La tierra es un lugar hermoso


¿No os preguntáis sobre el sentido de la vida? ¿No os paráis a pensar que el universo primitivo se creó por alguna cuestión que ignoramos? ¿Qué sentido tiene toda evolución? ¿Qué ocurre ante una supernova, ante los ciclos inevitables, ante las fugaces llamaradas de cualquier fuego? Si fijamos la mirada hacia el orbe cósmico no podemos más que conmovernos. Si miramos hacia arriba, sentimos el mismo anhelo que nace cuando miramos honestamente hacia dentro de nosotros. Como es arriba, es abajo, decían los antiguos, como es adentro, es afuera. Pero, ¿qué significado profundo encierra esta enseñanza? ¿Qué son esas estrellas y qué son los átomos que nos mantienen en una unidad fija ante tanto vacío existencial entre ellos?

Los cantos de amistad y libertad que forman parte de la Novena Sinfonía “Coral” de Ludwig van Beethoven pueden compararse con los trazos de un Jan van Eyck, un Rafael, un Caravaggio, un Rubens, un Manet o un Rembrandt, por citar solo algunos. Y cada trazo puede compararse a un verso de un Amado Nervo, un César Vallejo, un Borges o un Benedetti. La lista de genios e ingeniosos puede ser infinita en todas las artes y todas las ciencias y todos los tiempos. Y hoy día casi nadie se pregunta por aquello que une esa genialidad y el cosmos circundante. Pocas veces miramos hacia arriba, y por lo tanto, hacia dentro, para descubrir en nosotros esa genialidad, ese don, ese talento, eso que nos une inevitablemente al origen de las estrellas.

Qué inspiradora es la vida cuando nos agazapamos a ella. Mirar la bóveda celeste en la oscura y fría noche, susurrar al oído de la amada un verso adornado de suspiro y rumor, balancear la vida junto al fuego, viendo como las llamas consumen el tiempo, y de paso, intentar abrazar toda la existencia con un apretado interrogante sobre la importancia y la urgencia del vivir.

Hay paz interior ante los cantos de amistad y libertad, de amor y compartir cómplice. Atrapar la tierra con nuestras manos, suspirar sobre ella, sentir que estamos vivos en ese hilo conductor de transmisión vital, perpetuar su canto con la intención de que el milagro sea una y otra vez. En el fondo, es algo maravilloso, a pesar de la dureza que requiere soportar la existencia entera. Si somos generosos, podemos ver que la tierra es un lugar hermoso para vivir. Sin grandes aspiraciones, sin grandes pretensiones, solo vivir, solo estar vivos, en generosidad perpetua con nosotros y con los otros y con toda la grandeza de aquello que nos sostiene en este trepidante y sempiterno viaje cósmico. La nave Tierra, la amada madre que nos protege y nos lleva por el infinito.

Claro que hay sufrimiento y dolor, no debemos acallar eso, ni ser ingenuos. Pero sí agradecidos mientras tengamos un halo de vida. Siempre agradecidos a pesar de las durezas que la existencia nos pone como pruebas. Agradecer haber nacido en nuestro tiempo, en el lugar donde habitamos. Especialmente aquellos que son conscientes de que pueden pasear por las calles sin ser agredidos, en un entorno de seguridad, y pueden asistir a un hospital y ser atendidos y no hipotecar con ello toda su vida. Agradecidos por todo ese bienestar conseguido, y desear que todos los seres sintientes puedan lograrlo.

Vivimos, aunque estemos siempre en la queja, en un planeta hermoso, con sus polos, con sus desiertos, con sus bosques boreales y taigas, los trópicos y las praderas y los ríos y las montañas y la belleza inexplorada de las estaciones, tan acostumbrados a ellas que apenas nos damos cuenta de la profundidad de la nieve, la exquisita otoñada, la sublime primavera y el exuberante y generoso verano. Seamos generosos y demos gracias todos los días, gracias a los dioses, gracias a los misteriosos espíritus de la naturaleza, gracias a nuestra amada Tierra y nuestro imprescindible padre Sol. Gracias al Dios único y verdadero que habita en nosotros, porque como es arriba, es abajo, y una estrella palpita sesenta veces al minuto en nuestro pecho, recordando a cada instante que estamos vivos. Respira, agradece, disfruta de la joya del loto que se despliega aún en el más oscuro de los pantanos.

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En lo oculto se encuentra el verdadero saber…


© @hengki_koentjoro_images

“¡Mirad! No me limito a dar discursos o a una pequeña caridad. Cuando doy, me doy yo mismo”. Whitman

Darse uno mismo, inclusive en estas humildes palabras, es una forma de colaborar en la Gran Obra. No se trata de alardear de ego, de personalidad o de circunstancias pasajeras. Más bien, al darnos, estamos construyendo un mundo mejor, un mundo más liviano, más sincero, más transparente. Darse, de alguna manera, es doblegar el tiempo, compartir una esencia, un reflejo de eso que nos suma como especie. Darse a uno mismo, es encontrar el significado profundo de aquello que se encuentra y hayamos en el verdadero saber.

Nosotros mismos somos una parte oculta del verdadero saber. Somos seres pensantes, sintientes, vivientes y andantes. Pero también somos seres integrados en una maraña compleja que inútilmente llamamos mundo espiritual. Lo espiritual siempre es subjetivo. No podemos abarcarlo desde ningún tipo de objetividad válida. Hablar de lo espiritual, de lo que hay más allá del puente que une la consciencia con el cosmos, es intentar estirar una gnosis inasumible. Bucear en nosotros mismos y compartir el resultado de esa búsqueda en incitar al otro a caminar en la senda gnóstica del saber.

Si nos miramos y nos compartimos, estamos compartiendo nuestro bagaje, nuestra historia, nuestra vida. Al abrirnos a los otros, creamos una especie de simbiosis donde crecer, expandirnos y aportar un grano mayor a esta obra inabarcable. Cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando nos aislamos, estamos ocultando algo importante para el mundo. Es apagar una luz que el mundo necesita, una descripción detallada de ese saber que debe ayudarnos a crecer y expandirnos como soles futuros.

Darse a uno mismo es contribuir a que el mundo merezca ser vivido. Si nos empeñamos en dar lo mejor, en ser transparentes y generosos, algo mejora nuestra especie, nuestro tiempo, nuestra cultura, nuestro espíritu común. Poner el candelabro de luz que somos sobre la mesa es abrir una rendija de esperanza a esta humanidad doliente. Dejar de un lado nuestra parte más egoísta para promover aquello que nos hace generosos y dóciles hace que la vida tenga un significado más amplio. Dar lo máximo que somos, lo máximo que tenemos, es dar a la vida algo de lo que diariamente recibimos. Dar vida, dar amor, dar consciencia, es darse a uno mismo, con un retorno asegurado, con una cíclica aspiración de mejora.

Hacer de personas buenas, personas mejores. Ese es el alto ideal de la virtud, del ser humano completo que aspira a crecer más y más hacia una consciencia limpia, libre, fraterna. Ser libres es sentir la capacidad de confiar y compartir nuestros sueños. Es expandir nuestras emociones más allá de nosotros, así como dispersar nuestros pensamientos e ideas como si fueran semillas que algún día crecerán.

Somos seres ocultos, que buscan en lo oculto conocimiento y gnosis, consciencia y amplitud. Somos seres que deben darse al otro, a lo otro, para que se expanda aquello que nos une, nuestra humanidad, nuestro saber común, nuestro amor mutuo.

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Produciendo nuestro esplendor


© @walterluttenberger_fineart

«Nuestros actos están unidos a nosotros como al fósforo su luz. Nos consumen, verdad es, pero producen nuestro esplendor». André Gide

En el fondo somos como pequeñas luminarias que engrandecen la bóveda celeste, los cielos, los universos, los mundos visibles e invisibles. Nuestra luz, a veces tenue, a veces radiante, acompaña al misterio. Somos granos de arena, motas de polvo, gotas de agua y chispas de fuego al mismo tiempo. A veces somos rayo o viento, a veces montañas y a veces sombra que da cobijo. Somos luz y oscuridad, somos flor de primavera y hoja caduca de otoño. También pantanos y fuentes, bosques y humedales. Somos tanto al mismo tiempo, que muchas veces olvidamos lo importante de nuestra existencia.

Nuestros actos, por pequeños que sean, siembran en el cosmos circundante caminos de quietud, sendas de esperanza, cruces de alamedas donde progresan los interrogantes peregrinos. Hay altitud en nuestra mirada y por eso nos atrevemos a dirigirnos sin miedo hacia nuestro destino. Ahí, en alguna parte de akasha, está todo escrito. Primero recto, luego a la derecha y más tarde, al fondo a la izquierda. Hasta que encontramos el lugar, la persona, el hado.

Hay algo providencial en aquellas cosas que inevitablemente tienen que suceder. Podemos ignorarlas, podemos alejarnos de ellas por miedo o pudor, pero al final, aparecen una y otra vez, como si fuera inevitable, como si fuera necesario. Entonces nos preguntamos qué fue de nuestro libre albedrío, qué fue de nuestra independencia aparente y de nuestras ansias de libertad. Realmente no tenemos una respuesta clara. Los prados son verdes, las flores blancas, el fruto rojo. Nada escapa a su destino.

Sí sabemos que sea lo que sea que esté destinado para nosotros, podemos resplandecer, producir esplendor, algo se enciende dentro de nosotros. Quizás un don, quizás un talento, quizás tan solo una inspiración. Nuestros actos cotidianos, la manera que tenemos de tratar a los otros, de enfrentarnos a los retos, definen nuestro carácter, nuestra conducta, y nuestra correcta situación en el mundo. Ser lo que somos define nuestra luz, nuestro esplendor. Sí, consume nuestros días, nuestras vidas, pero al hacerlo, aportamos algo al mundo, algo a veces traducido en belleza, otras en amor, otras en sabiduría, otras en vida, otras en luz. Luz inspiradora, que ayuda a otros a seguir sus caminos, a enfrentarse sin miedo a sus retos, a sus pruebas, a todo aquello que los hará crecer en consciencia y vida.

Si codiciamos la sencillez y la humildad, la generosidad y la aceptación, podremos producir una vida conforme a lo que la naturaleza exige de nosotros. Y eso básicamente se traduce en felicidad, en paz, en belleza. Algún día, nuestra propia luz nos llevará hacia senderos sosegados donde lo importante será crecer en amor, y no en dolor, en belleza y no en pesadumbre.

Solo tenemos que elegir, alejarnos de las angustias y generosamente, dar gracias por cada segundo e instante de vida que nos atraviesa. Gracias por esas personas que nos ayudan y acompañan, gracias por este aire que respiramos, por esos alimentos que nos llegan, por ese abrazo que en la noche invisible atraviesa nuestro pecho cargado de amor y llama. Gracias, vida, por dejarnos brillar en esta oscura noche. Gracias por dejarnos consumir en ese nuestro esplendor.

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Semidespiertos en la era del overthinking


© @richard_hunter_photography

«Las personas, más que las cosas, tienen que ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas». Audrey Hepburn

Pensamos mucho, demasiado, excesivamente. Vivimos en la era del overthinking, la era del pensar demasiado en un mundo en el que hemos desconectado de las tareas y actividades que nos mantenían en contacto con la naturaleza. Todos sabemos que tenemos dos mentes, la concreta y la abstracta, y luego un punto de quietud entre ambas. La mente concreta es la que regula nuestra actividad diaria, aportando pensamientos que organizan nuestra cotidianidad, resuelve problemas y analiza posibilidades. Esa mente funciona constantemente, siempre está en movimiento, inclusive cuando dormimos. Es imposible parar su actividad, su laboriosidad, solo podemos ralentizarla, calmarla o dirigirla. Una de las cosas más complejas es poseer cierto autocontrol sobre la mente-mono, como la llaman en el budismo.

Esta mente produce estrés y ansiedad. Nuestra mente salta, como un mono, de pensamiento a pensamiento sin ningún tipo de control. Esto ocurre cuando perdemos la atención, la concentración, el dharana del budismo, sobre los claros objetivos de nuestra vida. Cuando no sabemos qué rumbo tomar, los pensamientos recurrentes nos invaden y nos arrastran a situaciones de ansiedad constante, creando con ellos sufrimiento y desorientación. Eso puede reflejar a posteriori estados de depresión o euforia que van cambiando dependiendo de cómo el mono suba y baje de una rama a otra.

Higienizar nuestra mente, limpiarla, aliviarla, repararla, restaurarla, no es tarea fácil. El punto de quietud del que hablábamos, que a veces se consigue mediante la meditación, el silencio, dando un paseo, contemplando una obra de arte o escuchando música, es una buena forma de salir de esa mente-mono y entrar en un estado diferente de consciencia. Es un puente para saltar de la mente concreta, la mente-mono, a la mente abstracta, esa mente más amplia y poderosa que nos permite creer y crear.

