El secreto que nos hermana


la foto

Las fuerzas que nutren nuestras vidas presentan formas y tamaños capaces de transformar nuestras percepciones. Imaginad ayer a dos anarquistas convencidos comiendo en el centro Hare Krishna que hay a cuatro minutos de casa. Miraba la escena y el surrealismo era tal que parecía una de esas fantasías imposibles. En estos días se han mezclado esas escenas. Como ayer cuando cenábamos en casa los cuatro amigos, dos de extrema izquierda, uno de extrema derecha, unos criticando los toros y otros defendiéndolos.

Hoy por la mañana conocíamos fugazmente a M., un hermoso ángel tan volátil que parecía volar. Creo en los ángeles así que pude ver como desplegaba sus alas invisibles. Pude ver su corona dorada sobre su cabeza, su luz radiando como esfera celeste. Su profunda mirada angelical, plagada de tierna compasión.

Por la tarde pasábamos un rato en casa de E., mi primera novia, amiga también de mis amigos desde hace ya tantos años. E. vive en la misma calle donde vivía mi última novia. Esas cosas extrañas de la vida. Y horas antes habíamos pasado un rato en casa de S., donde fuimos a llevarle una lata de aceite ecológico que me pidió en mi último viaje a Andalucía. S. vive en la que había sido mi última casa con mi última novia. Así que hoy fue como una especie de via crucis surrealista entre los recuerdos y los planos angélicos, porque S. también es una traviesa y luminosa habitante de los planos celestes.

Y por la noche terminamos en un restaurante chino del barrio de Moratalaz. Allí hablamos de la vida, de Camus, de Sartre, de Balzac, de la Odisea, de relaciones, de trabajo, de futuro y de pasado, de monasterios, de aquellas mujeres que nos amaron y de aquellas otras que nos odiaron, de aquellas mujeres a las que amamos y a las que aún seguimos amando, porque ya no queda rencor ni nunca hubo odio, sólo quizás torpeza y descuido. Siempre añoranza, especialmente cuando nos mirábamos y nos dábamos cuenta de que a nuestros cuarenta años, cada uno en su particular circunstancia, seguíamos interior o exteriormente solos.

Como digo, todo cargado de un surrealismo mágico, pero sobre todo, de un lazo de hermandad hermoso, renovado, indestructible. A nuestra edad aprendimos a aceptarnos y respetarnos con nuestras increíbles diferencias. A amarnos como somos, porque ese es uno de los secretos del amor, el amar y respetar al otro tal y como es, sin intentar añadir nada, ni quitar nada. Sabemos de nuestras virtudes y de nuestros defectos, y por lo tanto, nos amamos así, sin más. Treinta años después hemos comprendido que ese es nuestro secreto. Y que eso nos hermana.

(Foto: Ayer comíamos sentados en el suelo del centro Hare Krishna que tenemos en Malasaña. Fue de las primeras cosas que descubrí en mis primeras escapadas a Madrid de la mano de B. Nada cambió desde entonces. Todo sigue igual).

Bailando con lobos


lobos

Vocatus atque non vocatus Deus aderit

E. y su hermana X. han venido a pasar unos días al zulito. Son lobos esteparios. Cada uno a su manera. Nos conocemos desde hace casi treinta años. Toda una vida. Hemos pasado los dos primeros días compartiéndolos con C., también un amigo de la infancia que vive en Madrid. También otro lobo estepario. Los tres, los cuatro, lobos de estepa, de la gran estepa. El cariño sentido se traduce en abrazos, en recuerdos, en contacto, en compartir toda una vida, o un momento.

La amistad que ha sobrevivido a tantos y tantos avatares, cosas buenas, cosas menos buenas, momentos difíciles, momentos únicos, dice mucho de estas personas buenas, únicas, hermosas. Las miro y sé que las amo, y sé que aman. Existe una hermandad, una protección mágica que dura y perdura, incapaz de extinguirse. Una llama perpetua, un lazo místico que nos une en aventuras y desventuras. Estoy agradecido por este regalo de los dioses. Es la muestra palpable de que el amor es capaz de vencer en toda incertidumbre.

Encuentros bajo la lluvia


encuentros

Me gustaba observar todo lo que ocurría en lo interior, pero también en lo exterior. Había una pareja que me llamó especialmente la atención. Ella hermosa, de unos vivos ojos verdes que lo miraban todo con suma curiosidad. Él, tímido, reservado, pero husmeando una y otra vez todo cuanto ocurría. Pude ver como el primer día sus miradas se cruzaron. Hubo un segundo de tensión, un segundo de vuelco, de flujo libre, de conexión poderosa, de llama invencible. Fue como si se hubieran reconocido en esos encuentros estelares que ocurren en otras dimensiones.

Había en el lugar más apartado un rincón donde podían visualizarse. Se cruzaban casualmente una y otra vez, una y otra vez. Se miraban tímidos pero con deseo, con curiosidad, con anhelo. Al fondo de la granja había un rincón con caballos donde él se escapaba para pasear y abrazar a los animales. Ella lo buscaba con la mirada sin poder verlo, y sin poder imaginar qué estaba haciendo, qué estaba sintiendo, qué estaba pensando. Y él imaginaba que ella también se fugaba a ese lugar secreto y ambos paseaban juntos, en silencio, y ante la inmensidad de la expectativa.

