Ese último adiós…


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A José León Santiago, in memorian… 

Cuando alguien muere nos sentimos como un otoño aunque sea primavera. Como esa hoja que cae quedando arrinconada entre el ramaje. Como ese suspiro que alberga la esperanza de integrarse con algo más espacioso. Mientras hoy enterrábamos las cenizas de mi padre sentía como si la flauta de la vida sonara en un reguero inútil. Como si el silbido de todo aquel genio atravesara la estepa doliente sin ser visto. El manso río, la lluvia sólida y los ángeles atribuyéndose la música insonora. Realmente en ese momento trágico solo había silencio y soledad. La soledad de los muertos, pero sobre todo, la soledad de los vivos.

Cuando fue incinerado el roce del viento invisible balanceaba las brasas. ¿Dónde estás? Preguntaba el perfume antes de partir. Algo cabalga en la ola, en el susurro, en el ardor. Sonroja la promesa. Espera. Aguanta. Tiembla y todo cruje mientras se reduce a polvo. ¿Qué prisa tiene ahora el tiempo? Sólo el recuerdo de su rostro alivia a los que lloran. Sólo el recuerdo soporta el vacío. Inerte, hostil, paupérrimo. Al final del proceso, todo se derrama en una urna que queda sellada tras la lápida, en la misma tumba, junto a sus padres que tanto llamaba antes de morir.

Soporté su peso y pensé en lo poco que queda cuando nos vamos. Algunos, pocos, se despiden en el último adiós. Para el resto sólo fuiste una anécdota, un vago compartir o quizás nada. ¿Quién está realmente ahora con nosotros? De entre los vivos, ¿quién daría un trozo de su tiempo por estar contigo sin más, en silencio, contemplando generoso cualquier paisaje en la vaporosa futilidad?

Estar muerto es una liberación en muchos sentidos. El problema es estar muerto en vida. Como un ser anónimo al que nadie le interesas excepto por esos pequeños actos egoístas que nos tienen unidos los unos a los otros en miserables condiciones. Eso si nos da pena. Levantarnos por la mañana y ver que realmente estamos solos, que nadie en su sano juicio tiene tiempo para mirarte a los ojos con esa ternura tan necesitada, con ese amor tan imposible. Nuestra mente siempre está pensando en esas cien mil cosas que debemos atender antes de poder generar un instante para el otro. Vamos a los entierros o a los nacimientos, tanto monta, y enseguida estamos mirando el reloj para atender a la siguiente cosa inútil. ¿Tan importantes son esas cosas que nos alejan del ser humano? ¿Tan imprescindibles son que nos entierran en vida?

Mi padre siempre estuvo cabreado con la vida y ahora me pregunto de qué le sirvió. Me interrogo en estos momentos porqué nos preocupamos, porqué nos enfadamos, porqué nos enrarecemos con la edad. ¿Qué necesidad tiene la discusión, la vanidad o el egoísmo? A pesar de todo aún encontramos momentos para ser ruines y desdichados a sabiendas incluso de que todo terminará tarde o temprano. ¿Acaso es eso lo que desea el poso de vida en nosotros?

A veces ocurre que en esos momentos de oscuridad extraña aparece alguien que a lo mejor has visto cuatro veces. Llega hermosa y sonriente, sin prisas, dotando la vida de un significado diferente, ejerciendo de representante y envidada especial de los planos angélicos. Su mirada le delata en ese grado de la evolución donde te conviertes en humano completo y solo deseas ayudar al prójimo. Sus silencios y la profundidad de su sentir evidencia su alta integridad y repercusión. Por eso, cuando apareció de repente en aquel cementerio de muertos vivientes sentí cierto alivio y agradecimiento. Sentí como la vida clama desde sus rincones anónimos ese guiño de continua esperanza. Pensé que la soledad tan sólo es una ilusión egoísta que puede ser calmada si somos merecedores de amor. Y eso solo ocurre de una forma posible: amando. Aunque sea en silencio.

El pozo vacío. Una reflexión sobre la muerte y la impermanencia…


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En una misma semana me he quedado sin pareja, sin agua en el pozo y sin padre. Anoche de madrugada conducía hacia Barcelona porque mi padre estaba agonizando en el hospital. A dos horas del destino sentí el perfume de mi padre dentro del coche. Es como si estuviera allí, diciendo alguna cosa. Fue una especie de aviso, como si se estuviera despidiendo de forma dulce. Cuando llegué al hospital ya se había ido. Tras doce horas de largo viaje no tuve tiempo de mirarle por última vez, de decirle adiós, al menos ese adiós a la manera humana. Había muerto dos horas antes.

A media mañana estaba intentando sacar agua del pozo en Galicia. Hace un mes que no llueve y la condensación que se produce en las profundidades del mismo se estaba agotando. Quedaba poca agua para seguir regando el huerto. Con un poco de suerte tendremos reservas para seguir fregando los platos y poco más. Mientras miraba todo eso y sacaba agua desde la nueva polea pensaba en ella. Después de dos años de hermosa y armónica relación decidimos pasar a otra fase de amistad profunda, sin lazos afectivos, sin corsés. Siempre hemos sido más amigos y hermanos que pareja, así que lo mejor era profundizar en ese sentido amplio del amor incondicional y demostrar que otro tipo de relación es posible. Me acordaba de las teorías de Fourier sobre la sociedad amorosa y de alguna forma deseaba ponerlo en práctica. La moral caduca de nuestra sociedad impide el libre desarrollo de nuestra alma. La concepción de la muerte y el amor son barreras para la libre expresión de nuestro ser. Laura lo comprendió de alguna forma, y sintió que lo mejor era poner en práctica ese sentir. Amarnos desde una nueva base que pudiera emanciparnos de los paradigmas pasados. Su generosidad infinita y su amor incondicional fueron suficientes.

Fue entonces cuando recibí la llamada de mi familia. Hace dos semanas estaba en Barcelona con mi padre y nada hacía presagiar el rápido desenlace. No sentí pena, ni dolor, ni tristeza. Durante años he trabajado profundamente el sentido de la muerte y pensé que estaba preparado para abrazarla. Así lo hice, con cierta alegría por ver como el ciclo de la impermanencia sigue su curso. Un amigo vino esta mañana desde Castellón para darme un abrazo. En vez de encontrarme abatido me vio como siempre. Sonriente, risueño. Quise explicarle que la muerte es como el amor, una expresión vital de la existencia, necesaria para el progreso de toda consciencia. Los lazos de apego, de miedo y de la ignorancia hacia las causas naturales que nos rodean nos obligan a entrar en la oscuridad de la tristeza profunda y el dolor irracional. Cuando viajé a Etiopía los niños se morían en cualquier rincón de la sabana. Allí descubrí la fatalidad de la vida humana y tuve tiempo de llorar desconsolado durante meses. Luego hubo una especie de reconocimiento, de revelación, de reconciliación con el sentido profundo de todo cuanto nos rodea.

Vida, amor y muerte. Ese continuo que no se puede separar. Está intrínseco y unido en la vida humana. El amor se expresa libremente en todos los seres. No es necesario llamarlo pareja, matrimonio, conveniencia. El verdadero amor se expresa por igual hacia todos. Y siendo así, siempre sientes un deseo infinito de abrazar a todos los seres sintientes. ¿Para qué enclaustrarlo en lazos de dependencia, miedo y posesión?

Con la muerte ocurre lo mismo. Realmente es una expresión de esperanza futura. De regeneración. Recibí cientos de mensajes de condolencias en el día de hoy. Me extrañó no ver en ellos ningún motivo de alegría, de celebración. ¿Por qué no celebrar la muerte? No es que me sienta insensible hacia la muerte de mi progenitor. Sólo tengo un deseo profundo de agradecimiento por todo lo aprendido a su lado. Cuando sentí el perfume en el coche era como si llamara desde una dimensión superior. Como si de alguna forma toda su condensación humana hubiera sido derramada en toda una tierra libre de límites y espacios. Como esa agua que durante esta pequeña sequía hemos utilizado para regar el huerto. Ahora toda esa agua está en los tomates, en la verdura, en las patatas, en la tierra. Pronto pasará a nuestros organismos. Como el amor. Así funciona también la muerte. Algo se derrama sobre todos nosotros aportando la semilla inevitable de la vida inextinguible, de la regeneración continua e infinita. Los ciclos se manifiestan y nosotros interpretamos nuestra parte esencial. Somos cadenas, eslabones de su música. Somos notas que se entrelazan libres en una poderosa manifestación de misterio.

Gracias padre por vivir y morir. Gracias por permitir mi vida en ese eslabón infinito y misterioso.

Gracias querida Laura por demostrarme que otro amor es posible.

(Foto: mis padres en 2007, unos años antes de la enfermedad de mi padre).

Practica los Caminos, algunas entrevistas


Me gusta más escribir que hablar. Nunca fui un buen comunicador. Pero más que escribir y hablar con lo que más disfruto es con el noble silencio. Allí me siento poderosamente vivo. Por eso cuando hablo, especialmente en entrevistas o en exceso, siento como si algo muriera.

Sea como sea, aquí comparto estas entrevistas que me hicieron en Barcelona con motivo del libro Practica los Caminos, editado en Editorial Sirio. Sirvan estas palabras como homenaje a Laura, la cual me acompañó por el Camino de forma intensa durante dos maravillosos años. Sirva también como homenaje a mi padre José León Santiago, el cual muere lentamente de un alzheimer y el cual lleva en sus apellidos parte del Camino.

El generoso sacrificio


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Siempre son motivo de admiración las personas generosas. La historia está llena de ejemplos de aquellos que han renunciado incluso a la propia vida por llevar a cabo algún ideal, alguna proeza para el conjunto. Su reconocimiento les ha llevado hasta el mito, atribuyendo a sus hazañas esa heroicidad propia de los inmortales.

Pero vemos con insistencia y aplomo que en la vida cotidiana existen héroes cercanos, anónimos. Personas que entregan su vida a cosas pequeñas pero necesarias. Otras que con extrema generosidad renuncian a un sin fin de ventajas personales con tal de conceder una parte de su existencia a algún tipo de causa.

Estos días de cambios inevitables he tenido la suerte de ser testigo de una de esas generosidades que superan la razón. Una persona extremadamente generosa, abierta al cambio, a las posibilidades, a los riesgos y a las perdidas que se asumen con entereza y amor en el devenir de la existencia. Un ser generoso que con dulzura, compasión, silencio y fortaleza ha asumido ese trato directo con la vida.

La generosidad extrema siempre viene acompañada de algún tipo de renuncia, de sacrificio. Pero ese sacrificio, aunque a veces resulta del todo doloroso, siempre aguarda tras de sí algún tipo de recompensa, de premio, de compasión. La vida nos lo muestra constantemente. El flujo de todo lo que ocurre guarda tras de sí ese secreto. La semilla se sacrifica para que nazca el árbol que a su vez dará frutos. Los ancianos mueren para dar paso a las nuevas generaciones. Cuando los elementos se sacrifican ocurren fenómenos maravillosos como el fuego o la electricidad. Todo termina regenerándose y todo tiene que ver con ese secreto natural al que vagamente llamamos sacrificio. Algo muere para que algo renazca inevitablemente.

El sacrificio siempre tiene algo de liberador. Las almas desean seguir creciendo y para ello hacen que lo viejo muera, desaparezca, se transmute en otra cosa. Eso ocurre con las parejas, con aquellas que comprenden que su ciclo juntos terminó y es hora de seguir volando. O con los padres cuando dejan marchar a sus hijos o con los hijos cuando se reconcilian con el mundo que les ha tocado vivir, sacrificando su rebeldía innata y exponiéndola a la madurez de los días.

Algo ocurre cuando la alondra emprende el vuelo y deja atrás todo ese paisaje de vida en común. Algo generoso y bello, algo que supera el entendimiento de comprender que lo que perdura es aquello que cambia, que se transforma, que crece ante los infinitos modos de oscilantes flujos. ¿Para qué atarnos entonces a la misma realidad, al mismo escenario, al mismo arranque de normalidad? El vasto universo, las infinitas experiencias nos esperan. No pedirán nada excepto ese grado de sacrificio necesario. Pero un sacrificio sensato, cargado de sorpresas por sabernos libres y volátiles, por ser partícipes de su misterio.

El mundo nos espera. La generosidad extrema nos espera. La vida nos espera. Solo tenemos que abrazar sus secretos y dejar lo ordinario para empujar nuestros caminos hacia la vida extraordinaria del cambio. Eso es lo único que permanece. Eso es lo único que nos reconcilia con la vida.