La mente abstracta tiene un sentido superior de las cosas. Está más cerca de nuestro ser esencial, de nuestra alma, de todo aquello que atraviesa la consciencia como algo misterioso en sí mismo, pero también como algo que nos permite agudizar nuestro ingenio humano. Es el lugar donde nos encontramos con los valores que dirigen nuestras vidas, con el timonel que marca el rumbo de lo que deseamos realmente, con nuestra misión y propósito vital. Es ahí donde deberíamos instalar nuestras fuerzas diarias, alejándonos de esa enfermedad del overthinking.

Los pensamientos circulantes nos llevan hacia círculos viciosos de los que es complejo salir. Al vivir de forma automatizada, atados a los pensamientos recurrentes, no podemos despertar a una realidad mayor, más amplia y más plena. Algunas tradiciones nombran esta condición como la vida de los semidespiertos, aquellos que sin poder despertar a una realidad mayor, empiezan a intuirla y desearla. No han despertado aún a la misma, no han conectado aún con su punto de quietud y no conocen las vías para adentrarse completamente al vasto campo de la experiencia de la mente abstracta, pero de alguna manera, lo anhelan. De ahí que, de alguna manera, las personas debemos ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas. Necesitamos resetear nuestra mente-mono, dominarla y dirigirla desde el punto de quietud, el antakarana de la consciencia, hacia la plenitud de una vida abundante, plena y expansiva.

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La belleza: resultado de la simplicidad


No debemos idealizar aquello que no nos hace felices. Es algo que deberíamos tener siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Aprender que en la vida, a veces, hay que renunciar a casi todo para así ser más nosotros, más esencia. Renunciar a las expectativas, a las cosas, incluso a algunas personas. La renuncia es una fuerza poderosa que nos libera, que aligera nuestras vidas. Renunciar a propiedades que nos atan, a sueños que nos esclavizan, a realidades que ya no significan nada para nosotros. Renunciar a la seguridad, a nuestro estado emocional, a nuestras verdades, con tal de encontrar en esa renuncia un alivio o un sustento espiritual, una razón de ser.

La belleza de nuestras vidas siempre es resultado de nuestra simplicidad, de nuestra perfecta complicidad con lo natural. Cuanto más simple hagamos nuestra existencia más bella será. Lo podemos ver en la simplicidad de una flor, en la simplicidad de un vuelo o del canto de un petirrojo, en la constante simplicidad de la naturaleza. Una montaña es simple y al mismo tiempo bella y majestuosa. Una nube, en su simpleza flotante, puede desmontar cualquier canon de perfección.

La simplicidad voluntaria es algo revolucionario. Simplificar nuestras vidas, nuestras compras, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras metas, nuestros prejuicios, nuestras ataduras, nuestros pesares. La belleza atiende a esa simplicidad que ejercemos en nuestros actos diarios. En lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que respiramos, en lo que ejercitamos.

La simplicidad en nuestros pensamientos, siempre tan ocupados en las diez mil cosas, que diría el Tao. Siempre tan cansinos y apresurados como un mono loco sin rumbo y sin dirección. A veces tener un buen norte evita tanto tormento, tanta incapacidad para no hacer nada. A veces un norte sencillo nos ayuda a minimizar nuestras fuerzas y nuestros caminos. Nuestros pensamientos a veces son tormento y cobijo de miedos por cosas que no pasan, que nunca pasarán, que nunca pasaron.

Simplicidad en todo, también en nuestra forma de vestir, de andar, de comunicarnos, de trabajar, de vivir, en definitiva. Simplicidad en las relaciones, en el tacto, en los mensajes que ofrecemos al mundo, en nuestra música interior, en nuestros silencios, en la forma de encender una vela o un incienso, en la manera de tumbarnos para escuchar simplemente el sonido del bosque.

Una vida simple, sin tantos aparatejos, sin tanto ruido, sin tantas cosas. Una mirada sincera, un manojo de flores silvestres, un te quiero llano, sin amuletos ni sortijas. Un paseo con los lobos o con la familia, en manada, entre sendas y prados verdes. Una casita de madera, pequeña, no muy grande, con sus infusiones y sus tardes de lluvia y su chimenea. Una mantita tejida en sueños, un abrazo, siempre un abrazo. Qué hay más simple, profundo y bello que un abrazo sentido, de esos que atrapan el sueño y el tiempo, de esos que no quieres que nunca se acaben, por necesario, imprescindibles. Un abrazo paraliza la vida, porque es simple, porque es bello, porque es inexcusable, sempiterno, forzosamente silencioso y por ello, profundo, infinito, bello. Un abrazo es una llama, que enciende vidas, que enciende esperanza.

Discernir, priorizar, focalizar, perseverar


«El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante». El Principito.

Todos soñamos, todos deseamos mejorar día a día, todos anhelamos un mundo nuevo, bueno y mejor. Todos, de alguna manera, miramos los horizontes con esperanza, aún a sabiendas que algún día ese horizonte se borrará y dejará de existir para nosotros. Cada uno de nosotros suspira siete veces siete al día, implorando que todo vaya bien, que no falte comida, que no falte trabajo ni calor ni hogar, que no falte amor e ilusión. Muchos acostumbramos a quedarnos esperando a que ocurra algo, a que alguna especie de milagro acontezca mientras vemos pasar la vida. Otros, los menos, se calzan las botas de caminar y no esperan al milagro, van en su búsqueda hasta alcanzarlo. Caminan y perseveran hasta ollar todas sus sendas.

Esos, los más osados, los más valientes, interiormente han comprendido que la propia existencia produce magia si conseguimos empaparnos de sus corrientes de vida. La vida hilozoísta que recorre todo cuanto existe, la vida que todo lo impregna, la vida que todo lo salpica, aún cuando no seamos totalmente conscientes de ello.

Hay un diálogo que se teje constantemente entre nuestra parte más profunda, muchas veces invisible a los ojos de nuestra consciencia, y la parte más profunda y misteriosa del cosmos. Ese diálogo, ese lenguaje de los pájaros o lenguaje verde, como lo llamaban los antiguos, está cargado de arquetipos, de matemáticas, de geografía sagrada. En ese coloquio con la naturaleza misteriosa, se puede atisbar la fragancia sublime entre lo que somos y nuestros sueños, nuestros anhelos, es decir, aquello que deberíamos ser, desde el Ser.

Algunos consiguen descifrar los códigos ocultos de dicho lenguaje, y comprenden que para conseguir que la magia actúe, que los sueños que imaginamos en lo más profundo se vayan tejiendo en el plano de la forma, en la realidad palpitante, se necesitan algunos ingredientes básicos: discernimiento, priorización, focalización y perseverancia.

Discernimiento porque nuestra mente pequeña está siempre ideando, pensando, maltratando nuestro ser con mil razonamientos, síntomas inequívocos de que estamos en un tiempo donde aún no tenemos pleno dominio sobre nuestro pensar. La mente se catapulta hacia todo tipo de interferencias, algunas provenientes de la necesidad, otras del miedo más ancestral, otras de los resquicios de nuestros ancestros, esas voces que aún permanecen en nosotros y no somos capaces de desenmascarar. Discernir significa concentrar en un solo pensamiento aquello que verdaderamente anhelamos y deseamos, dejando a un lado todo lo demás. En la tradición del yoga se llama Dharana, concentración de todas nuestras energías en un solo punto, despreciando todas las demás distracciones e interferencias.

Una vez hemos conseguido despejar, mediante la fuerza del discernimiento, aquello que verdaderamente anhelamos, lo ponemos en primera posición de salida en cada uno de nuestros días. Priorizamos esa idea, ese anhelo, ese deseo, esa prevalencia. Esto es muy importante, porque puede ocurrir que podemos discernir claramente lo que deseamos, pero no llegamos a priorizarlo por miedo, por falta de entusiasmo, por falta de valor. Priorizar nuestros sueños es sentirnos capaces de poder llevarlos a cabo, descartando de nuevo todo aquello que nos distraiga de ello.

Volvemos a discernir, a priorizar y luego, irremediablemente, debemos darle foco a esa prioridad. Eso significa dar el extra, apuntar todas nuestras fuerzas y recursos para que esa prioridad se ponga a caminar. Cuando ponemos el foco en nuestra prioridad, todo el universo se pone a nuestro favor. Todas las energías disponibles, todas las fuerzas que somos capaces de atesorar, se ponen a trabajar para nosotros. Ahí empiezan a reclutarse todos los ingredientes necesarios para que se obre cualquier tipo de milagro. Ahí nace el mago que todos llevamos dentro, porque empezamos a atender con fuerza lo que verdaderamente anhelamos.

Y luego el gran secreto de todo sueño: perseverar. La perseverancia es esencial, porque todos sabemos que no existe en la naturaleza la generación espontánea. El secreto de los ciclos nos enseña que todo fruto llega cuando somos capaces de trabajar la tierra, sembrar correctamente en ella, cuidar aquello que amamos día tras día, y perseverar para recoger todos sus frutos. A mayores cuidados, a mayor atención y perseverancia, a mayor foco, prioridad y discernimiento, mayor será el logro en nuestras vidas. Es el tiempo que dedicas a una cosa lo que hace que sea importante. Y eso que es importante para nuestro corazón, para eso que es esencialmente invisible a los ojos, debemos lanzarlo con fuerza para que se haga realidad.

Otoño. Equinoccio. Haleg-Monath. Mabon. Volver a empezar


«Reciba a los niños en reverencia, edúquelos en el amor y envíelos en libertad.» – Rudolf Steiner

Llega un nuevo equinoccio. Llega una nueva energía, un nuevo ciclo, una nueva oportunidad. Un tiempo de renovación, transformación, metamorfosis. Un tiempo de oportunidad. Cae lo viejo, lo caduco. Cae todo aquello que ya no sirve. Todo aquello que servirá de abono para la tierra doliente, húmeda, oscura.

Los árboles se sacuden con el viento mientras que los pájaros recogen poco a poco su cantar esperando la próxima primavera. Las montañas se tiñen de ocre y pronto las castañas empezarán a teñir también los caminos, las dehesas y los campos. Brotarán las primeras setas, hongos y trufas. El manto verde volverá a resplandecer bajo la promesa de nuevas lluvias. Los cauces crecerán de nuevo y se llevarán todo aquello inservible.

Es tiempo de recogimiento, de chimenea, de reflexión, de castañas y fuego, de magosto. Tiempo de hogar, de abrazo, de manta, de película, ya sabes cual. Tiempo para volver a soñar, para empezar una vida nueva, ampliada y mejorada, perfeccionada gracias a los avatares de la experiencia. Es tiempo de clasificar las semillas e ir preparando, tras el reposo, la nueva tierra.

De alguna forma es tiempo de volver a abrazar lo sagrado, abandonando el mundo profano que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Es tiempo de acercarnos a la vida del espíritu, a la profunda presencia del misterio. El equinoccio de otoño nos recuerda la necesaria oportunidad de renovación espiritual que todo ser necesita. Inevitablemente.

Hoy el día y la noche tendrán la misma duración. Equinoccio, noche igual. El calor dejará pasar poco a poco al frío. Esta estación nos va preparando para esa iniciación blanca, fría e inhóspita. Es tiempo de celebración, de dar gracias por las cosechas del verano, a veces duras y complejas. Dar gracias también por los aprendizajes, por aquello que hemos recolectado para engrandecer nuestra experiencia y la vasta vida del alma. Es tiempo de volver a nosotros mismos, a nuestra verdadera esencia, despojándonos de las máscaras y los ropajes que no son nuestros.

Haleg-Monath en la tradición celta o Mabon en las tradiciones neopaganas. El mes sagrado por excelencia que nos prepara para la llegada de Samhain, la mitad oscura del año que nos llevará hasta la mitad clara. El tiempo de renovación, la oportunidad de volver a empezar de nuevo, de hacer tabla rasa, mirar hacia dentro y reconducir nuestras vidas. El tiempo de querer mejorar, de hacer bien las cosas, de emprender una nueva vida desde un sentido más profundo y verdadero.

Es tiempo de amar otra vez, sin decepciones, sin rencores, sin miedos y de volver a soñar en aquellas praderas y aquellas montañas elevadas. Renovando el ciclo de la vida, conservando el latir profundo de la existencia, esperando ser partícipes una vez más de la Vida en toda su más amplia manifestación. Es tiempo de recibir a los niños en reverencia, educándolos en amor para que emprendan algún día el camino de la libertad. Es tiempo de retomar el Sueño.

Tiempo liminal, fronterizo entre la luz y la oscuridad. Tiempo de melancolía, ojalá que una melancolía acompañada, abrazada, amada. Nos adentramos poco a poco a la oscuridad, al frío. Debemos agitarnos para que lo viejo caiga. Debemos desnudos afrontar lo que viene, alimentarnos del fruto recogido y esperar nuevos tiempos con valentía, coraje y perseverancia. Esperaremos, pacientes, porque la Vida desea volver a manifestarse, una y otra vez. Esperaremos como siempre hemos hecho, a pesar de la dureza que este otoño promete. Servir a la luz desde la oscuridad como bonita metáfora otoñal. Servir al amor, una y otra vez, llevando la barca cada vez más adentro, encendiendo el farolillo cada vez con mayor luz y verdad. Volvamos a empezar, una y otra vez. Cuántas veces haga falta. Volvamos a hacerlo.

