Emplea lo aprendido al servicio del mundo


DSC_0254.JPG

Aprende, no para acumular conocimientos como un tesoro personal, sino para emplear lo aprendido al servicio del mundo”. Rudolf Steiner

Somos grandes acumuladores de teorías. Una de las cosas que más nos gusta es la de atesorar conocimiento, pensamientos que vamos clasificando y amoldando a nuestras propias exigencias. Se nos llena la boca de palabras como el amor, la paz, la tolerancia, pero luego nos cuesta mucho seguir paso a paso por la senda de su práctica. Es cierto que practicar los caminos tiene su complejidad. No es lo mismo hablar del amor, pensarlo, idearlo, que practicarlo. Si las relaciones son necesarias para amar, si el otro resulta imprescindible para el acto del amor, es evidente que no haremos nada teorizando sobre la idea del cariño, del afecto, del gozo. Tendremos que rozarnos al otro, comprenderlo, respetarlo, aceptarlo, escucharlo, abrazarlo, sujetarlo con nuestro pulso en los momentos difíciles. En un mundo, el humano, marcado por la complejidad del símbolo, no bastará con decir “te amo”. Deberemos bajar hasta la realidad y demostrar que ese amor no es tan solo palabrería, ideales o pensamientos, sino que se traduce en acción, en voluntad, en poder de obrar.

Las verdaderas enseñanzas se distingue precisamente por eso. No por lo que dicen, ni siquiera por lo que piensan sobre lo que dicen, sino por lo que hacen. Es el ejemplo, la conducta, lo que marca la diferencia con respecto a lo frágil, a lo inútil, a lo irreal. Solo los poetas que verdaderamente han sentido dolor o amor podrán escribir versos inmortales. Solo los maestros que han experimentado en sus carnes la esencia de las cosas podrán hablar sobre ellas. Solo los valientes que se han lanzado a la aventura de la vida, transitando cada uno de los caminos, podrá advertirnos sobre sus peligros, y también sobre sus grandezas.

Si vemos que la vida es injusta pero no hacemos nada para cambiar esa situación tampoco deberíamos tener derecho a solo hablar de ella. Tendemos constantemente a distraernos, a divagar sobre pensamientos inconexos que no llevan a nada, que no pasan por el corazón, por la emoción, y por lo tanto, no terminan en una acción eficiente. Nuestras riquezas interiores nos desvelan las bellezas del mundo externo. Si por dentro estamos sintonizados con el misterio de la vida, es más fácil que seamos capaces de desarrollar un talento que nos lleve a conectar con la realidad, con la fortaleza inmanente de lo existente. Ese talento nos conducirá al acto de amar, no solo a la palabrería de amar. Ese don nos conectará directamente con las fuerzas vitales.

Hay circunstancias que endurecen nuestra alma, otras nos seducen y nos alejan de nuestros propósitos más nobles. Todo aquello que signifique salvaguardar nuestra vida, esconderla, encapsularla para nuestro goce egoísta, nos aleja del principio creador, de aquello por lo que hemos sido creados. No es un hecho fortuito. La vida se multiplica cuando nos entregamos a la misma con generosidad. Si abrimos el corazón a la experiencia, nuestros deseos se reducen pero nuestro gozo aumenta. Si nos protegemos por temor, algo de vida perdemos en ese acto, algo se apaga en nosotros.

Los sabios siempre nos advierten sobre lo mismo: todo conocimiento que busquemos para aumentar nuestro propio saber y para acumular tesoros personales, nos desviarán del sendero; pero todo conocimiento que busquemos para madurar en el empeño del ennoblecimiento humano y de la evolución del mundo, nos hará progresar un paso más. Nuestra tarea, por lo tanto, es siembre bien simple: entender los ideales como instrumentos para transformar positivamente nuestro mundo. El nuestro y el de los demás.

Como sobrevivir al desencanto


 

a

Hay personas que viven en una constante huida. Aquí en los bosques es frecuente encontrarnos con gente que vive en un sumidero de conflictos, de malestar o de quiebra interior que intenta buscar un punto de luz, una salida loable a todo ese laberinto incómodo. La complejidad de cada carácter, observamos que tiene mucho que ver con la manera de construir la realidad, pero sobre todo, con la forma de interpretarla. Un mismo fenómeno, un mismo hecho, puede ser entendido como algo incómodo o como algo que no nos molesta dependiendo del sujeto observador. Si la estructura interior está proyectada desde la rabia o el dolor, todo lo que veamos ahí fuera nos va a incomodar. Si por dentro estamos bien, todo lo de fuera está bien. Nadie nos molesta, nadie nos incomoda, ni siquiera nuestro jefe o nuestro trabajo. Además, si estamos bien, tenemos la capacidad y la autoridad suficiente para cambiar las circunstancias.

Lo mismo ocurre con las proyecciones. Vemos como mucha gente se acerca a este lugar proyectando una especie de paraíso utópico cargado de un vergel semiótico liberador. El escenario dibujado realmente podría ser así, pero si interiormente albergamos un infierno, todo lo que veamos fuera será igualmente infernal.

El otro día alguien me preguntaba extrañada si era feliz viviendo en una caravana, pasando frío y sin ningún tipo de comodidad. La respuesta me pareció sencilla. Si por dentro estás bien, las circunstancias ajenas no deberían dañarme, ni tan siquiera preocuparme. Cuando interiormente tienes la fortaleza suficiente para afrontar cualquier circunstancia, lo que importa de ese instante o momento de tu vida es la visión conjunta de la existencia. Realmente no estoy viviendo en una caravana donde paso frío, estoy construyendo un bonito y profundo sentido a mi vida. Esa segunda visión arrastra por completo a la primera. La idea de construir un proyecto vital tiene más fuerza que la sola idea de estar en una caravana pasando frío. Por eso el frío queda como algo anecdótico ante el acontecimiento de sentirme partícipe de algo mayor, de algo más grande y generoso.

Esa visión de conjunto es importante para adentrarnos en la idea del desencanto. Muchas veces vivimos tristes o amargados porque hemos perdido el rumbo de nuestras vidas. Vemos como si nada tuviera sentido y como si el morir pudiera ser no tan solo una solución, sino la salida natural a ese estado anímico. Las situaciones de pérdida suelen ayudar a construir en nosotros un estado de rabia, de tristeza o de amargura interior que no nos deja ver el conjunto de nuestra existencia. De ahí que debamos acudir a algún tipo de fórmula para reencantar nuestras vidas, para sabernos útiles y valiosos, para sentir que merece la pena seguir adelante. La visión de conjunto, el estirar nuestra mirada más allá de nuestro infortunio presente, siempre será imprescindible para acometer el reencanto.

Vivir desencantados es morir antes de morir. Por eso debemos buscar un profundo sentido a nuestras vidas que sirva de motor verdadero, de combustible para seguir. Cualquier pequeño objetivo, por simple que parezca, nos servirá de impulso para seguir adelante. Cambiar de trabajo, de pareja, de vida, de lugar, de proyectos, pero sobre todo, cambiar la perspectiva, la visión, los pensamientos, las emociones, los ritmos, los hábitos, los acuerdos inconscientes a los que hemos llegado con nosotros mismos para sobrevivir psicológica y emocionalmente a situaciones pasadas que ya no nos corresponden. Debemos aprender a enterrar todo aquello que nos obstaculiza, que nos oprime, y situarlo en su debido lugar. También debemos aprender que si no cambiamos nuestro escenario interior no importa lo que hagamos exteriormente. La misma película nos seguirá allá donde vayamos.

La vida despierta todos los días con un nuevo amanecer. Esa es la señal del cambio, de la oportunidad. Es el momento para girar rumbo a un nuevo lugar donde posicionar nuestra poderosa visión. Es el momento para despertar a nuestro héroe interior y caminar hacia la aventura de la vida. Respirando silenciosamente y explorando nuestro interior. Ese es el primer paso. Todo lo demás solo son escenarios que proyectamos desde nuestros condicionantes.

Es importante hacerlo


apolo persiguiendo a dafne

«Un sueño que sueñas solo es sólo un sueño. Un sueño que sueñas con alguien es una realidad» John Lennon

A veces nos llaman o sentimos la llamada. A veces es una intuición, una mirada, una voz, un rostro o un alma entera. A veces es una idea o un valor, un relieve que se dibuja en nuestra psique interna o simplemente el roce de una pupila que atraviesa esos márgenes ocultos de nuestro interior. Esa llamada nos impulsa o nos paraliza, nos conmueve o nos aterra dependiendo de toda esa siembra que llevemos dentro. A veces nos convierte en árbol de laurel, como le pasó a la ninfa Dafne. Otras nos impulsa a seguir adelante, porque de alguna manera sabemos que ante la pérdida o la derrota, lo importante siempre es seguir la estrella matutina que adumbra nuestros horizontes.

Si optamos por seguir, por atravesar la puerta estrecha, por adaptar nuestra cargada mochila a las aventuras del camino, cientos de pruebas nos aguardan. Es ahí, ante la adversidad, ante el silencio, ante la soledad más absoluta, cuando tenemos la oportunidad de volver atrás o transformar nuestro miedo en amor. Y una vez abrazados a la fortaleza del amor, todo lo demás es acción, movimiento, posibilidad de percibir el mundo como una entrega donde nunca pierdes, solo ganas.

Esto sirve para todo. Para el amor en pareja, para el amor hacia un proyecto, un propósito, una visión, una amistad, una familia, la decisión de tener o no un hijo, la decisión de atrevernos a desvelar un enamoramiento sincero, la temeridad de persuadir al destino para no quedarnos sentados al borde del camino viendo pasar la vida sin ser partícipes de ella.

Los miedos, las excusas, la desconfianza, el exceso de cálculo, la precisión a la hora de valorar las cosas como pérdidas y no como ganancias y todo aquello que paraliza la acción siempre nos ancla a una vida sumisa ante las circunstancias. Los trenes pasan una y otra vez pero siempre los vamos aplazando. Ya iré mañana, ya lo haré mañana, ahora no tengo tiempo para esto o para lo otro o no es el momento para el amor, para la amistad o para la simple aventura del vivir. El gozo siempre lo anclamos a nuestra parcela de seguridad pero nunca nos atrevemos a lanzarnos a esos vacíos de improvisación, de readaptación de la realidad, de nuestra existencia entera.

Hace poco me llamaba una hermosa mujer. No nos conocíamos pero sentimos una conexión muy especial. Cuando percibí la llamada, cierta llamada, enseguida desplegué ante mí todas mis artes de espantapájaros. A pesar de la pasión de ese tiempo infinito de conversación ambos, quizás por la edad, quizás por las horas, pusimos excusas, barreras, muros y fronteras donde solo había llama y pasión, diversión y aventura. Cuando ocurren este tipo de cosas me pregunto, -y esto si que es una cosa de dos-, porqué no somos capaces de destruir toda esa colección de prejuicios y miedos y explorar nuevas posibilidades. Ya lo decía sabiamente el poeta: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza. Aunque sea un trueque mínimo debemos cotejarnos. Estás sola, estoy solo, por algo somos prójimos. La soledad también puede ser una llama”. Benedetti entendía perfectamente que en el halo de lo intangible la llama puede ser un trueque mínimo. Sin prisas, sin exigencias, sin desvelos. Pero siempre, es importante hacerlo, aunque sea un trueque mínimo.

Ante la imposibilidad del pacto, del trueque, lancé una silenciosa propuesta y hoy puse una chimenea en el salón de la gran casa. «Me encantan las chimeneas. Lo siento pero no podría vivir en una caravana». Esas fueron sus últimas palabras. Mañana esa chimenea ya tendrá fuego.

