Transito solar


 

Hoy el sol está en Tauro. Hace unas horas que volví a nacer astrológicamente. Siempre, por tradición, solía desaparecer estos días en alguna montaña o monasterio. Era una especie de retiro exterior para analizar todo lo ocurrido en lo interior. Este año es diferente. No existe un retiro exterior, pero sí un retiro interior para analizar lo exterior. Se han invertido los términos tras un año increíble de hermosas experiencias. ¿Qué deparará el próximo año? Veremos… pero sin duda no nos dejará indiferentes… Como siempre…

 

Cosas del devenir


Hoy hicimos un bonito paseo por el Monte del Pilar, muy cerca de Madrid, en Majadahonda. J. vive muy cerca de ese lugar y estuvimos paseando casi durante cuatro horas entre pinares y verde. Me vino bien el paseo para despedirme del año solar, pero sobre todo para compartir inquietudes con J. sobre la vida material, la vida del alma y la vida del espíritu. Terminamos descalzos en su hermoso jardín, bebiendo un refresco de cola ecológica y terminando la charla con una pequeña meditación.

 

Desde allí, me fui corriendo a la reunión que teníamos en la FC. Allí estaban MC y el resto de patronos. Hablamos de estrategias y de futuros, de elecciones y de proyectos. Un reto importante para el próximo año que deberá remover el panorama de la sociedad civil… Veremos qué ocurre…

 

Por la tarde tuve un desagradable recuerdo mientras paseaba por las calles de Madrid. Recordé la historia que un amigo me había contado con respecto a una experiencia que le había ocurrido en un hotel. Una amiga, de visita en la ciudad, le invitó a subir a su habitación. Empezó a flirtear con mi amigo y cuando ya iban a empezar a tener relaciones, le llamó la pareja de la chica. Ella, ni corta ni perezosa, empezó a disimular ante los dos. “Cariño, todo bien, estoy fenomenal, echándote de menos, te quiero mucho”, le decía la mujer a su pareja mientras miraba sensualmente al atónito de mi amigo. Éste, que no soporta la mentira y el engaño, se marchó sin mediar palabra. Recordé la situación mientras ayer una amiga me engañaba en una estupidez. Quizás fue un engaño piadoso, un engaño sin importancia, pero al fin y al cabo, una mentira. Y cuando eso ocurre, cuando siento que alguien me engaña, la confianza desaparece y el sentido de comunión y amistad queda herido. La decepción es enorme y cuesta mucho recuperar el ánimo. En fin, espero que con el tiempo todo quede en anécdota…

 

Viaje a la Alcarria


La complejidad de ser editor se manifiesta sobre todo a la hora de administrar y gestionar en muchas ocasiones las frustraciones de autores que no vieron cumplidas sus expectativas. Hoy ha sido un día de reproches de algunos de ellos, incluso en algunas ocasiones hasta de insultos debido a las pocas ventas de sus libros. La verdad es que este tipo de “agradecimientos” a veces desaniman. Apostar por autores noveles a veces es grato, porque he conocido a muchos que no han parado de agradecer todo lo que esta editorial ha hecho por ellos. Pero luego hay otros cuantos que piensan que les engañamos, que les estafamos o que les mentimos cuando decimos tristemente para nosotros que no han vendido lo que esperábamos. Además, esto repercute negativamente en nuestra inversión, la cual, resulta, además, perdida. En fin… supongo que serán los gajes del oficio.

El día tuvo sus agridulces con respecto al mundo editorial, pero como en algunas partes aún era festivo, aprovechamos para dar un paseo por la Alcarria conquense. Fuimos a un lugar recóndito donde solía pasar algunos veranos y donde descubrí hace muchos años una veta llena de fósiles coralinos. Al principio no recordaba el sitio, confundiendo una veta con otra, pero luego encontramos el lugar y pudimos llenar una bolsa de pequeños corales fosilizados. Fue emocionante y grato y ayudó para despejar la mente.

Ahora seguiré respondiendo mails ingratos intentando explicar que nuestra editorial no juega con las ventas ni engaña a sus autores. Lo haré mientras recuerdo los hallazgos del día de hoy. Ojalá sigamos hallando autores nobles que enriquezcan el mundo cultural y literario.

 

Paisajes de una tarde de primavera


Suena fado. Llueve. De aquí a unas horas, dado que no podremos ir a ver las procesiones, vendrán unos amigos a comer ensalada y pasta. Entre caballos y diosas, caerá la noche. La tierra mojada, olores intensos, el verde, las flores, algún jilguero despistado, recostado sobre algún nido en el pequeño olivar de una docena de árboles, no más. La roca húmeda, ahora ya sin lagartijas, pero plagada de caracolillos que emulan el deambular de la vida en todo tipo de condiciones. Fincas que se remojan con el agua, espantando a las madrigueras los animalillos del bosque. En frente puedo ver dos de ellas, Nublos, con tantos recuerdos de la infancia, y San Bernardo, donde está insertada esta casa de estilo racionalista, blanca, extraña con sus grandes ventanales y la presencia de luz, más luz, mucha luz. La manta que cubre nuestros cuerpos porque hace algo de frío. La luz del sur atenuada por el gris de las nubes que pasan ligeras tiradas por los anemois, los dioses del viento: Bóreas, Noto, Céfiro y Euro en sus respectivos puntos cardinales. La suavidad del tacto, la complicidad de la tarde, y de las miradas, con su azul intenso y su fresca brisa de sueños órficos. El presente condensado en un aliento. Recordando la conspiración de acuario y los quehaceres del propósito, el propósito que los maestros conocen y sirven. Los paisajes también pueden ser una llama. Nuestras pequeñas voluntades deambulan sin mayor objetivo que el de vivir. Ayer, el camarero del Parador de Carmona se negó a servirnos un café. No fue una negación tácita, sino implícita en su mirada. Esas miradas destruyen un paisaje, son capaces de alterar el orden de cualquier hermoso paisaje, como el que se contemplaba desde ese increíble lugar. No le dimos importancia porque ya empezaba a hacer frío en la terraza. Por eso hay que tener cuidado con los detalles. Porque cualquier mirada o gesto es capaz de reventar la humedad de las piedras, el paseo de los caracolillos y el romanticismo de una tarde de primavera. Por suerte, hoy no es el caso, y todo transcurre con cierta tranquilidad y paz. Una paz a la que no me acostumbro a pesar de que a veces, es justa y necesaria.

