solitario, lejos de casa, en un silencio quebrado y expectante. En esas sombras se vuela lejos cuando nace la sonrisa y más tarde el compartir. Allí la vida empieza a despegar y buscar la luz. Algo germina. Es la promesa, cuando se supera la noche, la que nace a la luz. Crees y encuentras tu camino. Crees y todo florece y se expande hacia la luz, hacia esa sonrisa permanente que ilumina para siempre nuestras vidas. Sí, el secreto es rodearse siempre de personas que te hagan sonreír el corazón. El secreto es germinar para abrazar la vida, el amor, el calor y hacer que nuestra bella alma resplandezca bajo el sol.

No es no


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Dicen que hay un juez llamado tiempo que pone cada cosa en su lugar. El tiempo me ha puesto donde debería estar desde el principio, en la equidistancia, en la ignorancia más absoluta, en la pasividad, en la calma y la quietud. Dice un famoso lema feminista que insistir es acosar y acosar es agredir. Realmente no había sido consciente de ello hasta ahora. Romper una relación nunca es fácil para ninguna de las partes, especialmente cuando la ruptura viene dada de improviso, de golpe, sin esperarlo. Especialmente cuando todo parecía dulce y amable y amoroso y se proyectaba un bonito futuro y todo se derrumba, de repente, por un hecho casual, fortuito e inesperado.

Si has vivido engañado o te sientes traicionado tardas tiempo en reaccionar, en darte cuenta de lo que realmente está pasando. La no aceptación es terrible. Muchas veces esto se puede volver en insistencia que puede terminar en acoso y, por lo tanto, casi sin darte cuenta, en agresión psíquica ante la falta de respuestas. Querer entender una situación y machacar insistentemente con ello te hace cómplice de una agresividad encubierta donde olvidas muchas cosas básicas de la elegancia, el respeto y la prudencia. No tan solo por una de las partes, porque la violencia psíquica siempre puede darse por hechos que acontecen de forma inexplicable, por silencios, por ausencias o por desprecios encubiertos. Uno se puede enfadar y decir groserías y llamar a eso violencia psíquica, pero los motivos que ocasionaron el enfado también habría que analizarlos con calma. No se puede arrasar la vida de los demás sin más y esperar que la respuesta sea un silencio o una sonrisa. Las personas, bien o mal, siempre reaccionan ante acontecimientos inexplicables.

No voy a entrar a juzgar los motivos de todo este embrollo. La situaciones de ruptura, vistas objetivamente, pueden llegar a ser totalmente surrealista. A veces una de las partes se siente acosada y la otra engañada y estafada o traicionada o humillada. El daño moral es a dos bandas y nace desde la inconsciencia más absoluta por no hacer o no querer hacer bien las cosas. Normalmente son experiencias a las que nunca nos hemos enfrentado, por lo tanto, la reacción suele surgir de la más torpe ignorancia acompañada de grandes dosis de rabia y frustración.

Los hombres tenemos mucho que aprender en cuanto al trato con las mujeres. Ayer leía un decálogo realizado por una asociación feminista que añadía algunas pautas para los hombres, más allá del no mates, no violes, no agredas, no acoses, no amenaces, no insultes a nadie y no insistas. Esta debería ser la única guía que tendrían que seguir al pie de la letra los hombres para acabar con la violencia machista, decían en el decálogo, pero iban mucho más allá. La empatía de dos géneros tan opuestos como son los hombres y mujeres requiere de grandes dosis de educación, por ello es necesario, ante nuestra propia experiencia, el hablar de ello en voz alta, para que tanto hombres y mujeres podamos aprender juntos.

A los hombres nos toca asumir, según el decálogo, que, en determinados contextos, la mera presencia de un hombre ya puede ser percibida como una amenaza. Los hombres ya somos, en general, una amenaza para las mujeres. Tenemos que reconocer, según el decálogo, que somos una mayoría opresora. Los hombres nunca somos conscientes de que, por el mero hecho de ser hombres, podemos dar miedo. El solo hecho de mirar a una mujer es intimidatorio y hay mujeres que pueden sufrirlo decenas de veces al día, nos dicen. También nos dicen que no existe el derecho a elogiar. Los hombres tienen que aprender a aceptar el rechazo y cuestionarse por qué a veces incluso erotizan el rechazo e incluso el miedo de una mujer. El decálogo continua con instrucciones precisas para cambiar de calle si vemos a una mujer sola y así evitar que sienta miedo o cambiar de vagón de metro si la mujer está sola para evitar que se sienta intimidada.

Viéndolo todo así, parece propio de una paranoia colectiva, pero sabiendo que las cosas son así -o quieren que así las creamos-, es decir, de que los hombres hemos sido educados por mujeres y por otros hombres que nos han convertido casi genéricamente en bestias, uno ya no sabe qué pensar. Lo que es evidente, y esa es la lección que deberíamos aprender todos sin excepción es que no es no. El problema a veces es cuando el no es un “depende” o “tengo que pensarlo” o se convierte en una vacilada donde mientras esperamos a la primavera me acuesto con todo lo que se menea porque yo soy libre y tú un idiota que vive en un mundo paralelo. El problema es cuando entramos en la confusión de las palabras y los hechos porque no somos del todo sinceros. Porque los hombres también necesitamos saber la verdad para también poder decir no. En el juego de la ambigüedad sexual o afectiva, también agradecemos no ser engañados, y si es no, es no, y así podemos retirarnos elegantemente, sin engaños y sin burlas a eso que antiguamente llamaban el honor, algo tan caduco y obsoleto que ya nadie lo toma en cuenta. Si es no, es no, para todos, por favor, sin engaños, sin burlas, sin vaciles, sin mentiras, sin humillaciones, sin traición.