Una de las mañanas se volvieron a cruzar las miradas en el rincón apartado. Él se quedó inmóvil y ella se sentó para estar más cerca. De repente empezó a llover. Todos corrieron a refugiarse pero ellos permanecieron inmóviles, mirándose en silencio mientras la lluvia corría por sus rostros. No podían traspasar la barrera invisible que les separaba, pero sus almas ya se habían rozado, ya se habían penetrado para siempre.

Cuando todo terminó tuvieron oportunidad de hablarse, de comunicarse, incluso de abrazarse. Pero nada ocurrió. Ambos forzaron oportunidades pero ambos huyeron de las mismas. Ambos provocaron encuentros pero ambos los silenciaron con igual acritud.

Me gustó observarlos porque veía en ellos tantas y tantas historias de amor, tantos y tantos encuentros que ocurren a cada instante. Me preguntaba qué poderosa llama hacía que las almas se reencontraran una y otra vez y qué poderosa lluvia torrencial hacía que se alejaran de igual forma, silenciosamente, con ese dolor de la promesa incumplida y de la experiencia agotada. Los observaba y me preguntaba todas esas cosas mientras la primavera volvía y los corazones palpitaban de nuevo.

Explorando a Anitya, la impermanencia


impermanencia 

El Regreso: ¿Cómo se vuelve de la impermanencia? ¿Cómo se regresa del espacio infinito? Acabo de llegar pero aún no he llegado. Veo el zulito y ahí están las mismas cosas. Sin embargo, algo ha cambiado. Las paredes parecen más anchas. La luz parece más generosa. Puedo respirar el incienso aún estando apagado. Puedo atravesar la cortina que separa el mundo de los mundos. Las fuerzas contrarias del sueño nocturno parecen haber hundido en la incerteza el sendero de la incertidumbre. Impermanencia. En las zonas más altas, en los reinos de la calma, todo cambia. Escapando de la infalibilidad. Gozo. Plenitud en el respirar. Todo cambia. Todo se transforma. Todo muta. Lejos de todas las leyes, el tiempo que queda ya no importa. Me alejo de todos los ciclos mientras regreso. Acabo de llegar pero aún no he llegado. Parte de mí no está aquí. Parte de mí sigue allí, en la impermanencia, en anitya. Cuando me marché era invierno. Hoy es primavera. Anitya. Todo cambia.

El Viaje: El destino quiso que JL se apuntara al retiro por invisibles lazos alejados de los míos. También quiso el destino que viniera con él J., un increíble argentino de origen judío-alemán que además de ser un buen comunicador y amante del futbol y de su Dios Maradona, tenía un mundo increíble que mostrar. Las fuerzas del universo hicieron el resto. Sin ellos el largo viaje a la impermanencia no hubiera sido el mismo. Así que su complicidad silenciosa, el viaje de ida y vuelta, hizo que el espacio interestelar explorado fuera mucho más creíble.

El Lugar: Llegamos al Valle del Tiétar puntuales. A la ladera sur de la Sierra de Gredos, en un espectacular paraje de indescriptible belleza, muy cerca de la población de Candeleda. Al fondo se veía el Almanzor totalmente nevado. A un lado rodeados de increíbles parajes montañosos plagados de bosques de robledos y castaños, de ríos que se podían escuchar chapoteando en su descenso. De pajarillos increíbles y ganado bravo que pastaba en sus laderas verdes. Al otro lado, el valle. El inmenso valle que anunciaba la primavera incipiente y la próxima luna llena. Lluvia, mucha lluvia. Diez días de lluvia intensa, sin parar, sin tregua. Niebla en el amanecer, nubes que corrían, charcos de agua, olores, naturaleza en estado puro.

El Retiro: Más de cien personas de las cuales una docena no aguantaron los primeros tres días. Los peores. Te levantas a las cuatro de la madrugada y empieza un largo peregrinar de meditación profunda que dura doce horas sentado en el suelo en la posición de loto. Un ligero desayuno a las seis y una ligera comida a las once de la mañana forman parte del descanso entre sesión y sesión. A partir de las doce, no se puede comer, excepto una pieza de fruta a las seis de la tarde para los alumnos nuevos. Total y absoluto silencio durante todo el día hasta más allá de las nueve de la noche. Total y absoluta desconexión con el mundo exterior durante diez días. El pulso se calma y la sombra de la luz se manifiesta poco a poco. Cada hora es interminable. Cada minuto es interminable. Cada segundo es una hora. En la posición de loto empiezan a manifestarse a partir de la segunda hora una infinitud de dolores por todo el cuerpo, especialmente por la espalda y las rodillas quebradas. Y es ahí donde empieza el verdadero trabajo. El trabajo de la impermanencia, el trabajo de saber que lo único que permanece es el cambio. De saber que incluso el dolor más profundo y el sufrimiento más agudo no permanecen. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

Dhamma: Cuando penetramos el sendero del Noble Silencio, algo se reemplaza de forma profunda. Necesariamente todo cambia, pero ver los cambios desde la consciencia y desde el silencio hace de los mismos algo diferente. La técnica Vipassana es sencilla. Muy sencilla. Consiste en hacer una auténtica cirugía mental a base de observación y concentración. Pero en su sencillez estriba su dificultad. Una astuta trampa que puede atraparte en los sentimientos ocultos, en los pensamientos enterrados, en los anhelos de las noches blancas. Nos convertimos de repente en nómadas. Los rostros se difuminan, las formas desaparecen. Los ángulos de la vida se transforman. Las nieblas y los tumultos desaparecen. Los claros y oscuros dejan de existir. Dejan de existir caminos. Dejan de existir crepúsculos. Solo impermanencia. Sin dualidad, sin vacío, sin lamentos.

