Anomalías democráticas. La tormenta perfecta. La macdonalización identitaria.


a

Estoy de acuerdo con el sentir catalán de querer marcharse del Estado Español. Lo puedo entender porque hace tiempo que algunos ya nos hemos marchado del mismo. La diferencia con los nacionalistas es que realmente ellos no quieren marcharse del Estado, quieren crear otro Estado a su imagen y semejanza. Quieren reemplazar una bandera por otra igual o mayor, para ver quien la tiene más grande. Quieren copiar sus instituciones, sus formas, sus maneras, sin entrar realmente en el fondo de la cuestión. Identifican al Estado Español con la herencia franquista, olvidando que de esa herencia también ellos han participado con sus plusvalías, trapicheos y tejemanejes. En definitiva quieren tener su propio chiringuito en la playa, a poder uno de esos exuberantes Macdonalds donde poder comer más y mejor, y además, en clá i catalá.

Sin duda estamos provocando entre unos y otros la tormenta perfecta, y por lo tanto, también una solución épica a la misma, o desastrosa. Hoy mismo el Gobierno catalán califica el proceso de “anomalía democrática” (respecto a la imputación de Mas). Para los otros el «Procés» es la verdadera anomalía madre de todas las anomalías siguientes… Realmente estoy de acuerdo con ambos, estamos ante una Gran Anomalía. Primero por la exaltación nacional, tan criticada en épocas franquistas por los que ahora salen sin complejos a la calle cargados de banderas y símbolos patrios. Segundo por la pasividad de los otros ante hechos cada día más consumados.

Una anomalía que nace de la propia historia e idiosincrasia del país. Del estado de revancha continuo para saber quienes son más altos y guapos, más inteligentes o más tozudos. Un Estado que nace ya caduco, con una Jefatura heredada directamente del franquismo y cuyo representante es una anomalía histórica llamada monarquía. Cualquiera en su sano juicio desearía desembarazarse de esta pesada carga. Pero no desde el cansino victivismo, sino de soluciones inteligentes y saludables para todos. Al menos sigilosas, silenciosas, sin patrias de por medio, sin banderas.

Pero el egoísmo nacionalista impone su propia salida. No una salida entre todos, sino una salida aireada desde el orgullo patrio, las banderas y el racismo encubierto hacia todo lo que tenga que ver con la rancia España, ese fuerte enemigo como hoy lo llamaba la ANC. España imperialista y colonizadora y por lo tanto, como ayer decía algún iluminado, Cataluña invadida por esos mismos colonos (entiéndase emigrantes del resto de España, esos mismos que han construido con su trabajo y esfuerzo la Cataluña rica y próspera que ahora todos disfrutan).

Es posible, y diría casi deseable, que Cataluña se independice algún día de España. Conseguirán el monolingüismo y el pensamiento unificador con respecto a la patria, la lengua y la cultura que ahora tanto reclaman olvidando a esos cuatro o cinco millones de personas que a día de hoy no se han manifestado a favor de ningún “Procés”. Pero en ese futuro, Cataluña deberá enfrentarse a esos millones de personas que ahora de forma tan descarada se ignora manipulando la opinión y los hechos. ¿O acaso creen que cuando se quiebre totalmente la anomalía democrática el resto de catalanes se quedarán tranquilos sin decir o hacer nada? Como digo, estamos sembrando la tormenta perfecta. Y cuando todo haga aguas vendrá ese sálvase quien pueda. O eso, o todos tendremos que estudiar geopolítica para ver qué ocurre si el frágil puente entre África y Europa se empieza a desintegrar.

(Foto: Tal y como representa esta crítica obra de Banksy, lo revolucionario de todo lo que está pasando en Cataluña es precisamente esto, una lucha revolucionaria por la macdonalización identitaria. España nos espolia, queremos separarnos de España para tener un Macdonals más rico y próspero, con mayores hamburguesas y mejores camareras. ¡Viva la revolución! ¡Viva la patria!).

El día de la Bestia


DSC_0550

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

DSC_0567

No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los «colonos españoles», en clara alusión a los padres de los «charnegos» que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el «enemigo». Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

El legado de la actitud mental


a

«El Todo es mente; el universo es mental«. El Kybalion

No sabemos realmente nada sobre la mente, su naturaleza, su esencia, incluso sobre la posibilidad de cierto control sobre la misma. Realmente es una desconocida a pesar de la unión tan firme que existe entre ella, sus partes y nosotros, el yo liminal que existe más allá de su propia identidad.

Algunos audaces exploradores se atreven a aventurar que hablar de mente no es correcto, sino que existe una especie de MENTE universal a la que nos conectamos con nuestra propia e identificada sintonía. Esa conexión es imperfecta, y está totalmente condicionada a nuestros aspectos personales. Dependiendo de muchos factores y circunstancias, nuestra conexión a esa MENTE será más o menos brillante. Digamos que somos capaces de conectar con cierta sustancia mental dependiendo de factores como nuestra cultura, nuestra alimentación, nuestra actitud, nuestro compromiso con la propia vida, nuestra salud, nuestras emociones, nuestra vitalidad. Nuestras pequeñas mentes, o nuestras pequeñas percepciones, serían hijas menores de la MENTE universal.

Diferenciar entre MENTE y nuestra pequeña frecuencia de percepción (en oriente lo llamarían kama-manas) es un hito importante. Diluye aún más nuestras diferencias, nuestra precariedad, nuestros anhelos. Disuelve completamente el sentimiento de separatividad, tal y como lo intuían los ilustrados de épocas pasadas cuando hablaban de esa unidad psíquica de la humanidad. Y lo más importante, nos hace tomar consciencia de lo insignificante de nuestros pensamientos, los cuales no serían más que distorsiones que nos separan de la esencia primordial de todo cuanto existe. Es decir, nuestro yo es una anécdota arrojadiza en el capricho de la evolución natural. Algo insignificante, un imperceptible ruido en el cosmos infinito.

De ahí que exista una inquietante actitud para convertirnos en tejedores de esa red capaz de conectarnos a la MENTE. Un esfuerzo sublime para abrir las puertas a la percepción total, a la Mónada de los filósofos antiguos. Sintonizar bien lo que somos, crear un afinado instrumento para poder percibir con mayor claridad y acierto todo cuanto trasciende más allá de nuestras limitaciones.

Resulta apasionante que esto pueda ser así. Como pensadores individuales y separados, podemos entender que tan solo somos un vehículo que puede llegar a albergar la totalidad existente. La capacidad para lograrlo dependerá de nuestro empeño en entender este principio de aproximación al misterio de la MENTE y convertirnos en observadores activos de la Inteligencia que subyace en todo cuanto existe. Esto equivale a dejar de identificarnos con lo que creemos que somos, con nuestros orígenes, con nuestra cultura, con nuestras circunstancias, para empezar a engendrar el sentimiento de ser algo mucho más universal e infinito.

Ser exploradores, faros que alientan este sentido oculto, es alimento suficiente para motivar una vida diferente y alejarnos con ello de nuestras pequeñas circunstancias, de nuestros errores e imperfecciones, nuestras fallas y culpas. Esto crea la muerte del deseo para el yo separado, abrazando para siempre la necesidad de estar al servicio de esa verdad más amplia y extensa, más apasionante y diversa.

Ya sabemos que todo esto es posible con cierta actitud mental, incluso con cierta disciplina o trabajo interior. La meditación es un instrumento apropiado para identificarnos con esa MENTE universal y navegar por sus redes infinitas. Desde ese nuevo lugar tenemos acceso a una fuente inagotable de enseñanzas, de certezas y de seguridad sobre lo que somos y sobre lo que aspiramos a ser en tiempos futuros. Ya no hay miedo, ahora sólo hay visión y percepción. Ya no hay separatividad ni prejuicio, solo un fuerte y arraigado sentimiento de libertad y expresión.

¡Cambio libros por banderas!


a

Estoy en Suiza, trabajando en una oficina internacional donde puedes hablar tranquilamente en inglés, español, catalán, francés, alemán… Nadie te dice nada por usar una u otra lengua, por ser de un lugar u otro. Lo importante es entendernos para que el trabajo fluya. También, en este ámbito de trabajo, lo importante es el conocimiento, la sabiduría, la consciencia, y para ello, lo que se emplea son libros, muchos libros. Me han encargado poner orden en la sección de libros y es un placer estar entre tanto y tanto conocimiento acumulado durante años y expresado en libros y manuales. En Ginebra esto se palpa en el ambiente. Un lugar cargado de instituciones internacionales como la ONU o la Cruz Roja. Es maravilloso ver a todos unidos por la causa común.

Mientras miraba los libros, los acariciaba y los trataba con el cariño necesario, se me ocurría la idea de que el mundo iría mejor si cambiáramos libros por banderas. Me imaginaba a todos los que estos días se peleaban por sacar la bandera más grande que pasaría si leyeran más, si viajaran más, si tuvieran experiencias internacionales. Me imaginaba si ese bochornoso espectáculo del otro día en el balcón del ayuntamiento de Barcelona se hubiera transformado en una fiesta de todos y para todos, independientemente de nuestra creencia y de nuestro sentido de patria o nación, de tenerla. Me imaginaba a todos los ciudadanos trabajando unidos por una causa mayor no basada en el origen o la nación, sino en la buena voluntad en acción, en el amor profundo a la humanidad una.

Por ello, aprovechando mi fortuna personal que se traduce en libros, os invito a cambiaros banderas por libros. Abro a partir de ahora la campaña “Pon un libro en tu vida”. Propongo que los egoísmos y creencias particulares sean cambiados por valores universales. Leamos, admiremos al otro, abracemos las diferencias, pero apartando el letargo de nuestro espejismo y la ilusión de nuestras creencias. Seamos sensatamente más abiertos, más curiosos, más entregados a las causas del mundo, alejándonos inevitablemente de nuestro ombligo, de nuestra pequeña patria, de nuestra emoción nacional. No hay naciones en el trabajo por la unidad dentro de la diversidad. Sólo hay personas de carne y hueso, que diría nuestro Unamuno.

¡Por eso, cambio libros por banderas! Como canto de libertad, como canto de alegría, como canto sincero de que el mundo vuelva a la razón, a la consciencia, y no a la irracional forma de sentirnos superiores o diferentes, exclusivos o beneméritos.

¡Cambio libros por banderas! Como aquella canción antigua que pretendía bucear en la alegría del ser, en la arrojadiza esperanza del mundo nuevo. Sí, claro, es posible, por eso… ¡cambio libros por banderas!

Envíame cuantas banderas quieras y a cambio pide cuantos libros quieras… Ese es el trueque mínimo, ese es el camino ligero del compartir… Palabra de editor, cuya fortuna personal se traduce en libros, más libros.

De voluntario en Ginebra


a

Llegué hace unos días a la República de Ginebra (así es como se llama realmente esta hermosa ciudad suiza) y parece que llevara aquí toda la vida. Los amigos de Buena Voluntad Mundial me instalaron en el apartamento que la organización tiene para alojar a sus voluntarios en un lugar precioso llamado Petit-Lancy. Desde aquí puedo ver las majestuosas montañas que ya pertenecen a Francia y puedo disfrutar del silencio ordenado que embarga a todo el país helvético.

Tras una primera jornada como voluntario en las oficinas que la organización tiene en la Rue de Stand, he dedicado toda la tarde a cocinar cuatro tortillas de patatas que mañana pretendo compartir con el resto del personal. Además de mi ramalazo culinario, el cometido del viaje tiene que ver con la puesta a punto de todo el arsenal editorial que la organización dispone, aprovechando mis conocimientos en la materia y mi predisposición para de alguna forma devolver todos estos años de estudio que he recibido sin que ellos en ningún momento hubieran pedido nada a cambio. Me parece un tributo justo que hago con ilusión, porque de paso aprendo sobre la marcha como se organiza una institución internacional. Aquellos que trabajan por los demás sin pedir nada a cambio siempre han merecido mi mayor respeto, admiración y consideración personal.

M primera tarea ha consistido mirar en los archivos todos los países que colaboran en la difusión de sus libros, quienes son los contactos y como acceder a ellos para actualizar el estado de todo el departamento editorial. Una tarea ingente que me ha puesto en escena toda la magnitud del trabajo. También en tomar consciencia de la falta de manos que puedan ayudar en el servicio de la institución.