En los jardines de la memoria


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“Mi querida Alicia, nos veremos en los jardines de la memoria y en el palacio de los sueños, ahí es donde tú y yo nos veremos”. Alicia a Través del Espejo

Hay seres que pasan por nuestras vidas para no volver nunca más. Aparecen, impregnan con su aura toda nuestra existencia y un día se marchan. A veces lo hacen de repente, sin avisar. Otras ocurre por accidente, por mala suerte, por un mal entendido, por una pequeña bola que va creciendo y se torna insoportable. Otras, simplemente mueren y ya no podemos hacer nada. Muchas veces me pregunto qué será de ellas. Es imposible olvidarlas porque están ahí, en los jardines de la memoria, en los recovecos de nuestros almacenes emocionales. Aparecen y desaparecen, van y vienen una y otra vez a lo largo de los días, de las semanas, de los meses, de los años. Nunca se van de nuestro interior porque permanecen vivas en el palacio de los sueños. Nunca importa lo que hagamos en la vida, dónde estemos o con quien estemos. Esas personas que entraron en nuestro corazón ya nunca desaparecen.

Y en estos días de entrañable compañía, de estar con la familia, con los seres queridos, me doy cuenta de todos los ausentes. De todos aquellos a los que no podremos abrazar nunca más. Realmente es una sensación melancólica y triste porque a veces desearías poder retomar aquella emoción que tanto nos unía, aquel lazo que nunca debió romperse más allá del orgullo, el egoísmo o la sinrazón. Tantas almas que van y vienen, que nos llevan a volar hasta lo alto para luego abandonarnos de repente.

En los jardines de la memoria repaso uno a uno cada momento, cada instante. Me regodeo con aquellos momentos felices, con aquel recuerdo, con aquella caricia, aquel abrazo, aquella mirada, aquella complicidad. Miro con agradecimiento cuantas cosas ocurrieron y pudimos compartir. Acecho a la memoria y me traslado hacia atrás, hacia hace unos días, unas semanas, unos años, unas décadas y los recuerdos se amontonan como hojas de otoño que caen sobre la hierba verde. El rocío de la memoria abraza cada pestañeo, cada instante por pequeño que sea.

Luego abandono el jardín y entro por la ancha puerta del palacio de los sueños. Allí imagino escenas de amor, encuentros con unos y otros, conversaciones, abrazos en un entorno festivo de alegría y bienestar. Miro a todos aquellos a los que hice daño y les pido perdón por mis torpezas, por mis errores humanos, por mis miedos y mis tormentos. Los miro uno a uno, intentando obedecer al llamado de la redención. También veo a los que me dañaron y los abrazo con una sonrisa cargada de amor, de respeto, de admiración, porque de alguna forma me enseñaron algo, me pusieron a prueba para aprender. Los abrazo a todos en esa fiesta de cariño onírico, deseando que en ese palacio podamos vernos a menudo y podamos aprender sobre el mundo amoroso.

Guardo en mi memoria a todos aquellos que alguna vez rozaron mi vida. Los guardo como el mayor tesoro. Porque, aunque ahora no estén aquí, en esta sala fría y solitaria donde ahora me encuentro, espero algún día volver a verlos entre jardines y palacios, entre luz y amor. Ese miedo a no verlos nunca más desaparece en el mundo de los sueños. Ese miedo a que la soledad sea el principio del fin se hace pequeño ante el recuerdo. Vendrán más almas, vendrán más seres a llenar los recovecos del ancho corazón. Volverán los abrazos y complicidades.

Últimas horas… casi lo logramos…


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Estimados amigos,

ante todo, queremos daros las gracias a esas más de sesenta personas que han puesto parte de su vida en esta campaña que hoy termina. Aún faltan doce horas y tan solo nos quedan trescientos euros para poder alcanzar el objetivo. Tenemos confianza en que lo lograremos porque cada segundo, cada minuto sirve como punto de fe y esperanza. Así hemos levantado este proyecto, a cada paso, a casa minuto de fortaleza y seguridad interior. Por eso, en un día tan señalado como hoy, nos sentimos seguros de que el amor está renaciendo de nuevo en la tierra y de que, el mundo futuro será siempre mejor y más bondadoso. No tenemos duda de que así será porque cada vez hay más personas trabajando en ello. Los gestos de estos días lo confirman. Gente que no tenía nada y lo ha dado todo para apoyarnos. Gente que sin conocernos confía en nuestra prueba de fe.

Esperamos que toda la familia esté hoy reunida, ya sea en la tradicional comida de Navidad o ya sea más allá del lazo místico, allí donde las almas se reúnen en el banquete de la vida, siempre abundante y generoso. Que sean esas nuestras banderas, la paz, la generosidad, el amor, la comprensión. Que todos tengamos capacidad de reconciliarnos con aquello que nos dañó y con aquello que nos llevó hasta el sufrimiento. Que todos tengamos el corazón abierto a la vida para que el mundo amoroso se encarne en cada experiencia, en cada paso, en cada despertar. Amemos. Esa debería ser siempre nuestra labor en la tierra, nuestra verdadera misión.

Feliz Navidad, felices fiestas, y gracias de corazón a todos por vuestros regalos, guiños y gestos. Surgirá un nuevo mundo levantado por la fuerza del amor… A eso nos debemos… Siempre…

Gracias por vuestro apoyo en estas últimas horas:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

 

Feliz Navidad


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© The Creation of Man (2017), de Natalie Lennard

«No somos nada, pero esa luz es todo». Emerson

Nacer es una de las experiencias más increíbles de la naturaleza. Nacer en un pesebre entre un asno y un buey y que vengan tres reyes que además son magos a celebrarlo mientras unos ángeles cantan sobre una estrella guía es un capítulo de la historia que encierra secretos que habrá que atender. Lo importante de todo es la presencia de un mensaje poderoso: la humildad. Si es cierto que Dios encarnó, o al menos, un aspecto de su divinidad, en un pobre pesebre habitado circunstancialmente por unos emigrantes que huían de una guerra, me arrodillo humildemente ante su mensaje. Si es cierto que ese niño sobrevivió a los avatares de la época y consiguió tan joven enviar al mundo un mensaje de amor que aún perdura hasta nuestros tiempos, me arrodillo ante su grandeza. Nada sabemos de lo que en verdad ocurrió históricamente sobre un hecho que llega a nuestros días adornado en fábula. Pero eso no importa. Lo que importa es que el símbolo ha sobrevivido, el mensaje sigue su transmisión en los tiempos.