La mística de lo cotidiano


a

El sol y los vientos fríos del norte han atezado nuestra piel. Se ha hecho dura y robusta y cuando nos levantamos bien temprano por la mañana podemos sentir la intensidad del frío pero ahora, a diferencia de otros tiempos, lo soportamos con gallardía. Cuando vamos a la ermita y encendemos la vela nos damos cuenta de que no estamos aquí para buscar nuestra propia salvación. Dedicamos unos minutos a profundizar en nosotros, en nuestro estado de consciencia, meditando concentradamente sobre el puente que une nuestro ser tangible con nuestro yo intangible. En esa plenitud silenciosa acontecen algunos pensamientos, algunas emociones, algún tipo de vibración que nos hace entonar una nota especial. Sentimos la luz, aún con los ojos cerrados, de la vela que acompaña nuestros silencios. Escuchamos atentos el concierto sinfónico que todos los días nos ofrecen los cientos de pajarillos que surcan estos bosques. Respiramos el aire gélido con una paz inusual, con un estallido de vida que nos acompaña durante todo el día.

Luego salimos silenciosos de la ermita. Solemos ir despacio, aún soñolientos, hacia el lugar donde las gallinas esperan impacientes al nuevo día. Les abrimos la puerta y salen corriendo a la búsqueda de su propia luz, del verde de la hierba, del paraíso de la vida. Nos siguen durante los primeros pasos y luego se esparcen por toda la finca para encontrar los tesoros que la tierra les tiene reservados. Son unos seres bellísimos y cada mañana, cuando las vemos, nos interrogamos sobre el trato que los humanos ejercemos en sus débiles vidas. Aquí son afortunadas. Vivirán todo el tiempo del mundo sin temor a nada. Protegidas por la paz del lugar, por el respeto a la vida y por la hermandad hacia los más débiles, nuestros hermanos animales. Durante el día vagarán libres por los prados y bosques y luego, al caer la tarde, regresarán a su lecho de descanso. Volveremos a cerrar la puerta y descansarán en dulce sueño hasta la próxima jornada.

Hoy todos estos gestos, todos estos instantes de compartir la vida cotidiana los hemos hecho con una consciencia diferente. Cumplíamos dos años de existencia en este bello lugar. Sentíamos la necesidad de celebrarlo y lo hemos hecho de una forma especial, sencilla, cariñosa, amable. Había alegría, emoción, palpitación, gozo y felicidad. El desayuno y la comida estaban cargados de algo contagioso. Los paseos en un día lleno de luz tenían un tono especial. Dos años en los bosques, dos años recibiendo la mística del lugar, respirando el sentido profundo de las cosas sencillas. Sin mayor aspiración que la de compartir esta belleza. Sin mayor pretensión que la de ser humildes amigos de esas gallinas que nos esperan todas las mañanas para que abramos las puertas hacia la luz.

Nuestra guía es la fe inquebrantable de todo cuanto aquí sucede. La magia de lo cotidiano, de lo sencillo, de lo raso y sincero. No tenemos grandes pretensiones más allá de poder encender todos los días esa vela para reencontrarnos con el misterio. No tenemos mayores ambiciones que las de poder seguir creyendo en el ser humano. Esta es nuestra casa, pero también la casa de todos. Un lugar abierto a los corazones sedientos, un lugar diferente para los buscadores de fraternidad. Somos sencillos en un mundo complejo y sentimos como la vida cotidiana llena nuestras vidas.

Segundo aniversario de O Couso


a

Mañana doce de marzo hará dos años que la fundación Dharana adquirió la finca de O Couso. Cada vez que lo pensamos o lo decimos en voz alta algo muy dentro se mueve porque esos dos años han pasado a la velocidad de la luz. Aún recordamos aquellos primeros días en los que nuestros vecinos nos advertían de que no aguantaríamos el primer invierno. Y resulta que la sensación que tenemos es que cada mes es mucho mejor que el anterior, que cada día es tan distinto y tan especial que nada podría hacernos que abandonáramos este proyecto.

Dos años es mucho tiempo y aún así vemos que todo está en pañales. Quizás porque elegimos el camino largo, la carrera de fondo, y no las prisas o lo inmediato. Sentimos que ese es el recorrido más seguro, hacer las cosas despacio, enraizar profundamente las energías en lo más hondo para que luego, de aquí a diez o veinte años se despliegue con todo su esplendor algo hermoso y verdadero.

En dos años hemos convertido una ruina en un pequeño hogar. Es verdad que es humilde y carece de casi todo, pero es tanto el calor que ha impregnado la gente que viene y nos acompaña que ya podemos llamarlo así, hogar. Es el fuego de todos, es el calor humano lo que hace posible que podamos tener un pequeño salón con vistas maravillosas al bosque, a las montañas, a los prados, a los castros celtas que nos acompañan. Ha sido la ayuda incondicional de muchos lo que ha hecho posible que tengamos un tejado, una cocina, una chimenea, algunas habitaciones.

Nos damos cuenta de que hemos hecho mucho, pero que aún falta mucho por hacer. La idea original, y es la que se mantiene, era hacer una casa entre todos. No queríamos que nadie liderara en solitario el proyecto sino que entre todos pusiéramos un poco de esfuerzo para decir al mundo que sí que es posible, que entre todos podemos hacer muchas cosas. Nos sentimos satisfechos porque lo hemos conseguido. Se ha creado una familia, un núcleo hermoso de personas que vienen una y otra vez y que nos alegra los corazones. Una familia extensa que nos envía ánimos en los momentos difíciles y que nos protege con gestos que nacen desde lo más hondo.

¿Qué haremos en el próximo año? En cuanto a lo material, queremos rescatar las grandes columnas de la casa y la parte que aún está en ruinas. Vamos a necesitar de grandes esfuerzos para recuperar toda esa parte antes de que termine cayendo. También tenemos la buena noticia de que una nueva pareja quiere construir su nido entre nosotros y estamos preparando ya la acogida y el espacio suficiente para que puedan materializar sus sueños. Dos nuevas personas han solicitado realizar la experiencia de tres meses, que es como una confirmación para estar en vías de pertenecer a la futura comunidad. Y seguimos trabajando en silencio con la escuela de dones y talentos. Un trabajo ingente que algún día se desplegará para mayor beneficio de todos.

Sí, ya han pasado dos años, y seguimos fuertes, llenos de energía, compromiso, responsabilidad y ganas de seguir compartiendo. Queremos seguir apostando por hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Sabemos que esta idea es una tarea de todos. Cumplamos nuestra parte.

Gracias de corazón a los que lo hacéis posible.

Al otro lado del espejo


a.jpg

Me doy cuenta de que desde aquí puedo opinar poco sobre el mundo. Quizás sea porque ya haya un exceso de opiniones, o porque vivimos cargados de paisajes que nada tienen que ver con esas imágenes difíciles de digerir.

Esta mañana me paseaba por los prados y pensaba que desearía poder abrir las puertas de este lugar para acoger a esos cientos de miles de refugiados. Pero luego pensaba, ¿cómo hacerlo? La mitad mueren en el mar y la otra mitad son arrastrados hacia fronteras asfixiantes, humillados y desterrados a su suerte por no haber nacido en otra tierra.

Y luego sigo mirando las noticias y aún quieren levantar más fronteras, más cosas que nos separen, no importa si son cosas políticas o culturales o lingüísticas. El caso es mostrarse diferente, ajeno al otro, como si eso nos diera un cierto estatus de no se sabe qué orden superior.

Y sigues mirando y ves los cadáveres por todas partes, las plagas, la destrucción de las guerras, la contaminación, el aire irrespirable. Cosa que contrasta con esos largos vestidos de terciopelo, o ese género de frisa que ha costado millones de vidas para ser arrancado de un trabajo esclavo para que alguien, solo una o dos personas, se declaren las más ricas del planeta.

En ese absurdo vivimos y lo más terrorífico de todo es que peleamos, damos nuestra vida por ello, luchamos por defender esa injusticia constante, ese teatro representado por títeres que se enfrentan unos a otros a cambio de ser los nuevos príncipes maquiavélicos.

Esta opinión es una excepción porque desde aquí poco o nada se puede decir. El mundo seguirá rodando quien sabe hasta cuando mientras que aquí, lo único que rueda son los ciclos de la naturaleza, los achaques del tiempo y la gente que pasea por prados y bosques de forma silenciosa, en profunda meditación. Es una calma extraña y también incómoda, porque nada de lo que ahí fuera pasa me es ajeno. Y aunque quisiera poder hacer otras cosas, ahora sé que la única forma de ayudar de verdad es seguir luchando por esta pequeña mota de utopía. Quizás sirva de revelación para alguien, de guiño, de simple esperanza. Quizás de aliento para seguir adelante a pocos o algunos. En todo caso, me seguiré interrogando por saber como poder ayudar más, como poder dar más, como poder arropar aún a más gente que necesita consuelo, calma y lucidez. Me doy cuenta cuando llegan. Vienen buscando aliento. Necesitan agarrarse urgentemente a otro referente. Lo entiendo. Por eso ya no opino. Sé que ahí fuera todo parece terrible.

Hemos sido llamados para la vida


a

Cada átomo de vida es una tecla que resuena, un versátil suspiro que transmite un trozo de verdad. Hay un concierto todos los días, un esmerado universo que se ordena ante nosotros para desplegar parte del misterio. Nunca alcanzaremos ninguna verdad, pero somos afortunados porque nos dieron el don de escudriñar, de investigar los motivos de la existencia. La hermosa visión de ese arroyo que suena entre pedruscos con bordes redondeados, el pasar de esa hoja que cae lenta pero segura hacia la tierra húmeda y caliente o el viento atizando el bailoteo de las copas arbóreas. Un simple instante, un momento al azar puede servir como detonante de un maravilloso despliegue de acontecimientos que ocurren al mismo tiempo. Un centelleante bombardeo de vida que cabalga a raudales por valles y montañas, por horizontes infinitos cargados de colores magentas. Un hado que se balancea inminente ante la profundidad de la lejanía perpetua.

Todo se renueva. Cada célula, cada átomo, cada signo que permanece como una pista de lo que encierra. Misteriosa explosión de belleza que se ensalza como un velero en alta mar, despejando la duda sobre los bordes inexistentes. Membranas de sensaciones que recorren cada poro, cada surco impermeable de atracción necesaria.

No hay mayor altar que aquel que nace entre las rocas, ese tabernáculo lleno de musgo y gotas que se derraman en cualquier primavera. No hay mayor tabernáculo que aquel acontecimiento de amaneceres perpetuos. Si miramos fijamente nuestra realidad cotidiana nos damos cuenta de la sacralidad de cada segundo, de cada ápice de tiempo que transcurre entre lo que vemos y lo que sentimos al interaccionar con el medio. No podemos fingir más. Se alcance o no, hay algo que nos supera, algo que nos enseña la urgencia del vivir. Abrazados o no a la vida, existe un apremio por aferrarnos a ese respirar balanceado por lo fortuito, por la suerte, por la promesa.

Queramos o no verlo, estamos aquí, privilegiados, observando el devenir, procurando tomar consciencia de esa penetrante llama que nos inspira. Queramos o no, hemos sido llamados a lucir como estrellas en la noche, como soles en el día, como radiantes cometas que atraviesan el firmamento de forma fugaz pero poderosa. Quizás no nos demos cuenta, pero hemos sido llamados para transformar este mundo bello. Para producir en él un despliegue inigualable de fastuosa maravilla.

Hoy que puedo observar la fuerza de ese caballo trotando por la pradera, de esos cientos de animales que renuevan la tierra con sus vidas, de esos cielos que se tiñen de mil colores expresando un halo mágico de sublime transformación. Hoy que la vida se manifiesta entre los teclados celestes y las luminarias invisibles, puedo decir que hemos sido llamados para la vida.

