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"Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante". Walt Whitman
Por la mañana temprano estábamos en el despacho de Garrigues en un luminoso edificio del barrio de Salamanca de Madrid. Vestía con traje, corbata y zapatos, algo irreconocible ante la imagen que protagonicé, pijama en mano, el otro día en la tienda de los chinos. Intentábamos intermediar en un proyecto ambicioso cuando hace dos días doné mis últimos cinco euros a aquella enfadada mujer. Son las paradojas de la vida. Pasamos una mañana interesante y luego, por la tarde, pasamos un buen rato de charla con Fernando Sánchez Dragó, no con el personaje, que poco o nada me interesa, más bien con la persona, que dista mucho del primero y que, a mi parecer, merece una especial atención por lo interesante de su bagaje, su historia y su recorrido vital.
Nos ha regalado unos libros mientras acariciaba a sus cuatro o cinco gatos, uno a uno, de forma extraña, como si pudiera abrazar con ellos a todos los gatos del planeta. Uno de los libros que me ha dado se titula “Soseky, inmortal y tigre”. Mientras lo hacía decía casi con los ojos llorosos el profundo dolor que había sentido por la muerte de su gato. Algo extraño sentí en sus palabras.
No comprendía nada hasta que, sincronías de la vida, al despedirme de A. con un sentido abrazo ella me decía: “suenas como un río”. De eso hace escasos diez minutos. Me he puesto a escribir estas letras cuando me ha llamado Laura desde Cadaqués llorando como nunca he visto llorar a una mujer y mientras me decía que su gata Cuca acababa de morir. No podía dar crédito a toda la historia. Lloro mientras escribo estas letras y lloro mientras recojo mis cosas para ir corriendo al lado de Laura… y el espíritu de Cuca, la gata que se había enamorado del peregrino recién llegado. Joder.
Sed osados y fuerzas poderosas vendrán en vuestra ayuda… La frase salía de los adentros infinitos de un entusiasmado J. mientras comíamos en su Jardín del Morya un delicioso plato vegetariano que hemos compartido con su gata y A., recién llegada de encantados bosques africanos. Hemos pasado una tarde hermosa e intensa, cargada de reflexiones sobre la vida y sus misterios.
He acompañado a A. a su hotel y he venido corriendo hasta el zulito, donde me esperaba la sorpresa de tener por fin entre mis manos el libro de Ramiro Calle, “La genuina enseñanza del Buda”. Justo a tiempo, justo a hora, en el aquí y en el ahora. Para un joven y entusiasta editor es todo un honor el poder editar a personas de la talla de Ramiro. Y estoy hablando de esas personas especiales que nos recuerdan constantemente lo especiales que somos cada uno de nosotros. Y Ramiro en eso es experto. Por eso he cargado una bolsa de libros y he ido corriendo hasta su centro de yoga para llevarle entusiasmado la nueva criatura.
Como siempre me ha recibido con un cálido abrazo y me ha invitado a participar en una de sus increíbles sesiones de yoga mental. Allí ha hablado del punto de quietud, del equilibrio y del desequilibrio, de nuestro centro y de nuestras descentradas vidas. Al terminar hemos podido pasar un rato juntos hablando de nuestras cosas y hemos podido sentirnos hermanados en ese reconocimiento de almas que siempre son amables y bellas.
Como las almas de J. y de A. que con su generosidad a la hora de expresar el amor que conmueve a nuestros espíritus son capaces de transformar el mundo. Como la generosidad de aquellos que van por la vida entregando perlas a cambio de nada, desvelando misterios, transportando nuestras vidas a un sentido mayor, más profundo, más equilibrado.
Estoy convencido, y el día de hoy me lo ha mostrado, que cuando somos osados, que cuando caminamos firmes en nuestro propósito, fuerzas poderosas e increíbles vienen en nuestra ayuda. Hoy han pasado cosas que así lo demuestran. Hoy he estado con personas buenas que han osado en la vida y que con su ejemplo sirven de guía hacia la verdad y la belleza. Un día hermoso, sin desperdicio. Un día vivido con intensidad y amor.
Pd.- Os recomiendo encarecidamente el libro de Ramiro. Podéis comprarlo en: www.editorialnous.com
Recordad que los gastos de envío son gratuitos… 🙂
Ayer en el viaje terminó de fundirse mi viejo Iphone, comprado allá por el 2008 por un precio irrisorio pocos meses después de que fuera anunciado en Copérnico por la entonces revolucionaria Apple. Siempre me gustó ser pionero en casi todo, y en la tecnología, por aquellos tiempos, casi nadie me ganaba. Fui de los primeros en tener teléfono móvil cuando aún era un adolescente. De los primeros en tener un ordenador portátil y de los primeros en tenerlo con pantalla a color. También de los primeros en tener un coche híbrido y de los primeros en hacer todo tipo de locuras. Pero como digo, eran otros tiempos. Ahora estoy aprendiendo a ser el último en casi todo, por eso ayer, ante la inevitable pérdida del móvil, opté por comprarme el más barato que había en el Fnac de Callao, un Sony Xperia Tipo que me costó la friolera de cien euros. Los tiempos, los de ahora, han cambiado y para mejor, porque como digo, ahora ya no va de cosas, sino de experiencias. Y como Apple ya no ofrece experiencias si no cosas a muy alto precio además, pues viva el Sony bueno, bonito y barato.
Y digo la friolera porque eran los cien últimos euros que tenía disponibles para pasar estos días en Madrid, a la espera de vender algunos libros o de que ocurra algún milagro de esos que a veces pasan. En estos primeros seis meses tenía suficiente dinero para pasar los próximos otros seis meses desahogado, ya que en el mundo de los libros, a partir de abril la venta es mínima, casi anecdótica, y hay que aprovisionar el primer semestre para sobrevivir el segundo. Pero hace unas semanas me dieron la oportunidad de saldar una gran deuda pendiente y arriesgué todos los ahorros en esa deuda, quedándome, como dicen los físicos de la cuántica, a cero magnesio.
La anécdota la cuento porque este tipo de cosas siempre me hacen gracia, especialmente cuando se complican por acontecimientos inesperados como el de esta mañana. Permitidme que la cuente porque viene a cuento.
Me estaba cocinando unas croquetas que hizo mi madre y que tenía congeladas para momentos de emergencia (las últimas mamá, que sé que me lees). Mientras se enfriaban, fui en pijama de verano, con un pantalón rosa y una camiseta gris-perla a la tienda del chino a comprar algunas cosas con mis últimos diez euros. Cuando llegué había mucho ruido. Estaban los chinos discutiendo con una mujer latina sobre cinco euros que la mujer había perdido y reclamaba en la tienda. Cuando fui a pagar mis cosas, me sobraron justamente eso, cinco euros, mil últimos cinco euros. Así que los cogí y se los di a la señora diciéndole algo amable. La mujer, los chinos y la gente que había allí no daban crédito, especialmente cuando miraban mis chancletas y mi pijama rosa y gris-perla. Lo hice alegra y feliz y de corazón, sin mayor pretensión que la de terminar con una conversación violenta que se estaba calentando por momentos y que no preveía con buen fin ya que los chinos no estaban por la labor de devolver los supuestos cinco euros perdidos a la mujer.
Mientras todo eso pasaba llegaba el mensajero con los primeros ejemplares del último libro que hemos editado en Séneca. Se llama “Voces Prestadas” y es un relato sobre experiencias de mujeres que han pasado por procesos dramáticos de malos tratos. La situación de hoy en los chinos era de maltrato, de unos sobre otros, así que era un buen día para zanjarlo con gestos de otro tipo. Como el gesto de editar un libro-denuncia pero cargado de optimismo y esperanza sobre unas mujeres que han pasado por situaciones dramáticas. Un libro muy buen escrito por la generosa e increíble Grela Bravo, una mujer que ha experimentado en sus carnes, con sus entrevistas y trabajo, los relatos que ahora traslada tan bien hilados.
Así que beneficiándome de mi peculiar situación material, aprovecho para venderos este estupendo libro el cual espero que compréis a malsalva para vuestro provecho y el provecho de amigos, familiares, vecinos y conocidos que deseen apoyar esta causa. Digo lo de apoyar esta causa porque la buena de Grela ha cedido todos los derechos de autor a la Asociación de Mujeres para el Apoyo y Defensa de las Víctimas de Malos Tratos”. Así que gracias Grela y gracias a vosotros. No sé si me vendí bien, pero todo sea por la causa.
Por cierto, también vendemos la versión digital por… cinco euros…
Más info en: www.editorialseneca.es
Ayer en Cadaqués hacía frío. Llovía algo y teníamos la estufa puesta. Hoy, cuando he llegado a Madrid, me ha sorprendido los treinta grados de temperatura y ese tono azulado en todas sus calles. Era un gozo ver a las gentes plagadas de alegría por el buen tiempo, en manga corta, por fin, con ganas de salir a la calle para no entrar.
Ha sido un viaje tranquilo, con la sorpresa de ver terminado ya el Eje Transversal que atraviesa toda la Cataluña interior por paisajes asombrosos de montañas y bosques interminables. Al fondo se podía ver todo el Pirineo aún nevado en algunas de sus cumbres más altas. Y en silencio, disfrutaba viendo como atravesaba media España desde la costa Brava hasta el interior, desde el mar hasta la meseta.
El zulito, la crisálida, seguía aquí, esperando algún síntoma de vida. Me ha gustado volver después de todo lo que ha pasado. Me he sentido a gusto entre sus paredes. Al fin y al cabo aquí se gestó toda la aventura que ahora puedo vivir.
Y también ha sido extraño reencontrarme con la soledad después de tanto tiempo acompañado. Este silencio, esta ternura a la hora de sentir el roce de la presencia inquieta y profunda.
Y también la añoranza del calor, de la estufa, de los abrazos, de las charlas, del amor juguetón, primaveral, del sonido del mar, de la complicidad en la mirada y también en el porvenir, y en el devenir, y en el paseo nocturno o la broma continuada.
Una mezcla de todo, como un tapiz que se abre multicolor en la esfera de la vida, como un palpitar hermoso que muestra cada cosa como es, en esa realidad sin juicios ni prejuicios, en esa transformación constante, en ese alineamiento con el alma y con las almas, y con el espíritu de todas ellas.
No termino de acostumbrarme a tanta belleza y esplendor en cada reguero de vida. Eso me hace feliz y amable, constante y despierto ante cada reto. No hay nada como sentirte en paz por dentro a pesar de todo y no hay nada como dar gracias constantemente por todo lo que ocurre en el susurro de la vida. Demos gracias por todo, incluso por ese constante fluir de respiración y palpitar, incluso por esas lecciones, a veces duras, que la vida nos trae para que sigamos creciendo. Demos gracias aquí y ahora, aunque tan solo sea porque podemos hacerlo.
En estos tiempos de egoísmo y hedonismo extremo se ha perdido el sentido de la palabra servicio. La Sabiduría Eterna siempre ha expresado el servicio como una oportunidad de avanzar interiormente, de ponernos en contacto con el verdadero sentido de la vida, con la llama que elimina lo no esencial a cambio de aportar luz en nuestras vidas.
Hay personas que dan su vida y su amor, su tiempo y su dinero por causas mayores a la de sus propios intereses. No lo hacen por una falta emocional o un conflicto interior, si no porque han comprendido la responsabilidad profunda de ser humanos completos, capaces, alejados de la separatividad existente en el plano de la materia y cargados de entrega y vocación hacia un propósito mayor, de unidad, de comprensión y de valores sentidos.
Han comprendido que el ciclo de destrucción ha terminado y ahora toca apostar por construir un nuevo mundo, de saberse constructores que se ponen a trabajar afanosamente, primero ordenando su propia vida para luego volcarse a la cimentación del edificio social y humano.
