La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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Non cum laude


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© Adele Spencer

Llevo dos días en cama. Después de la tensión por la defensa de la tesis, llegó la distensión, y con ello, los achaques y el resfriado propio de estas fechas. Hoy tenía algo de fuerzas y puse la chimenea. Es hermoso ver los elementales del fuego danzar de un lado para otro. Hace frío y no para de llover. El paisaje otoñal desde la cabaña es espectacular. Hay un silencio que podría cortarse con la mirada. Ni un pájaro se escucha ahí fuera, excepto el crujir de las ramas cuando el viento azota.

Acabo de recibir la noticia de que mi tesis no ha conseguido el cum laude. Lo normal es que, si te ponen sobresaliente, como fue el caso, este venga acompañado de esa mención especial. Pero mi tesis nunca fue normal, de ahí la anormalidad final. La universidad es endogámica y requiere de un vocabulario, de unas formas y de ciertos requisitos que yo siempre me negué a seguir. La ortodoxia y el no pasar por esos inevitables aros por los que hay que pasar, tiene sus propios mecanismos de castigo. Pero realmente no me importa. Soy y seguiré siendo un librepensador. Por eso sonrío inevitablemente por dentro porque hice lo que quise, lo que me hizo feliz y lo que me aportó realmente motivación. Siempre fui un verso libre en el mundo académico. No hubiera soportado haber recibido una beca a condición de realizar una tesis sobre algo que ni me va ni me viene. Mi osadía me costó cara en cuanto a tiempo y recursos. Pero hice lo que moral e intelectualmente sentía que debía hacer. Y de nuevo, valga la paradoja, me volví a convertir en un hereje académico. El precio de la libertad.

En estos días de cierre de capítulos, recuperaré el viejo Prius. ¡Qué simbólico es todo! Haré un mal negocio, pero será una bonita forma de volver a empezar. Ese coche es un mito. Además, fue un bote de salvación para una persona que en un momento difícil de su vida lo necesitó. Y ahora vuelve a mi lado con la complejidad de conducir un coche con más de un millón de kilómetros en sus espaldas, fruto, dicho sea de paso, de la búsqueda incansable por medio mundo de comunidades utópicas. No deja de ser paradójico que vuelva a mi lado en este momento. Me hace feliz. Siempre fue un infatigable compañero.

La familia me trajo la comida. Es hermoso estar en un lugar donde pueden cuidarte si estás enfermo. Me doy cuenta de lo privilegiado que puede llegar a ser el vivir en comunidad. Siempre tienes un tejado, algo de vestir y alimento abundante. Tienes tiempo libre para cultivar tus dones y momentos para compartir con el otro. Hay un sentimiento verdadero de familia, con todas las cosas buenas y malas que eso conlleva.

Hoy venía un amigo a visitarme y me decía que este lugar es una especie de isla o refugio. Estoy completamente de acuerdo en esa visión. Si en un futuro el mundo colapsara, este lugar siempre permanecería como un sitio de salvación. De salvación en cuanto a esperanza, cariño, cuidado, amor y compartir. Ese tipo de cosas que se están perdiendo ahí fuera y que, de alguna manera, se están protegiendo y potenciando aquí dentro.

Ahora que estoy en un punto de quietud hermoso, de transición hacia no se sabe dónde, me doy cuenta de lo rápido que pasa la vida. Esto es desconcertante. Veo pasar las horas mirando por la ventana y observo como la cuenta atrás sigue su ritmo. Es un ritmo lento, pero si lo miras desde la perspectiva de la existencia finita, resulta que todo es un suspiro. Respiro profundamente y doy gracias por poder hacerlo. Miro mis manos, me toco el rostro suave, acaricio el pelo que crece lentamente y observo como la vida crece dentro de mí. Es cierto que no recibí los honores académicos, pero no importa, porque podré decir que he vivido. Intensamente. Y eso lo vale todo.

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¿Y ahora qué?


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© David Frutos Egea 

Lo primero dar las gracias a María, doctora y profesora de universidad que estos días me ha estado cuidando como nadie. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento por haber viajado hasta Córdoba para ayudarme a preparar la presentación y la defensa hasta el último detalle y por acogerme en su casa de Madrid tras el bajón postdoctoral. Sus cuidados y amor incondicional hasta en el más pequeño gesto han hecho que este tránsito haya sido lo más suave posible. Tener que soportar la tensión de estos días ha sido una prueba dura, de ahí que agradezca especialmente su infinita paciencia.

