El agua corre, siempre corre de un lado para otro


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© Samuil Velichkov 

Seis de la mañana. Llueve y el agua corre, siempre corre de un lado para otro.
Imposible dormir en toda la noche. Hago como que no me importa, pero el cuerpo se resiente y no encuentra ya posición que valga. Siete de la mañana. Llego a la estación. Está todo oscuro y silencioso. Hace frío y sigue lloviendo. Me quedan cuatro horas de espera antes de poder recoger el coche, así que diviso una cafetería y allí me encierro a trabajar sobre maquetas, portadas, correcciones, ediciones. Pido primero un zumo de naranja. Luego administro el tiempo y solicito una tostada con tomate. A la tercera hora mis ojos empiezan a temblar y me pido un café con leche. Es cuando empiezo a observar atento a los comensales e imagino sus vidas, una tras otra.

Once de la mañana. Recojo el coche. Está reluciente, resucitado, como recién salido de fábrica. Me siento agradecido. Era como ir a comprar un coche nuevo, pero con más de un millón de kilómetros a sus espaldas, con cientos de aventuras e historias de todo tipo. Me alegra haberlo salvado. Hay objetos que tienen poder. Ese coche tiene algo. Es un tótem, un talismán, un fetiche. Doy las gracias a Miguel por el buen trabajo. Me subo en la nave nodriza feliz y contento y vuelvo a la montaña.

Mediodía en punto. Visito la tienda del pueblo y compro algo de comida. Luego paro en la oficina y atiendo los mil frentes. Paquetes, muchos paquetes, por fortuna. Uno de ellos, valorado en un salario mínimo con decenas de libros azules se pierde por el camino. Siento cierto disgusto. Enviar paquetes a Latinoamérica es toda una odisea. La pérdida es irrecuperable. Gajes del oficio, me consuelo intentando darme ánimos. A veces lo que ganas por un lado se pierde por otro. Así es la vida, como un continuo trasvase. Me hago fuerte y miro de frente. Habrá que reeditar algunos libros, esos eran los últimos. Casi no me queda tiempo para lamentaciones.

Aún así, me alegro por dentro cada vez que un libro sale de viaje hacia un nuevo hogar. Es como desprenderse de un hijo, de un trozo de vida. La labor de editor es muy hermosa. No sabría decir cuántos miles de libros se habrán lanzado al océano de la conquista en esta última difícil década, en ese ancho mar del compartir, de lo íntimo. Editar es una labor espiritual de primer orden. Aporta luz, arroja poesía al mundo, valores, encuentros, conocimiento, sabiduría, también placer y acompañamiento, ilusión y amistad. Editar es ser un puente. Un transmisor de lo perenne.

Sin tiempo, subo al bosque, me reclaman allá arriba. Un obrero pide trabajo, solicita que le ayude. Son las dos, no he comido, pero cargo mil cosas para despejar una de las nuevas habitaciones que han de recibir el nuevo suelo. Me da una rampa en el pie. Tengo que parar. Me doy un masaje. Es el cansancio. Ese tren es demoledor. Pero me levanto y continuo. La obra no puede parar. Podremos pagar por suerte esta semana a los obreros. Lo haremos en la columna Boaz, donde los aprendices reciben su salario. Si todo va bien, en la próxima semana, daremos el salario en la columna de Jakin. Parezco un maestro de obras, y eso me recuerda que el sábado tengo que asistir a un nuevo cónclave. No sé si tengo camisas limpias. No tengo tiempo para esas cosas, y a veces tengo que disimular de mil maneras esa falta de tiempo. Quizás debería comprar alguna camisa más. Debo hacerlo. Debo cuidarme y cuidar mi aspecto, siempre desaliñado cuando no tengo nada que aparentar. Sí, compraré una camisa. Debo hacerlo.

Ya queda menos, pero ese menos es lo más difícil. El drenaje, las ventanas, las puertas, el pequeño lavabo, el parking, la entrada. También la calefacción central y las placas solares que aún esperan pacientes para formar parte de la fiesta final, de la celebración, de la culminación. Respiro. Me siento fuerte, muy fuerte, y los vientos que arrecian por todas partes no pueden mover un ápice ante la templanza que siento interiormente. No hay prisa, ya no hay prisa, excepto para ver que la casa ya está segura y no se caerá.

Comemos. Lentejas que se enfrían rápidamente en el plato. Hace frío con las puertas abiertas. Los obreros entran y salen mientras nos ponemos al día. Resolvemos una incidencia en la nueva cocina. Echamos unas risas. Descubrimos una gotera en el tejado nuevo. No logramos ver por dónde entra el agua. Es casi imposible. El agua siempre busca salida. Como las emociones. Necesitan correr de un lado para otro hasta que alguna válvula de escape les quita presión. El agua corre, siempre corre de un lado para otro.

Me marcho a la cabaña. Estoy cansado pero hay mucho trabajo en la editorial y decido quedarme a trabajar a solas. Tengo que escanear las actas del curso pasado. Pido que lo hagan desde la oficina. Empiezo a maquetar, a mirar portadas, a hacer reimpresiones. Gracias a este blog y a la gente que participa generosamente en el mismo con donaciones mensuales puedo reimprimir libros agotados. Hoy tocaba el Manifiesto Comunista y Shamballa la Resplandeciente, ambos agotados. La gente aún sigue leyendo el Manifiesto. A mí me gusta más los escritos de los utópicos, o incluso el Manifiesto de los Iguales, de Babeuf. Ambos nos hablan de un tiempo difícil. Ojalá pudiera editar todos los manifiestos, cada cual con su mensaje histórico. Al releerlos, uno se da cuenta de lo privilegiado que somos.

Veo que también tengo agotados los dos primeros tomos de Tratado sobre los siete rayos. Eso son palabras mayores. Son libros de cientos de páginas y las reimpresiones son caras. Deberé esperar, o deberé incitar a que más personas se suscriban a este modesto blog. Todo sea por apoyar esa tarea espiritual de editar. Unas letras que alimentan a otras. Me gusta escribir, me gusta compartir estas reflexiones. Me desahogan al mismo tiempo que me relajan, y ahora también me ayudan a reimprimir libros. Quizás también para otras cosas, como esa camisa blanca que ya la diviso limpia y pulida en mi pechera. A veces recibo escritos dándome las gracias. Los escritores solemos tener grandes dosis de vanidad y orgullo. Me gustaría ser un escritor anónimo, y ensamblar palabras como los grandes poetas y pensadores. Ahora solo hago lo que puedo, estoy aprendiendo.

Al final descubro que es poco o nada lo que queda en las arcas personales. El prójimo siempre es una prioridad. Es una ley universal que estamos aprendiendo. Intento cuidarme, es cierto. Ya tengo capacidad para pensar en camisas nuevas. Esta mañana desayuné tres veces y suele hacerme algún regalo, como cenar un bocadillo de tortilla en el tren. Eso antes era impensable. Pero ahora descubro que yo también soy prójimo, y requiero cuidados. Todo fluye, y como decían aquellos de la cruz roja, de la antigua cruz roja, todo para ellos, nada para nosotros, todo en nombre de Su Gloria. Es un salmo hermoso, el 115. Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam. Lo tenemos también como lema de nuestra acogida. Es profundo y poderoso.

En el Cuaderno de Experiencia de Tres meses, centrado en la Acogida, lo encabezamos con una bellísima frase: “No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Es una hermosa frase que aparece en Hebreos, 13. Me gustan las frases de los textos antiguos. Tienen algo de poder y verdad.

Es casi medianoche en punto y sé que el mundo angélico es bienvenido y bien acogido en este lugar. Se escucha el viento fuerte. Meiga duerme solapada sobre mi pecho torpedeando mi necesidad de escribir. Los abrazos peludos consuelan siempre esa sensación de soledad que ya ha dejado de doler. Estoy tan cansado que no puedo parar de escribir. Pido disculpas. El agua corre, siempre corre de un lado para otro buscando alguna salida. Hoy dormiré bien. Poco pero bien. El agua corre…

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Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa


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© Loscar Numael

“Hemos nacido el uno para el otro, y estamos seguros de hacer grandes cosas juntos”. Strauss a Hofmannsthal

Chaikovski siempre en su drama cósmico. Mussorgsky, tenebroso y vehemente. Strauss, sin embargo, ilustra su pasión volcánica con los sonidos fogosos de las trompas. Eso nos dice el crítico. Hubo tres momentos de emoción, de comunión entre los maderos con cuerdas, las traveseras, los tambores, los instrumentos a decenas que embriagaban la gran sala del Auditorio Nacional, la sala sinfónica. Ya no recuerdo la última vez que fui a un concierto. Iba con la baronesa, con su chófer y la corte de diplomáticos que se reunían de vez en cuando para disfrutar de acordes y sintonías, de movimientos culturales y pictóricos que el glamour selecciona cuidadosamente. Disfrutaba de aquellas veladas, de igual forma que lo hacía en los arrayanes de la pobreza buceando en los sonidos que la naturaleza provocaba dentro. El sonido es sagrado, pero cuando es acorde con el mundo angélico, se vuelve pura magia. Un concierto es como el grito de un arcángel que se alegra al ver pasar a lo humano con deseos de entender ese enigmático idioma que es la música.

¿Quién puede entender algo tan milagroso? ¿No es un milagro que de la madera de un ébano o un joven abeto puedan surgir esos sonidos? ¿Y qué tienen que decir esos metales que danzan unísonos para expresar la vehemencia del trono celeste? Uno no entiende la música hasta que no se convierte en música. Lo decían sobre el Camino y la Senda, pero sirve de igual manera para la aventura de derretir el alma en las olas sempiternas de la melodía. La vida siempre nos habla en clave de fa, y a partir de ahí, surge lo milagroso.

Todo eso después de un día intenso que empezaba al alba, a eso de las seis, cuando ya a esa hora construía en mi raciocinio imágenes de despertar. Soplaba una sutil brisa que se colaba entre las mantas. Desperté y entendí el frescor. Nada me tapaba excepto el deseo de sentirme seguro y a salvo. Desayuné temprano en familia, con la excelencia de esos anfitriones que te miran con dulzura. Uno se siente en familia cuando te invitan hasta las profundidades de cualquier cocina y tienes la capacidad de abrir cualquier cajón o frigorífico en búsqueda de alimento. Sentí el milagro y la utopía material de ese mundo. Abres un grifo y sale agua. Abres la nevera y está llena de alimentos de mil colores. El calor salía de esos tubos sinfónicos cargados de agua hirviendo. ¿Cómo no podemos verlo? La utopía material existe, y en la ciudad, por más que nos cueste apreciarlo, es una realidad. Gratitud, solo puede uno sentir gratitud por cada pequeño esfuerzo humano que nos ha llevado hasta los albores del paraíso. Gratitud, solo gratitud.

Por ello me sentí agradecido de poder disfrutar de esos placeres tan habituales en el mundo civilizado y tan extraordinarios cuando vives próximo a la naturaleza. La poesía de lo sencillo, de lo cotidiano, lo maravilloso de la vida buena que surge del placer de las cosas más simples. ¡Lástima de no tener tiempo para ver la vida de esa forma dulce a veces, doliente otras, pero siempre magnífica! Lástima de ese tiempo que se va y no es capaz de volvernos humildes y agradecidos, viviendo a veces en las marañas del orgullo ingrato y la insensatez del egoísmo extremo. ¡Ay si pudiéramos ver toda esa riqueza!

Y luego la meditación. No sólo se medita en los bosques, en escondidas y remotas ermitas abandonadas con algún aroma de incienso. También en lugares perdidos de la gran ciudad hay personas, seres, caballeros de la rosa y príncipes del bien que se arrodillan humildemente ante la inmensidad y entran en silencio. «Soy afortunado», me decía mientras cerraba los ojos en compañía de ese hermoso aristócrata que arde entre el aroma de una rosa y bulle de pasión ante la presencia siempre imponente de una cruz perfectamente alineada. Encendimos la luz tibia de la vela, para adentrarnos silentes en lo mistérico. Allí tiembla la voz, allí todo se arremolina entre susurros provenientes de planetas y universos. Allí todo es paz y calma.

Y tras el silencio el trabajo. No daba crédito cuando ordenaba en un portafolios tan virtual como la sutil firmeza de lo etérico, un acontecimiento tan importante como la implantación, diría que cósmica, de una piedra angular. Imaginaba la piedra cúbica, pulida, símbolo de la virtud y la perfección de todo cuanto existe soportando el peso de la gran obra, de la escuela futura. Disfrutaba con esa imagen y sus símbolos, siempre ancestrales, encomendados a la visionaria misión de sellar la puerta donde se halla el mal y abrir para siempre la puerta del bien, de la luz, de la misericordia. Faltan manos, me decía, faltan muchas manos para poder obrar el bien, para entregarnos abiertos a la bondad, a la virtud, al poderoso ciclo de la luz. Faltan manos, me repito una y otra vez.

Corriendo y deprisa por las calles de la gran ciudad llegué puntual a la cita. Comida a tres en la casa de la tejedora de coronas. Amplitud de almas en familia, en comunión. Triada necesaria, símbolo de hermandad y plenitud. Felicidad por estar con esa familia amplia que te abraza el alma y suspira anhelando el mundo bueno. Agradecido por todos los apoyos sufridos, por todas las visiones compartidas, por todas las vidas compartidas, porque no fueron una o dos, fueron cientos, quizás miles, de ahí el reconocimiento abierto, sin filtros, sin fisuras. Y vendrán más, irremediablemente. Y allí estaremos de nuevo, intentando una y otra vez trabajar para el mismo amo, para el mismo señor.