La unidad del mundo, la hermandad, el intercambio, la comprensión de que existe un grupo de personas que trabajan activamente por el bien común, de forma invisible, silenciosa, desinteresada, capaces de provocar los cambios positivos que este mundo necesita. Hay cientos de personas que están por esa labor, y miles que los apoyan en silencio y de forma desinteresada, desde sus posibilidades, para que el trabajo sea más fructífero y llevadero.
Esa visión siempre nos lleva a completar el interrogante esencial: ¿cómo podemos ayudar más eficazmente? Pero es tanto y tanto lo que hay que hacer que casi no queda tiempo para entretenernos con la duda. Hay mucha necesidad y también mucha oportunidad de servicio. A veces tan solo con pequeños gestos diarios, en nuestro entorno más inmediato, limpiando nuestra personalidad y ego de frustraciones o emociones caducas. Otras reparando relaciones enemistadas, con amigos, con vecinos, con conocidos. O apoyando a causas mayores, o impulsando esa avanzadilla que ha entregado al cien por cien, bajo renuncias y sacrificios, su vida entera para ofrecerla en el altar del servicio a la humanidad. Tenemos ejemplos por todas partes. Personas que han fusionado en sí mismas virtudes latentes y han sido capaces de renunciar a sus intereses para trabajar constantemente en los intereses generales.
Esto no tiene nada que ver con un idealismo ingenuo o una llamada desesperada a la urgencia de los tiempos que corren. Significa un paso hacia una responsabilidad mayor. Empeñar parte de nuestras vidas en entender que existe la necesidad de apostar por un mundo más completo, mejor, alejado de las ambiciones y frustraciones personales y más cerca de la fraternidad entre todos los seres.
Eso significa alejarnos de la frustración, de la apatía y la depresión, de la tristeza y del egoísmo. Desviar la atención sobre lo que nos parece doloroso para poder contemplar el paisaje de la vida con una mayor amplitud de miras. A veces estamos tan centrados en nosotros mismos, en nuestros dolores de pies, que olvidamos el verdadero sentido de caminar por la existencia. Olvidamos que somos seres comunes, pero espiritualmente orientados hacia metas mayores, hacia una consciencia más amplia de todo lo que acontece. Y esa inevitable orientación, esa intuición necesaria nos ha de conducir hacia una responsabilidad mayor, alejándonos de las quejas continuas de nuestras vidas y buceando en la comprensión amorosa y amplia de una vida más amplia.
Debemos alejar de nosotros el temor hacia esa comprensión mayor y acercar la necesidad de servir a esa causa que interiormente nos llama. Una causa que siempre empieza por los pequeños detalles de la vida cotidiana. No hay coerción ni presión. Sólo el vasto abanico de la experiencia que nos espera impaciente para completar el ciclo. Siendo así, existe una vida liberadora que nos está esperando.
Llovía torrencialmente. Cogimos el coche temprano y desfilamos por todo el Empordà, dejando atrás el Maresme y atravesando Barcelona. Fuimos a ver a la familia y luego a dar un paseo con viejos amigos. Paseamos por el Gótico ya con un tiempo hermoso, cargado de sol y de luz, recordando viejos tiempos. Mi hermana me recordó cuando una vez la llevé, muy de joven, para escuchar a Mario Ruíz, un cantautor que solía compartir su música justo en frente de la catedral, en un lugar mágico al que acudía todos los sábados para disfrutar de momentos únicos. Le pedí a Mario que cantara la canción de “Yolanda” –así se llama mi hermana-. Ella me recordaba emocionada que no paró de llorar y que siempre retendrá ese regalo único.
Me emocionó evocar ese instante, o el que ella aún lo recordara emocionada. Me di cuenta de todos los instantes que perdemos, o que nuestra memoria va olvidando, o apartando sucintamente para dejar paso a otras cosas, a otras emociones. O de aquellos que por alguna extraña razón se anclan en el tiempo y en el espacio y nos acompañan para siempre.
Seguimos el paseo hasta tarde, muy tarde, llegando de madrugada de nuevo a Cadaqués y recordando en el viaje de vuelta la necesidad que tenemos en relación con nuestros semejantes, que no es otra cosa que estimular su luz interior, la que está en ellos, dándoles libertad para que caminen a su manera, con su propia visión sobre las cosas. Sólo estimulando la necesidad de libertad, de claridad mental, de lucidez para enfrentarse a las tareas de la vida, pero sin presionar o coaccionar sobre nada.
En unos días vuelvo a Madrid. Estaré algo menos de una semana tratando de ordenar algunos asuntos antes de volver de nuevo al mar y la tranquilidad de este encantador y hermoso lugar. Ya hemos decidido pasar todo el verano en Cadaqués preparando los retos que se nos avecinan. Esto permitirá reconciliarme de paso con muchas cosas antes de que llegue el otoño y demos ese salto cuántico que se nos exige en nuestras vidas. Al menos esa es la previsión que percibimos desde la quietud y el aroma de la visión profunda.
Desde que marché al Camino no han parado de pasar cosas. Aunque ayer alguien me recordaba que en la vida no paran de pasar cosas. Ningún día es igual al otro. Hoy domingo lo dedico a trabajar pero quizás mañana lunes, o el martes, o el miércoles, esté viajando en búsqueda de nuevas aventuras. No hay diferencia entre un lunes y un domingo. Todos los días son iguales o distintos, recordando a cada instante que todo momento es único e irrepetible.
La gata Cuca duerme en mi regazo mientras veo como llueve ahí fuera y escribo estas letras. Hay un silencio hermoso solo roto por el ajetreo de algunos pajarillos y el sonido de las olas que golpean las rocas de las calas que tenemos aquí al lado. En este riguroso retiro no hay morbosidad alguna, ni separatividad con nada. Sólo existe, como describe el viejo comentario, ese lugar “donde se permanece desapegado y sin temor, ese lugar de total quietud donde llega la plenitud y desaparece la soledad”. Aquí, interiormente, preparamos el asalto al reto, a la meta inmediata, a ese estadio donde se derrumba la ambición personal y se da paso a la visión de la necesidad compleja. Buscamos atender la morada en el lugar secreto, buscamos hollar el sendero del desprendimiento necesario, el camino a lo más recóndito.
Parece ya un tópico la solicitud sistemática por parte de la sociedad civil de cosas tan evidentes y necesarias como las listas abiertas, ciertos mecanismos de control inmediato a nuestros elegidos, limitación de tiempo en el poder, una vía directa de proposición de leyes de los ciudadanos a las Cortes… Reflexionaba sobre ello mientras leía el artículo que Koldo Aldai compartía en su blog ClaraLuz sobre el futuro político de nuestro país. Es una evidencia que la estrecha dicotomía izquierda/derecha ya ha muerto, y que arrastramos de alguna forma dos cadáveres que alimentamos y que están necesariamente destinados a desaparecer. Al menos en cuanto decidamos de una vez enterrar por fin nuestros muertos, los de ambos bandos, y las nuevas generaciones olviden que existió eso que llamamos guerra civil, que no es otra cosa que guerra entre hermanos y hermanas. Y no me refiero al olvido de los errores que todos cometimos. Si no del odio de unos sobre otros. ¿Cómo enterrar a los cadáveres políticos? Primero tomando conciencia de que en nuestro país partidos como el PSOE y el PP –ambos representantes patentes de la vieja dicotomía izquierda/derecha- no están preparados para liderar la nueva emergencia política. Anclados y anquilosados en el poder, su único y prioritario objetivo continua siendo seguir anclados y anquilosados al poder. Por lo tanto, no pueden ser los abanderados de ningún cambio, puesto que sus preocupaciones van por otros derroteros. No podrán nunca representar la revolución necesaria porque esa misma premisa va en contra de su máxima preocupación y de su endogámica supervivencia. ¿Qué nos queda hacer a los que creemos más en el futuro que en el pasado? Hay un trabajo de fondo, de concienciación de la ciudadanía que por miedo o ignorancia seguirán apoyando a los de siempre. Esa falsa lealtad a los que lo hacen mal y no son ni serán capaces de hacerlo mejor crea una especie de sinergia que se autoalimenta desde el oscurantismo e incluso el sectarismo de pertenecer a tal o cual partido. Es una simbiosis, la del ciudadano con lo de siempre, que hay que romper. Primero apoyando claramente las opciones que sí promueven esos cambios básicos para seguir hablando. Luego fomentar aquellos que van más allá, que tienen miras capaces de prever problemas futuros y soluciones ejemplares. Hay que dotar a los nuevos partidos, a las avanzaderas del cambio, de personas loables, de noble conducta y dignos valores. Proyectar y promover a los jóvenes que deberán capitanear, pro tempore, el cambio necesario, jubilando a los dinosaurios que viven año tras años, década tras década, de la política y el poder. ¿Alternativas? Los nuevos partidos que se atreven a romper con los tópicos añejos y que se alejan de lo rancio y caduco. Miremos sin desconfianza a partidos como EQUO, por poner tan sólo un ejemplo de algo que viene con un marcado carácter nuevo y renovado. No tengamos miedo al cambio. Lo necesitamos y lo exigimos.
Somos conducta
No somos lo que tenemos. No somos lo que hacemos, nuestra profesión, nuestro tiempo o nuestro dinero. No somos donde nacemos. No somos españoles o catalanes o franceses. No somos nuestras posesiones o nuestras casas o nuestros coches. Ni somos nuestro ordenador ni nuestro móvil de última generación ni nuestras marcas de moda. No somos lo que ganamos o perdemos, ni somos aquello que los demás creen, bajo superstición o creencia, que somos. No somos lo que vestimos ni somos lo que comemos. Ni siquiera somos lo que seremos o lo que fuimos. No somos pasado ni futuro.
No somos religión ni patria ni nación. Somos hijos del espíritu y de la tierra. Y sólo nos debemos al espíritu y a la tierra que al crearnos nos dotó de vida, inteligencia y consciencia. Nos dio un cuerpo que es nuestro templo, que debemos conservar limpio, puro, cristalino para que pueda manifestarse el espíritu, que es aquello que nos hace humanos y sabios. Ese espíritu solo puede manifestarse en cristales nítidos y pulidos, solo penetra a entidades que han sido capaces de crecer en la virtud y la belleza, desdeñando todo aquello que arrincona lo sublime y excelso.
Somos soplo de vida en un gerundio que nos preña constantemente. Somos consciencia que abraza esta vida y la comparte, como un sol que lanza sus rayos sin juzgar, sin adjetivar. Por eso el verdadero mundo, ese que vigila expectante nuestro progreso no premiará lo que hayamos acumulado, lo que tengamos al final de nuestros días, esas cosas vencidas y apolilladas por el tiempo. Laurearán nuestra conducta, porque al final, en el atardecer de nuestro leve paso por este mundo, será la conducta, nuestra bella conducta la que quedará como poso en el sabio devenir.
Seamos pues conducta. Seamos luz para el mundo y para nosotros mismos. Aprendamos a ser soles, es decir, puro amor, pura atracción de estrellas sobre estrellas, de luminarias sobre luminarias. Hagamos bien las cosas en la medida que podamos. Y hacer bien las cosas es creer en la capacidad de nuestra consciencia para abastecer a la vida de generosidad y magnificencia, de belleza y calor. Todo lo que nos separe de esa premisa nos separará inevitablemente de nosotros mismos y de nuestra misión como seres. Porque no hay mayor propósito que el de enfrentarnos abiertamente a nuestro interior y descubrir las riquezas que allí nos esperan. Paz, armonía, amor, belleza, generosidad. Eso somos. Somos conducta, somos seres refulgentes.
