A las tres y media, hora en la que escribo estas palabras, el silencio es absoluto. La digestión de los espaguetis con crema que he preparado hoy la he hecho en el rincón sur, dejándome mojar por los cálidos rayos del sol que por esa ventana entraban. Desde allí podía contemplar la visita de un nuevo inquilino que se ha instalado desde hace unos días en el jardín. Se trata de un pajarillo precioso, de plumaje amarillo en el pecho y marrón en la espalda. Tiene una larga cola y no sé diferenciar a qué raza pertenece, ya que en estas tardes otoñales lo que más abunda es la visita continua de petirrojos y demás aves insectívoras. Pero este me resulta peculiar porque lleva todo el rato intentando atravesar los grandes ventanales para entrar dentro de casa. Ya me ocurrió este verano con la entrada masiva de golondrinas. Pero ahora que la temperatura ha bajado, no me atrevo a recibir este tipo de visitas. Al menos las vistas son bellas. El cielo azul plagado de nubes que corren de un lado para otro. Algo de viento que mece los olivares. El verde que ya lo inunda todo y deja paso a esas preciosas florecillas blancas y amarillas que crecen entre las veredas de las rocas… El otoño es como una primavera inversa… es un placer sentarse un ratito y poder contemplarlo desde mi ventana… Os dejo una foto para que me acompañéis en la misma contemplación…
Paula y la sociedad ausente, la sociedad disidente.
Hace tiempo que no sé nada de los intelectuales. Los más carismáticos se dedican a desenterrar muertos u organizar marchas contra el Papa los de la izquierda o a meterse con la masonería y el aborto los de la derecha. Ese es su activismo. El resto, el noventa y nueve por ciento de la sociedad está ausente. No opina excepto de futbol, de mujeres o trabajo los unos o el culebrón de la Belén Esteban, el tiempo o la moda las otras. Todo lo demás son artilugios del vivir, promesas incumplidas que no sirven para el día a día.
Aún así, veo en esa cotidianidad una especie de rebeldía, una especie de disidencia. Esta tarde, tras comer algo ligero, salí a la calle para contemplar como iban las obras de la entrada de casa. Allí estaba la niña Paula. Me saludó alegre mientras acariciaba su gato desde la terraza de su jardín. Le devolví también alegre el saludo mientras la miraba con ternura desde abajo. Hablamos del gato, de lo difícil que resulta cuidarlo, de lo difícil que resulta tratarlo. Así son los gatos, le decía mientras miraba al contraluz la imagen de su inocencia. La niña sonreía mientras acariciaba el gatito. Sí, así son los gatos. Decía ella. Nos mirábamos con complicidad, porque ese momento, esa conversación sobre gatos, era único y verdadero. El mundo no importaba porque el mundo se condensaba en ese instante. Hace tiempo tuve un gato. Le dije. Yo también, me dijo ella, pero se escapó. Pobre gato. El sol iluminaba radiante. No había intelectuales alrededor, ni futbol, ni Belén Esteban, ni modas ni trabajo. Solo un lindo gatito, cómplice también de la experiencia única. Y los tres, ausentes de todo, vivíamos un momento disidente. Sin creencias, sin espasmos, sin pretensiones. La niña, siempre que me ve, se alegra, porque conmigo puede hablar de gatos. Y yo también me alegro, porque con ella puedo hablar de gatos. Quizás en la próxima charla pregunte si el gato pasó frío. Y ella me responderá, seguramente, que lo protegió con su manta. Pura rebeldía, pura disidencia.
Somos joyas, somos esperanza
El sábado recibí la visita de M. y su bella mujer. Me traían una bolsa llena de mandarinas de forma generosa. Tuvimos un rato de charla agradable y observaron que no tenía televisión. También se detuvieron en el tremendo silencio que había en toda la casa que sumado a la luz tenue, a la noche y a los grandes ventanales cubiertos de oscuridad debió intrigar a los invitados. “¿No te da miedo?” La verdad es que nunca me ha dado miedo esta soledad, pero admito que desde que me robaron ya no tengo las puertas abiertas por la noche y tomo la precaución de cerrar todo con llave. Creo que fue con ellos que hablé también sobre la tentación que alguna vez había tenido, especialmente tras algunos sucesos desagradables, de marcharme de este pueblo. Pero hay cosas que me lo impiden, como esas muestras de cariño que a veces vienen tan bien, especialmente para un lobo estepario como yo, de la gente que te aprecia y te quiere y se acerca para demostrarlo. La visita del sábado con esa generosa entrega de mandarinas, o la de la M. que también trajo un cargamento de mandarinas hace unos días o la llamada hoy de C., una hermosa mujer que ha llamado emocionada porque me ha escuchado en la radio. “Llamo para felicitarte y para decirte que tenemos una joya en el pueblo”. La verdad es que sus palabras, más allá de la vanidad de expresarlas aquí en público, me han motivado, emocionado y alegrado este frío lunes de otoño. Me alegra poder contribuir, aunque sea con esos pequeños detalles, a la felicidad de las personas. Uno nunca sabe de qué manera puede ayudar, y digo todas estas cosas en voz alta para que todos busquemos la fórmula, especialmente en tiempos difíciles, de ayudarse los unos a los otros de la forma que sea, cada uno a su nivel. Seamos hombres para hombres, y no lobos para lobos… Somos joyas, somos esperanza… saquemos lo mejor de nosotros mismos… incluso con nuestros enemigos…
Desde Los Asientos
Me encuentro en los impresionantes parajes de Los Asientos de Sevilla La Vieja, nombre ficticio a veces, real las pocas, con el que gusta nombrar a MC su finca sevillana. Desde la torre de este palacete noble a mitad caballo entre un gran cortijo andaluz y un refugio de aristócrata de otro tiempo, repaso la intensa semana y me encuentro aislado en un tiempo extraño donde nada permanece y todo cambia tan rápido. He dormido como un lirón tras unos días viajando sin parar. Ayer en Madrid, tras un sábado muy intenso en tierras catalanas donde me pilló la noche, haciendo ya mención a mi novela Alexandra, «más allá de las tierras de Argón«. Estuve en el encuentro de personas de paz y buena voluntad que tan bien organiza Ananta. Pude abrazar a seres queridos y pude saludar a personas hermosas. Me hizo especialmente ilusión el abrazo sentido de Dolores, la cual, sin conocernos en el plano físico, me miró con esa cercanía tan propia de aquellos reencuentros imaginados. Ha prometido venir a la Montaña con sus nietos, así que está invitada ella y todo el que quiera venir. Y ayer se habló mucho de paz, más paz. Precisamente ayer y precisamente hoy que nos enteramos que España, muy feliz por cierto, venderá una suma importante de carros de combate a Arabia Saudí, la cual se está rearmando hasta los dientes… Algo habrá que hacer, aunque sea una denuncia mínima, simbólica… y algo haremos…
Un año en el sur
La riqueza de una vida no se mide por el montón de dinero que tengas acumulado en el banco, ni por las propiedades, ni por los grandes coches. La semana pasada hablaba con una amiga la cual no entendía porqué prefería permanecer tan pobre, pudiendo ser muy rico. Mi defensa fue muy clara y quizás extraña para ella: ya no aspiro a acumular cosas en la tierra, sino a deshacerme poco a poco de ellas para que dejen espacio a las cosas que verdaderamente nos hace ricos. Y esas cosas son la amistad, la generosidad, el amor. Cosas como la presentación de ayer en Mesas, con ese calor humano, intenso y pasional que todos vivimos. Como la visita a mi casa de mi mentor en la Universidad de Sevilla, de ese catedrático al que tanto le debo y al cual le abracé como un hijo abraza a un padre. Como ese paseo por las calles de Madrid, hablando de geopolítica o del gran misterio de la vida: el porqué a los peces no les entra agua en los ojos. Cosas como la carne de membrillo que me ha regalado hoy J., riquísimo membrillo hecho por su madre. O como el paseo hoy con R. hasta Córdoba para asistir a la presentación del libro de Antonio Colinas “Un año en el Sur”. Son esas cosas las que me enriquecen realmente. Es ahí donde me siento afortunado y agradecido. Es ahí donde comprendo la grandeza de la vida, la esperanza en lo humano, el sueño de un mundo mejor. Y esta noche, mientras escribía todo esto, sólo deseaba abrazar a ese misterioso ser que desde hace unos días ocupa mi mente. Ese ser que deambula por los castillos de mi imaginación y que penetra poco a poco en los recovecos silenciosos del sentimiento. No encuentro ninguna explicación sobre las cosas que pasan en la vida. Pero deseo profundamente experimentar cada uno de sus misterios y sentir que la esperanza aún es posible.
