El nacionalismo ante la filosofía Oriental


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“Verdaderamente, debido a este egoísmo insaciable, condicionado por este egoísmo insaciable, impelido por este egoísmo insaciable, enteramente movido por este egoísmo insaciable, reyes luchan contra reyes, príncipes contra príncipes, sacerdotes contra sacerdotes, vecinos contra vecinos, la madre disputa con el hijo, el hijo con la madre, el padre con el hijo, el hijo con el padre, el hermano disputa con el hermano, el hermano con la hermana, la hermana con el hermano, el amigo con el amigo. De esta manera, debido a esta discordia, disputando y luchando, se echan unos sobre los otros con puñetazos, palos o armas. Y aquí y allá sufren muerte o dolor mortal”. Buda.

Según leía hoy en las palabras del venerable Saddhatissa, el punto central de la doctrina budista es que no hay algo que no dependa de alguna otra cosa. Nada puede surgir por su propio acuerdo, independientemente. Ponía el ejemplo de la lámpara que permanece ardiendo a causa de la mecha y ésta a su vez depende del oxígeno, la temperatura, etc. Igualmente la mecha es el resultado de hilos de algodón entrelazados, y el oxigeno es una combinación de elementos. Todo lo que existe en la creación forma parte de lazos e interdependencias que no pueden anularse, ignorarse o rechazar.

Las personas que se conocen entre sí y que se relacionan forman parte de una red invisible tejida en lo que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. No podemos aislarnos los unos de los otros, ni negar al otro, porque al hacerlo, sería como negarnos a nosotros mismos. La negación del otro forma parte de ese lado oscuro de nosotros mismos que no queremos aceptar o no queremos transcender. Cuando vemos en el otro algo que no nos gusta realmente estamos proyectando algo de nosotros mismos que nos molesta. El otro, realmente, nos sirve como espejo y maestro para adivinar nuestras zonas erróneas. Por eso cuando lo rechazamos, nos estamos rechazando a nosotros mismos.

Ocurre lo mismo con las naciones y los pueblos. Un pueblo no puede conquistar a otro, pero tampoco puede negarlo. Todo tiene un origen dependiente. Todo ocurre porque depende de alguna otra causa. Por lo tanto, hablar de independencia es utilizar un término inexacto. Al igual que lo es hablar de emancipación de los pueblos, porque los mismos nacen siempre libres y se rigen por leyes que los propios pueblos han creado para organizar sus fuerzas y deseos. El pacto en el cambio de esas leyes debe ser consensuado por todos sus integrantes, y siempre desde la inteligencia que respeta las propias leyes naturales de la interdependencia. Nadie puede vivir aislado de nadie, y ningún pueblo podría sobrevivir aislado de sí mismo.

El pensamiento ilustrado siempre ha pretendido mitigar las diferencias alabando todo aquello que nos une como ideal mayor de convivencia. Ese ideal mayor debería permitir la expresión libre de cada sujeto, pero también la aceptación libre del destino común como humanidad Una. Sólo sintiéndonos parte de esa humanidad nos alejaremos de los egoísmos patrios o nacionales y superaremos la crisis de identidad en la que estamos sumidos.

Somewhere Over the Rainbow and What a wonderful world


El Buda dijo: “Monjes, si un hombre debiera cosechar todo según sus actos, no sería posible una vida recta ni escapar del dolor”.

A pesar de todo la vida sigue. No podemos lamentarnos. Debemos seguir adelante, mirar adelante. El dolor es comprensivo y nos despierta. Es sensato pensar que no podemos dañar a nadie, porque si lo hacemos, de alguna forma, también nos estamos dañando a nosotros mismos. Por eso la necesidad de estar despiertos y no tolerar que nuestras adormideras nos arrastren hacia la confusión. Siento de veras si alguna vez he dañado, porque al hacerlo, realmente me he dañado a mí mismo. Siento de veras si alguna vez cometí tamaña torpeza con el otro. Quizás en alguna parte renazca el arcoiris que todos merecemos. Quizás en alguna parte el mundo maravilloso se muestre ante nosotros. Estemos atentos para cuando eso ocurra.

La Genuina Enseñanza de Buda, de Ramiro Calle


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Ya está a la venta la versión digital del primer libro que Nous edita de Ramiro Calle: «La Genuina Enseñanza de Buda». Un bonito libro introductorio para aquellos que quieran conocer un poco más de este hermoso mundo. Espero que os guste el resultado. Pronto estará también en formato libro en las librerías…

Un abrazo sentido…

http://www.editorialdharana.com/catalogo/la-genuina-ensenanza-del-buda?sello=nous

¿Dónde estás ahora?


 desierto

Nunca estuve en Ypacaraí, a pesar de que albergo cientos de recuerdos de su lago y sus canciones. Recuerdo sus noches tibias mientras ella cantaba triste sus melodías en guaraní. Había una hermosa noche de plenilunio donde sus blancas manos desprendían calor. El camino hasta el lago atosiga la marcha melancólica, sopesando el suave canto.

Había otro lago en otro extremo. Le llaman el Lago de Aguas Blancas. En ese sí estuve, junto al gran desierto que daba cobijo a camellos e invertebrados. Allí había silencio, metáfora, timidez. No había nadie excepto el reflejo del alma en sus aguas. Allí también nació en la cueva blanca la poderosa llama que exterminaba las aristas del desprendimiento.

Conocí una vez a una mente poderosa. Desprendía rayos de fuego de su cabeza fulminando cualquier trozo o atisbo de agua o tibieza. Era capaz de evaporar lagos enteros con solo mirarlos. Pero su fuego no podía mirar el reflejo en el lago. Si es muy potente, termina evaporando sus cristalinas aguas. La llama tibia se deshace en la cera mientras el fuego descontrolado arrasa con bosques y pastos.

Ayer me hubiera gustado ser poseído por las fragancias de Ypacaraí y la ternura de Aguas Blancas. Lo intenté, me fui incluso a dar un paseo leve por las calles plagadas de luminarias con el ánimo de no dejarme arrastrar por el huracán que preveía. Pero el fuego era poderoso y encontró a otro fuego aún más poderoso y radiante, y el bosque entero ardió.

Ahora todo quedó desierto y desolado, arrasado por la llama que no pudo ser templada. Sin lagos, sin bosques, sin ríos. Sólo un gran desierto por delante, sin agua y sin llama, sin fuego y sin tibieza. Toca, de nuevo, la travesía por el desierto. Toca caminar para que las piernas no se hundan en el fango y el alma no escape a la llamada. Ahora el fuego se extingue porque ya no queda nada. Sólo la llama tibia que aguarda, en su cueva, nuevos bosques.

Momentos reales


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No hace mucho tiempo me dijo un amigo que un editor tenía que tener un blog y estar en las redes sociales para así poder promocionar sus obras y su empresa. Realmente nunca me gustó la exhibición pública ni las relaciones virtuales. Los que lleváis años siguiendo el blog sabéis de esas crisis que a veces me asfixian y terminan por estar unos días desconectado o fuera de aquí. Soy una persona alegre, pero tímida. Y mi estado natural a veces es más la introspección que el jolgorio.

La semana que viene me marcho unos días al sur y la próxima estaré diez días en un retiro Vipassana, una especie de meditación donde sólo se te permite levantarte a las cuatro de la mañana, meditar, comer y dormir algo. El resto es todo silencio ininterrumpido y meditación. Creo que lo voy a necesitar porque uno siempre se plantea donde empieza y donde termina la vida real.

Esta mañana he pasado un buen rato con Ramiro. Una persona de carne y hueso al que podía tocar, mirar a los ojos y compartir cosas y momentos. En la vida virtual cualquier palabra o gesto debe ser interpretado, mientras que en la vida real, la intuición nos lleva por esos caminos rectos del alma. Cuando estás frente a alguien, es fácil saber si estás ante una buena persona o no, y es fácil saber si nos miente o no, si está triste o no, si es feliz o no. En la vida real todo es más transparente.

El otro día, tras la presentación del libro de Vicenta, tuvimos tiempo de conocer a mucha gente de la vida real. Todos parecíamos aturdidos porque en la vida digital parece que todo es más fácil. Sin embargo, la vida real tiene sus exigencias, sus protocolos, sus intuiciones. Conocí a gente hermosa y me fui satisfecho por hablar con unos y con otros, quizás porque en mi vida de encierro cada vez me cuesta más estar con unos y con otros.

Realmente las redes sociales están bien para según qué cosas. Pero sigo pensando que el barro y la suciedad de la calle tiene más motivos para adentrarnos en la verdadera experiencia de la vida. Lo real nunca podrá ser sustituido por lo virtual, por más tiempo que le dediquemos y empeños que hagamos.

(Fotos: en la presentación del libro «Abogados Autoresponsables» con Vicenta, María José y Gopala. Con Ramiro Calle esta mañana en el Nebraska, trabajando un poco con las portadas de su próximo libro).

Técnicas de sabotaje emocional según Pedro Pablo Palote


 noria

 

Hay muchas personas, según nos cuenta Pedro Pablo Palote, que son artífices en el sabotaje emocional. A veces de forma consciente, por comodidad o egoísmo, y otras de forma inconsciente, por ignorancia o miedo.