Existe una imperante moda que nos habla constantemente de vivir en la abundancia. Hay muchos que aún confunden la palabra abundancia con el tener y poseer mucho dinero, mucho poder, el conducir un lujoso coche alemán o tener avión privado o un buen trabajo o prestigio o privilegios. O simplemente vivir bien sin hacer nada.
La verdadera abundancia es más ascética. Es vivir hoy con lo que necesitamos hoy. ¿Qué necesitamos realmente hoy, en este instante? ¿Necesitamos hoy hipotecar nuestras vidas a treinta o cuarenta años? ¿Necesitamos pagar durante ocho o diez años un coche? ¿Necesitamos trabajar ocho o diez o doce horas al día para pagar todas esas cosas? ¿Necesitamos invertir nuestros ahorros en bolsa y especular sobre los mismos? ¿Necesitamos gastar y gastar para tener y tener?
Quizás hoy necesitemos realmente otras cosas. Levantarnos alegres, tomar en buena compañía un sabroso desayuno. Quizás reflexionar a qué nos gustaría realmente dedicar nuestros próximos diez años, qué clase de trabajo o actividad satisfacería nuestras verdaderas inquietudes. Tal vez pensar qué es aquello que nos ilumina cuando lo hacemos. ¿Y si profundizamos y buceamos en nuestro verdadero propósito vital? Si lo hacemos a lo mejor nos damos cuenta de que lo que verdaderamente nos gusta, lo que deseamos ardientemente lo tenemos enterrado u olvidado por miedo, por falta de tiempo, por falta de fuerzas.
Quizás nunca hemos deseado ser un gran empresario de éxito, o trabajar para una multinacional, o pasar doce horas al día trabajando como un siervo o un esclavo para ganar algo de dinero con el que pagar coches e hipotecas imposibles.
Luego vienen los engaños, los miedos. Es que tengo que pagar el colegio de mis hijos, la universidad. Y cuando vienen esos miedos siempre nos debemos preguntar qué clase de educación recibimos en los colegios y en las universidades y qué clase de educación queremos realmente ofrecer a los nuestros. ¿Cuántas cosas estamos limitando o reservando para ese futuro que nunca llega porque tenemos miedo a hacernos esa sencilla pregunta? ¿Qué necesitamos realmente hoy?
Os propongo un paseo por vuestras casas. Entrad en ellas imaginando que mañana tenéis que emprender un largo viaje y que sólo podéis llevaros lo que quepa en una pequeña mochila. Entrad en la habitación, en el salón, en la cocina, y veréis de repente miles de objetos inútiles que hemos ido acumulando innecesariamente durante todos estos años. Ahora coged una bolsa y meted todo aquello que os sobre, liberad espacio de vuestras casas. Y luego, haced lo mismo con vuestro interior. Liberad espacio de vuestra mente, de vuestros corazones. Limpiad de basura y objetos y pensamientos y emociones inservibles vuestras vidas. Cuando hagáis eso empezaréis a vivir en la verdadera abundancia. En la abundancia de no necesitar nada y de preguntaros todos los días la misma pregunta: ¿qué necesito realmente hoy?
El Sistema no es una palabra rimbombante. Ni una entelequia más. Es nada más y nada menos que la suma de nuestras individualidades. Es decir, el Sistema es el alma que se alimenta del conjunto de los seres humanos. Realmente el Sistema y la Estructura que lo soporta es el producto, la suma de todas nuestras acciones, nuestras emociones y nuestros pensamientos.
Siendo así, la sospecha nunca debe recaer sobre el Sistema, sino sobre nosotros mismos. Hay en esto siempre un error de perspectiva. Tendemos a señalar al otro o a lo otro como culpables de nuestras desgracias. Lo fácil es decir que el Sistema hace aguas o que el Sistema está mal o que el Sistema es abominable, sin caer en la cuenta de nuestro grado de responsabilidad en cuanto al mismo. Somos nosotros, con nuestras acciones egoístas, nuestros pensamientos estrechos, nuestras emociones corruptas y en general, nuestra ignorancia y ceguera los que pervertimos constantemente al Sistema.
Por eso es necesario ponerse en cuarentena no tan sólo del Sistema, sino también de nosotros mismos. Analizar una por una nuestras vidas y nuestras formas de relacionarnos con el otro, con lo otro. Especialmente nuestra forma de relacionarnos con el prójimo y con la Naturaleza.
Existen inteligentes pensadores y críticos eruditos que nos advierten del momento pesimista en el que nos encontramos. Aluden a la necesidad imperante de parar. Parar el egoísmo, el consumismo, la necesidad de poder por el poder, la necesidad de competir por competir. Sugieren que cambiemos nuestras formas de pensar, de entender el mundo. Que empecemos por consumir momentos de felicidad, y no cosas. Que cambiemos los objetos por las experiencias.
Que en vez de cambiar el coche cada cuatro años bajemos nuestra jornada laboral para que podamos disfrutar más de nuestro tiempo. Que en vez de consumir perpetuamente cosas inútiles vayamos más al campo, disfrutemos de los amigos y empecemos a consumir instantes de experiencias únicas e irrepetibles. Cuando estemos en el atardecer de nuestras vidas nunca vamos a recordar cuantos zapatos gastamos al año o cuantos vestidos nos compramos en tal o cual fecha. Pero sí recordaremos ese viaje, ese encuentro, ese abrazo.
La educación a nuestros hijos ya no puede basarse en la competitividad, sino en el apoyo mutuo, en la cooperación. Ya no podemos inculcarles el modelo de tener cosas, las mejoras cosas, sino que debemos, responsablemente, advertirles de la necesidad de poseer mejores momentos y experiencias. La educación, la reeducación hacia un nuevo modelo salvará a las futuras generaciones del choque frontal al que estamos abocados si no somos capaces de parar esta máquina de ceguera. El Sistema colapsará tarde o temprano, o la propia Naturaleza lo hará colapsar si no somos capaces de abrirnos a una nueva forma de entender la vida.
Debemos ponernos a salvo del Sistema que hemos proyectado, y debemos empezar poniéndonos a salvo de nosotros mismos. ¿Cómo hacerlo? Debemos reemplazar la actual estructura moral, nuestros valores y prioridades. Sobre todo, debemos cambiar nuestra conducta y nuestros hábitos más arraigados, desde nuestra forma de comer hasta nuestra forma de interaccionar con el medio. Conductas y hábitos que por ser “normales” en nuestra sociedad los normalizamos en nuestras vidas ordinarias sin darnos nunca cuenta de cuan desastrosos son para nosotros mismos y para el conjunto. Tenemos mucho por hacer para cambiar el Sistema, pero sobre todo, mucha tarea para cambiar nosotros mismos. Hagamos nuestra parte. Labremos nuestra parcela de cambio.
Suena la sonata para piano número dos, el Funeral March de Chopin. Muy cerca el graznido de las gaviotas y las olas del mar bajando la calle de escaleras y pizarra. Hay muros bajos de piedra seca que separan a unos y a otros en sus pequeñas parcelitas de ilusión. Desde la ventana ojeo sus casas blancas que salen como setas de entre la sierra madre, todas mirando al mar, buceando entre sus ventanales e interrogándose sobre el diluvio. Bajando la calle están las calas y las barquitas de pescadores que ya al alba, focos en popa, atraen la pesca nocturna.
Algunos, pocos, se quejan del paraíso, de sus gentes, de su monotonía. Esperan al verano para salir del arrinconado vacío del invierno y aprovechan cualquier excusa para salir del sueño. Porque vivir en el paraíso también tiene sus consecuencias, y una de ellas es vivir atados a la pesadumbre de la inercia, a la cerrazón de lo cotidiano.
Incluso los gatos que cotean la calle en busca de algún manjar parecen aburridos. Aquí hay muchos gatos y muchas gaviotas que sobrevuelan las chimeneas ya apagadas, alejadas de las preocupaciones mundanas de los humanos, del poder y del dinero, de la ostentación y la codicia, del egoísmo y la cerrazón. Mientras descansan y nosotros empezamos a leer algún libro de Campbell o Dostoyevsky, ya de noche, podemos escuchar las canciones ininterrumpidas que salen del café de La Habana. Bajando la calle de escaleras y pizarra, justo a la izquierda, en la Punta d’en Pampa, se deslizan canciones francesas y canción protesta que nace de los labios de Nanu, el dueño del bar. Protesta necesaria, aunque sea casual, aunque brille desde la melancolía o el despertar de esa nueva consciencia que poco a poco invadirá todas las orbes. Quizás en cien o mil años. Ya no importa el tiempo con tal de que se convierta en un nuevo renacimiento del ser humano.
La nostalgia forma parte del clima de esta pequeña isla peninsular, aislada por montañas del resto del mundo. En lo físico y en lo psicológico, porque vivir aquí es como vivir fuera del mundo, aislados y apartados de los problemas que reclaman cierta atención. ¿No será que el paraíso tiene estas cosas? Tanta belleza, tanta calma, tanta armonía entre las olas del mar te imbuyen en una especie de entelequia distante, apartada, errante, endogámica. Llegar al paraíso es como llegar al final de una larga estación. Aparcas el último tren y ya solo queda esperar.
Dicen que aquí la presión es más baja y que puedes pasarte doce horas seguidas durmiendo, o sin hacer absolutamente nada excepto contemplar el mar y el paso de los barcos a lo lejos. Todo se ralentiza de forma que cada paso es como caminar un día entero. Dormir algo, comer algo, la inevitable siesta española, la playa, el mar, el paseo nocturno, las canciones de Nanu antes de dormir de nuevo. Trabajar algo para poder sostener el paraíso y vuelta a empezar. No está mal, al menos para los espíritus que deseen deambular por este tipo de vida calma.
Los inquietos buceadores de aventuras sufrirían depresión en un lugar tan hermoso y sereno. Los espíritus acostumbrados a mirar el cielo plagado de luminarias pronto sentirían nostalgia de la inmensidad que ningún mar puede cubrir. Y tarde o temprano, abandonarían la isla perpleja, el paraíso, para adentrarse de nuevo en la inevitable aventura del vivir. Eso ocurrirá irremediablemente con estos mendas que ya echan de menos los caminos y el dolor de los pies. El paraíso está bien, pero que no cuenten con nosotros para decorar sus calles y playas. El mundo espera y reclama, por eso los Bodhisattvas, a diferencia de los arhats, siempre renuncian a los paraísos.
Es hermoso rodearte de personas que te permiten codearte frente a frente con la generosidad y el amor. Te puedes sentar a su lado porque no hacen ruido. Puedes sentir el eco de su silencio y ver como quema su naturaleza en absoluta armonía y paz. La combustión a su lado es apacible. Es como estar frente a una chimenea y sentir el calor y la luz de la vida sigilosa. Esas personas te hacen comprender que realmente no existe la dualidad. No existe la separatividad, no existe el yo separado, hechizado por la ilusión de ser algo diferente al resto. Estar con ellas es como ser ellas. Realmente no hay nada que entender ni explicar a su lado. Su presencia rescata ese algo más profundo , ese atril de comprensión absoluta que no requiere ni exige, que tan solo plasma un estado de suprema liberación.
Permanecen sosegados sin dejar residuos, sin molestar a nadie, sin pedir nada a cambio de su presencia. Son conciencia innata, malabaristas de la consciencia misma, del perdón y la modestia de su prudente presencia. Son como caminos sin senderos, donde cada paso te acerca más a su persona al mismo tiempo que te aleja más de ti. Y en esa confusión comprendes que no hay una meta, que no existe un inicio y un fin, sino que todo se regula bajo la aparente forma de una continua unidad.