Anitya: Ya no hay ataduras. El ego se difumina. El Noble Silencio obra el milagro. La cirugía mental es dolorosa pero productiva en los bajos fondos de la inmensidad. Te conviertes en un forastero de dimensiones insondables. Te conviertes en parte de la transcendencia, en parte del proyecto inacabado de la infinitud. Al no existir ego no existe deseo ni anhelo, solo Anitya, solo unidad con todo, solo cambio, solo la indescriptible experiencia de la impermanencia.

El Regreso: Era invierno cuando me marché. Hoy es primavera. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

Vipassana


a

«Lo que percibimos como realidad es un proceso que exige la participación de la conciencia». Robert Lanza

Mañana empezamos en la Sierra de Gredos un retiro Vipassana de diez días.  Vipassana significa ver las cosas tal y como son en realidad. Para intentar conseguirlo, nos levantaremos todas las mañanas a las cuatro de la madrugada y permaneceremos todo el día en silencio, en profundo estado de meditación. No podremos hablar, ni tener contacto con el exterior de ningún tipo, ni leer ni escribir, solo silencio y meditación.

Todos los años, cuando se aproxima la fecha de aniversario suelo provocar este tipo de retiros para hacer balance del año y visualizar y proyectar las necesidades e inquietudes del siguiente. Este será más largo que el de costumbre porque se trata de hacer balance de una década y dar la bienvenida a los cuarenta. Así que este lugar estará diez días sin reflexiones, sin ideas, sin letras negro sobre blanco.

¿Qué se pretende con este tipo de retiros? Más allá de la paz, el sosiego y la calma de la constante disciplina silenciosa, pretende además no solo una limpieza exterior e interior, también condiciones propicias para que nuestra verdadera consciencia se manifieste. No se trata de intentar contactar con ángeles, con guías o con fuerzas ajenas a nuestra propia naturaleza. Ni estar más cerca o lejos de Dios o de Espíritus de la Naturaleza. Se trata de estar más cerca de nosotros mismos, de nuestra verdadera condición humana, y por añadidura, más cerca de todo lo envolvente.

Las primeras veces que practicamos este tipo de retiros pueden resultar algo pesados, cansinos y absorbentes. La práctica indica que la recurrente implicación en los mismos ayudan a mejorar nuestro contacto interior, y por lo tanto, a mejorar nuestra responsabilidad con la experiencia. Eso significa esgrimir con más claridad cual es nuestro verdadero propósito en la vida, más allá de alimentarnos, vestirnos y procrear / cocrear. A mayor intensidad, mayor contacto y a mayor contacto, mayor experiencia.

Para la práctica de estos retiros no es necesario irse a lugares especiales (aunque estos ayudan y fuerzan) con condiciones especiales. Se pueden hacer diariamente en nuestros lugares comunes, y sus beneficios siempre son sentidos. Así que os animo sin ningún otro ánimo excepto el de daros la llave hacia otra nueva experiencia.

Nos vemos a la vuelta… Feliz transición equinoccial…

Pd.- Algo más sobre Vipassana:

Vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas de la India. Estuvo perdida durante siglos para la humanidad, y fue redescubierta por Gotama el Buda hace más de 2.500 años.
Vipassana significa ver las cosas tal y como son en realidad. Es un proceso de auto-purificación mediante la auto-observación. Se comienza observando la respiración natural para concentrar la mente y luego, con la conciencia agudizada, se procede a observar la naturaleza cambiante del cuerpo y de la mente y se experimentan las verdades universales de la impermanencia, el sufrimiento y la ausencia de ego. Este es el proceso de purificación: el conocimiento de la verdad a través de la experiencia directa. Todo el camino (Dhamma) es un remedio universal para problemas universales y no tiene nada que ver con ninguna religión organizada ni con una secta. Por esta razón, todo el mundo puede practicarla libremente en cualquier momento y lugar, sin que se produzcan conflictos por motivos de raza, comunidad o religión a la que se pertenezca; es igualmente beneficiosa para todos y cada uno de los que la practican.

Libres, la serie


Tras años persiguiendo utopías, me alegra ver que existen proyectos de este calado. Os recomiendo ver el como hay personas en todo el mundo que busca una alternativa posible al mundo al que estamos acostumbrados. Lo pude ver en California, en Alemania, en Escocia y en muchos lugares más. Lo pude vivir y lo pude experimentar. Ahora estos amigos se atreven con la serie del ideal del espíritu libre. A por ello. (Gracias Ana).

http://www.libreslaserie.com

Abrazando la experiencia


pescador

«No temas. Desde ahora serás pescador de hombres. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron«. (Lucas 5, 1-11)