Es curioso porque de este mismo problema adolecen muchas instituciones benéficas que no pueden tirar adelante por falta de personas de buena voluntad que deseen echar una mano. Incluso en O Couso nos ocurre, a pesar de toda la gente bonita que viene día a día. Siempre hay un exceso de trabajo, de ideas y de proyectos que nunca ven la luz por falta de personas capaces de ejecutarlos. Quizás por esta misma experiencia sentí la necesidad de venir hasta aquí y ayudar en todo lo que pudiera. Son sólo unos días de trabajo pero estoy seguro que algo positivo puedo aportar y estoy seguro que algo válido podrá quedarse.

Estoy convencido de que algún día podremos dedicar mucho tiempo a ayudar a los demás. Lo podía hacer cuando era adolescente en instituciones como la Cruz Roja o Cáritas o agrupaciones ecologistas. Más tarde en organismos de tendencia política y ahora en lugares donde más allá de la acción y la caridad se asuma también la responsabilidad interior de trabajar para la consciencia. Quizás ahí se encierre una clave oculta muy importante. Pues si albergamos la esperanza de que algún ápice de consciencia se puede modificar, cambiar o engrandecer, podemos de la misma manera estar convencidos de que menos manos harán falta para la acción política y la caridad. A mayor consciencia de todos, mejor será el mundo que viene. De ahí mi empeño personal en dedicar una parte importante de mi vida en buscar fórmulas para acrecentar la luz y la lucidez en las consciencias humanas. Es sólo cuestión de tiempo que podamos poco a poco ser una influencia positiva para el mundo. Animaros a compartir vuestro tiempo. Hay mucho por hacer y pocas las manos. Y la recompensa os aseguro que no tiene precio.

Refugiados, exiliados, señalados…


a

Hay dos tipos de guerras y conflictos, las de sangre y las psicológicas. Ambas son horribles y ambas te obligan a la muerte, real o civil, al exilio ya sea en pateras o en pensamientos de huida o evasión.

Estos días hablo mucho con A., un ser excepcional que está buscando la fórmula para poder exiliarse de Cataluña. Para ella lo que está ocurriendo es asfixiante, como aquellas cámaras de gas que antaño suprimían la voluntad de vivir. Ahora las cámaras son más sofisticadas. Simplemente anulan tu posición vital con fórmulas sumarias nacidas del totalitarismo cognitivo. No puedes ser diferente, no puedes expresarte de forma diferente. Te anulan y marginan como ser. Te asfixian socialmente. Por eso ella, con cierto miedo y temor, se pasa el día buscando a donde ir, buceando por los mapas cual sería el lugar ideal, y sobre todo, como sobrevivir a esa suerte. ¿En qué trabajar, donde hacerlo, como hacerlo cuando lo abandonas todo y te vas sin nada?

Me explica que tiene cierto miedo. Aquí en Barcelona tiene su casa y un buen trabajo donde puede desarrollarse como persona. Dejarlo todo para tirarse a un exilio engañoso es un riesgo para el que se requiere excesos de valentía y fortaleza.

Hace justo diez años me exilié de Cataluña. Tras unos episodios desagradables en la universidad donde me llamaron facha por defender ideas opuestas a las del régimen oficial, decidí, antes de que realmente me volviera facha, marcharme. Fue un paso difícil, muy difícil. Dejar trabajo, familia, vender tu casa y trasladar todo tu ámbito de seguridad hacia la incertidumbre no es nada agradable.

Estos días lo estamos viviendo fuertemente en toda Europa. Esos barcos y trenes cargados de exiliados que huyen de la guerra son imágenes impactantes. La guerra, ya sea material, psicológica o política nunca trae nada bueno. Y todas nacen de esa manía humana de apropiarse de territorios e intentar inculcar y someter en ellos pensamientos o ideologías propias de otro tiempo. Banderas, emociones, creencias sobre la patria, la nación o la cultura, la religión. Todo mentiras con las que apoderarse del espectro civil y social que nos conjuga en este inconsciente humano.

Y luego el pensamiento único que no sólo te expulsa sino que además te señala. Con sus campañas del miedo, del terror, del apocalipsis. De ahí que la tarea humana tiene por delante es volver (si es que alguna vez estuvo) a la dimensión del ciudadano más allá de las tinieblas de las patrias y las naciones. Leyes que soporten la organización social, pero que no me digan en qué idioma debo hablar, ni me inculquen ningún tipo de amor a ninguna patria, cultura o nación. Ciudadanos libres que puedan caminar en un lugar libre de amenazas, de chantajes encubiertos, de estigmatizaciones por motivo de hablar en una u otra lengua, de pensar en unas u otras cosas. No quiero que me señalen, ni que me marginen, ni que me observen ni que me pongan ningún tipo de amuleto encima por ser diferente.

Algún día nacerá un mundo nuevo. Personas como A. no se marcharán de su tierra, del lugar que le vio nacer. Podrá crecer y expresarse libremente en todo su recorrido vital en cualquier parte del globo. Personas como ese ingente de sirios que ahora huyen del terror podrán hacerlo libremente en un futuro sin necesidad de pedir limosna a países egoístas e insolidarios. Algún día el mundo cambiará y dejaremos de ser animales asustados que huyen despavoridos para convertirnos en humanos completos y libres. Algún día dejará de existir fronteras que nos separen, y por lo tanto, morirán todas las guerras posibles.

La resistencia


a

Durante un tiempo estuve viviendo muy cerca de las orillas de la bella ciudad de Lübeck, en el norte de Alemania. Allí nos contaban historias sobre la gran guerra y todo el holocausto que Europa sufrió no hace mucho tiempo. Deberíamos señalar con fuerza esta última frase: no hace mucho tiempo. A veces a escondidas y con algo de resquemor los habitantes de aquellos lugares de la Baja Sajonia me enseñaban los recuerdos de la guerra. Padres y abuelos que habían participado en la contienda, defendiendo la Alemania nazi y todo el régimen nazista con la mayor naturalidad del mundo. Lo normal en aquel tiempo era ser partidario de Hitler y su locura. Eso era lo corriente, lo uniforme, lo correcto.

No para todo el mundo. Julius Leber participó activamente en la resistencia alemana en contra del régimen de Hitler. Hasta el punto de que estuvo implicado en los atentados que intentaron acabar con la vida del Führer. Hasta el punto de que dio su vida por la causa de la libertad y de la paz.

Julius Leber fue consejero municipal de Lübeck. Nadie en ese momento podría presagiar lo que se avecinaba para ese hermoso país tras la sangrienta primera gran guerra. Nadie podía pensar que esas pacíficas y festivas banderas que colgaban en toda la propaganda nazi iban a terminar en una de las más terribles de las guerras.

En aquellos tiempos parecía algo normal la exaltación a la patria, a la nación aria, el rechazo a la razón y todo lo que pudiera venir de la decadente civilización occidental. Estábamos ante el rechazo más vivo sobre los valores de ilustración y el positivismo. La decadencia de Occidente se gestaba en el caldo de cultivo de la crisis económica que toda Europa vivía y la desilusión por las democracias que nada aportaban a la solución de una paz eficiente y nutritiva. En ese caldo de cultivo nació lo irracional, la adoración a las banderas y la proclama de verdades absolutas sobre la raza y la nación.

Algo muy parecido está ocurriendo en estos tiempos de exaltación nacional. En estos días que paseo por Barcelona se me eriza el cabello cuando veo tanta y tanta bandera. Quizás porque me costó entender cómo un pacífico pueblo como el alemán pudo caer en las trampas de la irracionalidad más absoluta de mano de un loco provocador que se creía el supremo Guía del pueblo alemán, espiritual, política y militarmente.

Lo siento, pero no podemos callarnos ante este resurgir irracional. No importa cuan nobles propósitos guarden en sus entrañas. Las relaciones irracionales nunca aportaron nada bueno. El pensamiento debe infundir luz a lo irracional. De nuevo la resistencia. De nuevo la pérdida de sentido.

Las florecillas del bosque


a

Como últimamente está complicado opinar porque te pueden tachar de cualquier cosa, hablemos de las florecillas del bosque. No busco con ello competir con el ser urbanita, ese que vive en aglomerados, como lo definen algunos, o en conejeras, como decía una profesora rural no hace mucho. Vivir en la ciudad tiene sus ventajas, y casi todas tienen que ver con el disfrute y el bienestar material. Pero las florecillas del bosque tienen ese aroma especial que te hace dibujar en la imaginación algo sensible hacia los planos más selectos de la naturaleza. Digamos que en la ciudad es más difícil apreciar el suave tacto de la suprema belleza, ya que sus calles grises atenúan y nos alejan de la esencia natural de la que venimos.

En cambio, la vida en la montaña o en el campo tiene sus propios beneficios. Es cierto que están alejados de los beneficios materiales de la ciudad. Pero aquí, gracias en parte a las florecillas del bosque, empezamos a encontrar réditos espirituales o psicológicos, más que materiales. El intercambio de bienes y servicios se transforma en el campo por el intercambio de emociones y pensamientos, de estados del ser que pueden fluctuar desde la más alta de las alegrías a la más honda de las tristezas. Nada escapa a los atardeceres, a la vida libre en los linderos verdes, a los paseos por los prados. La belleza natural de cada escenario nos abruma y nos salpica de sensaciones. Esta vez reales, palpables, sintientes. Un escenario real para seres reales.

La vida en el campo, materialmente hablando es mucho más compleja que en la ciudad. Aquí estás expuesto a muchos avatares que no controlas. Por ejemplo, hoy ha salido una gotera en mi caravana justo encima de la cama. También la gata me ha puesto su delicada mano en el ojo derecho y casi me quedo tuerto. Pero no pasa nada, son avatares menores en comparación con la insultante libertad y el tacto profundo de todo cuanto aquí ocurre. El precio de las inclemencias está más que pagado. La belleza, la armonía, la enseñanza natural de las cosas son suficientes para llegar a la cama, aunque este mojada por la gotera, plagado de satisfacciones.

Y las florecillas del bosque nos ayudan a no pensar en todo eso que ocurre ahí fuera, ya sabéis, la destrucción de países, los refugiados, el neofascismo nacionalista, el hambre en el mundo o incluso la propia destrucción de la naturaleza en manos de los malvados troles humanos. Como vivo en el bosque, ¿por qué iba yo a preocuparme de esas cosas? ¿Para qué ser crítico con una realidad que ni me va ni me viene? Sigamos pues contemplando las florecillas, y emancipándonos de nuestras dolencias humanas. Como dicen los místicos de la nueva era, todo está bien… Inclusive la agudeza inquisitiva de la ignorancia más ciega e inverosímil.

Poseedores de verdad, dioses de la ciencia y herejes de la opinión


a

La verdad es algo fragmentado e inhóspito. Nadie, a no ser que sea un dios, puede acceder a toda su complejidad. Por eso hablar en nombre de la verdad es muy matizable y arriesgado. Habría que definir sabiamente, o humildemente, eso de “la verdad”. O al menos matizarla, es decir, rebajarla en nombre de “mi verdad”, proclamando o diciendo o defendiendo esto o lo otro. Pero no se puede atribuir a causas subjetivas (todas las causas lo son desde nuestra limitada y corrosiva percepción) un atisbo de verdad. La verdad objetiva, por más que los nuevos adoradores de la ciencia lo afirmen, jamás podrá existir. Todo pasa por nuestro sesgo limitado, por nuestra visión –ya la física cuántica nos habla de eso-, por nuestro reclamo y sed de dotar de categorías absolutas a hechos que nacen tan solo de una percepción frágil y absurda ante la inmensidad del universo.

Por eso no podemos entender a los dioses, y menos aún describirlos, analizarlos, percibirlos o adivinar sus proezas, sus pensamientos o emociones, de tenerlas. Por eso los hechos que pasan en el mundo podremos clasificarlos sobre valores morales o éticos, pero jamás sobre verdades inamovibles. Todo es mucho más impermanente de lo que creemos, y sobre todo, lo existente ante nuestra memoria colectiva y nuestro acervo racial siempre es provisional. Nada es lo que parece y todo nace y muere sobre un manto de absoluta ilusión.

Luego está la opinión. Todos podemos opinar sobre todo. No hay límites excepto nuestra formación, nuestra cultura, nuestra visión de las cosas, nuestro bagaje existencial y nuestras experiencias cognitivas. La opinión, a diferencia de las verdades y las categorías científicas, está al alcance de todos. Podemos opinar con vehemencia sobre fútbol. Me encantan las tertulias de bar donde parece que un grupo de experimentados sabios arguyen poderosas argumentaciones sobre alguna jugada de turno. Podemos opinar sobre las creencias. Ver esos corsés que nacen de dogmas inamovibles y observar como unos y otros se ponen firmes y serios ante dioses y revelaciones. Podemos opinar sobre política. Decir que los nacionalismos son así o asá o pensar que los de derechas son de un color distinto a los de izquierdas, y que estos se diferencian de los del centro por mil causas. La opinión es libre y por lo tanto no siempre gusta. E incluso, cuanto más libre es de dogma o creencia, de mito o fantasía, más se estigmatiza, más herética resulta.