Son perfectos tal como son. Incluso disculpamos sus errores, sus flaquezas, sus momentos bajos, porque también son humanos, muy humanos. Tan humanos que parecen ángeles que han comprendido cual será su próximo destino, su próximo eslabón a alcanzar. Por eso son embajadores de la libertad, porque han comprendido que ya nada importa excepto el ser, el ser sosegado, apacible, impermanente, el ser preñado de vida a cada instante, que es belleza y ternura, que es vibración de dimensiones aún lejanas.
Es un hermoso regalo el conocer a este tipo de personas. Aún mayor regalo es el poder tenerlos cerca, disfrutar de su divinidad, de su gracia compartida, de su humor, de su sosiego y quietud. Hay algo que se revela dentro, en la ausencia de crítica y juicio, en la ausencia de pensamiento y división, de análisis y reproche. Algo nuevo se descubre cuando te topas con seres que son capaces de mantenerse desconectados de lo limitado y están preparados a cada instante para abrazar lo ilimitado. Y entonces llegan y te abrazan, y miran profundamente a tus ojos y te dicen amables: “eres infinitud”. Y entonces tu vida cambia porque algo más grande te ha rozado, algo más poderoso ha sido capaz de ver nuestro esplendor dilatado.
En estos días estoy aprendiendo a apagar las luces, tirar las muletas y empezar a bailar sintiendo esa infinitud, esa libertad atemporal soltando todos los amarres y dejándome llevar por la música y el calor de ese fuego de generosidad y amor. Pongo el corazón por delante y dejo que el alma meza estos momentos. Dejo que la llama queme sin dejar rastro. Dejo que la vida me preñe y me penetre libre, amado, infinito. Escucho el mar aquí dentro. Se abre la noche. Nace la calma.
Hay muchas almas peregrinas que deambulan por el mundo sin guía y perdidos en búsqueda de luz, más luz… El mundo está necesitado de puntos de luz que iluminen con fuerza y que hagan despertar a nuestro maestro interior, a nuestra luz interior. Es la revolución que necesita el mundo, reencontrarse con su silencio, reconciliarse con su alma, abrazar de nuevo, sin complejos, sin miedo, el mundo del espíritu.
Para eso hacen falta, dicen los entendidos, cargas eléctricas que produzcan el primer chispazo entre las glándulas pituitaria y la pineal, creando el primer destello, «la llamada» de la que nos habla la mística, el toque de clarín del alma.
Para que eso ocurra hace falta cierta disciplina, cierta limpieza interior y exterior, cierto silencio necesario para reencontrarnos con lo más puro de nosotros. Cada vez es más la gente que alberga el sueño de establecerse en casas de «retiros» donde se pueda reposar y limpiar los cuerpos, alinear todas las dimensiones del ser para poder transmitir esa luz desde el interior. Lugares sin maestros, sin gurús, solo catalizadores que sirvan para despertar la guía interior, la belleza que a veces camuflamos entre preocupaciones y distracciones, la paz que somos y que el mundo necesita.
Balnearios o «hospitales» de peregrinos del alma donde captar la esencia de todas las cosas, donde recordar una y otra vez nuestras obligaciones como seres que aspiran a algo más que pasear por la existencia. Poderosas herramientas de integración y despertar al nuevo mundo, a la nueva consciencia.
Muchos están trabajando en la idea de crear una especie de asrham donde poder encontrar las herramientas suficientes para despertar a la nueva consciencia, lugares limpios y espaciosos, cargados de intensidad lumínica donde expandirnos como seres humanos.
Ya hay algunos en todo el mundo, pero siempre son insuficientes para tanta sed, para tanta hambre espiritual. Se han de crear más puntos de luz hasta que cada ser, cada calle, cada hogar, cada ciudad, sea en sí mismos puntos de luz, lugares de armonía y paz, de equilibrio con la naturaleza y con el cosmos exterior e interior. Ahora faltan pioneros que ejerzan de voluntarios en esa tarea de propagar la consciencia desde bases sólidas, desde lugares y espacios cargados de significado, desde crisálidas que hagan despegar la lamparilla interior. Lugares donde se pueda captar la energía del otro sin apropiarse de ella. Más bien todo lo contrario, lugares donde se potencie nuestra energía para que podamos compartirla, sin vampirizar al mundo y a los otros. Compartir y entregar lo mejor de nosotros mismos. Amar cada reguero de energía, cada punto de luz. Ser puntos de luz en la mente del Absoluto. Ser puntos de Amor en el corazón del Cosmos.
El estar presentes en el aquí y el ahora te da una idea de la importancia del vivir. Puedes respirar y hacer de ese instante un momento único e irrepetible. Sentir a corazón abierto todo lo que te rodea, cualquier detalle por mínimo que sea. Respirar y dar gracias por estar vivos, por ser partícipes de este ciclo maravilloso, por expandir con nuestra presencia el propósito universal de la vida.
Todos los momentos tienen la oportunidad de ser extraordinarios. Cuando te levantas y abrazas al nuevo día, sonriendo y dejando que la luz entre por las ventanas. Cuando desayunas en buena compañía, o en silencio, provocando que el organismo se desperece mientras disfruta de los alimentos. O en ese paseo mañanero en el que compartes con la brisa y el susurro de todo cuanto existe tu pasar por la existencia.
Si pudiéramos tener la capacidad de hacer de cada momento algo extraordinario la vida sería un cúmulo de paz y sensatez. Las preocupaciones dejarían paso a las ocupaciones más diversas. El trabajo se convertiría en una oportunidad para estar más presentes, más en consonancia con ese destino que elegimos a cada segundo.
La vida es sorprendente cuando dejamos que nos penetre, que nos preñe con su sabiduría y su tacto, cuando la respiramos con la intención de sentirla en cada poro de nuestro cuerpo. La sensibilidad que desarrollamos ante su presencia nos hace sensibles y humanos, dóciles ante las pruebas de la vida, pacientes ante los retos de la existencia. Aquello que antes nos parecía doloroso ahora se convierte en un reto a explorar, en una enseñanza, en un aprendizaje.
Esta toma de consciencia con lo que es real nos produce una sensación de limpieza y levedad interior. Empiezan a sobrarnos las cosas y aquellos rincones oscuros, cargados de materia gris, pasan a despejarse, desaparecen o son sustituidos por claridad, por luz, por belleza. De repente nos entra una necesidad de limpiarlo todo, de despejar el camino de dudas y miserias, de buscar espacios limpios, claros y nítidos. Empezamos a crear puntos de luz allí donde antes había oscuridad y cerrazón. Miramos alrededor y observamos como nuestros propios hogares se habían convertido en cúmulos de objetos, en rincones baldíos, fríos y cargados de cosas inútiles. Y cuando empezamos a reciclar todo eso, a despejarlos, sentimos como todo se ilumina por dentro y por fuera. Ahora disponemos de más espacio para que entren nuevas oportunidades. Para que la vida se renueve de nuevo, constantemente.
El estar presentes en el aquí y en el ahora nos aporta la oportunidad de abrir nuestros canales interiores al flujo constante de vida, de luz, de amplitud. Lo añejo muere y el futuro deja de preocuparnos. Ya solo queda el tiempo presente y la ocasión de vivirlo con intensidad, con humor, con paradoja, navegando en el cambio constante, adaptándonos al fluir emergente.
La bohemia no puede disociar a Cadaqués de los artistas Marcel Duchamp o Salvador Dalí. La magia del lugar invita a que creadores, soñadores, noctámbulos, idealistas, románticos y todo tipo de espíritus libres terminen atrapados a sus calas y calles empedradas. En los paseos de estos días he aprendido, de las charlas de unos y otros, a diferenciar los vientos que azotan a todas horas mar y montaña. La más famosa y conocida es el viento que procede del norte, llamativo por su hermoso nombre: la Tramontana. Lo puedo escuchar a todas horas y se le conoce porque arrastra el agua del mar fuera de las costas, al menos, por la posición del propio pueblo, es lo que ocurre en Cadaqués. Es un viento frío que lo limpia todo y que arrasa con todo lo que no es nuestro. También escucho nombres menos conocidos como el Gregal, viento que procede del Noreste, el Levante, viento que procede del Este, el Jaloque o Xaloc, viento que procede del Sureste, el Migjorn, viento que procede del Sur, el Garbí o Llebech, que procede del Suroeste o el viento de Poniente, que procede del Oeste y el Mistral, que llega desde el Noroeste.
Mientras hoy paseábamos por la hermosa cala de Sa Conca, a dos pasos de casa, podíamos contemplar a lo lejos el hermoso faro de Cala Nans, la Casa Rosa y la Casa Azul al otro lado de la bahía y la también hermosa Cala de Llané Petit desde donde hacíamos fotos al atardecer.
Por la mañana visitábamos al famoso gato John, habitante perpetuo que vive en el Torradet de Portdoguer y al parecer, uno de los personajes que compite en fama con artistas de antaño. Hoy invadían su espacio las fiestas de Indianos a la que hemos asistido mientras Laura, famosa en el lugar, abrazaba de forma muy sentida a unos y a otros. Nos hemos cruzado con las ya viejas y arrugadas por la edad musas de Dalí lo cual nos daba una idea de lo poderosa que puede llegar a ser la sombra de un genio.
Dicen que la clave del bienestar consiste en poder contactar con nosotros mismos. Sin duda hay lugares que favorecen ese contacto, que te aíslan de alguna forma del ruido interior y exterior y son capaces de proyectar algún tipo de reconocimiento. Reconocerse no es más que recordar a cada instante quienes somos y qué hacemos en este momento, en este intervalo de vida única y especial.
En estas calas, en estos paisajes de mar, en este mecer de olas tan inspiradoras, uno puede desprenderse de los condicionamientos que cargan nuestras vidas, alinearse con el ser y la plenitud de esta maravillosa oportunidad, libres, sin resistencias.
Así que estar estos días, tras el intenso Camino, en un lugar como este, no es tan solo un regalo, sino un hermoso privilegio que agradezco de corazón. Gracias a la vida, que nos da siempre tanto y tanto.
“Aunque se conquistaran miles de millones de hombres en el campo de batalla, aun así, el más noble conquistador es aquél que se conquista a sí mismo” (Dhammapada).
Ya son muchos años de crisis y algunas cosas hemos aprendido de ella. Especialmente todo lo referente al desapego de las cosas. Hemos aprendido que son más importantes las experiencias que la continua posesión de objetos. Algunos irremediablemente porque lo hemos perdido todo. Otros porque hemos preferido intercambiar felicidad con el oprimido, o generosidad, o apoyo o cooperación. Hay muchos que han apostado por ayudar en vez de conservar. Esa ha sido una gran lección comunitaria que nos ha hecho más sensibles hacia los problemas de los otros y más humanos ante los retos que han ido llegando.
La solidaridad se ha multiplicado y el sentido de impermanencia, de saber que nada es para siempre, nos ha alineado en una fraternidad hermosa. Todas nuestras acciones se han vuelto más desinteresadas y hemos sabido calibrar la forma de inclinar nuestra balanza personal lejos del egoísmo de los tiempos de bonanza.
Hay mucha gente que está despertando a un nuevo propósito, a una nueva forma de encarar la vida, a una visión más generosa de la existencia. Los que tienen se han comprometido en compartir cuanto pueden, y los que han perdido todo, han puesto su mirada en un nuevo estilo de vida más sano, más puro, más limpio y más sencillo.