 

De nuevo en el camino


 

Cuando miras a tus seres queridos a los ojos parece como si cierta paz te embargara, como si cierta tranquilidad de ver que están bien y de poder sentirlos cerca, tocarlos, abrazarlos, pudiera calmar todas las angustias del alma. Han sido dos semanas lejos, pero hoy, tras cinco horas de viaje, parece que la cercanía hacia los mundos amados resuelven todas las pruebas del laberinto… El mes de abril, bendito mes de abril, aguarda más experiencias, más encuentros, más vida de la que se puede abarcar… Veremos qué ocurre…

 

Lánzate al recto cumplimiento de la acción


Esta mañana, mientras entregaba un paquete con el disco duro estropeado en el Parque de las Naciones me ha llamado entusiasmado C. Teóricamente se volvía a Barcelona tras el fracaso de no encontrar trabajo en Madrid. Hablé con él la semana pasada y a mi pregunta de qué iba a hacer, respondió lo más sabio que podía responder ante las circunstancias: dejarme fluir. Y eso hizo. Dejarse fluir, y fue así cuando el universo empezó a conspirar. Y al día siguiente, justo un día antes de marcharse a Barcelona, le llamaron para un trabajo. Empieza esta misma semana a trabajar, así que tenemos a C. en Madrid de nuevo… Y es que a veces, cuando llegamos al límite de una situación, cuando realmente ya no puedes seguir porque te falta aliento, algo ocurre, y a veces, algo milagroso. Eso me pasó el sábado. Estaba totalmente derrotado, abatido, rendido ante las evidencias, cansado. Pensaba abandonar el barco y volver a mi madriguera. No tenía fuerzas para seguir en una batalla que me resultaba excesiva. Pero algo ocurrió esa noche. Pensé que el camino fácil es abandonar incluso en los momentos más difíciles. Dejarlo todo y rendirse, huir a la deriva del infortunio. Pero luego pensé que cuando algo realmente te importa hay que luchar hasta el final. Recordé las palabras de A.: “tienes que ser fuerte”. No había entendido a qué se refería hasta esa misma noche de insomnio. Tres meses diciéndole eso mismo a C., y sólo lo comprendí para mí cuando estaba exhausto, sin fuerzas, derrotado. Así que de nuevo en la lucha, batallando hasta la victoria siempre… Con fuerzas renovadas y aliento retomado. No hay otro camino cuando sientes dentro de ti, en lo más sincero de tu corazón, aquello que deseas. Escribía esto y recordaba el bonito verso que anima a la batalla:

“Así, mata con la espada del conocimiento la duda nacida de la ignorancia y arraigada en tu corazón, y lánzate al recto cumplimiento de la acción. ¡Levántate, invicto guerrero, levántate!” Bhagavad Gita 4:42

 

La importancia de un abrazo


Me pregunto como pueden sobrevivir las personas que no tienen la posibilidad de abrazar a otro. El movimiento “single” surgió como moda no hace mucho, pero fue la moda de la generación frustrada, esa que no supo mantener una relación y ante eso de abrazar un muro, pues mejor estar solo. Lo cierto es que solo se está muy bien, uno es independiente, tiene la capacidad de autogestionar su tiempo y su vida sin dar un exceso de explicaciones… Pero creo que la sensación final es de frustración por no poder estar con otro, por no poder abrazar a otro, por no poder amar a otro en ese compromiso de compartir una vida en común. No hay nada más horrible que volver a casa y no tener a quien abrazar, a quien amar, con quien bromear sobre las cosas de la vida. Aunque a veces puedo entender esa frustración, porque lo peor de todo sería volver a casa y que la persona que te espera ni te mira a los ojos, ni te abraza y las únicas palabras que tiene para ti son esas de “tengo muchas cosas que hacer”. Si esa es la sensación, la verdad es que es mejor estar solo que mal acompañado… Aunque lo mejor de todo, es estar con alguien que te quiere, te respeta, te ama y te abraza con intensidad diez cada vez que te ve… No olvidemos hoy abrazar a la persona que tengamos al lado… Y si somos un “single”, pues entonces no olvidemos buscar en la esperanza la posibilidad de ese abrazo…

 

Amanece que no es poco


Seis y media de la mañana. Aún es de noche. Siguen los gestos de generosidad en el mundo. También en mi mundo, por lo que desde aquí os mando un guiño a todos los que empujáis a Séneca. Ayer una hora hablando con C. Se retira de Madrid. Tres meses buscando trabajo y sin encontrar nada. Si en Madrid no hay trabajo es que la cosa está mal, muy mal. Así que nos apretamos aún más lo cinturones por lo que pueda venir y seguimos con la promesa de sobrevivir a la intemperie y el infortunio. Pero sin negatividad, sin rencor… sólo con ánimo de seguir adelante, y de seguir luchando por lo que creemos, por lo que nos importa. Mientras, nuevos conflictos, ahora en Costa de Marfil. Y el gobierno nipón, tras semanas de catástrofe, se plantea nacionalizar la empresa propietaria de la central nuclear. Creo que la decisión llega tarde y mal. Creo que el problema nuclear, porque lo es, no debería estar en manos de empresas privadas. Es algo muy serio y sin control. En fin… espero que disfrutéis de un buen fin de semana… Seguiremos adelante… seguiremos viviendo… Pronto saldrá el sol… Amanece que no es poco…

