La importancia de sonreír


«Solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo». Aristóteles.

Tanta tristeza produce hartazgo. Por eso cuando ves a alguien sonreír no puedes más que agradecer ese gesto. Dar gracias por aportar rayos de luz, por simplificar la vida en algo tan hermoso y tan profundo como sonreír. Es como un alegato, una reverencia desde lo más profundo del ser. Cerrar los ojos y empezar a visualizar el cosmos entero. La sonrisa es como la música, un idioma secreto que todos comprendemos, que todos anhelamos, que todos deseamos por su sencillez y profundidad. Si de verdad queremos hacer algo por el mundo, deberíamos sonreír a cada instante. Pero no de forma fingida, sino de forma sincera. Levantarnos todas las mañanas, mirar a la persona que nos acompaña en el lecho y simplemente sonreír. Ese despertar ya obra milagros.

Sonreír al mundo como terapia colectiva. Para dejar de fingir y empezar a vivir de verdad. Para dejar los enfados, las torpezas, las rabietas, los errores, los fracasos. Para poder pedir perdón y abrazar al otro con una sincera sonrisa. Sentir que cuando nos equivocamos el mundo no termina, sino que nos da la posibilidad de reconocer nuestras fallas y poder reconciliarnos con una sonrisa. Mirar al que se echa de menos, mirar al que dañamos, mirar al que dejamos, mirar al otro como si fuera un amanecer.
Realmente el otro, sea quien sea, tenga la posición que tenga, no deja de ser un reflejo de lo que nosotros somos. Es una posibilidad, un trozo de fe y esperanza, es un regalo del cielo que acompaña nuestros días, de ahí la necesidad de sonreírle con veneración, con el mayor de los respetos.

Estos días no me cansaba de buscar sonrisas. Quería contagiarme de ese idioma que no requiere mayor complejidad. Quería buscar en su sencillez la elevada visión de una vida plena. Nunca entendí nuestra necesidad de complicarnos la existencia, y por lo tanto, de buscar siempre razones para la discusión o el rechazo. Quizás sea por falta de mentes educadas en la sonrisa, en la empatía hacia el otro, en la incondicionalidad del amor hacia el otro. Amar al otro con respeto, sin juicio, sin daño. La cosa más difícil y compleja que existe. Por eso el mundo está necesitado de sonrisas. Sonrisas que sigan obrando el milagro de sabernos vivos, de sabernos agradecidos y capaces de ser constructores de puentes, de abrazos, de destinos hermosos, dulces y amables. Hoy te sonrío a pesar de la extrañeza. Me inclino ante ti con sumo respeto agradecido a la creación, seas quien seas, por estar ahí. Namaste…

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Sobre mariposas y berberechos


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«Creo que una hoja de hierba es tan perfecta
como la jornada sideral de las estrellas,
y una hormiga,
un grano de arena…»

Walt Whitmann

En la alquimia, se asocia al planeta Saturno, al elemento plomo y a la Luna menguante todo el proceso llamado Nigredo. Esta fase puede asociarse a nuestras vidas como ese momento donde todo se descompone antes de poder obtener la materia pura que somos, o antes de alcanzar, en términos más profanos, nuestra plenitud como seres. El Nigredo es la noche oscura del alma donde el individuo se enfrenta inevitablemente a su sombra interior. Siguiendo con el símil, tras la noche oscura llega la introspección y el renacimiento, el Albedo en la alquimia. Luego viene el despertar, el Citrinitas para más tarde llegar al Rubedo, la perfección de lo que somos.

El camino siempre parece el mismo, o siempre parece claro. Pero todo es aparente porque a veces lo que para unos es claridad, para otros es tan solo oscuridad. En el mundo de las formas es francamente difícil alinearse con aquello que supera lo superfluo y aparente. De ahí la necesidad de entender la vida con cierto análisis alquímico, intentando elevar la mirada más allá de lo aparente.

Aparentemente, hay cosas que no pegan ni con cola, pero hay cosas que aún sin pegar requieren estar juntas. Hay fuerzas mayores que nos doblegan y hacen que una mariposa pueda abrazar a un berberecho. Pocos pueden entender esta frase, pero en el mundo de los arquetipos invisibles existe un berberecho viviendo en un mar profundo que alberga la esperanza de abrazar a una mariposa, un ser alado que voló tan alto que desapareció entre gigantes de viento, tan alto tan alto que se escondió entre palas figuradas que avanzan como manos hacia un futuro incierto. Puedo entender que un berberecho y una mariposa no albergan ninguna posibilidad en el mundo de los condicionantes, pero también puedo entender que más allá de esos condicionantes existen posibilidades infinitas que superan la razón.

Son a esas posibilidades, las infinitas, a las que nos agarramos en la noche oscura. Soñamos con abrazar la esperanza, la fe, la posibilidad. Soñamos con entender las fuerzas que se aglutinan para condicionarnos y demostrar que hay cosas que no pegan ni con cola, que son diferentes, y por lo tanto, no merecen estar juntas. A veces el miedo opera sobre nuestra voluntad. A veces la ira o la cólera. A veces el creernos lo que unos dicen sobre la imposibilidad material de que una mariposa o un berberecho puedan abrazarse.

Pero hay una perfección para todo. Y es justamente en el corazón, en lo que nos dicta a cada momento, donde hayamos las más profundas verdades. Nuestro juicio siempre es dañino porque intenta clasificar, ordenar y entender cosas que muchas veces se escapan a la razón. Hay cosas que carecen de razón, de oportunidad de entendimiento. Simplemente hay que abrazarlas con paciencia, con amor, con delicadeza, como lo hace un berberecho a una mariposa en un mundo aparentemente imposible. En el Nigredo todo esto se aprecia bien. Es tanta la oscuridad que el entendimiento interior nace siempre lúcidamente, y desde allí, todos los opuestos pueden unirse, fusionarse, amarse. Todo lo que antes era imposible, se abraza, como lo hace un berberecho a una mariposa en cualquier orilla, junto al mar.

(Foto: en Medina Azahara hace unos días…)

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En busca de nuevos paisajes


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“El auténtico viaje de descubrimiento no consiste tanto en buscar nuevos paisajes como en contemplar los viejos con ojos nuevos.” Jon Kabat-Zinn

Hice ambas cosas. Intenté descubrir nuevos paisajes y contemplar los viejos con nuevos ojos. Pero la fatalidad quiso que descubriera algo aún más importante: ningún paisaje exterior puede modificar el interior. Aún así, intenté esforzarme en cambiar de escenario pensando ingenuamente que algo cambiaría dentro. Hice mi pequeña mochila, me monté en el coche con buena compañía y viajamos hacia el sur alejándonos del frío y la nieve.

Lo bonito de viajar acompañado es que todo se hace más humano y ameno. Al compartir, diría que al compartir cualquier cosa, aunque sean silencios, la vida resulta más sencilla, misteriosa y profunda. Amor es relación, y sin relaciones, el ser humano carece de sentido. La soledad deprime los corazones humanos y los aleja de su verdadero sentido. Pensando sobre estas cosas, paramos en la hermosa Toledo para dar un breve paseo. Esa ciudad siempre me resultó inspiradora. Ya de noche, llegamos el sur donde no hacía tanto frío. Allí todo pasó rápido, casi como un suspiro. Cuando quise darme cuenta estábamos en Cádiz y en Córdoba y de vuelta de nuevo al septentrión. Cuatro días de vértigo para descubrir que nada cambia si uno sigue, por dentro, metido en su propia historia.

Pasear por las calles de Cádiz siempre se antoja hermoso, como un recorrido hacia un pasado anclado en la psique invisible de la ciudad. Fue un placer poder abrazar a un escritor de verdad, a Sergi Bellver, un nómada que vive prácticamente sin nada de un lugar para otro con la única intención de poder dedicarse a lo que más le gusta: viajar y escribir. Admiro su valentía. Soy un enamorado de ambas cosas, pero siempre necesito de un cuartel general donde descansar de tanta batalla. En eso puedo decir que soy un privilegiado porque puedo disfrutar de ello, aunque no tenga la capacidad de poder apreciarlo. Me gusta esa sensación de algunos de no poseer nada, pero al mismo tiempo, de no deber nada. Quizás la sensación de soledad y de deber algo a alguien sean mis campos de batalla. Ahora sé que no quiero estar solo, a pesar de los beneficios de poder hacerlo, y sé que no quiero deber nada a nadie, a pesar de que a veces algunas deudas te permitan hacer grandes cosas.

Me conmovió mucho volver a la que fue mi casa de diseño cordobesa, en plena sierra, con unos paisajes y un entorno privilegiado. Tuve una suerte inmensa al poder vivir allí unos años, al mismo tiempo que reconozco que fueron años muy difíciles, de complejo olvido. Casi tan difíciles como los que ahora estoy experimentando. De hecho, creo que el significado profundo de este viaje tiene que ver con mirar con otros ojos ese pasado, visitar mi antigua casa, conocer a su nueva inquilina, Carmen, una hermosa y sensible mujer que me acogió como si la casa aún fuera mía. Contemplar todo ese escenario reconciliándome con él junto con personajes que pertenecieron a esa realidad pasada, como le Petit Editor, fue un lujo indescriptible. Pude valorar todo el esfuerzo allí presente, al mismo tiempo que me topaba con la verdad de que no somos inmortales, de que todo se termina tarde o temprano a no ser que abraces la vida del alma o a no ser que dediques el resto de tus días a abrazar los corazones humanos.

Pude darme cuenta, como decía Carmen, de que todo se supera, de que de todo se sale, por muy duro que parezca en nuestro presente. Supongo que me deberé llenar de coraje, de fuerza y especialmente de paciencia, porque noto, aún, que por mucho que ahora viaje, por mucho que pueda salir de mi escenario trágico, la batalla sigue estando dentro. Prueba de ello es que aún no soy capaz de hablar de otra cosa, no soy capaz de alzar la mirada hacia otros horizontes, no soy capaz de abrazar otras realidades que las interiores. Poco a poco. No me canso de decirlo para animarme. Poco a poco.

(Foto: mientras viajábamos pudimos rescatar a esta peregrina que estaba siendo comida por las nieves. La dejamos sana y salva en O Cebreiro). 

 

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La vida de los idealistas es siempre dramática


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Escribir es desplazarse a lugares insospechados en los que el sueño es más seguro que la tierra firme”. Joseph Conrad

Amanecía todo nevado en este hermoso valle que ayer era verde otoñal y hoy se tiñó de blanco inmaculado. Ayer hicimos un repaso, ante el inminente frío invernal, de todo lo acontecido en estos meses. Especialmente sobre la fragilidad humana, sobre la falta de sentido ante la necesidad de encauzar nuestras vidas hacia lo milagroso. Me daba cuenta de que, en el fondo, estaba experimentando una especie de privilegio del que aún no soy del todo consciente y al que me tengo que enfrentar con optimismo y valentía. Escribir me ayuda especialmente a ello.