Lo que nunca podemos hacer con respecto a la opinión es anularla, callarla, amordazarla, enmudecerla. Eso es lo que hacen los totalitaristas, los absolutistas, los fascistas, los nacionalistas, los patriotistas, los extremistas, los fanáticos, sectarios, intolerantes, intransigentes y cualquier tipo de vehemencia exaltada que se crea en posesión de algún tipo de verdad o de categoría científica.

Jamás se puede decir al otro que no opine, aunque su opinión para nosotros resulte yerma o herrada. Jamás se puede poner un bozal al sentimiento o el alma del otro. La libre expresión fue una de las grandes conquistas. Jamás se puede poner un dogal en la boca de los que se atreven a opinar, ya sea de fútbol, de política, de creencias, de alma… Sus condicionantes vitales le harán ser presa fácil del resto de opiniones. Pero eso es lo divertido de comunicarse y opinar. Jugar a que nos entendemos en algunos temas y desechar el resto porque no son relevantes en nuestras vidas.

Por ello, no me pidáis que calle, no me pidáis que ahogue mi grito y extinga mi llama. No me pidáis que opine como vosotros, como vuestra verdad o como os gustaría que opinara. Dejadme que vocifere, que aplauda, que llore, que gima, que me alegre o me entristezca y que pueda hacerlo libremente. No me pidáis que deje de denunciar desde mi postura o impostura. No me pidáis que adore a vuestro becerro de oro si no lo siento como mío. Ni que siga borreguil a un rebaño que no me pertenece. Dejadme ser libre, y que opine. Aunque me equivoque, será mía la equivocación. Pero al menos viviré en dignidad y libertad.

El Procés, nuevo Movimiento Nacional


Bertran

Daba miedo ver el viernes a ese pelotón de ciudadanos uniformados con banderas y colores patrios andando pacífica y felizmente por las calles, en esa actitud borreguil tan propia de otrora otros tiempos donde la voluntad popular guiada por los lobos de siempre se humilla en la pérdida de identidad personal. Cataluña ha dejado de ser moderna y abierta para cerrarse en una actitud egoísta, pusilánime, caciquil y cortijera. Poco a poco se está convirtiendo en la Corea del Norte de Europa, donde la patria y la nación se exaltan hasta cuotas inimaginables. Donde te señalan y te hacen el vacío si no perteneces a este Nuevo Movimiento Nacional que tan tristemente nos recuerda a otros de antaño. ¿Seguimos hablando de naciones y patrias en pleno siglo XXI? Sí, seguimos.

El Procés, que así se llama el Nuevo Movimiento, se está convirtiendo en una corriente totalitaria, donde deja de existir la izquierda y la derecha, los de centro y los moderados para confluir todos en una sola lista, en un solo pensamiento único, patrio, de abolengo, de sentimiento nacional. La ralea condición no da espacio para lo demás. Sólo puede existir ese camino, esa vía. Sólo los que sigan la flecha, los que tengan una bonita bandera estelada en sus balcones, serán dignos de pertenecer a la nueva y esperpéntica patria. Esto no es un nuevo orden, es un antiguo deseo de poder bien articulado por la membresía anquilosada en el feudo y lo territorial, en el egoísmo y el engaño. En vez de desmembrar mediante ciudadanía y libertad al estado-nación queremos crear otros, los nuestros, que por supuesto siempre serán más ricos y mejores. En vez de cambiar banderas por libros seguimos esculpiendo banderas más poderosas y grandilocuentes por amplias avenidas. En vez de aportar luz y conocimiento aportamos folklórico colorido, muy parecido al de los circos romanos o los más modernos estadios de futbol. De nuevo la razón anquilosada y mancillada en nombre de la estupidez, la ceguera y la bobería. De nuevo todos uniformados. De nuevo todos de vuelta al fascismo (recordemos: “el fascismo pretende la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo cual conduce a la violencia -ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen- contra aquello que se defina como enemigo mediante un eficaz aparato de propaganda”… ¿nos suena?).

Reencantar al pueblo ha sido siempre un uso común en las oligarquías de siempre, hasta el punto de hacer pensar a la gente que son ellos los verdaderos artífices de tamaña conquista. Es siempre el pueblo el que mataría por defender esa mentira, sea la que sea. Es siempre el pueblo el que legitima el cebo para defender a los oligarcas. Es siempre el pueblo el que sale a la calle o al campo de batalla.

Lo patético de todo es que se imita a la perfección antiguos modelos, relegando como única vía posible y deseada al Movimiento Nacional, al Procés vestido de modernidad, pero con sus mismas esencias. Articulando a toda la sociedad a un único cauce de participación en la vida pública y civil y subyugando una cultura y una lengua a otra. Ya lo vimos en la Diada, donde el Procés ha uniformado a sus fieles y adoctrinados seguidores apoderándose de una fiesta común. Todo configurado desde la ilusión y la chapuza, desde lo festivo y la falta de respeto hacia lo otro.

Al igual que antaño con el Movimiento Nacional, únicamente pueden expresarse las llamadas entidades naturales. Si en el fascismo español eran la familia, el municipio y el sindicato vertical, ahora en el movimiento nacional catalán son la nación, la lengua y el Junts pel sí (¿una nueva plutocracia?. La cruzada existe, como en el fascismo español, y se llama independencia. Los eslóganes son parecidos. Los enemigos todo aquello que no resume a catalanidad, o séase, el resto de España o los castellanos, a unas malas.

Así a lo largo de la historia ha funcionado a la perfección el encantamiento del pueblo. Buscando enemigos, cruzadas, símbolos, ideología única y verdadera, razón de existir y pertenecer a una raza o nación, necesidad ególatra de participar en la locura colectiva.

A nadie en su sano juicio le gusta esta España que entre todos, catalanes incluidos, hemos construido. A nadie le gustaría pertenecer a este esperpento tal y como lo hemos heredado del fascismo español nacido en la Guerra Civil. Pero a nadie se le ocurriría desquebrajar esta herencia asumiendo sus valores y principios más ancestrales y temerarios. Nunca se podrá apagar el fuego con más fuego, y nunca la exaltación nacional podrá abolir la rancia condición patria. El ciudadano del futuro no basará su existencia en banderas, patrias y naciones, sino en la conjura de luchar juntos contra las injusticias sociales, no contra el otro social. Esperemos que la frustración no termine en violencia como en épocas pasadas y esperemos que la búsqueda de libertades no vengan de la mano de banderas, sino de libros y conocimiento.

La Liada


a

Podría estar celebrando el gran evento, pero como me siento timado, engañado y aborrecido prefiero no hacerlo. Es tanto el hartazgo que ni siquiera tenía ganas ni ánimo para escribir. Pero me sentía en el deber moral de dar apoyo a los que sufren y viven en el exilio psicológico de esa tierra que ha sido apropiada indebidamente por una ideología, por un pensamiento único, por una emoción del bajo vientre, más propia de la servidumbre ideológica que de sedientos ciudadanos que claman valores como la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Aquella tierra provocó mi exilio. Primero psicológico y emocional. Me hizo aborrecer todo tipo de banderas, de consignas, de mandamientos, de pensamientos rígidos donde o eres de los nuestros o estás en contra de nosotros. Luego decidí marcharme por pura supervivencia, por no acabar con una urticaria o algo peor. La mala leche primero y el desconcierto después provocaron la ruptura definitiva con cualquier patria, nación o estado que quisiera imponerme ningún tipo de norma, emoción o pensamiento, bandera o símbolo que no correspondiera a mi propia acción libre, a mi propia emoción libre de sentirme lo que quisiera y cuando quisiera y con quien quisiera. Admito que cada vez que veo una bandera algo grande rechina en mis adentros.

Ahora la Diada se ha convertido en una Liada, porque ha quedado enclaustrada en una ideología. Ya no es común, ni compartida, ni generosa. Ahora la fiesta es de etiqueta, y con derecho de admisión. Sí, porque el derecho a decidir se ha convertido en derecho de admisión. Tú sí y tú no. O piensas como nosotros o no eres de los nuestros, y si no eres de los nuestros está claro cual es tú lugar en el mundo: el exilio. Ese pantanoso lugar donde de repente o eres de todas partes o de ninguna.

Lo siento pero no hay nada que celebrar excepto una enorme tristeza, una enorme desazón y una angustia vital y temerosa por saber hasta donde son capaces de llegar con tal de salirse con la suya. Realmente tengo miedo porque cuando se alcanza la voluntad de pensar que la verdad la poseen unos pocos iluminados se llega al fanatismo, al odio y a la destrucción.

Los nacionalistas y los patriotas siempre se han creído un pueblo elegido, superior y diferente. Pobres ingenuos en materia biológica y social. No entienden que nada de eso es posible, porque para ser elegidos, superiores o diferentes tiene que existir una clara intervención divina, y hasta donde conocemos, eso no ocurre en los asuntos más vulgares de nuestra organización social.

En este país estamos en un buen lío. En un peligroso lío. Por eso hoy tendríamos que celebrar la Liada, para ver como salimos de esta. Espero que podamos salir airosos y que todo sirva de enseñanza grupal. De lección cívica y armónica. De no ser así, me temo lo peor. Y lo digo en serio. Lo peor de lo peor. Tiempo al tiempo.

Manual práctico de la vida autosuficiente


a

El amigo Vicente nos visitó este verano y trajo como regalo un montón de libros. El alimento material es necesario para dar sostén al mayor y más necesario aún alimento espiritual. Así que la donación de libros de todo tipo, especialmente los referentes a la espiritualidad de siempre, nos llenó de gozo y alegría.

En estos tiempos convulsos, diría que apasionados, estamos en una obligación moral. Dotar al ser humano de emancipación y crítica, de sentido de la realidad alejado del dogmatismo, pero también del conformismo. Esto último es aún más peligroso ya que dotamos a nuestra vida de un hilo conductor que no se renueva, que no renace, que no se altera ante los estímulos vitales.

Por eso la vida autosuficiente no se refiere expresamente al sustento material. Eso está muy bien y es necesario dedicarle un tiempo ejemplar para que todo sea desarrollado desde el mayor bienestar posible. Pero hay un sustento aún más alentador, aquel que tiene que ver con nuestro crecimiento interior, con nuestras relaciones humanas, con nuestro trato al prójimo próximo.

Estamos acostumbrados a gastar un ingente número de horas para poder tener algo de dinero en el bolsillo. Ese dinero normalmente lo dedicamos a tener algo de comida en la nevera, algo de ropa a la última moda y sobre todo, algún techo donde cobijarnos. Pero nos cuesta horrores tener que dedicar tiempo y recursos a lo más importante de todo: el ser.

Eso que parece tan paradójico e invisible es sin embargo el pilar más importante de toda nuestra existencia. No sabemos realmente qué ocurre cuando todo deja de ocurrir, pero sí intuimos que en esta vida hemos venido a algo más que a dedicar nuestro preciado y corto tiempo a los placeres cotidianos, a los simples y precavidos instintos animales. Eso está bien, pero hay mucha más vida ahí fuera.

Señalar con el dedo ese tedio y desidia corresponde a los poetas y místicos. Cumplir con el mandamiento de obrar acciones para el reino de los cielos corresponde a todos. Me refiero a la necesidad de inclinar nuestras balanzas morales hacia expresiones de vida más amplias, más estrechas con el colectivo humano, más en compromiso con la plenitud que ofrece todo nuestro margen existencial. No se trata de una broma o un capricho, se trata de encontrar y restablecer en nuestras vidas la urgencia de actuar, bucear en un auténtico manual práctico de la vida autosuficiente, externa e interna, que nos capacite para empuñar con coraje el timón de nuestro navegar. Decisión, valentía y cambio. Eso merecemos.

Estamos sedientos de sensiblerías, pero nadie nos ha capacitado para mirar más allá, para explorar ese entramado de ocultas relaciones que existe entre el cosmos infinito y nuestra limitada naturaleza. Somos capaces de las más grandes cosas sin sabernos poseedores de la capacidad de cogenerar un trozo de posibilidades más extensas y maravillosas. Un ejemplo de esto que hablo es la capacidad de poder abrazar un átomo de existencia, reducirlo a un suspiro y catapultarlo hacia el corazón del ser amado. Algo tan simple y tan profundo se nos escapa diariamente. Algo tan simple es necesario aquí y ahora. Así que tómalo. Por alguna razón especial te amo, aunque no te conozca.