Las técnicas son sencillas, de manual de psicología primaria. Nos cuenta Pedro que cuando le gusta realmente una mujer asume diferentes roles para ser repudiado. Si la mujer es inteligente y racional asume el rol avasallador del dependiente emocional. Si la mujer es todo lo contrario, una dependiente emocional, asume el rol del despistado o cabeza de avestruz, nunca el del frío o distante, porque sabe que eso atrae más, valga la paradoja.

Si lo que desea es atraer la atención de la persona, en el primer de los casos se convierte en un espejo adulador, porque no hay nada que le guste más al ego que verse reflejado en sí mismo. Así que de forma sibilina podrá adoptar un rol de inteligencia supina apoyada por grandes dosis de peloteo sistemático, pero muy medido y calculado, porque el ego, que es inteligente, detesta los abusos. En el segundo caso, si la persona es emocionalmente dependiente, usará el papel del pescador, es decir, de ese tira y afloja inequívoco que tanto les gusta a los yonquis de la emoción.

Pedro Pablo Palote sabe que estos juegos nacen de cierta enfermedad congénita y generacional. Sabe que nuestra generación está dañada por la transición que hubo de un estado rígido y plagado de censura a otro que se fue al extremo contrario. Es como si nuestros padres hubieran pasado de ser una familia ortodoxa y clásica a unos hippies del amor libre. Eso dañó nuestras emociones, y por lo tanto, nuestro sentido de la armonía emocional.

Pero Pedro Pablo Palote se ha especializado en el sabotaje emocional para así no tener que responsabilizarse de la educación de sí mismo y del otro, relegando esa misión a futuras generaciones. Asume su condición de transicionero y sobrevive como puede a esta crónica discapacidad emocional. En el fondo Pedro Pablo es egoísta. Él lo sabe y lo admite, de ahí su negación a construir relaciones sanas en un mundo sano. Prefiere, como él dice, seguir saboteando, por si acaso, y que vengan otros a deshacer este embolado.

Más allá del umbral material


 primavera

La libertad es esencial para el amor; no la libertad de la revuelta, no la libertad de hacer lo que nos plazca ni de ceder abierta o secretamente a nuestras apentencias, sino más bien la libertad que adviene con la comprensión”. Jiddu Krishnamurti

La materia es divisible. Pero no del modo en el que imaginamos la división de las cosas. Sería mas correcto decir que la materia es gradual, se aplica en la existencia como capas de cebolla con cualidades y formas diferentes.

Una de esas cualidades es lo que vagamente llamamos materia en sí para describir aquello que podemos tocar, pesar y medir. Mi dedo meñique es materia. Me sirve para pulsar el teclado y aplicar pensamientos negro sobre blanco.

Pero ese dedo está movido por una pulsión vital. Está recorrido por vida, que sería otra capa más de la cebolla. La vida es energía a la que se le añade un impulso. Ese impulso que la dota de movimiento es la emoción.

Las emociones es la tercera capa de cebolla. Las emociones nos sirven para movernos, para precipitarnos en la realidad. Una persona carente de emociones vive excluida de la realidad. Mantiene una rutina de por vida, sin grandes cambios existenciales.

Hay una capa que envuelve todo eso y a la que llamamos mente. La mente dirige a la emoción, a la vida y a la materia. Es la que ordena la realidad, la pone en duda y la cuestiona. Busca el mejor atajo, el mejor recorrido. Pero una persona encerrada en esa capa, dominada por la construcción de un exceso de materia mental vive igualmente atormentada e inmóvil, paralizada en una dialéctica destructiva y limitada.

Hay una capa mayor, quizás más compleja, que llamamos consciencia. La consciencia nos guía, nos seduce hacia el camino que deberíamos tomar no para ir de un punto A a un punto B en línea recta, sino que nos indica nuestro norte interior aunque para llegar a él debamos atravesar mil laberintos indescriptibles.

Los peligros de dividir así las capas de cebolla es que muchas veces vivimos anclados en una de ellas. Hay personas que vivimos única y exclusivamente para mantener la materia, preocupadas en las modas, en la decoración de la casa, en la comida, olvidando otros aspectos como la energía de las cosas, las emociones, los pensamientos o la consciencia. A veces no siempre de forma positiva, sino más bien autodestructiva, ya que nos centramos en los aspectos materiales que paradójicamente llamamos placeres pero que no hacen más que apoyar la teoría de la autoliquidación (drogas, alcohol, exceso de comida, tabaco, etc…)

A veces estamos excesivamente centrados en la energía, y nos pasamos todo el día haciendo posturas o asanas, respirando bien, comiendo bien, haciendo ejercicio y manteniendo una férrea disciplina física y vital. Los yonquis de la adrenalina vivimos por y para estimular nuestro campo energético.

Otros pasamos toda la vida con dependencias emocionales, como norias sensibleras que se dejan seducir por cualquier estímulo, mareándonos constantemente entre emociones vivas pero ciegas que nos hacen perder tiempo y esfuerzos con tal de satisfacer sus anhelos a veces irreales y fantasiosos. Nos convertimos en yonquis emocionales, en auténticos parásitos o en su contraparte, auténticos vampiros energéticos que viven por y para las emociones.

Luego están los que nos pasamos todo el día anclados en el plano mental, viendo en la crítica y la división y en la autocomplacencia racional nuestro campo de batalla. Creamos una bestia a base de datos, formación e información a la que llamamos ego, pero es un ego que siempre vemos en los demás y nunca en nosotros, porque uno de los espejismos del plano mental es precisamente ese, ver en el otro lo malo y no en nosotros. El mito de Narciso nos habla de esa soledad a la que el ego se ve sumido por no ser capaz de ver en el otro un ser hermoso. Soledad, sensación de anormalidad y sed vanidosa acompañado de grandes dosis de orgullo espiritual. Mis pensamientos son los correctos y el resto del mundo está equivocado. La cerrazón mental es tan peligrosa como la cerrazón emocional.

La capacidad de consciencia o autoconsciencia también puede resultar peligrosa si nace aislada, producto más de una racionalidad fría y desconectada de las emociones. Por eso a veces la consciencia es dividida en tres esencias principales, siendo la más armónica aquella que profundiza en la unión completa de la triada. Voluntad, amor y sabiduría serían los valores o aspectos que podrían vagamente describir esos tres estadios. Pero ninguno puede ir por separado, sino que los tres deben existir unidos para crear la más completa consciencia. ¿En qué aspecto de estos umbrales de la materia estamos centrados? ¿Cuales tenemos descuidados? ¿Donde tenemos nuestra consciencia, o falta de la misma, anclada?

El anacrónico día de la mujer


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En un mundo extemporáneo como el nuestro resulta casi un insulto dedicar un día a la mujer. Hipócrita, falso y humillante. Denigra en primer término a las personas humanas, independientemente de su género. Es como si un día la ONU declarara cualquier momento el día del negro o el día de los arios. Es cierto que históricamente la mujer ha sido humillada, ultrajada, mancillada, lapidada, agraviada, ofendida, vejada, deshonrada, violada, maltratada y cientos de crímenes más que podríamos enumerar desde el origen de los tiempos. Pero acaso, ¿no estamos haciendo lo mismo cuando destacamos un día específico para ellas?

Nunca me ha gustado hablar en términos de género. Siempre he preferido usar al ser humano como medida de su condición, y no diferenciar entre hombres o mujeres, aunque ciertamente mil años de costumbres hayan podido confundir el vocabulario, las expresiones o incluso los pensamientos tan arraigados en el machismo de una sociedad enferma como la nuestra. También es cierto que hay mujeres (y hombres) que han luchado destacadamente por sus derechos. Pero insisto, no era por sus derechos de género, sino por los derechos de cualquier ser humano que se considere digno de ser llamado así.

¿Y por qué ahora seguimos denigrando a la mujer de forma tan encubierta? ¿Por qué hacemos una fiesta de lo que debería ser una normalidad? ¿O es que acaso nuestra hipócrita sociedad se da cuenta de su propia falsa y reclama para sí misma la festividad y el reconocimiento oportuno?

¿En qué clase de mentalidad arcaica estamos perviviendo? ¿En qué clase de burla o miserable subconsciente nos manejamos? Claro que las mujeres merecen todos los derechos y oportunidades, claro que históricamente eso no ha sido así, claro que todos somos iguales en obligaciones y derechos y oportunidades. ¿Pero acaso no debería ser eso el fundamento de toda sociedad civilizada? ¿Y por qué lo seguimos poniendo en duda aclamando, golpes en pecho, el día de la mujer? Y en todo caso, ¿qué pasa con los hombres? ¿Por qué no celebramos el día del ser humano y dejamos de una vez nuestro machismo prepotente y soterrado al margen?

Pedagogía Comercial


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Es increíble la falta de civismo que existe en nuestra sociedad, incluído en los pequeños gestos diarios. Hay gente que nos piden libros contrarrembolso. Para nosotros es una fórmula que no aporta ningún beneficio ya que el envío contrarrembolso supera el coste de los seis euros, pero por cortesía comercial solemos enviarlo. Cuando el cliente, en un acto de descuido, vagancia o cara dura no recoge el pedido (y es algo que suele pasar con demasiada frecuencia), esto nos ocasiona unos gastos extras considerables. Aisladamente no ocurre nada, pero cuando son demasiados, resulta casi asfixiante.