También nos hemos vuelto más sensibles a lo que en budismo se llama samatha (calma) y vipassana (visión cabal). De alguna forma nos hemos vuelto más serenos, más tranquilos a la hora de afrontar grandes problemas y difíciles circunstancias, al mismo tiempo que hemos desarrollado una visión cabal de las cosas, sin grandes exageraciones y con mucho sentido común. En cierta forma, esta crisis nos ha vuelto más receptivos y más espirituales. Es como si hubiéramos estado practicando obligatoriamente todas las meditaciones y preceptos budistas. Hemos pasado por la Anapana, es decir, de la distracción a la concentración. También por la Metta Bhavana, del odio, la nostalgia y la sensiblería al amor. Por la Mudita Bhavana, que es pasar del rencor y la envidia a la alegría. También hemos practicado sin saberlo la Upekkha Bhavana, que es desprendernos de la indiferencia y la neutralidad apática para desarrollar la ecuanimidad. Y también hemos contemplando la impermanencia, la Anicca, pasando del deseo incontrolado a la paz interior y la libertad. Y la Salayatana, que es renunciar a la vanidad para abrazar la claridad respecto a la naturaleza del ser. Y por último, hemos interiorizado la Pratitya-samutpada, desterrando la ignorancia para centrarnos en la sabiduría y la compasión.
Por eso esta crisis está contrarrestando el egoísmo materialista de años pasados para volvernos más humanos, más fértiles al espíritu y más ordenados en cuanto a las cosas interiores. Del individualismo utilitario estamos pasando al comunitarismo ecológico y cooperativista, buscando en el bien propio y común la mejor forma de convivir en sociedad. Bendita crisis si tantas cosas nos ha dado.
«Sólo se puede conocer lo mejor de uno mismo a través del conocimiento de lo mejor del otro«. F. Cheng
Ayer hablábamos de la consciencia de la unidad, de la importancia de anular la falsa percepción parcelaria del yo como algo aislado e individual. Esta idea rompe de cuajo con la idea de tener autoconsciencia, o consciencia del sí mismo. Esto crea un sentido profundo de desapasionamiento y desapego total hacia el yo, hacia la individualidad que falsamente nos protege de nuestros miedos y aflicciones, de nuestros continuos sufrimientos.
La visión penetrante, la correcta consciencia no estaría pues enmarcada en el nosotros haciendo algo, sino en el hecho en sí, en la unidad de la acción en sí. No debemos concentrarnos y tener consciencia, por ejemplo, en el acto de vernos andar. Sino en la acción misma del andar. Si comprendemos que no somos seres aislados, sino que formamos parte de una unidad, ya no importa en exceso lo que hagamos, pensemos o sintamos como individuos. Lo importante será sentir y pensar como Unidad. Actuar según el propósito mayor de esa unidad. Al hacerlo, desaparece la división y la crítica, el sufrimiento y el dolor personal, y nace el desapasionamiento y el desapego.
Es por eso que para muchos místicos de todos los tiempos no hay mayor gozo que el de servir a los demás. Ese misticismo se está haciendo común y ordinario pues cada día hay un mayor número de personas que abraza esa unidad en todo lo que hace, comprendiendo que cuando se trabaja y se busca el bien común, el beneficio de todos, se está actuando según el flujo y corriente de esa fuerza mayor a la que pertenecemos y tenemos nuestro ser. La entrega voluntaria hacia los demás no nace de un don especial, sino de una obligación común que nace como consecuencia de la consciencia unitaria. Cada uno en su vida normal, en nuestros trabajos, en nuestros hogares, recuerda ese principio de cooperar con el universo, con la vida, con la consciencia, con el otro.
Por eso cuando meditamos ya no lo hacemos para ser mejores, sino para dejar que lo mejor del mundo se manifieste en nosotros. Y cuando oramos ya no lo hacemos con la intención de recibir algo para nosotros, algo que pueda aliviar nuestros dolores o sufrimientos, sino que lo hacemos con la intención de mostrarnos predispuestos a ayudar a los demás y a servir para paliar los sufrimientos ajenos. Ya no buscamos perfeccionarnos, ni hacer de nosotros, seres buenos, seres mejores, sino que humildemente entregamos nuestra vida a esa esfera mayor para convertirnos en instrumentos de esa perfección mayor que existe en la unidad de las cosas. Cuando humildemente nos inclinamos a esa idea, las cosas mejoran en nuestra vida, pues hemos captado la esencia de nuestra más profunda existencia.
Siendo así, existe un pensamiento revolucionario que anula la posibilidad de autoconsciencia, de autorealización y autoiluminación. Si formamos parte de la Unidad, ya no tenemos ninguna necesidad de llegar a ninguna meta individual, puesto que nuestra meta se convierte en un continuo Camino hacia el programa universal. Ya no hay prisa por aspirar a ser un Buda o un Cristo, seres perfectos, sino que esperamos pacientes y con entrega a que el Buda y el Cristo y la perfección se manifiesten en nosotros cuando sea el justo momento. Ya no hay una intención de mejora, sino que nos olvidamos de nuestro “yo” y nuestras imperfecciones para abrazar la perfección del Cosmos, del Absoluto.
Cuando humildemente nos entregamos a esta idea e inclinamos respetuosamente todo nuestro ser a esta causa, la felicidad y el gozo asoman a raudales en nuestro interior y el sufrimiento y el dolor que nos aflige, las preocupaciones de lo cotidiano, pasan a un tercer plano. No hay mayor gozo y felicidad que servir a la humanidad y ser soldados del ejército angélico, aquel que mantiene a flote el amor y la buena voluntad, la fe y la esperanza en un mundo mejor. Centrar nuestra atención en eso es despejar nuestro camino de obstáculos y dolor.
«Cada etapa es un avance considerable hacia la plenitud y la satisfacción profunda. Todo viaje espiritual es como ir de valle en valle: la travesía de cada uno de sus pasos nos revela un paisaje aún más esplendoroso que el anterior» Matthieu Ricard
A veces desde nuestra perspectiva tendemos a pensar que nuestra consciencia es algo divisible, que somos individuos con capacidad de alternar nuestros deseos y nuestras necesidades hacia una vida libre. Pero realmente no somos individuos. La individualidad es una ilusión de nuestra mente. Nuestras consciencias son como el flujo de un río que fluye por un caudal impermanente que termina en un océano de inmensidad. Son nuestras necesidades y nuestros engañosos deseos los que nos separan de ese fluir constante. Los que limitan nuestra vida en parcelas de “mío” y “yo”. Pero en la vida todo es unidad, unicidad. No existe “mi” mente y “tú” mente, sino la mente, el flujo, el pensamiento incesante.
Mente, vida y consciencia son tres aspectos de esa unidad que se manifiestan de forma diversa como una gran red que anuda nodos, pequeñas unidades de luz, pequeñas chispas que deambulan de un lugar a otro más allá de la ficción de muerte, de final. Realmente es un reguero constante, interminable, no sólo a nivel molecular, sino a nivel cósmico.
Cuando pensamos en estas cosas tenemos la necesaria convicción de que esa unidad requiere una entrega diferente, una visión especial, una responsabilidad ante ese mar que ahora observamos. Hoy paseábamos por las calas de Cadaqués y mientras veíamos flotar las pequeñas embarcaciones de los pescadores sobre el agitado mar nos preguntábamos sobre esa responsabilidad. La visión de unidad es proporcional a esa chispeante luz que ilumina las ilusiones separatistas del ego, anulándolas o ignorándolas al despojo de las sombras. Esa tímida luz no puede esconderse, debe ser transmitida, compartida como puntos que se iluminan unos a otros. Es la llamada vagamente creación de consciencia. Consciencia de unidad, consciencia de ser una humanidad en un mundo en una visión común y en un destino que como el flujo de un río, terminará inevitablemente desembocando en el ancho mar.
Hay sin duda un viaje interior, espiritual o como queramos llamarlo. Un caminar que nos acerca a ciertas verdades más allá de lo puramente ilusorio, de lo puramente material y egoísta. Dar un primer paso es aceptar que existe ese camino, ese viaje. Un segundo paso es vencer las resistencias a poder aceptar el cambio inevitable, una forma y un estilo de vida diferentes, una visión revolucionaria de todo. Un tercer paso es enfrentarnos a los miedos que nos separan de esa visión. Y cuando hemos dado el primer paso, cuando hemos perdido las primeras cosas del pesado equipaje que siempre cargamos con nosotros, la magia nos transforma y el camino nos lleva hacia una visión aún más maravillosa e increíble que la anterior. Y ahí empieza la unidad. Ahí empieza el delirio de no sentirnos separados. Ahí empieza el fluir hacia la entrega y la renuncia, hacia el verdadero propósito que nos persigue.
Tras un largo viaje desde Madrid con parada obligada en Barcelona donde hemos disfrutado de una rica tortilla de patatas con cebolla que mi madre nos había preparado, hemos llegado de noche y con lluvia al pueblo más oriental de la península Ibérica. Aislado por un gran macizo del resto del Empordà y anclado en el cabo de Creus como lugar privilegiado, Cadaqués es un hermoso pueblo pesquero que vibra con una energía especial.
La gata Cuca, guardiana de esta esfera diamantina, nos ha recibido en este lugar hermoso, en una casita acogedora cargada de duendes y hermosos recuerdos de la India y de lugares remotos. Las velas y los altares están por todas partes. Estar aquí es como estar en un pequeño templo hecho con amor y cariño, un lugar armónico donde desplegar la imaginación mientras escuchas la Tramuntana o las olas del mar.
Es extraño estar aquí por la sencilla razón de que hasta hace muy poco no podíamos parar de caminar. Pero a veces los caminos terminan para dar paso a nuevas sendas, a nuevas aventuras donde poder dilatar la vida. Ahora respiro mientras las emociones se ensanchan y acomodan a esta nueva realidad inesperada, intentando no pensar más que en esa enseñanza de impermanencia, de transmutación de las cosas, de apertura a lo que viene que tanto aprendimos en el Camino. Respirar profundamente para dejarme preñar por este regalo merecido tras casi cuarenta días de ausencias. Trabajar y escribir desde esta atalaya privilegiada promete, así que toca descansar y mañana empezar durante unos días a vivir con intensidad este momento. Llueve ahí fuera. La mar se agita. El infinto espera.
Hay algo fascinante entre eso que separa el mundo visible del invisible. Es un borde, a veces un abismo o simplemente una delgada línea que tambalea con cualquier susurro. No importa cuan grande sea el trecho, porque a veces no se trata de espacio ni de tiempo, sino de intención, de sugerencia, de apertura hacia ese canal que nos conecta a unos y a otros, y a ese otro mundo multidimensional que se muestra más allá de nuestros limitados sentidos.
Hoy, ante una experiencia extraña pero hermosa, me preguntaba donde estaba lo cierto y lo incierto, qué era aquello que hacía de las cosas racionales puras fantasías inimaginables. La creencia en lo invisible, en las fuerzas que separan la lógica de lo fantástico, de lo misterioso, de lo inimaginable para la mayoría, a veces nos sirve de guía o de fe, de hilo conductor hacia el centro del laberinto existencial.
Y cuando metemos la cabeza en ese multicolor espectro siempre aparece la duda, la incerteza, la pesadumbre entre sabernos cuerdos o locos. Pero algo nos susurra que la vida no puede limitarse a nuestras creencias, a nuestros paradigmas, a nuestros limitados planos conceptuales donde solo podemos admitir aquello que alguna vez ha pertenecido a nuestros sentidos o a nuestra experiencia. Hay un vasto mundo mayor al nuestro. Un inimaginable misterio que abarca toda el infinito que nos rodea.
A los aficionados a mirar más allá de nosotros mismos, de meter la cabeza por encima de la bóveda celeste que tiñe de azul los cielos y nos impiden ver las estrellas en un día claro, nos maravillamos ante la representación del grabado Flammarion, que tan bien dibuja esa necesidad curiosa de penetrar en los misterios de la vida no para saciar ningún tipo de curiosidad, sino para desvelar los principios que rigen el universo, el interior y el exterior, y así conocer las leyes que mejor puedan ayudarnos en nuestro peregrinar cósmico.
