Esa profunda sensación extraña


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A mediodía, tras terminar las últimas páginas del libro, salimos dirección Madrid. Allí SP tenía que recoger a su niña que volvía de las “colonias” del cole. En la estación de Atocha me quedé apartado, mirando desde lejos como los padres esperaban impacientes la llegada de sus hijos. Cuando llegaron, empezaron a aplaudir y a besar y abrazar a sus hijos. Me emocioné tanto que casi me pongo a llorar.

De repente sentí esa soledad extraña de los que no tenemos hijos, ni pareja, ni familia ni nada que se le parezca. Fue una sensación que me acompañó hasta la noche. Hasta la trémula noche.

Para escapar de ella miré los horarios de autobuses hacia Pamplona para empezar hoy mismo mi periplo y peregrinar. Preparé mi pequeña mochila con las últimas cosas y me fui hasta la puerta. Allí me detuve y me pregunté porqué huía tan precipitadamente, que ese no era el sentido del viaje. Llegar a las seis y media de la madrugada no serviría de nada, ya que el autobús de línea que va hasta Roncesvalles no sale hasta las seis de la tarde.

Me paré en seco, dejé la mochila en su sitio y empecé a escribir estas líneas. ¿Soledad? ¿Qué tipo de soledad es esta? No era la soledad a la que ya me estaba acostumbrando, de la que me había hecho de nuevo amigo. Era otro tipo de soledad, una soledad más profunda, más intensa que no sabría describir.

Aún puedo ver a las familias abrazando a sus hijos, aún puedo escuchar el emotivo aplauso que los recibió y la emoción que yo mismo sentí ante esa escena. Y suspiro mientras la recuerdo, intentando ponerle nombre y darle sentido a esa añoranza extraña.

Antes de que me precipitara hacia la puerta escribí a una persona que añoraba. Pensé que ella podría estar ahí, entender profundamente a qué me refería, qué era lo que estaba sintiendo. Intenté recuperar su amistad, su cercanía, su complicidad. Pero la comunicación no fue posible. Al menos no fue posible por hoy. Y entendí de alguna forma porqué los humanos a veces nos alejamos tanto los unos a los otros. Normalmente por miedo a sufrir. Normalmente por miedo al fracaso y el abandono. Esas son las esencias que nos alejan del amor. Miedo a todo, incluso a esa extraña sensación en la estación de tren. Miedo a que un día, en la Gran Estación, nadie esté allí para abrazarnos, para aplaudir. Quizás miedo a no poder expresar más claramente esta maraña de emociones que por unas horas abrumaron la alegría de estos días. Por suerte no hay un ápice de tristeza. Sólo, y por hoy, una profunda sensación extraña.

(Foto: Esta tarde ya me he sentido extraño mientras paseaba por el Valle de los Caídos)…

Somos nuevas versiones


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Nunca pensé que su pudiera escribir un libro en menos de cuatro días. Ya casi tenemos el trabajo hecho y SP ha creado una bonita espiral capaz de transportarnos a ese mundo de magia y color que tanto la caracteriza. Da gusto compartir momentos únicos con personas dotadas de esa magia, de esas ganas de vivir y disfrutar de la vida, de cada segundo de vida. Escuchar su entusiasmo, ver como le brillan los ojos y sentir su generosidad extrema con cualquier persona que pasa a nuestro lado ha sido una experiencia reconfortante. Me siento honrado y privilegiado por haber tenido la oportunidad de pasar estos días en exclusiva con un ser tan excepcional.

Si existe el mundo angélico, sin duda ella ha sido enviada directamente desde sus nubes y cielos. Y siempre con humor, con mucho humor, con muchas bromas, sin discusiones, sin presiones, fluyendo a cada momento. Trabajando cuando teníamos ganas y descansando cuando nos apetecía. Comiendo cuando teníamos hambre cualquier cosa, ya fuera un exquisito plato en el mejor restaurante o unas sencillas tostadas con aceite y ajo. ¿Qué más da si la magia puede permitir que vivamos en la abundancia incluso desde lo más sencillo?

Y lo sencillo podía ser una sonrisa, un guiño, una palabra exacta, una anécdota que yo registraba como un ejercitado amanuense. Era tal la comunión que a veces me adelantaba a sus palabras y registraba su pensamiento antes de que ella pudiera dictarlo. La combinación ha sido perfecta y espero que el resultado haya sido bueno y que consigamos, como el libro anterior, al menos una séptima edición.

En una de las charlas ella me decía que a cada instante somos nuevas versiones, mejores personas que antes. ¿Para qué por lo tanto remover el pasado si el presente es único y diferente? Y además, es un presente que nada tiene que ver con el pasado. Nuevas versiones de nosotros mismos que renacen a la nueva oportunidad. Esa es la sensación que tengo estos días. Ser una nueva versión que disfruta de estar rodeado de tanta luz y tanta montaña, de tanta cercanía con un mundo más lúcido y luminoso.

Al fin y al cabo, el secreto de la vida es bien sencillo y tiene que ver con el amor hacia todas las cosas, respetando cada instante, cada ser, amando y abrazando todo cuanto ocurre, agradeciendo de forma infinita cada experiencia. Comprender esto es ser una nueva versión, es ser en el ser, es penetrar el misterio y la causa de todas las causas.

Mañana dedicaremos unas horas más a perfilar el trabajo. Volveremos a Madrid y al día siguiente, si todo va bien, empezaré mi periplo de peregrino. Primero a Roncesvalles vía Pamplona y luego a la inmensidad de la experiencia. Me esperan días muy luminosos, como estos días que he podido compartir con la increíble SP, una mujer buena, una mujer generosa, un ser angélico.

Donde ponga mi sombrero, esa es mi casa…


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Salí del zulito escuchando desde la oscuridad de sus cuatro paredes música clásica. Llevaba además algunos días escuchando siempre las mismas piezas, tonos suaves que podían acompañar a la sintonía de la nueva primavera. Desde allí contemplaba poesía, mucha poesía. Y montes y sierras y montañas. Esas eran mis coordenadas antes de marcharme.

Cuando hemos llegado aquí, tanto en el palacio como en los restaurantes donde comíamos escuchábamos las mismas piezas de música clásica que en el zulito. Era como si de repente hubiera cambiado el escenario, pero la esencia siguiera siendo la misma. Me acordaba de los otros palacios en los que alguna vez viví. Grandes salas cargadas de lujo y detalles fantasiosos. Este palacio que alguna vez perteneció a la princesa Victoria está cargado de luz, mucha luz. Eso me llena de gozo, de mucho gozo.

Cuando hoy caminábamos entre montañas al fondo y un maravilloso cielo azul, encontramos un lugar curioso donde entramos para curiosear entre sus cientos de cosas aún más curiosas. Encontré una vieja edición de “Cuentos de Ise”, del japonés Ariwara No Narihira, un poemario del siglo nueve, quizás uno de los documentos más antiguos que se conservan en el país nipón. Leía sus versos mientras miraba por la ventana y veía las montañas y escuchaba la música. Nada había cambiado, pero todo había cambiado. Era como despertar a la vida en una sintonía diferente. ¿Despertar a la vida? ¿Cómo se despierta a la vida? Me preguntaba. Mi compañera de viaje llenaba los momentos de enseñanzas, de experiencias que rozaban lo mágico, de maravillosas historias que iban rememorando en el mundo de las sincronías. Me daba cuenta que uno podía vivir en una cueva oscura o en un palacio maravilloso y lleno de luz. Realmente no importa el escenario si somos capaces de renacer a la vida.

Admito que la primavera ayuda a este tipo de reflexiones. También este lugar. La buena compañía, la visible y la invisible que vuela mágica entre poesías y promesas sentidas. Los universos que se entretejen entre historia e historia, relato a relato. La misma experiencia de encerrarnos en este lugar para crear un libro con sugerente título y que estoy seguro que despertará la curiosidad de miles de personas, como ya pasó con el primero.

¿Despertar a la vida? Decía mi compañera de viajes y aventuras, con ese amor incondicional que le caracteriza, que guarda en el recuerdo una canción hermosa que en su estribillo dice así: “donde ponga mi sombrero, esa es mi casa”… Hoy me sentía precisamente así. Como si hubiera colgado mi sombrero en este palacio, y escuchando mi música clásica y releyendo a poetas muertos y vivos nada hubiera cambiado, excepto ese anhelo palpitante y deseo ardiente de despertar a la vida.

 

En la cuadra había un piano


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Llegamos a buena hora. El lugar estaba desierto, excepto por sus cargados palacios y monasterios. La habitación tenía unas vistas increíbles a ese horizonte que siempre se muestra infinito. Había colinas y sierras en un paisaje constante. Incluso en los valles había sierras. Incluso en los páramos cargados de cielo había montaña. El lugar era la cuadra del antiguo palacio. La reina, que no quería vivir en el mismo lugar donde iba a ser enterrada, convirtió las cuadras reales en un palacete, donde vivió sus escapadas veraniegas junto a la alta sociedad de la época.