Magna Mater


Tres de la tarde. Unos 25 grados aquí en el sur, en Sierra Morena cordobesa, Andalucía, España. Los pájaros cantan sin parar y toda clase de animales chocan contra las grandes ventanas de mi salón. Compagino el editar libros con incursiones en las utopías para la tesis. De vez en cuando salgo al jardín y me dejo bañar por estos rayos magníficos de sol primaveral. Esta mañana fui a comprar un nuevo frigorífico. El anterior, que estaba nuevo, reventó como el lagarto de Jaén por culpa de una avería eléctrica. El seguro pagó algo, no mucho. Y aún escucho las goteras que el «Cara Chancho» no ha sabido/podido arreglar. Estuvo una hora trabajando y desapareció. Suele hacerlo, pero a veces vuelve tras tres litros de cerveza. El sonido del goteo es como una comparsa que se entremezcla con el berrido de los pájaros, el croar de las ranas y el frescor del viento que sopla. Más allá de esos sonidos, todo está en calma y silencio. Me siento refugiado, o diría que exiliado en una especie de limbo donde todo lo que ocurre forma parte de un paisaje primaveral ajeno a mí. Resulta difícil reubicarte cuando la carta de navegación parece rota por un costado. El norte, el gran norte, siempre aparece claro bajo las estrellas. Pero las cotas de altitud y profundidad son difíciles de prever si la carta está incompleta…

La semana que viene habrá un retiro en mi casa. Vendrán unas treinta o cuarenta personas a meditar durante tres días, en silencio, en una especie de burbuja que servirá para dotarlos de fuerza y valor. Tendré que limpiar el jardín y hacer algunas camas para acogerlos como es debido. Como no he sido invitado a ninguna de las dos fiestas, ni a la de aquí ni a la de allí, quizás desaparezca por alguna parte, en alguno de esos viajes épicos que tanto me gustan.  ¿A dónde ir? Quién sabe…

Miraba por la ventana como el viento derramaba el polen de los árboles por todo el jardín. Me acordaba de los poemas épicos de Homero, sobre todo de los cantos a la diosa de la madre Tierra, a Cibeles, o Gea o Rea, tanto monta. Lo cierto es que la primavera está cargada de esplendor. Lo pude ver ayer cuando hice un pequeño viaje por la campiña a media tarde. Parece como si este año estuviera rebosante de verde florido, de olores que te transportan a los confines de la imaginación. Todo está fértil, con ganas de co-crear, con ganas de preñar de vida cuanto existe. La Magna Mater quiere abrazar a sus hijos dotándolos de la oportunidad de ser copartícipes con la creación. Quisiera ser ahora Atis, el consorte de la madre Tierra y personaje de la novela Alexandra. Quisiera ser creador, dios, fortaleza viviente y siervo andante de la madre naturaleza. Hoy el cielo celeste aguarda mientras el viento sigue barriendo las semillas del futuro… Pero… ¿qué futuro? Esa es la fuerza del desamparo… El futuro no existe más que en la mente de los hombres… Hoy solo tengo el berrido de los pájaros, el goteo, el olor a azahar que entra por la ventana y el bocadillo de pan con chocolate que merendaré de aquí a un rato si todo va bien… Más tarde quizás vuelva el Cara Chancho… sólo quizás…

 

Desde La Montaña…


Hoy ha sido uno de esos días en los que mejor no levantarse. Goteras en la casa, accidente de coche, rotura del disco duro donde tenía media vida almacenada… En fin… para qué contar penas si para penas, las del mundo… Así que aquí estoy, más solo que la una, escuchando de fondo, como única compañía y música celestial, el sonido del lavavajillas. Tras un largo paseo por la Montaña intentando organizar el cúmulo de desgracias que pueden producirse en tan sólo un instante, pero intentando pensar que aún podría haber sido peor y que según la ley de Murphy, mejor me quedo quieto porque las cosas aún pueden empeorar. Porque el accidente, al fin y al cabo no ha sido grave excepto rotura de parachoques y otros desaliños. Lo de la pérdida de toda la información de la empresa, de la tesis y todo lo demás que ya ni recuerdo, tampoco es tan grave cuando ya has pasado más de una vez por ese trance y miras con egoísmo las desgracias que ocurren en el mundo donde todo lo pierden…

Recuerdo que a finales de agosto tuve unas semanas parecidas. Algo iba mal en lo interior y se plasmó en lo exterior. Quizás ahora ocurra lo mismo. Pero la experiencia pasada sirve para tomarme las cosas con más calma, y saber que detrás de cada bache siempre viene un cúmulo de situaciones milagrosas. Así que intentaré sortear de la mejor manera estas circunstancias y esperar a que el milagro ocurra. Al menos me quedaré con el consuelo y la compañía de esta bella frase de Beethoven:

“¡Actúa en vez de suplicar! ¡Sacrifícate sin esperanza de gloria ni recompensa! Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Sólo así podrá cumplirse tu peculiar destino.”

 

Palacio de Cristal


Hoy ha sido un día intenso. La verdad es que llevo una semana intensa. Como si de repente hubiera aceptado mi vivencia en Madrid tras más de dos meses en esta ciudad y me hubiera conectado a su energía. Y así ando, con ropas diferentes, con gente diferente, de reuniones a todas horas y en todas partes. Hoy han sido tres encuentros. El primero por la mañana temprano con C., con el que he tomado un té y hemos hablado de nuevo de la situación económica con los nuevos y preocupantes datos del paro. De nuevo he intentado mostrarme positivo y optimista. No queda otro remedio.

Más tarde he quedado con G., una autora de Lleida que ha venido con su hija M. expresamente para mantener un encuentro con Joana Bonet, la directora de la revista Marie Claire. Llegué algo tarde y ya me esperaban las tres en las oficinas centrales de la revista. Joana, además de periodista y directora de la revista es una excelente escritora y muy buena persona. G. está emocionada con su libro, la verdad bastante bueno y con muchas ganas de editar. A ver si lo conseguimos antes de abril si todo va bien. Es tan emocionante cada proyecto, cada nueva edición…

Tras este encuentro, he dado un agradable paseo con LV por el Retiro. Hemos tratado temas diversos, también de la editorial. Vamos a ver si los nuevos proyectos salen adelante. Tengo muchas ganas de seguir luchando, a pesar de que a estas horas de la noche me siento totalmente cansado y con ganas de ir a la cama…

