Día 3. PUENTE LA REINA


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Ayer, mientras contemplaba desde el jardín la placiente vida de las tortugas y el leve pasear de los peces en el estanque observaba a los peregrinos. Todos tienen un alma pura y brillante. Puedo verla en sus miradas, en sus sonrisas y en su cansancio. También puedo ver como mancillamos, a veces sin saberlo, el brillo de cada una de nuestras luminarias. Pero no importa mucho. La luz permanece aunque se la ignore.

Hoy ha sido un día de encuentros y reencuentros con almas. No he podido escaparme como en los días anteriores y he caminado acompañado todo el camino. A veces me quedaba algo rezagado para observar las almas que me precedían, sus almas peregrinas. Veía como sus cuerpos son como ventanas para los seres sensibles y sintientes. Se puede ver a través de ellos toda su trasparencia, aunque a veces esos cuerpos estén embrutecidos, sean opacos y oscuros, y no dejen pasar la luminiscencia de su Ser. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo se puede desdorar de esa forma nuestros cuerpos? ¿Cómo es posible que lleguemos a esa oscuridad turbia que se enreda y nos confunde? Tampoco importaba. Solo bastaba con acercarme a ellos y mirar fijamente sus ojos y ahí estaba la luminiscencia.

Sentían curiosidad por el “turista”, que al parecer, es así como me han bautizado por mi ligera mochila. Luego, cuando parábamos a comer y veían que no bebía vino ni comía carne se extrañaban aún más. ¿Un español vegetariano? Me preguntaba un amable californiano. No sabía como explicar la profundidad de mis convicciones. Hacía broma de todo mientras por dentro reflexionaba sobre lo mismo de siempre. Sólo debemos observar como cuidamos nuestros cuerpos, qué tipo de alimento entra por nuestras bocas y estómagos, por nuestras emociones y sentimientos, por nuestros pensamientos y nuestros valores. Eso hacía, observar a unos y a otros, y era tanto lo que podían transmitir con cada gesto. Sonreía tímido y podía amarlos, respetarlos en su momento, en su caminar, en su búsqueda.

El alma es peregrina, pero necesita de unos cuerpos poco pesados, que no se llenen de densidad opaca con turbias emociones y torpes pensamientos. Necesitan llevar una mochila ágil para poder caminar no pensando en el cansancio y la pesadez sino en la frescura del árbol y el suave aleteo de la mariposa. A veces sólo podíamos hablar de nuestras llagas o dolores. Había momentos que podíamos parar cada dos minutos para ver si podíamos seguir otros dos más. Eso siempre ocurre especialmente en los últimos tres kilómetros de esfuerzo. Así no se puede disfrutar del Camino, y tampoco de la vida. Mirar a los ojos para contemplar nuestras almas a veces supone rasgar primero los velos que nos separan del mundo, de ese mundo que se muestra a cada instante mágico y maravilloso. ¿Qué es eso que retiene el caminar? ¿Qué cosas son esas que impiden nuestra marcha lúcida? Yo mismo debía parar porque todos soportamos nuestras dolencias. Pero intentaba no fijar la atención en ellas. Hay tanta vida ahí fuera.

La chica canadiense que nos acompañaba dijo algo: “en mi próximo Camino llevaré una mochila como la tuya”. Me hizo gracia la observación mientras rozaba con las alas desplegadas las hebras de la hierba, el olor a tomillo o el cantar imparable de ese ejército de pajarillos que nos acompañan. ¿Cómo no poder verlo? ¿Cómo no poder abrazarlo? ¿Cómo no desplegar la sensibilidad angélica ante tamaño espectáculo de vida? Hay tanta vida cuando estamos vivos, cuando nos sentimos vivos.

Mientras subíamos el Alto del Perdón pensábamos sobre muchas cosas. Al llegar a lo alto y contemplar la libertad de la experiencia nos sentíamos ciertamente libres. Era una libertad extraña. Las almas respiraban profundamente ante la belleza de esos parajes. Luego, algo cansados, llegamos a Puente la Reina, como mandaba la ortodoxia y los pies abatidos. Fin de Camino por hoy. Mañana más, porque las almas no sólo peregrinan, también transmigran.

(Foto: Los dos canadienses que hoy me han acompañado todo el trayecto. Marie Ann hablaba algo de español y podía preguntarle cosas, medio en español, medio en inglés, sobre el Quebec y su independencia).

ZIZUR LA MENOR Día dos


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Esta mañana me desperté algo perezoso a eso de las seis y media. Ayer, cuando el cuerpo se enfrío, todo eran dolores. Especialmente por los pies y las rodillas. Estaba quebrado, casi no podía andar. Había forzado demasiado la máquina en el primer día. No había casi comido, no había casi bebido nada y llevaba un ritmo excesivamente acelerado. Tomé un ligero bocadillo de tortilla francesa a media tarde y nada más hasta hoy a las diez. Realmente no tenía mucha hambre. Trabajé algo y me acosté temprano sin cenar y me desperté sin desayunar.

Hoy a las siete de la mañana era de los últimos en salir del albergue. Caminé mucho más despacio que ayer. Casi a paso lento. Alcanzaba a unos y me adelantaban otros. A las once ya estaba en Pamplona, lugar donde la ortodoxia decía que debía pasar la noche. Seguí, ya abatido, unos kilómetros más, hasta Zizur la Menor, donde llegué a eso de la una. Fui el primero en hacerlo, el resto de peregrinos los imaginaba disfrutando de Pamplona y sus asadores. Lo bueno de ser vegetariano es que ese tipo de estímulos pasan desapercibidos hasta el punto de que aún no he comido nada. Ni siquiera tengo hambre. Es como si pudiera alimentarme del Camino, o de las luces y la magia que me llegan desde esas estrellas inexplorables.

Hoy también estoy físicamente roto. Es normal. El cuerpo siempre se muestra perezoso cuando lo sacas de su rutina. Calculo, si todo va bien, que en dos o tres días más se habrá acostumbrado a la dureza del andar y dejará de quejarse. Mientras eso ocurre, se me eriza el cabello cuando miro para atrás y contemplo los valles y las montañas que ya caminé. ¿Es posible que puedas viajar andando hasta lugares tan remotos? Es posible si te desapegas del dolor y lo ves como un mal menor necesario. O si lo haces sin prisa, pausadamente, a sabiendas que al final siempre se llega a alguna parte. Cada paso es una lección. Cada sonrisa peregrina es una promesa. Cuando algún peregrino me pregunta donde pasaré la noche siempre le respondo lo mismo: “no lo sé, donde diga mi cuerpo o mi alma”. No llevo mapa, ni sé qué hay delante o más allá. No he programado nada. No quiero hacerlo, aunque miro con cierta curiosidad como los otros peregrinos cuentan uno a uno los kilómetros que llevan y los que les quedan. ¿Para qué? Hay algunos que nunca llegarán, que su Camino será otro. Como el de esas personas que han muerto haciéndolo. De vez en cuando te encuentras alguna cruz con algún macabro título: “Fin del Camino”. Eso te hace respirar profundamente y dar las gracias por cada paso, por cada aliento de vida. Por eso mejor no programar. Como hoy me decía una joven canadiense cuando intentaba explicarle que no llevaba ninguna intención: “ese es tú camino”.

Sí, así es, toda alma peregrina tiene su propio Camino. Y a veces unos se cruzan con otros, a veces unas almas se cruzan con otras. Almas que te rozan suaves aún en la distancia, pero que están ahí. Casi puedes sentir su aliento, sus labios, su mirada invisible, sus abrazos sentidos. Por eso el alma sigue jovial y expectante. Reflexiona en silencio sobre unas y otras cosas. No las piensa. Solo las siente. Las penetra.

Realmente es hermoso observar como todo está de alguna forma unido. Cuando camino saludo a los pájaros o a los caballos o a las vacas o abrazo con mi tacto suave la dura corteza de los árboles. Siento esa extraña unión con todo. Mientras hoy escribía tumbado algunas cosas a la entrada de Pamplona un perro vino a saludarme. Estuvimos un rato abrazados, relamiéndonos como si nos conociéramos toda la vida. Cuando llegué al hermoso albergue que regenta la cariñosa Maribel desde hace más de veinte años, charlaba con ella de sus viajes por Francia e Inglaterra mientras, tumbado en la hierba, acariciaba a una de sus grandes tortugas. Ella me decía: “este albergue es como viajar sin viajar, o como vivir en una continua torre de Babel horizontal”. Me ha gustado escucharla en ese ratito de paz que ambos hemos compartido, mientras me sentía unido a ella, y a su tortuga, y al recuerdo del perro en Pamplona y al de los ruiseñores y mirlos que saludaban en el Camino. Mientras me sentía fluyendo con esas almas que acarician mi alma peregrina con sus cantos de amor y belleza, con su extrema delicadeza en sus roces.