Estamos olvidando a los viejos filósofos, a la sabiduría antigua. La gente solo quiere consumir cosas para sentirse bien, para ser vagamente felices. Qué estupidez. Como si la felicidad fuera algo bueno o malo. Cómo si eso nos ayudara en algo a ser mejores o peores. La felicidad es solo un estado, no una experiencia. Y la vida no nos pide que consumamos cosas o estados, sino experiencias. No desea para nosotros una cómoda situación, sino que, como el pescador, salgamos a la mar para lanzar nuestra red. Y la mar tiene de todo, días calmos pero también días bravos. Y la felicidad, de ser algo, es precisamente esa emoción de sabernos en la experiencia correcta, en el aprendizaje oportuno. Por eso cuando Dafne rechazó a Apolo, dios de la luz, la verdad y la profecía, estaba rechazando la experiencia. No la estúpida experiencia de una relación amorosa como algunos vagamente creen, sino la experiencia del alma, la experiencia de romper con la comodidad de nuestras vidas para seguir el camino de Hércules y sus trabajos. ¿Pero quién hoy día está dispuesto a romper con su comodidad social, con su comodidad laboral, con su comodidad psíquica, con su comodidad espacial y temporal y social y familiar?

Tenemos un estatus que proteger. A veces un estatus simple, que sólo nos sirve a nosotros mismos y a nuestra supervivencia y seguridad, pero un estatus al fin y al cabo. Un aferramiento a nuestras raíces de laurel. Un amor posesivo a nuestra flecha con punta de plomo, la cual provoca desprecio y desdén hacia todo lo que tenga que ver con el cambio que necesitamos.

Nos hemos instalado en la frivolidad del miedo y la comodidad, pero la naturaleza se abre a todos sin distinción, y a todos nos quiere en su ciclo de vida y muerte. Pero nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestra seguridad son tenaces. Preferimos escuchar siempre bonitas palabras, bonitos gestos, despreciando y olvidando que la vida también es degradación y muerte. Lo paradójico es ver como cuando estamos vivos nos comportamos como si estuviéramos muertos y cuando llega la gran hora, deseamos vivir intensamente. Vamos a morir, quizás hoy, quizás mañana, quizás en un año o dos, quizás en diez. No lo podemos saber, pero sí que podemos saber que hoy estamos vivos. Así que abracemos la experiencia del vivir y despreciemos la vida muerta. Dejemos de ser zombis en busca de cosas y felicidad. Las cosas y la felicidad llegarán por añadidura si abrazamos la experiencia.

felicidad

Si una mujer se acuesta, yo me acuesto con ella


  desnudos

Lo decía un poeta querido que ya murió, pero que nos dejó mil versos y mil enseñanzas. Y hoy salía la anécdota en una conversación con un buen amigo. El me preguntaba con cierta extrañeza como podía acostarme con mujeres sin acostarme con ellas. Es decir, compartir una cama, a veces incluso desnudo, sin practicar sexo. Para un hombre que no se masturba y que practica en su vida diaria cierto celibato voluntario no resulta nada complejo.

Hace unos años una bellísima mujer aspirante por su belleza física e intelectual a modelo ejemplar vino a mi casa y al llegar la taciturna noche, valiente y deseosa, me preguntó si podía acostarse conmigo. Era verano y hacía mucho calor así que nos acostamos desnudos abrigados ante las vistas del ventanal que daba a la inmensidad del universo nocturno. Dormimos abrazados sin que ocurriera nada. Por la mañana se levantó y me preguntó porqué no le había hecho el amor. Y simplemente le contesté que para hacer el amor con una mujer primero debía amarla. También nos duchamos juntos y cuando mi miembro reaccionó en la ducha ante el estímulo de su belleza envolvente me volvió a preguntar: “¿Y ahora no me vas a penetrar?” Y le contesté: “para penetrarte primero tenemos que estar compenetrados”. Esa anécdota se ha ido repitiendo durante años con diferentes amigas que han podido dormir a mi lado o incluso ducharnos juntos sin que pasara nada más allá de eso. Al principio les extraña, e incluso algunas lo ven como un rechazo. Pero luego entienden la naturaleza de mi actitud y la respetan.

No se trata de una asexualidad extrema y autoobligada. Se trata de una filosofía de vida. No es una castración, ni una condena, ni una perversión, ni una obligación que me perturbe. Se trata de una opción. Hacer el amor y penetrar a una mujer es una de las experiencias más bellas que existen en este planeta. Pero es mucho más bello e increíble cuando realmente hay amor y compenetración en el acto. Cuando alguien viene a mi casa con la intención de pasar una noche de sexo sin más terminan decepcionadas, a veces incluso cabreadas y violentas por ese ancestral temor al rechazo, inclusive al rechazo sexual. Pero si tienen paciencia comprenden que hay formas mayores de hacer el amor. Una mirada o un abrazo intenso, una amistad verdadera y perpetua, una confianza extrema pueden ser mucho más poderosas que un orgasmo nocturno y casual. Y cuando puedo elegir, elijo siempre lo primero.

Cartas sobre la luz


luz

Todo lo que el hombre aprende está ya en él. Todas las experiencias, todas las cosas exteriores que le rodean no son más que una ocasión para ayudarle a conocer lo que hay en sí mismo”. Platón

Estimado RS,

Aquellos que se consideran discípulos de la luz tienen como misión, o eso dicen, ser una luminaria para dar cobijo a los sedientos y desamparados. La luz puede ser transmitida como una antorcha mediante libros, charlas, miradas, ayuda, cooperación, servicio, estudio, meditación, presencia o mero silencio. Cualquier actividad, desde un jardinero a un político, puede ser un punto de luz. El grado de luz dependerá de su fuente, de su fuerza, de su energía y su cualidad. Podemos pasarnos toda una vida preocupados por mantener el cuerpo físico (comida, trabajo, vestido, reproducción) o podemos preocuparnos, además de eso, de hacer crecer y mostrar otro tipo de realidades o manifestaciones de la existencia.