Como no nos rendimos ante ninguna causa, en nuestra editorial le remitimos esta carta que pretendemos sea pedagógica, y aunque nos cueste mucho más dinero y mucho más gasto, preferimos hacerlo así y de paso educar cívicamente a personas que no piensan en los otros y en el daño, directo o indirecto, que pueden ocasionar, incluso a una modesta empresa como la nuestra. En fin, los pequeños gestos del día a día.

 

Estimado cliente (personalizamos con su nombre),

El 14 de febrero nos solicitó el libro «Nombre del Libro», el cual le remitimos puntualmente a la dirección que nos facilitó, con pago contrarrembolso.

Este libro ha sido devuelto por Correos, con los gastos añadidos que este tipo de devoluciones ocasionan (3,7€). 

Sin contar con los gastos de devolución, el importe tan solo del contrarrembolso es de 5,30€ más los gastos de ingreso en nuestra cuenta más el coste del empaquetado. Es decir, que nuestro margen comercial para un libro de un PVP de 10€, como verá, es mínimo o ninguno. 

Le volvemos a enviar el libro sin coste alguno. Nuestra única motivación es que pueda disfrutar del libro y que apele en el futuro a la responsabilidad con respecto a las solicitudes de envíos contrarrembolso, ya que en los tiempos que corren, supone para nosotros unos gastos insoportables. 

Agradeciendo su comprensión, reciba un cordial saludo,

 

(Foto: Hoy he recibido dos devoluciones contrarrembolso con un coste de 7,4€ que hemos tenido que pagar al cartero por gastos de devolución. El coste de lo que sólo hoy hemos pagado a Correos por el incivismo es mucho mayor que el precio del pantalón de pana que ayer compré en las rebajas. No es que me salga la vena catalana, pero es que los tiempos que corren no merecen este tipo de cosas).

Despertar dos veces


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Querido J.,

A nuestra edad uno se da cuenta de que el pesimismo a veces también puede ser una llama. No te sientas culpable por serlo. Uno se rehace optimista a base de realidad. Y la realidad siempre está pervertida por nuestro enfoque. Por eso, realmente no importa casi nada, excepto nuestra actitud ante la misma.

Disfruta de no tener dinero, de estar sin trabajo. Esa situación también puede ser una llama. En estos últimos años hemos perdido tantas cosas que cuando te sientes sin nada, resulta que lo ganas todo.

Márcate como plazo dos años sin trabajar, así te relajas y disfrutas de tus «vacaciones», o de tus dos años sabáticos. Pasear, ir al bar, dar de comer a las palomas, incluso si te gusta, ver matar a un toro. Nadie te juzgara por ello, ni siquiera los que somos antitaurinos de pelaje.

Si te comes los ahorros no pasa nada, mejor cómetelos tú y no las lombrices. La soledad, ya lo sabes, también puede ser una llama. No te hablo desde la esperanza, que requiere espera, sino de la actitud de poder disfrutar incluso de la noche oscura del alma. La travesía por todo desierto es necesaria para resituarnos en nuestro trozo de Universo.

¿Y qué te pide el Universo? Pues que no trabajes y disfrutes de no hacer nada. ¿Para qué preocuparse entonces? Cuando te levantes de la siesta di: «coño, he nacido dos veces». Porque nadie tiene realmente la oportunidad de poder despertar dos veces de un mismo sueño…

Un abrazo sentido… y gracias por tu compañía y testimonio…

Reflexiones sobre el “yo” (mientras llueve)


 Javier Leon

Tras comer con unos amigos en Artemisa me marché al curso. A la salida llovía, así que aproveché para meterme de nuevo en el Lefties y comprar uno de esos pantalones de pana baratos, esta vez, para disimular mi escueto vestuario, de distinto color. Llovía a cantaros y eso me hacía feliz, porque la lluvia es hermosa cuando se contempla desde su propia naturaleza.

A la vuelta, mientras me mojaba alegremente, reflexionaba sobre el ego y sus peculiaridades. Siempre he sido una persona silenciosa, de esas que en el colegio se sentaban siempre al final de la clase sin hacer ruido excepto para echar de esas carcajadas que a veces me salen sin venir a cuento de nada. La frase preferida de mis profesores para referirse al chico de atrás siempre era la misma: “Xavi, aterriza”.

Lo mismo ocurrió de mayor. Siempre escondido, sin llamar mucho la atención, viviendo en la invisibilidad del anonimato. Cuando hay más de tres personas, prefiero escuchar y atender. Sólo expreso palabra si se me pregunta, dándole el protagonismo al otro. Sólo me animo a la cháchara cuando el interlocutor me interesa de verdad, o estamos a solas y el momento requiere de compartir.

En los momentos en los que los flashes podían deslumbrar de alguna forma, siempre los esquivaba. Cuando vivía o tenía a mi lado alguna celebridad (ya fuera por mis relaciones personales o mi trabajo), intentaba esconderme o apartarme. Cuando por algún motivo había la oportunidad de hacer alguna entrevista, buscaba la forma de evitarla.

Los que no me conocen aún siguen pensando que en lugares como este modesto blog sigo haciendo una extensa propaganda de mi “yo” o de mi “ego” o de mi vanidad o de mi orgullo espiritual o de cualquier otra cosa que pueda parecerse. No lo voy a negar. Quizás este exceso de desnudez o transparencia pueda parecer una exuberancia encubierta. Ni siquiera me paro a pensar en ello. Me gusta escribir todo lo que no hablo, y lo bonito de escribir es que no obligas a nadie a escuchar. Sólo escribes, sin esperar respuesta, sin pretender un trueque mínimo. Es un acto generoso donde expreso reflexiones, cosas del día a día, cercanas, que sirvan o no de medida para sabernos humanos e imperfectos. Y me gusta regodearme con esa imperfección.

Cuando hablo de los demás intento hacerlo de forma disimulada. De ahí que ponga siempre una inicial acompañada de un punto. Algunos amigos a veces se han quejado de que hablaba de ellos, o de cosas que ocurrían entre nosotros, de ahí que siempre intento mantenerlas al margen de mis reflexiones. Pero admito que me resulta difícil hablar de la vida si no es compartiéndola con ellos. Y me resulta difícil hacer grandes análisis macroeconómicos, políticos o ideológicos si no es acompañándola con el rigor de lo cotidiano. Este estilo o forma de escribir con respecto a la filosofía de lo cotidiano a veces me reporta auténticos fracasos en el plano personal. Las personas que se acercan en exceso a veces se sienten desnudas ante mis reflexiones, que, inevitablemente pasan por la experiencia diaria.

En estos cinco años de escritura continua, casi sin parón, sin cobrar nada a nadie, sin poner molestos anuncios o banners para intentar sacar algún rendimiento de algún tipo, nunca me he molestado en ver los réditos de esta filosofía de escriba. Quizás a veces he sido un poco intenso con esas emociones inevitables que la mayoría prefiere, muy respetuosamente, ocultar o disimular. En mi caso no podía hacerlo, porque el plano emocional, nuestro gran reto como humanidad, requiere de cierta desnudez y transparencia, y me gusta diseccionarlo para comprenderlo y domeñarlo. No es que realmente me guste hablar de mí y de mis cosas. Realmente a nadie le interesa si he comprado unos pantalones baratos en Lefties o si he cenado con un ministro o un embajador o con mi amigo Perico, el de los Palotes, que de forma anónima siempre llena mis días y mis horas. Eso sólo son anécdotas, motivos narrativos, fórmulas literarias para anclar al lector en un espacio y un tiempo, en un escenario. Realmente, lo importante, de haberlo, son las segundas lecturas, la lectura atenta entre líneas, los mensajes que pudieran incurrir entre anécdota y anécdota. Por desgracia muchas veces nos quedamos en lo epidérmico, en la superficies, sin analizar realmente el fondo.

La única misión de esta humilde y anecdótica escritura que no pretende ni fama ni notoriedad de ningún tipo es la de compartir. Y lo digo sinceramente: sólo compartir. Y cuando se comparte a veces nos equivocamos, porque somos humanos y no tiene mayor importancia. Y a veces puede que salga algún atisbo de vanidad o de orgullo. De verdad, tampoco pasa nada. Como decía, podéis seguir leyendo o dejar de hacerlo, nunca os reclamaré gloria o beneficio, excepto vuestro amor invisible y vuestro cariño anónimo.

Escribir es crear, y leer lo escrito es como ser penetrado por esa energía creadora. Realmente parece una obscenidad, pero escribir y leer es como hacer el amor en otros planos sutiles. Cada vez que alguien escribe expulsa cierta energía que alguien recoge en alguna parte. Respirar, conspirar. Compartir.

En fin, sentía la necesidad de decir estas cosas porque la lluvia que hoy caía intensa en Madrid necesitaba del hogar de una chimenea, rodeado de amigos compartiendo un chocolate caliente y hablando de mil cosas inútiles para el mundo pero necesarias para la supervivencia de nuestro “yo”, que no es más que el vehículo con el que la naturaleza nos ha dotado para comunicarnos los unos a los otros e intermediar entre el mundo tangible y el intangible.

Pd.- Os dejo una foto mía donde podéis ver mis pantalones baratos. De verdad que no pongo mi cara para que veáis lo guapo que soy, sino simplemente para que veáis, como decía Unamuno, que soy persona de carne y hueso.