Nadie se rinde cuando algo realmente le importa


© @emmanuel_enyinwa

Uno se pone triste cuando la mujer que le gusta sale con otro hombre. Incluso cuando los hijos de la viuda no comprenden nada sobre lo que estudian todo el día referente a la virtud. Uno se pone triste por cualquier cosa, como cuando piensas en esa casa idealizada que tanto esfuerzo costó y donde el debate se teje ahora sobre si hay que tener aguacate en la cocina o arroz integral en vez de intentar transformar, desde la humildad y la profunda entrega, toda nuestra condición humana. Uno se pone triste cuando le gustaría estar abrazado en aquel concierto o en aquella playa. Cuando las guerras humillan, en las tumbas de Izium, toda nuestra humanidad, mientras se ahogan a miles en las inhóspitas playas del Sahel.

Uno se pone triste cuando en aquella playa solitaria ve esa pareja desnuda, besándose bajo la lluvia, o disfrutando de un atardecer viendo los veleros surcar el infinito océano mientras la música de fondo invita a navegar por otros mares. Se pone triste al pensar que no es uno, sino el otro, el fortuito que quiso el azar poner allí para distraernos una vez más, alejándonos del sueño, alejándonos del sentir. Uno se pone triste cuando nos distraemos con tantas cosas y tantas personas alejándonos irremediablemente de nuestro verdadero, insondable e irracional deseo.

Sin embargo, nadie se rinde cuando algo realmente le importa. Y construye sus sueños a base de más sueños y navega por mares aunque esos mares sean angostos y peligrosos. Uno no se rinde nunca a pesar de las terribles tumbas de Izium o los cadáveres flotando en las playas del Sahel. Y otros vendrán y surcarán los mares y llegarán a tierra firme y de esos, algunos conseguirán su sueño y su dicha porque nunca se rindieron. Y otras generaciones vendrán y verán esas tumbas y jurarán que nunca más habrás más guerras.

El mundo esconde paisajes tristes, escenas difíciles, momentos complejos que debemos atravesar. La vida nos cierra puertas constantemente, pero si nunca nos redimimos, y seguimos adelante, y seguimos perseverantes y seguimos erguidos mirando con superación toda la fatalidad mortal, las tragedias nos abandonan y el triunfo, aunque sea efímero, termina abrazándonos. ¿Qué triunfo? Nos preguntaremos una y otra vez. El triunfo de no cesar, de empeñar nuestra vida en un sueño, en un profundo sentir, en una realidad imaginada primero en las etéricas fuentes de lo invisible para luego ser tejidas en los planos más burdos y densos. Así funciona lo insondable. Así atraemos a lo posible, lo imposible.

Hoy es un día verdaderamente triste, profundamente triste, inimitablemente triste y desdichado. Las costas del Sahel esperan nuevos despojos que algún día fueron vida. Las tumbas de Izium seguirán aumentando a medida que la tragedia se aproxime a la consciencia de todos. Y allí, en las playas del silencio, esa nueva pareja probará suerte, harán el amor bajo la lluvia, verán esos arqueados veleros, no uno, sino dos, o dous, si nos ceñimos a la realidad.

Sí, es un día triste, como otro cualquiera, pero nadie se rinde cuando algo realmente importa. Y alguien llegará desde el Sahel a la tierra prometida, y algún día las tumbas de Izium estarán llenas de flores en recuerdo y memoria de toda la humanidad doliente, y aquel otro hombre, pobre hombre, tan pequeño y tan grande bajo su condición humana, hoy triste y desolado, encontrará el gozo por ese amor prometido, por esa batalla ganada, brillando de nuevo toda luz y toda gloria por los siglos de los siglos.

Echar de menos los imposibles…


“Si me encandilas con tu mejor mentira, / responderé con la promesa más hermosa”. Edna St. Vincent Millay

La vida se desarrolla de forma extraña, como en un juego de la oca donde hay unas casillas establecidas, pero cuyo recorrido resulta distinto dependiendo de los dados que caigan en la rueda de la fortuna. Hay algunos factores que nos intrigan de la vida. Uno de ellos son las casillas donde caemos en el amor, en el dinero, en la salud, en el lugar que elegimos para vivir. Hay casillas que resultan imposibles, complejas, dificultosas. Sabemos que están ahí y que podemos caer en cualquier momento.

Cuando sales a la calle y cruzas tu mirada con tanta y tanta gente te viene a la cabeza la de cientos de posibilidades de vida que pueden ocurrir si conoces a unos u a otros. El hecho de elegir pareja, o de que la vida la elija por ti, ya es significativo. Salir con este y no con el otro, puede cambiar radicalmente tu existencia. Elegir pareja, compañero de vida, hará que tu existencia cambie radicalmente. Cada elección determina cada generación, cada nueva vida, cada aporte de consciencia, amor y equilibrio a la delicada cohesión entre lo material y lo espiritual. ¿Qué clase de niños queremos traer al mundo? ¿En qué ambientes queremos criarlos? ¿En qué lugares? ¿Con quién?

Ocurre lo mismo con el trabajo. ¿A qué deseo dedicar el resto de mi vida? ¿Seré perezoso a la hora de establecer mis relaciones con el mundo laboral? O por el contrario, seré proactivo, tendré ganas de superarme, de buscar realmente cuál es mi verdadero don y encontrar la posibilidad de poder desarrollarlo con entusiasmo y alegría.

La salud es más compleja, porque depende de nosotros, de nuestras circunstancias y de nuestra herencia. Nosotros podemos potenciar la salud, estar en un estado de gracia, y facilitar que nuestra vida se desarrolle y traiga bienestar. El cuidado del cuerpo, de nuestras energías, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos hará que nuestra calidad de vida, aunque no sea una garantía al cien por cien, sea de una manera u otra.

El lugar donde vivimos determina también nuestra existencia, nuestra cultura, nuestra composición espiritual e íntima. No es lo mismo vivir en una gran ciudad que vivir en las montañas, en plena naturaleza. Cada elección que hagamos en ese sentido, determinará todo lo demás. Nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro medio de vida, nuestra posibilidad de crear o no más vida…

Cuando miramos a nuestro presente podemos detectar qué cosas nos resultan insatisfechas. Hay cosas que nos afligen porque en algún momento de nuestras vidas hemos realizado una mala elección. A veces no elegimos algunas cosas porque nos resultan imposibles. Aquella persona, aquel trabajo, aquel lugar donde vivir, aquel cuidado de la salud… Parecen imposibles y pasan los años y vivimos atormentados porque no tuvimos el valor de dejarnos llevar por el corazón, por nuestro sentir, por la osadía de probar, aun con riesgo de equivocarnos, el aventurarnos por aquel camino.

Así pasan luego los años, a base de arrepentimientos continuos, de sentirnos que no arriesgamos, de frustraciones por no haber probado aquel camino o aquella otra senda. Que no tuvimos valor de apostar por los imposibles que se nos presentaban, pero que sentíamos debíamos abrazar con fuerza.

«Intentar, intentar», debería ser nuestro mantra interior. Intentar hasta desfallecer para que lo imposible se vuelva posible, y así, con el paso de los años, no nos quede esa sensación de tristeza y amargura por no haberlo intentado. Que no llegue el final de nuestros días pensando y soñando en lo que podría haber sido. Más bien, llegar satisfecho al final de nuestro camino y decir: lo intenté, una y otra vez, y ese fue mi camino. A veces exitoso, a veces fracasado. Pero feliz, porque lo intenté. Lo intenté todo, y esa fue mi ganancia en esta corta y efímera existencia.

El aliento ígneo


El ser humano virtuoso es aquel que influye conscientemente en aquello que sí puede cambiar. Y acepta con plenitud y consciencia aquello que no puede modificar. Focaliza su atención en esas cosas de la vida cotidiana en lo que puede incidir de alguna manera. El azar es un espejismo, decían en la antigüedad, que nace de la ignorancia, pues de alguna manera, el universo se teje sobre leyes naturales a las que no tenemos un completo acceso. La gnosis pretende despejar alguna de nuestras dudas, ofrecernos soluciones o adormideras para la razón, pero no puede abarcar, por sus propias limitaciones sensoriales y espaciotemporales, todo el infinito inabarcable, toda la inquietud existencial. ¿Cómo es posible entonces vivir acordes al flujo de la naturaleza y sus leyes visibles e invisibles?

No podemos enfrentarnos a los acontecimientos que superan nuestra actuación, al igual que no podemos enfrentarnos al poderoso curso de un río. No podemos luchar contra el logos universal que organiza y opera en todas las cosas, pero sí podemos abrazar lo inevitable, sin ofrecer resistencia, acotando nuestra rebeldía existencial a aquello que es posible. De lo contrario, luchamos de forma inútil y agotadora contra la vida, sea cómo sea la vida, con sus tristezas y alegrías, con su dolor y ambrosías. Nuestras mayúsculas limitaciones deben ponerse al servicio del devenir. No luchar contra lo que nos ocurre, sino buscar conocimiento y sabiduría en todo lo que nace en nuestras vidas. No es una resignación hacia el determinismo cosmológico de las cosas, sino una adaptación que nos hace mejores y más resilentes.

Desde la ataraxia, la calma y la tranquilidad a la que podemos llegar algún día, alcanzaremos a comprender que todo lo que ocurre más allá de nuestros deseos y pasiones, no son cosas ni buenas ni malas. Ocurren sin más. El aliento ígneo que crea todas las cosas está por encima de nuestro entendimiento. La sabiduría consiste en considerar nuestra ignorancia y comprender nuestras limitaciones sin luchar contra ellas.

Es nuestra misión en la vida, o debería ser, la de embellecerla. Hacerla amable y dulce, tierna a la mirada de los otros. Necesaria para ese orden cósmico que desconocemos. Que ese aliento ígneo de todo lo creado se manifieste de igual manera en nosotros, desde cierto orden y riguroso esplendor, ensanchando nuestros mundos.

Estas cosas pensaba hoy mientras el tren me trasladaba desde el Maresme y sus playas estrechas y divididas hasta el mismo centro de Barcelona. Antes mi anfitriona en la gran ciudad, una de esas amigas que te cuidan de forma tan entregada y amorosa, me había regalado una consulta en un excelente osteópata. Me ha hecho crujir todos los huesos y me ha recordado la urgencia de cuidar el vehículo, el cuerpo, los cuerpos. Llevaba años sin hacer deporte como antes lo hacía, pero al recolocarme los huesos he vuelto a sentir la necesidad de volver a mi rutina corporal. Mens sana in corpore sano. Es algo que no debemos olvidar, para que cuando nuestra alma llegue a nosotros, se encuentre en un lugar amable y bello.

Aquí, desde este hermoso ático donde ahora me encuentro, escucho los ruidos y los trajines de la ciudad. Llueve, se oscurece todo, desaparecen las nubes, se aclara el cielo. Todo pasa en un instante y me recuerda la impermanencia de las cosas, el aliento ígneo que todo lo aviva. Y cuando deja de llover a cántaros y se despeja el cielo, de nuevo el ruido de la ciudad. Volver a la ciudad es un recordatorio, una vacuna imprescindible que me despierta la urgencia de volver a la naturaleza, a mis bosques añorados, a mi pequeña cabaña. Ahora entiendo que el silencio de aquel lugar, solo ininterrumpido por el canto de los pájaros mañaneros, no tiene precio. Soy un auténtico privilegiado y no soy totalmente consciente del tesoro construido allí. Sí, el aliento ígneo está ahí, incluso detrás de esta locura llamada ciudad. Incluso en los bosques que me aguardan para abrazar mi propia vida. La diferencia está en esa necesidad de volver a la naturaleza. De volver a lo bello. De regresar a la virtud de forma amable y considerada. El azar es un espejismo, así que estaré atento a las próximas señales.

Atrévete


 

Decía Camus que el buen gusto consiste en no insistir. A veces uno piensa y observa todo aquello que perdió precisamente por no insistir, por abandonar, por arrinconarnos ante el miedo, dejando la valiente osadía para otro momento. A veces pensamos que la mejor opción es sentarse a esperar que algo suceda. Es la esperanza mal entendida, sin comprender del todo que el universo se pone a danzar cuando nosotros damos un primer paso. La cuestión fundamental sería saber si ese primer paso está dirigido desde la consciencia, o en su defecto, desde cierta sabiduría basada en el conocimiento o la experiencia. La praxis siempre ayuda, pero ese primer paso, esa primera osadía, es imprescindible.