Esas leyes maravillosas existen. Esos principios y valores que se antojan como guías en un camino que nos ha de llevar hacia cuotas inimaginables están ahí. Sólo debemos arrimar la cabeza y asomarla tímidamente hacia el Misterio, hacia las fuentes de toda inspiración, y dejarnos así guiar hacia la inmensidad de lo incognoscible. Provocamos con ello alinear nuestro ser con el Ser, nuestro latido con el Latido, y nuestra respiración con el Aliento y el Verbo. Y de esa forma, cuando alineamos todo lo que somos con lo que Es, nos convertimos en cocreadores, en seres capaces de alimentar la Vida que todo lo recorre. Nos entregamos y la vida nos mece y nos susurra constantemente.
Es extraña la sensación de final. Aún más extraña la certeza de que todo tiene un fin. La consciencia de que hasta la molécula más modesta desaparece, se desintegra y pasa a formar parte de la nada, o del todo. Si vivimos sabiendo a cada instante que todo Camino termina alguna vez, la vida parece precipitarse.
La percepción de las cosas finitas nos trasladan a ese cambio radical, a ese intercambio inesperado entre lo que somos y lo que dejaremos de ser. Nos volvemos sensibles hacia nuestro tiempo limitado. Realmente siempre estamos a punto de irnos, aunque no nos demos cuenta, aunque estemos desconectados a esa realidad de fin. Cualquier momento de nuestras vidas puede ser el último, y ese pensamiento te hace sentir cerca del espíritu, del ser, de la esencia de lo que somos. En esa pequeña mota que somos, en ese trozo de luz, de vida, hay un momento para el misterio, para la creación, para la esperanza de sentir que somos algo más que ese final.
Creemos en lo que tenemos. Pensamos que lo que tenemos es lo que somos. Pero cuando revolucionas la consciencia y te haces sensible a nuestra finitud, nace algo nuevo, una nueva visión de las cosas. El éxito de nuestras vidas ya no puede medirse por lo que tenemos, sino por aquello que somos capaces de perder sin herir nuestra sensibilidad, sin padecer por ello, y de todo aquello que somos capaces de abrazar desde el sentido de la vida, de esa fuente creadora que todo lo crea.
No sabemos a ciencia cierta como funciona el sentido de la creación. Pero todo es creado de alguna forma. Nosotros somos creados y somos portadores de creación. No estamos solos en ese proceso. Bailamos en sintonía con un gran mundo que fluye hacia ese sentido. Nuestro destino, nuestro llamamiento, nuestro propósito es sentirnos en armonía con esa inabarcable creación. Ser creadores, abrazar esa creación infinita. Es entonces cuando ya no existe el fin del Camino, sino el principio de todo. Esa es la oportunidad de renacer a cada instante, de volver a nacer día tras día. De volver a tener un propósito profundo al que servir, de vivir una vida inspirada.
Qué extraña la sensación de vuelta a Madrid. Especialmente cuando en el metro o en las calles de Malasaña algunos antiguos combatientes nos veían las pintas, con el bastón y la concha colgada a nuestras mochilas y nos decían alegres y emocionados el grito de guerra: “¡Buen Camino!”
Sonreíamos emocionados, como si aún estuviéramos en el Camino, como si aún pudiéramos sentir esa sensación de calor humano. Fue increíble como percibíamos los olores de la ciudad y de las gentes, de sus perfumes y sus alientos. Las luces, los coches, la brisita de la noche cargada de música y alegría. Todo parecía exagerado en comparación al silencio continuo del Camino, interrumpido tan sólo por el despertar mañanero de los pajarillos y los animales que nos íbamos encontrando a casa paso.
Ayer noche, cuando entramos en el zulito, en la crisálida que estos meses me ha envuelto en encanto y recogimiento, fue como entrar a otra realidad, a otra dimensión. Laura no encontró billetes para volver a Barcelona por la mañana así que decidió hacer un trueque mínimo. Ella me acompañaba unos días a Madrid y a cambio yo pasaba unos días en su casa de Cadaques. Acepté encantado porque así parece que las estrellas quieren que sea. Fluimos sin pensar en nada, dejándonos llevar por las señales continuas que aparecían una y otra vez por los recovecos sigilosos. Pero cuando salimos del tren en Chamartín y empezamos a andar por el metro y por las calles de Madrid nos mirábamos extraños, como si no nos conociéramos, o como si todo lo demás perteneciera a la plasticidad de un inolvidable sueño. Pero todo parecía indicar que era real. Mirábamos el bastón que veinte días atrás arrancamos de una ribera y nos ayudó a avanzar y ese trozo de palo nos conectaba de inmediato con la realidad del sueño.
Y hoy ha sido un día de reconexión con esa realidad paralela que dejamos atrás. Con el trabajo, con la rutina, con mil cartas y cientos de mails por contestar, con trabajo acumulado que no pude satisfacer en mi ausencia, a pesar de que hacía lo que podía por mantener a flote la actividad empresarial y editorial que tantas horas necesita al día. Ahora toca revolverse en esta realidad sin olvidar la otra, la del Camino, la de la esencia vital que tan conectados nos mantenía al otro lado.
La aventura continua. Esperan unos meses de mucho trabajo y puesta al día. También de muchas aventuras que aguardan respuesta. Viajes que han de llegar porque este año es un año de viajes y experiencias, que es al trato que llegué conmigo mismo a cambio de no tener nada. Cambiar cosas por experiencias ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Y ahora que consigo mantener esta disciplina vital, debo entregarme a ella. Las cosas están bien, pero las experiencias enriquecen mucho más al alma. Y es al alma al que deseo constantemente satisfacer, cueste lo que cueste. Y el ego aprende a inclinarse siempre ante el alma con humildad, con ausencia de dolor, con disciplina. Y entonces ya no quiere nada para sí, y todo lo entrega a la causa, al propósito del alma, que no es otro que el amar a la vida y a todo lo que pueda expresarse en ella.
Toda muerte tiene su resurrección. Esa es la sensación que tenemos mientras contemplamos los campos de Castilla desde el tren que nos lleva de vuelta a casa. ¿A casa? Esa es la paradoja de este momento. Sentimos que nuestra casa es el Camino, es la libertad de no pertenecer a ninguna parte, de ser libres en cada instante presente, en cada átomo de vida que recorría nuestros cuerpos y almas a cada paso.
No sabemos qué ocurrirá en los próximos días. Pero por las sensaciones que arrastramos podemos intuirlo. Ya nada es igual. Ya nada se ve de la misma forma. Este plano de visión, de apertura hacia esa realidad, hacia ese sentido y propósito, hacia esa responsabilidad de seguir adelante en el Camino de la luz, la vida, la verdad, no tiene vuelta atrás. ¿Cómo volver atrás cuando has catado ese grado supremo de despertar?
Esta mañana, cuando asistíamos a la misa del peregrino allá en la tumba del apóstol sentíamos algo especial. Llorábamos de nuevo de emoción y alegría, pero no de una forma sensiblera, sino desde un corazón amable que se endulzaba ante los presentes invisibles. Tocábamos las piedras del templo, del gran sarcófago que alguna vez se hizo en nombre de la fe. Podíamos viajar en el tiempo hasta el mismo instante en que se tallaba cada piedra. Veíamos el cincel y el martillo, veíamos la piedra pulida y como era encajaba perfectamente en el templo espiritual humano. Nosotros nos sentíamos también piedras vivas de ese templo interior, de esa fe irracional que nos aproxima a la esperanza y la compasión, al respeto y veneración por la vida.
Hicimos nuestro último caminar desde la catedral, desde la Puerta del Misterio hasta la estación de tren. Y nos preguntábamos: ¿hacia donde nos conduce este tren? Quizás tan sólo hacia una pausa. Hacia un descanso en las posaderas del alma. Hacia los asientos del Camino Viejo donde deberemos reflexionar sobre todas las cosas y todos los misterios.
Ahora, tras la prueba de la tierra, del agua y del aire viene la prueba más dura, la del fuego. La prueba del espíritu que se manifiesta potente para transportarnos hacia el río de la vida. Nuestro sueño es abrazar el estadio angélico, ese que tanto hemos sentido en estos días. Un estadio de compasión continua, de amor hacia todos los seres, de expresión de felicidad y alegría, de fe y esperanza. Haremos todo lo posible para permanecer en ese estado de gracia y compartirlo en todo lo que podamos. Ese es nuestro sueño. Hacia él viajamos en estos momentos.
Tras algo más de veinte kilómetros a la espalda y tras comer algo a más de veinte kilómetros de Santiago pensamos en hacer algo más de recorrido y así esquivar la marabunta de turistas. Soñábamos con poder hoy llegar a la meta final pero con el cansancio arrastrado y las horas que eran nos parecía un reto casi imposible. En ese momento apareció Enrique, un valenciano que rozaba los setenta años y que ya llevaba en esta jornada más de treinta kilómetros a sus espaldas. Tras un rato de charla nos dijo: “¿Entonces hoy a Santiago?” Su fuerza de voluntad, su ánimo y su entusiasmo terminó por contagiarnos. Nos subimos a su carro y dejando que nos guiara en esta locura lo seguimos.
No podíamos dar crédito a lo que veíamos. Su ritmo, su entereza, su fortaleza a su edad, su ejemplo, su belleza a la hora de caminar a pesar de que tenía los pies rotos como nosotros, su porte entero nos dejaba anestesiados. Era tanta la emoción que sentíamos ante la idea de que quizás hoy pudiéramos llegar, contra pronóstico, a Santiago, que durante unos metros nos lanzamos a correr, adelantado a peregrinos que nos miraban sorprendidos.
La alegría y el gozo que sentíamos nos elevaba a un estado de consciencia diferente. Sabíamos, intuíamos de alguna forma que hoy, fuera como fuera, debíamos culminar el Camino. Pero enseguida la dureza de esos últimos veinte kilómetros, el doble de lo que solíamos hacer diariamente y encima en el final de todo este proceso tras más de treinta y cuatro días caminando se hizo sentir.
Los diez últimos kilómetros fue un auténtico calvario. Cuando llegamos al Monte del Gozo, a cinco kilómetros de nuestra meta ya no podíamos más. Además, de repente todo se ennegreció amenazando con lluvia y un frío intenso nos sacudió por dentro. Estábamos rotos, los dolores, profundos como nunca antes los habíamos sentido produjeron náuseas y mareos. La fiebre empezó a aparecer y creíamos que aquello era ya el fin. Alguna fuerza superior nos empujó a seguir. Respiramos muy lentamente mientras nos mirábamos a los ojos recordando tantos y tantos momentos duros. Decidimos continuar, no desfallecer en el último tramo, sentir el orgullo de poder culminar todo este esfuerzo hasta el final. Paramos para coger aire y no desfallecer ante la sensación de pérdida de consciencia y continuamos despacio, muy despacio.
Cuando entramos en Santiago la imagen era dramática. La gente nos miraba con incredulidad y cierta compasión. Entramos en la ciudad a las ocho de la noche y llegamos, extenuados, muertos, una hora más tarde a la Plaza del Obradoiro. Los últimos kilómetros nos cogimos de la mano. Sentía como Laura me guiaba y con su extrema fortaleza empujaba mi cuerpo inerte. No veía nada, sólo su mano que agarraba con fuerza la mía. No sólo fue mi guía y mi bastón, sino que se convirtió en mi soporte vital, en mi propio aliento en los últimos momentos. Respiraba su aire mientras su corazón hacía latir el mío. Sólo podía alimentarme de su coraje y fuerza. Sólo podía seguir gracias a su entrega incondicional. A media hora del lugar empezaron a caer las primeras lágrimas. Llorábamos de dolor y de emoción, de alegría y de tristeza, de rabia y de entusiasmo. El alma, emocionada, se expresaba con llanto.