Esta mañana tenía una reunión en Madrid. Me hizo gracia que mi primer día como doctorcito hubiera pasado la noche en casa de una doctora, profesora de universidad, y comiera con un grupo de soñadores del adytum en el comedor del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Esos guiños del destino, de la vida juguetona, que te van marcando los ritmos de la existencia.

¿Y ahora qué? Me preguntaban los doctores que evaluaron mi tesis y me preguntaba mi directora mientras me invitaba a dar alguna charla en algún máster o clase universitaria. Pues ahora no lo sé. Necesito celebrar todo esto y estar agradecido. Agradecido a la familia que ha cuidado de este lugar durante esta larga e intensa semana dónde ha pasado de todo. Me han recibido con un gran cartel que decía algo así como “Bienvenido Xavitxu Doctorcito”. Me ha hecho mucha ilusión y me ha llenado el corazón de alegría. Llegar y encontrar el calor de los «otros» es algo que no tiene precio.

¿Y ahora qué? Pues me encantaría poder dormir hasta muy tarde. Aquí en la cabaña se está bien y tengo un gran resfriado que he cogido tras el bajón posdoctoral. Pero mañana me espera el tejado y su culminación, así que, esté como esté, tendré que levantarme y volver a subir a los tejados. La motivación es la misma, porque si bien he culminado una gran etapa de mi vida, la vida sigue, y es bueno dejar todo en orden, acrecentar el deseo de que, aunque ahora me siento mucho más libre y liviano, debo seguir cumpliendo con mi parte.

Así que no tengo aún una clara respuesta a todo lo que me gustaría hacer a partir de ahora más allá de los planes que ya tenía. Pero sí me gustaría seguir aportando a la antropología, seguir cosiendo costuras para entender mejor al ser humano en todos sus contextos. Seguir siendo antropólogo, quizás con un perfil más divulgador, pero seguir siéndolo.

Por lo demás, poco más. Necesito dormir y descansar. Estoy malito. Mañana será otro día…

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Doctor en antropología


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Ayer ante el tribunal, en Sevilla

“Toda ciencia viene del dolor. El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y no volver la mirada atrás”. Stefan Zweig

Después de casi quince años de esfuerzo y trabajo, me siento realmente feliz. Sólo quería compartir esta felicidad. Sin más. No para sentirme privilegiado, ni para desarrollar un aura mística que envuelva ningún tipo de premio o éxito. Es solo una felicidad interior que no busca reconocimiento. Ni admiración, ni trato privilegiado. Solamente agradecimiento y compartir.

Toda ciencia viene del dolor, decía Stefan Zweig. Ahora puedo entenderlo. Ayer tuve un parto. Doloroso, muy doloroso. Pero luego, al ver la criatura, llegó la felicidad, la quietud, y el deseo de no volver la mirada atrás. Sólo quería compartir esto y abrazar con calma este momento. Escribiendo cosas íntimas durante tantos años, no podía dejar de relatar esta alegría íntima y especial.

No sé de dónde vino mi necesidad de hacer una tesis doctoral. Quizás pueda ayudar de alguna manera para algo. Ayer cerraba la defensa pensando algo así como “ahí lo dejo, por si puede servir de algo en la producción de conocimiento”. A pesar de ser una tesis totalmente heterodoxa y extraña gustó al tribunal. Hubo críticas de forma y contenido, como es natural en cualquier tribunal. La crítica forma parte del proceso de construcción de ideas. Intenté justificar esas deficiencias desde el principio, pero con humildad, sinceramente.

Un estudio multilocal en más de catorce países y cuatro continentes. Más de setenta entrevistas que seguramente fueron muchas más. Más de cincuenta comunidades que seguramente fueron muchas más, y casi quince años de estudio y etnografía intensa. Algo excesivamente extenso e inabarcable para intentar ordenarlo en tan solo unas páginas, que de mil pasaron a quinientas y de quinientas a trescientas con letra pequeña para disimular una tesis excesivamente abultada. Por dentro estaba feliz y satisfecho, y porqué no decirlo, aliviado y orgulloso de haber finalizado un gran trabajo.

¿Y ahora qué? Me hicieron algunas sugerencias motivadoras, dada la originalidad y la actualidad del trabajo. También me dijeron que, de alguna manera, al ser pionero en esta temática, quizás me haya convertido, sin saberlo, en una especie de gurú de las utopías y las comunidades. Y por supuesto, la motivación de que realice libros que puedan profundizar en todo lo aprendido y seguir produciendo así conocimiento.