Y luego, antes del viaje de vuelta, el concierto, con la Frankfurt Radio Symphony, con el virtuoso y jovencísimo Fumiaki Miura. Con Mussorgsky, Chaikovski y Strauss. Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa. Gracias caballero por tan inesperado regalo, por tan generosa visión, por tan bello compartir, por tan ingeniosa aventura. Gracias por esas manos generosas y ese necesario paracaídas que no esperaba, pero que se abrió de repente en los cielos, en caída libre.

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Cien velos que caen


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© Alberto Espinosa 

 

Carmen me dejó leer el poema “Gracia”, de la hermosa Rosemerry Wahtola Trommer. Había en él belleza, profundidad y anhelo, pero sobre todo, ese interrogante que me hizo comprender el momento en el que me encontraba: “después de todos estos años de caer y caer, ¿cómo apareció el paracaídas?”. Uno siente por dentro que la vida está llena de paracaídas, de salvavidas que nos ayudan en momentos difíciles, cuando la taza se desborda y todo parece perdido. Lo he experimentado con alivio estos años. Hay ángeles de la guarda encarnados, que nos miran con compasión y alivian nuestra pena, nuestro dolor, nuestra soledad, nuestra travesía por el desierto. La vida no deja de ser un verso hermoso capitaneado por anhelos y profundos velos que nos van reconciliando con su misterio. Es una Gracia, es un regalo poder contar con esa mano amiga, constante, persistente. Esos paracaídas que están ahí siempre, esperando poder ayudar.

Cuantas veces las fuerzas del mar bravío nos alejó de nuestros horizontes, y cuantas veces retomamos la barca para remar hacia la orilla gracias al impulso y el aliento de los otros. Ahora más que nunca, se requiere la construcción de nuevas Invencibles, porque la oscuridad y el frío arrecian, y las almas, deseosas de luz y miel, requieren de nuevos y aventureros navegantes. No queda otra que seguir adelante, porque el anhelo no es nuestro, sino de los ángeles, deseosos de encarnar y ayudar, deseosos de renovar el Edén interior y expandirlo para todos.

La poesía siempre es angélica, te aproxima al halo creador de la existencia. El arte en su esplendor es un reflejo de la divinidad de las cosas. Nos acercan al rostro de Dios, del Omnisciente. No podemos comprenderlo, no podemos mirarlo de frente por temor a convertirnos en una zarza ardiente, pero podemos, sutilmente, acercar nuestras sombras a la sombra que desprende cada uno de sus párpados, esos que caen una y otra vez creando mundos.

Faltan paracaídas. Pero están ahí cuando más lo necesitas si has sabido sembrar esperanza. Una corte angélica apoyando causas, ayudando a unos y a otros. Unos dan y otros reciben y el ejemplo se multiplica exponencialmente. Como soles, se van contagiando unos a otros, ayudando de alguna manera, sosteniendo fraternalmente al otro, apoyando cada momento difícil y sosteniendo el trabajo Uno. Así hemos ido saliendo de avatares complejos, bajo el manto del apoyo, tras la oleada de cooperación de unos a otros, siempre generosos, siempre abnegados, siempre en profunda entrega.

Entonces caen todos los velos, como los poemas de Rosemerry y su hermoso blog cargado de poesía. Cien velos que caen una y otra vez para despertar a otra dimensión aún desconocida, omnisciente, imprescindible. Es la Gracia. Aquello que te permite atravesar uno tras otro todos los portales. Aquello que te hace ver la vida desde su resplandor, desde su misteriosa llama viva, desde sus pliegues más increíbles.

Mañana por la noche cogeré de nuevo el tren y abandonaré esta otra realidad. Requiere rigor y talento intentar vivir en dos mundos. El mío, el de la pequeña cabaña en los bosques, con su silencio y su naturaleza en estado puro, y el gran mundo, ese que se teje con la suma de todos los alientos. Y entre ambos, paracaídas que nos salvan. Agradecimiento, compasión, amor. También poesía.

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El reloj del fin del mundo


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© Sergey Novozhilov

“¿De qué sirven las antorchas, la luz o los anteojos si la gente no quiere ver?”                    En un grabado de Khunrath.

Mediodía en punto.
No nos hallamos maduros para la verdad. No somos tan sabios, ni tan inteligentes, ni conocemos tanto, nosotros los conocedores. Me di cuenta al llegar puntual a la estación destino a un nuevo viaje. Dejé a los obreros pagados y contentos. Siete días más y las obras continúan. A partir de la semana que viene todo será un reto o un complejo laberinto que deberé resolver con perseverancia y tenacidad. Sólo con eso podré vencer la complejidad de la empresa y la madurez para afrontar la Obra.

Ayer ejercí de Experto en la Gran Asamblea. Son oficios que me dan pereza, pero uno viene a servir, a ser útil, y hace lo que puede. Los trabajos no fueron justos y perfectos, todo hay que decirlo. Hay que destacar que de alguna manera se ha perdido un poco el buen oficio, el artifex, que lo llamaban los antiguos, algo mayor y más profundo a eso de ser un artesano o un artista. Todo se pierde en este marco de tinieblas y confusión.

Lo vivido ayer fue catastrófico desde un punto de vista conservador y tradicional. Se puede decir que la Tradición, lo pongo en mayúsculas, se pierde. El Oficio se pierde, y la esencia de lo que somos se va perdiendo entre máquinas, materialismo y consumismo de cosas, no importa qué tipo de cosas sean. En definitiva, el Ser Humano se pierde en este laberinto, distraído y alejado de su esencia, de aquello que define su naturaleza, del swadharma que decían en la tradición hindú, del verdadero cumplimiento por parte de cada ser de aquello que nace conforme a su propia naturaleza. Lo decía René Guenon en alguna parte, siempre crítico con la deriva que ya en su tiempo observaba, y siempre apelando a la necesidad de que los “burros” soporten y transporten el “tesoro” para preservar el secreto. Lo vivido ayer era un síntoma inequívoco de que la humanidad vive en un declive esencial, o al menos, nuestra sociedad y nuestro modelo contemporáneo. Ahí estábamos, como burros de carga, soportando la levedad del oficio perdido, intentando resguardar de lo profano aquello que por su naturaleza es sagrado.

Lo de ayer fue solo un reflejo de algo, un síntoma, un indicador, como decimos los antropólogos. En ese sentido, estamos viviendo en el Apocalipsis. Lo dicen prestigiosos científicos y estamentos que nos alertan de que estamos a cien segundos para la media noche, o lo que es lo mismo, rozando el fin de la existencia humana tal y como la conocemos. Incluso los Elders, los ancianos del mundo, afirman que estamos en un momento complejo. No sabría qué decir. Todos los habitantes de nuestro país podrían vivir perfectamente confinados en una pequeña provincia. El resto del territorio, casi un noventa por ciento, quedaría vacío. Somos muchos, es cierto, y cada vez más, pero la tierra es inmensa, y sus océanos, y sus cielos, y el Misterio que nos rodea.

Pienso en el tren balanceante en esa necesidad de despertar nuestras habilidades latentes. Observar con perseverancia nuestro estado consciente, nuestra habilidad para estar vivos. No podemos negar que somos una obra maestra que dormita en una penumbra cargada de velos. Si al menos pudiéramos conectar con algún tipo de esencia, con algún tipo de verdad, con eso que nos hace únicos e irrepetibles.

Tras el Oficio decidí mover la realidad y empujarla hacia otra parte. Soy un provocador, y me gusta provocar mundos paralelos, dimensiones cognitivas diferentes, así que, cambiándome de ropa en un bosque oscuro y profundo, me adentré en una línea de tiempo que no estaba a priori registrada. Había en el fondo del ancho horizonte divisado una pequeña luz dentro de una cueva y allí, sentada en reposo, una ermitaña hermosa que tejía realidades. Un armario, un ruido, un gallo sin patas, pero allí estaba el resplandor, la tejedora. Sentí alivio al verla. De alguna manera la soledad se esfumó y también la pesadumbre del fin de los tiempos. Me sentí arropado y acompañado ante el telar de las palabras, pero sobre todo, ante el telar del Verbo y su Misterio.

Compartimos un rato y antes de que sonara alguna campana o de que algún perro ladrara o algún gallo cantara, regresé a mi cabaña. No tenía miedo, no sufría miedo. La realidad había cambiado, pero la esencia, la estirpe y el contenido modélico del Oficio y la Tradición seguían intactos. El fin del mundo no puede con el anhelo. Los pequeños misterios siguen a cubierto para seguir transmitiendo, cueste lo que cueste, el estado primordial, la materia esencial de la Gran Obra que nos acercará poco a poco a los Grandes Misterios Mayores. Hay que restaurar la influencia espiritual que de alguna manera nos indica qué somos realmente. Un proverbio turco dice: «ata primero a tu burro y luego encomiéndalo a Dios». Es algo profundo y urgente.

Tras ese hermoso rato con la tejedora de palabras llegué sano y salvo a casa. Había descubierto un velo. Había modificado la línea de tiempo. Había sanado una parte de la realidad.
Era medianoche en punto.

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La belleza por todas partes


 

a
© Michael Schlegel

Tras pasarme la noche limpiando la oficina-apartamento para recibir a su nueva inquilina me levanté temprano, fui al ayuntamiento para pedir nuevos permisos de obras, luego a la oficina de correos para enviar un montón de libros y más tarde me encaminé hasta Lugo para atender algunos requerimientos de Hacienda y dejar en la oficina del Depósito Legal las cuatro unidades reglamentarias de nuestra última novedad editorial, un libro escrito por un danés que habla de comida y mindfulness. Si Samos y su comarca me parecen un paraíso, Lugo me parece una ciudad hermosa, apacible, que invita a vivir. Recorrer sus calles recogidas tras esa imponente muralla romana es entrañable. Si pudiera vivir diez vidas más quizás una de ellas, o parte de la misma, la dedicaría a vivir en una ciudad como esta. Galicia en su conjunto es un país precioso, una tierra digna y bella.

Por eso cuando terminé con todos los trámites y gestiones en la hermosa ciudad me encaminé hasta las Rías Baixas, hasta Moaña, cerca de las islas Cíes y la Ría de Vigo, dónde debía recoger a la nueva inquilina, habitante del “balneario” durante los próximos dos meses. Como me pillaba de camino, vencí mi timidez e hice parada en esa bella aldea que un día me rescató de mi naufragio. Allí viví un tiempo indeterminado, ya ni lo recuerdo, y fui acogido con cariño y complicidad por su única habitante interestelar. Sentí una gran emoción al volver, un año después, a ese lugar entrañable, cálido y tan familiar. La comarca de Ulloa, junto a su río Ulla, es un paraíso auténtico. Me hubiera gustado haber vivido allí más tiempo y contar desde la curiosidad antropológica cómo es la vida en esos lugares tan peculiares y auténticos. Echo de menos a esa pequeña aldea y a su habitante, pero la vida sigue, y su cauce misterioso se une más allá de las fallas y los caudales.

Aparecí así de repente como un fractal. Me dejé caer como una gota del océano infinito. Sincronías de la vida, unos minutos antes, ella me había escrito. Me gustó poder verla y ver que había recuperado su belleza natural tras un tiempo desahuciada de sí misma. Amo a esa mujer incondicionalmente. Amo esa elegancia desapegada y esa aristocracia de espíritu, pero ahora la amo en silencio, de forma desapegada, sin deseo alguno, como se aman las estrellas que en su brillantez diminuta se apagan y se encienden una y otra vez en el espacio infinito. Me alegró estar un ratito con ella y sentir como si el tiempo no hubiera pasado. Justo en estos días hacía un año que andábamos perdidos en los desiertos de Palestina e Israel. ¡Cómo pasa el tiempo!

Tras la corta visita seguí mi ruta hasta Ourense y de allí a las rías de Vigo. Hermoso el paisaje, todo belleza, todo tan verde y exuberante viajando entre la Ribeira Sacra y su río Miño bañando todo el espectro natural. Qué tierra ésta tan llena de magia. Llegué puntual a la cita, con tan solo dos minutos de retraso a pesar de los avatares del viaje. No había comido y estaba cansado, pero tuve tiempo de contemplar lo bello y hermoso del lugar.

Le ayudé a cargar las maletas mientras miraba atónito las vistas desde la orilla de la ría. Nos esperan dos meses de colaboración y espero que sea un trabajo fructífero para los dos. Viajamos juntos y hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Haciendo memoria, solo coincidimos una vez hace algunos meses y tan solo durante tres días. Pero a veces ocurre que las almas se reencuentran, se hablan como si no hubiera pasado el tiempo, y solo necesitan recordar alguna cosa. Ahora me es fácil recordar. La vida real se manifiesta cuando “yo soy”. Solo desde el Ser se puede apreciar belleza en todas partes. Sólo atendiendo los requerimientos del espíritu se puede entender la hermosa presencia de todas las criaturas creadas, de todo el conjunto de energías, emociones y pensamientos que se expanden por la experiencia de la actividad espiritual. Todo es simple, todo es bello, todo es hermoso, aunque en apariencia muchos crean que la propia creación es fruto de un casual accidente.