Cambiar de vida empieza por un paso


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Llegaron y no quisimos hacer muchas preguntas. Una familia con dos niños aún en lactancia y una vida totalmente alternativa en cuanto a educación y futuro. Más tarde nos enteramos de que ella había sido una actriz famosa en su país. Incluso había estado en las portadas de revistas importantes. Toda una celebridad que andaba descalza intentando educar a sus hijos de forma natural. “¿Por qué desde pequeños nos encarcelan en una cuna? ¿Por qué siempre nos impiden desde pequeños que desarrollemos la posibilidad de equivocarnos?” Sus reflexiones rozaban la provocación al mismo tiempo que se abría una nueva forma de entender de donde surgen nuestras pobres y miedosas estructuras interiores, aquellas que en el futuro nos impedirán dar pasos seguros hacia un verdadero cambio.

Resulta curioso estar sentados en las caravanas y atender a unos y a otros. Vienen por lo general personas con inquietudes, con anhelos, con deseos de cambiar el mundo o al menos un ápice de sí mismos. Los observamos siempre en silencio, con cierto desapego, sin intentar influenciarles excesivamente en sus programas mentales, en sus hábitos, en sus manías, en sus necesidades, en sus miedos. Sólo dotamos a sus vidas de un espacio diferente y un tiempo flexible. Algunos lo cogen como una herramienta y otros como una oportunidad. También están aquellos que prefieren adular la crítica y pensar que están en un lugar de vacaciones donde pueden no sólo hacer lo que quieran, sino además, imponer sus criterios, sus ideas sobre cómo hay que hacer las cosas. En definitiva, sus deseos.

Esas cosas no nos importan en exceso porque para nosotros es una fuente de aprendizaje. Nos damos cuenta de lo complejo que es el ser humano en todas sus manifestaciones, en todos sus criterios, en toda su forma de existir. Algunos pasan desapercibidos, otros pasean torpemente tropezando con toda idea o acción mientras que otros ponen en movimiento cientos de recursos para mejorar las cosas. Nadie es imprescindible pero todos en el fondo nos necesitamos.

Al final la conclusión resulta muy parecida. Queremos cambiar de vida pero nos cuesta dar un primer paso. Ni siquiera existe el poder o la convicción de que ese primer paso es el más sencillo y empieza por uno mismo.

No quisimos preguntarle, pero estamos convencidos de que esa actriz famosa, cargada de glamour y objetivos de cámara un día decidió cambiar de vida. Fue valiente e hipotecó su carrera profesional para vivir otro tipo de existencia. Dio ese primer paso, pero luego el mundo le esperaba para recuperar la necesidad de seguir caminando. ¿Hasta cuando? ¿Hasta donde? Buscar de un lado a otro, empezar de nuevo cada poco tiempo, imaginar que quizás lo ideal está en alguna casita en el campo, o en alguna comunidad perdida que pueda adaptarse a sus propias necesidades. Soñar que quizás cambiando de marco, de escenario, se puede cambiar algo de nosotros.

No sabemos qué es aquello que nos impulsa a canjear trozos de nosotros mismos y qué es aquello que nos anula el deseo o la fuerza para hacerlo. Tampoco sabemos de donde nace la energía suficiente para acometer una radical transformación en nuestras vidas. Algunos ni siquiera se lo plantean como posibilidad. Otros ni siquiera penetran en el misterio que se teje a cada metamorfosis conseguida. Realmente somos al mismo tiempo poderosos y vulnerables. Somos como ese ocaso cargado de majestuosidad y esplendor antes de abandonarse a la noche. Somos como esa cuna donde nos contaban cuentos de miedo. Unos garrotes endurecidos por el temor a ser libres.

Libros con consciencia en el Club Dante


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Tuve el placer de compartir un buen rato con el amigo Joaquín Tamames en la entrevista que el escritor David Marti nos hizo en el Club Dante, en Radio Cuatro de RNE. Siempre que puedo evito las entrevistas, pero desde hace un tiempo me inciden en esa necesidad de inspirar incluso con aquello que menos nos gusta. No es hablar por hablar, sino compartir e inspirar con la palabra, con la presencia, con el testimonio de vida que podamos humildemente comunicar.

Joaquín lleva muchos años inspirando y proyectando sus ideas de un mundo más positivo y unido allí donde va. Es fácil verlo entre ejecutivos de cuello blanco hablando sobre la necesidad de crear consciencia en la empresa o en la India en uno de los barrios más pobres ayudando a todo aquel que pueda. Trabajando en la banca pero también trabajando en el mundo de la consciencia, hablando abiertamente de temas que nos invitan a una reflexión profunda más allá de los postulados superficiales del andar por casa. Utiliza la fundación Ananta como vehículo para llevar consciencia a la sociedad y lo hace desde unos principios y valores dedicados a la honestidad y la paz en una humanidad unida y justa.

Cuando en la entrevista nos preguntan sobre la consciencia es complejo contestar. Sin duda hay algo que nos diferencia del estadio animal. Algo que nos hace crear poesía, música, arte, bellísimas manifestaciones que intentan imitar vagamente lo sublime de la creación. Somos meros imitadores que intentan alcanzar las elevadas fuentes del mundo sutil. Tomar consciencia es precisamente eso, sabernos cocreadores con la naturaleza desde el respeto y la admiración profunda. Sabernos portadores de la llama del conocimiento y la sabiduría, de la ardiente profundidad del amor y la buena voluntad puestas al servicio del bien.

No sé si desde nuestra humilde posición somos capaces de esa sacralidad que requiere todo este ingente esfuerzo. Al menos el esfuerzo por poner nuestra parte siempre quedará ahí, en la inmutable presencia de los orbes invisibles.

El link de la entrevista:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/club-dante/club-dante-llibres-desperten-consciencies-amb-javier-leon-joaquin-tamames/3170985/

(Foto: Con el escritor y locutor David Marti y lo que quedaba de mi tras unos días de fiebre).

Más Mas


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Sin duda hay políticos y políticos. Algunos aprendieron eso de la unidad psíquica de la humanidad y otros se quedaron en aquello de los castillos feudales. Son formas de ver y entender la vida. Unos reclaman ciudadanía universal y otros reclaman territorios donde expandir su egolatrilidad.

Mas va quemando todas sus naves con tal de no pasar a la historia como un político corrupto, sino como el héroe que toda nación requiere. Primero pretende quebrar y dividir a un estado. Luego ha conseguido lo mismo con su nación catalana donde ahora más que nunca hay catalanes de un bando (independentistas) y catalanes de otro (unionistas). También ha divido su coalición, su partido de toda la vida, desquebrajando en dos lo que antes parecía uno. Ni convergen ni están unidos. En menos de cuatro años ha conseguido quebrar todo un proyecto de país para convertirlo en un quebradero de cabeza indigesto.

Es el precio de esa extraña necesidad de algunos de querer pasar a la historia sea como sea. Y a eso se apuntan hasta monjas capaces de creerse en una especie de salvadoras de patrias. Todos quieren estar ahí, incluso el ciudadano medio, el cual ahoga sus penas con ilusiones de cualquier tipo, con banderitas colgadas en los balcones como queriendo decir eso de “yo soy de los buenos”. Y los que no cuelgan su banderita debe ser de ese tipo de personas que no se enteran de nada, que no son verdaderos patriotas y merecen como mínimo nuestra desconfianza.

Me hacía gracia cuando de pequeñitos nos hacían odiar las patrias y especialmente las banderas españolas. Lo pude entender y jamás se me ocurrió enarbolar ninguna de ellas. Pero ahora me quedo de cuadros cuando veo tantas y tantas banderas en tantos y tantos balcones. ¿No éramos todos ciudadanos y aborrecíamos las banderas? Lo entendí mal. Éramos todos antiespañoles y despreciábamos la bandera española. Sacar una bandera española es ser facha, sin embargo, sacar una estelada cuanto más grande mejor (el tamaño sí importa) es ser una persona libre que demanda libertad y que además se cree en posesión de cierta verdad extraña en los tiempos que corren: el amor ciego a la patria o la nación.

El presidente Mas está en el camino de no retorno. Volver atrás sería un suicidio no político, sino civil. Traicionar la ilusión de un pueblo se puede pagar muy caro. Por eso mira hacia delante. Nos ha metido a todos en un buen lío y ahora solo se puede salir del mismo con la victoria. Y la victoria significa crear un nuevo reino donde ningún tribunal pueda juzgarlo por cohecho, prevaricación, y todas esas cosas por la que se juzga a políticos corruptos (recordemos que el anterior presidente de CIU tuvo que dimitir por sus trapicheos, también el padre del nacionalismo catalán, Pujol, está siendo investigado y las sedes de CIU están siendo embargadas).

Ante este panorama, ¿cómo juzgar al héroe de la patria? ¡¡Amnistía!! Gritaría el pueblo emborrachado de gloria. ¡¡¡Libertad también para nuestro héroe!!!

¡¡¡Adelante pues comandante Mas!!! Hasta la victoria siempre…

Caravana, dulce caravana


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Sigo pensando que dentro de mí hay algo que se siente egoísta. Me refiero al privilegio de tener tanto mientras otros tienen tan poco. Vivir en una caravana es todo un privilegio. Lo sabemos apreciar especialmente cuando volvemos de la gran ciudad y dejamos allí todas sus “comodidades”. El privilegio es complejo de entender. Aquí no tenemos agua corriente, ni habitaciones, ni lavabos, ni uno ni dos (siempre quejándonos cuando los pisos tenían tan sólo un lavabo). No hay luz eléctrica ni televisión ni calefacción central ni armarios amplios ni camas con buenos somieres ni electrodomésticos ninguno. Es cierto que no disponemos de todo eso. Pero cuando entras en la caravana cuyo espacio puede llegar a ser la mitad de una pequeña habitación de cualquier apartamento medio de ciudad, descubres la grandeza del lugar.

Aquí no hay ruidos de coches. Estos días hemos observado algo de lo que antes nunca nos habíamos dado cuenta: en las ciudades hay un griterío constante, un ruido ensordecedor de motores, de combustión, de contaminación incesante. Hemos vivido toda la vida en la ciudad y no nos habíamos dado cuenta. De alguna forma estábamos inmunizados a ese machacante murmullo incesante. Pero esta vez ha sido algo insoportable. Nos preguntábamos una y otra vez: ¿pero es que nadie se da cuenta?

Aquí en el bosque el único ruido es el de los pajarillos, el de las copas de los árboles cuando se rozan unas a otras por la acción del viento. Los grillos, el balbuceo de algún animalillo que no reconocemos, el bramido de algún tímido bovino.

Las vistas también son importantes. Cuando te asomas a la ventana de cualquier apartamento de la gran ciudad solo ves bloques y más bloques de pisos. Asfalto por todas partes, grises torres que intentan alcanzar un cielo que no se ve. Y siempre esa nube gris que todo lo cubre y asfixia.

Desde la caravana vemos los valles y las montañas, los bosques con sus árboles corpulentos vestidos de roble o castaño, las ramas nacientes de la retama florida de amarillo o esos impresionantes atardeceres decorados con zarzamoras y yedras, madreselvas y helechos que florecen por todas partes. A veces cuesta creer que todo este decorado florido y verdoso sea realmente cierto.

Me siento egoísta cuando al volver de la ciudad me doy cuenta que la vida es compleja, y que no está en todas partes. Es difícil que se manifieste en las prisas del metro, en las colas del autobús, en los envites de los transeúntes que asfixiados por el tiempo llegan siempre tarde a todas partes. Resulta difícil descubrir vida en el ajetreo de la comida rápida, la llamada rápida, el contacto rápido. Todo ha sido sustituido por las telepantallas que permiten adecuar el contacto a lo mínimo, sin profundizar más que en lo banal del día a día. El saludo pausado, el diálogo tranquilo o la calma han desaparecido.

En las caravanas no hay más remedio que conversar con la familia holandesa que estará unos días o con cualquier que las habite, con los vecinos de las aldeas que nos ayudan con mil cosas, con los animales que hay que atender, con las plantas y especialmente la huerta que nos da ya sus primeros frutos. Aquí el diálogo es continuo y directo, sin intermediarios, sin telepantallas que desvíen nuestra mirada, nuestra alma, hacia un sinsentido incauto. Es un diálogo exterior pero también profundamente interior. Aprendemos a escuchar y a escucharnos.