Marcel Proust decía que para escribir lo único que se necesita es soledad y silencio. En ese sentido me siento afortunado. Lo que más deseo en esta vida, en estos momentos, es escribir. Y la existencia ha querido ofrecerme la oportunidad de poder hacerlo en este solitario y silencioso balneario. Tengo sobrado un instinto narrativo que me empuja a amontonar palabras unas sobre otras, a veces sin ni siquiera pensarlas. Nunca le tengo miedo escénico a la página en blanco. Soy capaz de vomitar cualquier cosa y sería capaz de escribir cientos de libros si tuviera un mínimo de disciplina, cosa de lo cual carezco. Siempre me pregunto para qué sirve la escritura, al mismo tiempo que reconozco que no sería quien soy sin esos cientos de libros que he ido amontonando y leyendo en las estanterías de mi existencia.

Hace unos días, un amigo me animó a que dejara mi oficio de editor para imbuirme de una vez en lo que realmente me gusta, escribir. Me invitó a que volviera a escribir con mis amigos más famosos libros epistolares. En estos momentos estoy trabajando con el amigo Emilio Carrillo en un libro sobre la gestión del Misterio. Pero siguiendo los consejos de mi querido Jaime, escribí a otros amigos polémicos y conocidos. Empecé por Tardà, Dragó, Valls… Uno de ellos me llamó y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijo una frase que me llamó la atención por lo acertada y oportuna: la vida de los idealistas es siempre dramática.

Manejar con fluidez el idioma, dominar los recursos estilísticos y familiarizarse con el lenguaje es la mejor forma de enfrentarse a esa vida dramática. Eficacia y originalidad a la hora de manejar el lenguaje es la forma de construir idealmente una vida avasallada por la experiencia, la aventura y la lucidez. El poeta no acota el mundo, lo expande, y al hacerlo con esa sustancia extraña que es el lenguaje, se recorre ese viaje, entre silencios y trajes rotos, esa inútil búsqueda en los recodos de la vida. Pensando en eso hoy, al despedirme de mi querida amiga de la infancia tras un fin de semana intenso en el diálogo y el compartir, se me cruzó el cable aventuresco e invité a alguien crucial en estos días de tímida resurrección, a realizar un viaje hacia los mares del sur. Mañana temprano nos marchamos, y que la aventura y la lucidez transformen nuestras vidas para siempre.

(Foto: así amaneció hoy el escenario que habito).

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Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

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La gran revelación


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Esta mañana le pregunté qué desayunaba ante su inmediata visita. Me dijo cosas muy raras hechas con coco y avena. Desde que se hizo vegetariana está insoportable con la comida. Le dije que aquí en el Balneario sería difícil encontrar esas cosas. Fui a la tienda y tenían leche de arroz y galletas de avena. Como nos conocemos desde los siete años, la confianza hace que podamos hablar abiertamente de cualquier cosa sin prejuicio previo. Ella me conoce bien y nunca me juzga. Me quiere tal como soy, con mis aciertos y mis fracasos. Este fin de semana viene para acompañarme, para confirmar los lazos de amistad que han sobrevivido al tiempo desde que éramos niños. Una amistad a prueba de todo. Sincera, noble, verdadera.

Bien temprano hacía una temperatura agradable a pesar de que la niebla se extendía por todo el valle humeando el impresionante monasterio que da fama al lugar. Mañana las temperaturas no pasarán de cero grados y es posible que de lluvia y nieve, así que pasaremos todo el fin de semana encerrados en el ágora recordando viejos tiempos. Puse algo de incienso y marché a la tienda a ver qué podía encontrar que fuera raro y nutricional para el desayuno. Ante la ausencia de mi querida Lourdes, uno de los seres más angélicos y cariñosos que he conocido en este mundo, hablé un poco con su jefa, la buena de Angelines, la dueña de la tienda. El tema principal siempre es el tiempo, pero a veces también hablamos de política o de cómo se dice una palabra en inglés, si así o asá. Como vienen muchos peregrinos, fuente principal de ingresos de los comerciantes de este lugar, saber algunas palabras siempre viene bien para atender correctamente a la clientela. Miró mi leche de arroz y mis galletas de avena y se extrañó. «Viene una amiga que come raro«. Le dije. Eché de menos a Lourdes que anda de vacaciones. Ir a la tienda cuando está Lourdes es una bendición. ¿Os imagináis ir todos los días a por el pan y que la tendera te de un impresionante abrazo de bienvenida y despedida? Eso ocurre aquí, y uno siempre empieza agradecido el día por estos regalos.

La segunda visita obligada fue para Carmen, la directora de la oficina de Correos. Debido a mi actividad editorial, soy su mejor cliente y me trata con cariño y alegría. Todos los días tengo algún paquete que vuela hacia cualquier parte del mundo. Hoy tocaba Andalucía. Cuando las cajas son muy grandes, cierra la oficina y sube hasta el pequeño ágora para ayudarme con ellas. El trato en estos lugares siempre es exquisito, tan lejano de la frialdad con la que a veces nos atienden en las grandes ciudades. A Carmen siempre se la ve feliz y alegre, y mis dos puntos neurálgicos en este pequeño núcleo rural de no más de ochenta vecinos, la oficina de correos y la tienda del pueblo, son como puntos de luz en mi vida sosegada.

Pero han pasado muchas cosas en dos días. Quizás porque ya atravesamos el tránsito de la luna llena de tauro y parece que las energías empiezan a reorganizarse de nuevo. Ayer, tras tres meses sin subir a la finca, fui a llevar alguna cosa. Aproveché la ausencia de la gente para dar un paseo con el amigo Geo. Noté cierto caos en los espacios comunes y sufrí añoranzas que me hicieron llorar cada vez que me cruzaba con la gata Gaia, el gato Merlín, con Meiga y Chip… Llegué con Geo hasta la cabaña en las entrañas de nuestro pequeño bosquecillo, ahora tan coqueto y otoñal. Todo lo que allí vi me parecía desolado y triste. Entré dentro, me senté en mi sillón de reflexión y no podía parar de llorar en la que hasta hace poco había sido mi casa, mi pequeño hogar en el bosque. Aquella cabaña la había construido con ella, con una alegría y una emoción inmensa, y ahora ella ya no estaba. Vi que aún no me sentía preparado para volver a los bosques y menos aún a esa cabaña que tantos recuerdos me ofrecía. Geo se acercaba y me lamía las manos con cariño. Me levanté casi sin fuerzas y nos adentramos entre los árboles para dar un largo paseo pensando si ahora tenía sentido volver a vivir en una cabaña como antes. Algo dentro de mí está muy revuelvo para poder contestar esa cuestión.

En el amable pero doloroso paseo tuve una revelación. Todo el caos que veo a mi alrededor es solo algo que ha nacido de mis adentros. Es decir, no es que todo se esté derrumbando a mi alrededor y por eso yo me he derrumbado. Más bien al contrario, todo se ha derrumbado a mi alrededor porque algo se ha roto desde dentro.

Nunca hasta ayer fui consciente de este hecho. Al menos nunca de la manera en la que ayer lo pude entender todo. El universo ante mí, el escenario, se reorganizó ante el caos que empezaba a experimentar en silencio, ante la confusión en la que yo mismo me vi envuelto. Entré en una profunda crisis y todo lo que era irreal empezó a desvanecerse, a desaparecer, a huir.  Empezó a desaparecer todo como en una carta de naipes que se desmorona ante el primer soplido.

Tres meses después de eso, solo ha permanecido lo verdadero. Los amigos, especialmente los amigos, y poco más. Mañana volveremos a confirmarlo.

 

(Foto: paseando con Geo ayer por la tarde en los hermosos bosques gallegos).

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Ninguna noche es infinita


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Ayer me pasé todo el día en la horizontalidad, mirando hacia el cielo simbólico y suplicando a los inmortales dioses que fueran benévolos. La comida no es abundante en el Balneario y las ganas de cocinar han sido sustituidas por manjares imaginarios acompañados por flautas que deleitan los banquetes etéricos. Busco en el anchuroso cielo, ahora de lisas paredes, inalcanzable para cualquier mortal, respuestas a los desvanes que asolan la tierra. Si suplicara a la tradición, solo encontraría respuestas en Shiva, uno de los dioses de la Trimurti, el cual representa el papel del dios que destruye el universo, junto con Brahmá, el dios que lo crea y Visnú, el dios que lo preserva. Shiva se ha encolerizado, y por lo que me dicen, son bastantes los que padecen en este tiempo su ira.

Muchos están sufriendo la devastadora energía que todo lo destruye para que la vida se regenere en cuanto no quede ni un edificio de irrealidad suspendido en los avatares del tiempo. La destrucción, empiezo a entender a pesar del dolor que provoca, sirve para regenerar, para separar lo irreal de lo real. Así también en los plácidos atardeceres otoñales, donde todo empieza a morir para dar paso al angosto invierno, donde la muerte se manifiesta con virulencia. Es el ciclo de la vida, y es complejo entenderlo si lo miramos todo desde una dimensionalidad finita. De ahí la necesaria visión multidimensional. Sí, lo estoy pasando mal, pero todo responde a un porqué y a un para qué que pronto se desvelará.

Si lo entendemos así, debemos soportar los envites, respirar hondo y comprobar con cierta alegría y optimismo como en un pronto futuro podremos construir de nuevo algo más real y auténtico para nuestras vidas. Con la ayuda de Brahmá, podremos edificar con sólidas estructuras algo nuevo y diferente. Al menos esto me ha recordado mi querido Jaime, que me llama desde el sur para animarme, con esa gracia y alegría andaluza, a que respire nuevos aires. “Siempre has sido un alma libre incluso en los peores momentos”, me decía mientras escuchaba atento sus palabras en este hermoso ágora donde me encuentro. Respiré el olor a incienso, sus melodiosas palabras y recordé mis años de vida en Andalucía, en aquellos valles y montañas plagados de luz, olor y color.

Quizás le haga caso. He invitado a una amiga a dar un paseo por eso de compartir las aventuras, y viajaremos hacia el mediodía para cambiar la perspectiva, para comprobar que hay más vida después de todo derrumbe y para darme cuenta, como ayer decía cariñosamente Cristina (gracias querida por tu carta), de que ninguna noche es infinita. Así que gracias queridos amigos por vuestra inspiración. Toca mirar adelante, viajar y seguir saboreando los placeres del alma libre compartiendo con aquellos seres reales que se sujetan a la amistad incondicional, en lo bueno y en lo malo.

(Foto: ayer reflexionando en la horizontalidad sobre los devenires de la vida. Siento, ahora que todo se derrumba, que mi sueño de ser escritor quizás esté próximo y sea realidad. Especialmente en este año, cuando hace ahora una década que empecé a escribir en este blog).

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¿Qué hacer cuando todo se derrumba?


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La inteligencia en movimiento es el universo, decía Jiddu Krishnamurti en su segundo diario. La habilidad de la inteligencia es poner al conocimiento en su justo lugar. El universo, el propio cosmos, es un proceso, decía el Noumicon. Alguien me dijo que en estos días el estado lunar cambia y entramos en un nuevo ciclo astrológico que durará seis meses. Digamos que habrá un cambio desde la inteligencia universal que afectará inevitablemente al proceso en el que ahora nos encontramos, con la confianza de que todo se volverá a ordenar para poner al conocimiento, y de paso a las personas que lo albergan, en su justo lugar.

