Un lado luminoso


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No hay puerta en el pequeño salón y el frío del invierno roza nuestros rostros que son al mismo tiempo caldeados por una pequeña estufa. Algunas velas decoran el salón. Dos personas, el perro Geo, las gatitas, la yegua Rocío, las gallinas, los conejos y ahora también cinco peces que viven una nueva vida en un pequeño estanque que sirve a la vez de abrevadero.

La cena ha sido de lo más humilde: una sopa de fideos. Hemos recibido algunas llamadas, algunos mensajes, pero sobre todo, el silencio está reinando en esta noche solitaria. Nos hemos rendido a lo manso, a lo tranquilo, al silencio. No queríamos que una noche tan cargada de significado fuera atropellada por el ruido. Aquí en los bosques, confraternizamos con lo sublime de la naturaleza, invitados a la gran fiesta del amor invisible.

Desde el gran ventanal del salón, y gracias a una espléndida luna llena, podemos divisar el bosque, con sus árboles desnudos y el fondo de la noche atravesada por el sonido del viento. Nos sentimos privilegiados, afortunados. Nos ha tocado ser guardianes del lugar, pero también del símbolo. El amor no es tan sólo un ajetreo de complaceres. Es también un instante de quietud, de añoranza, de fortaleza.

El frío no nos puede porque por dentro ardemos de esperanza, de fe en el mañana. No tenemos miedo a la noche. Nos protege la complicidad y el amor que sentimos hacia todo cuanto existe. El deseo luminoso de servir en silencio, a pesar de que en ese servicio nos equivoquemos una y otra vez, e incluso cree enemistad en aquellos que débiles no soportan el devenir diario, es nuestra llama, nuestra guía.

Hay un lado luminoso en todo. Y esta noche tan especial, nacimiento simbólico del amor como esperanza futura para la raza humana, queremos ser llamitas flameantes en la noche oscura, como estas velas que tímidas aportan un resquicio de anhelo y vaporosa confianza en este instante.

Gracias de corazón por todos los que hoy os habéis acordado de nosotros. Gracias de corazón por mantener viva la llama de un futuro mejor. O Couso mañana se despertará cargada de regalos. El rocío, el viento, la lluvia, algún perdido rayo de sol. Cualquier cosa será suficiente para demostrarnos que en lo sencillo, en el misterio de las cosas simples, se encuentra la mayor enseñanza, el mayor de los secretos. Que el Ser Invisible os ilumine a todos. Que el Amor nazca esta noche en vuestros corazones. Feliz Natividad.

Pd.- Un especial recuerdo para todos los que hoy estáis lejos. Un especial abrazo sentido cargado de amor y cariño, de luz, de mucha luz en vuestra ausencia.

(Foto: nuestra cena de nochebuena: una sopa de fideos acompañada de un magnífico plátano).

Confesiones de un alma bella


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Sufrir y amar. Esos son los fundamentos del ser. En los caminos ásperos de la memoria, no recuerdo ni un solo día que no amara de la misma forma que ese dolor humano producía desazón. Tan pronto como me llega un poco de aire, deseo sentir algo agradable. A pesar del sublime paisaje, a pesar de esta soledad afilada que se desenvuelve entre parajes inhóspitos de montes y profundos bosques, los deleites de estos días me están vedados. En mi lecho solo encuentro consuelo en Goethe mientras que la taciturna lamparilla esgrime trozos de recuerdos de esa alma bella.

Cuando hay un dolor de alma es porque esa emoción nace de algo profundo, irracional, algo que posiblemente venga de otras vidas y pretende reajustar alguna historia muy lejana. Lo breve no duele. Solo lo que viene del más allá, lo que ha sobrevivido a lejanas vestiduras.

El príncipe del universo tiene por costumbre contar cuentos de amor y de hadas. Son historias imaginadas en su mente que de alguna forma toman vida en nuestras desesperadas existencias. Nosotros no podemos ver a los duendes, a las hadas, pero sí podemos escuchar sus historias de amor. Tanto es así que las reproducimos una y otra vez en diferentes paisajes, en diferentes tertulias oníricas donde el poder de la magia transforma los sueños en realidad. Los seres invisibles se deleitan con nuestro dolor y celebran la resurrección de nuestros sueños en hogueras que lucen en la noche de nuestros espejos. Es entonces cuando los objetos de la naturaleza cobran una vida incierta, pero real. Un aliento que desdibuja atmósferas y dimensiones entrecruzadas, dando como resultado un mundo astral vivo y danzante.

Siempre dicen que tras la oscuridad viene la luz. Tras el resplandor incipiente se presenta de nuevo el camino. La confusión se consolida en las raíces del deseo, pervirtiendo nuestra mirada y trayectoria. Hay poderosas razones para sentirnos abatidos, y aún así, seguir caminando. Los apegos son necesarios. De alguna forma nos sirven de motor de cambio. Cuando aprendemos a deshacernos de todo aquello que nos perturba, que nos hunde en la tiniebla, aparece de nuevo la senda, aparecen esos angelitos amables de blancos vestidos con cintas doradas que nos guían fielmente con sus guiños inconfundibles. Ellos buscan nuestro lado bondadoso e inclinan nuestros deseos hacia el bien. Ellos ven en nosotros el alma bella que no somos capaces de ver desde nuestra sombra.

Capricornio marca la transición del ciclo de la oscuridad al de la luz. Con el solsticio de invierno a cero grados de Capricornio, el día más corto y la noche más larga del invierno en el hemisferio Norte se manifiesta en la Naturaleza. Comienza el viaje del Sol hacia el Norte. Simbólicamente empieza una nueva etapa de resurrección que nos llevará a la comprensión de la vida en su totalidad. Capricornio y el sol naciente representan el ascenso del espíritu, y el espíritu no es más que esa parte inmaterial que nos dota de voluntad para seguir adelante, de belleza, de amor.

Los vastos dominios de la luz a veces no son alcanzados cuando la ceguera se apodera de nuestra inquisitiva y torpe forma de actuar. Los rezagados llegamos siempre tarde. Los perezosos terminamos la jornada cansados, porque partimos al alba desde la queja y continuamos la jornada hacia el abatimiento más absoluto. Los miedosos, los confundidos, los que viven para su personalidad y sus traumas, suelen obviar que penetrar en la luz requiere de una pérdida necesaria.

Por eso la oscuridad muere al alba. La luz, o lo que es lo mismo, la belleza, se magnifica al mediodía y camina de oriente a occidente de forma continua, sin desmayo. La oscuridad solo es producto de los ciclos, pero más allá de ellos, la luz germina hacia todas las dimensiones posibles. Sufrir y amar forma parte también del ciclo. Al igual que aquella niña que deja de jugar con muñecas y exige seres que le correspondan con su amor, príncipes que poco a poco se van desvaneciendo al ver que no son del todo virtuosos y que también, de alguna forma, viven su mundo onírico. Es ahí cuando descubrimos que nuestras almas no están conformadas como ese espejo que deja reflejar la luz del sol eterno. Es ahí cuando nos topamos con esa soledad insufrible, con esa oscura noche del alma, con ese destello insondable cargado de incomprensión y dolor. Es ahí cuando separamos la mirada de lo bello para dejarnos llevar por lo iracundo.

Es ante ese terrible descubrimiento cuando me abrazo con fuerza a Goethe y la inocencia de su libro “Confesiones de un alma bella”. Un alma bella es aquella que de forma inocente y natural tiende toda su vida hacia la virtud y el bien, sin esfuerzo ni contradicción. Solo desea el bien para sí misma y para los demás uniendo de igual forma lo bello y lo bueno. Esta noche, la más larga de todas, deseo girar la mirada hacia la luz y seguir así buscando entre las estrellas a esa alma bella. Es momento de hacerse transparente y dejar de ser tan solo un espejo. Es tiempo de volver a la esperanza de un nuevo día.

 

En la próxima estación


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Salí nervioso del tren. Doce horas dan tiempo suficiente para imaginar cientos de escenarios. El mío parecía perfecto. Bajaría a la estación y allí estaría, esperando, como siempre. Los andenes modernos son fríos y grises, pero yo los imaginaba como un valle verde rodeado de frondosos bosques. Al fondo, junto a un río, la salida. Fui nervioso hasta allí y veía abrazos, saltos de alegría, momentos irrepetibles en los anales de cualquier historia personal.

Pero de repente el tren se detuvo. La estación volvió a su color habitual. Subí tembloroso las escaleras y la estación estaba vacía. “Llegará tarde”, pensé. Ella siempre llega tarde. Así que esperé. Fui de un lado hacia otro, mirando por todas partes por si encontraba sus peculiares pasos que llegaban hasta mi. La espera fue larga, triste. Pero soy un poeta, así que imaginé otro hermoso escenario. Estaría esperando en la entrada del metro, junto a una banda de música celestial decorada por violines y unicornios blancos. Fui impaciente hasta la entrada y de nuevo vacío y desolación. Quizás esté en la estación, escondida para darme una sorpresa. Corrí impaciente porque esa posibilidad también existía. Vacío.

Aún guardaba esperanza. Seguro que estaría esperando en casa con algún turrón de chocolate de esos que tanto me gustan. Ese tipo de esperanza disparó de nuevo el ánimo, la música, el concierto. Las estrellas empezaron a trabajar para que mi paz interior se desenvolviera en el sueño mágico. Aceleré el paso, miré por todas partes por si estaba escondida en alguna calle, tras algún árbol. Corrí y toqué el timbre impaciente. Fui corriendo hasta la habitación. No había nadie.

Esperé así uno y dos y tres días. Mirando cada tres segundos el móvil por si había alguna señal, algún aviso. Las montañas volvían, los acordes sonaban en cuanto la desesperación se volvía unísona con ese cosmos inventado. Al fin y al cabo había aprendido a amar con desesperación. Había aprendido a cumplir mi parte, aunque eso nunca fuera lo que la otra persona espera.

A la vuelta empecé a mirar el paisaje que el tren ofrecía. Allí estaban las montañas, los bosques y los ríos. Estos verdaderos. Paisajes majestuosos que acariciaban el alma, que resolvían en la realidad todos los conflictos imaginados. Acepté esos montes, acepté las nubes flotando en el azul infinito. Acepté el silencio. Acepté el vacío y el dolor. Acepté también el grito. Un grito sordo. Un grito vencido.

Miré de nuevo y pensé que merecía la pena seguir viajando. La belleza está escrita en cada palmo de realidad. Los mundos se suceden de forma misteriosa en todas las esferas posibles. Quizás en la próxima estación no haya nadie. O quizás esté repleta de música…

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

No tengas miedo


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De pequeñito me daba miedo casi todo. Me pasaba todo el día llorando. Cualquier sombra, cualquier ruido, mi imaginación lo transformaba en terribles bestias de la noche. No soportaba la soledad, pero tampoco la compañía. Si alguien me hablaba en un tono no muy apropiado, saltaban las lágrimas. Si salía a la calle, todo me temblaba. Mi primer día de colegio, y los sucesivos durante mucho tiempo, se convirtieron en una pesadilla. Tuve miedo a todo. A las relaciones, a la gente, a los amigos, a los animales, a la vida. Tuve miedo a las parejas, al sexo, a los compromisos, a tener familia, hijos, dinero, éxito.