La plaga humana, y como combatirla


AYLAN

La imagen que está dando la vuelta al mundo de ese pobre niño muerto en la playa es solo el preludio de algo terrible. El cambio climático, las guerras, la pobreza, las migraciones masivas como las que estamos viviendo en estos momentos solo son un preámbulo de algo que podría ir a peor.

Los movimientos milenaristas siempre nos han avisado del advenimiento inevitable del fin del mundo. Esta vez el fin del mundo está ocurriendo. Al menos, el fin de una civilización, de un tiempo, de una forma de entender la existencia. El ser humano, nuestra civilización, se ha convertido en los últimos trescientos años en una auténtica plaga. El desarrollo, el crecimiento y la prosperidad sin ningún tipo de cuota o control han hecho que la escasez de los recursos y la contaminación del planeta sean una constante. No es un problema el que nos hayamos triplicado en tan pocas décadas como especie. Es un problema de sostenibilidad, de relación con el medio ambiente y de falta de controles de todo tipo ante el inminente colapso global. Todos queremos crecer. Los países, las regiones, los colectivos, los humanos. Pero no sabemos que crecer de forma infinita no es posible.

Cuando veo la imagen del niño Aylan no puedo más que sentir una rabia interna que me lleva a la movilización. No puedo seguir mirando hacia otra parte. No puedo seguir de forma cínica como si no pasara nada. El ser humano se ha convertido en una plaga. Algo de eso estoy contando en mi tesis doctoral. Pero, ¿qué se puede hacer cuando se toma consciencia de algo tan terrible? Dejar de participar en ello.

Hace ahora justamente diez años estaba poniendo los cimientos de mi futura casa en el sur de España. Toneladas de cemento, decenas de personas trabajando a destajo, decenas de camiones bombeando día y noche material de construcción. Sólo en la cimentación debí gastar unos cuarenta mil euros para satisfacer mi necesidad de seguridad y cobijo. Diez años después decidí cambiar de paradigma, dejar de participar en el sistema, en la estructura que nos está conduciendo hacia la inminente extinción. Justo hoy terminábamos los cimientos de nuestra primera cabaña en el bosque. Ocho pequeños pilares de piedra con un coste no superior a cuarenta euros. Nada que ver con lo ocurrido hace diez años. ¿Qué ha cambiado en todo este tiempo para conseguir lo mismo, un hogar, pero a un coste ecológico mínimo?

Lo que ha ocurrido ha sido un cambio interior, de paradigma, de estructura invisible. Un profundo y comprometido cambio transcendental. Con el tiempo me he dado cuenta de que la única forma de cambiar el modelo, el sistema, es cambiando nuestra estructura interna. Por eso muchos proyectos de ecoaldeas y comunidades alternativas fracasan. Olvidaron lo más obvio: el ser interior. Si no hay cambio por dentro, inevitablemente reproduciremos lo que somos. No importa el nombre que le pongamos.

No se trata de abandonar el viejo paradigma y marcharnos todos a las montañas, a los bosques, donde supuestamente la vida equilibrada y en contacto con la naturaleza es más fácil. Se trata de que cambiemos por dentro, inevitablemente, para que lo de fuera termine desquebrajándose en mil pedazos. La única forma de combatirnos a nosotros mismos, tal y como explicaba en el librito “Creando Utopías”, es cambiando nosotros. Nosotros somos nuestro peor enemigo, pero también nuestra mejor esperanza. En nosotros está sembrada la semilla del cambio.

No sabemos cuanto tiempo de vida útil nos queda como individuos o como colectivo. Pero sí sabemos una cosa: tenemos la responsabilidad, el deber moral y el compromiso de cambiar. Cambiar nuestros hábitos, nuestras conductas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra actitud con la vida. Cambiar nuestras células si es necesario, hasta lo más pequeño, para crear un ser humano nuevo, y de paso, construir ese mundo nuevo. Nuestro reto tiene mucho que ver con la fe y la esperanza en nosotros mismos. Estemos muy atentos, porque no tenemos otro remedio que el del cambio inevitable.

El precio de hacer algo realmente revolucionario


a

Antiguamente participar en alguna revolución estaba acompañado de sangre y vísceras. No había revolución que se mereciera que no tuviera por dentro un grado importante de violencia.

Ahora vivimos en el tiempo de las revoluciones silenciosas, aquellas que se tejen desde un formato más etérico, pero de igual o mayor valor que las de antaño. Nuestra revolución particular, en la que andamos metidos hasta el tuétano en este tiempo es una revolución de la consciencia. Tiene que ver con un nuevo encaje, con un nuevo modelo y aspiración que pretende la sedición entre las viejas estructuras de convivencia y un nuevo paradigma en las relaciones humanas.

Para ello estamos creando un tiempo y un espacio compartido, sin propietarios, sin amos, ni gurús, ni líderes, donde todos apostamos por un mismo fin: hacer de un mundo bueno un mundo mejor. El valor de toda esta revolución es el intercambio libre, la cooperación y el apoyo mutuo, el amor y el cariño hacia las cosas sencillas y las personas de cualquier origen o condición.

Somos conscientes de que no todo el mundo puede venir aquí a la montaña, al bosque, a participar activamente en este proyecto. Muchos nos dicen de qué manera pueden ayudar desde sus casas y nosotros nos dejamos asesorar por aquellos que entienden en estas cuestiones. Por eso nuestro amigo Rafa ha ideado otra nueva campaña de apoyo al proyecto, la cual consiste en estar de forma cómplice y voluntaria apoyando todas las actividades con un euro al mes. La cantidad no es mucha, es más bien una aportación simbólica, pero sentimos que el apoyo incondicional de todos vosotros puede hacer que la finca sea cada día más cómoda para los cientos y cientos de personas que todos los meses nos acompañáis.

Nosotros seguimos en nuestro rol de voluntarios entregados a la causa. Seguimos trabajando para dar lo mejor de nosotros al proyecto y seguimos ilusionados esperando que el invierno nos llene de calor y luz. Vosotros podéis colaborar de forma sencilla en esta revolución, compartiendo de paso la nueva buena con el resto. Ahora es posible. Ahora podemos.

La campaña se llama Teaming y este es el enlace donde podéis colaborar con un euro al mes. El primer objetivo es llegar a cien amigos. El segundo objetivo es llegar a quinientos amigos. Vamos a por ello.

https://www.teaming.net/proyectoocouso

Ese lugar pequeño y diferente


a

Realmente me sentí un poco desplazado, un poco extraño, con falta de sintonía. Demasiado ruido. Demasiadas ganas de hablar sobre cosas y hacerlo desde la misma dimensión de la que venimos. También me sentí orgulloso por nuestro proyecto, que es humilde, donde estamos muy poquitos, y deseo que así siga siendo.

Algo pequeñito, acogedor, íntimo, donde podamos hablar y entendernos, abrazarnos y perforar al ser humano con suavidad, dejando que sus fuentes fluyan a través nuestro. Sin atosigarlo. Sin aburrirlo. Sin abrumarlo. Dejándolo libre como esa alondra que se posa suave en cualquier reguero esperando el paso del tiempo. Como esa poesía que place mecer los instantes aquietados de la existencia.  

Allí ciertamente había mucho ruido, muchas ganas de crecer, de ser más, de buscar liderazgos que terminan confundiéndose con egos extraviados y perdidos. Había mucho énfasis en las cuatro dimensiones, pero olvidaban la quinta, la más importante, la transpersonal, la que nos une en una dimensión más amplia y verdadera. 

En la propia asamblea me sentí estúpido. Como si de repente me encontrara en una de esas reuniones profanas de la vida cotidiana donde los egos, las envidias y los celos salpicaban toda la relación. También los egoísmos y los intereses. ¿Y qué hacía O Couso allí, tan pequeñito y tan invisible? Supongo que para lo mismo que estamos aquí. Para seguir inspirando, para seguir protegiendo y guardando lo sagrado de la vida a expensas de ninguna recompensa, de ningún mérito, de ningún propósito que no sea ese de salir a pescar almas humanas. 

Oficialmente ya somos miembros. No sé realmente qué significa eso porque nadie nos hizo una debida acogida. Nadie nos dio instrucciones ni nadie nos indicó qué pasos seguir, qué poder hacer, qué poder demandar o en qué poder servir o ayudar. Así que sí, que ya somos miembros de un cuerpo al que habrá que acostumbrarse pero sin perder nuestro mágico horizonte, que es eso, mágico, intangible, inexplicable, y además, provoca cambio o sonrisas o esperanza. 

Somos una comunidad pequeñita, pero algo me dice que estamos sembrando algo hermoso, positivo. Su grandeza se refiere a la sencillez, a la entrega sin esperar nada a cambio, al modelo de servicio silencioso e invisible que tan pocos entienden. 

Hace falta un bautizo en las profundidades del entendimiento o una iniciación en fuego bajo la resplandeciente llama flamígera para poder apreciar la sutileza total de lo que está ocurriendo en O Couso. Nosotros, meros ciegos, andamos palpando la realidad sumergidos en esta incesante belleza y compartir. Con eso nos basta. Ya tendremos tiempo de alcanzar cierta luz. Pero de momento, seguiremos guardando los Caminos. Seguiremos siendo protectores de peregrinos y buscadores del Santo Grial que nace en nuestros corazones sencillos y dóciles. Seguiremos siendo guardianes de lo incognoscible. 

Me siento satisfecho y orgulloso de lo que aquí está ocurriendo. 

Es tan diferente a todo. Es tan sencillamente emocionante…

Hacia una dimensión transpersonal de las relaciones


a

A veces tenemos la suerte de participar en reuniones o eventos donde se pretende crear un tipo de pensamiento nuevo, un paradigma rompedor con el modelo anterior. Pero enseguida nos damos cuenta de esa complejidad cuando regimos nuestras formas a los mismos criterios de antaño. Tenemos por costumbre cambiar los nombres y llamar a cosas como la democracia algo así como sociocracia o otras cosas por el estilo. Sin embargo, la estructura interna del ser humano no cambia, y por lo tanto, el modelo sigue ofreciendo iguales resultados. Un modelo basado en el poder, la violencia y el egoísmo.

De ahí la complejidad para cambiar, por dentro y por fuera estructuras rígidas que durante siglos han mantenido el statu quo pertinente. ¿Cómo así podemos cambiar nuestras vidas? ¿Cómo mantener unas relaciones diferentes si son basadas en espacios estructurales rígidos?

Podemos cambiar de escenarios, poner nombres diferentes a las cosas, pero mientras no cambiemos nosotros por dentro nada de ahí afuera va a cambiar. Por eso los modelos alternativos de convivencia deben basar su supervivencia en una dimensión diferente en las relaciones. Esa dimensión no puede ser otra que la transpersonal.

Transpersonal significa que está más allá de nosotros, de nuestro entendimiento, de nuestra cotidianidad. Se refiere a un espacio diferente, a una dimensión más amplia que nuestras limitadas percepciones. Antiguamente llamábamos a ese marco de referencia como lugar espiritual, santo o místico. Nos referíamos a él como algo lejano. Pero los tiempos en los que el ser humano ha logrado emanciparse de muchos caducos preceptos ha provocado que el marco sagrado se sitúe casi al borde de donde termina nuestra psique más íntima. No es un cielo lejano ni una tierra prometida ni un paraíso inalcanzable. Es algo que está aquí dentro, aquí cerca, y que podemos situarlo en un marco de relaciones interpersonales basadas en esa sacralidad de antaño, pero enmarcado dentro de lo cotidiano.

Por eso cuando un modelo cualquiera de convivencia o relación se aleja de la dimensión transpersonal, repite esquemas caducos y desvía la atención grupal hacia una perseverancia egoísta. Si en nuestras relaciones cotidianas no somos capaces de situarnos en esa capacidad de resurgir en la suma de todos, no seremos capaces de provocar ningún tipo de cambio ni experiencia enriquecedora. Sólo seremos meros instrumentos de nuestras necesidades o caprichos temporales.