Tras tres meses de catástrofes personales y profesionales sin tregua, estoy deseando que la luna, los astros o los mercurios retrógrados de turno cambien de una vez y la inteligencia y los procesos se apiaden de esta frágil vida humana. Ayer recibí otra nueva noticia catastrófica que cambia de nuevo mi vida y un trabajo continuo de doce años para siempre. No hay tregua en este derrumbe. Miro a mi alrededor y es como si un ciclón hubiera arrasado con todo, o mejor dicho, como si estuviera arrasando con todo y yo permaneciera inmóvil contemplando el paisaje devastador sin mucho margen de maniobra. Por eso tengo ganas de experimentar lo nuevo desde el vacío vertiginoso en el que ahora me encuentro y esperar que el reordenamiento de la inteligencia ponga en marcha una nueva onda encantada, un nuevo proceso.

Las malas noticias de estos días me hicieron reaccionar, en un primer momento, tras unos días de calma, con cierta virulencia. Ayer me desperté a las cinco de la mañana y no pude hacer nada en todo el día, excepto enviar algunos libros a las américas. Permanecí inmóvil, colapsado, atravesado por la realidad. La palabra es una manifestación de un conocimiento, o es un recipiente del mismo… pero la inteligencia y lo sagrado de la misma es una experiencia. En estos momentos estoy siendo testigo de la experiencia de vivir el vaciado de lo hasta ahora conocido para enfrentarme a una nueva realidad, un nuevo enfoque, a una nueva experiencia que la inteligencia desea que experimente. La sensación es de vértigo acompañada de una serenidad extraña, quizás nacida cuando ya todo te supera.

¿Qué hacer cuando todo se derrumba? Sin duda, tras los primeros envites cargados de rabia, he intentando poner el foco en la quietud. En no hacer nada, en esperar acontecimientos o milagros que resolvieran el nudo gordiano donde me encuentro. Pero no hay día que no traiga una mala noticia, una nueva catástrofe. Además, sumo la pesadez de descubrir engaños, burla, insensatez y desproporción. ¿Cómo es posible el poder vivir engañados? ¿Cómo es posible que las personas aún nos autoengañemos o engañemos a los seres supuestamente queridos que nos rodean? Así, lo único que se puede hacer es plantarte humilde ante los acontecimientos, contemplar tu pequeñez ante la tragedia inevitable, respirar hondo ante cada error y torpeza que cometes, suplicar entendimiento para valorar el daño, permanecer inamovible en los pilares básicos de nuestra vida y emprender un camino generoso hacia nosotros mismos y el resto.

Si la inteligencia en movimiento nos ha llevado hasta este lugar, hasta esta situación, es porque algo importante quiere de nosotros. Algo que debemos analizar con cautela, con calma, con proporción. Algo que nos aproxime a la verdadera esencia de lo que somos, y nos aleje cuanto antes de la mentira y la hipocresía. Quizás tan solo lo que se está derrumbando sea eso mismo. Lo ilusorio, y cuando todo acabe, en la próxima revolución estelar, únicamente permanecerá lo verdadero. Lo verdadero siempre persiste, sean las circunstancias que sean. Lo falso se desploma, desaparece, huye, se esconde y con el tiempo, se olvida.

(Foto: paseando hace unos días por las ruinas del parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra. El reflejo de las ruinas que permanecen con el tiempo es equiparable a todo aquello que se construye con fortaleza y amor verdadero. Pasa el tiempo pero el edificio permanece).

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La insoportable levedad del flow


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Hoy me desperté con los ojos como platos a eso de las cinco de la madrugada. El insomnio nació de una conversación que tuve ayer con una buena amiga. Resulta que una conocida suya dejó plantado en el altar al que iba a ser la pareja de su vida. Tras eso, desaparece de repente y a los pocos días se la ve en la plaza pública con un ex que también abandonó hace años. La secuencia es dramática, especialmente para el que se quedó con el anillo puesto esperando en el altar. Pero es un síntoma, o un ejemplo, de como se está articulando las bases de esta nueva sociedad que estamos construyendo. Una sociedad sin valores, que desprecia el más mínimo síntoma de decoro y educación, de respeto y elegancia a la hora de hacer las cosas. Una sociedad que aupa y justifica este tipo de actos en nombre del fluir, de que los tiempos han cambiado y de que ahora las cosas son así.

Es cierto eso que dicen que cuando uno se hace mayor se vuelve inevitablemente más conservador, más tranquilo, más sereno. La vida supongo que te llena de experiencias, conocimiento y algo de sabiduría que, aunque no siempre es bien gestionada porque la propia existencia siempre te pone a prueba, sí nos sirve como guía ante aquello que ya conocemos y experimentamos. De alguna forma, cuando uno entra en edad, aprecia los valores de la solidez, aquello que nos permite consolidar nuestras perspectivas desde una zona de confort segura y estable.

Pero los tiempos cambian y los valores también. O quizás lo que cambia es la actitud de las personas ante dichos valores. Lo que antes parecía sólido ahora es líquido, o incluso diría que gaseoso. Ya lo predijo Bauman con su sociedad líquida. Todo es líquido, fluido, temporal, desarraigado. Los trabajos duran poco tiempo, también las relaciones o los lugares que habitamos. Se rompen los lazos de amistad en nombre de la fluidez. “Hay que fluir” es el insoportable mantra de las nuevas generaciones. Y al hacerlo, arrasan con todo. Con familia, con parejas, con amistades, con trabajos, con dinero y con hogares enteros. A uno le entra un calentón, y como hay que fluir, asolan, saquean y destruyen todo aquello que hasta hace poco parecía sólido y seguro.

El premio es esa sensación de libertad temporal que nos empodera. Una sensación que descubrimos a finales del siglo pasado cuando el mercado nos dotó de tarjetas de crédito con las que de forma inmediata podías comprar un montón de cosas en esos lujosos centros comerciales. Era un subidón, una libertad impresionante que duraba diez minutos y que luego teníamos que ir pagando, esclavizados a un crédito, durante años. El símil ocurre y es perfecto para las relaciones. Fluimos, destruimos hogares por un calentón que nos empodera en esa sensación de libertad y arrasamos con años y años de esfuerzo. Luego, por supuesto, pagamos el crédito de nuestros altos vuelos, de nuestra frágil sensación de empoderamiento. ¡Cuantas relaciones sólidas se han roto por esa sensación de fluidez ante lo fácil e inmediato!

Quizás me hago mayor, pero estoy cansado de la gente que se me acerca con ganas de fluir, de vivir una aventura y experimentar sin ningún tipo de solidez que sostenga esa experiencia. No confío en las personas que hipotecan su vida por un momento estúpido de libertad. Es desconcertante vivir en estos tiempos donde la promesa y la palabra ya no tienen valor. Donde los principios mínimos de ética y decoro han desaparecido y donde todo vale en nombre de la libertad. Me hago mayor y quiero vivir en un mundo más sólido, más seguro, más tranquilo. La irresponsabilidad del flow y sus acólitos defensores me aterra. Porque en tiempos futuros, donde todo se improvisará en nombre del fluir, sin un mínimo acuerdo, sin un sentir verdadero, sin un saber estar, terminará inevitablemente con nuestra sociedad y sus valores, conduciéndonos a una selva de difíciles e inimaginables consecuencias.

(Foto: fluyendo hace unos días por las hermosas calles de la fortaleza portuguesa de Valença con una buena amiga donde hablábamos, mientras apreciábamos la belleza de la casa azul de esta ciudad, sobre las relaciones y su inconsistencia presente. El símil del edificio siempre es hermoso. Cualquier proyecto se sostiene siempre en sólidas bases). 

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La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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La fe que cierra el círculo


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Si ayer pudiste mirar tras la cortina, hoy toca caminar más allá de ella. Cuando el sol se pone y llega la noche, nos acostamos a la orilla del río, en un lecho apropiado aquí en el Balneario. Pero en cuanto se descubre la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, la vida empieza a darnos esa oportunidad única de ser felices.

Todas las tardes, y gracias a las sinceras recomendaciones de M., mi doctora preferida, -hermosa, sabia, prudente y angélica- paseo por los arrabales del río Sarria cruzándome una y otra vez con imponentes peregrinos que deambulan misericordes y ya cansados hasta Santiago. Me gusta mirar sus rostros, observar en su mirada un trozo de sus vidas, de su alma. Nos cruzamos una sonrisa necesaria, como si fuera un alimento imprescindible para seguir adelante. Mi paseo es corto, no más de una hora de ida y vuelta, pero a veces los acompaño un tramo, viendo como sus pesadas cargas se vuelven más livianas ante la presencia anónima. El alma se alimenta de pequeños gestos. Oxigenar pulmones, sonreír, caminar y siempre agradecer a la vida todo cuanto nos da y nos quita. Un ejercicio terapéutico para sanar los adentros.

Hoy el paseo, gracias a la compañía del amigo Joaquín recién llegado de Madrid, se alargó durante más de siete horas y más de treinta kilómetros. Hicimos el hermoso tramo de Samos a Sarria por un camino cargado de otoñada, y su vuelta plagada de encuentros y reencuentros. El ánimo generoso se dejó persuadir por la abundancia de vida, de color y olores que el camino ofrece en un día agradable de otoño. El amigo me hizo sentar separadamente del mundo para contemplar, desde otra perspectiva, las realidades envolventes. Con sumo cuidado me alargaba la mano de la amistad como las amarras de un buque que se yergue firme ante la marea. Desahogaba en él mi tristeza inevitable, pero también la esperanza del nuevo día y la alegría de estar a su lado. ¡¡Hemos paseado por tantos lugares juntos!! Inolvidables los viajes a Mongolia y la India e inolvidables los momentos únicos e irrepetibles en el jardín del Morya.

Pudimos hablar de amor y desamor, de geopolítica y economía, y por supuesto de aquello que más nos une, de Misterio, de fe, de magia y milagro. Es hermosa la sintonía que sentimos en tantas y tantas cosas, pero cuando tocamos de forma sutil y sublime la belleza de la vida manifestada, el sincronario interior se revoluciona hasta alcanzar el cielo. Creamos sin querer en este paseo hermoso por valles y montañas, por bosques profundos y bellos paisajes un tratado de monadología como haría el bueno de Leibniz, un discurso metafísico donde las sustancias simples se podían rozar con el aliento sincero y perpetuo.

La amistad a prueba de fuego y tiempo te hace sentir vivo, humano, acompañado en esa familia extensa que se deleita en el cuidado de los seres que amamos a pesar de las distancias que puedan separarnos. Nos hacemos mayores y vemos como ese calor compartido es el mejor regalo que nos podemos dar como seres vivos. El abrazo sincero, el paseo intenso en ese círculo que se cierra en la fe, como decía siempre inspirador el bueno de Joaquín. Es la fe la que nos permite creer en ese mundo bueno en el que soñamos y es la fe la que nos provoca la alegría de seguir adelante, practicando los caminos con gestos sinceros y amorosos. Que así sea por mucho tiempo. Así que gracias querido Joaquín por tu sincera amistad y por querer acompañar a este humilde peregrino en un momento difícil. Gracias por estar ahí, siempre. Gracias por tu fe compartida y avivada.