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Si tienes dudas, mira las estrellas


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© 521Gemini 

Cuando el cansancio nos invade, o a veces la desdicha, el infortunio o cualquier avatar que pone a prueba nuestras vidas, tenemos dudas, falta de fe y esperanza, desazón. Tras la triste muerte de Nina, tardé en acostarme. No podía dormir y a las tres de la mañana aún estaba mirando la temperatura exterior e interior. Fuera un estable cero grados. Dentro pasó de quince a diez y de diez a cinco en un par de horas. De vez en cuando miraba por la ventana a las estrellas. Es un privilegio tener la cabeza junto a un gran ventanal por un lado y una claraboya por el otro desde donde divisar con un mínimo alzamiento de mirada todo el cosmos infinito, toda la magnitud de la existencia.

Ayer lo hice durante varias veces y sentí un gran consuelo. Algo tan grande, tan infinito, tan misterioso, tiene que tener alguna razón de ser. Y en esa razón de ser, todo debe darse tejido por algún tipo de inteligencia, algún tipo de gobierno que organice tanta vida y espacio. Miraba cada una de las estrellas del trozo de bóveda celeste que me correspondía por latitud y posición y no podía creer lo que veía ante mí.

De repente sentí una gran paz, una tranquilidad extraña. Recordé que esta semana habíamos terminado por fin el patio, que pudimos afrontar el pago puntual y que, si todo va bien, también lo haremos la próxima. Más allá de eso todo es incógnita. Miré mi pequeña cabaña y sentí alivio por estar aquí, entre árboles que se mecían en el bosque. A mis pies andaba la gata Meiga y una planta capaz de dar flores incluso en invierno un poco a la derecha. Observaba, ante el insomnio, cada detalle, cada rincón, cada espacio visible e invisible. La chimenea, las ventanas, los seres nocturnos. Y ya no había dudas, ya no había crisis de fe, ya no había nada que se le pareciera. Solo la sensación de sentirme afortunado por estar vivo, por poder respirar y poder contemplar todas esas maravillas en ese invernal silencio.

Me desperté en paz, tranquilo. Nos pasamos todo el día limpiando la habitación que deberá ser para minusválidos. Hay que hacer un suelo, abrir una ventana en lo que antes era una cuadra y realizar toda la instalación para poder poner un lavabo completo. Los obreros trabajan rápido y la casa se verá transformada en poco tiempo. También hoy han limpiado toda la finca, desbrozado prados enteros que llevaban años abandonados. Ahora todo parece diferente. Todo cambia, todo es impermanencia.

Marché a la oficina tras un día agotador. Tenía que dejar preparado todo, o al menos un poco ordenado para que mañana puedan habitar este lugar durante unos meses. Necesito ayuda en la editorial y creo que vendrá bien poner orden en todos los compromisos adquiridos. Espero que todo vaya bien. Miro las estrellas, y las dudas desaparecen. Miro las estrellas y contemplo la vida en toda su inmensidad. Estoy vivo, estamos vivos, somos parte del Misterio.

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Viva la vida


 

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Nina, in memorian… 

Tuve un sueño bonito. No recuerdo nada pero era bonito, de esos sueños que no deseas que terminen nunca. Sonó el despertador a las siete. Miré la temperatura. Menos tres grados. No recuerdo nada más hasta que a las diez me llamaron para que fuera a calentar algo de agua. Los obreros estaban cuajados de frío y necesitaban algo caliente. Lo último que recuerdo fue el mirar la temperatura. El sueño me atrapó. Desayuné tarde y me marché a atender algunas urgencias de la editorial. Tenía que entregar hoy mismo algún libro a la imprenta. Encendí el fuego. Con frío no se puede trabajar, ni siquiera para teclear el ordenador.

A media mañana sonó el teléfono. Era alguien de Tele5. Querían que participara el sábado en un programa para hablar de algunas cosas. ¿Puedes venir el sábado a Madrid? El sábado no puedo, tengo que jurar el cargo de Gran Segundo Diácono de la provincia de Castilla, pensé para mis adentros. Ella insistía pero no podía explicarle con detalle que jurar un cargo como oficial provincial, abarcando la provincia media España, suponía un deber y una responsabilidad. ¿Quizás el siguiente sábado? Quizás, le dije. El siguiente sábado no tengo ningún compromiso, ni juramentos, ni cargos, ni responsabilidades. ¿Cómo has dicho que se llama el programa? Le pregunté curioso. “Viva la vida”. Desde que me vine a los bosques dejé de atender a los periodistas. Dejé de ir a la tele, a la radio. Hice alguna excepción con algún periódico, pero los focos del glamour desenfocan y me sentía con ganas de abordar lo ilusorio. Últimamente pienso que quizás puedo aportar algo de luz si consigo enfocar el debate o la cuestión, pero guardo mis dudas.

Mientras hablaba con la periodista, de repente escuché un golpe seco en la ventana. Tras la llamada salí fuera. El golpe había sido seco y fuerte, y ante el temor de que con el viento de la borrasca que se aproxima hubiera caído un árbol encima de la cabaña, salí con precaución. No había sido un árbol, había sido un hermoso mirlo que se había estrellado contra la ventana y había muerto. Lo apreté entre mis manos. Puse los dedos en su pecho y le di un masaje cardíaco con la esperanza de que despertara y volviera a volar. Me arrodillé y estuve un rato a su lado pensando que podría obrar algún milagro. Nada. Ya no había vida en ese cuerpo. Solo un conjunto de nada.

Prometí a la periodista enviarle algún libro así que dejé al pájaro, me abrigué y salí hacia el pueblo. Los dos perros salieron a saludarme alegres por verme. Nina y Geo estaban especialmente contentos y radiantes. Hacía frío pero hacía sol. Querían jugar. Los acaricié, les miré con cariño y me marché. Ellos salieron corriendo hasta la puerta. En la curva les perdí la pista. Desde que tuve el accidente voy muy despacio. Miro atento a la carretera para evitar cualquier obstáculo. Concentro la mirada en todo cuanto ocurre para evitar más sustos. La vida nos va en ello. Cualquier descuido, cualquier torpeza, y todo acaba en un segundo como la vida del mirlo estrellado.

Llegué a la oficina sano y salvo. No había mucho hielo en la carretera, solo algo de gravilla que atravesé con suma precaución. Preparé los paquetes para la periodista de Tele5 mientras Carmen, la directora de la oficina, me entregaba algunos. Entre ellos estaba un libro que esperaba desde hacía tiempo: “Al otro lado del mar. Bergamín y la Editorial Séneca”. Una gravilla de fraternales cómplices, exiliados de la guerra, que dedicaron todos sus esfuerzos para crear la Editorial que da nombre a la nuestra. Volví a la oficina y mientras acariciaba el lomo del objeto de deseo, -amo los libros como si fueran hijos-, recibí una llamada de Joan. “Tengo una mala noticia”.

Geo y Nina, entusiasmados, me habían seguido hasta el pueblo. A Geo le encanta bajar al pueblo y codearse de igual a igual con la gente. A veces nos llaman de la gasolinera, o los tenderos o la propia Guardia Civil para advertirnos de que nuestro amigo anda de parranda en los aledaños. Esta vez la aventura tuvo un trágico final. Nina, nuestra querida y hermosa perra recién adoptada había sido atropellada trágicamente por un coche y había muerto en el acto. Joan se la encontró en la cuneta mientras volvía de su rehabilitación. Tuvo un accidente de moto hace unos meses y desde entonces va todos los días a rehabilitación mientras intenta buscar un sentido a su vida. “Nina está muerta”. No me lo podía creer. Hacía diez minutos que había estado con ella, con esa amorosa perrita, con ese ángel peludo.

Me quedé mudo, impasible. Desde que estoy viviendo en plena naturaleza me he acostumbrado a convivir de cerca con la muerte. Aquí comprendes que la vida es una, como dicen los místicos, y que está acompañada siempre de la muerte. Pero la muerte no es ausencia de vida, sino cambio de estado de algo que antes estaba animado y de repente deja de estarlo. Quizás por eso, cuando tuve el accidente y por un segundo pensé que iba a morir abracé ese momento con paz y serenidad. La vida es una, pensé, volveré a un nuevo estado. De la misma forma, con paz y serenidad, recibí la noticia de Nina. En un día había sido testigo de dos muertes. Pensé en las señales, pensé en los avisos, pero no me venía nada. Si no hubiera llamado la periodista no hubiera bajado al pueblo y no hubiera ocurrido la tragedia. Quizás era cuestión de tiempo. Nina siempre salía tras los coches y siempre pensamos que en cualquier momento podría ocurrir una desgracia. Nina, mi querida Nina. Nunca atendiste a nuestras advertencias. Ahora su cuerpo ya no está entre nosotros, su vida abandonó su peludo y hermoso cuerpo. Pero su alma siempre permanecerá aquí. Viva la vida, larga vida al Ser.

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Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza


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© Jan Bedoire

Me siento feliz cuando llego a casa. El frío se apodera de todo, pero por dentro arde un volcán de emociones. El calor de la ilusión por ver como todo avanza, por ver como todo mejora y como la obra va transformando el lugar es algo que te hace sentir vivo. No por el hecho en sí, sino por todo lo que ello conlleva, implica y significa.

Acabo de llegar tras un largo día con la sorpresa de que el gran patio está ya casi terminado. No me lo podía creer. Ya tenemos el dinero para afrontar una o dos semanas más y luego seguir buscando bajo las piedras para que la obra se culmine con éxito. Lo vamos a conseguir, cueste lo que cueste. Esta semana la hemos podido pagar gracias al grupo de Teamers que gracias a un euro al mes estamos moviendo montañas. Ya somos 95 y estamos deseosos de pasar la barrera psicológica de los cien. La pedagogía del apoyo mutuo y la cooperación está calando cada vez más. Os invito a que participéis en esta iniciativa que obra milagros:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

A las siete de la mañana estaba de pie. Tenía que viajar junto al mar, en A Coruña, para atender la gestión del misterio. Paré a medio camino para ponerme el traje de gala que da solemnidad al momento que tocaba vivir. Prefiero hacerlo lejos del pueblo. Aquí están siempre acostumbrados a verme vestido de forma peculiar, siempre con esos harapos llenos de barro y cemento. No entenderían otra imagen que no fuera esa. No soportarían verme con traje y corbata dando conferencias en distinguidos lugares o codeándome con privilegios de todo tipo.

Para ellos soy el “jefe-hippie” o el cabeza visible de hippielandia. Por eso por dentro siempre sonrío cuando el juicio no deja de ser peculiar y sesgado. La imagen, que siempre es algo culturalmente construido dependiendo de cada visor particular y social, es totalmente un fragmento ridículo de la realidad. Por eso siempre me costó entender a las personas que viven de la imagen, o que construyen una imagen, siempre sesgada, del otro. El maya o la ilusión que eso provoca realmente es un fragmento que nace de la ignorancia, de ver siempre la vida de forma parcelada, y nunca en su dimensión más amplia y profunda. No puedo entender una vida sin espiritualidad, o una espiritualidad sin pensamiento, emociones, energía o materia. En la visión del conjunto está la verdadera magia del misterio en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Por eso es bueno no centrar nuestras vidas solo en los aspectos materiales, o emocionales, o intelectuales, o solo en los aspectos espirituales. La vida es mucho más rica cuando todo eso se integra en una unidad consciente.

Por eso nadie podría, en este contorno donde estoy tan estigmatizado, verme como un doctor en antropología, un editor o un pequeño empresario, un escritor o un filósofo existencial. El sesgo les impide verme de otra manera que no sea la que ellos han construido desde el estigma del extraño. Ese estigma hace el resto. Me daba cuenta cuando hace dos días fui al ayuntamiento a pedir el título de doctor y los permisos de la obra. Siempre esa mirada atenta, medio desconfiada y medio curiosa. Siempre ese matiz que hace peculiares a los extraños, a los forasteros, a los exóticos personajes que venimos de tierras lejanas y hablamos otras lenguas, bebimos de otras culturas o danzamos en otras arenas.

Todas esas cosas pensaba mientras conducía hacia A Coruña. Por suerte, en la mañana, el mallete sonaba fuerte sobre la mesa. No una, sino tres veces, indicando cómo la transmisión de la sabiduría perenne se realiza bajo la magia del sonido donado y bajo la cálida luz de unas velas, simbolizando la necesaria búsqueda de la verdad. Los trabajos fueron justos y perfectos. Fuimos al ágape y volví a casa, previa parada para cambiarme de trajes. Casi me siento un ser camaleónico, capaz de codearse con los más ricos y con los más pobres dependiendo del traje que me ponga. No deja de ser algo divertido y gracioso.

Príncipe por la mañana y mendigo por la tarde, o también viceversa. Y dentro las dos partes como algo real. Siempre me gustó eso de ser peregrino, por aquello de no aferrarse a ningún tipo de creencia. A diferencia de un mendigo, el peregrino siempre va a alguna parte, a un centro espiritual que le motiva a caminar. Eso es lo que a mí personalmente me motiva. Hay un centro por el cual mis pasos en el Camino tienen un sentido claro, una voz, una llamada. Por eso cuando miro a alguien lo veo como otro peregrino, sin juicio, siempre profundizando en la tolerancia y el respeto al diferente. Toda gestión del misterio solo es posible si uno vive instalado en el trono de la dignidad hacia todos los seres sintientes. Esto incluye a humanos y no humanos. Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza. Algún día entenderemos esto en toda su singularidad y la vida gozará en toda su plenitud.

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Aprendiendo a Ser junto al Ser


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Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la «fuerza». Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la «sabiduría» para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la «belleza». La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

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Relato de un príncipe


 

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© Joe _ Fotos 

Había recibido, como príncipe, el decreto en el cual se me nombraría en pocos días diácono provincial. Lo leía con cierta curiosidad, ya que cualquier tipo de responsabilidad añadida requiere una entrega extra, una disciplina y un honor que conservar, un relato que lleve la dignidad hasta donde se pueda. Lo leía mientras me dirigía a la cita con cierta curiosidad por ver cómo se desarrollaría el día.