Cuando las cosas vuelven


 

a

Un paisano nos había advertido hace unos días que estaban en sus tierras. Cuando nos llegó la noticia casi no podíamos creerlo. En ese tiempo andaba yo enamorado y distraído y me tocó hacer de pastor. Un estúpido descuido se tradujo en la pérdida de las dos cabras recién llegadas a la finca. Alguien nos avisó de que las había visto por las montañas y tras una infructuosa búsqueda, las dimos por perdidas. Más de siete meses después han vuelto a aparecer. Se resguardaban de los lobos en algún peñasco inaccesible excepto para el paisano, que las tenía localizadas y que de vez en cuando las veía hartarse de comer castañas y otras delicias del bosque.

Cuando se perdieron no me preocupé en exceso. Con el vecino Marcos había aprendido que en el mundo rural dejas de preocuparte en exceso de los animales si de verdad quieres conciliar el sueño. Pasan tantas cosas que es imposible atenderlas a todas. Un día, muy serio, mientras me veía excesivamente preocupado por algún bicho que había desaparecido me dijo: “esa es su suerte”.

La suerte de los animales corre pareja a la nuestra. Semanas más tarde de perder a las cabras perdí el amor. Las cabras volvieron, el amor no. Algo paradójico pero como diría Marcos, “esa es mi suerte”. Supongo que yo mismo me lo busqué. El amor es algo bien frágil, algo que hay que atender con suma delicadeza y tacto y si dejas de hacerlo, aunque sea por un breve instante, desaparece.

Lo sorprendente de toda esta historia es que las cabras hayan podido sobrevivir de forma libre durante todo este tiempo. Incluso me siento algo extraño ya que como dice el refrán, las cabras siempre tiran al monte, y quizás ese sea su estado natural. Al traerlas de nuevo a esta pequeña granja cada día más llena de animales que nos hacen compañía me pregunto si dentro de su consciencia serán más o menos felices que en su aventura salvaje. Mi vivencia aquí en el bosque no deja de ser un estado salvaje del cual disfruto con respecto a mis congéneres y que no cambiaría por nada del mundo. Siento cierta frustración interior al pensar que quizás de alguna forma hemos coartado la libertad de las mismas. Es una sensación parecida a cuando pierdes un amor. Nunca sabes dónde está el punto de inflexión en el que es mejor dejarlo marchar. En unas semanas haremos de nuevo la prueba. Las volveremos a soltar y probaremos a ver qué pasa. Quizás decidan quedarse con nosotros y quizás eso sea una señal de que el amor a veces se pierde pero luego regresa de forma mágica y se instala en tu vida para siempre. Una especie de señuelo a la esperanza por eso de que si ha vuelto una y otra vez no tendría que ser esta la última.

Así que quedaremos esperando, respirando ese olor a paja mojada tan característico de este lugar. Seguiremos recogiendo huevos por las mañanas, susurrando a la yegua Rocío y observando plácidamente como las gallinas, ahora junto a conejos y cabras, siguen su vida natural en plena naturaleza. El amor volverá, estoy plenamente convencido. Sólo habrá que estar atento a las señales, a sus guiños, a sus formas. Y cuando se instale en nuestras vidas, mejor no estar distraídos para que no vuelva a desaparecer tan estúpidamente.

 

 

 

No me conviertas en una proyección, abraza mi carne


a

«No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» Albert Camus

Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma multidimensional. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera.

Me daba cuenta con la visita de Ana. Llegaba desde la suiza alemana tras seguir desde el principio el proyecto que tenemos en la montaña. Leía todo lo que escribimos, aportaba económicamente cuanto podía y tenía en su mesita de noche una foto de la finca, imaginándose, quien sabe en qué futuro, viviendo entre nosotros.

Pero cuando llegó hace unos días toda la imagen que se había hecho del lugar y de su gente terminó por los suelos. Es como si durante muchos años hubieras dedicado tiempo a construir un castillo de arena que desfallece en un instante. Ese es el peligro de proyectar, de imaginar cosas en nuestra mente para adaptar nuestras necesidades a nuestros deseos. Años soñando con estar aquí y solo dos días para compartir los sueños. Al tercero se marchó.

Eso es precisamente en lo que estamos convirtiendo las relaciones humanas en estos tiempos: en meras proyecciones. Capítulos inconexos que se evalúan diariamente a partir de interconexiones digitales. De alguna forma dejamos de ser lo que somos para convertirnos en una proyección, en algo irreal que cuando se contrasta con el original nos termina decepcionando.

Últimamente me empeño en la medida de lo posible en conocer a personas de carne y hueso. Cuando alguien me pide amistad cibernética hago el esfuerzo por intentar conocerla en el mundo real. Es una locura porque el mundo digital va a una velocidad de vértigo, pero me niego de alguna forma a convertirme en una proyección y a convertir al otro en un decálogo de necesidades encubiertas. Necesito, por pura necesidad humana, abrazar al otro, sentir sus carnes, su esqueleto, su aliento. Escuchar su voz, su tacto, su mirada, su rostro. Incluirme en su abrazo, en su esfera, en su aura. Desear entender su multidimensionalidad sin dañarle, sin ser excesivamente agresivo o torpe.

En el fondo me siento un privilegiado porque hasta este lugar donde ahora me encuentro no para de venir personas de carne y hueso. Seres con los que compartir un instante o una vida entera. Almas libres que peregrinan por ese propósito oculto que a todos nos une desde esa matriz invisible. Corazones que laten, pulmones que respiran y almas que suspiran al mismo tiempo. Respirar, conspirar. Abrazos de verdad, por favor. Abrazos sentidos de alma a alma… Aunque al darlos uno no lo resista por ser tan reales que den miedo, y terminen por huir. Buen viaje querida Ana.

El mito de la abundancia


a

El dinero no es una eficaz herramienta para acabar con el hambre en el mundo si no viene acompañada de una intención sincera. Es capaz de crear cosas bellas, de producir emociones profundas en la gente, de inspirar si quien lo maneja es un auténtico mago de dulce corazón ardiente. Durante muchos años cientos de personas han odiado el dinero hasta el punto de encerrarlo en una caja oculta o en cuentas lejanas de paraísos fiscales. Lo han detestado y despreciado y por eso no han sido capaces de compartirlo, pensando que de hacerlo iban a perder algo valioso de sí mismos. Lo cierto es que el dinero no es ni bueno ni malo, ya sabemos todos que es la intención con la que se emplea lo que diferencia el valor del dinero. Y esa intención viene marcada por nuestros miedos, por nuestra necesidad de arrinconar seguridad y protección.

En estos últimos años han llegado mensajes a favor de la abundancia. Libros como «El Secreto» nos han hecho creer que con el poder de la intención podemos atraer dinero, riquezas y abundancia en nuestras vidas. Todos, con una creencia totalmente clara e ilusa, afirman que tenemos derecho a esa abundancia y que podemos dirigir nuestra mente para provocar riqueza.

Ingenuamente no nos damos cuenta de que ese tipo de pensamientos es un acto de pura magia negra, de candidez abrumadora. La abundancia no es algo que nos pertenezca por el solo hecho de pensar en ella, creer en ella o realizar sortilegios para ella. Es como si viniéramos a la universidad y alguien nos dijera que todos tenemos derecho, y casi el deber, de estudiar la misma asignatura, sin mayor elección que esa. Si dedicamos toda nuestra vida a buscar esa abundancia la perderemos, porque a cierta edad ya nos damos cuenta de que lo único que merece la pena acumular es el amor, la compañía y la amistad. Es decir, esos valores intangibles más allá de la avaricia de las cosas.

Hay personas que en la abundancia se vuelven perezosas, se pierden en estímulos materiales o simplemente dejan de hacer cosas por el bien común. A lo mejor no hemos venido a esta vida a disfrutar de la abundancia, sino de la valentía, de la libertad, de la compasión, del arte, de la sabiduría o de cualquier otro valor en el que solo necesitemos pocas cosas para poder desarrollarlo.

La abundancia de vivir una vida buena es algo que nos atormenta a todos, pues todos aspiramos a cierta comodidad, a cierta integridad material y seguridad vital. Pero desde un punto de vista aséptico, esa abundancia de cosas materiales y bienestar tiene un precio insoportable para el propio sostenimiento del planeta. Así que ese tipo de abundancia en la que todos soñamos debe revisarse completamente, admitiendo que no se trata de una abundancia exterior la que debemos solicitar al universo, sino de una riqueza interior que nos permita primero someter a juicio y discernir con sabiduría qué cosas son las que realmente necesitamos para hacer el bien hacia nosotros mismos sin olvidar la prosperidad de los otros.

Quizás la vida no quiere para nosotros abundancia. Quizás espera de nosotros que aprendamos a compartir, a inspirar, a soportar con fortaleza sus envites para demostrar que estaremos preparados para hazañas mayores. Quizás la vida desea de nosotros que rompamos con esa falsa creencia material donde lo único que vale es poder desarrollar un buen trabajo para disponer de una buena casa y un buen coche. ¿No deberíamos revisar nuestras creencias, y de paso, nuestra lista de necesidades vitales? ¿A qué vamos a dedicar nuestros próximos diez años? ¿Dónde vamos a colocar nuestra abundancia y para qué propósito servirá? Y sobre todo, ¿dónde vamos a hipotecar nuestro tiempo, es decir, nuestra vida entera? El discernimiento es una de las herramientas más poderosas del universo. La propia naturaleza hace buen acopio del mismo para saber donde debe colocar sus recursos para que todo crezca en sano equilibrio. Lo mismo deberíamos hacer nosotros con el mito de la abundancia y saber donde colocar todas nuestras ganancias interiores.

(Foto: desde que experimento la abundancia de vivir en una caravana mi percepción de las cosas ha cambiado radicalmente. Aquí mi humilde casa).

 

 

 

¿Dónde está la nueva política?


a

Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

Hacer bien las cosas


a

 «El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad». L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

La felicidad sólo es real cuando es compartida


a

Ayer hacía frío en la caravana. Me acompañaba el perro Geo que me miraba con curiosidad mientras podía ver con el poco de batería que quedaba en el ordenador la película “Hacia Rutas Salvajes”. Christopher McCandless era una persona con principios, coherente hasta el extremo de dar la vida por seguir su propio camino. Huía de una vida hipócrita y terminó solo en las montañas de Alaska. Cuando la naturaleza le venció, y antes de morir, escribió una frase de importancia extrema: la felicidad sólo es real cuando es compartida.

Estos días de soledad me daba cuenta de la necesidad de esa compañía. Uno puede vivir todo lo libre que quiera y desee, pero si no puede compartir toda esa libertad, toda esa gracia de estar en la vida, realmente carece de lo que en verdad le da sentido a la existencia: el otro.

Me decía el otro día una conocida presentadora de televisión, aquejada por la soledad y el tedio, que las personas que han decidido vivir solas lo hacen por puro egoísmo. Me sorprendieron sus palabras, pero sobre todo el gesto de su rostro, la voz quebrada, como echando de menos algo que en estos años se le había escapado. Me hubiera gustado abrazarla durante toda la noche, incluso no me hubiera importado hacerle el amor aprovechando su exquisita belleza, pero de alguna forma sentí que yo también era egoísta, y que debía de alguna forma aprender a amar, aprender a estrechar esos lazos que nos hacen humanos, verdaderos, sencillos.

Aquí damos de comer al peregrino, también le damos un trozo de cama y en la medida en que podemos, sed de justicia, cariño y compañía. Todo eso sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. Es como si por algún motivo quisiéramos redimir nuestro egoísmo y sentir que somos útiles para el otro, que podemos ofrecer algo al otro.

