Vida bohemia en Cadaqués


IMG_1678 IMG_1679 IMG_1681 IMG_1682 IMG_1683 IMG_1691 IMG_1719 IMG_1725

La bohemia no puede disociar a Cadaqués de los artistas Marcel Duchamp o Salvador Dalí. La magia del lugar invita a que creadores, soñadores, noctámbulos,  idealistas, románticos y todo tipo de espíritus libres terminen atrapados a sus calas y calles empedradas. En los paseos de estos días he aprendido, de las charlas de unos y otros, a diferenciar los vientos que azotan a todas horas mar y montaña. La más famosa y conocida es el viento que procede del norte, llamativo por su hermoso nombre: la Tramontana. Lo puedo escuchar a todas horas y se le conoce porque arrastra el agua del mar fuera de las costas, al menos, por la posición del propio pueblo, es lo que ocurre en Cadaqués. Es un viento frío que lo limpia todo y que arrasa con todo lo que no es nuestro. También escucho nombres menos conocidos como el Gregal, viento que procede del Noreste, el Levante, viento que procede del Este, el Jaloque o Xaloc, viento que procede del Sureste, el Migjorn,  viento que procede del Sur, el Garbí o Llebech, que procede del Suroeste o el viento de Poniente, que procede del Oeste y el Mistral, que llega desde el Noroeste.

Mientras hoy paseábamos por la hermosa cala de Sa Conca, a dos pasos de casa, podíamos contemplar a lo lejos el hermoso faro de Cala Nans, la Casa Rosa y la Casa Azul al otro lado de la bahía y la también hermosa Cala de Llané Petit desde donde hacíamos fotos al atardecer.

Por la mañana visitábamos al famoso gato John, habitante perpetuo que vive en el Torradet de Portdoguer y al parecer, uno de los personajes que compite en fama con artistas de antaño. Hoy invadían su espacio las fiestas de Indianos a la que hemos asistido mientras Laura, famosa en el lugar, abrazaba de forma muy sentida a unos y a otros. Nos hemos cruzado con las ya viejas y arrugadas por la edad musas de Dalí lo cual nos daba una idea de lo poderosa que puede llegar a ser la sombra de un genio.

Dicen que la clave del bienestar consiste en poder contactar con nosotros mismos. Sin duda hay lugares que favorecen ese contacto, que te aíslan de alguna forma del ruido interior y exterior y son capaces de proyectar algún tipo de reconocimiento. Reconocerse no es más que recordar a cada instante quienes somos y qué hacemos en este momento, en este intervalo de vida única y especial.

En estas calas, en estos paisajes de mar, en este mecer de olas tan inspiradoras, uno puede desprenderse de los condicionamientos que cargan nuestras vidas, alinearse con el ser y la plenitud de esta maravillosa oportunidad, libres, sin resistencias.

Así que estar estos días, tras el intenso Camino, en un lugar como este, no es tan solo un regalo, sino un hermoso privilegio que agradezco de corazón. Gracias a la vida, que nos da siempre tanto y tanto.

De vuelta a la crisálida


sueño

Qué extraña la sensación de vuelta a Madrid. Especialmente cuando en el metro o en las calles de Malasaña algunos antiguos combatientes nos veían las pintas, con el bastón y la concha colgada a nuestras mochilas y nos decían alegres y emocionados el grito de guerra: “¡Buen Camino!”

Sonreíamos emocionados, como si aún estuviéramos en el Camino, como si aún pudiéramos sentir esa sensación de calor humano. Fue increíble como percibíamos los olores de la ciudad y de las gentes, de sus perfumes y sus alientos. Las luces, los coches, la brisita de la noche cargada de música y alegría. Todo parecía exagerado en comparación al silencio continuo del Camino, interrumpido tan sólo por el despertar mañanero de los pajarillos y los animales que nos íbamos encontrando a casa paso.

Ayer noche, cuando entramos en el zulito, en la crisálida que estos meses me ha envuelto en encanto y recogimiento, fue como entrar a otra realidad, a otra dimensión. Laura no encontró billetes para volver a Barcelona por la mañana así que decidió hacer un trueque mínimo. Ella me acompañaba unos días a Madrid y a cambio yo pasaba unos días en su casa de Cadaques. Acepté encantado porque así parece que las estrellas quieren que sea. Fluimos sin pensar en nada, dejándonos llevar por las señales continuas que aparecían una y otra vez por los recovecos sigilosos. Pero cuando salimos del tren en Chamartín y empezamos a andar por el metro y por las calles de Madrid nos mirábamos extraños, como si no nos conociéramos, o como si todo lo demás perteneciera a la plasticidad de un inolvidable sueño. Pero todo parecía indicar que era real. Mirábamos el bastón que veinte días atrás arrancamos de una ribera y nos ayudó a avanzar y ese trozo de palo nos conectaba de inmediato con la realidad del sueño.

Y hoy ha sido un día de reconexión con esa realidad paralela que dejamos atrás. Con el trabajo, con la rutina, con mil cartas y cientos de mails por contestar, con trabajo acumulado que no pude satisfacer en mi ausencia, a pesar de que hacía lo que podía por mantener a flote la actividad empresarial y editorial que tantas horas necesita al día. Ahora toca revolverse en esta realidad sin olvidar la otra, la del Camino, la de la esencia vital que tan conectados nos mantenía al otro lado.

La aventura continua. Esperan unos meses de mucho trabajo y puesta al día. También de muchas aventuras que aguardan respuesta. Viajes que han de llegar porque este año es un año de viajes y experiencias, que es al trato que llegué conmigo mismo a cambio de no tener nada. Cambiar cosas por experiencias ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Y ahora que consigo mantener esta disciplina vital, debo entregarme a ella. Las cosas están bien, pero las experiencias enriquecen mucho más al alma. Y es al alma al que deseo constantemente satisfacer, cueste lo que cueste. Y el ego aprende a inclinarse siempre ante el alma con humildad, con ausencia de dolor, con disciplina. Y entonces ya no quiere nada para sí, y todo lo entrega a la causa, al propósito del alma, que no es otro que el amar a la vida y a todo lo que pueda expresarse en ella.

En la cuadra había un piano


la foto

Llegamos a buena hora. El lugar estaba desierto, excepto por sus cargados palacios y monasterios. La habitación tenía unas vistas increíbles a ese horizonte que siempre se muestra infinito. Había colinas y sierras en un paisaje constante. Incluso en los valles había sierras. Incluso en los páramos cargados de cielo había montaña. El lugar era la cuadra del antiguo palacio. La reina, que no quería vivir en el mismo lugar donde iba a ser enterrada, convirtió las cuadras reales en un palacete, donde vivió sus escapadas veraniegas junto a la alta sociedad de la época.

Dimos un paseo, charlamos un rato y nos pusimos a trabajar. Para mí era una experiencia nueva porque nunca había escrito un libro al dictado, y menos aún en un encierro de cuatro días rodeados de montes.

Ella cerraba los ojos, buscaba inspiración y empezaba a hablar. Yo cargaba las manos de velocidad y recogía, transformando literariamente algunos párrafos, toda su enseñanza, toda su experiencia. Pudimos terminar la introducción y un primer capítulo. En cierta forma me sentía un privilegiado por poder disfrutar de ese momento único con un ser único. Me daba cuenta que mi peregrinar había empezado exactamente hoy. Y que continuaría estos días entre cordilleras, primero las de este lugar, y luego las de el Camino.

Siempre nos preguntamos porqué el alma dirige nuestros pasos hasta estos parajes. Ese interrogante formaba parte de la inspiración que tenía lugar junto a la chimenea apagada y el piano silenciado. La valentía de asumir nuestro camino, sin miedo al qué dirán o al qué pasará nos hace dignas almas libres. Así me sentía. Un alma libre y pasajera, capaz de abrazar la experiencia sin temor. Mañana más.

To the wonder


 to the wonder

¿Amamos? ¿Lo hacemos? ¿Sentimos amor? Sí, lo pensamos, día y noche, pero, ¿lo sentimos? Al menos adoramos los placeres sencillos como último refugio de almas complejas. Estos días han sido intensos y cargados de placeres sencillos. Alguna mañana en el Encuentro Europeo de Editores, compartiendo inquietudes con colegas que protegen y cultivan la cultura. En alguna presentación de libros apoyando a amigas que son capaces de vender libros editados en más de veinte idiomas, toda una proeza hoy día. O como esta mañana, que terminé con un amigo político que había sido expulsado recientemente del congreso, hablando sobre los procesos constituyentes y el derecho a decidir. Me preguntaba qué otra cosa no puede hacer el ser humano sino decidir constantemente sobre su vida entre esos placeres sencillos.

¿Amamos? ¿Lo hacemos? Quizás podamos amar como amamos los humanos… Pero resulta difícil amar como aman los cielos y las tierras… amar sin esperar nada a cambio, amar como los soles, iluminando sin esperar ser iluminados… amar en silencio, como hacen las estrellas y las luminarias cósmicas o los átomos.

Si la mañana fue taciturna pero intensa tras una noche larga, muy larga, la tarde estuvo cargada de motivos. Fui invitado por un amante de Malick y su poesía junto a su querida esposa y hermana a contemplar la magia de lo sencillo, de lo humano, en los cines Renoir. Ver las obras de Malick es como entrar en trance meditativo, porque sus películas, para entenderlas, hay que contemplarlas como un mantra interior. Por eso queda el regustazo de permeabilizar el sentido de su marcha por imágenes lentas y paisajes interminables como un om expresivo y cálido, que pretende avivar el infinito que nos habita. Y cuando eso ocurre aprendemos un poco más sobre el amor y sobre las maravillas de la vida. Asombrándonos de lo simple y bello de la vida diaria. De lo complejo y la extrañeza de sus misterios cotidianos.

¿Amamos? Fuimos a dar un paseo por el barrio. Le enseñé mi cueva y quedó espantado. Había conocido mis luminosas y cristalinas casas, y resulta difícil entender como un ser que ama la luz y el vuelo libre pueda vivir encerrado en una cueva. Pero amo esta cueva porque es lo que la vida quiere para mí en este instante. La abrazo y la respeto y doy gracias por su acogida y su oscuridad, que me llena de luz interior y sosiego. Doy gracias por hacerme apreciar la sencillez de tomar una copa de helado tras el paseo o coger el teléfono tras la despedida y enlazar un paseo con otro hasta la extenuación y el agotamiento. Con dinero o sin dinero, paseando, contemplando la belleza de una tarde primaveral increíble, cargada de vida y rebosante de amplitud.

¿Amamos? Y luego la poesía. Otra vez plagada de luminarias y momentos y escenas únicas. ¿Qué hacer ante tanta magia constante cuando palpitamos en la constante de un sanyasin? Solo mecer el instante… Mecerlo y aprender a amar en silencio. Como hacen las estrellas. Y seguir adorando los placeres sencillos, porque son nuestro refugio, y nuestra vida. Y seguir maravillosamente asombrados por la vida que nos es dada. ¿Amamos? Amemos, aunque sea de forma humana.

