Siempre me he cuestionado si arrendaría o vendería mi dignidad por un plato de lentejas. Creo no haberlo hecho nunca, incluso si eso iba en mi perjuicio absoluto. A veces la vida te pone pruebas difíciles que debes afrontar y ponen a prueba la fortaleza de tus ideales, de tus convicciones, de tus creencias. Una persona se forma especialmente a raíz de toda esa parte psicológica y espiritual que no se ve, pero que fundamenta su existencia. La conducta, esa conducta tan necesaria en nuestros días, muchas veces se pone a prueba. Es compleja la cuestión de la dignidad cuando ves que Sócrates murió en manos de la cicuta y otros muchos quemados en la hoguera por no renunciar a sus creencias, ideales o fe. Ahí, el poder de la supervivencia desapareció, quizás porque lo que nos hace dignos y verdaderos es afrontar la vida como un acto continuo de generosidad extrema. Y la dignidad forma parte de esa generosidad, especialmente con uno mismo. Recuerdo una vez una conversación donde intervenía una persona muy rica y una persona muy pobre. Había un tercer interlocutor, que mirando a ambos amigos, dijo algo así: todo Arturo tiene su Merlín. Al menos su observación fue diplomática, por eso de que todo palacio tiene su payaso. Pero lo que no entendió esa tercera persona es que en esa amistad no había ni pobres ni ricos, ni palacios ni payasos. Era una relación entre iguales, de iguales. Y esa igualdad no nace de la riqueza o la pobreza, sino de la oportunidad de poder mirar de frente al otro y hablarle de tú a tú. Si perdemos la conducta, si perdemos la dignidad, perdemos el bien más preciado que la naturaleza nos ha dado: la oportunidad de ser y comportarnos como seres humanos. Y ser conscientes de esto es ser conscientes de que no somos nada ni nadie sin los otros seres humanos. En cuanto perdemos el sentido de esto, de nada nos sirve la supervivencia, ni las conductas, ni las creencias, porque si el otro no existe para nosotros, nosotros dejamos de existir para la naturaleza y para el mundo y perdemos el sentido de nuestra existencia, nuestra existencia humana. Termina el abrazo, empieza la selva.



