Aquí no hay más remedio que ser humanos y comportarnos como humanos. No digo que esto sea mejor o peor que lo que ocurre en la ciudad. Sólo digo que me siento egoísta por disfrutar de estas maravillas sin poder llevar hasta allí este trozo de cielo. Es cierto que la caravana es pequeña y carece de casi todo. Pero aquí está nuestro reino, nuestro tesoro de libertad, nuestro trozo de vida magnificado por la fortuna de sentirnos constantemente vivos y despiertos.

Ciudadanos abandonados. Territorios sublimes.


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Los gobiernos están demasiado ocupados en representar los intereses de unos pocos, especialmente los suyos propios. Algo me escuece profundamente cuando vengo a Cataluña y veo las noticias regionales centradas única y exclusivamente en lo maravilloso que es el país, en la necesidad de abrir representaciones internacionales para mostrar los beneplácitos culinarios de nuestra tierra y las maravillas de nuestra danza tribal y la necesidad de desvincularnos del estado opresor para crear el nuestro propio, que será, a cual Acadia soñada, más generoso con sus súbditos y plebeyos. Mientras gastan los recursos en comprar voluntades informativas y culturales veo como mi padre, enfermo de alzhéimer, no tiene ningún tipo de derecho asistencial excepto el conseguido, tras luchas y peticiones, de dos horas de asistencia social a la semana.

Isabel tiene un trabajo impagable. Va de un lado para otro atendiendo como puede las vejaciones de los enfermos de alzhéimer. Recibe humillaciones, insultos e incluso maltrato físico de los pacientes. No me puedo imaginar el desolado panorama cuando llega a casa y algún familiar le pregunta qué tal ha ido el día.

Mi padre está en esa fase violenta de la enfermedad donde no para de insultar y pegar a unos y a otros hasta altas horas de la madrugada. El deterioro cognitivo y los trastornos conductuales son insoportables. Gritos constantes, lloros y atención continua las veinticuatro horas del día por parte de la familia son el triste panorama. Es evidente que la ayuda social a estas enfermedades no es suficiente. El Estado del Bienestar o los derechos de asistencia no han sido suficientes para dar soluciones a este tipo de problemáticas. Al menos en esos lugares donde los recursos públicos se utilizan para vanagloria de reinos de taifas medievales. Lo entendería en estados pobres que no pueden dar salida a muchos otros problemas generales. Pero me duele ver el panorama de malgasto institucional, sueldos desorbitados, trapicheos continuos, corruptelas de todo tipo a costa del ciudadano de a pie y sus problemas diarios.

Además, la crueldad psicológica de estos procesos, donde todos los familiares coinciden en si merece la pena seguir viviendo en este estado infrahumano donde el enfermo no es consciente de su realidad y vive como un auténtico vegetal irascible a los estímulos externos. Si algún día viviera en mis carnes una situación así y tuviera algún tipo de consciencia de ella desearía morir. La vida debe ser un vínculo que nos conecte a la felicidad, no al sufrimiento constante. Las enfermedades irreversibles que dañan y denigran al ser humano debería abrir un debate sobre las fórmulas apropiadas para soportar estas dolencias individuales, familiares y también sociales.

Mientras sigamos gastando en mantener patrias, naciones, banderas. Sigamos abandonando al ser humano y sus problemas sociales para centrar nuestras fuerzas y recursos en territorios y en mantener los feudos y de paso a los señores feudales.

El corazón no entiende de tesoros


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¿Qué es más noble para el corazón? Decía el poeta… Muchas veces nos han incitado a no cambiar de vida o de lo que fuera argumentando que teníamos un gran tesoro a nuestro lado. Pero el corazón no entiende de tesoros, se guía por la imprudencia, por la fatalidad de perderlo todo a cambio de nada. El corazón no se apega a las cosas, ni a las personas, ni a los deseos. Sigue sus dictados más allá de lo que la mente juzgue como bueno o necesario. Si lo dejamos libre, llena nuestras vidas de cambios, de enseñanzas, de aprendizajes, de futilidad. Sus arrebatos nos conducen hacia experiencias nunca imaginadas, hacia excitantes aventuras jamás soñadas.

Por eso no valora la pérdida como algo negativo, sino como algo necesario para potenciar las experiencias que lo engrandecen, que lo elevan hacia otras visiones y mundos. Sin importar el tamaño o el valor de aquello que deja atrás, sigue adelante con su sentir más profundo, a veces en silencio, a veces a pleno día. El corazón siempre mira adelante, siempre desea guiarnos por aquello que realmente necesitamos como almas libres, como seres peregrinos que deambulan por este misterioso preludio.

Hay personas que se aferran a una idea, a un estado, a una relación, a un sentimiento, a un núcleo indestructible de por vida. El corazón es experto en destruir razones para potenciar la incertidumbre. Nos precipita a experiencias que sólo son posibles tras una ruptura inevitable. El corazón huye de la norma, de lo mediocre, de lo ordinario y razonable. No hay previsión posible, no hay camino deducible. Su única premisa es el cambio, el saberse guía y señor de un camino aparentemente incierto.

Ese es el motivo por el cual nos cuesta tanto seguir los designios del corazón. Eso que a veces llamamos corazonadas no es más que la intuición de una enseñanza superior, de algo que nos ha de conducir hacia un aprendizaje interior elevado. Sufriremos por ello, porque todo cambio y toda nueva perspectiva produce fricción y pérdida, pero luego, con el tiempo, nos daremos cuenta de lo acertado de haber seguido sus sendas.

La sociedad nos incita a ser proteccionistas, a asegurar todo aquello que poseemos. El corazón nos empuja al más absoluto desapego, al caos. Sabe que nada nos pertenece, que nada podemos fijar eternamente y nos prepara para ello. No hay riqueza ni emoción ni posesión que pueda durar toda una vida. Por eso el corazón nos advierte de la necesidad del desprendimiento.

Nos parecen una locura sus señales. Sus estaciones, sus motivaciones, sus cambios repentinos. Pero albergan un propósito mayor más allá de su caprichosa impermanencia, más allá de nuestra pobre comprensión. Siempre siente un amor universal hacia todas las cosas existentes, y por eso, una necesidad vital de querer abrazarlas todas.Guiarse por el corazón el guiarse por la vida. Es lo que nos conecta al ciclo vital, a la existencia más profunda, a la vivencia clara y poderosa.

El 15M ya está en el Sistema


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Es algo intrigante. Acabo de llegar a mi ciudad natal y me acabo de dar de bruces con esta nueva realidad. No es que vivir en la montaña en una caravana sin televisión te aleje de la realidad, pero aquí, en la casa familiar de Barcelona donde la televisión forma parte del decorado común, te das de bruces con lo que está pasando en nuestro país. Con esa otra realidad. Lo cierto es que hoy ha sido hermoso ver a Ada Colau y Manuela Carmena tomando mando en las dos ciudades más importantes de España. Digo hermoso por no decir surrealista.

Cuando decidí marcharme a vivir al madrileño barrio de Malasaña fue para estar más cerca del movimiento ciudadano. Desde aquella plácida vida en una tranquila urbanización a las afueras de Madrid no era capaz de escuchar los alaridos del “pio pio”, del helicóptero de la policía que avisaba que alguna nueva protesta ciudadana se reunía en alguna parte caliente de la ciudad. Y tras el cambio, puntual, allí estaba, en primera fila, para ser testigo único de este tiempo convulso cada vez que algo ocurría.

Ahora que toda esa voz crítica está participando activamente en el poder, en el sistema, codeándose con la casta, me pregunto qué o quién saldrá a la calle o a las plazas a protestar cuando las cosas comiencen a torcerse de nuevo. Tras recibir tantos golpes y decepciones decidí literalmente apartarme de esa lucha que veía como inútil. Leviatán es como un cíclope gigante al que resulta difícil vencer. Lo es porque nosotros, la suma de todos, formamos a ese diablo de múltiples cabezas. La regeneración política, la renovación económica, el cambio de paradigma son palabras que resuenan en estos días de esperanzador futuro.

Realmente ha cambiado algo las turbas del escenario. El color de las cortinas, la iluminación, los decorados. Pero el espectáculo, por desgracia, parece el mismo. Ahora los del 15M ya no están en la plaza, están en el circo, representando. El espectáculo está servido. Veremos a ver qué da de sí, cuanto da de sí y qué tipo de cambios se consiguen. No lo veo como algo negativo o pesimista. Vemos que hay cambios. Es cierto. Y el Sistema está contento, porque ahora las plazas están vacías y los circos llenos.

El centro nostálgico


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Es hermoso sentir nostalgia por aquellas cosas que nos llenan de vida. ¿Se puede sentir nostalgia por algo que está ocurriendo ahora, en este instante? Cuando contemplamos la vida desde cierto centro, desde cierta quietud, podemos transcurrir en los hechos como si ya no estuvieran, como si fueran parte de un tiempo inmemorial, sin medida, dentro de un ciclo donde todo ocurre en ese momento de paz.

Siendo así, sabemos que todo lo que ahora ocurre tuvo un principio y tendrá un final. De alguna forma, hay situaciones capaces de hacernos percibir cualquier hecho en sus tres dimensiones temporales. Pasado, presente y futuro se fusionan para convertirse en un flujo de cosas impermanentes que transcurren entrelazadas a cientos de posibilidades.

De ahí que sea fácil sentir nostalgia por seres a los que abrazas o por momentos que vienen y van y nos llevan a otros momentos y nos mecen hacia otra infinita posibilidad. Realmente nada se puede atrapar. Ni siquiera el deseo, el instante de amor, de plenitud. Todo desaparece rápidamente, incluso esa emoción primaveral que nos arrastran hacia cumbres a las que nunca más volveremos.

Si profundizamos en ese centro nostálgico podemos llegar a la conclusión de que ya no estamos aquí. De que hemos muerto en otro momento y de que la vida fútil no puede quedar embalsamada en ningún molde. Hay cierta melancolía en todo cuanto ocurre. El devenir de una sonrisa, el paseo por una tristeza, la alegría de reencontrarnos con algo grato, la sorpresa por algo inesperado y bonito. Todo está ahí y todo desaparece. Sólo permanece el continuo cambio, la improvisada ocasión.

Pero nosotros nos empeñamos en hacer las cosas inmortales. Un trabajo para toda la vida, una pareja para siempre, una casa imperecedera… Nos empeñamos en crear cosas inmóviles, yendo siempre contra la propia naturaleza, matando la magia de la vida. Cambiar no forma parte de nuestras estructuras porque eso significa miedo, incertidumbre, dolor. No nos damos cuenta de que a cada cambio crecemos de alguna manera, nos humanizamos, nos volvemos vulnerables ante la eternidad. De paso caemos en esa cuenta, en esa realidad de que somos frágiles ante la vida, delicados y sensibles suspiros que pronto desaparecerán. De que nada, absolutamente nada nos pertenece.

Es normal sentir nostalgia por todo. Una nostalgia equilibrada en el balancear del devenir, en la posibilidad de la incertidumbre, en el cosquilleo por no saber si mañana será o no diferente. Una nostalgia por sentirnos vivos en un mundo permutable, en una transición constante, en un flotar inaudible, silencioso, poético. Cambiemos. Sintamos nostalgia.

La ciencia de estar vivos


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Hoy no he tenido más remedio que tumbarme en la hierba para contemplar junto a Geo el formidable paisaje de bosques y prados. Sentía el canto de los pajarillos y me preguntaba cuanto tiempo sería capaz de albergar ese placer de no hacer nada antes de que el primer pensamiento me impulsara a movilizarme de nuevo. Lo complejo de nuestra vida es precisamente eso. No hacer nada. Estar aquí, presente, buceando en el sentido de todo.

Siempre estamos pensando y haciendo cosas la mayoría de ellas totalmente inútiles. Nuestro cerebro es una especie de máquina que no para de fabricar pensamientos dejando pasar el tiempo presente. Ideas que están pensadas para acercarnos al miedo, al dolor, al sufrimiento. Fijamos nuestra atención en el pasado, en todo aquello que perdimos y en todo aquello que jamás volveremos a recuperar. Cuando hacemos un buen repaso de todas esas cosas que ya no volverán, empezamos entonces con el futuro. Tengo que hacer esto, me gustaría que pasara lo otro, desearía aquella persona. Nada es capaz de anclarnos al presente excepto algún momento de verdadero sosiego y lucidez.