Sería bello, y diría que necesario que todas las reuniones o encuentros entre personas se realizaran desde ese marco transpersonal. La calidad y profundidad de los encuentros sería otra. Las relaciones serían más bellas y duraderas. Los espacios de encuentro se convertirían en lugares sagrados donde poder explorar la sutilidad del ser desde una plataforma más integral y completa. Necesariamente nos volveríamos más humanos, y por lo tanto, más sensibles a las necesidades del otro y del conjunto. Formaríamos parte de ese espacio grupal de aprendizaje y expansión. Todo tendría un sentido más profundo, comprometido y responsable.

(Foto: Este fin de semana en el encuentro anual de la Red Ibérica de Ecoaldeas).

El sentido de la vida es ser útil a los demás


a

Esta última semana de experiencia está siendo totalmente impresionante. Se ha cargado de luz, de luminiscencia, de vida propia, diríamos que de amor. Es como si los acontecimientos que dan sentido a todo se posaran cómodamente en su lugar. Es como si hubiera algún tipo de premio a todo aquello por lo que hemos creído y luchado en este último tiempo y la vida nos colmara con algún tipo de recompensa.

Hoy hacíamos dos círculos de sabiduría plagados de enseñanza. El primero tenía que ver con la danza, el segundo con la salud y la alimentación consciente. María, la doctora que nos ha deleitado en la segunda charla nos ha dicho algo muy importante. La correcta salud nace de las relaciones con los otros. Si tenemos una buena relación con nuestro entorno no importa lo que hagamos o comamos en nuestra vida. La salud brillará si somos capaces de conectar con nuestro ser y somos capaces de tener unas correctas relaciones con el prójimo. Es tan sencillo como eso.

Profundizando con sabiduría en todo, María iba más lejos: la vida toma sentido cuando somos útiles a los demás. Ser útiles significa estar en concordancia con nosotros mismos como primer nivel de experimentación vital, pero también con nuestra pareja, con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestro barrio o entorno más inmediato y con el resto de los seres sintientes. Es una escala que empieza por nosotros pero que inevitablemente se esparce por el resto de dimensiones sociales posibles.

Esto resulta muy complejo porque siempre tendemos a ver al otro como algo hostil. No ocurre lo mismo aquí en O Couso, donde vemos al otro como una oportunidad de aprendizaje, de amor, de fe y reconciliación con el ser humano. Las alegrías, los llantos y la intensidad de cada momento único e irrepetible que aquí vivimos nos hacen volar a dimensiones humanas imposibles en otros contextos. Entramos en una especie de dimensión sagrada, a una profundidad que roza lo mágico, lo profundo, lo hermoso en su más apasionada expresión.

El vigor que nos rodea nos hace entender eso mismo. No hay mayor propósito que el de servir a los demás, entregarse a una causa noble: la del ser humano. Aquí lo experimentamos todos los días y por eso cada segundo de nuestras vidas son plenos y cargados de felicidad. Respiramos y sentimos la vida que nos recorre. Por eso de cada instante, comprendemos y abrazamos su grandeza. Por eso todos los que hasta aquí llegan forman parte de un profundo acto de amor.

Via Lucis


a

Las almas viejas siempre se reencuentran centuria a centuria. Son como esas almas gemelas que sienten la necesidad de buscar su otro trozo de espíritu. He visto a personas recorrer miles de kilómetros solo para abrazar a otro ser, pedir disculpas por algún hecho pasado y creer en ese amor invisible que baña cada río de esperanza, de incondicionalidad, de fe. El amor siempre es mucho más amplio de lo que pensamos. A veces lo reducimos a un hecho puntual, local, personal. Es difícil contener un océano en una taza de te. Nuestro corazón no debe tener un tamaño mayor a esa taza, pero muchos se empeñan en reducir el amor a ese pequeño espacio, ignorando que esa fuerza, ese sentir, siempre rebosa a caudales por el espacio infinito.

Amar al semejante nunca fue fácil. Tendemos a protegernos de sus amenazas, sabotear cualquier tipo de condición o promesa con tal de seguir a salvos en nuestro espacio de seguridad. Pero a veces ocurre que somos capaces de desnudarnos, de sentirnos abiertos al otro, sin corazas, sin complejos, sin creencias. Simplemente despojados de cualquier árida condición.

Como seres provisionales, deberíamos dejar espacio para que la vida nos sorprendiera. Dejar de medir el tiempo, dejar de encapsular las posibilidades vitales en proyecciones futuras. Cuando eso ocurre, acontece el milagro de la vida. Los seres se unen, los seres se alegran, los seres dispensan en mutua comunión el verdadero sentido de la sabia existencia.

Por eso ese abrazo reconciliador terminó obrando el milagro. Por eso esa palabra sincera acabó no cerrando un círculo, sino abriendo un sin fin de posibilidades. Ese arcoíris completo a los pies del Camino fue señal suficiente para comprender el pacto, el complejo e ininteligible devenir del misterio. Desnudos de apariencias, abrazados durante un tiempo ilimitado, mirando desde las ventanas del alma aquello que nos conecta con lo más profundo del corazón humano, supimos reírnos de aquellas cuevas oscuras que no se abrían, de aquellas espadas puntiagudas que no fueron capaces de soportar el peso del momento. No importa nada cuando para el mundo eres invisible, secreto, furtivo. Nada importa cuando el amor triunfa.

Estoy agradecido. Me siento afortunado. Se obró el milagro. La vía de la lucidez pudo contra todo. La senda del amor incondicional salvó la distancia, los tiempos, las circunstancias siempre pasajeras para sellar ese pacto eterno y bello. Gracias a ese cantar hoy me siento liberado, amado, sentido. Gracias a esa generosa aportación a la esperanza el mundo ha brillado un poco más.

Gracias Via Lucis. Gracias Relux. Gracias a la vida.

DSC_0488

Seamos inspiración, aunque sea humilde y silenciosa


a

Estimados amigos,

ante todo, felicidades por vuestro proyecto, deseando que podáis tener todo el éxito del mundo en vuestro propósito e intención. La mejor manera de conocer realmente lo que estamos haciendo en O Couso es visitando el lugar y su gente. En la página web hay mucha información adicional pero lo que le da sentido a todo es la propia experiencia vivida aquí. 

Nuestro proyecto se enmarca dentro de una línea de trabajo que hemos llamado “integral”, ya que intentamos que todos los aspectos del ser humano, desde los materiales hasta los más profundos o espirituales, tengan cabida. No tenemos ninguna ideología ni creencia establecida, excepto el respeto y la tolerancia más absoluta con todo y con todos mediante acuerdos de fraternidad y compartir.

Os adjuntamos un dossier donde explicamos algunas cosas más detalladas sobre el primer contacto en comunidad. Este lunes empieza la última semana de experiencia de este verano, por si queréis pasar unos días con nosotros y ver lo que hacemos. Si es una fecha muy justa estaremos encantados de que podáis venir cuando queráis. 

Con respecto a la tierra aplicamos algunos principios del propio proyecto. Compramos entre todos la finca con una casa del siglo XVI y más de tres hectáreas de tierra. La finca la pusimos a nombre de una fundación por dos motivos:

a) En el proyecto no existe la propiedad privada, solo el uso compartido y respetuoso de la misma.

b) No se puede comercializar con lo que aquí hacemos, solo compartir en generoso compromiso todo lo que hagamos con el principio de “deja lo que puedas y coge lo que necesites”.

El punto a) es muy importante para nosotros, ya que evita que en el futuro, si alguno de nosotros decide abandonar el proyecto, el proyecto siga adelante sin verse mermado. El punto b) también es importante porque nuestra intención es cambiar el paradigma con respecto al dinero y el uso de la tierra, no verlo como una mercancía sino entenderlo como un don, como una gracia de la naturaleza que no nos pertenece, sino que usamos y compartimos con el resto.

Para nosotros también es importante tener una intención clara de servicio, de interiorización, de dotar de sentido todo lo que hacemos basado en las correctas relaciones humanas y el compartir la vida desde un profundo respeto y observación de lo que nos rodea. De ahí que dediquemos tiempo a los círculos de consciencia, de sabiduría y de servicio, aplicando la norma no escrita de que el ser humano es bueno por naturaleza y de que necesitamos reconciliarnos con esa parte de excelencia natural. El cometido, en resumidas cuentas, es hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, pero siempre desde el ejemplo humilde y silencioso de nuestros actos individuales. A veces, muy pocas quizás, conseguimos algún tipo de inspiración para nosotros, para el grupo o para el resto. Esa pequeña inspiración es fruto suficiente para seguir adelante. 

Cualquier cosa que necesitéis, por favor, no dudéis en decirlo, y ánimo con el proyecto…

Un abrazo sentido,

Javier León te anima a que ayudes


Teaming Javier Le te invita a su Grupo Teaming
Hola

Te escribo para ver si te animas a ayudar como ya estoy ayudando yo. Estamos recaudando fondos para Proyecto O Couso a través de la web de Teaming. Teaming es una herramienta de gestión de microdonaciones donde cada persona que colabora dona SÓLO 1€ al mes, menos de lo que cuesta un café. Yo, además de donar este Euro, lidero la recaudación de fondos y me encantaría que te unieras a mi Grupo Teaming.

Aquí tienes toda la información del Grupo. Para colaborar sólo tiene que darle en el botón "Únete a nuestro Grupo" y ayudarás con SÓLO 1€ al mes.

Proyecto O Couso Proyecto O Couso

Estamos creando una Casa de Acogida, una Escuela de Dones y Talentos, y una Comunidad Abierta en pleno Camino de Santiago, esa gran autopista de personas en bqueda. Creemos en la capacidad del ser humano para hacer realidad sus sues. Y por ello, queremos hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. No se trata de «luchar contra» sino de «construir alternativas», de forma que lo caduco caiga por ssolo ante la fuerza de una nueva forma de actuar. + Leer más

¡Únete al Grupo!
Para unirte te pedirá los siguientes datos:

-Tu email
-Tu nombre y apellidos
-Una forma de aportar tu euro: tarjeta de crédito o cuenta corriente.

Por si no conoces Teaming, te dejo algunos datos:

-Teaming lleva más de 2 años online y ya ha ayudado a recaudar casi 1 millón de Euros para causas sociales.
-Ya hay más de 60.000 personas que donan 1€ al mes y que ya han indicado todos sus datos, yo una de ellas.
-En Teaming, no se puede donar más de 1€ al mes a un Grupo. Es una cantidad simbólica que está al alcance de casi todo el mundo y que hace que todos los que estamos en el Grupo seamos iguales.
-Es totalmente seguro y transparente.
-Es totalmente gratuito, Teaming no tiene ánimo de lucro y por eso no cobra nada por ofrecer la herramienta de recaudación de fondos ni por registrarse ni nada. Asimismo, ha llegado un acuerdo con Banco Sabadell para evitar todo tipo de comisiones bancarias siendo estas asumidas por el propio banco.

Espero que te animes a unirte al Grupo ya que para nosotros cada euro cuenta: cuántos más seamos, más ayuda conseguiremos proporcionar.

¡Gracias!

Un abrazo,

Javier Le
Mi perfil Teaming: https://www.teaming.net/javierleon-soCZSRC7iM

Síguenos en: Teaming Teaming Facebook Teaming Twitter Teaming Youtube
© 2014 Teaming | Regtrate en Teaming
Este e-mail se ha enviado a
El equipo Teaming

Javier León te anima a que ayudes


Teaming Javier Le te invita a su Grupo Teaming
Hola

Te escribo para ver si te animas a ayudar como ya estoy ayudando yo. Estamos recaudando fondos para Proyecto O Couso a través de la web de Teaming. Teaming es una herramienta de gestión de microdonaciones donde cada persona que colabora dona SÓLO 1€ al mes, menos de lo que cuesta un café. Yo, además de donar este Euro, lidero la recaudación de fondos y me encantaría que te unieras a mi Grupo Teaming.

Aquí tienes toda la información del Grupo. Para colaborar sólo tiene que darle en el botón "Únete a nuestro Grupo" y ayudarás con SÓLO 1€ al mes.

Proyecto O Couso Proyecto O Couso

Estamos creando una Casa de Acogida, una Escuela de Dones y Talentos, y una Comunidad Abierta en pleno Camino de Santiago, esa gran autopista de personas en bqueda. Creemos en la capacidad del ser humano para hacer realidad sus sues. Y por ello, queremos hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. No se trata de «luchar contra» sino de «construir alternativas», de forma que lo caduco caiga por ssolo ante la fuerza de una nueva forma de actuar. + Leer más

¡Únete al Grupo!
Para unirte te pedirá los siguientes datos:

-Tu email
-Tu nombre y apellidos
-Una forma de aportar tu euro: tarjeta de crédito o cuenta corriente.