Foto: Con Joaquín pasando el día en el Camino de Santiago y celebrando más de diez años de amistad. Si queréis conocer a un gran hombre y mejor persona dará una conferencia en Madrid que no tendrá desperdicio:  

http://espacioronda.com/event/conferencia-publica-la-fe-que-cierra-el-circulo/

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura, y gracias a los que se suscriben…

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El ágora con puentes de oro y plata


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Desde hace tres meses no pongo el despertador. Hacía años que no sentía la libertad de seguir los ritmos de la vida. Los primeros dos meses, debido a mi estado anímico y emocional, dormía bien poco. Solía despertarme puntual a las tres o a las cuatro. Podía estar con los ojos abiertos durante horas sin ver nada, solo dando vueltas en la cama, regodeándome en el dolor y sufriendo nocturnamente la soledad de una cama vacía. Desde hace dos semanas he recuperado la normalidad onírica. Me despierto a cualquier hora, a veces a las siete, otras a las nueve y otras simplemente alargo la horizontalidad el tiempo que mi cuerpo perezoso me lo indique.

Es una forma de sanación. Dar al cuerpo lo que pide tras años de exigencias extremas. Noto que este tipo de vida es seductor. La soledad, la falta de horarios, el tiempo que se acumula para poder administrarlo como uno quiera sin mayores obligaciones que las que yo mismo me imponga. Estar convaleciente, aunque sea por una enfermedad emocional como puede ser un duelo desgarrador, es algo hermoso.

Tras una pequeña meditación matutina me esfuerzo por seguir cierta rutina. Ir al baño, afeitarme, ducharme, desayunar algo y luego trabajar en la editorial hasta que el hambre me obliga a volver a la cocina. Por las tardes, y gracias a la ayuda de D., he acomodado un espacio al que llamo ágora. No es exactamente un ágora para la discusión y la dialéctica, sino un espacio para la meditación silenciosa, para el compartir y para crear la arquitectura de lo que será mi próximo futuro. Lo que antes era un almacén de libros ahora se ha convertido en un pequeño rincón de lectura, de escritura y de compartir. Una especie de diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, como diría Galileo, pero siguiendo las posturas del neófito Sagredo, es decir, viviendo y experimentando desde la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a ningún dogma o creencia. Simplemente observo atento y discrimino silencioso, sinuoso, tranquilo. Ya no hay prisa por nada. Absolutamente por nada, excepto por vivir.

Con D. pude estrenar el espacio mientras mirábamos en los mapas donde viajar durante siete días, sin pausa, por esta ancha Galicia. Al final la comodidad del lugar nos llevó a franquear incluso las fronteras más meridionales. Con B. pudimos abrazarnos, compartir, reír, imaginar hasta altas horas e incluso celebrar su revolución solar con dos velas simbólicas en una noche especial y mágica improvisando un pastel de cumpleaños a base de frutos secos. Con M. he podido compartir inquietudes sobre los próximos devenires utópicos y especialmente sobre la fortaleza inamovible de seguir adelante. Y mañana tocará compartir con J., y en unos días con la amiga X. y en otros con M. y con A, que vienen de muy lejos para abrazarnos y compartir… He pasado del silencio más absoluto al discurrir peregrino de almas que pasan, te abrazan y se van hacia su propio septentrión, pero siempre dejando esa sensación amable de cercanía, cariño y amor.

Si, un pequeño lugar donde reposar, pero también una pequeña plaza pública donde volver al contacto humano, esta vez seleccionado, medido, oportuno, sin avalanchas y sin necesidad de que nadie desee vampirizar una emoción o un pensamiento. Solo compartir, desde la amistad, el amor y el cariño con suma delicadeza. Me doy cuenta de la riqueza de poseer tantos y tantos amigos que están ahí, en lo bueno y en lo malo, que no huyen cuando las cosas se complican y que permanecen fieles e inamovibles a pesar del temporal. A los que huyen, como dice mi querida D., puente de plata. Y a los que regresan una y otra vez, la compensación de la eterna amistad, del oro del verdadero sentido del amor y el cariño. Un tesoro, el mayor de todos, que no todos aprecian.

(Foto: Pequeño rincón donde compartir. Antes un almacén de libros, ahora un lugar mágico con olor a libros, incienso y amistad. Si tu imaginación te lo permite y puedes oler el incienso y ver más allá de la forma, mira tras la cortina. Allí, una oleada de peregrinos libres deambulan con sus pasos errantes hacia su destino. El Camino espera tras la cortina). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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En el balneario


sdr

Hoy hace justamente tres meses que conocimos la fatídica noticia que nos separaría para siempre. Estábamos en el hospital abrazados mientras extirpaban el estómago a un buen amigo. Nunca pensamos que esa llamada en ese instante iba a ocasionar tanto dolor. Ella se marchaba a Francia y yo al Limbo. Imposible reconciliar realidades tan dispares.

Tres meses de dolor, de sufrimiento y de llanto. Tres meses difíciles donde todo parecía derrumbarse de golpe, como si realmente hubiera vivido durante los últimos años, en un castillo de naipes. Lo irreal desaparece, dicen en un Curso de Milagros. Solo lo real permanece. Y lo real, lo único real a lo que me aferro es a este momento esculpido entre estas paredes, rodeado de libros y montañas y un río que contemplo desde la ventana. Al lugar lo he bautizado con el nombre simbólico de el Balneario. El nombre tiene que ver con alguna lectura de juventud de la mano de Hesse, pero también con la sensación de estar en un lugar retirado a solas para poder sanar. Un lugar donde las aguas discurren rozando cada cauce sinuoso, donde los árboles crecen hacia unas alturas imposibles, donde la vida se contempla de forma pausada, diferente, tranquila, mientras contemplo desde la ventana el paso lento y difícil de peregrinos cansados.

Me había propuesto no escribir en mucho tiempo, pero la fecha merecía unas letras, y quizás también el inicio de un comienzo esperado, anhelado. Uno no puede pasarse toda la vida en la ilusión de la espera, quizás creyendo que lo ilusorio realmente era el derrumbe, y no la montaña. Que cada grano de arena, por pequeño que fuera, volvería a su lugar correspondiente. Es esa esperanza a la que siempre nos agarramos con fuerza mientras las emociones siguen su curso en la empalizada del sentir. El carrusel provoca esas angustias y deambulamos inevitablemente en sus aguas. Son cosas del autoengaño que se van diluyendo cuando cuento los pasos, uno a uno, de todos los peregrinos que pasan junto al río.

La observación y la experiencia pueden convertirse en vías de acceso a un mundo diferente. Llevo tres meses observándome en esta experiencia. Observando mi ira, mi rabia, mi dolor. Al principio desgranaba todo ese fuego en cartas que nunca debieron existir. No es bueno controlar la ira, o intentar domeñarla, pero tampoco es correcto vomitarla encima de nadie. Uno debería irse al campo y soltar allí, en solitario, todo ese dolor desesperado. O debería marcharse a un balneario como en el que ahora estoy para sanar con paciencia todo ese sufrimiento. Pero nunca, jamás, deberíamos vomitarlo sobre nadie. No está bien, hace daño y es innecesario. Pedir perdón cuando uno se equivoca no sirve de nada. El dolor está hecho, y sus consecuencias han sido devastadoras. No supe hacerlo de otra manera. No en ese momento desesperado.

Siendo un experto en sabotear relaciones, quizás la ira sirvió de estímulo para salir huyendo, para abandonar el barco, para romper con todo aquello que se escapaba de las manos, para, de paso, obligar al otro a que saltara también y no quisiera saber de mí en mucho tiempo. La artimaña dio resultado, y siempre me preguntaré porqué me especializo en creerme no merecer ser feliz junto a alguien. La vida nos pone a prueba constantemente, nos deleita con suma facilidad para ver hasta dónde somos capaces de soportar. Admito que esta vez la prueba fue dura. Excesivamente dura. Tanto que temí por el hilo de vida, por el hilo de consciencia que me sujeta al mundo. Tanto que temí romperme para siempre sin posibilidad de colocar cada una de las piezas en su lugar. Al no merecer ser feliz, dinamité con fuerza todo el edificio.

Por suerte ocurrió algún milagro y aparecieron los ángeles custodios. Un especial agradecimiento a B. y D. que agarraron mi mano en el último instante antes de que todo terminara en la devastación. Un especial agradecimiento a todos aquellos que en estos tres meses, como enfermeros del alma, estuvieron ahí, cuidando de mis heridas, lamiendo una por una cada llaga sin temor a contagio, sin reproches, sin juicios, sin culpas.

B. me abrazó tan intensamente que me rescató del abismo. Su amor y cariño, su paciencia en ese momento tan oscuro nunca podré olvidarlo. Me ofreció su palacio cuando no sabía donde ir, a quien acudir, a qué puerta llamar. Me agarró con fuerza medio moribundo. Lamió cada herida, me dio de beber y de comer día y noche, sanó un trozo de mi alma ausente. Cada vendaje, sin ella saberlo, iba recomponiendo ese crisol roto, desvalido, apagado. ¡Como agradecer lo que hizo en mí cuando me rescató de golpe de la noche oscura!

D. amasó fielmente la promesa de visitarme cada mañana y cada noche para que no desmayara en el camino. Nunca podré pagar lo que hizo en mí. Nunca había visto una fidelidad tan a prueba de bombas. Su paciencia, su constancia diaria, puntual y su viaje para estar toda una semana entera cuidando al enfermo obraron el milagro que faltaba para la resurrección. Su mensaje simulado fue claro: «levántate y anda». Y eso hice. Dejé de tener pesadillas, empecé a dormir bien, a comer bien, a retomar los hábitos, empecé a sonreír de nuevo.

Y el resto estuvo ahí, de forma intermitente pero constante, animando al moribundo en su resurrección, con suma paciencia. No puedo estar más agradecido, especialmente por aquellos que, después de tanto tiempo sin saber de ellos, ante la dura prueba, reaparecieron para sujetarme firme, para evitar que mi llama se apagara. Habéis sido tantos que no tengo espacio suficiente para nombraros uno a uno.

También estoy agradecido al Balneario. Un lugar sanador cuyo refugio y calma hace de estos momentos un tiempo irrepetible. Un lugar que me acogerá, al menos, hasta la próxima primavera, tiempo suficiente para haber sanado y tiempo suficiente para reorientar el propósito que la vida exige.

A los que hice daño, pido perdón con sumo respeto. Especialmente a ti, querida N. Nunca encontraré forma alguna de compensar todo lo que hiciste en mí, porque al romperme, me hiciste nuevo.

(Foto: El balneario, al fondo, hace unos días). 

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El amor convivido


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Os comparto este relato lúcido de un buen amigo que nos habla del amor en tiempos donde el amor es algo complejo y reducido a la mínima expresión. Es importante la reflexión para los que aman, para los que desean amar y para los que desean ser amados. Gracias querido Mario por tan hermoso texto. 

 

Todo en esta vida nace para sucumbir a la Ley Suprema. Por eso me fascina el ocaso, al que sigue la oscuridad que se desvanecerá con un nuevo alba.

