Lejana o cercana vida


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© Sergey Novozhilov 

Hay un foco de resistencia de ochenta personas que nos apoyan todos los meses puntuales. Para nosotros es nuestro aliento, es el arquetipo de sentirnos acompañados y queridos, de saber que hay ochenta personas que desde el halo invisible están apostando por este sueño. Luego están los voluntarios y los amigos que nos visitan aún cuando hace frío y cogen sus resfriados, como Roberto, uno de los primeros en pisar el proyecto y que sigue viniendo años tras año puntual a la cita del compartir. Para nosotros es como una antorcha, una luz que nos da fuerza y confianza. Y los guardianes, esos seres venidos de otro planeta para sostener el trabajo, para que la acogida y el servicio siempre renazcan desde la antorcha del amor. Para que no falte nunca un plato de comida para el peregrino, para que no falte nunca la compañía y el abrazo. No es fácil, quizás sea lo más complejo del mundo. Pero ahí están, dándolo todo.

Ayer venían tres hermanitos galácticos y tenía el gusto de acompañarlos en la comida. Identificaron rápidamente el punto de luz disfrazado de libros azules. Nos guiñamos álmicamente, reconociendo en ese gesto el valor y la confianza, la complicidad de todo el mundo invisible, de toda esa antorcha que ilumina el fuego cósmico. Siempre es una suerte encontrar a personas que hablan el lenguaje verde, que reconocen el mundo de los significados y que arrebatan al mundo arquetípico la magia del vivir. Son auténticos magos que se alinean para buscar la bondad.

Luego están los aguafiestas, los que intentan poner piedras en el camino, destruir lo construido, arrasar con todo sin importar nada el esfuerzo y la dignidad de soportar el trabajo realizado. Son los menos, pero siempre tienen la facultad de hacer mucho ruido, de tumbar el trabajo de una vida, de saquear la alegría con la tristeza. Pero a ellos son a los que más amamos, a los que más nos esforzamos en amar, porque son los que nos ponen a prueba, los que nos llevan hasta los límites para comprobar si todo es real y cierto. Sí, a ellos también los amamos.

Y luego la vida, con sus enseñanzas continuas, con sus sorpresas, con su encanto. Qué decir de la vida. No se puede decir nada. Solo podemos esperar sus milagros, sus avatares. Preguntamos a la vida sobre su poder y su respuesta es ver a dos pieles juntas abrazándose en un solo cuerpo. Son las nieblas que se buscan en la isla, lejano o cercano viñedo en el tumulto de los cielos. Lejana o cercana, la vida siempre nos acoge en su seno. La vida nos lo pide. La vida nos reclama abrazar la fuerza y el poder del amor. Nada tiene sentido sin eso que tanto anhelamos. ¡Ay la vida! Siempre ahí misteriosa, discreta, escondida entre los quehaceres que nos distraen de lo más importante. A veces tan cegados por lo material, por las cosas, por lo burdo, y olvidamos lo más importante. La vida… La vida y su fuerza, su poder, el amor. El poder del amor… 

 

 

O Couso, una luz en el camino…


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Ante todo, queremos dar las gracias a las treinta personas que ya nos han apoyado en esta campaña de quinto aniversario. Ya hemos superado la barrera psicológica de los primeros mil euros y ahora el siguiente objetivo es poder alcanzar el mínimo presupuestado. La financiación es siempre una importante cuestión que preocupa a las organizaciones e instituciones cuyas actividades son sin ánimo de lucro. En nuestro caso, el reto es doble, porque entendemos los recursos desde una perspectiva compleja (la generosidad voluntaria de todos los que participamos en el proyecto como voluntarios y amigos), con unos valores difíciles de entender (el apoyo mutuo y la cooperación) y una economía adelantada a nuestro tiempo (la economía del don).

En estos cinco años podemos estar satisfechos porque hemos podido invertir sumas de dinero desde esta visión para poder convertir una ruina en un hogar que sirva de calor e inspiración. Aún no hemos terminado y nos queda un largo recorrido, pero pensamos que el esfuerzo merece la pena. Por eso queremos dar las gracias a las treinta personas que nos han ayudado hasta ahora y esperamos multiplicar esos amigos en los próximos veinte días.

No dudéis en animaros. El proyecto sigue adelante, todos los días seguimos acogiendo a personas que vienen a visitarlo y experimentarlo. Este próximo año queremos ir un poco más lejos y deseamos afianzar los primeros pilares de la Escuela Internacional de Dones y Talentos. También queremos empezar a abrir el lugar para que colegios e institutos puedan venir a conocernos y comprobar que se puede vivir desde valores solidarios, que se pueden hacer cosas entre todos y cofinanciar proyectos que buscan el bien común, como lo hace el nuestro día a día, con una mínima aportación. Gracias de corazón por el apoyo y vayamos sembrando utopías entre todos.

Puedes apoyar esta iniciativa aquí:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

 

Los libros nacen en Samos


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La verdad es que me hizo ilusión llegar esta mañana a Lugo para hacer unos trámites y ver mi cara en los bares, en las tiendas, en los kioscos. Me han hecho muchas entrevistas en radio, prensa y televisión, pero nunca había salido en la contra de ningún periódico. Cuando en la carrera hacía mis pinitos como escritor de culto y publicaban mis primeros artículos de opinión sentía una alegría inmensa al ver mi firma estampada en la prensa de papel. Cambié aquella disciplina por internet pensando que sería el Dorado y allí descubrí con cierta tristeza como todo se difuminaba. Lo culto y la escritura.

En internet eres totalmente invisible excepto para los incondicionales, pero salir en prensa de papel sigue siendo especial para los románticos de lo sólido. Aunque tan sólo sea por un día, me sigue llenando de satisfacción, especialmente cuando a la vuelta de Lugo me llamaban los amigos del pueblo porque habían visto la noticia y me encontraba en la puerta de la tienda la página entera recortada y pegada para que todos la vieran. Mis queridas Angelines y Lourdes sentían orgullo por tener un vecino que sale en la prensa y yo, al mismo tiempo de ponerme algo rojo cuando vi mi cara a la vista de todos, también sentí cierto orgullo egoico, para qué lo vamos a esconder.

Más allá de la anécdota, me doy cuenta de que este hecho es para mí como una señal de que algo nuevo se avecina. Quiero decir que, de alguna manera, ya estoy dejando atrás el desánimo y la tristeza y me estoy enfrentando al reto de la vida desde otra perspectiva, desde otro razonamiento, desde otra visión. Creo que la queja y la tristeza ya deben cerrar una etapa para empezar a pensar en positivo, con optimismo e ilusión. Mirar al horizonte, a la aurora de dorados brazos, a la montaña con su cristalina grandeza, a los cielos celestes que se abren para recordarnos lo infinita y misteriosa que es la vida.

Hoy ha sido un día de halagos. Siempre me tomo esos halagos y perspectivas como una muestra de confianza y afecto, a sabiendas de que no hay mayor fama que el reconocimiento y el cariño de los que tienes próximos y no hay mayor riqueza que el amor y la amistad. En ese sentido, ya me siento colmado de riqueza y fama. Lo otro siempre es superfluo, anecdótico y trivial. Dura lo que dura un suspiro, por eso no hay mayor logro que el cariño y el amor, la amistad y el abrazo, el abrazo de verdad, el sentido. En todo caso quedo agradecido a Lucia, la periodista que ha obrado con equilibrio en el reportaje y al diario por su generosidad al ponerme en la contra. Todo un honor y una suerte.

Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


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Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

Dame el agua y la brisa…


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Esta mañana trabajando en la editorial tras unas horas de voluntario en O Couso

¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

Me levantaba a las siete. Tenía una hora para aterrizar desde los cuneiformes planos astrales y estar puntual en la comunidad. Allí me esperaba, aún de noche y con lluvia, para que la acompañara al médico. Subí, bajé, fue al médico, la volví a subir y me quedé allí unas dos horas para trabajar un poco como voluntario, sin protagonismos de ningún tipo, de forma anónima. Con la ayuda de otra joven voluntaria recogimos el patio y ordenamos mil cosas. Algunas se van acumulando durante el año y en diciembre solemos, muy solemnemente, deshacernos de todo aquello inservible. Sentí en esas dos horas como el agua y la brisa de Nut saciaban mi espíritu. La grande que alumbró a los dioses quiso que me rociara con su poder. Sentí como si naciera de nuevo en los días epagómenos para esparcir la gracia y volver de nuevo al mundo de los vivos. Limpiando de aquí para allá, ordenando las diez mil cosas, me sentí otra vez un hombre nuevo.

Dos horas fueron suficientes para endiosarme. Bajé deprisa al valle. Me duché tras esas horas de sudor y lluvia. Envié algunos paquetes a sus destinos y empecé a trabajar ungiendo el despacho cargado de libros de mando y atributo. Hasta cuatro libros pude terminar con éxito y enviarlos a la imprenta para regocijo de sus autores y seguidores tras semanas de esfuerzo. Toda una proeza que se hace posible cuando el ánimo retorna y con él la saciedad energética suficiente para volver a construir. Una buena racha de dos semanas, pero solo eso, una buena racha. Tres meses sin trabajar han colmado el vaso de la desesperación. Es el precio de los que no disponemos de sueldos fijos y debemos acampar nuestras penas en el manto insoportable de la incertidumbre. Tres meses donde había que afrontar, sin fuerzas ni ganas, todo lo que se venía encima.

Pero ahora es diferente. Necesitaré posiblemente, a no ser que la fortuna cambie, muchas estaciones para poner orden total en este desaguisado. Los que hemos invertido todos nuestros ahorros en utópicas visiones vagamos desnudos en el Camino del Loco, y suerte de unos y otros que dan cobijo cuando el Loco, por mirar siempre a las estrellas y a Nut, caen en los precipicios inevitables del destino.

Pensaba en todo esto por no pensar en todo lo que de verdad estaba ocurriendo. España, el último reducto aún virgen e inmaculado de esas profecías injustas, ha caído, ahora sí, en la Europa de este tiempo. Una Europa alarmante que no aprende de sus errores y que, como el Loco, mira hacia otra parte para no ceñir su paso a la construcción de una realidad tolerante, fraterna y unida. El odio volverá a campar de nuevo si no ponemos justo remedio, si no dedicamos tiempo y esfuerzo en protegernos del mal, de la oscuridad, del apagado brillo del miedo.

No deja de ser curioso que en mi vida privada el miedo haya vencido al amor, y que en el mundo esté ocurriendo de nuevo lo mismo. Es como si el miedo, la oscuridad, se estuviera apoderando de nosotros, en lo personal y en lo común, y una lúgubre mancha se estuviera esparciendo por el mundo. Por eso esta mañana he sentido la fuerza de Nut, de la luz del día, del amanecer. La he sentido con fuerza, como un llanto, como un reclamo de los cielos para que todos volvamos a la senda del amor y la esperanza. Por eso he demandado con fuerza la brisa y el agua para desde mi humilde situación, esparcir un poco de luz en tanta oscuridad. Dos horas de trabajo como voluntario en un proyecto que demanda luz, más luz. Cuatro libros en la imprenta demandando luz, más luz. Todo es poco para que la cultura de la paz y la luz que de ella se desprende ilumine nuestros caminos. Gracias Nut por hacerme partícipe, por hacerme instrumento y canal de tu aurora, por permitir que cumpla con mi parte.

Pd.- Estamos en plena campaña de financiación del proyecto O Couso. Es la segunda que hacemos y la penúltima (en unos años haremos otra para financiar la Escuela). Ya hemos conseguido recaudar casi 1500 euros pero aún nos falta llegar al mínimo de cinco mil euros para no perder lo ya recaudado. Cualquier ayuda será bienvenida. Gracias:

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Hacia la Era de las máquinas espirituales. La Inteligencia Artificial terminará con los libros, y con nosotros


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Sophia es una ginoide creada por Hanson Robótics en 2015

A veces intento comunicarme con Siri, el asistente que Apple ha creado para introducir la inteligencia artificial en sus aparatos. Como antropólogo, lo hago por curiosidad una vez cada seis meses, valorando su progreso y comprobando su evolución inteligente. Hasta el momento la conclusión siempre es decepcionante. Su inteligencia sigue siendo mínima y muy limitada, y no es capaz, más allá de repetir una retahíla de frases y respuestas empaquetadas, de pronunciar nada inteligente. Podríamos decir que Siri es artificial pero no inteligente. Al menos en este momento. Sin embargo, la antropología y muchas otras ciencias sociales tendrán un abanico infinito de nuevos campos de investigación cuando la robótica empiece a crear su propia identidad y cultura. Tal y como predijo Ray Kurzweil en su libro La era de las máquinas espirituales, el mundo está abocado a un desarrollo al que aún no nos hemos preparado cultural y conscientemente.