(Foto: Esta es la pequeña mochila que todos miran con extrañeza. Realmente me sobra la mitad de las cosas. Casi podría llegar desnudo a Santiago. Dos mudas, una para el día y otra para la noche. El secreto está en lavar todos los días la muda del día. El ordenador, el saco, una de esas toallas que son manoplas que no ocupan nada junto a unas zapatillas ligeras para la ducha, y el champú para el pelo junto con el cepillo y la pasta de dientes. No llevo ni linterna ni cantimplora. Bebo de las fuentes y cuando no hay luz, me guía el alma. ¿Para qué llevar más?)

Día uno, desde LARRASOAÑA


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Las almas son peregrinas. No entienden de espacio ni de tiempo. Se desplazan de un lugar a otro, buscando donde poder servir mejor, donde poder amar mejor, donde poder relacionarse con el mundo y el universo de forma más amplia y profunda. Se roza con los tallos de cualquier árbol, con las ramas de la madreselva que gatea por las paredes, inspira el perfume de las flores del camino, su esencia volátil. Es capaz de acariciar con la mirada los valles y las montañas de cualquier paisaje, como durante siglos y siglos lo han hecho esos cientos y miles de peregrinos, de almas peregrinas, que han transitado por los caminos.

Esta mañana me desperté el primero a eso de las cinco. Estaba soñando con un maestro tibetano, y en sueños se presentó y me dijo: “levántate y anda”. Fui obediente, muy obediente. Sigilosamente, sin hacer ruido, empecé en solitario el Camino mientras los demás dormían. Todo era oscuro y los primeros kilómetros intenté que el farolillo que salía del móvil me ayudara en el andar. Luego preferí que fuera la luz interior la que me guiara. Era un ejercicio divertido. El barro podía ser sentido por mis pies y eso me desviaba un poco. Si me salía del camino, las ramas me acariciaban, indicándome suavemente la dirección correcta. Pude agudizar algo la vista, pero no mucho, lo suficiente para no tropezar con grandes piedras. Casi podía sentir el alma de tantos y tantos peregrinos que por allí habían pasado. La noche siempre tiene esos misterios. Casi se puede escuchar el rumor de las sombras.

Tardé dos horas en cruzarme con alguien. Por la noche no había cenado nada y hasta las diez no paré dos minutos a comprar una barra de pan que rellené con chocolate de avellanas. En el mismo lugar, además, donde lo hice hace ahora seis años. La mujer que despachaba se extrañó al verme. “Has llegado muy temprano”.

No podía parar de caminar. Las primeras bicicletas me adelantaron a las cuatro horas de mi partida. Llevaba mucha ventaja, tanta que a las once ya había llegado al albergue donde la ortodoxia decía que había que pasar la primera noche.

Demasiado temprano, así que continué hasta el siguiente albergue, seis kilómetros más allá. A unos tres kilómetros a la hora, a la una de la tarde ya estaba escribiendo algunas letras.

Aprovecharé la tarde para escribir algunas cosas, para corregir algunos libros, pare maquetar y hacer ilustraciones y preparar algunas novedades. Seguiría andando, pero mis pies están cansados y hay mucho día por delante. Así que trabajaré un poco y soñaré, de paso, con las luces que se han encendido ya en este primer viaje.

Desde Roncesvalles


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Cuando el autobús llegó puntual, aún había nieve apilada en los patios. Acababa de llover y parecía como si la tierra pudiera olerse desde lo más profundo. Di un pequeño paseo tras recoger la acreditación de peregrino e impulsivamente entré en la pequeña iglesia de Santiago. La primera vez que asistí a la misa del peregrino fue hace más de veinte años, en septiembre de 1992. La segunda vez fue en 2007. Las dos veces hice el Camino en bicicleta desde principio a fin, desde su alfa a su omega. Ambas veces acompañado. Esta vez estaba solo en la última fila, observando todas esas luminarias que brillan con luz propia y esperan un profundo reconocimiento de su ser en esta aventura.

Esta vez todo parece diferente en apariencia. El albergue de Roncesvalles está totalmente reformado. Un ejército de voluntarios extranjeros nos asisten y hay cientos y cientos de peregrinos que vienen de todas partes del mundo. Incluso un día como hoy, alejado de cualquier festivo o vacaciones, los peregrinos son legión. Nada que ver con aquella aventura del 92 donde algunos albergues eran literalmente cuadras y donde dormíamos literalmente tirados en el suelo. Los tiempos han cambiado.

Cada peregrino es un mundo. La mayoría son sofisticados, con grandes mochilas, hermosos trajes bien preparados para las inclemencias y unas poderosas botas. Esas grandes mochilas harán que muchos no aguanten los tres primeros días. Muchos abandonarán en la primera semana por cualquier motivo. Vienen cargados de mapas, de coordenadas que han preparado durante meses. Pero muchos renunciarán. A veces el Camino nos vence.

Mi preparación empieza hoy. Traje una pequeña mochila donde metí lo justo. Mi calzado está roído por el tiempo y tiene alguna grieta que no sé si aguantará la marcha. La gente me ve y desconfía porque no vengo tan preparado como ellos, y no traigo ningún mapa ni ninguna gran mochila. Solo una sonrisa acomodada a las circunstancia. Quizás piensen que vengo a pasar el fin de semana o a dar un paseo. Pero la experiencia me dice que no lleve mapas, ni grandes mochilas, ni nada preparado. El Camino nos prepara, y debemos estar abiertos a sus sorpresas, ligeros de equipaje para fluir por sus sendas. Es un gran ejemplo de la vida. ¿Para qué cargarnos de cosas, de “mapas” sobre las cosas que debemos hacer en el futuro, de sofisticadas botas y trajes que luego se quedarán en el camino, o aún peor, nos impedirán seguir por él? Mejor tomarse la vida como un paseo, como un lento peregrinar hacia las profundidades del misterio. Sin prisas, sin cargas, livianos para que podamos disfrutar de cada instante e improvisar cualquier desvío.

Roncesvalles ya no es lo que era antes. Seguramente tampoco lo es el Camino. Pero quizás solo sea apariencia. En lo profundo, todo sigue igual, porque los peregrinos siempre andamos por sus sendas. Mañana empieza la aventura. Buen camino a todos. Buen peregrinar por la vida.

Recalculando desde Pamplona


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Tras pasar unos días mágicos con SP, llegué a casa cansado pero con muchas ganas de emprender el Camino. Una extraña sensación me había recorrido en la estación de Atocha que me empujó a preparar la mochila y empezar cuanto antes el recorrido. Al final preferí reposar esa noche en casa. A penas pude dormir cinco horas. Llegué a la estación de autobús y compré un billete equivocado. Así que tuve que recalcular la ruta, pasando por tierras de Soria y llegando a Pamplona con algunas horas de más. Aquí estoy, esperando un nuevo autobús -el tercero ya- que me llevará a las puertas del Camino, en Roncesvalles.

En verdad era la segunda o la tercera vez que recalculaba la ruta, ya que antes de que la propia SP me ofreciera pasar cuatro días de encierro para escribir su segundo libro, ya había planificado el marcharme esos días hacia el Camino.

Con eso entiendo que la vida tiene sus propios caminos, y a veces no coinciden con nuestra programación mental. Por eso hay que estar abiertos a la experiencia, adaptando una y otra vez nuestros deseos a los deseos de nuestro verdadero Ser, fluyendo sin miedo hacia todo lo que se presente. ¿Por qué estos retrasos? ¿Qué otros peregrinos deberé conocer para que todo se haya retrasado tanto? ¿Qué clase de experiencias viviré para que todo se haya reorganizado y sea hoy el día señalado para emprender la aventura? Estas cosas nunca las sabemos hasta que no pasa tiempo y podemos ver las cosas desde cierta perspectiva, desde otro ángulo.

Es normal que nos equivoquemos en la vida, es normal que tengamos esa increíble capacidad de cometer errores. Pero siempre podemos retroceder, siempre podemos llegar a un punto de perdón y aceptación. Un lugar donde poder reconciliarnos con aquello que hicimos mal, o aquello que nos recondujo a situaciones complejas. Es normal que perdamos cosas en el camino o que equivoquemos la ruta, pero siempre podemos recalcular y volver a empezar. Siempre podemos adaptarnos a nuestros errores y reconducir la ruta. En esas ando ahora, desde tierras navarras, intentando llegar al inicio de todo.

(Foto: En el restaurante «El Secreto» con SP. Perdonad que ponga esta foto mía, pero no encontraba aquí en el portátil otra que sirviera. En todo caso nos sirve, ya que el Buda nos hablaba de la vida como una continua impermanencia, ese estado en el que ahora me encuentro.