Llegué puntual tras pasar un rato en el Museo Arqueológico. El servicio me abrió la puerta. “La señora está en su habitación”. Escuché una voz que me gritaba desde la otra parte de la casa. Acudí a su llamada. “Como hay confianza, siéntate en la taza del wáter mientras hablamos”. La situación me pareció surrealista, pero la belleza del momento requería improvisar. Tenía una entrevista en un par de horas y debía maquillarse para estar bella. Me senté, como un príncipe, en el trono propuesto. Le pregunté si alguna vez había sentado a un príncipe en la taza del wáter. No creo que entendiera la pregunta, pero sonreí ante la situación. Hablamos un rato mientras se retocaba la cara con esos productos que las mujeres utilizan para ponerse bellas. Siempre he pensado que las mujeres son bellas por naturaleza y lo son aún más cuando posan en natural estado. Pero admito que esos retoques siempre les sientan bien, como cuando vivíamos salvajes en los bosques y retocábamos nuestras caras para celebrar algún tipo de ritual.

Me habló de su último libro, de sus peculiares Navidades. Prometió enviarme el último capítulo y hablamos sobre mil cuestiones. Para ella resulta imposible entender mi estilo de vida. No comprende que un príncipe pueda vivir en una cabaña en mitad de un bosque perdido, pasando frío y quien sabe cuantas más calamidades, si con ello puede honrar la bandera que enarbola. Soy soberano de mi vida, y por lo tanto, tengo la libertad y el deber de ser el primero entre los primeros para defender la belleza y la virtud. Tengo una amiga que siempre me dice que tengo que aprender a vivir, que tengo que buscar la felicidad y pensar un poco en mí y no tanto en los otros. Bueno, eso de la felicidad es complejo. Te puedes sentir príncipe incluso encima de una taza de wáter.

Uno a veces es más feliz cuando no tiene nada que cuando tiene muchas cosas. Las cosas dejaron de tener sentido, excepto aquellas que puedan ser útiles o ahonden aún más en el sentido de libertad o virtud. Un móvil, un ordenador y un vehículo es por lo único que siento cierto apego. Del móvil podría prescindir sino fuera porque me da internet y con ello puedo comunicarme con cierto mundo. El ordenador es mi herramienta de trabajo y me permite escribir. Aun recuerdo con cierto dolor cuando no existían y el sustituto era la máquina de escribir. Requería mucho poder de concentración escribir a máquina para no equivocarte ni cometer erratas. El coche es algo que me da libertad. Viajar es de los pocos placeres que aún mantengo en secreto.

Salí del trono y nos fuimos al hermoso salón. Pregunté por educación dónde quería sentarse la anfitriona. El plato que quedó para mí no me gustaba donde estaba situado. No me gusta dar la espalda al mundo, y menos aún a la persona que nos estaba sirviendo la comida. Así que lo cambié de lugar y me senté en un lugar que vi más apropiado. La anfitriona se asombró. “Nadie nunca se había atrevido a hacer algo así”. No era por descortesía, era por confianza. Si por confianza me había sentado en la taza del wáter, me veía con la misma libertad de cambiar el plato de lugar. Le recordé que era un príncipe, y que los príncipes, aunque su trono temporal sea una taza del wáter, tenemos potestad para sentarnos dónde queramos, normalmente cara al sol, para que los rayos celestes iluminen mejor los rostros.

Ya en la mesa instalados hablamos sobre la profundidad, o no, de los pensamientos vagos que vienen y van y condicionan nuestras vidas, con sus miedos y avatares complejos y enrevesados. Averiguar la naturaleza de esos pensamientos es un trabajo ingente, nos decíamos, ya que normalmente producen sufrimiento. Lo decía Buda y él mismo nos daba algunas pautas -el noble óctuple sendero- para atajar el sufrimiento, el dukkha, y así llegar al nirvana. Supongo que el Buda hizo un gran esfuerzo por actualizar las enseñanzas del yoga y el también óctuple sendero que ya Patanjali describió unos siglos antes. Sea como sea, últimamente intento pensar que lo mejor que se puede hacer con esos pensamientos es ignorarlos, y poner, siempre que se pueda, el enfoque en la luz, o en aquello que entendemos como luz, como expresión superior de nuestra naturaleza.

Nuestros miedos, inseguridades y pesadumbres siempre van a estar ahí, es inevitable, vivimos y tenemos nuestro ser en un cuerpo humano con todo lo que eso implica. Cargamos con el peso genético, físico y psíquico, de antepasados que han sufrido todo tipo de calamidades, guerras, asesinatos, violaciones, hambrunas y enfermedades. Es normal que de vez en cuando nos asalten esos genes y nos llene la vida de bloqueos, de miedos, de angustias, de sufrimiento.

Somos seres descontentos e insatisfechos, por eso siempre sufrimos. Haber nacido en un tiesto u otro no nos libra de sus defectos y debilidades. Mi anfitriona podría abastecer durante treinta o cuarenta generaciones una vida digna a sus descendientes. Pero ni siquiera ese tipo de riquezas nos liberan del miedo a la soledad, del miedo de no haber sido dignos de nuestra vida, de no haber hecho aquello por lo que fuimos llamados. Así que, con respecto a esos pensamientos locos, solo debemos abrazarlos humildemente entregando nuestra vida por completo al Ser, a aquello que nace del Logos, de la parte más sublime de toda naturaleza. Esto es complejo cuando nos sentimos siempre insatisfechos y no tenemos capacidad de elevar nuestra mirada hacia lo más sublime de la vida.

En pocos meses hará dos años que no tengo pareja. Ahora que lo pienso, creo que siempre he tenido pareja por miedo a estar solo. Pero ahora siento que la soledad puede ser una llama. No lo digo yo, lo dijo el poeta en un arrebato de soledad. Si vuelvo a tener pareja no será por necesidad de ella, sino por amor. Pero no cualquier amor, sino ese amor que se entrega en silencio sin esperar nada a cambio. Eso también puede ser una llama, una luz, y algo hermoso cuando es correspondido. No hay respuestas a las preguntas sobre el sufrimiento, sobre los pensamientos que nos atormentan. Solo podemos seguir caminando hacia nuestro inevitable propósito y confiar en que cuando lo hacemos, el horizonte se abre ante nosotros de forma diferente. Si hay algo contrario al sufrimiento debe ser el amor. El amor incondicional. Eso que uno siente cuando lo sientan en la taza de un wáter y sonríe amable ante la circunstancia. La virtud del momento es lo que nos hace príncipes. El amor, eso es lo que hace la vida bella y virtuosa.

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Los diseñadores invisibles


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© Marie-Claude Massouri

Me siento feliz y honrado si puedo ser útil a otras causas. Venir a Madrid para apoyar nuevos puntos de luz en la mente infinita del Inconmensurable no hace más que alentar el servicio hacia ese propósito vital. Puedo sentir la fuerza de la llamada, y entregar todo cuanto soy a la misma. Es algo irracional que no puedo explicar. Solo me entrego en silencio, creyendo con firmeza que la fe y la esperanza son inquebrantables cuando se unen a una misma misión.

No deja de ser paradójico ver como en el fondo hay almas despiertas trabajando para un mismo Jefe. Esa órbita está y las llamadas responden a un mismo sonido, tono y latitud. Los Jefes Ocultos están en todas partes, a veces disfrazados bajo símbolos arcangélicos y otras entre confundidos con halos de maestros ascendidos que laboriosamente tejen la madeja existencial.

No importa realmente la naturaleza de esas fuentes que dan agua al sediento. No importa los nombres que según la tradición pongamos a unos y a otros. Si partimos de que la vida es un auténtico Misterio, algo o alguien debe gestionarlo de alguna forma. Digamos que la vida campa bajo una arquitectura diseñada con esmero para que cada minúscula partícula encaje a la perfección. Desde nuestra ignorancia no podemos comprender esa perfecta armonía. Solo vemos caos y oscuridad. Pero algo vive en los mundos arquetípicos que produce Orden y Concierto. Algo sobrevive, más allá del aparente azar.

No se podría explicar sino tanto esfuerzo por sobrevivir. Desde hace millones de años que el primer homínido levantó la nariz verticalmente y oteó el horizonte de forma equilibrada hasta nuestros días, la supervivencia ha sido una constante. El deseo de vivir, de expandir la vida y con ella, de paso, y ahora más recientemente, también la consciencia. Es fascinante. Siento admiración por todo cuanto se ha creado. Cada detalle minucioso, cada minúscula expresión en los rostros de cientos de millones de seres sintientes que apremian para que la vida continue.

En el mar de dudas que nos asolan hay un misterio que nos da respuestas. La causa final de toda esta comedia aún no la percibimos del todo, pero sí podemos empezar a cuestionar que no estamos solos, que no vagamos a nuestro libre albedrío sin mayor desdén que la suerte o la fortuna. Hay algo que por su propia naturaleza invisible debe gobernar todo cuanto acontece. Algo mayor, más complejo a cuanto filósofos y místicos hayan nunca podido imaginar.

Esa creencia es la razón por la que la humanidad sobrevive a su propia autoconsciencia. Ya hemos dejado de ser seres meramente razonables. Ahora tenemos consciencia de que la vida es un reguero de fuerza imperecedera. Y de que, además, su manifestación es tan sólo un ápice de lo que somos capaces de apreciar realmente. La dimensionalidad de todo cuanto es se nos escapa.

Por eso es imposible que pueda vivir una vida ordinaria y corriente, y necesite, urgentemente, participar de esa cocreación arquetípica. En ese diseño, en ese plan, en ese propósito que los maestros conocen y sirven calladamente, uno puede intuir con cierta torpeza un halo de continuidad. Como si todo fuera una misma cosa que se manifiesta en mil formas para dotar de riqueza al conjunto de la existencia. Y siendo una forma divisible, ante el asombro de la propia verdad, uno se siente parte de algo mayor, indivisible, formalmente arrollador. Esa creencia permite cierta audacia, cierto agradecimiento constante, cierta valentía a la hora de afrontar los hechos que se presentan. Hay mucho por hacer, nos dicen los arquitectos del arquetipo, los diseñadores invisibles. Hay mucho por tejer desde todas las dimensiones a las que podamos rozar con nuestro aliento. Tengo sed de servicio, de entrega a ese oculto destino. Tengo sed de maniobrar como un testigo que lanza silenciosamente bocetos al mundo.

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Barcos de libertad


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A media noche hacía frío en la estación de tren. No había ningún pasajero, y a veces dudaba de que el tren llegara en algún momento. Miraba el reloj con insistencia. Cada segundo se hacía interminable. La soledad de invierno, el silencio de unas vías sin pasajeros, de una estación vacía, triste, desolada. Llegó el tren sinuoso con algunos minutos de retraso. Tenía el vagón número 25 pero la pesada máquina a gasoil solo traía dos vagones. No fue difícil averiguar cual me pertenecía. Entré en el vagón oscuro. Había unos siete pasajeros más. El revisor me pidió el billete, como si alguien más, quizás algún fantasma, se hubiera subido conmigo. Para ser un tren nocturno no parecía muy cómodo. Los asientos no se echaban para atrás, el vagón estaba sucio y era muy antiguo, quizás algún remanente sacado de algún cementerio de trenes. La imagen era desalentadora, diría que dantesca. Apoyé como pude la cabeza entre la ventana y el asiento y me dormí a ratos, despertando cada media hora por la incomodidad y el frío del lugar.

El tren llegó a la estación de Chamartín. Ayer noche, antes de marcharme, vi que habían hecho un pedido que debía ser entregado en el Paseo de la Habana, muy cerca de la estación. El pedido lo habían hecho a eso de las once de la noche de un domingo y a eso de las nueve de la mañana del lunes ya había sido entregado. El libro en cuestión estaba siendo muy comprado por personas de extrema izquierda pero para mi sorpresa, fue entregado en una organización de extrema derecha. Supongo que por eso de conocer al enemigo. La persona que lo compró, un conocido defensor de valores ultracatólicos, alucinaría por la rapidez del servicio. Algo nunca visto. De qué manera explicarle que se lo había entregado el propio editor de la editorial que además había prologado el libro que había comprado. El Paseo de la Habana está cerca de Pio XII y de la calle Triana. Pasé por la puerta de la casa que antaño tanto frecuentaba. Miré la ventana de la que había sido mi habitación en muchas ocasiones. Sentía algún tipo de nostalgia, como si en estos años hubiera ganado muchas cosas que, a su vez, había perdido. Tanta gente que viene y que va. Me gustaría que nadie se fuera, que todos permanecieran de alguna manera. Pero la vida es pura impermanencia, solo quedan los valientes, los auténticos, los verdaderos.

Como no quería molestar a nadie con esta tos bronca que tengo desde hace casi un mes busqué el hotel barato que frecuento últimamente. En la periferia la gente es peculiar. Viven agotados, con caras cansadas, grises, desfiguradas, imbuidas entre pantallas y miradas perdidas. Me dio tiempo a asearme un poco, afeitarme y encaminarme hacia esos barrios de la alta alcurnia. En ambos me siento bien. No tengo apegos, ni sobre la riqueza ni sobre la pobreza. Puedo deslizarme de un lado para otro sin mayor complejidad. Ser rico o ser pobre es una cuestión de suerte. Sin embargo, la aristocracia y la nobleza interior es algo muy diferente. He conocido a auténticos mendigos con un halo aristócrata y a auténticos aristócratas que viven una vida miserable. La elegancia es algo que ennoblece el espíritu, pero no tiene porqué venir asociada a la riqueza o a la pobreza. Ser un príncipe nada tiene que ver hoy día con tener dinero o títulos. Especialmente para aquellos cuyos reinos no son de este mundo.