Han pasado otras cosas importantes con amigos importantes que deberé reflexionar… A veces ocurren hechos que no sabemos como sopesar. Pensaba mucho en J. y sus decisiones. Mientras paseábamos por el Retiro con LV había una pieza en exposición de Jessica Stockholder de la colección “Atisbar para ver” en el Palacio de Cristal. Me ha gustado el título, tan inspirador, y una frase suya: “el conocimiento de que hemos inventado nuestro mundo no borra la posibilidad de que podamos creer en él”. Pensaba en J. y en la frase, y veía qué hermoso resulta creer en lo que creamos, amar lo que hacemos, verter nuestro afán en todo aquello en lo que participamos. En estos momentos difíciles, de crisis que parece no terminar nunca, debemos creer en nosotros mismos, en nuestro mundo, en la gente que amamos, en todo lo que participa de la realidad que hemos creado… Y sobre todo, creer en la esperanza…

 

De vuelta a…


Hemos vuelto tranquilos a Madrid. Hacía tan buen día en el sur que daba pereza desengañarse de su clima, de sus gentes, de su tierra. Tuvimos tiempo de pasear algo por la ciudad mora, la ciudad judía, la ciudad cristiana… Se respiraba un aire limpio entre juderías y patios, entre calles blancas y plazas rebosantes. Siempre me ha enamorado el concepto de plaza. Sentarte en algún banco esperando que pase alguien para interrogarme por su camino, por sus vivencias, por su pasado y su presente y su futuro.

Estuvimos en el lugar donde nos conocimos. Fue en mayo de hace ahora casi un año. El reflejo de aquel momento derivó en algo grande y hermoso, profundo y misterioso que se derrama en nuestras vidas con atisbos de esperanza. Por un momento me quedé contemplando el escenario que ya no estaba, pero sí la escena. Por un momento a veces pensamos que la realidad, que cierta realidad parece surgida de un sueño, o de algún tipo de fantasía capaz de plasmarse en eso que llamamos vida. Y si miramos cada instante, y si podemos destripar cada segundo importante, nos damos cuenta de la finitud que albergamos en nuestro interior, y de lo provisional que todo parece. Sólo la esperanza alimenta nuestras vidas. La esperanza de que el mañana, el presente y el ayer jamás mueren, ni nos abandona, sino, simplemente, nos acompaña eternamente…

Compartiendo


Ayer fue un día bonito, de amistad, de compartir. Estuve con el niño preparando unas riquísimas croquetas vegetarianas. Un trabajo laborioso pero que supo a poco por lo emotivo del momento. Hacerlas, prepararlas, rebozarlas, freírlas y comerlas. Y como el niño ha salido además de filósofo un excelente cocinero, tras terminar de preparar el rebozado, se atrevió con una sopa de leche y un excelente postre a base de fresas y chocolate derretido que el sólo se encargó de preparar. Además, puso unas bonitas copas y trajo unas velas porque era consciente de que era un día especial, un día para compartir amistad y amor. Realmente todos los días deberían ser así, especiales, y creo que lo son porque siempre hay algo que compartir, algún motivo para mostrar generosidad, atención, respeto, dedicación, empatía, alegría, algún motivo para que los que te rodean sean ante tus ojos los mejores del mundo, aquellos por los que darías una vida.

De gestos y promesas


A veces los días no requieren de cosas considerablemente extraordinarias. Baste un gesto, un solo gesto, para hacer de un día cualquiera, un día especial. Hoy el gesto vino de forma inesperada. Llegué a mi nueva oficina, la de correos, y a diferencia de la anterior,ésta es muy grande y está regentada por más de seis mujeres que en el turno de tarde ya empiezan a conocerme. Tanto que hoy, de forma curiosa, estaban hablando del “chico de los libros” justo cuando he entrado. Eso me ha gustado, pues tras un mes en esta gran ciudad llena de individuos anónimos, al menos ya hay un grupo de personas que toman consciencia de mi pequeña huella, de mi pequeño deambular por este lugar que va tomando luz primaveral. Así transcurren los días… de forma tranquila, sin grandes desajustes, sin grandes aventuras por países lejanos, sin grandes ni excesivos problemas… Así transcurren también las noches, deambulando en el imperio de los sueños sin más pretensión que la de seguir un día más, viviendo, sintiendo la vida.

El inesperado vuelo


Hacía un día precioso de primavera. Los grandes bloques no dejaban respirar los pocos trozos de cielo que brotaban más allá de nuestras miradas. Sin embargo, el niño, en un tranquilo paseo hacia el Retiro, pudo contemplar, casi milagrosamente, la formación de cientos de gaviotas que migraban hacia el norte. Sus movimientos circulares, quizás mirando desde su altura la pequeñez de nuestras vidas, creaban esculturas que el niño imaginaba como peces saltando de un lado a otro de un ficticio arroyo. Me pareció extraño el obligarme a mirar hacia arriba, muy hacia arriba, sorteando los obstáculos de la calle, los ruidos, las sombras de los grandes bloques de macizo gris, para tener que contemplar un trozo de cielo azul, un poquito de luz luminosa. Antes era algo normal. Sólo tenía que mirar por alguna de las grandes ventanas que cubren con cierto decoro y amplitud los valles y paisajes. El niño también se quejaba del asfalto y recordaba con cierta melancolía bosques y ríos lejanos. El alma se seca ante tanto pavimento, empedrado, alquitrán y enlosado. Y esa sequedad puede resultar peligrosa, porque nos aleja de la vida, del sentido y la comunión a la hora de abrazar a un hermano árbol, al viento o a la plenitud de un paisaje. Quizás en mi próximo viaje traiga un poco de tierra y siembre algo en ella. Así, creeré en la ficción de que la esperanza también puede hallarse en una maceta.

