"Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante". Walt Whitman
Hoy ha sido un día especialmente hermoso. Desbrozaron por fin toda la finca y ahora el lugar parece otro. Las perspectivas, las energías, las miradas. Ha cambiado el paisaje y con ello la configuración de la realidad. Ahora el espacio parece más etérico, más liviano, algo diferente. Las pequeñas cabañas están más a la vista, también el domo, que ahora parece desnudo, imponente, dominando un pequeño valle que hasta hace unas horas no existía. Parece una nave espacial recién aterrizada. Igualmente, las cabañas con sus formas octogonales y su estructura recíproca. La geometría juega un papel importante en este proyecto. De alguna forma, además de marcar el principio de la simplicidad voluntaria, también desea ejercer influencia en el subconsciente colectivo mediante estructuras que rompen con la norma, con lo establecido. Es como injertar en la mente una pequeña acupuntura, y con ello, se retuercen los fractales establecidos y se ensamblan nuevas sinopsis capaces de narrar un nuevo escenario.
Tras observar atónitos el lavado de cara de nuestra pequeña geometría, nos fuimos a pasear por un lugar secreto, lleno de mágicas cascadas escondidas en una profunda garganta verde y cristalina. Allí nos dimos cuenta de la consubstancialidad tal y como la entendían los antiguos, es decir, en su etimología griega: homooúsios, todo aquello que es de la misma esencia. Y de alguna manera sentíamos profundamente esa misma esencia. Podíamos fusionarnos con la belleza del lugar, con el agua diamantina, con el abrazo que se extendía entre las madreselvas y los cantos arbóreos. Nos quedamos un rato anestesiados, como si de alguna manera perteneciéramos a ese paisaje invisible. Al salir del paraje mágico nos topamos de repente con una aberración comprometida, todo un cúmulo de basuras que habían llegado allí no se sabe como. Nos remangamos las manos y nos pusimos a recoger uno a uno cualquier trozo de feísmo, de desecho humano, de plásticos de todos los colores y tamaños.
No podíamos haber sentido el éxtasis de la belleza del lugar y salir de allí sin colaborar en su conservación. Así que limpiamos hasta donde pudimos y arrastramos envueltos en un gran plástico todo lo que logramos acopiar. Por el camino íbamos hablando de los placeres de la belleza y de la broma cósmica mientras recogíamos cosas olvidadas que ennegrecían el paisaje. Sentíamos de alguna manera que, al limpiar ese trozo de planeta, de casa común, de alguna forma estábamos ayudando a limpiar la psique humana.
Inclusive la nuestra propia, tan activista siempre, pero también tan necesitada de auxilio virtuoso. La virtud siempre es buena consejera. La belleza de hablar, de compartir sobre cosas profundas, pero también sobre cosas de la vida cotidiana buscándole siempre la semiótica adecuada. La producción de significado nos ayuda a comprender mejor el paisaje, el escenario. Nos ayuda a modificarlo creando nuevas formas, nuevos valores, nuevas sinapsis expresivas. Limpiar nuestra mente es limpiar el mundo. Limpiar nuestras emociones, haciéndolas dulces, pacíficas, amorosas. Limpiar nuestros cuerpos a cada instante, ingiriendo alimentos cada vez más en conexión con los nuevos tiempos.
Cuando nos limpiamos, por dentro y por fuera, ocurre el milagro de la transformación, de la ligereza, el prodigio de volvernos más transparentes y con ello, volvernos vasos comunicantes entre la parte más divina de nosotros y la más burda. Eso crea inevitablemente luz, radiación, calor, y por consiguiente, amor, inteligencia activa, sabiduría, buena voluntad. Sí, hoy ha sido un día especialmente hermoso, porque algo vivo y trasparente ha entrado en nosotros.
«Una y otra vez, vine a tu puerta levantando mis manos, para pedir más, y más todavía. Y me dabas y me volvías a dar, unas veces de forma comedida otras, repentinamente, de forma desmesurada. Con lo que me dabas tomé algunas cosas, y otras cosas las dejé caer; unas son cargas pesadas en mis manos; otras las convertí en juguetes y las rompí cuando me cansé de ellas. Hasta que los restos y los montones acumulados de tus regalos se volvieron inmensos, hasta taparte; y las incesantes expectativas y demandas agotaron mi corazón. “Toma, oh toma”, ahora se ha convertido en mi grito. “Haz trizas este cuenco de mendigo; apaga la lámpara del espectador inoportuno. Agárrame de las manos, levántame de entre este montón de regalos acumulados, y llévame a la desnuda infinitud de tu Presencia vacía.” Tagore.
Hoy es miércoles de ceniza, que para la tradición cristiana es símbolo del comienzo de la cuaresma, un tiempo de penitencia, de ayuno y de consciencia de que todo es impermanente, de que, en nuestra condición humana, todo es caduco. En esta pequeña comunidad no necesitamos concentrar el ayuno en cuarenta días. Todos los días del año es cuaresma para nosotros. No ingerimos alcohol, ni drogas, ni carne. Nos convertimos en ceniza todos los días con el fruto de nuestro esfuerzo desinteresado y aunque somos polvo y ceniza, como decía Abraham, nos atrevemos a levantar la voz al mundo para clamar paz y amor. No solo fuera, sino también dentro de nosotros, que a fin de cuentas, es la parte más compleja.
La vida en comunidad requiere de una gran fortaleza interior, de un gran sentido de la responsabilidad y el deber hacia los otros. Como decía la escritora Margaret Wheatley, no hay poder más grande que el de una comunidad que descubre lo que le importa. Eso te permite ser valiente para iniciar una conversación significativa y profunda con el mundo. Te permite abrirte a considerar las diferencias, dejándote sorprender , valorando la curiosidad más que la certeza. Te permite incluir en tu vida auténtica a todo aquel que se preocupa por trabajar en lo que es posible. Nos permite confiar una y otra vez en la bondad humana, poniendo a prueba nuestra propia capacidad de ser bondadosos. En definitiva, nos permite profundizar en la unidad, no como un mero objeto de estudio o especulación, sino como un sujeto activo de ética viviente.
El Absoluto, el Creador, escucha las voces que claman en el desierto, también soporta el peso de nuestros cuerpos cuando atravesamos las aguas y abraza nuestro ardor cuando fusionamos nuestra mente en el fuego intenso de la comunidad. Cuando ocurren esas tres cosas, entonces, llegado el justo momento, algo hermoso espera junto al pequeño portal, protegido por un imponente ángel cuya espada ardiente y flamígera nos pondrá de nuevo a prueba. ¿Qué somos cuando no somos?
A ese pequeño portal hay que llegar desnudo clamando una y otra vez ese “toma, oh toma” de Tagore. Hay que llegar sin nada, sin maleta u equipaje, siendo nosotros un pequeño reflejo de nuestra levedad y un perfecto ejemplo de la generosidad desmedida. No podemos llegar agotados con tanta carga, sino livianos, alegres, felices por ver como todas las pruebas fueron logradas, por ver como todo el sufrimiento y dolor acumulado ya en el recuerdo, en lo caduco, quedó atrás.
Hoy vino a nuestra pequeña comunidad un gran tractor para despejar por fin el espacio de la futura escuela. Cuando terminó el trabajo, me quedé en silencio, meditativo, expectante, agradecido, observando. Que hoy miércoles de ceniza se haya completado la limpieza del lugar es muy significativo. Era la prueba simbólica de que hemos cumplido con una pequeña porción del pacto, del trato alcanzado en los mundos arquetípicos. Algo se ha precipitado. Algo ha caído como fina lluvia desde los mundos etéricos. El propósito ha quedado al descubierto, y la primera piedra aguarda impaciente en alguna parte. ¿Qué somos cuando nos atrevemos a vivir en comunidad, explorando en nuestras carnes el sentido de unidad, de ceniza?
Somos uno, queramos verlo o no. Uno en la unidad del espíritu, como dicen los creyentes. Uno como especie, como raza, como familia, que dirían los ilustrados que abogan por la unidad psíquica de la humanidad. En el fondo, eso será lo que se impartirá en esa escuela: el principio pedagógico de que somos uno desde una ética viva, desde un ejemplo claro y sin tapujos. Esa verdad es la que nos lleva inevitablemente a la desnuda infinitud de su Presencia vacía.
La amiga Mayte Pascual, conocida reportera de televisión, me invita a ver su último trabajo para Documentos TV. Fortaleza, un reportaje de mucho trabajo sobre un espía español, de pseudónimo Garbo, que ayudó a vencer al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Viendo el reportaje uno se da cuenta de lo compleja que fue la vida en aquellos tiempos. Tan compleja, que uno se pregunta qué estamos haciendo las personas de este tiempo para mejorar aquello por lo que tanto lucharon nuestros antepasados. Vivimos una vida plácida gracias al esfuerzo y sacrificio de aquellos que muchas veces murieron en terribles situaciones. Honrando sus memorias, me pregunto una y otra vez cual es nuestra colaboración real para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.
Uno de los trabajos más difíciles de todos en nuestro presente es el de persuadir al mundo sobre la necesidad de la buena voluntad, de hacer el bien, de buscar la unión de todos. Persuadirlo para emprender los nuevos retos. Persuadirlo para insertar un nuevo código, una nueva interpretación de la existencia que se base en la virtud y en la cooperación. Demostrar firmemente que se pueden hacer las cosas de forma diferente, basadas en la búsqueda del bien por encima de todas las cosas. Crear una nueva ética viva, llena de acción, llena de entusiasmo para revolucionar el propio concepto de vida.
El bien debe seguir creciendo en el mundo. Debemos vivir fielmente bajo los auspicios de la virtud, del esfuerzo, bajo la amabilidad del agradecimiento por todos aquellos que alguna vez nos han ayudado en nuestras vidas. Tolstoi decía que, para poder llevar una vida de bien, es necesario saber lo que debemos y lo que no debemos hacer. Para saberlo, debemos entender qué somos nosotros mismos y qué es el mundo en el que vivimos. La tarea no es baladí. Hacer el bien a los otros es la mayor de las enseñanzas, porque al hacerlo, descubrimos la esencia de la verdadera vida: que todos somos almas que tienden a la unión con otras almas. Por lo tanto, si esa resulta ser la gran revelación que nos espera, nuestro deber inequívoco es hacer que el resto de seres que nos rodean gocen de nuestra ayuda y apoyo, de nuestra colaboración y cooperación desinteresada.
De ahí que se necesite de una gran fortaleza para persuadir al mundo sobre esta verdad, llevarla a la práctica de la forma más radical y urgente y vencer todos aquellos vicios y deslices que nos alejan de la misma. Nuestro deber como seres humanos capacitados para vivir en este tiempo es perseguir esa unión, ese requisito indispensable para poder entender la magnitud de la vida y la existencia hasta en sus últimos recovecos. Servir al mundo, servir a la humanidad, servirnos a nosotros mismos para servir mejor al otro. No podemos sospechar otra verdad que no pase por esta misma acción urgente. Con fortaleza, con seducción, con decisión, con esfuerzo, con trabajo. Una y otra vez.
La vida pide movimiento. De un lado a otro. Tras unos días en Madrid y en el Valle del Tiétar, de vuelta a la pequeña cabaña. Allí pasamos el fin de semana con la grata compañía de la familia de la Ecoaldea portuguesa La Espiral. Fue hermoso poder hablar con iguales sobre la llamada, sobre la necesidad de perseguir y hollar ese camino que se abre irremediablemente ante nosotros. La llamada siempre responde a algo irracional, al menos aparentemente.
Esta noche dormí ensimismado en la belleza, en el centro del pequeño paraíso que nace de las fuentes de lo incognoscible. Por la mañana de nuevo me puse en ruta hasta el ancho océano. Temas de empresa y búsqueda de nuevos recursos me empujan a la carretera, a las reuniones, a las comidas. Pensé que esta semana terminarían las obras, pero observo que aún queda mucho por hacer. El parking no quedó del todo como deseamos y se tendrá que mejorar. Las habitaciones ya tienen los suelos terminados pero falta algún lavabo y preparar las paredes con sus nuevas ventanas. Respiro profundamente. Esta semana saldremos adelante. La siguiente, de nuevo nos entregaremos a la vida. Seguimos confiando, seguimos entregados.
A la vuelta, el coche se avería. Lo llevo al taller como puedo. Allí lo dejo y empiezo a caminar durante una hora hasta la estación de autobuses. Llego de milagro a la cabaña. Lo hago feliz, risueño. Han sido siete hermosos días y a pesar de la gravedad de la nueva avería y el nuevo coste añadido, intento infundir ánimos a mis adentros. Tengo motivos suficientes. Como decíamos este fin de semana, por dentro arde con fuerza la respuesta a la llamada. Y siento que quizás pronto otros la sentirán con la misma fuerza y entregarán sus vidas a la misma. Vivimos un tiempo acelerado, un tiempo de discernimiento, de decisión, de acción urgente. Es justo determinar nuestro propósito con sabiduría, amor y convicción. La convicción te lleva hasta la acción, una y otra vez.
En esa convicción de repente aparecen los iguales, esas almas gemelas que aterrizan en nuestras vidas para fusionar los campos áureos. A veces se cruzan de repente, y es tanto el espanto al vernos reconocidos en el otro, que se entregan al miedo o la huida. Pero luego queda esa llama, esa pequeña llamada de haber encontrado a otro igual, y en alguna parte germina, y vuelve, una y otra vez, hasta que se asienta y se convence de que no habrá casa mejor que aquella cuyo calor pueda abrazar sin juicio al otro. Entonces se prende la llama. Llama y llamada. No es solo un juego de palabras. Hay algo oculto en esa polisemia. Emoción y vibración.
Utilizando una fórmula oculta: el fuego que consume ha de trabajar para el fuego que construye. Los iguales se reencuentran una y otra vez. Su trabajo interior es poder reconocerse y sumar sus fuerzas para el trabajo Uno. Es una tarea que no se puede descuidar, ni abandonar, porque el siguiente paso tras la travesía del desierto y el caminar sobre las aguas es la fusión con el fuego. Y el fuego se reconoce precisamente en el reencuentro con iguales, pues las brasas arden con mayor fuerza cuando las ascuas se juntan. La lumbre resucita en la unión inevitable. Resulta complejo explicitar las cosas de forma más clara.
Por eso reconozco cierta emoción interior. Ver a un igual, abrazarlo y fusionar el campo de fuego cósmico para lograr la llama. Y todo en siete pasos, en siete abrazos consumados desde la más pura inocencia. Discretamente todo se ordena. Podremos sentir miedo, podremos huir una y otra vez, pero la vida siempre nos arrastra hacia su flujo, hacia su cauce. El vasto océano de la experiencia nos espera impaciente. Nuestras vidas se dilatan, se amplifican, se conectan de repente con el campo áureo. La telepatía de las cosas empieza a manifestarse. Es necesaria cierta liberación. Una vez libres, podemos elegir nuestro destino, desde el amor y el discernimiento, desde la entrega y la buena voluntad, desde la cooperación y el bienestar común. Y comprender en ese camino que el destino de cada cual siempre refleja una parte importante del destino de todos. Cuanto antes lo entendamos, antes podremos cumplir con nuestra parte. Y cuando eso ocurre, todo sucede, inevitablemente.