Escenas del bosque encantado


Image-1

Decía Oscar Wilde en el prefacio de “El retrato de Dorian Gray” que el artista es creador de belleza: revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus para los que cabe la esperanza. Para ellos, decía, las cosas hermosas sólo significan belleza.

Todo arte está impregnado de belleza, de superficie y símbolo, de consecuencias y encuentros, de inspiraciones y momentos.

Con esos retazos se dibuja una mañana cualquiera siempre y cuando tengamos la suficiente lucidez para estar despiertos y poder contemplar las cosas bellas. Hoy ha sido una de esas mañanas lúcidas. Había un intenso perfume que embalsamaba el zulito. En la calle la ligera brisa primaveral anunciaba atisbos de esos árboles que siempre imaginamos cuando vivimos en grandes ciudades. Los que decoran el barrio solo son muestras alejadas de ese intenso olor a lilas o el delicado aroma de los espinos y el tomillo que consumía cuando vivía en la montaña. Pero no importaba, para mí dibujaban un bosque plagado de alfombras y tapices verdes, resplandores cargados de dulzura y espeso color a miel.

Las ramas abrían paso entre palomas que apuraban trozos de pan duro que alguien había dejado en la plaza Dos de Mayo. Mientras esperaba, las pisoteé con tacto pues los pajarillos más pequeños no podían disfrutar del manjar si no era a base de trozos pequeños. Qué hermoso tributo poder compartir ese trozo de pan duro.

Apareció hermosa, con una de esas sonrisas que gustan ver un lunes por la mañana. Había dado un salto cuántico de lo digital a lo real. La toqué disimuladamente para ver si era de carne y hueso. Claro que lo era, como en esas fantasías donde los pájaros de vuelo raso se deslizan impregnados de seda india, cargados de jade o como notas graves de un órgano lejano.

En las aceras no había saltamontes, ni madreselvas ni ninguna primaveral amapola. Pero no importaba. La lucidez puede dibujar un bosque donde sólo hay edificios y un prado verde donde sólo hay perseverancia. Y entramos a un rincón del paraje que llamaban café Pepe Botella, el cual podíamos imaginar como un trozo de sendero plagado de cielos turquesa, o como diría la voz que le habló a Dorian Gray, “un sueño de belleza en días de meditación”.

Charlamos sobre la vida y el amor. Sopesamos los avatares de la existencia. Apenas nos dio tiempo a hablar sobre Platón u Ortega o Jung, pero bastaron tres pinceladas para situar la escena y doblegar las ganas de seguir avanzando. El amor estético, el amor pasional y trágico, el amor de esos gorriones enlatados que alborotan entre hojas de cualquier enredadera… Todo podía contenerse en ese dialecto que descifra extrañezas y comprensión. Así da gusto ser ocioso un lunes por la mañana y compartir en el mundo real un bonito tiempo. Así que gracias a la dama por el paseo en el bosque y la pradera. Como nos quedó hablar del fuego de los dioses, habrá más paseos, más bosques, más praderas…

(Foto: La plaza Dos de Mayo de Madrid, esta mañana de lunes encantado…)

Desde la compleja solitud


Image-1

Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.” “Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo”. El Principito

Ya se fue MJ. Hemos pasado unos buenos ratos de charla y experiencia. Ayer fuimos a la iglesia que hay en la calle Ferraz. Entramos a la cripta subterránea y participamos en la ceremonia, sencilla pero profundamente hermosa, de los cantos de Taizé. En la meditación se cantó un mantra en francés repetitivo que me gustó especialmente: “Oh tú, el más allá de todo, ¿qué espíritu puede captarte? Todos los seres te celebran. El deseo de todos aspira hacia ti”. Luego vinieron el Laudate Dominum, el Jubilate Deo, el Veni sancte spiritus tui amoris y el Dominus spiritus est. La mente y el corazón ciertamente se liberan en estos rituales místico-religiosos que pretenden conectarnos con el vacío envolvente, con la infinitud de las cosas y con la sensación de infinito primordial.

Después de Taizé fuimos a cenar a Lamucca del Pez, aquí cerca de casa, en la plaza Carlos Cambronero. Hacen unas pizzas de setas irresistibles. Mereció la pena esperar mientras mirábamos a unos y a otros en la barra del bar. Salí un momento al baño y una hermosa camarera me señaló en silencio su dirección. La miré encantado por su silenciosa presencia e indicación. Cuando ella misma vino a servirnos los postres, MJ, con esa gracia andaluza irresistible hizo los honores de romper ese delgada línea que a veces nos separan a los seres humanos y resultó todo un descubrimiento comprobar que tras el traje de luces había toda una artista. Nos intercambiamos algunos datos y volvimos felices por el hallazgo.

Hoy comíamos en los Hare Krishna. Participamos de los cantos que hay antes de la comida. El mantra se repetía, ahora en otro lenguaje, con otros ritmos. Pero en esencia era igual. Conectar nuestra mente finita con lo infinito. Anular cualquier preocupación y liberar nuestro interior. Con la ayuda de un armonio indio, címbalos, y mrindangas, se creaba un ambiente propicio para la devoción y la entrega a esa unidad de las cosas invisibles que nos unen y proyectan significativamente en experiencias de ese tipo.

Y ahora en la soledad, acompañado por el sonido del Nocturne de Chopin me libero de toda experiencia para entrar de nuevo en el silencio. Ahí fuera sigue haciendo frío. Parece que la primavera se resiste. Al menos en el interior hay una extraña calma, una serenidad apacible, una ecuanimidad bienvenida acompañada de ráfagas de melancolía indescriptible. Sazono los tiempos a base de recuerdos pasados y futuros, pero intento estar presente en el instante de la ocasión. En un estado intimista, oculto, secreto. Esperando la próxima experiencia, el próximo reencuentro, el siguiente momento de vida. Como esas notas de piano que se entremezclan unas con otras para crear la armonía celeste de la música. Solitud en Madrid. Compleja solitud.

Desde la atalaya poética


la foto

Le escribía a una amiga que siempre espero con alegría el «reencuentro» de almas viejas y peregrinas. Desde siempre esas almas me han visitado y hemos pasado muy buenos ratos en aquellos lugares donde he vivido. Incluso en el zulito pueden  quedarse todo el tiempo que quieran. Es un poco oscuro pero está en un barrio luminoso, así que compensa una cosa con la otra, le decía.

Ayer se fueron unos amigos del alma y acaba de presentarse otro, sin avisar, como me gusta, llamando a la puerta y diciendo, aquí estoy, ¿se puede? Claro que se puede… siempre se puede… le decía mientras escuchaba mi querido Greensleeves.

Y fuimos a comer y luego a dar un paseo por librerías. Allí subí las escaleras que separan el mundo de la poesía. Y penetré preñado de entusiasmo y buceé en los versos de mil autores, centrándome en mi uruguayo preferido que esperaba paciente entre odas y promesas y esperanzas y sueños y paradas cardiacas, porque el verso siempre te deja sin aire y te encoge el alma y te preña el corazón, paralizándolo en ese silencio pronunciado e incomprensible.

Por un momento me sentí huérfano. Me veía allí solo, observando el mundo desde la atalaya de la incomprensión, suspirando por esa vida que corre y nos recorre, viendo pasar al otro lado de la calle miles de luminarias, cada una apagada por su propio finito, ignorando la grandeza de su sola presencia ante mi propia añoranza. Había una mujer sentada en la puerta de la librería que nos llamó la atención. La adivinamos rebelde, o en rebeldía. Abría las piernas de forma descarada pero la sutileza de su belleza creaba fantasías para un piano en la mente de cualquier poeta. Quizás por eso subí a la atalaya rememorando algún nocturno soneto, suspirando por esos rincones baldíos.

Hemos decidido ir a los cantos de Taizé esta noche. Será una bonita forma de despedir la semana y una bonita forma de salir de lo convencional. Lo haremos con la emoción encogida por dos buenas noticias que he recibido hoy, recolectadas a base de perseverancia y pasión. El amigo invitado, en el café de media tarde me decía que mi apuesta por la libertad, a pesar del pago de su propio peaje, no tenía precio. Bueno, el precio lo he pagado hoy, mientras leía poesía y recordaba aquella sublime tarde en la que escuché por primera vez el Greensleeves o cuando esta noche nos sumerjamos en las penumbras de Taizé y la campana del pecho golpee con fuerza los abismos que me separan de la promesa. Pero seguimos avanzando. Y abrazando pechos y despertando en el otro el suspiro y el anhelo necesario. Prender luminarias mientras leemos poesía es una de las grandezas de este universo pletórico y lleno. Nada nos separa en la conexión infinita, y ahora que renazco pobre pero inmenso, me aferro a al palpitar.

Momentos reales


IMG-20130308-WA0014

 

la foto

No hace mucho tiempo me dijo un amigo que un editor tenía que tener un blog y estar en las redes sociales para así poder promocionar sus obras y su empresa. Realmente nunca me gustó la exhibición pública ni las relaciones virtuales. Los que lleváis años siguiendo el blog sabéis de esas crisis que a veces me asfixian y terminan por estar unos días desconectado o fuera de aquí. Soy una persona alegre, pero tímida. Y mi estado natural a veces es más la introspección que el jolgorio.

La semana que viene me marcho unos días al sur y la próxima estaré diez días en un retiro Vipassana, una especie de meditación donde sólo se te permite levantarte a las cuatro de la mañana, meditar, comer y dormir algo. El resto es todo silencio ininterrumpido y meditación. Creo que lo voy a necesitar porque uno siempre se plantea donde empieza y donde termina la vida real.

Esta mañana he pasado un buen rato con Ramiro. Una persona de carne y hueso al que podía tocar, mirar a los ojos y compartir cosas y momentos. En la vida virtual cualquier palabra o gesto debe ser interpretado, mientras que en la vida real, la intuición nos lleva por esos caminos rectos del alma. Cuando estás frente a alguien, es fácil saber si estás ante una buena persona o no, y es fácil saber si nos miente o no, si está triste o no, si es feliz o no. En la vida real todo es más transparente.

El otro día, tras la presentación del libro de Vicenta, tuvimos tiempo de conocer a mucha gente de la vida real. Todos parecíamos aturdidos porque en la vida digital parece que todo es más fácil. Sin embargo, la vida real tiene sus exigencias, sus protocolos, sus intuiciones. Conocí a gente hermosa y me fui satisfecho por hablar con unos y con otros, quizás porque en mi vida de encierro cada vez me cuesta más estar con unos y con otros.

Realmente las redes sociales están bien para según qué cosas. Pero sigo pensando que el barro y la suciedad de la calle tiene más motivos para adentrarnos en la verdadera experiencia de la vida. Lo real nunca podrá ser sustituido por lo virtual, por más tiempo que le dediquemos y empeños que hagamos.