La esperanza me sirve


esperanza

Los anfitriones en Málaga, los queridos y siempre generosos D. y P. me han acogido como a un auténtico príncipe. Primer plato, segundo plato, tercer plato, postres… Da gusto ver como la generosidad de la compañía puede reanimar anímicamente a cualquiera. Especialmente cuando estás con personas que no juzgan. Solo te aceptan como eres, con tus cosas buenas o tus cosas malas. O personas que tienen tanta bondad interior que solo son capaces de ver exclusivamente bondad en el otro.

Por la mañana me levanté y estuve perezoso al menos dos horas disfrutando de los rayos del sol que entraban por la ventana. A muchos os parecerá exagerado pero cuando has pasado casi tres meses sin ver un amanecer con esa luz, especialmente esa luz del sur, creedme que dos horas han sido insuficientes. No podía creer que hasta hace poco viviera en un lugar totalmente luminoso, con grandes ventanales donde ninguna cortina o persiana impedía la entrada de la luz. Las noches siempre eran igualmente espectaculares. La visión del cosmos nítido y cargado de luminarias era algo que siempre me conmovía. Así que dos horas de luz ha sido mi regalo de la mañana.

El regalo de la tarde era pasar unas horas con los también generosos editores de Sirio, de los cuales estoy aprendiendo mucho y me están ayudando en mi supervivencia empresarial. Su generosidad, también extrema en los tiempos que corren, son testimonios que merece la pena expresar públicamente. Creo que animan de alguna forma a los que por algún motivo lo están pasando mal. No os preocupéis amigos, el mundo está lleno de gente buena y con ganas de ayudar. De hecho, si algo estamos aprendiendo de esta crisis es de la inmensa capacidad que el ser humano tiene para ayudarnos los unos a los otros. El apoyo mutuo y la cooperación se ha demostrado que es el germen de la evolución humana. Así que si algún día pasáis por una librería y veis el sello de Sirio acordaros: detrás de ese logo hay personas generosas, amantes de los libros y amantes de la vida humana, con sentido, con increíble generosidad.

Y así he pasado mi primera tarde y mi primera noche en Málaga. Una tierra luminosa, donde justo cuando llegaba a casa de los amigos que me acogen escuchaba en directo la noticia del nuevo Papa. Me ha gustado por muchos motivos su nombre: Francisco. Quizás estemos ante una nueva forma de entender la Iglesia, al menos la Iglesia verdadera, esa que predicó el inspirador de la misma cuando decía: “amaros los unos a los otros”. Es algo tan sencillo y tan difícil…

Sin embargo hoy he sentido ese amor. En el sol de la mañana acariciando el rostro en la Montaña, en los amigos de Sirio, en los amigos que me acogen estos días y en el generoso sentido de poder compartir este momento con todo aquel que guste de buscar esperanza en un momento difícil. Pues sí, mientras hay vida hay esperanza. Y la esperanza, como decía el poeta, me sirve, aunque sea mansa.

La Melancolía del Viaje


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Cuando salí del curso sentí la llamada de la selva. Ese peculiar sentido de supervivencia psicológica que me empuja a destripar cualquier camino con tal de coger distancia de los últimos acontecimientos. Tras el iniciático viaje a Montsegur, habían pasado muchas cosas en el orbe interior. Sin duda, había un antes y un después que aún no he tenido tiempo de madurar. La digestión se hace lenta, muy lenta, pero provechosa, muy provechosa. Lástima que tanto cambio interior haya producido un exceso de terremotos exteriores. Y lástima que por el camino haya perdido cosas. Tanto tiempo esperando el reencuentro en las pagodas reminiscentes que cuando ocurre, se realiza con tanta virulencia que todos terminan huyendo.

A las ocho Laura me ayudaba a cargar algunas cajas. Le di instrucciones para los próximos días y la dejé al timón del barco senequista. Metí un par de cosas en la mochila y desfilé la nave dirección Mediodía.

Pasada la medianoche llegaba a la Montaña de los Ángeles. Antes de meterte por las carreteras secundarias hay que pasar por un lugar, un antiguo palacio rehabilitado que siempre me ha producido escalofrío. Nunca he podido racionalizar el motivo, pero esta noche, cuando pasaba y giraba hasta introducirme en las inhóspitas carreteras secundarias, volvía a sentir lo mismo.

El pueblo parecía increíble cubierto por la niebla y con esos farolillos de tímida luz dorada. Había llovido y estaba todo deslumbrante. Cuando llegué al refugio familiar me encantó poder oler a esa humedad propia de los bosques, olfatear el olor a muebles rústicos mezclados con las fragancias que aún expulsan los miles de libros que aún almacenó en todas las habitaciones.

El viaje ha sido tranquilo. No suelo poner música ni la radio. Son cuatro o cinco horas de absoluto silencio, de absoluta meditación. El ruido de las ruedas golpeando el asfalto es como una especie de mantra que adormece los instintos pero que despierta la intuición. Necesitaba alejarme del personaje de los últimos días. Un ser egoísta y abstraído en la complacencia del sabotaje autocumplido. En la distancia me daba un poco de pena completar la escena de los últimos días. Tenía tiempo para recomponer mentalmente las estupideces y los errores cometidos. Tenía tiempo para perdonarme y encauzar interiormente la situación. Tenía tiempo para apretar fuerte el lazo místico y solicitar disculpas por las torpezas a los seres que por algún motivo he molestado. En el silencio de la noche no había palabrería, ni excusas, ni tormentos. Solo noche, y silencio.

Cuando faltaba poco para llegar recordé la leyenda de los hijos de los elohims y de cómo se enamoraron de las hijas de los humanos. Pensaba en ello cuando sentí la presencia fantasmal de la que hablaba. Giré a la derecha y aceleré un poco. Al fondo podía ver las luces del pueblo y la Montaña. Recordé a sus ángeles. Recordé el porqué hace unos años había venido hasta aquí para crear una utopía y recordé como ahora había caído, como los hijos de los elohims, en la oscura cueva. Pronto hará tres meses desde que decidí entrar voluntariamente a ese encierro. Y noto que aún es muy pronto para salir del mismo.

Pasaré la mañana en la Montaña ordenando algunas cosas y mañana de nuevo camino hasta Málaga, donde pasaré unos días. Mañana más distancia, más orden, más silencio.

Eterno retorno


Barcelona

Había una delicada pradera de agua salina cuando llegué a Barcelona. Realmente me aterra todo lo que tiene que ver con el mundo acuífero, por eso nunca me gustó fregar los platos ni nadar ni nada que tuviera que ver con ese elemento. Pero nací en el Mediterráneo, y por lo tanto, siempre tengo la necesidad vital de respirarlo cada vez que me marcho a vivir lejos de él y vuelvo, porque siempre todos volvemos. Por eso, cuando hoy llegué a la ciudad condal por una doble cita, tuve tiempo de acercarme hasta sus olas y respirar la mar.

Tras el chapuzón simbólico, fui hasta el Passeig de Sant Joan, donde asistiría a una interesante conferencia sobre tradiciones iniciáticas en la biblioteca Arús. Hace justamente ocho días me despedía de Barcelona en el mismo lugar, donde hicimos la presentación de un libro de la misma persona que hoy presentaba la charla. Y hoy hice el mismo recorrido, como si hubieran hecho un corta y pega y no hubieran existido estos ocho días. De la biblioteca Arús fui al barrio de Gracia y desde allí fui acompañado por la indescriptible A. hasta la Plaza del Sol. Entramos en el café Sol y pedimos las mismas cosas que pedimos hace ocho días. Como si de una secuencia repetida se tratara, entró el hindú que vendía claveles y formalizamos el mismo ritual. Todo exactamente igual excepto en una cosa: ella se había cambiado de zapatos y yo de camisa. Por lo demás, todo parecía una repetición secuencial de algo indescriptible, imposible de entender si no fuera por esas vagas señales arquetípicas que a veces asoman pudiendo simular algún atisbo de entendimiento.

Y mañana, para celebrar el reencuentro, intento de viaje hasta el mediodía francés, hacia Montsegur y el Prat dels Cremats. Deberemos descifrar, desde el pasado, el presente o el futuro, la reminiscencia que nos lleva hasta allí, o que nos intentará aproximar, porque según las previsiones, el tiempo parece haber conspirado contra cualquier intento de acercamiento. Y el tiempo será el representante de nuestros lestrigones y cíclopes, los guardianes del umbral de todo viaje iniciático. Y este viaje promete serlo. No se explica sino la secuencia hechizada del eterno retorno.

Desde la catalana tierra


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Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena. A nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ese es el precio que tienes que pagar: la soledad”. Chavela Vargas

Acabo de llegar a la catalana tierra y todo el camino pensaba sobre esa soledad que arrastra a las aves que vuelan por esos cielos extraños. Realmente existe cierta incomprensión y cierto rechazo. Y también desconfianza. Creo que es natural. Duro, pero natural. Y quizás ese sea el sino, la soledad. Así que habrá que acostumbrarse a ella poco a poco, sin prisas por nada, sin agobios, sin espasmos.