Proactividad


La tecnología a veces nos traiciona, a veces crea revoluciones como las que estamos viviendo en el mundo árabe, o al menos en parte del mismo. Estos días he tenido problemas con el servidor que al parecer ya se han resuelto. Y mientras eso ocurría la vida ha transcurrido de forma más o menos normal. Comida grata y amable con J., el cual me dio sabios consejos sobre la venta proactiva, versus la pasiva. Nunca se me había ocurrido, o al menos, nunca lo había visto tan claro tras su exposición. Y es que para vender hay que ser vendedor, y cuando uno monta un negocio, tiene que pensar que vivirá precisamente de eso, de la venta. Cuando el negocio es una editorial y uno lo único que desea es editar libros olvidando expresamente la importancia de vender, las cosas no acaban de ir bien. Pero las evidencias son claras y hay que saberlas manejar. Así que intentaré ser un poco más proactivo y buscar fórmulas para vender más y mejor. Dicho así, es evidente que la proactividad debe funcionar en todas las relaciones humanas, ya sean relaciones basadas en el interés, en la amistad o en el amor. No se puede esperar pasivamente a que el otro haga algo sin que nosotros movamos un dedo. Si hay problemas debemos ser proactivos, pero si no los hay, también, porque toda relación se alimenta de pequeños gestos que siempre deben terminar en la generosa expresión del compartir. Como muy sabiamente decía la Bruja Avería (y no se ría): «solo no puedes, con amigos, sí»… Pues eso…

Desde La Montaña


Ayer llegamos tarde a La Montaña. El viaje se me hizo ameno porque C. me acompañó. Nos esperaba el Aguililla con el que compartimos abrazos, alguna pizza y conversación. En cuanto llegué me acosté ya que tenía algo de fiebre y estaba abatido, pero C. estuvo aún un buen rato, hasta media noche, hablando y compartiendo cosas con el capataz de la casa. Hoy presentamos, en la biblioteca del pueblo, a eso de las siete, el libro de una autora local, ya amiga después de compartir tantas y tantas experiencias en este maravilloso mundo de la edición. Esta mañana se me hacía extraño pasear por las calles del pueblo. Sentía cierta añoranza porque este lugar es un pequeño paraíso. Disfruté con C. de una buena tostada con tomate y luego fuimos a la biblioteca para saludar a O. Mi casa seguía en su lugar, esperando el calor humano que ahora sólo recibe de mis visitas esporádicas y las continuas del Aguililla, que encuentra en el sótano de este inmenso lugar un refugio para sus sueños e ilusiones. Esta noche, tras la presentación, volvemos a Madrid. C. sigue buscando trabajo y yo sigo trabajando duro para nuevos proyectos que deberán ver la luz muy pronto. Además, me espera el sueño de la esperanza, el susurro de ese aire que siempre anhelamos cuando todo parece derrumbarse. Se echan de menos los abrazos y miradas profundas, las conversaciones hasta altas horas de la madrugada, los paseos, la complicidad… Aquí todo parece tranquilo, muy silencioso. Las calles estaban hoy vacías. Mañana estarán llenas…

(Foto: Con O y C en la biblioteca del pueblo, en La Montaña)

Positivos


Otro día más, otra oportunidad más. Con sus noticias, con sus cosas. Ayer me llamó una vieja amiga que hacía más de diez años que no sabía de ella. Aún guardaba mi teléfono, que no he cambiado en tanto tiempo. Y me llamó con la buena nueva de que había sido mamá. Me conmovió la llamada y la noticia. Fue increíble que después de tanto tiempo su felicidad irradiara tantas ganas de comunicar ese maravilloso acontecimiento. Diez años de silencios para ser rotos por un nuevo nacimiento. Tan extraordinario resulta tener un hijo y tan fantástico poder compartir ese hecho con los seres queridos que permanecen en algún rincón de nuestros corazones… Gracias por compartir buenas noticias, hechos positivos en un mundo tan lleno de sinsentidos…

Cartas desde la embajada


Hoy ha sido un día extraño, con un despertar extraño a eso de las cinco de la mañana y con un continuar el día desde esa hora hasta ahora de forma extraña. En la sobremesa he leído algunas cartas publicadas de la esposa del embajador de USA en España, Susan Lewis. Muy interesante la visión de la conyugue de un diplomático asentado en Madrid, al menos muy interesante ahora que parece que la diplomacia cabalga libre por los anchos mares del imaginario utópico. Extrañas son las derivas del destino como extrañas son las experiencias que se acumulan en la vida una. En Madrid sigue lloviendo. Un día extraño para una vida extraña. Y solo hoy he tomado cierta consciencia de que estoy en Madrid, y no en ninguna otra parte. Así que me he puesto a trabajar para conocer esta realidad que deberé explorar y a la que me deberé hasta que el destino decida. Susan Lewis escribía en sus cartas que lo mejor para integrarse en Madrid era hacer muchas cosas… Eso evitaba sentir añoranza por las cosas pasadas… En mi caso, la añoranza se reduce a los amigos que dejé, a las increíbles vistas desde mi ventana, mis libros, el jardín, y eso que alguien dijo alguna vez: mi trozo de cielo… Pero no puedo quejarme para nada, porque el amor lo compensa todo… y eso lo vale todo… Estos últimos años he vivido en sitios diferentes, conocido a gente diversa, y siempre ocurre lo mismo… Los ciclos se combinan, hay algunos que se van pero otros, los menos, permanecen… Desde que decidí marcharme de Barcelona, la vida ha transcurrido por eso que llaman la aventura del sentir… que así sea por muchos años…

El protagonismo de ser observados


Las rebajas pueden ser una buena excusa para aparecer desapercibido. Uno puede esconderse en plantas subterráneas y observar el comportamiento humano, las entregas de reclamos, de cortejos, de intercambios de placeres ocultos entre el que vende y el que compra. Una especie de baile de emociones y sensaciones que pueden representar el teatro y la obra de toda una vida. Y cuando uno observa, porque en el fondo ese es su oficio, observar, apuntar con detalle… reclama un nulo protagonismo para parecer invisible, extender wikileaks sociales, culturales y ancestrales a diestro y siniestro y de paso…

Es como el oficio de espía. Penetrar, observar, participar, camuflar, perseguir, disfrazar, confundir, jugar… No deja de ser divertido. Puedes hacer parecer una cosa, o incluso diez cosas a la vez, con tal de esconder tu verdadero cometido, tu verdadera misión. Lo vimos ayer en una película: The Tourist. Pero a veces lo vemos en muchas otras situaciones extrañas, en muchas vivencias inquietantes. En nuestra vida común somos observados. Hay gente que toma buena nota de nuestros actos, de nuestras conductas. Incluso hay gente que vive de eso. Unos se espían a otros porque estamos en la era de la información, y la información es poder, y el poder… La industria de la información es la que domina actualmente el mundo, por eso, el aprender de la información social puede enseñarnos herramientas para emprender proyectos importantes, empresas rentables, “rebajas” que perfilen un futuro poderoso… Los espías están de suerte… en la era de la información, van a tener mucho trabajo… las máscaras también…