¿Habéis escuchado la expresión amor imposible? Yo sí y recientemente y me parece un contrasentido porque amar a otra persona es siempre posible. Otra cosa es que ese amor sea o no correspondido.
Por tanto, amar a otra persona siempre es posible. Otra cosa es que ese amor sea, como digo, correspondido por la persona amada, pero la ausencia de reciprocidad no elimina la capacidad de amar. Nace entonces la categoría de amor no correspondido, que, en todo caso, sigue siendo amor, y posiblemente una forma especialmente pura de amar. ¿Podría decirse que ese tipo de amor sin correspondencia del amado es la esencia del amor platónico? Bueno, generalmente se entiende así, aunque Platón consideró que el verdadero amor era el que se dispensaba al Conocimiento y a la Sabiduría, algo que puede resultar singularmente patológico para muchos que en estos tiempos consideran a la Cultura, al Conocimiento y a la Sabiduría trastos obsoletos para ser arrojados al baúl de los recuerdos inútiles.
Pero en su acepción mas inmediasta, el amor platónico se caracteriza por un tal alto grado de pureza –por así decir— que no reclama la correspondencia. O, incluso, cuando de ella se dispone, su esencia es amar sin pedir nada a cambio al amado/a. Quien ama en esa forma es feliz por amar y lo es más si esa felicidad inunda el corazón del amado/a.
La idea es muy digna de ser valorada, pero, ¿es real? ¿Acaso en estos tiempos nuestros localizamos con frecuencia esa forma de amar? Me cuesta responder afirmativamente al interrogante. ¿Por qué? Pues porque somos un producto cosmológico destinado a convivir. ¿Y eso que implica? Pues todo o casi todo. Cuando se casó mi hija le dediqué un libro —vaya manía que tengo con los libros— en el que le explicaba que el verdadero amor, en términos gráficos, no son dos círculos tangentes, ni siquiera secantes. Incluso más: tampoco dos círculos concéntricos. Es un no-círculo, sin contornos definidos que reclama, no la fusión de dos en uno, sino en el Ninguno del hinduismo. Cuando dos personas se aman se desnudan de eso que el budismo llama personalidad para fundirse en un Todo en el que se desvanecen las individualidades. ¿Y eso ocurre con frecuencia? Pues en mi experiencia, no. ¿Por qué? Porque estamos educados en la individualidad a todo trance y ello implica un cultivo del ego con todos sus desperfectos que constituyen cánceres del alma como el exceso de amor propio, los sentimientos de inseguridad, de inferioridad o superioridad, los miedos, los pánicos, el exceso de los celos… En fin, todo ese equipaje en el que nos vemos obligados a convivir. Y, ¿quien se atreva a arrojar la primera piedra sosteniendo que se encuentra totalmente libre de tales desperfectos anímicos?
Y aquí quería llegar: un amor correspondido puede fenecer en el altar de la convivencia cuando por encima del amor se superponen los egos. Es así como el convivir se convierte en el arte de mayor envergadura y quizás en el mayor enemigo del amor cuando esos desperfectos se traducen en individualidades que se autoafirman a cualquier precio. ¿Nos han enseñado que convivir implica renunciar a esas parcelas inflacionadas del ego individual? Pues no estoy seguro. Pero he contemplado en mi vida como la convivencia fulmina el amor precisamente por esa no-renuncia.  Así que la gran asignatura pendiente del amor es, no solo ser correspondido, sino, sobre todo y por encima de todo, convivido.

M. C.

Gracias Fundación Ananta


 

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Desde hace algunos años venimos colaborando de formas diversas con la Fundación Ananta, y tanto la propia fundación como sus miembros siempre han apadrinado y apoyado de alguna forma nuestro proyecto. En el fondo, nos mueve la misma filosofía, que no es otra que tomar consciencia de que somos una sola humanidad, y de hacer un esfuerzo, desde la mayor toma de consciencia de este hecho fundamental, de la necesidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Esto es un alto ideal que hay que perseguir constantemente no sólo desde grandes acciones grupales y hermosos ideales, sino también desde las pequeñas contribuciones individuales que cada uno de nosotros podamos hacer en el día a día.

Desde la fundación Dharana, nuestro empeño sigue siendo el de construir lugares donde podamos reunirnos y pensar juntos las mejores maneras de crear ese mundo nuevo, no sólo nuevo en las cuestiones materiales, haciendo especial hincapié en lo relacionado al cuidado de la madre naturaleza, sino también buscando fórmulas positivas para que la consciencia y la convivencia humana sean cada vez más equilibradas y armónicas. Por eso decimos que lo que promovemos son experimentos sociales donde se pueda profundizar en los valores que deberán marcar las próximas décadas, enfocando nuestra investigación práctica en la construcción real, y no sólo imaginada, de ese nuevo mundo. El proyecto O Couso pretende ser un primer ejemplo de todo ello, y ojalá tuviéramos fuerzas y recursos para que ese ejemplo se multiplicara en otros espacios y lugares.

En estos últimos cuatro años, no sin dificultad, hemos logrado hitos de convivencia, de valores y de nueva consciencia. Hemos reconstruido con esfuerzo y empeño un lugar que adolecía de abandono y deterioro. Con nuestras actuaciones estamos revitalizando una zona endémica, despoblada y con urgente necesidad de actividad y promoción. Nuestra humilde aportación local se extiende inevitablemente a internacionalizar un proyecto que ya es conocido en muchos confines de la geografía mundial. Las recetas que intentamos aplicar, siempre en continua revisión, pretenden formar nuestro potencial humano en realidades palpables bajo la atenta realización de la belleza, la armonía y el bienestar.

El Proyecto O Couso sigue siendo un reto importante. La casa de acogida intenta dar cobijo y comida a todo aquel que venga hasta el proyecto basados en la hospitalidad de los antiguos hospicios del camino de Santiago, cuyo lema era “deja lo que puedas y coge lo que necesites”. En tiempos modernos, lo que pretendemos con este mensaje es hacer énfasis en la economía del don como nuevo modelo experimental de compartir bienes y servicios y de la recuperación de los trabajos antiguos de hospitaleros del camino de Santiago, ampliando este concepto, el de Camino, hacia todos los caminos del espíritu que requieren llegar simbólicamente a alguna parte. En estos cuatro años hemos dado unos sesenta y cinco mil platos de comida (entre desayunos, comidas y cenas: 3 comidas por 365 días al año por una media de 15 personas al día por 4 años) y hemos alojado a unas cuatro mil personas, entre voluntarios y peregrinos. Todo esto sin que la casa esté terminada y sin que el proyecto esté oficialmente abierto. Toda una proeza.

Además de la casa de Acogida, tenemos dos proyectos en marcha: el de la comunidad (ya tenemos tres cabañas terminadas y estamos trabajando en otras tres), donde ya somos unas quince personas viviendo de forma estable; y el proyecto de una escuela de dones y talentos, corazón principal que da sentido a todo lo demás y cuyas bases materiales estamos ya planteando. Todo esto en un contexto y entorno hermoso a tres kilómetros del camino.

Por eso estamos enormemente agradecidos a la Fundación Ananta y su patronato por haber donado en estos días una aportación de 3.333 euros, los cuales ayudarán a poner en marcha la primera fase de la construcción del nuevo tejado de la casa de acogida. Gracias a su aportación podremos empezar con la primera fase, donde ya hemos podido conseguir algunos materiales y donde podremos proteger, si todo va bien, la casa del siglo XVI que espera ansiosa una profunda renovación. Ya tenemos los primeros troncos que hemos podido limpiar para en unos días poder colocar en el tejado. Luego tendremos que pasar a la fase de entablado y aislamiento y por último la compra de losas de pizarra para poder culminar esta parte del tejado. Es un reto, un gesto, una prueba más de que podemos seguir avanzando para ofrecer cada día más lo mejor de nosotros.

Dar y recibir es una constante universal, una fuerza que mueve el mundo y el universo, y que también contagia energías suficientes para movilizarnos como seres humanos. En el Proyecto O Couso nuestra constante es dar, dar y dar más. Por eso, cuando recibimos, nos sentimos profundamente agradecidos por obrar la obra y el milagro. Nuestro empeño continua. Fieles a nuestro mandato, seguiremos construyendo este nuevo mundo, materialmente, y también humana y consciencialmente.

Gracias Fundación Anananta por vuestra aportación, esperando poder ser útiles también a vuestra causa.

Pd. Si deseas ayudarnos a reconstruir y culminar las obras del tejado, puedes hacerlo de múltiples formas. Puedes venir de voluntario, formar parte del patronato de la fundación y apoyar con ello de forma más comprometida el proyecto. También puedes venir una temporada para vivir con nosotros y así contagiarte de la difícil tarea de convivencia y reto humano. Hacen faltan responsables para todos los departamentos. También puedes echarnos una mano desde donde estés, con un ingreso a la fundación Dharana, proyecto O Couso, número de cuenta o a nuestra cuenta de Paypal:

info@dharana.org

Cuenta Triodos Bank: ES54 1491 0001 2121 2237 2325

Gracias de corazón por cualquier granito que ayude a soportar esta hermosa obra.

Los libros de la ciencia oculta


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Hoy es mi último día en Ginebra. En unas horas cogeré el vuelo que me llevará hasta Santiago y tendré tiempo, en ese intervalo superior, de altura, de poner orden en todo lo aprendido estos días. Nos ha dado tiempo a muchas cosas y ha sido muy productiva la labor en la Escuela. Hemos podido terminar el primer tomo de Tratado sobre los siete rayos, titulado Psicología esotérica, y hemos podido ordenar en la web los veinticuatro libros de AAB que ya se pueden comprar desde Nous, tras un importante esfuerzo e inversión en tiempo y dinero. Estamos también preparando una campaña entre los estudiantes para conseguir los libros con un importante descuento y así ayudar a que los libros sean accesibles tanto para ellos como para amigos y conocidos.

Es cierto que este tipo de libros es para una pequeña minoría. No tienen difusión ni son libros comerciales porque nadie, ni siquiera los propios estudiantes, logramos entender del todo su enseñanza oculta. Son complejos, difíciles de abarcar en su amplitud, pero al mismo tiempo, son necesarios. Digamos que encierran y guardan dentro de sí elementos importantes que inspirarán en el futuro a personas que darán con claves y argumentos sólidos para la nueva ciencia, el nuevo arte, la nueva civilización. De ahí que su conservación y su transmisión sea una labor necesaria e imprescindible.

En Nous hemos heredado esa responsabilidad para España y nos sentimos eternamente agradecidos por poder recoger el testigo para los próximos años después de la inmensa labor que en ese sentido hizo la editorial Sirio en los años ochenta. Desde nuestra pequeña editorial estamos ayudando a editar una nueva hornada corregida por estudiantes y actualizada, en los tiempos que corren, a las nuevas tecnologías. Las ventas sirven para alimentar el fondo de los libros de AAB y los beneficios editoriales para apoyar la labor que la fundación Dharana está realizando en la construcción de la escuela de dones y talentos dentro del proyecto O Couso.