“Dos cosas llenan mi ánimo de profunda admiración y respeto… el cielo estrellado y la ley moral dentro de mí”. Immanuel Kant
Un día de reuniones hermosas con seres hermosos. “Admiro lo que haces”, susurró uno de ellos siendo yo el gran admirador de su obra. Me sentí halagado, al mismo tiempo que pequeñito ante la inmensidad del todo por hacer. Se abrieron nuevas puertas, pero realmente solo puedo ver cielos estrellados, planetas circundantes, esferas en movimientos infinitos, inabarcables. Poesía en los márgenes del cosmos, sonidos, diría que inmaculados.
Todo va muy deprisa estos días. Viajamos de un lado para el otro. Abrazamos desnudos la inmensidad y su misterio. Nos deteníamos en los templos, en los bosques, en las alamedas. Los paisajes se desdibujaban fijando la mirada en los albores del aliento. Íbamos y veníamos de un lado para otro, persiguiendo el sueño común, admirando la vida una, su entrañable misterio.
Tras las hermosas reuniones, siempre tan inspiradoras, comimos algo abundante en la antigua Residencia de Estudiantes. Cogimos el coche y marchamos hasta el hermoso y espectacular valle del Tiétar, a los pies del no menos espectacular pico Almanzor, en la antigua comarca de la Vera de Plasencia. Tras un merecido paseo por hermosos lugares, entramos a la casa y meditamos en silencio durante un eterno sigilo. En la conversación de la cena surgió una hermosa y profunda pregunta: ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Mientras observaba la respuesta, me quedé mudo y vacilante, y me atreví silenciosamente a ampliar el rango de la pregunta: ¿qué es aquello que llevamos dentro? Me di cuenta de lo profundo de la cuestión: ¿qué llevamos realmente dentro? Muchas veces miedo, miedos que nos paralizan, que nos alejan de la vida. Otras pereza, o rencor hacia la vida. A veces incertidumbres que nos atormentan o simplemente nada, o casi nada que merezca la pena.
Pero, ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Esa cuestión sí que era realmente importante. La respuesta podría ser múltiple. Incluso positiva cuando nos preocupamos por el bienestar del otro, de la atención hacia el otro, de que el otro esté feliz y satisfecho. La cuestión del otro es siempre imprescindible para entender profundamente el amor. De amor hacia nosotros mismos siempre tenemos alguna dosis, pero conocer al ser humano en profundidad y que te caiga simpático, y que desees lo mejor para él, con entusiasmada entrega, esa es una cuestión compleja.
¿Qué llevamos dentro? ¿Qué es aquello que nos hace y realiza? ¿Qué es aquello que nos inspira? En lo profundo del ser humano se encuentra siempre lo más noble, lo más elevado. A veces es necesario el silencio para descubrir esas joyas que nos acompañan, que nos configuran. La contemplación, la meditación, la oración o cualquier tipo de vía que nos acerque cada vez más a lo que realmente somos, puede constituir un primer paso para adentrarnos en los tesoros que albergamos. ¿Qué llevamos dentro? Esa debería ser una pregunta de obligada respuesta diaria.
¿Cómo nos hemos levantado hoy? Esto podríamos preguntarlo cada mañana, en una corta sesión de silencio. ¿Cómo nos vamos a la cama? Diríamos en una meditación vespertina. ¿Qué hay dentro de nosotros en esta apasionante jornada en la que, un día más, estamos vivos? Amor… solo puede existir amor. Amor hacia la vida, hacia los seres sintientes, hacia los que nos abrazan en el lazo místico, hacia todo aquello que vive dentro y fuera de nosotros, hacia el cielo estrellado y aquello que late fuertemente en nuestro interior. Amor es una buena y necesaria respuesta que debemos llevar a la más pura práctica. No hablando de amor, sino dejándonos la vida en ello. Sólo de esa manera podrá tener sentido toda nuestra riqueza interior.
Los fractales del destino responden a situaciones complejas. La vida puede ser desplegada ante un guion determinado, pero a veces, ese guion puede sufrir modificaciones emblemáticas en diferentes niveles de realidad. A nivel inconsciente y supraconsciente, la vida está entregada a una fuerza mayor. Pero en las actuaciones de la vida consciente, el libre albedrío ejerce un poder poco entendido. Ese poder nos puede poner ante el dilema de la elección continua. Hay elecciones conscientes y otras aparatosamente determinadas. Las primeras pueden cambiar para siempre nuestras vidas, o al menos, la forma de entender los supuestos que deberían haberse desarrollado de haber elegido uno u otro camino.
A veces uno se da cuenta de esos cambios cuánticos, y como afectan en diferentes estadios de realidad. Digamos que, en un momento de lucidez, podemos tener capacidad para observar al observado, o para contemplar al observador. Y entonces podemos decidir cambiar de fractal, modificar la realidad y navegar por otros caminos no determinados ni explorados, ni esperados. Las fuerzas y energías que se desarrollan a partir de ese momento generan un remolino de realidades diferentes. Aparentemente dentro de un nuevo guion que se va adaptando a las nuevas circunstancias.
Si miramos nuestras vidas, veremos como algunos acontecimientos sirvieron de nodos donde se podía elegir una u otra vía de realización. Algunos se preguntan de qué manera esos nodos de realidad están predeterminados, o si nacen fruto del azar. Los hechos futuros nos dan pistas sobre de qué forma ese nodo pudo organizar el resto de acontecimientos. Existe un guion establecido, eso a veces parece incluso una evidencia, pero a medida que se desarrolla la obra, podemos ir modificando paisajes y personas. La elección continua sobre una u otra decisión serán determinantes para el futuro.
Al mismo tiempo, hay un palpitar profundo que, de tener un buen afinado sentido de la intuición, nos puede ir guiando hacia aquello que de alguna forma se muestra como nuestro propósito. Entonces ahí los acontecimientos externos quedan relegados a lo anecdótico, porque por dentro, sabemos a ciencia cierta cual es nuestro verdadero deber, cual es el mapa a seguir, el sendero a hollar. Entonces las elecciones no modifican sustancialmente ninguna columna de nuestra verdadera vocación. Simplemente puede pasar que el marco de referencia, o si se prefiere, el escenario del mismo, sufre pequeños cambios en su decorado.
Cuando todo esto se junta con los propósitos de los seres que nos rodean, la cosa se vuelve más compleja, y asistimos de repente al concierto de almas que danzan al unísono en una sintonía mayor. Ser capaz de escuchar esa melodía nos hace encajar de forma más eficaz en la obra amplia y dilatada de la experiencia. Es como si dos almas estuvieran destinadas a estar juntas pero el miedo y el no reconocimiento se lo impidiera. Entonces, las fuerzas invisibles pueden provocar una y otra vez acercamientos cada vez más intensos hasta que el reconocimiento se vislumbra y la unión se consuma. Es así como esas almas se unen juntas al esfuerzo de la poderosa unión que permite provocar la realización de un ámbito mayor de entrega y esfuerzo. Dos almas juntas realizarán un trabajo más eficaz, hasta que esas almas encuentran su propio grupo de actuación. Los fractales del destino ayudan a provocar esas uniones, una y otra vez, hasta que el Orden vence a todo Caos.
Al alba sonaba el despertador y como esposados, caminamos por los campos congelados hasta la pequeña ermita. Meditamos en silencio, con la pequeña vela encendida como símbolo de la luz solar que nos guía hacia los planos sutiles. El silencio siempre es un buen mensajero. En él podemos presenciar la sublime imagen de aquello que nos une, de aquello que nos hace vitales ante la existencia. Tras el silencio. Cogimos el coche y anduvimos por largos caminos hasta llegar al primer templo. Era majestuoso, custodiado por las figuras de Salomón y David, un templo del mismo reino disimuladamente oculto entre bosques y montañas. Allí lo profano se entremezclaba con lo sagrado, y la leyenda, convertida de nuevo en piedra, dejaba paso a una realidad inerte, casi sin sentido. Algo pesado, excesivamente grande y vacuo, cargado de sangre por su origen nacido del oro espoliado. El oro jamás podrá comprar las alas del espíritu y la piedra solo puede servir como receptáculo del cosmos vacío.
Seguimos el recorrido y llegamos al segundo templo. Este era igual de majestuoso, pero no por la perfecta piedra pulida, sino por haber sido realizado por la fe de un solo hombre, por la fuerza y la constancia de décadas y décadas de esfuerzo y trabajo, de ciega fe en una obra excesivamente grande. Las grandes obras no corresponden a hombres solitarios, aunque esta rompa con esta regla. Los templos deberían ser pequeños, suficientes para albergar una pequeña lámpara de sabiduría. Templos sencillos, vacíos de cualquier tipo de ostento y exageración. Templos consagrados a la humildad, a la sencillez, a la fe y la esperanza. Templos que puedan recoger humildemente el silencio.
El tercer templo tiene que ver con el laurel de los cátaros. Estaba custodiado por uno de sus guardianes, al menos una imagen reminiscente de aquellos que fueron quemados vivos en la hoguera. Había en ese templo un espejo, y desde el mismo se reflejaba la realidad astral que gobierna al mundo. Almas atrapadas con deseos de encontrar, más allá de la luz lunar, una fuente clara y serena. Decía la profecía cátara que “al cap de 700 anys lo laurel verdejera”. Eso debería ocurrir en octubre de 2021. El laurel como símbolo del puro amor debería empezar a brotar de nuevo. La era del amor conducido con sabiduría hacia un nuevo tiempo de compartir y generosidad.
La ruta por estos tres templos en una misma jornada nos ha hecho recordar la urgencia de actuar. La verdad sobre los hechos de que estamos atravesando uno de los estadios de mayor materialismo que se conoce. La luz se esconde tras este halo de tiniebla y ceguera. Hay lugares donde aún se puede esconder la llama, pequeños y recónditos espacios donde solo unos pocos guardianes resguardan el anhelo y la esperanza de una nueva tierra. Ese trabajo de salvaguarda es necesario. Hay que resguardar lo sagrado para poder ser transmitido, una y otra vez, por todos los tiempos. Es la única forma de recordar no solo nuestros orígenes, sino también nuestro futuro irremediable. El puro amor volverá a lucir en todos nuestros corazones, aunque, como decían los cátaros antes de ser quemados: el laurel se ha marchitado, el puro amor se apaga…
Según el calendario Tzolkin, hoy es el día del Sol Cristal Amarillo de la Onda Encantada de la Luna. Este kin representa la cooperación con la luz con el propósito de purificar. La cooperación siempre es imprescindible en todos los ámbitos de la vida. Cooperar equivale a hacer juntos lo que solo no podríamos. A ayudarnos los unos a los otros para un bien mayor, para una mejora de todo y de todos. Cooperar es cuidar del otro, ser amable, comprensivo, especialmente atento con cada detalle. Cooperar juntos es experimentar los valores y vivir las ideas. No es hablar de valores e ideales, sino experimentarlos profundamente junto al otro.
Esta es una tarea siempre pendiente. Nos pasamos la vida investigando, estudiando, valorando ideas y pensamientos, estructuras y esquemas que podrían resultar útiles. El estudio siempre ha sido un pilar importante para cada civilización, pero esta muere de inacción cuando dichos ideales son incapaces de plasmarse. Ocurre lo mismo en el mundo de las creencias, siempre tan sutil y peligrosamente abstracto. Podemos creer en unas aspiraciones, es unos ideales más o menos espirituales, en una ética y en una moral a prueba de bombas. Pero si no somos capaces de perpetuar dichas visiones en la práctica, jamás habremos conocido realmente nada. Buda lo dijo claramente: práctica los caminos. Uno puede hablar eternamente sobre los caminos, pero de nada le servirá esa teoría si no es capaz de llevarla a cabo. La diferencia entre conocer y poseer sabiduría es precisamente esa capacidad de llevar a la experiencia todas las ideas propuestas, imaginadas o pensadas en nuestro interior. No importa si a veces erramos en el empeño, pero al menos, nunca dejar de intentarlo, una y otra vez.
La cooperación puede empezar en lo más pequeño. Con nuestra pareja, con nuestros amigos, con nuestra familia, con nuestro entorno. La correcta conducta, siempre tan compleja de conseguir, debe basarse en la búsqueda de la felicidad del otro mediante la culminación de nuestra propia felicidad. De ahí la importancia del autocuidado, de procurarnos siempre lo mejor a nosotros mismos con el sano deseo de procurar siempre lo mejor al otro. Si nosotros estamos bien, tendremos mayor capacidad para hacer el bien. Si nosotros gozamos de salud, de alegría, de amor incondicional, tendremos mayor capacidad para provocar bienestar a nuestro entorno.
En la vida debemos esforzarnos para pulir nuestra piedra bruta, siempre tan llena de aristas. Con ello podemos construir un hermoso templo social, comunal o familiar. Nuestra piedra debe encajar perfectamente en ese edificio construido gracias a los valores de la cooperación, el apoyo mutuo, la fraternidad, el amor incondicional, la generosidad, la oportunidad de servir y ser útil. Cuando eso ocurre, algo trascendente ocurre. Obramos el milagro de encajar perfectamente en el propósito de la vida, en la belleza profunda que nace de la obra bien hecha. Ser cooperantes con la vida es tener una relación estrecha con la existencia, y de paso, con toda su trascendencia.
Podremos siempre equivocarnos, lo haremos muchas veces a lo largo de nuestras vidas. Podemos a veces incluso obrar de forma torpe o ignorante. Pero eso debe servirnos para mejorar una y otra vez. Para despejar todas las dudas sobre nuestra verdadera naturaleza, sobre nuestra verdadera necesidad de obrar el bien, de cooperar con la existencia. Los lirios del campo cooperan, la brisa coopera, los ríos que nacen salvajes en las cumbres de las anchas montañas cooperan. Todo cuanto existen coopera para que el orden se establezca en toda naturaleza. Las nubes, la luz del sol, la savia de los árboles. Cooperar obrando el bien es una forma de experimentar los valores y de vivir las ideas. Cooperar una y otra vez, cooperar siempre, para ser activos partícipes de toda la creación.
Mañana es un día bonito si le quitamos ese melodrama de lo material. El día del amor. Dicho así, dan ganas de lanzarse a esa piscina imaginaria. Pero uno se vuelve cauto con la edad, o con la experiencia. Cauto y precavido. Quizás por eso hace tiempo que no hablo de amor, de relaciones. También hace tiempo que no tengo amor, ni relaciones. Al menos no del tipo de amor y de relaciones que uno siempre imagina de forma romántica, duradera, consolidada. Hace casi dos años que algo se quebró en mí y desde entonces no he sido capaz de volver a recomponer nada. Mañana es San Valentín y supongo que Cupido pasará de largo, lo cual, en cierta forma, agradezco. Con un corazón congelado y una actitud nada favorable para imaginar bonitas escenas de amor, virgencita que me quede como estoy. Y realmente debo decir que estoy bien. Nadie diría, años atrás, que pudiera estar bien disfrutando de esta tranquila soledad, de este espacio interior que mantengo protegido. No echo en exceso nada de menos. Ni siquiera los abrazos nocturnos, ni los besos desenfrenados, ni la locura de perder la cabeza ante la belleza del otro, en este caso, de la otra, porque mira que sois bellas las mujeres. Sí, también los hombres, ya me entendéis.