Cuanto mayor es el trabajo alquímico interior con nuestros cuerpos (esto incluye al físico y sus pesados metales), mayor es el grado de luz que somos capaces de irradiar, y por lo tanto, mayor es nuestra capacidad para dar «cobijo». Llega un momento en que la luz es tan poderosa que se sufre una muerte real. Ya sea por un accidente, una enfermedad o un proceso consciente de cambio. Esta muerte real se la conoce como «segundo nacimiento». En estas semanas he conocido a dos auténticos «nacido dos veces» que han pasado por ese proceso y que ahora son auténticas luminarias en su labor diario. Ya sea de forma pública o anónima, ambos realizan un trabajo increíble y poderoso. La masonería u otras órdenes iniciáticas esgrimen simbólicamente muy bien este proceso en su rito de «iniciación».

Esa poderosa luz también es cegadora, por lo tanto, también puede crear movimientos violentos (ante la ignorancia) o de repulsión y desprecio (ante el miedo). Recordemos los trágicos finales de personas luminosas como Cristo, Gandhi o Martin Luther King. Inevitablemente, cuando encendemos una cerilla, hay algo que arde, y por lo tanto, hay algo que muere para producir luz. Y de alguna forma hay que estar preparados para esa muerte, y para ese segundo nacimiento en la luz. Una de las tareas más complejas es la de estar preparados para regular la intensidad de la misma. Mucha luz es tan perjudicial como mucha oscuridad. El intento de erradicación de la ignorancia y el miedo puede provocar situaciones contrarias, es decir, más ignorancia, más miedo, más violencia.

Luz es solo una palabra-símbolo que pretende mostrar un grado diferente de consciencia. Consciencia no significa inteligencia, sino tener una posición privilegiada para ver y entender los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor. Es como cuando en un documento de word o cualquier otro programa de diseño le das a la opción «ver caracteres ocultos». De repente se despliega un mundo paralelo, unas «capas» que siempre han estado ahí pero que no eran del todo visibles excepto cuando tecleas esa opción. Si seguimos buscando más caracteres ocultos, de repente vemos que todo está encriptado en un idioma o código HTML o Javal ininteligible excepto para los iniciados en esa materia, en ese idioma. Desde esas capaz o realidades o códigos puedes «ver» los lazos que conectan todas las palabras y las cajas que las contienen, los caracteres ocultos que producen negritas y cursivas y tabulaciones y dan forma no solo al contenido, sino al continente. Este paralelismo sirve para lo que llamamos realidad. Existen personas capaces de leer ese código secreto al que lo antiguos llamaban el «Liber Mutis» y además, son capaces de modificarlos para crear nuevas realidades, «nuevas capas», nuevos enlaces.

Tener consciencia, tener luz, no es más que la capacidad de «ver» ese otro orbe que siempre ignoramos por nuestra constante sumisión a la realidad ordinaria. De ahí la necesidad de rebeldía metafísica. Pero, ¿qué ocurre cuando «vemos» ese orden? Que entendemos el caos aparente y que por lo tanto deseamos ser partícipes del Orden mayor, «del Propósito que los maestros conocen y sirven», como dice el viejo adagio, un propósito que pasa por hacernos más humildes, más sencillos, más compasivos y transparentes para que la luz nos atraviese y pueda llegar a otros. Y es ahí cuando nos convertimos en «creadores», en luminarias, en «tejedores de luz«. Recuerda el viejo ritual: «luz, más luz». Eso es todo.

Emociones ausentes


desierto

Estimado M.

Ando escribiendo un libro que mal titularé «La sociedad narcotizada», narcotizada por la estupidez, la ignorancia y el egoísmo traducido en fútbol, televisión, internet, drogas y sexo (y la política, que es un estadio superior del sexo-violencia). Es una visión algo radical y casi un insulto a la falta de inteligencia humana, por lo que seguro que, aunque sigas cabreado y decepcionado, independientemente del sujeto que lo escribe, estoy convencido que te gustará.

Estuve en el Languedoc recientemente con una bella mujer que terminó también odiándome. Inevitablemente me acordé de ti y de nuestras conversaciones. Me preguntaba cual es esa delgada línea que hace que el humano sea capaz de pasar del amor al odio con tanta facilidad. Esta mujer me hizo reflexionar por todas esas personas que han estado de alguna forma estrechamente vinculadas a nuestras vidas y de repente desaparecen, con o sin motivo. Porque los motivos, aunque puedan ser del todo dolorosos, no deberían ser mayores que el amor que algún día los provocó. Eso también me hace pensar en aquellas otras personas que a pesar de circunstancias odiosas, han permanecido ahí. Eso demuestra que los humanos somos capaces de muchas cosas, dependiendo del grado de narcotización en el que estemos. Si la conexión con nosotros mismos es profunda, necesariamente la conexión con el otro también debe serlo, porque el otro no es más que un reflejo de ese todo que albergamos. Somos construcciones sociales, humanas, que dependen del otro para tener sentido.