Encuentros con el desgarro


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Hoy ha sido uno de esos días raros en los que pasan cosas buenas y otras menos buenas. De esos momentos en los que deseas desaparecer, esconderte en una isla desierta o en un bosque encantado donde no molestar a nadie, donde no entorpecer los escenarios de seguridad de los demás. Pasear libre por alguna pradera lejana o abrazar la cima de alguna montaña. De alguna forma me esforcé en hacerlo, empatizando con esa soledad de llegar a casa y no tener a nadie con quien compartir las anécdotas de la jornada. Esa es una extraña sensación. Estamos tan inmersos en las redes sociales y en el mundo virtual que cuando desconectas del mismo te das cuenta de la inmensa soledad que rodea al mundo.

Y hoy quise desconectar drásticamente de lo virtual para aproximarme un poco al mundo real. Y fue ahí donde descubrí la trampa. Fue ahí donde la experiencia quiso manifestarse con crudeza. Una crudeza que ahora me arrastra sin saber hacia donde me llevará.

Al menos eso me pareció notar hoy en el Paseo de la Castellana. Terminaba de salir de la exitosa presentación del libro de Vicenta (hablaré de la misma con calma, porque merece la pena) cuando de repente escuché gritar a una mujer. Lloraba y gritaba desesperada mientras que la gente ignoraba esa situación dramática y dura, muy dura. De repente me vi yo como esa gente y no pude consentirlo. Me volví, rompiendo mi propio espacio de seguridad, y sin juzgar la situación ni a la persona me acerqué a ella, que lloraba desesperada en un banco. La toqué con mi mano izquierda apretando con dulzura su hombro y le pregunté si se encontraba bien. Sólo fue un instante, sólo fue una promesa.

Ella levantó su cabeza escondida y resultó ser una joven preciosa, de una hermosura increíble, una mujer desnuda y en lo oscuro, como en los versos de Benedetti, ahogada en lágrimas. Dibujaba un cielo raso pero teñido de lluvia, un desnudo cubierto de desgarro, una soledad tan profunda que dolía con tan solo mirarla.

La imagen de verla llorar desesperadamente y la de su sorpresa ante mi interés nos extrañó a ambos. La miré a los ojos mientras intentaba con la mirada decirle mil cosas para tranquilizarla. Me dijo que había discutido con su novio por teléfono y que agradecía mi gesto pero que prefería estar sola. Me hubiera gustado acompañarla en silencio pero no quise molestarla. Sin miedo a romper de nuevo su espacio de seguridad le volví a tocar el hombro con suavidad y me marché silencioso.

Mientras me marchaba con esa impotencia de haber querido abrazarla con fuerza y haber hecho algo más, aún recordaba con tristeza sus palabras desgarradoras: “por qué me has abandonado ahora que más te necesito”.

Quizás esta noche, mientras pienso en ella y suspiro por su dolor que ahora hago mío, quizás, tal vez, ella se sienta menos abandonada. Quién sabe, a lo mejor también anda escribiendo en alguna otra parte algo parecido a esto: «y alguien se acercó, me tocó el hombro, y mi soledad y amargura cambió de rostro». Ojalá la mano izquierda nunca sepa lo que hizo la derecha, pero ojalá que su mirada se haya anclado a ese momento único, de intercambio profundo y sincero, y nunca más se sienta tan desdichada como hoy se sentía. Sea como sea, mañana será otro día… y la mano izquierda seguirá alerta, divisando hombros…

La vida de un Loco


loco

Me preguntáis como me volví loco… Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras… si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-¡Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.

Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

“El loco” (1918)
Gibrán Khalil Gibrán

No puede ser que estemos aquí para no poder ser


 luces

La frase de arriba es de Cortazar y viene a cuento. Hoy recibía las letras de una amiga pública que recibía ayer una inmerecida mansa de críticas e insultos. Sé de alguna forma lo que es eso. Hay mucha gente que descarga su furia o frustración encima de cualquiera que le sirva de pantalla o espejo sin importarle si detrás de esa pantalla o personaje hay una persona de carne y hueso. Parece como si por el hecho de que uno cuente sus cosas, a veces buenas y otras menos buenas, diera derecho a cualquier atropello.

Le he contestado que intentara no desmoralizarse por ello, que un corazón grande como el suyo tiene la capacidad de albergar incluso a lo insulso y tosco de la vida. Pero realmente todo es complicado en las relaciones humanas, porque todos, de una u otra forma, en momentos flojos o débiles tendemos a descargar nuestra frustración, ya sea contra un partido político, contra un rival futbolero, contra un filósofo que piense de forma diferente, contra el vecino o contra la persona que más amas, que a veces casi todo lo aguanta.

Al rato, otra amiga, también pública, me escribía para darme las gracias. Le he preguntado porqué lo hacía y me ha contestado algo bonito. Y eso demostraba que el ser humano también es capaz de cosas hermosas y bellas, y de elevarte, más allá de vanidades y egos, a cualquier cumbre de paz.

He querido poner estos ejemplos de personas públicas porque luego ha pasado algo maravilloso. Me he puesto mis nuevos pantalones que compré en Lefties por la friolera de 5,95 €. Creo que nunca había comprado unos pantalones tan baratos, pero los otros se me habían roto por los roces y me había quedado casi desnudo. También, al calzado que el otro día olía tanto, le he puesto las nuevas plantillas para dar un paseo por Madrid. Estaba lloviznando pero no hacía frío. Había un ambiente grato y la gente parecía con ganas de saludar y mirarte a los ojos para reconocer en ellos algún tipo de brillo. Aproveché el paseo para ir desde Malasaña y Chueca, pasando por Gran Vía, a la gran oficina de Correos que está en el Palacio de Comunicaciones. Allí me atendió una amable señora con la que echamos algunas risas. Atravesé desde allí toda Gran Vía, dejando a mi lado los hoteles Palace y Ritz que antes frecuentaba. Recordaba aquellos otros tiempos y los comparaba con estos otros. Y la sensación era de tanta libertad. Poder pasear bajo la lluvia, feliz, sin dar explicaciones, con un pantalón barato y unos zapatos viejos, en el anonimato de la invisibilidad, sin corsés, anónimo, totalmente anónimo.

Desde el paseo del Prado llegué hasta Atocha y desde allí bajé por Ronda de Toledo hasta el barrio de la Latina. Allí cobré mi primer cheque después de más de un año sin cobrar nada de los distribuidores quebrados. Era una cantidad pobre y ridícula en comparación a todo lo que desde la editorial le habíamos servido: 656,64€. Con eso tendría para pagar el alquiler de este mes y comprar algo de galletas. En un arrebato de paradoja cogí una parte del dinero y lo llamé diezmo. Ese simbólico diezmo lo dividí en tres partes y mientras paseaba desde la Latina hacia Tirso de Molina y de nuevo Gran Vía y Malasaña descargué las tres partes en tres manos anónimas que pedían en la calle. A un joven de mi edad, a un hombre de unos cincuenta años y a otro de unos ochenta. La selección fue: “los primeros que se presenten, sin juzgarlos”. El gesto no era para sentirme bien con mi consciencia o con mi vanidad. Era simplemente para mirar a los ojos a un igual. Todo ese dinero que me había ahorrado en pantalones ahora lo disfrutaban otras personas. Quizás para comprarse un paquete de tabaco o un trozo de pan. Quién sabe. Pero quise no juzgarlos por su situación ni por su origen ni por su edad ni por su condición. Solo ofrecer algo de lo que la vida, después de un año de espera, me había ofrecido. No sé cuantos pantalones del Lefties podría haber comprado con ese diezmo. No importaba. Hasta nuevo aviso, tengo suficiente con este.

En el fondo todo son gestos que nos hacen más humanos. No importa que seamos personas o personajes, que nos lean mil o cien mil o que de forma anónima paseemos por la calle y podamos mirar a los ojos a un anciano con la excusa de unas monedas. En la sonrisa del anciano había algo más que un “gracias”, como el que he recibido esta mañana de mi amiga. Había un gran trozo de vida, un hilo conductor que nos decía a ambos: “no puede ser que estemos aquí para no poder ser”…

En un mundo libre solo tenemos que jugar


Ayer en el circo las mujeres volaban y los hombres salían de la tierra. Había luces mágicas y personas que se transformaban de repente. La música parecía poder tocarse. El baile del espíritu libre, la emoción acompañada de lágrimas, el decorado siempre cambiante. El juego de la ilusión. Como si la vida pudiera encerrarse en ese circo. Al final todo eran aplausos, todos estaban felices, los que volaban y los que corrían bajo tierra y los que mirábamos atónitos saltos y piruetas imposibles.

Todos parecíamos tener la mente abierta y algo nos penetraba. Era fácil abrir el corazón al escenario. Sólo había que jugar al juego. Era un mundo libre. Podíamos reír y llorar con la facilidad de un cambio. Había explosiones interiores, anímicas que nos hacían subir y bajar como una noria acelerada. Pero todo era un juego. Sólo un juego del mundo libre. Por eso nada importaba excepto ser felices y estar enamorados de ese momento, único e irrepetible.

Quizás en la vida ocurra lo mismo. Quizás solo tengamos que abrirnos al amor de cada instante, enamorarnos de cada segundo de existencia en un mundo libre.