No es que me sienta egoísta por no querer compartir nada con nadie, es que vivir perdido en una cabaña en mitad de un bosque en un paraje aislado no es una buena carta de presentación para nadie. Y menos si tienes oficio, pero poco beneficio. Un desastre para el ligue, o para la seducción mínima, a sabiendas que uno de los requisitos imprescindibles para ser un buen partido es ofrecer seguridad y a veces exagerarla. Y no me gusta eso de la mentira piadosa, ni de que otros se mientan con ideas que se fabrican por eso de tener un pasado de gloria o por un presente apasionante o bucólico. Lo siento pero esto es lo que hay, poca cosa si uno vive una normalidad agazapada en la seguridad.
Por un lado, pienso que esta peculiar situación mía también es una ventaja. Porque si alguien se acerca, y no se deja llevar por la neblina de lo aparente, ni por la ilusión de supuestos figurados, puede entrar con buen pie a un lugar tan recóndito y apartado. Si alguien tuviera capacidad de entender este estilo de vida, no como una huida, sino como una apuesta contundente de compromiso y responsabilidad hacia un valor y un ideal intrínsecamente profundo, podría participar del cortejo y dejarme llevar por el batir de alas. En el fondo esta cabaña me defiende de lo ilusorio, o del mundo mentiroso, como dirían los antiguos. Si alguien se atreve a llamar a la puerta, no habrá motivo para imaginar que detrás de ella hay un suculento palacio cargado de tesoros, sino una humilde cabaña de madera, de no más de veinte metros. Y eso, de cara al amor, al verdadero, me resulta importante.
Es cierto, mañana es San Valentín, y según la tradición, uno podría estar disfrutando de la compañía de un ser cercano. Pero mañana no habrá celebración, ni poderosa convicción de que la pudiera haber en los próximos tiempos. De repente me hice muy mayor, y la sensación que tengo es como si el amor hubiera muerto aquella cálida noche de verano y se marchara para no volver nunca más. Ojalá esto tan solo fuera un espejismo y volviera, de nuevo, a perder la cabeza en aras del corazón.
No me quejo. Todos hemos perdido siempre algo. Todos hemos emanado alguna vez algún tipo de dolor emocional. También descubrimos que, con paciencia y calma, con algo de fortaleza interior, hasta lo más difícil se supera. Todo siempre se diluye. Ese es el gran secreto de la quietud interior. Inclusive la pérdida de un ser querido. Y si el ser querido nunca más volvió, ni dio señales de vida, es que realmente le importabas un pimiento, por lo tanto, como decía, virgencita que me quede como estoy.
¿Y el Amor? Ese no necesita mucho, y hay que celebrarlo todos los días. Así sí, en mayúsculas. Uno puede amar el silencio, los libros, las vistas al bosque, la música, los amigos, incluso a esos que vienen y van, aunque al final termines amándolos en silencio. Ya no necesitas atrapar a nadie, ni poseerlo, aunque para la mayoría el amor no puede entenderse sin cierta posesión. ¡Qué paradojas! ¿Cómo amar sin poseer? Se preguntaba el poeta… ¿Cómo amar sin adueñarse del otro? ¿Cómo amar sin hacer de su vida, tu vida?
¿Y el amor? En minúscula, el pequeñito, el de aquí te pillo y aquí te mato, a ese no se le espera. El amor en pequeño mejor que no venga. Amar para solo amar un instante no lo necesito. Virgencita, mejor así. Esos amores que te declaran vida eterna y luego, a la mínima y fugaz prevalencia desaparecen, mejor que no asomen. No tengo tiempo ni ganas para pasajes de ida y vuelta, para momentos inocuos y leves. No tengo tiempo para lo breve. No me interesa lo breve. Mejor amémonos eternamente, para siempre. Si no, amor, mejor no llames a mi puerta. Prefiero Amar, aunque sea en silencio. A los libros, al bosque, a la música, al susurro, a ríos y montañas, y por supuesto, amar a los que aman infinitamente. Que el Amor prevalezca siempre, y que el miedo nunca nos venza.
Estos días hemos indagado fugazmente sobre la idea de cómo sería la espiritualidad del futuro. Ciertamente es compleja la respuesta, y la sola idea. El alma cautiva mora siempre en el interrogante. Su misión es despojarse de aquello que la cautiva, lo material, sus estímulos, sus distracciones. Atrapada y dominada por la materia, sus anhelos de liberación le llevan, cuando tiene ocasión, a hollar los senderos, a veces peregrinos, que le conducen hacia la más estrecha observancia.
El estudio puede aliviar formalmente alguna idea, puede incluso guiar sobre respuestas conexas. La espiritualidad del presente puede presentarse como algo epidérmico, algo de lo que se habla, algunas vagas prácticas, algún interrogante. En general, hay mucha pérdida de luz debido a la condición de pura oscuridad en la que vivimos en este tiempo carnalmente materialista. Un tiempo de las cosas, un lugar de quehaceres compuestos por miríadas de deseos que esculpen en el ocio la panacea de la existencia. Una pérdida, diría, de verdadera vida.
Distraídos como estamos, es complejo penetrar realmente en el significado profundo de la espiritualidad. Los más atrevidos buscan hacer el bien, o encuentran en algún tipo de moral o ética aplicada una forma de aliviar un deseo elevado. Pero la mayoría de veces, la espiritualidad tan solo obedece a elementos estéticos y estilísticos, a poses, a modas, a creencias puramente modélicas totalmente vacías de contenido. Todo ello provoca una especie de acedía, de tristeza del alma. Distraídos como estamos, el alma se aleja a otras moradas y nosotros vagamos ciegos y orgullosos por un mundo banal. Nuestro deleite por las diez mil cosas que nos distraen provoca una pena inconmensurable.
¿Cómo atraer al alma hacia nosotros? ¿Cómo construir el inevitable puente para que su luz pueda irradiarse en nosotros? ¿Qué afanosa espiritualidad debemos dirigir en nuestras vías distraídas para que las moradas del espíritu se manifiesten en nuestras vidas? Si estamos aún apresados por las experiencias sensoriales, ¿cómo liberarnos de las mismas para atravesar el celeste acorde? Desprendimiento de las palabras, del ruido. Desprendimiento de lo material, desapego total y absoluto hacia las cosas. Desprendimiento de las pasiones. El desprendimiento psíquico con la eliminación de las opiniones que dividen y restan.
El orgullo espiritual es una de las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. De ahí que la verdadera humildad sea un correcto antídoto para dicha dolencia del alma. Los pilares de una buena espiritualidad siempre se basarán en el silencio continúo, la humildad y la acción al bien. No hay mayor gracia interior que fijar toda nuestra vida a obrar de forma correcta, sigilosa, humilde. No hay nada como colaborar con la inevitable bienaventuranza de la propia vida.
Pensamos que somos los artífices de una vida plena, entusiasta, emotiva. Si tuviéramos capacidad de acercarnos a la antesala de la música celeste, comprenderíamos que nuestra única labor sería la de permanecer quietos, en ascética posición, delegando la labor en el Pintor, el cual, observa con detenimiento, que cuando nos movemos, en vez de dibujar un ojo, dibuja un borrón. Dicho así, nosotros no pintamos nada. Somos meros instrumentos, o lienzos, donde el Creador de las cosas batalla con trazos toda nuestra vida. La vida unitiva, tras pasar por esa vida ascética, acontece cuando el alma se abandona o se deja pintar, por seguir con el símil. Cuando el ruido de nuestros intereses mengua, cuando vaciamos nuestro candor y nos volvemos diamantinos, trasparentes, se percibe entonces ese matrimonio inevitable con la unidad. Todo lo vano, lo pasajero, lo ilusorio, se estremece y disipa.
En esa unidad uno habita en dos mundos. De forma simultanea, uno vive en la ciudad celeste, en el mundo de las ideas, en el valle del amor conmensurable. Pero también en la abrumadora existencia que soporta nuestros pies. Lo ideal sería poder ser transparentes para que el mundo celeste permeara y cayera como gota fina hacia la tierra doliente. Si pudiéramos pulir nuestras vidas ansiadas de virtud, si pudiéramos despertar del sueño en el que vivimos para enarbolar la sincera disposición para ser pintados. Si al menos pudiéramos acallar nuestro ruido un poco de veces al día.
Espiritualizar el mundo es complejo. Uno nunca sabe por dónde empezar. Se regaza en la inconmensuralidad del trabajo. Se agazapa y se protege, a veces por miedo, a veces por orgullo, a veces por impotencia de sentirse inútil. Sin embargo, la necesidad de transcendencia siempre es infinita. La necesidad de una nueva ética, de nuevos valores, de nuevas motivaciones para que el mundo prevalezca en paz, amor y comprensión, para que la naturaleza sea capaz de vencer nuestras divergencias y derrotemos el egoísmo que nos diferencia.
«Déjate pintar», me susurro. Cierra los ojos, medita en silencio, engúllete de la infinitud que lo callado expresa. El mundo silente espera cuando entendemos la necesidad de vaciarnos, de empoderar la poesía que somos, de permitir que la vida se exprese siguiendo el curso de su propio propósito. ¡Qué podemos hacer! ¡Hay tanto por hacer! Se me ocurre empezar por el vaciado de mí mismo. Se me ocurre quitar opacidad, excesos de ruidos.
Demasiadas cosas inútiles. Demasiadas cosas que nos alejan de lo natural. Demasiadas distracciones. Se me ocurre centrarme, discernir ante la voz del silencio. Se me ocurre entrar sigiloso, cada vez en mayor invisibilidad. Y luego hacer aquello que el Hacedor proponga. ¿Pero cómo saberlo? Solo se me ocurre desde la callada y atenta observación. Allí se expresan arquetipos, ideas, intuiciones. Allí brotan en grandes manantiales todo aquello que realmente necesitamos. Una vez acallados, una vez escuchado su susurro, despojarnos de todo aquello que no sirve y abrazar aquello que nos inunda de gracia, de ternura, de amor. Embriagarnos de la verdadera comunión. Son cosas que me digo. Son cosas que me vienen, porque la teoría sin la experiencia de practicar los caminos no sirve de nada. Por eso, en definitiva, me sumo a ser transparentes para que la vida nos pinte. ¡¡Bendita vida!!
“Que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. Mary Ann Evans
Uno. Tras un día intenso y bello de compartir con almas de elevada inteligencia y profundidad, me acuesto tarde, intentando digerir la exégesis de ese día. La cabaña acoge silenciosa. Su misión es clara: dar calor, cobijo, seguridad. Tenía mucho trabajo atrasado e iba deslizando uno a uno cada pensamiento para ordenarlos en esquemas, en posibilidades reales. Dormí algo y a las seis de la mañana ya estaba en pie, dispuesto a enfrentar el viaje. Cansado pero feliz.
Dos. La recojo en la oficina. Podía aprovechar para ver a la familia y descansar unos días de la dureza que a veces la soledad envuelve a ese hermoso balneario. Hablamos tímidamente de algunas cosas. Me encantan sus profundos ojos verdes. Tiene mirada tierna, amable. Me gusta echar una mano siempre que puedo, así que la acompaño hasta el sur de la ciudad, aunque yo debía antes ir al centro y luego al norte. Me desvío, voy corriendo hasta el centro, mal aparco el coche, cojo la caja de libros, subo corriendo a esa hermosa casa, abrazo, dispensa, corro hacia el lavabo, había alguien más en la habitación, saludo, me despido de los libros que viajarán esta semana a República Dominica y de su hermosa y generosa autora a la que amo en la complicidad fraternal.
Tres. Salgo tranquilo hacia el norte de la ciudad, hasta el hermoso Jardín del Morya. Me gusta llamarlo así porque me recuerda a esa vibración. Llego puntual tras seis horas de conducción. Ella ha preparado una rica y suculenta comida que compartimos mientras nos ponemos al día de todos los últimos avatares. Me siento como en casa, me siento en familia. Tras la sobremesa nos vamos al cine. Somos incondicionales de Malick y me gusta ver sus películas con el jardinero del Morya. Me doy cuenta de que amo a ese hombre, y a su familia, con ese amor fraternal que uno siente ante la presencia de los suyos. La película no defrauda. Me siento muy identificado por el guiño a los objetores de conciencia. Fui uno de ellos. Cuatro años en caza y captura. Eran otros tiempos. También eran otros tiempos de mucha oscuridad los de Franz Jägerstätter, ese objetor de conciencia con los que muchos nos identificamos. La película de Malick es una obra maestra, y merece la pena recordar la necesidad de contemplar con detalle la vida en toda su amplitud, en todo su maravilloso sacrificio para que la luz venza siempre a la oscuridad. Tras la película y la emoción, por la mañana temprano, al alba, fuimos a pasear a la Casa de Campo. Allí nos cruzamos con conejos, pajarillos del bosque y ya amaneciendo, con el Presidente. Fue emotivo saludarlo mientras paseaba bien acompañado por un amigo y sus pertinentes escoltas. Luego pasamos los tres la mañana juntos, cada uno tejiendo su mundo, pero acompañados, felices, en paz, en pequeña comunidad, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Esto es misterioso y poco entendido. Pero si te abres a esa experiencia, puedes vivificar su metanoia profunda.
Cuatro. La mañana pasó rápida y tuve que marchar de nuevo al centro de la gran ciudad. Llegué puntual a la cita y tuvimos tiempo de charlar sobre lo humano y lo divino. Cominos algo en la antigua escuela libre. Me gustó mucho la charla que discurría sobre la invisibilidad, sobre el dejar pasar la luz de forma diamantina, no brillando como un dorado sol, sino siendo transparentes. Compasión, regeneración, propósito, misión ineludible. Tras la comida, a las cuatro éramos cuatro. Reinó el silencio. Meditamos, construyendo un egregor que algún día, inevitablemente, deberá hablar y decirnos algo. Algo une de forma invisible a las almas que se reconocen como iguales. Algo ocurre en los planos intangibles para que las cosas ocurran según el trazo arquitectónico, arquetípico, ejemplar. Hay mucha sed en en el mundo y pocas las fuentes. Hay que seguir intentándolo, una y otra vez. Meditar, silencio, manifestación, presencia, contemplación.