Todo parto viene acompañado de dolor. Ese niño llegó entre dolor, entre sangre y algún grito desgarrado en la noche. Nosotros lo celebramos como el triunfo de la vida, coincidiendo con el solsticio, con la noche más larga el 25 de diciembre en el calendario juliano. La luz vence. La luz viene para hablarnos de amor. Símbolos, alegorías, metástasis de la alquimia del tiempo que se transmite aún sin saber del todo cuanto encierra. La muerte y el renacimiento del sol, el Sol Invictus. Morir para renacer, y hacerlo preparados para derrumbar nuestras viejas cárceles conceptuales, para renacer a una nueva luz, a un nuevo mundo, a una nueva visión de las cosas. Ese era el mensaje que se intentó transmitir hace dos mil años: amarás también a tu enemigo, amarás a Dios sobre todas las cosas, amarás según te ames a ti mismo. El amor nos protege, nos preserva, nos eleva y redime toda forma de vida en la naturaleza. Por eso hoy es un día de amor, que debería celebrarse en amor, con amor. El Sol es vida y la vida es amor, y el Sol resucita, el amor resucita y nos renueva. Ese es el mensaje. Amaros los unos a los otros. Amemos.

Por eso, seas amigo o enemigo, seas creyente o no, seas conocido o desconocido, seas quien seas, este año volvamos a renovar los lazos que nos unen, aquellos que hacen que la vida nos de la oportunidad de morir a lo viejo para emprender el camino hacia lo nuevo, y aquello que hace que la luz triunfe siempre sobre la oscuridad. Amemos, aprendamos a amar, y lo demás vendrá por añadidura. No somos nada, pero la luz del amor lo es todo. No dejemos de amarnos. No dejemos de quemar lo viejo que nos unía para renovarlo en este nuevo sol. Luz, más luz para que el amor viva en nosotros.

Feliz Navidad a todos, feliz nacimiento en la cueva del corazón, feliz resurrección al amor verdadero.

 

 

 

 

El mundo se mueve


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Ayer junto al río, lugar donde se desveló la verdad

La indiferencia me hace imparable. El fuego que vive en nosotros se aviva ante los acontecimientos adversos que requieren enfrentarse a la realidad más allá de sus brumas y fantasías. Necesitaba saber una verdad que presentía desde hacía semanas y realicé un viaje largo hasta que ayer, encima de una montaña boscosa, junto al río, la misma se reveló. Se escuchaba el rumor del agua mientras las hojas otoñales rodeaban la penumbra que empezaba a esbozarse tras el sol que se apagaba. Decenas de volcanes apagados nos rodeaban en un entorno privilegiado, silencioso, apartado, oportuno. Nos agazapamos bajo unos árboles al borde del camino húmedo. Nos respiramos las auras para recordar quiénes éramos y qué hacíamos allí. Sentí agradecimiento y también cierta tristeza porque de alguna forma sabía las respuestas que iba a recibir a mis preguntas. Pero necesitaba esa brecha de sinceridad para que mi mundo y mis energías se pudieran ordenar. La verdad siempre nos hace libres, y en este momento de mi vida, tan cansado de mentiras e ilusiones, necesito dosis de realidad, de verdad, de autenticidad. Necesito a mi lado personas leales, sinceras, valientes, verdaderas, auténticas, honestas, creíbles. Sobre todo creíbles, de esas que te miran a los ojos y no te hacen dudar.

Tras unas breves palabras afloró la verdad y me liberé. Interiormente sentía como si algo se rompiera de nuevo al mismo tiempo que esa ruptura liberaba mis fuerzas ocultas. Anocheciendo, sin pensarlo, empecé a andar en mitad de la nada. Estábamos en la onda encantada del Caminante, así que aproveché su impulso con una seguridad interior transformadora. No quería mirar atrás, no podía despedirme. Sólo podía andar y andar sin reproches, con agradecimiento a la vida por efectuar el milagro. Más allá de las formas sentía cierto abatimiento, al mismo tiempo que una fuerza me empujaba inexorablemente por esa senda. No puedo dar explicaciones detalladas de todo lo que ese caminar significaba en mi interior, excepto que durante dos horas anduve entre bosques, entre la expansión de esa exitosa luna que iluminaba el día solsticial. Dos horas de amor solitario, de certeza, de firmeza y también de agradecimiento en una oscuridad donde solo podía ver mi propia luz. Era el comienzo del invierno en la noche más oscura del año. También era el comienzo, para mí, de algo nuevo dentro de la tierra húmeda y caliente.

Estaba lejos, muy lejos, de cualquier punto civilizado. Era tarde y no sabía qué ocurriría a partir de ese momento, pero interiormente sabía que cuando llegara a algún lugar habitable se obraría el milagro. Vi las primeras luces de la civilización y nada más llegar, unos amables y divertidos marroquíes que iban en un potente coche deportivo me recogieron. Les pregunté dónde estaba el tren más cercano y de forma generosa me acercaron hasta un lugar que estaba a una hora en coche. No me lo podía creer, pero tras más de cinco horas de aventura e incertidumbre, estaba ya en casa, sano y salvo.

Había un hermoso pacto que nos esperaba en la primavera. Pero al parecer todo formaba parte de la broma cósmica, de un juego, de otra ilusión. Siempre tengo la precaución de dejar algunas trampas para atrapar y alejar la ilusión y la mentira de mi vida y al parecer ambas cayeron irremediablemente en ellas. Al asomarme a su borde, ya no había tiempo que perder. Mejor caminar hacia el nuevo mundo, hacia la nueva vida sin perder ni un segundo más, sin cargar con la pesada tarea de rescatar almas perdidas y abandonadas a sí mismas que no desean conspirar. Mejor caminar y caminar y no parar de hacerlo hasta llegar donde el corazón me lleve. Mejor no mirar hacia atrás. Misión cumplida. Se cierra por fin un ciclo de cuatro meses intensos y se abre de nuevo la vida. Muerte y resurrección en un mundo que se mueve. Así son los solsticios interiores.