Flea Market


El anciano miraba al infinito. Me llamó la atención su soledad, su silencio, su espera, su forma de tejer el tiempo, de mirarlo, de contemplarlo de forma pausada, sin prisas. Traía desde hacía años aparadores de roble desde el norte de Europa, especialmente de Francia. Nos explicaba presumido la hazaña de vender, incluso en tiempos de crisis, más de treinta aparadores en menos de un año. Empezó a relatarnos con orgullo que ya nadie hacía muebles de esa calidad. Pero él ahí los tenía, a sus ochenta o noventa años, esperando que algún cliente despistado comprara en el Flea Market, en las Galerías Piquer, en el local 22, justo entrando a la izquierda, en el 29 de la calle Ribera de Curtidores. Su mujer, tres locales más arriba, esperaba en una mecedora la llegada de alguna voz. La nuestra se interesó por algún escritorio. La mujer, amable y de mirada dulce, explicaba los orígenes ingleses de los que allí poseía. Me sentí extraño ante ese cruce de vidas. Dos seres unidos por un negocio de antigüedades, que compartirían sus noches de invierno cerca del Hotel Prado, nacido él en la calle Velazquez y ella, quién sabe… Y luego, por el día, separados por la distancia de tres locales, revisando la vida, ya casi apagada pero viva, muy viva, y recordando viejas glorias pasadas, cuando vender aparadores o escritorios ingleses permitía una vida más o menos holgada. Momentos antes, en el paseo por las calles de invierno, me paré a contemplarlos, de nuevo. Estaban allí, unos con algún colchón, otros con simples cartones amontonados y mojados por la lluvia reciente. De nuevo espectadores de la calle, ausentes de la vida, inertes a los estímulos diarios. Allí, de nuevo, me recordaron cuando dormía con ellos, cuando vagaba intentando hacer un exhaustivo estudio sobre sus vidas, sus deseos, sus anhelos. Me paré en la gran plaza. Había un hombre de color tocando una trompeta. Me pareció una melodía excesivamente triste. La gente lo ignoraba. Los vagabundos lo ignoraban. La nobleza lo ignoraba. Había un niño, en alguna parte, en el corredor izquierdo, entrando al fondo, que paró su vida y escuchó el sonido. La tristeza lo envolvió. Pero pensó, o quería pensar, que la vida a veces merece esos momentos. Un cierto aire melancólico ante la presencia de los ancianos vendedores de muebles ingleses y franceses, los vagabundos siempre presentes y la trompeta honda y penetrante. Tanto que aún la recuerdo como si fuera ella…

Decíamos ayer


Escribo desde cualquier calle del barrio de Salamanca, en Madrid. La ciudad duerme, o descansa, o ambas cosas. No hay exceso de ruidos, quizás porque desde este ático altísimo esté más cerca del cielo que de la tierra. Retomo la escritura después de un tiempo de pausas, de suspiros, de anhelos. La escritura del No murió ante las ganas inevitables de compartir. Pensé que el virus del silencio me atacaría. Pero no puedo. Un artista muere cuando muere su alma, pero mientras la misma siga avanzando, siga creyendo en la vida, el artista debe seguir a su arte, debe expresar con alarido ardiente y chillido estremecedor todo cuanto observa, todo cuanto siente. Y cuando se muera el alma será porque no hay más vida que abarcar, porque la oxidación pudo más que el sustento, porque el cuerpo débil, amarrado a la fortuna de lo finito, ya no pueda levantar suspiros… Por eso retomo el vuelo, este y el que viene, con ganas de seguir explorando las cosas de lo humano, de la vida, de la inteligencia, de la consciencia. Me detendré de vez en cuando a respirar, pero cuando lo haga será para que el recuerdo penetre ampliamente en mis venas. Dicen que la memoria no se registra en el cerebro, sino en la sangre, y que llega a ella mediante la respiración profunda… Respiremos pues, para que el alma no muera, para que la vida penetre en cada poro de nuestra existencia… Pues eso… decíamos ayer…

1-1-11


Parece una fecha mágica, a pesar de que los augurios para este año no parecen muy halagüeños. Pero empecemos el nuevo ciclo con optimismo y esperanza. Seamos capaces de reinventarnos de nuevo, de desear de nuevo lo mejor para todos aquellos que nos protegen desde lo visible y lo invisible. Pensemos en la magia de la vida, en la capacidad de regenerarse, en las sensaciones que implica la oportunidad de seguir vivos, y por lo tanto, inconformistas. Seamos poseedores de un nuevo mensaje, de un nuevo don, de una nueva entrega, de una nueva historia mágica. Un nuevo año y un nuevo sentir. Un nuevo tiempo acompañado de un nuevo propósito, de una nueva utopía en la que creer, con la que luchar.

Aprovecho, además de para felicitaros a todos por seguir vivos en este momento único, para daros las gracias por vuestras llamadas, escritos y ánimos. Se cierra un ciclo pero se abre otro, y en esa nueva onda, seguimos botando lo viejo y dejando sitio para lo nuevo.

Llevo dos meses viviendo en una especie de dimensión diferente, desconocida hasta ahora, impregnada de un sabor especial e intenso. Parece que la vida se ha parado, o al menos, es como si la vida hubiera llegado a otro punto de inserción, a otra posibilidad única de seguir aprendiendo y compartiendo. En eso reduzco todo el contenido vital: aprender y compartir. En esas palabras me apoyo para seguir adelante… Gracias a todos para estar ahí… y ¡feliz año nuevo!

Paseos otoñales


De nuevo un día lleno de visitas, de políticos que ultiman y apuran hasta el último minuto, de amigos que se preocupan por sus hijos, por sus amantes, por sus cosas… A las doce y media me he marchado a Correos para llevar algunos paquetes y retirar otros… Me llegó el mallete hecho de madera de olivo de Tierra Santa que un cónsul israelí, amigo entrañable y sabio anciano me envía desde su país. Me ha parecido un gesto hermoso y afectuoso. Ya empiezan a llegar las cartas de Navidad y los regalos… Antes era muy tradicional en eso de enviar postales… Hace tres años escribía las últimas que recuerdo… Fue junto a una chimenea en Alemania… De repente, cuando ya había terminado la última, las arrojé todas al fuego… No entendí el gesto… Llevaba años enviando cientos de postales escritas una a una a amigos y conocidos… ¿Por qué rompí con esa hermosa tradición?