Tres. Cenamos. Disfruto de estas cenas en familia. Soy acogido con cariño y disfruto de todas esas familias que tenemos de forma discreta, oculta. No podemos explicarlo todo, a veces hay que decir las cosas con velos y de forma especial, delicada, hermosa, poética. Uno se siente feliz. La fragilidad compartida siempre fortalece. Quedo agradecido y con ganas de seguir explorando y aprendiendo. Compartir es el principio que rige todo el universo. Nada en la vida tiene sentido si no es compartiendo. Podremos ser más o menos tímidos, más o menos alegres, más o menos osados y atrevidos. Pero siempre debemos compartir. Si lo hacemos, entramos en el río de la vida y todo fluye. El agua siempre busca salidas, se decía. El agua debe correr inevitablemente. Si se siente la llamada es porque alguien llama al otro lado. Hay que escuchar la llamada y atenderla. Luego esperar. Fuerza y energía.
Dos. Mañana, tras otra reunión, tocará viaje. Seremos dos a la vuelta, igual que a la ida. Sus ojos verdes son bellos, también su paz. No se puede juzgar, no vale la pena, solo maravillarnos de la belleza de la vida, de su gracia, de su espontaneidad.
Uno. Mañana, seguramente de madrugada, de nuevo soledad. De nuevo vida oculta, anónima, invisible, diamantina.
La decisión de participar en el mundo viviente es un paso importante, atrevido, osado. Uno no decide encarnar en un mundo tan increíble y maravilloso para quedarse encerrado en un estado de aislamiento, sino para participar en la fiesta a la que ha sido invitado por un tiempo prudente y limitado. Uno no viene aquí a endurecer su concepción sobre el cosmos, sino que viene a experimentarlo, a vivirlo, a compartirlo con sus congéneres.
No venimos a ver las sombras del mundo, venimos a exprimir cada instante de sol, de luz, de claridad. La noche espera la exploración onírica, mientras que el día prospera como campo de experimentación y conocimiento vivencial. Vivir es salir al mundo, al campo, a la existencia que no para de fluir, de moverse, de incorporarse a nuevos avatares diarios. Las sombras son un mal sustituto de la mirada directa del mundo.
Somos una pequeña estrofa, pero la vida no podría entenderse sin la suma total y absoluta de todas sus estrofas. El aislamiento personal tiene sus peligros. Nos perdemos la vida, nos perdemos el desenlace de cientos de historias que nunca sucedieron. Nos perdemos la senda de la aspiración más noble, la expansiva llama de la experiencia. El estar vivos debería representar en nosotros un sentido de vitalidad y urgencia. Mover nuestro mundo a través del mundo, destripar las entrañas de los misterios que nos rodean, vociferar los cantos angélicos de cada una de las auroras vividas. Es urgente sentir la vida en nosotros, y desnudarnos danzantes ante ella.
Si hemos venido a esta fiesta, que sea para disfrutarla, amansar alegría, bienestar, paz, amor, cariño, humor. Si estamos aquí, si hemos atravesado tiempos y espacios infinitos para encarnar en este instante, que sea para abrazar al otro, llevarlo hasta los límites, permutar en cada instante talentos y suspiros, susurros y alientos. No perdamos el tiempo en amasar fortuna, excepto aquella que requiere de un total desapego y compartir constante.
A ambos lados del río existen caminos, sendas que se adentran entre campos de cebada y bosques frondosos de interminables sauces. Visten el mundo entre cielos de celeste presencia. Los ríos tiemblan con sus aguas frías, el universo entero tiembla en un latir suave y sencillo. Hay surcos en la tierra a ambos lados, espesuras, desiertos, montañas, valles que encierran algún tipo de puerta secreta. La vida es urgente porque algún día marchará a otra parte y dejará inerte todo aquello que amasamos.
Hay un pergamino escrito. Allí está trazada la aventura. Allí esta la invitación a la fiesta. Podemos o no participar en ella. Podemos encerrarnos o no en nuestra torre allá en la isla. Podemos tejer una y otra vez en el telar del aislamiento y mirar la vida desde un espejo que refleja solo sombras. Pero podemos romper esa maldición, podemos volver a la vida, agarrar la barca y cruzar todos los ríos, navegar por todas las sendas. Morir a la ilusión para abrazar la vida real, aquella que se presenta cuando somos realmente actores principales, y no solo sombras. Debemos respirar la urgencia. La vida no siempre estará con nosotros. La decisión de participar en el mundo siempre será nuestra. Y pasados los años, lamentaremos al recordar que fuimos invitados, y preferimos contemplar la existencia desde el espejo. Desnudo mi alma, salgo de mi isla y atravieso los mundos. Y en ellos, me entrego despierto y bullicioso al porvenir.
En los antiguos y remotos escritos se hablaba del sendero del discipulado. Dicho sendero era una vía intermedia de evolución, donde, según el nivel consciencial y evolutivo de cada individuo se podía considerar un aspirante al discipulado, un discípulo probacionista o un discípulo aceptado. Pasar de un grado a otro requería de un entrenamiento, una disciplina, una responsabilidad y un compromiso.
En el pasado, eran muy importantes las disciplinas físicas y emocionales como puerta de acceso a un progresivo programa de desarrollo espiritual. Las normas de pureza física, anímica y emocional eran requisitos previos antes de poder alcanzar un conocimiento mayor. Esto era debido a que muchos aspirantes a la senda del discipulado no habían desarrollado una fortaleza interior suficientes para luego enfrentarse a las crisis que vendrían con un mayor entrenamiento. Muchos aspirantes eran rechazados de las escuelas preparatorias por no poder contribuir a una mínima disciplina física y emocional.
Muchos aspirantes quedaban presos en la ilusión de sentirse especiales, abrumados por un orgullo espiritual que engullía sus aspiraciones al haber logrado pequeños éxitos mediante una estricta dieta vegetariana o un puritanismo excesivo, necesarios, a veces, pero no como fin en la senda, sino como comienzo de la misma. Muchos aspirantes quedaban rezagados en la enseñanza por perder excesivo tiempo en requisitos mínimos que deberían ser meros trámites, cosas naturales en su propia naturaleza.
Los probacionistas eran los que, una vez superadas las pruebas en ese primer nivel de entrenamiento físico, anímico y emocional, empezaban a entablar un mayor conocimiento de las fuerzas y las energías que se vuelcan en los planos de la mente. Aquí el trabajo tiene mucho que ver con ese primer contacto con el Ser Interno, puente inevitable para seguir hollando la senda espiritual. Es aquí cuando se tenía un primer contacto con las iniciaciones menores y los misterios que entrañan la propia estructura de una jerarquía espiritual determinada. Los antiguos escritos daban relevancia a los discípulos probacionitas como iniciadores de una nueva forma de entender la existencia, con sus propias pruebas y requisitos, con una visión enraizada en la meditación, el estudio y el servicio, más allá de las necesidades particulares.
Una vez el discípulo probacionista había realizado un correcto trabajo de control y disciplina mental, emocional, anímica y material, era aceptado en alguna de las doce escuelas preparatorias para el discipulado avanzado, participando así de la acción grupal, del trabajo en grupo y de la experiencia de experimentar la unidad de todas las cosas con seres esencialmente de su misma naturaleza. El discípulo aceptado empezaba un entrenamiento aún mayor, normalmente dirigido por iniciados de alto grado que mantenían una firme disciplina y una entrega de servicio absoluta.
El entrenamiento solía hacerse en lugares apartados a los que se accedía de forma compleja y donde el trabajo se volvía grupal, en comunidad. Conjuntamente se desarrollaban las virtudes que conducen a una vida de pureza, bondad y conducta recta, donde la aspiración altruista forma parte de la propia naturaleza del discípulo aceptado.
El trabajo grupal es complejo a la vez que gratificante. Ya no se trata de hollar el sendero desde la travesía del desierto que todo aspirante o probacionista vive dentro de sí en la soledad y en la confusión. Más bien es la hora de abrazar el fuego grupal para alinear las fuerzas vacilantes hacia un propósito común: el de la propia Unidad. Ya no hay duda, ya no hay incertezas, más bien una clara visión de hacia dónde dirigir las fuerzas, el ánimo y la propia vida. El contacto con el Ser Interno es claro y determinante, y en esa primera experiencia de Unidad, la vida empieza a cobrar un grato e impresionante nuevo significado.
Hay muchas formas de mirar la vida. Uno puede mirar la existencia desde el enfado o desde la alegría, desde el rencor y la rabia o desde la gracia de sentirse vivo, útil, amable. La vida oculta una belleza arrolladora. Se expresa de mil maneras, aunque no siempre podemos captarla debido a nuestras preocupaciones, a nuestra forma de mirar, a nuestra forma de ver, que no siempre es amplia y extensa. Cuántas cosas nos perdemos en cada mirada por no saber ver. Cuántas cosas somos capaces de perdernos por no saber experimentar la vida desde una cordialidad presumida.
Hoy me he sobrecogido con esa belleza oculta. Lo hice al alba, en la pequeña ermita, mientras meditaba en silencio. Lo hice con los acordes que iban brotando de mis manos mientras tocaba melodías en la guitarra. En los paseos en el bosque. Acariciando y jugando con Geo. Tomando el té con la hermosa vecina y con la también hermosa María que ha venido a pasar unos días con nosotros. También en el breve rato que he podido compartir con la bella tejedora.
Encuentro también belleza en esta soledad compartida, libre, afanosamente libre de compartir el tiempo con el universo entero, sin restringirlo a nada ni nadie. Es una libertad extraña, especialmente cuando estás en consonancia con la naturaleza. Observo con asombro que aquí en los bosques, en la naturaleza, uno tiene mayor consciencia de la belleza, y, paradójicamente, también de la muerte, como algo natural, anexo a la vida. La muerte como la entendían los romanos, un ad plures ire, la experiencia de lo bello en un movimiento constante hacia el devenir.
Lo bello oculto también puede ser esa familiaridad con la que uno se siente cuando se relaciona desde la incondicionalidad. Amor es relación, amor es belleza en acción, lo bello, lo hermoso, se transmuta en vida cuando abrazamos al otro. Es como el canto de los pájaros en primavera, o el rugir de la nieve en su deshielo. Algo se quiebra, a veces el silencio, a veces una estructura, para formar algo mayor, algo mejor, algo más bello, como cualquier melodía que se atreve a morir y quebrar lo taciturno.
El amor siempre tan misterioso… me gusta poder amar sin necesidad de poseer… amar el mar y la vida y las montañas sin intentar atraparlas… ahora empiezo a entenderlo… amar sin poseer… Quizás solo había que entenderlo desde la pérdida. Cuando la desgarradora mañana amanece y perdemos los sueños de la noche. Cuando el aullido del alma nos recuerda la levedad de estar vivos. Esa es la belleza oculta. Por eso ahora puedo, en silencio, amar sin poseer, amar sin adueñarme de la vida del otro. En completo desapego, observando la belleza crecer en las montañas, en los bosques, en su mirada, en su telar, en lo oculto. Algo tan bello solo puede apreciarse calladamente. En silencio.
Hay un devenir inevitable. Si uno empieza conscientemente a atar cabos que durante toda una vida parecían aislados y sujetos al azar, va viendo que hay partes de los mismos que encajan perfectamente con un destino trazado. Hay dos formas de entenderlo. Si vivimos una vida inconsciente basada únicamente en el individualismo y en la satisfacción de las necesidades de esa individualidad, el azar no deja de ser una suerte de acontecimientos que determinan programáticamente una vida. Producto de la suerte o la fortuna, todo parece inconexo. Pero si se eleva la mirada hacia una consciencia más allá de nuestra particularidad, se puede ver un tejido intangible que ata de cabo a rabo cada una de las circunstancias que nos llevan hacia una u otra vida. Supongo que esta segunda visión tiene que ver con algún tipo de apertura de consciencia, con alguna visión diferente de las cosas por la cual, todo acontecimiento está basado en un arquetipo que genera causas y efectos entrelazados en una multidimensionalidad compleja y sujeta a leyes que se coordinan unas con otras para generar realidades. Es lo que llamamos destino.
Siendo así, si somos capaces de llevar una vida más allá de la satisfacción de las necesidades individuales, podemos entonces decir abiertamente y sin pudor que andamos caminando hacia nuestro destino. Esta es una complejidad en sí misma, a sabiendas que eso que vagamente llamamos destino nace de un compromiso, de una responsabilidad y de una consecuente entrega. Es la entrega, como resultado final, lo que va tejiendo ese destino, o mejor dicho, es en esa entrega donde la vida se desliza inevitablemente hacia el guion trazado.
Podría ocurrir que, tras un halo de inspiración, volviéramos de nuevo a la inconsciencia. Es lo que los antiguos llamaban el toque de clarín de nuestra alma. Podemos sentir durante un breve periodo de tiempo ese toque de clarín, ese destello de iluminación, esa señal inevitable. Y ahí surge la prueba: seguir o no seguir a esa llamada. De hacerlo, entonces comienzan las pruebas, que no es más que una crisis continua de reajuste entre las necesidades del alma y las necesidades de la personalidad. Cuanto mayor es el conflicto entre ambas, mayores son las pruebas, y por consiguiente, las crisis. De alguna forma, las crisis son importantes en la confrontación de nuestras vidas con nuestro destino. Las crisis nos avisan, nos guían de alguna manera, a cuál enseñanza, de todo aquello que debemos reajustar. En ese reajuste, una nueva consciencia nace, una nueva visión e intuición que nos acerca cada vez con mayor fuerza y claridad hacia la tarea a realizar.
Los forjadores de destino comprenden la importancia de ese reajuste y aceptan las crisis que se desprenden del mismo. No deja de ser complejo el poseer visión propia sobre nuestras vidas, nuestro destino. ¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué estamos viviendo? ¿A qué o quién servimos? ¿A un alto ideal, a una creencia, a un egoísmo, a una necesidad, a una carencia? Si nos planteamos con rigor toda nuestra vida, podemos sacar conclusiones sobre estas cuestiones. Si nos paramos a pensar un rato sobre hechos que hemos soportado, podemos comprender cual es nuestro lugar en el mundo, y a qué causa nos debemos. Sólo tenemos que echar un vistazo a qué dedicamos, por poner un solo ejemplo, todo el dinero que ganamos. Si vemos el destino de ese dinero, sabremos a qué causa estamos sirviendo, y de paso, a qué Señor.