Y es cierto que la vida continua y no podemos vivir encerrados. Por eso podemos ser libres, sobre todo, libres de nosotros mismos, de nuestra sombra, de nuestro ánimo, de nuestra mentira, de nuestra ilusión, de nuestra prudencia, de nuestro rencor, de nuestro miedo, de nuestra fantasía. Podemos ser libres de todo cuanto nos posea. Ser libres y enamorarnos de las explosiones interiores, o de las mujeres que vuelan o de los hombres subterráneos. ¿Por qué no experimentar con esa libertad? ¿Hacia donde nos puede conducir? ¿Hacia el aplauso final, hacia la intensidad de lo único e irrepetible?

Democracia feudal o la dictadura disfrazada: hacia la rebeldía que viene


 rebeldia

«Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión.» Hegel.

En España no hay democracia, existe una oligarquía de partidos heredada de una dictadura. Existe también una monarquía cuya herencia genética fue el franquismo y cuyo sucesor se alzó como abanderado de una idea que disfrazaron de democracia pero cuya esencia es la dictadura oligárquica de los partidos del poder. Esto es corrupción de Estado. Pagamos y subvencionamos con nuestros impuestos los partidos y sindicatos. Es decir, pagamos nuestra entretejida corrupción, nuestra propia dictadura alimentada por el servilismo y el chantaje de un mundo subvencionado en un Estado clientelar.

Cuando había café para todos, dejábamos hacer. El famoso laissez faire, laissez passer de los franceses. Pero ahora que todo es provisional, incluso nuestros trabajos y nuestras casas, no queremos seguir dejando hacer y menos aún dejando que pase.

Por eso esta crisis, esta bendita crisis, está destapando la mentira y la dictadura encubierta. Por eso esta crisis debe seguir. Por eso esta crisis debe perpetuarse hasta que consigamos derrotar a la dictadura y consigamos una relación de justicia entre todos, sin privilegios, sin oligarquías políticas o económicas donde unos se cuiden a otros (los políticos protegen a la economía que luego les recolocará en suculentos puestos de “asesores”, por ejemplo).

Por eso gracias bendita crisis. Gracias por destapar la corruptela, y de paso, la dictadura encubierta. Gracias por hacer que el pueblo despierte y se levante. Gracias por hacernos pensar en rebeldía. Gracias por hacernos ver los egoísmos patrióticos y nacionalistas, y despejar la duda sobre el apoyo mutuo y la cooperación de todos los ciudadanos iguales. Gracias por hacernos ver nuestra sombra, nuestro egoísmo individual, el cual corregimos con auténticos actos heroicos, con auténtica generosidad hacia el otro y lo otro.

Gracias por levantarnos de nuestra lujosa normalidad y sacarnos a la calle, en verano e invierno, con calor y frío. Gracias por despertarnos al futuro, a lo que ha de llegar, a lo que ha de regenerarnos como sociedad e individuos despiertos. Gracias por acercarnos a la lucidez y empujarnos al suicidio como muestra de rebeldía existencial. Gracias por la insumisión y la desobediencia, gracias por expulsarnos de la docilidad y el asentamiento.

Ahora sabemos donde estamos y a donde queremos ir, y nada ni nadie podrá parar el cambio. Por eso, que la crisis dure mucho. Hasta que todos nos levantemos en rebeldía.

Clonación


 niños

«»La belleza se define como la manifestación sensible de la idea.» Hegel.

Cuando te gusta alguien intentas de alguna forma atraer su atención. Decirle que existes y que además, tenemos tantas cosas en común que podríamos crear una eterna vida juntos. La táctica de clonar deseos, pensamientos y realidades es tentadora. Si le gustan los Sigur Rós es posible que te aprendas de memoria todas y cada una de sus canciones. Si le gusta volar, te convertirás en avión. Pero todos sabemos que eso no es amor, sino una clonación donde una de las partes se anula para recrear los gustos de la otra y así llamar su atención.

Otra de las torpezas más comunes es la precipitación, el acoso y derribo. Imaginaos que conocéis a alguien que realmente os gusta y sólo deseáis, como podría ser natural, el estar con ella, el pasar el mayor número de tiempo con ella. Pero la prisa y el ímpetu nunca fueron buenas consejeras. El verdadero amor requiere de espacio, de tiempo y de mucha calma. Un amor maduro no se precipita, solo espera. No atrapa ni envuelve, sino que libera. No engatusa ni engaña, no anula ni vigila, no controla al otro ni lo manipula ni lo trata con violencia. Solo lo potencia. No teme, solo ama. Y amar a otra persona no significa necesariamente estar con ella, o mantener una relación con ella. Puedes amar sin ser amado, y lo más increíble de todo, puedes amar en silencio.

Estas faltas o descuidos suele ocurrir en personas que no han tenido un referente del amor, ni de pequeños ni de adultos, y cuyo único referente real han sido los cuentos infantiles -normalmente de príncipes y princesas- o las películas de Hollywood, tan cargadas de irreales e interminables escenas de sexo y pasión desenfrenado. Una persona adulta y realizada en el amor, con buenas bases sólidas y cierta madurez interior, siempre irá despacio, muy despacio. Sembrando sin esperar cosechar nada de inmediato. Viendo crecer la relación y los sentimientos de una manera suave y lenta sin esperar nada a cambio, sin desear nada a cambio.

De estas y otras cosas hablaba hace unas tardes con una amiga. Siempre queda muy culto hablar de filósofos de nombre potente como Hegel. En la misma conversación salió a colofón el nombre de uno de ellos. A ella no le gustaba, mientras que yo defendía mi amor por el filósofo, no tan sólo por su acérrima defensa hacia el mundo animal, sino por una anécdota que días anteriores había nacido en un paseo por un bello lugar. El discurso o la idea del filósofo me trasladaba a un lugar bonito con una presencia bonita.

El pensador no sólo era un nombre, era una reflexión. Hay muestras de cariño o admiración que pueden crear confusión. Hay muestras inequívocas de que a veces no se trata de mera ilusión, de mera conquista, de mera clonación o precipitación agitada, sino simplemente del inicio de algo que puede derivar en mil cosas como la amistad o el amor o el silencio. Te puede gustar alguien por mil motivos y puedes buscar su contacto, su presencia o incluso su atención. Pero hay indicios o claros indicadores que nos ayudan en el mapa de las relaciones.

A veces resulta difícil derribar futuros y engañosos pedestales. Por eso a veces sufrimos excesos de rebeldía o provocación. Pero es una forma de asegurar que lo ilusorio no existe y sólo permanece lo verdadero. Y como andamos escasos de cosas verdaderas, muchas veces nos sentimos totalmente solos, e incluso abandonados.

When I Grow Up


Hay un pájaro salvaje dentro. Se levanta y extiende las alas queriendo volar hacia cualquier parte. Lejos de cualquier sitio y cualquier tiempo. No hay idioma, solo susurro. No hay luces, solo luciérnagas que flotan suaves por el aire. ¡Oh desnudez infinita! Luces centelleantes, imposibles aleteos fugaces. Toda vida pasa. Todo perece excepto este momento. Todo es aniquilado excepto este recuerdo.

Floto. Alcanzo y rozo sus pupilas cerradas. Noto su aliento cerrado. La avidez de su latir. Nado. Entre sus vertebras. Delante de cada reguero de sangre, de vida, de interludio. Vuelo. Entre sus pensamientos. Entre sus emociones. Entre, dentro, intro.

Calma sedante. Silencio insoportable. Ternura en la esperanza ilusa. Fugaz, todo es fugaz. La vida es fugaz. La muerte es fugaz. El devenir es fugaz. El tren, cuando pasa sin parar en las estaciones es fugaz. Y la luz tenue. Frágil. Y el tiempo desaparece. No existe en lo volatil. En lo fugaz.

¡Ay! Gemido. Duele. ¿Duele? Sí, como el roce de la cuerda en el violín. Como la tecla del piano que aspira música. Como el acorde que nace del roce, de la vibración, del tímpano. Duele, pero produce música. Hay un latido más fuerte y poderoso. Ficticio. Pero se desplaza suave entre bosques y primaveras. Con gotas que arrasan desde la nube las asperezas del monte, los campos, la templanza. ¡Ay! Gemido. Sí, duele. Pero es suave, es llanto y grito y alarido como el que nace del violín, la guitarra o el piano. Sí, duele, pero es música.

Las manos se junta y se levantan. Se convierten en alas de un pájaro salvaje. ¿Un pájaro? Tiene plumas blancas, largas y suaves. Brillan en tono dorado. Y de su roce nace música, y dentellea bosques y primaveras. Y la luna, aquella luna de lunes, que juega al océano como un violín. Ave que despierta con el sonido de un espíritu fugaz. ¿Ave? Si no ha sido suficiente, escucha una y otra vez la música. Hasta que duermas o nazcas a la vida salvaje. Te invito a volar. A flotar. A gemir de puro dolor, de pura música, de puro roce en esta calma sedante. Hay un pájaro salvaje dentro de ti. Sácalo. Te espero para volar juntos como luciérnagas que flotan en el aire, centelleantes y puras, de luz en luz, de nieve en nieve, de templo en templo, de prado quemado a prado quemado hasta que nuestras piernas no puedan más y el tiempo consuma nuestro dolor. Nuestra música.