Viaje a China y otros relatos
Un día intenso, lleno de encuentros hermosos y de gente bonita. Por la mañana, aburrido protocolo para inaugurar una carretera. Lo único emocionante ha sido conocer a la hija de J. y poder viajar juntos, aunque fuera por unos minutos y con la imaginación, por toda China. Me encanta conocer a gente soñadora, y ella lo es. Así que gracias por el viaje.
Por cierto, bonito coche llevan los consejeros de la Junta. Nunca entenderé como un comunista o socialista es capaz de ir como si fuera un marques. No digo que deba ir en un coche del año diez, pero podrían dar ejemplo, por ejemplo, llevando un coche ecológico, un híbrido, y no un increíble A6 de tres mil centímetros cúbicos. Alucinante camaradas, alucinante.
Sin embargo, ha servido para echar una buena charla con el alcalde de Posadas, Juan, un buen hombre que animaba la acción cultural mientras tomábamos algo, ya en petit comité junto con su padre, E. y M. Se le nota un político diferente, buena persona, sencillo, amable y amante de lo correcto. Alguna vez ha venido a las presentaciones de nuestros libros y eso resulta provocador para un político. Olé por su ejemplo.
Por la tarde presentación de un libro. Su autora, una bella, preciosa y riquísima escritora de nombre Clara Peñalver. Presentaba su primera novela de título “Sangre”. Joven promesa de las letras. Tomo nota y tomen nota los editores sagaces. Esta Peñalver promete.
Y ahora a dormir, que mañana toca viaje de ida y vuelta a Madrid y pasado nueva presentación de libros. Esta vez, en Mesas de Guadalora, a las doce… ya os contaré…
Qué día…
Hoy ha sido un día de locos… Por la mañana me llamó C., un autor novel con el que he reído como un descosido cuando le he explicado francamente y con el corazón en la mano lo difícil que resulta editar poesía hoy día y las penurias que se pasan cuando se vive en exceso del halo romántico de la profesión. Hemos estado casi una hora hablando y nos ha servido de auténtica terapia, a él como escritor y a mí como editor. Luego he marchado corriendo a Córdoba con trámites para la fundación y por la tarde corriendo a casa para hacer unos cambios de mobiliario, lavar sábanas y cambiar mi habitación de la segunda a la tercera planta gracias a la incondicional ayuda de F.
Desde allí espero disfrutar de las maravillosas vistas de La Montaña y sentirme más próximo a ese cielo que se yergue genuino sobre nuestras cabezas y que, de forma simbólica, nos protege y acerca cada día más a nuestros orígenes cósmicos. Esa tercera planta me ha de inspirar proyectos futuros y nuevas aventuras para el espíritu, pero sobre todo me ha de inspirar confianza y valor.
También andaba algo nervioso porque A. me ha invitado a la ópera, esta vez para disfrutar de Bertolt Brecht y su Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny en su original alemán. ¿Será esto una cita? No lo sé, pero parece interesante el dejarse fluir hasta el infinito y más allá… Espero que mi amiga locoide del norte no esté en lo cierto y no se trate de nuevo de una relación kármica. Lo que si es cierto es que ésta será la tercera cita en tres semanas y la primera a solas… Algo se mueve…
De curvas y burocracia
Es evidente que debo estarme quieto. No moverme, dejar pasar la tormenta, o las tormentas, y que amaine todo lo que se está moviendo en esos perpetuos eslabones causales que nunca llegamos a comprender. Ayer por la mañana fui a solventar un problema con respecto a la fundación. El funcionario de turno me explicó muy amablemente que faltaba un certificado muy importante, el cual, según la ley tal y el apartado cual eran necesarios. Ese certificado certifica que la fundación es una fundación y no una empresa de minas antipersonales u otra cosa parecida. No bastaban los cientos de escritos del ministerio de Cultura, ni la resolución del BOE, ni cualquier otra escritura pública o privada que presentara al funcionario. Él quería el certificado misterioso que decía la ley tal y el artículo cual. Le pregunté dónde podía conseguir ese ansiado certificado. Titubeó. Le preguntó a su jefe. También titubeó tras leer tres veces la ley tal y el artículo pascual. Al tercer titubeo me miró fijamente, con esa seguridad que da el haber aprobado unas oposiciones y dijo: “está clarísimo, lo dice el artículo tal de la ley cual”. Tras más de media hora intentando que me explicara donde podía conseguir ese certificado me remitió a la delegación de Hacienda andaluza. Fui allí y tras la cola pertinente la funcionaria de turno me explicó que ese certificado no era necesario pues es evidente que una fundación es una fundación y no una empresa de armas de destrucción masiva. Respiré aliviado por pensar que ya se me estaba quedando cara de huevo, sin embargo, cuando le enseñé el artículo tal de la ley cual, y tras consulta con su superior, me dijo: “está claro, el artículo tal y cual lo dice claramente, vaya usted a la oficina de Hacienda estatal pero no diga que le hemos enviado nosotros, o no le atenderán”. Fui paciente, como buen ciudadano, a la oficina de hacienda estatal. Allí, tras una hora y media de paciente espera, el funcionario de turno me dijo que no existe ese certificado. Me remitió a otra mesa y a otra funcionaria que no entendía el artículo tal de la ley pascual. Llamó a su jefe inmediato el cual, sin saber de lo que le estaba hablando, me remitió a rellenar una instancia que ya, oh Dios, las horas que son, no da tiempo a rellenar. «Venga usted otro día», me dijo con cara de hola y adiós. Así me fui corriendo a la estación de autobuses pues había quedado por la tarde en Madrid para ir al cine con una amiga muy especial, ese tipo de amigas por lo que lo dejas todo, inclusive el cabreo con los funcionarios, con tal de pasar un par de horas a su lado, o las que hagan falta. No contaré los avatares del viaje porque también los hubo y no es cuestión de cansar al personal. Pero la de ayer fue una de las peores tardes de las últimas cuatro semanas. Y tal y como anda el mes, mejor no contar más porque en vez de crear utopías voy a tener que empezar a crear una oficina de registro de las calamidades que le pueden llegar a pasar a uno en tan corto y reducido tiempo. Así que llegué esta mañana temprano a Córdoba arrastrando el cansancio y el dolor acumulado y esa tristeza otoñal que tanto me gusta. Al final no hubo cine, pero lo de ayer fue toda una película. En fin, que no decaiga el ánimo… sigamos con las curvas… a ver que nos depara mañana… jua… jua… Si veis que no doy señales de vida no os alarméis, seguramente me habrán secuestrado, o me habré caído a un pozo, o me habrá atropellado un tranvía que iba a veinte por hora. Tal y como está el patio… En fin, perdonad el desahogo, pero si no fuera por las letras y vuestros ánimos…
Robo en La Montaña