Si estuviera en mis manos, o si tuviera el dinero suficiente para hacerlo, terminaba de reformar la casa de acogida, dejaba todo listo para que la gente estuviera allí cómoda y me marchaba tres meses a las islas Trobiand, en el mar de Salomón. De alguna forma fue allí donde empezó realmente nuestra disciplina. Aislado entre aguas, escribiría esos dos libros que me pidió el tribunal, uno personal, con mis vivencias en los bosques, y otro etnográfico, para ayudar a la disciplina en su crecimiento. Pero ahora me encuentro atrapado en mi propia utopía, qué paradojas, al menos hasta que encuentre la manera de que sea un lugar habitable, cómodo y accesible, sin goteras, sin frío, sin peligros.

Al final de mi intervención les lancé la pregunta, ¿y ahora qué? Sigo sin saberlo. De momento disfrutar de la alegría de ser doctor en antropología, título que dediqué a mis padres y que agradecí a tantas y tantas personas que durante estos años me han apoyado en esta locura. La lista es interminable, aunque aprovecho para dar las gracias a María, a Dolores, a Manuel Jesús, a Agustina, a Ruth y a Jesús que fueron hasta allí para apoyarme y darme calor en el parto. Gracias de corazón.

También al tribunal, compuesto por un alemán, un griego, un catalán, un castellano-manchego y una andaluza. Al presidente, el doctor Julián, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, a su secretario, el doctor Richard, de la Universidad de Sevilla y a los vocales, la doctora Pilar de la Universidad de Huelva, al doctor Anastasios de la Universidade Nova de Lisboa, y al doctor Joan de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona. Por supuesto también a Manuela, mi directora de tesis, que aguantó los avatares de este proyecto durante más de una década.

“¿Y volverás a O Couso?”, me preguntó el tribunal. El lunes volveré, tengo que seguir creando utopías, tengo que seguir quitando goteras y arreglando tejados. Cuando eso termine, quizás empiece a construir otro tipo de utopías, o ayudar a crearlas en otros lugares. Como buen constructor de arquetipos, seguiré construyendo y compartiendo visiones e inspiraciones.

Seguramente estaré un tiempo en la quietud, en el disfrute, sin mirar hacia atrás. Pero la vida también viene del dolor, así que pronto tocará ponerse de nuevo en movimiento, volver a caminar, a peregrinar, quizás esta vez sin exceso de rumbo, como en el Camino del Loco, que va mirando alegre el paisaje sin percatarse mucho del horizonte inmediato. Por unos días disfrutaré del paisaje, y luego, ya veremos. Ahora, a disfrutar unos días de ser doctorcito, y luego volver al anonimato, el silencio y el servicio. Gracias de corazón por las cientos de felicitaciones que he recibido. Gracias de corazón por apoyarme desde el lazo místico.

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Los mundos se crean desde la quietud


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Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

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¿Cómo resumir toda una vida en media hora?


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© Noel Bodle

Ando encerrado, aislado e incomunicado en alguna parte del sur peninsular, muy cerca de la legendaria Sevilla, donde el viernes defiendo la tesis doctoral. Intento abstraerme de los problemas del mundo mientras ensayo y repito una y otra vez el discurso, la defensa, quitando cosas, poniendo otras, buscando diapositivas adecuadas que ilustren de alguna manera lo que quiero expresar mientras miles de recuerdos se amontonan ante tantas y tantas experiencias antropológicas.

Soy un inconformista. Pienso que debería haber dedicado al menos cuatro meses a este momento para así poder resumir tantos años de investigación etnográfica, tantos países visitados, tantas comunidades compartidas. Hacerlo bien, para hacerlo de forma decente y sobre todo para honrar la memoria de cada uno de los momentos vividos. Pero todo se me va de las manos, tan preocupado siempre en las diez mil cosas que vienen una y otra vez a esta vida alto agitada, nada aburrida, excitante, aventurera, un poco loca a veces, pero amplia y extensa. Más de setenta comunidades en trece países y cuatro continentes durante casi quince años. ¿Cómo resumir todo eso en media hora?

A pesar de las dificultades, la vida me resulta apasionante. Una vez pase el viernes, el que será seguramente mi último examen académico, sentiré la necesidad imperiosa de seguir estrujando la vida aún más. Quiero vivir deliberadamente, enfrentarme desnudo a los hechos esenciales de la vida y desechar, como diría el poeta, todo aquello que nos aparte del hecho fundamental de estar vivos. Si soy honesto, puedo decir que he vivido, pero también puedo decir que aún sigo con vida, que todo no termina el próximo viernes y que tras superar con éxito esta prueba, sentiré la profunda necesidad de expandirme, de ensancharme, de preñarme de alma y espíritu.