Antes de la reunión en la calle Serrano, en esa hermosa casa que me trae algún recuerdo lejano, comimos en la histórica Residencia de Estudiantes, lugar frecuentado por ilustres personajes que decoraron sus paredes a principios del siglo pasado alrededor del movimiento pedagógico que se creó en la Institución Libre de Enseñanza. No caí en la cuenta del lugar emblemático en el que nos encontrábamos hasta que nuestro anfitrión nos dio alguna pista. De repente me sentí acogido y abrazado por la historia, afortunado por estar allí, tantas y tantas veces, sin saber que estaba “allí”. Qué paradoja. A veces me pregunto todas las cosas que me estoy perdiendo por haber reducido mi vida a pervivir en una cabaña perdida en los bosques. A veces se me llena el alma de acción y desearía estar entre el ruido y las gentes haciendo «cosas». Son ramalazos que me dan cuando vuelvo a estos lugares y recuerdo mi pasado de acción y acción en esas «cosas». Ahora la vida me pide otras cosas. O eso creo yo. Aún ando revisando mi existencia y preguntándome, sin perder ni un ápice de fe, porqué me ha dado por esta vida tan radical.

Después de comer y antes de la reunión que teníamos a las cuatro nos dio tiempo de visitar una exposición sobre los barcos que llevaron hasta México a miles de exiliados españoles que huyeron de la Guerra Civil. Leer sus testimonios y ver sus caras era impresionante. Cuantas cosas se perdieron en esa guerra. Cuantas gentes se marcharon. Cuantas familias rotas. La vida y sus ciclos migratorios. La vida y sus complejas contradicciones. Hijo de emigrantes, apátrida como pocos, sentí cierta nostalgia por esos barcos de libertad. El no tener tierra ni raíces, terrestres y celestes, te hace vivir en una constante nostalgia cuyo horizonte siempre, inevitablemente, se halla en el infinito.

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Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa


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“Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tu puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio”. Walt Whitman

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Es un reto que había que afrontar. El evento de Emilio Carrillo el próximo verano, a tan solo seis meses, requiere cierto riesgo. Un primer presupuesto de trece mil euros para aislar la casa por fuera y recuperar algunos suelos y a la espera de un segundo presupuesto para terminar todo lo restante, dos habitaciones, dos estancias más, algún pasillo y ventanas. Aún no sabemos como lograremos ese dinero. Me he puesto a trabajar como loco en la editorial para buscar recursos y algo de dinero hemos podido adelantar gracias al apoyo de estas Navidades. Pero queda ahí el reto, arriesgado, pero necesario. Deseamos terminar este año la casa tras por fin terminar el tejado y la cocina nueva y queremos que para este verano los trabajos se centren en el aspecto armonía, el jardín, la huerta y las cabañas para acoger a más valientes que quieran expandir aquí su estancia y residencia. Ahora ya lo sabemos: con el tiempo se ordena todo.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. El patio está quedando impresionante. Es la parte que mayor presupuesto se lleva de toda la obra junto al aislamiento de todo el perímetro de la casa. Estamos emocionados por ver como avanza todo a buen ritmo, algo inaudito ante lo difícil que es encontrar y comprometer a una cuadrilla de obreros que se pongan manos a la obra. Tres personas están contratadas para la tarea con la esperanza de que todo vaya sobre ruedas y podamos recuperar lo que resta de la casa. Cada día de trabajo, cada semana, es un reto.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Realmente es emocionante porque después de casi seis años de grandes esfuerzos, de mucho sacrificio personal y colectivo, con un poco de suerte la casa estará por fin terminada en menos de seis meses. Es un reto importante que nos dejará margen para respirar y para dedicar a partir de ahora todos nuestros recursos a mejorar la acogida, la alimentación y el bienestar general de todos. El hecho de tener el tejado terminado, una cocina nueva, tres habitaciones totalmente finalizadas y equipadas y próximamente todos los suelos de la casa y el resto de habitaciones, es algo que nos ilusiona especialmente.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Este año será por lo tanto, en nuestro sexto aniversario, el final de la gran obra, el final de la gran casa de acogida abierta para todos y disfrute de todos, una casa realizada y construida por todos los amigos de O Couso y de ahí su profundo valor y significado. Una muestra palpable, pedagógica y real de que entre todos podemos hacer muchas cosas, de que gracias al apoyo mutuo y la cooperación se puede restaurar una ruina medio derrumbada. Nos sentimos orgullosos por haber hecho posible este gran reto y nos sentimos felices de que todos podamos disfrutar de esta casa. Una casa abierta las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año que acoge a todo peregrino del Camino o del Alma sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio.

Estamos especialmente agradecidos a todos los que lo hacen posible y estamos especialmente agradecidos a todos los que nos ayudarán a dar este último empujón. Gracias de corazón, gracias por aportar una estrofa. Seguimos demostrando que otro mundo es posible con hechos. Seguimos trabajando para que la Gran Obra continúe, aunque el viento sople en contra.

Si queréis apoyar este último eslabón de la casa de acogida, aquí os comparto la cuenta de la Fundación Dharana:

ES54 1491 0001 2121 2237 2325

 

La conquista del paraíso


 

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© Nick verde 

Hay un libro antiguo cuyos versos son difíciles de entender. Por más que lo leo, lo repaso y lo estudio, algunas cosas son indescifrables. Veo arena entre sus páginas, vientos que atrapan al lector, huracanes a veces, sempiternas palabras sumergidas en los lodos de las sendas. Hay voces cuyo idioma sería imposible comprender. Talentos que se esgriman en lejanas montañas azules. En sus desiertos hay secretos impenetrables. Sonidos que marcan maravillas, espacios sumergidos, tiempos inexistentes, aullidos en noches oscuras y nieblas en bosques oceánicos.

Hay un libro cargado de antiguos comentarios que destilan sabiduría de otro lado. Uno se siente afortunado por llevar más de media vida leyendo entre sus páginas doradas fingiendo entender algo, pero deleitando en cada frase y descripción mundos posibles. Leer no es solo comprender, imaginar o vehicular dimensiones, es también crear, erigir sonidos puntiagudos llenos de trémula aventura.

“La vida es Una, y nada puede tocar o quitar esa vida”. Reza el antiguo libro. “Que el grupo conozca la vívida, flamígera y saturante Vida”, continua el viejo comentario. Hay un azul índigo que protege el espectro de estas palabras, aún a sabiendas que fueron escritas para un tiempo futuro, para ese tiempo en el que la protección sería violeta, como la llama del séptimo rayo. Hay un hecho fundamental en esas palabras: todo está impregnado de vida. Es una creencia que nace del hilozoísmo, pero describe a la perfección varios aspectos de la organización del cosmos. La materia no puede ser entendida si no se somete a la intuición y la intención espiritual que la conmueve.

Parece que poco sabemos sobre los reinos que nos envuelven. Algo empezamos a entender sobre los cuatro primeros, pero nada sabemos sobre el quinto, el sexto o el séptimo reino. Sólo los atrevidos que empujan la vida hacia lo más hondo del ser pueden proveer cierta lucidez a ese entendimiento, e intentar, levemente, dotar de luz a la ignorancia y ceguera general.

La Sociedad de Mentes Iluminadas es una organización discreta que intenta potenciar la luz en el mundo, la sabiduría, el bienestar. Sus cometidos, siempre discretos, silenciosos, no son más que los de allanar el camino que conduce hacia la comprensión. Son los que viven en el paraíso e invitan generosamente a los demás a que asuman su propia conquista. Comprendiendo las leyes universales, los secretos de la vida, de la consciencia y de la inteligencia unificada se allana el camino hacia ese paraíso perdido. Todo lo demás, todo lo que nos aleja de esta necesidad interior, es superfluo, innecesario. Todo lo demás solo nos distrae de la verdadera vida una.

De ahí la importancia de seguir leyendo el libro antiguo y sus versos. Escrito por miembros lúcidos, requiere templanza y serenidad para algún día abordar su paraíso como un pasaje real, vivido en la vida libre y amable, en la inefable circunstancia del ser.

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Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república


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Queridos Magos,

Vivo en una constante república de ideas. En un paraíso celeste cuya bóveda despierta en mí las mañanas de la existencia. Una delicia natural que puedo respirar asombrado por el poder que los elementos ejercen en nuestras vidas frágiles y pequeñas. No puedo pediros nada, porque lo tengo todo. No puedo, egoístamente hablando, desear más que el amanecer y el ocaso sigan resplandeciendo a dos luces, emblema de la riqueza, la diversidad y la transformación. Puedo serviros en la labor de enaltecer la multitud de la variedad de formas que se unen, en su esencia, al gran espíritu de las que nacen. No puedo más que inclinarme ante la grandeza de nuestra pequeñez, deseando quizás un día más para disfrutar del gozo y el bienestar.

Magos queridos, en esta república sin gobierno, me inclino respetuoso ante la perplejidad de la existencia. Si pudiera obrar mágicamente, solo entregaría mi poder a lo milagroso, asombrando con ello aún más la maravillosa corriente de vida que nos arrastra hacia los misterios. Si estuviera en mis manos, recogía el azote de las vuestras, para dejarme atrapar por el halo de la entrega y el servicio. Dejad que me rinda ante vuestro resplandor naciente, que me entregue sin duda, sin mácula, ante la majestuosa arquitectura de la ingeniosa Obra.

Magos de Oriente y Occidente, del Mediodía y el Septentrión, por favor, lo ruego, dejadme entrar en las filas de vuestro ejército celestial, para que cada día sea labor y no esfuerzo el vencer la desidia y abrazar la fábula permanente de la dicha. Si es cierto que existe un reino, dejadme entrar, dejadme que abandone esta república de ideas, para ser siervo y súbdito del resplandor de vuestro reino. Si es cierto que existe el paraíso y hemos nacido para su conquista, llenad mis alforjas peregrinas de suficientes provisiones para alcanzar ese destino. Que los avíos sean prendas de vuestra generosidad y atención, y que yo sea merecedor de las mismas. Si es cierto que sois magos y reyes con capacidad de gobernar el mundo de la ilusión, de la verdad y la dicha, deseo abandonar mi república.

Queridos Magos, ¿qué puede desear aquel que todo lo posee? ¿Qué clase de sueño puede perseguir aquel que se entrega en vida para alcanzar toda gloria silenciosa y silente? El taciturno esmero no es más que aquel que desembarca por las grandes puertas del Camino. Aquel que arrebata lo pequeño para engrandecerse en la batalla digna del espíritu. Vencer el cuaternario carro que arrastro para llevarlo más lejos, galopar con sus tres nobles corceles hacia ese reino de las Montañas, donde ángeles y presbíteros gobiernan en silencio, es y será mi único cometido. Seguro de poder alcanzar la puerta estrecha, no importa lo arduo de esa empresa para, arrodillado, espada en mano, atravesar el portal y ampliar así la fuerza y dimensión de las cosas, la visión amplia, en corazón ensanchado. Corazón ardiente y un filo siempre apuntando hacia vuestra luz.

Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república, y ser vuestro súbdito leal. Abridme las puertas de vuestro reino, y allí estaré, por siempre, ensanchando la vida, en respuesta sincera a vuestra siempre infinita generosidad y labor invisible. Nada para mí, todo para vuestra Gloria siempre… Ese es mi más sincero deseo…

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Amigo de la mala suerte


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© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

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Ánimo viene de ánima


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A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

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La vida en un minuto


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Ayer éramos casi veinte personas en la pequeña ermita tras las visitas de última hora. Por un momento pensamos que no vendría nadie a celebrar el fin de año ya que habíamos avisado, en plenas borrascas, que la casa no estaba en condiciones. Pero muchos valientes decidieron venir con la sorpresa de que tras la tempestad vino la calma y pudimos disfrutar de un tiempo excepcional. Desayunar y comer en el prado en pleno invierno es algo que nunca habíamos hecho aquí. Así que hemos disfrutado de un tiempo hermoso, de sol y calor, con unos amigos hermosos que han querido compartir con nosotros este tiempo extraordinario.

Trabajamos por la mañana y por la tarde la dedicamos a compartir y preparar un poco el fin de año. Me corté el pelo al raso a modo simbólico, para olvidar el duro año pasado e intentar empezar con un ánimo diferente el nuevo año. No hubo una fiesta al uso. Sin alcohol, sin drogas, sin ruidos, sin televisión. Alguien nos había preparado una sorpresa hermosa. Uno a uno fuimos entrando en la pequeña ermita llena de velas encendidas y decenas de instrumentos puestos en un improvisado y pequeño escenario. Hubo un concierto que podríamos denominar de celeste o cósmico. Algo especial para despedir el año, con regalos incluidos, con abrazos y calor humano. Como no había uvas, hicimos el tradicional ritual de cambio de tiempo con los frutos de una granada que encontramos entre la fruta. Cantamos un OM y luego tomamos doce frutos.