(Fotos: en la presentación del libro «Abogados Autoresponsables» con Vicenta, María José y Gopala. Con Ramiro Calle esta mañana en el Nebraska, trabajando un poco con las portadas de su próximo libro).

Encuentros con el desgarro


Mujer_desnuda_bajo_la_lluvia

Hoy ha sido uno de esos días raros en los que pasan cosas buenas y otras menos buenas. De esos momentos en los que deseas desaparecer, esconderte en una isla desierta o en un bosque encantado donde no molestar a nadie, donde no entorpecer los escenarios de seguridad de los demás. Pasear libre por alguna pradera lejana o abrazar la cima de alguna montaña. De alguna forma me esforcé en hacerlo, empatizando con esa soledad de llegar a casa y no tener a nadie con quien compartir las anécdotas de la jornada. Esa es una extraña sensación. Estamos tan inmersos en las redes sociales y en el mundo virtual que cuando desconectas del mismo te das cuenta de la inmensa soledad que rodea al mundo.

Y hoy quise desconectar drásticamente de lo virtual para aproximarme un poco al mundo real. Y fue ahí donde descubrí la trampa. Fue ahí donde la experiencia quiso manifestarse con crudeza. Una crudeza que ahora me arrastra sin saber hacia donde me llevará.

Al menos eso me pareció notar hoy en el Paseo de la Castellana. Terminaba de salir de la exitosa presentación del libro de Vicenta (hablaré de la misma con calma, porque merece la pena) cuando de repente escuché gritar a una mujer. Lloraba y gritaba desesperada mientras que la gente ignoraba esa situación dramática y dura, muy dura. De repente me vi yo como esa gente y no pude consentirlo. Me volví, rompiendo mi propio espacio de seguridad, y sin juzgar la situación ni a la persona me acerqué a ella, que lloraba desesperada en un banco. La toqué con mi mano izquierda apretando con dulzura su hombro y le pregunté si se encontraba bien. Sólo fue un instante, sólo fue una promesa.

Ella levantó su cabeza escondida y resultó ser una joven preciosa, de una hermosura increíble, una mujer desnuda y en lo oscuro, como en los versos de Benedetti, ahogada en lágrimas. Dibujaba un cielo raso pero teñido de lluvia, un desnudo cubierto de desgarro, una soledad tan profunda que dolía con tan solo mirarla.

La imagen de verla llorar desesperadamente y la de su sorpresa ante mi interés nos extrañó a ambos. La miré a los ojos mientras intentaba con la mirada decirle mil cosas para tranquilizarla. Me dijo que había discutido con su novio por teléfono y que agradecía mi gesto pero que prefería estar sola. Me hubiera gustado acompañarla en silencio pero no quise molestarla. Sin miedo a romper de nuevo su espacio de seguridad le volví a tocar el hombro con suavidad y me marché silencioso.

Mientras me marchaba con esa impotencia de haber querido abrazarla con fuerza y haber hecho algo más, aún recordaba con tristeza sus palabras desgarradoras: “por qué me has abandonado ahora que más te necesito”.

Quizás esta noche, mientras pienso en ella y suspiro por su dolor que ahora hago mío, quizás, tal vez, ella se sienta menos abandonada. Quién sabe, a lo mejor también anda escribiendo en alguna otra parte algo parecido a esto: «y alguien se acercó, me tocó el hombro, y mi soledad y amargura cambió de rostro». Ojalá la mano izquierda nunca sepa lo que hizo la derecha, pero ojalá que su mirada se haya anclado a ese momento único, de intercambio profundo y sincero, y nunca más se sienta tan desdichada como hoy se sentía. Sea como sea, mañana será otro día… y la mano izquierda seguirá alerta, divisando hombros…

No puede ser que estemos aquí para no poder ser


 luces

La frase de arriba es de Cortazar y viene a cuento. Hoy recibía las letras de una amiga pública que recibía ayer una inmerecida mansa de críticas e insultos. Sé de alguna forma lo que es eso. Hay mucha gente que descarga su furia o frustración encima de cualquiera que le sirva de pantalla o espejo sin importarle si detrás de esa pantalla o personaje hay una persona de carne y hueso. Parece como si por el hecho de que uno cuente sus cosas, a veces buenas y otras menos buenas, diera derecho a cualquier atropello.

Le he contestado que intentara no desmoralizarse por ello, que un corazón grande como el suyo tiene la capacidad de albergar incluso a lo insulso y tosco de la vida. Pero realmente todo es complicado en las relaciones humanas, porque todos, de una u otra forma, en momentos flojos o débiles tendemos a descargar nuestra frustración, ya sea contra un partido político, contra un rival futbolero, contra un filósofo que piense de forma diferente, contra el vecino o contra la persona que más amas, que a veces casi todo lo aguanta.

Al rato, otra amiga, también pública, me escribía para darme las gracias. Le he preguntado porqué lo hacía y me ha contestado algo bonito. Y eso demostraba que el ser humano también es capaz de cosas hermosas y bellas, y de elevarte, más allá de vanidades y egos, a cualquier cumbre de paz.

He querido poner estos ejemplos de personas públicas porque luego ha pasado algo maravilloso. Me he puesto mis nuevos pantalones que compré en Lefties por la friolera de 5,95 €. Creo que nunca había comprado unos pantalones tan baratos, pero los otros se me habían roto por los roces y me había quedado casi desnudo. También, al calzado que el otro día olía tanto, le he puesto las nuevas plantillas para dar un paseo por Madrid. Estaba lloviznando pero no hacía frío. Había un ambiente grato y la gente parecía con ganas de saludar y mirarte a los ojos para reconocer en ellos algún tipo de brillo. Aproveché el paseo para ir desde Malasaña y Chueca, pasando por Gran Vía, a la gran oficina de Correos que está en el Palacio de Comunicaciones. Allí me atendió una amable señora con la que echamos algunas risas. Atravesé desde allí toda Gran Vía, dejando a mi lado los hoteles Palace y Ritz que antes frecuentaba. Recordaba aquellos otros tiempos y los comparaba con estos otros. Y la sensación era de tanta libertad. Poder pasear bajo la lluvia, feliz, sin dar explicaciones, con un pantalón barato y unos zapatos viejos, en el anonimato de la invisibilidad, sin corsés, anónimo, totalmente anónimo.

Desde el paseo del Prado llegué hasta Atocha y desde allí bajé por Ronda de Toledo hasta el barrio de la Latina. Allí cobré mi primer cheque después de más de un año sin cobrar nada de los distribuidores quebrados. Era una cantidad pobre y ridícula en comparación a todo lo que desde la editorial le habíamos servido: 656,64€. Con eso tendría para pagar el alquiler de este mes y comprar algo de galletas. En un arrebato de paradoja cogí una parte del dinero y lo llamé diezmo. Ese simbólico diezmo lo dividí en tres partes y mientras paseaba desde la Latina hacia Tirso de Molina y de nuevo Gran Vía y Malasaña descargué las tres partes en tres manos anónimas que pedían en la calle. A un joven de mi edad, a un hombre de unos cincuenta años y a otro de unos ochenta. La selección fue: “los primeros que se presenten, sin juzgarlos”. El gesto no era para sentirme bien con mi consciencia o con mi vanidad. Era simplemente para mirar a los ojos a un igual. Todo ese dinero que me había ahorrado en pantalones ahora lo disfrutaban otras personas. Quizás para comprarse un paquete de tabaco o un trozo de pan. Quién sabe. Pero quise no juzgarlos por su situación ni por su origen ni por su edad ni por su condición. Solo ofrecer algo de lo que la vida, después de un año de espera, me había ofrecido. No sé cuantos pantalones del Lefties podría haber comprado con ese diezmo. No importaba. Hasta nuevo aviso, tengo suficiente con este.

En el fondo todo son gestos que nos hacen más humanos. No importa que seamos personas o personajes, que nos lean mil o cien mil o que de forma anónima paseemos por la calle y podamos mirar a los ojos a un anciano con la excusa de unas monedas. En la sonrisa del anciano había algo más que un “gracias”, como el que he recibido esta mañana de mi amiga. Había un gran trozo de vida, un hilo conductor que nos decía a ambos: “no puede ser que estemos aquí para no poder ser”…

Camina plácidamente entre el ruido y las prisas


 la foto

Esta mañana amaneció claro pero el día fue tiñéndose de nubes que venían del norte. Temprano me ponía el traje, cualquier traje, evitando el traje «tweed» o el «blazer», sin prestar demasiada atención a las modas que imperan y dictan si el traje de ahora debe llevar dos, tres o cuatro botones y sin fijarme demasiado en si la corbata hacía juego con la camisa galesa. Lo importante es que fuera de lana, porque hoy en Madrid y en sus despachos hacía frío. Me dejé deslizar suave por las calles, intentando no perderme detalle de la agitación mañanera de la gran ciudad. Ayer, que era un día de silencio para celebrar la luna llena en piscis, vacié la impotencia de estos días en un exceso y acalorado ruido. Entre el ruido y las prisas, a veces resulta difícil caminar plácidamente.

En el conocido bufete de abogados del barrio de Salamanca nos esperaban los consultores que nos darían un mapa detallado de cómo está el mercado. Uno siempre se asombra de todo lo que puede llegar a aprender en un par de horas de reunión. Cuando nos sirvieron el café hicimos broma sobre la costumbre que aún pervive en algunas empresas, guardando, a pesar de la crisis, ese tipo de detalles y ceremonias en las reuniones. Hay algunas que han tenido que prescindir hasta de ese mínimo protocolo. Este bufete, con más de dos mil abogados a su servicio, aún se podía permitir dichas atenciones. Así que hubo café para todos.

Vimos que el sector barajaba bastantes miles de millones y contemplamos la posibilidad de que, a pesar de la crisis, el “activo” en cuestión pudiera tener algún hueco o atractivo en “futuros”. También vimos con asombro como la humanidad crea mundos y submundos dentro del mundo aparentemente conocido y de lo difícil que resulta hacerse eco de los mismos si no es porque entras por alguna de esas puertas secretas o laterales donde sólo algunos iniciados en la materia pueden penetrar. Nosotros, neófitos y recipiendarios en el sector, atendíamos con cierta diligencia. Todo es aprendizaje, de unos, de otros y de los del más allá. Y todo es asombro si se mira con esa visión ingenua de querer saber más y más para luego poder compartir más y más.

Ayer, en el curso sobre tecnologías del futuro en el mundo editorial que he empezado por necesidad empresarial y de pura supervivencia futura aprendí algo que me llamó la atención. El profesor citaba mucho a Platón y eso hacía que interpretara sus mensajes mezclados entre píxeles y filosofía. Hubo un momento en el que dijo con cierto tono de misterio en sus palabras algo interesante: “nuestras pantallas emiten luz”. Se refería aparentemente a las pantallas de ordenadores, televisores, teléfonos… Pero había algo más. “Nuestras pantallas emiten luz”. Me quedé pensando toda la tarde en ese detalle, que por insignificante y desapercibido, podría dar algunas claves sobre el mundo que viene, el interior y el exterior.

