Del desierto al ágape: sobriedad, símbolo y comunión


En los siglos III-V d.C., los monjes del desierto en Egipto, Siria y Palestina comprendieron la comida como algo radicalmente distinto del placer o el refinamiento que tanto se ostenta en nuestros días. Su dieta —pan seco o paxamatia, legumbres, verduras, hierbas y agua, generalmente en una única comida frugal al día— era una pedagogía del espíritu: sostener el cuerpo lo justo para que el alma pudiera entregarse a la oración, al trabajo y al combate interior. La abstinencia de carne y la llamada “dieta seca” no pretendían dañar el cuerpo, sino entrenarlo, domesticar sus impulsos y recordar que no todo deseo necesita ser satisfecho para que la vida tenga plenitud. Y, sin embargo, en medio de esa austeridad, la hospitalidad era sagrada: siempre había pan reservado para el visitante, porque la caridad estaba por encima del ayuno.

Esa comprensión simbólica de la mesa encuentra un eco inesperado en el ágape que realizan algunas órdenes iniciáticas en nuestros días, donde compartir el pan no es ostentación, sino fraternidad. El ágape no es un banquete de exceso, sino un acto de comunión consciente: la mesa como espacio de igualdad, de palabra compartida y, especialmente, de elevación moral. En ambos casos, la comida deja de ser simple combustible biológico para convertirse en gesto cargado de sentido. Se come para vivir… y para recordar algo más alto relacionado con el misterio de la existencia.

No se trata, claro está, de lanzarnos todos a una dieta seca —cada cual tiene sus pequeñas debilidades, y unas palmeritas de chocolate o unas galletitas también forman parte del paisaje humano—, pero quizá sí de relativizar la importancia casi obsesiva que a veces damos a lo gastronómico. Si la finalidad es la comunión real —con uno mismo, con los demás y con lo trascendente—, entonces el centro no está en el plato, sino en la conciencia con la que se comparte.

Hubo un tiempo en que el sacrificio del cordero tenía una fuerza simbólica profunda: expresaba una era, una forma de comprender la relación entre lo humano y lo divino. Pero las épocas cambian y las llamadas “eras” se superan; de igual forma, los símbolos evolucionan. Como canta la célebre canción del musical Hair, cuando la luna está en la séptima casa y Júpiter se alinea con Marte, se anuncia una nueva sensibilidad: la era de Acuario, tiempo de paz y amor, de transformación interior más que de ritual externo. Más allá de la literalidad astrológica, el mensaje es claro: algunas formas deben trascenderse para que el símbolo siga vivo. El sacrificio animal ya no es necesario ni recomendado, como ya ocurría en el antiguo monacato, donde el pacto noaquita aún estaba claro y fresco.

En última instancia, la pregunta es profundamente personal: si el verdadero Templo que hemos de construir para la Gloria del Altísimo es nuestro propio cuerpo, ¿qué queremos introducir en ese santuario? No solo alimentos materiales, sino también palabras, pensamientos, hábitos. La austeridad del desierto y la fraternidad del ágape convergen en esa misma invitación: comer con sentido, vivir con consciencia y convertir cada gesto cotidiano en una piedra más del Templo interior. Y eso, en la nueva era en la que ya queremos vivir, requiere extinguir el sacrificio animal por una elevada visión hacia la Vida entera, plena y Real.

 

Ananké y la Necesidad


El espíritu puro y desinteresado paga sus propias aduanas a esa atadura que mantiene al universo en su curso. Comercia con ideas y sentimientos, eleva el tono hacia los cielos sublimes y siente profundamente la Sed, la Necesidad, la Voz en las entrañas del Tiempo… Ananké, que diría Platón y los antiguos cultos, Necessitas, Necesidad de Absoluto, de espacio sagrado, de Silencio.

La fuerza inevitable del destino es, como se describe en la literatura órfica, una especie de rapsodia, una música suave que dentellea en ese espacio que conservamos entre lo sublime y lo material, entre el ávaro que se deja llevar por la mercancía y el desdichado que de tanto mirar al cielo termina tropezando en su ingenua levedad.

En el éter de los tiempos, más allá de valles y montañas, cuando la noche acalla todo ruido, la tenue luz brilla con intensidad, como una teogonía que engendra aliento y suspiro, como un danzante que desafía el destino para adueñarse de la Vida. Los hombres-globo, como los llamó aquel desdichado poeta… Ser un hombre-globo es ser otra cosa… es ser un suspiro, algo vaporoso, algo que se ensalza porque sus propias partículas buscan espacios remotos, altísimos, elevados. Los seres globo, por ser más modernos, son seres gaseosos. Ya no líquidos, como decía el filósofo polaco, ni siquiera sólidos y rudos, tan anclados a la tierra y sus quehaceres diarios, tan torpemente mancillados por el diario trajín, sin poder decidir nada más que lo que el ruido constante traiga a cada instante, ante la imposibilidad de escapar de aquello que debe ocurrir.

Es difícil describir esa Necesidad, esa Voz, esa Sed. Si me sumerjo en la noche y sus silencios, me aproximo a cierta idea de cómo se tejió todo, a base de susurro, a base de aliento, a base de unidad Viva. No hay más unidad viva que la de la convivencia, decía aquel pausado académico (para qué decir nombres, si el nombre mancilla y empaña siempre cualquier esencia y Verdad). Alguna vez fuimos personas indignas que con el tiempo contemplamos la posibilidad de convertirnos en seres virtuosos. Hominoideos, como aquellos que aparecían en las cartas persas, o como aquellos otros, los homo nocturnus, a los que tanto nos asemejamos, y no esa variedad a la que aún no hemos llegado llamada Sapiens.

La idea es buena, buscar la virtud, la luz. Y para eso antes has de notar dentro de ti, en ti, la Necesidad, la Voz, la Sed. Los pedantes hablan de simbiosis, y los que no sabemos nada, ni recordamos nada, solo se nos ocurre hablar de suspiro. Suspirar profundamente por sentir esa profunda necesidad, y acallar la sed continua con cánticos en las maitines y laudes para luego atravesar el silencio en las vísperas y completas. Así nace la antorcha viva que nos empuja a la vida eterna, a base de esperanza, de fe y de bondad. No hay otro camino ni otro despertar a esa galaxia infinita que no sea siendo hombres y mujeres buenos, sedientos y necesitados de luz, incapaces de escapar a la estructura misma de la necesidad cósmica.

La fuente tiene sed de ser bebida


“La fuente tiene sed de ser bebida”, Gregorio de Nisa

La fuente anhela a los sedientos. Dispersa su susurro por el trémulo bosque, acompasando su brebaje fresco con múltiples derivas fluidas. De noche íbamos a la fuente, con miedo de no romper el cántaro. De noche, iremos de noche, cuando la sed nos alumbra, que decía la canción junto al árbol de la vida. Cuantas noches recorrimos el cándido sendero hasta llegar al hueco entre las rocas, al lecho del misterio que emana sed de vida.

La fuente emana y corre con su murmullo cercano, con su atrevido alarido nocturno. A veces es una fuente clara, otras se esconde en los bosques, como nos recordaba la sabia María. Ansia espiritual velada, nos dice, ansia de verdad y luz. Ya no nos basta con mirar al cielo, ahora necesitamos beber sus aguas. Refrescar nuestras almas, avivar el fuego de nuestros espíritus.

Hay una clara percepción errónea en el ser humano. Tanto pensar que solo somos cuerpo, tanto cuidarlo y amasarlo centrando todas nuestras fuerzas en el vehículo y no en el conductor que lo dirige. Y más allá del cuerpo aparece su conductor, su logos misterioso, el mentor que en algún momento del trayecto se pregunta quién es y a qué ha venido a este viaje. Quizás en una parada, quizás en un desvío, quizás en un atropellado accidente o en algún inevitable cruce de caminos. En ese recoveco que dirige nuestros anhelos hacia la sed de vida, yo soy.

El cuerpo, el vehículo, chirría de rabia, porque engorda, porque enferma, porque nos desconectamos una y otra vez del origen, de la fuente. Olvidamos el poder de la vida que nos circunda y dejamos para ese mañana incierto aquello que por obligado cumplimiento deberíamos hacer hoy. Soñar, en silencio. Callar, desesperadamente. Descubrir, inevitablemente. Ahí está la senda que se abre ante nosotros para hollemos sus ocultas veredas.

¿Por dónde sopla el espíritu? Es una pregunta inquietante en tiempos de oscuridad y flaqueza, de miedo y vueltas a las andadas. Se perdió la orientación necesaria para ser receptáculos de la Gracia, portadores del don, pasivos adoradores de la creación. La aceptación del misterio es lo que hace que ocurra todo lo demás. Pacientes, esperamos el don para ser portadores, para ser dadores, para ser guerreros y siervos de la luz. No es tan solo una metáfora, es una ley universal que recorre todos los reinos, incluido el nuestro, el reino de la mente, el reino de la luz. Aún a falta de espacios sagrados, de fuentes ocultas, buscamos sedientos.

Hay un océano dentro y fuera. Un océano que nació en un pequeño arroyo que nació en una pequeña fuente de una pequeña isla interior que nació en alguna parte de nosotros. Allí está todo, allí nacen nuestros anhelos y nuestras esperanzas. El agua nos recorre dentro, el agua que somos desde hace millones de años. Mientras tanto, la fuente tiene sed de ser bebida.

La Evolución Inteligente de Toda la Existencia


Debemos suponer que el orden cósmico, universal e infinito, está compuesto por una inteligencia mayor a la nuestra, capaz de pensar y ordenar de alguna manera toda la existencia conocida y desconocida. La sustancia de esa inteligencia superior la desconocemos, llamándola, desde las creencias y la superstición, con varios nombres, siendo el más común el de Dios.

Pero esa palabra ha sido pervertida a lo largo de la historia, siendo hoy día motivo de discusión y confusión desde la ignorancia o la otra superstición: la racional, esa que admite que todo es fruto de una curiosa casualidad, y no de una inteligencia programadora.

Todo el universo conocido y desconocido debe estar formado por alguna especie de «Raíz Desconocida», manifestándose la misma en todas sus potencialidades, desde diferentes grados de Vida (o energía), Consciencia y Materia. Debe por lo tanto existir una verdad subyacente en todo lo que existe, sin que nosotros, de forma clara y concisa, podamos entenderla. Tal vez, quizás, sí intuirla.

Esa especie de “Seidad” subyacente, cargada de vida, consciencia y materia, penetra cada poro de realidad, creando con ello una maraña, una gran red de vínculos cohesionados y discretamente ordenados. Un flujo y un reflujo constante que llamamos misterio, a falta de una palabra mejor. Desde lo más sutil a lo más denso, esa maraña se despliega en estados transitorios y siempre provisionales, vivos, que crecen y se desarrollan desde lo finito de cada partícula hasta los cosmos más infinitos e inalcanzables. Estos constantes cambios de condición es lo que vagamente llamamos vida, y dentro de su terminología, un logos le acompaña.

De alguna manera, nosotros seríamos mónadas que nadan en esta necesidad creciente de existencia. Pequeños destellos o puntos de luz que atraviesan la experiencia humana, pero también otro tipo de experiencias, hasta completar el ciclo de la vida universal. Una gota de agua que es arrastrada desde el cielo hasta las montañas, de allí a los ríos, de allí al ancho mar hasta volver de nuevo a ser absorbida por las nubes adyacentes. Y el único lema de ese aprendizaje podría resumirse en esta antigua frase: una unión de quienes aman el servicio hacia todo lo que sufre.

Porque el mundo en el que vivimos sufre y es doliente. No escapamos de ese drama universal que es la vida y la muerte, con todas sus consecuencias. Nadie escapa del dolor, del sufrimiento, de la infelicidad, del abandono. De ahí que lo más evolucionado entre la condición humana es aquel que se entrega, que subyace a apoyar y ayudar a los demás. Es aquel que se arrodilla humilde ante el misterio y comprende que no hay mayor propósito que ser un digno ser humano, una gota más en la Seidad infinita.

 

El búho de Minerva solo levanta el vuelo en el crepúsculo


Cuando la filosofía pinta el claroscuro, ya un aspecto de la vida ha envejecido y en la penumbra no se le puede rejuvenecer, sino solo reconocer: el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo. Hegel

Entre hollar el Sendero y convertirse en el Sendero mismo, como decían los antiguos místicos, hay un trabajo duro y persistente que se atenúa en el plano de la mente, cuando desde allí, se crea visión y magnetismo. En algún momento de ese hollar, lo material es redimido de alguna manera y la fuerza del fuego de la voluntad creadora puede ser enfocada hacia cualquier parte. En ese punto, todo lo que ES se halla siempre presente, teniendo visión amplia, y no estrecha, sobre los asuntos del mundo y por ende, sus misterios.

De alguna manera, el ser humano está en un punto de evolución en el que, al igual que ocurrió en su día con la inteligencia lógica, se está manifestando la consciencia, mucho más poderosa y amplia que la simple inteligencia. La consciencia nos conecta con la intuición, muy relacionada con eso extraño llamado fe, o, dicho de otra manera, la sustancia de las cosas que no se ven.

Hegel, en su filosofía del derecho, escribió que “el búho de Minerva solo levanta el vuelo en el crepúsculo”. En el albor de nuestros días la fe y la sabiduría se cogen de la mano. El búho abraza la noche templada y busca la visión de las cosas. Acompaña a Minerva y se adentra en la oscuridad para iluminar el camino del alma, de la consciencia naciente. Es la recolección del néctar. El momento del balance y por añadidura, del compartir generoso con aquellos que empiezan.

El Universo es amplio. Nuestra mirada estrecha. Hay un lenguaje universal, más allá del lenguaje limitado ordinario, desde el que se puede interpretar los mensajes que a diario recibimos desde las entrañas del cosmos. Los profetas y los mesías antiguos captaban, gracias a su incipiente consciencia e intuición, algunos retazos de ese lenguaje. Lo interpretaban como podían, imaginaban mundos lejanos que llamaban “cielo”, y desdibujaban a los dioses, fuerzas y cúmulos estelares, como seres creados a nuestra imagen y semejanza. Qué disgusto el día que descubramos que en el infinito universo las formas ordinarias son completamente alejadas de nuestras concepciones limitadas.

La vida, o al menos la vida consciente, no deja de ser un campo de entrenamiento y aprendizaje, de experiencia profunda para aquellos que albergan la fe y la esperanza de un camino que puede y debe transitarse más allá de nuestras limitaciones físicas y mentales. Existen lugares y puntos magnéticos donde ese aprendizaje y entrenamiento se aceleran. Eso conlleva un compromiso y una responsabilidad que a veces nos aleja de nuestra propia fe, de nuestra propia esperanza. A veces dejamos de ser el sendero, y a veces, incluso, dejamos de hollarlo. Las noches oscuras del alma son un caldo de cultivo hermoso para que el búho de Minerva alce el vuelo y nos lleve a cuotas mayores de expresión. No hay crisis que no termine por elevar nuestra mirada. No hay verdadero sufrimiento que no termine por depurar lo imprescindible y necesario. No hay noche que no albergue el búho de la sabiduría y nos lleve hasta ese lugar donde se sella la puerta del mal. Y en esa aventajada experiencia, resurgimos y volamos aún más alto.

Modificar las rutinas para adecuarse a las condicionantes externas


Parix ofrece de forma gratuita unos cursos muy interesantes para los profesionales de la edición. Después de casi veinte años en el sector, la sensación que tengo es que estamos comenzando de nuevo. El curso de este mes trata sobre la inteligencia artificial aplicada al mundo editorial. En el módulo que habla sobre las redes neuronales casi me estalla la cabeza. Cuanta complejidad para vender un libro, pensaba.