Morir para renacer


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Primero le enseñé cuatro cosas básicas para poder llevar la editorial mientras yo estuviera fuera. Había comprado un billete de ida pero no de vuelta, así que necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de todo en mi ausencia y de paso, alguien responsable que pudiera motivarse con algo nuevo en su vida. Pensé que era un trueque justo para ambos. Subí al viejo coche y lo dejé para que los miembros de la comunidad tuvieran un medio de transporte. Luego le cedí mi cabaña, la que hasta ahora había sido mi casa, a una nueva inquilina. Entré con ella para darle algunas instrucciones, pero no pude estar mucho tiempo. La triste emoción de abandonar ese lugar pudo con mi entereza. Allí habían nacido ilusiones, sueños, promesas. Y allí mismo había que enterrarlas. Interiormente sentía que no podría volver a habitar ese lugar. Demasiados recuerdos, demasiadas ilusiones que se fueron cayendo una por una. Ni pareja, ni familia, ni hijos, ni nada que pudiera construirse ya en ese hermoso hogar. Así que me fui con el lagrimal tembloroso y decidí hacer los cinco kilómetros que me separaban de mi pequeño refugio invernal a pie.

Esta es la nota triste de la historia, del desapego, del entierro simbólico de un pasado que ya no está, que ya no sirve y ya no se puede cambiar. La nota alegre es que hoy estoy subido a un tren dirección Barcelona. Pasaré, por primera vez en muchos años, las fiestas de Navidad con la familia. Para mí es algo nuevo, una reconciliación con los ancestros, un cambio de paradigma, un perdón por tantos años de ausencia. Pero también la necesidad de cambiar por dentro, de erigirme como un hombre nuevo, con una versión renovada de mí mismo. Eso no es fácil porque el escorpión no puede cambiar su naturaleza, como decía la parábola. Pero soy luchador y quiero esforzarme, quiero ser mejor. Han sido unos meses difíciles donde la experiencia me ha puesto en frente de mi peor versión, de mi mayor sombra.

He conocido algo de mí que no me gusta, que no necesito, que deseo extirpar. Ante mi propia rabia e impotencia hice daño y enturbié todo lo que me rodeaba. No era mi intención, me vi desbordado y no quiero que eso ocurra nunca más. Aprender a aceptar la derrota, aunque esta venga acompañada de engaños y desprecios, es también aprender a callar, a estar en silencio. De nada sirve retorcerse de dolor y dejar campar a los mil diablos que nos poseen. No aporta nada. Es cierto, no aporta nada. Tan solo un triste final, un estúpido desencuentro.

Ahora toca disfrutar del viaje. No de este en particular, sino del que viene, que será largo y espero que hermoso, cargado de nuevas experiencias, de nuevos mundos que explorar, de nuevos aires que respirar, de nuevos encuentros. Toca salir a los caminos e intentar ser más silencioso, no hacer tanto ruido, no enturbiar el paisaje con pensamientos o emociones descontroladas. Toca respirar y mirar hacia adelante, con la visión firme, con la entereza de siempre, resurgiendo, como tantas otras veces he hecho, de mis propias cenizas. Seguiré escribiendo porque me ayuda, me hace pensar, me hace entender, me desahoga. Estaré unos días aquí y unos días allá y haré caso, me tomaré unas largas vacaciones.

No son hombres, son asesinos…


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Laura, in memoriam

El terrible asesinato de Laura nos ha conmocionado a todos. No tan solo por su belleza y juventud, por toda esa vida de ilusión y por todo ese recorrido humano que quedaba por hacer. Es algo más que eso. Es la impotencia, es la rabia, es la frustración general de una sociedad hastiada de tanto horror.

Como hombre me siento perdido, desautorizado, diría que casi criminalizado. Me doy cuenta de que el crimen constante, año tras año, de personas que asesinan a sus parejas está poniendo en la punta de mira a todos nosotros. Lo noté en la mirada de pánico de mi ulterior pareja cuando nos despedimos por última vez. De alguna forma, ya todos los hombres somos peligrosos asesinos en potencia. Uno casi tiene miedo a enamorarse de nuevo, a tener una vida normal, aunque el expediente de violencia personal haya sido nulo e inexistente. Sí, alguna frustración, algún motivo de rabia por algún tipo de injusticia emocional, pero nada más que eso.

No puedo dejar de pensar en Laura y en todas las Lauras que han muerto a manos de hombres. Pero quiero pensar dentro de mí que los hombres no somos así, que esas personas no son hombres, son asesinos. Son seres despiadados, sin corazón, sin emociones, sin empatía hacia el género humano. Son seres perdidos en el mundo de las sombras, salvajes sin razón ni juicio. No son hombres, son asesinos.

La mala suerte y la casualidad hicieron que esa tarde de ilusión se convirtiera en una tragedia más. Y me pregunto hasta cuando. Quizás siempre fue así y quizás siempre sea así hasta que no rompamos de una vez nuestros valores, el cuidado de la infancia, la educación, los mensajes que nos envían escrupulosamente desde los medios, especialmente desde la televisión y las películas. Todo aquello que nos hace seres humanos con una cultura e identidad debemos empezar a deconstruirlo. Aún no somos conscientes del esfuerzo que como personas humanas tenemos que hacer para ese cambio. Pero tenemos que hacerlo con urgencia.

Como hombre, me doy cuenta de la gran responsabilidad que tenemos por delante para mejorar como género, como seres capaces de sensibilizarnos, de acomodar nuestras fuerzas ancestrales al nuevo mundo que se está tejiendo. No es solo un rechazo a la violencia, es también un rechazo a nuestro bagaje, a los roles que nos han enseñado desde pequeños, a esa estúpida necesidad ancestral de sentirnos «machos» para conseguir algún «trofeo». No, eso ya no funciona, eso ya no sirve. Cambiemos los valores, cambiemos el paradigma. Seamos humanos, personas, seres sintientes y amorosos.

No son hombres, son asesinos. Me digo una y otra vez por dentro mientras lloro la muerte de Laura.