Tras el pequeño ritual, los abrazos fueron muy divertidos. Terminamos todos en el suelo entrelazados, riendo de alegría, haciendo la croqueta unos encima de otros. Fue francamente un comienzo de año de los más divertidos que recuerdo. Tras las campanadas improvisadas nos fuimos a dormir pronto. El primer día del año lo queríamos empezar trabajando de forma animosa en la nueva cocina. Pasamos un día hermoso de compartir, de alegría, de cooperación por algo mayor a nosotros. Nos parecía surrealista estar pasando este tiempo tan especial encintando una habitación en una casa helada en vez de estar en un espacio cómodo. Sin embargo, estábamos felices.

Por la tarde bajé al pueblo para preparar unos paquetes de la editorial. De repente, en una curva cerrada y con una fina e invisible capa de hielo, perdí el control del coche. Durante un segundo pensé en lo peor. El vehículo empezó a balancearse de un lado para otro de la carretera, quedando a dos ruedas y estando a punto de volcar entre volantazo y volantazo. Pude evitar que volteara pero no pude evitar el accidente. El coche se estrelló contra la cuneta, la cual me salvó de una caída libre al vacío y al precipicio de las montañas. Por un momento sentí como si la vida se fuera en un segundo, y de repente resucitara.

Toda la parte lateral destrozada. No podía creer que empezara el año nuevo con un accidente de coche. Nunca había tenido un accidente de coche y aunque en ningún momento pasé miedo a pesar del momento de peligro y tensión, no podía creerlo. Me dio pena por el coche, que por un lateral quedó destrozado. Pero estaba feliz porque pude evitar algo peor. Mi integridad física estaba intacta, y me quedé un rato pensando que estaba pasando en este último año con los coches. Especialmente cuando me había gastado un dinero en dejar este listo, y ahora deberé pensar si lo vuelvo a reparar o lo vendo por piezas. Aún no puedo creerlo.

Pensaba que este nuevo año sería un año tranquilo, sin grandes retos, sin grandes problemas, pero veo que la vida no nos da tregua. La vida es así. Se puede perder en un minuto, en una milésima de segundo, o se puede ganar. Al menos estamos vivos. Hemos vencido al año anterior. Ahora toca conquistar el siguiente. Todo es frágil. Todo es circunstancial. Todo es impermanente. Estaremos atentos. Estaremos concentrados.

Feliz año nuevo a todos…

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2019, el fin de una década


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© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

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Propósitos personales para el año nuevo


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© George Digalakis 

Este año nuevo voy a ser un poco más egoísta. Quiero decir que voy a intentar pensar un poco más en mí, pues me tenía, y me doy cuenta, bastante abandonado. No significa con ello que mengüe mi generosidad hacia los demás, sino que esta vez será mesurada y más pensada, al mismo tiempo que aumentará mi generosidad hacia mí mismo. Sí, uno de los mayores propósitos para este año será ser egoísta, o si se prefiere, más generoso conmigo mismo.

También intentaré disminuir mis vicios menores. Es cierto que nunca he bebido una gota de alcohol, ni probado un cigarrillo o cualquier tipo de droga. En eso no tengo queja en cuanto a mi comportamiento saludable. Pero soy un yonqui del azúcar, aunque quizás podría decir que soy un adicto a algunas cosas que llevan azúcar. Sí, soy vegetariano desde los dieciséis años, pero mis amigos siempre dicen que soy más bien galletariano. Prometo para este nuevo año comer menos galletas, y menos dosis de turrón de chocolate. Esos son mis pequeños vicios menores. No quiero rozar ningún tipo de perfección con respecto a ellos, pero sí cuidarlos…

Con respecto a los mayores, no creo tener muchos, excepto una enfermiza adicción al estar enamorado. Pero prometo no enamorarme este año, ni meterme en relaciones de ningún tipo. No deseo tener pareja y voy a intentar ser más huraño en cuanto a las relaciones en tercera fase que impliquen un compartir de flujos de cualquier tipo. En estos últimos años he sido demasiado alegre en cuanto a dejarme llevar por cualquiera que me sonriera un poco, me diera algo de cariño y me guiñara cualquiera de los ojos. Este año, mi propósito será ser un auténtico estúpido cuando alguien utilice algún tipo de artimaña para seducir mis carnes. Lo siento, pero aún no me siento recuperado de mi último envite, y ya pronto hará dos años. Cuando alguien me bese y me diga eso de «no quiero hacerte daño», saldré corriendo porque seguro que lo hará. No tengo, que yo sepa, ningún otro tipo de vicio mayor.

Este año me voy a dar algunos caprichos. Nunca lo hago excepto para favorecer a terceros. Pero este año quiero ser extremadamente derrochón conmigo mismo. Todo aquello que se me antoje buscaré la forma de hacerlo. Iré a tomar pizza cuando me apetezca, me compraré una moto eléctrica porque para coche aún no me llega y viajaré siempre que mis ingresos me lo permitan. Como mis ambiciones materiales están más o menos consumadas, inventaré alguna para darme la sensación de que aún soy excesivamente humano y necesito derrochar en algo, aunque sea una tontería como ir al cine o comer pizza. Prometo que este año haré cosas normales.

Lo de la salud es algo que me preocupa. Siento que con los extremos esfuerzos de estos meses tengo el sistema inmunológico hecho añicos. Así que intentaré trabajar menos en aquello que no sea satisfactorio para mi alma o para mi cuerpo. Todo aquel trabajo que requiera un exceso de esfuerzo lo rechazaré de inmediato. Si alguien me llama para construir un tejado, juro que lo mandaré al carajo.

Me gustaría ganar más dinero. Tengo la empresa abandonada y de tanto pensar en los otros me olvidé de mí mismo. Este año deseo potenciar todo lo que ahora tengo. Me gustaría editar menos libros, pero mejores, que me llenen de auténtica satisfacción, y a poder ser, que además me aporten beneficio. Uno se cansa de perder tanto y tanto dinero con autores que nunca agradecen tu labor. Quiero mantener unas finanzas saneadas y no dar tanto, practicando así un poco la contención cuando un tejado se derrumbe o cuando toda la casa se inunde. Seré más precavido conmigo mismo, y no dejaré que nada de lo que pase a mi alrededor perturbe mis finanzas, excepto por fuerza mayor.

Aunque hoy es el día de los santos Inocentes, todo esto es verdad, y por supuesto, también es verdad lo de la pizza. Este año voy a comer muchas más pizzas que el anterior.

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Es Navidad


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«La cicatriz de Belén». Banksy instala en Belén un provocador pesebre con muro y agujero de proyectil

 

«En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas: la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la humanidad. En todo ser humano se encuentran y se unen estas tres maravillas». Eros and Psyche, de Benchara Branford

Feliz Navidad a todos. Feliz renacer a la luz. Nace la luz y todo aquello que lo representa. Los dioses nacen en estas fechas, y los dioses son aquellos que portan la luz como hilos de consciencia que se precipitan en nuestra helada cueva. La luz vence porque requerimos de su esencia para poder ver en la oscuridad brillante que campa por todo el universo. La obsesión por la luz es precisamente esa. Allá fuera, en el universo, todo es oscuro.

Este año tuve la oportunidad de buscar la cuna en la cueva de Belén. Era una cueva oscura, desaliñada, desamparada. No era un lugar especialmente hermoso. La oscuridad era presente en el pequeño recinto que toda clase de peregrinos y turistas frecuentaban. Unos por fe, otros por curiosidad. Me aparté un tiempo mientras contemplaba a unos y otros ir y venir, e intentaba imaginar el pesebre. Allí escuché una voz y seguí una estrella, una luz, un rastro de luz. De todos aquellos que campan por el pesebre, ¿cuántos realmente llegarán hasta el Calvario? Es una reflexión profunda en estos tiempos, especialmente para aquellos que creen en la fe que envuelve toda la historia de Jesús el Cristo. ¿Quién realmente continua las sendas que ese inocente niño que hoy nace una y otra vez en nuestros corazones nos enseñó?

Pude seguir sus sendas, incluso oré en silencio en Getsemaní. Anduve por las calles de Jerusalén intentando entender el dolor que más tarde encontraría en el monte Calvario. Todos en el fondo tenemos sed de divinidad, hambre y apetencia de aquello que nos eleva como seres humanos. Pero necesitamos, año tras año, recordar el nacimiento de la Luz para poder acercarnos, aunque sea en breves instantes, a todo lo que ello comporta. A pesar de esa sed, nadie desea realmente implicarse en las arduas tareas del servicio y el sacrificio. Nadie está dispuesto a comprender los ciclos, con su expansión de vida, pero también con su decrepitud hasta la muerte. En estos tiempos de auténtica oscuridad, pocos festejan realmente la apetencia de Luz.

Cristo nació para recordarnos la importancia de dejar de ser humanos animales y convertirnos de verdad en seres humanos espirituales, que es como decir que seamos de verdad seres humanos. De ahí que lo que nace en Belén no es un pequeño niño cargado de símbolos y misterio, si no la anunciación de que algo nuevo está naciendo en el interior de todos los nosotros. Una semilla, un trozo del telar cósmico que se engendra para volvernos más cercanos a nuestra esencia. De ahí el recuerdo del nacimiento constante, en pleno solsticio de invierno, con la esperanza de que una y otra vez renazca en nosotros ese mensaje de fe y esperanza, de retorno a las fuentes primordiales, que no es más que el recuerdo de lo que realmente somos.

Necesitamos renacer continuamente en el recuerdo de nosotros mismos para revelar nuestras riquezas interiores. El mensaje de hoy es diminuto, casi no es percibido en su sutileza más profunda. Pasa desapercibido entre grandes cenas y comidas, entre fiestas y consumo. Pero es necesario reavivar en nosotros la llama de su esquema, de su realeza profunda. La Navidad no es solo un símbolo, es el recuerdo de todo nuestro peregrinar en la Tierra. Paz y amor a los seres humanos de buena voluntad, y que el recuerdo reavive la llama de luz. ¡Luz, más luz!

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Todas las sendas me son familiares


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© Humberto (Salo)

 

En algún lugar de la galaxia, por no hablar de algún lugar del más oscuro de los infinitos, debe hallarse una respuesta a nuestras inquietudes. Si paramos nuestras vidas y condensamos la existencia de todo lo pasado, presente y futuro en un solo instante, de alguna forma nos embriagamos en una tensión profunda. Si logramos parar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros ánimos y nuestras necesidades corporales, algo que nace de lo más profundo de las nebulosas espaciales se manifiesta en nosotros. Las respuestas se amontonan en un diálogo incesante reducido a un segundo de inmensidad.

La diferencia entre un mago y un adepto es que el primero es capaz de transformar la realidad y el segundo, de adaptar su vida a la profunda transformación de lo milagroso. No es una cuestión baladí. La figura del rendido me fascina. La figura del entregado, del que comprende profundamente aquellas palabras que se pronunciaban con un calado inmenso al decir “hágase tu voluntad y no la mía”. Esas palabras encierran un misterio complejo, difícil de resolver. Los filósofos podrían dedicar algo de tiempo a describir algunas cuestiones fenomenológicas sobre ese asunto, pero pocos podrían experimentarlo con la inquietud propia del que consigue obrar dentro de sí estas cuestiones.

Por eso en algún lugar de la galaxia, que podría ser inclusive un lugar hallado dentro de nuestro pecho, debe haber una respuesta intuitiva a todas las cuestiones de la vida. Y cuando esas cuestiones se revelan en una suerte de intuiciones certeras, te entregas inevitablemente a la existencia, intentando, con el poder absoluto del discernimiento, penetrar en las sendas que son familiares.

La familiaridad tiene que ver con la gestión de dos tipos de cualidades que llamamos fuerzas y energías. Esas cualidades, y la calidad de las mismas, dependerán de nuestro esfuerzo para desarrollarlas dentro de nosotros. Uno puede transformar su realidad. Realmente no es nada complejo cuando se adquiere la habilidad de comprender las leyes que gobiernan la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. Uno puede convertirse en un mago que obra trucos admisibles dentro de lo que algunos dan por llamar la fortuna. Pero la búsqueda incesante hacia lo milagroso es algo bien distinto. Ahí las sendas tienen que ser inevitablemente familiares, es decir, tienen que tener la capacidad de invitarnos a volver a casa, como símbolo inequívoco de retorno a nuestras fuentes verdaderas, a nuestra esencia, a la intimidad del Ser.

La complejidad de la vida no puede resolverse en un cúmulo de experiencias que nacen de la cotidianidad embalsamada, estática y solemne en la que vivimos sin un mayor sentido que el de ir tirando, sin más. Hay un vasto campo de experiencia que nos espera, y que espera de nosotros el despertar inequívoco a otras dimensiones de realidad, a otras visiones más allá de lo ordinario. Penetrar en la vida extraordinaria es sumergir nuestras ideas, emociones y prácticas en un vasto universo familiar, inabarcable, cargado de infinitud, capaz de volvernos radiantes, diferentes, extraños, al mismo tiempo que luminosos. Fuentes que irradian manantiales capaces de terminar con la sed, al mismo tiempo que luminarias que enfocan luz en el siguiente paso. Penetra el portal, destierra el pasado, fortalece la visión y ensancha la experiencia. Nos esperan los caminos, las sendas, lo milagroso.

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Sol invictus


sol

Mientras terminaba de ingerir mi hamburguesa vegetariana, llegaron desde Italia los planos provisionales de la futura Escuela. Sentí mucha emoción que apenas pude administrar como se merecía. La emoción me embriagaba, pero también, con la misma proporcionalidad, la carga de la responsabilidad inevitable.