Es evidente que en estos últimos meses hemos modificado nuestras rutinas para adecuarnos a los nuevos condicionantes externos. Nos hemos dado de alta de nuevo en la Asociación de Editores, vamos a participar en la Feria del Libro de Madrid, estamos empezando a comprar, siempre que podemos, derechos de autores extranjeros que tienen buena acogida, y por lo tanto, traduciendo libros por primera vez a nuestro lenguaje. Y ya tenemos, por fin, visados los planos de la que será la nueva sede de la fundación y la editorial, esperando que todo lo que estamos sembrando en este presente de frutos en los próximos meses, pudiendo con ello empezar las obras. Esto puede resultar paradójico, pero tiene un sentido profundo. Hacen falta puntos de luz en la mente de Dios, que dirían los místicos.

Es por ello que al mismo tiempo estamos preparando la futura huerta, embelleciendo la parcela que dará cobijo a la nueva sede, esperando que de nuevo sea un lugar inspirador para muchos, e imaginando cosas que podamos compartir desde la fundación para sembrar nuestras pequeñas semillas, o como dicen los místicos, para magnetizar y aportar luz a aquellos rincones de nuestra realidad inmediata.

En el fondo, la raíz de todo es profundizar en la senda de la luz, o dicho de otra manera, en la senda de la consciencia. El ser humano aún se mueve en parámetros “homo-animales”, como decía nuestro querido Ramiro Calle. Esos parámetros nos hacen vivir una vida simple basada en lo más instintivo. Comida, trabajo, seguridad, vivienda, sexo, y no mucho más. Traer consciencia, aportar consciencia en aquellos lugares donde más falta haga, requiere de un trabajo de siembra importante para entender que la vida no se compone únicamente de esos a veces viscerales instintos, sino que, como seres humanos, aún tenemos un vasto mundo por explorar y compartir.

Toda esta creencia que supone que el mundo está necesitado de luz y consciencia, requiere de un profundo esfuerzo para mantenerse desapegado de todo lo que hagamos, inclusive, de todos los fracasos pasados, los cuales, de alguna manera, han sembrado un depósito de experiencia para proyectos futuros. Cada persona que ha podido despertar a esa visión, puede contribuir con su cuota de luz en esta gran tarea mundial en la que cada tejedor colabora con su propio “quantum” de luz que consigue traer desde la montaña del esfuerzo.

En el fondo, el hecho de que me estalle la cabeza con los vectores del lenguaje basado en cosenos y secuencias de números y coordenadas, más todo el esfuerzo por editar libros que, aunque no sean muy comerciales, intentan apoyar el estudio necesario para aportar más luz y consciencia al mundo, ayuda a entender más y descubrir cómo pueden seguir aportando luz y armonía en nuestro entorno, a pesar de las circunstancias.

La luz y la consciencia no deja de ser un alimento, en este caso para eso que de forma muy torpe llamamos “alma”. Los seres humanos que han tenido la suerte de sostener sus vidas con alimentos básicos para la supervivencia, tienen la oportunidad de desarrollar facultades que les permita llevar ese otro tipo de alimentos, los del espíritu, para que encarnen en la tierra gracias a los frutos del árbol de la vida y el conocimiento. Trabajar desde el punto de vista del “observador” nos permite percibir, discernir, reflexionar y considerar desde la luz de nuestro cada vez más desarrollado plano mental, todo aquello que puede ser útil para nuestro progreso individual y colectivo. Y para ello, inevitablemente, debemos modificar constantemente nuestras rutinas diarias para adecuarnos a las más complejas condiciones externas.

“Sufrió, fue enterrado y se levantó de nuevo”


 

 

Era media noche en punto y estaba todo oscuro. La cueva parecía estar a cubierto por un gran portón que se alzaba impresionante ante las miradas ajenas. Para entrar, había que mencionar códigos ocultos, palabras de pase y toques que solo unos pocos podían interpretar, lejos de la curiosidad profana. Sonaron tres golpes con un ritmo y cadencia especial, y esa fue la señal, apartando con ello las espadas guardianas. El maestro de ceremonias acompañaba al recipiendario para su nueva muerte, la cual encontró por tres golpes hechos con una regla, una maza y una escuadra. Sufrió las pruebas pertinentes y testificó la antigua leyenda de la atroz muerte del maestro constructor del templo. La carne se desprendía de los huesos, gritaban unos y otros. De alguna manera, fue enterrado en una oscura tumba, y se levantó de nuevo.

El principio alquímico de la resurrección obró el milagro. El venerable, famoso personaje por sus actuaciones en un reconocido programa de televisión, proclamó la maestría a su golpe de mallete. Un nuevo eslabón en la cadena aurea había nacido. Un nuevo símbolo de esperanza resucitaba ante los ojos de los demás. “Sufrió, fue enterrado y se levantó de nuevo”.

En términos psicológicos, el alma humana sufre constantemente ante las adversidades de la vida. A veces incluso parece como si la vida fuera un constante sufrimiento con algunos momentos dulcificados. Eso equivale a que muchas veces nos hundimos, somos enterrados por las pruebas de la vida, hasta que una fuerza inmanente en nosotros nos hace levantarnos de nuevo, resucitar a la vida, y buscar en las fuentes de la existencia algún tipo de recalcada esperanza.

La maestría consiste precisamente en eso, en resucitar una y otra vez ante la adversidad, completando en nosotros eso que llaman experiencia, la cual nos otorga cierta serenidad ante las adversidades, alejándonos del drama y buscando en la misteriosa red arquetípica las causas primeras de todos los acontecimientos que a priori, nos parecen fortuitos y aleatorios. Pero más allá del ocaso, las causas primeras nos pueden ayudar a entender que la vida promete un aprendizaje, una enseñanza, que deberá ser integrada en nuestro aspecto más profundo para poder ser útil a la nueva generación. Ese que se levantó de nuevo y con ello se convierte en maestro, tiene como misión ayudar a los demás en el proceso alquímico de la supervivencia constante, humana y mistérica. Su marca y emblema a partir de ese momento de entendimiento y resurrección es el servicio, primero a uno mismo, pero sobre todo, a los demás.

El milagro de la creación no puede dejar de maravillarnos al mismo tiempo que nos crea extrañeza por toda su complejidad. Nuestra ignorancia nos aleja de las causas y nos ancla en resolver efectos que para nada entendemos. La pregunta siempre es la misma, ¿por qué a mí? Pues a veces es a nosotros porque nos despistamos, porque nos faltó atención, porque no estamos conectados al fluir de la vida, o porque, realmente, existe una causa profunda para que aprendamos esa lección de vida. No todo es determinista, siempre hay un punto de azar, de libre albedrío que nos empuja hacia el acierto o la equivocación. Lo importante, sea del origen que sea, es volver a levantarnos una y otra vez. De ahí que el que lo consigue, el iniciado que vio de nuevo la luz, tiene la responsabilidad de guiar a los demás, con sigilo y en secreto, al ciego que aún vive enterrado, sin saber cómo ni cuando será levantado.

 

La piedra que los constructores han desechado


“Jesús ha dicho: Hacedme conocer la piedra que los constructores han desechado: ella es la piedra angular”. (Logion 66).

Muchos podrán especular sobre el significado oculto que encierra esta frase. La simbología nos ayuda a bucear en verdades que superan la lógica o la razón, intentando entender por qué los fenómenos aparentes son hijos de unas causas intangibles, y por qué la intuición entrenada nos puede ayudar a entender ciertas verdades.

La piedra que los constructores desecharon no es otra que la piedra angular. En los antiguos manuscritos viene reflejada entre parábolas, dichos y logiones. En los rituales masónicos aparece como un hecho importante, dando paso a los rituales de Marca o al Arco Real. Las logias de Marca profundizan en la evolución que sigue el alma humana conforme se adentra en los misterios de la Iniciación, una especie de circuito simbólico donde profundizar en esas causas que originan Vida y Consciencia en nuestros mundos.

La piedra angular es aquella que, por su rareza, los constructores desecharon. Solo los sabios podían comprender que aquello que rechazaban era la piedra que iba a sostener todo el templo. La piedra que sostiene los mundos.

Esto pasa a nivel psicológico. Cuantas piedras humanas no habrán sido desechadas por no ser comprendidas. Cuantas personas no habrán sido relegadas en nuestras sociedades avanzadas a la ignorancia y el olvido por no entender la genialidad de sus vidas. La sabiduría tiene sus peligros dentro de un mundo gobernado por la necedad. La conjura de los necios tiene ese poder destructor que hace que la luz no brille y que la virtud, sea pisoteada o ninguneada.

Desbastar la piedra bruta pretende sacar de nosotros mismos lo mejor, es trabajar en esa lucha incesante por eliminar las imperfecciones humanas y convertirnos así en piedras cúbicas, en piedras útiles para el edificio social. La construcción del hombre nuevo alejado del hombre primitivo, es algo que siempre ha preocupado a la ilustración de cada tiempo. El ser humano es capaz de lo peor y de lo mejor. Su obra moral pretende modificar sus instintos más primitivos para elevarnos ante la gobernanza de la consciencia. El conocimiento, el aprendizaje y el constante esfuerzo por ser mejores hace que nuestras sociedades se alejen de esos arcaicos parámetros de supervivencia para intentar integrarnos en una sociedad más justa y desarrollada.

Los cimientos interiores de la construcción moral son complejos. Cada tiempo determina sus bases, sus pilares, sus límites, siendo el objeto, la piedra angular, siempre la misma: la mejora humana. El hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Los sabios de todos los tiempos han intentado aportar luz a esa oscuridad humana, ya fuera mediante acciones o conocimientos. La lectura y el estudio acompañados de una sana meditación y una determinada acción, pueden ejercitar la construcción de ese templo interior, de esos cimientos que nos ayudarán a ser mejores y a crear un mundo mejor.

Por eso nuestras sociedades actuales desechan desde la ignorancia esa piedra angular, esa piedra que es la base del ser humano. Los constructores de este mundo que desechan la piedra angular, pretenden volvernos ignorantes y primitivos, guiándonos hacia las sendas de lo oscuro, de las luchas entre unos y otros, de las guerras entre hermanos. De ahí la necesidad de los sabios, de los genios, de los alumbrados e inspirados. Ellos conocen la piedra fundamental del edificio humano y ellos dan su vida para que dicha piedra sostenga todo el peso de nuestra existencia.

Tejiendo luz


Hacía tiempo que no escuchaba la hermosa Fantasía de Greensleeves, y como me escribe un viejo amigo desde Edimburgo, donde anda retirado, profundizando en temas que la ilustración dejó a medias mientras pasea tranquilo y pausado por el Old Town, me ha dado por volver a mis reminiscencias pasadas. Escocia me persigue de alguna manera, al igual que Alemania y algunos rincones inhóspitos que aún laten dentro. Uno siempre se pregunta: ¿de dónde vienen esos recuerdos, esas inquietudes? Todo tiene que ver con la luz, y todo tiene que ver con el Tejedor de Luz.

La música la están escuchando Lago, Geo, Aura y Luna. También una docena de plantas que adornan este pequeño salón junto al piano, el baúl que me acompaña en todas las mudanzas rodeado de fósiles, minerales y piedras, y mis libros, que por fin parece que se van ordenando poco a poco en esta pequeña casa de la sierra, de mi nueva “montaña”. Cada reino representado por luces que me rodean y me interrogan sobre mi (nuestra) propia naturaleza. La música es lo más parecido o cercano al lenguaje angélico. Esto es difícil de entender, por eso los antiguos lo llamaban “el coro angélico” (que se lo digan a Vangelis). Es una hermosa alegoría de cómo ese reino se manifiesta a través del sonido y la luz.

A mi derecha, media docena de libros de un evangelio perdido que pronto vamos a editar. Hay un logion (el 42) que me parece totalmente profundo y dice así: “sed transeúntes”. Los peregrinos del alma entenderán bien a qué se refiere. Los que andamos a ciegas, solo podemos decir y pensar, que algún día amaremos al árbol y a su fruto, por igual.

A mi izquierda, nuestra nueva cheslong que espera impaciente alguna ligera cena (vegetariana, por eso de contribuir a la paz mundial con pequeños y amorosos gestos) que vendrá acompañada de alguna distracción televisiva. Sí, ya sé que suena algo degenerativo, pero desde hace unos meses me ha dado por ver la tele. De estar más de treinta años sin tener televisión, me he vuelto algo vulgar y apático en ese sentido, y no me importa desperdiciar un poco de mi tiempo en ese cándido y pueril descanso, o en esa desconexión de las masas que tan apacibles resultados ha provocado en la paz social. Donde hay buena televisión, no hay guerras, que diría aquel.

Pues eso, necesito paz, desconexión y distracción. Al menos por un tiempo. Al menos hasta que sienta que mi cuerpo físico, el más terrenal, y mi cuerpo vital, el más etérico, estén completamente restablecidos y alineados (esta última palabra es importante para los tejedores). Ahora necesito desconectar la máquina de pensar y abstraerme en el encefalograma plano de un cerebro apaciguado y tranquilo. Pero no temáis, prometo volver a las andadas, sean las que sean, como buen transeúnte peregrino amante del árbol y su fruto.

Al fondo de la casa, a mano derecha, está ella. Trabaja en silencio. Sufre por dentro y la amo sigilosamente, sin querer molestar en este momento difícil. Amor incondicional. Eso nos acerca a cierta inmortalidad. Y ella lo sabe, y también me ama, a pesar de la reve (dice que estoy bienhechito, y lo dice con esa dulzura cándida del ser enamorado).

Todos nacemos con un corazón de oro. Con el tiempo ese corazón se convierte en plomo o en diamante, dependerá del tipo de vida que tengamos, de las inquietudes que nos muevan, de la ética que nos empuje, y de las circunstancias que puedan condicionar nuestras vidas. Todos los días pienso que puedo intentar proteger ese corazón de oro prístino que, de alguna manera, más allá del barro de la vida, está ahí, esperando resplandecer. Pulir las aristas de la vida puede suponer un esfuerzo enorme o, simplemente, puede ocurrir sentado en un cómodo sillón, mientras trabajas en unos logiones que pronto verán la luz, junto una camada de perros, escuchando Fantasía de Greensleeves.

Hay que prepararse, no hay duda, para cualquier cosa que vayamos a emprender. Siento que la vida es ancha y que podemos transformar nuestros mundos en pequeñas fantasías inolvidables. Retomar el buen humor, llevarnos bien con el vecino, no maldecir al presidente ni a los huraños nacionalistas o paternalistas patriotas, no entorpecer la evolución del otro, ayudar al prójimo o a la prójima en lo que sea y reinventarnos cada día, como si de alguna manera, nuestro corazón de oro quisiera relucir en ese nuevo amanecer.

Siento necesidad de buscar inspiración interior. En el garaje he guardado con recelo las antiguas alfombras donde meditábamos allá en la utopía. Les guardo celo porque en algún momento crearé en este nuevo espacio un lugar sacro, un espacio donde poder meditar en silencio, sin distracciones. Una pequeña logia, un taller donde poder escudriñar los misterios del universo y aquellos que afectan a lo pequeño, a eso que los antiguos llamaban el lenguaje verde. En ese pequeño taller de tejedores, profundizaré en las tres luces, (la luz del alma, la de la intuición y la de la Tríada).

La cualidad de nuestras vidas se traduce en magnetismo y resplandor, que nacen si cumplimos con el mandato de hilar luz. Por eso tejer luz es imprescindible para que la inspiración nos guíe hacia aquel propósito útil al que todos hemos sido llamados. Algunas pistas: Divina indiferencia, inofensividad, visualización. La vida se teje. La vida se vive. La vida que respiras es como una Fantasía de Greensleeves. Y es urgente tejer. Tejer luz, para iluminar el mundo, entre todos. Eso es la Navidad, el nacimiento de la luz en el mundo. Por eso, todos, en un gesto simbólico, encienden emocionados las luces de Navidad. No es solo un gesto, es un deseo, es un anhelo, es un recuerdo. Es, también, un destino. Luz, más luz…

El último guardián


La restauración de los misterios es algo complejo, difícil, diría que una empresa imposible en los tiempos decadentes en los que vivimos, en ese desprecio a la luz que transita por lo invisible a favor de la vulgaridad, de lo material, de aquello que llamaban lo positivo, el positivismo. Desdeñar la vida exclusivamente desde los sentidos es limitar el orbe de la existencia a una estúpida razón presumida, egoica, etnocéntrica, sin mayor visión que su particularidad experiencia material. Limitar la vida a ese sentido material de la existencia es dejar atrás el sentido profundo de todo lo que somos.