Memoralista y escribano


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Hoy escribía una carta importante donde de alguna forma me despedía de una buena amiga, de una madrina y mentora en el mundo editorial con más de doce años de colaboración ininterrumpida. El cierre de nuestra distribuidora de toda la vida, la crisis del sector editorial y la propia quiebra de nuestra editorial me hacía pensar estas semanas qué camino seguir, tanto profesional como personal. Una posibilidad era continuar como hasta ahora con una nueva distribuidora, esperando tiempos más halagüeños. La otra era arriesgar todo lo que hasta ahora habíamos hecho para reinventar una nueva fórmula de trabajo y venta. Y una tercera vía, sería cerrar la editorial, intentar venderla o dejarla en pausa hasta que vengan tiempos mejores.

De momento, la primera vía la hemos descartado, al menos hasta que no pueda organizar todo el caos editorial que existe en estos momentos y no pueda encontrar otra estrategia de venta. La tradicional distribución, donde entre libreros y distribuidora se llevan el sesenta por ciento de la venta, está dejando de tener sentido. Internet está terminando con esa fórmula, desproporcionada, dicho sea de paso, y está permitiendo otras realidades. Esa es la evidencia. En el modelo actual, un libro que vale 10 euros es repartido de la siguiente manera: 1 euro se lleva el autor, 6 la distribuidora y librería, casi medio euro se va en impuestos y de lo que resta, 2.5, el editor tiene que compartirlo con la imprenta. El margen del editor, si lo hay, suele estar entre el 0,5 y 0,75 euros por libro. Realmente no es un modelo de negocio para hacerse rico, a no ser que lo que te mueva, como es mi caso, sea la pura vocación.

¿Qué hacer tras esta decisión? Al cerrar la distribuidora, lo primero que se me ocurre es recuperar el stock repartido entre librerías y distribuidoras auxiliares. Aún no sé la cantidad que esto supone, pero espero que en esta recuperación, pueda poner al día algunas cuentas y saldar algunas deudas. Mi objetivo personal es poder equilibrar las cuentas de la editorial para intentar, en el caso de que deje la editorial en reposo, poder centrar mis fuerzas en otras cosas.

¿Qué podría hacer? Mis amigos me dicen que tras este derrumbe en cadena y tras la crisis emocional y material sufrida lo que necesito son unas vacaciones donde poder pensar con calma y reorganizar toda mi vida. Esa idea me seduce porque me permitiría hacer lo que más me gusta: viajar y escribir. Así que tal y como le comentaba a mi querida mentora, tal vez ha llegado el momento de plantearme el pedirme un año sabático para así poder disponer de tiempo para la reflexión y el descanso. ¿Dónde ir? Aún no lo sé. Tal vez fuera de España. Se me ocurre pasar alguna temporada en la comunidad de Findhorn, en Escocia, y desde aquella energía equilibrar y armonizar muchas cosas. En unos meses tendré de nuevo, tras la retirada de todo el lastre y la reposición de grandes esfuerzos, las cuentas saneadas y equilibradas y en este tiempo podré pensar dónde ir y cuándo hacerlo.

Memoralistas y escribanos. Oficios antiguos que quizás haya que recuperar. Me motiva la idea de escribir, escribir y escribir. Ahora que ya estoy más recuperado, que ya me siento totalmente libre y emancipado para hacer con mi vida lo que desee, además de seguir apoyando los proyectos utópicos que inicié hace cinco años y seguir editando de forma más tranquila y serena, deseo poder dedicarme a lo que más me gusta: escribir. Así que eso haré hasta la saciedad. Esa idea me hace feliz. Esa idea me hace sonreír, así que ese será el camino hacia mi nueva Ítaca.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Una flor es un diamante


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© Carmelita Iezzi

Hay momentos en los que uno desea poseer la facultad de saber cómo cree ser el personaje al que nos enfrentamos, cómo los demás creen que es y cómo es en realidad. Estas son las tres complejas dimensiones de todo ser, aquellas que sólo los dioses conocen y desgranan en sus observaciones. El juicio hacia los demás, a no ser que seamos dioses o tengamos un momento de endiosamiento, es siempre inútil y estéril. Otra cosa son los comportamientos de los demás, aquello que nos hace más sabios o más ruines cuando nos desafían de repente. A nadie le gusta enfrentarse a su sombra, y menos aún reconocerla. Si el espejo nos lo pone el otro delante, enfurecemos, culpando al otro de tanta mendicidad. Pero en el fondo nos revolvemos ante un trozo de verdad, esa que corresponde a una de las dimensiones posibles: “el cómo nos ve el otro”. Por supuesto, una verdad sesgada, contrariada por la totalidad.

Quizás por eso nos gusta siempre lo bello, o buscar en la belleza aquello que nos aproxime más a la comprensión infinita del universo y de los otros. Cualquier gesto, por pequeño que sea, cualquier flor en el campo que nos llame la atención y nos anime a contemplar la hermosura natural de la existencia, se convierte en nosotros en un diamante, en algo con un valor incalculable. Nos gustan los amigos que nos aman, aquellos que son fieles en lo bueno y en lo malo porque ellos han sabido apreciar en nosotros nuestra belleza, y de ella han hecho algo fuerte, duradero, un diamante.

Por eso, en esa distorsión en la que vivimos siempre, en esa discordia entre lo que somos, entre lo que los otros creen que somos y entre lo que nosotros creemos que somos, siempre es bueno aferrarse a cualquier flor, a cualquier representante de lo bello. Si tenemos duda entre el caos y el orden, entre las sombras y la luz, entre lo feo y lo hermoso, siempre buscaremos aquello que nos aproxime más al mundo de la armonía, de la concordia y lo admirable. Si podemos elegir, siempre elegiremos el bien, o aquello que para nosotros, en un estadio de normalidad, consideramos como bueno. Y siempre bajo la regla de oro: no desees al otro, en su distorsión multidimensional, aquello que no deseas para ti mismo.