La verdad es que llevo un mes de septiembre horrible. Me deja la «novia», no puedo defender mi tesina, tengo accidentes, me agreden… y hoy, para colmo, me han robado el ordenador portátil. Un ordenador que materialmente no tiene ningún valor pero es donde guardaba mi tesis doctoral y cientos de documentos importantes que jamás podré recuperar. Además, todos los contactos, amigos, cartas, escritos, libros y un largo etcétera difícil de numerar y cuantificar. Han entrado por una de las ventanas que estaba entreabierta, a la hora de la siesta que andaba yo reunido en Córdoba con un profesor universitario. Lo increíble es que las puertas de la casa estaban abiertas y allí había un ordenador de mucho valor material que ni han tocado. No se han llevado más que ese ordenador con el que trabajaba a diario. Si alguien lo localiza en el mercado negro por favor que me lo diga pues es de vital importancia recuperar no el ordenador en sí sino la información que en él existe. Sobre todo la tesis doctoral, fruto de mi trabajo de más de cinco años. Lo más curioso de todo es que sólo se han llevado ese ordenador. Nada más, ni siquiera los otros. Sólo ese, mi ordenador personal y el que menor valor tenía materialmente hablando. ¿Por qué no se han llevado los otros? Las huellas las han dejado por todas partes, así que supongo que tendré que ir a denunciar si no aparece pronto… Vaya mes que llevo… y yo que pensaba que este año iba a ser un año dhármico… y resulta que se me acumula karma por todas partes… ommmmmmmm…
Transformaciones
Días muy duros. Después de pasar por Madrid llego hoy a Barcelona, donde mañana debo presentar un libro. Me encuentro más relajado, más tranquilo. Los viajes me calman, el mirar a los ojos y abrazar a las personas que amo me calma, la sinceridad y la claridad me calman. El cansancio y el pesar acumulado de esta tremenda semana empieza a disiparse y eso crea una especie de claridad con la cual poder afrontar el reto del vivir con cierta paz. Le decía a alguien estos días que cuando estás tranquilo sin hacer muchas cosas, sin involucrarte en muchas cosas, la vida parece tranquila. Pero en cuanto te implicas, por tu condición inquieta, en cientos de proyectos e historias, parece como si todo fuera más difícil. Y a veces, al crear movimiento, creas fricción, y la fricción crea incomodidad porque el movimiento representa cambio y el cambio representa ajustes, modificaciones, alteraciones, transformaciones. A veces tenemos capacidad de adaptación, otras no. Las personas que nos acompañan en el camino requieren mayor atención ante esos cambios, porque también les afectan. Ocurre que a veces descuidamos esos detalles y causamos dolor, porque los cambios a veces son dolorosos. Inclusive cuando tenemos consciencia de que lo único que permanece es el cambio… En la ceguera del dolor desatendí algunos deberes y causé dolor sin ser conciente de ello. Ese dolor se extendió como la pólvora y uno nunca es consciente de hasta donde puede llegar. Este fin de semana he intentando calmarlo a base de curas, de silencios, de abrazos. No sé si habrá sido suficiente. No sé qué más se puede hacer. En todo caso, el tiempo siempre nos pondrá en el lugar que nos corresponde.
El síndrome del lobo estepario
Una de las sensaciones más horrible que conozco es el síndrome del lobo estepario. Aparece a veces, cuando el grito de angustia y advertencia, como nos decía Herman Hesse, avisa a todos los seres que desconociendo el origen de sus más íntimas motivaciones, se ven inmersos en sus propias atrocidades. Ese síndrome se manifiesta de forma extraña en aquellos que deambulan de un lado para otro de forma solitaria, como arrastrando una amargura por haber hecho de su caminar una sombra de lo que fueron. Solitarios, nauseabundos, su mayor miedo es llegar a una estación donde nadie les espera. ¿No os ha ocurrido alguna vez? Llegar a un aeropuerto, a una estación de tren y ver que nadie está allí para recibirnos. Los que viajamos mucho estamos acostumbrados a ello, pero a veces se siente cierta angustia cuando la costumbre se vuelve endiabladamente enferma. Y esa angustia surge porque, amantes de los símbolos, sabemos que un día llegará esa estación a la que tendremos que enfrentarnos solitarios. Y fue ayer, en una triste estación de autobús de Madrid cuando sentí esa sensación de angustia, de soledad. Me vi como Harry, el protagonista de Hesse, soportando la carga trágica así como el incierto destino. Sentí de repente una extraña melancolía, quizás porque ayer, sin haber comido en todo el día, con un pequeño accidente a mis espaldas y derrotado tras unos días de lucha contra mis fantasmas, llegué exhausto y malherido, desorientado y perdido a un laberinto que no esperaba a comienzos de septiembre. Sin darme cuenta, y en cuestión de tres días, había labrado un castillo lleno de fantasmas y abismos que de forma huracanada destruía todo cuanto tocaba. A los diez minutos llegó la mano salvadora. La iluminada presencia de ese ángel que siempre está ahí para protegernos. Me llevó, casi me arrastró, hasta un maravilloso palacio de abrazos y amor. El zombi en el que me había convertido vomitó, desagradecido, todo cuanto surgió de su serpentino dolor. El Harry sucio no tuvo compasión y despachó a gusto toda la nausea, desoyendo la voz que hasta ahora le había guiado. Volví a la cueva, a esa maldita cueva que sostiene el cansancio del infortunio. Derrotado, otra vez derrotado por esas fuerzas que parecen querer golpearte una y otra vez para que desesperes perdiendo con ello todo norte. El fondo se toca más a menudo de lo que uno es capaz de soportar, y a veces resulta difícil salir del mismo. Toca recuperarse, descansar y seguir, con la esperanza de que la bella dama sepa perdonar al sucio Harry. Ojalá la fuerza de la luz venza la indomable presencia de toda oscuridad. Dolor, mucho dolor es lo que se siente cuando se está abatido. Cosas de la vida, llamé en medio de la tempestad a MC. Estaba en mitad de unas llamas, viendo como una de sus fincas ardía irremediablemente. Me dijo un día antes, en un mensaje que parecía presagiar lo peor: «las crisis nos alimentan»…
Viajes de ida y vuelta
Me levanté ayer abrazado a B., como en las últimas noches, con temor a separarnos o con la sensación de que incluso en las noches más calurosas se puede vivir permanentemente unido a un “otro”. Ella había vivido cuatro años en Suecia y quizás ese fue el motivo por el que se hizo con el cargo de la secretaría de la cámara de comercio de Suecia. También ese era el motivo por el que estos días viajaba a ese hermoso país para la entrega de unos premios en una recepción de gala con príncipes incluidos. Así que ayer nos despedimos en un eterno abrazo que no quería ser interrumpido más que por miradas de elocuente infinito. Estos días juntos han sido maravillosos, hemos conectado con una pureza hermosa y unas ganas de compartir algo más que un mundo. Progresamos a la vez que la complicidad crece entre nosotros… Quién sabe, a lo mejor a la vuelta de Suecia me pide que me deje la barba, señal de que las cosas van bien y desean ir aún mejor…