Esta mañana murió una de las gallinas. Me quedé mirándola con cierta tristeza. Al final todo se reduce a eso. A una masa de cuerpo inerte, frío, abandonado. Me preguntaba cuantas personas habrán ahora que se encuentren solos, una soledad no deseada, y cuantas, por otro lado, habrá con deseos de abrazar, de agradar, de hacer el amor al otro, física, emocional, intelectual o espiritualmente.

Christopher tuvo que morir para darse cuenta de esa gran verdad. Yo he tenido que experimentar la pérdida extrema, la vida salvaje, la soledad absoluta para llegar a la misma conclusión. No merece la pena vivir una vida en soledad. La felicidad sólo es real cuando es compartida.

(Foto: estos días de intensa nevada he trabajado en la tesis, en plena soledad, con la compañía de las gatitas Meiga y Gaia y el perro Geo).

 

 

Hacer de nuestra vida una obra


a

Cuando esta mañana mostraba abiertamente el lavabo que tenemos en el bosque más de uno se escandalizaba por ver como la nieve, el agua y el frío calaban hasta el último rincón del espacio. Miraba apaciblemente los comentarios sin notar lo aparentemente aterrador de la escena. Por la tarde una amiga me preguntaba: ¿tienes que vivir así? A lo que yo le respondía: ¿te refieres a si tengo que vivir feliz como ahora? Esto resulta extraño de entender. ¿Qué necesidad hay de vivir en la intemperie nevada, pudiendo vivir de forma diferente?

Todo tiene que ver con la sabiduría del caracol. Este animalito empieza a construir su casa de forma lenta y paciente. Añade una tras otras las espiras que van tejiendo su delicada arquitectura cada vez más amplia. Llega un momento en que cesa de golpe su actividad y empieza a enroscarse lentamente en decrecimiento. Una sola espira más daría a su concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que, en lugar de ayudar al bienestar del animal, lo sobrecargaría. De alguna forma a nosotros los humanos nos pasa igual. Queremos crecer y crecer sin límite hasta que llega un momento, como le pasaría al caracol si no dejara de hacerlo, que la sobredimensión de nuestra carga es demasiado pesada para poder sobrellevarla.

A nivel personal me pasó algo parecido. Empecé a crecer en exceso y sobredimensioné mi capacidad biológica con respecto a mi capacidad aritmética. Cada vez que doblaba mi capacidad de crecimiento multiplicaba por diez el esfuerzo, y por lo tanto, el sufrimiento añadido para poder mantener ese nuevo equilibrio era insoportable. Llega un momento que olvidamos qué significa vivir para pasar a ser meros equilibristas de cosas. Hasta que un día te rebelas de alguna forma y vuelves a empezar de cero, desde otra dimensión, desde otra comprensión.

Un día me paré, como el caracol, y quise decrecer hasta el límite con un solo propósito: hacer de mi vida una obra, dedicarme al más bello oficio, vivir. Esto parece de una lógica aplastante, sin embargo, la mayoría de nosotros olvidamos en algún momento de nuestras existencias qué significa vivir. Tenemos cientos de cosas, pero esas mismas cosas hacen que vivamos en una especie de tristeza del alma, una especie de soledad extraña que nadie puede compensar. Cosas que no somos capaces de compartir, que atesoramos con miedo para intentar demostrar una fortaleza de la que carecemos.

Al tener un lavabo como el que mostraba esta mañana, dedicamos poco tiempo al mantenimiento de las cosas. Quiero decir que de alguna forma tenemos que trabajar menos para mantener todo el circo consumista al que estamos abocados. Ese tiempo sobrante lo podemos dedicar a las relaciones humanas, al compartir, al pensar juntos sobre la dimensión de los problemas globales, sobre la búsqueda de alternativas posibles o sobre cualquier otro tema que nos reconforte como seres. Lo más importante de este experimento es que puede ser compartido sin necesidad de crear muchas más cosas. Al compartir una lavadora entre diez, veinte o cincuenta personas solo debemos prestar atención al hecho del compartir, y no al hecho de generar recursos suficientes para comprar cincuenta lavadoras, cincuenta taladradoras, cincuenta coches, cincuenta de todo.

Vivir en comunidad y compartir las cosas hace que la vida sea más simple, pero también más verdadera. La vida deja de ser un combate o un fracaso, se torna sabiduría, amabilidad, emoción compartida. Nos alejamos de la excitación del consumismo para albergar la esperanza de un mundo diferente, basado en las relaciones humanas, en el amor y el respeto a la naturaleza. Nos alejamos de la angustia y el miedo a morir para abrazar la vida compleja, misteriosa, profunda. De alguna forma, vivir en los bosques permite que la vida sea una obra completa donde lo único que necesitas es la alegría continua de poder compartir. Esa es nuestra única y más segura apuesta.

(Foto: esta mañana temprano, en nuestro lavabo del bosque).

De locos y valientes. Peregrinos en soledad


a

Cuando miras la temperatura de la caravana y ves que estás a menos dos o tres grados bajo cero algo interior se te eriza. Realmente, al menos por unos minutos, la sensación de frío se puede combatir a base de estufa de gas. Suele durar unos veinte minutos antes de que el piloto automático indique que la combustión ya no es correcta. Entonces se apaga y durante ese tiempo disfrutas de un calorcito agradable mientras ves nevar por la ventana. Luego toca ventilar el espacio durante otros diez minutos y vuelta a empezar. Por la noche eso no es posible, pero las sábanas y los pijamas de franela más la media docena de mantas hace que se sobreviva sin mayor percance.

Todo esto lo cuento porque esta mañana, cuando más frío hacía, apareció Peter, el peregrino que alguna vez ya había estado por aquí y que lleva siete años caminando. Dice que se levantó medio congelado y todo húmedo y que pensó en nosotros. Lo atendimos como pudimos. Le preparamos un buen plato de lentejas, se secó la ropa y le llenamos la mochila de algo de comida. Le di todo el dinero que tenía encima y nos pidió si podíamos acercarle a algún lugar sin nieve.

La verdad es que su testimonio es escalofriante. Vivía en una granja con más de cien hectáreas llena de prados, bosques y caballos. En la crisis el banco se quedó con ella y como no tenía donde ir empezó a caminar. Así lleva siete años, caminando, sin dinero, durmiendo en la calle y buscándose la vida como puede. Dice que así es feliz, que no necesita más que el calor de su perrito Arco y poco más.

Cogimos el coche y lo acerqué hasta cerca de Ponferrada, en un valle donde la nieve no había llegado. Por suerte las carreteras estaban limpias a pesar del espectáculo nevado y pude volver sin mayor problema. Le di un fuerte y sentido abrazo a Peter y su perrito. Lo dejé caminar para observar sus pasos solitarios por el valle. Sentí cierta ternura al mismo tiempo que vi en sus pasos un reflejo de mi propia soledad.

Cuando ya de vuelta entré en la caravana y vi la temperatura que había dentro respiré aliviado. Es cierto, hace frío, pero aquí tengo mi palacio, mis libros, mi fortaleza. Esta noche me acompañan Geo y Gaia (Meiga se ha quedado con Antonio en la casa) y podré leer algo antes de dormirme bajo las sábanas de franela (gracias Anita por tan gran regalo).

Peter dormirá bajo algún árbol, en su estrecha tienda agrietada. No quiso quedarse con nosotros. Prefiere caminar. Nuestros andares se cruzan de vez en cuando y es una alegría verlo de aquí para allá sin rumbo fijo en cualquier lugar del Camino de Santiago. Su hermana, que vive en la República Checa, dice que está loco. Le decía que muchos amigos opinaban lo mismo de nosotros. Pero en mi interior siento que ese grado de locura solo es posible con una gran dosis de valentía. ¿Cómo si no vivir en una tienda de campaña con la que está cayendo? ¿O en una caravana en mitad de un bosque? Sí, es posible que exista un grado de locura. Es como el Camino del Loco, ese insensato que se lanza a los caminos para hollar el sendero del alma. Sólo él puede entender y adivinar la grandeza de su caminar. En ese silencio, en esa soledad, se puede escuchar el susurro del universo entero.

Mientras le explicaba todo esto a Antonio hablábamos de las pocas posibilidades que teníamos de compartir esto con alguna pareja. Seguramente nos quedaremos solos en nuestra pequeña locura, en nuestra osada valentía. Al igual que en siete años nadie ha seguido los pasos de Peter, lo mismo ocurrirá en esta pequeña caravana, habitada posiblemente por libros, algún perro y las gatitas. De alguna forma estamos preparados. De alguna forma hemos aprendido el precio de ser peregrinos.

(Foto: segunda caravana a la derecha, mi casa, vuestra casa).

Hacia la simplicidad voluntaria


 

a

La cuestión es simple: el planeta no puede sostener por mucho tiempo nuestro crecimiento económico, nuestros niveles de consumo y nuestros cada vez mayores desechos. Es como si de seguir así, en pocas décadas, quizás años, el colapso sea irremediable.

Durante diez años, mientras trabajaba en la tesis doctoral pensé que tan solo se trataba de una simple teoría, de un nuevo movimiento milenarista maquillado de ecología subversiva e ideales trasnochados. Cuando me tocó bucear en los datos, ver las estadísticas de crecimiento demográfico y las necesidades culturales presentes algún tipo de alarma resonó en mí.

Cuando te das de golpe con la evidencia, con la idea, aunque pueda parecer fantasiosa, de que algo no va bien, tienes varias opciones. La primera es dejar el trabajo de investigación a medias, buscar algo que pueda gustar a la academia y seguir adelante con tu vida normal en un mundo normal. La segunda es dejarte arrastrar por esa sensación de rebeldía cósmica, como la llamó algún poeta, y buscar cierta salida coherente a lo que estás viendo.

Admito que mi caso fue claro y drástico. Me marché a las montañas. Llegué a la conclusión de que la única manera de poder vivir al menos con la conciencia algo más tranquila era haciendo algo, actuando ante los hechos con los que me topaba. Vivir en la montaña, reconstruir alguna ruina para que el impacto fuera el menor e intentar vivir de una forma cuya huella fuera la mínima era el ideal a alcanzar. Eso requería dos cosas: algunos sacrificios personales y vivir en comunidad.

Nunca habíamos vivido una vida salvaje, así que no sabíamos a qué nos enfrentábamos. Llegamos a las montañas y nos topamos con las inclemencias del tiempo, con el frío infernal del invierno, con las lluvias torrenciales durante días enteros, con el feroz viento huracanado que hacía tambalear nuestras humildes caravanas. Sentíamos que todo podría desmoronarse en cualquier momento. Pero también sentíamos la necesidad de seguir fortalecidos con la experiencia y caminar siempre hacia adelante.

Esta tarde, mientras no paraba de nevar y mientras andaba leyendo algún libro para cerrar la tesis me di cuenta de algo impresionante. Estaba feliz y satisfecho con el tipo de vida que había elegido. No necesitaba nada, me bastaba con la pequeña caravana y algo de comida. El frío ya no era tan horrible y la nieve se había convertido en una comunicadora excelente de mensajes interiores. En dos años de aventura empezábamos a rozar la vida sencilla, la simplicidad voluntaria. Al estar juntos y compartir recursos nuestra huella era mucho menor. Al reconstruir una casa de piedra y vivir en caravanas el impacto en el paisaje era reducido. Al no consumir agua ni recursos energéticos fuera de la finca ni estar conectados a una red exterior nos permitía vivir dignamente sin ser cómplices de la compleja red de autodestrucción imperante. Es cierto que los pioneros hemos tenido que hipotecar algo de nuestra vida para ello. Pero los que vengan, los que aterricen a partir de ahora, podrán disfrutar de todo esto sin mayor esfuerzo.

Es evidente que la nuestra es una postura radical, pero de alguna forma quiere ejemplarizar algo que puede hacerse desde cualquier lugar del mundo, inclusive la ciudad. Solo hace falta tener fuerzas y valor para organizar la lucha contra el cambio climático, contra el consumo desmedido, contra todo aquello que nos puede avocar a un irremediable caos.