Por miedo desaparecía en las fiestas, en los cumpleaños, en las clases, en las citas con chicas que me gustaban, en las competiciones, en los juegos. Tenía miedo a ir al cine, meterme en el metro, hablar con desconocidos. Tenía miedo a ganar y a perder, miedo a la recompensa y a la pérdida. Veía un precipicio y me aterraba, veía una altura y temblaba. Cualquier valla era algo inalcanzable. Las normas me daban miedo, la autoridad me daba miedo, hasta la comida, por temor a hacer daño a la vaca, el pollo o el pescado. Hasta las miradas, por miedo a que vieran mi tembloroso interior.

Un día alguien me dio la mano, me miró a los ojos y me dijo: no tengas miedo. Nunca tendré palabras suficientes de agradecimiento para esa mano tendida. De repente sentí que podía hacer cosas inimaginables, como si algo me levantara, como si una fuerza diferente naciera de mí. Hasta ese momento no me di cuenta de todo lo que el miedo me había imposibilitado. De todo lo que el miedo me había paralizado. Por miedo había dejado de vivir, de sentir, de soñar, de besar, de abrazar, de reír. Pero aquel día me levanté, y empecé a hacer cosas que jamás hubiera soñado poder haber hecho.

Perdí el miedo a las alturas haciendo parapente. De repente me vi volando entre montañas y nubes y pensé que la vida era mucho más grande de lo que había imaginado. Empecé a salir con chicas, a besarlas, a desnudarme ante ellas. Hice un viaje de seis mil kilómetros en coche solo para besar un amor. Empecé a tener dinero y propiedades y carreras y estudios y dejé de tener miedo a perder. Empecé a dejar de tener miedo a comunicarme y di mis primeras clases en un instituto y en una universidad como profesor. Escribí mis primeros libros, di mis primeras conferencias, las primeras palabras en la radio, en entrevistas, sin miedo. Empecé a viajar y perdí el miedo a la noche, a la oscura noche del alma, empecé a sentir que perdía el miedo a la libertad, al misterio, al espíritu, a los tiempos, a despertar.

Dejé de votar siempre al mismo partido. Incluso dejé de militar siempre en el mismo ideario. Dejé mi barrio, mi ciudad, mi familia, mi trabajo. Rompí las cadenas de mis emociones, de mis pensamientos, de mi propia construcción filosófica de la vida. Perdí el miedo a mí mismo, a la victoria y a la derrota, a la humillación y a las cadenas que nos atan a casi todo. Entonces perdí la casa, el dinero, las riquezas, el prestigio. Lo perdí todo una y otra vez, una y otra vez, hasta verme sin nada.

Un día incluso conocí a un ser extraordinario y perdí el miedo a tener hijos, a formar una familia. Ese día, por primera vez, sentí una liberación, sentí el tributo a la vida en toda su más impresionante expresión. Sentí un agradecimiento y una regeneración interior. Pero ese día, tristemente, me quedé solo. Fue entonces cuando también le perdí el miedo a la soledad, al vacío, a la tristeza.

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

Apoyando a la Fundación Dharana y su Proyecto O Couso


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Estimados,

como sabéis, llevo trabajando como voluntario más de un año en la fundación Dharana y su proyecto O Couso. Os dejo estas líneas por si alguien desea participar de este ambicioso proyecto el cual renace cada día para mejorar e inspirar.

La Fundación Dharana y la comunidad que se está gestando en O Couso pretende ser un lugar de transformación personal y planetaria, construida sobre los principios del amor y la confianza, del apoyo mutuo y la cooperación. A lo largo de este tiempo, el crecimiento de nuestro ideal ha sido un camino de generosidad, donde muchas de nuestras necesidades se han cumplido gracias a las aportaciones inesperadas de un amplio círculo de amigos con un profundo compromiso por este ideal y la experiencia transformadora que proporciona.

Queremos compartir nuestra más sincera gratitud agradecidos por la bondad y generosidad recibidas en este tiempo, la cual ha podido ayudarnos en toda esta labor de construcción, financiando los elementos esenciales que sustentan la propia comunidad, sus estructuras y servicios. Sin esta contribución vital el proyecto no podría continuar para prosperar.

Ahora te invitamos a profundizar en tu relación personal con la Fundación Dharana y formar parte de nuestra Red de Amigos. Como parte de la Red de Amigos estarás contribuyendo a la obra transformadora del proyecto, a medida que seguimos para abrir los corazones y las mentes, transformar y buscar nuevas formas de vida para un futuro positivo y sostenible.

Entrar a formar parte de nuestra Red de Amigos es otra manera en la que puedes permanecer conectado a la Fundación y co-crear con nosotros. Tu contribución es fundamental para la eficacia de toda esta hermosa experiencia compartida y la visión en la que juntos buscamos fomentar:

– la escucha interior y el autoconocimiento a través de ofrecer un entorno propicio en el que la consciencia y la forma de ser se pueden desarrollar para lograr una mayor comprensión de la finalidad y la naturaleza profunda de la vida.

– el amor en acción mediante la participación de un espíritu bondadoso en nuestras actividades cotidianas y a través de la demostración de la alegría de estar al servicio de la totalidad.

– la cooperación con la naturaleza y la sostenibilidad en todos los niveles, informando, inspirando y permitiendo a los individuos y grupos para experimentar y practicar formas sostenibles en armonía con toda la vida.

Para formar parte de la Red de la Fundación de Amigos de Dharana, puedes hacerlo de la siguiente forma:

 

FORMAS DE COLABORAR CON O COUSO

  1. MIEMBRO DE LA COMUNIDAD  
  2. VOLUNTARIO  
  3. AMIGOS DE O COUSO
  1. MIEMBROS DE LA COMUNIDAD  

Son personas que viven en la comunidad o están realizando algún programa con vistas a vivir en ella.

  1. VOLUNTARIOS

Personas atraídas por los principios del proyecto que vienen a vivir una experiencia de voluntariado por un máximo de doce meses.

  1. AMIGOS DE O COUSO

Personas que han vivido una semana de experiencia y se sienten vinculados al proyecto, apoyándolo desde sus lugares de origen y trabajando en el mismo con diferentes iniciativas. También pueden hacerlo sosteniendo el trabajo mediante aportaciones voluntarias:

a) Haciendo una aportación directa en la siguiente cuenta:

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

b) Mediante una donación directamente aquí:

donar

c) Mediante una aportación mensual:

Opciones mensuales
Aportacion 30€ : €30,00 EUR – mensualmente
Aportacion 50€ : €50,00 EUR – mensualmente
Aportacion 100€ : €100,00 EUR – mensualmente
Aportacion 200€ : €200,00 EUR – mensualmente

d) Aportando un euro al mes en nuestra cuenta de Teaming:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

 

El espíritu ascendente


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La vida siempre es una encrucijada. Allí se encuentran caminos dispares que condicionan todo cuanto haces, piensas y sientes. A veces esos caminos se desvelan ante ti como una llama clara. Otras aparecen entre tinieblas, con señales vagas y carentes de sentido. Sea como sea, siempre están ahí, esperando la elección.

Cuando las cosas no están claras, cuando se presenta un camino confuso, lo mejor es retirarse, respirar, estar a solas. Si hay algo o alguien que en vez de felicidad te aporta dolor de estómago, es evidente que ese no es el camino. El universo dispone de esos mecanismos para avisarnos sobre qué puede estar bien para el aprendizaje del ser. Otra cosa sería llenarse de coraje porque se siente exactamente todo lo contrario. Un anhelo, una fuerza o un sentir que, aunque a veces venga acompañado de dolor, está ahí. Entonces no hay circunstancia que te aleje de tu propósito porque sabes a ciencia cierta que ese es el camino, que esa es la cimentación que tus pasos necesitan para seguir adelante.

A veces somos profesionales del fracaso. Nuestra especialidad es caminar y hacerlo torpemente. Por el camino dejamos muchas cosas. Amores, amistades, relaciones, bienes materiales, promesas incumplidas, de todo. El fracaso tiene su correspondencia. Significa que algo se ha caminado, que algo se ha avanzado. No importa si hubo uno o mil errores. Lo que importa es que se avanzó, que algo se quebró para construir algo nuevo.

Cuando tienes a alguien delante puedes sentir un gran anhelo por abrazarlo o por odiarlo. Esas emociones solo son avisos sobre lo que verdaderamente hay que hacer. O acercarte o alejarte de esa persona. Hay seres muy complejos que no toleran la compañía del otro. Puro sentimiento narcisista que solo gira sobre su propio eje. Que está a tu lado si las cosas van bien pero que desaparecen de forma cobarde si las cosas se ponen feas. Otras veces te encuentras con seres cándidos a los que solo te apetece abrazar, besarlos, amarlos, apretarlos sobre tu vida.

Los caminos de la vida son así, excepto para aquellos que prefieren no caminar. Que se sienten a gusto en su regazo, en su ministerio de seguridad, en su tropel de bienestar. Enfrentarnos a lo desconocido, y todos los caminos, sean los que sean, guardan algo de misterio, siempre nos da miedo, pavor, duda y desconfianza. Siempre montamos una vida que nos acerque a la seguridad y pocas veces estamos dispuestos a arriesgar, excepto en nuestras fantasías, en nuestras ilusiones nunca cumplidas. Ya lo sabemos, el riesgo siempre conlleva pérdida. El caminar siempre trae consigo el alejarnos día a día de nuestro espacio de seguridad.

La valentía y el coraje de enfrentarnos a ese hecho no siempre está de nuestra parte. Realmente solemos abrazar nuestra propia cobardía, escondernos en esa máscara que hemos creado para sobrevivir a un mundo hostil. Hay veces, que por no movernos, por no actuar, nos volvemos enemigos de nosotros mismos. Nos alejamos de la llamada y nos encerramos en nuestros vacíos, esperando pacientes a que las olas se calmen y desechando la bravura del mar como parte del reto y el aprendizaje.

Todos los días nos enfrentamos al fracaso. Todos los días nos levantamos de nuevo ante las oportunidades de la vida. Sólo debemos escoger, no el camino más cómodo, sino el que nos llene por dentro de fuerza y coraje, de determinación y valentía. El resto serán más livianos, pero solo conducen al mismo lugar de partida. Ciclos y ciclos que se repiten una y otra vez por no haber encarado el timón de nuestras vidas, de nuestro amor o de nuestra existencia más profunda. La rueda convertida en espiral ascendente es solo un camino iniciático. Es necesaria cierta muerte, cierta renuncia, para seguir adelante.

Voy a vivir


a

Las danzas tribales de los maorí de Nueva Zelanda me acompañaban en el trayecto. También los poemas de Pablo Neruda cantados por Mikis Theodorakis. Fueron diez días hermosos de aventura donde el espíritu se expande y se derrama para compartir momentos pasajeros, pero siempre perennes en los registros de akasha.

Sin embargo, algo sucedió. No puedo decir qué o cómo o porqué con exactitud. Hay realidades que no se pueden gestionar. A veces por un exceso de orgullo. Otras por un desbordamiento de ignorancia. Pero ahí estaban los hechos, las pruebas, como impuestas, para que aprendamos, para que maduremos, para que cedamos una parte de nosotros.

En ese momento podríamos haber escogido cientos de caminos. El de la compasión, el de la broma, el de la complicidad, el del amor, el del cariño. Sin embargo, preferimos el del orgullo y la vanidad, el de la miseria y el desprecio. ¿Por qué cuando la vida nos pone firmes ante la elección siempre erramos? Es nuestra miserable naturaleza. Es nuestro grado de humanidad alcanzado. No es algo baladí. Está todo escrito en nuestra genética animal, incapaz de haber sido humanizada hasta el escarmiento.