Tras la despedida, rescaté el coche de su particular parking en la facultad de Medicina, en Moncloa, y me dirigí hacia la provincia de Toledo, en un pueblecito donde me esperaba Julián, un profesor jubilado que deseaba donar un lote importante de libros para la biblioteca de Mesas. Llegué antes de lo previsto pero pronto empezamos a cargar cajas y cajas de libros rescatados, en los tiempos cibernéticos que corren, de una muerte segura. Agradezco desde aquí a Julián su amor por los libros y el que encontrara casi de casualidad este blog donde vio el anuncio para la biblioteca que deseamos rescatar. Un acto simbólico, el rescate de una biblioteca, en un mundo culturalmente decadente. Así que una vez estaban los libros instalados en el coche seguí mi camino por hermosas carreteras secundarias que me trasportaron por valles y montañas increíbles hasta el valle de los Pedroches, siguiendo desde allí por carreteras perdidas hasta la Montaña. Casi sin pararme, escuchando música y recordando los bellos momentos junto a B., llevé los libros hasta Mesas, donde M. tuvo la gentileza de resguardarlos hasta que terminen las obras de la biblioteca. Restó algo de noche para compartir un rato agradable con M., su familia y amigos. Y restó algo de noche para cerrar los ojos complaciente por las cosas buenas y los milagros que a veces te aporta cada día. Agradecido, dormí profundamente hasta la mañana siguiente… abrazado esta vez, a mi almohada, que hacía, en las cavernas de la imaginación, las veces de amante…
Descansando en las mieles del amor
Tras la ahora anécdota del viernes por la mañana, cogí el coche el sábado y me marché a Madrid. Allí me esperaban E. y X. con los que fui a pasar la noche, fría noche, por cierto, a la sierra madrileña. Fue divertido el reencuentro y nos sirvió un poco como desahogo y puesta al día. El domingo por la tarde mi querida B. volvió de Logroño y nos dimos un largo paseo por los jardines de Moncloa hasta su casa… Teníamos ganas de abrazarnos y así permanecimos toda la noche, como si fuéramos uno, como si esa ficción de la personalidad y la dualidad no existieran, como si cualquier duda existente desapareciera en esa gran paz del abrazo sentido. Me espera una semana tranquila, sin un exceso de sobresaltos. Intentando descifrar qué cosas nos depara el otoño. De momento la agenda parece cargada de presentaciones de libros y novedades. Veremos a ver hacia donde desea la diosa Fortuna que guiemos los pasos.
Aprovecho para dar gracias por todas las muestras de apoyo y estima que he recibido estos días a raíz del incidente del viernes. Ahora lo veo como algo lejano, algo anecdótico. Pero sentir vuestro calor ha sido una buena forma de sentirme en paz…
Fatídico Viernes 13
Llegué como todas las mañanas a Correos con mi carga de paquetes de libros. Estaba rellenando algún certificado cuando de repente entró J. Es un tipo que siempre me ha caído muy bien por ser diferente y pensar diferente. Despierto, intuitivo, alegre, sencillo y buena persona a pesar de sus excentricidades. Lo vi cambiado totalmente, como si fuera otro. De repente, sin motivo aparente, se abalanzó hacia mí y me cogió del cuello arrastrándome hasta un rincón de la oficina. Empecé a reírme pensando que se trataba de una broma. Eso lo encolerizó más. Empezó a gritarme y a insultarme. De nuevo pensé que se trataba de una broma hasta que lo miré a los ojos y lo vi totalmente fuera de sí. Empezó a golpearme mientras seguía insultándome, reclamándome un libro que me dejó hace unos meses. No podía creerme lo que estaba pasando hasta que entre puñetazos y forcejeos fue a coger un bolígrafo con el ademán de clavármelo en la yugular o hasta donde diera de sí el golpe brusco. No podía defenderme, ni agredirle porque era J., una persona querida por todos y por mí. Así que cuando iba, bolígrafo en mano a dar la estacada aproveché el ademán para escaparme y huir corriendo hacia el coche. El me siguió totalmente fuera de sí. Le dije que no se moviera del sitio, que iba a por su libro. Y con cierta sangre fría, eso hice. Fui hasta mi casa y volví para devolverle su libro. Estaba en la plaza del pueblo y empezó de nuevo a gritarme furioso. Le clavé la mirada a los ojos mientras seguía paso firme hacia él dispuesto a todo. Cuando llegué hasta él, tratando de tranquilizar su brote de locura le pedí perdón por el retraso en devolverle el libro. Fue entonces cuando volvió en sí, empezó a abrazarme con fuerza y a besarme en la mejilla mientras me pedía perdón por la agresión, advirtiéndome, eso sí, de que me estaba haciendo un favor ya que había mucha gente en el pueblo que deseaba agredirme. Y es cierto que ya he recibido varias amenazas sobretodo por temas políticos, pero nunca llegué a pensar que el odio visceral llegara a manifestarse con fuerza bruta. Justamente en un momento en el que me planteo seriamente si merece la pena seguir luchando o mejor retirarme al anonimato por un tiempo. En fin, aún queda algo de agosto para seguir reflexionando sobre este tema. Por cierto, como en los pueblos las noticias corren como la pólvora, agradezco de corazón y sinceramente el gesto de M., la cual, al enterarse me ha llamado y me ha invitado a dar un paseo por Córdoba para despejarme de la tensión sufrida. Por suerte, siempre aparecen ángeles para aliviar el dolor y la angustia en los momentos difíciles… otra cosa serán los moratones y cardenales que seguirán ahí unos días… Dura la profesión de un editor perdido en la montaña… si algún día os dejan un libro, devolverlo rápidamente… no vaya a ser que un viernes 13 te lo reclamen con los ojos ensangrentados y…
La muerte espera
Ayer llegó B. con su amiga después de su periplo vacacional por Andalucía y Portugal. Me alegró mucho el reencuentro y verla tan bonita, tan coqueta, con ese moreno que la hace aún más hermosa y tierna. El bueno de mi vecino F. tuvo la gentileza de dejarme las llaves de su casa y pudimos bañarnos de noche en su piscina. El chapuzón nos vino muy bien con las calores que ayer consumíamos. Luego estuvimos hasta altas horas de la madrugada charlando sobre comunidades utópicas y urgencias, ya que la amiga de B. es médico y nos estuvo explicando algunas cosas de su profesión. Y mientras eso ocurría y más tarde nos deleitábamos con las mieles del amor, un poco más abajo, la coneja y dos de sus hijitos morían irremediablemente. Así que de los ocho conejitos que había parido la coneja enferma de mixomatosis solo han sobrevivido cuatro, los cuales hemos rescatado de la improvisada madriguera que la pobre hizo en el sótano intentando reanimarlos con nuestros cuidados. No me termino de acostumbrar a la muerte fácil, a la muerte inútil, a la muerte que te sorprende cuando no toca. Me revelo contra ella y ella se revela contra mí. No sé si el ser vegetariano repercute en algo en el hecho de que con mi actitud provoco, aunque sea mínimo, un grado menor de muertes. Ayer lo hablábamos en la cena. Quizás sea inútil, lo cierto es que cuando esta mañana me he encontrado a los animalitos muertos, la sensación ha sido frustrante.