El amor que se irradia


amor

«Los hombres y las mujeres tienen la costumbre de declararse su amor sin saber que actuando de esa manera, permiten que se deslice un elemento interesado, egoísta. Quieren atraer, ganarse, capturar a la persona elegida y le escriben o hablan lo más poéticamente posible escogiendo los gestos, las palabras, un sonido de voz apropiado, y esa persona queda cautivada, conmovida, encantada, y se deja finalmente convencer. El amor expresado de esta forma, tiene como finalidad ganarse a la persona amada, evitando también que otra venga a «apoderarse» de ella.

Así pues, el egoísmo y la falta de fe en el poder del amor les guían. Como no poseen el verdadero amor que hace maravillas, se apresuran a manifestarlo con medios groseros: la palabra, la escritura, los gestos, a fin de «aprisionar» al ser que aman. Y si consideran que es la fuerza del sentimiento la que les empuja a actuar así, subrayan aún más su debilidad, su pasión, su sensualidad.

Un verdadero maestro no expresa su amor, no es necesario, porque su amor se siente: Irradia»

Aivanhov

Ya no sufro por amor


 l

Esta mañana no lucía el sol. Más bien llovía mientras descargaba la friolera de cuatro mil libros y les buscaba un hueco en el zulito. Sudaba la gota gorda entre tanta caja. Además, me olían mucho los pies. Era extraño porque nunca me huelen los pies, excepto en verano cuando subo al monte. Me quité uno de los zapatos y vi que estaban rotas las plantillas y que, con la lluvia de estos días, había calado el agua. Al hacer el ademán para devolverlos a su pestilente lugar, observé que encima tenía el único pantalón de invierno roto por esa parte cercana al perineo, ese tonto lugar donde al rozar las carnes se crea un desgaste provocando la siempre inminente ventilación de las partes nobles.

Si a eso le sumamos que llevaba dos días sin afeitarme y que en quince minutos empezaba el curso de digitalización de libros, la situación parecía desastrosa. Pero dicen que todo siempre tiende a complicarse. Y justo cuando iba a salir recibo un mensaje de ella invitándome a tomar un chocolate caliente en su casa. El panorama pintaba a película de Almodóvar. Todo un reto que acepté porque así fluía la vida.

Cuando salí del curso seguía lloviendo. El chubasquero que compré en Lituania soportaba estoico las inclemencias. Paré cerca de Alcalá para comprar unos pastelitos y acompañar la tarde con algo dulce. Siempre me emociona entrar en la casa de algún escritor porque son auténticos templos cargados de libros, museos que honran la memoria de la luz. La suya no me decepcionó. Libros, libros y más libros. Era como estar en el paraíso.

Y de nuevo la lucidez, la grandeza y por ende, la admiración. No una de esas admiraciones tontas y simplonas, sino sincera. Por esa belleza de encontrar a personas que te despiertan ideas, pensamientos, emociones y posibilidades en un mundo enrevesado pero hermoso. Por esa sencillez a la hora de abrirte al otro desde la sinceridad, la claridad y la ausencia de prejuicios. Eso es todo un reto, porque siempre tendemos a examinar al otro con lupa y mirar en qué nos puede fallar o decepcionar. Excepto en aquellas personas que se abren desde el minuto cero y te dicen: esta soy yo, esto soy yo, no hay más excepto un universo infinito.

Es una sensación poderosa porque puedes explorar mundos a los que a veces es difícil acceder sino fuera por esa claridad y transparencia. No caben interpretaciones ni juicios, solo entendimiento y empatía. Esa compasión de la que hablan los budistas, pero una compasión sin cortapisas, sin dogmas ni ritos, siempre sincera, amable y sublime.

Lo que se iba a convertir en una merienda terminó en cena hasta que, a pesar de lo a gusto que estaba, llegó la media noche y me tuve que marchar. Toda la tarde intenté disimular el olor de pies, insoportable hasta para mí mismo, y cruzaba de vez en cuando las piernas para que no se notaran mucho los descosidos de mi único pantalón de invierno. Era todo muy cómico, pero le daba un toque mágico a la situación de tragicomedia.

Me llevé bajo el brazo uno de sus libros. No deja de ser curioso que escribiera en su día un libro de temática similar a “Ama hasta que te duela”. El amor y el desamor fueron los grandes temas que tratamos, pero desde el desapego y la libertad de hacerlo sin ningún tipo de reparo ni tensión sexual. Todo un placer y toda una tarde bella que agradezco desde la satisfecha idea de haber pasado un buen trozo de vida. Y una suerte el que hoy me olieran los pies. Sé de lo que hablo…

¿Qué ruido hace un árbol que cae en un bosque donde no hay nadie?


arbol

Lo que percibimos como realidad es un proceso que exige la participación de la conciencia”. Robert Lanza

Lo que el hinduismo llama «maya», ilusión, tiene su traducción científica. Si un árbol cae en un bosque en el que no hay nadie, ¿hace ruido? La pregunta y la reflexión, a priori parece clara, pero Robert Lanza, en su libro Biocentrismo, va aún más allá. La ciencia que estudiamos en quinto de naturales lo explica de forma sencilla: el sonido se crea por la perturbación que tiene lugar en algún medio, generalmente el aire. Cuando el árbol cae y sus ramas chocan contra el suelo crean rápidas pulsaciones de aire, y son realmente estas variaciones en la presión del aire lo que existe. El fenómeno que llamamos “sonido” tiene que ver con nosotros, con nuestros sentidos y nuestra forma de captar e interpretar las frecuencias del aire. En la naturaleza no existe el “sonido”, solo en nuestra percepción.

Si alguien está cerca de la escena, hace que la presión del aire haga vibrar físicamente el tímpano en nuestro oído. El diseño de nuestra estructura neuronal nos informa que entre 20 y 20.000 pulsaciones por segundo algo está ocurriendo, y ese “algo” lo traduce en “sonido”. Por encima o por debajo de ese dato, para nosotros nada ocurre, nada existe, porque nuestros sentidos no son capaces de apreciarlo, solo están diseñados para percibir ese espectro de onda, por lo tanto, solo está diseñado para percibir una realidad parcial y distorsionada.

Esta idea es increíble y puede servir para todo, incluso para nuestras esferas emocionales o registros mentales. Por seguir con el símil, hay personas que podrían sentir entre las 20 y 20.000 pulsaciones emotivas por segundo. Podemos escuchar un concierto y emocionarnos. Ver un atardecer y sentir cosas hermosas. Abrazar a alguien y ver como se erizan nuestros cabellos. Pero hay personas sordas en el plano emocional (como ocurre en el plano del oído, donde la mayoría de gente adulta solo puede escuchar a partir de los 10.000 pulsaciones por segundo).

Digamos que nuestra historia y herencia emocional ha podido sufrir cierta amputación, y por lo tanto, cierta sordera. Estamos tan acostumbrados a ver imágenes de niños muriéndose de hambre en la tele que socialmente somos sordos a ese problema. Ya no nos inmutamos lo más mínimo ante esas atroces escenas. Además, siempre nos las ponen a la hora de comer o cenar. Somos socialmente insensibles y estamos capados, por diversas razones, en el plano emocional. Pero no sólo hacia eso. Hay gente incapaz de emocionarse ante un atardecer o un abrazo o ante la muerte de un toro.

¿Y qué ocurre en el plano de la mente? Exactamente igual. Somos capaces de crítica pero no de autocrítica. Nos gusta enfrentarnos a los retos exteriores pero no a los interiores. ¿Qué color tendría una vela encendida en mitad de un desierto donde nadie pudiera observarla? ¿Tiene fulgor su llama? ¿Es de color amarilla? Realmente la llama no tiene propiedades visuales, es solo un espectáculo de electricidad y magnetismo que nuestras neuronas identifican como “fuego”, “calor” o “llama”, y en nuestra construcción mental las imagina tal y como la vemos para ordenar la información recibida. Pero sólo se trata de eso, de una visión.

Esto me hace pensar en todas las cosas que pasan a nuestro alrededor (en todos los árboles que caen por minuto) y que no somos capaces de percibir o que las percibimos como si fueran verdades absolutas: “un árbol ha caído y hace ruido” o “la llama amarilla produce calor y fuego”. Cosas que podrían realmente transformarnos y advertirnos de un mundo “superior”, de un mundo más amplio y que ignoramos en nuestra ceguera mental y nuestra sordera emocional. Un mundo diferente, sin ruidos, sin colores, sólo con vibraciones cuánticas.

Pero, ¿como enfrentarnos a este mundo si estamos capados por todas partes? Por nuestros propios traumas emocionales, por nuestros prejuicios mentales, por nuestros hábitos y manías y por nuestras propias cegueras sensitivas. ¿Qué cosa es esa que nos libera de nosotros mismos para contemplar ese otro mundo increíble?

