A mediodía, tras terminar las últimas páginas del libro, salimos dirección Madrid. Allí SP tenía que recoger a su niña que volvía de las “colonias” del cole. En la estación de Atocha me quedé apartado, mirando desde lejos como los padres esperaban impacientes la llegada de sus hijos. Cuando llegaron, empezaron a aplaudir y a besar y abrazar a sus hijos. Me emocioné tanto que casi me pongo a llorar.
De repente sentí esa soledad extraña de los que no tenemos hijos, ni pareja, ni familia ni nada que se le parezca. Fue una sensación que me acompañó hasta la noche. Hasta la trémula noche.
Para escapar de ella miré los horarios de autobuses hacia Pamplona para empezar hoy mismo mi periplo y peregrinar. Preparé mi pequeña mochila con las últimas cosas y me fui hasta la puerta. Allí me detuve y me pregunté porqué huía tan precipitadamente, que ese no era el sentido del viaje. Llegar a las seis y media de la madrugada no serviría de nada, ya que el autobús de línea que va hasta Roncesvalles no sale hasta las seis de la tarde.
Me paré en seco, dejé la mochila en su sitio y empecé a escribir estas líneas. ¿Soledad? ¿Qué tipo de soledad es esta? No era la soledad a la que ya me estaba acostumbrando, de la que me había hecho de nuevo amigo. Era otro tipo de soledad, una soledad más profunda, más intensa que no sabría describir.
Aún puedo ver a las familias abrazando a sus hijos, aún puedo escuchar el emotivo aplauso que los recibió y la emoción que yo mismo sentí ante esa escena. Y suspiro mientras la recuerdo, intentando ponerle nombre y darle sentido a esa añoranza extraña.
Antes de que me precipitara hacia la puerta escribí a una persona que añoraba. Pensé que ella podría estar ahí, entender profundamente a qué me refería, qué era lo que estaba sintiendo. Intenté recuperar su amistad, su cercanía, su complicidad. Pero la comunicación no fue posible. Al menos no fue posible por hoy. Y entendí de alguna forma porqué los humanos a veces nos alejamos tanto los unos a los otros. Normalmente por miedo a sufrir. Normalmente por miedo al fracaso y el abandono. Esas son las esencias que nos alejan del amor. Miedo a todo, incluso a esa extraña sensación en la estación de tren. Miedo a que un día, en la Gran Estación, nadie esté allí para abrazarnos, para aplaudir. Quizás miedo a no poder expresar más claramente esta maraña de emociones que por unas horas abrumaron la alegría de estos días. Por suerte no hay un ápice de tristeza. Sólo, y por hoy, una profunda sensación extraña.
(Foto: Esta tarde ya me he sentido extraño mientras paseaba por el Valle de los Caídos)…


