Vida y muerte
Un ruido extraño me despertó esta mañana. Como las puertas de mi casa siempre están abiertas, incluso cuando me marcho de viaje, pensé que alguien había entrado. Y efectivamente, alguien había entrado. Una tercera golondrina en menos de 24 horas (mientras escribía esto, una cuarta a vuelto a entrar al salón). Qué extraño me resultó. Siempre se cuela algún pajarito dentro del salón, pero nunca tres de golpe en tan poco tiempo. Quizás sean portadoras de algún bonito mensaje que debo interpretar. Además justo el día que descubro, con tristeza y con alegría, que uno de los conejos enfermó de mixomatosis a pesar de haberlos vacunado con cautela, y que otro de ellos, ha parido en el sótano de la casa una camada de conejitos. Así que la vida y la muerte se manifiestan en un mismo tiempo. Unos se van y otros vienen. Qué extraño resulta pensar en ambos acontecimientos surgidos en un mismo tiempo… Supongo que siempre algo tiene que morir para que nazca lo nuevo…
Esa vida perra
«Soy un perro que muerde su vida perra», debe pensar Leo, el otro miembro de la familia que, acompañando a mis padres y hermana, han venido a pasar el caluroso mes de agosto a Andalucía. La verdad es que a pesar de que he estado trabajando hasta las diez de la noche, hoy me he sentido un poco Leo, sobre todo cuando en vez de levantarme a las siete, como es habitual, me desperté a las nueve, recuperado, eso sí, de todo el cansancio acumulado. Un día tranquilo por todo lo demás. La única sorpresa agradable fue la visita de M. cargado de verduras para compartir. Qué gran regalo el cual agradezco desde aquí. Los pimientos y los tomates están buenísimos. Qué buena cosecha. Y B. sigue su viaje por tierras sureñas. La echo de menos y hablamos todos los días. Es muy hermoso ver como los corazones luchan por mantener viva la llama… Así que mientras pasa el verano, pongamos algo de música, imitando los enlaces musicales de nuestro querido Rafa…
En la radio
Tras despedirme en Sevilla con cierta melancolía y tristeza de B., me fui corriendo junto con E. a Radiopolis, donde me harían una entrevista en la que he hablado sobre libros, espiritualidad, utopías y nueva consciencia. Lo he pasado bien, ha sido una experiencia bonita y al parecer la entrevista ha quedado bien. E. me había dicho que si quería podíamos preparar la entrevista, pero le dije que prefería improvisar, que me preguntara lo que quisiera… Y así ha sido, fluyendo una bonita charla de una hora de duración. E. me ha invitado a ir de nuevo a la radio, será que B. tendrá razón cuando dice eso de que tengo una voz bonita… ¿acabaré de locutor de radio?
De lo exterior y lo interior
La lavadora gira su bombo rompiendo con el silencio estremecedor. En el fondo he podido escuchar, en la televisión del vecino, el himno de España. Ha comenzado la gran final. El mundo exterior está paralizado, pendiente del televisor. Ayer estuve en el mundo exterior. Me fui en bicicleta, con todo el calor, a una hora de mi casa. Lo pasé muy bien refrescando el cuerpo en la piscina de X. y T., junto a sus más de veinte comensales y compartiendo un rato muy agradable. Pero hoy me apetecía reencontrarme con el mundo interior. Precisamente hoy que juega España. Así que aquí estoy, escuchando las chicharras, las lavadoras y la tele del vecino. Es lo bueno o lo malo de no tener tele. También es lo bueno o lo malo de mantener el recuerdo anclado en partidos anteriores. En la semifinal podía abrazar, besar, saltar, reír y… Ahora solo puedo inmovilizarme, postrado en el recuerdo, dejando pasar las horas hábiles de promesas… Es curiosa la sensación de ver como casi toda España está pendiente de algo exterior mientras yo juego mi propia partida en lo interior. A veces ocurren estas cosas… Ya me diréis qué pasó allá afuera… Prometo a cambio contar qué pasó aquí dentro…
Pequeños gestos
Llegué al punto de encuentro y a los pocos minutos ya estaba con J. escuchando música excelente. Antes de comer nos dimos un baño en su piscina y nos secamos al sol mientras hablábamos de lo divino y lo humano. Recibimos el texto de una niña de once años. Lo leímos y pensamos que sería apropiado para publicar en el foro. Nos pareció bello, simple, pero de una profundidad desmedida para haber sido escrito por una niña tan joven. Comimos algo libre de seres que tuvieran ojos o defecaran, como dice B. Es decir, una ensalada verde con pipas de girasol, salchichas de tofu y algo de queso. Todo buenísimo y suficiente. Seguimos hablando hasta media tarde sobre proyectos futuros y anécdotas pasadas, sobre los amigos comunes a los que queremos y apreciamos y sobre aquellos personajes que a veces aparecen en nuestras vidas con ganas de dañar. También hablamos del amor… de ese misterioso sentimiento que nos envuelve y desnuda a cada momento. Al terminar, J. me acercó al centro y en el camino vimos los restos de un botellón. J. paró el coche y empezó a recoger los vasos y demás cosas que quedaron en mitad de una bonita calle. Ese gesto pequeño me pareció increíble. Demostraba no solo tener consciencia del entorno, sino tener consciencia de la necesidad de modificar el mundo, aunque sea con el ejemplo de esas pequeñas cosas.
Cuando llegué al templo egipcio y me reencontré con B., mientras estábamos tumbados en la hierba con sus amigas hablando de las cosas del camino, seguía pensando en el gesto de J. y me preguntaba qué sería de nuestro mundo si todos hiciéramos pequeños gestos como el suyo.