La llegada a la Plaza del Obradoiro fue apoteósica. Desde lejos ya se escuchaban las gaitas que nos recibían. La entrada por ese túnel iniciático que hay antes de entrar en la gran plaza con esa música nos hizo arrancar el último gemido. Pudimos seguir a Enrique hasta el final. Él, pacientemente, nos esperaba en cada esquina, en cada tramo con una sonrisa y una fuerza de otro mundo. Parecía un ángel que nos custodiaba paso a paso, vigilando que pudiéramos terminar el proceso, cuidando silenciosamente ese sollozo verdadero.
Llegamos a la plaza y nos abrazamos en llanto, llorando como nunca lo habíamos hecho, dándonos las gracias el uno al otro por estos más de veinte días juntos, de apoyo y de amor incondicional, de sincera ayuda y compañía. Gracias, gracias, gracias sonaban a las nueve en punto con las gaitas de fondo, el llanto, las campanas de la catedral y los turistas que se acercaban curiosos para hacernos fotos. “Están llorando”, decían sorprendidos mientras no éramos capaces de terminar con el abrazo sentido y eterno. Sí, llorábamos de alegría y de emoción, de dolor y de fe, de esperanza e incredulidad por haber podido terminar la hazaña de hoy y la hazaña de casi cuarenta días de aventuras y emociones.
Hubo una muerte en la plaza del Obradoiro. Sentimos que algo viejo terminaba. Incluso el móvil, ante una de las últimas fotografías, cayó al suelo y se quebró tras más de cinco años de ininterrumpida compañía. Era como una señal. Algo moría en esa fiebre y en esos dolores, en ese abrazo y esa esperanza de una vida nueva. Algo que aún no hemos valorado ni reflexionado suficiente.
Pero sentimos que no era el fin del Camino. Que ahora que de forma inesperada habíamos llegado al final, empezaba un nuevo Camino aún más grande y emocionante. Que así sea, para siempre…
Gracias peregrinos por todo lo que habéis dado, gracias Laura por tu ejemplo, tu coraje y fortaleza, por tu amor incondicional y entrega.
Como estos últimos días los albergues están repletos y nosotros nos negamos a jugar a esa especie de maratón cargado de ansiedad y prisa, ayer la vida nos quiso regalar el pasar la noche en un hermoso balneario anclado en un lugar privilegiado, en un valle profundo rodeado de castillos, montes y bosques, ríos y silencio, mucho silencio. No podíamos creer que tras tantos días durmiendo y padeciendo la vida en los albergues pudiéramos disfrutar de un momento de soledad y cierta intimidad merecida. Creo que fue un regalo por tanto esfuerzo, por tanta constancia y por no haber renunciado en ningún momento, a pesar de las dificultades continuas, a la esencia del Camino.
Pero el regalo tenía su propia trampa, porque hoy el Camino se hacía más pesado, más perezoso, más complejo. El cuerpo se relajó tanto ayer que hoy el cansancio parecía insoportable. Cada paso era como intentar transportar en cada pie una tonelada de peso. De nuevo llegamos tarde al albergue tras una nueva jornada de búsqueda inerte, ya que todos estaban ocupados. Eran las ocho de la tarde y aún no habíamos comido nada excepto unas naranjas y algo de frutos secos.
A dos días del final del Camino, la marcha de hoy parecía una lenta agonía hacia el final. Así que mientras pacientemente intentábamos no desfallecer, repasábamos algunos episodios de este intenso mes. Más de treinta días alejados de todo y en un continuo vaivén de experiencias ininterrumpidas. Para muchos de nuestro entorno resulta difícil explicar esta travesía, esta aventura. ¿Por qué esta necesidad de sufrimiento y dolor? ¿Qué satisfacción misteriosa produce el que hagamos este tipo de cosas? ¿Cómo poder explicar la fuerza y el poder de esta experiencia indescriptible? ¿Y la inevitable transformación interior?
Ya tenemos algunas certezas. El Camino te transforma para siempre. Te aporta una fuerza irreductible que te convierte en un ser diferente, poderoso pero humilde, valiente y prudente al mismo tiempo. Renaces a otro ser. Te conviertes en otra persona. A niveles profundos, si estás abierto a la experiencia, hay algo que cambia inevitablemente. Porque el Camino es un cambio constante, un flujo por el devenir de la impermanencia, que es la gran enseñanza de todos estos días. Cambian los dolores, cambian las formas de caminar, cambian los peregrinos que continuamente se pasan el testigo unos a otros, el entusiasmo, la ayuda y el apoyo mutuo, la fraternidad y el amor. Todo cambia, todo muta, todo se transforma. Eso te aproxima a una sincronicidad extraña con el Todo. Es como si de repente te dieras cuenta de que formas parte de un caudal de vida que te lleva de un lugar a otro y te empuja a un destino común.
Te das cuenta de que en el Camino, como en la vida, hay días de niebla intensa, pero también momentos de luz, de luminiscencia, de claridad, de visión penetrante. Formar parte del todo significa aceptar el día y la noche, la dualidad de las cosas desde una visión unitaria donde no existe lo bueno ni lo malo, solo la experiencia y la actitud ante la misma. Un día hace frío y nieva, y dos días después hay un calor abrasador. No importa si ante sendas ilusiones caminamos sonriendo, alegres por abrazar la belleza de todos los momentos.
También hay tiempo para el coraje y la determinación. Hay muchas veces que nos sentimos tentados al abandono, a coger un taxi o un tren o cualquier cosa con tal de evitar esos kilómetros de dureza o ahorrar unas horas o teletransportarnos lejos del dolor. Pero nos damos cuenta de que ese no es el Camino. Que de nada sirve el intentar engañarnos. Que hay que continuar hasta el desmayo, como alguna vez nos ha pasado. No podíamos abandonar la dureza porque ella misma forma parte del aprendizaje. Han pasado muchos días desde que el primer síntoma de flaqueza y dolor llegó a nuestros cuerpos y mentes. Y ahora nos damos cuenta de que se puede seguir caminando integrando ese dolor en nuestras vidas, sin dejar que nos condicione el paso o la marcha, y sin renunciar a las maravillas del Camino por su incómoda presencia. Esas y otras muchas cosas hemos aprendido. Ahora tocará integrarlas en la vida diaria, y recordar siempre cada instante, cada paso, cada momento de fe y coraje.
Andar despacio, sin prisa, como si nada pudiera otorgarnos la licencia de responsabilidad alguna excepto la de caminar y disfrutar de la vida, que es dura, pero también es buena. Tan despacio que cada paso parecía una eternidad, una meditación profunda, un trozo de paz que golpeaba el polvo del camino sintiendo cada movimiento, cada piedrecita que se colaba entre los relieves del calzado.
Llegando al final del Camino, todo parece más calmado, más tranquilo en lo interior. Nos sentimos más espirituales, si es que esa palabra es capaz de definir algo concreto. También más cerca del Absoluto, por no emplear rudimentarios vocablos que distorsionen lo que sentimos en esta constante plenitud y paz. Hay una sensación de elevación, de pertenencia a una comunidad invisible de almas libres, de espíritus errantes que revolotean por una realidad indescriptible. Un estado de gracia, de gozo, de ternura hacia todo, de contacto íntimo con la naturaleza, esa madre que nos abraza con su calor y nos cobija con su amor.
Es cierto que en estos últimos días hay una especie de circuito turístico donde cientos de peregrinos salen de la nada, van apresurados, corriendo de un lado para otro, sin parar por miedo a no encontrar albergue, contando los kilómetros y midiendo distancias como si todo se tratara de una burda competición. Los contemplamos con cierta gracia, dejándolos pasar a todos, jugando con el bastón que nos ayuda en el lento caminar, parando en un lado y otro para disfrutar de un paisaje o charlar con algún anciano del lugar. Nuestras manos revolotean entre las nubes y las copas de los árboles intentando imitar el vuelo libre de cualquier ave.
Quedan pocos peregrinos de esos que empezaron el Camino desde el principio. Los añoramos, deseamos cruzarnos con ellos para saber como han llegado hasta aquí. Imaginamos su caminar quien sabe si unos kilómetros delante o detrás nuestra. Lo cierto es que ya no están y nos preguntamos qué suerte habrán corrido. Cuando por casualidad nos cruzamos con alguno de ellos, algo hermoso nos recorre.
Esto nos hace pensar que la plenitud del verdadero Camino, el entendimiento de toda su enseñanza y mensaje empieza cuando la senda se hace larga y duradera, cuando no se renuncia ante el dolor y se sigue, aunque sea de forma más lenta. En una semana de Camino no te da tiempo a experimentar toda su esencia. En treinta o cuarenta días de lento peregrinar tienes la oportunidad de codearte frente a la enseñanza profunda, caminar de la mano de la profunda experiencia.
Los cientos de turistas que deambulan estos días por la sagrada tierra sin poder ver más que un bonito pasear en una hermosa primavera nos hace reflexionar sobre como andamos por nuestras vidas diarias, sin darnos cuenta de lo maravillosa que resulta la experiencia de vivir la existencia desde la plenitud y la consciencia despierta. Cuando eso ocurre todo se experimenta de forma distinta. Un árbol ya no es solamente un árbol. Un cordero ya no es solamente un cordero. La cigüeña que vuela sobre nosotros constantemente ya no es tan solo una cigüeña. Hay algo más en toda esa expresión de vida. Algo difícil de describir, algo impronunciable por su extensa visión.
Y todo es tan sencillo. Un árbol, un cordero, una cigüeña. El Camino, los peregrinos que lo preñan de vida, el cielo, las noches trémulas y los días empapados de gracia. A veces nos paramos para respirar todo eso. Para intentar respirar cada rincón, cada trozo de verde, cada instante volátil, y así poder grabar en nuestra psique el recuerdo de todo cuanto acontece. Respirar y comprobar que todo sigue siendo igual que antes, es decir, impermanente. Absorber el aire y dejar que penetre cada uno de nuestros poros, empapando y humedeciendo nuestros átomos de halo vital. Todo cambia pero la vida permanece. Algún día moriremos, como algún día morirá este Camino para nosotros, pero la vida seguirá ahí, irradiando porosamente la enseñanza del eterno devenir. Cuando tomamos consciencia de eso, nos sentimos de alguna forma sempiternos e inmortales. Cuando respiramos con consciencia en cada lento paso, morimos un poco más, pero renacemos un poco más. Formamos parte del caudal de vida y entonces ocurre el milagro de ser tan solo substancia, síntesis. Sin pensamientos, sin emociones, sin estímulos. Sólo y únicamente vida. Sólo y únicamente consciencia. Sólo y únicamente impermanencia.