Estar vivos es toda una ciencia. Aquellos que han alcanzado auténticos momentos de paz interior nos indican que para estar aquí y ahora hace falta cierta disciplina, cierto método cargado de técnicas y herramientas. De todas ellas, la más común es la respiración. Es fácil, está al alcance de todos y resulta sencillo pensar en nuestras inspiraciones y expiraciones constantes. Lo complejo es apartar de nuestra mente todas las distracciones y llevar a cabo la práctica de escuchar nuestra respiración. Ese primer paso debería ser acompañado de una atención plena en todo lo que ocurre en el aquí y el ahora. Es una especie de tranquilidad por ver que estamos a salvo, que nada puede perturbar nuestro sentir. Que la paz es posible y alcanzable.

Si ahora miro a mi alrededor veo el balancear de las copas de los árboles, escucho al pajarillo que alegre canta a la tarde. Veo las nubes y los trozos de cielo azul que se despejan tras ellas. La hierba es verde y abundante, cargada de florecillas y diminutos insectos que imagino de un lado a otro. Como aún es de día, las gallinas pasan de repente de un lado a otro por todo el prado. Se les ve jugar con la tierra o simplemente corriendo detrás del gallo que generoso, siempre les muestra el lugar de mayor abundancia. En este preciso instante no hay nada más. Ni preocupaciones pasadas, ni añoranzas futuras. Puedo estar feliz y agradecido en esta minúscula caravana. Puedo sentir la vida recorrer todo lo que soy y todo lo que me rodea.

No sé cuanto más durará este instante minúsculo en la historia cósmica. Un centelleo podría terminar con él. Lo fugaz del tiempo es que no puede medirse realmente porque un momento bello puede durar toda una eternidad. Nuestra levedad, nuestra vida fútil, puede alargarse todo cuanto queramos si somos capaces de sabernos poseedores de cada instante presente. O puede hacerse tan corta según el grado e intensidad de nuestro sufrimiento vital.

Estamos en una cuenta atrás que no sabemos cuando terminará. Pero sí sabemos que algún día dejará de existir. Es impresionante pensar que ahora estamos aquí pero que en algún momento dejaremos de estar. Cada hora que pasa, cada día, cada mes, cada año, siempre resta instantes de vida. Por eso resulta impresionante ver como todos pasamos gran parte de la misma desperdiciando uno tras otro momento. Preocupados. Angustiados. Infelices. Distraídos.

Si algún día somos capaces de despertar al momento presente nos daremos cuenta de la urgencia de todo. Nada nos podrá arrebatar ni un solo suspiro porque no habrá tiempo que perder. Y en ese instante, tendremos el poder de tumbarnos en la hierba para simplemente contemplar. La ciencia de estar vivos es la capacidad de reconciliarnos con el instante presente.

Haciendo dedo en la vida


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Kevin llegó para estar una semana con nosotros. Respetuoso, sin hablar mucho español, pausado, amante de la quietud, paseaba descalzo por toda la finca y trabajaba casi sin descanso las cuatro horas pertinentes. Americano de origen francés, o francés de origen americano, nos contaba que nació en Francia pero había vivido casi toda su vida en cinco estados de Norteamérica, de donde es original su familia. Buscador incansable, había pasado algunos años en algún templo budista. Eso se notaba en sus ademanes, en su mirada, en su profundidad. A pesar de ser muy joven albergaba en su cuerpo esbelto un espíritu labrado en las cimas de la compasión y la calma.

Viaja haciendo dedo y trabaja unos meses al año para pagarse sus retiros y sus aventuras. Hoy debía marcharse al sur de Francia para ayudar a unos amigos en una mudanza. Le regalamos una de esas tiendas de campaña ligeras a la que le teníamos mucho aprecio. Pensamos que le sería útil en sus travesías y aventuras. Con el deseo de facilitarle la vuelta, lo acompañamos lo más cerca que pudimos hasta la carretera que le iba a llevar en unos días a su destino. Él insistía en que lo dejáramos en Samos, el pueblo más cercano, pero lo llevamos hasta más allá de Lugo, justo en la carretera de Ribadeo.

Cosas de la vida, había allí un hombre dejando también en ese cruce a dos norteamericanos que había recogido horas antes en alguna parte cerca de San Xenxo. El hombre, dada la coincidencia, empezó a hablarnos sobre la buena gente que hay en el mundo, especialmente aquellos que confían en la vida y se paran para recoger a autoautopistas. Los tres chicos tuvieron suerte. Al poco rato llegó un matrimonio que iba hasta Oviedo y los acercaría hasta allí.

Leíamos hace un rato el testimonio de Rafael, un buen amigo y mejor persona que habla de nuestra mentalidad calculadora. Hay personas que miden el coste material, moral o emocional de cualquier acto. Hay otros, como Rafael o el hombre de San Xenxo que no miden ni calculan el costo de sus actos. Se entregan simplemente a un razonamiento diferente, a un dar sin esperar ningún tipo de recompensa. Forma parte de una conducta, de una educación, de una moral que va más allá de la espera, la recompensa o cualquier otro tipo de visión egoísta. Hay gente que es generosa por su propia naturaleza. Personas que lo dan todo, incluido aquello que para ellos es necesario, con tal de que el mundo se llene de inspiraciones positivas.

Kevin, con su serenidad y su saber estar nos ha dado un ejemplo de convivencia exquisito. Vino libre y se marchó libre, haciendo dedo, confiando en el destino y en el fluir de la vida, sin pedir nada, sin exigir nada. Su mirada amable y su sonrisa ha dejado aquí un trozo de lealtad al ser humano. Ahora solo debemos empezar a darnos cuenta de que algún tipo de esperanza existe en nosotros, en todo cuanto nos rodea como ser natural. Sólo tenemos que aprender a ser algo más libres, a pensar de forma diferente, a dejarnos fluir por la vida y sus derivas. Algo más de generosidad, sencillez y humildad vamos a cosechar gracias al ejemplo de estos seres. Sin duda nos han inspirado. Sin duda nos han acercado mucho a la reconciliación necesaria.

Amada ignorancia, querida cobardía


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La ignorancia nos hace vivir una vida plácida. No pensar en los niños que mueren en África, en el sufrimiento de los millones de pollitos sacrificados para nuestro deleite en los restaurantes de comida rápida o en la propia muerte inminente de nuestros caducos organismos nos hace vivir una vida tranquila. No nos importa votar a los que nos roban o trabajar media vida para pagar una hipoteca. De hecho lo deseamos, lo anhelamos, porque alguien nos dijo que eso era bueno. Abusamos de nuestros cuerpos y enfermamos como consecuencia pero casi no nos molesta. Cuando retomamos la salud nada cambiamos. Seguimos comiendo grasas saturadas, bebiendo o fumando sin desear una mejor salud. Ignoramos las causas y luego lloramos sus efectos.

No queremos saber. No deseamos experimentar un tipo de vida diferente. Nos aferramos para ello a dos estimulantes posiciones: el miedo y la seguridad. También, y de forma continua, caemos en las trampas del placer inmediato, insaciable y murmurador. Lanza de Vasto decía que estamos condenados al único masivo e inmemorial pecado que es la raíz de todos los demás: el apego a la ignorancia. Ese apego nos inmoviliza, nos esclaviza, nos llena de calma. Nadie nos advierte de todo esto porque vivimos hechizados a nuestros cuatro estímulos. Algo maliciosamente programado para no despertar de repente a una verdad incómoda.

Es prácticamente imposible que la consciencia humana sufra una revolución optimista y radical, un cambio profundo. Los propios mecanismos de transmisión de cultura y costumbre anulan cualquier posibilidad. El apego, la comodidad, el orgullo, la vanidad, la arrogancia, la posibilidad de poder, el estatus… Todo está bien orquestado para que no podamos huir de nuestras propias cárceles conceptuales.

Ciertamente estamos atrapados. No disponemos de un libre albedrío, de una libertad inmediata y verdadera. Si tienes pareja no puedes enamorarte del vecino, aunque el amor por tu prójimo haga aguas desde décadas. Si tienes hijos te autoimpones la necesidad de trabajar catorce horas para ofrecerles el mejor dentista y el mejor colegio. Los hijos y la pareja son ciertamente excusas perfectas para inmovilizar nuestros anhelos. Como si ambos fueran incompatibles con nuestras propias necesidades interiores. Algunas parejas se convierten en auténticos saboteadores de nuestras más profundas aspiraciones. Nuestros anhelos se subyugan a la responsabilidad de sostener todo cuanto hemos conseguido en la fase madura. La edad nos hace creer que ya somos inútiles, que no servimos para nada y que nuestro tiempo se ha terminado. Pura ignorancia de nuestras posibilidades.

Y así vivimos, amando nuestra ignorancia, amando nuestra propia cárcel, amando nuestro propio miedo. ¿Para qué cambiar? ¿Para qué llenar la vida de incertidumbres? Mejor quedarnos como estamos. Ignorantes, felices, cobardes.

La asociación natural


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La naturaleza es una inspiración continua. Tanto es así que uno se siente pequeño y ridículo ante su majestuosidad. No me atrevo a escribir tanto como antes. ¿Qué se puede decir ante la esbelta estampa de un roble o el sublime canto de un pajarillo? El sol se pone frente a nosotros todas las tardes y nos deja anestesiados por su belleza. Los colores, los sonidos naturales, los olores. Todo es un abanico de pureza que colma nuestras almas. ¿Para qué entonces escribir? ¿Sobre qué?

Recuerdo que cuando vivía en la ciudad sólo pensaba en la utopía. En como sería, en como imaginarla. Crear la utopía en la mente era un bálsamo necesario para comprender que aquella jaula oscura, aquella promiscua manía de vivir enjaulados como si fuéramos una colmena de grillos era algo antinatural. Ahora que mi parquet se ha convertido en la hierba y mi calefacción central es el motor de los ciclos no puedo más que arrodillarme ante la evidencia de que el ser humano nunca debió abandonar a su verdadera madre. ¿Qué fue aquello que nos impulsó a abandonar la estepa y el bosque para llenar nuestros cuerpos de inútil hollín? ¿Qué fue aquello que nos hizo malvivir en una esclavitud orquestada por la necesidad material? Las ciudades crecieron alrededor de las fábricas. Las fábricas produjeron cierto bienestar. El bienestar se tradujo en consumo y el consumo en una forma de vida. Pero todo eso nos llevó a vidas vacías, sin sentido.

En un año hemos reducido el consumo a la mínima expresión. Básicamente podemos decir que vivimos anclados a la necesidad vital de conseguir alimentos. Sin embargo, al vaciar nuestras vidas de cosas, nos hemos llenado de vida. El placer de ir a la huerta labrada con nuestras manos para comer una fresa no tiene precio. Ratones de ciudad, estamos aprendiendo las artes del cultivo, la gracia de conservar la tierra respetuosamente, sin añadir nada más de lo que ella misma produce. Hay una cocreación hermosa, una especie de armonía simbiótica entre lo de fuera y lo de dentro. Una asociación natural entre la brisa que recorre los campos y nuestra sonrisa agradecida y expectante.

La vida en el campo es agradecida si sabes adaptar tus necesidades a la generosidad de sus ciclos. Uno se vuelve generoso y atento a todo cuanto ocurre. No tiene más remedio que labrar la paciencia y entender que a veces todo el esfuerzo puede resultar en vano. Los vínculos que nacen en este orden armónico resultan placenteros, llenos de plenitud exultante.

Cuando las tardes son generosas y el sol brilla radiante y la temperatura está calmada damos algún paseo por la sierra del Édramo o por el valle del Mao. Son lugares desde los que puedes sentir la elegancia de las alturas, la radiante mirada sobre todo lo que se queda bajo tus pies para luego bajar por entre los bosquecillos de castaños y robles y llegar hasta el valle, atravesando riachuelos que corren cargados de agua. Los elementos se conjugan, se asocian, se adaptan unos a otros y crecen juntos, en armonía. Del desgaste de las rocas surge la tierra que alimenta a plantas y árboles. De ellos se benefician los herbívoros y de estos aquellos que por capricho natural ordenan el exceso de rumiantes. Todo se regula de forma equilibrada. Cuando algo falta o algo falla, todo el ciclo natural se resiente. Y nosotros respetamos todo ese frágil equilibrio, intentando no dejar una huella ingrata o que rompa en exceso la débil asociación.