Competir o compartir
Ayer nadaba en la piscina por la calle cinco. Lo hacía tranquilo, sin prisas, dejándome llevar por la suave corriente de mis brazadas pausadas. Cuando nadaba bocarriba lo hacía silbando la melodía barroca de la Misa Papal de Marcelli, de Giovanni di Palestrina. No veía el final de la calle porque no tenía prisa en llegar. Quería disfrutar de ese momento de calma, de desconexión con el mundo. Pero en las otras calles había ruido. La gente se afanaba por nadar rápido, por llegar con esfuerzo, casi exhaustos, de un lado a otro de la piscina. Veía en sus caras dolor y sufrimiento. No disfrutaban del baño, competían con el baño. Tenían ese gen de la competición en sus venas. Ni siquiera en ese lugar de reposo podían deshacerse de él… Así que retomé el tema de compartir… reflexioné sobre el mismo mientras nadaba lánguido. ¿Por qué hay prisa por llegar a ninguna parte, por ser el primero, por ser el mejor? Al fin y al cabo, ser el mejor en un mundo mediocre es sinónimo a ser el mejor de entre los mediocres. Los sabios no compiten, fluyen con los acontecimientos dejándose llevar por la calma de todo cuanto ocurre. Y mi ego, aferrado a las viejas costumbres, intenta imitar, a veces sin mucho éxito, la paz de los sabios. Por eso ayer quise nadar en la calle cinco, silbando música barroca y mirando a ninguna parte con tal de sentirme a flote. Como dice la canción, no hay que llegar primero, sino que hay que saber llegar…
Berreando de lugares comunes
Esta mañana me marché a Sevilla con Salvador, que así es como he bautizado a este pajarito que no quiere morir. No quería dejarlo solo así que estuvo conmigo en la universidad de Sevilla y en el Ikea, donde fui a comprar algunas cosas difíciles de conseguir por estos lares y que me hacen falta para preparar ese aluvión de personas (más de treinta) que estarán en casa a final de mes. En la universidad me pasó algo curioso. Fui a la biblioteca a por un libro que no encuentro por ninguna parte, de Victor Turner, y que está allí. El bibliotecario, o mejor dicho, el becario que atiende el lugar, me miró extraño por lo inusual de que un usuario fuera a la misma en pleno junio. Me acerqué a él y le pedí el libro de Victor Turner. Me miró con cara de hola y adiós y me dijo que mirase en la base de datos informática si estaba disponible. La base de datos iba muy lenta y cuando por fin, después de más de quince minutos de eterna paciencia la ficha de Turner apareció, la red se colgó y se perdieron todos los datos. Le dije al bibliotecario-becario que la base de datos no funcionaba, y que si era tan amable de buscar el libro en las estanterías interiores, restringidas, sin acceso al público por falta de espacio. Me dijo que eso no era posible si antes no lo miraba en la base de datos, y que si la base de datos no funcionaba buscara otro ordenador en las otras bibliotecas de la universidad para mirarlo. Fue en ese momento cuando entendí la importancia de la meditación porque lo primero que se me pasó por la cabeza fue levantarlo de su sillón y darle un golpetazo con el pequeño Larousse que tenía al lado. Pero respiré, a pesar de la indignación y el coraje, y me marché estúpidamente. Luego, sentado junto al pajarillo, me di cuenta de que había obrado mal, y mientras le daba un chusco de pan mojado en agua sentí que el haberme marchado sin aclarar esa situación incómoda no fue buena cosa. Y entonces fue cuando caí en la cuenta de que nos han educado a soportarlo todo, a tragar con las injusticias y mirar a otro lado cuando alguien nos suplanta la dignidad. El becario entendía que el sobre esfuerzo de levantarse para mirar en la estantería correspondiente no estaba contemplado en su beca. Y menos aún una mañana de junio acalorada. Pero me pareció tan increíble la situación que ni siquiera tuve tiempo de reacción… excepto la de insistir por dos veces y decir que había hecho doscientos kilómetros sólo para encontrarme con ese libro. Respuesta: silencio. Silencio indignante, como esta sociedad que prefiere callar y aceptar cualquier cosa con tal de no ser molestada. Y como usuario, pues queja al canto y poco más. A ver si cuando le tiren de las orejas a este ser la próxima vez atienda con mejor asertividad al prójimo. Menos mal que Salvador, el pájaro loco, me entiende.
Una buena noticia

Estas dos últimas semanas han sido muy buenas, llena de visitas, de encuentros con gente increíble, hermosa, gente bonita que deseaba compartir un buen rato con este loco. Cada día pensaba que era el colofón de unos días de buena racha. Pero ayer, mientras paseaba tranquilo por unos jardines de Córdoba, pude leer en estos nuevos aparatos tecnológicos un mail que llevaba más de tres años esperando. Era la felicitación de mi directora de tesis por el trabajo entregado. La felicitación y el entusiasmo por lo conseguido, por el esfuerzo plasmado en sus páginas. En ese momento, todos mis viajes, todas mis lecturas, todos los encuentros, las luchas y los esfuerzos de estos últimos años se veían recompensados en ese esperado mail. Y no sólo eso. Mi directora me invitaba a, en menos de un año, optar para ser doctor en la Universidad de Sevilla. Me tumbé en la hierba, miré al cielo y respiré profundamente, muy profundamente… feliz… muy feliz… y aliviado…
Cuando emprendí el éxodo hacia las tierras del sur, mi mayor sueño era dedicarme en exclusiva a la investigación y la docencia. Así estuve los dos primeros años hasta que la crisis nos derrumbó a todos. Tuve que abandonar mis primeras ideas y abandonar las aulas por los viajes improvisados cada vez que conseguía algo de dinero, única forma de adentrarme profundamente en la tesis.
Aún recuerdo el nerviosismo de las primeras clases que di en la universidad. Algunos de mis alumnos me doblaban la edad. Pero la experiencia fue hermosa. Ahora que todo está más calmo, ahora que quizás no tenga que viajar tanto y no tenga que robarle horas al tiempo para terminar presuroso ningún trabajo, quizás pueda volver a las aulas e incitar, como dijo un amigo, a remover consciencias…
Cuando lo humano se vuelve entrañable
Pero hoy, además de la presentación del libro senequista Jardines Arcanos, han pasado muchas más cosas. La principal, la más entrañable, además de todo lo que significa cada presentación de un nuevo libro, ha sido la visita inesperada de J. Tras la presentación del libro, C., amablemente y engañándonos como bellacos, nos ha invitado a comer en una hermosa calle sevillana, con ese sol de mayo que aromatizaba el encuentro placentero. J. nos ha hablado de las cosas de la paternidad y de lo maravilloso, en el balance final, que resulta ser padre. He sentido cierta añoranza, quizás por mi edad, que es la misma que la suya, de no poder aún disfrutar de esa experiencia única. Pero esa añoranza se ha marchado cuando he visto, y se que me has dicho J. que era un secreto, pero seguirá siéndolo entre nosotros aunque de alguna pista, cuando he visto decía, una foto de Kili-Kili abrazado a un niño indio… He sentido cierta alegría interior al saber que esa imagen entrañable estaba en alguna parte del universo y que alguien la veía de vez en cuando, porque esa foto expresa una forma de compensar esa paternidad no experimentada. Así que te agradezco, J., de corazón, el que me mostraras ese tú, nuestro secreto.
Y luego vino el broche de oro viendo la catedral y la Giralda desde una posición privilegiada gracias a la guía de C. Y también la despedida de J. primero y de C., en la estación de Sevilla, de C., con un gran y electrizante abrazo sentido que aún me dura.
La tarde ha pasado agradable en un pleno en el Ayuntamiento de la Montaña. He llegado a casa con un buen sabor de boca, porque no he escuchado un exceso de ruidos, sino personas que se hablaban amablemente intentando buscar conjuntamente soluciones para su pueblo. Me ha gustado esa proactividad, esa cercanía, esa participación, ese respeto y esa complicidad entre ciudadanos y políticos que a veces, por circunstancias de la vida, es necesaria y compensada moralmente con un agradecimiento y un guiño modesto. Alguien me ha preguntado qué me había parecido lo vivido, y no he sabido contestar en ese momento. Pero lo hago ahora. Me ha parecido bien, muy bien. Más allá de las leyes, más allá de la norma, más allá de los cuentos que la civilización nos impone, el mayor deber de todo ser humano es ayudarnos los unos a los otros. En lo bueno y en lo malo… y hoy he podido ver que eso es posible, aunque a veces las cosas salgan mal. Así que sigamos ayudando, como sea, para que la gente pueda trabajar y tenga una vida digna y justa. El apoyo mutuo es el mayor de los bienes que tenemos los humanos… Dejemos pues la crítica, el partidismo, los intereses egoístas, y ayudémonos desde la generosidad, el respeto y la dignidad.