Aún así, es cierto que a veces la oscuridad, lo tosco, nos atrapa y el mal nos posee. Cuando las fuerzas nos fallan, cuando el mundo parece retorcerse todo entero contra nosotros y el caos se apodera de nuestras vidas, podemos fácilmente abrigarnos en las sombras. Vivimos en un mundo de opuestos, de ciclos, de fuerzas. Cada día tenemos que elegir hacia qué fuerzas dirigir nuestros pasos. Cada día el mundo nos pone a prueba. Y cuanta mayor sea nuestra consciencia, cuanta más luz haya en nuestra inteligencia y mayor bondad en nuestros corazones, mayores tendrán que ser las pruebas y las elecciones a tomar. Porque a mayor consciencia, mayor responsabilidad a la hora de obrar el bien. Y también mayor el riesgo de enfrentarnos al propio mal de forma virulenta y poderosa.

Hay que estar siempre atentos para no ser seducidos por el umbral, por las fuerzas que se ocultan tras la luna. Aquellos que son atrapados por la luna, por sus sombras, difícilmente saldrán de ese embrujo sin la poderosa ayuda de algún sol arrebatador de consciencia. El mundo astral nos atrapa con suma facilidad. El mundo luminoso, siempre complejo, puede ayudarnos a salir, nos envía a sus mensajeros, a sus magos. Por eso es importante buscar flores en nuestras vidas. Merecemos vivir en palacios, merecemos vivir en la belleza, merecemos lo mejor y siempre obrando el bien. Flores que dentro de nosotros se transformen en diamantes. Seres que cuando nos miren, no finjan, sino que aprecien de forma sincera nuestras tres prudentes dimensiones. Sin juicio, con amor.

 

A ti la dama…


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Ahora que todo terminó, no puedo evitar recordar a aquella mujer que hace tiempo, mucho tiempo, habitó en mí. Era alta al mismo tiempo que frágil. Su cuerpo resplandecía apagado como un templo de mármol blanco pero teñido de oscuro, ligeramente inclinado cuando paseaba entre abedules o sobradamente prominente cuando lo hacía entre robles. A veces mendiga, a veces monja, a veces reina, nunca sabías cuales de sus atributos la describía en su contrariedad. Era una auténtica oxímoron llena de paradojas y contradicciones. Era trasparente e invisible para el mundo, pero luminosa para las dimensiones brillantes.

Había en su andar una pesada torpeza, como si los años de su juventud pesaran en una ancianidad que le poseía, pero también una elegancia propia de la nobleza. Siendo aún muy joven, sus manos pertenecían a una anciana y su rostro, a veces cansado y a veces alegre, desempeñaba diferentes formas, como si realmente convivieran en él decenas de almas que se mezclaban entre los surcos de su cara. Estaba poseída por el misterio de una belleza que no tenía competencia. Su largo cabello negro se enredaba entre sus hermosos pechos cuando leía a los antiguos filósofos. Me gustaba rozarle los labios con la mirada cuando desnuda, soñaba con algún poeta. Abrazarla, siempre muy tímidamente, era como penetrar en una tierra desconocida, pero al mismo tiempo yerma y vacía. Sus madreselvas decoraban con gracia y espesura toda su plasticidad. Y siempre ese olor suyo, salvaje, pura química anestesiante de un perfume propio e incomparable.

Tuve la suerte de dormir a su lado en alguna luna llena, contemplando únicamente su inteligencia, siempre superior a la mía y a la de cualquier otro, y su cuerpo, más hermoso aún cuando yacía desnudo. Pero todo era fantasía o cuento que terminaba en un despertar aburrido, sin pasión, frío y desolado, o en un momento de cólera inadvertida. Sólo una vez, de forma muy fugaz, conseguí encender dentro su fuego e iluminar su mirada, pero de nada sirvió excepto para desearla una y otra vez sin éxito. El amor no la habitaba, ni siquiera la curiosidad por poder atraerlo. Era feliz en el palacio de su soledad. Hubiera ansiado poseerla una y otra vez, pero entre ella y yo siempre había una gran sombra que a veces se convertía en cisne, en un imponente cisne negro que nos separaba día y noche. Hubiera deseado amarla y ser amado, pero nunca llegó la primavera a nosotros. Quizás sí cierto cariño, quizás sí la desesperación de algún deseo remoto y ocasional, pero nunca la fusión de dos almas, nunca el éxtasis de dos pieles convertidas en una. Era un ser inconquistable en un tiempo difícil. Era un ser impenetrable en un territorio que no invitaba a la aventura.

Aunque la llama nunca prendiera en ella, admito que de sus abrazos áridos saqué una tabla de náufrago, además de una enseñanza, que me permitió navegar hasta la orilla. Me salvó del abismo, me rescató de la ira, me sacó del agua hasta la sempiterna esfera etérica. Sus palabras nocturnas servían de canción de cuna. Su locura, arraigada a otros planos, distraían mi mente en un devenir amargo y afligido.

Hubiera deseado conocerla cuando era joven, y no ahora tan anciana y esotérica. Seguramente su belleza exagerada y alegre hubieran conquistado mi alma para siempre. De haberlo sabido, quizás la hubiera soñado, la hubiera buscado hasta toparme con ella en esa biblioteca con la que tantas veces había fantaseado. A pesar del fracaso y del intento, interiormente estoy agradecido. Es una suerte conocer ancianas hermosas, de generosos pechos, de bellas sonrisas, de libertad extrema emancipada de todo tipo de emoción o sentido, de sublime inteligencia. Especialmente si acuden a tu rescate para destruir la ilusión en la que vivías. Especialmente si son las portadoras de la fuerza suficiente para destruir lo irreal, acomodarte en otra dimensión para luego marcharse para siempre. Su reino era la oscuridad. Allí tenía su lámpara encendida, y allí acudía todas las noches como una luciérnaga ciega y herida. Habitaba en el mundo de las sombras, pero allí tenía su luz, esperando el renacer de la nueva aurora. Un día se marchó y no la vi más. Nunca supe qué fue de ella, excepto el recuerdo de su aliento, de su latir y de aquello que nunca fue y podía haber sido.