Ya habré saldado mi deuda con la sociedad. Mi deuda material y académica. Y en ese momento, a partir del viernes, ya solo me quedará entregarme a lo intangible, al espíritu de los tiempos, a la vida que recorre cada átomo de todo cuanto existe. Ya no tendré que demostrar nada, ya no tendré que recaudar migajas de supervivencia e interrogarme sobre el qué comeré o el qué vestiré. Ya nada de eso me importará tanto como el vivir, como el sentir que me entrego a la vida y todos sus misterios.

Realmente el retraso provenía de ese miedo escénico de dar el salto de fe, de tirar un paso hacia adelante, hacia ese vacío que se observa cuando uno desea dejarlo todo atrás. El retrasar la vida hace que dejemos de vivir. Es cierto que no me puedo quejar, es cierto que pude exprimir al máximo cada uno de los segundos vividos. Pero también es cierto que ahora ya no habrá milésima que se me escape. Abrazaré a todos los abrazos, amaré a todas las estrellas, triunfaré ante la muerte porque ya no me importará morir. Ya no tendré excusas de ningún tipo para hacer libremente todo aquello que siempre he querido hacer. Ya no tendré excusas para seguir ocultando mi verdadera naturaleza.

El viernes bucearé a las profundidades de las máscaras, me despojaré de las viejas vestimentas y saldré desnudo al océano infinito de la existencia. Haré lo posible por perseguir la felicidad, por agradar al mundo de los arquetipos y disfrutar de sus ingenios y maravillas. No buscaré nunca más la luz porque intentaré humilde y esforzadamente convertirme en espectro luminiscente. La luz se tejerá aquí dentro, replicando los alaridos de la luz exterior. Las sombras ya no podrán usurpar más el trono de aquel rey que nunca debió abandonar las impresionantes extensiones del alma. ¿Cómo resumir toda una vida en media hora? No creo que sea posible, excepto viviendo. Ámate lento, me repito mientras sonrío. Me repito mientras respiro y siento vida.

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Defensa de tesis doctoral


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Tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia. Tampoco dice nada sobre nuestra sabiduría o nuestra habilidad para comportarnos correctamente en el mundo. Siempre fui un mal estudiante. De pequeñito confundía las consonantes, no sabía lo que era lo más elemental del lenguaje. Permanecía siempre en silencio y nunca hablaba. A veces, cuando me preguntaban, podía responder con un lloro a falta de palabras. Siempre fui excesivamente tímido e introvertido. En la primaria siempre fui un desastre.

En la secundaria no tuve mejor suerte: repetí dos cursos. En el primer año de carrera universitaria no aprobé ninguna asignatura. Un profesor al que le tenía cierta simpatía me quiso ayudar. Me aprobó su asignatura y eso hizo que no me echaran de la universidad. Cuanto le debo a la generosidad de ese hombre.

La segunda carrera tardé el doble de años en terminarla y ahora, tiempo ya lejano de aquellas primeras torpezas, puedo decir con cierto orgullo que he tardado la friolera de quince años en terminar una tesis doctoral. Como decía, tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia, y también viceversa. Siempre fui un mal estudiante.

El éxito de esa defensa tiene más que ver con la constancia, el esfuerzo y el trabajo que con mi capacidad reflexiva o mi inteligencia. No soy una persona excesivamente hábil a la hora de ordenar y aplicar la inteligencia. Siempre sufrí de falta de inteligencia emocional, pero también de inteligencia racional. Mi capacidad para enfrentarme al mundo es por pura supervivencia. Quizás he sabido, de alguna forma, adaptarme a todo lo que poco a poco me iba sucediendo.

La adaptación no define la inteligencia. He conocido a decenas de personas excesivamente inteligentes, pero siempre con carencias de adaptabilidad hacia el mundo. Al ser un mal estudiante, con una capacidad limitada para casi todo, eso me hizo sobrevivir sutil y sigilosamente por el mundo de las sombras.

Eso que a priori podría entenderse como algo negativo tuvo su propio contrapunto. De la falta de inteligencia y la supervivencia entre las sombras hizo que naciera una cierta lucidez, una pequeña luz interior que pudiera guiarme. Lucidez entendida como pequeño punto de luz, como guía necesaria. No un conocimiento o una inteligencia superior, sino un punto de visión diferente.

La adaptabilidad me hizo comprender ciertas fuerzas y energías que se desarrollan en el ámbito humano. La combinación de las mismas, no necesariamente una combinación inteligente, produjo algo de luz, de lucidez. Esto es paradójico.

En la defensa de la tesis hablaré de la paradoja de la antropología como arte, más que como ciencia social. La tesis parece más una etnografía intimista, un relato narrativo que una exposición racional de datos sistematizados en un marco teórico y en contexto de narrativas científicas. Podría decir que la ciencia estricta está hecha solo para personas inteligentes. Pero el arte, la narrativa intimista, requiere de un poco de luz, de lucidez.