Ayer era luz, en el bufete era aire y mañana, en otro viaje de negocios a Málaga donde intentaré fusionar algunos proyectos con una editorial de marcada trayectoria, crearé tierra. El agua lo dejaremos para otro momento, porque las emociones de estas semanas han galopado por libre a cuotas inesperadas. En fin, me quito el traje y me pongo al tajo. Hay mucho que hacer aquí abajo, pero sobre todo, aquí adentro. Pensaré que las pantallas han sido diseñadas a nuestra imagen y semejanza. y si ellas son capaces de emitir luz, ¿de qué no seremos capaces nosotros? Ojalá que de luz, más luz.

Solecismos, copulativas y subordinadas en un lunes negro


lunes negro

«Cuando se lucha contra monstruos hay que tener cuidado de no convertirse en monstruo uno mismo. Si hundes largo tiempo tu mirada en el abismo, el abismo acaba por penetrar en ti«. Friedrich Nietzsche

‎»La bondad es la única inversión que nunca quiebra«. Henry David Thoreau

Hoy me he mirado al espejo y como buen lunes negro me he dicho a mí mismo: mi oscura sombra es más grande que mi zulito. Se nota que no se nada de lobos, identificarme con ellos es insultarlos, he visto en directo la falta de valentía en episodios que debía haberme comido un cordero. Los que me conocen bien están cabreados conmigo porque cuando hacen balance ven que han estado con un aprovechado camuflado de místico. Además, soy capaz de crear en ellos ira y rencor, proyectando procesos de cicatrización y aprendizaje para distinguir los zorros con piel de cordero. Un tío con morro metido en un personaje irreal que ha creado a raíz de un blog, unos cuantos libros y alguna que otra historia. Una persona que confunde y crea violencia, separación y desconfianza en los demás, incluso pena y lástima. Egoísta y manipulador. En fin, podría seguir hasta el infinito porque hoy la infinita calamidad se ha proyectado en ese extraño espejo.

Y cuando miraba al retrato y veía todo eso me daba un poco de pena. Porque en el fondo todos tenemos una sombra, un lado oscuro que se afana por sobrevivir a costa de todo, un monstruo al que rechazamos y apartamos la mirada pero que a la mínima de cambio nos acecha y se abalanza contra nuestras vidas destruyendo, de paso, todo lo que nos rodea. Ese abismo se esconde entre nuestras sombras, se acurruca tranquilo, a la espera, acechando cualquier descuido, cualquier tormenta, cualquier momento de debilidad. Ahí está aguardando con sus dientes afilados y sus garras puntiagudas. ¿Quién no lo ha sentido alguna vez? ¿Quién no alguna vez se ha dejado arrastrar por su fuerza y furia?

Pero no tengáis miedo. Se puede vencer a la bestia. A veces llega alguien con su aliento protector, alguien capaz de abrazarte incluso si eres bestia, de besarte o simplemente sonreírte y hacer de ese gesto un milagroso resurgir de vida y optimismo. No estamos solos. Existe la poderosa transformación de la terrible bestia, en algo bello. Por eso hoy, ha sido un día negro, cargado de oscuridad y pesadez, pero también de luz, más luz… relux… Porque siempre hay en el mundo trozos de bondad que levantan el alma y y te elevan a lo más grande… Siempre están ahí…

I dreamed a dream in times gone by



Acompañé a toda la marcha hasta el final. Y el final era la Puerta del Sol, una puerta que me conectaba con otra puerta y con otro Sol y con otro tiempo aún latente, aún en llama. Y allí, entre toda la multitud, rodeado de cientos de alientos y corazones que latían al unisono, sentí de repente una tremenda melancolía. Como si todo me abandonara, como si a todo abandonara.

Así que me dejé arrastrar por las calles, como un vagabundo que no resolvía esa sensación extraña que de repente me poseyó. Era como si todo permaneciera en silencio y las luces de la ciudad se apagaran. Las estrellas enmudecían y el cielo quedó atravesado por una oscuridad insoportable.

Me vi solo ante el universo entero, ante la inquietante travesía de la infinitud. Miré por todas partes y solo había trozos de nada, de vacío, de apocalíptica transición hacia un nuevo estado. ¿Qué hacía allí flotando en esa nada? ¿Hacía donde quería conducirme? ¿Cual era su mensaje? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué estaba experimentando aquí dentro?

El corazón pareció estallar en mil pedazos. Y los miles de minúsculos ápices se estrellaron por todas partes. Pero al destruirse, fue como si volviera de nuevo a nacer, iluminando de nuevo todo el espectro presente.

Volví a deslizarme calle tras calle, estrella tras estrella, hasta que el Sol volvió a brillar de nuevo, pero ahora con más fuerza, con más luz, con más relux. Como si todo hubiera sido un mal sueño, o un instante de vida que hubiera intentando matar el sueño que soñé. Por suerte la luz volvió como un rayo y se hizo el fiat lux interior, naciendo de nuevo a la llama.

Protegiendo la ilusión


Ikea

«Pensamos demasiado, sentimos muy poco«. Charlie Chaplin

«Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo«. Oscar Wilde

Todos sabemos como funciona la ilusión. Es como una tenue llama que cuando sopla fuerte cualquier viento, termina apagándose. Si las circunstancias ayudan y no hay viento ni meteoritos que caigan sobre ella, puede sobrevivir y hacer crecer la llama interior. Y cuando eso ocurre, cuando la llama verdadera crece, se vuelve indestructible.

En eso pensaba mientras a las tres de la tarde conducía el híbrido hasta el Ikea de Alcobendas para comprar algunas cosas. Pasear por el Ikea es como pasear por casa, ¿verdad? Sólo que allí hay mucha gente y puedes mirar sus auras ilusionadas por esas cosas inútiles que siempre terminamos comprando. Desde que el Ikea existe, la gente ha empezado a comprender que ellos no son sus cosas. Porque sus muebles no tienen historia, no son aquellos que heredábamos de los abuelos, hechos de madera noble, firmados a veces con la fecha de fabricación estampada en oro. Ahora ya no podemos identificarnos con esos muebles de cartón piedra, de usar y tirar. Ahora las cosas son volátiles y no las necesitamos excepto para ilusionarnos de vez en cuando con alguna estúpida adquisición más. Por eso ahora cada vez más hay personas  que se sienten completas por lo que son, no por lo que tienen. Sólo el ser incompleto necesita de cosas para llenar su vida vacía.

Hoy mi vida se sentía completamente llena, pero por necesidad debía ir al Ikea. Hacía una hermosa temperatura que rondaba algo más de los quince grados en todo Madrid. Algo de tráfico lento para los que salían de fin de semana. Carreteras vacías para los que íbamos a comprar algo. Y ese algo tenía un presupuesto de cien euros para adquirir una mesa y una silla ya que el próximo miércoles L. empezará a trabajar con nosotros unas horas a la semana.

Hace unos meses, aún viviendo en La Sacedilla y cuando aún íbamos a comprar alguna cosa al Ikea de Alcorcón, pusimos un anuncio para buscar editores. Recibimos más de dos mil solicitudes. Nos quedamos desbordados hasta que en Navidades, mientras pintaba el zulito para acondicionar mi nueva vida, L. nos escribió una original, emotiva y hermosa carta a los Reyes Magos. Escrita en uno de esos papeles azules estampados con camellos y estrellas de oriente que de pequeños solíamos echar al buzón, pedía no sólo trabajo, sino que lo hacía con ilusión y creatividad. Quedamos una tarde y su sonrisa transparente además de su vocación y amor a los libros hizo el resto. Así que contratada, por original y por haber mantenido la llama de la ilusión hasta límites insospechados. De las dos mil solicitudes, fue la única que insistió y además con increíble originalidad. Así que su ilusión, su llama, terminó germinando en alguna parte del universo.

A los pocos minutos de estar en el Ikea, recibía el oxígeno de unas letras que resguardaban del viento y los meteoritos la pequeña llama. Me senté tranquilo en el primer sillón que encontré para contestar ilusionado a las letras recibidas. Como digo, era como estar en casa. Fue tanta la ilusión que además del sillón y la mesa terminé comprando tres velas perfumadas para simular arquetípicamente la triple llama que ha de nacer si se cuida. A veces esos pequeños detalles nos hace reconciliarnos con el misterio de la vida, hasta tal punto, que la vida no puede más que responder con sorpresas tras sorpresas.

Tanto es así que cuando salía del parking del Ikea casi choco con un Toyota Auris de color blanco (el mío es un Toyota de color negro). Al mirar la persona que iba dentro no podía creerlo. Salió del coche una joven vestida de blanco inmaculado (yo hoy llevaba un suéter negro) de nombre además igual a la editora que empezará el martes, L. Esta mujer, miembro activa de BK, la vi por primera vez hace unos años en mi casa de la Montaña.

Salía, como todas las tardes después de comer al jardín a echarle algunas migas de pan a los pájaros que por allí pasaban. Era un rito que me encantaba y aprovechaba para darme baños de ese sol del sur andaluz que ahora tanto añoro. Ese fin de semana había retiro en mi casa con los ángeles de BK. Mientras salía con las migas, aparecieron y entre ellos L., una joven tímida, de origen venezolano, que hablaba muy bajito pero que irradiaba con su mirada todo el amor puro y casto que desprenden las meditadoras de BK. Nos volvimos a cruzar en algún que otro retiro allí en La Montaña y alguna vez en Madrid. Así que el encuentro ha sido emotivo por ambas partes.

Ayer hablaba de asexualidad y hoy me tropiezo con una persona que practica, por motivos religiosos y espirituales, una castidad pura y sincera. Me ha gustado este extraño guiño del universo. Estas extrañas sincronías y causalidades que desentrañan algún tipo de mensaje. Nos hemos despedido contentos por el casual encuentro y cada uno ha seguido su camino alegre.

Lo importante de toda esta historia entrelazada es que llegué a casa ilusionado, pero consciente de la fragilidad de la ilusión, por ello quizás, con plena fortaleza interior para abrazar al destino, sea cual sea. Así que rodeado de magia pero algo cansado por tanto acontecimiento, me voy a dormir tranquilo y en paz, protegiendo la llama de los meteoritos que esta noche caerán y esperando paciente poder algún día encender esas tres hermosas velas perfumadas.

Sobre las cosas del ser


la foto

Hoy, uno de febrero, he ido a las rebajas de enero. Me he comprado tres gayumbos a 3,31€ la prenda y una camiseta de esas blancas a 4,95€. Total: 14,90€. La cuesta de enero no daba para más alegrías. Pero estaba feliz, porque realmente no necesitaba nada más. En Malasaña, con lo que tengo de otras rebajas, creo que podré sobrevivir sin muchos cambios ni sobresaltos al menos tres o cuatro primaveras más. Pantalones de invierno los he perdido todos en las continuas mudanzas y solo tengo dos, pero no importa, los voy alternando según se tercie y a ver si ambos logran aguantar. Si de tanto usarlos al final sucumben, tendré que hacer excepciones en mi economía doméstica. También me sentía feliz porque hoy hice un pago que bajó mi deuda personal por debajo de los ochenta mil euros. Esas barreras psicológicas, cuando son traspasadas, te reafirman en cierto optimismo.