Dimos un paseo, charlamos un rato y nos pusimos a trabajar. Para mí era una experiencia nueva porque nunca había escrito un libro al dictado, y menos aún en un encierro de cuatro días rodeados de montes.

Ella cerraba los ojos, buscaba inspiración y empezaba a hablar. Yo cargaba las manos de velocidad y recogía, transformando literariamente algunos párrafos, toda su enseñanza, toda su experiencia. Pudimos terminar la introducción y un primer capítulo. En cierta forma me sentía un privilegiado por poder disfrutar de ese momento único con un ser único. Me daba cuenta que mi peregrinar había empezado exactamente hoy. Y que continuaría estos días entre cordilleras, primero las de este lugar, y luego las de el Camino.

Siempre nos preguntamos porqué el alma dirige nuestros pasos hasta estos parajes. Ese interrogante formaba parte de la inspiración que tenía lugar junto a la chimenea apagada y el piano silenciado. La valentía de asumir nuestro camino, sin miedo al qué dirán o al qué pasará nos hace dignas almas libres. Así me sentía. Un alma libre y pasajera, capaz de abrazar la experiencia sin temor. Mañana más.

Comprendiendo a Anna Karenina


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Hay una sierra dulce en todas las escenas. Una colina donde emprender nuevas vidas. A pesar de que a veces las carencias espirituales de nuestras vidas son difíciles de llenar. Al menos llenarlas con las cosas que creemos nos aportan felicidad. Esa felicidad enlatada, instantánea, que dura lo que dura un instante. A no ser que nuestras sombras mortales se asemejen a la luz de cualquier sabio y sepamos, por madurez y reflexión, disfrutar de cada instante como si fuera el último y de cada gota de vida como si no hubiera más fuente vital que esa.

Así pensaba León Tolstói en su madurez, donde se refugió perdido en la belleza de los campos abrazando la felicidad espiritual de las cosas sencillas. Y así lo demuestra en la profundidad poética de su obra “Anna Karenina”, muy bien adaptada por Joe Wright para la gran pantalla. Hoy de nuevo, en familia espiritual, hemos disfrutado del cine en una tarde mágica de primavera.

Y salíamos reflexivos ante la mirada de Tolstói, ante la ingenua visión del amor puro y el amor de apetito, ante la crítica a una sociedad hipócrita que se defiende de sí misma a base de mentiras y oscuranteces.

Y cuando volvía buscando la luz de este día maravilloso a la oscuridad del zulito me preguntaba donde se halla ese amor puro, ese amor cristalino capaz de atravesarte para siempre. Me acordaba de la estación, del hechizo de la vida y de la muerte que Anna sufre en los raíles y el silbido de los vagones. Silbido muy parecido a ese toque de clarín del alma, que nos atraviesa de la forma más increíble en cualquier descuido, en cualquier tarde de primavera, como si las fuentes de la luz hubieran estado esperando todo el invierno para de repente despertar lo más grande y poético que habita en nosotros.

Y tras el hechizo de tanta magia preparaba las dos maletas para los próximos dos viajes. La primera una maleta formalizada con algunas cosas, pocas, para pasar cuatro días de encierro en un hotel mientras redactamos con una buena amiga un nuevo libro. Será una experiencia interesante, una prueba cargada de sentido común y de invitación a una nueva vida.

La segunda maleta era más bien una mochila pequeña, la más pequeña que he encontrado, donde he metido un saco de dormir pequeño, tres gayumbos, tres camisetas, un cepillo de dientes, un pantalón y poco más, muy poco más. Lo suficiente para sobrevivir al menos treinta días con sus treinta noches en el Camino de Santiago. Así que cuando el jueves termine la aventura literaria emprendo la fantástica e increíble aventura de la vida. Será un peregrinar intenso, muy intenso. Porque habrá mucha poesía y mucha vida. Y sobre todo, un contacto con la naturaleza salvaje del espíritu libre. Dejaré aquí las carencias espirituales y abrazaré, en la vida sencilla, las enseñanzas de los sabios y el camino… Así, me marcho feliz y pleno, solitario, pero con la mágica presencia que ahora me acompaña… Buscando mi propio vagón de tren y mi propia estación, como Anna.

Monarquía sí, república también


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Monarquía sí, porque antropológicamente no deja de ser un hecho social y cultural  increíble. Por eso monarquía sí, pero en los museos, o en las anécdotas de la historia de España, donde se cuente en los libros de texto como una dinastía extranjera, la borbónica, se instaló en nuestro país, y de cómo volvió de manos de un dictador que se saltó la “legalidad” dinástica, poniendo al hijo, y no al padre, en el trono. O poniendo a una familia, y no a la otra. Porque habría aquí que discutir si la tradición se cumplió, o se pasó por alto (véase la legitimidad según los carlistas, que defienden la legalidad tradicional de Carlos María Isidro de Borbón, y no de Isabel II).

Además, desde Felipe V, esta familia extranjera (Bourbon-Anjou ) ha sido la raíz de todos nuestros males pasados y presentes. Véanse las guerras carlistas (hasta tres guerras civiles), o las guerras de sucesión, que hicieron que los catalanes se enfadaran de por vida con los castellanos y viceversa, cuando lo único que se discutía era la implantación de reyes extranjeros, de unos o de otros (la casa francesa de los Bourbon-Anjou o la casa de Austria, con el archiduque Carlos al frente). ¿Por qué entonces seguimos enfadados por ese estúpido incidente monárquico de 1714? ¿Por dos reyes extranjeros? Eso solo puede pasar en España, en la España ignorante y cañí, típica y folclórica, ciega y patética.

Por eso monarquía sí, pero en los museos y en los textos de historia.

Y por eso república también. Porque no creo en la dinastía por designio divino. Al menos no en la terrenal, porque de la espiritual podríamos hablar largo y tendido. En este mundo moderno en el que vivimos resulta un insulto a la inteligencia que existan reyes, pero sobre todo que estos reyes obstenten algún tipo de poder social o político, y que lo hagan en nombre de un Dios, o de un destino, o de un espíritu, o por una sucesión de sangre. Es como si en estos tiempos tuviera tres hijos y sólo uno de ellos, el mayor, heredara toda mi pobre o rica fortuna. ¿Verdad que no pega?

Por eso la sensatez y el sentido común aboga por una república, que tendrá también sus males y paradojas y contradicciones, pero al menos no será un insulto a la razón y sí un intento modesto de aplicar aquello de la igualdad entre los hombres y mueres, es decir, entre iguales, ciudadanos libres y emancipados del absolutismo medieval ya (teóricamente) superado.

No me gusta celebrar el día de la república con esos trasnochados socialistas que defienden, traicionando a sus propios ideales, a la monarquía (véase Psoe). Ni tampoco con esos radicales anclados en el pasado, buscando enemigos donde no los hay o rebuscando entre las cenizas justicias perecederas. Prefiero pensar en la república futura, sensata y de todos, de rojos y azules, de violetas y rosas, de negros y blancos, de hombres y mujeres, de altos y bajos, de feos y guapos. En la república de todos que inevitablemente tendrá que llegar, antes de que los catalanes sigan celebrando una fecha monárquica y una derrota no de ellos, sino de todos los pueblos de España por permitir que reyes extranjeros expoliaran nuestras arcas para financiar guerras europeas a costa de nuestra historia y nuestro presente.

Escarches, carta a Dolores Cospedal


 SEGUNDA JORNADA DE DEBATE CON LA SOCIEDAD ORGANIZADA POR EL PP, BAJO EL TÍTULO "LOS POLÍTICOS NO SON EL PROBLEMA"

Querida Dolores,

A mí tampoco me gusta la palabra. Suena rara, y nunca la recuerdo pasado el instante que dura en el paladar taciturno. Me gustaría, como a usted, que no existiera por fea y rancia. Pero existe. Y hay que contemplarla, y comprenderla.

No me considero nazi. He trabajado duro toda mi vida. He levantado casas y las he perdido. Nunca he pedido ninguna beca ni nunca he pedido ninguna prestación, ni siquiera cuando me quedaba desempleado en tiempos de crisis. Y no porque no la necesitara, sino por no querer molestar. Realmente, nunca he pedido nada. Y ahora que he trabajado tanto y lo he perdido todo, no puedo decir que me sienta un nazi, ni un totalitario por sentirme aquejado, desorientado, sin nada.

Fui a la universidad, a tres universidades, y me enseñaron la belleza de la pluralidad y el encanto del pensamiento libre. No por ello soy totalitario ni sectario. Especialmente una persona que ha tratado de proteger y fomentar la cultura y el pensamiento independiente y la cordura del bien común no puede sentirse totalitario. Así que por favor no me llame así, porque no lo soy.