Recuerdan algunos aquella escena en el que el último guardián templario, el último de los tres hermanos, apenas sin fuerzas para sostener su gran espada, intentaba proteger el misterio que entrañaba el Santo Grial. El precio de la inmortalidad, del secreto, del misterio, es que la reliquia no podía traspasar el umbral del gran sello. Ese precio, ese óbolo, era la carga que el último guardián sostuvo durante mucho tiempo. Es la carga que los guardianes de nuestro tiempo sostienen ante la oscuridad y el materialismo, con ese atomismo de Demócrito tan vacío y yermo que arrasa con todo.

In Deo fiducia nostra, pensaba para mis adentros cuando el último guardián, el último de los tres hermanos, se marchaba entre columnas hacia esa inevitable travesía del desierto. Miraba el cielo lluvioso, el otoño de este tiempo, y me preguntaba cómo transcurrir entre esa necesidad de asaltar el misterio y esa otra de no morir en el intento, ni atropellar con ello nuestra existencia. La decadencia de nuestro tiempo, la decadencia materialista, nos amarra a la supervivencia espiritual en lo secreto, en lo mistérico, inevitablemente.

En el zénit de estos poderosos valles, fijaba la atención en la pesada carga que toda espada que intenta defender la pureza del misterio debe soportar. Lo iniciático y lo fraternal desaparece en las arenas temblorosas de nuestra época. Entre el orden y el caos inevitable, añadía a mi reflexión ese Deus Meunque Ius.

La práctica del servicio para producir cambios sustantivos en el avance de la Humanidad hacia lo Alto, es algo que sin duda se ha olvidado. Regodeados en lo material, nos alejamos de lo consciencial. Los Caballeros Kadosch y los Príncipes del Real Secreto desaparecen. Los Capítulos de Perfección menguan o se mercantilizan en meros adornos insustanciales, carentes de espíritu y de sentido del deber con la Gran Obra, carentes incluso de transmisión de lo perenne. Los Consistorios y las Grandes Cámaras carecen de valor, perdido el sustento espiritual que los sostenía antaño. El gran templo del Sol, escondido en las profundidades atlánticas, ya no es capaz de resolver la promesa del nuevo día. Ni siquiera la ciudad Resplandeciente orienta nuestros días.

Por eso, cuando hoy se marchaba el último guardián, me encomendaba al misterio para resolver la difícil ecuación. Las encomiendas, menguantes, requieren temple. Los hospitales de peregrinos, sus guardianes y cuidadores. La llama, toda llama que se valga, requiere un cuidadoso sustento etérico, pero también una constante consagración y entrega. Si nuestro tiempo sucumbe a la oscuridad, el mundo será acabado. Si la luz resplandece, si el reguero de laureles vuelve a verdecer, habrá esperanza. Aún no hemos sido irradiados ni hemos entrado en sueños. Aún sostenemos fuerte la espada. Aún la llama sigue protegida. Tras la noche, el alba, la siempre inevitable alborada. Seguiremos escondidos en la gestión del Misterio. Como siempre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Cuando aprendas a volar hará falta cielo…


Primero volar lejos de nosotros mismos. Ausentarnos de nuestro cuerpo, observarlo con incredulidad, con desapego, a sabiendas de que algún día dejará de existir. Alejarnos de nuestros estados de ánimo, pero sin olvidar que el filo hilo de la vida se sostiene bajo la capa etérica de eso que diferencia la vida de la muerte. El ánimo, el ánima, la vida, aquello que nos anima, puede subir o bajar, pero mientras respiramos, es constante. Podemos estar bajo de ánimos, pero podemos también, bajo capa de descanso y cuidados, recuperarlo. El ánimo es lo que nos conecta a la vida, a lo más esencial y verdadero que une a todos los seres en ese hilozoísmo imperecedero. No somos nuestro ánimo, pero atención, lo necesitamos para manifestar nuestras riquezas interiores en el mundo. Lo necesitamos para tener ganas de vivir.

Volar lejos de nosotros mismos también es volar lejos de nuestras pesadas, cansinas y repetitivas emociones. Muchas de ellas basadas en traumas de nuestros primeros siete años de vida. Traumas, heridas, repetición de patrones que no nos pertenecen, y un sinfín de sentimientos que se agudizan dependiendo del estado de salud de nuestro cuerpo y de nuestro ánimo, y también viceversa. Cuidado con las emociones, con enroscarnos en ellas, con asumir que lo que somos, es ese caldo de cultivo feriante, esa noria perpetua que marea siempre que no está disciplinada y atendida.

Qué poderosa atención ejercen las emociones sobre nosotros. La culpa, la rabia, la melancolía, esas ganas terribles de huir de nosotros mismos porque no tenemos herramientas para gestionar nuestra infinita lista de imperfecciones. Volar lejos, volar alto, volar más allá de esas aguas revueltas, o caminar sobre ellas, como hicieron antaño aquellos que dedicaron eones de vidas a superar las tempestades. Caminar sobre las aguas sin dejar que a la primera de cambio las aguas salpiquen todo nuestro mundo, haciendo tambalear nuestros frágiles pilares existenciales.

Volar lejos, volar alto, volar en lo profundo, más allá, mucho más allá de nuestros diez mil pensamientos. ¡Ay ese remolino de viento que va y viene! ¡Ese mono loco indisciplinado y pasajero! ¡Qué tendríamos que hacer para volar alto de todo eso! Quizás meditar, entrar en silencio, no identificarnos con nada de lo que pensamos, con nada de lo que creemos, con nada de aquello que damos por sentado, como si de una verdad absoluta e inamovible se tratara. Quizás solo sentarnos y respirar vida, sentirnos partícipes de la Vida, estar completamente agradecidos a la existencia entera. Fijaros, estamos vivos, ¿por qué eso nunca es suficiente?

Nuestro cuerpo es un traje, nuestro ánimo un cinturón, nuestras emociones un perfume, nuestros pensamientos un complemento. Si pudiéramos comprender eso a cada instante, ¿por qué nos deberían afectar tanto nuestras pequeñeces?

Volar alto y volar lejos y volar profundo y volar hasta el cielo… Y es ahí cuando descubres, en lo más alto, que nos falta cielo, que nos faltan estrellas, que nos faltan mundos para saciar cada uno de nuestros descubrimientos. Cuando volamos lejos de nosotros, pero con nosotros, nos faltan universos a los que llegar en nuestra amplitud, en nuestro estruendo del alma.

El ser infinito tiene siete cuerpos… y los utiliza para cocrear este hermoso mundo… no se regodea en ellos, hace uso de ellos para seguir en el Camino, en eso que los místicos llaman la comunión del Espíritu. Vuela con ellos, como si fueran partes de un traje espacial, de una nave nodriza donde guardar todo tipo de tesoros. Explora mundos, aprende, crece, ensánchate, hasta que te quedes sin cielos. Recuerda a cada instante: estamos vivos. Eso ya es motivo suficiente para sentir plenitud.

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Soy un gran admirador de tu Obra


© @bidam368

«Uno no puede sentarse a esperar el pasado. El tiempo y los ríos no corren para atrás”. “Lo bello y lo triste», Yasunari Kawabata

Tus cicatrices, tu talento. Hay algo de misterioso en todo. En la yedra, en el viento, en el páramo. Soy un gran admirador de tu Obra. Noto cómo respira, cómo crece, cómo se alimenta y expande. Veo en ella algo extraordinario, a la vez que temible. Siento miedo por la muerte, y siento miedo por la vida. Es como si cada gota de lluvia guardara algún secreto, y nadie, a pesar de sentirla todos los días, pudiera descifrarlo.

Cuando miro al cielo, cambiante y fijo a la vez, percibo algún tipo de halo. Gloria insigne cada vez que el sol se pone y sobreviene la oscuridad. Hay una calma extraña en la bóveda celeste, en sus rincones más remotos, en los remolinos misteriosos que se perciben a lo lejos en forma de espiral. Hay una música, una sonora voz ligada al silencio, a lo inaudible de nuestra pequeñez. En la aurora se percibe ese halo mistérico, ese arquetipo que nos llena de desesperación a cada instante de pura lucidez. Inteligencia, consciencia, misterio.

Desaparezco en la persona a la que amo. Soy como una membrana permeable que lo doy todo cuando me postro sincero ante la inmensidad, engullido siempre por la desesperación de mi ignorancia, sin recibir nunca nada a cambio. Tu Obra se derrama en lo grande y en lo pequeño. En el tacto suave de una caricia, en la levedad sincera de una lágrima, en los espacios cósmicos infinitos, en el inevitable recuerdo. Incluso en la inerte espera.

Suenas apabullante en los delfines aplaudiendo en un océano infinito. En las hojas otoñales cayendo a un suelo húmedo que también son como páginas de un libro nunca escrito. Flores que nacen y renacen cuando el sol refleja un espectro especialmente armónico y delicado. La Obra es perfecta, aunque dolorosa. Las nubes derraman sobre las montañas sus tesoros rociados mientras que el pajarillo escarba en la tierra en busca de alimento, sin importarle lo acuoso del momento. Canta igualmente, agradecido, llueva o haga sol. Canta cuando el amor inconsciente de su reino asoma en cada florecimiento. Canta como yo canto, a pesar del dolor, de la soledad, del silencio arrebatador.

Tu Obra es perfecta incluso cuando perdemos el apetito por la vida. Cuando dejamos de maravillarnos por todo. Cuando miramos al suelo melancólicos, en vez de saborear el tacto de las estrellas palpitantes. Es todo perfecto incluso en el error, en el fracaso, en la muerte de algo que podría haber sido. Incluso cuando la pasión desaparece y el aullido del lobo y de la tribu prescriben de los tambores interiores. Incluso ahí todo es admirable. Incluso en la ausencia, la mentira o la maldad cruel que derraman sobre nosotros.

En la Traviata o en Der holle rache, esa Aria de la reina de la noche de toda flauta mágica. Aún rotos los lazos con la naturaleza, el ímpetu de la vida se desarrolla incesante, arrebatadora. Es la dolce far niente de toda creación. El séptimo día donde se consigue el equilibrio atravesando todo conflicto. El día del descanso, de la plenitud, del gozo, de la música. En esa pureza inocente luce todo brillante. Después del esfuerzo, del duro trabajo, de la conquista o la pérdida, viene la tregua, el aliviado respiro. Ese desfile de promesas y sueños rotos. Esos amargos recuerdos de lo que nunca fue, y podría haber sido.

En tu gran Obra hay grietas y errores por donde también entra la luz. Es la mística de lo quebrado, de lo roto, de lo inaccesible. Es el llanto vaporoso del suspiro apagado. Es la soledad en una noche extinta, temblando de miedo, angustiado por el pavor que se aproxima a cualquier abismo. Siento admiración por ver como también te encuentras ahí, sigiloso, esperando a que nos levantemos del suelo, suplicantes por un mañana distinto. También ahí, te encuentras a mi lado, en ese telar que va tejiendo realidades, posibilidades, potencias infinitas. ¿Cuál de todas elegir sin temor a equivocarnos?

Como decía el Salmo, todas tus sendas me son familiares. Sobre cada bella herida, sobre cada ruina, construyes tu templo. Los vestigios son un regalo, son un camino hacia algún tipo de transformación, de cambio, de esperanza. ¿Estamos listos para caminar juntos y admirar tu gran Obra? ¿Estamos preparados para soportar esa adoración, ese afecto y culto hacia tu misterio? ¿Inclusive con sus errores, con sus fallas, con sus noches amargas y duras?

Nada es para siempre… excepto tu Gran Obra, por eso tu mandamiento siempre nos dice que debemos volver a creer en el amor. Perder el equilibrio con el amor, es parte de vivir en equilibrio. A pesar de las grietas, soy un gran admirador de tu Obra. No puedo evitar creer en ello después de lo que he vivido. Ojalá todo fuera cierto y ojalá tu sueño se volviera a manifestar en nosotros. Mientras la vida ocurre, crucemos todas las orillas y abracemos el infortunio, la tempestad, el amor.

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«Come tu pan en silencio»



Vivo desde hace unos años en una pequeña cabaña con forma octogonal, que a su vez forma una triada orientada al septentrión junto con dos octógonos más. El octógono representa la cuadratura del círculo, el cielo conjugado con la tierra. Los pobres caballeros sabían de la magia de esa cuadratura circular, o al menos, de su simbología secreta. La geometría enlaza los poderes celestiales con los terrenales. Vivir en un octógono pequeño, en cuyo centro se guarda la piedra angular que rescatamos de Shamballa la resplandeciente, es solo un símbolo que a su vez conjuga un arquetipo. Cuatro triadas han de formarse para que la futura encomienda sea justa y perfecta. Y todo ello, junto al Camino, junto al mar de peregrinos que requieren auxilio y ayuda.

Toda persona ordenada, inclinada humildemente ante la espada que señala con tres toques el devenir futuro de entrega y rendición, comprende la profundidad de las palabras del salmista: “Puse a mi boca custodia y silencio”. Estar al orden con las cosas profanas requiere fortaleza para enfrentarse a posteriori al complejo mundo de lo sagrado. No puedes guiar el viento de la vida, pero puedes dirigir las velas de la consciencia hacia el ancho mar de la experiencia espiritual, y al hacerlo, conquistar sus misterios.

Antes de ser príncipes de la rosa y de la cruz, uno debe ser caballero espiritual, y antes de eso, uno debe ser maestro constructor. Antes de ser maestro debe ser compañero y antes de ser compañero, aprendiz. El maestro constructor ha aprendido a pulir su piedra, a ordenar la piedra cúbica en la pared del templo hasta poder así, con el tiempo, el esfuerzo y la perseverancia, servir para completar la Gran Obra en sí mismo. Una vez realizada, tras pasar por la disciplina de la meditación y el silencio siendo aprendiz, del conocimiento del arte real siendo compañero y del gran servicio a la obra siendo maestro, atraviesa el umbral del Arco Real y se convierte en caballero y príncipe. Allí complementa su peregrinaje hacia las fuentes, siempre bebiendo de aquellas que han sido transmitidas oralmente en un lugar consagrado, por personas igualmente consagradas. La transmisión inspirada por devas o susurros en la noche no se consideran dignas, porque el verdadero Arte Real solo puede ser transmitido desde el pozo ancho y profundo del origen.

El encuentro con la Tradición desprende una doble jerarquía, una oficial y otra secreta. Aquí se muestran ambas. La oficial llena de palabras, la secreta llena de insinuaciones. Por eso, el maestro constructor de sí mismo, atraviesa los ritos antiguos para convertirse en maestro secreto, lugar consciencial y evolutivo donde come su pan en silencio. La construcción de nuestro templo interior es imprescindible para completar la segunda construcción, aquella que es concebida para enseñar a la humanidad los secretos del espíritu. Las antiguas catedrales y templos querían de alguna manera mostrar al mundo no solo la casa de Dios, sino los secretos de su manifestación: el Universo. Un templo es la representación simbólica de ese Universo. El Universo en la Tierra, el hogar de los buenos humanos, el espacio sagrado por el cual cualquiera que haya bebido de las fuentes puede enfrentarse, desde la propia contemplación, al horizonte amplio, al cosmos profundo, al cielo descubierto de nuestra alma.