Los peligros de la toxicidad


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Esta semana ha sido totalmente agotadora. No por un exceso de trabajo ni nada parecido. Más bien por un exceso de toxicidad. El noventa por ciento de la gente que viene por aquí suelen ser personas sanas, respetuosas, que intentan ayudar en todo lo que pueden levantando constantemente la moral. Pero a veces vienen personas que se empeñan en sacar, fotocopiar, ampliar y esparcir a los cuatro vientos la paja ajena. Es como si llevaran en el forro un radar para detectar defectos, errores o cualquier otra cosa que debería ser cambiada de forma inmediata para adecuar todo un proyecto a las premisas, ideas o creencias que ella misma considera correctas. Y todos, algo angustiados por no saber qué decir o como parar esa sangría constante de crítica nos preguntábamos sobre la necesidad de tener que aguantar ese tipo de cosas. Por suerte hemos encontrado, a pesar de lo agotador de estas situaciones, una herramienta que parece funcionar. La compasión infinita. Trata de seguir trabajando en silencio, sin mayor cambio en nuestra actitud, de escuchar respetuosamente sin añadir una coma a nada de lo que se dice y de explicar con calma y santa paciencia cualquier cosa que se nos pregunte, aunque sepamos que la pregunta a modo de examen venga con trampa añadida. Además pone a prueba nuestro punto de quietud y los principios que sostienen todo el proyecto.

Es como si fuera a la casa de un amigo y quisiera cambiar el color de las paredes, los muebles y el tapizado del baño tan solo porque yo, que voy a pasar un par de horas en su casa, no me gustara lo que veo. Aunque parezca mentira, mucha gente viene con esa idea hasta aquí. Le ofrecemos todo lo que tenemos, no le pedimos nada a cambio a nadie y encima se vuelven exigentes, arrogantes y orgullosos. Como digo, no es una cosa que ocurra con frecuencia, pero cuando ocurre uno necesita desahogarse de alguna forma para darse cuenta de que el ser humano es complejo y de que el aprendizaje constante sobre su naturaleza nunca deja de sorprenderte.

Es como cuando de repente sales de este bosque y te encuentras a medio país volcado en un partido de futbol, hipnotizados por una copa y un balón, celebrando a lo loco algún tipo de victoria que sirva para calmar sus propias miserias humanas por unos días sin bucear ni por un segundo en la desgracia de la propia existencia. Pan y circo. Realmente las cosas no han cambiado mucho en estos dos mil años.

Es tan peligrosa la toxicidad que de alguna forma te contamina. Me hubiera gustado poder hablar de los hermosos atardeceres que tenemos aquí en los bosques o de las personas bonitas que vienen constantemente para estar con nosotros. Pero prefiero seguir intoxicando el ambiente con esta mala experiencia. Una situación o persona tóxica es capaz de contagiarte y de paso contagiar al resto. Es como el fútbol, capaz de contagiar a miles y miles de personas que siguen atónitos las piruetas de una esfera circular, los clamorosos y millonarios fichajes mientras no tienen un trozo de pan que dar a sus hijos. No importa. Quien sabe si algún día uno de nuestros hijos consigue ser un gran futbolista. O a unas malas, quizás nos toque la quiniela. O en el peor de los casos, mal de muchos, consuelo de tontos. De alguna forma nuestro sistema de valores funciona por contagio. Normalmente un contagio basado en una mentira, en una ilusión o en una vaga esperanza.

Aquí en el bosque nos contagiamos de belleza, de paz, de pureza y armonía. Al menos hasta que de vez en cuando aparece alguien de la ciudad y pretende imponer sus criterios de bienestar a nuestra aparente vida austera. Lo siento, pero nos gusta vivir así, sin luz, sin agua, sin electricidad, sin lavabos, sin duchas ni bañeras. Nos gusta nuestras caravanas y no aspiramos a nada más que no sea seguir disfrutando de sus maravillosas vistas al horizonte, a la profundidad del bosque, a los impresionantes atardeceres. Por suerte no nos dejamos intoxicar mucho. Solo un poco, hasta que nos damos un largo paseo como el de esta tarde y el mal trago pasa. El próximo día me esforzaré en hablar de cosas más positivas. Hoy necesitaba advertir al prójimo sobre los peligros de la toxicidad psíquica, emocional y material de todo lo que nos rodea. Y de paso, desahogarme con permiso.

Vendo piso en Samos


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Cuando compré el piso en Samos lo hice como un acto de servicio, por esa vocación de querer siempre mejorar las condiciones del resto. En el frío invierno algunos nos duchábamos literalmente con toallitas de bebé a menos cinco grados de temperatura y otros iban a albergues a poner lavadoras y de paso darse una merecida ducha de agua caliente. Había cierta incomodidad en todo ello, pues si bien alegrábamos en algo los bolsillos de los que nos atendían, nos daba cierto pudor el poder estar molestando más de la cuenta.

Se nos presentó una ocasión única y me aventuré a comprar en una subasta este piso del que ahora disfrutamos para hacer lavadoras, ducharnos y trabajar con cierta tranquilidad. Es un lugar cómodo que hemos decorado entre todos con amor y cariño. Un lugar lleno de luz que ahora desea seguir su propio camino tras ser modestamente restaurado y mejorado, impregnado de nuestra esencia.

Todo evoluciona muy deprisa. Inclusive todo marcha a una velocidad interior de crucero. El otro día le decía a un buen amigo lo feliz que me siento viviendo en la caravana y de que dudo mucho de la posibilidad de cambiar la comodidad de esa estrechez por algo más grande. También estos días me daba cuenta de cómo caemos una y otra vez en la trampa de las cosas. Si bien la intención primera fue buena, la de ayudar a mejorar las condiciones de vida del otro en un entorno hostil, hubo algo de miedo y egoísmo en la compra, por eso de que nunca se sabe lo que pasará en el futuro. De alguna forma, el tener este piso libre de cargas suponía una seguridad de futuro si las cosas iban mal allí arriba en la montaña. Además, en su momento, permitió que dejáramos de pagar los altos alquileres que soportábamos en Madrid y hacer el traslado definitivo a Samos, especialmente de la empresa editorial.

Ahora ya estamos en Samos, hemos sobrevivido al duro invierno y nos vemos con ganas de seguir afrontando todo lo que va llegando. Pero también siento por dentro de que el piso ya no es necesario. Que con el dinero de la venta podremos habilitar una habitación donde poder ducharnos y muchas otras cosas más, además de pagar algunas deudas pendientes.

Así que ahí lo dejo, al universo, por si alguien quisiera comprarlo. Setenta metros cuadrados de piso luminoso por la irrisoria cifra de treinta y tres mil euros. Más información en:

http://www.idealista.com/inmueble/30465857/

Pocas manos


a

Mucha gente nos visita entusiasmada deseando colaborar en este proyecto transformador y positivo. Todos pretenden llenar el espacio de ideas, de sinceras estimaciones de cómo deberían mejorarse las cosas. Realmente nosotros lo agradecemos porque es un hermoso estímulo que nos guía sobre aquello que habrá que pulir en el futuro.

Ayer, cerca de la media noche, tras una jornada agotadora, los tres nos mirábamos cansados pero felices. Uno de nosotros esgrimió una sincera súplica: “¿creéis que alguien más vendrá pronto a ayudarnos?” La pregunta no se refería a todo el ingente ejército de personas de buena voluntad que viene unos días a apoyar el proyecto, sino a esa escasez de vocaciones que deseen asumir un grado mayor de compromiso y responsabilidad.

Coger el pico y la pala, atender al peregrino o al visitante, pasar horas y horas con unos y con otros y todos los cientos de trabajos que diariamente surgen en esta incipiente comunidad realmente no nos agota. Pero sí la idea de vernos solos, inmersos en algo que está creciendo desmesuradamente para tan pocas manos.

Sentir la llamada y la vocación de vivir una vida plena en comunidad no es algo tan fácil. Mirando el panorama global, nos damos cuenta de que a veces hay más comunidades que personas viviendo en ellas. Las razones son obvias. En un mundo que ha crecido en el egoísmo individualista, todos deseamos crear nuestro propio modelo de comunidad, nuestro propio ideal, sin renunciar a nada. Este es un gran error porque comunidad significa personas que tarde o temprano deberán ponerse de acuerdo. Eso significa también renunciar en parte a nuestros ideales para buscar puntos en común, lugares donde podamos entendernos y desarrollar algo juntos. La acción grupal significa inevitablemente renunciar siempre a algo propio, algo mejorable y revisable, algo tendiente a la perfeccionalidad pero cargado de errores y aprendizajes.

Desde hace unos meses decidimos aflojar el ritmo de todo. No agobiarnos sobre las mil cosas que siempre hay que hacer. De alguna forma ha funcionado. Nos hemos quitado el estrés y la angustia de los primeros meses y hemos buscado herramientas y fórmulas para que el trabajo sea llevadero. No somos perfectos y cometemos errores, pero también disfrutamos de ese valioso aprendizaje.

Hemos sido sensatos con nuestros acuerdos y principios y no hemos abusado nunca de la tierra común. Hay un hermoso y entusiasta equilibrio en todo lo que ocurre. Algo milagroso se teje todos los días. Pero a pesar de ello, seguimos pensando en la dificultad que conlleva encontrar nuevas manos, nuevos corazones capaces de entregar parte de su vida en un proyecto de esta envergadura.

Tal y como reza el antiguo comentario: “Vivimos, descansamos y observamos. Tal es nuestra vida y tal es el servicio que rendimos al mundo de los hombres”. Este es el regalo que deseamos compartir. Estás invitado a ello.

Invitación a observar


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Participamos en un mundo que desconocemos. A veces limitamos nuestras vidas a cierto coraje para sobrevivir en los planos más toscos. No dedicamos mucho tiempo a entender donde vivimos y porqué. Preferimos tener una vida glamurosa y entretenida. De hecho, la industria del entretenimiento es una de las mayores del mundo. Preferimos estar distraídos porque eso sirve como escudo psicológico ante la adversidad cósmica, ante la vital pesadumbre de un final inevitable.

Sin embargo, la vida nos invita a ser observantes. Nos dio capacidad de raciocinio, nos dotó de inteligencia y más allá de la misma, creó en nosotros la mágica esfera de la abstracción. Con ella conseguimos la consciencia. En sus ramales, aprendimos a mirar a las estrellas, al cosmos y a nosotros mismos desde otra perspectiva más profunda, más ancha, más infinita.

Cuando paseamos por un bosque y escuchamos sus sonidos nos damos cuenta de que toda la creación se mece en un misterio insondable, profundo, secreto. Si observamos con atención todo lo que puede desarrollarse en un solo segundo de existencia nos damos cuenta de la enorme cantidad de acontecimientos que simultáneamente se desarrollan en un instante. Lo bonito de esa observación es darnos cuenta de que nosotros somos partícipes de ese momento. Estamos profundamente arraigados a todos los acontecimientos de esa minuta de existencia.

Mas allá de eso, ¿qué más podemos hacer para sentirnos no sólo integrados con el propósito vital de la vida, sino, además, sentirnos útiles al propósito vital de nuestra existencia, protagonistas de esta oportunidad única? ¿Acaso hemos venido tan solo a estar entretenidos, a mirar de reojo o a ciegas todo cuanto ocurre?

Algo nos dice que no. Algo profundo nos señala como las colmenas del conocimiento se llenan de miel dulce, de melaza y almíbar que pretenden saciar el apetito por comprender algo más nuestra sutil devenir. El amor y la voluntad nos empujan hacia una extensión mayor de presencia.

Quizás esta cuestión tan sólo sea una adormidera más, una protección psicológica para participar de la creencia común de que no estamos profundamente solos en el universo y de que toda la creación entera, incluida la vida en nuestro planeta, no es fruto de un fortuito hecho casual. Sería angustioso pensar que todo se puede limitar a esa soledad cósmica. ¿Acaso la vida, la propia existencia, puede condensarse en un acto aleatorio y caprichoso?

Si observamos todo cuanto nos rodea y dejamos de entretener nuestras vidas como si nada estuviera ocurriendo, como si fuéramos eternos y la vida nunca acabara. Si participamos de este orbe explosivo de vida y color. Si conseguimos explorar ávidamente todo aquello que parte de un sentido manifiesto, quizás empecemos a descubrir una nueva forma de entender el universo, una nueva forma de encauzar nuestros interrogantes y cuestiones. Si conseguimos participar de la consciencia humana, global, inmanente, quizás podamos hallar algún tipo de atisbo de verdad sobre todo cuanto ocurre ahora, en este instante, frente a nosotros.