Preferimos vencer a ceder. Preferimos odiar a amar. Ni siquiera nos vale un camino medio. Nos vamos al otro extremo, a la chapuza, al descontrol, al caos. Un caos siempre egoísta porque arrasa con todo, no importa cuanto se haya construido, cuanto se haya alcanzando. Todo se derrumba en esa tormenta perfecta.

Ocurre todos los días porque todos los días nos autodestruimos. A veces lo hacemos de forma consciente, otras de forma fortuita. Pero siempre apretamos sutilmente alguna tecla que consume un halo de vida, un trozo de esperanza. Incluso cuando comemos algo de nosotros se extingue.

Todo esto ocurre cuando por cualquier circunstancia nos alejamos de nuestro centro, de nuestro yo real, de nuestra alma verdadera, llamémosle como queramos. Ocurre cuando nuestro ser narcisista (porque en el fondo todos tenemos algo de eso) se apodera del curso de los acontecimientos y nos deja desnudo ante el huracán. Ocurre cuando nuestra animalidad más primitiva se hace cargo de todo cuanto hacemos, haciéndonos totalmente insensibles al dolor ajeno.

Pero el alma quiere vivir. Busca siempre grietas, hendiduras por donde colarse. A veces lo hace de forma vaga, otras con la fuerza de un ciclón. A veces le evitamos el paso, otras lo consigue y resucitamos de repente. Entonces, cuando eso ocurre, te sientas en el ojo del huracán observando el caos y diciendo eso tan new age de “yo soy, y permanezco”. Y permanecer significa que hemos aprendido algo, aunque sea leve, y que algo tendremos que ofrecer tras la experiencia. También significa que la vida sigue, que todo pasa, que todo se permuta por algo que no comprendemos pero que posee un profundo significado. Voy a vivir, proclama el alma. Voy a vivir la vida eterna.

Mantente firme en el dolor


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Ya sé que es una frase extraña. A veces todo duele tanto que solo nos queda como soporte la firmeza. Una firmeza que nace a veces de la desesperación o de la pura necesidad de supervivencia. Cuando las cosas duelen hasta el extremo llega un momento que el sistema se colapsa. Es en ese colapso, en ese momento de no retorno, cuando has perdido ya todas las fuerzas, que algo nace de dentro para mantenerte firme.

Esta mañana uno de los conejos yacía muerto y descuartizado en medio de los pastos. Era la señal de que hoy no iba a ser un buen día. Era el momento de colapso a una semana terrible.

El mundo es singular y complejo. Se encarga de elevarnos hacia lo más alto para luego dejarte desnudo y lanzarte en medio de un océano de dudas, de sufrimiento, de dolor. Un momento súbito de alegría puede ser transformado por las fuerzas centrífugas en un tiempo de contradicción, de fracaso, de tristeza profunda. Alguien puede interpretar un momento de felicidad con una mentira, con una exaltación del ego, con una traición a los ideales, principios o valores que nos conforman. Y eso puede desencadenar en una maraña de malentendidos, de reproches y de locura compartida. Lo que pareció algo bonito se transformó en un segundo en un infierno. De repente te conviertes en diana de ataques. Algunos totalmente fundados en verdades, pero al fin y al cabo ataques innecesarios, que no suman nada, que no aportan más que sufrimiento y dolor. Cuando intentas construir puentes, uno a uno son dinamitados con una pólvora de amargo sabor.

¿Qué hacer ante algo así? ¿Cómo gestionar ese dolor, esa insensata forma de destruir al otro?

Los escritores tenemos ese don del maniqueísmo, de la ilusión. Somos liantes por naturaleza, nos encanta manipular el lenguaje, modificarlo, transformarlo. Forma parte de nuestro arte. De nuestro don. Hay algo dentro de nosotros que nos incita a modificar el mundo, a veces con palabras, a veces con injusticias, a veces incluso provocando guerras virtuales. Todo eso es una siembra que desemboca en una terrible cosecha. La ficción nunca soporta los resortes de la realidad, a no ser que seas poderoso y con capacidad de transformarla. Si eres mediocre, como es mi caso, solo cosechas mediocridad. Si eres un escritor torpe y manipulador solo cosechas una carrera de tristeza continuada, incapaz de mantener una sana relación con el otro, incapaz de cimentar desde la realidad una relación pura.

Si el amor es relación, he fracasado en ambas cosas. Posiblemente por egoísta, por ser un intruso o un extraño en este mundo grupal. Posiblemente por ser un miserable errante que merece ser ahorcado en el palo de la justicia. Ahora mismo, cuando el dolor es insoportable, solo me queda mantenerme firme y levantarme sobre mis propias miserias para que algún día, en algún lejano bosque, solo e inofensivo, sea capaz de no hacer daño.

Escribir es una forma de mantenerme firme en el dolor. Volver a mi ser, sea como sea ese ser, enfermizo, egoísta, manipulador o lo que sea, es también una forma de redimirme.

Cuando el sexo, (y el ego) no importan


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A veces saco a pasear a mi ego por las calles. Lo llevo por las grandes librerías para ver si aparece por algún lado alguno de sus libros. A veces, como hoy, encuentra su último libro junto a la estantería de las novedades y se alegra, cómplice con el resto de egos que acompañan la obra.

Hoy fue doble la sorpresa al ver que en la revista «El Mensual de 20 minutos» aparecía la divertida entrevista que Sara Monteros me hacía acompañada de las fotos del también amable y divertido Jorge París. (Por cierto Jorge, al final no nos han publicado esa provocadora foto en la que me bajaba los pantalones en el barrio de mayor prostitución de Madrid).

Mi ego resplandecía de orgullo poco disimulado, emulando las gestas de aquellos que no pueden vivir sin que al pasear por las calles al menos alguien le reconozca como ser público y notorio.

Luego la vida te da algunas de sus tremendas lecciones y el ego se vuelve dócil y tranquilo, humilde y sosegado. Por eso a veces lo saco a pasear, solo para demostrarme a mí mismo que no tiene poder, ni relevancia, ni importancia. Sólo un minuto de anécdota en alguna conversación sin mayor trascendencia. No es falsa humildad. Es como en la entrevista. El sexo no importa, y el ego tampoco. Tampoco importa lo que comes, lo que digas, ni siquiera tus secretos o tus logros. Lo que importa, creo, es que la persona que esté a tu lado sea feliz. Que el niño que te ha cruzado la mirada en el tren reciba un guiño y sonría, que seas amable con todos y que causes el menor impacto negativo en tu estancia en este bello planeta.

Sea como sea, me permito este nuevo paseo, solo para compartir esta entrevista y así ayudar de paso a vender más libros para poder seguir haciendo buenas obras. Sean las que sean, pero sobre todo, buenas obras. No es una cuestión de ganar mucho dinero vendiendo libros, si no una cuestión de equilibrio con ese dinero, mucho o poco, y las causas a las que van dirigidas. Lo bonito de todo, al fin y al cabo, es poder compartir, ya sea un trozo de tarde, un poco o no de sexo, de alegría, de amor, de sonrisa, de dinero, de trabajo, de sufrimiento, de sosiego, de apoyo, de valor, de entusiasmo, de paz… hay tanto por compartir, que si no fuera por eso, nada tendría sentido. Así que salgamos ahí fuera o aquí dentro y preparemos la nueva jornada: ¿qué vamos a compartir hoy?

javier-leon

 

Aquí toda la entrevista. Gracias Sara:

http://www.20minutos.es/noticia/2611359/0/asexuales-asexualidad/cuando-sexo/no-importa/?utm_source=Facebook&utm_medium=Social&utm_campaign=Mobile-web

 

 

 

 

 

Hacia una consciencia de paz empezando por la comida


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Desde la rue du Stand hasta el bulevar Georges-Favon hay apenas dos minutos. Como en Suiza se suele comer a las doce de la mañana, suelo ir al Mikado, un restaurante de sushi donde siempre compro una tarrina de arroz y otra de espinacas con sésamo. Es lo más vegetariano que puedo encontrar. La chica morena siempre le dice a la pelirroja en un español perfecto: “siempre te toca a ti”. Se refiere a que siempre es la pelirroja la que, con una amplia sonrisa, me atiende a la hora de pagar la comida. Compartimos varias palabras y saludos y salgo corriendo para acompañar el arroz y las espinacas con una sopa de miso. También me he aficionado a unas algas coreanas nori que se preparan a modo de aperitivo. Todo en un ambiente cordial, amoroso, sencillo, alegre.

Antes de venir a Ginebra me dieron los resultados de las analíticas que me había hecho y tras muchos años de dieta galletariana pensé que serían catastróficos. Pero el resultado fue que estaba todo correcto. Ni azúcar, ni ninguna carencia ni desequilibrio aparente. Llegué a la conclusión de que lo importante de la comida es que no exista violencia alguna en ella. No tan solo me refiero a la hora de que no exista un sacrificio de sangre, sino también, a la hora de recibirla en nuestros cuerpos. Si comes una galleta o un alga nori con una sonrisa y agradecimiento a la hora de recibirla en nuestros cuerpos, no debería hacernos ningún mal.

Eso también ocurre con las relaciones humanas. Necesariamente tendemos a desconfiar, a ser egoístas con el otro, a mirar con recelo todo lo que venga de uno y otro. Es difícil mantener una posición alegre y tranquila. Muchos vivimos aún en la depredación, en el miedo a ser agredidos. Viendo las noticias te das cuenta de que aún estamos en un mundo violento donde unos agreden al otro simplemente por creer o pensar diferente. La violencia no tan solo es física, también es psicológica.

Me pregunto qué pasaría si desde pequeños nos educaran a amar lo que comemos. Alguien debería inculcarnos agradecimiento y actos pacifistas a la hora de comer. Ayer, millones de pavos fueron sacrificados y consumidos por esa tradición extraña del día acción de gracias (Thanksgiving Day en inglés). La fiesta original seguramente era secular y tenía que ver con el fin de las cosechas, a modo de agradecimiento o fiesta que daba por concluida las actividades propias de la recolección. Realmente deberíamos recuperar el sentido original, al mismo tiempo que deberíamos inculcar ese agradecimiento de forma diaria. Habría que llevar a los niños desde muy pequeñitos a granjas escuelas para que supieran la procedencia real de las alitas de pollo o de los nuggets. Cosas tan inofensivas en apariencia pero que llevan consigo una gran carga de violencia congénita. El código abierto de la violencia nace en nuestros platos, en nuestros hábitos, en nuestra propia ignorancia consumista.

Nos preguntamos muchas veces con cierta incredulidad como es posible que aún existan terroristas, o guerras o violencias de todo tipo. No debería extrañarnos tanto cuando aún, en ciertos hábitos, nos parecemos más a los animales que a los seres humanos completos. Un homo animal se alimenta de sangre. Una persona consciente y responsable adquiere hábitos de consumo más responsable consigo mismo, pero sobre todo, sensibles ante el resto de seres sintientes.

En el Mikado podría haber escogido cualquier cosa para comer. Incluso podría haber incluido en mi diera cualquier otro tipo de alimento de procedencia animal. Pero al no hacerlo, de alguna forma estoy evitando un trozo, aunque sea mínimo, de terror. Algo menos de violencia se ha generado hoy en el mundo cuando en vez de comprar un producto compramos otro. Algo menos de terror asoma por cada país cuando empezamos a elegir las cosas desde una consciencia diferente. Una sonrisa a la pelirroja del Mikado y un poco de arroz es suficiente para seguir viviendo. Alegría y sencillez ante un mundo excesivamente complejo y extraño.