Los sueños deberían ser siempre más grandes que nuestros miedos. Siempre tenemos miedo a perder, ignorando que a veces, cuando perdemos, estamos ganando. Ya sea experiencia, ya sea conocimiento, ya sea la oportunidad de sentirnos que por lo menos, lo hemos intentado.

Ayer vi una de esas películas ñoñas que suelo ver últimamente (One Day) donde de alguna forma se detalla la importancia de intentarlo, una y otra vez. Es cierto que en la película existe un hilo conductor, algo que está tejido desde la narración que el misterio de la vida trenza en lo invisible. Ese hilo es el amor, pero no cualquier amor, sino ese que siempre es más poderoso que el miedo o las circunstancias. Eso me encantó, pues a pesar de los avatares de uno y otro personaje, al final el amor triunfa. Y el misterio de ese triunfo fue precisamente el poder de la osadía, el poder de volverlo a intentar una y otra vez, sin temor a perderlo todo.

Las acciones deberían ser más poderosas que nuestras palabras. Hablar es fácil, y es complejo mantenernos en silencio. Los sabios callan, pero, sobre todo, actúan. Actúan de tal forma que casi parece que no hacen nada, porque su actuación es invisible a los ojos de la ignorancia. La osadía es una fuerza vital que nos empuja desde la voluntad profunda a participar de la Gran Obra, mistérica y necesaria, de la propia vida. Solemos pensar que todo ya está hecho, pero en verdad, solo se hace cuando empieza el movimiento primigenio, la chispa que enciende el motor y el fuego de nuestras vidas.

Atrévete. Me repito una y otra vez. No hay nada que perder. Ser osado es una forma de amar. Atrévete a decirle lo que sientes. Atrévete a darle un abrazo a aquella persona que se alejó. Atrévete a reconciliarte con los que te hicieron daño. Atrévete a emprender tu sueño, sea el que sea. Atrévete a tener hijos si es lo que más quieres. Incluso atrévete a configurar una familia ahora que eso parece algo tan denostado.

Atrévete a estar solo si lo necesitas. Atrévete a escalar aquella montaña o a nadar por aquel río de agua helada. Atrévete a invitarla a aquel atardecer que nunca sucedió. Atrévete a empujar al otro hacia esos bosques oscuros llenos de animales salvajes para que agarrado de tu cintura pueda circunvalar cada uno de sus miedos. Atrévete a ser mentor de aquel que está perdido o simplemente de oxigenar tu vida con nuevos caminos cuando seas tú el que lo esté. Atrévete a reinventarte, a destruir todo aquello que ya no sirve y construirte una y otra vez desde tus propias cenizas.

En definitiva, atrévete a vivir, a amar la vida, e insiste, aunque sea de mal gusto, siempre que sientas que al final todo tu esfuerzo, constancia, perseverancia y paciencia habrá merecido la pena. Atrévete, no pierdes nada.

Éramos muchos


 

En la playa nos amontonamos tras kilómetros de sudor y alguna lágrima. Había mucha gente y no encontrábamos lugar donde dormir. Mis planes mentales no habían conseguido adaptarse al medio. No había contado que tendría que dormir en la calle o en la playa o en los bosques, y regulé mi camino.

Estuve unos días intranquilo porque deseaba caminar. Sé que caminar es sanador, y si lo haces prolongadamente, la sanación es más profunda. Así que, tras unos días en la inopia, mirando a ver qué camino de mi vida tomar, decidí lanzarme de nuevo a las sendas.

Éramos muchos en el Camino del Norte y somos muchos ahora en el Camino francés. Es un poco agotador y de momento estoy teniendo suerte a la hora de encontrar posada. Quizás sea porque he cambiado mi pensamiento y he vuelto mucho más libre y mucho más flexible. Si tengo que dormir en la calle no me importará, y no será motivo de volver. Si por ello no puedo trabajar en la editorial como era mi primer plan, tampoco pasa nada. Ya recuperaré a mi vuelta. Algún día tendré, si es que eso es posible, desligarme de conjugar trabajo con vacaciones.

También éramos muchos en el proyecto, casi cuarenta personas todas estas semanas, y eso me resultaba agotador interiormente, especialmente ante esta fragilidad que soporto. Mi vulnerabilidad me alejaba del bullicio y el ruido e intentaba mantenerme aislado. Cosa tan difícil cuando sabes que ahí fuera hay tanta gente bonita.

Durante un mes entero me he refugiado en un blog alternativo, porque contar mis penas ante más de cinco mil seguidores admito que me daba un poco de cosa. Cuando uno está triste y le gusta escribir, desenfunda toda su rabia y frustración y se desahoga de cualquier manera. Así que lo hice en petit comité durante un tiempo, hasta que ahora he decidido volver a este Creando Utopías, algo mejorado, algo más tranquilo, algo más lleno de fuerza.

En estos días de caminata he reflexionado mucho en la cuestión de que éramos muchos en aquella «casa». Me he dado cuenta de que soy un antiguo y no llevo bien el poliamor, ni el sexual ni el emocional. No lo juzgo porque cada uno hace con su cuerpo y con sus emociones lo que le da la gana, faltaría más. Pero admito que soy monógamo y deseo relaciones monógamas, en cuerpo y alma, aunque esto suene carca y desafortunado. Para mí es un lío cuando una de las partes tiene frentes abiertos y no es capaz de cerrarlos para centrarse en uno solo. Eso es muy agotador para todas las partes. Terminas volviéndote loco y terminas culpando de todo al que exige algo de exclusividad. ¡Qué presión para todos! ¡Qué locura! Me alegro sinceramente sentirme libre, haber liberado al preso en el que me había convertido, y volver a los caminos de la razón y la cordura. La verdad nos hace libres, y cuando esa libertad la integramos dentro, uno se expande, inevitablemente, hacia otro lugar.

Ahora que me siento desintoxicado, libre, con fuerza, deseo volver a empezar. Deseo disfrutar de este camino, pasear desenfadado, compartiendo alguna sonrisa, deseando todo lo mejor al mundo circundante y estrujar el jugo de la vida hasta donde mis fuerzas lo permitan. Se acabó el estúpido sufrimiento y se acabó compadecerme constantemente. Lección aprendida, y a seguir hacia adelante.

Somos muchos en el planeta, dicen. En Occidente esa es la sensación que tenemos cuando vemos que los recursos empiezan a escasear. Para los que no tienen ningún tipo de recursos, el problema es otro. Quizás no sea una cuestión de si somos o no somos muchos, sino de regular, cambiar el paradigma y ver el mundo desde otra perspectiva. Decrecer, aligerar la mochila, buscar personas con las que compartir en la alegría y la simplicidad, deshacernos de todo aquello que no suma, y valorar las relaciones positivas que llenan nuestra vida de sentido. No importa si tenemos que dormir en una playa o en un bosque perdido. No importa si en bien de cierta coherencia tenemos que zanjar relaciones complejas y que no aportan nada, y no importa si tenemos que cambiar nuestro paradigma y recular constantemente para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Nada importa, si todo aquello que hacemos lo hacemos con corazón.

Hay que liberar a los presos del planeta, decía hace un tiempo. Hay que liberarlos del materialismo, del egoísmo y del modo narcisista en el que estamos viviendo nuestras vidas. Me siento algo liberado, así que me siento con fuerza para seguir emprendiendo nuevas utopías. Que así sea.

Hay que vivir esta vida


© @kristofobry

«Una cosa he aprendido: que hay que vivir esta vida. Esta vida es el camino, el más buscado, el camino hacia lo incomprensible, que llamamos divino. Yo encontré el camino correcto: me condujo hacia ti, mi alma… » Carl Gustav Jung

Sin duda no nos queda otro remedio que vivir la vida, a poder ser vivirla con intensidad, con drama, con pasión. La vida a veces es una odisea, una comedia, un infortunio, un ímpetu, un entusiasta ardor, una fogosidad, una exaltación sublime, un efervescente enardecimiento. La vida es una, al menos la vida que conocemos, la vida que encarnamos en este instante. Podemos poseerla o podemos ignorarla, podemos sentirla en toda su crudeza y esplendor o hacer como si no hubiera nada, como si solo hubiera una especie de melancólica rendición ante los hechos fortuitos del diario devenir. Podemos metamorfosear cada relación con la vida. Sentir esa posesión vital que nace del sol, de las estrellas, posiblemente de Alfa Centauro o Sirio o las Pléyades o más allá de todo el mundo conocido.

Hay que vivir esta vida porque no sabemos qué nos depara después. El eterno silencio o la esperanza de la resurrección, la parca oscura o el renacer en otro cuerpo, en otra circunstancia, en otra experiencia, en otra dimensión. Realmente no sabemos nada aunque nuestra razón se incline en atrapar esperanzas de futuros mañanas. Realmente vivimos como si fuéramos eternos, pero esta vida es una, limitada, reducida, atómica.

¿Cómo queremos vivir esta vida? En un perpetuo drama de tristeza o en un loco y apasionado arrebato de urgencia. Vivir es urgente, no lo neguemos. Mañana nos levantamos, o no. Mañana respiramos, o no. Mañana, mañana, mañana quizás no existamos porque algo falló, porque algo terminó, porque algo dejó de rendir cuentas al Absoluto. Es hoy cuanto realmente importa. Hoy respiramos, hoy amamos, hoy nos entregamos sin duda a la vida. ¿Qué podemos esperar de mañana, y de esas almas que siempre postergan todo a un futuro indefinido e incierto? Es hoy cuando debemos hacer el amor, cuando debemos gritar de pasión, cuando debemos correr tras los árboles para ver amaneceres imposibles en un acantilado verde.

No, no es mañana la vida, hay que vivir esta vida con prisa, con urgencia, con arrebato, con apremio y acelerada visión. En un mundo mitómano, psicópata y narcisista, ese mundo mentiroso que decían los antiguos, lo único válido y real es que la vida es aquí y ahora. Hay que vivir esta vida con verdad, con absoluta entrega, con urgencia, rindiéndonos a toda su grandeza y misterio.

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Si la causa es buena, persevera


© @huseyintaskin

«La aparente derrota de hoy es el punto de arranque del triunfo de mañana. Si la causa es buena, no hay más que perseverar contra viento y marea». Victoria Ocampo

Intentar mantener la compostura en un viernes trece con Mercurio retrógrado es complejo. La comunicación debería ser sensible, y nunca violenta o desagradable. Pero a veces los astros, o las circunstancias, tanto monta, ejercen una penosa influencia en nuestros actos, palabras y decisiones. Pequeñas pruebas que pretenden alinearnos correctamente con nuestro sentir, y ver si lo que sentimos es verdadero o un mero capricho primaveral.

Ahora que escribo desde algún lugar junto al mar, la serenidad de las olas me recuerda que en todo camino siempre hay baches, y que uno no debería apartarse al borde del mismo cada vez que se tropieza con una piedra o con un socavón. Todo trayecto que se precie estará lleno de aventura, de contratiempos, de inventiva. Solo tenemos que medir desde dentro si el camino emprendido es realmente profundo y necesario, si es, en definitiva, nuestro Camino. Por eso en el camino del héroe que tan bien nos describía Cambpell, los guardianes del umbral ejercen un poderoso propósito: comprobar si estamos preparados, si nuestro caminar es real o sincero.

La aparente derrota de cada tropiezo no debería desviarnos del sendero. Cada derrota, cada contratiempo, puede ser el punto de arranque hacia el triunfo del mañana. Levantarse a cada descalabro es lo que diferencia el triunfo de toda empresa de aquellas que nunca llegan a nacer. Si la causa es buena, uno debería levantarse tantas veces requiriera dicha causa. Si la causa merece la pena, por su profundidad, por su envergadura, por su copioso propósito, habría que perseverar contra viento y marea. En la película «El día de la marmota», el protagonista se despierta todos los días con el propósito de mejorar, hasta conseguir sus sueños, después de innumerables pruebas, a cual más compleja.

Los artífices, los magos, los creadores, los que se entregan a una causa para llevarla a cabo, a diferencia de los genios, se manchan las manos de barro. Moldean, se ensucian, se equivocan, se empapan de sudor. A cada paso que se da, uno debe tener presente cuántos baches habrá en el Camino, cuántos errores, cuántas flaquezas, cuántas ganas de tirar la toalla por aburrimiento, extenuación o agotamiento extremo. El no te salves de nuestro poeta, el no te quedes inmóvil al borde del camino, es de una significación profunda.

Por eso, en nuestro afán de discernimiento, debemos sentir si la causa es buena, si merece la pena, si el sueño, por muy loco que parezca, merecerá ser buscado, hollado, abrazado. Uno sabe de corazón cuando algo está ahí como un reto para ser alcanzado. Y como todo reto, uno sabe que a mayor sea la envergadura del mismo, mayores las pruebas para alcanzarlo. Cada derrota, cada equivocación, puede servir de empuje para llegar más lejos. Cada acto valiente de entrega es un paso hacia nuestra particular y silenciosa victoria. Por eso, si la causa es buena, persevera. Al final, merecerá la pena.