No señora Cospedal. El asunto es más grave. Y es tal la gravedad que me siento con ánimo de seguir saliendo a la calle tantas veces haga falta. No por mí, que no tengo familia que proteger ni vivienda que soportar porque lo perdí todo. Sino por mis vecinos, por mis amigos desesperados, por los ancianos que rebuscan alimentos caducados y los niños que serán nuestro futuro. Saldré a la calle al menos hasta que la insensibilidad de la clase política asuma la responsabilidad de proteger al pueblo que lo ha votado. O mejor dicho, a los ciudadanos libres que han depositado en ustedes toda su confianza.

Pero cuando la confianza se quiebra y ustedes nos llaman nazis y sectarios totalitaristas, no solo se rompe nuestro corazón y nuestra alma se vacía de contenido, sino que nos obligan a seguir saliendo más y más a la calle, que se ha convertido, no solo en nuestro hogar, sino en nuestro refugio. A la calle a dormir, a rebuscar entre los contenedores algo para comer, y también a la calle para protestar. Porque, o ustedes cambian, o nosotros provocamos el cambio. Y si es en la calle, allí nos veremos.

En paz, porque aún nos queda ese sentido de realidad, pero con rabia y algunas dosis de desesperación. Sí, he perdido mi casa y mis ahorros de diez años y sobrevivo como puedo de mi propio y digno trabajo, sin pedir nada a cambio. Pero no me llame nazi, porque no lo soy.

Respetuosamente suyo,

Javier León

To the wonder


 to the wonder

¿Amamos? ¿Lo hacemos? ¿Sentimos amor? Sí, lo pensamos, día y noche, pero, ¿lo sentimos? Al menos adoramos los placeres sencillos como último refugio de almas complejas. Estos días han sido intensos y cargados de placeres sencillos. Alguna mañana en el Encuentro Europeo de Editores, compartiendo inquietudes con colegas que protegen y cultivan la cultura. En alguna presentación de libros apoyando a amigas que son capaces de vender libros editados en más de veinte idiomas, toda una proeza hoy día. O como esta mañana, que terminé con un amigo político que había sido expulsado recientemente del congreso, hablando sobre los procesos constituyentes y el derecho a decidir. Me preguntaba qué otra cosa no puede hacer el ser humano sino decidir constantemente sobre su vida entre esos placeres sencillos.

¿Amamos? ¿Lo hacemos? Quizás podamos amar como amamos los humanos… Pero resulta difícil amar como aman los cielos y las tierras… amar sin esperar nada a cambio, amar como los soles, iluminando sin esperar ser iluminados… amar en silencio, como hacen las estrellas y las luminarias cósmicas o los átomos.

Si la mañana fue taciturna pero intensa tras una noche larga, muy larga, la tarde estuvo cargada de motivos. Fui invitado por un amante de Malick y su poesía junto a su querida esposa y hermana a contemplar la magia de lo sencillo, de lo humano, en los cines Renoir. Ver las obras de Malick es como entrar en trance meditativo, porque sus películas, para entenderlas, hay que contemplarlas como un mantra interior. Por eso queda el regustazo de permeabilizar el sentido de su marcha por imágenes lentas y paisajes interminables como un om expresivo y cálido, que pretende avivar el infinito que nos habita. Y cuando eso ocurre aprendemos un poco más sobre el amor y sobre las maravillas de la vida. Asombrándonos de lo simple y bello de la vida diaria. De lo complejo y la extrañeza de sus misterios cotidianos.

¿Amamos? Fuimos a dar un paseo por el barrio. Le enseñé mi cueva y quedó espantado. Había conocido mis luminosas y cristalinas casas, y resulta difícil entender como un ser que ama la luz y el vuelo libre pueda vivir encerrado en una cueva. Pero amo esta cueva porque es lo que la vida quiere para mí en este instante. La abrazo y la respeto y doy gracias por su acogida y su oscuridad, que me llena de luz interior y sosiego. Doy gracias por hacerme apreciar la sencillez de tomar una copa de helado tras el paseo o coger el teléfono tras la despedida y enlazar un paseo con otro hasta la extenuación y el agotamiento. Con dinero o sin dinero, paseando, contemplando la belleza de una tarde primaveral increíble, cargada de vida y rebosante de amplitud.

¿Amamos? Y luego la poesía. Otra vez plagada de luminarias y momentos y escenas únicas. ¿Qué hacer ante tanta magia constante cuando palpitamos en la constante de un sanyasin? Solo mecer el instante… Mecerlo y aprender a amar en silencio. Como hacen las estrellas. Y seguir adorando los placeres sencillos, porque son nuestro refugio, y nuestra vida. Y seguir maravillosamente asombrados por la vida que nos es dada. ¿Amamos? Amemos, aunque sea de forma humana.

«Paraísos Perdidos», de Sierra Castro


PORTADA-PARAISOS-PERDIDOS

«La fe es el pájaro que canta cuando el amanecer todavía es oscuro» Tagore

Sierra Castro: Sólo por amor se espera al mañana…

Javier León: El amor sólo se puede presentar en el ahora… Amar es perseguir el instante de la fugaz llama… el silbido arrinconado del alma sudorosa.

Sierra Castro: Qué gran verdad, pero es que por amor nos perdemos y no nos encontramos en el ahora. Algo que se vive como una tragedia íntima, donde las llamas ya nunca son llamas, son rescoldos, bocanadas de humo que intoxican el presente, te apartan del camino de los álamos verdes y se te clavan las espigas amarillas…

Javier León: Anclados en el recuerdo de las hojas de otoño, ignoramos la primavera que renace en sus retoños, en su oleo teñido de plagas multicolores cargadas de nuevas e increíbles promesas… ¿Para qué mirar hacia atrás? ¿Para qué perseguir volátiles sueños de verano? Aquí está la llama, en la primavera, junto al ruiseñor y el manantial y la orquídea teñida de vida…

Sierra Castro: Pues parece que sí. Tengo ante mí un poeta que camina gozando de su tiempo de flores y de nubes, que no ansía arrancar las flores ni destilar las nubes. Se limita tan sólo a observar la belleza de la nube, la flor, de la orquídea o la fuente que son de por sí el sueño de estar vivo en los días. Y es que eso es la vida: cuestión de perspectiva. Y con el tiempo uno ya va jugando con los ángulos.

Javier León: Pasaba por esta vereda y me encontré contigo, oh flor, orquídea o remanso de cualquier manantial o lo que seas… Así que gracias por la inspiración y por el instante, que con o sin llama, iluminó parte del camino… Por cierto, felicidades por el sentido «Paraísos Perdidos» que tengo ahora entre mis manos, a cual flor de primavera…

Sierra Castro: Pues parece que sí, que soy flor, deshojada más bien o sometida al infantil y no menos cruel juego de la margarita: sí, no, sí, no… Por algo son mis nombres los que hacen referencia a una flor «Margarita» en medio de la «Sierra».

Javier León: Abraza el instante y la margarita se convertirá en eterna acacia… el amor en el aquí-ahora, viviendo intensamente el esto-aquí-ahora de cada momento…

Sierra Castro: Muchas gracias por tus felicitaciones, hoy ha llegado a mis manos un ejemplar de «Paraísos Perdidos». Permíteme felicitarte por el resultado. Hacéis un buen trabajo, ha quedado muy bien. Ahora sólo queda que sea del gusto del público. Ahí reside mi voz, mi esencia, mis sueños ya perdidos como esos paraísos, pero queda un fragmento de algo que fue vida y dolor, como decían los versos de Rubén Darío «pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo». Y lo importante ahora es vivir, esa es la esencia. Y seguir por la senda que te haga soñar por un instante, aunque sólo sea eso, un instante. Espero que te haya gustado el libro. Admito toda crítica. Siempre todo es mejorable. Ahora, si de verdad algo te ha emocionado al leerlo y te ha movido algo pues algo he conseguido de ese dolor aciago que me dejó sin luz y casi ciega…

Javier León: Me ha gustado porque como poeta trasnochado también he nadado por esas aguas turbias del dolor (véase el extinto «Ama hasta que te duela», de mi autoría)… Pero ahora el cuerpo y el alma solo me piden vida, más vida. Luz, más luz. Dejar el dolor para abrazar el amor-relación, que es saberse en relación y vínculo con todo lo creado, con todo lo que palpita. Y cuando eso ocurre, el instante ya es amor. Sierra Castro ya es amor, el pajarillo ya es amor y el manantial y la flor… Así que felicidades a ti por sembrar flores en el camino, poéticas y sentidas como Paraísos Perdidos, que seguro, tiempo al tiempo, algún día serán recobrados…

Sierra Castro: Me encanta lo que dices, casi toco la luz con tus palabras…

Javier León: Pues entonces ya se encendió alguna llama… ¿Lo ves? Es la magia del instante…

PD.- El libro lo podéis comprar en nuestra editorial Séneca, en el siguiente enlace:

http://www.editorialdharana.com/catalogo/paraisos-perdidos?sello=seneca

Cartas Persas


 escrache

Se apagaba la tarde cuando recordaba escuchando el rondo allegro de la Pathetique esas paradojas de la historia, por ejemplo, esa en la que Montesquieu, unos de los padres del Siglo de las Luces, murió ciego. El barón fue uno de los inspiradores de la Ilustración, movimiento que incita la caída del absolutismo y el fin de una estructura social caduca reinada por privilegiados que gozaban de inmunidad fiscal y judicial y el resto, esos vasallos sin derechos que trabajaban para la casta dominante y sobre los que caía, además, toda la carga tributaria. ¿Os suena? La otra paradoja es que fuera un barón el que pensara estas cosas.