Esta mañana, antes de partir, tomaba un té en casa de S. Tenía que recoger unos libros que guardaba en su sótano para entregarlos en Zaragoza. Mientras cargaba los libros paré un momento y fui a abrazarla con todo el cariño del mundo. Por un momento sentí también su soledad y quise mostrarle que la soledad también puede ser un refugio, o puede ser compartida de forma inocente y hermosa con un abrazo sentido.

Y me pregunto porqué nos empeñamos en esa soledad tan desolada, como decía el poeta. Soledad cósmica, pero también soledad humana. Soledad de soles, incapaces con su luz de abrazar a cualquier otro ente cósmico. Soledad extraña y soledad prematura.

Y digo prematura porque es demasiado pronto para sentirnos solos. Y cuando llegué a la casa familiar y vi al Rastra con esa carita suya, tan suya. Tan solo hace un año andaba medio salvaje en la calle y ahora aquí, gordito que se ha puesto. Nos hemos abrazado como en los viejos tiempos. Cuando el corría libre por la Montaña y yo corría igual de libre entre bosques y espesuras.

Cuando el bosque respira


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Decía Freud que llega un momento en el desarrollo del individuo que tras haber superado las fases de cándido narcisismo y las de fijación del objeto de deseo (líbido) en los padres o círculo inmediato, llegaba un momento en el que debíamos afrontar la tercera fase, aquella fase de madurez en la que el individuo renuncia al principio de placer y, subordinándose a la realidad, por eso de que la realidad siempre se impone, busca su objeto en el mundo exterior.

Estos días he estado de viaje por ese mundo exterior. Estaba bello y había gente multicolor con ganas de expresar ideas y emociones y de compartir ratos agradables. Aterricé en Barcelona y desde allí hice una intensa peregrinación hacia el sur. Primero en Madrid, donde he localizado ya, en el puro centro del barrio de Malasaña, transversal a la famosa calle del Pez y muy cerquita de Gran Vía, el que va a ser el vientre que me acoja en esta nueva etapa de mi vida. Lo de vientre lo explicaré más adelante porque tiene miga, pero de momento, un buen lugar para empezar en soledad una nueva travesía por el desierto. Me dan las llaves el día 24, ese día donde los cristianos tenemos por tradición el asistir a cenas familiares y esas zoociales costumbres que nos engrandecen. Supongo que este año, de nuevo, romperé con esa tradición y me encerraré en el vientre para luego dedicar los próximos días a llenarlo de luz y vida. Pintar, limpiar, ordenar de nuevo la mudanza que inicié tan solo hace unos días… En fin, me esperan unas entretenidas navidades…
En Madrid, tras ver el nuevo hogar y acordar un precio razonable con su propietario, un conocido escritor y presentador de televisión, me fui a recoger algunas cosas a mi antiguo hogar donde ahora vive la amiga SP… Fue un encuentro duro, donde lloraba por dentro un duelo que aún no se atreve a manifestarse en su crudeza. Lo pasé mal y volví al hotel algo extraño y triste. Ese mismo día comí con un viejo amigo y cené con gente bonita donde pasamos un agradable encuentro lleno de calor y reencuentro. Al día siguiente viaje de regreso al Mediodía, con parada obligada en casa de mis queridos amigos artistas y escritores J. y E., al cual, acompañan en silencio y en el vientre de ella la criatura que en primavera nacerá al mundo con el nombre de Ícaro. Fue una tarde agradable donde llegué tarde a casa, porque realmente no tenía ganas de llegar a ninguna parte. Quizás por eso al día siguiente me levanté temprano y tras echar gasolina en la revolucionaria Marinaleda, en la campiña sevillana, terminé primero en Marbella, con la ya casi africana A., la cual me explicaba su intensa vida en el sur del continente negro, mientras comíamos con su entrañable hijo en el caluroso -casi veinte grados- paseo marítimo y escuchaba su hermosa explicación de cómo respira el bosque. Horas más tarde, paseaba por la bella Málaga con los entrañables D. y P., los cuales me ofrecían un hermoso testimonio de amor en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad y en todo lo bello que puede resultar tener un compañero incondicional.
Y así hasta hoy, corriendo de un lado para otro, intentado bucear por el exterior para romper el asfixiante y maleable diálogo interior, intentando no viciar la vida en ese monólogo interno en el que a veces nos perdemos.
Estoy contento por el nuevo reto que se presenta. Asumiendo el coste del mismo, un coste que cada vez pago con más frecuencia y que, sin embargo, ahora deseo hacerlo desde la consciencia y no desde el impulso. Por eso estaré atento a todo lo que llegue, y volveré a ser de nuevo selectivo con las distracciones y los desmanes atrevidos. En estos días ya he tenido tiempo de rechazar media docena de tentadoras ofertas… Ha sido ciertamente fácil, porque algo de claridad me queda a pesar de los continuos batacazos. Y el cálido vientre ayudará a gestar la nueva vida.

Primera parada en Barcelona


El viejo amigo Carlos me acompañó en el viaje por las Tierras Altas de Escocia, donde pensaba toparme con mi primera experiencia etnográfica. Miles de kilómetros en coche, en invierno y durmiendo en el hotel Prius. Él se quedó un año en Edimburgo y yo unos meses en la preciosa bahía de Findhorn para luego dar el salto a la Baja Sajonia, en Alemania. En este viaje también ha querido acompañarme. La primera anécdota ha sido quedarnos sin aceite llegando a Barcelona. Así que hoy pasamos aquí la noche con la familia y el Rasta, que está precioso y buen cuidado y mañana a las seis de la mañana nos marchamos dirección Ginebra. Y a partir de mañana, aventura. Dejaremos la donación de libros, motivo del viaje, y aprovecharemos para dar una vuelta por Suiza, ya que Carlos no la conoce. Ya hemos preparado unas buenas mantas porque el Hotel Prius promete… La crisis, ya saben…

¿Se elevará algún día el Amor?


«De esta fiesta mundial de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará algún día el Amor?» T. Mann, palabras finales de La Montaña Mágica

Mañana seguiré el curso de la transpiración de las flores o la emigración de las aves. Como las modulaciones de la música, me dejaré preñar por los acontecimientos, moldeando el viaje hacia ninguna parte mientras el péndulo se retuerza en la incertidumbre.

La excusa será entregar doscientos libros a una fundación suiza, en la para mí preciada Rue de Varembè, en el centro neurálgico del Parque de las Naciones y justo en frente del increíble y espectacular lago Lemán. Después de llegar sano a Ginebra, la aventura y su llamada correrá seguro por mis venas hasta donde llegue la gasolina y el presupuesto pactado.

¿Qué flores y plantas perfuman mejor el aire? ¿Podemos elegir en todo momento aquello que hará que nuestras vidas sean más placenteras? Estos serán algunos de los interrogantes que acompañarán al viaje. Porque la vuelta demandará una respuesta contundente para seguir creciendo, sin dejar de menguar y sin dejar que nada ni nadie te arrastre hacia ninguna ceguera o apatía. ¿Para qué empeñarnos en nada? Qué sea lo que inevitablemente tenga que ser, y que suceda lo que inevitablemente tenga que suceder. Lo importante de toda esta aventura será caminar firme por el cielo lluvioso del crepúsculo hacia ese lugar donde se eleva el Amor.

Mi sangre mora y goda


Ayer hicimos más de cincuenta kilómetros en bici por la sierra de Torrelles y por sus increíbles “riders” entre el recuperado Llobregat, el torrent de Can Reinal y la riera de Can Mas. Hacía muchos, muchos, muchos años que no paseaba por esos bosques increíbles, verdes y mediterráneos, con sus profundos y familiares olores y con esa sensación de sentirte en casa al haber pasado toda la infancia y juventud por esos hermosos caminos montañosos. Cuando era niño íbamos a la casa de un amigo vecinal y calentábamos allí, junto a la riera, castañas en la chimenea en invierno mientras recogíamos en el cerezal los frutos del verano.

En esos montes y caminos no hay fronteras, ni patrias ni naciones. Sólo silencio, paseos interminables, ríos que buscan su curso por la salvaje tierra. Cuando me deslizaba por los estrechos caminos a toda velocidad dejando atrás a la juventud experta me sentía libre, muy libre. El aire montañoso con ese frescor de altura y bosque se entremezclaba entre los recuerdos y la paz de sentirte uno con el todo. Miraba con los otros ojos el parpadear de las hojas en los árboles, el aliento de la hierba verde en el suelo. Rozaba con esa mirada cada poro de los abundantes cerezos, viñales y olivos que encontraba en las zonas más bajas. Y cada pino, y sus largas ramas que ensombrecían los pequeños riachuelos que empapaban entrecruzando caminos y sendas. Pude disfrutar a fondo del bienaventurado y naciente otoño que allí ya había llegado.

