
Fue muy duro rescatar a familias enteras en los mares de Chios y tratar de que psicológicamente los niños refugiados sirios que habían sobrevivido a tantas penas pudieran sacar alguna sonrisa y algo de comer. También fue duro estar en la frontera de Polonia con Ucrania llevando comida y rescatando familias para acogerlas en nuestra fundación en Galicia, familias que por la guerra lo habían perdido todo. Viajes largos y duros. O en Etiopía, viendo la muerte tan cerca tantas veces, o en la India, en las casas de horrores de Calcuta, conociendo lo peor de la humanidad. Así en tantas y tantas misiones y voluntariados, casi diría que, desde muy joven, cuando con 16 años, en vez de los sábados marcharme a las discotecas, decidía hacer voluntariados en la Cruz Roja. Luego vino todo lo demás.
Todo ese horror vivido te hace por dentro algo diferente. Me di cuenta de ello en la firmeza con la que salimos corriendo, viendo el fuego tan cerca de nuestras casas y sin saber si volveríamos de nuevo a ellas. Esa incertidumbre de perderlo todo (otra vez) es algo atroz interiormente, sobre todo para nuestras familias (mis dos hijos casi recién nacidos y ya viviendo estas experiencias), mi mujer, que nunca se ha enfrentado a situaciones límite y que no paraba de llorar los primeros días. Los cuatro perros dentro del coche como podíamos, saliendo con lo puesto sin saber exactamente dónde ir. No solo son relatos, también son avisos de que la desgracia puede asomar a nuestras vidas en un instante. Lo de “estar atentos” no es solo una expresión, es una realidad que asoma en cada esquina y rincón de nuestras vidas.
El día anterior ya presagiaba lo peor. Las montañas de humo se iban acumulando en el cielo. Empezaba a nevar esas cenizas que presagian lo peor. Vivimos la noche con incertidumbre. Por la mañana intentamos disimular, hacer vida normal, desayunar en familia. Con el nacimiento de la pequeña Deva teníamos muy abandonada la parcela. No habíamos tenido tiempo material de desbrozar y estaba toda ella clamando limpieza y desbroce. Tras el desayuno, con todo el calor de la mañana de un verano de julio ya de por sí abrasador, empecé a desbrozar con poco ánimo y fuerza.
De repente, a lo lejos, y en una de las pausas inevitables, la escuché desesperadamente gritándome y llamándome. Acudí a toda prisa. La Guardia Civil estaba evacuando el pueblo. Teníamos cinco minutos para salir de ahí. Dejé todas las herramientas de desbroce en la parcela. Me dio tiempo a cambiarme las botas de trabajo y la camisa empapada de sudor. Cerré con llave todo lo que pude y cuando llegué, los cuatro perros y los niños ya estaban en el coche esperándome. No pudimos coger nada. No pudimos mirar atrás.
Todo el pueblo estaba saliendo como podía. Era dantesco ver a las familias, sus caras, los ancianos salir de la nada, aturdidos, los coches, torpemente esquivando a unos y a otros que corrían a ciegas. Nuestro coche, sin nada de equipaje, se quedó pequeño de repente. Los cuatro grandes perros se acomodaron como pudieron en el maletero y en las plazas delanteras y traseras, a nuestros pies. Me acordé de repente de las pequeñas golondrinas recién nacidas que anidaban en el garaje. Esos pensamientos extraños que acuden en situaciones extrañas.
Alguien nos invitó a ir a su pueblo, dirección norte, pero cuando llegamos al pueblo de al lado, que también estaban desalojando, vimos con horror que las llamas avanzaban en esa dirección. Nada ni nadie estaba a salvo. Volvimos por donde habíamos venido. Las colas de coches se acumulaban en la carretera. Nadie sabía dónde ir, pero todos huían despavoridos, sin saber en su interior si volverían a ver sus casas. Los niños llorando, los perros incómodos liándola en el coche, la gente corriendo a toda velocidad. Los nervios, esos nervios traicioneros que te atrapan y anulan. ¿Dónde ir? ¿A quién acudir? ¿A qué puerta llamar? ¿Quién acudirá a nuestro auxilio?
Continuará…