Toda esta construcción humana solo es posible desde una gnosis tolerante, profunda y velada. Comer el pan en silencio es una forma de aprender a callar aquello que, profundamente, requiere diligencia. Mientras, y al mismo tiempo, uno procura ir dejando migas por el Canino para que otros buscadores emprendan la conquista y la construcción de su templo interior. Todos los buscadores sinceros deben encontrar su grupo, su comunión, sus iguales. En la mesa redonda donde el pan se come en silencio, se crea la fuerza necesaria para seguir construyendo la Gran Obra. Solo de esa manera, desde un pequeño octógono que mira al septentrión, resplandecerá la llama grupal.

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En lo oculto


Himalayas, Nicholas Roerich.

No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. (Salmos 139:15)

En lo oculto y en lo secreto fuimos formados. Encendimos tres velas en la pequeña ermita. Llegaron las cenizas desde el santuario que ardió en las frías tierras del norte. Hermanados como estamos, a expensas del séptimo rayo, la sacerdotisa, recién venida, puso en nuestras manos algunos trozos del viejo santuario llegado desde la lejana Escocia. Hicimos un hermoso ritual y depositamos los restos en nuestro pequeño altar. En lo secreto, en lo oculto, resulta difícil de explicar. Algo se quema y algo renace. Así se renuevan los ciclos, y así es como los obreros del templo vivo experimentan la consagración hacia la Gran Obra.

Sobre el caballo había dos monjes guerreros. Subió un tercero. Dominamos el estrago animal y sus cuatro fuerzas inferiores. La nueva encomienda se está preparando para recibir las tres primeras luces renovadas. En toda construcción interior y exterior, tres maestros forman una logia simple, cinco una logia justa, y siete la hacen perfecta. Aún queda mucho para eso porque los maestros que antaño construían catedrales ahora duermen. La logia simple se formó, pero no la justa ni la perfecta. No sabemos cuándo eso ocurrirá, y no sabemos si ocurrirá en esta u otra vida. Al menos nos volvemos a reagrupar, aunque no todos puedan ver y entender, desde lo oculto, el significado profundo de la construcción, de las señales recibidas, de sus bendiciones.

Un buen constructor, un buen obrero, un buen maestro, un buen monje guerrero no debe poseer nada suyo. Todo es entregado a la Gloria del Gran Arquitecto, alejándose de todo vicio, de toda cultura que englobe la adoración de cualquier becerro de oro. El único medio para llegar a la virtud es entender que la ignorancia es perjudicial para nuestra felicidad. No debemos empacharnos de conocimiento vacío, sino, más bien, debemos conocer para discernir, para entrar en la era de la síntesis, ese lugar y ese tiempo donde dejan de existir los opuestos, y todo se equilibra desde la meditación y el servicio.

El celo que debemos mostrar marchando hacia aquel que nos ilumina debe ser cauto, sosegado y fortalecido por los designios del infortunio. El sempiterno camino nos guía hacia la luz, hacia ese lugar del cual nunca debimos partir. Es complejo comprender y recordar cada cosa que somos, que fuimos y que seremos. Nuestro linaje nos alimenta, aviva nuestros fuegos, nos empuja hacia el misterio inevitable.

Estos días llegaron muchos peregrinos. Buscan asilo, compañía, encomienda, templo, oración, algo de pan espiritual. Debemos lograr convertirnos nosotros mismos en piedras vivas antes de poder ofrecer agua de la fuente primordial. Debemos crear y recrear el templo interior en nosotros antes de poder purificar y recibir almas ajenas. Esta es la gran tarea, la gran encomienda asignada. Y algunos de esos peregrinos intuyen algo y se aproximan en sigilo para beber de la fuente. En lo oculto, algo de agua y pan reciben, algo entretejido en las profundidades de la tierra y en los espacios infinitos del cielo.

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No existe ni tu alma ni mi alma, solo el Alma Una


Esta que podría ser una verdad, requiere de una reflexión compleja. En la ilustración, y también en la antropología, se le llamaba alegremente la Unidad Psíquica de la Humanidad. Esto podría ser llamado simplemente cultura por autores como Frazer, Tylor o Boas, o unidad consciente y mental. La mística lo llamó el Alma Una o el espíritu de los tiempos, el Volksgeist o el Zeitgeist alemán según se refiera a un espíritu grupal o a un espíritu del tiempo. Sea como sea, uno descubre con el paso de los años que de alguna manera pertenecemos a algo mayor, a un todo mayor, a un alma mayor.

Lo notas cuando dentro de la consciencia descubres que existen diferentes familias de consciencias, y que, normalmente por afinidad (el afín es el que está próximo al límite del otro, ya sea vecino o semejante), unas se unen con otras, formando familias de almas análogas, equivalentes. Esto lo puedes descubrir cuando de repente te encuentras con alguien y notas cierta similitud o complicidad. Esa sensación extraña de coincidir con un desconocido y hablarle como si fuera un familiar cercano, o como si lo conocieras de toda la vida. Ese flechazo o enamoramiento de estar junto al otro, a tu igual.

Las almas grupales responden a un tipo de llamado, de esquema, de patrón. El patrón sufre distorsiones, pero su arquetipo es el mismo. Las distorsiones vienen precedidas por el tono y el color de la impregnación que toda personalidad provoca en el orden original. Uno puede ver o intuir el arquetipo, supongamos un octógono, pero dependiendo de la distorsión que nuestra visión particular haya desarrollado debido a las experiencias y los traumas, podrá imaginar ese octógono de una u otra manera. La familia de almas reconocerá al objeto en sí, y verán en él mismo un vínculo indestructible, pero cada cual intentará desarrollar la forma arquetípica según su propio patrón o criterio. El juicio de cada cual empaña la idea original.

De esa distorsión personal e histórica nace la idea de la división, de la separatividad. Uno cree ser rey o plebeyo, alto o bajo, rico o pobre, sin darse cuenta de que no es nada de eso. Gobierna su vida según esas creencias, desligándose del arquetipo y de la libertad potencial que dicho arquetipo puede desarrollar en nosotros. La distorsión también tiene la facultad de separarnos de la verdad una, de la realidad una, provocando en nuestras vidas escenarios limitados de existencia, cárceles conceptuales que encierran dentro de sí la trampa del ego, de lo separado, de lo diferente. Superar esas trampas aligera nuestras vidas, porque el arquetipo nos dice siempre que en las esferas de las no-formas solo puede existir humildad, desapego y sacrificio.

Humildad para admitir que nuestras distorsiones son solo eso, corazas protectoras que nos separan de la verdad. Esa humildad incluye empezar a dejar de hablar de nosotros mismos y empezar a admirar al otro, porque en el descubrimiento de la unidad, aprendes a identificar el alma del otro como tuya propia. Ahí ya no hay juicio ni crítica ni distorsión de separatividad. Desapego para comprender que nuestro limitado yo, nuestro pequeño ego, forma parte de esa gran distorsión, y por lo tanto, se trata de una ilusión temporal que no conduce a nada. Sacrificio para tener la capacidad de desligarnos de esa distorsión e ilusión penetrando, cueste lo que cueste, en el camino de la rectitud, de la verdad, de la unión, de la Alma Una. Por ello es fácil comprender que no existe ni mi alma ni tu alma, sino el Alma Una, esa en la que nos difundiremos tarde o temprano y donde dejaremos de existir como unidad separada, distinta, distante. Realizar esa práctica en vida, facilitará en un futuro ese tránsito y comprensión, muchas veces traumático.

 

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La mente plana o el anhelo de experimentar una vida plenamente creadora


El profeta es alguien que critica abiertamente las injusticias de su tiempo.
Albert Nolan

La brecha digital no es realmente la desigualdad que existe entre las personas que pueden tener acceso o conocimiento a las nuevas tecnologías y las que no. La brecha digital es la capacidad de aquellos que deciden sustraerse de las limitaciones que la digitalización ha impuesto en nuestras vidas, y vivir una vida plena y consciente alejados de las injerencias digitales. Es decidir si apostamos por tener una mente plana y totalmente inútil, abstraída, distraída y paralizada ante la imposición de una tiranía encubierta que nos mantiene absortos e inanimados; o, por lo contrario, decidir vivir una vida plenamente creadora, ilimitada, llena de contenidos reales que nos empujan, muchas veces mediante el conflicto, a adquirir armonía, belleza y unidad con el mundo real.

Los místicos de vidas pasadas nos advertían sobre la necesidad de alejarnos de lo que ellos llamaban “el mundo mentiroso” para ingresar, a veces por asalto, por arrebato o por auténtico peregrinar en las fuentes del sacrificio, “al mundo real”. Esto solo era posible mediante una inevitable peregrinación al “desierto”, a la soledad, al encuentro con nuestros diablos, con nuestros conflictos interiores, para luego volver con el elixir y compartirlo grupalmente. En ese peregrinaje, el místico se transformaba inevitablemente en un profeta, y realzaba el entendimiento de saber que el deber del profeta es volver al mundo, abrazando sus complejidades. Pero, ¿cómo volver al mundo mentiroso cuando tras una inevitable crisis y un profundo conflicto se ha conocido, aunque sea vagamente, pequeños atisbos del mundo real?

Cuando algo se revela en el interior y se da muerte, de alguna manera simbólica, a la vida mentirosa del pequeño yo, nace la necesidad de experimentar la renuncia, la denuncia y el anuncio. Primero, uno renuncia a sus propiedades exteriores, a su vida mediocre, a su condición de mortal, a su vida plana y su mente plana y egoísta, arrinconada, digitalizada, aprisionada. Cuando se hace esa auténtica renuncia/liberación, nace la necesidad espiritual de denunciar lo penoso, lo caduco, lo irreal, lo inerte, lo mentiroso, lo injusto, lo perverso, lo egoísta, lo atroz. Esa denuncia es inevitable, porque de alguna manera señala aquello que en nosotros está por resolver, y de paso, aquello que queda por resolverse en el mundo. Y tras la renuncia y la denuncia, es necesario el anuncio de lo nuevo, de lo bueno, de lo justo, de lo realmente necesario. Esta es la vuelta profética, elixir en mano.

Si miramos nuestras vidas detalladamente, deberíamos interrogarnos sobre el grado de encarcelamiento conceptual que poseemos con respecto al mundo y a nosotros mismos. De alguna manera, somos prisioneros del planeta, pero también de nuestras fantasías, de nuestro mundo imaginado, de nuestro mundo plagiado y condicionado a lo ilusorio de la forma, de lo material. No podemos resolver esta encrucijada si no entramos directamente en conflicto con el mundo, con nuestro mundo, y nos rompemos interiormente. Esa ruptura, esa enfermedad del alma que se apaga en nuestro puro egoísmo, resuelve en parte la necesidad de vivir una vida más plena y estrechamente vinculada a lo real, a lo verdadero. El falso yo, vinculado aún al poder y a los bienes materiales, se esfuerza por mantener lo poco y caduco que ha ido acumulando a lo largo de la vida. Pero ese esfuerzo es inútil. La vida, tarde o temprano, nos arrebatará hasta el último aliento, hasta la última de las cosas acumuladas. Una empresa inútil.

¿Y de qué nos sirve esta ruptura cuando la única aparente recompensa será el rechazo y la traición? La respuesta siempre será la misma, ¿a quién realmente deseamos traicionar? ¿Podemos seguir traicionando a nuestra alma, al mundo real, a la vida completa a cambio de algunas migajas de comodidad y estrechez material? ¿Seguiremos obviando la llamada a hollar el sendero (ahora se presenta grupalmente) a cambio de una inútil vida plana, un egoísmo incipiente y una soledad absorta en la contemplación de las horas estériles? ¿Seguiremos viviendo en la mente plana, o más bien persiguiendo el anhelo de vivir una vida plenamente creadora? ¿Seremos tan ciegos de no ver que la vida real se resuelve en la revelación de las causas justas, renunciando y denunciando las injusticias y anunciando una alternativa justa a las mismas? Profetas y místicos. Ahora más necesarios que nunca, para anunciar la nueva buena, deberán despertar del mundo mentiroso y romper con lo viejo para anunciar lo nuevo. Solo esa nueva profecía podrá salvar al mundo.

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Vanaprastha


Anne Brigman | The Pine Sprite (1911) | Artsy

 

Dice la tradición oriental que cuando caminas por la verdadera realidad, te conviertes en un Vanaprastha, que significa «alguien que abandona la vida mundana», o literalmente, alguien que se retira a los bosques. En esos bosques simbólicos, también conocidos como “montañas” o “desiertos”, se penetra sigilosamente en mundos divergentes, en lugares donde las sirenas, las náyades, los sátiros o los erotes revolotean como insectos en la noche. Abandonar la vida profana y abrazar la vida sagrada, despojarse de lo profano para sumergirte en los mundos espirituales, requiere sacrificio, pero también conquista. No se trata de entrar en la vieja dualidad, sino en trascenderla, porque la verdadera espiritualidad fusiona y sintetiza ambos mundos. Es la síntesis de los opuestos, es la redención, el abrazo cósmico, el vuelo mágico, la verdadera visión de la no-dualidad.

Esto es complejo. Ese abandono del yo que requiere inevitablemente sacrificio, desarrolla la conquista del vasto mundo de la experiencia espiritual, que a su vez, es inabarcable. Por eso el pequeño yo no puede navegar en sus mares, y requiere de un vehículo superior que vagamente llamamos alma. Esa alma, libre de los prejuicios y limitaciones de la forma, se ensancha. Ensanchar no sería del todo correcto. El alma es adumbrada, fusionada, porque la idea que aún no podemos entender es que solo existe el Alma Una.

Alcanzar la liberación espiritual, moksha en la tradición oriental, solo es posible practicando algunos de los senderos que tradicionalmente son conocidos como los senderos de la acción (karma marga), los senderos del conocimiento (gñana marga) o los senderos de la devoción (bhakti marga). Estos senderos nos alejan de la codicia, el odio y el engaño, y suponen que la persona que los persigue tiene predisposición a liberarse de alguna manera del mundo mentiroso. Caminar por la verdadera realidad requiere el abandono del egoísmo, la avaricia, el odio, el rencor. Requiere de alguna manera, abandonar la vida mundana y retirarse a los bosques.

Sin embargo, esta renuncia es una ilusión, una trampa para el ego, una mentira. No hay verdadera iluminación posible si no existe una inconmensurable compasión hacia la iluminación de los demás seres sintientes. En el budismo, esta figura se conoce como el Bodhisattva, el cual, mediante la bondad amorosa (metta), la compasión (karuṇā), la alegría empática (mudita) y la ecuanimidad (upekkha) genera iluminación para todos los seres sintientes. Es por eso que la vida del Vanaprastha, del arhat budista, para que termine siendo verdadera y real, debe convertirse en Bodhisattva.

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La urdimbre y la trama


Dawn (Amanecer), 1909 ANNE BRIGMAN/THE METROPOLITAN MUSEUM OF ART

 

Hay una inevitable ley de repulsión, seguramente dirigida por ángeles destructores que nos amparan de aquellos caminos que no nos pertenecen, destruyendo todo aquello que obstaculiza, por más que nos duela, el avance en nuestra senda. Esa destrucción, aunque aún ni siquiera la intuimos, actúa en siete direcciones. No sabemos nada sobre esas leyes que superan nuestra inteligencia y nuestra comprensión. Están más allá de nuestros marcos de referencia e incluso de nuestra propia naturaleza, pero nos afectan. De repente un día pensamos que todo va mal, que todo se destruye, y no podemos reconocer la fuerza que toda esa desesperación nos ampara.

Resulta difícil para nuestras pequeñas mentes entender que en el sendero de la vida actúan fuerzas y energías, leyes aún no descritas, direcciones aún desconocidas. Hay un sendero que llaman de probación donde es necesario aprender cierta disciplina, cierta visión, cierto entendimiento. Debemos entender la profundidad del desapasionamiento y las otras dos necesidades del camino de la vida: la discriminación y la descentralización.
Hay, aunque aún no podamos reconocerlo, una urdimbre y una trama en toda nuestra existencia. Algunos lo llaman misión, otros, propósito. Pero es más complejo que todo eso. Existe en esa trama un Jardinero, un Estudioso en el Aula de Sabiduría, un Tejedor, un Mezclador, un Trabajador, un devoto Seguidor y un Mago. Con un poco de tiempo podríamos descubrir en cual de esos arquetipos tenemos nuestro ser. Sin embargo, haría falta tiempo y comprensión.