Así, lo que ahorro en las rebajas pues lo utilizo para pagar deuda y el dinero que ahorro en estas cosas del tener lo puedo invertir en las cosas del ser. Por ejemplo, ayer me hice socio de la librería “Libros Libres”, a la que hicimos un importante donativo de libros hará unos meses. Allí había quedado con una mujer-quijote, voluntaria en dicha librería, para hablar de cosas que tienen que ver más con la utopía de dos soñadores que con la realidad imperante. Me llevó hasta una cafetería situada por debajo de la casa del dramaturgo José Zorrilla, ese ingenuo, bondadoso, amigo de todos e ignorante del valor del dinero y de la política. El lugar era de lo más apropiado para hablar de libros, de solidaridad y de futuro. Agradecí mucho el encuentro, porque en este mundo de escasas quijotadas, el encontrar a alguien de espíritu similar te reconforta. ¿Quién si no podría entender ese amor insensato hacia los libros en los tiempos que corren? ¿Y quién podría entender el que me haya arruinado casi tres veces por seguir la senda del alma, y no la otra, esa que nos sujeta a la pesadumbre de lo cotidiano a cambio de unas migajas de pan?

Y a veces esas migajas de pan no son suficientes para soportar la pesada carga del tener, por eso ayer, en un acto semi-insconciente y gracias a una indigestión provocada por un atracón de setas, tuve que hacer un obligado ayuno de 24 horas. Cuando esas cosas ocurren, amaneces como nuevo, más ligero y liviano y con más ganas de profundizar en los misterios de la vida. En fin, no se puede pedir mucho más a un viernes que pasaré hasta altas horas trabajando, con tal de que el trabajo nos haga libres, o como mínimo, nos acerque a la siguiente meta a alcanzar: rebajar la deuda por debajo de los setenta mil. Os avisaré para celebrarlo.

(Foto: ayer en la librería Libros Libres, donde puedes llevarte cuantos libros quieras de forma gratuita).

La fuerza del lazo místico


la foto

Hay una fuerza invisible que nos une. Algo que está más allá de nuestro entendimiento pero que sirve para sabernos partícipes del gran Universo. Esa fuerza la podemos ver en todas partes, en todos los gestos que nos rodean. El ir contra esa fuerza es ir contra nosotros, porque nosotros formamos parte de ese gran puzzle universal.

El Café Ruiz se está convirtiendo en oficina improvisada donde me reciben o recibo a personas y personajes. Aunque me gustan más los primeros que los segundos, a veces resulta divertidísimo ver como cada uno interpreta debidamente su papel. Esta semana servirá de cuartel general para hablar con unos y con otros, a cual más particular y comprobar la mitificación que se puede ejercer sobre un lugar, un tiempo o un hecho concreto.

Ayer tocaba con el autor del libro Arcano. No puedo decir más de él excepto que vive y trabaja en Japón, y que por ser una persona conocida en su profesión, prefiere guardar su anonimato en secreto. Lo que empezó con un café terminó siendo una cena y un encuentro de más de cuatro horas que posiblemente continúe mañana, porque nunca es suficiente. Especialmente cuando el grado de la conversación traspasa lo cotidiano y empezamos a entrar en berenjenales extraordinarios o sobrenaturales. La luz de las estrellas puede ser contemplada con igual fervor que la luz de la luciérnaga. Solo cambia su intensidad, pero su principio esencial es el mismo.

Pasaron dos anécdotas en el acogedor café Ruiz. La primera, un grupo de personas que se unieron en el lazo místico, con los ojos cerrados a meditar durante cinco minutos. Podíamos observarlas desde nuestro particular rincón, en lo que al parecer fue una antigua cocina madrileña, habilitada ahora para los menesteres de lo cotidiano y oficina improvisada de este humilde editor. Era hermoso contemplarlos en silencio, cogidos de la mano, con los ojos cerrados en mitad del café, aludiendo cualquier complejo o sentimiento de culpa por hacer aquello que les hacía feliz. ¿Por qué alma extraviada meditarían? ¿Por qué mundo mejor soñarían? Me hubiera gustado interrogarles, o quizás, más bien, como hago ahora, acompañarles en el lazo.

La segunda fue la visita de un autor novel, quizás poeta, que deseaba vendernos algún libro. Hicimos un trueque mínimo, para sorpresa del autor. No le desvelé mi condición de editor, pero sí le compré un libro con la condición de que se lo regalara a alguien. Tímido por mi propuesta, me levanté yo mismo con el libro, busqué a la chica más luminosa y se lo regalé. Cómo el novio estaba delante, no hubo mala interpretación, así que el poeta, feliz por su venta y por la acción, fue enseguida a explicar a la pareja el motivo del regalo. A la salida ambos nos regalaron una sorpresiva y feliz sonrisa que junto al apretón de manos y la alegría por el gesto, sirvieron de recompensa. Los miré a los ojos intentando ver sus luminarias, su felicidad sorpresiva. Y estalló la magia, la comunión, el amor.

La mañana fue entrañable a dos pies de la puerta de Alcalá. Pasé un rato agradable con L. y su prometida S., recordando viejas anécdotas, buscando espacios de reconciliación entre amigos y lo que el llamó realidades alternativas. La amistad es ese tesoro oculto que debemos cuidar aunque sea a base de silencios, a veces incomprensibles para unos y a veces excesivos para otros. Pero el silencio también puede ser una llama, y cuando la circunstancia lo requiere, el emplazamiento a la soledad y la distancia nos guía hacia nuevas metas. Pero el amor y el cariño siempre permanecen. Queramos o no, aunque hagamos una tumba para sepultarlo en la tierra más profunda, el amor no puede ser escondido o mancillado. Ocurre lo mismo con esas personas que de forma íntima han recorrido una etapa importante en nuestras vidas y por pura supervivencia emocional deciden olvidarnos. Pero es un olvido engañoso. El amor, si alguna vez existió, no se puede olvidar.

Luego la noche fue larga y mágica. Me acosté tarde pero feliz. Surgió un nuevo reto y pensé en la manera de cómo gestionar lo que dios por llamar impotencia. Me refiero a la impotencia de querer abrazar a alguien y no poder hacerlo. Esa añoranza que a veces no es humana, porque no tiene que ver con la dimensión humana. Si no que es más bien una mezcolanza de ensoñación y celeste positura. Me acordé del lazo místico y me agarré a él con fuerza. ¿Cómo sino amar sin poseer, sin adueñarnos de lo tangible y lo palpable? Esa es la razón y el secreto por el cual la incapacidad de abrazar todas las luminarias nos hace humanos. Esa es la razón y el secreto por lo cual también somos divinos, como la estrella y la luciérnaga, como el bosque y el agua.

(Foto: Personas meditando ayer en el café Ruiz de Madrid)

Vivir flotando


elefante

Ayer más de mil kilómetros de viaje submarino. Ida y vuelta desde las entrañas del Centro a las profundidades del Mediodía, desde el Sistema Central al Sistema Bético. Me desplacé ligero y volví ligero, cargado de paz, cargado de optimismo. Tanta era la energía que apenas dormí cinco o seis horas. A las siete estaba dando los buenos días al mundo taciturno, inclusive a ese otro mundo que discurre en la otra orilla.

Tras contestar unos precipitados mensajes, salí a la grisácea ciudad, tan cargada de frío, con sus calles rebosantes de sal por las heladas. Nada más salir estaba la secretaría de la autoescuela de la esquina intentando colocar un letrero. Le ayudé y le sonreí agradecido por la oportunidad de poder ayudarla. Fue un buen empezar.

Me dejé llevar por la Gran Vía que algún día algún sabio gobernante hará peatonal dejando el imperio del coche soterrado en las profundidades y resaltando así el sublime paseo por su ancha avenida tan cargada de mito y guardianes. Llegué hasta el ayuntamiento para hacer unas gestiones y de allí al final de la calle Mayor, disfrutando de esa otra Madrid alejada de los ruidos y el deambular.

Sin saber porqué, flotaba a dos palmos del suelo mientras de nuevo me dirigía desde la calle Mayor hasta la calle Alcalá. Allí me crucé con Lucía Etxebarria y haciéndome el loco la molesté preguntándole por donde quedaba la Plaza del Sol. Se la veía aún dormida pero me contestó con amabilidad, extrañada por no haberle preguntado la que supongo frase lapidaria: “¿tú no eres Lucia?”. No quise molestarla con esa torpeza y la dejé marchar en su anonimato invisible agradeciéndole su explicación.

Por la tarde había quedado a las cinco en el café Ruiz, en Malasaña, con una persona que había leído mi libro sobre las comunidades utópicas y quería comentarlo. Llegué, creo que por primera vez en mi vida, veinte minutos tarde a la cita. Lo hice volando, pero taciturno. De seguir así, pensaba, alguien me tendrá que amarrar al suelo. El encuentro fue radiante y hermoso. Da gusto conocer a gente bonita, a gente que derrama luz allá donde va, personas especiales y encantadoras a las que da gusto conocer y poder compartir un trozo de vida, aunque sea un trueque mínimo. Me sentí agradecido. Al menos ese librito había servido para crear sinergias y encuentros con seres finos y luminosos. No podía verlo de otra forma. No puedo ver más que la belleza en el otro, la pureza, el resplandor de sus vidas y la grandeza de su existencia. Y ella, pionera en muchas cosas, merecía ser abrazada desde el más absoluto agradecimiento.

Al salir del café, tras el té de canela y la paz de sentirme liviano, seguí caminando como lo hacía María Luisa en el poema de Oliverio Girondo: «¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres… ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”

Sí volaba, y volando le escribía a una vieja amiga: “no te juzgues por tus fallos… abrázalos con el mismo amor que haces con tus éxitos… al fin y al cabo, de eso nos componemos, de luz y oscuridad… Pero más allá de eso estamos nosotros brillando en nuestra quietud y nuestro propósito interior… Cuando buscamos esa llama, esa luz… perdemos por el camino muchas, muchas, muchas cosas… pero ganamos una cosa irrenunciable, nos ganamos a nosotros mismos, nuestra libertad y nuestra vida… Eso no tiene precio… Todos tenemos días malos, meses malos, años peores… No importa, lo importante es nuestra actitud ante esos retos… y la transformación inevitable ante los mismos”…

Así pasé el día, volando, como si la ingravidez me llevara de un lado a otro y el mundo se hubiera vuelto un trozo de mantequilla por el que flotaba y resbalaba sin caerme, como me ocurrió en la calle Alcalá y en la calle Mayor, que por dos veces, a pesar de la sal, creí caer al suelo, pero una mano invisible me elevó aún dos palmos más lejos. Y la culpa de todo un susurro, o quizás la invisible presencia del halo mágico. Ya nada importa, más que vivir flotando.