La simplicidad voluntaria, el vivir una vida más sencilla, nos ha hecho felices. Al no llenar nuestros vacíos con cosas sino con experiencias como una hermosa nevada o un impresionante atardecer vivimos en una felicidad constante. Al no necesitar nada hemos dejado de experimentar esa sensación de angustia y frustración. Hemos renunciado a una vida superflua y a cambio hemos experimentado el testimonio de la sencillez. Es solo una opción, no una imposición. Pero también forma parte de la necesaria y obligada reflexión global.

(Foto: esta misma tarde, momento de inspiración lectora mientras veía nevar ahí fuera)

Sueña. Explora. Descubre


a

Dentro de veinte años lamentarás más las cosas que no hiciste que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”. Mark Twain

Hace unos años estaba a punto de coger un avión para viajar hasta Adís Abeba, la capital de Etiopía, y participar en una expedición solidaria entre los pueblos Oromo y Amhara. De repente una desconocida apareció en la puerta de embarque con el único propósito de darme un sentido abrazo. Había llegado hasta el aeropuerto solo para desearme un buen viaje y mirar nuestros rostros de frente, a los ojos, al alma.

Ese gesto para mí fue una lección de vida, una revelación inolvidable. El camino del corazón es el único que vale. Lo épico de la vida es seguir ese camino, todo lo demás son máscaras vacías, decía hoy a alguien que buscaba un trozo de esperanza mientras recordaba ese instante. Aquella persona se atrevió a viajar para ese abrazo y consiguió con ese gesto una profunda y bonita amistad. Nadie imaginó en ese momento que luego ella misma nos acompañaría en otro viaje solidario a la India o que haríamos tantas cosas juntos. Nadie imagina nunca lo milagroso de un gesto, por pequeño que sea.

Hoy era ella la que viajaba y cogía un avión. Me enteré de que estaba en Santiago de Compostela y fui a verla después de años sin abrazarla. Quedamos en el café que tanto frecuentaba Valle-Inclán, el Derby, en la plaza Galicia. Nos dimos otro abrazo sentido, nos pusimos al día y la acompañé hasta el aeropuerto. Había cierta magia en el gesto porque de alguna forma volvíamos al punto de origen: un aeropuerto, un lugar que como decía Inclán se puede convertir en una misteriosa lámpara maravillosa.

A las pocas horas, aprovechando el viaje, quedé en el mismo lugar con una joven y hermosa actriz que participa en una serie de televisión. El tema central de nuestra charla eran los sueños y como alcanzarlos. Cuando hablaba con ella me preguntaba qué precio hay que pagar por alcanzar nuestros más profundos anhelos. ¿Qué ocurre si en un mundo tan materialista como el nuestro eres un poeta, un soñador o un trovador de esperanza? ¿Qué precio o valor tiene un verso? ¿Quién paga a un juglar o a un inquieto idealista? Y sin embargo, nuestra civilización no sería igual si no fuera por la poesía o los soñadores. Los cimientos de nuestra cultura han crecido gracias a ellos.

Por eso nadie entiende cuando explico que quiero darlo todo para convertirme en un soñador, en un trovador, en un poeta. Nadie valora el esfuerzo de quedarte sin nada para poseer lo más importante de todo: el alma de las cosas. Soñar, explorar, descubrir como decía el escritor Mark Twain no puede ser algo ajeno al espíritu. Debe venir acompañado de esa pérdida para alcanzar un cielo, un horizonte más amplio.

¿De qué viviré en los próximos años? La verdad es que aún no he pensado en ello, quizás porque esta sociedad no esté preparada para valorar la escritura, la poesía, el arte. Pero realmente casi no me importa. Estoy preparando el escenario para ser aquello que siento, para hacer aquello que me inspira confianza. Las cosas podrán disfrutarlas otros. Mi disfrute será el abrazar el misterio, besar a la poesía y soñar despierto en ese nuevo mundo, mejor, más simpático, utópico. Para los maoríes existe un término, hau, que designa el espíritu de todas las cosas. Es el espíritu, el hau, lo que realmente me interesa. Es la poesía y el misterio que hay detrás de las palabras lo que realmente me da vida y sostén. Es allí donde encuentro mi verdadero alimento.

Al llegar a casa alguien me escribió para compartir un anhelo. Me sentí agraciado por esa magia que nos une unos a otros. Tendí la mano como aquella mañana en el aeropuerto de Madrid. Sentí que debía hacerlo. Sentí que la magia debía continuar. Sentí que debía explorar de nuevo, soñar de nuevo, descubrir de nuevo. Algo se gana cuando todo se pierde.

Gracias Ana, Paloma y Lorena por la inspiración de un día tan especial.

(Foto:En Santiago de Compostela cerrando nudos gordianos y abriendo el corazón a la nueva vida. Gracias Via Lucis, bienvenida Via Mundi…).

 

¿Somos coherentes?


 

a

«Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos«. Hávamál, poema escandinavo.

Resulta difícil encontrar cierta sintonía entre lo que somos –el espacio del ser como una totalidad integrada-, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hablamos y lo que hacemos. Normalmente esta desalineación es producto de nuestras circunstancias personales, nuestros anhelos interiores y nuestras capacidades para llevarlos acabo en el entorno en el que estamos.

La coherencia total es una de las asignaturas más complejas a la que nos enfrentamos como individuos y sociedad. Lo vemos en las relaciones, en nuestras vidas diarias, en nuestras propias frustraciones. La explicación tiene que ver con esa pereza interior de afrontar el cambio que supone ser coherentes. Seguir los dictámenes de nuestro corazón siempre chocará frontalmente con la comodidad de nuestro espacio de seguridad, articulado por una mente que analiza cada riesgo, cada circunstancia como un posible escenario de pérdida. Nos cuesta comprender que la vida no es una balanza contable preestablecida, sino un campo multidimensional donde a veces la pérdida da como resultado una enorme ganancia.

Estamos acostumbrados a basar nuestra vida en valores materiales. Si pierdo una casa, si pierdo un trabajo o pierdo una relación mi vida será un fracaso. Sin embargo, si mirásemos la vida desde un escenario más flexible, pronto nos daríamos cuenta de que la casa, el trabajo o la pareja solo son circunstancias, no pilares fundamentales de nuestra existencia total. Una casa se puede convertir en una tumba en vida, un trabajo en una prisión y una pareja en un tormento desdichado. ¿Por qué no entonces modificar nuestros soportes vitales y analizar qué es lo que realmente queremos en nuestras vidas? Quizás nos demos de bruces con una realidad nueva, más vasta e insondable que hasta ahora había estado misteriosamente oculta ante nosotros. De repente nuestras perspectivas se pueden dilatar hasta el infinito, poniendo como único obstáculo nuestros miedos a navegar en ellas.

Si somos capaces de sonreír ante aquello que realmente nos hace felices, es posible que empecemos a dar nuestros primeros pasos hacia la plenitud y la coherencia. Es como si de repente pusiéramos al servicio de nuestra claridad interior todos nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones y palabras, creando un entorno próspero y alegre preparado para afrontar cualquier cambio. Cuando lo hacemos nos volvemos más saludables, más alegres, más joviales, más alineados con la vida.

Por eso la incoherencia no tiene sentido excepto cuando entendemos que nace de la comodidad, de la ignorancia o del miedo. Ser incoherentes es nuestra propia incapacidad para alinear toda nuestra vida en un propósito interior claro y contundente, en un sueño, deseo o visión que nace de una dimensión que pudiera ser la suma de todas nuestras aparentemente separadas partes.

Si es así, y de repente descubrimos que la coherencia no es más que seguir nuestro propio camino, la vida no puede medirse entonces en el balance de la pérdida y la ganancia, porque a veces, perder todo el esfuerzo de una vida no es más que liberar fuerzas superiores que estaban esperando ese cambio para ponerse a nuestro servicio. Entonces ya no hay pérdida. Sólo una ganancia superior, enmarcada en un hilo de vida que nos conducirá irremediablemente a un estado de plenitud y felicidad verdadera.

(Foto de Anna O’Hara, valle de Louzara, Samos, Galicia).

La revolución de las manos


a9

Ver el atardecer invernal desde la caravana sigue siendo un privilegio. Tras más de una semana de aventuras por iberia, he vuelto al descanso del guerrero, al punto de quietud, al lago de los nibelungos donde las valquirias aplauden entre las ondas y los dioses céfiros el eterno retorno. El majestuoso paisaje reclama atención. Aún quedan placas de hielo entre los macizos verdes. Estar aquí, en casa, es como haber regresado al hogar tras la batalla del fin del mundo. Ante la gran sala boscosa, cuyo techo está cubierto con escudos dorados, se halla el árbol dorado Glasir. Fuerte, poderoso, expectante, se apodera de mi hechizo para arrastrarlo hasta el otro lado. Pronto las estrellas rastrearan el cielo en búsqueda de miríadas de vida. El aire puro de la montaña me traslada a los tiempos en que los hombres luchaban contra el mal mientras que las mujeres arrastraban con sus manos a los muertos en la batalla. Hasta el mundo de Valhalla, hasta el gran salón de los caídos.

Ahora esas manos se tejen suaves entre unos y otros. En este viaje la batalla es por la alegría. Por transmitir paz en entornos donde podría surgir la llama de la discordia. Las manos acariciaban los rostros, compartían historias, se entrelazaban para empoderar el amor. Rozaban suaves las yemas mientras el sudor serpenteaba discreto.

Las manos poderosas, suaves, declinaban la oferta de la espada y abrazaban cuerpos desnudos. Empujaban hacia lo volátil la belleza errante. Encrestaban el suave momento entre olores de ensueño. La lindeza sublime, el despertar hacia otro camino, el amor compartido. Manos y más manos cogidas y unidas por una sola causa. Manos grandes o pequeñas, pero todas juntas a la espera del canto, a la espera de la mitológica figura.

Manos que se alzan, manos que se entrecogen para ahuyentar el miedo. Manos que se abren para alcanzar una gloria compartida, no propia, sino siempre en Su nombre. Manos amantes, deseosas, risueñas, sensuales, volcánicas, siempre valientes. Ternura de seres que se reúnen ante el misterio. Sueños que nacen y se reencuentran más allá de los memes espaciales.

Cuando sonaba la trompeta en los albores del atardecer, sentí esa presencia arquetípica. Una gran mano teñida de rojo en el valle y sus cielos. Aquí, en el valle del Mao, el valle de la mano, con sus cinco ríos que navegan hasta completar la quiromancia perpetua, adivina, divina, previsible.

Hace frío aquí en la caravana. Pero el concierto de los mil pájaros que reclaman su instante compensa cualquier torpe sensación. Pronto habrá una revolución, y será de las manos. Manos de valquirias que recogerán aquellos rostros abatidos para trasladarlos a la dimensión del amor, de la belleza, de la calma. Un lugar donde es posible creer y crear, vivir y servir a la vida. De alguna forma ese lugar se parece a este. Y pronto vendrán muchas manos para recrearlo, para construir el nuevo jardín de Epicuro, la nueva Valhalla.

 

Ecoaldeando


 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
El movimiento de ecoaldeas está extendido por todo el mundo

 

Nos encontramos en alguna parte cerca de Granada, en una comunidad celebrando el encuentro de invierno de la Red Ibérica de Ecoaldeas. Este es un lugar propicio para compartir experiencias, para conocer grupos y personas que han entregado parte de su vida a la experiencia de vivir un modelo alternativo de convivencia. Son la prueba física y palpable de que otro mundo es posible. Algo que pasa de la teoría a la praxis, algo real que se está haciendo aquí y ahora.