Sembradores de luz


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«La Ciencia Oculta es una amante celosa y no permite ni una sombra de indulgencia para uno mismo; y es ´fatal´, no sólo para el que lleva una vida conyugal normal, sino incluso para la costumbre de comer carne y beber vino. Me temo que algún día, cuando los arqueólogos de la séptima ronda desentrañen y saquen a la luz la futura Pompeya de Punjab-Simla, en lugar de descubrir las preciosas reliquias de la ‘Ecléctica’ Teosófica, sólo descubrirán algunos restos petrificados o vítreos de la “Espléndida herencia”. Este es el más reciente vaticinio que corre por Shigatsé». KH, Carta de los Maestros, Nº 18/62

 

Me encuentro en Ginebra, en uno de los centros que más tiempo y recursos ha podido dedicar al estudio de la ciencia oculta. No se trata de una revelación exterior, sino de una suerte interior el poder estar aquí encerrado, trabajando discretamente como voluntario mientras camino atientas en búsqueda de inspiración. Mi apoyo es humilde. Uno siempre hace lo que puede cuando navega en el mar de la expansión de la consciencia imponiendo criterios de ayuda que muchas veces resultan ser tropiezos vagos en la penumbra.

Suiza es un lugar de paz. Lo he podido comprobar en estos días donde media Europa está tomada por las armas, los ejércitos y la sinrazón. Aquí no hay un resquicio de duda sobre cual es el camino a seguir. La paz solo puede existir si dentro de los corazones humanos se alberga algún tipo de esperanza sobre la propia humanidad. Y eso solo es posible sembrando semillas de misterio en el ser humano.

Sigo aderezado a los libros. Encuentro en ellos una fuente de inspiración capaz de transportarte a lugares tan lejanos como el valle de Shigatsé. Hay escritos antiguos que están cargados de misterios que albergan algún tipo de luz, algo que te hace sentir especialmente vivo, imprescindiblemente diferente. La vida atraviesa desde lo intangible a esos niveles moleculares capaces de movilizar las miríadas de energías necesarias para que una mano o un pulmón respire. El movimiento siempre es hacia fuera y hacia dentro, como el respirar. Cogemos algo de ahí fuera para transformarlo en energía aquí dentro. Luego surge la fuerza, el poder de transformar todo aquello que resplandece en lo que vagamente llamamos mundo tangible. Realmente lo material, contemplado desde los avisperos del misterio, parece algo plástico y cambiante, sumergido en un líquido acuoso donde poder navegar plácidamente. Por eso los libros producen paz. Por eso los libros son semillas amigables y necesarias.

La ciencia oculta no es más que ese brillo interior que podemos arañar con delicadeza para sustraer todo su néctar. En su sabor encontramos resquicios de verdad que nos asombran por su sencillez tan cargada de complejidad. Realmente todo es más sencillo de lo que parece. Solo hay que saber donde está la clave de la sencillez, el secreto y la llave que abre la puerta lúcida. Estudiar un libro, leerlo con detenimiento nos abre una puerta. Es la luz o el corazón lo que luego nos guía.

Todo está cargado de misterio. Estoy entregado a ese sublime espacio que derrama prudencia al mismo tiempo que anima a que todos puedan otear la maravillosa fiesta que se esconde tras el velo. No hay trama más oculta que aquella que maneja los hilos de nuestras vidas, ese secreto que alguien enterró dentro de nosotros para que, ignorantes y ciegos, seamos incapaces de descubrirlo.

Algo hermoso recorre este momento. Tiene que ver con la entrega, con la generosidad, con la renuncia. Ese sacrificio no es una inmolación, es una resurrección. Nada se pierde. Todo se gana. Hay que seguir sembrando.

Siendo, eso es todo. Libro de Mario Conde y Javier León


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A los herejes de todos los tiempos…

«Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió. Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento». Lucas 5, 27-32

Mario Conde siempre fue un personaje polémico, pero pocos conocen a la persona que se encierra detrás. Durante años trabó amistad con un joven antropólogo que pudo sacar lo mejor de sí, la más estrecha relación entre lo divino y lo humano, el sufrimiento y la alegría, la compasión y la lucidez. Se abre así una brecha diferente entre aquello que el imaginario social ha creído del autor y su otra cara más oculta, cercana y sincera.

En estas cartas íntimas y en algunos casos profundas, se intenta desenmascarar al hombre bueno, al amigo de sus amigos, al místico y poeta, al trovador que decide implicarse en la vida social pero también en lo personal y escondido. Mario Conde demuestra ser una persona compleja, pero al mismo tiempo generosa. Con amigos en el cielo y en el infierno, sin importarle en absoluto su condición social. Capaz de cenar con mendigos o con poderosos si ambos poseen algún tipo de lucidez o aprendizaje. Javier León, tímido y reservado antropólogo y escritor consiguió descubrir a ese otro hombre y lo devolvió a la humanidad de todos. Buceó en la polémica, descartó prejuicios y arriesgó su propia intimidad para desvelar los secretos de la fama y el éxito, pero sobre todo, del ser humano que todos llevamos dentro.

Mario deseaba desde hace años que editáramos este libro. Durante mucho tiempo pensé que no era buena idea. Ahora, que ya ha pasado el suficiente tiempo como para madurar interiormente muchos aspectos necesarios, especialmente en cuanto a fortaleza interior y valentía, nos hemos visto preparados para confesar algunos aspectos de nuestro pasado y de nuestro interior que ya pueden ver la luz. Ahora que ya no hay miedo, ahora que ya no hay presión, ahora que ya no necesitamos demostrar nada ni ocultar nada aparecen estas cartas. Para nosotros fueron importantes en un tiempo complejo. Y solo queríamos compartirlas.

Los autores, de forma generosa, han donado los beneficios de las mismas al Proyecto O Couso. Ha sido un gran esfuerzo, y ahora ya es de todos.

Podéis comprarlo con gastos de envío gratuito en este enlace:

http://www.editorialdharana.com/catalogo/siendo-eso-es-todo?sello=nous

 

Dolorosa iniciación


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Frágil, abandonado, a la deriva. Sucedáneos de momentos sin nombre, sin dueño, sin ley. No es posible abarcar en un sentir todo aquello que pretendemos amarrar desde la mano cerrada sin dejar escapar el aire que envuelve cada fulgor de más. Si sientes que debes volar pero no tienes alas entonces aprendes a arrastrarte con la sutileza de la tierra húmeda y henchida. Si te crees capaz de ser el más fuerte y la debilidad te arrastra hacia el abismo, entonces te comportas como un buzo capaz de llegar hasta las profundidades del abismo para ondear la bandera de lo incognoscible.

Somos pequeñas motas de un polvo frágil y voluble que deambula flotando por un inmenso océano de misterio. Si dibujamos un halo, un suspiro, nos creemos poseedores de algo. Pero realmente no somos más que una pequeña anécdota sufriente, nacidos de un dolor insoportable y vendidos a la muerte que nos espera paciente en cualquier esquina oscura.

Risueños, maleables, melancólicos como la otoñada que se esparce por los campos dorados, como el frágil alboroto de aquellos pájaros que abandonan las tierras frías para abordar la perenne ensoñación al tiempo.

Figuraos cuan frágiles somos. Nos arañan las emociones más toscas, nos sale el llanto cuando aquello que pensamos como posible abraza la realidad de lo imposible. Cualquier contrariedad, por mínima que sea, es capaz de hundirnos, otra vez, en la gruta oscura.

Nos cuesta abordar la cuestión emocional. Todavía somos animales que se rigen por instintos aún primarios. Cobijo, hambre, cópula. En nuestra ensoñación creemos que eso tan básico es un hogar con forma de chalet, un gran menú en el mejor restaurante y un gran amor nacido bajo las estrellas. Pero no hemos alcanzado aún el grado de sublimidad que nuestra inteligencia degüella con pertinencia. No somos aún capaces de abstraernos de lo frágil para abrazar la fortaleza interior. Ni siquiera albergamos sospechas de que exista, aún tan sólo en nuestras vagas creencias y rezos.

El dolor solo nos puede hacer más poderosos. De alguna forma nos inicia en los avatares de la vida. Nos prepara para enfrentarnos al reto mayor. Nos hace fuertes y audaces. La pérdida nos brinda la oportunidad de abrazar la impermanencia. Ese secreto universal al que le damos constantemente la espalda. Hasta que un día soltamos amarras y decidimos actuar en consecuencia con el Arte mayor, con la sublime llama de la vida, con la sutil abstracción de la existencia. En ese momento el dolor nos ha transformado, nos ha hecho seres completos y aspiramos al mayor de los sacrificios con inteligencia, amor y constancia.

Entonces vemos la luz, el resplandor, el camino estrecho, la corriente de la vida, la flor del corazón, el puente carismático que nos llevará a los universos y nos traerá el misterio a nuestro propio devenir. Entonces se abrirán los cielos y se cerrará la puerta del último templo. Es cierto, entramos por el septentrión, pero la salida solo puede ser orientada hacia la luz. Las sombras desaparecen. La luz nos guía.

Aquello que somos, aquello que hacemos


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Cuando este fin de semana limpiábamos el futuro saloncito junto con L. algo hermoso estaba ocurriendo. L. es la misma joven que nos donó hace poco mil euros fruto de sus ahorros. Decía mientras limpiábamos sin parar que desde que vino a O Couso algo cambió. Tan joven y vegetariana desde hace algunos años, sensible, curiosa e inteligente, para nosotros ha sido una revelación el haberla conocido. Casi llegamos tarde al tren esta mañana porque no se quería marchar. Cuando le hemos preguntado porqué deseaba volver ha dicho: “por lo que hacéis, por cómo sois, por todo…

Cuando ocurren estos testimonios, que casi son diarios en este hermoso valle del Mao, entendemos de alguna forma por qué estamos aquí. No es por satisfacer nuestro eguito ni por disfrutar a solas de un retiro de oro. Es precisamente para eso, para compartir, para inspirar, para crecer con el otro, junto al otro, por el otro.

Cuando hoy disfrutábamos del hermoso y humilde saloncito solo podíamos pensar en una chimenea rodeada de gente compartiendo esperanza y tejiendo amor para el mundo. Este lugar solo puede cobrar sentido cuando nos comprometemos realmente hacia un cambio interior, de paradigma, de visión de las cosas. Cuando nos inspiramos unos a otros y empezamos a cambiar nuestras emociones, nuestros pensamientos y nuestros hábitos. Cuando nos miramos en el espejo del otro y por fin podemos ver tan solo sus cosas buenas, su cara amable, su sonrisa iluminada.

Es cierto que en un año el esfuerzo ha sido ingente y que han habido muchos cambios en este pequeño proyecto. Mientras hoy hacíamos de fontaneros e intentábamos instalar un fregadero en la futura nueva cocina nos dábamos cuenta de todo lo que hemos avanzado en un año, pero sobre todo, nos dábamos cuenta de todo lo que nos queda por delante.

O Couso es un lugar de transformación y de inspiración. Eso ya lo estamos viendo. Pero también estamos viendo con cierto nerviosismo que será algo mucho más impresionante en nuestros corazones. Presentimos que todo lo que ha ocurrido en este tiempo no ha sido nada casual. Sabemos interiormente que estamos aquí por algo. Como aquellos caballeros que compartían orgullosos la protección de los lugares santos, de los caminos y de los peregrinos.