Entre lo ordinario y lo extraordinario


ZulitoHe salido al chino a comprar un poco de leche de soja y galletas, ya que mañana tengo invitado y no quiero que se vaya de aquí sin al menos haber degustado uno de mis platos favoritos. Había un ambiente increíble en la calle. La gente paseando, los novios enamorados mirándose coquetos a los ojos, los amigos de risas, las amigas perfilándose para estar guapas… Hasta la china que me ha vendido las galletas lucía una increíble y entrañable sonrisa.

A mí me tocaba trabajar un poco más porque si bien los meses de enero suelen ser bastante tranquilos, no sé que ha pasado este año que lo hemos empezado con mucho, mucho, mucho trabajo. Es bueno porque nos permitirá ingresar algo de dinero extra que no teníamos previsto, así que bienvenido sea el trabajo. Además tengo que hacer triple jornada pues en el mes de marzo, parece que está confirmado el viaje de Kili-Kili & Kolo-Kolo a El Salvador y a la vuelta estaré diez días de retiro vipassana en un asrham de Ávila. Supongo que esas serán mis vacaciones de este año, que como siempre intentamos que sean solidarias. Así que se presenta un mes de marzo muy agitado, pero seguro que tiene algún porqué. La primavera estará cerca, habrán pasado ya los seis meses de abstinencia obligada desde la última ruptura emocional y empezarán las puertas a abrirse a lo grande. Al menos por mi parte estaré receptivo y estimulado para lo que tenga que venir, si es que tiene que llegar algo. Antes no, pero ahora sí que estoy convencido de que es mejor poder compartir vida con una pareja y a poder ser con una familia. En el plano profesional y existencial ya me siento plenamente satisfecho y autorrealizado. No sin embargo en ese otro plano el cual no termino de encajar.

Sea como sea, esta soledad eremítica de retiro en el zulito me está sentando muy bien. Aquí hay mucho silencio, no hay un exceso de estímulos exteriores cosa que permite cierta concentración en la vida ordinaria y cierto orden en la vida extraordinaria. El aire de este lugar ya se está contagiando de cierta atmósfera agradable y eso posibilita que todos los centros se activen de forma hermosa y armónica.

Hoy ha sido una tarde bonita de trabajo. Digo bonita porque he podido compartir con una amiga la creación de la portada de la segunda edición de “Creando Utopías”. Ella me ha facilitado una fotografía de su cosecha extraordinaria y juntos hemos organizado la información de la portada hasta lograr un resultado exquisito. Todo eso con el atlántico de por medio y más de siete mil kilómetros de distancia. La magia de internet. En la foto que acompaño se puede apreciar algo de la portada. Estoy convencido de que os gustará el resultado. Así que sigo trabajando hasta bien entrada la medianoche… Mientras, vosotros, mirad a vuestras parejas coquetos y enamorados, ir a dar un paseo al cine y quedad con los amigos para dar un alegre paseo. Es viernes y ahí fuera hay mucha vida. La interior, siempre podrá esperar.

Estrellas de Oriente


Estrell-de-Oriente

“Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos con dones a adorar al Señor”. (Mateo 2, 2).

Ha sido una mañana profana pasada por limpieza profunda, guisos de patatas con exquisitas verduras y algunas cosas más. Todo esto tras una noche larga donde navegué por tierras incognitas, acompañado por la presencia invisible de un bello lago azul plagado de mariposas gigantes y la flauta acompasada de alguien que tocaba en la otra orilla, y una mañana también larga que pasé repasando los Presupuestos Generales del Estado para el 2013. El libro rojo, el libro azul, el libro gris, el amarillo… Así punto por punto, intentado comprender el caos que el propio Estado tiene sobre sus pies de barro. Mis conclusiones, más de científico social que de economista experto en materia de presupuestos no podían ser más catastróficas. Una parte importante, con un incremento de más de un treinta por ciento con respecto al presupuesto anterior lo vamos a dedicar a pagar deuda. ¿Cómo lo haremos? Supongo que con más deuda y así hasta el infinito o hasta que alguien valiente diga basta. Casi todas las partidas han sido recortadas, excepto esta y alguna más, que ha aumentado significativamente. ¿Qué conclusiones podemos sacar? Sin duda conclusiones espeluznantes que me hacen pensar que no estamos haciendo bien las cosas como conjunto. Pero hablaré con calma en otro momento porque la cosa tiene mucha miga. Intentaré “adorar” las cosas buenas de la vida, y las otras, habrá que pensar con mucha calma como podemos mejorarlas.

Lo de «adorar» viene porque acabo de llegar de la misa extraordinaria por el rito tridentino en latín, donde los católicos celebraban hoy la epifanía. Hacerlo en latín ha sido hermoso, diferente y curioso. Las palabras del sacerdote también han tenido su propia magia, quizás por la solemnidad con las que exclamaba la necesidad de adorar al Señor, representante simbólico de la luz que habita en nosotros y en el mundo. Para ellos, adorar es “amar hasta el extremo”, y me ha gustado la explicación sobre la necesidad de ese amor: ese estado espiritual contemplativo en el que el espíritu del hombre se sobrecoge maravillado estableciendo una comunión íntima con Dios.

Momentos antes había paseado con el amigo J. viendo una peculiar película en el cine. En cierta forma esa también era una forma silenciosa de adoración, esta vez a un hombre bueno que ha querido compartir unas horas con este peregrino. Adorar la vida en sus múltiples manifestaciones, con esa habilidad de gozo y reconocimiento en todo lo que acontece, es un buen bálsamo para el alma, una aplicación práctica que nos ayuda a reconocer la estrella de Oriente, seguirla y arrodillarnos, seamos pastores o reyes, ante la majestuosidad de su presencia: “surge, illuminare, quia venit lumen tuum”.

Sin duda, un día diferente, como casi todos, donde es hermoso pararse para maravillarnos de todo cuanto nos rodea. Le decía a J. ante el café y mientras repasábamos la estrategia para intentar vender un hermoso bosque africano, que no me siento mal a pesar de la oscuridad de esta diminuta cueva. Jesús nació en un humilde pesebre y ya hemos visto la que lió. Por lo tanto hay que estar agradecidos a lo que la vida nos pone por delante, porque seguro que encierra alguna enseñanza que afrontar. Así que gracias a la vida, que me ha dado tanto, también hoy.

La sonrisa del bosque: regalo de magos


la foto

«No permitas que tus heridas te transformen en lo que no eres» (P. Coelho).

‎»No amo menos al hombre, sino mas a la naturaleza» (Lord Byron).

(Intromisión: Siempre hay un lenguaje oculto en todas las cosas. Y si te deslizas atento por la vida puedes descubrir los misterios de dicho lenguaje. Hoy quería deslizarme mientras el bosque hablaba su propia lengua).

Si dejas deslizar la bicicleta por la calle del Pez atravesando San Bernardo y la Plaza España puedes llegar hasta un lugar encantado sin pedalear ni una sola vez y en menos de cinco minutos. Madrid hechiza por esas cosas. Y hoy, mientras todo el mundo se afanaba buscando regalos y cosas, yo quería darme un homenaje y autoregalarme un paseo por la Casa de Campo, antiguo lugar frecuentado por reyes y nobleza y ahora de patrimonio comunal.

El paseo, casi infinito por bosques y bajos montes me ha sorprendido. ¿Estar en un denso bosque a menos de cinco minutos del mismo corazón de Madrid? Había ido alguna vez a la Casa de Campo, pero siempre en coche y al típico lago donde van todas las parejas enamoradas (o no) a contar sus cosas. Así que ha sido un descubrimiento grato ver como ese trozo de inmenso verde se mostraba generoso con el despistado aventurero que abrazaba con la mirada a cada árbol y a cada trozo de vida que allí brotaba.

Mientras el frío viento de invierno redoblaba mis canillas, observaba todo cuanto me rodeaba. Había gente paseando a pesar del frío. Algunos con sus perros, otros almas solitarias, pensantes, introvertidas, una anciana mujer de profunda mirada que se detuvo para saludarme con una sonrisa inolvidable, otros pegados a la telepantalla de sus móviles, obviando toda la maravilla del bosque, no solo del visible, sino también de ese otro bosque invisible que se alza con sus raíces hasta la infinitud de la tierra húmeda. Ignoran el calor que brota de la tierra y el aliento que brota de las ramas secas. No pueden ver al asustadizo conejillo ni a ese pájaro pernoctante que atraviesa silencioso por sobre sus cabezas. Pero no importaba, para mí también formaban parte del paisaje, y amaba por igual sus vidas.

Y luego el sol, que en invierno parece tímido, limitado, taciturno, y eso nos permite mirarlo más fijamente, con menos aprensión, con más candidez. Dibujaba sonrisas con sus sombras aladas, y bellas canciones mecidas por el viento viajero. Había tanta vida, que tras pasar el umbral de la primera media hora terrible en bici, esa que es la que rompe con la barrera de la oxidación y la pereza, parecía ser uno con el bosque. Un bosque animado, lleno de alma, porque el alma no es otra cosa que aquello que mece en su profundidad todo el sentido de la existencia. Y tenía sentido que la tarde de magos (lo de reyes lo dejo para los monárquicos), un hombre solo, cargado de ignorancia pero lleno de  atrevimiento y respeto por todo lo que veía y sentía, quisiera abrazar al bosque. Ese fue mi regalo y mi entrega, y ese fue el don que la naturaleza quiso ofrecer.

Pd. Cuando mañana me pregunten qué me han regalado los reyes magos, diré: un bosque.

(Foto: en una parte del paseo, al fondo, divisé unas inconexas letras. Cuando me acerqué me sonrieron y me sentí feliz por el hallazgo. La palabra sigue siendo generosa, incluso en esos recovecos de perdida memoria. Menudo regalazo de reyes).

La primera cena


la foto

En la primera cena en el “zulito” éramos tres, Carlitos, Le Petit Editor y un servidor. De menú, unos modestos espaguetis con cebolla, champiñones, algo de pimienta, sal, orégano y crema de nata. Mientras cenábamos veíamos la película “24 Hour Party People”. Disfrutábamos con los paralelismos de la película con nuestra loca historia personal, cambiando la discográfica Factory Records por la editora senequista que tantas historias y anécdotas nos ha ofrecido en estos locos años.

La mañana sirvió para hacer esas cosas de la efímera existencia como colocar los últimos libros en las estanterías y limpiar lo que queda aún por ordenar. Dimos un paseo por la castiza Madrid y terminamos en una gran librería comprando libros. Ese ha sido mi regalo de Navidad,  dos libros de Umberto Eco, “El péndulo de Foucault” y “El nombre de la rosa”, libros que tengo enterrados en algún lugar de mi perdida biblioteca y que he querido recuperar para releer en estos días de fiesta.