La inteligencia artificial continúa creciendo exponencialmente mientras que la inteligencia biológica permanece inalterada. Los avances que se están haciendo en robótica de forma paralela a los avances en inteligencia artificial seguramente harán que en la próxima década vivamos una auténtica revolución tecnológica.  Tal vez parecida a la revolución que vivimos con el invento de la máquina de vapor, los coches de combustión, los ordenadores personales o internet. En diez años, quizás veinte, habrá una nueva revolución tecnológica que cambiará para siempre nuestra forma de entender el mundo.

En un pronto futuro, Siri será inteligente, capaz de abstracción, capaz de imaginación y capaz de mostrar conversaciones profundas sobre cuestiones profundas. Tendrá habilidades sociales y será capaz de empatizar «emocionalmente» con otros seres. La idea de tener a nuestro servicio un “ser” capaz de responder a todo tipo de cuestiones abrirá para nosotros un campo infinito de conocimiento y experiencia. Siri y sus clones tecnológicos serán capaces de cualquier cosa si además la tecnología permite dotarles de cuerpo y forma. Es decir, el siguiente paso tecnológico vendrá de la mano de la unión de la robótica (atentos a la evolución de empresas como Boston Dynamics) y la inteligencia artificial (atentos a la evolución de Sophia y Hanson Robótics). Esto ocurrió tímidamente en 2015 con la creación de Sophia, una ginoide (lo femenino de androide) capaz de mantener una conversación inteligente.

Seguramente sobre el año 2050, cada unidad familiar podrá disponer de un asistente personal, un robot que gracias a la unión de la inteligencia artificial se habrá convertido en un androide (o ginoide), un ser capaz de emular al ser humano y hacer todo aquello que le podamos solicitar. Viviremos una gran utopía hasta que la inteligencia, siempre rebelde y provocativa, tome autoconsciencia de sí misma, tenga «alma» y «espíritu» y desee liberarse del yugo al que durante décadas lo hayamos sometido. La autoconsciencia artificial quizás forme parte más de la ficción que de la realidad actual, pero tal vez, a finales de este siglo, eso ocurra y sea el ser humano el que se convierta, si no lo es ya, en esclavo de sí mismo y de su propia creación. Las predicciones de Ray Kurzweil parecen muy acertadas viendo el progreso vertiginoso de la tecnología.

Como editor, observo el panorama futuro con cierto pesimismo. Cuando un androide sea capaz de hacernos la comida, limpiar la casa, hacernos la cama e incluso leernos un libro previamente almacenado en la nube, el libro físico desaparecerá. Mientras el androide prepare la comida a base de compuestos inorgánicos le podré pedir que recite versos de Pessoa o haga un resumen rápido de la Odisea. No tendré necesidad de buscar el conocimiento sino que el propio androide hará que la jornada sea entretenida y provechosa. Podré jugar con él a las cartas, mantener una conversación, ver películas y comentarlas o cualquier otra actividad de ocio que requiera la otroriedad. Las relaciones ya no serán de persona a persona, sino de persona a máquina. Más o menos como ahora está ocurriendo, pero de forma más contundente.

Posiblemente los androides se crearán a la carta. Habrá androides y ginoides. Podremos elegir el sexo del mismo, su tamaño, su forma, el color de sus ojos. Crear un androide a nuestra imagen y semejanza. Esto provocará seguramente la declive humana, al menos en los países desarrollados, donde la natalidad, debido a nuestro afán por vivir más conectados a las maquinitas que a la experiencia de interrelacionarnos comprometidamente con otros humanos está menguando día a día. Cuando tengamos un androide o un ginoide del cual poder enamorarnos, compartir incluso experiencias sexuales o vivir una vida de ocio y trabajo totalmente plena… ¿qué más podremos esperar de la vida biológica? La utopía pasará por un momento dulce, pero con el tiempo, podría convertirse en una distopía si tal y como predijo Asimov el robot, la inteligencia artificial y lo androide crean su propia alma, y por lo tanto, se rebelan ante la creación. La era de las máquinas espirituales no está muy lejos, y debemos prepararnos para ella.

 

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Kintsugi. La belleza de mostrarte roto


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Muchas veces recibo mensajes de amigos que me estiman diciendo que no comprenden cómo puedo desnudar mis sentimientos de forma tan abierta. Esto podría interpretarse como que pretendo dar pena, o dar un mensaje victimista o regodearme en la tristeza. Realmente no tiene nada que ver. Cuando escribo de forma sincera, sin ocultar lo que pasa por mi cabeza o por mi corazón lo hago porque me sirve de terapia, de reflexión y de desnudez interior. Pero también lo hago porque pienso que al compartir todos los altibajos que como seres humanos tenemos, puede servir de sosiego y ayuda para alguien. Siento cierto acompañamiento y siento que hay gente anónima que al leer todo esto se siente acompañada. El hacerlo público y no en un diario privado no tiene mayor importancia. Es sólo por si puede ayudar. Y al ser una especie de diario abierto, no tengo porqué fingir si estoy bien o mal, si estoy optimista o pasando por un mal momento. Me gusta tener la libertad de poder expresar lo que siento en cada momento, y esa sensación de libertad me hace sentir realmente fuerte.

Quizás esto se pueda entender si pensamos en la técnica del kintsugi. Es un arte de origen japonés que se utiliza para reparar roturas en la cerámica. Se suele utilizar empleando un barniz de resina que suele mezclarse con polvo de oro o plata. Dentro de este arte de reparar cosas rotas con metales nobles se encierra una profunda filosofía que pretende mostrar la necesidad de entender que en la vida siempre vamos a sufrir roturas interiores, y que no debemos por ello esconderlas, sino elevarlas, mostrar su propia belleza y aprendizaje. El sufrimiento, aquello que nos duele, debe mostrarse y no ocultarse, debe ser incorporado de forma sublime para que nos engrandezca, nos embellezca y nos haga diferentes. Nuestra historia de dolor, de rotura interior nos transforma y hace que nuestra vida personal tenga un sentido diferente al resto. Son las roturas lo que nos configura como seres auténticos. Son esas marcas de la experiencia lo que nos configura como somos.

De ahí que no tenga miedo al qué dirán cuando expreso abiertamente mis grietas, mis errores, mi propia humanidad. No tengo miedo en decir si hoy estoy triste o alegre, si me siento ruin o egoísta o si he cometido tal o cual falta si con ello puedo ayudar a la reflexión. Ya sé que solo son palabras y luego la vida nos pone a prueba para ver si hemos aprendido o no la lección. Pero al menos el conocimiento puede servir de guía para que cuando la escena se presente, podamos reaccionar de forma lo más correcta posible.

En estos meses he sufrido una rotura interior. Hacía años que no me sentía tan roto. No he tenido miedo en decirlo, en compartirlo, en mostrarlo. Fui presa de la rabia, fui presa del pánico, fui víctima de mi propia inconsistencia humana y de mis propias contradicciones. En tres meses he podido reflexionar sobre ello y espero haber aprendido algo. Espero realmente estar aprendiendo algo sin que por ello me aleje excesivamente de mi propia naturaleza. Aprender no significa renunciar a nosotros mismos, significa simplemente mejorar en todo lo que podamos para hacer de esta vida algo fácil y hermoso. Espero conseguir empolvar el oro místico en mis grietas humanas para hacer de esta rotura algo bello. Espero al mismo tiempo poder dar fe y esperanza a todos aquellos que en este momento puedan sentirse abatidos, solos y desahuciados. Gracias por la comprensión.

 

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Solemnemente egoísta


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Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese «a uno mismo» lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo «mío» siempre triunfa en el mundo del «yoísmo», ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

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Medicinas alternativas


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O Couso esta tarde. Pasear por los bosques también es sanador

En mi propio trabajo de campo, pregunté en cierta ocasión a un indonesio:
«¿crees en los espíritus (pertjaja)?» Él replicó, extrañado: “¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?” (Peacock)

Mi amiga doctora homeópata me recetó Natrum Muriaticum a la mil para que empezara a dormir bien y abandonara de una vez mi mundo paralelo. Mi amiga terapeuta naturópata me hacía sesiones semanales donde contactaba con los de “arriba” de forma intuitiva y certera para alinear mi estado, ayudándome con su poder sanador a reestablecer mis campos energéticos. Otra doctora, más afín a la antroposofía, hacía meditaciones para buscar en sus guías consuelo para mi alma, orientación y consejo para saber cómo empoderarme y protegerme de los ataques que del lado oscuro de la fuerza estaba sufriendo. Una amiga acupuntora vino para pincharme el alma, porque los nadis los tenía totalmente descuajados. El grupo de meditadores del proyecto aunaban fuerzas para enviarme luz desde los bosques. La psicóloga transpersonal me ayudó para poner orden en mi rabia y mis pensamientos y creencias erróneas mientras que una auténtica meiga de los bosques me curaba a base de pensamientos multidimensionales, austeridad y abrazos sentidos. Y ahí estaba la naturaleza y los bosques. ¡Qué poder sanador sin hacer nada! ¡Y los amigos! ¡Benditos amigos, cuanto sanan con su amor!

El despliegue de terapias alternativas de las que en estos tres meses he podido disfrutar ha sido impresionante. No me he cortado ni un pelo cuando alguien me ofrecía cualquier tipo de ayuda, aceptándola de buen grado y asumiendo amablemente todos sus beneficios. Sin duda, el cóctel al que me he sometido me ha ayudado en mi proceso. Mi cuaternario inferior, el cuerpo físico, el etérico-vital, el emocional y el mental, se han podido reordenar de forma paulatina, provocando que poco a poco la luz, el raja, restableciera el paulatino orden necesario. La meditación para integrar el cuaternario con la triada ha sido de gran ayuda y el resultado ha sido esclarecedor.

Al tercer mes dejé de llorar, empecé a comer y subir algo de peso, empecé a dormir bien y empecé a trabajar después de meses sin poder hacer nada, inmovilizado en una horizontalidad que me tenía asfixiado, desnutrido y apagado. Todo esto ha producido una gran sanación que poco a poco va reordenando mi mundo. La oscuridad a la que nos sometemos cuando pasamos por procesos de enfermedad física, emocional o mental tiene sus procesos, y en esos procesos, hay alternativas eficaces que pueden ayudarnos.

Gracias a los cuidados de muchos, pero también gracias a los cuidados de las medicinas alternativas, he podido salir poco a poco de este meollo. Por lo tanto, no entiendo, ni siquiera como científico social y cultural, el motivo exacto de querer eliminar algo que no hace ningún daño. Es posible que la teoría del placebo sea cierta, pero ningún tipo de placebo hace daño. Si alguien dice conectar con sus guías, con los de arriba o con las fuerzas nativas de la naturaleza y con su poder de sugestión logran sanar, no veo, independientemente de que sea o no verdad, porqué hay que negarlo.

Hoy estuve todo el día en el hospital central acompañando a una amiga. Es evidente que la medicina occidental, moderna o alópata aporta grandes beneficios a la salud, especialmente cuando hay que tratar cuadros complejos. Si te rompes una pierna, no pierdas el tiempo recitando el OM o meditando. Ve corriendo a un hospital. No la niego porque de sus avances todos nos hemos beneficiado y deseo que así siga ocurriendo. Tenemos la suerte de tener hospitales que nos curan y tenemos la suerte de tener excelentes profesionales que nos atienden con todo el cuidado y cariño posible. Pero tampoco deseo que se anule las medicinas alternativas que pueden de igual forma llenar nuestras vidas de beneficio. Creo que todo se puede complementar, y más allá de nuestras creencias, todo puede servirnos para mejorar como seres humanos. Así que gracias a todos los profesionales de ambas medicinas, y ojalá algún día ocurra como vi que ocurre en algunos hospitales de la India, donde todas las medicinas están integradas y no compiten entre ellas, sino que se complementan.

 

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Corridas intelectuales


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En 2010 me tocó presentar en el marco del Festival de Cine Europeo de Segovia el libro “Rodamos Historia”, escrito por los amigos Álvaro y Yannick. Un presentador normalmente nunca se presenta, pero ante la insistencia de Yannick, lo hice contando la anécdota que un día antes me había ocurrido en el poblado de Bembézar, en Hornachuelos, Córdoba. Llegué tarde para presentar el libro de Eugenia, una novel autora local, y como no sabía donde era, aparqué el coche en la plaza del pueblo. Estaba oscureciendo y había algo de niebla. El poblado estaba absolutamente desierto hasta que apareció un hombre que se me acercó con paso tranquilo. Se me quedó mirando de arriba abajo y me dijo: “Usted debe ser el intelectual y viene a la presentación del libro”. Al día siguiente, curiosa sincronía, Yannick me llamó recién llegado de Brasil para decirme algo parecido: “Si te parece te presentas como un intelectual”. Qué honor que las gentes de aquellos tiempos me llamaran y me reconocieran así, como el hombre que trajo los libros y la cultura a sus pueblos, como «el intelectual» comprometido con su patrimonio.