Hay una ciencia exacta para todo esto, hay un orden, un misterioso y complejo plan cuya arquitectura es posible dilucidar con un poco de paciencia y estudio. Hay una enseñanza, a veces oculta, a veces sesgada, a veces compleja, que nos adentra en las variables necesarias para atrevernos a seguir nuestro destino. Es un camino largo y angosto cuyo resultado es siempre sorprendente: al no existir realmente individualidad (lo individual es siempre un espejismo), nuestro destino no nos pertenece, sino que lo entregamos a una fuerza mayor, a una causa que engloba unas potencias que escapan a nuestro entendimiento. Al seguir concienzudamente nuestro destino, descubres que estás siguiendo realmente el destino de algo que no te pertenece, de algo imposible de describir. ¿Cual es el destino de una gota de rocío que cae precipitada a las fuerzas que arrastra un inmenso río? La gota de funde con el destino inevitable y se deja llevar por el mismo flujo hacia ese Océano que espera impasible y profundo. Al caminar por la senda trazada, te descubres siendo Senda. ¿Hacia dónde vas? Hacia el Destino…
O Couso, hace cinco años. Las caravanas fueron mi hogar por tres años
Hoy veía unas fotos de hace cinco años, de nuestro primer invierno en O Couso. No daba crédito ante la amnesia que uno sufre tras tantas y tantas aventuras. Una de las fotos que acompaño a este escrito aparecen las caravanas cubiertas completamente de nieve. En esas caravanas estuve viviendo durante tres años, antes de culminar, gracias al esfuerzo y la constancia de mi querida y añorada Noelia, la construcción de la cabaña desde la que ahora escribo. Viendo la foto, recuerdo la dureza de aquellos días. Debo decir que esa experiencia estaba a camino entre la valentía, la osadía y la locura. Nuestro empeño por demostrar que se podían hacer las cosas de forma diferente rozaba todos los límites. Viendo las caravanas en las que viví, primero dos años en la blanca y más tarde un año en la caravana azul, me doy cuenta de que vivir en esta cabaña es todo un lujo y privilegio.
También me doy cuenta de que esos primeros momentos fueron como una especie de temeraria preparación. Desde entonces, y ya no tanto por los propios envites de la naturaleza si no más bien por la propia naturaleza del proyecto, se muestran día sí y día también diferentes pruebas que plantean cada vez más complejas decisiones. Supongo que todo esto debe ser algún tipo de entrenamiento para algo. Cuando miro hacia atrás con cierto desapego, la única razón de ser es que me estoy preparando para la ecuanimidad, para la equidistancia, para el desapego, para la quietud. Ahora siento mayor quietud ante los retos que se presentan. Lo observo en la gran obra que estamos realizando. Cada día es un reto importante y cada día es una oportunidad para que se revele algo hermoso. Ando como intentando desapegarme de todo cuanto ocurre, e intentando obrar la magia para aliviar cada prueba.
Mientras me enfrento a difíciles avatares, me doy cuenta como pasan los días, rápidos, veloces. A veces siento que me falta el aire y que todo terminará de un momento a otro. «Muéstranos el camino de aquellos que no se extravían«, prescribía el Profeta a los que practican la oración. A veces cierro los ojos e imagino ese camino, sin desvíos, sin atajos, en silencio, orando. También lo imagino acompañado, de alguna manera, de cualquier manera, porque la soledad profética siempre se endurece con las pruebas. Pero me doy cuenta de que es completamente imposible encontrar a alguien de tal naturaleza, alguien capaz de soportar la dureza de esta vida a la vez que explora la majestuosidad del misterio.
Cada revelación de la naturaleza es una oración. Ver volar a los patos que viven con nosotros, ver los rojos atardeceres, el verde de los campos, el canto de los pájaros en estos días de primavera, observar como los gatos salen a tomar el sol sobre el tronco partido o ver al viejo nogal junto a la ermita edificar su semblante con arrojo y poderío.
La vida es un milagro. Observo el milagro de mi cuerpo, de la energía que lo recorre, de sus emociones y pensamientos. Las ataduras del cuerpo son múltiples y variadas. Me pregunto como serán los cuerpos de aquellos que no se extravían, que siguen firmes y enteros en sus vidas ejemplares. He provocado en mí todas las disciplinas virtuosas posibles. Nada de comer carne, nada de ingerir ningún tipo de droga, tabaco o alcohol, ni siquiera en cálidos momentos festivos. Soy consciente de que eso solo son primeros pasos para alcanzar la virtud, por eso observo con sumo detalle la vida de los que no se extravían.
Me he vuelto disciplinado en cuanto a sencillez. He comprendido que el ser humano puede llevar una vida digna prácticamente sin poseer nada. Lo poco que poseo lo comparto con generosidad, y busco la manera de ayudar siempre al otro, a sabiendas de que otros antes me han ayudado desinteresadamente. De ahí mi voluntad agradecida, extrema y desapegada, y la necesidad de buscar almas extraviadas a las que asistir, a las que apoyar, a las que abrazar en silencio.
Al hacer todas estas cosas, el fenómeno que se observa es ver como todo el cuerpo respira con alegría y parece como si viviera más liviano, y ver como el alma se acerca despacio para rozar con sus pupilas infladas de luz nuestra sombra más oscura. El alma se acerca, ante la disciplina y el desapego, sigilosamente. Entonces nos inspira confianza y nos susurra algún detalle de aquello para lo que nos viene preparando. Y es ahí de donde surge la fortaleza, el valor y la hazaña, el aquae vitae de los alquimistas que sacia nuestra sed más profunda, nuestra Unio Mystica. Es de ahí de donde surge la certeza y el valor para seguir adelante.
Primera plantilla de las primeras cabañas en O Couso. Primer grupo de apoyo mutuo y cooperación que participó en la construcción de la primera cabaña
Hoy recibo dos llamadas desde África. La primera de una amiga doctora que está en Marruecos ayudando a los emigrantes que sueñan con venir a Europa. La segunda, paradojas de la vida, de una hermosa tunecina, doctora en biotecnología, que habla cinco idiomas, profesora de universidad en paro y que vive como puede en algún remoto lugar del norte de África. Ambas me cuentan la situación que están viviendo casi al mismo tiempo, en un intervalo muy corto. Amo las sincronías. Y una me habla de la situación que de alguna forma está sufriendo la otra, sin conocerse. Una es de Barcelona y la otra estuvo tres meses en Barcelona, pero ahora desea viajar a Alemania para buscar trabajo. Ambas valientes, guerreras, sabias…
Estas conversaciones me recuerda que hay personas, seres humanos, que están viviendo situaciones difíciles. Me recuerda cuando estuve en la perdida isla de Chios, frente a las costas turcas, ayudando en lo que podíamos con los refugiados que llegaban con el sueño de pisar Europa. Todo esto me recuerda que no tenemos derecho a quejarnos por muy difíciles que se presenten las pruebas. En Europa estamos viviendo la utopía material, pero debemos hacer un gran esfuerzo para retomar la utopía espiritual, la utopía de Jesús, o aquella de la que hablaba cuando se refería al Reino de los Cielos.
Sigo pensando que la ambición humana podría gestionarse de mejor forma. Sigo pensando que vivir en una pequeña cabaña puede ser una solución digna para cualquier persona que requiera algo de calor y cobijo. Las Tiny House, por poner un ejemplo sencillo, puede ser una solución de futuro para todas aquellas personas que andan perdidas en el mundo buscando un refugio. Una pequeña casa basada en la sencillez y en la dignidad de pensar que menos puede llegar ser más.
Llevo seis años viviendo entre humildes caravanas y cabañas construidas con mis propias manos y no he perdido por ello ningún tipo de prestigio social, ni de riqueza, ni me siento degradado en una sociedad cuyos valores, por suerte, están cambiando. La simplicidad voluntaria, consciente y armónica con el medio, es un acto de rebeldía, pero también es un acto de responsabilidad. También es una solución sencilla, barata y fácil para dar respuesta a toda esa gente que no tiene un cobijo, que no tiene una casa, que no tiene absolutamente nada. Las Tiny House, el movimiento de casas pequeñas, es una gran idea que ya esbozó en su día Sarah Susanka en su libro The Not So Big House (Una casa no tan grande).
En estos no más de veinte metros cuadrados en los que ahora vivo se vive bien. Es fácil de calentar en invierno, no se consume nada de electricidad excepto la que proviene de la luz del sol y el agua nace de fuentes subterráneas que bombeamos con energía solar. Los residuos se reciclan y retornan a la naturaleza de forma natural y su mantenimiento es mínimo. Es evidente que esta pequeña cabaña podría mejorar aún mucho, pero la poderosa realización que uno siente al habitar la vivienda que ha construido con sus manos no tiene precio. Es algo revelador y bello. Es algo que solo puede experimentarse cuando los inviernos se intercalan con el canto primaveral y resuena la música de los bosques bombeando cada rincón.
Así que cuando hablaba con mis amigas desde el norte de África, imaginaba todo ese continente lleno de pequeñas casas construidas gracias a la fuerza y el poder del apoyo mutuo y la cooperación. Y luego imaginaba a los pueblos emancipados de esa necesidad tan básica y primordial que es la de tener un tejado donde resguardarse.
Cuando imaginamos el proyecto O Couso, pensábamos en ese sueño. Un lugar donde las necesidades más elementales pudieran estar cubiertas para poder así abrazar otro tipo de utopías. Un lugar donde el sueño y la utopía material empezara a abrazar, una vez satisfecho, al sueño de la utopía espiritual. Se trata de eso. Estar bien materialmente para poder soñar espiritualmente. Ese es el anhelo, ese es el sueño a seguir.
Sabemos que los rituales son importantes. Generan un clima apropiado para interaccionar con las fuerzas sobrenaturales. Se hizo un pequeño ritual y se creó un triángulo en la base de la futura Escuela. Hoy me sorprendió ver una fotografía antigua de sus inicios, creados por la tejedora de palabras junto a una amiga.
A pesar de la importancia del ritual y la celebración posterior, nuestra forma de festejar la fiesta celta de Imbolc ha sido sentados en la hierba, desgranando ocurrencias frente al prado verde y disfrutando de esta extraña primavera en pleno invierno. La tejedora de palabras recurre a universos simbólicos nada ordinarios para describir la realidad. Me gusta su visión de las cosas, su absoluto desapego hacia cualquier elemento que constituya alguna piedra en la construcción de lo ordinario. Su elegancia vespertina produce vértigo. Escucharla es como trasladar la psique a otro modo de entender la realidad, más impregnada por el argumento mágico de que todo es posible, inclusive el poder celebrar una fiesta sin hacer nada, excepto mirar al horizonte.
Como ni ella ni yo somos muy festivos, nos limitábamos a compartir cualquier momento. Me gusta esa confianza de no tener que hacer nada, de no tener que demostrar nada, de relajarse frente a un prado tan verde aquí en el norte y disfrutar de las miríadas de elementos y elementales que la propia imaginación adivina. Nuestra falta de apetito hacia lo banal es mutuo, así que podríamos pasar una eternidad sin necesitar nada, sin esperar nada a cambio excepto bucear en la contemplación, en el misterio.
No tenemos ningún éxito que celebrar. No alardeamos de ninguna conquista. Ambos somos monjes mendicantes, ambos seguimos bajo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ambos abrazamos la regla de oro, y subliminamos el llanto amoroso a la propia inquietud existencial. De alguna forma necesitaba verla a modo de tener un aliado cerca. El viernes de nuevo recibí una mala noticia que se suma a la tragicomedia en la que ando metido desde hace unos meses y sentía la necesidad de compartir la inquietud de este tiempo con alguien de confianza. Así que me agarré a su invitación como un clavo ardiendo, saboreando la oportunidad de sentir la alianza de los mudos.
Esta vez me tomé la noticia como un reto. No quise arrastrarme hacia ninguna parte. La miré impasible, a sabiendas de que era una prueba más en el camino y a la que debía hacer frente con fuerza y valentía. Pienso, ahora con mucho desapego, que este tipo de proyectos está lleno de retos. Especialmente cuando la visión es fuerte pero los medios materiales son pocos o ninguno. Ahora entiendo que necesitaré mayor fortaleza para el próximo ciclo que se avecina. Ahora entiendo que este primer septenario solo ha sido un ciclo de pruebas para fortalecer con endereza lo que ha de venir.
Por eso me sentó bien pasar la tarde con una buena amiga a la que estimo profundamente. Ahora sabemos, tras las pruebas sufridas, que nuestra amistad nace del lazo místico, y que desde allí, no nos queda otro remedio que colaborar mutuamente en cualquier empresa. Es esa sensación que uno siente cuando se encuentra con su familia etérica. Hay elementos en la vida que se unen para, juntando visiones, tener un mayor panorama de todo cuanto ocurre en este misterio cósmico. Sólo nos queda averiguar de qué forma ser útiles a la causa mayor que siempre abrazamos, vida tras vida.
Celebrar el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera con buena compañía es un regalo. El Sol alcanzaba hoy quince grados en Acuario, y se podría decir que el mundo de la fertilidad empieza a prepararse para la primavera. No se esperan grandes cosechas para este año, pero como siempre ocurre, seguiremos sembrando hasta que llegue el buen tiempo. Los vientos que arrecian, seguiremos soportándolos con endereza, con fortaleza, desde la virtud.
El himno de apertura era una mezcla entre el Coro de los pescadores de Bizet y el Coro de los peregrinos de Tannhäuser de Wagner. Así lo podías imaginar si cerrabas los ojos y trasladabas la imaginación a los antiguos templos, resguardados al mundo profano por temibles guardas que, espada en mano, protegían los secretos. En la entrada, dos grandes columnas con sendas granadas. Dentro del tabernáculo, inevitablemente, la experiencia de lo sagrado, del lazo místico, aunque hoy día esa experiencia solo sea posible cuando se ha pasado de la iniciación humana a la solar, adecuando cada práctica a los designios de los misterios de Sirio, la estrella de la iniciación. Los antiguos sabeos conocían algo de esta trilogía que terminaba siendo septenaria en su compendio angélico. Siete son los rayos-ángeles que portan la fuerza suficiente para administrar todas las energías del universo, todas aquellas que el Gran Arquitecto conserva para diseñar en nuestro mundo los planos pertinentes.
Tras el himno, la apertura de trabajos que terminaron en tercer grado una vez todos los oficiales estaban en sus puestos, deseosos de convertir el momento en un tiempo sin tiempo y un espacio, por lo tanto, sagrado. Se encienden las tres luces. Al Oriente, en el Mediodía y en Occidente, dejando el frío septentrión para el silencio de los aprendices, ausentes en la ceremonia. Sabiduría, fuerza y belleza, son las consignas para cualquier construcción. La luz siempre es un elemento recurrente, porque el cosmos es oscuro y entre tanta tiniebla, necesitamos las luminarias que puedan guiarnos en esa oscuridad brillante.
Una vez introducidos en el espacio sagrado, se tocan temas relevantes. Uno se sumerge en la atmósfera de saberse transmisor de un conocimiento, de un rito, de una tradición perenne. Los burros somos necesarios para portar el tesoro que es transmitido desde una dimensión a otra, con torpes interpretaciones, pero con certeras costumbres. En el fondo lo que se hace es una representación más o menos acertada de la creación del mundo. Cosmos, cielo y tierra representados con símbolos que recuerdan el orden, la pertenencia a una causa mayor, a un propósito que es necesario conocer, reconocer y servir.
Pasaron los trabajos y hubo un himno de cierre. La música siempre adornando con belleza todo templo. No se puede entender un templo sin música, que, además de representar el Verbo creador, anima a los espíritus en su peregrinar. Cierre de los trabajos y el velo se cierne de nuevo hasta que poco a poco la luz vaya minando por dentro nuestro cuaternario, uniendo bajo la mágica presencia, el terciario necesario para que la luz se manifieste en nuestro interior. En los trabajos de Hércules se dan pistas de como conseguir esa chispa necesaria, ese ardor por conocer los misterios que nos han de guiar hacia la puerta estrecha. Ya no se trata de iniciaciones menores, humanas, si no de índole solar, verdaderas ofrendas que se encasillan en los misterios menores para adentrarnos, poco a poco, y con gran esfuerzo, en los misterios mayores.