Y hoy por la mañana, aún con el frescor de la montaña en el rostro sin voz, me marchaba al mar… Perdón, a la mar… Allí, en la costa de la comarca del Maresme, en Canet de Mar, había quedado con el informático que ha creado la nueva web. Paré un rato para fusionarme con el mar… perdón, con la mar… en ese Mediterráneo que me vio nacer… Porque allí nací, en el Mediterráneo. Y por eso mañana, aprovechando que he quedado con autores para consagrar nuevas obras para el nuevo sello de Dharana, me dejaré llevar por la singular promesa de navegar por las calles de la ciudad condal que me vio nacer. El medievo europeo penetrará mi carne mora, mi sangre celta, mis venas godas y mi alma peregrina. Me dejaré llevar por esa otra unidad que llevamos dentro, de origen tan rico y variado, tan profundamente humano y tan maravillosamente misterioso.

Foto: Con mi hermano Iván (el Terrible le llamaban de pequeño, cuando era rubio como el oro y villano. De hecho ambos competíamos para ver quién era más rubio, hasta que el moreno se impuso en ambos y pronto la calvicie).

Y habrá otra Montaña


“Es la mente la que crea el mundo que nos rodea y aún cuando nos encontramos juntos, parados en la misma pradera, mis ojos nunca verán lo que los tuyos contemplan y mi corazón nunca se agitará con las emociones que conmueven al tuyo”.

“George Gissing”

El último día en Asturias fue el mejor. Quizás porque agazapados entre montañas elevadas y valles profundos descubrimos el lugar. Al menos esa fue mi sensación. Me vi de repente acurrucado por aquel sitio que tantas y tantas veces había soñado. Pude verlo en sus riachuelos, en su inmensidad de alturas, en su silencio, en sus caminos que entrecortaban lagos y llanuras. A poca distancia, el lugar salvaje estaba acompañado de osos, lobos, urogallos y sobre todo ese manto espeso de hayedos y robledades plagados de leyenda e historia. Sí, ese es el lugar, la nueva Montaña, el cobijo montañero que debe aspirar acercarnos a lo más alto. Pudimos ver algunas casas con ganas de ser habitadas, de piedra noble y con necesidad de reforma. Así que ahora toca una paciente travesía por el Desierto hasta que llegue el momento para emprender la conquista angélica. Y desde allí ,desde las altas cumbres…

La Asturias rural


Ayer exploramos la montañosa, aislada y paradisiaca Asturias rural. Fuimos por el norte, por la cosa hasta llegar a Ribadeo, en Galicia. Desde allí nos adentramos en zona montañosa, desde donde disfrutamos de unos paisajes increíbles, llenos de lugares inhóspitos donde siempre me hacía la misma pregunta: ¿cómo seres humanos aislados del mundo podían sobrevivir en aquellos montes? Es increíble como de repente te encontrabas a una abuela en la mitad de la nada paseando o sentada en el porche de una vieja casa de pizarra. Increíble Asturias con su verde y con su fresquita de 16 grados.

Rozando cielos


Nunca sabemos donde nos cruzaremos con el reino de los cielos. Estos cuatro días de familia en la Montaña han estado plagados de interrogantes, de recuerdos, de dudas, de supuestos, de remolinos que nacían en el estómago y revolvían todo aquello que no se supo recolocar. Y en esa pequeña tempestad con sus pequeños oleajes siempre había momentos para mirar hacia arriba, dejando zambullir la mirada en tiernas promesas, o para pasear por bosques y playas. Y eso hicimos.

En la comarca del Campo de Gibraltar, en Cádiz, muy cerca de Tarifa y bordeada por la Sierra de la Plata hay una hermosa playa, unas de las pocas playas vírgenes de nuestro país, llamada Bolonia. En la misma playa, un gran maremoto sepultó en el siglo II d.C. la próspera ciudad romana de Baelo Claudia, cuyos restos aún son visibles desde la inmensa y viva duna que allí crece. Lo que más impresiona de aquel lugar son las increíbles vistas de África, la cual casi se puede tocar a pocos kilómetros hacia el sur. No puedes marcharte de allí sin cerrar antes los ojos e imaginar cientos y cientos de historias sobre sus orígenes.

Y también sobre los orígenes más remotos de nuestra historia humana. Aficionado a la ciencia y a las creencias, hoy, ya en la solitaria Madrid, me he dejado invitar por el poeta Carlos Ramos a una sesión de cine para ver una terrible película de extraterrestres. Disfruto mucho con este tipo de películas hasta que al director de turno se le ocurre sacar bichos y hacer de los pobres ETs una panda de crueles y reptilianos seres xenomorfos. La película iba bien, al menos en el aspecto filosófico, hasta que destruyeron el argumento con ese tipo de marcianos sin sentido. Y digo sin sentido porque, siguiendo el argumento de la película, si existen o existieron civilizaciones más avanzadas que las nuestras, más inteligentes y más evolucionadas, estoy casi completamente seguro de que no tendrán o tendrían rasgo alguno de violencia. Creo que la sabiduría tiene que ir siempre acompañada de cierta compasión para que sea posible, o viceversa. El caso es que el reino de los cielos, desde un punto de vista antropológico, siempre se me antoja diverso e increíble, y plagado de interrogantes que siguen palpitando en mi corazón inquieto. Por eso he disfrutado estos días viendo África tan cerca, y hoy viendo que el universo humano está plagado de extrañas creencias.

Desde Ginebra


Tras un día intenso el de ayer, hoy a las cinco de la madrugada ya estaba de pie y al orden. A las seis ya estaba embarcando en el aeropuerto y a las siete volaba rumbo los cantones suizos. A las nueve estaba retirando el ticket gratuito que la ciudad ofrece al recién llegado para que viaje en su transporte público durante ochenta minutos. Así que cogí el tren que lleva a la ciudad y luego el autobús hasta el parque de las Naciones y la Rue de Varembé.

Para algunos expertos, Ginebra, junto a Zúrich, es la ciudad de mejor calidad de vida del mundo. Aquí nacieron el padre de la Cruz Roja, Henri Dunant , el padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure,  y Jean-Jacques Rousseau, que fue padre de cinco criaturas que abandonó en un hospicio y además un importante ilustrado.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde meditando con los tejedores de la luz. Luego estuve durante horas paseando por la ilustre ciudad, escuchando sus sonidos, pero también sus silencios. En la cuesta que baja de la catedral un matrimonio alemán se paró a descansar. Mientras hacía una foto, el hombre se me acercó y amablemente empezó a describirme las suyas. Estuvimos un rato disfrutando de ese encuentro, de ese hablar sin hablar, como cuando tocas una piedra, especialmente si forma parte de un edificio antiguo o emblemática, cierras los ojos e intentas imaginar las peripecias de su historia, sentir los golpes de la edad, las heridas de su existencia. La primera vez que lo hice fue en la majestuosa catedral de Colonia, en Alemania. Y desde aquella experiencia, no paro de tocar iglesias y catedrales con las manos, en un gesto que roza esa locura de pensar que hasta lo inerte está plagado de vida. De vida y de sueños, porque las piedras, en sus silencios, también hablan. Así que un día lleno de paseos y silencios, acompañado con el libro de Whitman “Hojas de hierba”, con el cual intento mantener un diálogo de ensoñación y agradecimiento por ser parte de este increíble vergel de vida.

Mañana seguiré con los tejedores un rato más, y de vuelta a casa. Más piedras esperarán gritar sus graznidos de vida. Más viajes, más vida.

Vida entre montañas


Al sur de Castilla-León y en un hermoso y escondido valle cerrado a los pies de la Sierra de Gredos la maga tiene su refugio. Allí hemos pasado un tranquilo fin de semana viendo nevar, contemplando las cumbres blancas, los riachuelos cargados de agua que salpicaban el románico de la zona. Puentes y abadías medievales rodeaban el espectacular encanto. Vida, mucha vida estremecida por abrazos sentidos y visitas al mágico mundo de la naturaleza.

Fuimos a comprar el pan y el periódico y bajo los auspicios de la chimenea que crujía madera amontonada donde antes había una higuera, dejamos deslizar las horas y el tiempo en ese calor que prometía velada tranquila.

El aroma de montaña siempre me ha erizado el cabello. Cuando recorríamos las sendas rodeadas de verde y ganado algo en mí se encendía. Es esa llamada de la selva que nos envuelve cuando flirteamos con la naturaleza viva. Hacía tiempo que no veía montañas nevadas, incluso nos ha sorprendido que el invierno llegara en esta primavera también extraña, como su antecesora estación. Dicen que el tiempo está loco, pero estos días hemos agradecido esa locura. Vida, mucha vida… Es el increíble sentido de sabernos vivos, muy vivos.