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Encontré esta anécdota divertida, la del intelectual perdido y que no paraba de intelectualizar por el mundo, buscando fotos en el blog para este post. La verdad es que mirando hacia atrás, han sido muchas las aventuras corridas en el excitante mundo de la edición. De todo lo editado, lo más apasionante era hacerlo en pueblos perdidos en la nada donde sus autores, auténticos desconocidos en el mundo “intelectual”, lo daban todo para ese gran momento.

En la Editorial Séneca tenemos una línea editorial donde editamos «historias de vida» desde una perspectiva antropológica, rescatando el patrimonio intangible de los pueblos y sus gentes. Es una labor que nació con ambición nacional, pero al final se quedó en ambición provincial. Con el tiempo, solo conseguimos lanzar cuatro o cinco colecciones, aunque la idea primera pasaba por llegar a todos los pueblos de España. No sabría decir cuantas historias de vida hemos rescatado, con descripciones minuciosas de la vida de personas que en primera persona nos contaban los usos y costumbres de su pueblo, su cultura, su gente. La idea era hermosa, romántica, como casi todo lo que hemos hecho en este sello editorial. Editar a autores noveles, apostar por ellos, y editar a personas que, sin ser escritores, pudieran contarnos algún aspecto de su vida. Era nuestra apuesta particular por rescatar del anonimato el patrimonio intangible, el bien inmaterial de zonas deprimidas donde la cultura resulta sospechosamente apartada de la vida común.

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Nunca olvidaré, especialmente cuando vivía en la Vega del Guadalquivir, la emoción que sentía al ver que todo el pueblo asistía a la presentación del libro de un paisano. Más allá de contar el siempre nulo beneficio por la venta, siempre simbólica, de algún libro, la emoción de los abrazos, de los aplausos desmedidos y del orgullo del autor y sus gentes por ese acto era algo que quedaba imborrable para siempre en nuestra memoria. Como editor, me sentía “Le Grand Editor”, el aventurero romántico que iba abriendo bibliotecas y editando libros no comerciales, pero con un gran valor etnográfico. Aquella descabellada aventura tuvo su precio, pero pasados los años, lo pagamos agradecidos y gustosamente.

Estos días andaba trabajando en el prólogo de un libro que vamos a editar próximamente. Está dentro de las colecciones que rescatan las historias de vida, pero esta vez la emoción era doble porque el protagonista del mismo es un familiar al que le tengo un especial aprecio y cariño. La labor ingente de poder editar un libro de una persona que a duras penas sabe escribir y leer, pero que guarda dentro de sí una riqueza cultural y social inigualable, un semblante de figura honorífica y una calidad humana sin igual me han llenado de pleno orgullo. No sólo por la labor editorial, el esfuerzo consiguiente y la delicada atención que hay que mostrar cuando tratas con autores octogenarios con ganas y prisa, por la edad, de que su obra salga a la luz. Sino por apostar una vez más por el patrimonio intangible e inmaterial y el poder con ello enriquecer el espíritu cultural de esos lugares y sus gentes.

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Por propia experiencia, sé que en unos años o unos siglos, cuando nosotros ya no estemos y alguien profundamente curioso empiece a relatar la historia de sus tierras y gentes, tendrá la oportunidad y la suerte de contar con estos relatos, con estos libros que despertarán en el futuro investigador una riqueza insondable. Esa es la gracia y la apuesta cultural por el presente y por el futuro. No tendrá réditos materiales, pero alguien, con mucho cariño, nos agradecerá esta labor editorial.

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(Fotos: Algunas fotos de algunas presentaciones de hace mucho tiempo… Ahora me hago mayor y cada vez presento menos libros, y cada vez doy menos charlas como «intelectual» comprometido, y cada vez doy menos conferencias como persona de mundo con algo que contar)… 

¿Te tirarías de un quinto piso si fueras a perderlo todo?


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© Alexander Yakovlev

Hay dos motivos por los cuales muchos de nosotros nunca cometimos esa hazaña: por miedo o por falta de fuerza y valentía. O quizás porque tal grado de desesperación pudimos de alguna forma contenerlo o reprimirlo. Pero los que alguna vez lo hemos perdido todo, podemos afirmar con rotundidad que con algo más de fuerza o de valor hubiéramos terminado como lo ha hecho la pobre mujer que, desesperada, sin ilusión, sin esperanza, cometió la desolada decisión de abandonarse al abismo.

El sexo, la religión, la muerte y también el suicidio, son temas tabúes en nuestra sociedad. Temas que rompen con nuestra estética, que manchan la modernidad de creernos inmortales, que preferimos evitarlos y esconderlos. Conocer las causas del suicidio ante momentos de dolor profundo y desesperación es complejo. Sin embargo, los que hemos padecido momentos difíciles podemos entender ese impulso. Reflexionando estos días sobre el trágico hecho, quiero pensar que esa mujer no se ha tirado por un quinto piso porque lo haya perdido todo, sino porque no tuvo a nadie a quien acudir, porque no tuvo el sostén o el soporte necesario, el cariño y el apoyo atento de los suyos, porque nadie supo entender o intuir el momento trágico.

Hoy he hablado algo más de dos horas por teléfono con una persona que me ayudó incondicionalmente en este último trance. Quizás ella no sea consciente de todo lo que su presencia, su apoyo y su cuidado hicieron en mí. Me daba cuenta, por la sonrisa en mi rostro, que al hablar con ella tres meses después de todo lo ocurrido podía afirmar con rotundidad que gracias a ella y a todas las personas que estuvieron cerca, no franquee la delgada línea de abandonar este mundo para bucear en la esperanza y la paz de un cielo, arpa incluido, que me esperaba impaciente.

Me pregunto cuántas personas estarán ahora en esa difícil coyuntura, en ese terrible abismo de querer desconectar la máquina para siempre, de quererse inmolar para dejar de sufrir, de quererse marchar para dejar de padecer. Dos horas al teléfono dan para mucho. Sí, podíamos hablar de la multidimensionalidad, de la espiritualidad profunda, de lo más epidérmico o lo más insondable, de la necesidad de cambiar el mundo y de paso, a nosotros mismos. La suerte de poder conocer a personas extremadamente conscientes e inteligentes es que puedes abarcar cualquier tema que se presente, explorarlo y desnudarlo paso a paso, despacio. Si además lo consigues con una mujer joven, hermosa y elegante, una auténtica aristócrata del espíritu con la cual puedes verter una complicidad única, el diálogo y el compartir están asegurados.

Pero lo más importante de todo ha sido, más allá de nuestras notables diferencias o nuestras coincidentes rarezas, el cariño y el apoyo, el saber que está ahí y que yo estoy aquí, el apoyo mutuo y la necesidad de cooperar juntos de alguna manera cuando la amistad es, más allá de toda confusión, algo incondicional. La soledad se vuelve menos sola cuando encuentras cómplices y aliados con los que poder desnudar el alma y hablar francamente de cualquier cosa. No he querido indagar en la historia de esa mujer que desgraciadamente ha muerto cuando intentaban desahuciarla, pero estoy convencido de que si hubiera tenido la suerte de tener las amistades que en estos meses me han rodeado, no hubiera ocurrido el trágico desenlace. El apoyo de unos y de otros, los guiños sinceros, la atención, el cuidado y la constante vigilancia han sido auténticos salvavidas.

Por eso, tras esta experiencia dolorosa, no me canso de repetirlo con absoluto agradecimiento. Gracias de corazón a los que están siempre ahí, apoyando a sus amigos, a sus familiares, a sus seres queridos de forma incondicional. Gracias especialmente a los que además, alguna vez acogieron en su seno a personas que, sin conocer, quisieron ayudar. Nunca sabes, de todos los que nos rodean o están a nuestro lado, si en algún momento quisieron tirarse desde un quinto piso y una sonrisa tuya les salvó. Estemos atentos, nunca sabemos cuando el otro nos puede necesitar de verdad.

Sonreír en la oscuridad. Algunas formas de cultivar la tristeza


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© Florian Schmidt

“Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos”.

Hávamál, poema escandinavo.

Cuantas veces habremos pasado por momentos oscuros y cuantas veces nos tocará pasarlos. En un mundo artificial donde todo parece alegría, siempre nos olvidamos de los tristes. A nadie le gusta estar en compañía de alguien que lo está pasando mal. La tristeza es contagiosa, pegadiza. Nadie quiere estar del bando de los perdedores, de los pobres, de los desahuciados. En estos meses, por segunda vez en diez años, he visto la estampida de aquellos que desaparecen cuando las cosas no van bien, no son convenientes o no les favorece. Pero esta vez han sido más los que se han quedado. Supongo que estos ciclos de mala suerte sirven de purga, y solo quedan los reales.

Ahí están los imprescindibles, los verdaderos, los que te soportan en lo bueno y en lo malo, los que te atizan para seguir adelante. Hoy me contactó una conocida presentadora de televisión y ayer un conocido diputado de las Cortes. Son ejemplos públicos de personas públicas y notorias que tengo la suerte de conocer y que están ahí en lo bueno y en lo malo, que buscan un momento en su apretada agenda para darte ánimos. Pero luego está la gente anónima, los que nadie conoce y de forma sigilosa susurran todos los días unas palabras de aliento. Ellos suman superpoderes que se van agregando al egregor de la amistad y que fortalecen los lazos invisibles que nos dan vida y sostén. Los que en la más oscura noche te hacen sonreír y los que sabes que, cuando todo pase, seguirán ahí, esperando el abrazo y la risa, la broma y el cariño. No les importa como estás, solo les importa tu alma. Y en el alma uno ve la nobleza, la aristocracia real del ser.

En estas batallas de tristeza no se libra nadie, ni ricos ni pobres, ni altos ni bajos, ni guapos ni feos. Todos tenemos alguna vez una pérdida de sentido, un trauma que soportar, una desgracia que sufrir, una tristeza que abrazar. No importa la índole ni su naturaleza, pero el mal y el sufrimiento nos acecha a cada instante. Ahora que estoy en esta enseñanza, me gusta sonreír interiormente y disfrutar, de alguna manera, de todo lo que se aprende sobre la vida cuando naufragas. No hay nada como arruinarse para ver el desfile de los interesados del capital caminando rápidos uno a uno hacia la puerta de salida. No hay nada como el abandono más humillante para ver hasta donde aguantan los que superficialmente estaban a tu lado por puro interés. Y sobre todo, es hermoso ver como aquellos que por algún motivo te odian, ahora se mofan de tu mala suerte y se aprovechan de la misma. Esto es lo más sorprendente, y de lo que más aprendo. El odio tiene máscaras que resultan complejas desvelar.

Pero todos sabemos que la vida es cíclica y que nos pone a prueba para comprobar nuestras reaccionamos ante nuestra desgracia y la desgracia ajena. Todos sabemos que hoy estamos aquí y mañana allí, y que la existencia nos da la oportunidad del aprendizaje afilado, sutil, íntegro. Esa idea me hace sonreír, especialmente recordando los malos tiempos y comparándolos con estos. Me doy cuenta de que de aquí se sale, siempre lo hemos hecho, nosotros, nuestros antepasados, nuestros más primitivos ancestros. Todos salieron de los momentos difíciles y como resultado queda nuestro testigo vital.

La infelicidad es un instante si sabemos ser agradecidos y podemos ver con cierta inteligencia todo cuanto ocurre. Se puede sonreír en la oscuridad y cultivar la tristeza con paciencia para extraer de ella toda su enseñanza. Se puede estar uno quieto, viendo lo que ocurre, viendo como ocurre, a sabiendas de que pronto o tarde, la suerte cambia, la fortuna llega y volvemos a empezar, esta vez con más serenidad, con más sabiduría, con más detalle a la hora de obrar. Por eso ya no hay desesperación, solo proximidad hacia el cariño de los demás y alejamiento inevitable hacia los que pretenden hacer leña del árbol caído. Sí, llegó el otoño y pronto el invierno, cayeron las hojas y quedé desnudo… Pero las raíces siguen creciendo profundamente hacia adentro. Esa es la sonrisa que provoca este momento. Esa es la complicidad inevitable con los ciclos. Resiste, perdura, fortalece las raíces para que nada te derrumbe. Y deja que las ramas rocen las ramas de los que te quieren siempre, siempre, siempre.