La luz tenue se vislumbra a lo lejos, pero siempre queda mucho por hacer para entender del todo la Gran Obra. Se cierran los trabajos, y aún nos queda mucho por descubrir. Viaje de ida y vuelta, solo con el propósito final de recordarnos quienes somos realmente y obrar en consecuencia. Como pescadores o peregrinos, según seamos más dignos de un Bizet o un Wagner. Termina el gran cónclave, todo queda bajo llave, en secreto.
“Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Stefan Zweig: El mundo de ayer, prefacio.
Pues adiós, pueblo soberbio como pocos. Tristeza, ríos de tristeza por la desunión, por el orgullo, por la nueva marea de nacionalismos y patriotismos que asolan nuestro ya viejo continente. Preocupación y tristeza por ver como triunfa la desconfianza y el miedo, la vanidad patria, lo nacional, lo mío contra lo tuyo, el egoísmo atroz de los pueblos que se ensalzan unos contra otros, pensando que su diferencia con respecto al otro les hace inmunes, superiores, diferentes.
Zweig lo llamó la peor de las pestes. No le faltaba razón a algo que envenena nuestra cultura, que nos divide, que nos vuelve de nuevo a las más profundas cavernas. No es una buena noticia que Reino Unido abandone la Unión Europea. El mundo requiere unidad, cooperación y apoyo mutuo ante los retos que se presentan. No, no es un día alegre para los que creen en la fraternidad humana por encima de todo.
Los corceles amarillentos del Apocalipsis parece que asoman de nuevo la cabeza. El temor de que hoy sea el preludio de una nueva edad oscura está en todos nosotros. Ahora Reino Unido, y mañana… ¿quién será el próximo en ahondar en la herida del nacionalismo?
No hay mucho más que decir. Debería ser para todos un día triste. Una advertencia. Tiempo al tiempo.
Como un Don Juan Tenorio, «yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé y en todas partes dejé memoria amarga de mí». Lo decía el maestro Vicente nada más llegar a la cabaña señalando que esos versos le recordaba a mi persona, pero con la salvedad de que, a diferencia de Don Juan, el reguero que dejo en todas partes, según el bueno de Vicente, es positivo y amable. Ojalá siempre fuera así. Pero no es del todo cierto, porque a veces, por desgracia, dejo regueros de memoria amarga. Me conoció en los palacios, también en los claustros y ahora en la cabaña. Conoce algo de esa trayectoria meteórica del todo a la nada, o mejor dicho, de la división a la unidad con todas las cosas. Como la casa está toda patas arriba y no hay un rincón tranquilo, bajamos hasta la cabaña en el bosque. Sentados, reposados, hablamos de libros, de advaita, del proyecto.
Vicente es como ese cisne iluminado que no se moja cuando nada. No se afecta excesivamente por sucesos y cosas del mundo. Las observa, las ama, las integra. Su cocimiento y su exposición son infinitos. Da gusto escucharle hablar sobre cualquier cosa. Como doctor, nos ilustra sobre genética, su especialidad. Me encantó su explicación sobre los virus y las bacterias, seres que andan entre la vida y la muerte. A mi querida y añorada María le habría encantado estar en esa charla. Como hombre místico, nos transporta hacia la inevitable unidad de todas las almas, de todas las cosas. Nos tenemos un gran cariño y una gran admiración mutua. Por eso fue doble la alegría al verlo llegar esta mañana.
Pasamos un buen rato, comimos lentejas que preparó Helena. Vimos como las obras avanzan a buen ritmo mientras dábamos de comer a los patos, que curiosos, se asomaban por la gran ventana del pequeño salón improvisado, caótico y desordenado. Nos trajo dos cajas de libros místicos para la futura biblioteca. En la despedida le abracé como un hijo abraza a un padre y le di las gracias por compartir con nosotros un trozo de vida. En mayo vendrá de nuevo acompañado con un autocar para mostrar el proyecto a sus alumnos y en julio dará una charla en O Couso sobre advaita vedanta. Qué suerte tanta gente bonita que viene y va en este hermoso lugar.
Tras despedirme, y entre niebla, subí a las montañas y bajé a los valles que crecen verdes y salvajes a la espalda de donde vivimos. El valle del Louzara es uno de los lugares más impresionantes de estas tierras despobladas. Fui a visitar a nuestra querida Lourdes, recién operada, un auténtico ángel encarnado. Hablamos durante horas de mil cosas, especialmente del poco o nulo apetito que siento con respecto a la idea de tener pareja, amante o cualquier cosa que se le parezca, no como algo triste, sino como algo natural que brota de los adentros. Con esta vida monacal que llevo, casi eremítica, sería difícil compaginar con una relación medianamente seria, a no ser que llegara a mi vida una mujer igual de utópica, monacal y fuerte para aguantar tantos avatares.
Mañana viaje de nuevo al centro de la península para asistir a cónclaves iniciáticos. Espero que el viaje sea tranquilo. Espero que todo vaya en calma. Espero que como un cisne, pueda disfrutar del mundo sin ser del mundo. Espero poder volver pronto para seguir buceando en el infinito océano de la experiencia humana. Esa experiencia donde vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser.
Seis de la mañana. Llueve y el agua corre, siempre corre de un lado para otro.
Imposible dormir en toda la noche. Hago como que no me importa, pero el cuerpo se resiente y no encuentra ya posición que valga. Siete de la mañana. Llego a la estación. Está todo oscuro y silencioso. Hace frío y sigue lloviendo. Me quedan cuatro horas de espera antes de poder recoger el coche, así que diviso una cafetería y allí me encierro a trabajar sobre maquetas, portadas, correcciones, ediciones. Pido primero un zumo de naranja. Luego administro el tiempo y solicito una tostada con tomate. A la tercera hora mis ojos empiezan a temblar y me pido un café con leche. Es cuando empiezo a observar atento a los comensales e imagino sus vidas, una tras otra.
Once de la mañana. Recojo el coche. Está reluciente, resucitado, como recién salido de fábrica. Me siento agradecido. Era como ir a comprar un coche nuevo, pero con más de un millón de kilómetros a sus espaldas, con cientos de aventuras e historias de todo tipo. Me alegra haberlo salvado. Hay objetos que tienen poder. Ese coche tiene algo. Es un tótem, un talismán, un fetiche. Doy las gracias a Miguel por el buen trabajo. Me subo en la nave nodriza feliz y contento y vuelvo a la montaña.
Mediodía en punto. Visito la tienda del pueblo y compro algo de comida. Luego paro en la oficina y atiendo los mil frentes. Paquetes, muchos paquetes, por fortuna. Uno de ellos, valorado en un salario mínimo con decenas de libros azules se pierde por el camino. Siento cierto disgusto. Enviar paquetes a Latinoamérica es toda una odisea. La pérdida es irrecuperable. Gajes del oficio, me consuelo intentando darme ánimos. A veces lo que ganas por un lado se pierde por otro. Así es la vida, como un continuo trasvase. Me hago fuerte y miro de frente. Habrá que reeditar algunos libros, esos eran los últimos. Casi no me queda tiempo para lamentaciones.
Aún así, me alegro por dentro cada vez que un libro sale de viaje hacia un nuevo hogar. Es como desprenderse de un hijo, de un trozo de vida. La labor de editor es muy hermosa. No sabría decir cuántos miles de libros se habrán lanzado al océano de la conquista en esta última difícil década, en ese ancho mar del compartir, de lo íntimo. Editar es una labor espiritual de primer orden. Aporta luz, arroja poesía al mundo, valores, encuentros, conocimiento, sabiduría, también placer y acompañamiento, ilusión y amistad. Editar es ser un puente. Un transmisor de lo perenne.
Sin tiempo, subo al bosque, me reclaman allá arriba. Un obrero pide trabajo, solicita que le ayude. Son las dos, no he comido, pero cargo mil cosas para despejar una de las nuevas habitaciones que han de recibir el nuevo suelo. Me da una rampa en el pie. Tengo que parar. Me doy un masaje. Es el cansancio. Ese tren es demoledor. Pero me levanto y continuo. La obra no puede parar. Podremos pagar por suerte esta semana a los obreros. Lo haremos en la columna Boaz, donde los aprendices reciben su salario. Si todo va bien, en la próxima semana, daremos el salario en la columna de Jakin. Parezco un maestro de obras, y eso me recuerda que el sábado tengo que asistir a un nuevo cónclave. No sé si tengo camisas limpias. No tengo tiempo para esas cosas, y a veces tengo que disimular de mil maneras esa falta de tiempo. Quizás debería comprar alguna camisa más. Debo hacerlo. Debo cuidarme y cuidar mi aspecto, siempre desaliñado cuando no tengo nada que aparentar. Sí, compraré una camisa. Debo hacerlo.
Ya queda menos, pero ese menos es lo más difícil. El drenaje, las ventanas, las puertas, el pequeño lavabo, el parking, la entrada. También la calefacción central y las placas solares que aún esperan pacientes para formar parte de la fiesta final, de la celebración, de la culminación. Respiro. Me siento fuerte, muy fuerte, y los vientos que arrecian por todas partes no pueden mover un ápice ante la templanza que siento interiormente. No hay prisa, ya no hay prisa, excepto para ver que la casa ya está segura y no se caerá.
Comemos. Lentejas que se enfrían rápidamente en el plato. Hace frío con las puertas abiertas. Los obreros entran y salen mientras nos ponemos al día. Resolvemos una incidencia en la nueva cocina. Echamos unas risas. Descubrimos una gotera en el tejado nuevo. No logramos ver por dónde entra el agua. Es casi imposible. El agua siempre busca salida. Como las emociones. Necesitan correr de un lado para otro hasta que alguna válvula de escape les quita presión. El agua corre, siempre corre de un lado para otro.
Me marcho a la cabaña. Estoy cansado pero hay mucho trabajo en la editorial y decido quedarme a trabajar a solas. Tengo que escanear las actas del curso pasado. Pido que lo hagan desde la oficina. Empiezo a maquetar, a mirar portadas, a hacer reimpresiones. Gracias a este blog y a la gente que participa generosamente en el mismo con donaciones mensuales puedo reimprimir libros agotados. Hoy tocaba el Manifiesto Comunista y Shamballa la Resplandeciente, ambos agotados. La gente aún sigue leyendo el Manifiesto. A mí me gusta más los escritos de los utópicos, o incluso el Manifiesto de los Iguales, de Babeuf. Ambos nos hablan de un tiempo difícil. Ojalá pudiera editar todos los manifiestos, cada cual con su mensaje histórico. Al releerlos, uno se da cuenta de lo privilegiado que somos.
Veo que también tengo agotados los dos primeros tomos de Tratado sobre los siete rayos. Eso son palabras mayores. Son libros de cientos de páginas y las reimpresiones son caras. Deberé esperar, o deberé incitar a que más personas se suscriban a este modesto blog. Todo sea por apoyar esa tarea espiritual de editar. Unas letras que alimentan a otras. Me gusta escribir, me gusta compartir estas reflexiones. Me desahogan al mismo tiempo que me relajan, y ahora también me ayudan a reimprimir libros. Quizás también para otras cosas, como esa camisa blanca que ya la diviso limpia y pulida en mi pechera. A veces recibo escritos dándome las gracias. Los escritores solemos tener grandes dosis de vanidad y orgullo. Me gustaría ser un escritor anónimo, y ensamblar palabras como los grandes poetas y pensadores. Ahora solo hago lo que puedo, estoy aprendiendo.
Al final descubro que es poco o nada lo que queda en las arcas personales. El prójimo siempre es una prioridad. Es una ley universal que estamos aprendiendo. Intento cuidarme, es cierto. Ya tengo capacidad para pensar en camisas nuevas. Esta mañana desayuné tres veces y suele hacerme algún regalo, como cenar un bocadillo de tortilla en el tren. Eso antes era impensable. Pero ahora descubro que yo también soy prójimo, y requiero cuidados. Todo fluye, y como decían aquellos de la cruz roja, de la antigua cruz roja, todo para ellos, nada para nosotros, todo en nombre de Su Gloria. Es un salmo hermoso, el 115. Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam. Lo tenemos también como lema de nuestra acogida. Es profundo y poderoso.
En el Cuaderno de Experiencia de Tres meses, centrado en la Acogida, lo encabezamos con una bellísima frase: “No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Es una hermosa frase que aparece en Hebreos, 13. Me gustan las frases de los textos antiguos. Tienen algo de poder y verdad.
Es casi medianoche en punto y sé que el mundo angélico es bienvenido y bien acogido en este lugar. Se escucha el viento fuerte. Meiga duerme solapada sobre mi pecho torpedeando mi necesidad de escribir. Los abrazos peludos consuelan siempre esa sensación de soledad que ya ha dejado de doler. Estoy tan cansado que no puedo parar de escribir. Pido disculpas. El agua corre, siempre corre de un lado para otro buscando alguna salida. Hoy dormiré bien. Poco pero bien. El agua corre…
“Hemos nacido el uno para el otro, y estamos seguros de hacer grandes cosas juntos”. Strauss a Hofmannsthal
Chaikovski siempre en su drama cósmico. Mussorgsky, tenebroso y vehemente. Strauss, sin embargo, ilustra su pasión volcánica con los sonidos fogosos de las trompas. Eso nos dice el crítico. Hubo tres momentos de emoción, de comunión entre los maderos con cuerdas, las traveseras, los tambores, los instrumentos a decenas que embriagaban la gran sala del Auditorio Nacional, la sala sinfónica. Ya no recuerdo la última vez que fui a un concierto. Iba con la baronesa, con su chófer y la corte de diplomáticos que se reunían de vez en cuando para disfrutar de acordes y sintonías, de movimientos culturales y pictóricos que el glamour selecciona cuidadosamente. Disfrutaba de aquellas veladas, de igual forma que lo hacía en los arrayanes de la pobreza buceando en los sonidos que la naturaleza provocaba dentro. El sonido es sagrado, pero cuando es acorde con el mundo angélico, se vuelve pura magia. Un concierto es como el grito de un arcángel que se alegra al ver pasar a lo humano con deseos de entender ese enigmático idioma que es la música.
¿Quién puede entender algo tan milagroso? ¿No es un milagro que de la madera de un ébano o un joven abeto puedan surgir esos sonidos? ¿Y qué tienen que decir esos metales que danzan unísonos para expresar la vehemencia del trono celeste? Uno no entiende la música hasta que no se convierte en música. Lo decían sobre el Camino y la Senda, pero sirve de igual manera para la aventura de derretir el alma en las olas sempiternas de la melodía. La vida siempre nos habla en clave de fa, y a partir de ahí, surge lo milagroso.