Como ves sigo erre que erre, porque de alguna forma permanezco. Aunque sea en la sombra y en esta cómoda situación de no tener que dar ya más explicaciones sobre nada.

Ahora vivo en un zulito de menos de cuarenta metros, en absoluto silencio y oscuridad. No está mal el cambio, haber pasado de una casa de 400 metros plagada de luz a un zulo oscuro en un lugar oscuro. Llevo vida de eremita, comiendo poco y saliendo poco a la calle. La soledad siempre es una llama y en esas andamos. Hace justo un año perdía la casa de luz. También hace justo un año que ocurrió el incidente que nos separó. Por ese incidente y alguno más la bella Y. también decidió romper con nuestra relación, relegando mi vida a la realidad en la que ahora estoy. No me quejo. Estoy bien. Reconstruyendo muchas cosas en muchos planos. Revitalizando la esperanza como sujeto activo de nuestras vidas. Rentabilizando las horas para moldear la psique enferma en algo profundamente sano. Pasar de ser narcotizado a ser lúcido, si es que esto es posible. ¿Es posible una sociedad lúcida? Como decía, la soledad siempre puede ser una llama. Una llama hermosa que no terminará con la locura de esta loca vida, pero sí será capaz de volverme, y de paso volvernos, más humanos y sinceros.

Espero que estés bien, espero que todo vaya bien.

Un abrazo sentido…

La vida secreta


 vida

Quien agarra tu tiempo agarra tu mente. Sólo debemos mirar el tiempo que pasamos en algún sitio, haciendo alguna actividad, mirando absortos la televisión. ¿Quién nos atrapa? ¿Quién apresa nuestras vidas?

El aprisionamiento mental tiene que ver con nuestra docilidad a la hora de no enfrentarnos a la vida de forma activa. Creemos que la vida es eterna. Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo por delante. Pero realmente no es así. Cada segundo que pasa es un segundo menos de existencia, un instante fugaz que se escapa para no volver nunca más.

De ahí la insistencia de volvernos temerosos ante el reto de la vida. Siempre habrá dos caminos, el cómodo, el que nos aferra a nuestro espacio de seguridad, y el desconocido, el camino de la vida secreta. Esa poderosa elección nos llena la existencia de experiencias, de profundos encuentros y de increíbles momentos irrepetibles.

Si tuviéramos que recordar uno por uno todos los años de nuestra vida, ¿qué recuerdos albergamos de unos y otros? Realmente pocos, quizás un viaje que nos sacó de nuestra rutina, quizás el encuentro con un ser especial, quizás la experiencia traumática de algún acontecimiento inesperado. ¿Hay alguien que pueda recordar algo más que eso? ¿Qué pasó con el resto de los mi cuatrocientos cuarenta y cuatro minutos del resto de los días. ¿Dónde se fueron? ¿Quién o qué los atrapó?

Ahora el reto está delante nuestra. Miramos el reloj y miramos hacia delante. El tiempo pasa y cada segundo es una elección. Sin embargo, hay otro tiempo al que los antiguos llamaban kairos. Es el tiempo de la ocasión. Es el tiempo de la rebeldía cósmica. Es el tiempo de sentirnos aquí y ahora, a la espera del instante milagroso. Entonces ya no miramos el reloj porque cada segundo, cada instante es único y auténtico. Ya nada ni nadie nos atrapa. Ya nada nos aprisiona a nuestra condición de zombis vivientes. Aprendemos a vivir, aprendemos a caminar en la vida secreta.

La esperanza me sirve


esperanza

Los anfitriones en Málaga, los queridos y siempre generosos D. y P. me han acogido como a un auténtico príncipe. Primer plato, segundo plato, tercer plato, postres… Da gusto ver como la generosidad de la compañía puede reanimar anímicamente a cualquiera. Especialmente cuando estás con personas que no juzgan. Solo te aceptan como eres, con tus cosas buenas o tus cosas malas. O personas que tienen tanta bondad interior que solo son capaces de ver exclusivamente bondad en el otro.

Por la mañana me levanté y estuve perezoso al menos dos horas disfrutando de los rayos del sol que entraban por la ventana. A muchos os parecerá exagerado pero cuando has pasado casi tres meses sin ver un amanecer con esa luz, especialmente esa luz del sur, creedme que dos horas han sido insuficientes. No podía creer que hasta hace poco viviera en un lugar totalmente luminoso, con grandes ventanales donde ninguna cortina o persiana impedía la entrada de la luz. Las noches siempre eran igualmente espectaculares. La visión del cosmos nítido y cargado de luminarias era algo que siempre me conmovía. Así que dos horas de luz ha sido mi regalo de la mañana.

El regalo de la tarde era pasar unas horas con los también generosos editores de Sirio, de los cuales estoy aprendiendo mucho y me están ayudando en mi supervivencia empresarial. Su generosidad, también extrema en los tiempos que corren, son testimonios que merece la pena expresar públicamente. Creo que animan de alguna forma a los que por algún motivo lo están pasando mal. No os preocupéis amigos, el mundo está lleno de gente buena y con ganas de ayudar. De hecho, si algo estamos aprendiendo de esta crisis es de la inmensa capacidad que el ser humano tiene para ayudarnos los unos a los otros. El apoyo mutuo y la cooperación se ha demostrado que es el germen de la evolución humana. Así que si algún día pasáis por una librería y veis el sello de Sirio acordaros: detrás de ese logo hay personas generosas, amantes de los libros y amantes de la vida humana, con sentido, con increíble generosidad.