Si queréis apoyar esta labor y de paso profundizar en la enseñanza oculta, podéis hacerlo desde este enlace:

http://www.editorialdharana.com/catalogo?c=escuela-arcana&sello=nous#/page/1

Si queréis ayudar en la difusión de estos libros o hacer un regalo a amigos y familiares de toda la colección, desde la editorial ofrecemos un descuento del 50% para el que compre toda la colección. El dinero se empleará en este mes para la compra del material necesario (maderas y troncos) que se utilizará en la reconstrucción del tejado de la casa de O Couso, el cual tiene un presupuesto de diez mil euros en materiales y que debemos hacer frente en los próximos días. Mientras, nosotros seguiremos trabajando para que los espacios de O Couso sirvan también como biblioteca universal de libros espirituales y de nueva consciencia, y así todos los visitantes y amigos puedan disfrutar de un lugar privilegiado con una colección de libros privilegiados que no se encuentran en todas partes.

Gracias por vuestra ayuda y apoyo incondicional.

Un nuevo mecenazgo para un nuevo tiempo


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Queridos amigos,

Hace un año que dejé de escribir en la web de Creando Utopías y me atreví a sondear la propuesta de mecenazgo que ofrece la web Patreon. Mi sueño siempre fue el poder vivir de la escritura, ser un esforzado jornalero de la pluma, como lo fue Edgar Allan Poe, pero tal y como están cambiando los tiempos, eso resulta complejo y difícil y cabe la posibilidad de que muera pobre y maldito como el famoso escritor americano. Tras muchos años escribiendo y publicando una docena de libros puedo decir que prácticamente no he ganado nada. Eso me motivó a explorar la plataforma de Patreon, donde aliados, amigos y mecenas podrían ayudar a emancipar la escritura de nuevo, el arte de escribir y la posibilidad de poder vivir de ello. Me puse como objetivo alcanzar mil quinientos euros al mes.

En Creando Utopías tenía cerca de cinco mil seguidores suscritos que seguían fielmente la escritura diaria y más de medio millón de visitas. Pensé ingenuamente que de esos cinco mil suscriptores algunos volcarían su apoyo en Patreon, pero la realidad fue que en un año solo conseguí el apoyo de algo más de treinta fieles amigos que hasta el día de hoy me acompañáis.

En unos días volveré a entregar el que espero sea el último borrador de mi tesis doctoral después de más de doce años de intenso trabajo. Ha sido una tesis tan compleja y apasionante a la vez que me ha robado mucho tiempo para hacer otras cosas que tanto me gustan como leer y sobre todo escribir. Este año que finalizo esta larga etapa me gustaría volcarme aún más en la escritura y seguir avanzando en la misma con dedicación y pasión.

El reto que me he propuesto, y para evitar aburrir a los mecenas que me apoyáis de forma sincera, es la de imitar el estilo de Creando Utopías que tanto éxito tuvo. De esa forma, voy a dividir la escritura en diferentes temáticas a la que podréis acceder según vuestra suscripción, recordando que cuanto mayor sea la suscripción, a más contenidos se accede. Con esto evito aburriros con temas que a lo mejor no os interesa y de paso recupero mi pasión por escribir de cosas más allá de las cotidianas del día a día.

La división que he hecho es la siguiente:

  •  1€ – Cosas del día a día
  •  5€ – Espiritualidad
  • 10€- Proyecto O Couso
  • 15€ – Viajes, libros y Utopías
  • 20€ – Economía y Ecología
  • 30€ – Política y herejía
  • 50€ – Proyecto Simorg
  • 100€ – Arca Lucis
  • 200€ – Alexandra

La idea es intentar escribir todos los días según el sentir y la actualidad personal y social de cada momento y de paso seguir apoyando los proyectos que durante estos próximos años vamos a desarrollar. Espero de corazón que todos nos sintamos bien en esta nueva andadura y que todos podamos aprender mutuamente de la experiencia.

Quedo eternamente agradecido por todo vuestro apoyo incondicional y por todo lo que gracias a vuestra importante aportación he podido realizar este año. Gracias por vuestro mecenazgo, gracias por vuestra sincera colaboración, gracias por acompañarme.

Gracias por tu apoyo


manos

Estimado amigo,

hace tiempo que no sé de ti. Creando Utopías se creó para idear la utopía y poder diseñarla mediante escritos que sirvieran de inspiración. Gracias a tantos años trabajando incondicionalmente en estos escritos, pudimos hacer realidad la utopía. Entonces, ¿para qué hablar de ella si ahora la estamos construyendo con nuestras propias manos? Realmente no hemos dejarlo de hacerlo, pero sí es cierto que hemos cambiado la forma para poder, de forma incondicional, apoyar el sueño.

Me he dado cuenta de que construir la utopía requiere de mucho esfuerzo, quizás de muchas vidas en una. Es por eso que decidí buscar recursos adicionales para poder seguir adelante. Además de mi labor de editor, estoy intentando potenciar la labor de escritor para poder ingresar íntegramente todo lo que reciba al proyecto utópico en el que trabajo. El proyecto O Couso se está construyendo gracias al apoyo incondicional de mucha gente y por eso me atrevo a insistir en que me echéis una mano en su construcción para que la felicidad y la inspiración de un mundo mejor pueda alcanzar cada día a más gente.

Como ya sabéis, ahora escribo desde la plataforma de Patreon, un lugar donde se puede acceder a partir de un euro al mes, dinero que empleo íntegramente en el proyecto. Por favor, no dudéis en seguir leyendo sobre utopías y su complejidad en el siguiente enlace:

https://www.patreon.com/creandoutopias

Si queréis colaborar con el proyecto directamente, podéis hacerlo en el siguiente enlace con un euro al mes junto a casi cien personas que ya lo hacen:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

Sea como sea, gracias de corazón por estar ahí y sigamos construyendo paso a paso un mundo mejor.

Un abrazo siempre sentido…

Javier

 

Patreon, una nueva forma de ser más libre


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Estaba terminando hoy el prólogo a una edición especial del 500 aniversario del libro Utopía, de Tomás Moro, cuando pensaba en la difícil tarea de ser hoy día escritor, poeta, soñador o artista. Malvivir de los libros durante diez años, visto ahora con cierta perspectiva, ha sido toda una proeza. Quizás el destino de todo poeta, escritor o soñador que no destaque especialmente por nada sea precisamente eso, sobrevivir como se pueda. Es el precio, dicho sea de otra forma, de apostar por ese oficio mal pagado donde nunca se gana nada pero que, de alguna forma, dota tu vida de sentido y profundidad. Un amigo artista, pintor de fina brocha, de los mejores que he conocido a pesar de su obcecación por la oscuridad y el mundo de las emociones extremas, me lo decía una vez sentados en una sombra que nos resguardaba de un caluroso verano andaluz: no cambio esta vida por nada del mundo. Se refería a la vida de artista, a no saber si mañana tendría algún céntimo para comprar una barra de pan o para comprar si quiera algún pincel o pintura.

Viendo que el mundo de la edición va de capa caída, de mal en peor, cuando ya casi todas las distribuidoras han caído o lo están haciendo, cuando las librerías cierran una a una y los editores se quiebran ante la evidencia, me preguntaba qué sería de esta labor y qué podría hacer para sobrevivir, si no ya dignamente, sí al menos libremente.

El precio de la libertad es prudentemente caro. Incluso el precio de hablar libremente. Ambas cosas se han conjugado en un tiempo donde hace unos meses un amigo, Rafa, me ponía en la pista sobre una plataforma para autores y artistas que pretende la proeza de vivir o sobrevivir, tanto monta, con algún tipo de sustento material. Estos días me he atrevido a explorar la idea y el resultado aún no sé cómo encajarlo. Sin embargo, soy mucho de impulsos, de intuiciones, y quiero experimentar con un lugar resguardado, con una vasija de barro donde estemos aquellos que realmente queramos estar.

En resumen, se trataría de cobrar por mi oficio, el de escritor, renunciando cada día más a un trabajo, el de editor, que va muriendo poco a poco, centrando quizás unas pocas ediciones anuales, hechas con cariño y sin prisas, casi de forma artesanal, a la espera de tiempos mejores. Viendo la dificultad que he tenido para vender las editoriales y así por lo menos poner en orden mis cuentas, voy a probar con una fórmula donde pueda escribir ya no de forma tan seria como últimamente iba haciendo, sino de forma más natural, donde todo quede en familia, entre amigos, y donde pueda expresar nombres, situaciones e inquietudes sin símbolos, sin oscuras dilataciones, sin máscaras. Un lugar donde pueda hablar sin cortapisas, donde pueda de nuevo colgar fotos desnudo cagando en un bosque mientras nieva o lo que sea con tal de reencontrarme de nuevo con esa espontaneidad que ciertas circunstancias me han arrebatado.

Posiblemente el éxito será menor. Posiblemente pasaré de los más de cinco mil seguidores actuales a una docena, quizás menos. No me importa, quiero experimentar esa libertad y esa responsabilidad de escribir de forma más libre y más cercana, de forma diferente, de forma casi anónima.

Después de más de ocho años escribiendo en este espacio libre para todos, llega un tiempo de recogimiento, de estar más en familia, un lugar donde poder discutir de forma más cercana con aquellos que, más allá del propio derecho a saber, sienten la responsabilidad de acompañar este proyecto utópico de forma más estrecha y comprometida.

A partir de hoy, me podréis encontrar en este nuevo espacio. El precio será barato, lo que pueda costar el invitarme una vez al mes a tomar un café. No es mucho lo que se pide. No sé si algún día conseguiré vivir de la escritura, pero creo que este será un primer paso importante hacia ese propósito.

Gracias de corazón a los que siempre habéis estado ahí sin pedir nada a cambio, de forma incondicional. Gracias igualmente a los que ahora quieran tomar un café en vivo y en directo con este vuestro siempre amigo.

Nos vemos aquí, a partir de ahora. Desde este espacio relataré mi primera Nochevieja en soledad aquí en la cabaña, con mi tradicional plátano, y todos los encuentros que se vayan produciendo de forma directa y clara con gente interesante, ahora sí, con fotos, nombres y apellidos. También anotaré cosas muy personales que solo se pueden contar a amigos y conocidos, y si todo va bien, podré desnudar tranquilamente algún secreto de estado sin que por ello me metan en ninguna oscura cárcel. Una nueva etapa, una nueva vida de escritor, un nuevo relato. Año nuevo, vida nueva. Gracias, gracias, gracias…

 

https://www.patreon.com/creandoutopias

 

 

 

La importancia de la herejía


hereje

Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

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Las piedras del solsticio


 

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«Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre». Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.

 

Somos Uno


 

manos

A las cuatro de la mañana las temperaturas eran bajo cero. Algo me hizo despertar antes de tiempo. Quizás las ganas de lanzarme de nuevo a la aventura, las ganas también de estrechar mis brazos entre abrazos afines. A esas horas no se ve nada excepto la magia lunar que entra por los vórtices de las tres ventanas. Cerré los ojos un instante antes de marcharme. Quería dar las gracias por el nuevo día y desearme un buen viaje a sabiendas de lo peligroso que resulta viajar. Tardé más de hora y media en atravesar los puertos de montañas, las tierras que separan el mundo celta de las tierras castellanas. Había mucha nieve y no habían pasado aún las máquinas que despejan las carreteras. Iba con sumo cuidado advirtiendo que cualquier descuido podía ser fatídico.