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Somos lo que somos


© @robert.kuavi

 

“Aunque mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos movía tierra y cielo, somos los que somos: corazones heroicos de parejo temple, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse jamás”. Ulises, Alfred Tennyson

Somos lo que somos, es evidente. A veces somos heroicos de parejo temple y otras, seres debilitados por el tiempo. La vida y todo el cúmulo de circunstancias debilitan nuestra alma, o la refuerza con sus vicisitudes. Gastamos la vida en promesas, sin saber que mucho queda aún para reforzar todas nuestras naves. La vida nos pone pruebas, algunas difíciles. Siempre podemos elegir si jugar con cobardía y pereza o arriesgar valientemente, comprometidos con un destino, haciéndonos responsables y maduros para enfrentarnos a un propósito superior.

Ser fuertes en voluntad o despreciar todo cuanto nos rodea. Humillar la vida contemplando siempre nuestro pequeño mundo, nuestro ridículo y polvoriento ombligo, o, sin rendirnos jamás, seguir hacia adelante. La realización de un sueño requiere entrega, entrega absoluta. Y algo siempre hay que sacrificar en nosotros. A veces tiempo, a veces recursos, a veces una vida entera. Huir, siempre huir, es cosa de aquellos que nunca vivirán en la voluntad de algo mayor.

Somos lo que somos, pero también podemos ser algo más, algo mejor. Podemos estar en silencio, sin perturbar la paz del entorno, y con ello fortalecer nuestro coraje, o dar tumbos de aquí allá, empañando nuestra imagen, nuestra razón, nuestra dignidad. A veces perder es ganar, pero nunca sabemos qué es lo que verdaderamente perdemos y qué es lo que realmente ganamos. Todo es un riesgo, todo es una posibilidad.

A veces hay caminos que parecen una locura. El camino del Loco, que decían los herméticos antiguos. Pero en el fondo, el mundo avanza solo a base de riesgo, de locura, de heroicidades. La vida no avanza con aquellos que se quedan inmóviles al borde del camino, desoyendo la llamada, escuchando solo cantos de sirena como aquellos insensatos argonautas. El mundo avanza gracias al coraje y la valentía de esos locos que se embarcan en empresas arriesgadas, imposibles, osadas. La antigua cruz de Zoroastro lo decía de forma potente: Querer, Saber, Osar y Callar. Ese es el camino audaz, ese es el camino de los que están realmente vivos.

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Grandes esperanzas


© @britt1343

“La amé en contra de la razón, en contra de la promesa, en contra de la paz, en contra de la esperanza, en contra de la felicidad, en contra de todo desaliento que pudiera haber.” Grandes esperanzas, Charles Dickens

Qué nos queda más allá de la esperanza. Aún en contra de la razón, en contra de cualquier promesa, en contra de alcanzar algo de paz, en contra a veces incluso de nuestra propia felicidad y de todo desaliento que pueda existir. Si te aferras a la vida aún en tu último aliento, es porque siempre guardamos esa esperanza. A veces la esperanza a la vida eterna, otras al descanso eterno. Pero ahí andamos aferrados a ella. También en el amor. Aún cuando todos los cíclopes del mundo advienen en tu contra, te aferras a ese trozo, a esa brecha, a ese ápice de esperanza.

A veces la esperanza es dolorosa. Lo saben los soñadores, los románticos, los utópicos que creen que otro mundo es posible. Lo saben los que aman por encima de todas las cosas o los que viven incluso en momentos en los que solo se desea la muerte. La esperanza a veces es mansa, otras tumultuosa. A veces son pequeñas esperanzas como esas en las que esperamos que todo vaya bien, que no ocurra nada doloso, que la vida sea sencilla sin excesivos sobresaltos. Otras son grandes esperanzas sobre la paz mundial, sobre la felicidad de todos los seres sintientes o sobre que no se acabe el mundo ni la vida tal y como la conocemos.

No me sirve tan mansa la esperanza, decía el poeta. La esperanza tan dulce, tan pulida, tan triste, la promesa tan leve, no me sirve. Son fastidiosas esas promesas que nunca se cumplen. Esos brindis al sol que debilitan toda alma humana. La esperanza debe poseer algo de coraje, algo de osadía, algo de perseverancia, de integridad. Debe haber confianza en la esperanza. El ser humano tiene esperanza por todo.

Nos sirve cuando avanza la confianza. Pero todos sabemos lo fácil que es quebrarla. A cada instante tenemos esa lucha constante por ser íntegros, sanos, virtuosos. Pero a cada momento sabemos lo fácil que es dañar esa confianza en nosotros y en los demás. Cualquier dolor lástima nuestras carnes y la de los otros. Un dolor pausado, un dolor triste, enfermo, un dolor anestesiado.

Por eso a veces nos sirve el silencio franco, la mirada generosa y firme. La mano segura nos sirve, porque nos da fuerzas, aliento, apoyo. El calor, siempre el calor de la compañía amable, alegre, segura. Nos gusta agarrarnos a esa firmeza, sea nuestra o la del otro. Firmeza, valentía, riesgo. Ahí reside la fuerza de la esperanza, en su raigambre, en su compostura férrea, en ese enjambre de avenidas inmensas, en esos bosques oscuros en mitad de toda noche. El mundo no existiría sin esa perseverante esperanza. Y de todas ellas, la esperanza del amor. Tú y yo existimos porque alguien alguna vez pensó que el amor lo podría todo. Y eso dio vida, oportunidad, más esperanza.

Pd. Gracias querido Vicente, amigo del alma, por recordarme hoy la importancia de la esperanza. Gracias por acompañarnos con ese hermoso grupo. Gracias por tu amor y cariño, siempre fuerte, perseverante, sincero. 

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La vida es bella…


© @vesajuujarvi

Decía Oscar Wilde en su prólogo a “El retrato de Dorian Gray”, que el artista es el que crea cosas bellas. Nos decía que revelar el arte y ocultar al artista suponía el fin del arte. Esto es una gran paradoja porque uno siempre puede pensar que el artista es un mero instrumento, a veces más o menos egoico, para que al Arte se manifieste. La gente culta, o la gente de culto, es aquella que es capaz de ver la propia belleza en las cosas bellas. Pero también aquella que es capaz de sacar jugo, experiencia o hermosura a esas cosas que a veces nos parecen horrendas. Esto nos recuerda a relato de León Tolstói en el que nos habla de un Jesús caminando por el desierto, advirtiendo la belleza de la dentadura de aquel perro putrefacto y diciendo aquello de: mirad, sus dientes brillan como perlas.

Es cierto que ahí lo culto se transforma en devoción hacia la vida. Ver la belleza en todas partes, incluso en la fealdad, es solo para elegidos, para iniciados en otro tipo de universos. Atravesar un momento oscuro, terrible, y poder sacar lo mejor de nosotros es toda una maestría, como aquella tan hermosa relatada en la película “La vida es bella”, donde un optimista Roberto Benigni nos lleva a un mundo de posibilidades en momentos complejos. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad… empezaba así la película. La vida en el fondo no es sencilla, está llena siempre de dolor, pero siempre encierra, para quien quiera verlo, maravillas y felicidad.

A veces sentimos rabia, como Calibán, al no ver nuestro rostro reflejado en el espejo de la vida. Nuestra parte más bruta nos ciega, nos llena de rabia y locura, nos aleja de lo sutil, de lo bello, de lo supremo. Así es difícil encontrarnos con el Ariel shakesperiano. A veces preferimos ser más ese rudo y salvaje Calibán que ese elevado y espiritual Ariel. De ahí que ver belleza donde no la hay es solo para iniciados, para sublimes maestros en el arte de la vida.

Todo arte, como todo amor, es a la vez superficie y símbolo. Hay un mapa, un terreno por explorar y un arquetipo invisible, una enseñanza, un conocimiento oculto. El arte, el amor, la belleza, pueden parecer inútiles, como defendía Oscar Wilde, pero sin embargo, pueden encerrar una gran valía. ¿Acaso es inútil la belleza de un atardecer, o el primaveral enamoramiento de dos personas? Podría, en términos materiales, parecerlo, pero nuestra vida, la vida humana, dispone de una dimensión mucho más elevada y profunda. Es ahí donde el artista concentra toda su fuerza, toda su esperanza. No se trata de pasar por la vida desde la superficialidad, ese lugar carente de dolor y sufrimiento. Se trata más bien de esforzarnos en el símbolo de lo profundo para así poder disfrutar de todas las mieles. La belleza no es solo un relato, es una experiencia. La vida es bella, a pesar de todo.

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Notas a pie de página


© @michaelschlegelphotography

Hay personas que sienten que la vida ha dejado de ser un capítulo importante y se limitan a vivir notas a pie de página. Es como si de repente desconectaran de su alma y se alejaran del verdadero sentido de todo. Es una sensación terrible. De vacío, de no continuidad, de pérdida. Es como una tiranía donde los impulsos más débiles dominan nuestra existencia.

Contra eso, poco se puede hacer excepto buscar belleza, equilibrio, armonía. La verdadera belleza termina donde nace algún atisbo de inteligencia, de expresión intelectual. La inteligencia es algo así como una exageración evolutiva, algo que destruye la armonía que nos da la estupidez o la fealdad. Hay algo de fatalidad y sufrimiento cuando alguien destaca por su belleza o inteligencia. Los feos y los estúpidos viven impasibles una vida modélica, ataviada de normalidad, alejados de toda victoria, y con razón, o por inercia, también de cualquier derrota. Impasibles, indiferentes, sin inquietudes, normalizando aquello que la vida les trae sin ningún tipo de motivación. En cambio, el talento, la belleza, son fruto siempre de sufrimiento y dolor. Ambas se emparejan con la inevitable decadencia, de ahí la sensación de ineludible pérdida. Todo se marchita, y lo decadente termina siendo fastidioso.

La verdad está siendo ahogada en un mar de irrelevancia. La mayor conquista de nuestra decadente época (qué época no ha tenido ese halo de decadencia) ha sido la indiferencia, el poder del entretenimiento, el cual nos adormece, nos atonta y nos ahoga en una apatía infinita. La pérdida de sentido está expuesta constantemente, pero deja de ser importante cuando andamos sumidos en un mundo que carece de gracia y valor. ¿Qué gracia y valor puede tener un mundo sin amor, sin vida, sin consciencia?

Vivimos una existencia narcisista, hedonista e hiperindividualizada. Lo falso y lo verdadero se entremezclan y ambos parecen irrelevantes. Se enzarzan de igual manera en un mundo irreal. Ahora a la preocupación y la devoción se las llama control, paranoia o cualquier otra infección del alma. La vanidad nos embelese, mientras que lo bello se marchita en una decadente sinfonía desarmónica. Estamos cautivados por nuestro ombligo, por nuestras necesidades, por nuestro pésimo amor propio. Las dimensiones de nuestros vacíos se ensanchan cada vez que nos perdemos. Todo lo que hay fuera de nosotros carece de interés. Ese ha sido el poder maléfico de nuestro tiempo: creer que lo único que importa somos nosotros, y aquello que hacemos para estar entretenidos en una vida vacía y carente de emoción, de vida, de consciencia, de sentido.

Nunca nos definen las palabras, ni los recuerdos, ni nuestros pensamientos más íntimos. Son nuestros actos, aquellas pequeñas cosas que hacemos todos los días, lo que define nuestra vida. Nuestra conducta siempre es superior a nuestro pensamiento, a nuestras creencias, a nuestras expectativas. Solo la conducta puede salvarnos de la duda. Solo aquel que arriesga en dignidad e integridad podrá tener un juicio justo al final de los tiempos. Las palabras solo son palabras. Los hechos serán los que terminen justificando nuestra vida, y de paso, determinando nuestra realidad.

En los lodazales de la existencia, puede ocurrir que perdamos el sentido de la realidad, aquello que nos conecta con la vida y su misteriosa ejecución. La muerte nos recuerda constantemente lo marchito de todo. Estos días he podido sentir la muerte de cerca, observarla, llorarla, adolecerla. Una muerte propia y otra ajena, pero no tan ajena, porque la mitad de la misma me pertenecía. Es algo insoportable. Algo terrible el no poder aceptar lo que podría haber sido vida, y terminó siendo muerte.

Es verdad que a veces no es suficiente con amar a alguien. Tiene que existir cierta compatibilidad para que la vida ordinaria sea dulce y tranquila, además de cariño y amor. También tiene que existir un proyecto común, ya sea tener una familia o tener una visión parecida sobre la vida y sus misterios. Además de todo eso, debe existir un trabajo constante, un compromiso diario, una responsabilidad con el otro. Por eso este siglo fracasará. El entretenimiento y el hedonismo del yo nos aleja del nosotros. No pueden amar los que solo se aman a sí mismos. Una gran paradoja para aquellos que creían eso de amar al prójimo como a uno mismo.