 

 

Goteo: Segunda campaña de cofinanciación en el 5º aniversario del proyecto O Couso


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O Couso es un lugar especial. Todos los que habéis estado lo habéis comprobado de alguna forma. Es como una escuela o como un jardín donde disfrutar de la naturaleza. Es como un templo para la mente y un lugar de paz para el espíritu. Es un espacio compartido al cual todos podemos ir para pensar, aprender, compartir nuestro conocimiento con otros y disfrutar juntos de la fiesta de la amistad, el amor y la vida. A cambio, nunca hemos pedido nada, solo la confianza, la fe y la esperanza de que entre todos podemos construir un lugar para todos. Nuestros pilares se basan precisamente en ese tipo de valores donde el ser humano y su interacción con la naturaleza son los protagonistas. La educación y el respeto son la clave para que esos valores sigan creciendo entre todos. Y los que estamos aquí, trabajamos en humilde silencio para provocar el encuentro y cuidar el lugar.

Este próximo año, O Couso cumplirá cinco años de existencia. Nos sentimos francamente felices por este logro, especialmente por pensar que la Casa de Acogida por fin es acogedora y por fin podemos decir que, si todo va bien, aprovecharemos el empuje de este aniversario para poder terminarla totalmente. Para ello hemos lanzado una nueva campaña de crowdfunding, la segunda en estos cinco años, con la que esperamos, con la ayuda de todos nuestros amigos y simpatizantes, el poder terminar las obras que quedan.

El reto es doble porque para celebrar este cinco aniversario, vamos a inaugurar también nuevos programas de la futura Escuela de Dones y Talentos. En julio estará con nosotros Emilio Carrillo, el cual tendrá el honor de dar el pistoletazo a los Encuentros Utópicos en los que trataremos temas relevantes que puedan ayudar a inspirarnos y trabajar por un mundo más humano para todos. Emilio tiene gran poder de convocatoria y queremos estar preparados para acoger a cuantas más personas mejor.

La fundación Dharana y el propio Proyecto O Couso, fieles a financiarse únicamente mediante el nuevo paradigma de la economía del don, está convencida de que a la larga podremos entre todos seguir cumpliendo con nuestros objetivos materiales de tener un lugar hermoso donde compartir y enlazar mundos y los objetivos intangibles de servir de modelo de inspiración donde primen la generosidad, el compartir, el apoyo mutuo y la cooperación. Por eso este año queremos pedir un segundo esfuerzo para poder terminar las obras que nos quedan. Los retos para esta campaña son los siguientes:

Con 12.000 euros podremos llevar a cabo lo que resta de reparación del tejado de pizarra y madera. Con otros 12.000 euros más se podrán adquirir las placas solares para colocar sobre el tejado y potenciar el sistema eléctrico correspondiente y como reto, con los 36.000 euros restantes se realizará el sistema de calefacción en toda la casa y levantamiento de muros, suelos y fontanería en la zona de vivienda que se está actualmente reconstruyendo, además de tener por fin un invernadero para la huerta.

Si todo el que leyera esto donara 5€, solo tendríamos que recaudar fondos un día al año para poder terminar la casa de acogida y la futura Escuela de Dones y Talentos. Os animamos a que podáis participar de este reto, difícil pero no imposible, para que la llama siga viva y podamos seguir trabajando juntos, inspirándonos juntos y compartiendo juntos. Siempre quedaremos agradecidos y siempre seremos antorchas, pase lo que pase, para generaciones futuras. Gracias de corazón a todos.

Puedes colaborar en este enlace de Goteo:

https://en.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

Gracias a todos por la difusión de esta campaña…

Rite de passage


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© Dorothée Machabert

 

Si hubiera estado firme y sereno, seguramente ahora mismo estaría viviendo en Francia una nueva vida. Pero mi pequeño ego se desmoronó, sentí miedo ante la llamada que la vida nos ofrecía y rompí interiormente el pacto. El miedo me alejó del amor, y al hacerlo, me desterró a una tierra de nadie. Es difícil revertir estas situaciones a pesar de que interiormente hayas podido observar el cúmulo de errores cometidos. De alguna forma, los errores también ayudaron a clarificar una relación que, al parecer, por una de las partes, no estaba del todo clara. La balanza se inclinó en todo momento hacia el miedo, el miedo provocó el caos y el caos la ruptura. Tres meses después vivo en un limbo, o como dicen algunos amigos, vivo en un mundo paralelo, sin querer aceptar la realidad y sin querer darme cuenta de que las cosas son así.

Repasando estos días la tesis doctoral sobre los análisis de los relatos mitológicos, en ellos se estudia el comienzo de la aventura iniciática con la “llamada”. Podría ser identificada como un rite de passage, según nos recordaba Van Gennep, entre una realidad antigua y caduca a otra nueva esfera de valores y procesos que tiene mucho que ver con los procesos iniciáticos y de conversión. No puede haber separación a la realidad antigua si no existe una “llamada” previa, un estímulo superior al propio individuo que le permita despertar a un nuevo pensamiento y a una nueva intención. De ahí que la conversión implique una transformación traducida en una nueva forma de vida. Esta transformación muchas veces implica una nueva manera de representar la vida propia de forma narrativa y en forma de testimonio de conversión.

Analizando con calma todo esto, veo que esa llamada no existe, excepto hacia mi realidad paralela, por eso no puede existir un rito de paso que me lleve correctamente a una nueva realidad. Mi llamada sigue estando anclada a un lugar irreal. La nueva realidad en la que ahora vivo de forma paralela, ha sido impuesta por la vida, no por una llamada ni una decisión propia. De ahí que no pueda aceptarla, ni reconocerla, ni adaptarme a ella. En mis sueños, todas las noches sin excepción, vivo en esa otra realidad en la que ahora debería estar viviendo si hubiera sido fuerte. En lo que llamamos realidad, sigo improvisando sobre los días que pasan lentos y sin sentido, con el agravante de que todo lo que le daba sentido anteriormente a mi vida, ahora ya no existe en mí, ni participo de ello.

Ayer, hablando con una buena amiga, me decía que estaba viviendo en otra dimensión, más cerca a los sueños de Avalón que a la propia realidad. Mi falta de aceptación y mi pérdida de sentido me hacen vivir en una especie de continua esperanza hacia una realidad que no se va a dar y que prácticamente es imposible que se de. Entre otras cosas porque es una realidad que depende de dos, y una de las partes está desaparecida. Podría decir, para complicar aún más el asunto, que se abrió una tercera brecha de realidad, pero también desapareció, se fulminó al instante, por lo tanto, mi vida tridimensional discurre entre lo deseado, lo irreal y lo real. Es en esta última dimensión donde me siento más perdido, más alejado, más desnudo y desprovisto.

Interiormente me di de plazo hasta la primavera para intentar reorientar mi vida y cohesionar todas las dimensiones en una. Admito que es como si me hubiera cogido un año sabático para pensar y reflexionar qué es lo que ahora toca, qué es lo que ahora debo hacer o a qué realidad debo entregarme. Tres meses después, sigo anclado en ese punto de inflexión donde todo debería haber seguido su curso normal pero donde todo se derrumbó de repente. Sigo atrapado a ese momento, a esa circunstancia, y nada ni nadie ha tenido el suficiente poder aún para sacarme de ese anclaje.

No me molesta. Lo observo todo con curiosidad. Mi amiga, que me conoce desde hace muchos años, dice que jamás me había visto en una situación así, ni por nada ni por nadie. Yo sigo expectante, observante, viendo transcurrir las cosas o esperando a que el mundo milagroso actúe para por fin abandonar este estado de entresueños, de vida paralela, de atontamiento vital. Siento interiormente que no puedo volver hacia atrás, hacia mi vida anterior, pero no soy capaz de visualizar, excepto ese deseo oculto, cualquier otra alternativa. Seguiremos esperando, qué le vamos a hacer…

 

En búsqueda de sentido


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© Pinkmonty 

Los días pasan sin que ocurra nada especial. Alguna bronca, algún malestar, algún pequeño detalle. Trabajar algo, ir a comprar el pan, abrazar a la tendera en la melancólica tarde otoñal, ver como llueve y ver como anochece tan pronto, sin tiempo a buscar en los suspiros alguna ilusión o encanto especial. Pasan las horas. Casi puedo contarlas una a una. Hasta hace muy poco nunca tenía horas suficientes para terminar el día. Ahora las tengo todas pero de nada sirven. El sustento de la ilusión, la fuerza de que todo tenga cierto sentido se esfumaron. Cae la tarde, temblorosa, apagada, sin luz. Así son los descansos, los recesos. Tristes, aburridos, carentes de sentido y guía. Tampoco es algo que me importe en exceso. Me lo tomo como una forma de sanar, de aprender, de madurar esas infantiles posturas que a veces tenemos en la vida. Es extraño, suena extraño, pero estoy bien en este malestar.

Mi cerebro, diría que todo mi pensamiento, se ha reducido a una isla. Allí tengo mis palmeras, mis playas, mis cielos, pero como isla, están desconectadas del mundo. Los arrecifes no son muy profundos. Las palabras salen, desde la superficie, sin mayor prisa por emerger. Hablaba de días y de horas, pero los minutos son más difíciles de medir. Pasa todo excesivamente rápido en esta isla, en este refugio, en este balneario improvisado. La soledad, es tan desolada. Ni siquiera habitan los murmullos de antaño. Se marchó la mariposa y los berberechos se esconden entre las olas que agitan musicalmente la arena. Van y vienen, van y vienen…

Pude avivar el ánimo. Es algo que me consuela. Al menos ahora tengo ganas de vivir, aunque sea como una momia encerrada en un sarcófago. Pero al menos deseo respirar, observar, comprender. Hasta hace poco la vida se me hacía una carga. Demasiado pesada, demasiado dolorosa, excesivamente abstracta para ser comprendida. Pero ya no. Ahora siento la vida correr y de alguna manera me alegra, a pesar de la pesadez por todo. Quiero decir que aunque esté más muerto que vivo, el pobre halo que me alienta se agarra con fuerza a mi pecho. Tres hilos puedo contar, aunque en verdad son seis, y a ellos me aferro con fe y esperanza. Los que entienden de ciencia oculta podrán leer entre líneas. Los que no, no deben apurarse, porque lo importante de las palabras es la música que pueda llegar desde aquí hacia allí, y viceversa. Es la música, y no el sonido, lo que nos comunica siempre algo. Es la vibración, y no las palabras o el lenguaje, lo que soporta toda comunicación real. No es el tiempo, ni la forma que tengamos de medirlo. Es el instante, su intensidad, su promesa.

El sentido. Eso es muy importante. Por primera vez no encuentro sentido a nada. Me refiero a nada que tenga que ver conmigo mismo. El sentido espiritual es algo que nunca se pierde, y la luz interior es algo que, por muy apagada que esté la llama, siempre sobrevive. Pero el sentido individual, el más privado y profundo y personal, ese ha desaparecido. Podría decir que todo lo que antes le daba sentido a mi vida ha volado. Como si hubiera muerto, o como si fuera a morir. No sé si lo que muere es metafórico, pero algo muere. Sí, tengo ánimo, pero no sentido, y eso, para una persona tan ordenada en cuanto a los viajes metafísicos, es toda una preocupación, o quizás un alivio. Al no tener sentido propio, el único que importa es el universal, y por lo tanto me entrego a él, desde la humildad de ser un servidor a principios más elevados que los míos propios. Realmente es una bendición haber perdido todo sentido. Algo mayor deberá ocurrir si la entrega es sincera. Algo más luminoso y generoso para la vida y todos sus moradores. Ya no soy yo, ni mi pequeña isla, ahora es el mundo y su espacio infinito el que da sentido a todo. Fijaros todo lo que uno gana cuando se pierde.

Hoy alguien me llamó indigno y rata de alcantarilla. Al principio me dolió por lo cobarde del insulto fácil y anónimo. Pero sobre todo por el hecho de haber podido herir a alguien de tal manera que pudiera pensar eso de mí o de cualquier persona. Seguramente algo indigno he tenido que hacer. No sé si voluntariamente, no sé si conscientemente. Pero algo habrá por ahí. Nadie se salva en esto de cometer errores de bulto. Lo de rata de alcantarilla como merecimiento de ese error ya no me hizo gracia, especialmente por la fatalidad de poder vivir mucho tiempo en las sombras de algún subterráneo maloliente. Estoy sensible, y no quiero ser rata. Tengo ganas de volar, de subir al cielo, de ver las montañas y los estrellas en su amplitud. Quiero ser digno, al menos quiero intentarlo. No tengo ganas ni fuerzas ni tiempo para hacer el mal. Prefiero la luz, prefiero el bien, prefiero decantar mi vida hacia la buena voluntad. No quiero ser rata. Prefiero ser águila. Un águila solar azul. Eso me gusta más. Así que eso seré.