El alma nos empuja a peregrinar hacia los jardines de la vida. El alma se convierte en un paciente jardinero que deambula con el tiempo en los pasajes remotos de la sabiduría. Allí se convierte en un ferviente estudiante. Desea aprender, progresar, aspirar a algo más que una simple vida egoísta y egocéntrica rodeada de imaginativas florituras. En ese momento, de alguna manera, empieza a visionar una vida diferente, y empieza a tejerla a su imagen y semejanza. Un día descubre que lo que ha tejido es inútil e inservible, porque se aleja de la gran obra a la que realmente aspira. Entonces, desteje por la noche aquello que había tejido por el día, destruyendo toda su pequeña e inútil obra. Luego mezcla imágenes, colores, sonidos, intentando crear algo que vaya más allá de sí mismo. Trabaja afanosamente con la intención de desvelar los secretos. Descubre con fuerza que su pequeño yo resulta insignificante ante la inmensidad del universo y la omnipresencia de lo misterioso. De alguna manera, se convierte en un devoto seguidor de ese nuevo descubrimiento al que le rinde obediencia ciega. Y un día, después de muchos peregrinajes, de mucha destrucción de las formas caducas, de mucho desapego y discriminación, se convierte en un verdadero mago.

Un mago es aquel que, intuyendo vagamente la realidad superior, es capaz de transformar bajo sus leyes la realidad inferior. No para su gozo, no para su gloria, sino para la gloria de aquello que ha descubierto. Desaparece la dualidad en la que vivía ocultamente y desemboca en un océano de realidades que ya no le pertenecen. Se convierte en un mago tejedor del mundo oceánico, de la fuente Una, de la verdad superior, del amanecer de una nueva vida. La verdadera magia es aquella que transforma lo ilusorio en real. Esto es una paradoja porque siempre se ha relacionado la función del mago vulgar como aquel que transforma lo real en ilusorio. No es esa la magia de la que hablamos. Tratamos aquí de la magia del alma, de aquella que transforma mundos y los engrandece, ensanchando nuestras vidas, nuestras miradas, nuestras acciones. Y es ahí cuando la ley de la repulsión actúa para destruir lo ilusorio y dejar paso con ello a lo Real. Es ahí cuando nuestras vidas empiezan a obrar el milagro de la existencia plena.

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Atención, presencia y sensibilidad para llegar a la Sintiencia


Poco antes de las ocho la declinación solar envuelve la pequeña ermita con una luz especial. Emulando esa luz, encendemos la pequeña vela, que intenta imitar los misterios que encierran la brillantez del universo. Se crea siempre una atmósfera diferente, un vacío que te acoge y se revela. Hay entre sus piedras centenarias una llama viva, reminiscente, sempiterna, inspiradora. La ermita es un portal que te puede llevar más allá de los tronos y las potestades o a las infinitas moradas de nuestros corazones. También es un lugar de encuentro, y en ese encuentro de hoy, ella me hablaba de sus viajes por Latinoamérica, conviviendo en comunidades de calado espiritual que intentan profundizar todos los días en lo que llaman la APS: la atención, la presencia y la sensibilidad.

Al cerrar los ojos y golpear ritualmente con tres toques simbólicos el cuenco que compramos en la India , me prometí reflexionar sobre esa triada que encierra dentro de sí una enseñanza milenaria. Una vela que representa la luz. Un sonido que se vuelve trino, acudiendo con ello a la llamada del misterio. Un silencio, un vacío, un punto de quietud que nos abre la puerta estrecha y nos conduce hacia el mundo de los dioses y universos. Se abre ese momento en el que percibimos que el reino de la realidad es muy diferente al reino de la mente, y que a partir de ese momento, rigen otras leyes incognoscibles.

Primera morada. La atención. Me recuerda la palabra al ahora tan de moda mindfulness, la consciencia plena, la atención plena. Entre silencio, observo la respiración y penetro en la experiencia de la atención plena. En ella, desaparece el juicio, desaparece la separación, la crítica, lo diferente. Se unifican los planos, la luz, el sonido. De repente se escucha desde el vacío improvisado el canto de los mil pájaros, el caminar de los pequeños insectos que deambulan afanosamente entre hierbas y flores, la suave brisa atrapada en los esbeltos castaños y robles. La atención plena consiste en darnos cuenta de que la vida que nos recorre no nos pertenece. Es un manto, un océano infinito que compenetra todo cuanto existe. Observo atento desapegándome de mi yo para diluirme con el todo. Hay un acto de sacrificio, al mismo tiempo que nace una potente revelación.

Segunda morada. La Presencia. Tras conseguir cierto desapasionamiento hacia los pensamientos, las emociones, el ánimo, las sensaciones corporales y al ambiente circundante, ocurre la potente revelación. Algo se manifiesta, algo más grande que nosotros, algo que Santa Teresa expresó con bellas palabras: dilectus meus mihi et ego illi. No hay tiniebla ni claro día, ni memoria del presente, solo un flujo excitante de vida que carece de atributo. No se puede describir la Presencia, el Ser expuesto a la nada de la vida efímera. En lo transitorio y fugaz, la Presencia no se puede atrapar, ocurre en un instante que se torna infinito, un halo de luz que se torna llama resplandeciente. Sentir la Presencia manifestándose en nosotros es sentir de repente la llamada de clarín, el poderoso grito del alma arrasando con sus pléyades todas las pequeñeces de la vida.

Tercera morada. La Sensibilidad. Y uno se pregunta, tras varios infinitos de contemplación, qué hacer con todo eso que se siente cuando cierras los ojos en la vacuidad del cosmos, representado por esas centenarias paredes consagradas al espíritu. Es ahí cuando nace la sensibilidad y el deseo de poder compartir la experiencia, de alentar de que hay más vida más allá de nuestras limitadas finitudes. De agitar las consciencias para que despierten y de elaborar un plan que libere a los prisioneros del planeta. La Sensibilidad nace y se expresa hacia todos los seres sintientes. Lo sensible se transforma en sintiencia, el reconocimiento de que todos los seres tienen capacidad de sufrir, de sentir, y por lo tanto, todos los seres debemos respetar la vida de los otros seres. La Sensibilidad es darnos cuenta de ello, gracias a la Atención y la Presencia, y poder obrar en consecuencia. Los no humanos también son seres sintientes, y la no violencia hacia todos esos seres es la poderosa revelación de nuestro tiempo. Es ahí cuando entiendo toda la revelación. Es en ese punto cuando comprendes, una vez cerrada la meditación, que toda vida merece ser apreciada con sagrada mirada, con especial respeto. La Sintiencia sería la culminación de una vida bondadosa, replegada al entendimiento de las formas, de la Vida, del sentir.

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Dios Inmanente, Dios Trascendente, Omnipotencia y Libre Albedrío


Es ridículo pensar en la figura infantil que muchas tradiciones nos ofrecen sobre la imagen de un Dios Omnipotente. Una humanidad infantil necesitaba, hace mucho tiempo, de una imagen cercana de su Creador. Evidentemente, un Creador “papá”, protector, siempre atento con sus criaturas. Pero la Omnipotencia no existe cómo tal, sino más bien la Esencia. Es cierto que todas las criaturas emanan desde dentro algo de la esencia del origen del Cosmos. Pero el Cosmos, inabarcable, decidió, por pura lógica operativa, jerarquizarse. Lo vemos en nuestro cuerpo. Nuestra conciencia a delegado funciones automatizadas. Nuestra mente autoconsciente no sabe nada del normal funcionamiento de las células de nuestro pie. Ni siquiera tenemos control sobre la mayoría de las funciones vitales. Existe una clara jerarquización, un orden que amablemente se coordina de forma organizada y cuasi perfecta.

Tampoco podemos afirmar rotundamente que vivamos en un mundo panteísta, tal y como se cree en las cosmovisiones de la nueva era. Tal vez sí en un mundo holizoísta. De un Dios Trascendente pasamos a un Dios Inmanente en las tradiciones acuarianas, que además, influye en el devenir humano. ¿Cómo podemos aún pensar de forma tan limitada? El Dios paternalista de todas las tradiciones podría llamarse, para ser más exactos, los dioses creadores, aunque con un poco más de sensibilidad jerárquica, serían simples emisarios que ayudaron en cierto plan para nuestro pequeño universo. Y como emisarios hicieron su labor, no del todo perfecta, porque algo debió fallar cuando tanto dolor y sufrimiento se instaló en nuestro pequeño mundo.

Es un fraude pensar que un gran Dios está escuchando nuestras súplicas y atendiendo nuestras demandas. Quizás sí un ser menor, pero no el Dios Creador de todo el Universo. Un fraude orquestado desde la inocencia de pensar en un Dios Inmanente, y no Trascendente. La visión de que el mundo es como es por la gracia divina no solo es ingenua, sino que atenta a la inteligencia, y a la propia divinidad. El mundo es como es por obra de la imperfección humana, y es desde lo humano y su libre albedrío, que se ha de resolver todas las contradicciones actuales. La creencia infantil, el gran fraude, nos vuelve dóciles, resignados, conformistas. Imposibilita toda reflexión y toda libertad, además de sofocar de inmediato cualquier posibilidad de rebelión. La emancipación consciente deberá, poco a poco, aproximarse a la verdad subyacente en la vida.

Ya lo decíamos ayer: el Primer Motor de todo lo creado, al que podríamos llamar el “Creador Principal”, no podría ser nunca nuestro “Dios”. Tampoco sería un Dios Absoluto, sino una entidad creada, más allá de cuyo universo hay un algo creado a su vez por otro Creador. Si seguimos esta secuencia, el Creador del “Creador Principal” puede tampoco ser el que existió primero, y ser a su vez hijo de otro Creador…

La trascendencia no implica omnipresencia, pero sí algún tipo de jerarquía. Estamos totalmente limitados y cegados hacia lo que pueda ocurrir en esferas superiores, en dimensiones diferentes a las nuestras, en territorios que aún desconocemos. No debemos suplicar a Dios que cambie nuestras vidas. Dios está implícito en la Trascendencia, es decir, en nuestra esencia. De ahí la importancia de conectar con esa esencia, que es la fuerza que germinó en nosotros proveniente de nuestra fuente creadora. La fuerza necesaria para dar sentido a nuestras vidas y nuestras acciones, está en nosotros mismos, no como presencia de Dios (el fraude del Dios Inmanente, cercano, paternal), sino como esencia de Él, es decir, como fuerza que nace de su propia Trascendencia.

Su esencia vive en cada uno de nosotros, pero estamos solos y aislados en cuando a nuestro progreso personal. Es como la semilla de cualquier árbol. Esa semilla tiene la esencia del conjunto de la especie, pero su desarrollo como árbol individual dependerá totalmente de él. Por eso no podemos (de nuevo la falacia) invocar a un Dios fuera de nosotros, ausente, imperceptible e invisible para nuestra limitada razón. Debemos, en todo caso, invocar a su esencia que está en nosotros, al depósito de fuerza que engendró en nuestro interior y que deberá hacer de nuestra vida, un gran árbol proyector. De ahí la importancia de nuestro libre albedrío, de nuestro análisis, lucidez y discernimiento a la hora de rebelarnos ante el dios paternal que los guardianes de la tradición nos intentan, erróneamente, mostrar. Invoquemos interiormente nuestra fuerza, que es la fuerza del Creador Trascendente, y empecemos a entender el plan desplegado de toda la creación.

La nube de las cosas cognoscibles


© Kazuya KATO

 

«Sin peso, sin huesos, sin cuerpo, he andado durante dos horas por las calles y he reflexionado sobre lo que he conseguido superar esta tarde escribiendo.» Franz Kafka

Cansado del sempiterno divagar, de la ceguera de esa nebulosa envolvente, de mis propios pensamientos, todos ellos inútiles y sin importancia, procuro extraer sabiduría de los recursos de la nube cognoscible y así precipitar, sobre la tierra y el alma, algo de la esencia creadora. Miro el puente y veo algo más que un puente. Veo las matemáticas que subyacen en su construcción, sus probabilidades, sus pesos y cargas, su latencia. Cuando miro hacia arriba, más allá de mi pequeñez, y mediante el silencio y la meditación conecto con la nube de las cosas cognoscibles, el mundo se vuelve parejo, múltiple, complejo. Ya no ves las preocupaciones diarias, solo ves la grandeza de toda la creación. De acuerdo con la fuerza, simplicidad y claridad de las cosas, puedo percibir un mundo diferente.

¿Qué late dentro de cada germen? ¿Qué subyace en el interior de cada vida? ¿Qué potencias y capacidades hay en cada producto final, en cada terminación de algo? Miro desde la nube y todo resulta ser la concepción de algo inmenso e invisible. Algo que supera cualquier tipo de capacidad imaginativa. Cada idea exteriorizada posee forma, pero también sustancia. Y ahí reside el misterio hilozoista de todas las cosas. Hay una idea encarnada, una emoción que la anima, una mente creadora. El arquetipo reside en cada holograma creado.

Siento que al escribir estas cosas me salva, una y otra vez. Como Kafka, consigo superar el devenir abstrayéndome de este tiempo pesado, aburrido, penoso, casi diría que sin sentido. Un nuevo confinamiento. Quizás una nueva oportunidad para volver a recolocarnos no se sabe dónde. Sin duda, otra oportunidad para observar con más detalle la nube de las cosas cognoscibles.

No quiero decir con esto que tengamos que huir de la realidad. Más bien quiero dar aliento para que entendamos que debemos modificar la realidad. Algo tendremos que hacer para que todo cambie. No sé, quizás volvernos inofensivos, creer en la inofensividad como premisa básica para compartir este mundo de todos. Y cuando digo de todos también incluyo ahí a los animales. Sí, a las mascotas, pero también a los otros animales. El mismo amor merecen, el mismo respeto, la misma inofensividad. Creo que esta reflexión es básica para cambiar el mundo. Inofensividad para todos y para todo.

Evidentemente algo deberemos cambiar. Por fuera pero especialmente por dentro. Para ello recordemos el puente del principio, el antakarana, aquello que nos une a lo más profundo de lo que somos. Por dar alguna pista, dicen los antiguos que hay dos hilos que mantienen con vida nuestra forma. Una especie de doble hélice invisible. Un hilo conecta nuestro espíritu con la cabeza y otro conecta nuestra alma con el corazón. A veces hay cortocircuitos entre ambos, y nos convertimos en seres sin mente, o, en seres sin corazón. Pero no debemos olvidar que ambos hilos de vida y consciencia están ahí para que podamos seguirlos y para que podamos remontar nuestras vidas hacia elevadas metas. Si entendemos este principio, si buceamos en esa realidad ignota que se despliega en nuestro interior, veremos la vida, a pesar de todo, de forma diferente. Inevitablemente desarrollaremos una hermosa sensibilidad, nos volveremos inofensivos y obraremos la posibilidad, conjuntamente, de transformar el mundo.

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¿Existe una Jerarquía invisible?


“Dios habla desde su elevado Cielo. Se produce un cambio. Oigo con atento oído y, escuchando, vuelvo la cabeza. Aquello que se visualiza y aunque visualizado no lo puedo alcanzar, está más cerca de mi corazón. Los antiguos anhelos retornan nuevamente y, sin embargo, se extinguen. Las viejas cadenas se rompen con estruendo. Me precipito hacia adelante”. Antiguo canto atlante

Supongamos, por decir algo, que hace 18 millones de años llegaron a nuestro planeta unos seres altamente evolucionados con la idea de desplegar en la Tierra no solo el aspecto vida de la creación, sino también el aspecto emocional, la inteligencia y la autoconsciencia. Supongamos además que hubo una gran evolución de las formas, y que una de ellas, nosotros, formamos parte de la quintaesencia de un plan o propósito que se fue desenvolviendo poco a poco. Imaginemos que esa evolución tuvo una antes y un después cuando, por mediación y/o manipulación, se insertó en nosotros el aspecto mente, esa sustancia que nos diferencia del resto de las criaturas. Fue justamente ese el momento en el que todos los relatos míticos coinciden. Hablan de la intervención de los “dioses” para que el homo-animal que en ese momento éramos, empezara a convertirse en ser humano completo, con mente, y por lo tanto, con alma individualizada.