Cabalgando sobre la borrasca Elsa me fui volando hacia Madrid con los planos aún en mente. Después del bofetón en el tejado y la salvaguarda de algún ángel custodio que me salvó de la catástrofe, se sucedieron una serie de cosas a cual más surrealista. Estaba con los ánimos por los suelos y deseaba algún tipo de calor, pero sin saber cómo, terminé durmiendo en el coche, como en los viejos tiempos, intentando dar rienda suelta a esa sensación de libertad que esa experiencia transmite. El día siguiente fue de vértigo. Comí con el amigo Joaquín, merendé con la amiga María y cené con mi otra querida amiga María. Esa noche la pasé en la habitación de un hotel barato, agotado, pero intentando refrescar la memoria de porqué siempre ando metido en todo tipo de líos.

Al día siguiente hermosa reunión en la fundación que me nombra patrono de la misma. Me ruborizo interiormente ante estos reconocimientos, no sé si merecidos, pero al menos, hermosos por ver como los demás te reconocen de alguna forma y ese reconocimiento siempre es gratificante. Estuvimos toda la mañana y después de comer marché de nuevo cabalgando sobre la borrasca Elsa hacia Galicia. Quedo felizmente agradecido, muy agradecido y honrado por ver como una de las fundaciones más grandes de Madrid honra mi presencia.

Llegué tarde, muy tarde. La casa de acogida estaba toda inundada. El agua de la borrasca y los vientos habían hecho sus destrozos. Llegar a la cabaña fue una odisea de agua y ramas caídas por los fuertes vientos. Apenas tuve tiempo de mucho más. Dormí unas horas y a las seis y media de esta misma mañana estaba de nuevo en pie. Llevé a uno de los huéspedes hasta Orense, esta vez cabalgando sobre la borrasca Fabien, aún más virulenta y peligrosa que la anterior. El coche se movía para todos lados, pero yo seguía firme en mi propósito de dejar el huésped en Orense y seguir camino hasta Vigo, donde íbamos a celebrar con los hijos de la viuda el ritual del solsticio de invierno, del Sol Invictus.

Me detuve en mitad del camino por la virulencia del viento. Aproveché para echar gasolina y cambiarme el disfraz. Pasé de índigo informal a negro ritualístico. La corbata me apretaba, me notaba hinchado por todas partes. No estoy acostumbrado a comer tanto pero la ansiedad de estos viajes llenos de borrascas me hacía ingerir de todo.

Llegué puntual a la ceremonia. No puedo desvelar mucho más porque se suponen que son ceremonias discretas, solo para los hijos de la gran viuda, los hermanos del espíritu libre o los que profesan el lazo místico. Allí estaban todos los talleres de Galicia y allí estaba un servidor, humilde, silencioso, responsable con la luz del sol, observante.

Tras terminar me fui corriendo dirección a Vilagarcía de Arousa. Allí me esperaba la hermosa Natalia, un auténtico ángel encarnado en la tierra. Quedamos en la cafetería la Ola, desde la que veíamos el mar y toda la borrasca en su pleno apogeo. Los coches se movían de un lado para otro, el viento lanzaba todo tipo de objetos por los aires y las ramas volaban como si fueran cometas. Pero nosotros a lo nuestro, como si ese apocalipsis exterior no afectara para nada nuestra paz interior.

Hacía exactamente un año que no la veía y teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Estaba radiante, cambiada, mejorada con el tiempo. Me alegré mucho por su proceso de sanación, por su nueva vida, por su forma de encarar los nuevos retos. Hay personas que despiertan en ti la fuerza suficiente para seguir adelante, que desentraña con su intuición espiritual toda la madeja de los fenómenos que acontecen. Siento alivio por verme rodeado de estos ángeles. Siento paz interior por ver que a pesar de la peculiar travesía del desierto de este año, hay seres que sostienen con fuerza los lazos que nos unen. Me sentí muy agradecido por su mágica presencia, y por ver cómo entre los dos se desvelaban los secretos de nuestra unión. El lazo místico nos une, inevitablemente, pero también la complicidad de reencontrarnos y reconocernos.

Agotado, acabo de llegar a la cabaña. Escribo deprisa antes de que se agote la batería del ordenador. Cuando los días son grises las baterías no se cargan con las escasas cinco placas que tenemos. Tendremos que aumentar pronto la potencia para seguir trabajando.

Antes de que la oscuridad se apodere totalmente de este pequeño y frío recinto, pongo al día de forma alborotado mil ideas. A partir de hoy los días serán más largos. El sol habrá vencido, una vez más, a la oscuridad. A partir de hoy, el cielo radiante, la bóveda celeste, creará en nosotros la oportunidad del vasto dominio de la experiencia. Aprovechémosla mientras sigamos vivos. Ahora iré a descansar. Mañana toca recuento de daños de sendas borrascas.

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Burger King y su hamburguesa vegetariana. Un paso hacia el tabú de la matanza


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Esta mañana temprano hacía un viento terrible (la borrasca Elsa provocará uno de los peores temporales de viento del año, leía más tarde, ya me vale). En el tejado se había levantado la loma que tapa la cumbre y tuve que subir para cubrirla. Estando arriba, un azote de viento casi me tumba al caer sobre mi cara de forma abrupta un trozo gigante de la loma. Esa bofetada me puso la cara roja, pero por suerte, pude mantener el equilibrio y no terminar en una comprometida situación. Estando arriba me llamaron del taller. El coche híbrido ya estaba preparado. Bajé algo precipitado y confundido por la experiencia en el tejado. Me miré la cara y me eché algo de agua fría ante el dolor. Cogí el coche de sustitución e hice el recorrido hasta A Coruña medio aturdido. En el camino paré para probar la Whopper Vegetal que Burger King ha sacado al mercado. Necesitaba parar antes de seguir. Me pedí el menú con patatas y aros de cebolla para complementar mientras planeaba cómo continuar el viaje hasta Madrid una vez tuviera el coche.

Hace doce años pude probar por primera vez en un Burger King situado en Princes Street, en el centro de Edimburgo, la primera hamburguesa vegetal que un restaurante de comida rápida se atrevió a comercializar. En aquel tiempo no debió tener mucho éxito porque nunca más las volví a ver. Nunca tuve nada en contra de la comida basura o la comida rápida, excepto aquella que utiliza el sacrificio animal para potenciar este mundo materialista e insensible. El otro día una amiga veterinaria me explicaba que solo la cadena McDonald’s comercializa, tan solo en España, más de un millón de hamburguesas… ¡¡¡¡al día!!!! En España, según datos de la NPD, consumimos 580 millones de hamburguesas al año. No quiero pensar cuántos pequeños terneritos suponen ese sacrificio.

Dentro de lo diabólico del asunto, porque ya sabéis que me parece una atrocidad el consumo de carne animal, la comercialización de una gran cadena de comida rápida de una hamburguesa vegetal es el indicador de algo. Es como si en un mundo de caníbales alguien de repente sustituyera la carne humana del menú y la cambiara por la carne de pollo. Seguramente eso ocurrió alguna vez en la evolución humana, y algo moralmente cambió, convirtiéndose en tabú la ingesta de carne humana. Este indicador de hoy, de principios del siglo XXI, seguramente es un antes y un después en el consumo de carne animal. En unas décadas, quizás en unos siglos, el consumo de carne animal también será un tabú, como ahora lo es el consumo de carne humana.

Ayer paseando a los perros por los bosques y los prados de los vecinos, viendo las terneras que pronto entrarán en la cadena trófica humana, me crucé con un vecino cuyo negocio consiste en criar y vender terneras de no más de un año para consumo humano. Estamos en fechas de “matanza” y me enseñó orgulloso, también para picarme, una gran mesa de trabajo con seis cerdos recién sacrificados. Antiguamente, y también ahora más por tradición y costumbre, la “matanza” era una fiesta que permitía, en estas frías tierras, disponer de proteína abundante para pasar el frío invierno. Seis cerdos por familia al año es suficiente. Seis cerdos que prácticamente no ven la luz del sol en todo año y cuyo cometido es engordar para luego ser degollado y embalsamado en embutido.

Probé la hamburguesa vegetal de Burger King, con su lechuga y su tomate y pepinillo. No me dijo nada especial, pero no estaba del todo mala. Imitar los sabores de la carne para engañar al gusto y el apetito no sé si es una buena idea, pero en este caso debo decir que lo han conseguido hasta cierto punto. No voy a entrar en la crítica de la comida rápida ni de este tipo de cadenas alimenticias, una fase superior de la arcaica “matanza”. Simplemente lo anoto como un paso hacia una nueva moral. Como una señal lenta pero efectiva de que los tiempos están cambiando. Lluvia fina… poco a poco…

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Los viejos creyentes


Agafia Lykova nació en la taiga, en el más remoto bosque boreal ruso, en una tina de pino ahuecada en el año 7453 desde la creación del mundo, según la antigua cronología. Sus antepasados eran viejos creyentes, aquellos cristianos ortodoxos partidarios de la vieja liturgia que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654. Debido a que fueron  perseguidos, muchos de ellos se refugiaron y aislaron en lugares remotos. Hoy conocía la historia de Agafia que aquí comparto.

Conocí no hace mucho a alguien que de alguna forma me recuerda a Agafia. No sé muy bien cómo llegó, pero una fría noche de invierno caminó desde su casa hasta aquí, se equivocó de camino y terminó pasando una de las noches más frías del año medio congelada a pocos kilómetros de nuestra casa. Bella, elegante, totalmente extraterrestre e inteligente, quizás una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Hablar doce idiomas es solo una anécdota. Vivir como una auténtica anacoreta posmoderna, sin dinero, sin recursos y sin prácticamente nada es solo una forma de vida extinta, pero valiosa en sí misma, muy parecida a la de los viejos creyentes, muy parecida a la de Agafia.

Puedo decir que una vez me salvó la vida. Cada vez que la recuerdo imagino un pozo oscuro y una mano, la suya, que me sustrajo de una muerte segura. Tuve la suerte de viajar a Israel con ella y fue uno de los viajes más fascinantes que recuerdo. Intenté enseñarle el oficio de editor pero su libertad siempre fue irreductible. En una feria del libro en el sur de la península, sin dinero, sin nada, decidió desaparecer. No supe de ella en mucho tiempo. Estuvo más de tres meses viviendo en bosques, en caminos, mendigando comida, malviviendo, pero libre.

Hoy, tras meses sin verla vino a verme. Estaba muy cambiada. Algo más delgada y demacrada. Tuvimos un buen rato de charla, comimos algo y se marchó. Me gustó verla con su nueva vida, con su luz hermosa y enraizada algo más a la tierra. Sentí alegría por ella, y un gran desapego por mi parte.

Siento compasión por Agafia, por todas las Agafias del mundo. Me imaginaba a mí mismo con setenta años, aquí en la cabaña, con algún gato, mirando el cielo, esperando ver algún rayo de sol. Como un viejo creyente escondido en los bosques, rezando con fe y esperanza ante el advenimiento final mientras busco en los entresijos de la vida una fina hebra.

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No guardes recuerdos…


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© Andrej Šafhalter 

“Olvidando las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu elevado llamamiento”. San Pablo

Está nevando. Hace frío. El camino desde la casa de acogida hasta la pequeña cabaña es toda una aventura. Un barrizal de agua y nieve que en pendiente y rodeado de maleza puede ser toda una odisea. Como no sale el sol no tenemos electricidad en todo el día. A las seis ya es de noche. Aprovecho, ante la imposibilidad de poder hacer nada, para leer a la luz de un frontal. Es dura la vida aquí. Y con tantos días de lluvia, sin ver el sol, se hace aún más cruenta. Si hubiera seguido la vida del ego viviría plácidamente en cualquier parte del mundo, sin frío, sin temores, sin posibilidad de queja. Pero elegir la ardua vida del alma es complejo. Discernir entre ambas aún lo es más. ¿Ya sabes cual es tu lugar? Me preguntaba hoy una buena amiga. Sólo se me ocurre un lugar: utopía. No hay tal lugar. Ese, y no otro, es el lugar del alma. De ahí que crear utopías sea un camino, un no lugar.

La vida monacal debió ser hace mucho tiempo muy parecido a esto. Hace unos días tuve un sueño revelador que no consigo olvidar. Tiene que ver con la vida en los monasterios. Viajé hasta las cimas más altas del Himalaya. Podía reconocerlas, como si de alguna forma me fueran familiares. Allí había un templo con siete pagodas o estupas, no sabría decir bien qué eran, pero estaban alineadas a los pies de una gran montaña. Unos monjes me enseñaban una por una todas las estupas excepto la última. A esa no vayas, está casi derruida, me decían. Sin embargo, mi curiosidad era mayor y fui acompañado de un monje silencioso hasta la última, cuando el resto volvían distraídos hacia el monasterio o la lamasería. Efectivamente, la última escultura estaba totalmente derrumbada por una de sus caras. Parecía famélica, y sin embargo, al acercarme y entrar por su lateral derruido, se habría de repente una puerta, un portal, que conducía a un lugar increíblemente lejano, en lo alto de unas grandes montañas nevadas. Allí había un pequeño edificio que parecía de cristal y una mujer sentada en su centro, contemplando todos los universos posibles en una posición de loto. Un loto del corazón con pétalos de amor a su alrededor que explosionaban en brillante lucidez.

No puedo olvidar ese sueño sobre el “brillante centro” que me hizo ir a las estanterías y empezar a releer de nuevo los libros azules, aquellos que fueron escritos por un maestro tibetano. No puedo dejar de leer, como si de alguna forma ese sueño me conectara con algo familiar, a la vez que lejano, un lugar donde el sonido y el color tienen un significado oculto, diferente, especial, donde la vida monástica que ahora llevo aquí en las montañas, entre bosques, en esta pequeña cabaña, tuviera algún tipo de relación con algún pasado remoto, y también algún tipo de significado.