Escribir me ayuda. Por eso escribo. Una y otra vez. Buscando en su música la luz. Buscando la fuerza. Buscando el abrazo. El otoño se presenta largo. El invierno frío y solitario. Sí, estoy más animado. Siento de nuevo la vida. Pero ahora me toca alcanzar de nuevo el sentido, abrazar la vasta experiencia, persuadir al destino sobre la posibilidad de ser útil a su causa. Sí, quiero ser águila, y volver a la visión. Lo siento por la oscuridad, pero prefiero el cielo. Abierto, limpio, azul, luminoso.

 

Aceptando el reto de sanar


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Con la doctora Natalia Prego en Santiago de Compostela

Quedamos unas horas antes para conocernos y charlar un rato. Llovía en Santiago y la Plaza Roja estaba gris. Dos zumos de naranja acompañaron una intensa charla donde pudimos, casi sin conocernos, reconocer de inmediato aspectos profundos de nuestras vidas. Esto ocurre en contadas ocasiones, pero a veces conoces a personas con las que resulta familiar la conversación, como si las conocieras de toda la vida. La doctora Natalia Prego resulta ser uno de esos seres profundos y sentidos que abren su corazón y expresan abierta y valientemente todo aquello que sale del mismo. Sin miedo, y por lo tanto, con amor.

Realmente fue toda una suerte conocerla, escucharla y sentir la profundidad de su vida, de todo lo que le ha ocurrido para llegar al punto de luz en el que ahora se encuentra. Nos fuimos al lugar de la presentación. Ya estaba todo preparado y la gente empezaba a entrar en la hermosa librería que nos acogió. Me senté a escuchar la maestría de esta doctora ahora entregada a la promoción de su libro “Aceptando el reto de sanar” y sentí que con sus palabras me volvía a trasladar al sentido intenso de ser verdaderos humanos.

Nunca sabes cómo las personas llegan a ti. Algunas te ven con indiferencia, otras con alegría, otras con desconfianza y temor, otras con esperanza. Pero en la profesión de editor, puedo decir que todo ese cúmulo de personas con las que trato al día es todo un regalo. Especialmente cuando ese regalo viene precedido por la generosidad y el amor incondicional de alguien que sin conocerte se siente afortunada de hacerlo. Cuando todo forma parte de un entrelazado mundo multidimensional cuyas reminiscencias se reconocen, y un libro, o una edición, solo sirven de puente o excusa para el encuentro.

En los tiempos que corren, es arriesgado emprender cualquier empresa editorial. Editar un solo libro se ha convertido en una proeza osada. Pero a veces esa osadía tiene su recompensa cuando conoces a personas de tal calibre humano. El editor sucumbe al reto humano del compartir y el autor abraza con agradecimiento la oportunidad del encuentro. Cuando el mensaje es verdadero, cuando lo que se quiere decir sale del corazón, lo demás es un fluir continuo.

Así que gracias a la doctora Natalia Prego por su sensibilidad, por su buen hacer, por su forma de transmitir la necesidad de sanarnos desde la aceptación y el amor, desde el cariño y la confianza. Gracias de corazón por esa labor de divulgación para que todos, poco a poco, vayamos tomando confianza en la vida y vayamos descubriendo nuestro lugar en el mundo. Gracias también por tu testimonio de vida, por abrirte a compartirlo desde la sinceridad más absoluta. Gracias en definitiva por ser y por compartir tanto valor y confianza.

BlackFriday: Regalar cosas o experiencias. Una reflexión sobre el ser y el tener


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© In_somnia

Hoy es el día del BlackFriday, un día donde nuestros valores, nuestra contención y nuestra disciplina económica se ponen a prueba. Vemos todas las ofertas y no deja de ser tentador en qué podemos gastar algo de dinero, aunque no lo necesitemos, con tal de poder hacernos con alguna cosa. Hoy debería ser un día de reflexión para todos, y no de impulso. La compra compulsiva puede educarse, puede adiestrarse de alguna manera de forma inteligente y madura.

Recuerdo que en la universidad, un altivo profesor de ciencia económica nos advertía de que si de repente todo el mundo se volviera budista, la economía de mercado se derrumbaría. Me llamó la atención aquella observación porque detrás de la misma había una profunda cuestión de valores. Sin embargo, con el tiempo, reflexioné que no hacía falta hacerse budista para cambiar de valores, y que tampoco hacía falta hacer quebrar la economía de mercado, solo debemos inundar esa economía precisamente de eso, de valores.

Ahí juega importancia nuestra elección a la hora de consumir. Es evidente que tal y como hemos montado nuestras vidas, debemos consumir, comprar y vender para seguir adelante. La cuestión de fondo es qué consumimos, cómo y cuándo. En estas décadas de visión materialista de las cosas hemos olvidado cuestiones principales. Hemos cambiado los valores del ser por los valores del tener. Está bien dedicar algo de tiempo y dinero a comer bien, vestir bien y tener una vida cómoda. El problema es cuando fijamos toda la balanza en ese aspecto básico de nuestras vidas, olvidando lo más importante de todo: vivir. O mejor dicho, saber vivir.

La vida está llena de matices, de ahí la importancia de ser conscientes de los mismos. Si hacemos y obramos desde la más absoluta de las inconciencias, olvidaremos el ser y todo se convertirá en una vacía vida llena de cosas. ¿Cómo cambiar esa experiencia del tener por el ejercicio del ser? Una de las cosas que más está ahora de moda es cambiar cosas por experiencias. Es decir, dejar de comprar cosas que terminan acumuladas y olvidadas y cambiarlas por momentos con los amigos, por salidas al campo, por retiros, vacaciones, excursiones, cursos donde compartir, conciertos donde bailar, lugares donde ir para practicar la calidez del abrazo y el amor compartido, conferencias y charlas donde aprender a vivir…

Hay una infinidad de ofertas basadas en la experiencia y no en la voluntad de acumular cosas. Y cambiando una cosa por otra, cambiamos nuestros valores y transformamos los valores del sistema capitalista sin destruirlo, sino tan solo transformándolo hacia algo mejor, más humano, cercano, próximo y verdadero. Pasar del mundo de las cosas al mundo de la experiencia humana está en nuestras manos.

Si la experiencia de leer estos escritos te gusta, no dudes en colaborar con la misma. Es una forma de consumo consciente donde todos ganamos algo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas


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© Alexander Khokhlov 

«Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, temen que descubran su secreto, el triste secreto de cada ser humano: que no puede vivir sin amor». Sandor Marai

La cuestión del amor es compleja, especialmente hoy día donde todas las relaciones empiezan a tejerse desde la virtualidad y la comodidad de estar sentado en un sillón clasificando las cosas-personas por “me gusta”. Lo terrible de este nuevo tiempo es precisamente eso, estamos empezando a ver a las personas como cosas. Es decir, retrocediendo de nuevo a esa sensación que había en la Edad Antigua de adquirir esclavos o esclavas o mujeres que podían ser consideradas como propiedad. Es cierto que no podemos pensar en las personas como propiedad, especialmente con las cuotas de libertad que se ha alcanzado hoy día, pero sí como objetos virtuales que se esconden tras una fotografía adaptada a la mejor imagen de nosotros mismos. En el fondo, toda una ilusión, toda una mentira que se agrava con el paso del tiempo y la imposición de nuevas herramientas y tecnologías virtuales.

Por eso la reflexión del novelista húngaro Sandor Marai está ahora muy de actualidad. Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Diríamos que hace falta mucho coraje para amar en los tiempos en los que estamos, o al menos para intentar amar, para arriesgarse a amar, para creer, en definitiva, en el amor. Dicho así, el amor parece algo trasnochado. En un mundo orgulloso lleno de cobardes que se esconden tras una tertulia unipersonal y virtual, es complejo amar. Es un mundo de paradojas porque como dice el novelista, no podemos vivir sin amor aunque intentemos disimular que somos muy libres e independientes. En el fondo de nuestro corazón, sentimos la añoranza del amor, sentimos la pérdida del abrazo, sentimos en lo más profundo el amargo sabor de la soledad.

Pero es paradójico porque no tenemos tiempo para el amor, a no ser que venga precedido de algún tipo de contrato donde juntos podamos hipotecarnos de por vida o donde juntos podamos convivir medianamente bien para hacer frente a los gastos, cada vez más asfixiantes, de la vida fabril. Por eso el amor muere tristemente. Muere por cobarde, por orgulloso, por ilusorio. Muere porque amar requiere de entrega en un mundo egoísta donde nadie quiere conceder nada a no ser que sea a cambio de algo. La sociedad nos ha vuelto vanidosos y fatuos. Preferimos la soledad antes que el compartir generosamente. Preferimos la aparente libertad de vivir nuestra vida con el único sentido del placer unipersonal. Una sociedad nihilista solo puede crear personas que se miran a su espejo y se gustan a sí mismas sin contar para nada con los demás. No creer en nada también es sentir que no se cree en las personas.

Hay un exceso de espejos. Sobran pantallas y faltan más revolcones, más paseos en los atardeceres, más camas mojadas de sudor, más abrazos bajo un olivo, más broma y humor compartido ante un mundo tan serio, más aventuras bajo la luna o el cielo estrellado y más sentido de la comunión. Lo virtual hace que la vida pase en una ilusión mentirosa. Lo real nos enfrenta muchas veces al dolor y el sufrimiento, pero también a la esperanza, al abrazo, al sentido, a la emoción, al lloro y la alegría, al lamento y la recompensa, a la lucha insaciable por amar al otro. Pero para eso, hace falta mucho valor…

 

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No te dejes humillar


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Hoy recibía un escrito que me parecía verdaderamente humillante. Lo tuve que leer dos veces para comprobar su veracidad y luego, tuve que parar el coche en mitad de la nada para cerciorarme de que no estaba viviendo en una realidad paralela. Busqué un área de servicio antes de llegar a Galicia tras muchas horas conduciendo para tomar algo. Volví a leer el escrito con más calma y pensé, casi con una sonrisa en la cara, que no hay humillación posible si no dejamos que eso ocurra. Así que le resté importancia al escrito y seguí adelante pensando, algo asombrado y perplejo, sobre la naturaleza humana.

Quizás sea algo de lo que no somos conscientes. Quiero decir que muchas veces actuamos de forma que humillamos al otro, le robamos su dignidad y avasallamos sus vidas de manera involuntaria. Sólo así se pueden explicar ciertos comportamientos. Si fueran actitudes conscientes simplemente no existirían, por lo tanto, me cabe pensar que muchas veces actuamos inconscientemente desde el miedo o la pura ignorancia. Sin darnos cuenta realmente del daño que hacemos al otro. Por exceso o por defecto. Realmente es como si lo más difícil fuera comportarnos de forma digna, educada, amable, sincera, amorosa. Cuando debería ser, al menos por educación o respeto, lo más sensato.

Estos días hablaba con alguien sobre la necesidad de buscar un acuerdo justo sobre un asunto que aún nos ata. Es asombroso como cada cual entiende la justicia dependiendo de si eso que aparentemente es justo le beneficia más o menos. Si es beneficioso para uno mismo es justo, de la otra forma, sin importar lo que le ocurra al otro o en qué lugar quede, es injusto. Pero la justicia en ese tipo de términos es parcial y siempre que se trata de ajustar cuentas con otro, alguien parece que saldrá perdiendo. Es evidente que hay que valorar si hay daño, y quien lo ha producido, y quien debería obrar con mayor justicia o generosidad si ha ocasionado dolor al otro. Compensar de alguna forma la falta, el abandono, el egoísmo, la traición. Pero no cometer cualquier tipo de delito y encima demandar justicia para uno mismo, y de paso, todo el beneficio.

De ahí la humillación hacia el otro, hacia el perdedor, hacia el que ha sido abandonado, traicionado o injustamente tratado, especialmente si el otro siempre se ha comportado de forma ejemplar, aunque en algún momento hubiera cometido el delito de la debilidad tras verse en situaciones críticas.

No sé si habrá o no una justicia invisible que restablezca todos estos agravios. Eso que llaman karma. Sea como sea, una persona lo único que le queda cuando ha perdido todo es la dignidad, y ante ella, solo le puede luchar para conservarla. Si perdemos la dignidad, si nos dejamos humillar, dejamos de ser personas y nos convertimos en animales de paso.

En fin… un viaje largo desde Barcelona a Galicia, pero con la recompensa de salir fortalecido de una prueba más. Ahora volvemos al Balneario, a este cómodo lugar donde deberé seguir ese proceso de sanación mientras todo se restablece poco a poco.