Gracias Hessel


 Stéphane Hessel

Vivía en una embajada cuando compré el libro de Hessel. Parecía paradójica mi situación, pero nunca tuve prejuicios de ningún tipo a la hora de entender las diferentes formas de vida dentro de los grupos humanos. Aprendí a adaptarme sin juzgar o rechazar comportamientos y estatus. El problema humano, y en esto estoy en contra con Marx, no era un problema de clases. Porque en el fondo, la clase obrera, si a algo aspira, es a convertirse en clase burguesa, y la burguesa, a imitar a la clase aristócrata, la falsa ilusión de ser reconocidos de forma especial, o de ser tratados con especial distinción. El tiempo lo ha demostrado, quizás con contadas excepciones. Todos aspiramos a ser iguales, pero no a ser justos. O mejor dicho, todos aspiramos a tener más y más, pero no a compartir lo que tenemos. Y en esto, no importa de qué clase seamos. Por eso en este sentido entiendo más a Hegel que a Marx: el humano necesita reconocimiento, y la lucha de clases, en todo caso, es producto del mismo.

Pero Stéphane Hessel quiso ir más allá a la hora de denunciar la crisis financiera en la que estábamos. Ya no se trataba de una cuestión de clase ni de reconocimiento. Se trataba, según sus palabras, de una estafa a gran escala. Una estafa seguramente no premeditada. No creo en las teorías de la conspiración, de un grupo de humanos vestidos de negro encerrados en una sala oscura, fumando un gran puro y viendo como pueden joder al personal. Fue una estafa del humano para el humano, porque en el fondo, todos, de todas las clases, salimos perjudicados en el corto y en el largo plazo. Por eso la indignación de Hessel era más una rebeldía metafísica hacia nuestra propia condición que un cabreo puntual. Y por eso agradecí que una persona de su edad se levantara y luchara hasta el final de sus días por esa causa.

Nunca me he imaginado haciendo un viaje de placer, cogiendo treinta días y dedicarlos a estar tumbado en una paradisiaca playa mirando el cielo. Si alguna vez habéis estado en África o habéis paseado por nuestros propios barrios marginales entenderéis a qué me refiero. Por eso tampoco concibo la jubilación como un retiro dorado donde dedicarme al placer del disfrute vital. El disfrute está en el día a día y en la promesa de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Y por eso de mayor quiero ser como Stéphane Hessel, tener más de noventa años y seguir indignado por todas las injusticias del mundo. Así que gracias por tu ejemplo y gracias por habernos despertado de nuestro letargo social. Descansa en paz, si es que eso es posible en el otro lado.

«Becoming», cambio, relación, transformación


devenir 

A las cinco de la mañana ya estaba contestando algunos correos. A esa hora hay un silencio hermoso y una extraña fuerza que te impulsa con optimismo hacia el nuevo día. A las siete me deslizaba por las calles que separan Malasaña y el barrio de las Letras, llegando a la estación de tren de Atocha. Esos lugares de tránsito siempre me han parecido mágicos. Aún recuerdo la primera vez que pisé la estación de Zurich. Fue en un libro, fue mi primera estación, fue mi primer sueño. Desde entonces no he parado de viajar y de transformarme, ya fuera con libros o con realidades.

El AVE es un tren excesivamente rápido y excesivamente caro. Aquí observo el paisaje cambiante e intento interrelacionar mi aura con el aura de mis vecinos pasajeros, respirando sus átomos volátiles y observando su luz mientras les deseo un feliz día. Es un estado agradable que puedo simultanear con la lectura de un libro de Mikael Krogerus del que voy tomando notas. A este estado en el que me encuentro podría llamarlo becoming, según lo explica Krogerus. El inglés académico llama becoming a la simultaneidad paradójica entre el estado de reposo y el cambio, entre la idea de ser y la de llegar a ser. El cambio no es un periodo descriptivo, no pretende una transición, sino una posibilidad palpable. Es un constante devenir.

Mientras el tren avanza, observo los campos mojados de Castilla y los árboles desnudos. En la observación me transformo, ya que de alguna forma el paisaje ayuda, en su interrelación, al cambio. No importa como entendamos el universo o los universos, el campo de Castilla o los árboles desnudos o la magia de sensaciones que producen en nosotros. Todos los universos, los de dentro y los de fuera, se rigen por una sola idea: cambio. La cosmología cuántica de bucles de Martin Bojowald dice que el universo es una parte de una gran entidad en la que constantemente se crean y destruyen universos. El Big Bang de Einstein o Guth sugiere que el universo nació de una singularidad cuántica hace más de trece mil millones de años. Según la teoría del Estado Estacionario de Hermann Bondi, el universo es eterno, se expande creando nueva materia constantemente. El Universo permanece porque cambia.

Hay algunas teorías más complejas, como la de Weizsäcker el cual, en su alternativa primitiva, observa que la realidad cuántica del universo deriva de las consecuencias teóricas de la relación sujeto-objeto, es decir, los campos de Castilla y sus árboles desnudos con nuestra propia subjetividad y observación con respecto a los mismos (la mía propia que la observo y la describo y la tuya querido amiga/o que ahora los imaginas en este viaje doble de ida y vuelta, porque la lectura, como en la estación de Zurich, también transforma y cambia). Para el principio antrópico, el universo se ha desarrollado para que aparecieran seres vivos capaces de razonar y reconocerlo. Para John Wheeler todo es más simple: “It from bit”. La materia es un epifenómeno de información. ¿Una constante relación informante? ¿Un constante intercambio de información que cambia a medida que cambiamos? ¿No es eso lo que estamos haciendo ahora mientras escribo y describo y lees y reflexionas?

Para el solipsismo, el universo es mi invención, para otros es un movimiento o una construcción social o un universo matrix creado por una civilización superior, o tal como dice el Budismo, el universo no fue creado, se desarrolla en círculos eternos.

Sea como sea, todos concluyen en que en todo este proceso de cambio se encuentra la humanidad. Hegel decía que el motor que mueve a todas las sociedades es la lucha por el reconocimiento, y en todas las instancias, el reconocimiento del individuo. Y eso significa un individuo en constante transformación y en constante cambio. Me reconozco como un ser vivo racional, sintiente, inteligente y consciente capaz de reconocer a los otros y al mundo mediante la constante relación con los mismos.

En occidente siempre hemos observado la existencia desde el modelo epistemológico del “árbol de la vida”, una constante creciente hacia una vertical que va más allá, haciendo crecer sus ramas desde una raíz fija. El filósofo francés Deleuze, quizás adaptando sus teorías a la idea oriental, cuestionaba este principio hablando de un modelo horizontal que imita las plantas sin raíces como los lirios, el jengibre o la gualda. Lo llama modelo de rizoma, el cual funciona como internet: una red enorme cuyas partes están interconectadas entre sí, sin principio ni fin, sino habitando en un devenir continuo. Y esto nos lleva a pensar sobre un segundo punto importante. No sólo vivimos en un proceso universal de cambio constante, sino que además lo hacemos interrelacionados con la naturaleza, con lo material, con los demás, con nosotros mismos y con lo trascendental. Es decir, la vida es relación, la vida es cambio que se relaciona, la vida es devenir.

La idea de cambio y relación nos lleva a una tercera idea: prescindir de todo lo que hasta ahora nos resultaba imprescindible. Deberíamos con ello invocar un nuevo requisito en nuestras vidas: transformar lo existente. Y eso supone un reto apasionante que tiene que ver con el resto universal, con la idea de fluir con la vida y su invisible y misterioso propósito. Nos lleva a plantear algunas cuestiones primordiales: ¿tenemos una vida estática? ¿somos capaces de relación? ¿vivimos en un círculo cerrado o en una maraña de vida que cambia y nos transforma? ¿Qué deseamos de la vida? ¿Qué esperamos de la vida? ¿Qué ofrecemos a la vida? Hay una poderosa convicción en todos nosotros: estamos vivos. Pero el interrogante se hace mayor ante el propio reto: ¿qué significa estar vivos?

Allí donde el río desagua


llama

Dicen que la pasión bate siempre la puerta de la esperanza. Entra indiscreta, zarandeando las pupilas y las almas, tropezando y golpeando cualquier atisbo de somera imperturbabilidad. Mata la posibilidad en cuanto toca la puerta. Llega cabalgando como un alazán desbocado, sin ver más llanura que la de su ciega sinrazón. Deseo, alabanzas que se exprimen y dilatan vaciando el néctar del sentimiento profundo. Ciega y estúpida. 

Olvida las profundidades de los ríos cristalinos convirtiendo en bravas las aguas que anduvieron mansas. ¿Qué clase de mundo se conquista con tanta torpeza? El desierto era tan amplio y la soledad tan quemada, que el ardor ante la humedad de los cuerpos celestes no podía más que desembocar en locura o llama.

Más las yemas del rubí o la esmeralda nunca fueron vasallos de ningún caballero. Sólo la lluvia del verano podría decidir si la sangre de nuestras venas merecen la lava volcánica de nuestras esferas íntimas o el declinar del sol ante la insurrección de nuestras almas. ¿Qué profunda llama puede arrancar de cualquier corazón el deleite ante lo necesario? ¿Qué pesada carga sume al espíritu libre en cárcel acuática?

La alquimia funde cuerpos en frenético baile. No hay más separación que el aliento consumido, la fragancia terminada o el fulgor inacabado. No hay sábanas suficientes para tapar tan alocadas incoherencias, ni música capaz de torpedear el ritmo de tan frenético éxtasis. Hay un viento ardiente que danza en su orgullo sátiro. Y su calor no puede más que evaporar las lágrimas del alma. No llores más mi espíritu, tú que también naciste humano.