Por si no conoces Teaming, te dejo algunos datos:

-Teaming lleva más de 2 años online y ya ha ayudado a recaudar casi 1 millón de Euros para causas sociales.
-Ya hay más de 60.000 personas que donan 1€ al mes y que ya han indicado todos sus datos, yo una de ellas.
-En Teaming, no se puede donar más de 1€ al mes a un Grupo. Es una cantidad simbólica que está al alcance de casi todo el mundo y que hace que todos los que estamos en el Grupo seamos iguales.
-Es totalmente seguro y transparente.
-Es totalmente gratuito, Teaming no tiene ánimo de lucro y por eso no cobra nada por ofrecer la herramienta de recaudación de fondos ni por registrarse ni nada. Asimismo, ha llegado un acuerdo con Banco Sabadell para evitar todo tipo de comisiones bancarias siendo estas asumidas por el propio banco.

Espero que te animes a unirte al Grupo ya que para nosotros cada euro cuenta: cuántos más seamos, más ayuda conseguiremos proporcionar.

¡Gracias!

Un abrazo,

Javier Le
Mi perfil Teaming: https://www.teaming.net/javierleon-soCZSRC7iM

Síguenos en: Teaming Teaming Facebook Teaming Twitter Teaming Youtube
© 2014 Teaming | Regtrate en Teaming
Este e-mail se ha enviado a
El equipo Teaming

Sobre el nosotros y el ellos


a

Estimada R,

créeme si te digo que me ha emocionado leer tu sincero escrito. Realmente las palabras del otro día no reflejaban tristeza. Sí quizás algún tipo de melancolía no identificada, ya que uno nunca está a salvo de las norias emocionales y resulta complejo bucear en la armonía constante, a pesar de que en este último tiempo, y digo a pesar porque los acontecimientos recientes han sido pruebas duras, vivo una vida bastante equilibrada en todos los sentidos, además de sencilla. Mi mente cada día está más tranquila, es más llevadera, más concentrada, más activa en cosas y pensamientos útiles. Mis emociones, por fin, parecen más apaciguadas. Ya no es esa lava volcánica que explosionaba en cada cambio de estación. Ahora es como una suave brisa acompasada por la paz que la propia mente transmite en su navegar. Físicamente estoy en esa edad en la que el cuerpo cada vez demanda menos cosas. Por suerte nunca tuve ningún tipo de vicio, excepto las galletas de las que por el momento no puedo prescindir. Pero lo veo como un mal menor, algo llevadero y salvable. 

Esos cambios de paz y quietud interior quizás tengan que ver con el lugar donde me encuentro, o por la paz conseguida tras muchos años de batallas y conquistas y pérdidas y derrotas y victorias siempre a medias. Ahora me siento cada día más desnudo, sin tanto trasiego, sin tantas ganas de cambiar a nadie y sin esa necesidad que nos inculcan de ir demostrando cosas al mundo. El éxito siempre es una derrota. Pero hay que saber entenderlo en profundidad. 

Es como esa sensación de mirar desde una gran torre elevada todo lo que ocurre allí abajo en el valle. Pero esa mirada siempre es provisional, porque como Zaratustra hizo algún día, el que ha dedicado mucho tiempo a subir a la montaña, a las cimas del entendimiento y la responsabilidad de ver más allá, de sufrir un poco más con tal de saciar cierta angustia vital, luego tiene el compromiso interior de bajar al valle para compartir todo lo aprendido. Y aquí se juntan dos hechos importantes. El primero es la melancolía de la que te hablaba al principio. El segundo es la necesidad grupal, la expansión de mi propia individualidad mediante el otro. 

Cuando era pequeñito era algo así como un niño retraído. Diría que en términos psicológicos rozaba el autismo. No tenía ningún tipo de contacto ni interés por el exterior. Cuando los adultos me hablaban o los niños lo hacían en un tono no apropiado mi reacción era la de llorar. Las pocas veces que gesticulaba alguna palabra, y esto duró quizás hasta los diez o doce años, era siempre en susurro. Incluso hoy día a veces no me entienden por esa manía mía de hablar poco, mal y en susurro. En la escritura encontré una hermosa tabla de náufrago para expresar aquello que en palabras habladas no era capaz de hacer, y de ahí la afición. 

Tejer palabras escritas me era más natural que hablar. No me gusta hablar, y durante muchos años, hasta ya entrada la madurez, no era capaz de expresarme correctamente en grupos superiores a tres personas. 

Tuve una pareja durante siete años de profesión psicóloga que hizo una gran labor con mi timidez extrema. Consiguió de forma milagrosa arrebatarme de mi interior para sacar algo de mí al exterior. Rozando los treinta me convertí en lo que ella llamaba un “tímido compensando”, capaz de relacionarme con cierta normalidad con el exterior disimulando de paso las pocas ganas de hacerlo. Pasé de estar solo en el patio del colegio a tener uno o dos amigos en la adolescencia y a dar alguna que otra conferencia en público en la madurez en la que ahora me encuentro. Fue sin duda un gran progreso. 

Sin embargo, en mi naturaleza sigue dominando el niño tímido y retraído, autista, huraño y solitario que siempre he sido. Por eso cuando decidí hacer una tesis sobre comunidades para mí fue un reto. ¿Cómo un lobo solitario iba a someterse al juicio y la experiencia de vivir unos años en comunidad para entender de verdad qué era eso del ser humano? En ese trabajo arduo ocurrió un segundo milagro. De alguna forma entendí que el ser humano también podía llegar a ser hermoso, tratable, altruista y generoso. De repente me abrí como una flor en primavera y abracé al mundo. Corría el año 2005 cuando alguien me dio por primera vez un abrazo sentido. Sentí ganas de seguir practicando ese ritual del abrazo. Me fui a las comunidades donde allí todos se abrazan y se dan la mano y hacen círculos y bailan y practican valores universales que dotan de esperanza al ser humano y descubrí que no era tan terrible. Fue tal mi contagio y transformación y reconciliación con mi parte humana que pensé que el reto, el siguiente punto de partida de mi nuevo ser, debía ser participar como persona en un experimento grupal.

Y aquí estoy ahora, redescubriéndome desde esa plataforma impresionante, rodeado de almas cada día diferentes y a cual más radiante, interesante y bonita, sin temor a mirar a los ojos, a ser rozado o abrazado y con una gran capacidad de sorpresa diaria porque al fin y al cabo, pude entender de alguna forma, como dicen los Miserables de Víctor Hugo, que amar al semejante es mirar de frente a Dios. 

Esa transición de la que te hablaba tiene mucho que ver con esa reconciliación humana, con esa esperanza en el producto que somos. Este experimento grupal del que hace algunos años hubiera sido impensable en mí, ahora me reconecta con una fuente infinita de experiencia y conocimiento de lo que realmente soy, de lo que realmente somos en ese alma grupal. 

No recordaba lo de Sitges hasta que me lo has recordado. Y opino como tu, que es cierto que la gente cambia en grupo. Aquí lo vemos todos los días. Entra la gente cerrada, envuelta en mil problemas y angustias, cientos de preocupaciones y egoísmos, y de repente, algo ocurre al tercer o cuarto día que les transforma. Conectan con ese alma grupal, y entonces sacan lo mejor de sí mismos. Realmente no es que cambien de máscara, es que son capaces de brillar ante la luz y el calor del grupo. Es como cuando sacas de un fuego un trozo de madera y ves como poco a poco se va enfriando. Sin embargo, si lo vuelves a juntar junto al resto de troncos, empieza a brillar y a dar calor y fuego. Eso nos ocurre de igual forma. Cuando nos arrebatan del calor humano nos apagamos, nos volvemos rancios y egoístas. Pero cuando encontramos nuestro grupo, nuestra alma grupal, algo renace en nosotros, algo igual de maravilloso y retante. 

La experiencia que cuentas de autoexclusión de los grupos la conozco y ha sido siempre parte de mi vida. Siempre he tenido miedo a ser contaminado por lo peor del ser humano, por su parte oscura y egoísta. Hasta que un día descubrí eso del reflejo y de alguna forma me transformó. Y quizás de esa transformación nazca esa melancolía de la que te hablaba. La soledad siempre ha sido mi palacio. En mis libros y en mis paseos en solitario estaba mi reino. 

En estos momentos estamos construyendo tres cabañas para poder reencontrarnos también con ese otro yo necesario para la supervivencia del superyo. Allí tendré mi tiempo, mi pequeña parcelita de silencio y mi reencuentro con el llanero solitario que siempre fui. Pero una vez descubierto mi otro yo, mi yo grupal, gregario, admito que no podría prescindir de ninguno de ellos. Ahora el otro forma parte también de mi alimento espiritual, y como las abejas que van en busca de las flores para colectar su néctar y crear la miel, así me siento en este lugar. Voy de persona en persona extrayendo un trozo de su alma para luego poder compartirlo en la colmena humana. 

Epístola a un hereje


a

“Excava un hoyo para tu estanque, sin esperar a la luna. Cuando el estanque esté acabado, la luna vendrá por si sola”. Maestro Dogen (Japón s.XIII)

Estimado F.,

tienes razón en cuanto a lo que dices de que esto se ha convertido en una especie de vacaciones lowcost. He hecho el Camino tres veces, la primera rozando la mayoría de edad, allá por el 92, y he podido ver su involución. Tenemos la suerte de que la finca está en lo alto de una montaña, entre la Sierra de Édramo y el valle de Mao. Samos y su Camino de Santiago están de aquí justo a 3,3 km. de distancia en una empinada solo para valientes. Un número igual de mágico y valioso como para que los perezosos peregrinos-turistas, o turiperegrinos se lo piensen antes de alcanzar las cotas de esta montaña de los ángeles, que para nosotros ya es sagrada y celosa.

El frío y el hecho de no tener ningún tipo de comodidades espanta a esa horma, diría mejor, a esa plaga que mancilla y prostituye el verdadero Camino. Por eso aquí arriba nos sentimos un poco monjes-guerreros, protectores de los caminos, rezando por la mañana ese «non domine nobis sed nomini tuo da gloriam”, escuadra y compás en mano, midiendo cada detalle de la Gran Obra, mientras por la tarde intentamos calibrar el estrecho margen que nos acerca a la realidad de ahí abajo, siempre oscura y palaciega, ignorante y terrible. Lo que ocurre aquí arriba pocos lo entienden, y eso es también una perfecta protección espiritual y mística. Monjes vestidos de modernidad, y de paso, reconstructores silenciosos, a lo Asís, de los Misterios perdidos. No somos ni mejores ni peores que el resto de los mortales. A sabiendas que entre ellos somos iguales, nos limitamos a ser alfareros del barro de la creación y cumplir nuestra parte en el ara que nos corresponde.

También nos hemos convertido en canteros. Estamos rodeados de piedra que tallamos, intentando pulir con paciencia y buen cincel todas aquellas aristas que estorben para encajar en el edificio de la virtud y la inspiración. Es algo muy secreto y misterioso porque la verdadera obra no es esa ruina que estamos reconstruyendo, aunque muchos así lo crean, sino ese címbalo interior que es el ser humano y que merece tejer en la malla vital un reguero de luz. Realmente lo nuestro es un concierto cuya nota clave es ese idioma arcano y silencioso que produce vértigo y seducción al mismo tiempo. Alfareros, canteros y tejedores. Eso somos, y no otra cosa. Pero nuestros materiales de trabajo, por ser invisibles, son igual de incomprensibles para los que no están familiarizados con el Arte y el Oficio.

Los frailecillos de ahí abajo, copa de vino en mano y trozo tórrido de ternera roja en sus carnes, dicen que somos una secta donde hacemos cursos de cristales y no sé qué otras invenciones. Han llegado a confundirnos con el Opus Dei, y los más atrevidos dicen que grandes banqueros y benefactores nos ayudan con todo. Incluso dicen que andamos mendigando para poder comer. Ya sabes como son los chismes. Nosotros lo vemos todo con cierta dulzura y algo de gracia. Ya sabemos que somos herejes, y por ello asumimos la quema en la plaza pública, esta vez no con troncos ni ramas y fuego pero sí con cierta extenuación social. Si sales de la norma, te queman, de una u otra forma. Ese es el precio de buscar la virtud y huir del vicio. De adorar la libertad y evadirnos de la servidumbre y la esclavitud.