A las once ya estaba en Madrid. Me esperaban largas colas burocráticas pues tenía que entregar unos documentos. Tras ejercer mi responsabilidad, terminé en casa de una nueva amiga, una hermosa autora a la que acabamos de editar un libro. Una interesante persona que percibe la vida de forma amplia, sin estrecheces ni egoísmos, generosa, dispuesta a ayudar a cualquiera sin importar su necesidad. Hablando de amigos en común me dijo algo que llamó mi atención: somos uno. Miraba su lujosa casa en pleno barrio de Salamanca, justo frente a la biblioteca Nacional, lugar por mí tantas veces transcurrido en otros tiempos. Observaba todos sus libros, su mesa ancha y grande, sus sillones grandilocuentes. Veía en la belleza y esplendor de su lujo un halo de sencillez y ternura. Realmente, independientemente del escenario, sentíamos que realmente éramos uno. No había más palabras que añadir.

A las cuatro, tres calles más abajo, no muy lejos de donde estaba me aguardaba una persona querida. Una persona a la que tan sólo había visto una vez en mi vida pero de la cual tenía un grato recuerdo. Me recibió con ese amor y cariño tan especial de la gente que admiras y te admira. Aunque tú no me conozcas, yo conozco toda tu vida, me decía una y otra vez. Estuvimos hablando durante dos generosas horas donde expresábamos la admiración mutua. En algún momento de la conversación, llegamos a decir algo que ya resonaba en mí. Somos uno en la diversidad, somos uno en la unidad.

Esa frase me acompañó toda la tarde y noche. Cuando nos reunimos en el lugar donde iba a dar comienzo la cena veía como uno a uno iban entrando los comensales. Todos tan diferentes, todos tan heterogéneos e incomparables, y sin embargo, todos allí, unidos por un mismo propósito, por una misma visión, por ese gran abrazo colectivo.

Cuando me tocó hablar para agradecer la presencia de tantas personas que habían venido desde tan lejos para estrechar los lazos de esa comunidad invisible, sólo se me ocurrió decir lo que antes había escuchado por dos veces: somos uno. No importa nuestras diferencias, nuestra procedencia, nuestra cultura o creencias. Realmente somos una familia fraternal que aspira, a pesar de todo, a unir sus corazones, a pensar en el bien ajeno como en el propio, que desea un mundo en paz lleno de felicidad y desapego.

Es complejo tener esa visión unitaria. Pero a veces, cuando sales lejos de ti, cuando te atreves a penetrar en los caminos añejos, descubres que, por muy diferentes que seamos los unos de los otros, hay algo inmanente que nos une.

Antes de marcharme a media noche para volver a tierras celtas, ella se acercó, me abrazó con un cariño inusual y con voz dulce y amoroso me dijo un «te quiero». Fue uno de los abrazos más intensos y hermosos que recuerdo. Por un instante me sentí afortunado y dichoso. Somos uno, me repetía a mí mismo en ese momento indescriptible. Somos un mismo ser manifestándose en diferentes experiencias, enriqueciendo su alma y su espíritu con miradas diferentes. Somos uno, y algún día, con cualquier excusa, nos daremos cuenta de ello.

Gracias de corazón


a

Es difícil expresar con palabras esos sentimientos de agradecimiento que se apoderan de nosotros tras la cena de la que pudimos disfrutar el pasado viernes en Madrid. No sólo por la generosidad expresada por aquellas sesenta personas que estuvieron con nosotros cuando al principio pensábamos, con claro optimismo, que no seríamos más de veinte o treinta amigos. También por aquellas que sin estar quisieron desde lo más lejos apoyar el evento aportando su granito de arena y echando una mano en todo lo que han podido. Un especial reconocimiento al impulsor de la iniciativa, nuestro querido Manuel Jesús, y a la ayuda incondicional de Ana y Laura las cuales han estado dándolo todo para que el evento saliera bien.

La cena fue especialmente hermosa en un espacio que enseguida se nos hizo pequeño pero también cálido. Casi no nos dio tiempo a nada pues a medida que ibas saludando a unos y otros el tiempo pasaba deprisa. Eran pocos los abrazos sentidos en comparación con la anchura de nuestros corazones y almas. Teníamos ganas de estar con todos, de dedicar todo el tiempo del mundo para envolver a unos y otros. Llegamos a la conclusión de que eso sería muy difícil en tan poco espacio de tiempo, así que nos animamos a compartir más momentos como este en nuevos eventos, nuevos espacios, nuevos tiempos. Así que nos abrimos a acoger nuevas propuestas que nos pongan en contacto más directo con esa otra comunidad que nos protege desde la distancia, que se hace una cuando nos vemos y nos reunimos incluso en lugares tan lejanos. Personas que ni siquiera han pisado O Couso pero que lo sienten muy dentro. Seres con ganas de seguir apostando por un cambio de paradigma posible, realizable, configurado en el cariño y la amistad.

Llegaron amigos desde muchas partes de España y algunos recién llegados de lugares tan lejanos como Inglaterra o las islas Canarias o Argentina. Vimos que éramos todos muy distintos. El entrañable Luis el Polaco estaba feliz porque descubrió de repente que todos los que van a Couso no son precisamente hippies, sino que también hay empresarios, profesores, médicos, ingenieros, periodistas, anónimos o famosos, ricos y pobres, de izquierdas y de derechas, creyentes y no creyentes. De alguna forma, conseguimos unir en un solo círculo una diversidad plagada de entrega y amor.

Esa es una de las grandezas de O Couso. La casa de acogida, que esperamos que este año sea aún más cómoda que el anterior, está abierta a todo tipo de alma peregrina que desee pasar con nosotros un instante, o toda una vida. Bienvenidos peregrinos, bienvenidas almas buenas. Sigamos reencontrándonos en nuevos encuentros. Alguien ya dijo de llamarlos “encuentros peregrinos”. Su doble significado quizás merezca nuestra atención.

Gracias de corazón por todo, gracias de corazón por creer en un mundo mejor, y hacerlo posible.

Pd. Si queréis organizar algún evento solidario para apoyar el proyecto por favor ponte en contacto con nosotros en info@dharana.org   Será un placer poder viajar a cualquier parte para compartir.

(Texto extraído de http://www.proyectocouso.org)

 

La economía del don como futura moneda de cambio


 

15391420_10211438536539057_3540827642181122885_oY la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes”. (Hechos, 4:32)

 

La difícil tarea de emanar el nuevo mundo es siempre compleja y también sorprendente. Los pioneros de todos los tiempos siempre han sido mancillados, tomados por locos o quemados en la hoguera de la ignorancia y el desprecio. Lo nuevo, lo que genera un sistema más adecuado a la realidad que ha de venir, siempre tiene un momento de crisis, de extenuación, de sorpresa. Cualquier idea nueva, cualquier emoción, intención, proyecto o acción que desee provocar un cambio posible siempre tiene resistencias. Lo seguro es lo que conocemos, pero lo desconocido siempre da terror, da miedo, pavor.

Crear un nuevo mundo, un nuevo paradigma para sembrar las bases del futuro es una tarea ardua. Es evidente que lo viejo no caerá desde una posición de lucha contra los antiguos pilares de lo que hemos creado durante milenios. Lo nuevo nacerá como esa semilla que se quiebra en la tierra oscura y húmeda y crece hacia la luz para hacerse fuerte y grande. La quiebra dentro de la oscuridad siempre es necesaria. Ahora estamos en esa oscuridad, en esa quiebra inevitablemente de lo viejo hacia lo nuevo.

La economía, o los valores que mueven a la economía actual, es algo que cambiará inevitablemente. Las cosas que realmente tienen valor no tienen precio. El amor, el cariño, la amistad o la hermandad son valores que jamás podrán ser comprados con dinero. Un día no muy lejano orientaremos nuestras vidas a buscar en nosotros aquello que no tiene precio, algo tan valioso en nuestro interior que querremos regalarlo, ofrecerlo. Algo tan grande como nuestro don y talento no podrá ser mercantilizado en ningún mercado, en ningún tipo de angustia sobre qué será aquello que vendrá después. Las relaciones económicas se basaran, como en las antiguas comunidades cristianas, en dar a aquel que lo necesite, y coger aquello que nos haga falta.

Realmente nos daremos cuenta en ese franco cambio, en esa intensa transformación, de que cada día necesitaremos menos cosas, menos tipos de cosas que se mercantilizan con el origen de la vanidad, el egoísmo y la codicia materialista. Esos viejos valores serán cambiados por la generosidad, por la necesidad de buscar lo mejor no tan sólo para nosotros sino también para el resto. Y especialmente, lo mejor de nosotros para ofrecer al mundo, nuestro don, nuestro entusiasmo hacia la vida. Los frutos serán esos talentos que nos harán felices. Ya no tendremos que mercantilizar nuestra mano de obra porque seremos orfebres de nuestros dones. Disfrutaremos con nuestro trabajo y lo entregaremos para el disfrute y gozo de todos. Aún queda mucho para que ese tiempo llegue. Quizás la revolución robótica y tecnológica que se aproxima dote a la humanidad de mayor tiempo y recursos para lograr cierta felicidad material que revertirá inevitablemente en una innata felicidad interior. Mientras eso ocurre, algunos estarán llamados a visionar ese nuevo mundo, describirlo, imaginarlo, pensarlo, para ser arquitectos de lo nuevo. Los visionarios alzarán la mirada por encima de lo añejo y compartirán la luz de los nuevos tiempos.

Mesa cero, cena de O Couso


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Estimadas amigas, estimados amigos,

Queremos expresar nuestro más profundo agradecimiento por la acogida que nos vamos a dar todos en la cena a favor del Proyecto O Couso. A unos días del evento hemos cubierto casi totalmente el aforo de setenta personas que nos vamos a juntar para celebrar todas las cosas buenas que hemos vivido juntos.

Por desgracia tenemos que cerrar hoy las plazas de inscripción pero tomamos buena nota para próximos años, si todo marcha bien y se repite, para intentar buscar un lugar con mayor aforo y así dar cabida a todos.

Para todos los que no podáis venir y queráis colaborar con el proyecto, podéis hacerlo en la “mesa cero” a la siguiente cuenta de la fundación:

FUNDACIÓN DHARANA. BANCO ÉTICO TRIODOS BANK:

ES54 1491 0001 2121 2237 2325

El viernes nos vemos y disfrutamos de la compañía y el reencuentro. A los demás, os esperamos aquí en O Couso o en cualquier otra parte del mundo… ¿os animáis a organizar más cenas, encuentros o eventos solidarios para darle un empujón al proyecto O Couso? Desde aquí estaremos encantados y lo recibiremos con alegría.