Pues repasando las Cartas Persas que ayer un sabio catedrático mencionó de paso en otra tarde agradable, nos damos cuenta de lo poco o nada que ha cambiado la historia, y que de una forma draconiana, la especie humana repite patrones insertados en su cráneo reptiliano, sin haber avanzado mucho en cuestiones de igualdad, fraternidad y libertad.

Por eso cada día creo más en esas teorías conspiranoicas que hablan de que estamos dominados por una raza de reptiles, como los de la serie “V”. Tiene su lógica, porque aún nos seguimos peleando por el territorio (ver los patriotas y los nacionalistas de ambos bandos), aún seguimos temiendo a nuestros hermanos (el temor hacia el otro es uno de los indicadores más visibles de nuestra involución social) y aún seguimos con esa estúpida necesidad de acaparar cosas como hacían nuestros primitivos ancestros para sobrevivir al duro y nefasto invierno (veánse las modas de temporada o las compras compulsivas en el Ikea los fines de semana de cosas inútiles e inservibles).

Pero esta decadencia, de raza y de sociedad, puede ser también el indicativo de que otro siglo de las luces está por llegar. Solo hace falta que nazca otra oleada de espíritus como Montesquieu, Voltarie, Diderot, Rousseau, Buffon o nuestro Jovellanos. Sólo hace falta ir sembrando las semillas para que aquellos que nazcan con fuerza y vigor, sean capaces de marcar el camino de los nuevos tiempos que ya están naciendo.

Los privilegiados de nuestra época algún día dejarán de subir el IVA y dejarán de tener los privilegios heredados del absolutismo trasnochado. Dejarán de ayudar a los bancos a costa de nuestra educación y sanidad y dejarán de provocar que una persona libre y de buenas costumbres, por una circunstancia ajena a su propia naturaleza, padezca la humillante y deplorable situación de tener que abandonar su casa por un infortunio transitorio de la vida.

Algún día nacerán esos espíritus lúcidos que se levantarán contra todo esto y lucharán por la justicia social y por la armonía entre los humanos.

¡Esperad! Escucho algo ahí fuera… ¡Sí! Son ellos, son los nuevos Montesquieu, Voltarie, Diderot, Rousseau, Buffon o nuestro Jovellanos… Son el panadero, el jardinero, el electricista y el taxista que están haciendo un nuevo escrache en la casa de un privilegiado… ¡Sí! Escuchad, son ellos, la gente de la calle, los nuevos Montesquieu, Voltarie, Diderot, Rousseau, Buffon o nuestro Jovellanos que han resucitado para traer ¡¡¡ luz, más luz !!!

El peregrino de la Visión Penetrante


peregrino 

Mientras ayer volvía a casa me encontré a unas cinco o siete personas rebuscando en un contenedor de la basura. Había jóvenes, emigrantes y una anciana con el pelo todo blanco que consiguió desanimar mi condición humana. Me paré un instante para observar la escena. En frente había un supermercado que se había desecho de perecederos y de algunos productos caducados que ellos, con una paz inusual, recolectaban ante la mirada atónita de algunos curiosos.

Admito que cierta tristeza se apoderó de mí. He visto tantas y tantas veces esa imagen en otros países de Asia y África. Pero al verlo aquí, a dos calles del zulito, algo extraño se revolvió dentro. Como si de repente nada tuviera sentido y todo careciera de lógica.

En pocos días celebro mi cuarentavo cumpleaños. No tengo ganas de grandes fiestas con los amigos ni esas cosas que se suelen hacer cuando pasas de una década a otra. De hecho, nunca celebro el aniversario con ninguna fiesta especial, y mis amigos saben que ese día estoy ilocalizable. Es tradición. Pero este año sí quería celebrarlo de forma especial, y ando pensando el alejarme del mundo durante treinta días, recorriendo con poquito equipaje el Camino de Santiago por tercera vez. Así que sumaré los diez días de retiro Vipassana a treinta días de peregrinación, lo que sumarán cuarenta días y cuarenta noches en el desierto de la Visión Penetrante.

En el viaje me acordaré de muchas cosas, pero especialmente de la anciana de ayer, y de todos los que me cruzo diariamente en las calles de Madrid. Necesitaré reflexionar sobre ese necesario viviendo el esto-aquí-ahora, pero no tendré más remedio que desintegrarme para pensar también en los otros, y en como esta situación de la que no sabemos como salir, nos enseña a ser humildes y a vivir una vida más sencilla. En esa sencillez, con poco equipaje y con algunas monedas, no muchas más, me lanzaré al camino la próxima semana. Y me llevaré a la anciana en el corazón, para que camine conmigo, y así el peregrino pueda deambular por los recovecos de la compasión y del alma humana. Que la Visión Penetrante nos ilumine el Camino. A todos.

Liquidación por derribo, de Lucía Etxebarria


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HOY jueves, 11 de abril, 19:00 , en el Salón de actos del Rectorado de la UNED (Bravo Murillo, 38), en Madrid, la amiga Lucía Etxebarria presenta su libro «Liquidación por derribo».

Allí nos vemos, animaros, Lucía es un ser entrañable que merece la pena conocer y el libro, una escena que refleja el patético estado de un país corrupto y dirigido por una partitocracia decadente. Una crítica inteligente y una visión acertada de todo cuanto está ocurriendo. Os lo recomiendo.

Trescientos metros de irrealidad


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Al parecer, ese es el perímetro absurdo y surrealista que separa a los ciudadanos, a la gente común, de los endiosados y abstraídos de la realidad. Trescientos metros de vergüenza para defenderse de la indignación y la rabia. Trescientos metros de cobardía. Mientras que la gente, de cada metro dará tres pasos más firmes y más contundentes. Porque si la casta se defiende de nosotros, nosotros deberemos defendernos de la casta.

Y cuando digo casta lo digo desde la más supina de las desvergüenzas. Por llamarlos de alguna forma. Porque los conozco y sé como piensan y veo como se ríen de nosotros y sé como utilizan sus tronos de amianto para perpetuarse en su propia ilusoria fantasía.

Y llega un momento que la tomadura de pelo hay que tomarla en serio. Porque trescientos metros ya no es un escarmiento más, una reprimenda más, sino más bien un devenir de paranoia que hay que atajar con hordas de sensatez.

¿Y qué van a decir ellos? ¿Qué más harán para defenderse de nosotros? ¿Volverán a multarnos por salir a la calle? ¿Nos enviarán a todos a la cárcel? ¿Nos echarán a todos de nuestras casas y trabajos? ¿Nos rebajarán aún más las pensiones, la sanidad y la educación hasta que ya solo seamos una masa uniforme y sumisa, silenciosa?

Trescientos metros es lo que separa a los políticos y sus dinosaurias presencias de la realidad y del futuro. Porque el futuro ya no son ellos. Porque el sistema decadente se está desmoronando de nuevo y una nueva rebeldía está naciendo. Un modelo obsoleto muere y una nueva esperanza nace. ¿Trescientos metros, dicen? Lo siento señorías, pero esos trescientos metros, como dicen en mi barrio, nos los pasamos por el forro.

Retazos de un trozo de instante…


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Cuando el arte nos posee nos olvidamos de lo demás. Ya no eres tú. Algo te inviste, algo que nace del fuego o de la belleza o de la fuerza inmanente de las rocas y el subsuelo, o del verdadero refinamiento que flota entre las nubes y la sutil música de esferas y lánguidas promesas.

¿Cómo entender el arte si no es viviéndolo? Ya sea penetrando un cuadro, evaporándose en un concierto, silbando ante una llamarada de letras o abriendo el pecho ante una obra de teatro.

Esto último ha acontecido hoy. ¿Cómo no abrir el pecho ante tanta luminaria y belleza? ¿Cómo no dejarse persuadir ante la mirada cómplice y el sublime aliento de lo inesperado? ¿Se sonríe? ¡Ah! Claro, es el alma feliz envuelto en la magia y la manifestación. No es hedonismo, no es sólo fantasía, son lirios naciendo de sus mejillas o luces de oro cubriendo sus miradas.