Una buena amiga me escribió anoche un mensaje: “tengo mucho miedo”. Nunca sabes qué contestar ante esa terrible sensación. Una vez sentí algo parecido. Fue un momento en el que la muerte rechinaba cerca, a más de tres mil metros de altura, y rozaba su aliento en mi nuca. En un golpe de suerte que debió durar un milésima de tiempo sentí el mayor pánico que jamás había sentido. Pude esquivar a la muerte pero me quedó grabado en fuego esa sensación inolvidable que supera el pánico. Aquello fue una especie de antídoto que me hizo descubrir para siempre la verdadera importancia de cada segundo de nuestras vidas. Tener mucho miedo, abrazarlo, es inyectar en tu vida ese antídoto. A partir de ese momento, estás vacunado para siempre, y la muerte se fusiona con la vida y son Uno para siempre, sin que exista mayor diferencia entre la una y la otra.

La última semana de septiembre estoy en Suiza. Pero si me dices con tiempo alguna otra fecha me la reservo y nos vemos con la calma que se merece. Tengo ganas de conocer tu templo de las Tierras Altas, y como a ti te gusta hablar y a mí escuchar, será una conjunción perfecta. Como ya te dije, tú libro sobre el Camino me parece una joya.

Un abrazo circular y laberíntico…

J.

Al hereje de todos los tiempos…


a

Quiero desatar y quiero ser desatado. Quiero salvar y quiero ser salvado. Quiero ser engendrado. Quiero cantar; cantad todos. Quiero llorar: golpead vuestros pechos. Quiero adornar y quiero ser adornado. Soy lámpara para ti, que me ves. Soy puerta para ti, que llamas a ella. Tú ves lo que hago. No lo menciones. La palabra engañó a todos, pero yo no fui engañado”. (Himno a Jesucristo, de Prisciliano).

Por estas tierras gallegas nació y anduvo Prisciliano, el que fuera uno de los primeros herejes ajusticiado por la inquisición. El delito fue el de herejía, que por aquellos entonces se entendía como la adoración a la naturaleza anulando su esencia demoniaca, la pobreza voluntaria o ascetismo extremo, y por supuesto, el hecho de no comer carne ni beber alcohol, denunciando de paso la opulencia de la jerarquía eclesiástica y los excesos de la aristocracia del momento.

Esas posturas que para algunos podrían ser consideradas radicales solo pretendían estar en acorde con la propia esencia de lo que el Maestro Jesús quiso enseñar a sus discípulos. La sencillez, la necesidad de proteger el alma humana en un templo sencillo pero fuerte como una roca. La necesidad de amar incluso a los enemigos, que somos nosotros mismos proyectados en el otro.

Hubo en el tiempo, en todos los tiempos, personas que dieron su vida por proteger esa enseñanza e incluso por proteger los Caminos que se entregaban a la misma. El celibato y la pobreza voluntaria venían acompañadas de la aceptación de la mujer y los esclavos de aquella época a las lecturas y reuniones de la comunidad. Se le acusó de gnóstico y maniqueísmo. El baile formaba parte importante de la liturgia. En vez de pan y vino utilizaban leche y uvas para la consagración. Su forma de acercarse a Dios y a su Misterio era entregando su vida a la verdad sincera.

Sin duda estos herejes eran avanzados en su tiempo. La herejía, al igual que la poesía, el arte o la filosofía, han formado el alma de los pueblos, el espíritu de los tiempos y el avance humano. Cuando pensamos en progreso siempre miramos cuanto hacen los científicos, cuanto ganan los empresarios o qué inventos aportan los ingenieros. Pero nadie se acuerda de los poetas, de los artistas, de los herejes que se adelantan a su tiempo e inspiran todas esas cosas. ¿Cómo es posible crear nada si antes un poeta no lo ha soñado? ¿Y quién paga hoy día a los poetas, a los herejes? ¿Qué empresa o institución ficha en su plantilla a los filósofos y soñadores de nuestro tiempo? Más que eso, son perseguidos, quemados, humillados.

Seguramente Prisciliano inspiró una época. Nadie le preguntó cuanto valía su don, su pensamiento, su sentir. Nadie calibró su valía o su estatus. Nadie se interrogó sobre su carisma o su poder. Simplemente se dejó guiar por su don, por aquello que su alma le reclamaba como justo, y obró en consecuencia.

Esto último, obrar en consecuencia, obrar desde el alma, desde el sentir más profundo, es lo más complejo de todo. Pero también es lo más liberador, aunque al final del camino se pague hasta con la propia muerte, como fue el caso del hereje. Me hubiera gustado asistir a alguno de los bailes ceremoniales de Prisciliano. Quién sabe. A lo mejor lo hice, en otro tiempo, en otro letargo del alma, en otro suspiro cósmico nacido del misterio. No sabemos si somos almas migratorios o leves suspiros de tiempo. Sea lo que sea, nuestra condición humana siempre debería ser la de un artista o un hereje. Sólo porque eso mismo nos hace avanzar hacia la verdad, o en todo caso, hacia la justicia y la libertad.

La triple cuenta de resultados con algo de consciencia


DSC_0488

El otro día nos visitó Eduardo, un joven consultor que estaba haciendo el Camino y que ya había estado con su familia en O Couso. Fue agradable compartir la tarde junto a su compañero de viaje Pepe. Hablamos de muchas cosas, de las millonadas que las grandes empresas pagan para guiar sus próximos pasos a seguir. Un trabajo de consultoría en una gran empresa puede empezar a costar trescientos mil euros. A partir de ahí, si el cliente está satisfecho y sigue con el proceso pueden llegarse a cifras de más de un millón de euros. Es evidente que los consultores están bien pagados. Pero Eduardo, una persona con ideas llenas de consciencia, intenta poner un matiz diferenciador a su trabajo. O al menos, su sueño sería crear su propia consultoría donde aplicar la triple cuenta de resultados (económicos, sociales y medio ambientales) de forma consciente.

Es decir, se trata de crear productos o servicios que sean buenos para la empresa en cuanto a su valor económico y el futuro beneficio, pero también bueno para el conjunto de la sociedad y para el medio ambiente. Una experiencia de consumo que beneficie a todos por igual.

Este punto de la triple cuenta de resultados es transcendental hoy día debido a la importancia de la sostenibilidad grupal y planetaria tan entredicha por nuestras nefastas actuaciones sobre el medio. Parece ser que las empresas empiezan a tenerlo en cuenta de forma cada día más considerable, pero no sabemos cuanta masa ingente de personas aplica esta misma consciencia en el día a día.

Cuando vamos a la compra existen cientos de opciones donde poder utilizar nuestro dinero. Algunos, cada vez más, optan por comprar productos bio o eco. Es cierto, son algo más caros, ¿pero acaso cuidar nuestra salud debería ser una cuestión de caro-barato? Hay otros que prefieren no comprar productos de origen animal. En una cuenta de resultados global, entienden que todos los pastos que son necesarios para mantener la cabaña de reses que alimentan a media humanidad podrían utilizarse para cultivar otro tipo de alimentos. Hay estadísticas y estudios que nos muestran todas las hectáreas de cereales que son necesarias para producir un kilo de carne de origen animal. Es algo inviable a largo plazo por los efectos contaminantes de los purines y los gases que producen, pero que pocos consideran en su dieta diaria.

Es por eso que cada vez que vamos a comprar al mercado debemos preguntarnos como lo haría una empresa que aplique la triple cuenta de resultados. ¿Es bueno para mí, y además es bueno para la sociedad y el medio ambiente?

Alguien nos contaba que en un pueblo de Cataluña de unos doscientos habitantes tienen una población de quince mil porcinos. Están felices porque están ganando mucho dinero, pero han descubierto que sus aguas en un radio amplio están contaminadas por los purines de los cerdos y deben traer agua potable desde más de cuarenta kilómetros de distancia. A largo plazo, este tipo de prácticas, y pongo esta sólo como ejemplo, ¿son sostenibles? Lo impresionante de todo esto es que somos nosotros los que provocamos que unos productos aparezcan y otros se mantengan o desaparezcan. Es nuestro voto cada vez que vamos al mercado lo que hace de este mundo un lugar habitable. ¿Lo hemos pensado alguna vez?

(Foto: Luis «el polaco» ha venido a restaurar el horno de leña. Su sueño es que en O Couso podamos sembrar nuestros cereales y con ellos realizar nuestro propio pan. En todo el proceso tendremos en cuenta la triple cuenta).

¿Es radical ser radical? Sobre la defensa de los animales.


a

Alguien se molestaba el otro día por mi forma a veces un tanto visceral de defender al reino animal. De alguna forma se sentía ofendido porque pensaba que mi manera radical de pensar no era sensible con las personas que comen carne.

Debo decir que tiene razón. Respeto profundamente a las personas que comen carne. Toda mi familia lo hace y el noventa por ciento de mis amigos. No dejo de amarlos por su condición de omnívoros ni intento inculcarles los sorprendentes beneficios de una dieta vegetariana. Pero sí admito el reproche, e incluso cierta radicalidad en mis posturas.

El caso es que veo esta cuestión de forma muy similar a como los primeros exploradores de la era colonial veían a los caníbales. O de cómo la américa civilizada veía con horror la otra américa, aquella que esclavizaba a sus hermanos de color. Eso que ahora parece tan obvio, en aquel momento eran posturas radicales. Salir a la plaza mayor a defender a los negros, a las minorías, el voto de la mujer y cientos de cosas parecidas era de radicales, de extremistas, de personas sin muchas luces. Resulta que la consciencia humana sigue avanzando y no se conforma con buscar justicia, igualdad y libertad para sus congéneres. Ahora desea dar un paso más y cada día son más los que salen a la plaza pública para defender también la vida animal.

España tiene una cultura brutal con los animales. No porque se alimente de ellos, sino porque en su ADN cultural existe el maltrato en las ferias de los pueblos, en tradiciones macabras y aceptadas por todos con una complicidad absoluta como el Toro de la Vega o como esa ancestral tradición de matar toros en el ruedo, llegando incluso a la aberración de llamarlo “cultura”. Hay ritos de paso que ya no son necesarios. Las matanzas que de siempre se han practicado en los pueblos ya no tienen sentido en un mundo donde la abundancia alimenticia no requiere de víveres para soportar el frío invierno.

Los tiempos cambian y soy plenamente consciente de que esto que ahora parece una postura radical, de aquí a un par de siglos será lo más normal del mundo. La gente dejará paulatinamente de comer carne y existirá un delicado equilibrio entre la sensibilidad humana y la animal. Beber sangre y comer carne dejará de ser algo propio de humanos, y los ritos de sacrificio en el mundo de la alimentación se verá en ese tiempo como una terrible consecuencia de nuestra ceguera e insensibilidad.

Siento de veras si con esto que digo ofendo a mis queridos omnívoros. Mi única intención es la de denunciar esta injusticia, esta falta de lucidez por nuestra parte, esta aberración inconsciente de nuestra psique colectiva hacia el reino animal, hacia esos pequeños hermanitos que se encuentran en su propio proceso conciencial y evolutivo. Es posible que estas posturas sean un poco radicales. También lo fueron en su día los que lucharon contra la esclavitud, el apartheid o el voto de la mujer. Es cuestión de tiempo. También es cuestión de conscienciarnos sobre otras formas de ver y entender la vida sin tanto dolor para los otros, aunque los otros sean pobres terneras o pollitos recién nacidos a quienes de forma cruel les arrancan en vida las alas para servirlas en restaurantes de comida rápida.

¿Es posible desconectar del sistema?


a

Los que van de avanzado y pioneros en la desconexión del sistema deberían darse una vuelta por estas tierras rurales. Resulta que nosotros presumimos de hippies vestidos de modernidad cuando te enteras que hay jóvenes de por aquí que ni siquiera tienen una tarjeta o una cuenta en el banco.

Los que venimos de la ciudad estamos haciendo malabares adaptativos para intentar volver a los orígenes más puristas en cuanto a la reconexión con la naturaleza. Es una forma de reivindicación, puesto que lo que realmente deseamos no es maldecir al sistema que nos parió, sino transformarlo en un modelo mejor, en algo que no sea autodestructivo para el alma humana, y de paso, para el planeta.

Así que llegamos aquí, al bosque, y presumimos a todos de que es posible vivir en una pequeña caravana con una diminuta placa solar y una estufa para el invierno. Nos hemos liberado de esa pesadilla esclava que es la hipoteca. Sin embargo, a hurtadillas, seguimos teniendo cosas que nos tienen conectados al otro lado y deudas que saldar antes de encontrarnos de frente con la emancipación total.