Son personas normales, de carne y hueso, con sus contradicciones, con sus conflictos, con sus tristezas y alegrías. Con la característica de que alguna vez en sus vidas fueron valientes y dieron un paso firme hacia otro lugar, hacia otra dimensión de la existencia humana. No hay nada extraordinario en ese hecho en sí, pero sí hay mucho de extraordinario en cada una de sus vidas.

Llegar hasta aquí y compartir estas experiencias es un escenario único para conocer la dimensión humana en toda su visión amplia, en toda su perspectiva futura, en toda su carga llena de esperanza y fe. Dan ese paso firme porque tienen confianza, porque tienen el anhelo de soñar, pensar y actuar para que todo cambie.

De alguna forma inspiran un mundo diferente, más amable, más reconciliado con la naturaleza, con la tierra, los ríos, las montañas. Su dimensión ecológica a veces también alcanza sus vidas personales. Sus emociones, sus acciones individuales, sus creencias y pensamientos son matizados por esa observación en la convivencia estrecha, en los espejos que constantemente reflejan el rostro de lo que somos.

Son auténticos privilegiados que se reúnen en círculo alrededor del fuego conciliador. Cuentan historias y desahogan sus miedos. Se abrazan y conservan el tesoro de la proximidad, de lo cercano. El individuo cobra de nuevo el sentido del abrazo comunal, y se comulga en la esperanza del mundo nuevo bajo la mirada atenta de los cielos descubiertos entre montañas, en los valles húmedos con sus ríos vaporosos, en las entrañas de tierras incógnitas que soportan el timbrar de sus tambores. En estos lugares, las ecoaldeas, las comunidades, el ser humano cobra una dimensión diferente.

Nos sentimos reconciliados con esta llamada universal por ser más humanos, más cargados de emociones sinceras, de esperanza compartida. Nos sentimos privilegiados, en un mundo abocado a las máquinas y su soledad, por sentir el tambor de nuestros corazones. Están cerca. Bombeando la vida. Surcando los reflejos del gran espíritu, paseando entre valles rociados de belleza inmanente, volando libres como el ave Simorg.

Desapego y Libertad


DSC_0682

«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?» Lucas, 9:25

Que un hijo y sobrino de banqueros próximos al Opus quisiera asociarse a un hijo de la viuda resultaba curioso y sorprendente. De alguna forma, como en la película de Weir que tanto nos unió y donde se leía a Frost, nuestra amistad sirvió para «seguir un camino menos transitado que puede marcar toda la diferencia» o para extraer, como dice nuestro amado Thoreau, todo el meollo de la vida. Lo cierto es que Luis Valls-Taberner Muls y el que suscribe fueron socios durante un tiempo apasionante de un proyecto igual de apasionante. Para nosotros fue un máster de aprendizaje sobre valores empresariales, pero sobre todo, fue una maestría de tolerancia y amistad a prueba de todo fuego y duda. Andamos un trozo de camino juntos y aproximamos nuestras miradas al estrecho que separan continentes tan dispares, pero sobre todo, abrimos un pacto, un lazo indestructible.

Luis ha demostrado en estos años que no importa las cosas que nos separan como individuos, sino todo aquello que nos une como seres sintientes, capaces de afrontar emociones y compartirlas desde el respeto y la tolerancia. Uno de los grandes activos que siempre he sentido como propio y suyo es esa capacidad para ser amigos de todo aquel que guardara como única bandera la tolerancia y el respeto, pero sobre todo, la libertad de ser uno mismo sin importar lo que digan, sin añadir nada que no fuera auténtico. Por eso me gusta saberme parte de esa aura que nos envuelve, porque de alguna forma, y el tiempo lo dice, hemos estado ahí en lo bueno y en lo malo.

Ayer pasamos un buen rato juntos en Madrid y me regaló un ejemplar de su segundo libro, Desapego y Libertad (Editorial Indicios), con el cual quiere rendir un homenaje a su tío Luis Valls-Taberner Arnó, el que fuera presidente del Banco Popular. Y también rinde homenaje, de paso, a la unión especial que el legado humanista está dejando en muchos proyectos empresariales que empiezan a nacer y crecer ante el mandato del beneficio, por supuesto, pero también del servicio. Una nueva perspectiva de un mundo que está cambiando y que quiere volverse cada día más humano, y de alguna forma, más espiritual. Así que gracias Luis por conjugar de esta manera ese legado y sigamos, como no, dando espectáculo.

Querido Luis,

acabo de terminar tu libro Desapego y Libertad. Quería leerlo porque además de la curiosidad propia por conocer algo más de tu tío, sentía también cierta curiosidad por saber de tu evolución humanista, tu aproximación de nuevo al mundo de la escritura y las dudas propias que acechan con la cercanía hacia la edad adulta sobre el qué hacer para adentrarnos a ese camino del corazón al que aludes en el libro.

Puedo decir que su conjunto me ha gustado, especialmente hablar con desapego y libertad de un mundo tan abstracto como es el de la banca desde una posición tan suave y firme a la vez como puede serlo la literatura y la cultura. Respirar ambos aires ha sido hermoso, así que gracias por el paseo y la reconciliación de ambos mundos, el de la materia y el espíritu. 

Sólo seguir animándote para que sigas tu senda de constructor de realidades materiales, sin olvidar nunca esa esencia que tu tío tan bien llevó a puerto: la esencia del ser. Un ser que por ser de una sustancia diferente, siempre se muestra volátil pero poderoso, como los vientos que arrecian las costas y los mares. Un espíritu poderoso siempre se sumerge en la premisa del silencio, en la vaguedad de la prudencia, en la valentía de poder arriesgar tan solo activos que nacen del interior. En eso algo has aprendido, y por eso te pongo como ejemplo tu propia amistad. Un valor seguro a largo plazo y del cual, por muchas vidas que pasen, siempre atesoraremos en el otro reino. Siendo así, gracias por el regalo y gracias por tu amistad. Y de paso, sigue navegando hacia ese interior, mientras que con losas fuertes y poderosas, sigues construyendo tus castillos.

Un abrazo sentido,

J.

Reinventándonos: ¡A la venta los activos!


a

A lo largo de la vida he podido descubrir que cuando te deshaces de algunas cosas, automáticamente queda una especie de hueco para que aparezcan otras con renovada energía y fuerza. Ayer una buena amiga me recordaba que llevo haciendo eso toda mi vida. Me contaba la anécdota de nuestro primer encuentro cuando estaba en la universidad y le invité a que se llevara todos los libros que quisiera, ya que me estaba desapegando de todos ellos. Fue muy divertido cuando ayer le contaba que unos años más tarde me encontraba en una situación parecida.

Este año es de cambio. Siento una necesidad interior de volver a reinventarme. Es como si pudiera experimentar esa presión que la oruga percibe cuando dentro del capullo empiezan a salirse las alas. Paradójicamente estos días estamos trabajando en un nuevo proyecto cuyo símbolo es una mariposa. Es un símbolo que pretende adaptarse a los tiempos en los que estamos para reordenar toda esta experiencia acumulada en los últimos diez años. En esa experiencia de cambio, de poner orden en la casa, entro en la necesidad de desprenderme de aquello que me ha resultado útil durante todo este tiempo, de aquello que ha forjado en mí un aprendizaje poderoso, pero que ahora debe pasar a otras manos.

Por eso me atrevo una vez más a lanzar una oferta sobre aquello que tengo, por si a alguien le pueda interesar. Son cosas muy valiosas para mí, por eso esta vez lo hago con sumo cuidado y respeto para que quien pueda estar interesado lo cuide con cariño y amor. Mi necesidad de renovación implica abrir nuevos espacios, nuevos retos y nuevos proyectos. Y con ello de paso ayudar a los que también quieran renovar su vida ofreciendo el fruto de mucho trabajo y esfuerzo a un precio simbólico. Aquí van las cosas:

  • Piso de 70 metros cuadrados en Samos, valorado en cerca de 50 mil euros. Precio de venta: 20 mil euros.
  • Editorial Séneca, valorada en más de 150 mil euros. Precio de venta: 20 mil euros.
  • Editorial Nous, valorada en más de 100 mil euros. Precio de venta: 50 mil euros.
  • Editorial Dharana, valorada en 20 mil euros. Precio de venta: 10 mil euros.

Todo el pack, piso más editoriales: 73 mil euros.

Toda la inversión es fácilmente recuperable ya que los sellos editoriales tienen acuerdos con otras editoriales que le repercute un ingreso de dinero mensual. El precio del piso está a más de la mitad de su valor de mercado y está a menos valor de lo que yo pagué por él en una subasta de Correos.

Esto es todo lo que hasta hoy día he cosechado en estos últimos diez años. Desprenderme de ello por un precio simbólico no es para mí una pérdida, sino una ganancia interior que no tiene precio. Mi deseo es centrarme profesionalmente en cosas que me repercutan algo para vivir y sobre todo, algo para potenciar el proyecto O Couso. Espero que alguien de vosotros también desee reinventarse y acoger alguna de estas aventuras y proyectos. Todo negociable en términos de pagos y la mayor flexibilidad.

El camino iluminado de la creación


a

Es apasionante conocer personas que hacen todo lo posible por poner en marcha sus proyectos. Esto siempre implica construir un puente indestructible entre el mundo de las ideas y la plasmación física de la misma. Implica necesariamente una intensa actividad mental, una gran capacidad de imaginar y visualizar nuestros proyectos, más ese penoso esfuerzo por reunir las fuerzas necesarias que harán una realidad el sueño perseguido.

A veces los proyectos personales son sencillos o están adaptados a la realidad inmediata. No requieren gran inventiva. Nos formamos desde la edad infantil para ir progresando más o menos en materias que nos aproximarán a la imitación de lo que vemos, de lo que han atesorado durante generaciones para nosotros. Seguramente, tras terminar nuestra formación, buscaremos un trabajo que se adapte a nuestras aspiraciones, las cuales, en la mayoría de los casos, no superan las expectativas de nuestros predecesores: tener un hogar y un marco de seguridad económica y social razonable.

Hay veces que todo eso falla, o que simplemente, todo eso no nos satisface. Es como si existiera un cortocircuito poderoso que nos impulsara a salir de esa tradición, de ese marco referencial al que nos habían acostumbrado. Olvidamos la creencia social de que debemos ser como el otro y aspirar a unos márgenes razonables de bienestar. Algo ocurre y abandonamos súbitamente ese marco de referencia para crear el nuestro propio, nuestra propia realidad.

De alguna forma pasamos de simples imitadores a poderosos creadores de realidades nuevas. Ya no deseamos estar anclados en ese marco de seguridad, ahora somos capaces de arriesgar todo nuestro mundo sostenible para crear algo nuevo, diferente, apasionante, arriesgado pero posible. Cuando llegas a esta conclusión, a esta poderosa verdad sobre la posibilidad de transformar nuestras vidas y volverlas más creativas, una fuerza extraña nos posee y nos empuja a realizar nuestros sueños.

¿Y qué es eso que nos ha arrastrado a ser diferentes, a buscar un marco de referencia anómalo, insólito y original? No es una vocación nacida de ninguna ambición, ni una necesidad de demostrar nada, ni siquiera una desesperada huida hacia delante, aunque estas cosas pudieran ocurrir en algún momento de nuestra apuesta. Lo que verdaderamente ocurre es un impulso que nace de dentro, de ese lugar que identificamos como alma, como llamada interior o como señal del corazón que nos mueve a conectar con otras fuerzas, con otras energías, con otras realidades capaces de cocrear cosas que faciliten y ayuden a un cambio de paradigma, a un entendimiento con la realidad diferente.