Puedo ver a mi alrededor el cielo estrellado y deseo ardientemente ser partícipe de su halo de complejidad. Me siento bellamente afortunado por tan privilegiada atalaya. Me siento profundamente agradecido por esta oportunidad única. Sigamos observantes. Algo bueno habrá por descubrir.

QUIJOTE 360, PROYECTO EDUCATIVO PARA JÓVENES ESCRITORES


Nuestra querida Laura Bermejo trabaja desde hace algunos años en nuestra editorial y ahora se lanza con un proyecto hermoso y solidario al que queremos apoyar. Ya hemos hecho una primera coedición del primer libro editado por ella y ahora acaba de lanzar una campaña de cofinanciación para poder dar el impulso que merece al proyecto. Lau es un ser hermoso, una persona transparente y buena que merece todo lo mejor. Así que me enorgullece mucho ser su amigo y apoyarle en todo lo que pueda. Gracias Lau por seguir la brecha utópica y ojalá muchos puedan aportar un granito para mejorar el mundo desde la acción cultural.

https://goteo.org/project/quijote360

QUIJOTE 360 es un proyecto cultural, educativo y social que pretende promover la escritura creativa entre los niños y los jóvenes.

Quijote 360 tiene tres pilares:
– el CREATIVO despertando la imaginación de los jóvenes autores a través de talleres;

– el TECNOLÓGICO uniendo la narrativa clásica a las nuevas fórmulas transmedia y las TIC;

– y el SOCIAL donde se desarrollarán diferentes trabajos ligados a la escritura y que sirvan de apoyo a niños y jóvenes en condiciones sociales, culturales y económicas desfavorecidas.

Características básicas

Basándonos en estos tres pilares (CREATIVO, TECNOLÓGICO Y SOCIAL) surge el proyecto «Cambiando el mundo a través de las palabras», un plan de actividades cuya esencia parte de la idea de que la CULTURA mueve el mundo y puede ser un vehículo para cambiar la sociedad a mejor.

El proyecto se explica en tres sencillos pasos:

1.- LA ESCUELA: será un centro creativo donde se realizarán talleres y cursos de escritura creativa: novela, teatro, cuentos, poesía… y creación de contenidos TRANSMEDIA (todo tipo de plataformas)

2.- LA EDITORIAL: Se creará una línea editorial para sacar al mercado libros escritos por niños y jóvenes, siendo así la primera editorial que publica a autores menores de 18 años. Para fomentar esta actividad se crearán concursos literarios y convocatorias dentro de los propios alumnos de la escuela y también de fuera, como por ejemplo colegios y bibliotecas. La editorial fomentará el uso de licencias libres y creative commons en sus contenidos, y muchos de ellos serán liberados en internet.

3.- EL MUNDO: Los fondos recaudados por los derechos de autor y parte de los beneficios de las ventas de algunos libros, así como otras actividades económicas irán destinadas a ONG’s y entidades solidarias cuyos fines sean ayudar a la infancia y la juventud en cualquier punto del planeta. En este punto cobra sentido el lema del proyecto: “Cambiando el mundo a través de las palabras”

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Motivación y a quién va dirigido el proyecto

¿Por qué el Quijote?

Hemos escogido para nuestra marca el nombre del Quijote porque es uno de los personajes literarios más famosos internacionalmente y al mismo tiempo es un símbolo muy ligado a nuestra cultura española. El ingenioso hidalgo representa la pasión por la fantasía y los libros, que es una de las señas de identidad de nuestro proyecto, por lo que nos sentimos reconocidos en este personaje. Además, el Quijote
también representa el idealismo, la creatividad y la locura, valores que conectan a la perfección con nuestro proyecto.

¿Por qué 360?

QUIJOTE 360 tiene una clara vocación TRANSMEDIA porque somos conscientes de que tratamos con niños digitalmente nativos para los que las nuevas tecnologías son fundamentales. Al concepto del Quijote hemos añadido el CONCEPTO DE 360º, un término que se utiliza en comunicación, narrativa y marketing para definir la comunicación global. Queremos enseñar a los chavales técnicas narrativas adaptadas a cualquier plataforma (guion, cómic, videojuegos, etc). El mundo ha dejado de ser lineal y con internet la información se mueve a través de múltiples canales y en diferentes direcciones. La forma de contar historias ha cambiado y un factor importante en este punto son las nuevas tecnologías, por eso QUIJOTE 360 tiene también una visión muy actual en este sentido.

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Objetivos de la campaña de crowdfunding

La campaña de crowdfunding tiene dos objetivos: en primer lugar conseguir algo de financiación para hacer crecer el proyecto económicamente y en segundo lugar, sumar personas y crear comunidad.

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Si no te gusta el sistema sal del sistema


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Es complejo definir al sistema. En el librito Creando Utopías lo llamé “estructura”, por ser algo que no está fuera de nosotros sino dentro. Durante generaciones hemos seguido sus normas, sus conductas, sus opiniones, sus ideas. La cultura en la que nacemos, el país o la nación condicionan toda nuestra existencia. Resulta complejo deshacerse de ese bagaje estructural que nos domina y nos muestra el camino a seguir. ¿Cómo renunciar a eso que nos constituye como seres sociales? ¿Y por qué hacerlo?

Quizás por dignidad propia, por libertad subjetiva, por justicia. Pero hay un motivo quizás mayor. Si un día te levantaras y descubrieras que perteneces a una especie destructora, violenta y egoísta, seguramente decidirías abandonar esa especie. Pero eso es algo ridículamente imposible. No podemos dejar de ser humanos por más que nos empeñemos. A no ser que hagamos una trampa en el discurso dialéctico. No se trata de dejar de ser humanos, se trata de conseguir ser mejores humanos. Mejores personas.

Mientras esta mañana limpiábamos una de las paredes de piedra de la futura casa de acogida, alguien me decía lo difícil que resulta ser buena persona en un sistema cuyos valores pervierten desde la raíz nuestra conducta. La ciudad es un reflejo de ese sistema perverso en el que nos enseñan a competir, a lucrarnos, a sacrificar nuestro ser para ser perfectos idiotas alineados a los deseos de la mayoría. Nos enseñan a amar una patria en la que hemos nacido de pura casualidad, a besar una lengua, unas costumbres, una bandera, unas ideas y una concepción del mundo basada en la brutalidad, en la violencia y en la ley del más fuerte, el más poderoso, el más ambicioso, ávido, insaciable e insatisfecho . Desde pequeñitos nos enseñan bajo la sedación de múltiples sistemas bien organizados como debe ser nuestro comportamiento, nuestras costumbres y nuestras normas de comportamiento. Vivimos y crecemos bajo la amenaza de la sanción y el castigo. Estamos rodeados de intimidaciones que nacen de la costumbre o la ley. No hay forma de rebeldía posible si no es acatando lo que la mayoría decide.

Alguien decía que quizás salir del sistema y no participar de él podría ser un acto egoísta. Realmente no lo es. Salir del sistema y vivir una vida salvaje en los bosques es un acto de amor y sacrificio por la humanidad, por el ser humano que llevamos dentro. Participar de un nuevo modelo, de un nuevo paradigma empezando de nuevo desde el principio es una forma de creer en el ser humano. Realmente es un acto valiente que pretende salir de la perversión en la que hemos nacido y a la que han amoldado nuestras mentes, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras vidas. No se trata de dejar de ser hormiguitas para convertirnos en felices saltamontes lúdicos. Se trata de aunar el trabajo y el esfuerzo para el bien común, para crear un modelo y un mundo diferente. Quizás idealista, utópico, ingenuo en algún sentido, pero radicalmente diferente.

Mientras esta mañana limpiábamos la pared de piedra veía como el joven idealista que me acompañaba en la tarea golpeaba fuertemente el yeso que la cubría dejando la piedra desastrosamente desamparada. Le llamaba la atención sobre su forma violenta de quitar el yeso. “¿Lo ves?” Le decía. “El sistema está dentro de nosotros. Prueba sacar el yeso de esta otra manera, deja el martillo y coge el cincel y busca la forma de que el yeso salga solo”. Es cuestión de paciencia, de cambiar la perspectiva, de mirar el yeso de otra forma. Es cuestión de empezar a cambiar nuestra conducta interior para que fuera todo resulte más positivo y amplio. La fuerza del martillo tiene que ir cotejada y guidada por la inteligente disposición del cincel. Nunca al revés, como nos han enseñado en el antiguo modelo. El nuevo paradigma ya no necesita tanta fuerza, ahora debemos aprender a pesar de forma autónoma, libre, abierta. Estamos entrando en la Era del Saber, en la era de la comunicación, de la tecnología, donde todo es más sutil, más volátil, más suave. En los bosques se puede apreciar esa sutileza. No es huida, no es egoísmo. Es un amor profundo por los valores y la búsqueda de ese nuevo mundo. El ser humano lo merece. La vida en el planeta lo merece. No se trata de huir del sistema, solo tratamos de construir una nueva estructura interior para que algún día el sistema se revierta hacia la bondad humana, hacia el compartir, hacia el amor universal.

(Foto: A pocos kilómetros de O Couso, unos amigos han adquirido una antigua casa en Montán, en pleno camino de Santiago, donde ofrecen un descanso al peregrino sin cobrar nada, aceptando la voluntad o el donativo, tal y como hacemos en nuestro proyecto. Encuentras bebida, fruta y pastas que puedes coger libremente. Una nueva visión del mundo, un nuevo ser humano está naciendo en ese pequeño gesto. Sigamos inspirando).

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Inspirando buena voluntad


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Ha sido gratificante poder participar en una conferencia que intenta inspirar buena voluntad en acción. Dar una charla en español ante un público de varias nacionalidades europeas en Ginebra ha sido una experiencia hermosa. Charlar no es algo que me guste especialmente, pero entiendo la necesidad de servir como instrumento inspirador allí dónde se demande.
La charla en cuestión hablaba sobre la complejidad de servir de forma desapegada al bien común. Expuse el ejemplo del Proyecto O Couso, el cual despertó cierta curiosidad. Hablé de la necesidad del trabajo en grupo, y de como enfocar nuestros recursos interiores en un mayor servicio.
Para ello debemos convertirnos en aquello que predicamos, debemos conducir nuestras vidas hacia el anhelo interior y practicar los caminos que conducen hacia una plena realización.
Mientras hablaba de todas estas cosas no se me iba de la cabeza las históricas elecciones a las que hoy nos enfrentamos en España. Históricas porque para los más optimistas suponen un cambio de tendencia. Un cambio de rumbo que debería inspirar cambios profundos en nuestro país, y sobre todo, renovar la moral y la dignidad de un pueblo excesivamente acostumbrado al servilismo y la mansedumbre.
Cuando terminó la charla justo en frente del complejo de las Naciones Unidas de alguna forma me sentí un pequeño embajador de buena voluntad. Recordé a esos miles de personas que hacen bien su trabajo, que tienen buenas relaciones con los suyos y que de forma anónima forman ese ejército de personas de bien que ejercen una correcta y necesaria influencia en el mundo. Todos ellos son embajadores de buena voluntad en sus propios ámbitos de actuación. Todas ellas ejercen una nota positiva en sus actividades diarias.
Estar algo mas expuesto al mundo realmente no significa nada. Puede alimentar algo al pequeño ego, puede satisfacer cierta necesidad de notoriedad, pero la verdadera inspiración no nace de las palabras, sino de los hechos que las acompañan. ¿De qué servirían sino las mismas? Ojalá hoy España entera se haya llenado de gestos capaces de cambiar el rumbo de todo un país. Ojalá esa masa crítica hubiera emergido para inspirar al mundo y a las futuras generaciones. Ojalá hoy todos hubiésemos ejercido de embajadores de buena voluntad.

Vivir en la periferia


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Todas las tardes vamos a visitar al perro Geo. Son dos horas de viaje para un rato de grata compañía. Merece la pena inyectar ánimo y ver como se está recuperando de forma rápida y casi milagrosa en boca de los veterinarios. Hoy incluso hemos ido a correr. Estaba feliz y radiante de nuevo. Algo hermoso le dio vida y creemos que saldrá de esta. La verdad es que la experiencia no ha tenido desperdicio. La fugacidad de la vida es impresionante. Hoy estamos aquí, tranquilos, leyendo, paseando, buceando en algún programa de televisión y mañana nos dicen que nos morimos, si es que da tiempo a que lo digan. Así de fulminante puede ser el instante en que nos enfrentemos al final.