Hoy he dejado el coche en el pueblo y he venido andando. Hacía tan buen día que me apetecía pasear. He visitado el castillo y luego he vuelto por el campo… Deseaba tocar la tierra aún mojada, oler sus hierbas, sentir esta paz interna que me protege y me acompaña… Venía esa placidez en el pensamiento y en el recuerdo, pero al mismo tiempo en el presente… como si estuviera viva dentro de mí… Sentía sosiego y calma, mucha calma… Una extraña felicidad que intento suministrar con serenidad y cariño… Por el camino me encontré con una amiga… Me contaba triste lo mal que le había ido en el amor… Le intentaba dar ánimos y sobre todo, le decía que fuera paciente, que la esperanza existe… que todo, inclusive lo milagroso, es posible. Como dijo alguna vez Ovidio, todo amante es un soldado en guerra. El amor es una conquista diaria, una batalla que no permite treguas ni descansos. De ahí la necesidad constante de esperanza…

El bosque mágico


Estar a veinte grados en pleno diciembre no es normal. Había momentos que hacía más frío dentro de casa que fuera. Había momentos en los que nada importaba, ni el frío ni el calor, excepto la unión y la complicidad. Por ejemplo cuando veíamos crecer al bosque animado, al bosque mágico. Allí, los tres, portando velas, creando lugares y momentos, esparciendo alimentos para los duendes, viendo como las setas crecían alrededor de todo el suelo mojado. Hacíamos fotos desde la hierba y el resultado era mágico. Al verlas desde la pantalla, realmente parecía un bosque encantado, lleno de criaturas, lleno de vida multicolor. Los cinco días juntos han sido maravillosos. Los tres nos hemos olvidado del mundo. Hemos tomado decisiones serias que deberé digerir ya que modifican sustancialmente proyectos vitales. También hemos sembrado semillas que deberán germinar hacia donde el destino nos fije. Pero lo importante de todo era la felicidad en las pequeñas cosas. Aquella que se gestionaba entre risas y juegos, duendes y bosques encantados… Esa felicidad que no puede nombrarse, que no puede explicarse, que solo cabe en el estallido de una lágrima o en el decoro de una sonrisa pungida por el olor del momento. Nadie nos enseña que la felicidad nace de lo auténticamente sencillo. Nadie nos explica que el calor de un momento puede llenar de vida a todo un bosque… Doy gracias a la vida, que me ha dado tanto…

El vuelo del solitario


Un día muy intenso, lleno de encuentros hermosos con gente hermosa. Por la mañana desayuno en la sede de Intereconomía con MC, repasando algunos asuntos antes de la presentación mañana de su esperado segundo libro de memorias. Mañana seguida de llamadas inesperadas y encuentros hermosos. Luego comida en el hotel de JL con los amigos de la Fundación A. Un encuentro agradable repasando el año ya pasado y proyectando el futuro. Luego vuelta y paseo agradable con K. hablando sobre cosas del camino. Paseo largo y vuelta a… Pues no lo sé, pero de repente me encontré, quizás porque hacía frío en la calle, en una biblioteca leyendo un libro recién comprado que trataba sobre antiguos ritos de Egipto. Interesante lectura hasta que cerraron las puertas del templo del saber y seguí con el paseo hasta… Creo que fue Ptolomeo el que hablaba sobre el vuelo del solitario. Hoy, mientras paseaba y sentía como la ola de frío llegaba hasta Madrid, recordé una noche de Navidad de hace muchos años en la que pasé, por cosas de la vida, unas largas y duras horas en un cementerio. Llegué hasta allí porque el dueño del pequeño hotel me pidió que lo abandonara en ese día tan especial, creyendo que tendría con quien compartir esa noche. Así que me fuí del hotel en mital de aquel frío invierno. Empecé a caminar y sintiendo una tremenda soledad terminé mi paseo en las puertas del cementerio de aquel pequeño pueblo perdido en la nada. La dureza de aquella noche me hizo pensar que cualquier noche podría ser especial si aguantaba esa extraña circunstancia. Algunas cosas fortalecen el alma. La soledad a veces también puede ser una llama… al menos eso dijo el poeta… Una soledad en la gran ciudad, rodeado de más de tres millones de criaturas… una soledad mientras que esperas el nuevo reencuentro…

El árbol de la Vida


La recepción en Madrid terminaba a las cuatro. A las nueve teníamos que estar en la otra punta del país. Tras un tranquilo viaje de más de cinco horas llenas de apasionantes charlas sobre política, cultura, filosofía o religión, llegamos justo a tiempo para la reunión. Había problemas que necesitaban soluciones y había también circunstancias que requerían vivencias para poder comprobar la salud moral de aquellos que se esfuerzan por mantenerla a flote. Tras despedirme de la reunión, ya por la noche, fuimos a cenar y retomamos de nuevo la emocionante tertulia sobre el árbol del conocimiento y el árbol de la vida. Tras la cena, más allá de media noche, necesitábamos encontrar un libro sagrado para salir de dudas con respecto a varias interpretaciones que habían surgido en la excitante charla. El templo estaba cerrado a esas horas pero disponíamos de llaves y acceso. Todo estaba oscuro. Abrimos la puerta y nos acercamos al ara con sumo respeto. La leve luz nos llevó hasta el libro sagrado y empezamos atentos la lectura del Génesis. La primera duda quedó aclarada con el siguiente pasaje: “(1:26) Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. (1:27) Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Aquí encontramos la primera contradicción bíblica, ya que más tarde habla el texto de que Dios sacó a la hembra de una costilla del hombre, cuando en el primer relato ya habla de que creó Dios a varón y hembra. El segundo relato tenía que ver con la verdadera razón que motivó la expulsión del Paraíso por parte de Dios: (3:22) “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. (3:23) Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. (3:24) Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”. Dios estaba temeroso de que tras tomar del fruto del árbol de bien y del mal, tomáramos también del fruto del árbol de la vida y nos volviéramos inmortales… Las conversaciones siguieron apasionadas todo el sábado y el domingo hasta llegar rendidos a casa… Un viaje de ida y vuelta a tierras más allá de Argón y a lugares donde la experiencia requería afianzar algo que nació hermoso y que promete profundidad y entusiasmo. Tras vivir por situaciones completamente surrealistas de todo tipo y calado, el abrazo sincero y la mirada franca selló un fin de semana inolvidable, donde el árbol de la vida demostró que está por encima del árbol del conocimiento, del árbol del bien y del mal.