 

 

 

El silencioso sacrificio del ego


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 “En el tercer domingo de Adviento: el hombre busca la realidad verdadera, que se encuentra en lo espiritual. La clave para esta realidad y para toda cognición espiritual es el sacrificio. La voz de la quietud dice: no quiero hacer sufrir a nadie, quiero perdonarlo todo.”  Rudolf Steiner

Silencioso y siempre doloroso. Silencioso porque sabes que no puedes atar la experiencia cuando la experiencia ya siente que su proceso ha terminado. Sabes también que esa experiencia no tiene la suficiente fuerza para marcharse por sí sola. Entonces haces lo necesario para que la fuerza proponga soluciones y luego la ayudes con cierto empuje. El alma pone toda su fuerza para reordenar el escenario, el empuje lo da el ego cuando, retorcido de dolor, se ve en la necesidad, contra su voluntad, de obedecer los designios. Si fuerzas con rabia, el empuje sale de forma descontrolada pero efectiva, la experiencia desaparece, huye despavorida. Eso era lo que se hacía en silencio, pero con cierto deseo de liberar aquella actividad que por sí sola no tenía fuerza ni valentía para hacerlo. Si miras desde lo más alto eres capaz de hacer el sacrificio. Cuando la experiencia siente que todo ha terminado, hay que liberarla, aunque duela, aunque sintamos apego, aunque la queramos para nosotros. La presión es dolorosa, pero necesaria. El sacrificio del ego sufre como una segunda muerte.

Es doloroso porque si amas realmente, no deseas perturbar la nueva etapa vital con las pequeñas cosas y eso necesariamente requiere un sacrificio. Prefieres dejar la experiencia lo más libre que puedas para que la experiencia decida y se trascienda, disfrute de verdad de ese nuevo reto vital que se ha diseñado para empezar en otro escenario diferente, pero con las mismas pruebas, ahora incrementadas. Si amas de verdad, solo puedes desear lo mejor para el otro, y quizás lo mejor para el otro en esos momentos es que el alma se retire, esté en un segundo plano, sin hacer mucho ruido, callada, respetando y aceptando la situación y aceptando el sacrificio doloroso del ego. En esa retirada hay una parte de riesgo, pero de ahí viene el misterio del sacrificio oculto. Al retirar voluntariamente el alma, liberas la experiencia para que siga su camino si decisió que el anterior estaba agotado o no merecía la pena continuar en el mismo.

En todo este juego de máscaras hay verdades veladas y decisiones complejas. El ego sigue jugando su rol para alejar lejos la experiencia, para que se libere y encuentre su nuevo marco dimensional. El ego se rompe en el proceso, padece, sufre. Y al hacerlo, de alguna forma la empuja a ello. Desde un punto de vista energético, la persona se ha topado con un nodo y ese nodo la ha impulsado hacia otra dimensión. Pero no siendo suficiente, al alcanzar el impulso e instalarse en ese nuevo marco de experiencia, el nodo desaparece, se sacrifica para permitir la corriente energética y la nueva enseñanza. El nodo es la fuerza que atrae, pero también la fuerza que repele para redimensionar la experiencia. Para que eso ocurra, como una gran catapulta que lanza al ser hacia el nuevo estadio, hay un momento de retiro, de sombra, de dolor inevitable.

En el imaginario de las máscaras cada cual juega su rol para que así sea. Uno se siente triunfador y feliz por haber llegado tan lejos y el otro agotado, dolorido, roto por el esfuerzo del lanzamiento. Así hasta que el alma, el nodo, vuelva de nuevo a su lugar, y la experiencia se fortalezca para vivir su nueva vida. Si lo consigue, si es fuerte para soportar las nuevas enseñanzas, todo habrá tenido sentido. Si fracasa, volverá de nuevo al punto de partida hasta que esté preparada. Todo se reorganiza de nuevo. Todo vuelve a su lugar. Todo es volver a empezar.

La vida te necesita ahora, no cuando seas perfecto


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Alguien que no estaba bien de la cabeza dijo:
La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante.
La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que “Es“.
La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces.
La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.
La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.
La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como río.
La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.
La vida te aleja de las personas que amas, hasta que comprendes que no somos este cuerpo, sino el alma que él contiene.
La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo.
La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.
La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.
La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas.
La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes.
La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.
La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser.
La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro.
La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.
La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas para evolucionar.
La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar.
La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos.
La vida te niega a Dios, hasta que lo ves en todos y en todo.
La vida te acorta, te poda, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … hasta que solo en ti queda AMOR.

¿Cuando estallará la burbuja energética?


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Aerogenerador en la Comunidad de Findhorn, Escocia

 

Estamos viviendo un momento álgido de transición, tanto tecnológica, energética como social y cultural. Las fronteras están desapareciendo, el mestizaje y la multiculturalidad se está extendiendo por todos los países, la pureza racial, nacional o cultura están desapareciendo y el concepto de “pueblo” está dando paso a un concepto más amplio llamado “ciudadanía”. Las leyes se están adaptando a estos cambios masivos y la tecnología, especialmente toda la que tiene que ver con la comunicación y la movilidad, están revolucionando el nuevo paradigma al que nos enfrentamos.

El concepto de estado-nación está entrando en quiebra y de ahí que existan movimientos reaccionarios que reivindiquen la noción de “pueblo”. Ya pasó en tiempos de la ilustración con el romanticismo y en el siglo XX con las dos guerras mundiales ante el “imperialismo” que denunciaba Lenin. Ahora los movimientos populares, los nacionalismos y los patriotismos pretenden de nuevo ir contra los “tiempos”. Y los tiempos avanzan irremediablemente hacia una segunda revolución ilustrada que nos aleje de las esencias patrias y nacionales. Entre otras cosas porque ese sentido nostálgico de lo tradicional está desapareciendo. Hoy día en un mismo barrio pueden vivir cientos de personas de cientos de orígenes diferentes. En unas décadas será inútil hablar de usos y costumbres porque el mestizaje avanza irremediablemente.