El otro día fuimos a cenar con unas chicas de nuestra edad con las que hemos entablado amistad. Su visión de la vida nos chocó grandemente. Aman la vida en el campo, tienen sus trabajos pero mantienen ese modelo tradicional de vivir en la casa familiar, ayudando con las vacas en sus ratos libres y en las tareas propias de la vida en la montaña. Realmente, muchas de las cosas a las que nosotros aspirábamos, ellas ya lo habían conseguido de forma natural. La ausencia de hipoteca (¿para qué más casas si en la casa familiar hay espacio suficiente para todos?), la ausencia de Facebook (¿para qué estar conectados todo el santo día a las redes sociales si interactuar con el mundo real es mucho más intenso y maravilloso?) y la ausencia de tarjetas de crédito o cuenta en el banco (¿Para qué tener el dinero en el banco o tarjeta si puedes pagar directamente?) son tres cosas que nos sorprendieron de su modo de vida.

Otro ejemplo hermoso de emancipación pacífica del sistema lo dan las monjitas de la zona con las que tenemos muy buena relación. Solemos ir a visitarlas y las ayudamos en lo que podemos. Su forma de vida es fascinante y para nosotros un gran ejemplo de cómo el monacato ha sobrevivido durante siglos siendo prácticamente autosuficientes.

Para nosotros el reto de la autosuficiencia está muy presente. ¿Seríamos capaces, animales de ciudad, poder sobrevivir sin tantas y tantas cosas de las que venimos? Durante los últimos años he presumido de haber sobrevivido sin tarjeta de crédito. Pero, ¿qué pasa con la de débito? ¿Y qué ocurre con las cuentas en el banco? Vale que es un banco online, prácticamente sin oficinas y con una consciencia ética de trabajo, pero… ¿sería posible vivir sin ellas? ¿Y vivir sin dinero?

Realmente hay cosas que nos facilitan la vida y sería absurdo a estas alturas del curso prescindir de ellas. Pero hemos creado sin darnos cuenta tal cúmulo de necesidades absurdas que llega un momento que no podemos sobrevivir sin ellas.

La complejidad actual, al menos la que para nosotros ahora representa un reto, es la alimentación. ¿De qué modo podríamos ser autosuficientes alimentariamente? Resuelta esa paradoja, dominados los secretos de la huerta, capacitados para componer nuestros propios productos, quizás podamos ir más allá de nuestra reflexión utópica.

Estos días estamos rehabilitando el horno gracias a la infatigable y abnegada ayuda de Luis “el Polaco”. Nos está preparando un nuevo crisol y nos va a enseñar a hacer pan. Quizás en poco tiempo podamos dar un paso más allá para avanzar en este sueño. Quizás algún día incluso no tengamos cuenta en los bancos porque el trueque, el apoyo mutuo y la colaboración hayan sido suficientes para vivir dignamente. Estamos avanzando a base de esas pequeñas contradicciones diarias, pero sentimos que estamos avanzando. Y esa sensación de emancipación nos hace sentir verdaderamente libres y felices.

Un claro en el bosque


DSC_0449

Hoy hemos pasado todo el día desbrozando una parte minúscula de nuestro particular bosque. En el futuro es posible que allí existan tres pequeñas cabañas, de no más de veinte metros cuadrados, quizás con forma pentagonal, donde puedan retirarse aquellos que emprendan los programas de experiencia de más de tres semanas. Limpiar el lugar adecuado para albergar en un futuro esas pequeñas cabañas ha sido una tarea hermosa. Allí se podrá meditar, estudiar y amar en absoluto silencio y retiro, rodeados de la magia ancestral de los árboles y sus criaturas invisibles.

La magnitud atávica del deseo que nos mueve a hacer estas y no otras cosas es compleja de calibrar. Nadie se puede imaginar que lo que realmente nos empuja es el anhelo de crear ese claro en el bosque. Uno podría sentarse allí durante meses y no ver nada. Pero nosotros vemos un sentido que nos mueve y nos conmueve profundamente. Una fuerza irracional. Una voluntad osada.

Ver esa otra dimensión profunda nos llena de fuerza y energías. Estamos dispuestos a sacrificar cosas que ya nos resultan inútiles, pero que para la mayoría de la gente son imprescindibles. Somos conscientes de lo difícil que resulta entender esta situación. Habría que remitirse a textos profundos, de calado místico o casi revolucionario para comprender en profundidad nuestras acciones. ¿Un claro en el bosque? ¿Qué clase de locura es esa?

Llegar a la conclusión de que hemos basado la mitad de nuestras vidas en un absurdo ya ha sido un gran paso. Prescindir de ese absurdo, sacrificarlo, eliminarlo está siendo una transición ardua y compleja. Primero un paso, luego otro, y más tarde el siguiente. Los que contemplan la situación desde la ceguera o la ignorancia pueden llegar a pensar que esos pasos están plagados de contradicciones constantes. Pero realmente hay un orden casi milimetrado en todo cuanto hacemos. Quizás todo obedece a esa claridad que durante años se ha ido manifestando en nuestro interior. En esa constante profunda de ir desbrozando nuestras zonas más burdas y oscuras para buscar nuestra propia claridad.

La búsqueda silenciosa y desprendida, las continuas quijotadas y abnegaciones pasadas y todos aquellos errores que nos sirvieron para valorar lo realmente verdadero en nosotros han servido para construir un escenario ideal para materializar aquello en lo que creemos. No se trata tan solo de una aparente actividad física donde podemos hacer de este un lugar habitable y bonito. Todo este esfuerzo responde a una llamada, a un propósito interior que fortalece cada acto, cada trabajo, por pesado que sea.

No estamos cansados, estamos entusiasmados y llenos de amor. Hoy hemos conseguido ese pequeño claro en el bosque, y al hacerlo, hemos sentido una gran claridad interior, una luz renovada y fuerte que nos empuja a seguir adelante.

Bestiario


a

Esta mañana fuimos ingenuamente al mercado de animales para comprar un par de cabras que nos ayuden con la selva que está inundando toda la finca. Faltan muchas manos para atender la inmensidad de este lugar, así que pensamos en la simbiosis animal como trabajo cooperativo. Al llegar a la feria de ganado sentimos que nos encontramos en otro mundo, en otra galaxia, en otra dimensión. Había gente traficando con animales, vendiéndolos como antiguamente se vendían a los esclavos al mejor postor. Algo que en siglos pasados era normal ahora nos parecería inaudito. Lo que al principio parecía ser un bonito paseo se convirtió en una especie de pesadilla. Aquellos animales pronto iban a ser comprados, asesinados, descuartizados y devorados por el inconsciente colectivo. El tráfico consistía en la compra y venta de animales vivos para luego utilizarlos como alimento. Detrás de la nave donde se apostaba por las pobres criaturas habían puesto lugares donde se podían degustar, comer, saborear. En unas grandes ollas asaban carne de ternera, o de cabrito, o de conejo, o de pollo. Lo peor de todo eran esas ollas gigantes donde metían pulpos vivos en agua hirviendo. Luego los sacaban y los troceaban para ser engullidos. La imagen era atroz. Los pulpos apilados unos contra otros, asfixiados por el peso de sus congéneres, esperando angustiosamente su final mientras el agua hervida avisaba del momento.

Al ver esa tragedia, fuimos y compramos todos los conejos que pudimos. Por 3,5€ la pieza nos llegó para comprar diez. Toda una camada lista para deglutir. “Esta es una buena camada, os gustará mucho en cuanto engorden un poco más”, dijo el amable trozo de cebo, un ser rechoncho y curtido cuyo cuerpo había sido engordado a base de bichos. “No son para comer”, contestamos amables pero con cierta repugnancia interior. ¿Cómo de verdad se pueden comer esas criaturas? Entonces el hombre nos miró con desconfianza… ¿Para qué sino iban a ser esos conejos enlatados en esa esclavitud sumisa?

En unos días soltaremos libres a esas diez criaturas. No sabemos la suerte que correrán aquí en los prados y bosques. Quizás sean presa de un zorro o no puedan escapar a las garras de un águila. Tal vez alguno pueda vivir dignamente algún tiempo. Realmente no lo sabemos. Pero sí sabemos que no acabarán en una olla metálica con agua hirviendo. Sí sabemos que no formarán parte de la macabra ley natural que deja de tener sentido en seres que se autodenominan “conscientes”. ¿Conscientes de qué? ¿Acaso de la frágil vida de esos conejos? ¿Acaso de la dulce mirada de las terneras o el suave tacto de los corderitos que pastan libres la hierba? ¿Conscientes de la bondad de esos pollitos que no tuvieron tiempo de valorar la vida? ¿Alguien realmente es del todo consciente en este planeta?

Creo sinceramente que no tenemos consciencia. La consciencia debe venir acompañada de cierta sensibilidad, de cierto amor hacia los más pequeños del reino animal, de cierta compasión hacia los seres sintientes. Pienso, y me incluyo, que las bestias somos nosotros, que a sabiendas del dolor que infligimos, preferimos seguir comiendo carne y sangre y vísceras.

El próximo día veinte volverá la siguiente feria de animales. Será nuestra obligación moral intentar salvar al menos otras diez vidas más. No hacerlo sería ruin y repugnante. Ya no se trata de consciencia. Sólo de justicia, de libertad, de fraternidad, de compasión.

Contemplando la quietud


a

Tras la muerte de mi padre era necesario un tiempo de silencio. Este acontecimiento me ha permitido el poder pasar horas contemplando los atardeceres. Es algo que hacía tiempo que no podía realizar. Siempre nos faltan segundos en la manecilla del reloj para hacer de lo innecesario algo sublime. Pero desde hace unas semanas me detengo, contemplo los ciclos, me sumerjo en el silencio y en la soledad de cualquier instante sin hacer nada. Absolutamente nada, excepto contemplar el devenir, la existencia, la vida.

En alguna parte existe un cronómetro que corre en nuestra contra. Si nos lo pusieran justo en frente de nosotros sería algo desesperante. Sólo nos quedan tantos segundos de vida. Los segundos pasan y vemos como van desapareciendo ante nuestra desesperación. Pero siempre caminamos con ese sentido de eternidad. Como si realmente no fuera a pasar nada. Hasta que pasa, con aviso o sin aviso, con advertencia de que esto se acaba, o sin ella, de repente, de golpe. En ese sentido, las enfermedades pueden ser una bendición porque de alguna forma nos someten a esa presión que requiere el tomar consciencia y dignificar con urgencia la vida. En la salud nunca nos paramos a contemplar un atardecer y de paso dar las gracias por la vida. Somos tan egoístas en nuestros asuntos que nunca somos capaces de compartir un trozo de tiempo con algo o alguien que no nos vaya a repercutir en nuestros intereses inmediatos.

Lo trágico de todo esto es que nuestros intereses no les interesa a nadie. Ni siquiera a la naturaleza o a la existencia. Nadie nos escucha cuando tenemos mil facturas que pagar, ni una hipoteca a la que hacer frente, ni un trabajo que no nos satisface, ni esos problemas familiares o ese desamor prematuro. La vida no supervisa esos acontecimientos egoístas, solo se conmueve cuando salimos de nosotros mismos y somos capaces de abrazar con generosidad todo aquello que no nos pertenece.

Podemos acumular riquezas y cuanto queramos. Podemos seguir como hormiguitas preocupados por las mil cosas que nos distraen de lo esencialmente importante. Incluso podemos caer en el autoengaño de que hacemos cosas por los demás cuando en verdad estamos fabricando una especie de egolatría incontrolada en nombre de cualquier verdad. Nada de todo eso le interesa a la vida. Moriremos y con ello morirá nuestro orgullo, nuestras riquezas, nuestro egoísmo, nuestra vanidad.

Pero cuando damos silenciosamente un trozo de nosotros, de forma humilde y acallada. Cuando somos capaces de permitir que lo milagroso ocurra, dejando atrás nuestros prejuicios, nuestros patrones, nuestros hábitos. Cuando dejamos de apenarnos por nuestras desgracias y dejamos que la vida se manifieste de forma brillante en nosotros, inevitablemente ocurre algún milagro.

Aceptar nuestra finitud, arrodillarnos ante la inmensidad y de forma humilde acoger en nuestro seno todo cuanto ocurre es un acto necesario. Tarde o temprano tendremos que hacerlo. A veces gritando ante el lecho de muerte. Otras en vida, sentados inmóviles en una piedra del camino contemplando los ocasos y amaneceres de forma desprendida, dejando que la vida se lleve a lo que más queramos y dejando que el espíritu misterioso de todas las cosas se manifieste. No hay que luchar contra eso. Hay que abrazar el devenir con humildad, con desapego, con entereza.