Esto que algunos llaman misión o propósito interior tiene mucho que ver con algo poderoso que aún no llegamos a entender del todo. Es complejo definirlo, intelectualizarlo, explicarlo, pero está ahí, y nos conmueve. Nos lanza a los vacíos existenciales que hacen de nuestras vidas una aventura incesante. Dejamos de ser esa copia inexacta para convertirnos en algo original, único, verdadero. Entonces la vida corre más deprisa, la sangre llega a todas las partes de nuestro cuerpo con esa vibración especial. Exhalamos vida por cada uno de nuestros poros y sentimos la necesidad de expresarla, compartirla, sentirla en su máximo esplendor. Hemos llegado al camino iluminado de la creación. Hemos llegado al centro de nosotros mismos. Ahora solo nos toca hacer una cosa: caminar, caminar, caminar. Entusiasmados, amables, expansivos.

 

Reviure Solanell


DSC_0668

El viernes estuve paseando durante cuatro horas con una buena amiga por la playa mediterránea. A las dos de la mañana me di cuenta de que tenía que salir dirección Pirineos si quería ser puntual a mi cita con Solanell, un pueblo abandonado que un grupo de amigos están rehabilitando. A las cinco de la madrugada caí dormido en mitad de las montañas y a las ocho ya estaba de nuevo en camino.

Llegué puntual, tras unos kilómetros de pista forestal y muy cerca con las fronteras de Andorra y Francia al lugar de encuentro. Solanell, un pueblo que data del siglo IX, está anclado en una exuberante sierra de la vall de Castellbò, en el Alt d’Urgell, vigilado por las cimas de Mongetes y Roca Castellana. Posible refugio del catarismo que huyó de Francia en siglos pasados, Solanell está siendo recuperado gracias a la iniciativa del amigo Saül Garreta, arquitecto tarraconense, impulsor de la cooperativa que intenta recuperar todo el pueblo y compuesta por personas de diferente origen que trabajan duro para que el proyecto sea una realidad.

Por la mañana, nada más llegar, nos pusimos manos a la obra para echar una mano en la rehabilitación del lugar. Me tocó trabajar en la fosa séptica, montando tuberías y ayudando con ello que los sanitarios del nuevo albergue que pronto se inaugurará estuviera preparado.

Por la tarde me invitaron a que diera una breve charla sobre la experiencia utópica que he podido vivir en estos diez últimos años gracias a la tesis doctoral. Fue una bonita oportunidad para compartir todo el conocimiento que durante estos años hemos ido acumulando, y sobre todo, para hablar de cómo esa experiencia la estamos desarrollando en el proyecto O Couso.

Quise hacer una charla teórico-práctica, así que para sorpresa de algunos, nos cogimos todos de las manos, guardamos unos minutos de silencio y empezamos a trabajar en la pieza más importante de todo proyecto: el ser humano. Intenté explicar a base de círculos de consciencia y herramientas prácticas la necesidad de cuidar la parte humana de todo proyecto, eje fundamental desde donde se articulará el futuro éxito de lo que allí estaba ocurriendo.

Hablamos, como conclusión, de que no importa lo que hagamos, no importa incluso el cómo lo hagamos, pero sí importa mucho el cuidado de las relaciones, del cariño, de la amistad que puede salir o crecer de un proyecto cualquiera.

Espero que la charla sirviera de inspiración y espero que puedan cooperar como hasta ahora en un clima de apoyo mutuo, de amistad y cuidado. La sociedad necesita nuevos modelos de actuación, y eso solo es posible cambiando nuestro modelo interior de visión hacia los demás. Ese fue el núcleo central de todo lo expuesto. Nada de fuera puede cambiar si nada de dentro cambia.

Gracias Saüll por la invitación y gracias a los amigos de Solanell por el proyecto tan bonito que estáis haciendo.

Más información sobre el proyecto:

http://www.reviuresolanell.com/

(Foto: Saül explicando el sistema cooperativo de Solanell)

 

Reeducando las conciencias


a

A veces cuando viajo tengo la sensación de que dentro de nuestras casas se cuela una especie de gorila de cinco toneladas que nadie quiere ver. Encendemos la televisión y nos muestran un mundo fantástico, con anuncios donde el paraíso parece que pueda rozarse con tan solo comer un yogur o hacer un viaje en uno de esos maravillosos cruceros a bajo coste. Ayer me senté durante unos horas para observar ese impresionante mundo y cuando terminé me hice la pregunta: ¿pero donde está ese mundo? ¿realmente cuando saboreas un yogur la vida parece impresionante? ¿de verdad desaparecen los problemas a golpe de crucero?

Hay personas que dedicamos gran parte de nuestras vidas a vivir en esa ilusión. Según las estadísticas, todos nosotros empleamos al menos cuatro horas al día en consumir telepantallas de todo tipo. Ahora el gran hermano orweliano nos vigila y nos alienta a que sigamos haciendo las mismas cosas de siempre, pensando las mismas cosas de siempre sin capacidad de reacción, sin posibilidad de cambio, de revolución, de firmeza ante la mentira.

Porque no es cierto que mi vida cambie ni un ápice ante el sabor de un nuevo yogur o un maravilloso viaje por el Caribe. Cuando vuelva, mi realidad continuará siendo igual porque nada de lo fundamental se ha modificado. Absolutamente nada de lo que me soporta como ser humano ha sido reemplazado. Es cierto que con algunas cosas podemos gozar un poco más, podemos sentir cierta felicidad pasajera, pero todo es provisional y volátil.

Es fundamental que tomemos consciencias de ese gran gorila de cinco toneladas que está destruyendo nuestras vidas en esos cuatro metros de comodidad extraña. Es un gran gorila que vive entre nosotros, que va entrando en nuestras miradas, en nuestras consciencias destruyendo nuestra capacidad de reacción, de rebeldía, de cambio.

Sembrar semillas de consciencia para que germinen en nuestro interior es una tarea compleja. Lo cierto es que nos resulta incómodo empezar la búsqueda de algo nuevo porque siempre está la misma pregunta: ¿hacia dónde ir? Y luego siempre está la misma respuesta: tengo miedo. Y el miedo es un perfecto paralizador, porque siempre nos han educado a temer, a ser precavidos. La valentía no es un valor al uso porque nos aleja de las normas, de lo consentido, de lo pactado socialmente. Por eso nos resulta imposible enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestra realidad. Por eso resulta más fácil dormir plácidamente en el sueño de normalización.

Pero a veces, muy rara vez, ocurre que nos rebelamos. Que iniciamos la marcha hacia otra parte, hacia otro lugar donde urdir una trama diferente para nuestras vidas. A veces ocurre que tomamos consciencia de algo, quizás de todo cuanto hay que hacer para colaborar en el cambio hacia una nueva realidad y futuro. A veces ocurre y empezamos a caminar, a cambiar, a vivir de forma extensa y amable. La anchura del mundo se vuelve espaciosa y nuestros corazones se reclaman como abanderados de una nueva vida. Reeducamos nuestra consciencia, sabemos hacia donde ir y desaparece el miedo. Y cuando eso ocurre, nuestra obsesión se convierte en ser sembradores, en ser cuidadores y vigilantes de esa nueva consciencia. Custodios del camino, guerreros contra las tinieblas de la ignorancia, el tedio y el temor.

Si por casualidad alguien sembró la duda en ti, levántate y anda. El mundo espera.

No te rindas


a

Estos días me levantaba optimista y con fuerza, con ganas de hacer cosas, con esa necesidad interior de sentir la vida palpitar. El día empieza como quieras que empiece. A veces los sueños condicionan la rutina. Dicen que los sueños son los mensajeros de nuestro inconsciente, y eso a veces puede determinar todo un día. También el tiempo. En la caravana nos levantamos estos días con mucha lluvia. A las siete y media aún es de noche y el llegar hasta la ermita para la meditación mañanera puede ser todo una aventura. También nuestro estado de ánimo puede condicionar nuestro día por cualquier mala noticia. Estos días las recibía, pero ni siquiera eso amedrentaba el tono intencional de mi interior. Lo cierto es que hay días que descubres que son insufribles. A veces estos días pueden convertirse en semanas o meses hasta caer en esa depresión que llega sin saber como empezó todo. ¿Fue la lluvia de aquella mañana? ¿Aquel mal sueño? ¿Aquella mala noticia? ¿Aquella mujer con olor a alcanfor que desapareció de repente?

Lo cierto es que si no estás atento cualquier cosa te puede hundir sin darte cuenta en un pantanoso lodo del que resulta complejo salir. Pero estos días combatía la negatividad aparente con respuestas automáticas de fortaleza, de poder, de optimismo. Porque no solo hay que desprenderse de las cosas y la codicia, sino también de las emociones tóxicas, de los pensamientos que perturban, de los encuentros abruptos con uno mismo que nada aportan.

Para vencer la tendencia negativa, para soportar la levedad de cualquier descuido, intenté mostrar la cara amable, el lado bueno, la esperanza. Llamé a personas que hacía tiempo que no llamaba. Fui a visitar más a menudo a la tendera del pueblo para animar la tristeza de las tardes. Regalé un lote de libros por valor de más de mil euros a un nuevo negocio que intentará sobrevivir a la vorágine de los mercaderes. Abracé todas las mañanas a la terca yegua Rocío e invité a un paseo a los seres invisibles que siempre nos acompañan y nos ayudan en todo. Un paseo celeste, de esos que perduran sin tiempo, que rozan los atardeceres como si fueran nubes de algodón. De esos cuyos lados soportan la eternidad y el talento.

La fragilidad es compleja. La soledad ayuda a combatir el tedio porque de alguna forma te fortaleces interiormente. Si dejamos de estar a expensas de los vientos diarios nos forjamos un interior poderoso. Los vientos siempre estarán ahí. Y a veces caemos en la tentación de tumbarnos para no ser arrastrados por los mismos. Pero al hacerlo no solo nos humillamos innecesariamente, sino que no fortalecemos nuestra vida, no nos enfrentamos a los envites inevitables. El valor y la heroicidad cotidiana deberían ser nuestra bandera, nuestra verdadera ambición diaria.

Por eso, cuando el día empiece extraño, o el mal humor nos posea, cambiemos el tono de la sonrisa, supliquemos por algún pequeño milagro que nos reviva. Es más, forjemos nosotros ese pequeño milagro. Saquemos a lucir nuestra vaporosa terquedad y seamos caudillos de nuestro mundo. No hay mayor regalo para nosotros y para el mundo que ser castillos de piedra viva, concebidos en el fraguan de la adversidad y formados en la batalla diaria de la vida. Lo amable siempre vence lo duro, como el agua que pule la piedra con su constante rozar. Fluir en nuestro castillo interior como agua que nace de las fuentes de la vida nos transforma en poderosos instrumentos de lo milagroso. No te rindas. Continúa. Hasta el final.

“Encuentros en tercera fase II”, Barcelona, Madrid y Granada


a

De nuevo por motivos diversos me toca viajar, salir al mundo y de paso abrazarlo como ya hicimos en el primer encuentro en tercera fase donde pude conocer a gente maravillosa y compartir ratos inolvidables.

Vencer las barreras que nos separan, especialmente las virtuales, para conectar con el ser real, con la persona de carne y hueso que somos, derribando con ello los prejuicios, las diferencias, las formas, nuestras propias estructuras y miedos. No se trata de nada especial, solo de volver a convertirnos en seres humanos y compartir un trozo de tiempo juntos.

Esta vez estaré en Barcelona el próximo fin de semana (12-15 de febrero), pasaré por Madrid a mediados de semana y luego estaré el próximo finde por Granada (19-21 de febrero). Aunque esta vez voy algo justo de tiempo, estaré encantado de poder compartir un desayuno, comida, merienda, cena o paseo donde queráis. Podremos hablar de la vida, de la muerte, de la transmutación humana, del gran misterio de la vida, del porqué a los peces no les entra agua en los ojos o simplemente pasear en silencio en algún lugar sugerente.