Gracias, gracias, gracias…

(Texto extraído de la web: www.proyectocouso.org)

Libros ambulantes


 

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Si no recuerdo mal, la primera vez que esos libros viajaron a Escocia fue en el frío invierno del 2007. Por ese entonces llevaba poco tiempo viviendo en Andalucía donde empecé la tesis doctoral y mi sueño siempre fue vivir uno o dos años en la ecoaldea de Findhorn para poder realizar mi estudio comparado sobre la vida comunitaria. Allí estuve unos meses pero por cosas de la vida, terminé viviendo en una granja perdida en alguna parte del norte y también gélido país alemán. A partir de ahí empezó todo un periplo por medio mundo buscando y buceando en el complejo entramado de las relaciones humanas.

El invierno pasado, coincidiendo con el décimo aniversario desde que empecé la interminable tesis doctoral, volví a meter todos esos libros de antropología en cajas de cartón bien amarradas en mi, ahora ya anciano híbrido, y volví a la conquista de las tierras del norte, en las más profundas Highlands.  Mi idea era estar tres o cuatro meses para finiquitar la tesis y tener tiempo de defenderla ese mismo año ante el tribunal académico. Al final no pudo ser. Un mal entendido con un constructor, a los dos meses de estar concentrado en la bahía de Findhorn, hizo que se precipitara mi regreso a España. De nuevo todo quedó a medias.

Todas estas aventuras fueron relatadas con pelos y señales en este blog, un espacio que nació desde la más absoluta libertad y que ahora, paradójicamente, mide cada una de sus palabras para que nadie se sienta molesto. Desde hace un tiempo me siento como si la Gestapo estuviera detrás mía midiendo cada palabra para amputar cualquier atisbo de libertad o gesto de emancipación individual. Como digo, esto es una paradoja que yo mismo he creado, y que yo mismo debo pensar como deshacer. Quizás desde otro blog donde pueda escribir de forma anónima o quizás escribiendo como siempre he hecho, en plena libertad, ateniéndome a las consecuencias. Ya veremos como lo resuelvo. Lo cierto es que desde hace un tiempo intento hablar siempre simbólicamente sobre algunos temas, y quien tenga ojos que vea. (Perdón por el inciso).

Sea como sea, esos libros que arrastro me enseñaron a pensar, a ser libre, a emanciparme de las ideas preconcebidas del mundo y sobre todo, a no aceptar normas que se presentaran ante mi consciencia como injustas. Y por eso mi aprecio es íntimo. De todas las mudanzas que he hecho en estos años, y deben de ser ya más de veinte, lo único que he rescatado de cada una de ellas han sido los libros.

Por eso hoy me ha parecido significativo que parte de ellos, porque tengo miles esparcidos por varios rincones, especialmente los que tienen que ver con cierta espiritualidad y con cierta especialidad antropológica que me ayudará a rematar la tesis, hayan hoy vuelto cerca de mí. Hacía más de dos años que esos libros no dormían en la misma habitación que yo y hoy de nuevo están aquí, a mi lado, acompañando esta nueva etapa de retiro en los bosques, de entrega monacal, de encuentro filosófico, moral y espiritual con el ser humano.

El Nauroz es el año nuevo persa y viene a significar la renovación de la creación. Según la tradición transmitida por Dimasqi, nos cuenta Eliade, el rey proclamaba en ese día: “he aquí un nuevo día de un nuevo mes de un nuevo año; hay que renovar lo que el tiempo ha gastado”.

De alguna forma, así me siento hoy, renovando alguna parte de mi vida para ser mejor instrumento al servicio de los tiempos. Estos libros que ahora me acompañan es como la fiesta persa, luces y fuegos innumerables en la noche de la regeneración. Sembraré en ella siete especies de granos y según su crecimiento sacaré conclusiones sobre la cosecha. Así será el comienzo de una nueva vida, ahora mirando fijamente a los bosques y sus misterios. Gracias queridos libros, gracias queridos sabios. Sigamos adelante cumpliendo nuestra parte.

Esa tenue luz


 

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La tenue luz que ilumina este instante es aún más frágil que la luminiscencia de una pequeña vela. Es suficiente para saberme no del todo aislado en la tiniebla, como si su pequeño halo fuera capaz de soportar toda la responsabilidad poética de este momento. Realmente estar aquí es como estar protegido dentro de algo cotidiano en otro plano, como si este lugar siempre hubiera existido en alguna parte y tan sólo la realidad estaba esperando su manifestación. Es la sensación que tengo cada vez que, desde hace tan solo un mes, camino por la senda llena de hojas otoñales y llego hasta la puerta órfica de la cabaña. Es como si todas esas cosas que nacieron del apeiron volvieran a él. Como si las eternas manifestaciones del cosmos se resolvieran en esos procesos de philia y neikos, creación y destrucción constantes.

He consagrado el día a barnizar la nueva estantería que ya, a estas horas de la noche, alberga los primeros libros. Es un gozo indescriptible el volver a tener un espacio ordenado para los textos que siempre me acompañan. También tuve tiempo de barnizar parte de las paredes exteriores de la cabaña en una jornada otoñal con buena temperatura. Es mi compromiso para que el ejemplo de la misma pueda inspirar a nuevas luminarias y dar cobijo, en un futuro, a una posible comunidad.

De momento sirva mitad ermita ofrendada a la cultura espiritual y mitad nuevo lugar de trabajo al mismo tiempo que hace de hogar humilde y recogido, apartado de cualquier ruido excepto el de los habitantes del bosque, muchos de ellos invisibles al ojo común.

En la soledad de la jornada, mientras hay algo de luz, aprovecho para terminar los acabados de este primer refugio. Cuando a hora temprana la luz se marcha por occidente, aprovecho para desvelar lo que reste de día en los asuntos editoriales. Desde las siete de la mañana hasta medianoche en punto el trabajo es la nota musical que engendra cada día. Al ser tareas agradables, trabajos que hago porque considero que es lo que realza el espíritu, los días se vuelven alegres y seductores. Siempre intento vivir en el momento de la ocasión, afanándome porque la vida corre deprisa y son muchos los frentes a los que hay que atender. Es esa sensación de pensar que la vida es una jornada de trabajo fugaz y hay que aspirar a disfrutar hasta el último segundo. Y haciendo cuentas, ya tan sólo me quedan, en el mejor de los casos, cuatro horas de disfrute. Terminé la primera media jornada y la próxima, la más cercana a la madurez y el sentido de la existencia, el ocaso, promete, en el mejor de los casos, pasar raudamente.

Entre brocha y brocha o libro y libro me sentía como un auténtico monje mendicante. Este lugar, y siempre así lo hemos creído, es para nosotros como una especie de monasterio vestido de modernidad. Nuestro claustro es el bosque y nuestra pequeña ermita obedece a las grandes construcciones que en otros tiempos albergaban centenares de monjes. A diferencia de otros tiempos, en este pequeño monacato somos pocos porque el sentido de humildad, de resignación, de entrega, de servicio, de austeridad, de generosidad máxima hacia la contemplación de los misterios de la vida está cayendo en desuso. Digamos que el sufrimiento colectivo se administra como píldoras analgésicas, sin procurar, en la sanación espiritual, buscar otro tipo de consuelo. Los vacíos se llenan con cosas y la soledad con ficticias relaciones imaginadas tras una pantalla. Es como si el demiurgo de este tiempo hubiera alcanzado su perfección en cuanto al hechizo común. Todos en duermevela, como viviendo una vida de ensoñación.

Por eso esta tenue luz me recuerda la urgencia de actuar. Aún no se me ocurre cómo después de haberlo hecho casi todo. No hablo tan solo de esta fugaz existencia y no hablo ni tan siquiera de mí. Hablo de la regeneración natural de las cosas, de ese urgente hecho que hace posible la vida. La luz me recuerda la esperanza, por eso me afano, aún con los errores propios de la carne, en respirar albor celestial. Sólo encuentro verdadero refugio en el silencio y en la comprensión profunda de la existencia. El misterio y su naturaleza son, en definitiva, el motor que me impulsa a actuar. Una brocha, un libro, un pensamiento. Halos de luz, halos de reminiscencias.

 

Por qué los secretos y tesoros están a salvo


 

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“Ante el trono de Dios, el ángel, con los demás ángeles, permanecieron y exclamaron: ‘Señor de mi vida, concédeme la fortaleza para hollar el sendero de la revelación, cruzar el mar de la oscura ilusión y enfrentar el camino iluminado de la tierra’. Dios respondió: ‘Ve, y ve muy lejos’. (El Sendero de la Experiencia en la Tierra)

Esta mañana en la sala sonaba la “Messe Solennelle De Ste. Cécile” de Charles Gounod interpretada magistralmente por Elina Garanca. De alguna forma se había creado un espacio sagrado entre los tres componentes que allí estaban para dar continuidad a la transmisión de los misterios y aquel maestro de ceremonias, que viendo la dificultad del momento, amenizaba el lugar con esa música angelical. Los retos de aquellos caballeros que blandían sus almas para resguardar la vida del espíritu se representaba humilde en ese instante. Por dentro sentían cierta compunción por el drama del sacrificio mientras que por fuera intentaban demostrar entereza antes los retos que se presentaban. Traspasar los límites de la comprensión escenográfica era realmente complejo. Sólo desde la música se podía entender todo el conjunto.

Durante miles de años, el conocimiento, los tesoros espirituales, han estado siempre resguardados en impenetrables logias de sabiduría, en órdenes iniciáticas cuyo acceso era profundamente difícil. Las sociedades secretas eran las garantes de que la antigua sabiduría fuera depositada siempre en buenas manos. Solo los neófitos de corazón puro podían acceder a ella. Sólo los que habían entrenado un cuerpo sano y fuerte y una mente clara podían entender la sutileza de dichos tesoros. Los valores y virtudes de aquellos que durante eones han entregado sus vidas a esos propósitos se ve compensada por esa paz interior, por esa sonrisa que muestra la inocencia de un niño que arrima su mirada a los cielos que albergan la primavera humana.

A veces esos lugares misteriosos, especialmente cuando los tiempos son convulsos, se diluyen entre la maranta y la ciénaga misericordiosa confusión. Entran en lo que algunos dan por llamar la rama invisible de la creación, el estado puro donde nada ni nadie puede perturbar el trabajo que dará paso a las ideas y mejoras de las próximas centurias.

La oración y la súplica silenciosa atrae a los espíritus virginales que de forma poética y generosa cultivan la planta, el árbol, la vida. La fuente de agua pura solo es posible beberla ante un corazón lleno de gracia. Sólo aquellos de corazón puro, de espíritu alegre, de vida entregada pueden acceder libremente a los tesoros y secretos que la vida guarda para la construcción del Adytum. No hay más defensa que la pureza de intención. Todo está ahí, visible, pero solo los que sonríen como niños pueden verlo.

Por eso hoy los ángeles cantaban en esa sala. Era la señal de que todo estaba bien, de que las situaciones difíciles solo pretenden resguardar el secreto. Vendrán instantes mejores y las puertas del templo se abrirán para que de nuevo se regenere el espíritu de los tiempos. Mientras eso ocurre, los hermanos del espíritu libre seguirán trabajando en silencio para resguardar al peregrino, proteger los caminos y saciar al desconsolado. Todo ello en su entrega desapegada, todo ello bajo la melancólica mirada de los tiempos, sonrientes, a la espera de que todo esté preparado para la transmisión. Todo está a salvo, todo está bien.