Ha sido difícil encontrar albergue en Portomarín, un hermoso pueblo gallego bañado por el impresionante río Miño. Había muchas opciones, incluso albergues con más de cien plazas, pero los cuatro primeros que hemos visitado estaban completos. También las pensiones y hoteles. Realmente hoy ha sido un día muy concurrido de peregrinos que nos adelantaban con brío y agilidad. Muchos empiezan el peregrinar ya en Galicia, a pocos kilómetros de Santiago, haciendo del Camino un paseo turístico donde pasar unos días diferentes. Eso hace que los viejos peregrinos, los que llevamos ya más de treinta días de cansancio y dolor, lleguemos lentos y cansados a los lugares, y tarde, muy tarde, cuando ya está todo ocupado. A veces da una sensación extraña llegar tan desgastados a los sitios y no encontrar el reposo necesario. Si no fuera porque al ir más despacio nos permite disfrutar aún más de las cosas y porque el ánimo siempre permanece misteriosamente alto a pesar de todo, sería difícil acostumbrarnos a esta especie de sensación de abandono final. Es como si el turista pudiera disfrutar de todas las comodidades y el peregrino quedara relegado a esas sobras que no siempre son bienvenidas. Incluso hoy valoramos la posibilidad de dormir en el portal de alguna iglesia o al raso en algún prado. Pero intentamos no juzgar ninguna situación y dar gracias por todo, agradeciendo la compañía de todos los seres.
Cuando por fin encontramos un sitio nos hemos mirado al espejo y recordando las letras de una amiga nos hemos sentido realmente salvajes. De repente hemos visto el rostro cansado, despierto al deseo de seguir, pero viejo, extenuado, quizás demasiado acostumbrado a los dolores, con esa barba de más de treinta días y el pelo desaliñado que ya no peinamos. La cara quemada por el sol y el frío, los labios rotos, las piernas infladas por dolores de mil caras, los brazos oscuros. Pero había algo que no había cambiado el Camino, y eso era la sonrisa. Seguimos sonriendo, seguimos mirando con curiosidad todo lo que ocurre a nuestro alrededor, seguimos abrazando cada átomo del Camino, cada experiencia, cada atmósfera y tiempo, cada ser sensible, cada piedra, cada flor, cada animal, cada suspiro.
Seguimos observando con infinita curiosidad cada rama, cada tronco viejo, cada raíz que imaginamos profunda en la tierra húmeda, como si el cielo fuera unido a la tierra en esa vacuidad que se crea entre los seres visibles e invisibles, entre los pétalos de una flor y las caricias tremulosas de ondinas y nereidas que aparecen y desaparecen entre las hojas de árboles o el musgo leñoso. Como si nada tuviera ni principio ni fin, y todo fuera una espiral unida por mil brazos que se alcanzan en misteriosas profundidades. Respiramos cada momento y nuestras almas se ensanchan por las vistas maravillosas, por la mirada cómplice del cuervo o del gato o del águila o de la cigüeña o de la vaca o del increíble lagarto de cabeza azul que hipnotizado por los rayos del sol vaga su imaginación ignorando nuestra curiosa presencia.
Todo parece estar unido por ese lazo místico que nos atraviesa el pecho y nos emociona, que nos conduce hacia uno y otro rincón, que nos hace apartarnos del Camino para reposar abrazados bajo un gran castaño o el lomo de la colina. Y desde allí repasamos uno a uno a los peregrinos que deambulan excitados. Vemos sus auras, sentimos sus emociones, sus preocupaciones, leemos sus pensamientos e imaginamos su futuro incierto. Buceamos en sus propósitos y desciframos sus orígenes. Cada peregrino es conducido por un punto de luz que contemplamos anestesiados, por un alma que los guía en la ceguera humilde o en la luz resplandeciente. Cada peregrino, cada punto de luz, es un puente que conecta su pequeño corazón con el gran corazón de lo omnipresente, con el espíritu de todas las cosas y todos los tiempos, por ese tambor universal que bombea vida a raudales. Y sentados bajo el castaño podemos ver esas y otras cosas, repasando uno a uno los sonidos que cada alma transmite, la música de sus sonrisas o sus lloros, la virtud que los conduce hacia su inevitable destino de verdad y vida.
Y en ese momento salvaje, en esa inspirada proyección de lo invisible, silenciamos nuestros cuerpos, ocultamos nuestras luces y encerramos en la cueva sigilosa nuestras promesas para así poder permanecer invisibles, humildes ante el espectacular e irrepetible momento furtivo. En ese instante es como si todas las luces se conectaran y fluyeran como un manantial de crisálida templanza, como si todo fuera luz y el color solo un espejismo engañoso que permite conectar a unos y a otros en la tenue irrealidad. Como si el majestuoso momento de estar presentes en ese instante único e irrepetible pudiera arrebatarnos hacia esas alturas apretadas de luminarias.
Este Camino de estrellas que hemos visto una y otra vez nos une a la transpiración universal, al propósito que los dispuestos conocen y sirven, al halo de magia que hace que la vida sea sentida, vivida, experimentada y amada en plenitud. Sí, hoy nuestros cuerpos estaban dolidos y cansados, pero vivos y radiantes en la plenitud del ser.
Treinta días caminando, donde un nodo nos conduce a otro. La red invisible se extiende ante el horizonte. Los vínculos se rozan en un murmullo exacto, escrupuloso, intenso. Unos nos conducen hacia otros y todos tienen un mensaje claro y contundente. El propósito se mostró tímidamente hasta que esta mañana, al llegar a la población de San Xil, lo vimos con toda claridad. Una población de tan solo dos habitantes en un entorno indescriptible, silencioso, cargado de magia telúrica, de elementales que corrían de un lado para otro, de ríos que murmuraban sencillas canciones celtas y de bosques que recordaban viejas historias druidas. Las reminiscencias empezaron a empujarnos a un sentir desmedido. El recuerdo de sí mismo, la memoria de los tiempos, los archivos de la evocación ancestral que ondeaban en los adentros de forma contundente. Todo encajaba en aquel lugar profetizado, como si los lazos del destino de repente se cruzaran en esa encrucijada cierta, palpable, real.
¿Qué más podíamos pedir? Allí estaba todo dibujado, como un mapa que nos señalaba claramente todas aquellas cosas por las que habíamos luchado durante años y que ahora, de forma clara, nos hacía traspasar fronteras cognitivas y sensoriales. Era como un estallido diamantino de luz pura que se precipitaba desde lo más alto hacia lo más interior, floreciendo hermosamente en un espectacular concierto. Es como si todas las piezas de un gran puzzle encajaran a la perfección.
Tras ese momento único, avanzamos algunos kilómetros más entre espectaculares paisajes que parecían de otro mundo, de otro universo. Era como si pudieramos acariciar a las hadas y elfos que vivían entre el musgo y los helechos exuberantes, entre esos ancianos castaños grandiosos e inabarcables, entre esos bosques y prados cargados de verde oceánico, de reses que nos miraban tranquilas y curiosas mientras pastaban entre la hierba. Casi podías escuchar el rumor de los ríos subterráneos que de repente salían de la nada y se escondían de nuevo bajo tierra, desapareciendo en cuevas o túneles misteriosos. Daban ganas de meterse entre ellos y suspirar en sus adentros o imaginar otros mundos intraterrenos mientras nadabas entre sus aguas.
Jessica y Marijn, la bella pareja que se conocieron en el Camino y que habían creado con sus manos y esfuerzo el albergue ecológico “El Beso” allá en la ya añorada A Balsa, nos pusieron en la pista de Antonio el Alquimista. Llegamos hasta su casa y nos invitó a un té y un poco de queso con pan tostado. Meditamos en su sala de meditaciones y nos leyó las cartas de los chamanes de los Andes, hablándonos constantemente de renacimiento. Nos habló de San Xil y nos quedamos de piedra por el mensaje que guardaba para nosotros. Nos enseñó su exposición de cuadros labrados con minerales y nos fundimos en un sentido y generoso abrazo cuando nos despedimos. Mientras nos hablaba, veíamos su emoción en los ojos, brillantes y húmedos, a punto de estallar por la emoción y el reencuentro de almas viejas. El retorno de los brujos era palpable en el ambiente.
Seguimos caminando, muy despacio, porque ya no había prisa por llegar a ninguna parte. La escuadra había trazado dentro del círculo el lugar exacto. El compás cósmico había hecho bien su trabajo sorpresivo pero exacto. Reflexionamos durante horas sobre todo lo ocurrido en estas jornadas, sobre todas las pistas y señales que nos habían conducido a unos y a otros desde hacía días y de cómo habíamos conectado con ese lugar mágico que para más inri, guardaba en su misterioso nombre las iniciales de nuestros nombres (X i L). Todo estaba escrito, ya sólo faltaba disfrutar de casa paso hasta el final del Camino que resulta ser, paradójicamente, el principio de una nueva senda, de un nuevo propósito al que servir con humildad y entrega. Renacimiento nos había dicho Antonio el Alquimista. Quizás la vida sólo sea eso, un constante y eterno renacer.
¿Cómo describir un día como hoy? Pudimos entender la profundidad de la visión penetrante, esa que examina cada detalle incluso en momentos difíciles, muy difíciles. Tan difícil como empezar a subir uno de los puertos más complejos del Camino, el de O Cebreiro, añadiendo a su dificultad lluvia, viento, niebla, nieve, mucha nieve, frío, mucho frío, granizo y viento, mucho viento. Si a eso le añadimos nuestros dolores, el casi haber caminado durante casi diez horas durante más de treinta kilómetros por montañas que subían y bajaban de forma increíble, podríamos describir el día de hoy como un auténtico via crucis. La mayoría de los peregrinos elegían el taxi para hacer esta complicada jornada que nadie esperaba. ¿Nieve a finales de mayo? ¿Frío invernal casi en junio? Nadie lo esperaba y nadie se atrevía a subir y bajar O Cebreiro en estas condiciones. Algunos nos decían que estábamos locos, pero había una fuerza superior que nos empujaba a seguir, a no tirar la toalla ante la adversidad.
A veces dudábamos sobre si nos empujaba nuestra fuerza de voluntad o nuestra obstinación por seguir. Especialmente cuando resbalábamos en la nieve y caíamos al suelo o cuando nos entraban extrañas diarreas que debíamos desahogar en cualquier parte. Otras si era nuestro espíritu libre que disfrutaba, a pesar de la dificultad de los increíbles paisajes nevados, o la propia rabia de ver que casi todos los peregrinos preferían la comodidad del taxi a la revelación de la dureza. Porque realmente esa extrema dureza nos revelaba algo especial. Incluso cuando entramos en esa extrema tempestad de granizo, viento y frío desmedido que casi nos derrumba ante los dolores intensos y las circunstancias extraordinarias. Parábamos y respirábamos profundamente, intentando infundir ánimo el uno al otro para no desfallecer de dolor o frío. Y había algo inmutable que hacía que nuestros sentidos y nuestros cuerpos resistieran la cada vez más complicada situación. Salíamos de la difícil subida y llegaba la lluvia. Se terminaba la lluvia y llegaba la nieve. Tras la nieve y el granizo y junto a él el viento, el terrible viento helado que golpeaba el granizo contra nuestras caras congeladas.
Pero todo ha sido compensado cuando hemos bajado de la cuota de nieve y ya solo llovía y podíamos disfrutar de los increíbles paisajes de Galicia. Parecía como si de repente hubiéramos llegado a otro mundo, a otro país, a otra tierra media. Además, siguiendo las señales e indicaciones de personas especiales, seguimos por el Camino viejo en vez de por la ruta turística y terminamos en un paraje totalmente mágico. Nos recibió en la aldea de A Balsa una joven pareja, ella italiana, él holandés, en uno de esos albergues especiales que no aparecen en las guías pero que merece la pena visitar. Ellos se conocieron en el Camino y surgió de inmediato el amor. A los pocos meses estaban recorriendo el Camino buscando una casa para crear un lugar de retiro para peregrinos especiales. Consiguieron una casita derrumbada y la rehabilitaron gracias a la ayuda de amigos y familiares. Y aquí, en este lugar privilegiado llegamos tarde, pero llegamos. Aumentando la intención, buceando en la profundidad de la visión penetrante y buceando en la voluntad férrea de no desfallecer nunca. Ahora nos sentimos íntegros, fuertes, irreducibles.