
Hay un foco de resistencia de ochenta personas que nos apoyan todos los meses puntuales. Para nosotros es nuestro aliento, es el arquetipo de sentirnos acompañados y queridos, de saber que hay ochenta personas que desde el halo invisible están apostando por este sueño. Luego están los voluntarios y los amigos que nos visitan aún cuando hace frío y cogen sus resfriados, como Roberto, uno de los primeros en pisar el proyecto y que sigue viniendo años tras año puntual a la cita del compartir. Para nosotros es como una antorcha, una luz que nos da fuerza y confianza. Y los guardianes, esos seres venidos de otro planeta para sostener el trabajo, para que la acogida y el servicio siempre renazcan desde la antorcha del amor. Para que no falte nunca un plato de comida para el peregrino, para que no falte nunca la compañía y el abrazo. No es fácil, quizás sea lo más complejo del mundo. Pero ahí están, dándolo todo.
Ayer venían tres hermanitos galácticos y tenía el gusto de acompañarlos en la comida. Identificaron rápidamente el punto de luz disfrazado de libros azules. Nos guiñamos álmicamente, reconociendo en ese gesto el valor y la confianza, la complicidad de todo el mundo invisible, de toda esa antorcha que ilumina el fuego cósmico. Siempre es una suerte encontrar a personas que hablan el lenguaje verde, que reconocen el mundo de los significados y que arrebatan al mundo arquetípico la magia del vivir. Son auténticos magos que se alinean para buscar la bondad.
Luego están los aguafiestas, los que intentan poner piedras en el camino, destruir lo construido, arrasar con todo sin importar nada el esfuerzo y la dignidad de soportar el trabajo realizado. Son los menos, pero siempre tienen la facultad de hacer mucho ruido, de tumbar el trabajo de una vida, de saquear la alegría con la tristeza. Pero a ellos son a los que más amamos, a los que más nos esforzamos en amar, porque son los que nos ponen a prueba, los que nos llevan hasta los límites para comprobar si todo es real y cierto. Sí, a ellos también los amamos.
Y luego la vida, con sus enseñanzas continuas, con sus sorpresas, con su encanto. Qué decir de la vida. No se puede decir nada. Solo podemos esperar sus milagros, sus avatares. Preguntamos a la vida sobre su poder y su respuesta es ver a dos pieles juntas abrazándose en un solo cuerpo. Son las nieblas que se buscan en la isla, lejano o cercano viñedo en el tumulto de los cielos. Lejana o cercana, la vida siempre nos acoge en su seno. La vida nos lo pide. La vida nos reclama abrazar la fuerza y el poder del amor. Nada tiene sentido sin eso que tanto anhelamos. ¡Ay la vida! Siempre ahí misteriosa, discreta, escondida entre los quehaceres que nos distraen de lo más importante. A veces tan cegados por lo material, por las cosas, por lo burdo, y olvidamos lo más importante. La vida… La vida y su fuerza, su poder, el amor. El poder del amor…

