Supongamos que existió un movimiento de divulgación de cierta Doctrina Secreta que empezó, como decíamos, hace dieciocho millones de años. Que de aquellos divulgadores iniciales, al menos cuatro de los originales permanecieran aún entre nosotros. Que en ese plan de ejecución hubiera una Jerarquía secreta, cuya tarea, impulsora y controladora de la especie humana, estuviera en manos de tres grupos de seres. Que esos seres fueran aquellos de nuestra humanidad terrestre que se han capacitado para ser útiles en ese impulso creador. Acompañados además de ciertas existencias que han venido de otros esquemas planetarios a nuestro esquema terráqueo y de un gran número de seres de evolución superhumana que nos apoyan diligentemente en nuestro progreso.

La implantación de la “chispa de la mente” está descrita en muchos mitos fundacionales, y en casi todas las culturas existentes. La interacción de los denominados muchas veces de forma infantil como “dioses”, ha sido expresada en muchos relatos  repetitivamente. En nuestra tradición occidental, el más conocido aparece en el Génesis, cuando se describe aquel hecho en el que los hijos de los dioses (los elohims), se enamoraron de las hijas de los hombres. Como digo, esta intervención aparece en todos los relatos religiosos, mitológicos y en diferentes creencias de todo tipo.

Dicho esto, que no son más que conjeturas imaginativas, podríamos seguir con el relato imaginando más cosas. Es evidente, o aparentemente evidente, que dicha Jerarquía creadora de la vida en la Tierra no tiene una manifestación física. Según algunas tradiciones orientales, su vida se desarrolla en los planos invisibles, más concretamente en el plano etérico que envuelve a la forma, y más concretamente aún, en un lugar que algunas tradiciones dan por llamar Shamballa.

Pero, si todo esto fuera cierto y no una hipótesis idealizada, ¿cómo prosigue el plan de vida y consciencia en nuestro planeta? Quiero decir, ¿a qué se dedica ahora, una vez implantada y profundamente estimulada la chispa de la mente, dicha Jerarquía? Dice la tradición que para estimular el crecimiento mental, y más tarde, espiritual del ser humano, se originaron a lo largo de todo el planeta diferentes escuelas ocultas derivadas todas ellas del primigenio templo de Ibez.

Dichas escuelas se han mantenido a lo largo de la tradición y la historia humana con la idea de implantar, de nuevo, la consciencia ya no solo de la chispa mental, sino de la chispa espiritual. Esta sería la tarea para los siguientes miles de años. Es decir, dotar al ser humano de la suficiente sensibilidad para que pueda ver el espectro verdadero de toda la creación, y no tan solo su aspecto físico-material. Dicho de otra manera, empujar al ser humano hacia los misterios que revelarían la verdadera naturaleza de toda la creación, mediante la estimulación continuada de la intuición y la razón pura bajo la base, ya trabajada, de la sustancia mental o chitta y la mente abstracta ya desarrolladas.

Otra pregunta que al curioso podría surgirle sería: si todo esto fuera cierto y no solo un mito o una creencia antigua, ¿sería posible contactar con dicha Jerarquía? El razonamiento indica que dicha pregunta ya es una forma de contacto y que, seguida de una estimulante imaginación, un oportuno discernimiento y una necesidad de indagación, podría, de alguna manera, no solo contactar con dicha Jerarquía sino empezar a formar parte de la misma, estimulando, con ello, no solo la mente y la consciencia humana, también la intuición que debe llevarnos hasta una visión mayor de todas las cosas. Esa parece ser la Gran Obra de la que nos habla la tradición, aún inacabada y aún a expensas de que aprendices, compañeros y maestros emprendan la labor de construcción apropiada, con cierto poder para influir, inducir, mantener y guiar a otros hacia al alcance de nuestro verdadero propósito humano. Mientras eso ocurre, recordemos aquel viejo canto: “A mi alrededor se mueven los cielos, y las estrellas giran en sus órbitas”…

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Teoría del egregor


© Vassilis Tangoulis

 

La Mente es el gran destructor de lo Real.
Destruya el discípulo al Destructor.
(H .P. Blavatsky.- La voz del silencio)

Un egregor puede ser muchas cosas, pero sobre todo, en terminología cristiana, es lo más parecido a una posesión. Son como especie de energías, emociones, pensamientos o entidades que se agregan a nosotros mismos, formando algo que no nos pertenece, pero nos acompaña e influye.

Hay varios tipos de egregor según su naturaleza. Puede ser un egregor genético, es decir, que corresponde a la información de nuestros antepasados, de ahí la importancia a veces de romper con tu árbol genealógico y separarte inevitablemente del mismo. ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros para complacer a nuestro clan? ¿Cuántas veces creemos que somos hijos de una familia, una tierra, una etnia o un grupo, olvidando que nuestra alma ha viajado por todas las tierras, por todas las etnias, por todos los grupos? Las creencias subjetivas sobre nuestra procedencia no debería ser más fuerte que nuestro yo real.

Existen egrégores energéticos, que se acoplan a nosotros para influir en nuestro estado de ánimo. A veces decaemos sin saber exactamente porqué. Simplemente nos cambia el ánimo, la fuerza vital, la energía que nos mueve, y nos sentimos apáticos, desanimados, sin alma. La energía que nos mueve es el halo vital del espíritu creador de todas las cosas, pero a veces tenemos la sensación de que esa presencia no está, y sí otra de naturaleza más extraña y desafiante. ¡Cuidado con los estados de ánimo que no nos pertenecen! No dejemos que nadie ni nada vampirice nuestra energía, nuestro chi, nuestro fuaaaa (os dejo el enlace para entender qué es el egregor de un viajero errante). 

También existen los egrégores emocionales, normalmente provenientes de eso que llaman el bajo astral, una especie de entidades que viven de vampirizar las emociones de otros, sobre todo de aquellas producidas por nuestra propia incapacidad para ordenar las emociones más destructivas. ¿No os pasado alguna vez que estáis irreconocibles ante acontecimientos insoportables? “Pareces poseído”, nos dicen las pobres almas que tienen que soportar nuestros ataques de ira, rabia o frustración, nuestras idas y venidas, nuestros desmanes y desplantes. ¿Cuántas relaciones no se han roto en momentos de auténtica posesión? «No te reconozco»… ¿Os suena?

Los egrérores mentales son más sutiles, pero están ahí. Son aquellos que viven en el plano mental y suelen inspirarnos ideas, a veces buenas, otras macabras. Muchos tipos de esquizofrenias y paranoias tienen que ver con esto. A veces perdemos la cabeza cuando hemos puesto al límite nuestra química interior. No debemos olvidar que nuestro cuerpo es una máquina que debe ser cuidada. Y cuando no lo hacemos, falla, y se bloquea hasta desfallecer. Cuidado con todo aquello que metemos en nuestro cuerpo, porque algún día este puede colapsar y podemos perder, literalmente, la cabeza.

También están los egregores asociados, aquellos que se crean cuando se pone en práctica un ritual grupal. Este egregor puede ser inducido o excitado, consciente o inconscientemente. También se pueden crear de forma consciente egregores que nos ayuden en algún tipo de tarea, pero esto estaría más cerca de la magia.

Lo importante es saber o determinar qué tipo de egrégores influyen en nuestras vidas y como evitar que esa influencia sea determinante. Tener autocontrol sobre nuestro yo no es siempre posible. A veces algunos malentendidos pueden ocasionar que se apodere de nosotros algo que no somos nosotros mismos. Los agregados psíquicos, los clones híbridos, la periferia de todo aquello que no somos, pero que de alguna forma nos influye hasta el punto de que, en ocasiones de pérdida de control, nos enajena.

La mente, así como los sentidos, distorsionan la realidad al mismo tiempo que la realidad distorsiona nuestro verdadero yo. Es algo complejo y difícil de entender. Pero si uno se observa a sí mismo, si encuentra su verdadero yo real y puede experimentar desde la observación todo aquello que no le pertenece, pero que de alguna forma le influye, puede discernir lo real de lo irreal, y puede llegar a destruir todo aquello que nace de lo ilusorio. ¿Queremos realmente a esa persona o queremos la imagen que hemos creado sobre ella? ¿Nos gusta realmente lo que hacemos o lo hacemos porque no somos capaces de imaginar otra realidad que la impuesta por la cotidianidad, el tedio o lo normalizado?

La frase del templo de Delfos no era ninguna broma: conócete a ti mismo. Eso es lo más complejo, pero también lo más esencial para entender quiénes somos, qué hacemos aquí y para qué hemos venido, en definitiva. Sí únicamente estamos viviendo la vida de los agregados psíquicos, de los egregores que no nos pertenecen o de los clones híbridos que simulan nuestra existencia sin ser esta real, entonces andamos perdidos en un mar de confusión, en una vida que se apaga y de la cual no somos capaces de extraer todo su jugo.

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Pequeño tratado sobre pobreza práctica


O Couso hace unos años…

 

Sin duda hay muchos tipos de pobreza. No voy a hablar de la pobreza extrema que mucha gente padece, sino más bien de la nuestra, de la pobreza occidental, de esa de la que no se habla porque es compleja y difícil de tratar o aceptar. Somos pobres a muchos niveles, pero especialmente a nivel espiritual. No sabemos nada, ni nos interesa, sobre el más allá, sobre la gestión del universo, la creación, la resurrección de los muertos, los advenimientos espirituales de cada época, la sensibilidad hacia nuestros hermanos los animales, ni qué decir hacia nuestros hermanos bípedos. Nada queremos saber sobre la gestión del Misterio. Nada sabemos de nuestra constitución humana, de cuantos cuerpos tenemos, de cuantos egrégores nos dominan, de qué forma nos influye el alma-grupal al que pertenecemos y de cuantos componentes está clasificada toda nuestra cuenta karmática.

Sobre las leyes de causa y efecto, sobre las de atracción y genero, sobre aquellas que afectan a nuestro mundo atómico, pero también a nuestro mundo energético y astral, nada nos dicen. Hablamos de la mente pero no conocemos sus misterios. Tampoco nos interrogamos sobre la diferencia entre mente concreta y abstracta, y de las posibilidades de la imaginación o la intuición. No sabemos nada de telepatía, ni nadie nos cuenta como ejercer influencia en el mundo mediante la entrega pragmática hacia las fuerzas y energías de cada tiempo. Somos prisioneros de algo que llaman maya, glamour o ilusión, pero nadie nos explica como forjar nuestra liberación oportuna.

A nadie se le ocurre hablar de chohanes, de logos, de arquetipos, de ciudades más allá de la materia, o de sus habitantes, esos que antiguamente llamábamos santos o maestros, o de los discípulos de los mismos, que a veces se les conoce como adeptos y que puntualmente regresan a la tierra para echar una mano en cuanto avanzadilla espiritual. Nadie distingue correctamente un discípulo aceptado de un probacionista, porque las escuelas que imparten este conocimiento han sido vaciadas de inteligencia y ahora solo se dedican a buscar fama y dinero. Nadie nos habla del toque de clarín, y de como ello puede afectar a la necesaria travesía por el desierto, o a navegar por entre las aguas, que todo, a nivel simbólico y arquetípico, tiene una explicación velada.

Nuestra pobreza es tan grande que apenas distinguimos entre alguien que aspira a encontrar un trozo de luz y conocimiento y aquel que ha conseguido enfrentarse a sus primeras pruebas iniciáticas. Ya no se enseñan los ritos y la magia, ni se profundiza en el necesario contacto con la naturaleza, desde el respeto y la admiración que deberíamos sentir hacia esos seres que progresan y evolucionan de forma paralela a la nuestra en los mundos dévicos. Nada sabemos sobre los siete rayos, sobre los siete cuerpos o las siete dimensiones, ni nadie nos explica por que estamos en un mundo cíclico, dual o septenario.

Sobre los mundos invisibles, a penas podemos decir nada. Estamos tan pobres de verdades e intuiciones, de maestros y adeptos que nos puedan guiar, que jamás pensaríamos en la posibilidad, aunque fuera remota, de comprobar en nosotros mismos los velos, la alquimia y todo lo que provoca en nosotros el comer unos u otros alimentos, unas u otras energías, unos u otras emociones, unos y otros pensamientos. ¿Qué sabemos sobre el fuego cósmico? ¿Y sobre los efectos de la meditación en la construcción del antakarana?

Aún nadie nos dijo que posiblemente todo es más complejo, y dada la tamaña complejidad de todo, merecemos estar distraídos y pobres. Sería imprudente, de no haber madurez en ciertas ideas, cierta sensibilidad hacia otros reinos, cierta empatía hacia la vida, formular ideas y arquetipos que no correspondieran a nuestro nivel evolutivo. La imprudencia se podría resumir en catástrofe si, al no desarrollar cierta habilidad para las pruebas que se presentan, no tuviéramos las capacidades suficientes para avanzar. El camino es arduo, y estamos en la época de lo epidérmico y sensiblero. Nadie, en nuestros tiempos, desea riquezas que requieran embarrarse en los caminos enfangados. De ahí nuestra pobreza.

Y de ahí que estemos llenos de cosas, pero seamos pobres, al menos pobres interiormente, sin capacidad para contactar con ningún tipo de elemento que nos pudiera hacer sospechar lo más mínimo sobre la posibilidad de que existiera algo más de lo que podemos percibir desde el mundo de lo tangible. Las puertas se cierran para aquel que no quiere ver, y el mundo se torna pobre y nefasto para el que no desea avanzar más allá de sus propios límites. Como dice un viejo adagio: si queréis seguir los métodos del yoga, es necesario seguir igualmente la vida del yogui. ¡Así de pobres somos, ignorando las maravillas que nos aguardan!

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Los caballeros guardianes de la terra ignota


Estatua del rey Arturo en los acantilados de Tintagel

«Puede llamarse filosofía a la iniciación en los pasmosos arcanos de los verdaderos misterios». Mario Roso de Luna

Era un frío invierno escocés de hace mucho tiempo. Alguien alzó la espada y nos regaló la fórmula. “Por los poderes que me han sido otorgados, os instituyo, consagro y recibo como caballero, guardián y procurador del bien, el arte y la nobleza. Deberás defender el honor de las virtudes otorgadas con valor, justicia, misericordia, generosidad y fe”. Antes de que la espada fuera golpeada por tres veces con el mallete sobre mi cabeza, cerré los ojos y fui transportado hacia la puerta estrecha. Recordaba el largo viaje hasta llegar allí, las pruebas, las dificultades, la ceguera. Recordaba la muerte como símbolo iniciático, porque aquel día, algo moría realmente.

Era joven, muy joven para tan semejante honor, pero alguien me dijo que hacían falta guardianes para proteger el nuevo tiempo y la premura provocó un alistamiento sin igual. Muchos fueron los llamados. Pocos los elegidos. El templo estaba esculpido en lo más profundo de las cavidades de aquel inmenso castillo. Las aguas golpeaban fuertemente en el acantilado. La humedad y el frío lo atravesaba todo. Mi mentor había surcado océanos para poder acercarme hasta aquel lugar secreto. En mi ignorancia e ingenuidad, no sabía, ni por remota idea, que el grado de caballero aún se otorgaba en estos días. Allí, en la cámara de reflexión, estaban los elementos indispensables, el grano de trigo, el pan y el agua, la sal y el azufre, el mercurio vital, el testamento. En esa cámara comenzó la aventura que debía culminar en la gran sala.