Hoy nos sentimos satisfechos. Hemos descubierto que la magia existe, que la transformación es posible si abrazamos de nuevo la fe en el espíritu humano. A pesar de las tragedias que sacuden el mundo (no podemos más que pensar en todo lo sucedido estos días), la esperanza está germinando en los semilleros del futuro.

Y cada día son más esos hortelanos y jardineros que cuidan la tierra común, que riegan con su sudor cada poro labrando con sus manos cada surco con la ilusión de un mañana mejor.

Sí, nos sentimos satisfechos por nuestro pequeño granito de arena. Es poco, es humilde, pero Es. Y ese Es, ese siendo en gerundio ya es motivo de esperanza y fe en el mañana. Aquello que somos, aquello que hacemos será lo que marque el futuro de todos. Cumplamos nuestra parte. Aquí, ahora.

El principio de la tempestad


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«Este ataque no es más que el principio de la tempestad«, advierte el comunicado del Estado Islámico. Hoy han muerto unas 150 mil personas en todo el mundo. Algunas por enfermedad natural, otras por guerras, hambres, catástrofes naturales. En Francia han muerto casi 130 personas. De repente veo que todo el mundo se moviliza y solidariza por esas 130 muertes inocentes. Nadie dice nada del resto. Hay un silencio obtuso, incomprensible, misterioso. Mañana volverán a morir otras 150 mil personas y nadie se movilizará, nadie dirá nada.

Mañana también, como hoy, gastaremos más de cinco billones de euros en armamento a nivel mundial solo en un día. Casi doscientos millones de euros serán destinados mañana, igual que hoy, al consumo de videojuegos. La mayoría de ellos basados en batallas, guerras y muerte.

Este año hemos liberado al suelo, al agua y a la tierra más de diez millones de toneladas de químicos tóxicos. Sólo en lo que va de año hemos deforestado casi cinco millones de hectáreas de bosque y hemos contribuido a la desertización de más de diez millones de hectáreas. Hemos perdido por erosión seis millones de hectáreas y hemos emitido más de treinta millones de toneladas de CO2 a la atmósfera.

Se calcula que han muerto unos treinta mil personas en el conflicto contra el Estado Islámico. La muerte de los líderes tribales en manos de las fuerzas occidentales fueron la causa y el despertar de toda esta tiranía incontrolable.

Mientras el planeta se asfixia en una lenta agonía. Ve como la plaga humana intoxica cada vez más todo cuanto de vida alberga. Para ella no ha habido hoy ningún tipo de estremecimiento especial. De seguir con estos datos, en unos años no nos acordaremos de las 130 víctimas de hoy como ya hemos olvidado las millones de víctimas de las grandes guerras y como ya hemos olvidado todo el mal que día a día, conscientes o inconscientemente, creamos sobre la Tierra. No ellos, ni los poderosos, ni los de más allá. Nosotros. Únicamente nosotros somos víctimas y cómplices de esta gran mentira.

Siento una pena inmensa por esas almas inocentes que hoy de forma incomprensible nos han abandonado. Pero también siento una pena inmensa por el propio ser humano. No tenemos remedio. No vamos por buen camino. Es cierto, estamos ante el principio de la tempestad, pero no de la que imagina el Estado Islámico, sino de una aún peor.

¡Quiero un mandato!


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Al parecer los mandatos deben ser algo así como algo todopoderoso. Preocupado por la situación en el bosque, hoy me he tomado la osadía de seguir en vivo todo lo que estaba pasando en cada rincón del valle del Mao. Escuchaba a unos y a otros y lo que más se oía era el susurro del aire, el briznar de la hierba acariciando cada insecto, la complacencia del sol con sus rayos benévolos. También había palabras grandilocuentes dentro del tímido rugido del atardecer, en el cielo inmaculado, en la tierra chispeante de pequeñas gotas de rocío que habían quedado atrapadas en las sombras de la cara norte. No estoy en contra de que la naturaleza se exprese libremente en los campos o en las montañas o que incluso ponga sobre la rutina diaria una nueva forma de expandir la vida, llámese introspección, abstracción, inteligencia, emoción o consciencia. Tampoco estoy del todo de acuerdo en eso de que la naturaleza siempre tiene razón. A veces eso que llamamos naturaleza ha sido partícipe de las mayores catástrofes de la humanidad, o cómplice, o articulador, o verdugo de cosas terribles. Quizás sea nuestra ignorancia sobre ciertos hechos misteriosos, pero la naturaleza a veces resulta cruel.

Mientras estos años muchos salíamos al campo para contemplar la situación natural y cíclica de nuestro bello paisaje, la naturaleza, su propia profundidad, prefería seguir su curso, expandir la vida independientemente de todo cuanto nosotros pensáramos o hiciéramos. Es como si nosotros, hijos de la naturaleza, siguiéramos haciendo nuestras cosas y ella siguiera su ritmo vital.

Si en este hermoso valle del Mao un setenta u ochenta por ciento de los ciudadanos hubieran sido más consecuentes con el misterio de la naturaleza, posiblemente tendríamos que pensar seriamente en buscar una solución a este lío en el que nos encontramos con el ecosistema. El problema es que no somos conscientes del todo, o al menos consecuentes con lo que está ocurriendo. Ignoramos a la naturaleza, ninguneamos sus principios vitales y la despreciamos en cada acto que hacemos.

Para los causantes del lío ecológico en el que estamos, tantos y tantos millones de sufridos ciudadanos, sería suficiente un simple gesto para determinar una hoja de ruta que pretenda crear un marco jurídico nuevo, es decir, una ley nueva, más acorde con la propia ley natural de la que somos consecuencia. Para ello deberíamos incitar a las masas a crear un mandato democrático que hiciera hacer temblar y convencer a los que están en el poder. Un mandato que dejara de un lado las miserias políticas diarias para centrar la atención en los profundos avatares a los que nos enfrentamos como especie y humanidad. Un mandato que emancipara al individuo y a la colectividad de la atrocidad ecológica que está cometiendo. Sería suficiente con mirar un poco por encima de nuestras cabezas y observar que algo terrible estamos haciendo al planeta. Sería suficiente, antes de que la crueldad se desprenda de las profundidades del abismo.

Ánimo


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Ánimo viene de ánima, de alma, de aliento vital, de vida. Es curioso, si nos observamos, como la vida a veces se aleja de nosotros, aunque sería más exacto decir que nosotros nos alejamos de la vida. Cuando eso ocurre, decimos que estamos bajo de ánimo, hasta el punto de entrar en barrena y terminar con agudas o profundas depresiones, que no es más que entrar en contacto con lo más oscuro de la existencia. El temple se desmorona y nos convertimos en una roca fría e insensible. La vida se ha alejado de nosotros, y nosotros de ella.

Estas circunstancias son fáciles de observar. La falta de alegría, la pesadez con todo, el mal humor, la queja constantes, la crítica fácil, la decadencia de nuestras ideas o emociones. A veces esa falta de ánimo empieza por un pequeño detonante. Una mala experiencia, una circunstancia desagradable, un relación tóxica con alguien, una insatisfacción profunda no analizada ni consensuada con nuestro proyecto vital. Somos excesivamente vulnerables a todo cuanto nos rodea, que no son más que fuerzas y energías que interactúan en un plano sutil del que no siempre somos totalmente conscientes.

De ahí que muchas escuelas transpersonales nos alertan sobre la necesidad de estar despiertos, en plena consciencia, atentos, concentrados, fijos en nuestro centro para no ser desplomados por la mínima de cambio. Esa plena atención pretende desviar o esquivar esas fuerzas que constantemente soplan sobre nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestro aliento vital. Ser como un bambú, fuertes pero flexibles, nos advierten. Esa flexibilidad nos ayuda a campear con dulzura, sin rencor, sin mal humor, cualquier contrariedad. Y la fortaleza nos hace firmes ante cualquier terremoto o ciclón que pretenda arrancarnos de nuestra posición vital.

Por eso los estados de ánimo son un indicador excelente para estar alertas, para comprobar si hemos sido lo suficientemente flexibles y lo suficientemente fuertes y permeables ante lo que se nos avecina. El mundo es un constante cambio y fluir al que debemos adaptarnos sinuosamente.

Hay mucha gente amante de lo inmediato, pero que en seguida pierde la perspectiva del amor a largo plazo. Preferimos experiencias que nos llenen un gramo de adrenalina a vivir la intensidad, la pasión y la constancia de un proyecto a largo plazo. Las experiencias a corto plazo, los amantes inmediatos, enseguida nos consumen el ánimo, ya que dependemos de esas pequeñas dosis de compras compulsivas, de emociones instantáneas y realidades exprés para poder mantener a flote el sentido de felicidad. Los sabios dicen que lo importante es mantenerse firmes con las cosas profundas, y dejar que lo superficial interactúe fuera de nosotros. Si dejamos que las experiencias circunstanciales nos penetren y sean las que piloten nuestra nave, estamos en una deriva constante.

Nuestro ánimo, como decíamos, está emparentado con la vida. Y la vida, la verdadera vida, es la que nace desde dentro, expandiendo sus ramas de experiencia de forma delicada y lenta hacia los cielos infinitos. Es ahí donde se tejen los nidos de la experiencia sublime. Es ahí donde los frutos alcanzan la madurez suficiente para que el mágico y misterioso ciclo continúe.

(Fotografía: bosque inglés, de la amiga Isaura).

Estableciendo la continuidad de consciencia


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Hay tres aspectos que nos inquietan especialmente de la existencia. Uno de ellos es el aspecto vida. Cuando vivimos en los bosques o cerca de la naturaleza observamos con atención como este aspecto se manifiesta de forma explosiva por cada rincón de tierra, agua o aire. La vida parece inmortal. Se expresa en todas partes y se esfuerza por reproducirse en todas sus dimensiones posibles. Diríamos que un mero cristal o una piedra está bañada de algún tipo de vida. Es como si la vida fuera una unidad latente en todo cuanto existe. De la roca surge el manto de tierra y de ella surge el mundo vegetal, el cual soporta el mundo animal al mismo tiempo que del mismo surge uno de los aspectos más inquietantes: la inteligencia.

Esto es algo intrigante. Seres pensantes capaces de transformar el medio mediante técnicas complejas de raciocinio se relacionan de forma inteligente con el entorno y con sus congéneres. La inteligencia no sólo crea cosas materiales que antes no podían surgir de forma natural por sí mismas, sino que además son capaces de crear cosas como la música, el arte o la filosofía. De esos cristales de roca, que mediante complejos sistemas químicos y biológicos, surge la capacidad de crear la novena sinfonía de Beethoven.

En la evolución humana ha existido algo aún más misterioso que a su vez ha nacido del aspecto inteligencia: la consciencia. No nos referimos exclusivamente a la consciencia del “yo”, sino a la plena consciencia de sabernos vivos, inteligentes y habitantes de un misterioso sistema de interrelación que se escapa a la vulgar razón. Una consciencia que tiene la capacidad de ver la vida en todas sus manifestaciones visibles e invisibles, y sobre todo, la Unidad de la misma.

La consciencia plena, algo tan difícil de alcanzar, nos aproxima a una visión diferente de la vida. Nos acerca tímidamente a una idea impresionante: la continuidad de la vida, y por lo tanto, la continuidad de la inteligencia y de la propia consciencia. Eso nos lleva a pensar que no existe eso que llamamos la muerte, el fin, el cierre o culminación de todo nuestro proceso vital. Si examinamos profundamente lo que los antiguos llamaban el sutratma y el antakarana, nos damos cuenta de que la vida es continuidad, y por lo tanto, no morimos cuando morimos sino que simplemente continuamos existiendo desde otra particularidad en el orbe cósmico. Nuestras dimensiones posibles de vida parecen infinitas.