Disfrutad de la vida, es más tarde de lo que creéis, decían los romanos. Iniciar desafíos, guiados por la integridad y una voluntad incombustible es lo que nos hace realmente estar vivos. Tener integridad hoy día es complejo. Poseer una voluntad motora capaz de realizar aquello que nos proponemos es igualmente difícil. Hay personas que tienen una voz interna que les empuja a soñar. Hay otras que gracias a ese daimon consiguen alcanzar sus sueños, sus metas, sus ilusiones. Pero falta lo esencial: la integridad. Es una palabra compleja para nuestro siglo. Algo inaudible. Algo que no se expresa ni se entiende. Algo alejado de nuestro yo corrupto y decadente.

Pensamos que todo aquello que hacemos por el ego, dinero, fama, admiración, seguridad, tiene algún tipo de valor. Al final de los días, todo eso será algo vacío, algo que no sumará nada a nuestra cuenta álmica.

Sí, estamos entretenidos en nosotros mismos. Por eso este tiempo está falto de amor, de consciencia, de vida… lo único que realmente vale la pena.

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El elefante no anda diciendo a todos lo grande que es, él solo camina


A veces queremos brillar con palabras como estrellas y nos convertimos con nuestras acciones en simple escarcha. Decimos que amamos el mundo, pero los hechos nos alejan del mismo. Queremos abrazar la vida, pero vemos cómo la vida se separa de nosotros al no poder acercar un ápice de nuestro ser. Fijaos que hoy dijimos que nos levantaríamos para brillar, y ayer aún dormíamos entre sombras. La inconsciencia animal nos fascina, porque siempre parece estar atada a un sentimiento de permanencia. El pájaro canta, la hiedra sigue trepando mientras que las nubes, en su función vital, flotan irremediable entre los cielos.

El ser humano vive en la complejidad de su sentir. El vellocino de oro se convirtió, gracias a Jasón y sus argonautas, en la constelación de Aries. Es esa estrecha idea de perseguir la realeza y la legitimidad de nuestros deseos, en constante prueba con la realidad en la que vivimos. Creemos unas cosas, navegamos hacia ellas, pero en el camino, la realidad siempre se impone ante la flaqueza de nuestras acciones.

Saturarnos de ser es encontrar ese equilibrio exacto y puntual entre lo que decimos, deseamos y hacemos. Cuando cerramos los ojos y vemos un paisaje que nos hace sonreír, deberíamos navegar hacia él. Coger nuestra nave Argos y surcar los océanos y los mares hasta poder alcanzar esa meta. El vellocino nos espera, a pesar de las múltiples pruebas hercúleas que encontraremos en el camino. La vida no es un azar, es un devenir.

Y ahí debemos caminar como un elefante que no necesita presumir de lo grande que es. Simplemente camina y en su andar, todos se apartan. Cuando interiormente tenemos fijado nuestro camino, nada ni nadie nos puede detener. Ni nada ni nadie nos puede distraer. La certeza interior es el mayor armazón con el que podemos atravesar la vida. Es ella la que nos anima a seguir adelante a pesar de los obstáculos.

La coherencia es compleja. La flor crece y se expande y se hace flor. Los pajarillos se afanan estos días en construir nidos. Los vemos de un lado para otro cogiendo ramitas y todo tipo de materiales para labrar el nuevo hogar. Nuestro afán muchas veces cae en una ficción, o en un entretenimiento constante que nos aleja cada vez más de lo esencial. Vemos pasar las horas y los días y vemos cómo la vida pasa. Si la flor crece para ser flor y los pajarillos del bosque se afanan para ser pajarillos… ¿qué hacemos nosotros para ser nosotros?

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Sapiosexual. El eros narrativo, la inteligencia como seducción, la consciencia como camino


© @joelgrimesworkshops

La inteligencia está mal vista. Si, además, esa inteligencia es bondadosa, crea suspicacia, desconfianza y temor. En un mundo donde nos han acostumbrado a no pensar, a desconfiar del otro, a memorizar sin tener en cuenta un discurso crítico o una narrativa alternativa, los libres pensadores, las personas que pueden destacar por tener una consciencia diferente o divergente, suelen crear en nosotros cierta desazón.

Las personas inteligentes tienen problemas de adaptación si no encuentran herramientas capaces de convivir en un mundo normalmente ciego y carente de ideas. En la sociedad, en las relaciones, en la familia, pueden nacer conflictos si no se llega a encontrar una forma armoniosa de convivencia. Intentan asimilar algunas costumbres por pura adaptación, pero esto puede crear conflictos interiores al anteponer dicha adaptación a sus propias necesidades y lógicas. Quedar bien con la familia, con la sociedad, con el entorno, simplemente para no causar problemas de adaptación, suele acarrear algunos conflictos y frustraciones.

La inteligencia puede ser seductora solo para aquellos capaces de enamorarse, más allá de un cuerpo, de un cerebro pensante. Seducir con la inteligencia en vez de con un músculo o con dinero es una forma de entablar relaciones diferentes. El eros narrativo, inteligente, sabio, paciente, puede despertar en el otro una nueva forma de relación. La inteligencia se muestra y se despliega si encuentra un detonante que la anime, que la seduzca, que le invite a desnudar sutilmente aquello que le provoca lucidez.

Uno puede enamorarse de un cuerpo bonito, de una inteligencia emocional, de un cerebro pensante o incluso, en un nivel más profundo, de una persona consciente. Hablar de consciencia como un rasgo aún más llamativo y seductor, como algo que pueda suponer superar en calidad a una simple inteligencia, es entrar en terreno complejo. Hay personas que huyen de la inteligencia porque provoca miedo o desconfianza. De igual manera hay personas que se dejan atraer por la misma, pero que exigen además un detonante mayor, la posesión de consciencia. La antigua disputa entre seguridad y libertad también aparece en las relaciones.

Ser una persona consciente significa poseer un marcado índice de valores, una visión profunda de la vida, virtudes que puedan desbancar a sus defectos, de los cuales nadie se libra, y una mirada mayor ante los acontecimientos históricos, mundiales y globales, cuya preocupación va más allá de un simple análisis metódico. Enamorarse de una consciencia equivale, al mismo tiempo, ser conscientes, ser, de alguna manera, activistas de la consciencia. Dos personas que se aman desde esa profundidad requieren de grandes dosis de seducción y adaptabilidad a un entorno hostil y complejo. La falta de consciencia en nuestros días, incluso podríamos decir que la falta de sensibilidad, moral, ética e incluso inteligencia puede provocar escenarios complejos donde las dificultades pueden multiplicar el éxito de cualquier relación.

Una unión consciente que base su relación por encima de las necesidades físicas, emocionales y mentales sufrirá pruebas infinitas en su adaptabilidad al medio. Al mismo tiempo, esas dificultades serán un resorte poderoso para que la unión sea indestructible. El eros de la consciencia siempre es mayor que el eros circundante, de ahí que la profundidad de la relación sea compleja y desafiante. Enamorarse de un ser consciente será siempre complejo, al mismo tiempo que indescriptible, inenarrable, inolvidable. La consciencia, más allá de poseer una inteligencia seductora, será lo que realmente provoque en nosotros un profundo anhelo de unión, de compartir, de aventura existencial. Crear familias conscientes será el reto del futuro. Será la seducción futura que la vida atraerá en nosotros.

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La melancolía como música natural


Melancolía I, de Alberto Durero

La melancolía es un estado del alma que añora y anhela. Es una forma de salir del exilio al que la vida nos somete en cada encarnación. Hay una evocación profunda cuando suspiramos por algo o por alguien. La vieja voz del océano, el murmullo de los arroyos, que decía el poeta. La melancolía se expresa en diferentes tonos, grados, según sea la garganta que estrangule en su pecho. Es un único lenguaje entonado de forma diferente según el eco de quien la posea. A veces la melancolía evoca deseo, otras terror, miedo a una pérdida inevitable cuando somos poseídos por la incertidumbre.

En el fondo se trata de una música natural. Añoramos la vida del espíritu, añoramos el amor imposible, añoramos riquezas o compañía, amistad o gloria. Siempre tenemos algo que añorar, a veces un recuerdo, o una soledad. La nostalgia nos persigue, es inevitable. Siempre deseamos un mundo mejor para nosotros, los nuestros y el resto de la humanidad. Cuando ese sueño colectivo no se alcanza, crea frustración, tristeza, melancolía. El ser humano no es capaz de alejarse de la sinrazón, de la misma manera que un niño no puede alejarse de sus fantasías.

El Buda afirmaba que existía una cura para el sufrimiento, una liberación posible. La liberación del sufrimiento es el Nirvana, nos decía. El nirvana, en su etimología más profunda, significa apagar, es decir, apagar el egoísmo humano. La extinción del egoísmo es lo que nos permite vencer al sufrimiento. Los síntomas de la enfermedad del mundo es el sufrimiento, por lo tanto, la cosecha constante en nuestro haber del egoísmo más irracional. La aspiración noble de cualquier corazón va en dirección opuesta. Desea amar, desea absorber la esencia del universo entero, esa fuerza centrípeta que todo lo abarca y que todo lo expande. La vida no es más que un reflejo de ese amor, y nuestra melancolía más profunda nace del deseo egoísta, del no poder alcanzar nunca ese estado nirvánico, esa ausencia de egoísmo, ignorancia u oscuridad.

El óctuple camino del Buda para alcanzar el nirvana, es decir, la ausencia de egoísmo, era sencillo: comprensión correcta, recto pensamiento, recta palabra, recta conducta corporal, recta existencia, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta. La corrección de todas estas cosas nos aleja, o al menos, nos deberían alejar, del sufrimiento. La incorrección nos acerca inevitablemente a la melancolía, ya que nos alejamos con ella del amor, de la llama de la vida.

Los múltiples estratos melancólicos en los que el ser humano se desvanece son siempre complejos. Un romántico decimonónico vivirá siempre en un estado melancólico. Al igual que el místico que añora su unión con Dios o el rey que desea expandir sus dominios hasta el confín de la tierra. Siempre habrá melancolía por lo inalcanzable. Un enamorado que no puede abrazar a su amada vivirá siempre en estado de completa añoranza. Como dijo el poeta, será como un genio con alas que no va a desplegar, con una llave que no usará para abrir, con laureles en la frente pero sin sonrisa de victoria. Y ante eso, la incertidumbre de la música natural.

En estos momentos de tristeza colectiva, de guerra absurda, sintamos melancolía por la paz, y esperanza para que la misma retorne pronto a nuestras vidas. Ese será el nirvana colectivo, la paz mundial.

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La inefable y misteriosa vida


© @dustinlefevre

“Érase una vez, cuando existía la simple comprensión de que cantar al amanecer y cantar al atardecer era sanar el mundo a través de la alegría. Los pájaros todavía recuerdan lo que hemos olvidado, que el mundo está destinado a ser celebrado “.Terry Tempest Williams

Contemplo esta tarde el bosque desde la ventana y me maravillo. Es misterioso, inefable, inalcanzable. La vida quiere empujarnos, quiere expandirse, quiere algo de nosotros. Se nota su afán por llegar a todas partes, más allá del infortunio caótico. La vida nos impulsa, nos hace avanzar. Nos permite mirar al horizonte con esperanza y determinación. Mirando al bosque en esta calma invernal, en este frío que se cuela por todas partes, observo la vida como una laguna de gozo. El sufrimiento mundial me absorbe, al mismo tiempo que escapo de sus ranuras entregándome a la vida y al amor. Esa es la simple comprensión de que cantar a ambos lados del zénit y nadir, es sanar al mundo mediante la alegría.

Vibraciones y vaivenes. Lluvia, porque llueve. Frío, porque hace frío. Los pájaros ya se despiden. Las montañas abren el pulso para que corra el agua. La hierba se refresca, los bosques se alegran. El mundo está, a pesar de todo, destinado a ser celebrado. Resulta, aparentemente, sencillo hacerlo. Solo tenemos que abrir las canillas del canto. Solo debemos profundizar en lo misterioso, en el devenir diario.

Érase una vez esa vida en el bosque. Lejos del ruido, lejos de guerras. Me siento egoísta, inoportuno, aguafiestas. Es una sensación extraña sentir gozo por la vida mientras la sombra de la muerte asola al mundo. Esa es la paradoja de la supervivencia. Entre gritos y sollozos, uno ve las grietas de la esperanza. Veo el bosque, veo los árboles, veo el camino con sus hojas secas. Contemplo el cielo con su lluvia y suspiro. La vida grita, la vida se expande, la vida quiere celebrarse.

No hay nada de malo en buscar la felicidad, en ser felices. Mientras miro por la ventana y observo impaciente el camino, el nerviosismo me domina. La incógnita del día señalado me mantiene alerta, urgente, expectante. Más allá de la felicidad, siento que hay algo más profundo en esa espera. El significado. Lo decía Sir Laurens. Si las cosas tienen significado, estás satisfecho, tú espíritu no está solo. Pertenece. Y siento pertenecer a algo de un profundo significado. Sí, el mundo sigue en guerra. Pero siento que esa espera aquietada, provoca en mí un halo de esperanza. El viejo mundo está muriendo y el nuevo aún lucha por nacer, que decía Gramsci.