El tiempo tiene celos de lo impermanente, y eso es lo que ocurre cuando te dejas arrastrar por un instante de teatro. ¿Por qué malgastamos la brevedad de nuestras vidas en cosas que no nos hagan sentir vivos? No deberíamos perseguir la promesa del absurdo si no podemos arrebatar a la existencia suspiros y aromas, ramilletes de noches escarlatas o esas mariposillas verdes que se posan en el estómago cuando los mirlos empiezan a cantar. ¡Juventud! ¡Siempre juventud que nace del arte sentido, del amor expansivo de poder decir y explicar e insinuar al mundo! ¡Juventud de alma que nunca envejece!

¿Alguien que no sienta el arte puede dibujar el lienzo de la vida? ¿Alguien que no sea capaz de enamorarse de una danza cualquiera, o de un trozo de mimbre, o de una brevedad pausada, puede expresar fulgor? Fuego… más fuego… para que la llama palpite incluso en la cueva más oscura…

Gracias Aina, Mentxu, Roberta y Óscar por recordarnos tantas y tantas cosas…

¿Te vienes al teatro? «CISTITIS (y a ti, ¿qué te pica?)», 10 de abril, 20:30, Sala Tú. 10€


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  • Una obra de Abel Zamora, dirección Fran Arraez.
    Reparto:
    Aina de Cos
    Mentxu Romero
    Roberta Pasquinucci
    Óscar Villalobos
  • Tres chicas en plena efervescencia de cambio. Tres chicos que miran impacientes el reloj. Una presentadora con prótesis vip. Una amiga idiota con el pelo apunto de achicharrarse. Una madre decepcionada por Emma García. Otra madre (que ni entiende el inglés ni hace por entenderlo), un puñado de coristas y lo que queda de una estrella del pop, pero sobretodo: Una infección que todo lo une. Porque las infecciones, como las malas noticias llegan en el peor de los momentos, cuando nadie las espera y cuando nadie quiere recibirlas.

La amiga Mentxu, oriunda de mi tierra natal, nos invita a la obra de teatro que se representará en la Sala Tú hoy miércoles a las ocho y media, en la Calle Velarde, 15 de Madrid, junto a la Plaza Dos de Mayo. Allí nos vemos y a reír que son dos días.

¡¡¡Nos vemos esta tarde!!! ¿Alguien se apunta? Todo por la causa del arte, la cultura, el teatro… 

Apuntes sobre la Verdad, según el Buda


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Un grupo de hombres se habían reunido a hablar. Eran brahmanes y tenían distintas opiniones y puntos de vista. Algunos afirmaban: “Eterno es el mundo; esta es la verdad. Todo lo demás es ilusión”. Otros declaraban: “El mundo no es eterno; esta es la verdad. Todo lo demás es ilusión”. Otros decían: “El mundo es finito”, o: “El mundo es infinito”. Algunos señalaban: “Cuerpo y alma son una misma unidad”. Otros: “Cuerpo y alma son cosas diferentes”. Los había que decían: “El Tathagata existe después de la muerte”, o “el Tathagata no existe después de la muerte”, o “el Tathagata existe y no existe después de la muerte”. Y así cada uno pensaba estar en lo cierto y que las otras opiniones eran equivocadas. De esa manera se manifestaban, se increpaban e insultaban, cada uno de ellos diciéndose poseedor de la verdad. Los discípulos del Buda que pasaran junto al grupo de brahmanes, habían visto la actuación de cada uno de ellos, y lo comentaron con el Buda. Él dijo:

“Esos disidentes, Hermanos, son ciegos y nada ven. No conocen lo real, no conocen lo irreal; no conocen la verdad, no conocen la no verdad. En tal estado de ignorancia disputan y se querellan tal y como ya lo habéis visto. Y en tiempos antiguos, Hermanos, había un rajá en Savatthi. Hizo llamar a cierto hombre y le dijo: “Ve y reúne a todos los ciegos que hay en Savatthi”. El hombre obedeció al rajá y reunió a todos los ciegos existentes. Entonces el rajá le ordenó al hombre que mostrase a los ciegos un elefante. Y así lo hizo. Ya cada ciego comenzó a palpar una parte del elefante. Uno dejó sus manos en la cabeza del animal; otro en un colmillo; otro en la trompa, en el lomo, la pata o la cola. Se les dijo que se trataba de un elefante y después el rajá les preguntó que según ellos a qué se parecía un elefante. Los que hubieron palpado la cabeza afirmaron: “Se parece a un cachorro”. Los que habían tocado la oreja, declararon: “Es como un cesto para aventar”. Los que acariciaran el colmillo dijeron: “Es como una reja de arado”. Los que tocaron la trompa indicaron: “Es como un arado”. Los que pasaron sus manos por el cuerpo: “Es como un granero”. Los que deslizaron sus manos por el lomo: “Como un mortero”. Los que cogieron la cola: “Como una escoba”. Y luego, como quiera que no coincidían en sus opiniones, empezaron a discutir a gritos, cada uno defendiendo con coraje su punto de vista. Mientras tanto el rajá se divertía observando el espectáculo. Pues así son esos disidentes, ciegos, no ven no conocen la verdad, pero cada uno de ellos sostiene que es de una o de otra forma”.

(Del libro «La genuina enseñanza del Buda«, de Ramiro Calle, Editorial Nous»)

¿Te sientes preso? Escápate


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Que aunque dejas burlado el lazo estrecho que tu forma fantástica ceñía, poco importa burlar brazos y pecho si te labra prisión mi fantasía”. Juana De La Cruz

Mientras mojaba la última galleta digestic que esperaba desde hacía semanas la visita de la dama que nunca llegó, como si de un fantasma del pasado se tratara, miraba las rejas del zulito y de repente fue como si me encontrara preso en algún oscuro calabozo. Fue una sensación extraña que duró unos segundos, o quizás unos minutos. Pero puse los pies en la mesa del escritorio mientras fotografiaba la escena. Recosté para atrás la silla y me quedé mirando las rejas, la oscuridad, y el no saber si ahí fuera hacía frío o calor, había luz o tinieblas, como en el Tao: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio.

Me acordé también de cómo separaban con un delgado lazo los límites donde debíamos pasear en la colonia de Gredos, en el retiro pasado. No podíamos pasar de allí. Esa era la ley, la norma. Pero mi consciencia era otra. ¿Por qué no traspasar esos límites imaginarios en la mente humana y volcar toda la libertad y vida en aquellos increíbles parajes? Eso hice una y otra vez. Saltarme la norma. Por las mañanas, mientras los otros dormían o descansaban, me escapaba hacia el sur. Allí descubrí una tropa de caballos que pastaban semi en libertad y que tanto me recordaban a mis caballos alemanes. Al principio sintieron desconfianza, pero a partir del tercer día, venían corriendo ante mi silbido. Era tan maravilloso poder abrazarlos, poder susurrarles al oído dulces melodías humanas que ellos interpretaban con cariño y gozo. Luego llegaban las despedidas, que siempre eran difíciles para ellos y para mí. Me acompañaban siempre hasta los límites que ellos nunca traspasaban…

Por las tardes me escapaba sigilosamente hacia el este. Allí estaban las montañas y los ríos y las maravillas del bosque. Qué grandeza sentarse junto a uno de ellos y escuchar el rumor de sus aguas. Los elementales danzaban por todas partes. Las hadas, los duendes del bosque, los espíritus de la naturaleza, con sus ondinas, sus salamandras, sus gnomos y sus sílfides que revoloteaban de aquí para allá para compartir el espectáculo natural.

Entonces, ¿cómo renunciar a esas maravillas por aquellas normas? No podía, mi espíritu, alentado por la luminaria celeste no me permitía dicha sinrazón. Por eso hoy, tras contemplar los garrotes, y a sabiendas que esos cayados solo existen en nuestra mente como proyección, cogí mis mallas de invierno, me calcé lo más apropiado y me deslicé suave por las calles con mi bicicleta hasta el Retiro, donde disfruté de un hermoso paseo y una hermosa tarde.