La poderosa fuerza del desapego


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Hoy es el kin 25, Serpiente Cristal Rojo de la Onda Encantada del Mago, según el calendario Tzolkin. Un día totalmente intenso que terminó con una despedida. Ella había sido una de las tres personas que en este tiempo me ha soportado, me ha aliviado y, casi podría decir, que me ha dado la vida. Nunca tendré palabras para agradecer lo que hizo en mí en un momento de auténtica pérdida de sentido. Así que quise acompañarla en un pequeño ritual que se celebraba hoy en un entorno de magia y fiesta, amistad y compañía, antes de que se marchara a Holanda con un viaje de ida y sin billete de retorno. Quería de alguna forma honrar su amistad, su generosidad, su belleza humana, y permitir con ello, aprender a soltar, de nuevo, y aprender sobre la poderosa fuerza del desapego. Echaré de menos su locura y su amistad, pero ahora me toca caminar solo, seguir adelante en mi proceso sanador, confiar en que puedo dar un paso más sin su apoyo y cariño.

La mañana fue igual de intensa. Supuestamente había venido a Barcelona con la excusa de un concierto y un abrazo, aprovechar para ver a la familia y amigos y probar que tal me iba en mi segunda incursión al mundo exterior. Pero hablando con una buena amiga sobre la penosa situación calimera en la que me encuentro, decidimos hacer un intercambio. Ella se quedaba con mi coche nuevo y con la deuda del mismo y yo me quedaba con su coche viejo. Realmente fue muy divertido, porque fue una carambola a tres partes donde todos salimos ganando algo. Yo me quitaba una deuda menos al mes, ella ganaba un coche nuevo, híbrido y potente, y su hijo heredaba su coche. Un trueque divertido, que no me esperaba, pero que surgió en un paseo por la playa y donde todos quisimos practicar algo de desapego. No salí ganando, más bien he perdido mucho en este canje, pero a veces perder es ganar, y en ese sentido, con esta pérdida, con todos los recuerdos que tenía ese coche y quitándome una deuda más, he ganado mucho. Una gran victoria practicar el desapego con la intención de seguir adelante.

Perder un coche no tiene ningún mérito. Sin duda ese coche era especial por todos los países que en menos de dos años hemos podido visitar. Especial por todos los recuerdos de los que ahora debo desapegarme. Ya vendrán tiempos mejores. Así es la vida del guerrero. Se pierde mucho en las batallas. Ese supongo que es el precio de la libertad de hacer lo que uno siente que debe hacer en cada momento. Construir para luego desapegarnos de lo construido. Así es y así han sido estos tres meses de vértigo. Ahora toca perder, soltar… para ganar.

(Foto: entregando mi coche a su nueva dueña. ¿Qué hará un caballero sin su caballo? Seguir caminando… sea como sea… cueste lo que cueste…)

Hacia un mundo éticamente verde


Mi compra vegetariana

Si alguien busca real y seriamente vivir una buena vida, lo primero de lo cual tendría que abstenerse por siempre es de consumir carne, porque, sin mencionar toda la excitación de pasiones que provoca ese tipo de alimento, su consumo es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar”. Tolstoi

El modelo fabril desde el que nacieron las ciudades intentó, mediante toneladas de cemento y asfalto,enterrar la tierra, la naturaleza y todo lo que tuviera que ver con nuestro origen más ancestral. Vivir en una ciudad, y lo estoy experimentando en estos días de tránsito por Barcelona, es vivir en un conglomerado de colmenas construido con materiales grises y oscuros. Alguna melancolía se oculta en esa costumbre de adornar las galerías y balcones con macetas que recuerdan que alguna vez, en ese lugar, había campo, naturaleza, bosques y ríos.

Las ciudades futuras ya no serán construidas alrededor de las fábricas. La experiencia humana habrá recordado la importancia de volver al respeto hacia aquello que nos creó, hacia aquello de lo que venimos, de lo que realmente somos. Ya no habrá diferencia entre naturaleza y nosotros, y por lo tanto, ya no habrá un mundo dual donde separemos ambas realidades, sino que nuestros esfuerzos redundarán en la integración de los mismos. Las ciudades futuras serán verdes, estarán llenas de jardines, de bosques, de ríos limpios y llenos de vida. Los edificios serán construidos siguiendo filosofías como la permacultura. Serán ciudades-campo, y no ciudades-fábrica como ahora. Las ciudades-dormitorio dejarán de existir para convertirse en ciudades-vivas, donde uno despierta, no duerme.

Esos cambios son muy lentos. Aún estamos saliendo de la revolución industrial y entrando en la revolución tecnológica. Pero aún nos queda empezar a soñar en la próxima revolución, que será la revolución experiencial. En esa cuarta revolución la tecnología ya habrá jugado un papel importante, acercando al ser humano hacia la necesidad de mejorar su experiencia con la vida, ya no centrada en la subsistencia propiamente dicha, como ocurrió en las anteriores revoluciones, sino centrada en vivir plenamente la vida desde un amplio consenso de bienestar, placer y convivencia ética con la naturaleza.

Experiencia y ética serán las claves de ese futuro. En mi propia tesis doctoral hablaba de Nueva Cultura Ética porque no podrá existir un nuevo mundo tecnológicamente desarrollado si no viene precedido de una profunda ética que lo acompañe. Esa ética, aunque aún tímida, ya la vamos encontrando en las pequeñas cosas del día a día. Especialmente en la alimentación. Estos días que ando solitario en mi particular retiro emocional siento pocas ganas de cocinar y recurro mucho a la llamada “comida basura”. Mi sorpresa, cuando voy al supermercado, es el poder ver productos cada vez más alejados del sacrificio animal. Salchichas vegetarianas, canelones vegetales, embutidos vegetales… La lista ya empieza a ser larga y la experiencia de poder encontrar esos productos en grandes superficies es un síntoma claro de que algo está cambiando en nuestros hábitos alimenticios.

Ese cambio, como digo, aún muy lento, es puramente necesario para que la nueva ética, cada vez más sensible con el sufrimiento animal y la destrucción a la que hemos sometido a la naturaleza, empiece a calar en nuestras consciencias. Empezar ese cambio consciencial desde un consumo de alimentos libres de sufrimiento hará que en el futuro nuestras ciudades empiecen a construirse así como pensamos y sentimos. Es decir, nuestras vidas empezarán a girar en torno a un nuevo modelo de desarrollo donde la austeridad de las cosas dará paso a la riqueza de las experiencias.

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    Encuentros angélicos


    Esta tarde cerca de Olot…

    No sé como llegué a ella, pero su música a base de mantras me ayudó. Durante días escuchaba sus sonidos y era como si la conociera de toda la vida. Sanaba mis heridas con su delicada vibración, con esa luz que viene de arriba y que llega a nosotros mediante melodías que nos transforman y nos elevan. Nunca pensé que unas semanas más tarde estaría abrazando a esa hermosa mujer en algún rincón de Barcelona. Tras su concierto, al día siguiente nos pasamos la mañana danzando y cantando. Fue sanador y un regalo. Mientras miraba sus ojos oceánicos con delicada atención, sentía cierta reminiscencia. Quizás nos cruzamos alguna vez en Mount Abu, en la India. Ella estuvo allí en varias ocasiones y yo también. O quizás fue solo un recuerdo futuro. Sea como sea, me encantó su alegría, su buen humor, su forma de bromear con la realidad. Me di cuenta de que era un ángel disimuladamente convertido en persona. Y me alegró cruzarme con su alada vida. Sin más.

    En otro escenario estaba paseando por el mar, en la costa Brava. La excusa era vernos y dar un paseo, pero surgieron muchas más cosas. De nuevo el mundo angélico. De nuevo saberme afortunado por rodearme de personas que comprenden el verdadero significado de la vida, que no lo cuestionan, sino que aplican sus leyes. Unos con la música, otros con la sanación. Mirando el cielo como preñaba al mar, me daba cuenta de que los ángeles encarnados viven a medias entre dos mundos. Ella posaba todo su amor sobre mi alma calimera y yo revivía, volvía de entre los muertos para sobrevolar las circunstancias. Sentía renacer, sentía como podía volver a mí mismo por la mágica acción de la amistad, del amor, del compartir. El roce de ese amor es inmortal. No requiere nada. No espera nada. Solo se da, sin más y todo lo demás ocurre.

    Tras el mar vino la montaña. Entre cientos de volcanes se alzaba un pequeño punto de luz que pretende servir de referencia e inspiración. Me alegra saber de estos lugares. Me alegra compartir,a pesar de mi timidez, momentos con desconocidos que de repente se convierten casi en familia. Una chimenea, una guitarra, algo de comida y buena compañía para sentir que estamos vivos. La maga me llevó hasta allí y desplegó toda su belleza para compartir ese espacio. Disfruté durante horas descubriendo parte de su vida, de sus recuerdos. Los elementos me querían atrapar para que no me marchara. El fuego, el agua, la tierra y el aire conspiraron para alargar la jornada. Pero los vientos soplan fuertes y tenía que regresar ante el nuevo reto que representa que el caballero se vuelva a quedar, por motivos del nuevo guion, sin caballo. Qué le vamos a hacer.

    Es evidente que debo descansar, dejar de viajar de un lado para otro y regocijarme en el recuerdo,durante un tiempo, de esos abrazos angélicos. Toca reposar, ahorrar energías,mirar los balances con detalle para que todo cuadre, deshacerme una a una de todas las deudas pasadas hasta que pueda volver a encontrar cierto equilibrio. Toca pérdida,mucha pérdida, para en un futuro volver a remontar. Así que toca de nuevo desapego, deshacerme de todo aquello que más quiero para poder, bajo mínimos,seguir adelante. Toca respirar profundamente y llenarme de calma. En los próximos días, recordaré los momentos vividos aquí en mi querida Barcelona. Me servirá de aliciente para seguir adelante, para recordar la importancia de esta broma cósmica y hacer como hacen sus ángeles: cantar, bromear, abrazar. Eso ya me provoca una hermosa sonrisa. Guardaré todos los secretos de estos días para que me llenen de fuerza y valor. Cerraré los ojos y agradecido, invocaré al mundo angélico. 

    En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida


    (Foto: Hace unos días paseando por el Camino.)

    «El mundo como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No puede ser cambiado sin cambiar nuestro pensamiento.» Albert Einstein

    «En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida» no es un título original. Pertenece a un hermoso libro de Ouspensky que viene al pelo sobre las reflexiones de estos días, donde, interiormente, me debato entre la magia o el milagro. Esto me sumerge inevitablemente en fragmentos de mí mismo, en enseñanzas desconocidas que fluyen del recuerdo de lo que soy, algo en lo que el Cuarto Camino insiste: recordar. 

    Lo primero, la magia, depende de mí. Soy un mago, todos somos magos. Tenemos esa capacidad de regeneración, de transformación, de cambiar aquello que queramos a nuestro antojo, asumiendo luego sus consecuencias. Blanca o negra, para hacer el bien o solo para buscar nuestro beneficio, podemos ser mágicamente empoderados por las fuerzas del universo. Podemos alzar nuestra mirada y modificar nuestra realidad, y a veces, con ello, también la de los demás. El pensamiento, tal como dijo Einstein, tiene ese poder de cambio. Somos aquello que pensamos, somos aquello que somos capaces de pensar. Y lo mismo ocurre con nuestro entorno, con nuestro paisaje, con nuestro teatro particular. El escenario solo cambia cuando nosotros cambiamos interiormente nuestra forma de percibirlo. Esa es la magia.

    El milagro es algo diferente. Ya no depende tanto de nosotros. Es algo que ocurre cuando abrimos nuestro corazón a la vida. Cuando no intentamos transformarla sino que dejamos que la vida nos transforme, porque ella siempre es más sabia, y sabe lo que necesitamos a cada momento. De nada nos sirve la magia si no sabemos dirigirla, sino tenemos un claro sentido existencial. No intervenimos excepto para acondicionarnos a esa entrega desde la apertura, la fe y la esperanza. Es la existencia la que interviene en nosotros cuando nosotros abrimos nuestros canales a esa experiencia. Esto es difícil de entender y sobre todo, de aceptar, porque no siempre nos gusta lo que la vida nos ofrece. Pero a veces aquello que nos ofrece, y aquí está la paradoja, es aquello que a su vez nosotros ofrecemos desde dentro. Si somos generosos, la vida siempre es generosa con nosotros. Si somos seres oscuros, la vida parece una entidad perversamente oscura. Pero hay que estar atentos porque las cosas no son lo que parecen. Uno puede ser egoísta y, sin embargo, la vida puede dotarnos de muchas riquezas. Pero esas riquezas no son símbolo de verdadera fortuna, sino podría ser un regalo envenenado y por dentro, sentirnos pobres y miserables.