Tras la cena, hemos dado un paseo por Malasaña, hemos entrado en un bar de copas y nos hemos pedido un colacao caliente, por eso de dar espectáculo. Hablábamos de cómo se ve la vida a nuestros cuarenta años. Y es complicado hacer ningún balance, ya no sobre el pasado o el presente, sino ante el reto de afrontar el futuro incierto. No tenemos miedo, claro que no, sí inquietud. Así que nos lanzamos al vacío de la inquietud y la incertidumbre a la espera de ver qué nos depara el destino. Algo es evidente: debemos afrontar nuestra parte en el trabajo colectivo y fomentar la noble promesa de la generosidad.

Es el Destino el que decidirá


la foto

«Y recuerda aquéllo que está escrito
Amar al semejante es mirar de frente a Dios» (Los Miserables).

Por la mañana habíamos quedado en la M50, en alguna salida de Majadahonda. Iban a un retiro Vipassana en la provincia de Toledo. Vipassana es una de las técnicas de meditación más antiguas de la India. Significa textualmente ver las cosas tal y como son en realidad. Una tarea difícil a la que se enfrentarán durante diez días de absoluto silencio. En el coche venía Alma, su hermosa hija de dieciséis años, futura promesa de las letras si le pone voluntad al arte que ya lleva impreso. Se quedaría tres días en casa para hablar de libros y literatura y guiarla en la senda de lo posible en el difícil mundo de la escritura. Me acompañó, aprovechando el viaje, a comprar una estantería y algunos enseres para la cocina en el Ikea de Alcorcón. A la vuelta fuimos a comer pizza a la plaza de San Idelfonso esquina con Don Felipe, donde hace años la bella Belén me desveló “La Vita E Bella”, uno de los mejores lugares de Madrid donde se puede degustar a bajo precio una excelente pizza.

Luego trabajamos un poco en su libro, tomando notas de aquí para allá, leyendo y releyendo, buscando ideas y promesas futuras. La escritura hay que trabajarla aunque se tenga arte. Hay que leer mucho y escuchar mucho, estar atento a todo lo que pasa a nuestro alrededor, que junto a nuestra fantasía, siempre serán fuentes de inspiración. Por eso hay que enfrentarse a la escritura con voluntad, con humildad, respeto y atención, mucha atención. He conocido a grandes escritores que por carecer de voluntad han fracasado en el intento de llegar a alguna parte. Escribí mucho sobre ellos en una serie que llamé “la escritura del No”, título inspirado a su vez por estudiosos del “síndrome de Bartleby”, como lo llamó el autor catalán Vila Matas. Incluso en Séneca teníamos una sección con este título del que más tarde editamos un pequeño libro con relatos de personas que luchaban contra este síndrome.

A Alma le entusiasmaba la idea de conocer a Suzanne Powell, así que le propusimos  ir al cine junto a su hija Joanna y fuimos los cuatro a ver la hermosa película de los Miserables. La obra de Víctor Hugo y su musical siguen haciéndome llorar. Los que lleváis algún tiempo leyendo por este lugar algo sabéis de ello porque en alguna ocasión escribí sobre mi especial relación con dicha obra. Así que pasamos una tarde agradable de nuevo en Majadahonda, cerrando un círculo, otro más de los tantos que se abren diariamente. Como decía una de las canciones de los Miserables, un día más, es el destino el que decidirá. Si no habéis visto el músical, os recomiendo que veáis la película, siempre y cuando tengáis ganas de expandir cierta sensibilidad hacia la poesía, la escritura y la increíble obra de Victor Hugo… Sin desperdicio…

Navidad


la foto

«A veces las cosas no son como quisiéramos, pero siempre son como deben de ser» (Siria Grandet).

Hay resortes interiores de pura supervivencia que se reactivan en momentos difíciles o especialmente duros. Esta mañana, mientras pintaba a toda prisa la casa, hubo un momento que paré y miré a mi alrededor. Cuando tienes la mente distraída y no piensas en exceso sino que te dejas llevar por la actividad y la acción muchas veces no ves las cosas. Y en ese momento paré y vi lo que me rodeaba y hubo un instante de auténtica tristeza y desconsuelo. Miré de donde venía en estos últimos años y vi donde había parado y fue un momento duro, muy duro. Pero de repente se reactivaron los resortes interiores, los pilares que llevamos dentro y que nos empujan a seguir en los momentos difíciles, y agarré con fuerza el mango del rodillo de pintura y no paré hasta quedarme sin una gota en el cubo.

Justo en ese instante Carlos llamó por teléfono para invitarme a pasar la tarde junto a su familia, que también es la mía y que habían venido a pasar unos días desde Barcelona a Madrid. Bonita tabla de náufrago.

Eso me alegró porque en cierta forma iba a pasar parte del día de Navidad en familia. Me llené de cierta paz que aproveché para atreverme a abrir una de las cajas donde aún guardo algunos recuerdos y empezar así a decorar tímidamente este lugar. Lo primero que salió de la caja fue esa cuerda con trozos de madera que la buena de Olga nos regaló para decorar la casa de La Sacedilla. Ahí el tiempo se detuvo de nuevo. Suspiré, y rocé los trozos de recuerdos ordenándolos por tacto, por olores, por colores que me devolvían a la paz reconfortable del pasado. Soporté el peso durante unos minutos, mirando de nuevo a mi alrededor, en esa tarea difícil de tener que crear un “hogar” sin “chimenea”, sin calor humano, sin compañía a la que abrazar y compartir esos instantes. Por suerte hay huecos en el corazón que te hacen comprender que la vida a veces tiene estas cosas, y que por más que nos empeñemos, resulta necesario vivir estas experiencias para aprovechar luego los momentos buenos con mayor intensidad.

Hoy comí por primera vez en casa. Unas alubias precocinadas. Sólo había que meterlas en el microondas dos minutos y ya está. Todo un regalo. Tras el banquete, y aún desaliñado por la pintura, he salido al bazar del chino, del cual ya me he hecho amigo. He sentido cierta libertad al salir en chanclas, con la cara llena de manchas blancas y el pelo multicolor, brillante, radiante y vaciado de complejos ante la lluvia que caía. El chino está contento porque en estos días ha hecho mucha más caja gracias a mis necesidades eremíticas. Hoy solo he comprado una fregona para empezar a limpiar este gallinero. Luego me he levado un poco y he ido a visitar cerca de la plaza Legazpi a mi otra familia. Ha sido hermoso ese calor, y creo que hasta necesario. Tras una tarde agradable recordando viejos tiempos, sobre todo viejos tiempos mejores, he vuelto desde Legazpi por el Paseo de las Delicias y luego el barrio de las letras hasta casa. Ese aire me ha sentado bien. Pero al llegar, de nuevo me han inundado los recuerdos y he vuelto a tocar la madera de Olga y con ello el inevitable asomo al pasado. Nuevos suspiros, nueva carga de interioridad y nuevos resortes de ánimos que me indican que mañana será otro día.

Hoy es Navidad. Paz y Amor para los hombres y mujeres de buena voluntad… Y también para los otros.

Misa del Gallo


la foto

 

Sorpresa ante el lleno total, aunque la mitad del personal parroquiano fueran filipinos y la otra mitad de casi todas partes. Es lo bonito de las ciudades grandes, puedes encontrar a discípulos y aldeanos de cualquier parte del mundo. Así que el incienso y el sabor a comunidad ha quedado patentado en los labios de los que allí estaban. Eché a faltar el convite final que hacíamos en la parroquia de mi barrio, donde después de misa era tradicional que los parroquianos nos reuniéramos alrededor de una mesa para compartir algunos parabienes. También la música alegre y festiva que en aquella parroquia de barrio alegraba los corazones. Pero no todas las parroquias son iguales, aunque el ritual católico, excesivamente triste en algunos lugares para mi gusto, siga sobreviviendo dos mil años después. En fin, el niño Dios ya ha nacido y ahora hay que descansar. Mañana, los pastorcillos deberán seguir con sus labores, y el nuevo día traerá nuevas y profundas oportunidades…

Blanca Navidad…


la foto

Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”. Evangelio de Lucas 2:1-7

Hoy estaba especialmente contento pues he recibido noticias de una amiga del alma que hacía años que no sabía nada de ella. Nos conocimos en la universidad, y ella me llevó de la mano hacia poetas desconocidos y diálogos infinitos que nos dejaban exhaustos hasta altas horas de la madrugada. Sentíamos verdadera pasión por aquellos encuentros, hasta el punto de que estuvimos a punto de venir a terminar la carrera aquí a Madrid. No pudo ser, por eso, cosas de la vida, me hace especialmente gracia que hoy que emprendía mis primeros días de vida en Madrid, solitario, con la cara llena de pintura blanca y las paredes que van tomando tono poco a poco, haya retomado el contacto.
Así que hoy será una Navidad diferente. Estaré preparado, a cual pastorcillo, para recibir al niño Jesús en esta mi propia cueva, antaño jungla amarillo-verdosa y ahora de luciente e inmaculado blanco. En este pequeño vientre edificado en 1852 en pleno centro de Madrid, oscuro, pero necesario para emprender esta nueva etapa. Como casi todas las Navidades, buscaré alguna iglesia cercana para celebrar la misa del Gallo y así seguir con la tradición cristiana de recibir al niño Dios en comunidad.
Estaré pintando hasta media noche para que la cueva pueda recibir al niño al menos con cierto decoro y decencia. Luego me ducharé, encenderé alguna vela, símbolo de luz que nace en la oscuridad, tomaré algún plátano de cena de noche buena, como hacía antaño, dando gracias humildemente por seguir vivos una vez más, y me marcharé feliz a la misa.
Por eso mi Navidad será blanca, no de nieve, pero sí de pintura, que para los tiempos que corren, es casi lo mismo. Suspiro a veces porque no es como lo había imaginado, al menos no es como había imaginado hace unos meses estas Navidades, pero los suspiros vienen acompañados de fe y esperanza, que junto a la caridad hacia el mundo y hacia uno mismo, es la triada perfecta para estos días, no solo por ser las tres virtudes teologales o sobrenaturales, sino porque además, son las tres columnas que sujetan muchos templos interiores. El mío, que no es excepción, resistirá los terremotos de la incertidumbre.
Así que feliz Noche Buena a todos aquellos que en familia, en solitario o en comunión mística celebran este peculiar y hermoso día de amor ya sea desde la tradición, desde el festejo o desde el más puro sentido espiritual. Os abrazo a todos desde el lazo místico.

Agarrado a las oportunidades


socialdemocracia

«Agarrar una oportunidad significa estar dispuesto a entrar en acción. Estar dispuesto a entrar en acción significa estar dispuesto a asumir un riesgo. Estar dispuesto a asumir un riesgo significa estar dispuesto a adoptar un cambio. Luego OPORTUNIDAD = ACCIÓN + RIESGO = CAMBIO.» Michael Levine

Llueve. Acaban de tocar al timbre y era una amable chica que deseaba venderme unos libros. Me ha preguntado si vivía aquí. Le he dicho que aún no lo sabía, que me acababa de dejar la novia y que este sería un lugar transitorio al que me acababa de instalar. Su mirada compasiva era todo un espejo mientras me preguntaba si me gusta leer. Qué pregunta. Imaginad la cara que ha puesto cuando le he dicho que soy editor. Me hubiera gustado invitarla a un té caliente porque ahí fuera hace frío y la lluvia no acompaña las ventas. Si me hubiera pillado algo más relajado igual le hubiera comprado alguno por eso de apoyar al sector, pero miraba hacia atrás y solo veía cajas y cajas y cajas y más cajas de libros que aún no sé donde voy a recolocar. En la otra casa tenía todo un sótano para almacenarlos. Ahora parece que todo es más limitado a pesar de ser esta una casa amplia.