Así que… un día único, un día entrañable… un día especial… como toda esta semana… ¿Qué clase de magia rondará en los astros? ¿Qué clase de magia capaz de conmover nuestros corazones?
Embajadores, rumanos, poemas, recepciones y otros saraos
E. vino a verme ayer por la mañana y estuvimos repasando durante unas horas su poemario. Así pasamos un buen rato revisando, repasando y corrigiendo eso que nace del alma y que toma expresión artística en las palabras… Es hermoso compartir historias, sobre todo cuando esas historias son hechos vividos en primera persona y recitadas en verso.
Por la tarde había supuestamente una movilización de la cabaña política que por mandato vertical se anuló. Pero la anulación vino bien porque tuve la oportunidad de charlar largo y tendido en mitad de la calle con A., un joven compañero del partido con el que nunca habíamos intercambiado más de tres palabras. Me gustó su perfil sensato, honesto y valiente.
Al terminar, me fui a dar un paseo cuando dos amigos me asaltaron vestidos de uniforme y me invitaron a acompañarles a un lugar hermoso: Moratalla. Sus charlas y comentarios sobre lo que ellos ven y viven son todo un libro abierto del que aprender. Así que fuimos en agradable charla al encuentro de dos rumanos que tenían que firmar unos papeles para el censo electoral y fue interesante ser protagonista de esos momentos. Los encontramos en un rincón de la campiña que llaman el Laberinto. Me gustó el nombre. Estaba atardeciendo, el cielo nublado y hacía frío. Y allí estaban, viviendo en un submundo desconocido para la mayoría pero muy interesante para la mirada antropológica. En ese momento, cuando intentaba mirar más allá de lo aparente y reflexionar sobre ello, me llamó el amigo L. Estaba emocionado porque de aquí a un par de semanas va a tener una recepción privada con el Papa Benedicto XVI… Y es que este L. promete… Bromeamos sobre asuntos de otra índole compartiendo los espacios importantes de la amistad.
Y hoy sábado sabadete… Por la mañana he estado trabajando en el jardín con F., el cual me ayuda los fines de semana a poner un poco de orden en este caos de casa. Por la tarde me ha llamado el amigo de una amiga que me invita a pasar esta noche una velada con un grupo de escritores y embajadores en un sarao flamenco dentro de una visita cultural a la ciudad de Córdoba. Así que será una noche diferente y ya contaré como fue todo… En fin… cosas del día a día…
Los pilares de la vida
Hay una intromisión palpable en todo cuanto nos rodea. Hoy me he tumbado en la hierba del jardín porque me apetecía estar cinco minutos rodeado de luz y de repente los cuatro conejos se han acercado curiosos, oliendo mis pies y mis manos. El encuentro ha sido maravilloso. Siempre huyendo ante la presencia humana y de repente un cambio, un milagroso cambio. Por eso, a veces no somos conscientes de la influencia que ejercemos en nuestro entorno, influencia positiva o negativa, pero influencia. Recordaba el otro día releyendo unas cartas que escribía a un preso una forma que tenía de ser consciente de esa influencia. Consistía en acercarme a la mesa de cualquier compañero de oficina y mover algún objeto, cambiarlo de posición. Cuando me preguntaban qué estaba haciendo siempre contestaba lo mismo: estoy modificando el universo. Imaginaros la cara del prójimo. Pero es un ejercicio saludable. Probadlo alguna vez. Cuando pasees por el campo mueve una piedra, cámbiala de lugar, tal vez tan sólo diez centímetros, no demasiado, para que así el cambio sea más consciente. Y luego, cuando veas una lata en el suelo, recógela y métela en la papelera. Ese cambio, además de crear consciencia, crea un acto positivo para todos. Y luego, cuando vayas a la plaza y te sientes al lado de alguien, no olvides saludarlo. Pero ten cuidado como lo haces. Ayer me senté al lado de un anciano que contemplaba en la plaza de las Tendillas a la gente pasar. Me senté a su lado y lo saludé. Empezamos a hablar primero del tiempo y luego de lo bien que se estaba allí. El hombre estaba animado en la charla pero me miraba con cierta extrañeza. Quizás se preguntaba lo extraño que resulta que un joven con pantalones rojos y suéter verde se acercara a hablar con él. Pero la extrañeza no era esa. Cuando llegué a casa, me miré al espejo y tenía una gran mancha en toda la cara que circunscribía todos mis labios. Eran los sabrosos restos del capuchino de ayer. No pude dejar de reír… me había paseado toda la tarde con la cara manchada… y sin darme cuenta… Pero qué importaba… había modificado el universo, había removido los pilares importantes de todo cuanto existe, los resortes del cambio… al fin y al cabo, como dicen en Oriente, lo único que permanece es el cambio… Al Bhagabad Gita me remito…
Entre libros, enredos y dignidades
Entre libros, enredos y dignidades…
Días agotadores, de mucho trabajo. La gestión de una empresa pequeña te resta mucho tiempo, sobre todo en las pequeñas cosas: facturas, albaranes, reclamaciones, llamadas… un continuo ajetreo que resta mucho y suma poco. Y como es una empresa familiar, donde el único miembro de la familia es el padre de familia porque no hay más familia que la del padre ya que los hijos son adoptivos y de raza oryctolagus cuniculus, es decir, esas pequeñas segadoras lagomorfas de la familia Leporidae, pues así andamos, más p’atrás que p’alante y también viceversa… Vamos que si no fuera por la ayuda inestimable de mis cuatro conejos, yo no sé que habría hecho ya… Por eso os pido disculpas si no contesto llamadas –tengo el móvil en una jaula de hierro-, no contesto mails, ando despistado con asuntos importantes como el amor, la amistad o la compañía y además, dedico menos tiempo a otras cosas que deberían girar en torno a lo vital. Un desastre… totalmente un desastre… Menos mal que la política está dormida por asuntos de familia –el padre carismático abandonó la camada y con ello todos sus discípulos quedaron en el desamparo- y todo lo demás paralizado por la primavera y sus calores.
Aún así observo a mi alrededor lo que pasa y como la supervivencia prima, (quiero pensar que se trata de eso, de superviviencia) y los chanchullos, estraperlos y demás se hacen con agudeza para ver como tirar adelante, aunque sea bajando la guardia en eso que llaman dignidad. Como mi orgullo es excesivo, eso me ayuda a mantener cierto tipo, hasta el punto de que el otro día, en una presentación de libros, la jefa de un museo conocido nos impidió vender libros –en estos tiempos que corren único medio de supervivencia editorial- y digno yo, excesivamente orgulloso, preferí regalarlos antes de que los allí presentes se fueran con mal sabor de boca. David, la pobre Séneca, contra Goliat, la omnipresente y potente Administración en manos de la Junta de Andalucía. Y esta semana algo parecido pero en otro orden, y el orden es el estraperlo y luego los amigos. Pues bien, conmigo no pueden, así que hoy seré un poquito menos rico, pero un poquito más digno. Y prefiero pasar hambre antes que perder lo poco o mucho que me queda de dignidad. Así que aviso para navegantes: la dignidad es lo último que se pierde… y antes que perderla preferiré arder en la hoguera de cualquier batalla. Así que a los amigos del estraperlo les espera el juicio final, no el apocalíptico, sino el que se cernirá sobre sus consciencias… Ahora, por motivos de ceguera y prudencia no puedo ser más claro, pero lo seré en su día.