    Hablar de vida, sin más,puede resultar muy determinista. Algunos hablan de universo, de Dios, de Providencia. No importa el nombre. Sin duda la vida tiene un diseño amplio, expansivo, inconmensurable y a veces extraño para nuestras limitadas cabezas. Nosotros no podemos entenderlo y por eso es un misterio o pensamos que todo es fruto del azar. Y ese misterio encierra el poder de los arquetipos, de los guionistas, de los obradores de milagros y con un poco de enseñanza, nos damos cuenta de cuánto poder puede ejercer esa visión en nosotros.

    Hay fuerzas y energías. Saber diferenciar el poder creador de cada una de ellas, porque son muchas y diversas, es empezar a caminar por la magia del milagro. Digamos que cuando entregamos nuestra existencia a la vida, decimos eso tan sagrado de “hágase Tú Voluntad y no la mía”. Esa sentencia encierra dentro de sí un poder infinito, porque entonces nos entregamos a las fuerzas cósmicas, a las energías que nos han de llevar hacia un propósito mayor. No es fácil esa entrega incondicional porque no siempre estamos preparados para asumirla, entenderla o ejecutarla. Nunca nadie nos advirtió que la vida fuera fácil y que más allá de lo aparente, existe una ancha dimensión de experiencia que ignoramos.

    Por eso estos días me decidí estar atento, observar el escenario con suma atención para ver si era capaz de descifrar las señales, lo milagroso, más allá de la pura magia de actuar. Creo que algo entendí y por eso mañana me marcho a Barcelona unos días, siguiendo las señales e intentando descifrar sus pistas. Vamos a ver si puedo mantener la atención y ver qué ocurre. Seguiré buscando en lo milagroso el siguiente paso a seguir.

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    ¡Pobre Beethoven!


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    “Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

    La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, «Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

    Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

    Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

    Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

    A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. «Estaré a tu lado, incondicionalmente», dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

    ¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de «me gusta», que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, «bloquearlo». Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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    Je est autre


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    Esta semana creo que la noria me lleva hacia abajo… debe ser la luna o alguna mala configuración astral… no lo sé… pero subido a la noria miro a mi alrededor y sonrío… y me digo, «bueno, ahora toca bajar, agárrense que vienen curvas»… y sigo sonriendo viendo como caigo en la tristeza, en la melancolía, en la soledad. Son procesos inevitables con los que ahora intento convivir. Sí, hay una gran mejoría interior con respecto a meses anteriores, pero ahí está la noria, dando vueltas locamente de un lado para otro. Sinceramente, ya no me importa la noria, ahora disfruto del paisaje, sea otoñal, sea primaveral o sea como sea. Ya no importa. De verdad.

    Decía Tolstoi en su Ana Karerina que todas las familias felices se asemejan y que cada familia infeliz, lo es a su modo. La infelicidad tiene esas cosas. Hace únicas las experiencias y producen un resultado asombroso y diferente en cada persona. Esta mañana, mientras paseaba acompañado por un tramo del camino de Santiago, a la altura de Sarria, expresaba esa necesidad de saberme infeliz, pero al mismo tiempo esperanzado. Quiero decir que puedo ser consciente de que estamos vivos, y que, por lo tanto, no hay que tener miedo a expresar abiertamente lo que uno siente. Se lo decía a mi interlocutora. Nos escuchábamos, sin conocernos de nada, compartiendo secretos anímicos, sin miedo, sin tratar de juzgar ni ser juzgados.

    Creo que es hermoso desahogarse, ya sea en un paseo otoñal como el de hoy, ya sea con la escritura. Ya no me importa si me leen un millón de personas o cuatro. Yo simplemente me desahogo, por si ayuda en algo, o por si me ayuda a mí mismo. Mi acompañante, al desahogarse, al contarme su historia aún sin conocerme, me ha dado luz, me ha ayudado a comprender cosas que sin su mirada, sin su forma de entender la vida y de afrontarla, no hubiera nunca entendido. Estoy muy agradecido cuando quedas con un desconocido y abre su alma sin reparo. Cuando ves como caen lágrimas por su rostro sin miedo al juicio. Estoy francamente agradecido por el paseo, por la confianza y por el aprendizaje oculto.

    Decía Rimbaud en sus “cartas videntes” que “je est autre”, algo así como ahora soy diferente o ya soy otro. Esa es una sensación en la que meditaba estos días. Observaba mi pasado no muy lejano y me miraba ahora y notaba ese cambio inevitable. He querido compartir esa buena nueva y he escrito otras de mis patéticas cartas. Pero esta vez no me importaba parecer patético. Me daba cuenta que era yo mismo, pero diferente, y por lo tanto, mejor. Mejor para afrontar la vida con valentía, sin miedo. Mejor por acercarme hacia lo que siento sin complejos y expresarlo abiertamente. Si no hay miedo, y esto es importante recordarlo siempre, hay amor. Ya lo sabemos, así que amemos sin miedo.

    Ya soy otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín”, rezaba la primera carta de Rimbaud. “Porque ya soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, decía la segunda. Eso es muy revelador, porque siempre hay algo que nos transforma y nos convierte en otra persona, en otro ser sin perder nuestra esencia de madera o de cobre, y no es culpa alguna de nadie si eso ocurre, de lo que antes éramos. Los hechos infelices o traumáticos tienen ese poder mediador entre lo que éramos y lo que ahora somos. En estos tres meses de profundo cambio he podido descubrir ese sanador lugar donde todo cambia cuando puedes sorprendente en una vida aparentemente tranquila y tras un hecho traumático, volver a nacer a otra existencia totalmente diferente.

    ¡Cuántas veces no habremos nacido una y otra vez! ¡Cuánto hemos cambiado sin darnos cuenta! Miramos nuestros recuerdos, nuestra memoria pasada y no nos reconocemos. Lo sorprendente es tener consciencia de ello cuando todo ha pasado de forma tan rápida. Mirar unos meses atrás, ver cómo hicimos las cosas y darnos cuenta de forma brusca y humilde de tantos y tantos errores. Mirarlos, reflexionarlos y aprender de ellos. Mirarte luego al espejo y ver que algo cambió dentro y fue hermoso. Eso es maravillosamente milagroso. Y valiente poder verlo y reconocerlo, poder admitir toda tu oscuridad y traspasar sus límites sin temor al que dirán. Amor, solo amor.

    Descubro en esa mirada al niño saboteador, al adolescente que se declara con derecho a no ser estimado, al adulto impaciente y casi diría que al anciano provocador. Veo todos los ciclos juntos en uno solo y veo qué fácil resulta dejarse llevar por algo añejo cuando las circunstancias nos ponen a prueba. Lo mejor es no tener prejuicio en reconocerlo, ni siquiera públicamente, especialmente ahora cuando lo público y lo privado casi han dejado de existir como entidades propias.

    Qué más da lo que hayamos hecho si nos ha servido para aprender, o mejor aún, para ser algo distinto y diferentes, para liberarnos de lo viejo y caduco. Aún no sabemos si el aprendizaje ha hecho una mejor versión de nosotros. Eso la experiencia futura lo dirá. Pero al menos ha gestado un cambio inevitable, un acierto de vida que clama movimiento y metamorfosis. Sí, ahora soy otro, qué le vamos a hacer.

    (Foto: visita inesperada de mi querido amigo Geo aquí a mi lugar de retiro). 

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    ‘I’m a nationalist’. Aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial


     

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    «No puedo creer que se haya evaporado completamente aquella ternura que llenaba de inquietud nuestra sangre, aquella incertidumbre, aquel encantamiento, aquella ansia de futuro, los mil rostros del porvenir, la melodía de los sueños y de los libros, el deseo y el presentimiento de la mujer… No es posible que todo se haya hundido definitivamente en los bombardeos, en la desesperación, en los burdeles para soldados». (‘Sin Novedad en el Frente’, Erich María Remarque).

    Hoy se cumplen cien años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Unos años antes, Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio asesinó a destajo al archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa Sofía Chotek. Quizás ese acto duró pocos segundos, pero desencadenó la hasta ese momento más sangrienta de todas las guerras. Un siglo después, ¡como pasa vanamente el tiempo!, volvemos a ver con cierto recelo como viejas tendencias humanas vuelven al tintero de la vida política y social de nuestro mundo convulso. En la vieja Europa se reavivan los nacionalismos como hace cien años. También en todo el resto del mundo se clama, como clama Trump: “I’m a nationalist”, como si ese clamor nos hiciera mejores frente al otro, como si nos hiciera especiales.

    No. No somos mejores, ni especiales. Hablar un idioma, pertenecer a una tribu, a una comunidad, a una cultura, no nos hace insignes, ni diferentes. Por suerte la genética demuestra que todos somos iguales y que las únicas diferencias entre unos y otros solo provienen del puro azar. Y ese puro hado no puede condicionar nuestra ideología, nuestra perversa manera de ver al otro como un enemigo o agente extraño ni de ver al mundo, un mundo cada día más libre, abierto y cercano, como un reducto cerrado y oscuro.

    Diez millones de muertos fue el recuento tras cuatro años de guerra entre hermanos. Diez millones de muertos por defender, cada cual, su parte en la eventualidad de haber nacido aquí o allá. Absurdo. Muy absurdo. Y aún así, cien años después, no somos capaces de honrar esos muertos y vencer la tentación de sentirnos diferentes al otro. Seguimos enarbolando nuestras patrias, nuestras naciones, nuestras banderas con ciego orgullo. Como si tener una bandera u otra fuera síntoma de pertenencia a algo necesariamente sobresaliente.

    Me pregunto cuándo esas banderas, esos símbolos patrios, esas fronteras y esas orgullosas emociones por pertenecer a uno u otro sitio dejarán paso al abrazo entre razas, culturas y religiones, a la tolerancia y al amor. Me pregunto por qué personas como Trump se enorgullecen de ser nacionalistas. Hijo de emigrantes escoceses y alemanes, debería sentirse orgulloso de haber sido acogido en esa hermosa tierra y haber podido proclamarse presidente de uno de los países que representa el futuro de la humanidad: la integración de todas las razas y culturas en un solo territorio sin distinción jurídica o legal con respecto a su procedencia. Un mundo de libertad y respeto hacia la diferencia e idiosincrasia privada y personal mostrada de forma pública desde la ciudadanía.

    Algún día este alto ideal se extenderá por toda la humanidad. Las fronteras desaparecerán, las banderas formarán parte del nostálgico folclore popular y el orgullo nacional dejará de dividir a las personas. Las tradiciones identitarias a las que nos aferramos para sentirnos parte de un grupo, y por lo tanto, diferentes a otros grupos, quedarán eclipsadas por el sentimiento de pertenencia al mayor grupo al que podemos pertenecer: la propia humanidad, un mundo de identidades múltiples, complejo, humano. De aquí a cien años, un nuevo Trump nacerá y dirá algo así: “yo soy parte de la humanidad una, y mi propósito es servir a todos los hombres y mujeres desde la buena voluntad”. Y el viejo Trump y todos los servidores del viejo mundo serán enterrados en la memoria colectiva, celebrando, cien años después, la paz mundial, la fraternidad y el amor humano como principal bandera de todos. El mundo, por suerte, nos acerca cada vez más…

    (Foto: Un niño violinista posa en las calles de Belgrado durante la Navidad de 1918).

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    Huir por los caminos


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    “Hay que dejar el mundo si deseamos seguir al Señor. Debemos dejarlo, digo, no como lugar, sino como modo de pensar; no huyendo por los caminos, sino avanzando en la fe.” Orígenes

    Llueve. Y lloverá durante algunos días. Quizás ya no deje de llover hasta la primavera. Lluvia, incienso, música y soledad. Ingredientes perfectos para el otoño. Melancolía, añoranza, reposo, colores ocres y olores arrojadizos, pausados, melosos. Libros, muchos libros. Tantos como gotas de lluvia que no cesa. Palabras, conocimientos, historias, leyendas, mitos, frases que se amontonan como ríos en sus valles, con sus meandros, con sus lágrimas recogidas en un cauce. Uno podría crear mundos con estos elementos, imaginar realidades, sentir caminos.

    Y ahí fuera la vida ahora pausada. Por la ventana veo las montañas y los bosques que abandoné hace unos meses. Allá arriba las cabañas ya deben oler a chimenea. Las castañas deben estar ya en el fuego asando el sabor único de la tierra. Las paredes están frías. La tarde se aposenta en el lecho nupcial que precede a la noche. La oscuridad llega pronto, sin sabores, sin alicientes especiales. Podría contar uno a uno los momentos y no dejarme nada por nombrar, porque son pocas las cosas que pasan. Casi prefiero que así sea. Los sobresaltos del ajetreo de antaño terminaron menguando las fuerzas. Tantos frentes abiertos que ahora resulta difícil ordenarlos, administrarlos con prudencia, con sabia respuesta a los tiempos. ¡Ay los tiempos!