A veces los sueños son delirantes y reveladores. Esconden algún tipo de mensaje o señal difícil de captar. Su lenguaje, siempre simbólico, escapa a nuestra lógica racional. Hay sueños pasajeros y hay sueños que nunca olvidas. En la soledad de la cabaña es fácil conectar con la voz del silencio y con el recuerdo de sí mismo, fusionando de alguna manera lo que creemos que somos con lo que realmente somos. El frío ayuda, la terquedad y la constancia permiten que la visión se amplifique necesariamente. No es cuestión de ver cosas del mundo fenomenológico, es simplemente una especie de atención plena que conecta con el mundo de significados, con el mundo arquetípico de donde nacen las formas, con ese lugar que te hace viajar desde la adoración a la invocación, evocando al mismo tiempo los mensajes, las enseñanzas, el Propósito. Es el lugar de los Custodios, de los Tejedores al que se llega desde una fina y delgada hebra imposible de explicar, relatar o presentar. Por eso el noble silencio sepulta cualquier intento.

Por eso a veces, ante la incomprensión necesaria, emito una llamada a través del desierto, sobre los mares y a través de los fuegos. Hay un punto de tensión inevitable que sobrepasa la silenciosa expresión. Hay un portal que separa un estado de consciencia de otro. Como aquella séptima y derruida estopa que conducía a otro lugar desconocido, habitado por un ser que emanaba pétalos de amor. “No guardes recuerdos”, parecía decir mientras miraba con profundidad las montañas nevadas. “Olvida las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu propio llamamiento”. En el desapego absoluto en el que ahora vivo, el portal y el pasado quedan atrás. Una nueva consciencia se abre, un nuevo lugar silencioso desde el que trabajar invisible. Es la vida del entregado, del que se rinde ante la grandeza del universo. Aquí, en los bosques, desde la llama ardiente, hilando la fina hebra.

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Es urgente


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© Marco Abergo

 

Vivimos en un momento de tensión y crisis mundial. Estamos experimentando un reto sin precedentes que debemos enfrentar individual, grupal y globalmente. En nuestra ceguera cotidiana, es difícil poder provocar un cambio positivo que afecte al conjunto y cree dinámicas de cambio y transformación. Estamos en un momento que exige una disciplina y un trabajo de acción radical para poder ser agentes transformadores. A veces, en esa ceguera, siempre nos preguntamos, ¿qué podemos hacer nosotros? La respuesta puede ser enfrentada desde ópticas diferentes.

Hay un velo de ilusión que no nos deja ver la vida en toda su expresión. De hecho, solo estamos capacitados para ver aquello que tenemos en nuestro entorno más inmediato y aquello que ha sido construido desde nuestros hábitos cotidianos. Existen dormileras, expresiones narcotizantes que nos alejan de la verdadera visión de las cosas y de la existencia en su mayor profundidad. Hay una suma de hábitos en nuestras vidas que nos ciegan, que no nos dejan ver la vida en su mayor expresión, y por lo tanto, limitan nuestros movimientos a una suma de actuaciones cotidianas que refuerzan aún más la ceguera. Vivimos en una sociedad narcotizada.

Aún es sorprendente como la relación con nosotros mismos está dañada a muchos niveles. Físicamente podemos decir que nuestros cuerpos sufren la atrofia del maltrato diario. En pleno siglo XXI, aún hay personas que contaminan su cuerpo de mil maneras. Aún podemos ver por las calles personas que fuman, que se drogan, que ingieren grandes dosis de alcohol como algo natural y bien aceptado en la sociedad. No somos capaces de entender que el planeta está enfermo porque nosotros mismos lo estamos, y para evitar nuestra responsabilidad ante este hecho, justificamos de mil maneras nuestros hábitos más dañinos.

El ser humano debería despertar a esa mínima disciplina de aceptar que las drogas, el tabaco y el alcohol no aportan ningún tipo de beneficio a nuestros cuerpos. Es algo tan básico que duele tener que recordarlo una y otra vez. Si fuéramos conscientes del daño que hace expresiones tales como “solo es un vinito” o “solo es una calada”, el mundo cambiaría radicalmente. Si todo el dinero que tiramos diariamente en vinitos y caladas se organizara para cambiar el mundo, viviríamos en un planeta totalmente sano y duradero. Nuestra calidad de vida sería superior y nuestra supervivencia sería mucho más equilibrada. No es la calada o el vinito en sí, es la consciencia que hay detrás de esas expresiones sociales que no somos capaces de erradicar de nuestras vidas. La complacencia de unos y de otros y el refuerzo social lastran cualquier intención de cambio. En el fondo, “solo es un vinito”.

Otro tema importante es la comida. Es algo que deberíamos pensar diariamente. ¿Qué clase de cosas comemos? ¿Cómo es posible que en un mundo tan abundante como el nuestro sigamos sacrificando gratuitamente vidas animales para ingestas de placer instantáneo? ¿Cómo es posible que sigamos torturando y comprando tortura y muerte en nuestro tiempo de progreso y despertar de consciencia? ¿Por qué como humanidad cuesta tanto entender este mínimo de respeto a la vida de esos seres inocentes que mueren a millones todos los días para satisfacer nuestra necesidad de placer engañoso?
La lista de cosas que podríamos hacer por nosotros mismos con respecto a la crisis planetaria sería infinita, pero he querido, una vez más, advertir sobre lo más básico, lo que está en nuestras manos diarias y que, con un poco de esfuerzo, podemos enfrentar de forma radical, pero posible. Cambiar hábitos es cuestión de hábito, pero no es suficiente.

Debemos también actuar grupalmente. El grupo es necesario para comprender que las cosas no van a cambiar si no empezamos a organizar la lluvia fina que cale cada vez más en las consciencias. Esa lluvia fina penetra poderosamente ante la actuación grupal. Cuantos más grupos existan creando consciencia, más fácil será la permeabilización del nuevo paradigma. Los grupos tienen el poder de crear semillas de consciencia que afectan globalmente. Los grupos deben organizarse de forma urgente y radical para ser una piedra viva en el edificio de la construcción del nuevo mundo.

 

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La vida seguirá adelante siempre que el sol brille. El fin de la era del carbón


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“La vida seguirá adelante siempre que el sol brille”. Francesco Guicciardini

Casi la mitad de la población mundial está concentrada en dos países: China e India. Por eso es muy importante observar cómo esos dos países desarrollan sus políticas medioambientales. Europa parece estar despierta en cuanto a dichas políticas, pero su influencia mundial cada vez es menor. Fue en Europa donde empezó la revolución industrial y la activación del consumo del carbón. La era del carbón morirá en este siglo y la era del petróleo seguramente en las primeras décadas del siglo que viene. En los próximos cincuenta años, las políticas medioambientales serán muy rígidas en Europa y en pocas décadas habremos conseguido una importante transición energética. El coche eléctrico se impondrá junto a las energías de origen renovable y Europa vivirá una revolución en cuanto a la investigación de productos que sustituyan a los plásticos y las energías contaminantes.

En unas décadas más, seguirá esta estela América del Norte y el resto de países desarrollados. Pero como decía al principio, el problema seguirá estando en China e India, y también en todos los países en vías de desarrollo que desearán entrar al progreso mediante políticas del viejo régimen del carbón y el petróleo. El progreso crea una paradoja: reduce la población. Son los países en vías de desarrollo los que explotan demográficamente. Ahí tenemos a China e India.

A pesar de las voces alarmistas sobre el cambio climático, debemos mirar el futuro con cierto optimismo. La primera buena noticia es que la vida continuará a pesar de nosotros. Es decir, el planeta realmente no está en peligro, sino más bien nosotros. Ya lo he comentado alguna vez. Es cierto que el planeta está entrando en una fase de calentamiento. Hay pruebas científicas que lo demuestran. Debemos ver esto como una señal inequívoca de que el planeta en su conjunto es un ser vivo, y está reaccionando con unos grados de fiebre al ataque sistemático al que le estamos sometiendo desde hace doscientos años. El planeta reacciona a nuestro ataque y seguirá haciéndolo cada vez con mayor virulencia a no ser que cambiemos globalmente nuestra actitud hacia el mismo.

La segunda buena noticia es que nos estamos dando cuenta de nuestro propio cáncer y estamos intentando poner remedio. Es difícil terminar con doscientos años de carbón y petróleo, pero de alguna manera se está inyectando en la consciencia colectiva esa necesidad de cambio y poco a poco ocurrirá globalmente.

Hay una tercera buena noticia. El cambio también se está gestando en el interior de las personas. Poco a poco la sociedad demanda productos más ecológicos, libres de contaminantes, coches más ecológicos y comida cada vez más liberada de sufrimiento y dolor. El mundo se hará vegetariano en un par de siglos y veremos a los animales como seres sintientes, con derechos naturales que terminarán siendo legislados.

Si seguimos por una senda positiva y optimista, el mundo cambiará en dos o tres siglos. Sólo debemos implantar cada vez más consciencia en la mente de todos los seres que nos rodean. Repetir una y otra vez, como si de mantras se trataran, la necesidad de cambio constante y continuo en nuestros hábitos más cotidianos, desde la comida hasta la forma de votar a unos y a otros. Las políticas ambientales tienen que ser cada vez más contundentes, pero también nuestros actos diarios, nuestros hábitos, nuestras formas de consumir productos.

La Cumbre del Clima no es un fracaso, aunque no haya ningún tipo de acuerdo. Es la constatación de la consciencia de un nuevo paradigma que está entrando poco a poco en las políticas gubernamentales e institucionales. Y muy pronto también en las políticas empresariales. El capitalismo se convertirá por necesidad en ecocapitalismo, tal y como indico en mi tesis doctoral, y habrá inevitablemente un cambio radical en nuestras costumbres y formas de vida. Será eso o no será. Cambiamos inevitablemente o nos extinguimos. Nosotros, claro, porque la vida seguirá adelante siempre que el sol brille.

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Sin techo con techo


 

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La hermosa perrita Lluna, recién adoptada en O Couso tras meses vagabundeando por los alrededores… Una sin techo ahora agradecida… Ya van dos perros y cuatro gatos adoptados…

El hecho de haber terminado el tejado me ha recordado muchas situaciones pasadas. Cuando hice trabajo social me especialicé en transeúntes y cuarto mundo, en personas sin hogar que no tenían un tejado que les cuidara, les diera calor y alimento. Estuve tres años de voluntario en una casa de acogida para transeúntes y personas sin hogar e hice mi trabajo de fin de carrera sobre esa problemática social. Mi experiencia terminó cuando me di cuenta de lo difícil que resulta ayudar a este tipo de personas. Siempre sentí una gran impotencia interior al ver cómo la calle arrebata el alma a las personas.

En los albergues para transeúntes en los que he trabajado a veces como voluntario y a veces como trabajador social siempre había un gran equipo humano, unas instalaciones adecuadas y recursos para atender dignamente a estas personas. Por desgracia, O Couso carece de los mínimos, humanos y materiales, para poder atender a personas que viven en la calle o tienen un problema de arraigo o de cualquier otro tipo.

Las personas desarraigadas no se adaptan al lugar y O Couso, con sus exigencias y filosofía, no está preparada ni pensada para ellos. Personas que consumen todo tipo de sustancias, que a veces vienen bebidos o drogados, que no colaboran en las tareas mínimas, que no creen en lo que aquí se hace y que vampirizan el proyecto todo lo que pueden, no pueden ser sostenidas. Les abrimos las puertas porque tenemos esa visión tan cristiana de la caridad, pero somos conscientes de que la experiencia nos sobrepasa.

Llevo pensando sobre esto mucho tiempo y me gustaría dar salida noble a esta problemática ya que hay mucha gente que pasa por aquí, no sabe dónde ir y vuelven de nuevo a la calle. Venden en Samos un edificio grande con muchas habitaciones… si algún día la fundación tuviera recursos lo compraría y dedicaríamos parte de nuestra misión social a este tipo de personas… al menos toda esa gente que viene perdida y desarraigada tendrían un lugar donde comer y dormir calientes. Me gustaría poder ayudarlos a todos, pero me doy cuenta de que me faltan manos, recursos y a veces hasta ánimos para atender tantos frentes. Estos días se presentan duros porque de nuevo me tengo que enfrentar a esta problemática y a veces siento como el cansancio se apodera de mi alma voluntariosa. Siempre me pregunto de dónde sacarían fuerzas personajes como la Madre Teresa de Calcuta o San Francisco…

Parece que el frío y el invierno atrae este tipo de experiencias. Y además llueve, no para de llover, y a pesar de que no respetan ni uno de los acuerdos suscritos, se me viene el alma abajo solo de pensar que deberían abandonar el calor del fuego, el calor humano y la compañía. No paran de comer, no paran de gastar recursos, no paran de transgredir los acuerdos mínimos y no paran de escurrir el bulto cuando hay que apretar el hombro. Es su idiosincrasia… su naturaleza. Ya la conozco, ya la he vivido muchas veces y la he podido sentir en mis carnes. Ahora me resulta agotador, pero no me veo con ánimo de invitar a la gente a que se marche a la calle… al frío… a la soledad… Respiro profundamente, a veces con desconcierto, intentando mostrarme fuerte para no decaer. No puedo hacerlo. No debo hacerlo. Así que haré lo que pueda, hasta donde pueda. Es la caridad… es el principio de amor incondicional, cueste lo que cueste…

 

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