Y así he pasado mi primera tarde y mi primera noche en Málaga. Una tierra luminosa, donde justo cuando llegaba a casa de los amigos que me acogen escuchaba en directo la noticia del nuevo Papa. Me ha gustado por muchos motivos su nombre: Francisco. Quizás estemos ante una nueva forma de entender la Iglesia, al menos la Iglesia verdadera, esa que predicó el inspirador de la misma cuando decía: “amaros los unos a los otros”. Es algo tan sencillo y tan difícil…

Sin embargo hoy he sentido ese amor. En el sol de la mañana acariciando el rostro en la Montaña, en los amigos de Sirio, en los amigos que me acogen estos días y en el generoso sentido de poder compartir este momento con todo aquel que guste de buscar esperanza en un momento difícil. Pues sí, mientras hay vida hay esperanza. Y la esperanza, como decía el poeta, me sirve, aunque sea mansa.

La Melancolía del Viaje


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Cuando salí del curso sentí la llamada de la selva. Ese peculiar sentido de supervivencia psicológica que me empuja a destripar cualquier camino con tal de coger distancia de los últimos acontecimientos. Tras el iniciático viaje a Montsegur, habían pasado muchas cosas en el orbe interior. Sin duda, había un antes y un después que aún no he tenido tiempo de madurar. La digestión se hace lenta, muy lenta, pero provechosa, muy provechosa. Lástima que tanto cambio interior haya producido un exceso de terremotos exteriores. Y lástima que por el camino haya perdido cosas. Tanto tiempo esperando el reencuentro en las pagodas reminiscentes que cuando ocurre, se realiza con tanta virulencia que todos terminan huyendo.

A las ocho Laura me ayudaba a cargar algunas cajas. Le di instrucciones para los próximos días y la dejé al timón del barco senequista. Metí un par de cosas en la mochila y desfilé la nave dirección Mediodía.

Pasada la medianoche llegaba a la Montaña de los Ángeles. Antes de meterte por las carreteras secundarias hay que pasar por un lugar, un antiguo palacio rehabilitado que siempre me ha producido escalofrío. Nunca he podido racionalizar el motivo, pero esta noche, cuando pasaba y giraba hasta introducirme en las inhóspitas carreteras secundarias, volvía a sentir lo mismo.

El pueblo parecía increíble cubierto por la niebla y con esos farolillos de tímida luz dorada. Había llovido y estaba todo deslumbrante. Cuando llegué al refugio familiar me encantó poder oler a esa humedad propia de los bosques, olfatear el olor a muebles rústicos mezclados con las fragancias que aún expulsan los miles de libros que aún almacenó en todas las habitaciones.

El viaje ha sido tranquilo. No suelo poner música ni la radio. Son cuatro o cinco horas de absoluto silencio, de absoluta meditación. El ruido de las ruedas golpeando el asfalto es como una especie de mantra que adormece los instintos pero que despierta la intuición. Necesitaba alejarme del personaje de los últimos días. Un ser egoísta y abstraído en la complacencia del sabotaje autocumplido. En la distancia me daba un poco de pena completar la escena de los últimos días. Tenía tiempo para recomponer mentalmente las estupideces y los errores cometidos. Tenía tiempo para perdonarme y encauzar interiormente la situación. Tenía tiempo para apretar fuerte el lazo místico y solicitar disculpas por las torpezas a los seres que por algún motivo he molestado. En el silencio de la noche no había palabrería, ni excusas, ni tormentos. Solo noche, y silencio.

Cuando faltaba poco para llegar recordé la leyenda de los hijos de los elohims y de cómo se enamoraron de las hijas de los humanos. Pensaba en ello cuando sentí la presencia fantasmal de la que hablaba. Giré a la derecha y aceleré un poco. Al fondo podía ver las luces del pueblo y la Montaña. Recordé a sus ángeles. Recordé el porqué hace unos años había venido hasta aquí para crear una utopía y recordé como ahora había caído, como los hijos de los elohims, en la oscura cueva. Pronto hará tres meses desde que decidí entrar voluntariamente a ese encierro. Y noto que aún es muy pronto para salir del mismo.

Pasaré la mañana en la Montaña ordenando algunas cosas y mañana de nuevo camino hasta Málaga, donde pasaré unos días. Mañana más distancia, más orden, más silencio.

Thought of You


Pensé en ti, como piensa el ave en el viento, como el delfín en la ola o como el fuego en la cueva. Pensé en ti dibujando alas y proyectando vuelos, buceando en océanos infinitos y corriendo por luminarias celestes. ¿De qué otra forma podría pensar en ti, sino fuera de esta manera?

Pensé en ti. Eso es suficiente. No importa si vuelas o duermes. No importa si crees o no crees. Ni siquiera importa si aún me recuerdas. El amor se acaba, pero nunca se extingue su recuerdo. Por eso, pensé en ti.