¿Qué tal mi primer día de soledad en este destierro casi obligado? Pues el ego, la personalidad, se aferra a los recuerdos, a la dependencia sistemática hacia la añoranza de las cosas buenas que dejé atrás. La pérdida tiene estas cosas y es necesario un duelo recurrente.

El alma sin embargo, solo ve oportunidades allí donde el ego solo ve derrotas. Así que me anima desde su dimensión desconocida a seguir adelante, a ver el mundo desde la distancia y la genuina visión de un guerrero. Sin duda, estos cambios darán como resultado un abanico interminable de oportunidades que crearán acciones y nuevos riesgos y nuevos cambios. De momento diciembre se presenta tranquilo, encerrado en este refugio con chimenea y rodeado de libros, muchos libros. De ahí la mezcla extraña entre tristeza y felicidad. La primera venida del ego y la segunda del alma.

Así que conseguiré leña para sentirme victorioso ante el frío, daré paseos por el bosque para sentirme unido al mundo, seguiré leyendo a los clásicos para aprender de su impermanente sabiduría y meditaré sobre los asuntos del mundo para provocar el estímulo apropiado. Cuando pase el frío invierno llegará la primavera y de nuevo el vasto imperio de la oportunidad y la experiencia se abrirá de nuevo ante nosotros. Mientras eso ocurre dejaré que el invisible mundo angelical se manifieste con sus enigmáticos propósitos y sus ritos de invocación y evocación, amortiguando así, espiritualmente, todas las pérdidas ocurridas.

Peregrinando de nuevo


‎»El amor no es una cosa de la mente. Y sólo cuando la mente está de veras quieta y no espera nada, ni pide ni exige, ni busca ni posee, cuando ya no tiene celos ni temor ni ansiedad, cuando la mente está realmente en silencio, sólo entonces es posible el amor» (Krishnamurti)

A principios de años hice quizás la más importante de las mudanzas. Atrás dejaba siete años de intensos esfuerzos por construir y luego mantener la que iba a ser “la casa”, el hogar definitivo, o, tal y como yo lo configuraba en mi psique interior: el cuartel general, por eso de que un peregrino es nómada por naturaleza. La vida quiso que esa casa terminara en manos de la banca por un engaño ocasionado hacía algunos años. Ese engaño bancario obligó a que aceptaran la dación en pago y me quedara sin casa a cambio de la deuda. Hice ese canje con ilusión pues se abría ante mí el reto de formar un nuevo hogar desde lo que parecía una base sólida. Por eso, en esa mudanza no tuve reparo en casi regalar todo, absolutamente todo lo que había en ella.

Unos meses más tarde de esa tragedia, porque abandonar un hogar siempre es trágico, vuelvo a hacer el mismo recorrido. El hogar que tan amorosamente habíamos construido vuelve a abandonarse, esta vez sin ser algo que hubiera ni siquiera imaginado hace unas pocas semanas.

Es evidente que detrás de toda esta nueva tragedia, tan continuada en el tiempo y tan plagada de desapegos casi obligados, se encierra un mensaje. Tendré tiempo, en la soledad del Mediodía, para analizar su contenido y su misterioso afán por verme de nuevo con la mochila a cuestas. Así que nueva mudanza, dejando aquí los bienes del esfuerzo de todos estos meses por imposibilidad de llevarme a ningún sitio todo esto. De nuevo pena y tristeza y de nuevo ganas de encontrar un lugar tranquilo donde esto no vuelva a pasar, porque uno con la edad se hace mayor para estos trotes y solo desea esa tranquilidad mínima para seguir creando. Veremos qué ocurre en los próximos meses, y qué clase de milagros nos aproximan de nuevo al camino.

Así que hoy me despido con pena de esta hermosa Sacedilla que tanto nos ha dado, en agradecimiento al Universo por habernos ofrecido este regalo y haberlo disfrutado durante estos meses. Me despido de sus paredes, pintadas con nuestras propias manos, pero también de su espíritu. Gracias, gracias, gracias, y hasta pronto…

Adelante…


Misión cumplida en Suiza y de nuevo en Madrid tras más de cuatro mil necesarios kilómetros de viaje submarino. Y digo necesarios porque a veces uno entra en trance meditativo cuando circunda el mundo de un lado para otro, buceando en los pareceres de la vida cósmica, esa que se manifiesta en todas las cosas, en todo lo que ocurre.

La vuelta ha sido dura porque ahora sí, y definitivamente, la incertidumbre se abre de nuevo. El reto es volver a caminar en la soledad, buscar un nuevo hogar y hacer una nueva mudanza. Y todo eso en doce días de vértigo… A pesar de la tristeza del momento, llevo ya tiempo mirando al cielo y suplicando ese “hágase tú voluntad, y no la mía”, así que pongo en las manos del destino este nuevo cruce de estrecho.

Atrás queda un año increíble, cargado de enseñanzas, de abrazos sentidos con una mujer excepcional, un año que me ha hecho crecer y vivir con intensidad la relación con la vida. Un año que termina, necesariamente, para que nazca algo nuevo, diferente, cargado también de enseñanzas que nos harán más sabios.

Ahora toca profundizar, sin apegos, en la tristeza necesaria. Toca revivir uno a uno todos los recuerdos para poder liberarnos de ellos. Toca el necesario duelo ante la realidad que se impone. Una vez quemadas todas las naves, ya solo queda seguir navegando, aunque sea con la tabla de náufrago.

¿Dónde ir? De momento empezaré la búsqueda en el centro de Madrid. Paradójicamente, me apetece estar rodeado de gente y de ruido. Vivir la experiencia, después de muchos años de aislamiento, de estar en una gran ciudad. En este atardecer, me apetece bucear en nuevas consignas. No sé… todo vuelve a arrastrarnos a la incertidumbre… Estoy convencido de que eso nos hará más sabios.

Pd.- Si alguien sabe o conoce de algún piso o apartamento en Madrid que no dude en decirlo…

La aventura de no hacer nada


Hoy ha sido un día de lo más tranquilo haciendo promesa aquella intención de intentar no trabajar en fin de semanas, ni festivos, ni más de ocho horas al día. La experiencia ha demostrado que no por más trabajar se vendían más libros, así que he decido relajar mi mente y dedicar algo de tiempo a la creación, es decir, a pensar de forma imaginativa de qué forma lo que se ha convertido en un trabajo vocacional, sea, además, una forma de vida digna.

Pues para promover esa capacidad creadora, hemos puesto las manos en la masa y ha salido un casero, muy casero bizcocho que hemos acompañado con una infusión llegada directamente desde Alemania, con sus hojas secas y cogidas del campo o algún jardín amigo. Hacía muchos años que no me dedicaba a no hacer absolutamente nada, es decir, nada que tuviera que ver con trabajo. Y la verdad es que la sensación ha sido placentera. Tener el ordenador apagado todo el día, no mirar las ventas, ni las facturas pendientes, ni los royalties, ni las maquetas, ni las ilustraciones, ni erratas ni inéditos ni nada de nada. La verdad es que cuando estás acostumbrado a no parar, el no hacer nada te da una perspectiva de la vida diferente.

Tiempos difíciles


Uno de los placeres mundanos de los que más disfruto en otoño es el de perderme por las calles de cualquier gran ciudad y atiborrarme de castañas asadas compradas en esos puestos ambulantes que aún perviven al paso de los tiempos. Eso fue lo que hice ayer con C. en una sesión misógina donde nuestras conversaciones giraron en torno a cuatro grandes temas: la existencia, las mujeres, la política y el trabajo.

  1. La existencia. Nos miramos la edad y pensamos con cierta pesadez que estamos ya en la génesis de la decadencia y de que todo cuanto hagamos a partir de ahora será para apoyar la teoría apocalíptica de que las cosas solo pueden ir a peor. A las últimas estadísticas nos remitíamos: calvicie pronunciada, poca o nula actividad sexual, falta de recursos, ningún tipo de propiedad, un futuro oscuro como el tizón, pertenecientes a una generación perdida y sin esperanza sobre absolutamente nada, tomando un café y recordando los viejos tiempos en los que aún teníamos dinero para ir a chinos baratos, descuajados en lo emocional y aturdidos en lo espiritual… En fin, la lista era deplorable y penosa.
  2. Mujeres. Dado que esta era una conversación aún más penosa que la anterior, mejor la dejamos para tiempos mejores.
  3. Política. Aquí ardimos en pasión y cambiamos el mundo en dos minutos. Recordamos con ello que en los casinos, los abuelos hacen lo mismo mientras juegan al dominó o al mus, así que nada nuevo bajo el sol.
  4. Trabajo. Él se quejaba de que en pleno siglo XXI aún habían sectores que te hacían trabajar entre doce y dieciséis horas diarias, como en su sector. Y que además es legal y está regulado. Yo me quejaba de que como empresario o emprendedor (en este punto hubo discusión), aunque trabaje doce o dieciséis horas no gano ni la mitad de lo que él gana, y eso que él gana una miseria. Es decir, el trabajo empresarial hoy día es lo comido por lo servido, si es que no entras en un desequilibrio contable por una mala previsión o el pinchazo de algún cliente y todo se va al garete en cuestión de segundos. En resumen, un desastre sin apoyos  y sin ánimos circundantes.

Así que viendo el panorama, terminamos comiendo castañas y viendo el espectáculo de un graciosísimo payaso que había en la calle y que nos sacó alguna carcajada. Nos faltó ir a alguna concurrida plaza para darle de comer a las palomas, pero ni para eso teníamos. Tiempos difíciles la de nuestra generación, tiempos difíciles. Por cierto, aprovechando el tedio y el frío de la tarde entrevistamos a dos personas de diferentes sectores. El primero fue un hindú que regentaba un pequeño local de alimentación y donde compramos una pasta de chocolate buenísima por un euro. Se quejaba de que todo iba a peor y de que no sabía como mantener el negocio en los tiempos que corren.  Que la gente hacía mucho menos fiestas y por lo tanto ya no compraba tanto alcohol. Luego visitamos a un librero en el barrio de Chueca donde nos dio una gran lección de ilusión. “No gano nada con los libros desde que puse la librería, pero estoy haciendo lo que más quiero y eso me hace feliz”. Su felicidad fue tan contagiosa que la tarde terminó con final feliz. El remate del payaso en frente de la Almudena fue la guinda.