La naturaleza, con sus ciclos, nos pone cientos de ejemplos y nos da pistas de cómo todo fluye hacia esa continuidad. De ahí la importancia de establecer un contacto íntimo y profundo con los misterios que nos rodean para afrontar la vida desde una visión más generosa y amplia. Esta visión nos permite dejar atrás los miedos, sobre todo cuando provienen de nuestra particular y limitada circunstancialidad. Nos permite mirar con calma cada segundo de nuestra vida a sabiendas de que no estamos perdiendo el tiempo, sino ganando un trozo de inmortalidad. Nos permite ver al otro como parte de este hermoso proceso de compartir, a sabiendas de que no existe separatividad, y por lo tanto, propiedad absoluta hacia las cosas. Nada nos pertenece ante esa visión cíclica, y todo cuanto hacemos, pensamos o sentimos va dirigido a progresar en los aspectos más profundos de la ciencia de la continuidad, del compartir, de la generosidad. Esa postura ante la vida nos hace más libres, y por lo tanto, más poderosos.

Al leer estas palabras quizás hayamos recibido algún tipo de inspiración. Eso es porque forman parte de la cadena de transmisión, de la continuidad del misterio a través de la palabra perdida. Su misión es ser compartidas. Su anhelo es que la continuidad persista.

Campaña de Navidad


CAMPAÑA DE NAVIDAD 2015

Crear proyectos es complejo, pero sobre todo, lo más complejo es mantenerlos vivos, sanos y guapos. Los que sois padres ya sabéis a lo que me refiero. Los proyectos crecen y hay que seguir alimentándolos. Las editoriales sobreviven con la venta pasiva, siempre esperando a que alguien coja entre sus manos un libro y termine enamorado del mismo. Pero en los tiempos en los que estamos, pocos tienen tiempo para enamorarse de los libros. Así que hay que ingeniárselas como sea para seguir adelante, intentando inculcar la importancia de alimentar al alma y al espíritu con lecturas que lo merezcan. No solo de pan vivimos. Y en esas andamos, compartiendo poesía, belleza, reflexión, sabiduría, fuerza interior, que son alimentos igual de necesarios para la supervivencia psíquica y anímica del ser humano. Aquí os dejamos esta campaña de Navidad por si tenéis alguna empresa o sois responsables de alguna institución y queréis, ahora que la OMS nos dice que comamos sanos, ofrecer un regalo diferente. Gracias de corazón por vuestro tiempo y esfuerzo…

Hacia la movilidad eléctrica


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Cuando hace un día normal de sol puedo trabajar desde la caravana gracias a la humilde placa solar. Si el día está nublado la placa se resiente y solo da energía para una pequeña lamparita y la carga de móviles, no mucho más. Con una o dos placas más o un pequeño aerogenerador (aquí hace mucho viento), la autonomía energética sería suficiente.

En la crisis global en la que estamos, especialmente en la medioambiental, es difícil realizar un cambio radical como el que aquí estamos haciendo. Admitamos que venir a las montañas no es una solución viable para los millones de seres que desde hace generaciones viven acomodados en las ciudades. No solo es un problema de consciencia, también de responsabilidad, compromiso y un cierto grado de sacrificio. No todos estamos preparados para estos retos. En todo caso nos sirve la aventura para crear cierta inspiración. Al menos cierta inspiración para la vida cotidiana.

Cuando organismos oficiales como la OMS advierte de que comer carne es perjudicial y vemos las reacciones irónicas de nuestros congéneres nos damos cuenta de lo lejos que estamos de poder salvar al planeta. Ni siquiera en esas reacciones hemos podido contemplar un pequeño resquicio de compasión no hacia nosotros mismos, sino hacia el reino animal que sufre nuestra barbarie. Esa consciencia o sensibilidad es compleja, ya que nace de unos condicionantes culturales y sociales condicionados por millones de años de historia. ¿Cómo cambiar eso?

No sabemos cuantas generaciones más aguantaran esta debacle. La humanidad, convertida ya en una plaga que afecta directamente al planeta Tierra, no puede quedar por mucho tiempo ignorante ante los efectos de la misma. Tendría que existir una revolución radical en las consciencias humanas, tan radical que nos pusiéramos todos manos a la obra para cambiar hábitos, formas de consumo, y cientos de minúsculas actitudes personales que dañan día a día a nuestra madre tierra. Y esa radicalidad debería empezar ahora mismo, en este instante, para que la cosa no fuera a peor. ¿O acaso estamos ya, como dicen algunos, en el camino de no retorno?

Cuando compré hace algo más de diez años un coche híbrido pensé ingenuamente que con ese acto simbólico estaba ayudando a señalar el camino a seguir en pro de una movilidad más ecológica. Diez años después empiezan a aparecer los primeros coches puramente eléctricos, capaces, según el tipo de gama, de alcanzar entre doscientos y quinientos kilómetros de autonomía. Con el avance de las energías renovables, quizás en treinta o cuarenta años podamos ver un parque móvil totalmente ecológico. Pero hasta esta idea puede parecer ingenua si vemos todo lo que nos rodea diariamente.

En todo caso, es nuestra obligación moral seguir animando uno a uno a todos los que nos rodean para que ejerzan su poder de cambio. Para que puedan influenciar en todo cuanto consumimos, en todo cuanto hacemos, en todo cuanto nos merecemos. Para que apostemos cada día por soluciones más ecológicas. Un coche eléctrico, placas solares en los tejados, o simplemente un consumo responsable de todo cuanto compramos. Cualquier cambio que hagamos en nuestros hábitos será beneficioso para la Tierra, y también para nuestros descendientes. Estemos atentos y apostemos por esos cambios. Es posible que no nos beneficiemos directamente. Pero haremos un bien para el futuro. Así que si puedes apuesta por la movilidad eléctrica. El planeta lo agradecerá.

Luz en el sendero


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La única divisa con valor en un mundo en bancarrota es aquello que compartimos con los demás”. Philip Seymour

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un rito de transmisión en una encomienda templaria. La transmisión cultural y espiritual de la raza humana se ha fraguado desde el origen de los tiempos. Ritos de iniciación y transmisión han seguido la estela de los tiempos para salvaguardar el Misterio en los confines del corazón humano. También el conocimiento ha requerido, primero en expresión oral y más tarde escrita, de esa cadena que permitiera, eslabón a eslabón, postergar el saber a todas las generaciones. Los escribas en los monasterios dedicaban una inmanente labor a dicho cometido. También aquellos guardianes de los secretos, como las diferentes logias, órdenes o fraternidades que protegían la esencia de lo que somos. O como los templarios, que dedicaron parte de su obra a proteger a los peregrinos que deambulaban por los caminos hacia los lugares santos. Simbólicamente esto sigue ocurriendo, aquí, y ahora.

Hoy día hay muchas cosas que han cambiado, pero de alguna forma siguen existiendo protectores de los caminos y los peregrinos que de forma humilde y silenciosa acometen la labor de dar de comer al que no tiene, interior y exteriormente. Existe en los caminos esa luz en el sendero tan necesaria para proseguir con los actos sagrados que nos acercan a los entresijos del ser y de la vida. Y también están aquellos que se afanan por transcribir los textos antiguos para que el saber siga al alcance de aquellos que hoyan la senda.

En esa línea de transmisión estamos poniendo esfuerzos para que dicho saber no se pierda, y sea actualizado en este tiempo bajo los auspicios de esta nueva era que nace como espacio de fe y esperanza. Es un esfuerzo complejo y vasto, cuyos límites son inabarcables. El Arca Lucis sigue siendo una tarea de escribas anónimos que en oscuras bibliotecas copian el saber para ser transmitido.

En estos meses estamos preparando algunas obritas que merecen la pena volver a editarse. Agotadas las obras en nuestro país, desde Nous vamos a sacar el imprescindible “Luz en el Sendero” e “Iniciación Humana y Solar”, los cuales, junto al librito “Carta a los aspirantes”, inauguran una era de ediciones basadas en la transmisión del Misterio.

De alguna forma, estas obras son perlas que sacuden el silencioso rumor del alma. Acompaña la sigilosa marcha de nuestro peregrinar y ahonda aún más en el despertar de esa inevitable consciencia que nos ha de acompañar hasta los hilos más sutiles de la existencia. Son solo motas de polvo en el camino, pero tan imprescindibles como el resto de experiencias que nos han de llevar hacia la puerta estrecha. La Sabiduría Perennis sigue su estela. Sus francos servidores trabajan en su despertar. Ante las oscuras maravillas de lo incognoscible, solo deseamos luz al valiente buscador de la verdad. Que la pureza de sus actos le conduzca por la línea firme y acontezca ante él la sublime llama del despertar.

El tránsito. ¿Hay vida después de la vida?


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Este año falleció mi padre. Tuve una hermosa experiencia cuando viajaba hacia su lecho de muerte. De repente, en el coche, sentí el perfume que solía tener. En esos momentos no sabía que había fallecido hasta que llegué a Barcelona y me confirmaron la noticia.

Durante estos meses dediqué mucho tiempo a pensar sobre ese perfume. No encuentro ningún tipo de explicación razonable a no ser que navegue en los oscuros espectros de la fe, la esperanza y la necesidad humana de dar explicaciones a hechos irracionales.

Hay muchos que afirman que han ido y han vuelto a ese lugar que llamamos vagamente muerte. Entre ellos está nuestro querido amigo Emilio Carrillo. Junto a la Editorial Sirio, hemos editado un libro donde nos habla de ello.

La muerte es algo que nos ha de llegar a todos. Pocos son los que se interrogan sobre sus misterios, y sobre todo, pocos son los que se atreven a abordar sus incógnitas. Emilio Carrillo es uno de esos pocos. Os dejo esta breve reseña y os animo a que os llevéis la grata sorpresa de penetrar en los misterios de la vida, de la pura vida universal.

“En esta obra, única en su género, Emilio Carrillo trata uno de los tabúes de nuestra sociedad: el tema de la «muerte». Sin embargo, un mayor conocimiento acerca de la «muerte» nos impulsa a vivir mejor, libres de miedo y con plena confianza en la Vida. De hecho, al terminar nuestra encarnación no morimos, sino que efectuamos el tránsito a otro plano de conciencia, donde seguimos teniendo experiencias. No hay motivos para preocuparse en relación con el tránsito, y ni mucho menos para verlo como algo aterrador. A partir de su propia experiencia cercana a la muerte y otras vivencias que le han proporcionado un gran conocimiento acerca de los mundos sutiles, Emilio Carrillo trata alguno de estos temas: ¿Qué perspectivas se nos abren después? ¿Qué entidades nos acompañan durante el tránsito? ¿Es posible comunicarse con «los que se han ido»? ¿Cómo podemos manejar el duelo para que el dolor dé paso al alivio? ¿Cuál es la mejor manera de atender al moribundo? Y un largo etcétera…”

Si queréis el libro ya podéis comprarlo con gastos de envío gratuitos en el siguiente enlace:

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Gracias de corazón por vuestro apoyo y consideración. Disfrutad de Emilio y su hermosa obra. Gracias Emilio. Gracias amigos.