En términos tecnológicos, el agotamiento del petróleo (teoría del pico de Hubbert) y la dependencia absoluta hacia el mismo está acelerando la migración hacia la electrificación de las cosas, especialmente de los vehículos. Esto provocará un colapso eléctrico que será superado con el abandono de las energías alternativas y la extensión de la energía nacida de la fusión nuclear, en fase experimental en estos momentos y en fase de producción en unos años. El resultado será el terminar de liquidar la industria del petróleo, pero también la industria de tecnologías alternativas como la eólica o la solar, ahora en fase de expansión.

La robótica también verá una explosión de desarrollo a mitad de siglo, momento en el que los estados empezarán a aplicar la renta básica universal para que la producción de cosas y el propio sistema no colapse. Seguramente, en las próximas décadas nuestras sociedades avanzadas vivirán escenarios de pánico y crisis debido a esta transición inevitable, y la incertidumbre aumentará a medida que las reservas de petróleo disminuyan, encarezcan los precios de los combustibles fósiles (miremos con atención los síntomas de la revolución francesa de estos días de los chalecos amarillos) y el sistema aún no esté preparado para adaptar todo su sistema a un consumo suficiente de electricidad. Solo cuando la tecnología de la fusión nuclear esté madura, sea segura y no contaminante, podremos avanzar pacíficamente hacia una nueva era más silenciosa, más prudente, más ecológica y más humana. Mientras esos tiempos lleguen, nos esperan dos décadas de vértigo. Estemos preparados.

 

Conversaciones con una meiga


 

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Como las magas no entienden de tiempo, llegó un poco “tarde”. Para ella era la hora justa. No sobraba ni faltaba ningún minuto. Llegó en el tiempo de la “ocasión”. Lo importante es que llegó después de un largo viaje. Como no pudimos comer juntos, la merienda se convirtió en una comida-cena improvisada, con una sabrosa sopa de fideos y guisantes de la cual abusamos para así atender con fuerza a la magia. Hay que tocar tierra para poder mirar al cielo.

Tras el paseo por el lugar para que viera y sintiera las energías del mismo, nos fuimos al salón y todos nos dispusimos alrededor de ella. A cada uno de nosotros nos miró fijamente a los ojos y penetró en nuestros corazones. Hizo las preguntas oportunas y enseguida, conectándose con alguna fuente desconocida para nosotros, empezó a estirar de nuestros latidos hasta que desveló nuestros secretos. Lloramos cada vez que extraía algún dolor, alguna experiencia enterrada, alguna flaqueza, pero, sobre todo, nos llenamos de esperanza cuando con sus sabias palabras nos guiaba hacia el camino, hacia la sanación, hacia la fuerza oportuna para equilibrar cada una de las heridas.

Se hacía tarde y quedaba yo. Como quería conocer la editorial tuve la suerte y el privilegio de disfrutar de una conversación a solas entre libros. Gozamos un rato de la energía de las librerías cargadas de tomos y nos sentamos uno en frente del otro para empezar la sesión en la pequeña salita. “Si te fijas, eres joven y a pesar de ello has hecho muchas cosas en la vida. Lo más importante de todo lo que has hecho es que has conseguido enlazar mundos, crear puntos de luz y entregarte al servicio de forma contundente y consciente. Eso ha creado en ti y a tu alrededor un punto de fuerza que atrae a mucha gente, pero también a muchas energías”. En este punto de la conversación es cuando empezó a ponerse seria pues estaba a punto de entrar en el mundo de los arquetipos. “Si crees en las fuerzas y las energías, lo que te ha ocurrido en estos meses es que has sufrido un poderoso ataque que casi termina contigo. Sólo por la fuerza de los seres que te protegen has podido sobrevivir. Podrías haber muerto porque has abierto puertas y mundos y ahora estás vulnerable”. A medida que hablaba iba entendiendo cosas que pasaron en estos meses. La noche oscura del alma casi me llevó al abismo. Cosas que no podía entender ahora cobraban sentido.

Empecé a respirar hondo y empecé a poner atención a todo sin decir nada. Sus palabras y su forma de decir las cosas eran especiales. Entraban en el corazón y lo desnudaba. De repente conocía secretos de mí mismo que nadie sabía excepto yo. “Esas fuerzas te han quitado lo que más querías. Han sabido hacerlo de forma sabia. Si te fijas, todos tenemos alguna debilidad. Si tu debilidad es el dinero, la ambición, te van a atrapar por ahí. ¿Por qué crees que lo que más querías te lo han arrebatado ofreciéndole algo irrenunciable e irresistible para su debilidad? Ha sido utilizada en su debilidad, y ante la elección, no podía renunciar a ello. Ella, como tú, sucumbió ante su debilidad. Sin embargo, esa es su debilidad, su elección y aprendizaje, pero su alma te sigue amando y protegiendo. Por las noches te acompaña y te protege”.

Escuchándola podía de alguna forma entender mis sueños recurrentes, y también entender la forma en la que había pasado todo. De alguna manera sentía algún consuelo y cierta paz interior. “Tienes muchas virtudes trabajadas, pero ahora toca centrar la atención en tus debilidades. Todo esto que ha pasado ha sacado tu rabia y frustración, pero tu mayor debilidad es la “justicia” y la “fe”. Es eso lo que tienes que trabajar para que todo el equilibrio se vuelva a restablecer”.

Pasaron las horas y yo seguía escuchando atentamente. Realmente lo importante no eran las palabras, ni siquiera la conversación discurrió de esta manera pues solo recuerdo algunas ideas vagas. Era su energía, era su poder a la hora de ver, intuir y atravesar mi alma. Sentía que me encontraba ante una auténtica maga, no de esas que van engatusando a las mentes débiles con cuentos para adormecer sus heridas, más bien una poderosa alma capaz de atravesar todos tus adentros, mirar sin fisuras dentro de ti en tus recodos con confianza y acierto, ayudando a empoderarte en el trabajo mágico del alma. Hay personas que te tocan y lo hacen para siempre. Hay auténticos magos que te transforman por dentro. Ayer tuve la suerte de conocer a una auténtica. No fue lo que dijo, fue el cómo lo dijo. No fue lo que decía, fue todo lo que tocaba por dentro cuando lo decía.