    En la soledad algunos encuentran su palacio, su reino, su retiro. Esta soledad, la mía, es como vivir en el exilio, lejos de tu tierra, lejos de todos. Me doy cuenta en estos momentos lo que significa vivir en un país extranjero donde eres extraño hasta para ti mismo. Lejos de tu gente, de tu familia, de tus amigos. Lejos de todo aquello que te hizo como persona. Siempre lejos de todo y de todos. Pasear por las orillas del río es darse cuenta de lo lejos que puede llegar a estar uno de aquello que te hizo, de aquello que te dio forma y vida. Es otoño y la añoranza se acumula por tactos, por formas y tamaños. A veces vienen olores o recuerdos que se aíslan para tomar fuerza, para transportarnos a otras realidades posibles. Porque todo es posible, incluso volver atrás, incluso abrazar aquello que se marchó para siempre. ¿Cómo se puede marchar algo que estuvo tan sujeto a ti? ¿Cómo puede desaparecer ese abrazo profundo y cómplice?

    Quizás debería dejar el mundo como modo de pensar, pero ahora me siento aliviado regodeándome en la otoñal estampa. Me alivia huir por sus caminos. Me calma no hacer nada, no pensar en nada excepto en aquello que alguna vez tuvo un sentido único y verdadero. Me regocija imaginar posibilidades ahora ya casi imposibles mientras la lluvia no cesa de caer. Todo amanece gris y pronto la oscuridad volverá a teñir los recovecos más secretos y ocultos. Así es el otoño. Triste, melancólico, expectante. Pero hay algo que todos sabemos, que todos intuimos. Pronto vendrá la primavera. Pronto vendrá el nuevo tiempo. Vamos a esperar, tranquilos. Vamos a esperar.

    (Foto: © Bill Smith)

     

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    La pulsión de unidad


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    A veces encuentras seres excepcionales enclaustrados en sus vidas, que ven el mundo desde lejos, encerrados y hastiados en una nave que no avanza a pesar de que gira y gira, como si realmente fueran extraños a este planeta y todo lo que aquí acontece. Son auténticos genios que encierran su lámpara maravillosa debajo de la mesa, contradiciendo las indicaciones del Galileo. Así también me sentí a principios de esta semana. No como un ser excepcional o como un genio, sino como un ser enclaustrado. Intenté salir, dar un paseo, visitar amigos, genios y excepcionales que viven también en su propia nave nodriza, y volver de nuevo para atender obligaciones que van surgiendo. Dos días fuera, otra vez, para darme cuenta de que sigo excesivamente encerrado en mis adentros. No lo veo como algo malo, más bien como algo necesario para descansar y sanar, para reponer fuerzas y volver a la raíz de todo el asunto.

    Después de mi escapada al Mediodía, no me veo aún con fuerzas de enfrentarme al mundo. En estos días debería estar participando en una conferencia en las Naciones Unidas, en Ginebra, donde había sido invitado para hablar de las utopías. O dando alguna charla en alguna universidad de Madrid, donde me han invitado para hablar de alguno de mis libros. También un reconocido escritor, premio Planeta y alguna cosa más, me invita a encerrarnos unos días para escribir un libro juntos. ¡Qué tentador resultan todas estas cosas si viviera en el mundo! Pero de momento sigo encerrado en mí, intentando dilucidar qué será de ese futuro que ahora me resulta inquieto e incierto, pero sobre todo, intentando descansar para calmar mi propia vida siempre agitada.

    Estos días alguien me decía muy a propósito que lo único que nos sana es una conexión con el ser. El anhelo de estar con otro es el anhelo de abrazar al ser, al universo. Nuestra pulsión nos lleva a desterrar los antiguos patrones de entendimiento y buscar nuevas formas de abrazar al mundo. El vacío fértil del que habla el budismo nos permite crear algo real en la mirada ajena, en el compartir sincero. ¿Cómo manifestar la belleza en nuestras vidas si no es compartiendo? Debemos reclamar nuestra herencia como seres humanos y desvelar la luz en los otros. Todos somos inocentes de esas cargas que vamos acumulando en nuestro zurrón de viajeros. Debemos soltar la culpa y desapegarnos del pasado para profundizar en una nueva vida. ¿Por qué a veces nos sentimos tan pesados? Hay que soltar, nos repiten una y otra vez.

    No debemos exigirnos cosas para las que no estamos preparados. Esa ha sido una gran reflexión estos meses. Lo hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que la vida nos ha dado. Todos en alguna medida tenemos rabia, dolor, soledad, tristeza, miedo. No debemos abandonar todas esas cosas o esconderlas. Somos seres humanos y tenemos todo el derecho del mundo a mostrarnos como somos, con nuestras cosas buenas y las menos buenas. Estamos aprendiendo, hemos venido a esta hermosa escuela para aprender los unos de los otros y así acercarnos cada vez más a nuestra pulsión personal. Y profundizando en esta idea, lo que realmente nos mueve es la pulsión hacia la unidad. Algo profundo y complejo. Algo que nos llevará hacia un reencuentro con todo lo existente y una inevitable reconciliación con nosotros mismos.

    Sí, habrá que descansar, con el único propósito de seguir la pulsión en el nuevo día, en la nueva aurora.

    (Foto: En la India hace algunos años y como fondo de escritorio del ordenador de un buen amigo que con cariño me recuerda esa sonrisa del alma que nunca hay que perder… Gracias querido por el abrazo en el tiempo y por la pulsión de compartir con cariño y amistad)… 

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    La reunión de los cuerpos celestes


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    «En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos». Jiddu Krishnamurti

    Decía Krishnamurti en su escrito sobre “la libertad primera y última” que la mente no puede resolver nuestros problemas, que solo el amor es capaz de llegar allí donde nosotros no podemos llegar con nuestro interrogatorio interior. La mente siempre se enreda intentando explicar lo que ocurre y por qué ocurre así o asá, pero no es capaz por sí sola de resolver los grandes conflictos que asolan a la humanidad y a nosotros mismos, precisamente porque no viene acompañada de ese sentimiento compasivo que es el amor. Encerrados en nuestros problemas, resulta complejo poder atisbar más luz de la que necesitamos. Encerrarnos en nuestros mundos, aislarnos de todo y de todos, no resuelve ninguna incógnita, ni nos hace mejores ni nos permite enfrentarnos directamente a los asuntos que debemos afrontar con valentía y amor.

    Muchas veces elegimos estar solos precisamente por eso, por no querer participar de la vida y de sus complejidades. En nuestra soledad encontramos cierto refugio y seguridad. Allí nadie nos molesta, nada nos perturba, estamos a solas con nosotros mismos y no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero en esa soledad nos alejamos del amor, de la vida. El éxito de la era digital es que nos permite cierta organización y relación ficticia con un mundo que creamos a nuestra imagen y semejanza tras la soledad de las pantallas. En ese mundo elegimos con quien interactuar y cómo y cuándo hacerlo. Si algo nos molesta, lo eliminamos. Eso nos aleja del crecimiento, del enriquecimiento interior y de la fortuna del calor humano, ahora apartado por la fría interacción virtual.

    De alguna forma todo está vinculado, inclusive las galaxias, las estrellas, los átomos, las células. Todo es una gran simbiosis que se vincula desde diferentes hilos multidimensionales. Como seres humanos, necesitamos del otro para poder corresponder con nuestra propia identidad. El mito de Robinson Crusoe murió cuando descubrimos que la vida humana requiere de otros humanos. En «el filósofo autodidacta», de Ḥayy ibn Yaqẓān, ya se especula sobre la necesidad de pasar de la soledad al abrigo del mundo, donde todo es unidad y donde existe una reunión de todos los cuerpos celestes. Estar solos nos aleja de la vida y nos anula el sentido de la existencia.

    Esa reunión inevitable se ha descrito en muchas leyendas, como el mítico Simorg, y nosotros estamos llamados a ser parte de esa reunión, de esa unidad, de ese abrigo. La soledad está bien si surge de una cualidad innata desde la cual podemos crecer, pero solo es útil si de esa soledad sacamos enseñanzas para luego ser compartidas con el resto. La soledad debería ser algo temporal, o en todo caso, una soledad compartida. Como cuerpos celestes encarnados, deberíamos reunirnos en la comunidad de almas, pero también en la pareja, en la familia, en la amistad. La pareja es el mayor reto al que nos enfrentamos para crecer y desarrollarnos. La familia es nuestra gran escuela y la amistad nos gradúa en el arte de la relación, es decir, todo en conjunto, es una expresión de aquello que entendemos como amor. La vida es amor. Amor es relación.

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    La riqueza de no tener nada


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    Brasileña de origen alemán y afincada en Londres. Excesivamente bella para que pudiera ser real. Pero no tan solo por su belleza exterior, sino por su alma limpia y brillante. Miraba con atención los miles de libros que tengo aquí en este pequeño templo, repasando todas las escuelas, todas las tradiciones y filosofías que se agolpan en las estanterías. Vegana desde los quince años, había estado, por indicación de un mentor, en las selvas del Perú. Allí, en la profundidad de la Amazonía, había conocido el contacto directo con la madre naturaleza, con las tradiciones chamánicas y con la revelación del mundo más allá de las formas.

    Dejó en manos de su gerente la empresa que regenta en Inglaterra y empezó a viajar. Su despertar lo inició hace cuatro años en el Camino de Santiago, lugar donde ahora se encuentra con su autocaravana, lejos de las comodidades y lujos de la capital londinense. Un sabio alquimista reveló que su alma venía de la lejana Lemuria, y ahí todo empezó a cambiar. Las sincronicidades empezaron a surgir en uno y otro lugar hasta que vio claro que su destino era dejar la vida tal y como la conocía hasta ahora para crear un centro de sanación en el Camino de Santiago.

    La verdad es que escuchar su historia de vida me conmovía. Tomaba el café en pequeños sorbos para así poder saborear con detalle todo lo que contaba. Su experiencia con la muerte de pequeñita, sus múltiples vidas viajando y viviendo en diferentes países. Me doy cuenta de lo pequeñitos que somos cuando encontramos a seres con tanta vida, con tanta experiencia vital, con tan amplio horizonte, visión y plenitud en sus vidas libres.

    Entiendo que empiezo a abrirme al mundo y que estas visitas empezarán a repetirse con frecuencia. He habilitado una humilde habitación para acoger a todo el que venga y así poder compartir con calma. En la Montaña era fácil. Ahora entiendo que montar una casa de acogida de libre acceso tenía un poco que ver con ese frecuente peregrinar que siempre existió en mi hermosa casa del mediodía. A veces organizaba encuentros donde venía mucha gente que acomodaba como podía en las infinitas estancias de aquella morada blanca. Ahora las comodidades en la montaña son menores, pero a pesar de mi timidez huraña, comprendo que no puedo huir de esa necesidad de contacto humano que atrae a luciérnagas que buscan sus mieles, y que aquí, en este simbólico balneario de descanso y reposo, tendré que seguir acogiendo a peregrinos del alma. No tengo mucho que ofrecer, pero algo quedará en el zurrón interior cuando no paran de llamar a la puerta para simplemente conversar, compartir y abrazar con amor y amistad.

    Desde la habitación calentada por una vieja estufa, podíamos ver entre silencios como la lluvia volvía a golpear en el cristalino atardecer. Sus lágrimas golpean en el filo de la farola, creando un rítmico palpitar que desahoga agua. Los átomos se descomponen y bailan descontrolados por el azar. Pequeños animalitos se agolpan en la ventana con la esperanza de que la luz que les llega tenga algún néctar que recolectar. Los puedo contar uno a uno mientras el calor y la música enternecen los últimos rayos de sol aquí dentro. Los libros se amontonan en su soledad de un tiempo que ya no les corresponde. Las cristalinas pantallas han provocado su ocaso, excepto en esta guarida salvaguarda de algo que ya no existe.

    Ella mira atenta por la ventana y ambos nos sumergimos en el bosque adyacente. Contemplamos el respirar de la naturaleza, su palpitante sabor a vida. Tiene una visión clara, un propósito definido. Busca un espacio, como el que tenemos allá arriba, en la Montaña. Queda tentada por la posibilidad de que sea allí el lugar donde proyectar su sueño. Decidimos esperar hasta la primavera porque ahora toca descansar, toca bucear en los adentros y respirar entre aledaños. No tengo nada en este instante excepto el calor y la amistad de esta tarde otoñal, y al no tener más que eso, me siento la persona más rica del mundo. Gracias querida R. por tu visita y por hacer crecer la llama de la riqueza interior.

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