La otra observación que hago tiene que ver con el asunto de la crisis… Una empresa pequeña no tiene grandes deudas. En nuestro caso debemos doce mil euros a proveedores que esperan pacientes que les paguemos. Es justo el dinero que nos deben a nosotros: doce mil euros. Así que cuando un proveedor me llama para reclamar lo que por justicia le pertenece, yo hago lo mismo a los cinco minutos para reclamar lo que por justicia nos deben. Es una triste historia a la que no estaba acostumbrado ya que nunca tuve deudas con nadie excepto con mi consciencia y desde que la crisis empezó, parece como eso de las deudas formara parte de la escandalosa marcha de nuestro país. Sé que doce mil euros no es mucho. Los que nos deben los doy por perdidos y los que debo intento pagarlos trabajando tres veces más de lo que trabaja un ser asalariado. El problema de nuevo choca con la dignidad y el orgullo… Pero levanto la cabeza, una y otra vez, con tal de seguir avanzando…
Salud y trabajo para todos… y como dijo el poeta, que pase usted un buen día…
(Foto: la mejor forma que tengo de relajarme es trabajando aún más, pero eso sí, esta vez en el jardín, fuera del ordenador, los teléfonos y los libros…)
Desde Lübeck
Escribo desde el Aeropuerto de Lübeck. Totalmente tranquilo, ningún síntoma de caos aéreo. Bien que este es un aeropuerto pequeño, más bien diría que es un aeropuerto desértico. Quizás hoy salgan tres vuelos, y uno el que me llevará hasta Girona, de retorno al «otro lado».
Estas han sido dos semanas llenas de paz. De grata compañía, de bonitos paisajes, de silencios, reflexiones y paseos. Esta mañana A. se levantó temprano y me comunicó sus conclusiones. Me ama profundamente pero no puede vivir con una persona que no tiene un sentido cristiano en el centro de su vida. Lo he entendido y respetado, y entre lágrimas nos hemos despedido, de nuevo, en la estación de tren de Lunneburg. Como sigo enfadado con los fundamentalismos y las creencias, de todo tipo, no se lo he tomado en cuenta. Al fin y al cabo sólo son eso, fundamentalismos y creencias que se empeñan en separarnos los unos los otros. Algún día, y para sorpresa de muchos, será entendido el verdadero mensaje de amor de ese al que crucificaron, y entenderán que ese amor está por encima de las creencias y los fundamentalismos, y además, se empieza a practicar con el prójimo, el prójimo cercano. Algún día A. lo entenderá, sino lo está haciendo ya, y sabrá del verdadero sentido de las parábolas de aquel al que tanto ama. Mientras, los herejes seguiremos caminando… hacia cualquier parte, con tal de no permanecer excesivamente tiempo durmiendo…
El Castillo del Olvido
El reloj suena puntual a las seis y media todas las mañanas. Ella se levanta y desaparece siguiendo los designios de aquel cuyo nombre no se puede nombrar. Mi aguda pereza me permite estar algunos minutos más en la cama regodeándome en los sueños del otro mundo. Antes de las ocho ya estoy en mi puesto de trabajo: dos ordenadores en la esquina derecha del salón, a tres metros de la cocina y cuatro del baño. Contesto correos, reviso la prensa digital y empiezo a maquetar libros entre tripas e ilustraciones llenas de advertencias. Los autores se impacientan y consumo tiempo explicando la lentitud del proceso editorial. También reviso diariamente las cuentas del banco, porque la fórmula matemática dice que la impaciencia de los autores no es igual a la cuenta de resultados, pero sí tiene que ver en proporción de uno a cien con el tiempo en que se tarda en imprimir uno u otro libro. A las nueve ella ha vuelto de su práctica diaria y desayunamos juntos. Sólo tengo que girar la silla y ya estoy de vuelta en el salón, fuera de mi particular oficina. Media hora después vuelvo al trabajo hasta las dos, hora de comer. A las tres me relajo en el sillón del salón, un metro dirección septentrión, sillón que hace las veces de cama por la noche. Miro el correo, contesto algunos mails, ordeno algún libro, leo de nuevo la prensa y vuelta al trabajo. Así hasta las siete, donde intento descansar paseando con la bicicleta por los infinitos caminos que se pierden en prados y bosques. O trabajando en el jardín, o simplemente dando un paseo a pie hasta el río. Una hora de paseo, ducha, vuelta al trabajo hasta que… Hasta que a la noche olvido que estoy en Alemania, a unos tres mil kilómetros de mis libros, de mi pequeño jardín, de mi pequeña Montaña. Se está tan bien en este castillo del olvido que casi no recuerdo nada de aquel lugar, excepto que es grande y está vacío. A veces algo o alguien me recuerdan que aquello está vivo, que existe y que me espera. Que el olvido no es producto del bienestar, sino de la ensoñación que ese bienestar, alejado de problemas e infortunios, produce en la vida diaria. Podría ser que el tedio también fuera placentero y paciente alcanzara las metas de la vida común. Por eso, cuando por la noche vuelvo solo al sillón-cama, ella se marcha a su habitación, cierra las luces y el silencio, que lo invade todo, me advierte de lo indiviso. Pero a veces es un silencio tan pesado que puede con la vigilia hasta despertar el sueño… y el olvido vuelve a su castillo…
Encrucijadas…
Esta ha sido una semana movida… Visita de familiares y amigos, grandes cambios internos y externos… La decisión de la venta de la casa para dotar de sentido los próximos años ha tenido un protagonismo especial. Una decisión dura dado como está el patio, la crisis y todo lo relacionado al sector inmobiliario. Pero sobre todo dura porque estoy ante una encrucijada en el camino donde hay que tomar decisiones difíciles y que para bien o para mal determinarán muchas cosas presentes y futuras. Pero hay que hacerlo y con valentía. Así es la vida que pretende movimiento y cambio. Así es la vida del guerrero en el campo de batalla, dispuesto en cada momento a perderlo todo, victoria y gloria, con tal de seguir avanzando.
Por eso esta parada en el camino. Cuatro o cinco días dedicados a paseos y charlas con los amigos de siempre, esos que desde la infancia han permanecido juntos, en lo bueno y en lo malo. Paseos desde donde mirar con perspectiva todo el camino trazado, el pasado y el que viene… Momentos de reflexión profunda porque hay muchas cosas en juego… no solo cuatro ladrillos, no solo una casa… también la sede de Séneca, los años invertidos, el esfuerzo sufrido, los daños colaterales, las ilusiones… No hay miedo, no hay dolor, solo optimismo por un mundo nuevo y mejor… Un mundo que surgirá de todo cuanto ahora haga… Espero que la sabiduría guíe todas mis decisiones, que la fuerza me acompañe y sostenga y que la belleza adorne todo movimiento…


