El sol se eclipsa ante los iluminados momentos de abrazos extintos mientras la luna, ¡ay la luna!, yergue amarga su llanto y delirio. Todo se fue, no queda nada.

Hay un lugar donde el río desagua en el mar infinito. No me preguntéis como llegué, ni como saldré de sus manantiales y fuentes. Ahora no sé, arrastrado por el deseo y frecuentado por la tristeza, como podré retomar la vida entera. ¿Qué se puede hacer cuando el mar te arrastra? ¿Hay medicina contra la imprudencia?

(Texto inspirado por un poema de María Castilho)

¿Es la soledad nuestro palacio?


Desde que vivo en el zulito llevo semanas debatiéndome sobre muchas cosas. Si somos o no somos personas completas, si somos o no somos personas autosuficientes, si el mito del Robinson Crusoe es plausible o la advertencia del lobo estepario que mira con recelo a la manada corrobora o no la llamada de la selva. Son temas interesantes, que están ahí, que permiten profundizar desde la soledad más absoluta en ese reguero de seguridad que la soledad nos proporciona. El mundo, el mundo exterior, el de ahí fuera, está plagado de abismos y nadie tuvo la capacidad de enseñarnos el vuelo libre para sortearlos. Cuando practicaba parapente recuerdo que había dos momentos de terrible pánico y tensión: el despegue y el aterrizaje. Ambos provocaban cierta crisis y ansiedad porque nunca sabes, cuando te tiras al vacío, qué puede ocurrir en el aire. Y lo mismo cuando aterrizas, ¿qué nos espera ahí en la tierra? La experiencia hace que cada vuelo contribuya a crear un marco de mayor seguridad, y que desde esa avanzadilla entre nubes puedas ver y relativizar todos los abismos. El vuelo te hace percibir la realidad desde otra perspectiva, y los miedos e inseguridades desaparecen a cada salto. Pero no somos seres completos cuando volamos si no fuera por ese parapente y por esos amigos que vigilan que el viento esté en su sitio y aquellos otros que te acompañan en el vuelo para mayor seguridad espacial. La soledad, sea en un zulito, en una cueva o en una fiesta donde nadie te hace caso es producto de una ilusión. ¿Cómo estar o sentirse solo cuando ves y percibes todos los lazos que nos unen? Esa percepción, esa realidad de comunión con todo nos arrastra a querer abrazar cada átomo de existencia. Así que abrazos sentidos desde el invisible orbe.

Camina plácidamente entre el ruido y las prisas


 la foto

Esta mañana amaneció claro pero el día fue tiñéndose de nubes que venían del norte. Temprano me ponía el traje, cualquier traje, evitando el traje «tweed» o el «blazer», sin prestar demasiada atención a las modas que imperan y dictan si el traje de ahora debe llevar dos, tres o cuatro botones y sin fijarme demasiado en si la corbata hacía juego con la camisa galesa. Lo importante es que fuera de lana, porque hoy en Madrid y en sus despachos hacía frío. Me dejé deslizar suave por las calles, intentando no perderme detalle de la agitación mañanera de la gran ciudad. Ayer, que era un día de silencio para celebrar la luna llena en piscis, vacié la impotencia de estos días en un exceso y acalorado ruido. Entre el ruido y las prisas, a veces resulta difícil caminar plácidamente.

En el conocido bufete de abogados del barrio de Salamanca nos esperaban los consultores que nos darían un mapa detallado de cómo está el mercado. Uno siempre se asombra de todo lo que puede llegar a aprender en un par de horas de reunión. Cuando nos sirvieron el café hicimos broma sobre la costumbre que aún pervive en algunas empresas, guardando, a pesar de la crisis, ese tipo de detalles y ceremonias en las reuniones. Hay algunas que han tenido que prescindir hasta de ese mínimo protocolo. Este bufete, con más de dos mil abogados a su servicio, aún se podía permitir dichas atenciones. Así que hubo café para todos.

Vimos que el sector barajaba bastantes miles de millones y contemplamos la posibilidad de que, a pesar de la crisis, el “activo” en cuestión pudiera tener algún hueco o atractivo en “futuros”. También vimos con asombro como la humanidad crea mundos y submundos dentro del mundo aparentemente conocido y de lo difícil que resulta hacerse eco de los mismos si no es porque entras por alguna de esas puertas secretas o laterales donde sólo algunos iniciados en la materia pueden penetrar. Nosotros, neófitos y recipiendarios en el sector, atendíamos con cierta diligencia. Todo es aprendizaje, de unos, de otros y de los del más allá. Y todo es asombro si se mira con esa visión ingenua de querer saber más y más para luego poder compartir más y más.

Ayer, en el curso sobre tecnologías del futuro en el mundo editorial que he empezado por necesidad empresarial y de pura supervivencia futura aprendí algo que me llamó la atención. El profesor citaba mucho a Platón y eso hacía que interpretara sus mensajes mezclados entre píxeles y filosofía. Hubo un momento en el que dijo con cierto tono de misterio en sus palabras algo interesante: “nuestras pantallas emiten luz”. Se refería aparentemente a las pantallas de ordenadores, televisores, teléfonos… Pero había algo más. “Nuestras pantallas emiten luz”. Me quedé pensando toda la tarde en ese detalle, que por insignificante y desapercibido, podría dar algunas claves sobre el mundo que viene, el interior y el exterior.

Ayer era luz, en el bufete era aire y mañana, en otro viaje de negocios a Málaga donde intentaré fusionar algunos proyectos con una editorial de marcada trayectoria, crearé tierra. El agua lo dejaremos para otro momento, porque las emociones de estas semanas han galopado por libre a cuotas inesperadas. En fin, me quito el traje y me pongo al tajo. Hay mucho que hacer aquí abajo, pero sobre todo, aquí adentro. Pensaré que las pantallas han sido diseñadas a nuestra imagen y semejanza. y si ellas son capaces de emitir luz, ¿de qué no seremos capaces nosotros? Ojalá que de luz, más luz.

La seguridad de amarnos a nosotros mismos (solo a nosotros mismos)


pareja

Dicen que uno y uno suman más que dos. Pero el ego, que siempre se siente unidad indivisible e ilusoriamente independiente (o independentista) siempre parcela la vida en estragos, en islas, en territorios psicológicos de difícil acceso. En la soledad y el aislamiento normalmente nos reencontramos con nuestra parcela de confianza, un lugar donde nada ni nadie podrá demoler los pilares de lo que somos, o mejor dicho, de lo que creemos ser, rechazando con ello la oportunidad de cambio, aprendizaje y transformación que el otro y la suma de los dos nos ofrece. La seguridad y la supervivencia del ego dependerá de su protección.

Si hubiéramos vivido durante casi toda una vida en una isla desierta y de repente un ser bello, inteligente y culto apareciera náufrago procedente de otra isla desierta, seguramente podrían pasar tres cosas. La primera es que naciera la ilusión de una alianza humana, cuyas raíces siempre se ramifican en eso que llamamos primero atracción (esa ley siempre aparece cuando más se necesita) y luego, muy vagamente, en eso que damos por llamar amor, aunque lo primero no tiene porqué desembocar necesariamente en lo segundo.

La segunda posibilidad es que naciera la desconfianza. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿A qué has venido? Todo aquello que perturba nuestra paz tiene sentido de convertirse en una amenaza. Y a veces tendemos a confundir paz con seguridad, porque todos hemos delimitado con fuertes y protectores linderos bien definidos hasta donde somos capaces de arriesgar con tal de no derrumbar nuestras columnas y certezas. La parte interesante de todo esto es que lo aparentemente verdadero, lo que alguna vez nos dará la pretendida paz, es cuando demolemos esa seguridad y esa norma vital. Ya lo dice el viejo adagio: lo único que permanece es el cambio, y si navegamos largamente en nuestro propio circunloquio, perecemos.

La tercera posibilidad sería que uno de ellos buceara en la primera premisa y el otro en la segunda. Entonces no habría intercambio, ni diálogo posible, ya que ambos andarían cada cual en sus respectivas historias, sin coincidir en las derivas del lenguaje. Sin comunicación no hay relación, y por lo tanto, los náufragos seguirían siéndolo aun compartiendo la misma isla.

La extrañeza de toda esta historia viene precisamente de la situación de náufrago. Náufrago de la sociedad, por llamarlo de alguna forma, aunque también podría traducirse como hereje, loco o simplemente anormal o asocial. Pero ahí están las islas y ahí están los náufragos, mirándose a veces con complicidad y otras con auténtica desconfianza. Y el problema siempre es el mismo: el síndrome de Estocolmo con la isla que nos ha secuestrado. Porque nuestro marco de seguridad –la isla- termina también convirtiéndose en nuestro marco de referencia y nuestro marco de protección. La norma, lo normal, será permanecer en ese lazo afectivo e intenso que hemos desarrollado con nuestra propia cárcel y aislamiento. Amamos nuestra soledad porque nos amamos a nosotros mismos y porque creemos que nosotros mismos somos nuestro “yo”, nuestra parcela, nuestra isla. Pero ese amor propio encierra los peligros de la ilusión, del separatismo, del vernos como unidades aisladas incapaces de abrazar al otro y fundirnos en el otro. ¿Quién puede realmente fundirse en el otro sino aquel que a base de ensayo y error ha contemplado la posibilidad de auto-inmolar su propio yo?