Todo eso después de un día intenso que empezaba al alba, a eso de las seis, cuando ya a esa hora construía en mi raciocinio imágenes de despertar. Soplaba una sutil brisa que se colaba entre las mantas. Desperté y entendí el frescor. Nada me tapaba excepto el deseo de sentirme seguro y a salvo. Desayuné temprano en familia, con la excelencia de esos anfitriones que te miran con dulzura. Uno se siente en familia cuando te invitan hasta las profundidades de cualquier cocina y tienes la capacidad de abrir cualquier cajón o frigorífico en búsqueda de alimento. Sentí el milagro y la utopía material de ese mundo. Abres un grifo y sale agua. Abres la nevera y está llena de alimentos de mil colores. El calor salía de esos tubos sinfónicos cargados de agua hirviendo. ¿Cómo no podemos verlo? La utopía material existe, y en la ciudad, por más que nos cueste apreciarlo, es una realidad. Gratitud, solo puede uno sentir gratitud por cada pequeño esfuerzo humano que nos ha llevado hasta los albores del paraíso. Gratitud, solo gratitud.
Por ello me sentí agradecido de poder disfrutar de esos placeres tan habituales en el mundo civilizado y tan extraordinarios cuando vives próximo a la naturaleza. La poesía de lo sencillo, de lo cotidiano, lo maravilloso de la vida buena que surge del placer de las cosas más simples. ¡Lástima de no tener tiempo para ver la vida de esa forma dulce a veces, doliente otras, pero siempre magnífica! Lástima de ese tiempo que se va y no es capaz de volvernos humildes y agradecidos, viviendo a veces en las marañas del orgullo ingrato y la insensatez del egoísmo extremo. ¡Ay si pudiéramos ver toda esa riqueza!
Y luego la meditación. No sólo se medita en los bosques, en escondidas y remotas ermitas abandonadas con algún aroma de incienso. También en lugares perdidos de la gran ciudad hay personas, seres, caballeros de la rosa y príncipes del bien que se arrodillan humildemente ante la inmensidad y entran en silencio. «Soy afortunado», me decía mientras cerraba los ojos en compañía de ese hermoso aristócrata que arde entre el aroma de una rosa y bulle de pasión ante la presencia siempre imponente de una cruz perfectamente alineada. Encendimos la luz tibia de la vela, para adentrarnos silentes en lo mistérico. Allí tiembla la voz, allí todo se arremolina entre susurros provenientes de planetas y universos. Allí todo es paz y calma.
Y tras el silencio el trabajo. No daba crédito cuando ordenaba en un portafolios tan virtual como la sutil firmeza de lo etérico, un acontecimiento tan importante como la implantación, diría que cósmica, de una piedra angular. Imaginaba la piedra cúbica, pulida, símbolo de la virtud y la perfección de todo cuanto existe soportando el peso de la gran obra, de la escuela futura. Disfrutaba con esa imagen y sus símbolos, siempre ancestrales, encomendados a la visionaria misión de sellar la puerta donde se halla el mal y abrir para siempre la puerta del bien, de la luz, de la misericordia. Faltan manos, me decía, faltan muchas manos para poder obrar el bien, para entregarnos abiertos a la bondad, a la virtud, al poderoso ciclo de la luz. Faltan manos, me repito una y otra vez.
Corriendo y deprisa por las calles de la gran ciudad llegué puntual a la cita. Comida a tres en la casa de la tejedora de coronas. Amplitud de almas en familia, en comunión. Triada necesaria, símbolo de hermandad y plenitud. Felicidad por estar con esa familia amplia que te abraza el alma y suspira anhelando el mundo bueno. Agradecido por todos los apoyos sufridos, por todas las visiones compartidas, por todas las vidas compartidas, porque no fueron una o dos, fueron cientos, quizás miles, de ahí el reconocimiento abierto, sin filtros, sin fisuras. Y vendrán más, irremediablemente. Y allí estaremos de nuevo, intentando una y otra vez trabajar para el mismo amo, para el mismo señor.
Y luego, antes del viaje de vuelta, el concierto, con la Frankfurt Radio Symphony, con el virtuoso y jovencísimo Fumiaki Miura. Con Mussorgsky, Chaikovski y Strauss. Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa. Gracias caballero por tan inesperado regalo, por tan generosa visión, por tan bello compartir, por tan ingeniosa aventura. Gracias por esas manos generosas y ese necesario paracaídas que no esperaba, pero que se abrió de repente en los cielos, en caída libre.
Carmen me dejó leer el poema “Gracia”, de la hermosa Rosemerry Wahtola Trommer. Había en él belleza, profundidad y anhelo, pero sobre todo, ese interrogante que me hizo comprender el momento en el que me encontraba: “después de todos estos años de caer y caer, ¿cómo apareció el paracaídas?”. Uno siente por dentro que la vida está llena de paracaídas, de salvavidas que nos ayudan en momentos difíciles, cuando la taza se desborda y todo parece perdido. Lo he experimentado con alivio estos años. Hay ángeles de la guarda encarnados, que nos miran con compasión y alivian nuestra pena, nuestro dolor, nuestra soledad, nuestra travesía por el desierto. La vida no deja de ser un verso hermoso capitaneado por anhelos y profundos velos que nos van reconciliando con su misterio. Es una Gracia, es un regalo poder contar con esa mano amiga, constante, persistente. Esos paracaídas que están ahí siempre, esperando poder ayudar.
Cuantas veces las fuerzas del mar bravío nos alejó de nuestros horizontes, y cuantas veces retomamos la barca para remar hacia la orilla gracias al impulso y el aliento de los otros. Ahora más que nunca, se requiere la construcción de nuevas Invencibles, porque la oscuridad y el frío arrecian, y las almas, deseosas de luz y miel, requieren de nuevos y aventureros navegantes. No queda otra que seguir adelante, porque el anhelo no es nuestro, sino de los ángeles, deseosos de encarnar y ayudar, deseosos de renovar el Edén interior y expandirlo para todos.
La poesía siempre es angélica, te aproxima al halo creador de la existencia. El arte en su esplendor es un reflejo de la divinidad de las cosas. Nos acercan al rostro de Dios, del Omnisciente. No podemos comprenderlo, no podemos mirarlo de frente por temor a convertirnos en una zarza ardiente, pero podemos, sutilmente, acercar nuestras sombras a la sombra que desprende cada uno de sus párpados, esos que caen una y otra vez creando mundos.
Faltan paracaídas. Pero están ahí cuando más lo necesitas si has sabido sembrar esperanza. Una corte angélica apoyando causas, ayudando a unos y a otros. Unos dan y otros reciben y el ejemplo se multiplica exponencialmente. Como soles, se van contagiando unos a otros, ayudando de alguna manera, sosteniendo fraternalmente al otro, apoyando cada momento difícil y sosteniendo el trabajo Uno. Así hemos ido saliendo de avatares complejos, bajo el manto del apoyo, tras la oleada de cooperación de unos a otros, siempre generosos, siempre abnegados, siempre en profunda entrega.
Entonces caen todos los velos, como los poemas de Rosemerry y su hermoso blog cargado de poesía. Cien velos que caen una y otra vez para despertar a otra dimensión aún desconocida, omnisciente, imprescindible. Es la Gracia. Aquello que te permite atravesar uno tras otro todos los portales. Aquello que te hace ver la vida desde su resplandor, desde su misteriosa llama viva, desde sus pliegues más increíbles.
Mañana por la noche cogeré de nuevo el tren y abandonaré esta otra realidad. Requiere rigor y talento intentar vivir en dos mundos. El mío, el de la pequeña cabaña en los bosques, con su silencio y su naturaleza en estado puro, y el gran mundo, ese que se teje con la suma de todos los alientos. Y entre ambos, paracaídas que nos salvan. Agradecimiento, compasión, amor. También poesía.
“¿De qué sirven las antorchas, la luz o los anteojos si la gente no quiere ver?” En un grabado de Khunrath.
Mediodía en punto.
No nos hallamos maduros para la verdad. No somos tan sabios, ni tan inteligentes, ni conocemos tanto, nosotros los conocedores. Me di cuenta al llegar puntual a la estación destino a un nuevo viaje. Dejé a los obreros pagados y contentos. Siete días más y las obras continúan. A partir de la semana que viene todo será un reto o un complejo laberinto que deberé resolver con perseverancia y tenacidad. Sólo con eso podré vencer la complejidad de la empresa y la madurez para afrontar la Obra.
Ayer ejercí de Experto en la Gran Asamblea. Son oficios que me dan pereza, pero uno viene a servir, a ser útil, y hace lo que puede. Los trabajos no fueron justos y perfectos, todo hay que decirlo. Hay que destacar que de alguna manera se ha perdido un poco el buen oficio, el artifex, que lo llamaban los antiguos, algo mayor y más profundo a eso de ser un artesano o un artista. Todo se pierde en este marco de tinieblas y confusión.
Lo vivido ayer fue catastrófico desde un punto de vista conservador y tradicional. Se puede decir que la Tradición, lo pongo en mayúsculas, se pierde. El Oficio se pierde, y la esencia de lo que somos se va perdiendo entre máquinas, materialismo y consumismo de cosas, no importa qué tipo de cosas sean. En definitiva, el Ser Humano se pierde en este laberinto, distraído y alejado de su esencia, de aquello que define su naturaleza, del swadharma que decían en la tradición hindú, del verdadero cumplimiento por parte de cada ser de aquello que nace conforme a su propia naturaleza. Lo decía René Guenon en alguna parte, siempre crítico con la deriva que ya en su tiempo observaba, y siempre apelando a la necesidad de que los “burros” soporten y transporten el “tesoro” para preservar el secreto. Lo vivido ayer era un síntoma inequívoco de que la humanidad vive en un declive esencial, o al menos, nuestra sociedad y nuestro modelo contemporáneo. Ahí estábamos, como burros de carga, soportando la levedad del oficio perdido, intentando resguardar de lo profano aquello que por su naturaleza es sagrado.
Lo de ayer fue solo un reflejo de algo, un síntoma, un indicador, como decimos los antropólogos. En ese sentido, estamos viviendo en el Apocalipsis. Lo dicen prestigiosos científicos y estamentos que nos alertan de que estamos a cien segundos para la media noche, o lo que es lo mismo, rozando el fin de la existencia humana tal y como la conocemos. Incluso los Elders, los ancianos del mundo, afirman que estamos en un momento complejo. No sabría qué decir. Todos los habitantes de nuestro país podrían vivir perfectamente confinados en una pequeña provincia. El resto del territorio, casi un noventa por ciento, quedaría vacío. Somos muchos, es cierto, y cada vez más, pero la tierra es inmensa, y sus océanos, y sus cielos, y el Misterio que nos rodea.
Pienso en el tren balanceante en esa necesidad de despertar nuestras habilidades latentes. Observar con perseverancia nuestro estado consciente, nuestra habilidad para estar vivos. No podemos negar que somos una obra maestra que dormita en una penumbra cargada de velos. Si al menos pudiéramos conectar con algún tipo de esencia, con algún tipo de verdad, con eso que nos hace únicos e irrepetibles.
Tras el Oficio decidí mover la realidad y empujarla hacia otra parte. Soy un provocador, y me gusta provocar mundos paralelos, dimensiones cognitivas diferentes, así que, cambiándome de ropa en un bosque oscuro y profundo, me adentré en una línea de tiempo que no estaba a priori registrada. Había en el fondo del ancho horizonte divisado una pequeña luz dentro de una cueva y allí, sentada en reposo, una ermitaña hermosa que tejía realidades. Un armario, un ruido, un gallo sin patas, pero allí estaba el resplandor, la tejedora. Sentí alivio al verla. De alguna manera la soledad se esfumó y también la pesadumbre del fin de los tiempos. Me sentí arropado y acompañado ante el telar de las palabras, pero sobre todo, ante el telar del Verbo y su Misterio.
Compartimos un rato y antes de que sonara alguna campana o de que algún perro ladrara o algún gallo cantara, regresé a mi cabaña. No tenía miedo, no sufría miedo. La realidad había cambiado, pero la esencia, la estirpe y el contenido modélico del Oficio y la Tradición seguían intactos. El fin del mundo no puede con el anhelo. Los pequeños misterios siguen a cubierto para seguir transmitiendo, cueste lo que cueste, el estado primordial, la materia esencial de la Gran Obra que nos acercará poco a poco a los Grandes Misterios Mayores. Hay que restaurar la influencia espiritual que de alguna manera nos indica qué somos realmente. Un proverbio turco dice: «ata primero a tu burro y luego encomiéndalo a Dios». Es algo profundo y urgente.
Tras ese hermoso rato con la tejedora de palabras llegué sano y salvo a casa. Había descubierto un velo. Había modificado la línea de tiempo. Había sanado una parte de la realidad.
Era medianoche en punto.
Tras pasarme la noche limpiando la oficina-apartamento para recibir a su nueva inquilina me levanté temprano, fui al ayuntamiento para pedir nuevos permisos de obras, luego a la oficina de correos para enviar un montón de libros y más tarde me encaminé hasta Lugo para atender algunos requerimientos de Hacienda y dejar en la oficina del Depósito Legal las cuatro unidades reglamentarias de nuestra última novedad editorial, un libro escrito por un danés que habla de comida y mindfulness. Si Samos y su comarca me parecen un paraíso, Lugo me parece una ciudad hermosa, apacible, que invita a vivir. Recorrer sus calles recogidas tras esa imponente muralla romana es entrañable. Si pudiera vivir diez vidas más quizás una de ellas, o parte de la misma, la dedicaría a vivir en una ciudad como esta. Galicia en su conjunto es un país precioso, una tierra digna y bella.
Por eso cuando terminé con todos los trámites y gestiones en la hermosa ciudad me encaminé hasta las Rías Baixas, hasta Moaña, cerca de las islas Cíes y la Ría de Vigo, dónde debía recoger a la nueva inquilina, habitante del “balneario” durante los próximos dos meses. Como me pillaba de camino, vencí mi timidez e hice parada en esa bella aldea que un día me rescató de mi naufragio. Allí viví un tiempo indeterminado, ya ni lo recuerdo, y fui acogido con cariño y complicidad por su única habitante interestelar. Sentí una gran emoción al volver, un año después, a ese lugar entrañable, cálido y tan familiar. La comarca de Ulloa, junto a su río Ulla, es un paraíso auténtico. Me hubiera gustado haber vivido allí más tiempo y contar desde la curiosidad antropológica cómo es la vida en esos lugares tan peculiares y auténticos. Echo de menos a esa pequeña aldea y a su habitante, pero la vida sigue, y su cauce misterioso se une más allá de las fallas y los caudales.
Aparecí así de repente como un fractal. Me dejé caer como una gota del océano infinito. Sincronías de la vida, unos minutos antes, ella me había escrito. Me gustó poder verla y ver que había recuperado su belleza natural tras un tiempo desahuciada de sí misma. Amo a esa mujer incondicionalmente. Amo esa elegancia desapegada y esa aristocracia de espíritu, pero ahora la amo en silencio, de forma desapegada, sin deseo alguno, como se aman las estrellas que en su brillantez diminuta se apagan y se encienden una y otra vez en el espacio infinito. Me alegró estar un ratito con ella y sentir como si el tiempo no hubiera pasado. Justo en estos días hacía un año que andábamos perdidos en los desiertos de Palestina e Israel. ¡Cómo pasa el tiempo!