Desde el sur


Ayer llegamos tarde a La Montaña. El sur estaba espléndido con las últimas lluvias. Las gentes se siguen sorprendiendo de que llueva en Semana Santa, pero el rito pagano de sacar una procesión, normalmente se solía utilizar para atraer a la lluvia invocando a los dioses correspondientes o a las fuerzas de la naturaleza. Así que supongo que de alguna manera, algo habrá quedado en la memoria colectiva de la naturaleza, y es precisamente en Semana Santa cuando más llueve. O quizás sea para recordarnos que Cristo dijo eso de que rezáramos en lo oculto, donde solo el Padre nos puede ver.
Sea como sea, estaba todo verde, con una la luz hermosa y todo cargado de flores y aromas del campo. Llegaron un poco más tarde Tata, Manuel Nilosé y su hijo. Aprovechaban para llevarse el coche y de paso echar un buen rato de charla y amistad. Ese coche tiene su propia historia familiar, así que me sentí tranquilo al entregarlo a personas de confianza. Tata recordó algunos momentos de hace algunos años. Ya había olvidado que fue ella la que me preguntó sobre el significado de la espiral en la presentación del libro “Cosas del Camino”. Recordé con cierta añoranza aquel tiempo y aquellas gentes, aquel vínculo que iba ciñendo las cosas de cierto aroma, las cosas del camino.
Hoy día de estudio y trabajo. A medio día dimos un paseo por el campo con los perros, que fieles seguían en el mismo sitio donde los dejamos. Alguien les ha debido de estar echando comida y agua, porque no parecían endebles. Fuimos a la casa y todo seguía igual. Cierto misterio recorría el lugar. Sensaciones extrañas, pero nada de melancolía. Sí cierta alegría al ver que la higuera que salvamos había dado sus primeros higos.

Por la tarde vino el amigo O. para llevarnos a su casa y trabajar un poco desde aquí. Antes hicimos parada para recoger algunas naranjas.

La lealtad de decidir por nosotros mismos


En la estación de metro de la exclusiva y lujosa urbanización residencial de la Moraleja había una joven entusiasmada con su móvil. Estaba tan centrada en el mismo que no se daba cuenta de sus movimientos inconcientes, de esas cosas que hacemos de forma invisible, como si una fuerza ajena a nosotros nos pudiera y en cierta forma nos engañara o traicionara. Así es el noventa por ciento de nuestras vidas, de nuestras acciones, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos: pura rutina inconsciente y dirigida por algo que no somos nosotros, ni nuestra consciencia emancipada. Nos dejamos dirigir por las fuerzas ocultas que provienen de nuestros ancestros, de nuestros registros subconscientes, de los viejos paradigmas que nos dominan. Así, la joven, muy bien vestida, por su facha de clase media-alta, con la última tecnología, subió su mano izquierda hasta la nariz, metió su dedo índice en una de las oquedades, sacó algo, no sabemos qué, y se lo metió en la boca. No se dio cuenta de que los que no estábamos jugando al solitario ni ensimismados en nuestras cosas, la observábamos.

Al día siguiente cogimos el autobús dirección Barcelona. El AVE costaba casi 200 euros por cabeza para un trayecto de pocas horas. Nos preguntábamos qué forma era esa de fomentar el consumo responsable y ecológico, es decir, el que la gente no utilizara su vehículo particular, sino el tren, evitando con ello muchas cosas: accidentes, contaminación, dependencia energética, consumo de un bien escaso como es el petróleo, etc… A veces resulta difícil entender ciertas políticas. ¿Por qué el transporte público y la vivienda son mucho más baratas en países como Alemania que en España? Cuando vivía en el norte de la Baja Sajonia, por un módico precio podía recorrer todo el país en alta velocidad. Aquí por ese precio no puedes salir a ninguna parte. ¿Tendrá algo que ver la consciencia de los pueblos en todo esto, la lucidez y los valores? ¿Hay pueblos más dormidos que otros?

En esas cosas pensábamos cuando llegamos a Barcelona y nos topamos con una nueva sorpresa. El precio del metro se había multiplicado por dos. De un euro que valía hace un año en Madrid, en Barcelona costaba ya la friolera de dos euros, es decir, unas 332 de las antiguas pesetas, es decir, casi el mismo precio de lo que costaba hasta no hace mucho viajar hasta Andorra desde Barcelona. De nuevo, una buena política para fomentar el transporte “público”.

Al día siguiente lo pasamos en familia. Viajamos hasta Monistrol y comimos con mis padres y hermana, subiendo horas más tarde hasta la montaña mágica de Montserrat. Allí pasamos el jueves santo, rodeados de religiosidad y espiritualidad enlatada, pero muy felices por haber vuelto a nuestra querida montaña. Por la tarde, atravesamos toda Barcelona hasta llegar al mar, a la mar, y pasar una agradable merienda con mi tía.

Ayer fue un día largo cargado de experiencias y emociones. Ya en el coche que debemos bajar al sur, hicimos una parada en Sant Carles de la Rápita, un lugar cargado de recuerdos, algunos dolorosos, que intentamos administrar desde la consciencia para reconciliarnos con ese pasado que tanto nos ata, a veces, a nuestro presente y que tanto determina, a veces, todos nuestros actos. Por eso es necesario volver atrás de vez en cuando para reconciliarnos con aquellos episodios no cerrados con la sana intención de liberarnos de esas fuerzas que tanto condicionaron nuestras vidas y nuestras decisiones futuras.

Más tarde, fuimos cerca de Castellón, en la Serra D’Esparà, en la masía de un viejo amigo, donde nos esperaba un entrañable ambiente familiar y una exquisita paella valenciana. Pasamos una entrañable tarde “escoltant les històries de l’àvia” y recordando viejos tiempos. Luego, de nuevo enfilando carretera hasta Madrid, donde hemos pasado la noche y desde donde vamos a salir en un par de horas dirección de nuevo al sur. Allí pasaremos algo aislados unos cuatro días… y luego… luego… la vida…  intentando que ese noventa por ciento de inconsciente no nos domine, sino que seamos nosotros, en cada momento de lucidez consciente, los que decidamos hacia donde, con quién, cuando y cómo deseamos seguir transformandola existencia. Porquede eso se trata, de no parar de transformar cada segundo de nuestra vida para hacernos mejores, para hacer mejor el Planeta.

El meu país és tan petit


«Se nos dice que la única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer más a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?» Slavoj Žižek

Son las seis de la mañana… Hoy toca un breve viaje a Barcelona de un par de días que estarán cargados de reflexiones y encuentros, de familia y amigos hasta donde se puedan estirar las horas.

Hay cosas que uno siempre lleva encima, como los recuerdos de la infancia. Y cada vez que viajo a la tierra que me vio nacer siento cierta añoranza inevitable. Me da pena que los nacionalismos de turno se hayan apoderado de la idea de nación y tierra y uno ya solo pueda amar ciertas cosas desde lo más privado y oculto. El meu país és tan petit que quan el sol se’n va a dormir mai no està prou segur d’haver-lo vist. Diuen les velles sàvies que és per això que torna.

Desde la bahía de Ocoa


Estamos en la bahía de Ocoa, descansando en una playa privada en un lugar privilegiado del sur del país donde podemos ver el atardecer desde una espectacular atalaya plagada de cocoteros. El sonido del mar Caribe relaja nuestras mentes y espíritus mientras nos interrogamos sobre la vida y algunos de sus misterios que se codean con los animalitos del mar, el sonido del oleaje, las majestuosas montañas que rodean toda la inmensa bahía y el horizonte infinito e inacabado teñido de nubes amenazantes.

 

¿Somos dueños de nuestras vidas? ¿De nuestra misión enla Tierra? ¿De nuestro propósito en la existencia? ¿Cuántas veces hemos planificado algo que nunca ha salido? ¿O cuantas veces hemos recibido auténticos tesoros sin esperarlos en ningún momento? ¿Qué determina que hoy estemos vivos o que mañana suframos un accidente? ¿Es la precaución, la suerte, el infortunio? ¿Vivimos una vida predeterminada o antojadiza? ¿Y qué ocurre cuando la vida se impone aún a pesar de nuestras creencias, de nuestros esquemas y de nuestra lógica? ¿Qué ocurre cuando de repente nos vemos solos ante un camino por el que jamás hemos transitado, cuya lógica se aleja de todo cuanto habíamos conocido hasta ahora y cuyas reglas no conocemos? ¿Estamos preparados para los avatares de la aventura? ¿Somos fuertes y disciplinados para poder soportar la arrogancia y el desprecio de sus obstáculos? ¿O más bien, la dicha de sus enseñanzas, la valentía para soportar su sabiduría? ¿Somos capaces de caminar con los más ricos de la tierra sin modificar nuestra conducta ni arrendar nuestra dignidad ante los más pobres? ¿Somos capaces de vencer la inercia de lo que presumiblemente resulta normal, cuando, fuera de nosotros mismos, eso podría parecer una aberración? ¿Somos capaces de no perder un ápice de humanidad ante los cataclismos que se avecinan siempre en nuestro interior, y a veces, por reflejo, en lo exterior?