¿Te sientes preso? Escápate. Escapa de tu rutina, escapa de tu trabajo, de tu pobreza y de tu riqueza. ¿Cuál es el límite? Sólo hay que traspasar la fina cuerda, o el barrote, aunque sea a base de lima. Sólo hay que evaporar de nuestros sentidos la sensación de panóptico, de esclavitud, de cerrazón. Sólo hay que escapar al infinito y abrazar a caballos y ríos… o pasear por el jardín botánico o por el Retiro o por… ¿Te atreves? Pues escapa… corre… escapa…

(Foto: la ventana de lo «zulito»… ¿Os acordáis de las ventanas de La Montaña?… La vida…)

Sampedro que estás en los cielos


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«Pensamos que dirigimos los acontecimientos y la historia, pero hay unos límites enormes, porque no somos autores sino protagonistas de un guión que escribe la vida«. José Luis Sampedro

Cuando de jóvenes íbamos a la universidad siempre nos preguntábamos porqué no hacían ministro de economía a Sampedro, a ese hombre cabal, humano e inteligente capaz de señalar el camino de la bondad con su mirada. Leíamos sus libros no sólo con interés, sino con extrema ilusión. Acudíamos a sus charlas y sus clases ensimismados. La admiración que siempre hemos sentido por él era casi amorosa. Un hombre libre, un hombre bueno, un hombre perfecto de mirada limpia y corazón puro. ¿Por qué nunca tuvo la fuerza para reconducir la ética económica, el cambio de paradigma político, la estructura del poder? Porque los humanos buenos siempre son peligrosos, y los humanos puros, olvidados.

Pero nuestra generación nunca podrá olvidar su bondad a la hora de mirar al mundo. Nunca podremos renunciar a su visión, a su inteligente y sabio razonar. Porque si Sampedro era algo, es precisamente eso, un sabio. Por eso penetró en nosotros y nos preñó con su ejemplo. Por eso se hizo inmortal ahora en su hora, porque está dentro de nosotros.

Las etiquetas de humanista, de pensador comprometido, de intelectual activista solo son etiquetas. A nosotros nos gustaba contemplarlo en silencio para algún día, de mayores, ser como él. Morir sabios, morir dignos, morir grandes. Sampedro, Maestro, Luz en el Sendero, tú que estás en los cielos de la aparatosa fraternidad y reinas en nuestros corazones, guía nuestras almas hacia la lucha por la libertad, la justicia, la razón y la igualdad entre los hombres y mujeres que aspiramos a ser humanos de buena voluntad. Guíanos ahora, que llegó tú hora, por los siglos de los siglos. Amén.

Segregación sexual en las sociedades postmodernas


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Me invitó a su casa. Estaba malita. Le llevé un tarro de miel y unas hierbas de tomillo para infusión. Pasamos horas sin poder dejar de hablar. No me importaba que fuera una escritora famosa. Ni su belleza de diosa ni su aura divina. Me gustaba su inteligencia a la hora de abordar uno y otro tema. Le pregunté su opinión sobre la segregación sexual, un tema sobre el que andaba pensando estos días, y me aportó interesantes conclusiones sobre ese y mil temas más. Porque todo está enlazado, todo está unido. Y la inteligencia une, no separa.

Durante siglos se ha luchado por intentar romper con la dicotomía de las segregaciones. Se abolió la esclavitud, se criminalizó el apartheid, se consiguió el voto de la mujer y los derechos de las mismas, se terminó con la caza del judío, del masón, del comunista…

Han sido muchos los logros de estos dos últimos siglos, pero no han sido suficientes aún. Le explicaba mi experiencia de hace unas semanas cuando participé en un retiro Vipassana. Había unas normas muy estrictas supuestamente inspiradas para que el método de meditación funcionara a la perfección. Entre todas ellas, una me llamó especialmente la atención. La esmerada segregación sexual con el que los hombres y las mujeres eran separados, segregados y aislados. Y el género, ¿cómo se separa? Nos preguntábamos.

De repente me vinieron cientos de ejemplos diarios que ocurren a veces sin darnos cuenta y que funcionan de igual forma. Por ejemplo en los servicios públicos, donde aún existen bien delimitados los de mujeres y los de hombres. O en los deportes, donde unos y otros corren detrás de una pelota o lo que sea pero siempre segregados por sexo y género. O en la propia religión o incluso en algunas escuelas, donde hay colegios para niños y otros para niñas.

Hablamos sobre esto que me preocupaba y me preguntaba si no estamos aún a años luz de ser una sociedad y una civilización aún por emancipar y aún por liberar de muchos tópicos arcaicos. ¿Por qué nos separan por motivo de género o sexo? ¿Por qué lo permitimos?

Acabo de llegar a casa tras una tarde agradable con ella. Tras un día maravilloso, de contacto con el mundo real, con personas de carne y hueso que podía tocar y mirar a los ojos. Y solo veía almas bellas, almas poderosas, almas grandes. No veía a hombre o mujer, solo espíritus, luminarias, hermosas luminarias. ¿Por qué nos separan?

Escenas del bosque encantado


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Decía Oscar Wilde en el prefacio de “El retrato de Dorian Gray” que el artista es creador de belleza: revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus para los que cabe la esperanza. Para ellos, decía, las cosas hermosas sólo significan belleza.

Todo arte está impregnado de belleza, de superficie y símbolo, de consecuencias y encuentros, de inspiraciones y momentos.

Con esos retazos se dibuja una mañana cualquiera siempre y cuando tengamos la suficiente lucidez para estar despiertos y poder contemplar las cosas bellas. Hoy ha sido una de esas mañanas lúcidas. Había un intenso perfume que embalsamaba el zulito. En la calle la ligera brisa primaveral anunciaba atisbos de esos árboles que siempre imaginamos cuando vivimos en grandes ciudades. Los que decoran el barrio solo son muestras alejadas de ese intenso olor a lilas o el delicado aroma de los espinos y el tomillo que consumía cuando vivía en la montaña. Pero no importaba, para mí dibujaban un bosque plagado de alfombras y tapices verdes, resplandores cargados de dulzura y espeso color a miel.

Las ramas abrían paso entre palomas que apuraban trozos de pan duro que alguien había dejado en la plaza Dos de Mayo. Mientras esperaba, las pisoteé con tacto pues los pajarillos más pequeños no podían disfrutar del manjar si no era a base de trozos pequeños. Qué hermoso tributo poder compartir ese trozo de pan duro.

Apareció hermosa, con una de esas sonrisas que gustan ver un lunes por la mañana. Había dado un salto cuántico de lo digital a lo real. La toqué disimuladamente para ver si era de carne y hueso. Claro que lo era, como en esas fantasías donde los pájaros de vuelo raso se deslizan impregnados de seda india, cargados de jade o como notas graves de un órgano lejano.

En las aceras no había saltamontes, ni madreselvas ni ninguna primaveral amapola. Pero no importaba. La lucidez puede dibujar un bosque donde sólo hay edificios y un prado verde donde sólo hay perseverancia. Y entramos a un rincón del paraje que llamaban café Pepe Botella, el cual podíamos imaginar como un trozo de sendero plagado de cielos turquesa, o como diría la voz que le habló a Dorian Gray, “un sueño de belleza en días de meditación”.

Charlamos sobre la vida y el amor. Sopesamos los avatares de la existencia. Apenas nos dio tiempo a hablar sobre Platón u Ortega o Jung, pero bastaron tres pinceladas para situar la escena y doblegar las ganas de seguir avanzando. El amor estético, el amor pasional y trágico, el amor de esos gorriones enlatados que alborotan entre hojas de cualquier enredadera… Todo podía contenerse en ese dialecto que descifra extrañezas y comprensión. Así da gusto ser ocioso un lunes por la mañana y compartir en el mundo real un bonito tiempo. Así que gracias a la dama por el paseo en el bosque y la pradera. Como nos quedó hablar del fuego de los dioses, habrá más paseos, más bosques, más praderas…

(Foto: La plaza Dos de Mayo de Madrid, esta mañana de lunes encantado…)

La ola irresoluta


 

Como un vaivén, desnudo como una isla que espera su ola. Paseaba dejándome llevar por el ritmo de la tarde, el rumor de sus gentes, el plácido gozo del instante. Me dejaba caer por sus calles de primavera desnuda, sin prisas, sin tiempo, sin lugares. Solo dejarse caer. Y de repente allí estaba, la ola irresoluta, atravesando la calle también desnuda. Con su coraje, con su tamaña fuerza. Visitando con la mirada los abismos de esa soledad y tristeza profunda.

No me importó seguirla. Sólo tenía que seguirla sigilosamente, como la ola que espera su playa, como el viento que arrastra la seductora presencia de la nada. Vencer el discreto murmullo del adiós. Preservar en el paladar la savia de aquellos días que sus riñones rozaban los míos penetrando todo cuanto pudiera explotar en mil pedazos de deseo y ternura.

Qué delicioso ha sido que nuestras vidas se cruzaran en el portal de la iglesia. Ante los cantos celestiales de los ángeles que gobernaban la plaza. Ante la presencia invisible de aquellos lazos que alguna vez unieron nuestras vidas. ¿Y ahora qué? Pensé nervioso mientras su aura rozaba la mía.

No. Más no. La dejé marchar, a pesar del deseo. Porque vengo y voy, sin retener al destino. Sólo arrastrando las fuerzas hacia la presencia de lo posible. No. Más no. A pesar de la desnuda primavera. Como una ola irresoluta, rocé su vida, y volví a los abismos del océano imposible.