Esto podría ser una bonita declaración de amor, pero resulta que además es una gran motivación. La motivación de expandir el Amor en tiempos de guerra. La motivación de proyectar la consciencia en tiempos de oscuridad. La motivación de creer en la Vida en tiempos de infortunio. Por eso la espera valdrá la pena. Aquí, en la cabaña, en los bosques, junto al río, en las cumbres montañosas, cantaremos y sanaremos al mundo con alegría. Celebraremos la vida, una y otra vez, añadiendo cantos al amanecer y al atardecer. Seguiré esperando, mirando por la ventana, como todas las tardes, a esta hora. Así es la inefable y misteriosa vida.

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Pasión y entrega


© @murielle.etc

 

La perseverancia es una de las grandes fuerzas del universo. Las parejas que perduran han sido perseverantes. Las empresas que subsisten han sido perseverantes. Las relaciones de cualquier tipo continúan porque han sido siempre perseverantes. El Universo en todos sus confines persevera, así como la Vida que alberga. Cuando vemos el parto milagroso de un ser vivo, es la vida que se muestra perseverante. La vida solo es posible porque es fiel, fidedigna, perseverante. La lealtad a esa perseverancia es una de las grandes motrices de todo cuanto existe. Y siempre viene acompañada de pasión y entrega. Es la pasión la que conduce al amor, a la vida, a la consciencia hacia los confines sempiternos. Es la entrega la que permite el milagro de todo cuanto existe. Lo abrazamos cuando nos detenemos a observar la entrega de la naturaleza. Es tal que todos los días, con sus ciclos, se obran milagros.

Estamos acostumbrados, por nuestra propia estructura mental, a percibir el mundo de forma dual. Pero debemos comprender que el mundo no es así. La complejidad con el que se desenvuelve va más allá del blanco o lo negro. Los matices son impresionantes, y siempre adsorben todas las posibilidades. El tópico de seguir uno u otro camino está desbordado. Estamos empezando a imaginar en que todas las posibilidades son posibles. Estamos empezando a entender que todo gira en torno a una espiral infinita, llena de posibilidades. ¿Por qué no abarcar todas las variables? ¿Por qué nos empeñamos en elegir una u otra dirección si el águila que vuela por encima de todos los caminos tiene una visión amplia del territorio? Una visión sin límite.

La perseverancia de la vida está estrechamente relacionada a esa visión abarcante. Una margarita en un prado no es un hecho aislado. Una margarita puede ser un ser de luz esperando nacer a una vida mayor. Puede ser un alma que espera la unión de otras dos almas para poder manifestarse. Una flor puede ser un universo empeñado en nacer a un nuevo mundo más amplio y profundo. Margarita podría ser el nombre de una mujer bella que nos cuida desde los mundos invisibles. No existe allí la dualidad. No existe la elección, todo puede ser, todo puede ocurrir al mismo tiempo. Abrazar al otro, leer juntos, pasear juntos, estudiar juntos, soñar juntos mientras se observa un bosque, un campo de margaritas, un atardecer primaveral. Si se persevera, todo es posible, en todas partes a la vez.

Por eso la vida se debe vivir desde la pasión, desde la entrega absoluta, desde el deseo más puro de existir. Cualquier cosa que hagamos debería ser un reflejo de nuestra pasión, de nuestra entrega incondicional a la existencia. Somos portadores de Vida, somos portadores de sueños, de caricias, ternura, posibilidades, abrazos sentidos cargados de amor. Si alzamos la mano hacia delante, podemos dibujar cualquier mundo posible. Si alzamos el corazón, el dibujo se encarna. Si perseveramos, aparece la vida milagrosa ante nosotros.

Si te enamoras, hazlo desde la más pura e inocente pasión. Entrega toda tu vida en ese halo de amor, en esa ola de belleza y clamor. Si respiras, hazlo con pasión y entrega. Siente cada átomo de tu cuerpo alimentado por ese aire que llega a través de la generosidad infinita del cosmos. Siente cómo el universo entero puede ser sostenido en cada aliento. Vive la pasión de estar vivos. Entrega tu vida a la Vida. Persevera, sin distracciones, en aquello que crees. Y si le pones corazón, inevitablemente sucede, se manifiesta, se realiza en toda su complejidad y misterio.

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La aventura del Vivir, comienza con la osadía del Soñar…


© @juliereyphotographe

«Saber, poder, osar, callar.» Zoroastro

La frase no es mía. Es de una soñadora, de esas que entienden el significado profundo de la palabra Vivir. La pongo en mayúsculas porque no es lo mismo estar vivo que Vivir. Vivir, así, en mayúsculas, no es algo que dependa de nosotros. Es algo que nos trasciende. La Vida es una manifestación continua de algo que no podemos entender en su profundidad. En el ser humano, viene acompañada de la Consciencia. El ser humano consciente entiende que debe ser transmisor de Vida y de Consciencia. La Vida que se gesticula en la materia y la Consciencia que se articula en los espacios infinitos del ser.

Saber eso te llena de poder, y ese poder te hace osar en la vida y en la consciencia, para luego, transitar desde el silencio la sabiduría de todo el ciclo trascendente. El ser humano es cocreador. No se espera de él que se siente al borde del camino para vaciar su mente o para vaciar su vida. Se espera de él que viva la existencia con intensidad, que sea copartícipe de la misma, que empuñe con generosidad todo cuanto sea beneficioso para el conjunto. La generosidad es el resultado de comprender la eficaz unión entre vida y consciencia. Un ser vivo consciente es por naturaleza generoso. Generoso en lo que hace, en lo que dice, en lo que expresa, en lo que comparte diariamente, no importa que sea una sonrisa, una promesa, una esperanza.

La vida es una aventura que comienza con la osadía del soñar. Debemos a cada instante soñar la vida, crearla en nuestra mente, en nuestro corazón en nuestras emociones, en nuestros ánimos, en la materia. Debemos levantarnos y meditar la vida, soñarla. ¿Cómo nos gustaría participar de esta oportunidad única de estar vivos? ¿Con quien me gustaría compartir este instante irrepetible de existencia? ¿De qué manera puedo ser útil a este maravilloso ciclo de vida? Vivir la vida es osar a crearla, poniendo como límite nuestra propia imaginación. Esto es una máxima: vivimos la vida que somos capaces de imaginar.

El Bereshit judío nos recuerda la oportunidad de empezar el día siendo auténticos creadores. En el principio… de cada día, tenemos la posibilidad de diseñar nuestras vidas para que encajen perfectamente en el edificio de la creación. El arcano esencial de la existencia supone comprender que no somos seres pasivos, sino seres animados, dotados de alma, de vida, de expresión. Somos catedrales construidas con el argot de los constructores primeros, aquellos que nos crearon y supieron dotar nuestra vida de inteligencia y consciencia. Seguir ese hilo de Ariadna es concluir que nosotros también somos tejedores de realidades. El sueño, la imaginación, no es más que un lenguaje alquímico que debemos comprender para transformar con ello nuestras existencias. Si sabemos, podemos, si podemos, osamos, y si osamos, hágase.

El alma humana tiene sus pliegues secretos. Si cerramos los ojos y pensamos la vida podemos acceder a las moradas donde las fuerzas y las energías que mueven y crean mundos se gestan disponibles para nosotros. Ese lugar oculto está dentro de nosotros. Se accede desde el silencio, desde la meditación constante y oportuna. Cerrar los ojos y poner en movimiento soles y universos, ocasos y arquetipos. El mutus Liber de la creación está a nuestro alcance. Solo debemos osar. La aventura del vivir, comienza con la osadía del soñar… No puede ser de otra manera. Somos héroes de nuestra existencia.

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Imbolc, Mazal, Acuario


«Que ese goteo de inspiración de tu alma en lo alto no se disipe, sino que tenga un efecto positivo y duradero, que desde este evento en adelante vivas tu vida con una conciencia más elevada. Que seas consciente de las bendiciones en tu vida y que estés preparado para recibir más y más». Bendición Mazal Tov

Ayer, en la plácida noche, desde el otro lado del ocaso, me susurraban al oído que la Kabalah nos explica que «Mazal» es un acrónimo formado por las iniciales de Macom, Zman y Limud, que significa a su vez Lugar, Tiempo y Enseñanza. El pueblo judío siente que lugar, tiempo y enseñanza, en combinación, es lo que denominamos ignorantemente «suerte». Más allá de la suerte, existe un modelo superior cargado de significado que acompaña al principio esencial de amor y cuidado. Me gusta llamarlo lazo místico, aunque Borges lo expresaba de forma más hermosa en su poema Everness hablando de Arquetipos y Esplendores. La suerte, o aquello que determina nuestro libre albedrío, es algo complejo y difícil de comprender. Todas las decisiones que tomamos, a veces fortuitas, a veces sabias, a veces broncamente erróneas, determinan para siempre nuestro destino. Sin embargo, hay un destino ineludible. Es ese de los esplendores y arquetipos, el del lazo místico, ese que llaman el propósito de nuestra alma o su misión.

Esa misión es como un goteo de inspiración del alma. Algo que no puede disiparse, sino que, como lluvia fina, va permeabilizando nuestras vidas cuando de verdad nos abrimos en canal a ella. Más allá del karma o el dharma que hayamos insistentemente acumulado en nuestro haber, existe inevitablemente un hilo conductor de todas las cosas. El miedo nos puede alejar de ese hilo conductor y nos puede expulsar de la noción de las cosas. Y el amor nos puede dar pistas de hacia donde conducen esas benditas aguas que caen de los cielos primordiales.

Estos días celebramos uno de los hilos conductores de la tradición celta: el Imbolc. El Ceòl Mór y Ceòl Beag, la música grande y la música pequeña, empiezan sus ritmos. La luz empieza a crecer tras la luna nueva de Acuario y nace la oportunidad de que los puntos de la fertilidad se sientan, se reconozcan y deseen unirse. Es el ritual de la fecundidad por excelencia, el tiempo en el que las pequeñas ovejas empiezan a ser gestadas. Es el instante justo dónde el lugar, el tiempo y la enseñanza se unen en el cuidado y el amor.

Para la Kabalah, Ahava (amor) y Daaga (cuidar), son las energías esenciales para conseguir la Ejad, la unidad primordial de todas las cosas. Los enamorados se aman y se cuidan, los padres aman y cuidan a sus criaturas, y así la Naturaleza, en su infinita generosidad, nos ama y nos cuida para que algún día seamos Uno con ella.

Por eso, aunque aparentemente todo parezca desencajado, existe un hilo conductor, algo que une a Imbolc, a Mazal, y la luna nueva de Acuario. Algo que ocurre en el mundo celta y en todos los mundos posibles. Un hecho que astrológicamente tiene su profundo significado, asociado a la fertilidad, a la crianza, al amor, al cuidado.

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Dinámicas de lo Invisible


Los misterios del universo que la tecnología nos ayudará a revelar en un  futuro cercano - BBC News Mundo

¿Existe realmente el mundo que no vemos? No en nuestras mentes cegadas. Sabemos que la visión del mundo está condicionada por nuestras propias experiencias. Las personas que se ahogan en las preocupaciones diarias tienen una visión del mundo muy diferente a las personas que nadan sobre las mismas, y estas difieren de aquellas que vuelan sobre el mar de la incertidumbre ayudando a los demás como meta vital.

En el mundo invisible existen unas dinámicas que desconocemos, unas autopistas de fuerza y energía que jamás podríamos imaginar, un conocimiento inaccesible. Pensamos que la vida es tal cual la percibimos, pero jamás podríamos pensar que la vida no tiene nada que ver con nuestra percepción. ¿Os imagináis por un momento que aquello que nosotros vemos como feo u horrendo fuera realmente bello, profundo y hermoso para otras personas? Realmente eso es lo que ocurre. Vemos según nuestra percepción, una percepción condicionada por nuestros sentidos, nuestras experiencias y nuestro propio campo de visión.

El sustrato de las cosas, el funcionamiento del cosmos y la vida, la propia existencia de eso que damos por llamar inteligencia, son cosas que no podemos entender. Se escapa a nuestros sentidos, a nuestra percepción. Configuramos nuestros mundos de forma perfectamente igual a cómo estamos configurados por dentro. Vivimos, sin más, en el mundo que somos capaces de imaginar. Esa imaginación se alimenta de nuestros prejuicios, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas. No acertamos a comprender cómo se manejan los hilos invisibles que generan la realidad. Y generamos realidad justamente condicionados por nuestra propia y limitada existencia. Una gran paradoja.

Un gato vive una realidad limitada a su condición gatuna. Una ameba vive una realidad condicionada a su mundo pequeño. Un ser humano, aún con su egoica percepción y sus aires de grandeza, es ridículamente pequeño ante la vastedad del universo. La dilatación de nuestra realidad es complejamente limitada. La expansión de nuestras consciencias está condicionada por la proyección que hacemos de la propia vida. Si por dentro se vive una vida miserable, por fuera se experimenta dicha vida. De todas las dimensiones posibles, apenas alcanzamos a vivir en un par de ellas, y siempre de forma penosa, arriesgada, indecible.