Constanza


Hoy he visto por primera vez en mi vida un colibrí. Me ha parecido algo lleno de magia, de descubrimiento, de emoción porque siempre me han maravillado estos increíbles animales y hoy por primera vez podía disfrutar en directo de su vuelo. Aún recuerdo cuando leía de pequeñito una gran enciclopedia de la naturaleza y me paraba una y otra vez en las páginas que describían las aves del paraíso. Hoy he visto una. Hoy estuve en el paraíso.

La República Dominicana está plagada de paraísos diversos, de lugares mágicos y de amables contrastes que llenan de riqueza la ya de por sí riqueza de esta isla. Esta mañana, tras terminar nuestra última actuación en OneRespe, nos fuimos a uno de los lugares más altos del Caribe, y al lugar más frío de todo este mar: el hermoso valle de Constanza. Aislado en mitad de unas majestuosas montañas, hemos disfrutado de sus paisajes, de su fresquito montañoso y de su gente bonita. Nos ha encantado fotografiar los plataneros cargados de plátanos que crecen solos en las cunetas de las carreteras y comer de los exóticos frutos de sus jardines.

Como dicen aquí: «tú me estás relajando», algo así como me estás vacilando. Porque es tanta la fruta que nace de cualquier árbol que resulta difícil entender como esta mañana, unas niñas haitianas, tras la actuación, nos han pedido por favor que les consiguiéramos algo más de comida. Hemos hecho lo posible, pero es cierto que algunos profesores se quejan de que hay niños que se desmayan en clase porque lo único que comen al día es la «merienda» que les dan en las escuelas.

Hay mucho por hacer en este país, igual que ocurría en España tras la guerra civil. Pero este es un país paradisíaco, y sé con certeza que en un par de generaciones sabrán aprovechar sus recursos y su riqueza para que todos puedan vivir dignamente.

Hoy, por un momento, no sabía si estaba en el Caribe o en Asturias. Cuando cerraba los ojos estaba en ambos lugares a la vez, acompañado por la magia de la impermanencia.

Mañana de nuevo viaje hacia el sur… Y posiblemente tres días sin internet. Será bueno para pensar, para reflexionar sobre la vida y sobre la necesidad de que encontremos sentido y propósito como individuos y como humanidad.

Desde Santo Domingo


Llevamos unos días de no parar… Tras dejar el resort y a Luis llegamos hasta la capital, nos instalamos en un hotel cerca del malecón y la ciudad colonial. Nada más llegar tuvimos nuestra primera actuación para más de doscientos niños en un colegio ubicado en el barrio marginal deLa Victoria.Fuetodo excelente y hermoso. Los niños eran muy bien atendidos por unas monjas cuya misión es originaria de Alemania. Y eso se notaba en la educación de los mismos.

Ayer fue un día duro en muchos aspectos. Por la mañana actuamos para un grupo de niños con cáncer en el oncológico de la ciudad. Fue muy duro pensar que algunos de ellos les daban no más de diez días de vida. Fue una sensación extraña a la que no quisimos obedecer. Sino más bien, intentar darlo todo para que sacar sonrisas a los niños, aunque fueran las últimas. Al menos no ocurrió como en el oncológico de India donde los padres de los niños se ponían a llorar. Aquí todo parecía alegre, como si todo estuviera bien.

Por la tarde tuvimos una experiencia difícil con un orfanato de niñas abandonadas. La actuación fue muy dura porque las niñas estaban medio asalvajadas y derrumbaron todo los esquemas y guiones que teníamos para ellas. Fue como una especie de rebelión contra los payasos, o contra todo, porque las monitoras no movieron ni un dedo para ayudar a establecer cierto orden. Una situación difícil que gestionamos como pudimos.

Luego marché corriendo a darme una ducha porque tenía una entrevista con sesión fotográfica para una revista de vida social de la isla. Fue divertido y hablamos del libro “Ama hasta que te duela”, que fue el motivo de la entrevista.

Por la noche aún tuvimos un poco de tiempo para visitar corriendo y en coche algo de la ciudad colonial y el malecón. Estábamos rendidos… Y hoy más… mucho más…

Hogar del niño Padre Abreu


 

Día intenso con dos actuaciones en un hogar de niños precioso, lleno de vida y ternura, de miradas cómplices, de alegría, de sabor a entusiasmo. Miradas de alma a alma, lentas, diseñadas en algún sueño, reflejando la oportunidad única del momento. El regalo de compartir exige sudor, esfuerzo, pero sobre todo, frenesí y algo de locura. Y hoy nos hemos dejado impregnar por esa locura improvisada y manifestada en esta pequeña mota en mitad de un océano de magia.

Casi trescientos niños por la mañana y casi trescientos por la tarde. Agotador. Pero todo un regalo para el alma, que es, dicen, el lugar donde se acumulan las más hermosas riquezas. Por eso hoy nos hemos sentido afortunados, por obrar el milagro de la sonrisa y la alegría, por reencontrarnos con lo milagroso de la vida.

Hay un momento especial que recuerdo. Al final, algunos niños venían para abrazarnos. Y se quedaban un rato atrapados en la magia y el embrujo de ese abrazo sentido, nacido del corazón inocente. Y luego la emoción de la niña Selva que vio desde el otro lado el espectáculo. Me encantaba escucharla en su catalán de tres añitos relatar las aventuras de Kili y Kolo. ¿Qué más podemos pedir? ¿Qué más se puede pedir? La vida solo existe en este presente, en este ahora. Todo lo de ayer ya no existe y todo lo de mañana está por llegar. Y hoy había pureza, había esas cosas que solo se pueden explicar con alguna imagen, con algún suspiro.

Hemos disfrutado después de nuestro último viaje hace dos años en India. En la segunda actuación, emocionados, incluso hemos desordenado el espectáculo para bailar encima de una mesa o para revolcar nuestros cuerpos contra los niños que se reían de nuestras payasadas. No somos payasos profesionales, pero hoy nos hemos sentido auténticos niños disfrutando de cada instante. Espero que esos niños duerman bien, recordando lo importante de dejarse llevar por cierta locura. Y parece que esa locura, en los tiempos que corren, no hacen daño a nadie, y además, tonifica las fortalezas del espíritu.

La pobreza no reside en el dinero o en el pan, ser pobre es no poder dar y recibir amor. Hoy hemos estado con niños inmensamente ricos, porque han sido reconocidos en su más increíble grandeza. Y nosotros hemos disfrutado de su riqueza, y por lo tanto, hoy hemos sido inmensamente afortunados.

Desde un país tropical


El resort “Casa de Campo” dicen que es uno de los más importantes del mundo. Nuestro anfitrión, nieto de uno de los decanos de una vieja universidad italiana, nos decía que aquí no hay ricos, sino tan solo millonarios. Acostumbrados a vivir en auténticos infiernos cuando hacemos nuestros viajes solidarios, casi nos parecía un sueño extraño el estar aquí entre tanto lujo y riqueza. Las mansiones que nos rodean en el resort deLa Romanacontrastan con lo que hay unos kilómetros más allá… Pero de eso ya hablaremos con calma.

Estamos muy agradecidos por las atenciones recibidas. Nos han dado una casa-palacete con yacuzzi solo para nosotros y todo el servicio que queramos. Grandes coches, chófer y cualquier lujo imaginable. Pero hay algo que nos ha llamado la atención de nuestro anfitrión. Su extrema generosidad, su entrega hacia causas nobles, su especial sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno y su capacidad de disfrutar de las cosas vidas de la vida sin olvidar a los que quizás no lo estén pasando. Eso contrasta con la hipocresía de muchos que vienen aquí para presumir o simplemente para ostentar.

Llevamos aquí 24 horas… Han sido tan intensas y hemos vivido tantas experiencias que no puedo relatarlas todas juntas. Necesitaré muchos días y muchas horas para ordenar impresiones sobre el país, sobre sus gentes.

Solo una anécdota. Hoy hemos ido a un asilo de ancianos. Había dominicanos y haitianos que convivían pacíficamente en este hermoso país tropical. Nos hemos juntado con unos amigos del anfitrión y hemos ido con unos tambores para alegrar la fiesta de los ancianos. Tocábamos cuatro. Uno de ellos un viejo haitiano de mirada profunda. Ha sido increíble compartir el ritmo tropical con él mientras nos miraba fijamente a los ojos. Hemos sentido todos el alma de los antiguos habitantes de estas tierras, y hemos danzado y tocado los tambores hasta que ya no podíamos más.