Pequeñas alegrías


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No sabemos nada de la vida. Apenas podemos alcanzar algo de su misterio. Ni siquiera disponemos de una receta universal que calme nuestras dudas. A veces nos sentimos poderosos y otras frágiles, acongojados, diminutos ante los acontecimientos diarios. Si quisiéramos tener cierto control sobre algo nos sería imposible adivinar qué podría pasar después. Hay algo que se nos escapa sutilmente. Una fina línea de realidad que se esparce por entre los dedos, cayendo inevitable hacia un abismo desconocido.

Nos abalanzamos hacia deseos, hacia pensamientos, hacia experiencias que creemos verdaderas. Pero luego resulta que todo se pierde en una pequeña apuesta llamada azar, suerte, fortuna. No somos conscientes de cuan frágil es nuestra vida hasta que no nos enfrentamos a ese momento crucial que todo lo cambia.

Lo único cierto es que hay que tener valor y coraje para enfrentarnos a este infortunio constante. Si algo somos eso es fortaleza. Si algo queremos ser eso es fragilidad, dulzura, humildad ante la grandeza de la vida. En el fondo siempre salimos ganando, aunque a veces la enfermedad o la propia muerte nos venza. Nuestra ganancia está fuertemente ligada a nuestra consciencia. Mientras esa diminuta llama de lucidez brille, estamos venciendo.

Herman Hesse insistió en que buscáramos el misterio en las cosas sencillas. En alguno de sus escritos nos dijo que pusiéramos el acento en las pequeñas alegrías. En ellas reside la riqueza del pobre y del rico. No es cuestión de cosas, ni de riquezas. La mayor fortuna pertenece a todos. Un amanecer, un abrazo, una sonrisa. Esas cosas nos llenan el alma, nos expanden la consciencia y fortalecen nuestra dignidad. Sólo debemos tomar consciencia de su profundidad, y en todo caso, de su propia existencia. Un cierto acopio de serenidad, de amor y de poesía serán suficientes para poder entrever ese lazo indestructible que nos une a la fuente de todo. Un trozo de calma será susceptible de acercarnos a la verdad suprema de que estamos vivos porque tenemos la capacidad de sorprendernos. Y esa sorpresa se derrama en todo lo que nos rodea. Y ese instante nos conecta con nuestra parte infinita, poderosa y frágil.

Mírate en este mismo instante. Observa todas esas pequeñas alegrías que pueden elevarnos a la categoría de dioses incandescentes, de brasas del abismo más profundo, de sortilegios de mundos maravillosos. Ahí cerca está la clave para poseer el verdadero aliento inmortal. Sólo debemos aprender a disfrutar de los placeres cotidianos, de la sublime arquitectura de todo cuanto nos rodea. En su insondable misterio está la clave de todo. Sonríe y disfruta. Todo conspira en este instante. Todo se construye para un propósito insondable. La puerta estrecha espera. Atraviésala.

Programa de apoyo a Editorial Séneca


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Los últimos trágicos acontecimientos que he vivido en estos últimos seis meses me han tenido un poco alejado de casi todo. Cuando ocurren cosas profundas terminas por despistarte un poco. Si eres un asalariado basta con darte de baja por depresión o cualquier otro tipo de cosa que sirva como excusa para reorganizar tu vida y volver a tu centro. Si eres autónomo o empresario o emprendedor los días pasan, sin más.

Cuando en estas semanas he querido retomar el trabajo ha sido un desastre porque me he encontrado con un panorama desolador. Facturas sin pagar, libros que llevaban meses esperando a ser editados, autores cabreados, royalties sin repartir, gestiones sin realizar… Durante estos diez años hemos ido tirando en una empresa que nunca ha tenido línea de crédito, ni préstamos ni ayuda estatal como casi todas las editoriales al uso. No hemos recibido subvenciones ni nada que hubiera podido ayudar a mantener a flote cualquier empresa cultural en tiempos de verdadera crisis. De alguna forma nos hemos valido por nosotros mismos con grandes sudores y disgustos. Ese ha sido el precio de dirigir un proyecto cultural editando libros no comerciales.

El momento de ahora no es nuevo, es algo que pasa con frecuencia. Así que la única forma que se me ocurre para proteger este peculiar proyecto es la de intentar ponerme el traje de vendedor y salir a la calle a buscar habichuelas. ¿Cómo hacerlo tal y como está el patio?

De momento ya he puesto en orden la parte puramente editorial. Ediciones atrasadas ya están listas en la imprenta para poder seguir su camino. Ahora falta la parte más compleja, vender esos libros. De ahí que se me ocurran algunas cosas.

  • Hacer bolos y presentaciones. Si eres autor y quieres que presentemos tu libro en algún lugar de nuestra bella tierra vamos a por ello.
  • Vender lotes de libros por Navidad. Pronto vendrán nuestras añoradas fiestas y a lo mejor, si eres de esos empresarios que dan lote de Navidad a sus empleados, deseas acompañar al tradicional cava con turrón con un manjar de libros, que además de ser original alimenta al alma y de paso al espíritu.
  • Si eres particular, no olvides que en nuestros sellos editoriales tenemos cientos de novedades que te encantará leer, compartir o regalar. Regala un libro y lo demás, es decir, la magia, vendrá por añadidura.
  • Si eres una empresa o una institución pública o privada también podéis apadrinar proyectos editoriales. Eso da prestigio al autor y también al filántropo o mecenas que lo apoya.

Por último recordar que los beneficios editoriales van dirigidos al proyecto O Couso y a la construcción de una futura Escuela de Dones y Talentos. Es decir, el dinero circulará siempre en beneficio de todos y para todos.

Sí, ya lo sé, soy un mal vendedor. Pero lo importante es el reto de seguir diez años más buceando en el misterio de creer en un mundo mejor. No olvides que detrás de estos libros se construyen muchos sueños. Así que sigamos soñando.

Algunas ofertas para este mes de octubre (poner en el pedido el número de referencia:

2×1. Compra un libro y te regalamos otro de igual o menor valor. Ref. 2121

Lote de 5 libros por 30€. Ref. 0530

Lote de 10 libros por 60€. Ref. 1060.

Lote de 30 libros por 195€. Ref. 3020

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Lote de 100 libros por 795€. Ref. 1080

Lote de 200 libros por 1.495€. Ref. 2014

Gracias de corazón por vuestro apoyo.

El pago se puede hacer mediante transferencia bancaria al número de cuenta:

Triodos Bank (Banca Ética) ES52 1491 0001 2420 2926 1720

O mediante compra directa con tarjeta en nuestra página web:

www.editorialdharana.com

www.editorialnous.com

www.editorialseneca.es

(Foto: libros de nuestra editorial alimentando el bosque de O Couso)

Gestos


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Cuando uno cumple la mayoría de edad no suele tener mucho dinero ahorrado. De tenerlo, siempre piensa en cosas. Me puedo comprar esto, puedo hacer aquello. Pero casi nunca se piensa en gestos. Son pocas las personas que llegan a esa sutileza, a esa generosidad extrema. Aquí en O Couso recibimos lecciones de humildad constantes. Nos creemos ingenuamente que damos algo. Un trozo de calma, de paz, de sosiego, de pan, de hermosas vistas al bosque, de sonrisas y paseos. Creemos que con eso podemos colmar un trozo de alma. Pero realmente, lo que aquí ocurre es que no paramos de recibir.

Los gestos son múltiples y variados. Vienen de mil lugares distintos, de mucha gente diversa. De acciones a veces inimaginables. Tener un gesto con el otro es algo complejo. Uno siempre piensa qué va a ocurrir, cómo se va a valorar, en qué va a repercutir. A veces los gestos son pequeños en grandeza o inmensos en sencillez. Pero todos valen lo mismo, todos aportan ese grano de arena que suma al proyecto común, a la esperanza de un mundo mejor y más alegre.

O Couso es de todos. Eso ya lo sabemos. Lo ponemos en practica y todos cuando llegan se sienten como en casa. Entran y salen una y otra vez hasta el punto de que los más veteranos vienen a esta su segunda residencia. Esta ya es su casa aunque no dispongan de una habitación para ellos y a veces ni siquiera de una cama. No necesitan mucho. Es su pequeño paraíso y todo está bien.

Este fin de semana, siguiendo con la historia que nos ha conmovido, vino una madre con su hija para compartir unos días con nosotros. Paseamos, charlamos, reímos y nos pusimos al día de nuestras vidas interiores y exteriores. La madre era la tercera vez que venía y nos ha ayudado siempre desde la distancia en cientos de cosas. Sus gestos siempre estuvieron presentes hasta el punto de que el agua brota en O Couso gracias a su generosidad. Pero estos días nos sorprendió la hija cuando sin decir nada a nadie cogió sus ahorros de toda la vida y los ingresó en la cuenta de la fundación.

Nos preguntamos qué pudo en ella, qué se llevó de este lugar para que la impresión le causara esa reacción tan generosa. Nos sentimos humildemente afortunados no sólo por el gesto, sino porque el mismo proviniera de una persona joven y llena de inquietudes. No es el dinero ni la cantidad del mismo, es el gesto. El levantarse hoy por la mañana y pensar en cómo ayudar a un proyecto que solo conoció en un fin de semana de experiencia compartida.

¿Qué es eso que nos mueve a este tipo de cosas? ¿Qué ejemplo vital ha recibido esta joven amiga para gestionar sus emociones de forma tan desapegada y generosa? Siempre nos preguntamos qué sería de este mundo si todos tuviéramos la capacidad de tener un gesto diario con alguien o con algo. Un pequeño gesto, no importa de qué tamaño. Lo único que importa es sabernos poseedores de esa inmensa energía transformadora. De ese precepto que nos hace ver al otro como a una parte imprescindible del nosotros. Son esos gestos los que nos llenan el alma de testimonio y vida. Así que gracias querida L. por tu gesto. Para nosotros ha sido toda una lección de humildad y amor. Gracias de corazón.

La Nave del Misterio que Surca el Océano.


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La noche se presenta misteriosa. Las procesiones estelares surcan los valles cósmicos, los aledaños infinitos, las luciérnagas estelares. Miramos al cielo y no somos conscientes de lo que ahí fuera se teje. Nuestra mirada finita no es capaz de desentrañar todo cuanto ocurre. Sólo vemos centellas parpadeantes y tímidas que se arremolinan a una luna de miel cargada de caminos cósmicos. Nosotros navegamos a una velocidad de vértigo sobre el misterio que surca el vasto universo. Su océano está bañado por millones de pequeñas motas de polvo astral que resuman en el oleaje sempiterno.

Mi mirada se para en el sonido del viento. Entre las ventanas de este pequeño habitáculo intento abandonarme a esa inmensidad para plasmar, aunque solo sea de forma anecdótica, alguna respuesta certera. Esa infinitud me hace pequeño y humilde. Me obliga a deshacerme del pesado equipaje, de mis inútiles creencias sobre la vida, de mis torpes emociones con respecto a todo cuanto ocurre.

Hay algo que se asoma de forma tímida. Es una luz que guía. La llave del depósito que contiene todo cuanto existe. Se manifiesta entre telares que secundan silencios. Abrirse paso entre ellos es como si de repente entraras en una espesa capa de telas de mimbre. Algo inaccesible si no eres capaz de tejer una malla suficientemente poderosa como para albergar en ella todo ese sediento y húmedo despertar.