Uno de los misterios aún no resueltos por nosotros mismos es que somos capaces de aumentar la visión. Solo debemos ser conscientes de que todo cuanto se encuentra fuera, se encuentra dentro. Este relato es impresionante. Todo aquello que está más allá de nuestra realidad se encuentra oculto en alguna parte de nosotros. Encontrar los resortes, las llaves, las claves para acceder a esas realidades es un camino complejo. Conocer y entender las claves de las dinámicas de lo invisible es un camino angosto. Pero acercarnos a sus maravillas puede hacer que nuestras propias vidas se conviertan en algo extraordinario. Hay formas de entender y comprender esas dinámicas. Hay formas de transformar nuestra realidad en algo diferente y sorprendente. Hay formas de transmutar toda nuestra existencia.

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Epifanía de los magos


Creemos nuestro deber realizar diversas cosas: educar a los hijos, acumular un patrimonio, escribir un libro, descubrir una ley científica, pero solo hay una cosa que hacer: modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional, bueno». «Diario», León Tolstói

Sé que los magos de los que hablaba ayer existen. Desde hace centurias. Desde todos los tiempos. Disfrazados por mitos y leyendas, escondidos en castillos o en pequeños cobertizos en bosques lejanos, en míticas montañas. Magos que siguen la estrella como símbolo del mundo celeste. Que llegan al lugar elegido llenos de presentes para esa luz que nace año tras año. Magos capaces de ver y creer. Personas cuyo mérito reside en ser extremadamente generosos, pensando siempre en el otro, no importa quien sea el otro.

Los magos de las antiguas tradiciones eran aquellos poseedores de la tradición perenne. Son depositarios de lo sempiterno, de esa herencia que pervive gracias a la transmisión. La estrella móvil, paradójicamente, representa el mundo inmutable. El mundo que sobrevive a los tiempos. La estrella, representa siempre la vida del alma, lo celeste.

El mayor regalo que un mago puede ofrecer al niño que todos tenemos dentro es la oportunidad de poder conectar con nuestra propia estrella, con nuestra propia alma. Esa conexión requiere de un puente. Ese puente, ese fino e invisible triple hilo es aquello que nace de la inocencia, de la bondad, de la generosidad que se expresa en cada uno de nuestros actos.

Modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional y bueno, en palabras de Tolstói, es provocar la verdadera magia de nuestra existencia. Prepararnos todas las mañanas para ello es probablemente una de las misiones más difíciles. Levantarnos con el regalo de sabernos mejores, bondadosos, íntegros, es la consigna para empezar a construir el puente.

Las metas futuras de la especie humana tienen que ver con el trabajo diario personal de cada uno de nosotros. Si somos mejores cada día, si a cada mañana nos alumbra la estrella matutina de nuestra alma, habrá más posibilidades de que el mundo renazca mejor. Somos nosotros los que podremos resplandecer como esa luz en el pesebre, como esa lucidez en la cueva del corazón. Cada mañana deberíamos tener y ofrecer al mundo ese regalo. Convertirnos en luz, en magos, en bondad, en sabios. O al menos empezar sin hacer mucho ruido. Como aquellos sigilosos magos que hace algo más de dos mil años atravesaron la espesura de la noche en la infancia humana para regalar dones y talentos a esa luz naciente.

Cerremos esta noche los ojos con la ilusión de que mañana seremos mejores. Para nosotros mismos y para los demás. Sin dañar, sin desear mal, sin rabia, sin cabreo, sin angustia. Podemos ser mejores. Solo debemos recordar nuestra estrella y seguirla. Construir el puente de luz y poder, atravesar la puerta estrecha de nuestras pequeñas vidas y ansiar la vasta y extensa vida espiritual. Esa será nuestra mejor y mayor Epifanía. Ese será el mejor de los regalos.

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Anno Lucis, el año de la Verdadera Luz


Impresión, sol naciente (1872). Claude Monet.

Cada año que pasa debería ser el año de la verdadera luz. Años florecidos por el renacimiento de nuestras almas, años llenos de paz interior, de equilibrio, de bienestar. Todos los años de nuestras vidas deberían estar llenos de luz, de inspiración, de sabiduría. Dicen los antiguos que el mundo se creó exactamente hace más de seis mil años. Los signos restantes de siglos pasados así lo atestiguan. El Anno Mundi o el Anno Lucis o el Anno Domini no importan realmente. Lo que importa es aquello que florece en cada época, en cada tiempo. De la oscuridad de esta era en la que ahora vivimos, nacerá algún día algo bello. Los campesinos que cultivan la tierra saben que, de sus entrañas, de su oscuridad, de su humedad y silencio, brotarán en primavera tallos verdes, flores exuberantes, frutos maduros que nacerán en verano. El año de la verdadera luz está relacionado con esos siglos oscuros, entrelazados y preparados para que de su tierra surjan auténticas joyas.

No pudo existir un Renacimiento histórico y las ideas del humanismo si no hubiera sido por los siglos de oscuridad medievales. Hay siempre una ruptura artística, cultural y espiritual en cada época. La nuestra propia vivirá un renacimiento futuro cuando descubramos que el reguetón y la adoración del becerro de oro no son más que productos de una época decadente. Y de esa decadencia, nacerá inevitablemente una era de luz, de verdadera luz.

¿Qué ha sido para nosotros este año que ya termina? Sin duda, para el colectivo mundial, ha sido un año difícil, complejo, decadente, oscuro. De nuevo el miedo y la división han provocado que toda la población mundial haya participado activamente de esa decadencia, de esa oscuridad. Sin embargo, bajo la tierra, en la oscuridad, algo nuevo está surgiendo. Un nuevo paradigma que eclosionará en un futuro no muy lejano. Una nueva era de libertad, de expresión, de arte, de renovación cultural, de espíritu libre. Un nuevo lugar del que aprender a expandirnos sin miedo y en vibrante amor. Un nuevo hogar humano.

¿Qué ha sido para mí este año que termina? No sabría decirlo. Normalmente, en estos días, suelo hacer balance del año y pienso en todo el aprendizaje recibido. No podría valorar si ha sido un año bueno o malo, más allá de apostillar que como casi todos los últimos años, ha sido un año duro. Al terminar sus días, siento un pequeño cosquilleo interior, algún tipo de corazonada que me dice que a partir de ahora pasarán cosas buenas, muy buenas, preciosas. Mi deseo es ese, transformar todos estos años pasados de oscuridad y dolor en un renacer interior, en una plasmación de la teoría de los ciclos, donde tras el frío invierno, la primavera resplandece. Siento de alguna forma que un ciclo de primavera se aproxima. Es inevitable, es esperanzador. Algunos brotes verdes he podido ver enfrascados en pequeñas reliquias. Algo puedo observar, ahora que la experiencia me enseñó a observar los ciclos, que algo nuevo y bueno nos espera.

Quizás un año de verdadera luz, para todos, para el conjunto de la humanidad. Un año de volver a empezar, un tiempo de renovación y cambio, de transformación interior, de vida plena. Ese es mi mayor deseo para todos vosotros. Esa es mi mayor aspiración. A ti, que desde lo oculto lees estas letras, te deseo sinceramente, desde la más absoluta humildad y agradecimiento, que tengas un feliz año nuevo, un feliz tiempo nuevo, un año de la verdadera luz. Que la paz reine en vosotros, que la fuerza la sostenga, que la belleza la adorne y que la sabiduría nos guíe.

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Mente solsticial. De la perpendicular al nivel


Los obreros se reúnen en los tiempos solsticiales. Tratan de construir tejiendo en la luz. Aprenden los oficios y lo enseñan como acto de servicio a la Gran Obra. En las logias de San Juan, de Oriente a Occidente y del Mediodía al Septentrión, se solicitan aumentos de salario cuando todos están satisfechos. Tejer en la luz requiere talento, esfuerzo, perseverancia, síntesis, compresión arquetípica. Hoy muere el sol, muere la luz, al mismo tiempo que resucita. Es solo un ciclo, pero está cargado de significado. Muerte y resurrección: el sol invictus.

Nos adentramos ante el periodo y la festividad de la renovación y el renacimiento. El nuevo sol vence a la oscuridad. A partir de ahora los días serán poco a poco más largos, hasta la siguiente festividad de San Juan, el siguiente solsticio.

Es difícil comprender la lógica de los símbolos, de los arquetipos. No deja de ser un misterio todo lo que es relativo a lo cíclico. Nuestro planeta es peculiar por muchos motivos. Tantos, que está cargado de sospecha.

Pasar de la perpendicular al nivel en un tiempo cíclico requiere un sumo grado de compromiso, de trabajo, de esfuerzo, de perseverancia. La mente solsticial bucea en el significado oculto. Nos preguntamos sobre nuestra finitud, y sobre la necesidad interior de perpetuarnos hasta el infinito. Por eso nos aferramos a los ciclos, pues estos sugieren siempre un cambio perpetuo, perenne, inmortal.

Lo sempiterno nos seduce, aún sin conocer del todo su sentido. ¿Cuál puede ser el sentido de ser eternos, y de qué manera semejante cosa puede ejecutarse más allá de las creencias de unos y de otros? ¿Ocurriría algo terrible en nuestras mentes si esa idea fuera descartada? En lo profundo de nuestra psique la sombra del velo se muestra perpetua. No sabremos nada hasta en el último instante. Ahí se desvelará el misterio y sabremos a ciencia cierta, más allá de nuestros estadios febriles, si la inmortalidad era algo real. Algo real como en los ciclos del sol. De ese sol que nunca muere, sino que resucita una y otra vez en cada fiesta solsticial.

En todo caso, celebremos el sol invictus, la fiesta de la luz que vence una y otra vez a la oscuridad de la ignorancia, de la ceguera, del martilleante proceso de la existencia. Nos quedan pocos alientos que compartir. Estrujemos cada meollo de vida, cada suspiro, cada instante, cada brote de esperanza. ¿Somos soles inmortales? Realmente no importa… contribuyamos con nuestro verso en la existencia… Sigamos apoyando la probabilidad de que tejer en la luz es un proceso necesario para corroborar nuestra perenne existencia. Sigamos construyendo en la Gran Obra, con rectitud en la acción, voluntad en la aplicación, discernimiento en la búsqueda, profundidad, precisión y bondad hacia todo.

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La espera vigilante



La cristiandad en su conjunto considera el Adviento como un tiempo de oración, silencio y reflexión el cual se caracteriza por la llamada espera vigilante, es decir, ese tiempo de esperanza, de observación, de ayuno, de vigilia, de arrepentimiento, de perdón y de alegría. Algunos encienden cuatro velas para recordar la importancia de profundizar en valores y virtudes que deben responder a la completa asunción del ser humano: la primera vela simboliza el amor; la segunda, la paz; la tercera, la tolerancia y la cuarta, la fe.

Esperamos inevitablemente. Nos pasamos la vida esperando. Los ciclos de la luz marcan las esperas. El sol invicto se aproxima. La llama se resguarda y se fija la meta para su resurrección, para su nuevo nacimiento, simbolizado por el niño rey. El niño rey representa la síntesis entre el Padre y el Espíritu Santo, entre el espíritu y la materia. La síntesis que viene cuando los opuestos existen.

En nuestra espera vigilante deberíamos buscar nuestra síntesis. La síntesis de nuestra vida, aquello por lo que realmente vivimos y nos movemos. ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuál es el motor de nuestras vidas? ¿Qué es aquello que dignifica nuestra existencia?

Observar y esperar. ¿Qué más estamos esperando de la vida? ¿Qué es aquello que deseamos encontrar ardientemente? ¿Una revelación? ¿Una causa? ¿Un amor? ¿Algo de dinero? ¿Algún tipo de experiencia mística que nos desvele los misterios de la vida y la muerte? Observemos con atención nuestra existencia y veamos qué es aquello que esperamos de ella.

Tal vez estemos ya en el atardecer de nuestras vidas. Quizás ya solo esperamos tranquilos el ocaso, el final, el último viaje. Esa espera es totalmente inquietante. Deseamos acercarnos a ella sin las tinieblas del miedo, con fe, con firmeza. Pero en el fondo sentimos un resquemor, como si supiéramos o intuyéramos que realmente hay un final real, una última etapa. Respiramos profundamente, suspiramos como si fuera ya el último aliento cuando pensamos en estas cosas. Podría ocurrir que mañana fuera nuestro último día. Es turbador pensar que no tenemos control sobre eso. Que todo podría acabar en cualquier momento y que todo terminara sin haber sido capaces de averiguar de qué trataba nuestra espera, nuestra fe, nuestro amor derrochado, nuestra profunda capacidad de observar y traspasar la vida y sus ramajes.

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