Seguía con los ojos cerrados mientras el venerable caballero golpeaba el primer toque sobre la espada y mi cabeza. Un toque de clarín que me recordaba de nuevo la dramatización de los Misterios. La perfección que existe entre la expiración y la consiguiente resurrección. El guardián del templo se había cerciorado de que ninguna mente profana pudiera invadir aquel acto sagrado. La transmisión debía ser limpia, sin mácula, guiada por el maestro de ceremonias, por las tres luces del templo, por los hermanos invisibles que en ese momento de oscuridad no podía ver. La herencia, la cadena de transmisión, se realizaría de forma justa y perfecta.

En el segundo toque recordé de nuevo las cinco partes del rito: la inevitable purificación previa de todos los cuerpos; la admisión a la participación en los ritos secretos, dura prueba que no todo el mundo logra superar; la revelación epóptica de aquellos que han tocado directamente la verdad pura; la investidura o entronización en la que ahora me encontraba. La quinta, producto de todas estas, es la comunión interna con el Misterio, y el goce de la dicha que nace de las relaciones que a partir de ese momento conducirán hacia la gloria de ser caballero.

Tercer toque. Honor, pero también responsabilidad. Ser guardián, caballero de la terra ignota requiere mucho trabajo, disciplina y esfuerzo. La perfecta contemplación de las cosas que se conciben intuitivamente es un don que te empuja a actuar, a crear encomiendas, lugares de refugio, de inspiración, de acogida al peregrino del alma, de estudio, de meditación y contemplación, de servicio. Comunidades místicas, escuelas filosóficas, gnósticas y herméticas. ¿Cómo hacerlo en estos días de tanta oscuridad? La terra ignota es un “no lugar” exigente que reclama esparcir por la faz de la tierra y allende los mares, las nuevas fuerzas que deben regir el mundo. ¿Cómo hacerlo sin que se apague la llama, sin que se pervierta su verdadero resplandor?

Hacía mucho frío. Escocia es un lugar perdido en mitad de la nada. El castillo estaba rodeado por la neblina invernal, decorado con leves antorchas que iluminaban pasadizos y cámaras secretas. Antes de abandonar el lugar, alzando las espadas hacia el cielo nubloso, se escuchó en todas las salas la exclamación escocesa: ¡uzzé, uzzé, uzzé! Ahora, ya investidos caballeros, el vasto campo de la experiencia espiritual nos aguardaba. La creación de puntos de luz en la mente de Dios, rezaba el antiguo comentario. ¡Adiós Escocia! El vasto mar nos espera…

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Los siete caminos espirituales o vías de realización interior


 

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Muchas veces sentimos curiosidad por saber en qué lugar de nuestra evolución consciencial y espiritual nos encontramos. No existen reglas fijas o determinadas, pero los sabios de la sabiduría antigua nos han dado algunas pistas para poder situarnos en uno u otro camino, en una u otra consciencia, dependiendo de cual sea nuestro trabajo a nivel del alma. Esta visión facilita nuestro trabajo interior, y nos da pistas y soluciones para enfrentar nuestra labor y formas de servicio. Para unos será dominar la propia materia, para otros el aspecto etérico y vital, aquella energía que nos mueve y da vida. Para otros el mundo del deseo, las emociones o cuerpo astral. Unos pocos estarán intentando dar vida a la mente concreta y los menos, a la mente abstracta. Aún menos serán los que ya estén en el camino mágico del alma, desarrollando la intuición y la entrega más absoluta, gobernando el propio ego y dejando que sea el alma y su propósito vital el que lleve las riendas de nuestras vidas, de nuestra expresión más pura y trasparente, ya dentro del Gran Plan o la Gran Obra, como se conoce en la tradición antigua.

En esta breve síntesis intentamos plasmar algunas pistas que nos puedan orientar sobre nuestro camino, según nuestras tendencias o vías elegidas. No son caminos rígidos ni exactos, ni pretenden condicionar nuestra visión, pero sí adquieren significado en cuanto pueda llevarnos a cierta guía interior. Ninguno es mejor que otro, son solo aspectos que debemos trabajar en nuestras vidas. Y el que uno pertenezca, por ejemplo, a una escuela del camino azul no es indicador de que interiormente esté realmente en ese camino. Uno podría pertenecer, por ejemplo, a una escuela masónica pero poseer una consciencia del camino rojo. O viceversa, uno podría utilizar las artes adivinatorias y estar en una consciencia índiga. En todo caso, aquí dejamos esta aproximación por si sirve de guía y apoyo en nuestro camino interior.

  1. Camino Rojo (chakra raíz). Representa el aspecto de poder y voluntad en la naturaleza humana. Anclados en la materia, y dando los primeros pasos en el mundo de lo intangible, pretende desarrollar los poderes del cuerpo etérico mediante el contacto con las fuerzas de la naturaleza y la práctica de disciplinas como el hatha yoga. Aún fuertemente fondeados en la tierra y la materia, es el camino de todos los cultos y magias primitivas, de la superstición, de los chamanes, los médiums, la adivinación y el espiritismo que da acceso al plano astral inferior una vez gobernado el plano de la materia etérica. También es el camino de las tradiciones egipcias y los misterios griegos, de las creencias atlántidas y lemúricas, los cultos panteístas y los primeros cultos al sol. Es la senda de aquellos que emprenden su búsqueda espiritual mediante el consumo de plantas alucinógenas que conectan el plano físico con el plano etérico y el astral bajo. Con ello provocan unas primeras visiones de lo intangible de forma no natural ni evolutiva, pero suficiente para comprobar que ese mundo existe. Igualmente, es el camino de aquellos que emprenden las artes adivinatorias o el contacto con los muertos. Son las personas que conectan con la pachamama, con la tierra húmeda y doliente, con el mundo mágico, con los seres elementales del mundo sutil como las hadas, el camino de donde surge el panteísmo y el holizoismo, la wicca, la brujería, la magia, la adivinación, la mediunidad o la clarividencia. Algunos se identifican porque sus seguidores son asiduos al consumo de psicodélicos u otras drogas de aproximación. Les encanta los cantos de percusión, los ritmos alterados y todo aquello que genere una alteración de la consciencia como la música, el baile o el consumo de sustancias alucinógenas. Está relacionado con las tradiciones chamánicas y amerindias. Igualmente, con las tradiciones druidas y celtas. Los que están en este plano de consciencia les separan seis capas de maya o ilusión antes de la realización integral. Son personas que tienen sus primeros contactos con el mundo etérico mediante estas prácticas o creencias y empiezan el camino del dominio del plano físico. Sin aún ser aspirantes en la tradición primordial, su búsqueda seguirá de un lado para otro hasta encontrarse con un aspecto de mayor compromiso espiritual.

 

  1. Camino Naranja (chakra sacro). Representa el aspecto amor. Es reconocido en algunas tradiciones como el bhakti yoga o camino devocional, también señalado como el camino del yogui o la vía mística. De aquí nacen los primeros aspirantes, según la tradición, que empiezan un camino serio en la búsqueda espiritual. Tiene que ver con las religiones devocionales como el cristianismo, el islam, el sintoísmo o el hinduismo, que intentan atraer hacia sí las energías, desde el plano astral inferior, del plano astral superior, donde reinan los buenos deseos y las emociones elevadas de amor y fraternidad. También con los practicantes de yoga y el misticismo, sufismo o el tantra, y la magia ceremonial. Se les reconoce por su afición al canto devocional, a la quema de incienso, a la práctica del yoga, al servicio y ayuda al prójimo, a ciertos rituales. Suelen ser alegres y divertidos, muchos de ellos enfocados aún en el reconocimiento y el ego y otros en su anulación mediante la ayuda y el servicio a los otros. Su vida suele ser de entrega y sacrificio, de servicio y devoción, de práctica, purificación y disciplina del carácter. Aún no son capaces de percibir el camino interior, pero exteriormente, dan sus primeros pasos hacia el mismo mediando con instituciones, normalmente religiosas, que facilitan su desarrollo.

 

  1. Camino Amarillo (chakra del plexo solar). Este camino representa el aspecto sabiduría y desarrollo de los primeros poderes intelectuales, especialmente los de concentración y aquellos que tienen que ver con el arte. Es el camino que rige el plano astral superior, cuyo objetivo es empezar a dominar esas fuerzas y subliminarlas hacia la mente. Está relacionado con las religiones enfocadas en la mente concreta tales como el budismo, el taoísmo, zen o judaísmo, pretendiendo así alejarse de los instintos más básicos, ejerciendo cierto poder sobre los mismos. Suelen ser personas rígidas, serias y a veces excesivamente doctrinales dada la necesidad de controlar su aspecto animal o astral. Se pueden encontrar entre ellos los amantes de la astrología, el tarot, la cábala, la ufología y la parapsicología. Buscan serenidad y contemplación, pero es un camino, a diferencia del anterior, egoísta y centrado en la personalidad o en la búsqueda personal, individual y solitaria. Si el camino anterior era el del bodhisattva, este es el camino del arhat. El camino de la mente fría. Algunos eremitas o solitarios emprenden esta vía para bucear en los aspectos de la compasión y el amor a la vida, y para ejercer control sobre sus aspectos emocionales atraídos por el naciente aspecto mental. Según la tradición primordial, aquí estarían los primeros probacionistas, discípulos aún no conscientes del camino interior, pero profundamente dispuestos a hollarlo.

 

  1. Camino Verde (chakra del corazón). En él nace el aspecto armonía y concreción de la mente concreta mediante la sanación de los cuerpos físico, etérico y astral. La principal tarea de las personas que pertenecen a este camino es armonizar las nuevas ideas con lo antiguo, para que no haya ningún vacío peligroso o ruptura traumática. En este camino están todos los que basan su espiritualidad en la sanación, el contacto con la naturaleza, las plantas medicinales, las terapias de todo tipo, el reiki, el veganismo, la acupuntura, el ayurveda, la homeopatía, … Son los buscadores de belleza y armonía. Es un primer acercamiento hacia la consciencia más allá de uno mismo, más allá del frío intelecto y más allá de la mente concreta. Se empieza a desarrollar el amor al prójimo desde el desapego y desde la búsqueda desinteresada. También se tiene preocupación por la naturaleza y su protección. Este camino sería el punto álgido del camino rojo, integrando en él la primera triada de la personalidad y siendo ya conscientes de la necesidad de emprender el camino interior. Son probacionistas, según la tradición, altamente cualificados para hollar el sendero espiritual y enfrentarse a las primeras pruebas iniciáticas.

 

  1. Camino Azul (chakra de la garganta). Desarrolla el aspecto del conocimiento o ciencia y la construcción de la mente abstracta. Este camino tiene un significado especial para la humanidad, debido a que opera en el plano de la mente abstracta y pretende estimular el intelecto de los seres humanos, agudizándolo e inspirándolo hacia la consciencia y la intuición y separándose con ello de la esencia homo-animal. Es el camino del jñana yoga en la tradición oriental, el camino del primer contacto con la iniciación objetiva. También conocido como el camino del conocimiento, está vinculado al esoterismo, al ocultismo, a las ordenes iniciáticas, la teosofía, la antroposofía, el gnosticismo, la masonería, los rosacruces, la alquimia, el hermetismo, el Cuarto Camino… En este camino se empiezan a rasgar los últimos velos antes de comprender el significado oculto del mundo espiritual, y se empieza a tener los primeros contactos reales y conscientes con el mundo intangible. Si los otros caminos pertenecen a los aspirantes que buscan la verdad, este camino sería el que nos conduce hacia el sendero del discipulado y la conocida como puerta estrecha, aún en fase probacionista, pero con altos compromisos personales y primeras pruebas iniciáticas. Aquí el toque de clarín es más fuerte y claro, pero aún no es contundente.

 

  1. Camino Índigo (chakra del tercer ojo). Aspecto idealista o de búsqueda del alto ideal mediante la construcción del antakarana, el puente que conecta la mente abstracta con la realidad espiritual del alma. Este camino dota al ser humano de la capacidad de percibir el ideal, la realidad verdadera que existe detrás de la forma. Son personas que entrenan y ayudan a la humanidad para reconocer los ideales, inspirando las nuevas formas y los nuevos caminos desde la senda del discípulo ya aceptado. Representa el camino del raja yoga en la tradición oriental, el de los meditadores conscientes, los contemplativos comprometidos, los arcanos que han experimentado dentro de sí la segunda muerte, algunos, muy pocos aún, canalizaciones experimentados, algunos que han integrado el conocimiento advaita de la no-dualidad, aquellos que practican el mindfulness y el potencial humano de forma comprometida. Las creencias en los maestros ascendidos, la jerarquía espiritual y el movimiento nueva era estarían integrados en este camino. En este camino empiezan las primeras renuncias de la personalidad y las primeras aproximaciones a la vida del alma de forma clara y sin duda. Empieza el camino del guerrero, el camino del loco, el camino de aquel dispuesto a desprenderse de todo para centrar sus fuerzas en el propósito interior. Es un camino de total desprendimiento y búsqueda de la razón pura, la entrega voluntaria, el compromiso claro y abierto con el vasto mundo de la experiencia espiritual. Aún cometerá torpezas, pero las mismas le ayudarán a progresar intensamente hacia el devenir interior.

 

  1. Camino Violeta (chakra corona). Representa el aspecto de la magia ceremonial y la integración de los opuestos. El agni yoga en la tradición oriental o la ética viviente y la espiritualidad integral serán representativos de este camino. Es el camino de los primeros iniciados y los verdaderos intuitivos, los adeptos que ponen en práctica todas las enseñanzas y entregan su vida en ello, totalmente desapegados de los aspectos de la materia, el deseo y la mente. Es la espiritualidad por llegar, integradora de todas, sincrética, aglutinadora, basada en la realidad del alma integrada en la vida cotidiana. Es el camino del adepto, de aquel que fusiona la vía mística con la ocultista, entregando su vida a la construcción del nuevo mundo bajo la tutela de una fuerza mayor, a veces llamada en la tradición como fuerzas de un asrham, maestro o rayo. Este camino rige la verdadera obra mágica, la espiritualización de las formas y de la vida cotidiana, siendo el primer camino hacia la realización angélica. El ser se manifiesta en su plenitud e integra todos los caminos. El método de la nueva espiritualidad será evocar el idealismo grupal, el trabajo grupal y la búsqueda de realización comunal.

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La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo


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En siglos pasados América se convirtió en sinónimo de libertad. Se abría ante los sueños de los colonos europeos un mundo virgen, por explorar, amplio y diverso, pero sobre todo, un mundo donde la libertad de las ideas, políticas, filosóficas o religiosas, verían una vía de escape que se alejaba del rancio y anticuado viejo continente. En antropología se habla del Gran Despertar, especialmente religioso, sufriendo cuatro etapas diferentes cargados de renovación espiritual en diferentes momentos de la historia reciente.

El mundo, tras los diferentes movimientos de secularización, ha vivido diferentes momentos de despertar espiritual. En estos momentos quizás estamos viviendo el quinto gran despertar. Quizás un despertar diferente, ecléctico, diverso, ecuménico, donde se mezclan todo tipo de creencias de un lado y otro del planeta, enriqueciendo, gracias a la globalización del pensamiento y las ideas, todo nuestro bagaje cultural. En este movimiento singular, llamado por algunos la Nueva Era, se reactualiza a nuestros tiempos el mensaje, los rituales y las creencias de las religiones pasadas, mezclando conceptos y ritos y organizando el misterio de forma diversa y diferente. La gestión de ese misterio no está en manos de instituciones o mediadores, sino que, perviviendo de forma invisible, se administra desde la emancipación privada y personal de cada individuo. El contacto con lo sagrado se hace directamente, sin intermediarios.

Esto crea a su vez dos tipos de respuestas, las negacionistas y las fundamentalistas. Las primeras intentan desmerecer el mérito o la evolución de la vida espiritual en nuestro tiempo, y la segunda intenta afianzarse con fuerza en la tradición, el culto y el dogma, rechazando y ridiculizando la nueva oleada y el nuevo revival espiritual.