Por alguna extraña razón llevo viviendo con esa sensación de fragilidad vital desde hace unos años. Morir psicológicamente tiene la ventaja de poder mirar a la vida con otros ojos. No es una mirada negativa ni anclada en la queja, es simplemente una mirada más amplia, como si la vida fuera un hilo conductor interminable que no tiene nada que ver con eso que llamamos “vida”.

Mañana viajo a Ginebra. Me invitaron a dar una pequeña locución cuyo título extraño es “el grupo progresa de una tierra ardiente a otra”. A la vuelta me han invitado en Radio Nacional de España a un programa llamado Club Dante, donde supongo que harán una entrevista para hablar de alguno de mis libros. Admito que después de algún tiempo retirado del mundanal ruido me da algo de pereza participar en este tipo de eventos. Ya ni siquiera hablo de política, algo que siempre me ha encantado y me ha sugestionado. Es como si la vida salvaje en los bosques me hubiera cambiado esa ansiedad por cambiar el mundo y por transformarlo y mostrara de paso mi parte más tímida, más silenciosa, más acallada.

Le explicaba esto a una buena amiga y me decía que las cosas hermosas hay que compartirlas, y que no necesariamente uno tiene que participar del ruido, sino mostrar una nota clave diferente. Vivir en la periferia sin compartir las grandezas de la vida sencilla puede resultar algo egoísta.

Uno nunca sabe el grado de implicación de todo esto. Uno nunca sabe si algo resuena, si algo llega a alguien, por muy minúsculo que parezca. Vivir en la periferia también puede resultar cómodo, pero admito, en el fondo de mi razón y compromiso con la vida, que el núcleo de todo este entramado requiere compartir. Y aunque a veces no nos gusten las formas de compartir, hay que hacerlo.

Compartir recursos, compartir dones, compartir talento, compartir una sonrisa, una mirada, una canción, un momento, una palabra dulce, un beso cariñoso. Compartir estas letras y la foto denuncia que hoy he colgado en FB admirado por el cariño que todo el mundo ha mostrado por Geo mientras que luego, sin razón alguna, se devora un lindo ternerito, un pobre cordero, un pequeño pollito. Claro que sí, compartir consciencia y sensibilidad, ideas y denuncias, compromiso y trozos profundos de creación. Intentaré hacer un ejercicio diario. Anotar en alguna parte todo aquello que comparta en un día. Quizás me ayude a entender la urgencia de compartir, la urgencia de actuar, aunque sea desde la periferia, aunque sea desde este extraño punto de quietud.

(Foto: Esta tarde con el perro Geo en el hospital veterinario de Lugo, bajo una foto denuncia y feliz por ver que ya tiene las orejitas levantadas).

Geo. Vida fugaz


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El perro Geo pasó su primera noche fuera sin mucha suerte. Tenía calor en la pequeña caravana tras esos días de alta temperatura, inusual para este tiempo. Le abrimos la puerta y no apareció hasta el día siguiente con los ojos hinchados y no con muy buen aspecto. Durante una semana le hicimos de todo en la veterinaria de la ciudad. No había mejora. Al ver que todos los tratamientos no respondían, lo llevamos de urgencia al hospital universitario de Lugo. Dejamos todo lo que estábamos haciendo, cogimos el coche y fuimos volando hasta el lugar. Allí nos atendieron rápido y muy bien. Participamos de todas las pruebas que le hicieron. La exploración fue exhausta y profesional. El hospital universitario para animales está muy bien preparado.

Tras horas de pruebas y alguna espera, la veterinaria se acercó con cara grave y nos dio la noticia: “Geo está muy mal, puede que le queden tres días de vida”. En ese momento no dábamos crédito. Durante toda la semana veíamos que Geo estaba malito, pero nunca llegamos a pensar que la gravedad fuera tal. Cuando escuchamos las palabras de la veterinaria algo se paró. Diría que el universo entero se inmovilizó en ese instante.

Realmente no estamos preparados para esas noticias. Nos pasamos todo el día acompañando al Geo moribundo en el hospital y a la vuelta nos encontramos un baño de lágrimas de todos los que durante este tiempo han convivido con el amigo fiel. El cariño y la generosidad que este perro siempre ha despertado en todo el mundo superaba una prueba tan dura.

No quisimos llorar más ni perder la esperanza. No queríamos pensar que todo terminaba así, de forma tan fugaz. Tratar de enviar energías positivas a un ser mortal a veces sirve más de placebo que de utilidad, pero como no sabemos realmente como funcionan los mecanismos ocultos de la vida, no paramos en todo el día de crear ese movimiento de fuerza y vida para enviárselo al perrito de tan solo un año.

Hoy volvimos al hospital por la mañana y por la tarde para estar con él, para que no se sintiera tan solo y abandonado en esa jaula gris y oscura donde cuidan con mimo y cariño a todos los animalitos enfermos. Geo, con poca fuerza, se alegró al vernos. Meneó algo el rabo y nos miró con cariño, como siempre hace. Pudimos sacarlo a pasear, le dimos algún masaje, charlamos con él para darle ánimo y tuvimos la alegría de ver como comía alguna cosa estando con nosotros. Un fallo renal puede ser fulminante. Quizás mañana Geo no esté. Quizás la vida decida darle una tregua quien sabe si de dos días, de cinco días. Tal vez el último aliento de esperanza brote en este hermoso ser y algo decida que permanezca recuperado entre nosotros. A día de hoy no sabemos nada. Sólo nos agarramos al misterio, a la esperanza, al agradecimiento por haber vivido un año plagado de hermosura, generosidad y cariño.

Sentimos cierta angustia, pero también nos valemos de la fortaleza de pensar que la vida es así. Hoy estás vivo. Mañana te vas. Así, de forma fugaz. La vida es fugitiva y efímera. La vida sigue siendo un gran misterio. Ánimo querido Geo, la vida también es un milagro.

Buscadores


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Hoy hemos despedido por la mañana a una hermosa familia que ha pasado unos días con nosotros y por la tarde a Marc, un peregrino de la vida que viaja con su perrita y su autocaravana buscando su lugar en el mundo. Hizo un buen tándem con Luis, un joven que está experimentando el vivir en comunidad durante veintiún días, en ese programa especial que hemos diseñado para practicar el silencio y la escucha activa con la naturaleza.

O Couso es un foco de atención, de curiosidad, de reposo, de aprendizaje, de experimentación. También es un lugar para dar cobijo a ese enjambre incansable de buscadores que hormiguean de un lado a otro anhelando algo. Los acogemos siempre con cariño y respeto observando que a veces ese algo es una carencia, una necesidad, un sueño, una ilusión, una esperanza, un anhelo o un sentido profundo enfrentado a la propia existencia. En el fondo el ser humano siempre ha sido un buscador, un conquistador de nuevos horizontes, de nuevas alturas. Resulta difícil, no importa si es en el plano material o en el espiritual, permanecer quieto sin anhelar esa búsqueda.

En el fondo de todo buscamos un sentido, una respuesta. Sin saberlo, intuimos que todo puede estar dentro de algún orden que desconocemos, que de alguna forma, participamos de un propósito mayor difícilmente entendible. La búsqueda pretende aproximar nuestra mirada hacia ese más allá de nosotros y participar del festín de la vida en su máximo esplendor.

Los buscadores salen fuera de su colmena interior y van de flor en flor con el deseo de traer algo a casa. En esa búsqueda incansable, laboriosa, encuentran todo tipo de estímulos para seguir avanzando. Siempre avanzando hacia todas partes.

Hoy Marc nos decía que si no encontraba su comunidad ideal montaría una propia. Nosotros, que ya vivimos en un experimento de comunidad, nos damos cuenta de lo dificultoso que resulta encontrar en su pureza ese ideal que llevamos dentro, y de paso hacerlo atrayente al visitante. Somos humanos, torbellinos fluctuantes que no descansamos ante ningún tipo de descubrimiento. Siempre queremos más. Quizás por eso resulte curioso todos los experimentos comunitarios que brotan como flores en primavera para luego darse cuenta de que están solos. ¿Dónde está la gente? ¿Dónde la comunidad? Todos llegaron pero se fueron. Siguen buscando.

A veces esa incansable búsqueda también encierra una huida hacia delante que pretende evitar el gran reto del compromiso y la responsabilidad. Vivir en comunidad no deja de ser una obligación seria que nos obliga a adaptar muchas cosas de nosotros mismos para el bien común. El colectivo humano está atravesando uno de los momentos más egoístas e individualistas que se conocen de la historia, y resulta complejo desapegarse de ese estructura. ¿Cómo entonces vivir en comunidad sin asumir retos, compromisos, responsabilidad y esfuerzo? ¿Cómo hacerlo además renunciando a buena parte de nuestro ideal comunitario?

Vivir en comunidad no es ninguna panacea. Cuando se presenta realmente la oportunidad muchos huyen o tiran la toalla porque cuesta mucho sacrificar un ego domeñado a las vicisitudes de nuestros caprichos interiores. Para vivir en un nuevo paradigma debemos convertirnos primero en ese paradigma. No podemos crear un mundo nuevo si antes no hemos participado del mismo desde nuestra más sincera entrega. Podremos hablar una y otra vez sobre el nuevo mundo, podremos imaginarlo, añorarlo, buscarlo. Pero si no damos un paso, si no somos capaces de abrazar el ideal y marcar con nuestras manos las tierras en el barro, nada será real.

Mientras entendemos todo esto, el tiempo pasa y nosotros seguimos buscando. Algún día descubriremos, bajo el mando cálido de una primavera cualquiera, que aquel anhelo siempre estuvo ahí, dentro de nosotros, y que sólo bastaba con un pequeño paso hacia el nosotros para descubrir lo verdadero de su estímulo. Valor, confianza, fortaleza. Ese tipo de cosas nos poseen y entonces dejamos de buscar para enfrentarnos a la construcción de una vida nueva, de un mundo nuevo, de un sentido más profundo y duradero. Sigamos buscando dentro y fuera. Está bien. Pero labremos con surcos y sudor el futuro anhelado.

La práctica del desapego


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La práctica del desapego es un buen ejercicio interior. Hay algo de nosotros que siempre nos pide crecer. Un buen trabajo, un mejor trabajo. Una buena casa, una casa más grande. Un bonito coche, un coche más potente. Lo llevamos dentro y casi resulta natural en el ser humano. Weber lo llamaba la desmesurada avaricia humana. Defendía que el capitalismo, de alguna forma, había podido regular esa avaricia, y por lo tanto, en el fondo, el capitalismo había sido algo bueno para poner orden en el descontrol natural del individuo y sus sociedades.

Desde hace unas semanas dejamos nuestra pequeña caravana para instalarnos en una caravana aún más pequeña. Una furgoneta diseñada para la vida nómada, esas que se hicieron tan populares en los años sesenta en el movimiento contracultural y hippie. Los asientos delanteros se han convertido en nuestro provisional armario y los traseros en la cama, algo más estrecha que la anterior, pero suficiente para albergar dos cuerpos, la cajita de la gata y el perro Geo, que duerme en el poco suelo que queda. Cuatro libros, dos cepillos de dientes y los desodorantes conforman la decoración de este nuevo hogar.

Ahora veo que la caravana donde hemos pasado el duro invierno era todo un lujo de lugar. Lo bueno de poder experimentar cosas complejas y difíciles es que aprendes a valorar lo que se tiene. Los que han dormido alguna vez en el suelo o en condiciones difíciles saben que cuando tienen una cama eso se convierte en algo impresionante.

Llevamos casi un año viviendo en las caravanas, aquí en el bosque, rodeados de prados, de belleza, de montes, de ríos que renacen en la primavera y cumplen su función natural. Levantarte con el trinar de los pájaros y con los primeros rayos del sol que inundan temprano este lugar forma parte del paisaje común. Sabemos que no todo el mundo estaría dispuesto a vivir así. De hecho, la humanidad, dicen, ha avanzado cuando el ser humano se acomodó en torno a las fábricas, surgiendo de ese movimiento del campo hacia la industria todo el conglomerado que llamamos ciudad. Dicen que eso fue un avance que contrajo innumerables ventajas para todos. Sin embargo, ahora que vivo lejos de la ciudad, me resultaría muy difícil, una vez experimentado este tipo de vida salvaje, el volver a la misma.