Tras la corta visita seguí mi ruta hasta Ourense y de allí a las rías de Vigo. Hermoso el paisaje, todo belleza, todo tan verde y exuberante viajando entre la Ribeira Sacra y su río Miño bañando todo el espectro natural. Qué tierra ésta tan llena de magia. Llegué puntual a la cita, con tan solo dos minutos de retraso a pesar de los avatares del viaje. No había comido y estaba cansado, pero tuve tiempo de contemplar lo bello y hermoso del lugar.
Le ayudé a cargar las maletas mientras miraba atónito las vistas desde la orilla de la ría. Nos esperan dos meses de colaboración y espero que sea un trabajo fructífero para los dos. Viajamos juntos y hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Haciendo memoria, solo coincidimos una vez hace algunos meses y tan solo durante tres días. Pero a veces ocurre que las almas se reencuentran, se hablan como si no hubiera pasado el tiempo, y solo necesitan recordar alguna cosa. Ahora me es fácil recordar. La vida real se manifiesta cuando “yo soy”. Solo desde el Ser se puede apreciar belleza en todas partes. Sólo atendiendo los requerimientos del espíritu se puede entender la hermosa presencia de todas las criaturas creadas, de todo el conjunto de energías, emociones y pensamientos que se expanden por la experiencia de la actividad espiritual. Todo es simple, todo es bello, todo es hermoso, aunque en apariencia muchos crean que la propia creación es fruto de un casual accidente.
Cuando el cansancio nos invade, o a veces la desdicha, el infortunio o cualquier avatar que pone a prueba nuestras vidas, tenemos dudas, falta de fe y esperanza, desazón. Tras la triste muerte de Nina, tardé en acostarme. No podía dormir y a las tres de la mañana aún estaba mirando la temperatura exterior e interior. Fuera un estable cero grados. Dentro pasó de quince a diez y de diez a cinco en un par de horas. De vez en cuando miraba por la ventana a las estrellas. Es un privilegio tener la cabeza junto a un gran ventanal por un lado y una claraboya por el otro desde donde divisar con un mínimo alzamiento de mirada todo el cosmos infinito, toda la magnitud de la existencia.
Ayer lo hice durante varias veces y sentí un gran consuelo. Algo tan grande, tan infinito, tan misterioso, tiene que tener alguna razón de ser. Y en esa razón de ser, todo debe darse tejido por algún tipo de inteligencia, algún tipo de gobierno que organice tanta vida y espacio. Miraba cada una de las estrellas del trozo de bóveda celeste que me correspondía por latitud y posición y no podía creer lo que veía ante mí.
De repente sentí una gran paz, una tranquilidad extraña. Recordé que esta semana habíamos terminado por fin el patio, que pudimos afrontar el pago puntual y que, si todo va bien, también lo haremos la próxima. Más allá de eso todo es incógnita. Miré mi pequeña cabaña y sentí alivio por estar aquí, entre árboles que se mecían en el bosque. A mis pies andaba la gata Meiga y una planta capaz de dar flores incluso en invierno un poco a la derecha. Observaba, ante el insomnio, cada detalle, cada rincón, cada espacio visible e invisible. La chimenea, las ventanas, los seres nocturnos. Y ya no había dudas, ya no había crisis de fe, ya no había nada que se le pareciera. Solo la sensación de sentirme afortunado por estar vivo, por poder respirar y poder contemplar todas esas maravillas en ese invernal silencio.
Me desperté en paz, tranquilo. Nos pasamos todo el día limpiando la habitación que deberá ser para minusválidos. Hay que hacer un suelo, abrir una ventana en lo que antes era una cuadra y realizar toda la instalación para poder poner un lavabo completo. Los obreros trabajan rápido y la casa se verá transformada en poco tiempo. También hoy han limpiado toda la finca, desbrozado prados enteros que llevaban años abandonados. Ahora todo parece diferente. Todo cambia, todo es impermanencia.
Marché a la oficina tras un día agotador. Tenía que dejar preparado todo, o al menos un poco ordenado para que mañana puedan habitar este lugar durante unos meses. Necesito ayuda en la editorial y creo que vendrá bien poner orden en todos los compromisos adquiridos. Espero que todo vaya bien. Miro las estrellas, y las dudas desaparecen. Miro las estrellas y contemplo la vida en toda su inmensidad. Estoy vivo, estamos vivos, somos parte del Misterio.
Tuve un sueño bonito. No recuerdo nada pero era bonito, de esos sueños que no deseas que terminen nunca. Sonó el despertador a las siete. Miré la temperatura. Menos tres grados. No recuerdo nada más hasta que a las diez me llamaron para que fuera a calentar algo de agua. Los obreros estaban cuajados de frío y necesitaban algo caliente. Lo último que recuerdo fue el mirar la temperatura. El sueño me atrapó. Desayuné tarde y me marché a atender algunas urgencias de la editorial. Tenía que entregar hoy mismo algún libro a la imprenta. Encendí el fuego. Con frío no se puede trabajar, ni siquiera para teclear el ordenador.
A media mañana sonó el teléfono. Era alguien de Tele5. Querían que participara el sábado en un programa para hablar de algunas cosas. ¿Puedes venir el sábado a Madrid?El sábado no puedo, tengo que jurar el cargo de Gran Segundo Diácono de la provincia de Castilla, pensé para mis adentros. Ella insistía pero no podía explicarle con detalle que jurar un cargo como oficial provincial, abarcando la provincia media España, suponía un deber y una responsabilidad. ¿Quizás el siguiente sábado?Quizás, le dije. El siguiente sábado no tengo ningún compromiso, ni juramentos, ni cargos, ni responsabilidades. ¿Cómo has dicho que se llama el programa? Le pregunté curioso. “Viva la vida”. Desde que me vine a los bosques dejé de atender a los periodistas. Dejé de ir a la tele, a la radio. Hice alguna excepción con algún periódico, pero los focos del glamour desenfocan y me sentía con ganas de abordar lo ilusorio. Últimamente pienso que quizás puedo aportar algo de luz si consigo enfocar el debate o la cuestión, pero guardo mis dudas.
Mientras hablaba con la periodista, de repente escuché un golpe seco en la ventana. Tras la llamada salí fuera. El golpe había sido seco y fuerte, y ante el temor de que con el viento de la borrasca que se aproxima hubiera caído un árbol encima de la cabaña, salí con precaución. No había sido un árbol, había sido un hermoso mirlo que se había estrellado contra la ventana y había muerto. Lo apreté entre mis manos. Puse los dedos en su pecho y le di un masaje cardíaco con la esperanza de que despertara y volviera a volar. Me arrodillé y estuve un rato a su lado pensando que podría obrar algún milagro. Nada. Ya no había vida en ese cuerpo. Solo un conjunto de nada.
Prometí a la periodista enviarle algún libro así que dejé al pájaro, me abrigué y salí hacia el pueblo. Los dos perros salieron a saludarme alegres por verme. Nina y Geo estaban especialmente contentos y radiantes. Hacía frío pero hacía sol. Querían jugar. Los acaricié, les miré con cariño y me marché. Ellos salieron corriendo hasta la puerta. En la curva les perdí la pista. Desde que tuve el accidente voy muy despacio. Miro atento a la carretera para evitar cualquier obstáculo. Concentro la mirada en todo cuanto ocurre para evitar más sustos. La vida nos va en ello. Cualquier descuido, cualquier torpeza, y todo acaba en un segundo como la vida del mirlo estrellado.
Llegué a la oficina sano y salvo. No había mucho hielo en la carretera, solo algo de gravilla que atravesé con suma precaución. Preparé los paquetes para la periodista de Tele5 mientras Carmen, la directora de la oficina, me entregaba algunos. Entre ellos estaba un libro que esperaba desde hacía tiempo: “Al otro lado del mar. Bergamín y la Editorial Séneca”. Una gravilla de fraternales cómplices, exiliados de la guerra, que dedicaron todos sus esfuerzos para crear la Editorial que da nombre a la nuestra. Volví a la oficina y mientras acariciaba el lomo del objeto de deseo, -amo los libros como si fueran hijos-, recibí una llamada de Joan. “Tengo una mala noticia”.
Geo y Nina, entusiasmados, me habían seguido hasta el pueblo. A Geo le encanta bajar al pueblo y codearse de igual a igual con la gente. A veces nos llaman de la gasolinera, o los tenderos o la propia Guardia Civil para advertirnos de que nuestro amigo anda de parranda en los aledaños. Esta vez la aventura tuvo un trágico final. Nina, nuestra querida y hermosa perra recién adoptada había sido atropellada trágicamente por un coche y había muerto en el acto. Joan se la encontró en la cuneta mientras volvía de su rehabilitación. Tuvo un accidente de moto hace unos meses y desde entonces va todos los días a rehabilitación mientras intenta buscar un sentido a su vida. “Nina está muerta”. No me lo podía creer. Hacía diez minutos que había estado con ella, con esa amorosa perrita, con ese ángel peludo.
Me quedé mudo, impasible. Desde que estoy viviendo en plena naturaleza me he acostumbrado a convivir de cerca con la muerte. Aquí comprendes que la vida es una, como dicen los místicos, y que está acompañada siempre de la muerte. Pero la muerte no es ausencia de vida, sino cambio de estado de algo que antes estaba animado y de repente deja de estarlo. Quizás por eso, cuando tuve el accidente y por un segundo pensé que iba a morir abracé ese momento con paz y serenidad. La vida es una, pensé, volveré a un nuevo estado. De la misma forma, con paz y serenidad, recibí la noticia de Nina. En un día había sido testigo de dos muertes. Pensé en las señales, pensé en los avisos, pero no me venía nada. Si no hubiera llamado la periodista no hubiera bajado al pueblo y no hubiera ocurrido la tragedia. Quizás era cuestión de tiempo. Nina siempre salía tras los coches y siempre pensamos que en cualquier momento podría ocurrir una desgracia. Nina, mi querida Nina. Nunca atendiste a nuestras advertencias. Ahora su cuerpo ya no está entre nosotros, su vida abandonó su peludo y hermoso cuerpo. Pero su alma siempre permanecerá aquí. Viva la vida, larga vida al Ser.
Me siento feliz cuando llego a casa. El frío se apodera de todo, pero por dentro arde un volcán de emociones. El calor de la ilusión por ver como todo avanza, por ver como todo mejora y como la obra va transformando el lugar es algo que te hace sentir vivo. No por el hecho en sí, sino por todo lo que ello conlleva, implica y significa.
Acabo de llegar tras un largo día con la sorpresa de que el gran patio está ya casi terminado. No me lo podía creer. Ya tenemos el dinero para afrontar una o dos semanas más y luego seguir buscando bajo las piedras para que la obra se culmine con éxito. Lo vamos a conseguir, cueste lo que cueste. Esta semana la hemos podido pagar gracias al grupo de Teamers que gracias a un euro al mes estamos moviendo montañas. Ya somos 95 y estamos deseosos de pasar la barrera psicológica de los cien. La pedagogía del apoyo mutuo y la cooperación está calando cada vez más. Os invito a que participéis en esta iniciativa que obra milagros:
A las siete de la mañana estaba de pie. Tenía que viajar junto al mar, en A Coruña, para atender la gestión del misterio. Paré a medio camino para ponerme el traje de gala que da solemnidad al momento que tocaba vivir. Prefiero hacerlo lejos del pueblo. Aquí están siempre acostumbrados a verme vestido de forma peculiar, siempre con esos harapos llenos de barro y cemento. No entenderían otra imagen que no fuera esa. No soportarían verme con traje y corbata dando conferencias en distinguidos lugares o codeándome con privilegios de todo tipo.
Para ellos soy el “jefe-hippie” o el cabeza visible de hippielandia. Por eso por dentro siempre sonrío cuando el juicio no deja de ser peculiar y sesgado. La imagen, que siempre es algo culturalmente construido dependiendo de cada visor particular y social, es totalmente un fragmento ridículo de la realidad. Por eso siempre me costó entender a las personas que viven de la imagen, o que construyen una imagen, siempre sesgada, del otro. El maya o la ilusión que eso provoca realmente es un fragmento que nace de la ignorancia, de ver siempre la vida de forma parcelada, y nunca en su dimensión más amplia y profunda. No puedo entender una vida sin espiritualidad, o una espiritualidad sin pensamiento, emociones, energía o materia. En la visión del conjunto está la verdadera magia del misterio en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Por eso es bueno no centrar nuestras vidas solo en los aspectos materiales, o emocionales, o intelectuales, o solo en los aspectos espirituales. La vida es mucho más rica cuando todo eso se integra en una unidad consciente.
Por eso nadie podría, en este contorno donde estoy tan estigmatizado, verme como un doctor en antropología, un editor o un pequeño empresario, un escritor o un filósofo existencial. El sesgo les impide verme de otra manera que no sea la que ellos han construido desde el estigma del extraño. Ese estigma hace el resto. Me daba cuenta cuando hace dos días fui al ayuntamiento a pedir el título de doctor y los permisos de la obra. Siempre esa mirada atenta, medio desconfiada y medio curiosa. Siempre ese matiz que hace peculiares a los extraños, a los forasteros, a los exóticos personajes que venimos de tierras lejanas y hablamos otras lenguas, bebimos de otras culturas o danzamos en otras arenas.
Todas esas cosas pensaba mientras conducía hacia A Coruña. Por suerte, en la mañana, el mallete sonaba fuerte sobre la mesa. No una, sino tres veces, indicando cómo la transmisión de la sabiduría perenne se realiza bajo la magia del sonido donado y bajo la cálida luz de unas velas, simbolizando la necesaria búsqueda de la verdad. Los trabajos fueron justos y perfectos. Fuimos al ágape y volví a casa, previa parada para cambiarme de trajes. Casi me siento un ser camaleónico, capaz de codearse con los más ricos y con los más pobres dependiendo del traje que me ponga. No deja de ser algo divertido y gracioso.
Príncipe por la mañana y mendigo por la tarde, o también viceversa. Y dentro las dos partes como algo real. Siempre me gustó eso de ser peregrino, por aquello de no aferrarse a ningún tipo de creencia. A diferencia de un mendigo, el peregrino siempre va a alguna parte, a un centro espiritual que le motiva a caminar. Eso es lo que a mí personalmente me motiva. Hay un centro por el cual mis pasos en el Camino tienen un sentido claro, una voz, una llamada. Por eso cuando miro a alguien lo veo como otro peregrino, sin juicio, siempre profundizando en la tolerancia y el respeto al diferente. Toda gestión del misterio solo es posible si uno vive instalado en el trono de la dignidad hacia todos los seres sintientes. Esto incluye a humanos y no humanos. Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza. Algún día entenderemos esto en toda su singularidad y la vida gozará en toda su plenitud.