Gracias por el encuentro. No quería molestar. Soy ola, y tú isla desnuda. Y te dejé marchar. Je t’aime moi non plus…

Hacia la búsqueda de nuestro talento


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El talento es algo bastante corriente. No escasea la inteligencia, sino la constancia”. Doris Lessing

Cuando viajábamos hacia la sierra de Gredos, Jorge nos explicaba entusiasmado la experiencia de su último curso de coaching, el cual trataba de buscar nuestro talento, nuestra vocación y nuestras mejores actitudes para desarrollar ambos. Así, en partida triple, todo de golpe.

La explicación y el mini curso que nos dio en el viaje nos gustó especialmente. ¿Cuál es nuestro talento? ¿Cuál es nuestra vocación? ¿Cuáles nuestras actitudes para desarrollar ambos? A veces, nos decía, no coinciden esos tres aspectos. Por ejemplo, podemos tener talento para la música pero vocación para la jardinería, y podemos emplear todas nuestras capacidades y actitudes a nuestra vocación y no a nuestro verdadero talento, o simplemente en hacer cosas que nada tienen que ver con ambos.

El éxito viene cuando todas nuestras actitudes las enfocamos a la perfección de nuestro talento y hacemos del mismo nuestra vocación. Si una persona tiene talento para escribir y además hace de ese talento su oficio, su vocación, y emplea todas sus actitudes en mejorar y hacerlo cada día mejor, con esfuerzo y constancia (¡ay palabra mágica!) seguramente nacerá un genio de la escritura. O un genio del tenis, o de la jardinería, o de cualquier otro oficio por el cual sintamos una especial atracción y pasión.

La frustración viene cuando dedicamos ocho o diez horas de nuestra vida a profesiones que se alejan diametralmente no solo a nuestro propio talento, sino también a nuestra vocación. Normalmente por comodidad o por miedo, o porque quizás nunca nadie nos dijo: «tienes mucho talento para esto o para lo otro», y nos dio miedo a reconocerlo en nosotros mismos. Cuantos talentos frustrados existen porque nunca recibimos el apoyo de nadie.

Os pondré un ejemplo personal, por si sirve a la hora de hacer frente a dicho miedo o frustración. Sobre el año 2005 trabajaba en una hermosa oficina al principio de la Diagonal de Barcelona haciendo trabajos administrativos. Tenía un buen sueldo y un buen horario que me permitía disfrutar del jardincito que teníamos en nuestra hermosa casa de tres plantas. Los fines de semana solíamos hacer excursiones a la montaña y era en esos momentos cuando sentía dentro de mí la mayor frustración. No tenía talento para hacer tareas administrativas y ni siquiera tenía vocación para ello. Mi verdadera vocación en esos tiempos era la antropología, y mi talento, lo que me hacía despertar signos de auténtica felicidad, era la escritura. Así que un día me levanté y le dije a mi pareja: “lo dejo todo y me marcho, necesito seguir mis sueños”. Y mis sueños pasaban por la antropología y la escritura. Así lo hice. Dejé mi trabajo, vendí mi casa y me marché al sur de España para hacer una tesis doctoral y dedicarme a leer y escribir, que es lo que más amo. Mi pareja de ese entonces hizo lo mismo. Lo dejó todo y se centró en su talento y vocación, la psicología. Enfocamos nuestro camino vital hacia nuestro propio talento y hacia nuestra propia vocación, intentando que todas nuestras actitudes ayudaran en el camino.

Unos años después, puedo decir que ese camino soñado se está realizando, y que poco a poco la vocación y el talento se van conjugando cada día más, con mayor claridad y rectitud en mi propia vida. Y eso me hace sentir especialmente libre y feliz en cuanto a lo profesional y lo personal. Eso que por ahí llaman sentirse realizado con lo que haces.

Pues sirvan estas palabras vocacionadas como invitación para reflexionar sobre vuestros talentos y sobre vuestra verdadera vocación, y poco a poco, reconducir vuestras vidas y actitudes hacia los mismos. Nada es imposible porque la magia obra milagros cuando realmente decidimos seguir nuestro verdadero camino. Como dijo el escritor Henry Dyke, utiliza en la vida los talentos que poseas. El bosque estaría muy silencioso si sólo cantasen los pájaros que mejor cantan.

Desde la compleja solitud


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Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.” “Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo”. El Principito

Ya se fue MJ. Hemos pasado unos buenos ratos de charla y experiencia. Ayer fuimos a la iglesia que hay en la calle Ferraz. Entramos a la cripta subterránea y participamos en la ceremonia, sencilla pero profundamente hermosa, de los cantos de Taizé. En la meditación se cantó un mantra en francés repetitivo que me gustó especialmente: “Oh tú, el más allá de todo, ¿qué espíritu puede captarte? Todos los seres te celebran. El deseo de todos aspira hacia ti”. Luego vinieron el Laudate Dominum, el Jubilate Deo, el Veni sancte spiritus tui amoris y el Dominus spiritus est. La mente y el corazón ciertamente se liberan en estos rituales místico-religiosos que pretenden conectarnos con el vacío envolvente, con la infinitud de las cosas y con la sensación de infinito primordial.

Después de Taizé fuimos a cenar a Lamucca del Pez, aquí cerca de casa, en la plaza Carlos Cambronero. Hacen unas pizzas de setas irresistibles. Mereció la pena esperar mientras mirábamos a unos y a otros en la barra del bar. Salí un momento al baño y una hermosa camarera me señaló en silencio su dirección. La miré encantado por su silenciosa presencia e indicación. Cuando ella misma vino a servirnos los postres, MJ, con esa gracia andaluza irresistible hizo los honores de romper ese delgada línea que a veces nos separan a los seres humanos y resultó todo un descubrimiento comprobar que tras el traje de luces había toda una artista. Nos intercambiamos algunos datos y volvimos felices por el hallazgo.

Hoy comíamos en los Hare Krishna. Participamos de los cantos que hay antes de la comida. El mantra se repetía, ahora en otro lenguaje, con otros ritmos. Pero en esencia era igual. Conectar nuestra mente finita con lo infinito. Anular cualquier preocupación y liberar nuestro interior. Con la ayuda de un armonio indio, címbalos, y mrindangas, se creaba un ambiente propicio para la devoción y la entrega a esa unidad de las cosas invisibles que nos unen y proyectan significativamente en experiencias de ese tipo.

Y ahora en la soledad, acompañado por el sonido del Nocturne de Chopin me libero de toda experiencia para entrar de nuevo en el silencio. Ahí fuera sigue haciendo frío. Parece que la primavera se resiste. Al menos en el interior hay una extraña calma, una serenidad apacible, una ecuanimidad bienvenida acompañada de ráfagas de melancolía indescriptible. Sazono los tiempos a base de recuerdos pasados y futuros, pero intento estar presente en el instante de la ocasión. En un estado intimista, oculto, secreto. Esperando la próxima experiencia, el próximo reencuentro, el siguiente momento de vida. Como esas notas de piano que se entremezclan unas con otras para crear la armonía celeste de la música. Solitud en Madrid. Compleja solitud.

Reseña antropológica sobre el libro «Apoyo mutuo y cooperación en las comunidades utópicas»


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La antropóloga Virginia Rodriguez Herrero ha tenido la gentileza de reseñar para la revista de Antropología Iberoaméricana (AIBR) la obra «Apoyo mutuo y cooperación en las comunidades utópicas», mi quinto libro que vio la luz el año pasado. Así que gracias Virginia por el excelente trabajo y la calidad de la reseña. Todo un placer y un honor (¡¡yo he venido a hablar de mi libro!!).

http://www.aibr.org/antropologia/netesp/numeros/0801/080108.pdf

Misterios de la Economía Española (sólo para españoles)


economia

01.- No hay trabajo suficiente, pero debemos trabajar hasta los 70 años
y los fines de semana.

02.- Combatimos el fraude fiscal amnistiando a los defraudadores.

03.- ¿El consumo se desploma? Bajamos los sueldos y subimos los impuestos.

04.- Teníamos 4 millones de parados y aprobamos una Reforma Laboral para
facilitar los EREs y los despidos. Ahora tenemos casi 6 millones.

05.- El modelo de la construcción se va a la mierda y recortamos el 50% en I+D.

06.- Subimos el IVA y el IRPF pero las SICAV siguen intactas. El capital se fuga a niveles nunca vistos.

07.- Recortamos en sanidad y educación, pero si hablas de tocar coches oficiales o
dietas te acusan de demagogia.

08.- Ponemos en la calle a miles de científicos y nos peleamos por
Euro Vegas.

09.- El problema es el déficit y nos endeudamos con 100.000 millones para salvar a los bancos para que sigan desahuciando.

10.- Las CCAA piden rescate al Estado, que pide rescate a la UE y nos endeudamos para pagar la deuda.