Si observamos la vida como un instante da vértigo. Ahora que se escucha con fuerza el viento me pregunto hasta cuando durará su melodía. No es una expresión de miedo a lo que inevitablemente ocurrirá tarde o temprano. Sólo de respeto e inquietud, porque la hora marcada nadie la sabe. Solo es cuestión de percepción. Y ante esta soledad tan querida la percepción es que somos un átomo de tiempo, una milésima de cordura.

Esta mañana tuve tiempo de poner algunos troncos pesados sobre las ocho columnas de la futura cabaña. Cambiar la vida de una caravana a una pequeña cabaña es un hito histórico en esta pequeña etapa. No requiere mayor esfuerzo que la constancia y el amor por las cosas sencillas. La capacidad de adaptación no hará que sea más feliz entre madera que ahora entre helada y delgada capa de caravana. No sé si ganaremos calidad en cuanto a la humedad, que aquí es algo temido. Tampoco sé si el vivir en mitad del bosque, porque la cabañita está escondida entre robles, castaños y abedules, hará que la inspiración crezca. Lo que más me seduce es ese abrazo al misterio de la creación. Es esa misericordia de cocrear sintiendo la vida en cada pesado paso. Mientras levantaba los pesados troncos de castaño miraba al cielo. Y en esa mirada de respeto nacía esa sencilla frase, esa súplica por entender todo cuanto ocurre. La Nave del Misterio que Surca el Océano. Eso somos aquí y ahora.

Dibujando mundos


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Después del periplo, descanso en la tierra prometida. Árboles, senderos, otoño en los caminos plagados de páginas que cayeron suaves del libro de la vida. No podemos más que maravillarnos de la belleza contemplativa. Los matices de los atardeceres, sus luces, las nubes plagadas de encanto, la suave brisa otoñal. Nos preguntamos cuantas y cuantas cosas se nos escapan al día por estar mirando a una pantalla, a una idea, a una emoción enquistada, a un trozo de cosa inerte que nos aproxima a la ilusión de poseer algo. Cuando miramos la hierba y los árboles observamos que hay algo más dentro de ellos. Algo que les da vida y color. Algo que los transporta a una dimensión diferente.

Estos días el agua ha llegado a O Couso. Ha sido casi milagroso ver brotar de las profundidades de la tierra el líquido vital. Nos veíamos a nosotros mismos jugando como aquel niño que se reencuentra con la magia de la vida. Agua, agua, por fin agua que brota para lavarnos, para limpiar, para beber, para alimentar la huerta y para construir pequeñas cabañas. Agua para compartir. Agua donde no hay que pagar ningún impuesto. Es curioso ver como ahora estamos alimentando estos aparatos con la luz del sol que sale de la nueva y más potente placa solar. En unos años este lugar será totalmente autosuficiente en cuanto a energía. Nadie podrá cobrarnos por el agua que sale de las entrañas o por el sol que iluminará nuestras casas en las frías noches de invierno. Tampoco habrá barreras ni aranceles en las patatas que recojamos de la huerta ni en las castañas que caigan de los árboles. Es como si aquí llegara cierto halo de libertad. Como si algo se diluyera en una frontera invisible de esta pequeña república donde no hay monarcas ni líderes ni jefes ni gurús ni patriarcas ni amos ni dueños ni propietarios ni guías ni directores ni presidentes ni cabecillas ni magistrados. Hemos liberado en este experimento algo del ser humano que andaba atado a cláusulas que no le convenían.

Hemos hecho un nuevo pacto con la naturaleza. Intentamos ser lo más respetuosos con ella. La dejamos crecer a su antojo, apoyando la iniciativa de cualquier joven roble por brotar hacia el cielo o fomentando que la vida crezca por todas partes. Nos gusta esa misión de ser cocreadores. No solo en la huerta, sino también en los planos de la arquitectura cósmica, allí donde se diseñan los nuevos ciclos, las nuevas tendencias, las nuevas formas. No es raro vernos sentados en silencio dibujando mundos. Retomar la esperanza y la fe en todo cuanto somos y hacemos es reconectar de alguna forma con lo más sublime de nosotros mismos. Sólo debemos aprender a callar, a divagar en el silencio sobre los misterios de la propia naturaleza que nos anima.

Cuando salimos a pasear, solo debemos arrodillarnos ante la majestuosidad del misterio y pedir para que muchos puedan disfrutarlo. Por eso nuestro afán por albergar a cuantas más almas mejor. Por eso nuestro ademán firme por arriesgar un poco más cada día a cambio de ver tejer una sonrisa entre cacerolas o bosques, entre juegos y noches de insomnio. Aquí, en el silencio, eso es posible.

Sentimos que hay mucho por crear. Creaciones bonitas, amables, llenas de fuerza y hermosura. Pensamos que cuando callamos algo se abre en nosotros. Una estrecha corriente de aire, una brisa cargada de rumor y susurro, un momento de lucidez, de luz, de luminiscencia. Somos soporte continuo del milagro de la vida. Y a veces, ante un atardecer como el de hoy, nos inclinamos humildes y respetuosos alabando la grandeza cósmica. Nuestro mayor deseo, poder compartir una y otra vez estas luminiscencias.

La libertad del laberinto


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Cerca de doce horas de viaje terminan en un banco de una gran ciudad. Por suerte la temperatura es agradable y el mar arrecia la compañía de las olas. Es media noche y no consigo plazas para llegar al centro. Miro a mi alrededor y solo veo calles laberínticas que se disponen de forma ordenada para invitar al osado a caminar entre ellas. Algún coche, algún trasnochador… El próximo transporte solo puede llevarme a cualquier hora del amanecer. Vía libre para elegir destino. Pero sólo al alba.

Siento cierta libertad y empiezo a caminar hasta las tres de la mañana. Una mujer de color empieza a llorar a mi lado. Necesita dinero y le doy la mitad de lo que tengo. Confío en que con la otra mitad llegaré a alguna parte. La mujer, atónita, me da las gracias repetidamente. De repente siento cierta libertad que me aproxima a esa ataraxia cargada de simbólico juego. Es la sonrisa cósmica, diminuta, frágil, que asoma por todas partes. Al no tener nada, al darlo todo, se posee la inmensidad.

Un hombre me ofrece su casa para descansar y quizás para alguna otra cosa más. Le digo que estoy cómodo en mi banco. Tengo estrellas, un trozo de luna y la brisa. Horas antes me habían invitado a perderme aún más, a no tener prisa por volver a ninguna parte. Pero resulta que el corazón siempre manda. Lo siento tranquilo, con ganas de volver a su centro. Late con disimulo pero con fuerza. ¿Hacia donde ir? Está claro. Hacia su centro, hacia su quietud. Lo demás son solo escenarios. Así que ahí me dirijo. Tranquilo, pausado, sonriente, cómplice.

Me quedo dormido algunas horas en el banco, en mitad de la gran ciudad, en la plaza. La policía me mira. Puedo notarlo cuando las luces azules resplandecen en mis pupilas cerradas. Miran mi aspecto, mi barba de hace unos días, mi sospechosa mochila. Continúan sin molestar. Tienen trabajo en la gran ciudad.

Tras atravesar de madrugada toda la urbe andando termino en la estación de tren. Puedo elegir cualquier destino. Aún tengo una larga noche por delante, una larga madrugada, un largo amanecer. El corazón sigue latiendo. Lo escucho. Anulo todas las citas. Pongo rumbo hacia el tintineo, hacia el rumor del alma, allí donde se teje el silbido, el susurro del aire.

Guardo un grato recuerdo de estos días. Entiendo que cualquier esfuerzo tiene que venir acompañado de la atención plena, del despertar consciente. De nada sirve cambiar de escenarios, viajar a cualquier laberinto si por dentro no se tiene la certeza de Ariadna, de ese hilo conductor que nos devolverá al Camino. Eso inyecta cierta libertad. Las causas que se hilvanan en la invisible maya tienen que ver con el laberinto. Las calles desaparecen. Las sombras de los vagabundos siguen ahí, en las posaderas donde se distribuye la economía. Yo sigo el camino del loco, que es seguro cuando se camina desde la alegría. Podría haber elegido cualquier destino. Pero al final, como siempre, elijo el mío propio.

Sale el sol. Empieza la música. El murmullo eleva la mirada. No he dormido mucho y eso me recuerda la importancia de estar despiertos. Veo puntos de luz que renacen a la vida. Noto que el hilo se entrelaza con fuerza en sus tres aspectos. Hay un nudo que termina donde empieza el vasto dominio del espíritu. Me agarro con fuerza a su trono más alto. Alzo la cabeza sobre sus sombras y diviso el espacio infinito. Ahí está, otra vez, la plenitud.

(Foto: fluyendo desde la estación)

Hacia el espíritu de la relación


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Tras un primer periplo por Suiza y Barcelona pude descansar unos días en O Couso. El verano se marchó y entró la otoñada. Menos gente, más silencio, más tiempo para la reflexión. Pudimos pasar esta semana entretenidos en intentar llevar el agua del nuevo pozo hacia la casa. Siempre faltaba alguna pieza, algún remate, alguna cosa que fallaba a última hora. El agua se resistía a llegar, pero al final, como si de un milagro se tratara, atravesó los muros centenarios y llenó los barreños de la cocina. Fue un momento especial, un lugar de calma, de alivio, de esperanza tras un año esperando ese acontecimiento.

El agua es una fuente de vida, es un motivo de relación. La relación se expresa desde muchas instancias. Algunas tangibles, otras intangibles. En Suiza nos relacionábamos desde la comprensión y la misión común de proveer al mundo de inspiración. En Cataluña lo pasé francamente mal. Volver a las raíces, al desencuentro, a los nacionalismos divisorios. Tuve una mala relación con esa experiencia que me hizo entrar en barrena, en coraje, en rabia. No supe salvaguardarme, protegerme suficientemente de esa tiranía de la separación. En O Couso la relación es profunda. Los animales, la naturaleza, el bosque, los elementos. Ahí todo fluye de forma diferente, todo nos moldea y nos realza. No existe privación, ni límites conceptuales. Todo fluye hacia una visión más amplia, más armoniosa con la experiencia de la vida.

De estas tres experiencias separadas pero que vienen de una continuidad saco la conclusión de que el medio ayuda a relacionarnos. Lo hostil nos separa mientras que la intención del amor nos exalta, nos acerca, nos provoca amor. El medio, los lugares, la gente con la que estamos, puede afectar nuestro estado de ánimo, nuestra fuerza interior, nuestra capacidad para dar lo mejor de nosotros, o lo más oscuro. Podemos ofrecer una mejor versión de nosotros cuando vivimos una vida más plena y tranquila, un equilibrio más consciente con todo lo que nos rodea. Eso ocurre porque nuestra fragilidad crece cuando la adversidad aumenta. Es nuestra condición humana.

Perpetuar, proteger y albergar el espíritu de la relación es harto complejo. Uno puede llenarse la boca de bonitos ideales, de frases hermosas y rimbombantes, pero luego el día a día, la realidad, siempre se impone. Desde una cueva protegida por nuestra cárcel conceptual, no expuestos al mundo, resulta fácil hilvanar una realidad feliz. Pero salir al medio, exponerte a las inclemencias físicas y metafísicas de la convivencia humana requiere una fuerza especial.

Me anima la experiencia de estos días. Lleno las alforjas de conocimiento y vasta experiencia. Comprendo que aún queda mucho por hacer y que siempre tendremos la posibilidad de poder intentarlo de nuevo. No me preocupa equivocarme. Me angustia la posibilidad de dejar de intentarlo. Así que sigamos profundizando en la relación, y en su espíritu.