Vivir en la ciudad supone hipotecar al menos los próximos cuarenta años de tu vida para conseguir un apartamento no mucho más grande que esta caravana. Aquí al menos, el sentido de propiedad se difumina. Puedo salir de la caravana y pasear libremente por el bosque que nos rodea y que pertenece a todos. No tenemos que dedicar el resto de nuestras vidas a pagar una cuota, ni siquiera a pensar en el recibo de la luz o del agua, ya que la naturaleza es generosa y lo ofrece todo de forma gratuita. Me pregunto qué pasó con la tierra, porque alguien pensó que podía venderse o comprarse. Al menos en los próximos cien años, este lugar no podrá ser comercializado, ni vendido ni comprado, porque pertenece a todos.  DSC_0523

Esta vida no es mejor ni peor que la que podamos vivir en la ciudad. Es simplemente algo más libre, más ligera y más humana. Me refiero a que aquí nos saludamos todos por la mañana, compartimos algún ritual comunitario, desayunamos juntos, comemos juntos, trabajamos juntos y luego dedicamos las tardes a nuestra vida personal, ya sea interiormente o exteriormente. Hemos creado un pequeño campo de experimentación donde se está volviendo a valores de humildad y sencillez, de cooperación y respeto. Estamos de alguna forma vulnerando las leyes del crecimiento, del capital y de las finanzas. Necesitamos poco y de lo poco que necesitamos, necesitamos poco. Nos vale saber que estamos bien, que estamos logrando ser integrales con el entorno, con la vida, con la naturaleza. No existe la queja, solo el ánimo de levantarnos mañana para volver a abrazar a nuestro prójimo. Ese es nuestro sentido de vida. Esa es la hermosa experiencia de vivir en una pequeña caravana. A la vez que decrecemos materialmente, que abandonamos las cosas inútiles de la sociedad, algo crece dentro de nosotros.

Los disfraces del mal


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Y fue hecha una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón; y lidiaba el dragón y sus ángeles”. (Apocalipsis, 12-7)

Cuando bajaba desde las Tierras Altas atravesando el Canal de la Mancha pensé en desviarme unos kilómetros para visitar la impresionante abadía que se eleva sobre el Mont-Saint-Michel, en la región francesa de Normandía. Estaba acostumbrado a ver tan hermoso lugar por reportajes y fotografías y lo cierto es que el estar allí no decepciona.

Durante las semanas previas andaba pensando sobre el mal y sus disfraces. De cómo había algo que de alguna forma se había apoderado del ser humano y su naturaleza. Algo ajeno a él mismo, algo extraño, que no conecta con sus atributos, pervirtiendo, incluso hasta su propia autodestrucción, todo el sentido natural de la vida. Me fijé por las fechas en el símbolo de San Jorge y su gran lanza venciendo al dragón. Cuando llegué a la abadía francesa me encontré de nuevo con el mismo símbolo universal, esta vez representado por el arcángel San Miguel, el jefe de todas las potestades angélicas, según la tradición.

El apocalipsis nos da claras pistas sobre lo que ocurrió en centurias pasadas: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”. En la iconografía clásica ese dragón parece que en parte es vencido por San Miguel, pero la victoria no se teje en la tierra, donde el dragón es lanzado, sino en los cielos. “Pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo”, nos recuerda el texto bíblico. Esto nos hace pensar que el mal hizo de este hermoso planeta sus vastos dominios.

Desde un punto de vista más contemporáneo y menos simbólico andaba analizando esa batalla. Cómo el materialismo, el egoísmo, la ignorancia y la avaricia se han apoderado incluso de aquellos lugares que alguna vez fueron santos o pretendieron guiar a la humanidad hacia un lugar de luz y remanso, hacia ese cielo que clama por atraer hacia sí almas peregrinas.

Regresaba, tras dos meses de larga incursión, algo enfadado y decepcionado por ver como el “mal” se había apoderado de un sueño que pretendía convertirse en una ciudad de la luz. Venía triste por ver como ese “mal” usa cualquier excusa para disfrazarse, a veces de forma inverosímil, incluso amorosa y amable, para perpetuar sus dominios. Me preguntaba de qué forma, nosotros, humanos ingenuos e ignorantes, podríamos protegernos de esos dominios, de esos disfraces, de esa terrible batalla invisible que está terminando con nuestro planeta y con nuestra propia subsistencia en el mismo. Pensaba como de alguna forma el ser humano se está convirtiendo en una plaga, en un cáncer para el planeta, y que pocos son los anticuerpos que como San Miguel, intentan vencer al dragón, a la serpiente antigua.

Venía extraño viendo las noticias atroces y cómo el egoísmo y la sinrazón se apodera de todo. Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones diarias son fruto y alimento de ese mal, de esa terrible cosa que no somos capaces de ver porque sus disfraces son invisibles y poderosos. No nos damos cuenta, pero el mal está en todas partes. Vivimos persuadidos por sus amables potestades. No somos aún conscientes de que el ser humano ya forma parte de ese mal. No nos damos cuenta, pero estamos convirtiendo nuestras vidas en un afanoso dragón. No somos héroes que podamos enfrentarnos a la bestia. Sólo pobres cobardes que bailan al son de la necesidad y el egoísmo. Sólo meras marionetas de algo que aún no hemos entendido.

Retornos


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Estimados amigos,

Por fin llegó la primavera a O Couso y con ella el movimiento, la actividad y el trabajo de acondicionamiento de la finca que empieza a recobrar esa vida necesaria para poder acoger cada día a más gente bonita. El campo, el valle, el bosque, está todo radiante y las piedras de la casa, las cuales limpiamos una a una, están recobrando el brillo esperado para esta nueva realidad.

Aprovechamos que las obras en el tejado están empezando para poder realizar los retornos de la campaña de cofinanciación que hicimos con Goteo gracias al incansable y generoso apoyo y trabajo de nuestro querido amigo Rafael.

Al final, en toda la campaña, recibimos las siguientes cantidades:

a) 11.628,66 € de la campaña de Goteo.

b)   5.500 € de transferencias directas a nuestra cuenta.

En total han sido 17.128,66 € que de momento hemos empleado de la siguiente manera:

a) 13.220 € en la cara norte del tejado.

b) 1.230 € en el suelo de la segunda habitación que estamos rehabilitando.

c) 786,50 € en la rehabilitación del suelo de piedra de la ermita.

d) 660 € en dos ventanas que pusimos en la primera habitación.

e) 1232,16 € en otros como la gestoría, la acogida, gastos corrientes, etc.

Aunque ya lo hemos hecho de diferentes maneras, queremos aprovechar este hermoso tiempo para daros de nuevo las gracias por hacer posible este trabajo de compartir e inspirar. Estamos demostrando que un mundo nuevo es posible trabajando desde la generosidad, el compartir, el silencio constructivo y la regeneración del espíritu de la buena voluntad. Estamos recibiendo testimonios de las personas que nos visitan que realmente nos conmueve y nos anima a seguir adelante. Gracias de corazón por vuestras letras de apoyo y ánimo y por vuestros mensajes de aliento. Cualquier gesto, por pequeño que sea, es siempre recibido como un hermoso regalo.

Pasó el rígido invierno, sobrevivimos a las condiciones más duras y ahora en primavera no paramos de trabajar en todo el trabajo ingente que requiere el proyecto. Unos vienen y otros se van, pero siempre queda un trozo de luz y llama ardiente que iluminan algo más este lugar. Ya hay valientes que están experimentando los veintiún días de experiencia, el voluntariado, los tres meses de experiencia e incluso los dos años. Algo hermoso se está moviendo.

Gracias a vosotros hemos podido condicionar una parte importante del tejado, la parte norte que estaba llena de goteras. Ahora queda la parte sur y levantar toda la parte que durante estos siglos se ha caído, lo cual supondrá un gran esfuerzo económico. Para este verano esperamos tener habilitadas tres habitaciones, por lo que habrá mucha gente que podrá dormir a cubierto en las experiencias estivales. Seguimos sin tener agua corriente ni luz eléctrica ni lavabos ni duchas. Es algo que iremos resolviendo poco a poco y lo sorprendente es que esto no ha sido impedimento para que familias enteras pasaran con nosotros unas semanas inolvidables. .

Por supuesto, estás invitado a visitarnos o convivir con nosotros el tiempo que necesites con nuestra máxima agradecida: “deja lo que puedas, coge lo que necesites”. Siempre eres bienvenido, siempre formas parte del nosotros.

Los próximos retos serán poder comprar unas placas solares y una bomba para el pozo para poder disponer de agua corriente y algo de electricidad. También seguir adecuando habitaciones a medida que vamos arreglando el tejado. Todo poco a poco, todo para ofrecer la mejor de las acogidas.

En amoroso servicio y agradecidos,

Los Amigos de O Couso

Pd.- Algunos nos habéis preguntado de qué forma se puede seguir colaborando económicamente. Recordad que podéis hacerlo en nuestra cuenta de paypal: info@dharana.org o desde la cuenta bancaria de la fundación:

Triodos Bank: TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 21 2122372325

Primavera


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Esplendor. Renacimiento. Renovación. Restitución. Floración. Mil flores. Aromas. Ternura. Verdor. El perro corriendo por el prado. La gata sobre el tejado mirando el horizonte. Una legión de pajarillos cantando a la primavera. El concierto solo es un preludio. Un aviso de que la vida vuelve a explotar, a expandirse.

Llueve. La tierra húmeda y cálida. Su olor, ese olor acompañado de Lay Lady Lay de Bod Dylan. Ese paseo con risas. Esa mirada lejana, perdida, melancólica. Las hojas que nacen entre ramas tupidas. El manto oceánico que todo lo cubre. Las cumbres, las montañas, las doradas promesas. Unos que vienen y otros que se van, tristes o alegres, pero se van.

La luz brilla de forma especial. Hay una alegría poderosa en todo lo que ocurre. Das vueltas sobre tu propio eje, con las manos extendidas mientras miras el cielo azul. Te tumbas en la hierba agotado y las gallinas te picotean los pies. Te revuelcas de un lado para otro hasta que alguien salta encima tuya y comienza el juego.

Miras las paredes de piedra. Observas una a una, fascinado por todo el trabajo de siglos pasados. Tocas la más grande y luego rozas con el aliento la más pequeña. Introduces el dedo entre los recovecos del tiempo y algo te susurra. Deseas abrazar toda la casa, cada piedra, cada rincón, cada trozo de madera añeja.

Mientras trabajas la madera encuentras un nido en el bosque. No hay tiempo. No necesitamos el tiempo. Amanece y silenciamos el rumor. Seguimos el día tranquilos, sin prisa, ¿para qué correr? La primavera llegó y todo continua. La mañana pasa entre trabajos y risas. Comemos algo y la tarde nos abraza con su encanto, con su paz, con su silencio reposado.

Las noches se hacen cortas. Estamos deseosos de que llegue el nuevo día. De que la vida se exprese en lo más profundo. Todo tiene un significado. Incluso el que paseando nos encontráramos a ese topillo travieso, al ciervo o al erizo. Todo lo que ocurre se teje en un entramado mágico, incomprensible, misterioso, que envuelve de orden todo cuanto ocurre.

Nosotros cumplimos nuestra parte. No importa la estación en la que estemos, no importa el ciclo. Sabemos que todo cuanto ocurre procede de una intención que va más allá de nuestra comprensión. Sólo así, ante esta creencia, podemos abrazar con tranquilidad la inmensidad que nos envuelve.

Mientras sembramos la tierra sabemos que algo milagroso ocurrirá con la muerte de la semilla. Algo que en alguna parte del tiempo dará sus frutos que alimentarán nuestros cuerpos dotándolos de la energía y el calor suficiente para que a su vez nosotros también formemos parte del ciclo. ¿Cuál será nuestra muerte, y cual nuestro fruto? Hoy toca ser primavera, inspirar imágenes bellas, suaves tonos de estallido vital. Seguiremos en silencio buceando en la trama. Seguiremos sirviendo para que el mundo sea cada vez más sencillo y cercano.

Las plantas silvestres crecen desbordadas. Las lombrices se esconden en la tierra húmeda. Los cielos se preparan para albergar el cristalino azul. Seguimos invitando a la vida. Seguimos sumergidos en la vida. Luce el sol, brilla la existencia.

(Foto: Ayer construyendo un tejado recíproco para las nuevas letrinas de O Couso).