La esencia del despertar no implica en sí mismo rechazar lo antiguo. El propio Jesús fue un fiel seguidor de la ley de los judíos. Pero tuvo la valentía de actualizar el lenguaje del Antiguo Testamento, el Tanak judío, a los nuevos tiempos. En esa nueva era que se dibujó hace dos mil años, no se pretendía anular lo viejo, menos aún crear una nueva religión, sino complementarlo, actualizarlo a un nuevo nivel de entendimiento y profundidad. Jesús lo expresó muy claramente: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”.

El movimiento de la Nueva Era supone una reactualización de la vieja ley, esta vez universal, ecléctica, abierta, conciliadora y global, que no rivaliza con ninguna tradición, sino que pretende complementarla, revitalizarla y revivirla. La complejidad reside precisamente en la gran oferta de propuestas que intentan pujar unas con otras en un abanico inabarcable, en ocasiones excesivamente epidérmico y frívolo, en otras excesivamente oculto o esotérico, que intenta dar respuesta a todas las inquietudes interiores que en este nuevo tiempo se abre paso en el corazón de las personas.

Esto crea, como decía, afianzamientos fundamentalistas, miradas cortas que intentan negar la evidencia del nuevo tiempo, y que intentan, mediante el ridículo, competir en verdad y sacralidad. Es difícil poder comprender la dificultad que pudo llegar a tener Jesús en sus tiempos para intentar convencer a fariseos y saduceos de la nueva buena. La misma que hoy día las nuevas ideas intentan penetrar sin mucho éxito en la mente de los nuevos fundamentalistas, ya sean estos cristianos, musulmanes, budistas, hinduistas o judíos.

Lo interesante de todo es que estamos viviendo un nuevo despertar, y queramos o no, el ser humano cada vez quiere estrechar aún más los lazos con el misterio, con la sucesión de interrogantes que nos hacemos cada vez que nos enfrentamos a la vida estrecha, a la vida íntima y próxima, alejados del ruido y el tormento de las preocupaciones mundanas. Comprender el mensaje de nuestro tiempo nos ayudará a fluir más velozmente por esa actualización inevitable, creando en nosotros un nuevo molde conceptual capaz de ensanchar nuestra mirada, nuestra visión y nuestra experiencia espiritual, ya no basada tan sólo en meros sofismos, creencias o especulaciones, sino en una experiencia íntima y personal, intransferible e incomprensible si no se vive en primerísima persona.

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El reino de los cielos es un estado de consciencia, y está en vosotros


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Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? San Agustín

Estamos trabajando sobre la edición de un libro que trata sobre la figura de Jesús, desde una perspectiva abierta y considerándolo como un verdadero maestro de sabiduría. Una de las premisas que trata el libro que próximamente sacaremos a la luz es sobre la idea de que cuando Jesús hablaba del reino de los cielos, se refería más bien a un estado de consciencia, a un estado del Ser. Cuando Jesús decía que “el Reino de los Cielos está entre vosotros, cerca”, quería decir que está aquí y ahora, en nosotros. Es decir, es solo una mirada, una consciencia diferente, una visión más profunda de las cosas, un estado, si se quiere entender así, diferente.

Uno puede mirar la creación desde diferentes ángulos, pero también desde diferentes profundidades. La visión puede estar protegida o marcada por nuestra peculiar forma de ver la vida, o puede ser transparente, pura, sólidamente afianzada en una brillantez alejada de nuestro particular prisma. Son cosas de las que no se pueden hablar, pero también son realidades que se superponen unas sobre otras. Eso implica un sentimiento de disidencia hacia la realidad plana tal y como la hemos creado en nuestro sistema de creencias, desconectando al mismo tiempo de una realidad marcada por un exceso de filtros.

En este sentido, Jesús vino para declarar la guerra a la simplicidad de nuestra mirada, y para obligarnos a mirar la vida con mayor profundidad. Cuando eso ocurre, se obra el milagro de estar habitando, de repente, en el reino de los cielos. Es como la kénosis cristiana, el vaciamiento. Uno se vacía de sí mismo para llenarse de lo otro, y ese otro, el reino de los cielos, nos llena la vida de un sentido más amplio y verdadero. Es como si en términos metafísicos, nuestra vida entrara en la corriente de la Vida, siendo profundamente la vibración de toda la existencia.

El reino de los cielos es una metanoia que nace desde lo más profundo de nuestro corazón y nuestra mente, y viene para transformar nuestra realidad y contemplarla, dirigirla y vivirla de forma radicalmente diferente. El mensaje de Jesús, en todo su contexto y contenido, es revelador y revolucionario. Más allá de la doctrina, a veces superficial y exagerada que las iglesias han diseñado sobre su figura, el contenido de sus enseñanzas son verdaderamente un mensaje alentador, capaz de transformarnos si acudimos a su significado profundo, y tenemos la capacidad, sobre todo, de llevarlo a la práctica, a la vida cotidiana, rebajarlo de la abstracción a lo real.

¿Cómo podemos entonces imaginar el reino de los cielos, admitiendo que puede estar aquí y ahora dentro de nosotros? Al decir que se trata de un estado de consciencia, entendemos que se trata de una consciencia diferente, llena de los valores que Jesús se encargaba de compartir sin descanso. Valores que tienen que ver con la recta justicia, con el amor incondicional, con la vida pacífica de aquellos que consiguen gobernar sus instintos y volverlos mansos. Uno se despoja de todo aquello que no tiene como intención ese reino de los cielos. Uno se vuelve ligero de equipaje, y ocupa su vida a transmitir de mil maneras esa nueva buena. A veces con el ejemplo, a veces con la palabra, a veces entregando la propia vida. Hay una inevitable gnosis en todo esto, pero también una inevitable práctica.

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Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia


 

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Si esta fuera la mitad de mi vida, admito que ha sido muy difícil tener una experiencia real del Ser. Dürckheim, en su libro “El Maestro Interior”, nos da algunas pistas de cómo debería ser ese contacto real con el Ser Esencial, y de como, de alguna manera, ese Ser se manifiesta en el Camino interior, en el camino espiritual, especialmente acotado dentro de la vida cotidiana.

Para estar en el Camino del que nos habla Dürckheim, se tiene primero que asentar uno en su centro. Encontrar el centro es complejo, especialmente ante las mil necesidades y los cientos de miles de estímulos que recibimos todos los días. Estímulos que nos distraen, que nos ponen a prueba y que nos sacan de nuestro centro. Estar en el centro, en el punto de quietud, que dirían los budistas, es difícil. Requiere disciplina, fortaleza y una constante necesidad de búsqueda interior. Requiere, además, un convencimiento absoluto de que la realidad profana en la que vivimos es trascendida por una realidad sagrada, espiritual, profunda.

El centro somos nosotros cuando hemos integrado en nuestra personalidad todos los aspectos relevantes. Nuestro cuerpo físico está en sintonía con nuestra energía, esta con nuestras emociones y estas últimas con nuestros pensamientos. Ahí se encuentra el centro, y nosotros, en nuestra máxima expresión como seres humanos, nos convertimos de repente en el centro del universo, de donde todo emana y todo se conjuga. Al ser seres constituidos como hologramas, todo lo que ocurre en nuestro exterior no deja de ser un reflejo fiel de aquello que expresamos interiormente. Nuestro enfoque cuántico determina la realidad que experimentamos. Y la profundidad de ese enfoque determina la profundidad de las experiencias que recibimos y experimentamos. Realmente existe una correlación de fuerzas y energías que ordenan el escenario en el que vivimos, dotando al mismo de fuerza, sentido y protección cuando el Ser se expresa y se hace experiencia.

Por ello, el reajustar todos los días nuestro mundo interior mediante técnicas como la meditación o la contemplación, de alguna forma ayuda a ordenar toda la pantalla holográfica que se expresa en nuestro exterior. Si dentro hay conflictos, a veces conflictos no resueltos de nuestra infancia o juventud, esos conflictos se manifestarán una y otra vez en el cinemascope de nuestras vidas. Solo cuando desde la calma conseguimos alinear nuestras fuerzas, la proyección exterior se reordena y reaparece un mundo en equilibrio. Integrar ambos mundos, el interior y el exterior, lleva tiempo, pero esa integración necesaria forma parte de la búsqueda del centro.

Nos dice Dürckheim que el ser humano tiene tres necesidades fundamentales: la primera es la necesidad de vivir, que sería como decir la necesidad de prestar atención a la subsistencia diaria, la cual nos da fuerza; la segunda sería el dotar a nuestras vidas de sentido; y la tercera, sería la búsqueda de comunidad. El ser humano busca un “tú”, un diálogo donde la soledad no tenga cabida. En ese diálogo, siempre entre iguales, entre prójimos que se entienden, se establece una relación de seguridad y protección.

Cuando uno se hace adulto, hay un momento de ruptura con la comunidad tradicional, normalmente establecida por el parentesco, la familia o la patria de nacimiento. Sin embargo, cuando el Ser se hace experiencia en nosotros, la necesidad de una renovación de nuestros lazos afectivos sufre una intensa crisis, buscando esa nueva comunidad que dote de sentido a nuestra nueva visión. Esa búsqueda de familia espiritual no siempre se encuentra satisfactoriamente, porque aquel que ha experimentado el alumbramiento de una nueva realidad debe pasar inevitablemente por esa oscura noche del alma, hasta que al final de la misma, al final de ese oscuro túnel, una nueva familia nos espera.

Cuando estas tres necesidades, la de vivir, la de encontrar sentido a la vida y la de estar en comunión en el seno de una comunidad se satisfacen provechosamente, uno encuentra su verdadero centro. Entonces el Ser encuentra su plenitud, su orden y su unidad, y es capaz de expresar la consciencia de su fuerza, de su valor y la consciencia del “nosotros” como una comunión primordial, un lazo místico que une a unos y a otros en esa unidad psíquica, muchas veces inconmensurable, incomprensible, invisible. Es a partir de ese momento cuando volvemos a tener esa confianza primordial ante la vida, esa seguridad que nos lleva inevitablemente a un destino común, y de paso, a comprender que esa nueva consciencia requiere inevitablemente del apoyo de una verdadera comunidad. Esto es apasionante, porque de alguna forma, esa comunidad, la veamos o no, la sintamos o no, la comprendamos o no, existe. Y cada vez se amplia con mayor fuerza a medida que nuestro ser se expande en la experiencia del vasto mundo espiritual. No hablamos aquí de una comunidad de vida cotidiana, sino de una comunidad del lazo místico, en lo intangible, unidas por un propósito de mejoramiento, de ayuda mutua, de cooperación.

Termina Dürckheim diciendo que cuando esto ocurre, el ser humano descubre otra vida en la cual el absurdo es sustituido por un verdadero sentido vital y profundo, y la sensación de abandono por una inmensa sensación de protección que muchas veces no parece de este mundo. Es así como el Ser esencial se expresa en nosotros, viviendo una vida llena de seguridad y sentido.

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Maestros y maestría, discípulos y Camino en el siglo XXI


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© Tony Hunter

El otro día hablábamos sobre la diferencia entre fe y esperanza. Decíamos que la esperanza nos ayuda a superar las pruebas del día a día, a sobrellevar la vida con cierta oportunidad y desarrollo exterior. En cambio, la fe nos transmitía una luz en el camino interior, un acercamiento, muchas veces inconsciente, a la experiencia trascendente. Esa fe nos acerca a la vida sobrenatural, a lo milagroso de la existencia, al poder oculto de sentir y experimentar la vida desde la consciencia más amplia.

El ser humano requiere de una llamada, de una responsabilidad mayor, de una madurez hacia el mundo y sus inquietantes retos. Existe un núcleo oculto que opera a niveles diferentes a lo cotidiano, y muchas veces requerimos de guía para poder descifrar o interrogarnos con mayor profundidad sobre esos nuevos horizontes.

En la fase de orgullo espiritual, inevitable en todo avance, se niega siempre la oportunidad de poder avanzar mediante la guía de un maestro o mediador entre el cielo y la tierra. Esa negación nos retiene en un punto de no avance, de inquietante apatía y ofuscación. El orgullo de creernos superiores o diferentes nos retiene inevitablemente al borde del Camino. Sin perspectiva, sin avance, solo nos queda entrar en un profundo silencio desde el que poder profundizar en el sentido de la humildad, su significado y utilidad.

En ese punto de silencio y quietud, el ser encuentra la oportunidad de expresar su consciencia elevada, su maestro interior, y al hacerlo, está preparado para emprender de nuevo el Camino, esta vez con la guía de alguien que haya podido avanzar más en el mismo, eso que en la tradición primordial se llama “maestro”.

El conocimiento iniciático siempre tuvo una gran consideración y respeto por la figura del maestro. Hoy día, ese respeto se ha perdido ante el antojo del empoderamiento individual y el orgullo espiritual en el que nos encontramos. Hoy día, la figura del maestro, totalmente diluida, debemos buscarla, encontrarla y describirla de forma diferente. Un maestro de nuestro tiempo, nos dice Dürckheim en su libro “El maestro interior”, es aquel que ha sobrepasado las pruebas fundamentales de la vida: el miedo, la desesperación y el abandono. Al hacerlo, está libre de los condicionamientos humanos, y puede decidir en cada momento donde situarse en el mundo. Nos dice Dürckheim que en el maestro, la vida no es solo la fuerza viva que le ha transformado y llevado a un plano superior de humanidad, sino que también le hace capaz de poder cambiar a los otros. Esto puede hacerlo actuando de cinco diferentes maneras: enseñando, aconsejando, irradiando, dando ejemplo o provocando situaciones de choque.

Hay un momento en nuestras vidas que hemos alcanzado cierto éxito, hemos saboreado los límites de cierta sabiduría y nos hemos cansado de los goces mediocres de la vida ordinaria. En ese momento, aspiramos a algo totalmente distinto. Buceamos en el misterio de la vida y cuando estamos preparados, aparece la nueva enseñanza, el nuevo Camino, convirtiéndonos en discípulos de alguien que llegó un poco más lejos.
Pero, ¿dónde están hoy día los maestros? Hoy día, el prójimo puede ser nuestro maestro si acudimos a él de forma justa y reconocida. Si el maestro interior ha nacido en nosotros, podremos ver la maestría en los otros que han recorrido una parte del sendero mayor a la nuestra.

Ese otro es sin duda un ser que trasciende la humanidad ordinaria. Ya no están sujetos al orden y las exigencias morales o sociales de nuestra sociedad, sino que viven en la libertad que les otorga el sendero iluminado del ser. El maestro puede respetar los sistemas del mundo, pero no está sometidos a ellos, por eso suele ocurrir que su presencia a veces sea incómoda, sea chocante e importune a más de uno. La figura del maestro tranquilo y anciano que tenemos en nuestro imaginario colectivo no se acerca a la realidad.

Un verdadero maestro no es un elemento de estabilidad y sosiego, sino un revolucionario. Con él nunca se sabe lo que va a pasar, nos dice Dürckheim. Es siempre imprevisible y contradictorio, al igual que la propia vida. Las personas aspiramos a la tranquilidad, a la armonía y la seguridad. El maestro, sin embargo, echa abajo toda esa aspiración. El maestro destruye lo establecido, arrasa con lo que parece estar seguro, deshace todo lo que está enlazado y aparentemente se toma como cierto. Retira el suelo sobre el que pisa el discípulo, porque lo que éste precisa es caminar, y no instalarse en un lugar seguro. El maestro mantiene viva la vida como un pasaje absolutamente impermanente, inseguro, inestable.

Para acabar, Dürckheim nos dice que el verdadero maestro realmente no hace nada, su modo de actuar es el de la no-acción. Es el mediador de una Vida que, obrando a través de él, transforma a los seres. Y esa transformación, a veces solo perceptible a los más despiertos, obra silenciosa en nosotros.

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