La idea es que nos inspiremos, que compartamos, que aprendamos juntos, o simplemente que nos reconozcamos, que andemos un trozo de senda por alguna vereda, o nos sentemos al borde del camino para contar alguna cosa. Seguro que nos inspiramos, seguro que nos abrazamos, seguro que nos convertimos en un siendo continuo. Y si no, seguro que nos reímos un rato.

¿Por qué estos encuentros? Porque la vida humana no tiene sentido sin el compartir humano. Solo desde el otro podemos alcanzar el misterio de lo que somos. Solo con el otro podemos tejer juntos un mundo diferente, más armonioso, más tranquilo, más en paz. Compartir es el eje central del nuevo paradigma, y no solo se puede compartir desde la palabra, también desde el encuentro real, desde el verbo que se hace carne y nos penetra.

Así que os espero en cualquier rincón para echar unas risas. Si os apetece, escribir a: javier@dharana.org

Pd.- Como esta vez voy a viajar en coche, si os coinciden las fechas y queréis compartir el trayecto conmigo también estáis invitados.

(Foto: encuentros en tercera fase aquí en O Couso. Estáis invitados a venir cuando queráis. Aquí con los amigos Jorge y su esposa Margarita, Joaquin, José Luis, Rocío y Geo).

Cuando no tienes nada


 

a

«Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero básicamente sería una cárcel sin muros de la cual los prisioneros no soñarían evadirse. Sería esencialmente, un sistema de esclavitud donde gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían amor a su servidumbre». Adous Huxley

Hoy le comentaba a una amiga que estaba realizando de nuevo gestiones para intentar vender todo lo que aún me queda en el plano material. Empresas, propiedades o cualquier cosa que ocupe un mínimo de tiempo en alejarme de la verdadera vida, de esa que corre por la sangre y no necesita nada. Es como si de repente percibiera cierta lucidez y pensara, como decía Chaplin en el discurso en el que emulaba al Gran Dictador: «lo siento, pero yo no quiero ser emperador; ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible». Con cierta humildad, con cierta sinceridad desnuda, siento algo parecido.

No tengo deseos de gobernar cosas, de encerrarme en ellas, de encadenarme de por vida al miedo de perderlas, de atesorarlas, de multiplicarlas. No deseo acumular polillas en el orbe de la codicia, ni empantanar el alma con odio o perversión. Si la libertad existe, sé que no está en las cosas. Sé que la tierra es lo suficientemente rica como para alimentarnos a todos, para atesorar en el alma las riquezas verdaderas. Sé que la esclavitud perfecta es aquella que disimula su rostro, que nos mantiene atados sin saberlo, ofreciéndonos pequeños obsequios como a los loritos cuando aprenden una palabra. Ese pensamiento es perverso porque no queremos aceptarlo. Nos duele la idea de pensar que cuando todo acabe, ni siquiera podremos arrastrar un trozo de metal al otro lado. Pero más perversa resulta la idea de abandonarlo todo ahora que podemos. De saciar nuestra codicia no con cosas, sino con ideas, con experiencias, con paseos nocturnos hacia la luna. Ya lo dijo Jesús: si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y dáselo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Ven y sígueme. Es un mensaje tan revolucionario que terminó crucificado. ¿Cómo hacer esa revolución en nosotros sin terminar en la cruz? Es como si el mensaje fuera doblemente perverso: si no quieres terminar en la cruz, atesora aquí en la tierra. Parece una macabra burla del destino.

Siempre deseamos más. Siempre queremos mayores cosas por miedo a esa cruz, a ese qué dirán, a ese odioso desprecio hacia lo diferente. Es algo que no tiene fin. Nunca estamos tranquilos y satisfechos porque algo crece en nosotros que nos obliga a buscar en lo inerte algún tipo de tesoro. La aparente abundancia nos hace pobres, mendigos de migajas materiales que se evaporan a cambio de nuevas migajas. Como arma de defensa se apodera de nosotros el cinismo, el orgullo, la vanidad. Ni siquiera somos capaces de despertar a otro modo de vida que no sea el nuestro, que no sea nuestra verdad, que siempre es absoluta e inamovible. Y todo porque alguien nos dijo que debíamos comer así, debíamos vestir así, debíamos pensar de esta manera sin cuestionar nunca esas verdades. Somos un perfecto ganado obediente, redimido a la plácida sensación de seguridad. Pero cuando la vida te arrastra hacia la nada, cuando todo lo pierdes por necesidad, entonces dejamos de ser rebaño y recobramos nuestra hermosa condición humana. Esa que nos hace libres, esa que nos arrastra hacia dimensiones de mística revelación, esa que nos empuja irremediablemente a amar el mundo, su oscuridad, su belleza plena, su atisbo de esperanza.

Cuando de nuevo llegue la guerra o el hambre, cuando de repente lo perdamos todo, entonces volverá a nacer en nosotros la fe, la conexión con el misterio, el anhelo y la certeza de que todo puede ir a mejor. Cuando esa guerra y ese hambre sean condiciones de nuestro propio espíritu, cuando estemos en condiciones de vencer la batalla de la vida, lo más inmanente que hay en nosotros se manifestará inevitablemente. Sólo entonces entenderemos esa necesidad de comprender que llevamos el amor en nuestros corazones, y que la magnitud de nuestra compasión es equiparable al hecho de que estamos vivos. No desfallezcamos. Seamos amorosos, libres, estrechamente ligados a nuestra condición humana. Vayamos a esa cruz y descolguemos al mensajero. Digamos al mundo: ven y sígueme, seamos perfectamente humanos.

 

 

Cuerpos desnudos, almas inspiradas


a

Ayer pasé un día hermoso con Lucía. Viajé hasta Gijón para conocernos ya que hacía años que andábamos saliendo juntos en la prensa pero no teníamos el gusto de saber de nosotros más allá de la vida virtual. Curiosamente hoy salía en un periódico un nuevo artículo que hablaba de ambos, así que nos fuimos a comer a un vegetariano para celebrar el encuentro y la noticia.

Lucía es de las pocas mujeres que en este país se declara abiertamente asexual. Siempre que piensas en ese tipo de sexualidad te imaginas a personas raras, con antenas en la cabeza o alguna especie de trauma insuperable. Pero lo que encontré fue un alma bella, una persona libre, sin tapujos, hermosa por dentro y por fuera, inteligente, sensual y atractiva. Un ser cariñoso, de esos que te abrazan y te compunjan el alma, de esas personas que envuelven cuerpos sin importar el como y además, inspiran almas.

Cuando volvía por la noche hasta la nevada montaña, me sentí afortunado por poder disfrutar abiertamente de esta libertad extraña. Sentí cierto agradecimiento por todas esas personas que he tenido la suerte de conocer en estos años y que tanto me han aportado como ser. Es una fortuna poder coger el coche e ir al encuentro de almas bellas capaces de transmitir una parte de su vida sin apenas conocerte. De compartir sus secretos más íntimos y reservados con humor y alegría.

Ayer, de forma consciente, descubrí lo hermoso que resulta poder abrazar cuerpos, no importa si están cubiertos de capas de pasado o andan desnudos. Ayer le contaba a Lucía la de tantas veces que había podido abrazar cuerpos desnudos sin buscar más allá que la intención de poder disponer de un trozo de alma, de estrechar el lazo místico que tanto nos une a todos por igual. El éxtasis de esa libertad va más allá de esa desnudez. Lo que realmente reclama el cuerpo desnudo es la inspiración del alma, la sencillez del encuentro sumado a la complejidad del momento único y verdadero. El cariño de seres que se encuentran, que se aman, que se abrazan sin tapujos y desean lo mejor para el otro sin esperar nada a cambio. Esa libertad en la expresión, ese poliamor sincero que se comparte sin tapujos ni estrecheces nos acerca siempre más y más a la realidad última, primigenia del ser.

No hay cárceles conceptuales, no hay rencillas ni desconfianzas, solo una plena confianza en el otro, asumiendo que su realidad forma parte del todo mayor, y por lo tanto, del nosotros. Salir al mundo desnudo, sin nada que esconder, sin nada que ocultar, solo con la sincera respuesta del abrazo mutuo, del amor mutuo. Libres, sin condicionamientos, sin prejuicios, sin reservas. Cuerpos desnudos, almas inspiradas.

Los mensajes del día


a

Hoy hemos disfrutado de la grata compañía de unos amigos del alma. Ha sido hermoso verlos pasear por los prados, por el pequeño bosque. Nos ha encantado prepararles unas ricas lentejas y hablar junto al ventanal que se abre en la casa. Tras unas horas de reencuentro se fueron y me quedé solo ante el ventanal, contemplando el ancho mundo, el misterioso atardecer, el canto sinfónico de ese coro de pájaros que alegra siempre los corazones.

En momentos de soledad, tan cargados de belleza y exuberancia, tan impregnados por el silencio que nos acerca cada vez más al roce del alma, uno se siente vivo y afortunado. Te puedes sencillamente reconciliar con todas las contradicciones que albergamos, con todos los atropellos y tropezones. De hecho sentía muchas ganas de abrazar cada error, cada melancolía, como esa última que inevitablemente me lleva día y noche hacia ese olor a alcanfor que tanto se añora. Y ahí estaban los amigos que venían de lejos para compartir un trozo de tiempo. Ya estaban en el recuerdo, pero seguían latiendo.

Miro por la ventana y veo el vasto universo que me rodea. Todo el silencio, toda esa envergadura vital que puedo rozarla con la mirada perdida, con el deseo adyacente, con la matriz de vida. Me siento preñado de nostalgia, pero también afortunado por poder disfrutarla en esta soledad tan desolada, en este abanico de deseos que desean irrumpir en el mundo como un soplo indestructible.

Este invierno tan primaveral me recuerda las contradicciones lógicas del mundo, de nuestro mundo. Se me antoja necesario el poder esgrimir un reducto de pasión en todo. Siento cierta fuerza interior, porque la soledad te impulsa meteóricamente hacia el centro de poder que somos. Por eso la soledad es un reino poderoso, expansivo, radiante. Si sabes estar a solas sabes que la fuerza se apodera de ti. Una fuerza que desea cortejar la vida, asomar por las canillas del espacio exterior desde una exuberante placidez interior.

Cuando sientes esa inevitable soberanía, cuando alcanzas cierto grado de dominio sobre aquello que se cuece en nuestro interior, un resplandor bombea todo el prisma dimensional que somos. Como una luz que estalla y se convierte en día. Como un misterioso rayo que nace en la noche para iluminar el instante, como esa lucidez que viene de lo alto y traspasa las ramas de los árboles, suave, misteriosamente.

Quizás todo esto dure un instante. Quizás la realidad cambie en poco. La brevedad es algo que nos recuerda muchas cosas. Por eso el instante hay que abrazarlo desde lo intangible, desde lo irremediable. La noche espera. El sueño aguarda. Alguien decía que el sueño, que los sueños, son como mensajeros de nuestro inconsciente. Son cartas que nos llegan para avisarnos, para comunicarnos algo profundo. Hoy, despierto, estoy soñando, porque de alguna forma he captado el mensaje. En un rato me sumergiré en las sábanas de franela, en la montaña de mantas que me protegen del invierno. Dormiré plácido y tranquilo en la caravana, rodeado de árboles, de bosques, de prados, de montaña y cielo. Las estrellas, las luminarias, serán de nuevo mi tejado. Y la soledad, de nuevo desolada.

(El triple diálogo entre lo humano, la naturaleza y lo sobrenatural siempre se teje en el contacto directo con el silencio. Solo desde el silencio podemos albergar cierto sentido de la existencia. El silencio es un mapa que se apodera de nuestro vagar vital para ofrecernos la respuestas a nuestro destino).