La otra primavera


A las tres y media, hora en la que escribo estas palabras, el silencio es absoluto. La digestión de los espaguetis con crema que he preparado hoy la he hecho en el rincón sur, dejándome mojar por los cálidos rayos del sol que por esa ventana entraban. Desde allí podía contemplar la visita de un nuevo inquilino que se ha instalado desde hace unos días en el jardín. Se trata de un pajarillo precioso, de plumaje amarillo en el pecho y marrón en la espalda. Tiene una larga cola y no sé diferenciar a qué raza pertenece, ya que en estas tardes otoñales lo que más abunda es la visita continua de petirrojos y demás aves insectívoras. Pero este me resulta peculiar porque lleva todo el rato intentando atravesar los grandes ventanales para entrar dentro de casa. Ya me ocurrió este verano con la entrada masiva de golondrinas. Pero ahora que la temperatura ha bajado, no me atrevo a recibir este tipo de visitas. Al menos las vistas son bellas. El cielo azul plagado de nubes que corren de un lado para otro. Algo de viento que mece los olivares. El verde que ya lo inunda todo y deja paso a esas preciosas florecillas blancas y amarillas que crecen entre las veredas de las rocas… El otoño es como una primavera inversa… es un placer sentarse un ratito y poder contemplarlo desde mi ventana… Os dejo una foto para que me acompañéis en la misma contemplación…

Paula y la sociedad ausente, la sociedad disidente.


Hace tiempo que no sé nada de los intelectuales. Los más carismáticos se dedican a desenterrar muertos u organizar marchas contra el Papa los de la izquierda o a meterse con la masonería y el aborto los de la derecha. Ese es su activismo. El resto, el noventa y nueve por ciento de la sociedad está ausente. No opina excepto de futbol, de mujeres o trabajo los unos o el culebrón de la Belén Esteban, el tiempo o la moda las otras. Todo lo demás son artilugios del vivir, promesas incumplidas que no sirven para el día a día.

Aún así, veo en esa cotidianidad una especie de rebeldía, una especie de disidencia. Esta tarde, tras comer algo ligero, salí a la calle para contemplar como iban las obras de la entrada de casa. Allí estaba la niña Paula. Me saludó alegre mientras acariciaba su gato desde la terraza de su jardín. Le devolví también alegre el saludo mientras  la miraba con ternura desde abajo. Hablamos del gato, de lo difícil que resulta cuidarlo, de lo difícil que resulta tratarlo. Así son los gatos, le decía mientras miraba al contraluz la imagen de su inocencia. La niña sonreía mientras acariciaba el gatito. Sí, así son los gatos. Decía ella. Nos mirábamos con complicidad, porque ese momento, esa conversación sobre gatos, era único y verdadero. El mundo no importaba porque el mundo se condensaba en ese instante. Hace tiempo tuve un gato. Le dije. Yo también, me dijo ella, pero se escapó. Pobre gato. El sol iluminaba radiante. No había intelectuales alrededor, ni futbol, ni Belén Esteban, ni modas ni trabajo. Solo un lindo gatito, cómplice también de la experiencia única. Y los tres, ausentes de todo, vivíamos un momento disidente. Sin creencias, sin espasmos, sin pretensiones. La niña, siempre que me ve, se alegra, porque conmigo puede hablar de gatos. Y yo también me alegro, porque con ella puedo hablar de gatos. Quizás en la próxima charla pregunte si el gato pasó frío. Y ella me responderá, seguramente, que lo protegió con su manta. Pura rebeldía, pura disidencia.

Somos joyas, somos esperanza




El sábado recibí la visita de M. y su bella mujer. Me traían una bolsa llena de mandarinas de forma generosa. Tuvimos un rato de charla agradable  y observaron que no tenía televisión. También se detuvieron en el tremendo silencio que había en toda la casa que sumado a la luz tenue, a la noche y a los grandes ventanales cubiertos de oscuridad debió intrigar a los invitados. “¿No te da miedo?” La verdad es que nunca me ha dado miedo esta soledad, pero admito que desde que me robaron ya no tengo las puertas abiertas por la noche y tomo la precaución de cerrar todo con llave. Creo que fue con ellos que hablé también sobre la tentación que alguna vez había tenido, especialmente tras algunos sucesos desagradables, de marcharme de este pueblo. Pero hay cosas que me lo impiden, como esas muestras de cariño que a veces vienen tan bien, especialmente para un lobo estepario como yo, de la gente que te aprecia y te quiere y se acerca para demostrarlo. La visita del sábado con esa generosa entrega de mandarinas, o la de la M. que también trajo un cargamento de mandarinas hace unos días o la llamada  hoy de C., una hermosa mujer que ha llamado emocionada porque me ha escuchado en la radio. “Llamo para felicitarte y para decirte que tenemos una joya en el pueblo”. La verdad es que sus palabras, más allá de la vanidad de expresarlas aquí en público, me han motivado, emocionado y alegrado este frío lunes de otoño. Me alegra poder contribuir, aunque sea con esos pequeños detalles, a la felicidad de las personas. Uno nunca sabe de qué manera puede ayudar, y digo todas estas cosas en voz alta para que todos busquemos la fórmula, especialmente en tiempos difíciles, de ayudarse los unos a los otros de la forma que sea, cada uno a su nivel. Seamos hombres para hombres, y no lobos para lobos… Somos joyas, somos esperanza… saquemos lo mejor de nosotros mismos… incluso con nuestros enemigos…