Desde la atalaya poética


la foto

Le escribía a una amiga que siempre espero con alegría el «reencuentro» de almas viejas y peregrinas. Desde siempre esas almas me han visitado y hemos pasado muy buenos ratos en aquellos lugares donde he vivido. Incluso en el zulito pueden  quedarse todo el tiempo que quieran. Es un poco oscuro pero está en un barrio luminoso, así que compensa una cosa con la otra, le decía.

Ayer se fueron unos amigos del alma y acaba de presentarse otro, sin avisar, como me gusta, llamando a la puerta y diciendo, aquí estoy, ¿se puede? Claro que se puede… siempre se puede… le decía mientras escuchaba mi querido Greensleeves.

Y fuimos a comer y luego a dar un paseo por librerías. Allí subí las escaleras que separan el mundo de la poesía. Y penetré preñado de entusiasmo y buceé en los versos de mil autores, centrándome en mi uruguayo preferido que esperaba paciente entre odas y promesas y esperanzas y sueños y paradas cardiacas, porque el verso siempre te deja sin aire y te encoge el alma y te preña el corazón, paralizándolo en ese silencio pronunciado e incomprensible.

Por un momento me sentí huérfano. Me veía allí solo, observando el mundo desde la atalaya de la incomprensión, suspirando por esa vida que corre y nos recorre, viendo pasar al otro lado de la calle miles de luminarias, cada una apagada por su propio finito, ignorando la grandeza de su sola presencia ante mi propia añoranza. Había una mujer sentada en la puerta de la librería que nos llamó la atención. La adivinamos rebelde, o en rebeldía. Abría las piernas de forma descarada pero la sutileza de su belleza creaba fantasías para un piano en la mente de cualquier poeta. Quizás por eso subí a la atalaya rememorando algún nocturno soneto, suspirando por esos rincones baldíos.

Hemos decidido ir a los cantos de Taizé esta noche. Será una bonita forma de despedir la semana y una bonita forma de salir de lo convencional. Lo haremos con la emoción encogida por dos buenas noticias que he recibido hoy, recolectadas a base de perseverancia y pasión. El amigo invitado, en el café de media tarde me decía que mi apuesta por la libertad, a pesar del pago de su propio peaje, no tenía precio. Bueno, el precio lo he pagado hoy, mientras leía poesía y recordaba aquella sublime tarde en la que escuché por primera vez el Greensleeves o cuando esta noche nos sumerjamos en las penumbras de Taizé y la campana del pecho golpee con fuerza los abismos que me separan de la promesa. Pero seguimos avanzando. Y abrazando pechos y despertando en el otro el suspiro y el anhelo necesario. Prender luminarias mientras leemos poesía es una de las grandezas de este universo pletórico y lleno. Nada nos separa en la conexión infinita, y ahora que renazco pobre pero inmenso, me aferro a al palpitar.

El espectacular brillo de la mañana


brillo

Mientras escucho el O mio Babbino Caro de Puccini recuerdo que en Escocia empezó todo. Lo recuerdo ahora que el silencio se ha instalado de nuevo. Ahora que los amigos partieron a sus lugares y todo parece que volvió a la calma y la soledad. Recuerdo tantas cosas que parece como si esta noche fuera un náufrago veneciano, navegando en una de esas góndolas mientras respiro al sol mío, y miro de reojo como los dioses se empeñan en guiarnos hacia la deriva.

No me importa, el Danubio también espera y seguro que desde sus aguas seré capaz de escuchar la Pastoral. La soledad y sus llamas. Uno termina acostumbrándose a todo. Incluso a esta intimidad compartida que desde hace años unos y otros husmean, comparten o callan, como si se tratara de un secreto que ahora se vuelve más secreto, porque ya no hay rostro, ya no hay personaje, solo la sombra de aquella luz que alguna vez nació a lo milagroso.

Por eso recordaba Escocia, y miraba algún vuelo para cerrar allí esta etapa dulce y melancólica donde lo sublime se entremezcla con lo cotidiano. Allí se quebró algo y empezó algo. Allí me remangué las manos verdaderas y me puse al trabajo verdadero. Desnudé el alma y pude, piel en mano, sabotear todo aquello que me apartara del camino. Sin miedo a perderlo todo, que fue lo que precisamente ocurrió. Sin miedo a ganarlo todo, que fue lo que posteriormente también ocurrió. Porque toda pérdida lleva consigo una ganancia. Perdemos un mundo pero ganamos un reino. Perdemos un reino y ganamos un universo entero. Y la vida. Porque la vida siempre se gana, incluso cuando se pierde. Como si fuera un pequeño minuet, plagado de pianos, de trompetas o de violines que descargan entre vacíos todo un estallido de armónicos.

Hoy me siento mecido por una extraña ola. Los que hemos nacido junto al mar tenemos dentro una especie de sensibilidad hacia el balanceo. Como si deslizaras una tabla encima de mil olas y cerrando los ojos te dejaras llevar por ese oscilar interminable. Es como sentirse acunado por el espacio infinito, alborotado sólo por la plácida somnolencia del infortunio. Y mañana el nuevo día, con o sin tabla, con o sin mar, pero con ese balanceo constante.

No sé, tengo la sensación de que ya no hay más que abrir el corazón a la primavera y dejar que la profunda sutileza de su despertar sea capaz de arrastrarnos de nuevo a la vida. Puedo escuchar sus flautas palpitar, su fuerza inminente, su intensa presencia. Como si fuéramos paseando por un campo infinito de flores y a lo lejos viéramos una cabaña de madera y acercándose por el camino una pastora con un cesto plagado de mieles y orquídeas, amapolas y tomillo. Un espectáculo para el alma sensible, una milagrosa oportunidad para sentir dentro de nosotros el rumor de la vida. Ya veo la pastorcilla, cargada de amuletos y descansando junto a las fuentes para refrescar el aliento mientras escucha el suave canto de los pajarillos. Ya escucho las flautas de nuevo… Y al fondo, el ganado pastando plácido, contemplando la escena ajenos al espectacular brillo de la mañana.

Pd. escrita a un amigo:

«Me siento tan ajeno a todo, tan plácidamente ajeno. Sólo deseo dejarme llevar por esta hermosa deriva. Como si el tartamudeo de las olas pudiera despejar cualquier atisbo de duda. Ya no tengo prisa por nada, ni siquiera por conocer a la bella dama. Que quizás solo exista en mi mente y mis poemas, en mis noches de soledad y en la melancólica llama que mantiene todas las primaveras. No es promesa tardía desesperar. Qué importa si todo cuanto ocurre solo pasa dentro de nosotros. Ese quehacer también es bello, y merecedor. En fin, espero que que puedas mecer tu alma en la plácida noche».

De aquellos que transpiran alegría


alegria 

Cuando nos dan a elegir entre personas que transpiran alegría o aquellas que exhalan amargura siempre tenemos claro que las primeras nos aportarán ingredientes suficientes para seguir adelante. A medida que nos hacemos mayores solemos ser selectivos. Ya no todo vale, y ya no toda compañía vale. No nos interesa pasear con alguien pesimista o tóxico. Alguien que nos absorba la energía hablando solo de sí mismo y sus intereses. Personas rencorosas que suelen culpar a los demás y a las circunstancias de sus desgracias y que tienen la capacidad de oscurecer la vida de los otros con una facilidad supina. Sólo nos apetece pasear tranquilos, intentando compartir las cosas buenas con el otro y dejar las malas para un reciclado necesario.

Ayer compartimos la noche con un grupo de gente sana, capaz de mirarse el ombligo y realizar autocrítica y con ganas de ayudar al otro a ver las cosas desde diferente ángulo. Fue una noche muy positiva, cargada de entusiasmo y risas. Conocimos a gente nueva y bonita, de carácter optimista y sanamente condimentados en las experiencias de la vida. Enseguida se creó un estado positivo, alegre, cargado de complicidad en temas que iban saliendo de forma espontánea.

Tras despedir esta mañana en la estación de autobuses al último amigo que quedaba por marchar, sentí esa especie de melancolía que se siente cuando un ser querido se marcha. Me acordaba de las risas de estos días, de las bromas, de los paseos, de la complicidad, del amor y el cariño. Notaba en el tono de nuestras charlas un halo maduro, sosegado. Ya no se trataba de cambiar el mundo, de hacer ninguna revolución, de mirar en el otro la viga ajena. Sólo teníamos ganas y necesidad de compartir cariño y amistad. Sin juicios ni prejuicios, sin condenas, sin mirar sus errores o fracasos, sino animando constantemente a mirar con optimismo el futuro. Eso era lo que realmente ahora, en la madurez de nuestras vidas, nos une. Cariño y amistad, alegría por compartir todo lo que tenemos con sinceridad y transparencia ilimitada. Sólo nos apetece transpirar para el otro alegría, porque solo deseamos, a estas alturas de la película, ser felices en lo sencillo.