Rompiendo con nuestro espacio de confort


 AudreyHepburn

Nos envejece más la cobardía que el tiempo. Los años solo arrugan la piel pero el miedo arruga el alma”. Facundo Cabral

Decía Audrey Hepburn que no tenía miedo a morir. Tres meses antes de marcharse de este mundo debido a un cáncer de colon viajó a Somalia. Había padecido la Segunda Guerra mundial y había participado activamente en la ayuda al Tercer Mundo. La muerte para ella era algo inevitable que tarde o temprano caería como tifón de justicia para todo ser viviente. Lo aprendió en la guerra cuando veía fusilar a sus parientes y lo padeció en África. Esa dócil aceptación al destino irremediable le hacía permeable ante el devenir. Al no tener miedo a la muerte se había convertido en una auténtica vitalista. Y eso suponía romper una y otra vez con su espacio de confort, con su rutina, con todo aquello que hiciera de su vida una tumba andante.

Por eso Audrey no tenía miedo a la ruptura, al placer de la quiebra, al orgullo de la pérdida. Estaba dispuesta a todo, inclusive a condensar en un solo segundo todo aquello que pudiera darle sentido a una eterna existencia.

Acostumbrada a la crítica, porque aquellas personas que rompen los espacios y contornos de seguridad crean siempre desconfianza, soportaba día y noche la incomprensión del mundo. Pero no rehuía de la misma, ni la juzgaba. Sabía que el respeto partía precisamente hacia aquellos que pensaran diferente o buscasen respuestas en lugares antagónicos. “Usted puede saber más de una persona por lo que dice de los demás que por lo que los demás dicen de ella”, solía decir.

Sin duda, ella sabía que el miedo nos hace violentos. Y siempre se preguntaba porqué seres finitos tenían miedo a perderlo todo. A perder a sus familias, a perder sus trabajos, a perder su comida, su vivienda, sus argumentaciones racionales, sus creencias, su confort. ¿Cómo se puede tener miedo cuando sabemos a ciencia cierta que vamos a morir? Por eso Audrey no era prisionera de creencias o pensamientos, sino que gustaba de destruir cualquier forma mental que pudiera encarcelarla.

No se le conocía ideas fijas, sólo hechos consumados. Predicaba con el ejemplo, con la naturalidad y dando su vida por los otros. Con la promesa de que siempre se puede llegar más lejos, y siempre podemos hacer las cosas mejor. Por eso muchos moriremos anónimos, quejándonos de nuestras vidas y miserias, y a ella la recordaremos siempre. Gracias Audrey por tu ejemplo y vida.

La biología del territorio ante la impotencia sexual


 primates

El macho alfa siempre ha estado programado para poseer territorio. El motivo de la posesión siempre ha sido la conquista, es decir, el impulso que le atrapa hacia el territorio es la toma de la hembra. Biológicamente siempre hemos estado predeterminados a conquistar territorio como sinónimo de poder, y por lo tanto, de adquisición de hembras. Si no existen hembras, el macho dominante pierde el interés por el territorio.

En nuestro mundo, los roles siguen siendo en la mayoría igual de primitivos. El hombre se arma hasta los dientes de lo que ahora llamamos civilizadamente “estatus”. Un buen estatus es aquel que te permite poder social, ya sea gracias a un buen patrimonio, un buen puesto de trabajo, un gran coche. La jerarquía sigue siendo igual que en los primates más primitivos y en el subconsciente seguimos actuando de igual forma.

La pérdida de “territorio” podría significar para el hombre pérdida de poder. Ocurre lo mismo con las naciones. La obsesión de los nacionalismos es la conquista y emancipación del territorio. La impotencia sexual de los individuos clama con más fuerza en la unión de un sentimiento común: “nuestro territorio”. No es más que un complejo subconsciente que encuentra soporte en una plataforma común, un mero reflejo de nuestra potencia o impotencia sexual. Necesitamos territorio porque necesitamos conquista.

Por supuesto no se puede coger el todo por las partes ni viceversa, es sólo un ejemplo de cómo podemos funcionar en nuestros arraigos primitivos, modernizando o adaptando los roles a los nuevos tiempos. Pero resulta sospechoso que en pleno siglo de las redes (añorados siglos de las luces) sigamos discutiendo por territorios, patrimonios o presumiendo de potentes automóviles o fincas. La sospecha se traduce en algo tan sencillamente biológico como el derecho de conquista y demarcación.

Además, en una sociedad con los roles de género tan marcadamente distorsionados o invertidos, el hombre que no sigue el patrón “territorial” es estigmatizado, y la mujer que asume el rol de “hembra dominante” es mirada con cierto recelo y desconfianza. La cuestión de genero, confusa en una sociedad confusa permeabiliza a los “invertidos” para sopesar el rol.

La gente se aturdiza con juegos como el futbol, que no pretende más que clamar la territorialidad de un juego donde se protege un territorio (la portería) para conquistar un gol (el orgasmo primitivo) tras el chute de un balón (símbolo femenino). No es más que la exclamación de la impotencia orgásmica mal reconducida. Por eso hay tanto futbolero en la parte emocional-social y por eso hay tanto patriota-nacionalista en la parte intelectual-social. No es más que la exclamación de una impotencia que busca salida comunal en arraigos primitivos.

Lo patético de esta situación es que aún nos comportamos como puros mamíferos en celo, quizás de forma inconsciente en la mayoría de los casos, pero como puros primates (y con perdón de los primates).