Ahora paz y calma. Cenar un poco, ensayar un poco y mañana empieza nuestro periplo por la isla. Mil niños nos esperan. Mil aventuras nos aguardan. Un abrazo sentido desde República Dominicana, un país tropical anclado en lo más hermoso del mar Caribe.

Viaje al Nuevo Mundo


Una semana viviendo en una de las zonas con mayor renta per capita de España. Con todos lo cuidados y atenciones de una de las personas más maravillosas que he conocido en los últimos tiempos. Bella por fuera, bellísima como pocas, pero sobre todo, bella por dentro. Con una profundidad capaz de anestesiar a cualquiera. Con un sentido común y una fortaleza admirable. Y luchadora. Esa ha sido su gran lección. Cuando luchas por algo, sea lo que sea, al final lo consigues. Ella lo ha demostrado, por eso resuelve la vida de victoria en victoria, sin miedo, sin desconfianza, con un profundo sentido de la responsabilidad hacia su camino. No le ha importado abandonar reinos y palacios. Ha sabido siempre caminar por ese sentido de la impermanencia, por ese filo de la navaja que tantos temen. Pero ella, diosa venida de no se sabe qué estrella, es capaz de transformar con su magia y presencia todo cuanto toca. Le gusta decir eso de “recolocar” las cosas en su justo lugar. Las cosas físicas, que siempre tienen un orden en todo su vasto imperio. Las cosas vitales, ejercitando cualquier disciplina con tal de lucir todo su esplendor físico. Las cosas emocionales, las cuales lleva años trabajando y eso provoca en ella y en los demás una seguridad admirable. Las cosas mentales, con ese sentido común tan característico de los sabios de viejas edades. Y con ese humor y sonrisa que la conecta directamente con los planos más sutiles. Y esa alma grande que la habita y que cuando mira con su poderosa llama violeta, a cual hierofante de mundos pletóricos, ciega al desprevenido e ilumina al sediento. Le estoy inmensamente agradecido por su generosidad, pero sobre todo, ante todo, por esa magia que ha obrado en mí en un momento especialmente delicado.
Todo esto pensaba cuando lejos de chóferes y palacios deambulaba hoy por Madrid hacia la Plaza Castilla. Allí el último ensayo, el último instante reconciliador antes de la aventura. Mañana estaré volando hacia Miami y unas horas más tarde llegamos a Santo Domingo… La aventura empieza… Ya con cierta melancolía, pero también con cierto cosquilleo por lo que ha de venir… Os espero al otro lado del charco… Nos vamos a hacer las Américas, justamente a ese primer lugar donde Cristóbal desembocó nuestras ansias de conquista, miseria y rabia al Nuevo Mundo…

Últimos preparativos


Mañana, en la madrileña plaza de Castilla será nuestro último ensayo. Pasado mañana estamos viajando dirección Miami y de ahí, vuelo hacia Santo Domingo, capital de República Dominicana. Un chofer nos esperará en el aeropuerto y nos llevará hastaLa Romana, muy cerca de Punta Cana. En el viaje coincidiremos con L., el cual también viaja a la isla por otros motivos. A partir de ahí, nos esperan quince días de periplos entre orfanatos y hospitales y campos de refugiados a los que nos gustaría, en nuestros ratos libres, poder visitar. Intentaremos llegar hasta las desgracias haitianas, y como antropólogo, sería apasionante poder tener contacto directo con la cultura vudú.

El viaje, como todo viaje, será apasionante. Pero dentro de mí existe un mar de dudas y contradicciones que intento ordenar a medida que los días se acercan. No puedo ignorar el desasosiego que impera en estos días en Europa, y especialmente en España y particularmente en mi propia vida. Un desconcierto que tiene que ver con el futuro inmediato y que requiere la mayor de las concentraciones y energías para afrontar el reto de la incertidumbre. Por un lado me alegra este viaje, que de paso, servirá para coger cierta distancia necesaria sobre todo lo que en este pequeño mundo ocurre. Pero por otro, siento que quizás estos no sean tiempos para este tipo de viajes. En todo caso, los más de mil niños a los que llegaremos estoy seguro que agradecerán ese ratito de amor y alegría. Y las crónicas servirán para dar una visión del mundo que seguro nos ayudará a comprender más los estratos humanos que imperan en ese rincón del planeta. Además, con esta tercera crónica, esperamos poder terminar el libro que empezamos sobre las aventuras y desventuras de KK & KK por medio mundo. Y luego la vuelta, y sus retos, y sus desafíos, y siempre, afrontando las cosas con entusiasmo y cariño, con verdadero agradecimiento. Porque en el fondo, detrás de cada drama humano siempre hay una luz de esperanza.

Gent del Barri


El nom de ciutats dormitori té el seu sentit. Les van fer de manera que la seva funció era exclusivament per a això, per dormir. Les finestres de gairebé totes les habitacions donen a patis interiors, foscos, on amb prou feine arriba la llum. Acostumat a despertar amb la llum del sol, avui ho vaig fer una mica tard, cap a les nou, en veure que aquest no arribava. On és la llum a les ciutats?
Vaig baixar a fer una passejada pel barri i saludar la gent ja envellida, amb mirada capcota. Em van venir milers de records de sobte mentre passejava per l’església on em van batejar i vaig fer la primera comunió i on mai vaig arribar a casar-me com hagués marcat la més tradicional dels costums. Després vaig passar pel col · legi on vaig acabar els primers estudis i on després, coses de la vida, gaudia com a monitor de temps lliure. I la «caixa» on vaig tenir la meva primera feina com oficinista en una oficina de banca i la «escalereta» on mai em vaig fumar cap porro ni vaig beure cap cervesa i el «camp» on anàvem a caçar sargantanes i fer nius per a ocells i jugar a futbol i … Els records són la veritable pàtria, per això l’enyorança té a veure amb els mateixos. Les altres pàtries són només fronteres en l’imaginari humà, en la necessitat de parcel · lar les coses i donar-los nom …

Arués


Amanecí en Artaza tras unos días eremíticos en casa de Koldo con el que compartía desde la más absoluta sencillez y armonía unos momentos muy gratos de trabajo conjunto. Tras despedirnos y seguir ruta pirenaica por el norte de España, traspasé Navarra hasta llegar a Huesca, a la comarca de Ribagorza. Hace poco, cosas del destino, estuve allí mismo, en el templo budista de Panillo, cerca de Graus, durmiendo entre sus montañas y meditando sin recordar muy bien como había llegado hasta allí, de donde venía y adonde iba.
Hoy llegué al mismo lugar pero con la intención de conocer uno de los cientos de pueblos abandonados que aún sobreviven en nuestra península Ibérica.
Llegué de nuevo a Graus tras una interesante conversación con Koldo sobre las ecoaldeas, motivo ellas de mi tesis doctoral. Recordé que un buen amigo había comprado uno de esos pueblos abandonados y sentí curiosidad por visitarlo de camino a Barcelona. En Graus entré en un bar para comer un riquísimo bocadillo de tortilla de patatas con cebolla. Mientras preparaban el menú, pregunté como se llegaba a la aldea abandonada. Las indicaciones fueron precisas porque pude llegar hasta el comienzo de la pista, aparcar el coche y empezar una caminata de una hora hasta el lugar preciso. Tras subir por una pendiente prolongada a los pies del monte Calamoc, llegué por fin al lugar abandonado, previo saludo de un zorro que posaba tranquilo en el camino de acceso ya casi inexistente.
Las sensaciones eran increíbles, especialmente por pasear solitario por un lugar que antes había estado habitado por personas, por humanos de carne y hueso con sus historias y sus vidas. Abandonado desde los años setenta, esa aldea había estado habitada hasta por más de ochenta personas a principios del siglo XX.
Lo primero que busqué fue la iglesia medio derruida. La ermita de San Valero, datada en 1725 en la puerta frontal, esperaba paciente mi visita. Pude entrar a duras penas entre zarzas y derrumbes y la pude consagrar con un pequeño ritual donde reconstruí una cruz improvisada en una losa caída. De nuevo la necesidad de reconstruir, de recordar. De nuevo la intensa admiración por esa historia tangible en las piedras del lugar. De nuevo sensaciones que me trasladan a otro tiempo, a otro mundo, a otro espacio.
Cuando el sol empezó a caer sobre las montañas, regresé pausado hasta el coche algo cansado pero feliz. Me despedí de las montañas y de los pueblos abandonados y de los sueños lejanos y seguí el viaje hacia Barcelona.