Algo así como una visión diferente de las cosas, algo que ayude a ver el mundo desde otra mirada. Sin mayor mérito que ese. Sin mayor merecimiento. Espero poder explicarlo humildemente en esa defensa, añadiendo que siempre fui un mal estudiante, de pésima inteligencia y de últimas de vagón.

Estáis invitados.

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Sabemos que en lo sucesivo nunca es demasiado tarde


 

a
La casa de acogida, aún no muy acogedora, esta misma mañana

El desastre de Chernóbil creó un antes y un después en la conciencia ecológica y milenarista de nuestro tiempo. El reencuentro con los sentires actuales tiene mucho que ver con el escenario preapocalíptico en el que para algunos nos encontramos desde ese acontecimiento. Ya no son creencias que provengan tan solo de escenarios donde Armagedón, el mítico valle en el que tendrá lugar el enfrentamiento final entre el bien y el mal, se esté acercando inevitablemente. La propia ciencia y la comunidad internacional nos advierten repetidamente de que estamos en un momento delicado en nuestra historia humana. “O bien la revolución crea una sociedad ecológica, con nuevas ecotecnologías y ecocomunidades, o la humanidad y el mundo natural, tal y como lo conocemos hoy día perecerán”, nos dice Bookchin, fundador de la ecología social.

La bióloga Lynn Margulis es mucho más drástica. Nos advierte que una de las señales del colapso que afectará a nuestra especie es su rápida superpoblación. Algunos científicos creen que el éxito de nuestra colonización del planeta es un fenómeno que marca nuestra propia decadencia, las luces esplendorosas antes del final inevitable del espectáculo. Para economistas como Latouche, estamos ante el final de los tiempos. “Sabemos que en lo sucesivo es demasiado tarde”, nos dice. Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional. Una crisis ecológica aceptada por todos que está creando una situación compleja para todos.

Vivir en los bosques, en comunidad, propicia una mirada objetiva y alejada del ruido acostumbrado del mundo fabril, de la ciudad y sus prisas. Esa mirada limpia, a veces inocente e ingenua, provoca en nosotros una necesidad de reacción. El sólo hecho de apostar por vivir una vida alternativa, más ecológica y sostenible, resuelve en parte nuestra necesidad de activismo participativo. Pero vemos que no es suficiente, que nuestra reacción solo es una minúscula gota en este gran océano de contradicciones. A partir de aquí, solo nos cabe alentar, agitar las consciencias hasta que ese agitar contamine a unos y otros. No pensamos, a contrario de lo que piensa Latouche, que es demasiado tarde. Pensamos que el ser humano ha sobrevivido durante miles de años a todo tipo de retos naturales y que ahora, por primera vez, se tiene que enfrentar al mayor de los retos: el ser humano en sí mismo.

La vida en comunidad no es una huida, no es una utopía escapista o evasiva. No es una ensoñación ni la torpe descripción de un mundo ideal, fantástico, perfecto y paradisiaco. Nuestra utopía es constructiva, se centra en acciones concretas que pretenden explorar nuevas vías del desarrollo y convivencia humana. No estamos aquí para alejarnos del problema, sino para visionarlo con mayor profundidad, meditarlo, estudiarlo y buscar en la acción soluciones posibles. Es cierto que somos tan solo una pequeña gota en el océano. Pero creemos, y esta es nuestra fuerza y motor, nuestra esperanza, que en un futuro habrá muchas más gotas. Tantas que quizás provoquemos una ola de cambios inevitables.

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Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes


a
© Mark Scheffer

El abedul se precipitó encima de la cabaña, seguramente quebrado por el peso de la nieve. Por suerte la cabaña ni se inmutó y ahí quedó, asomando por la ventana los restos de un trozo de vida que ya no está. A las cinco de la mañana me desperté. Había mucha luz ahí fuera y se veían las sombras de los árboles moverse de un lado para otro. La luna resplandecía con fuerza detrás de nubes que arrastraban rápidas por el horizonte indiviso. Se esperan unos días de mucha lluvia, frío y nieve. Espero que los abedules y robles que rodean la cabaña no caigan en redondo, precipitados por nieves tempraneras, como las que el año pasado arrasaron con medio bosque, quebrando árboles enteros. Espero que todo resista el nuevo envite.

Mientras esperamos los acontecimientos, miramos al cielo. En esa mirada tímida, el Logos se manifiesta desde esa luz inteligente, prisionera de nuestro estado corpóreo, deseosa de completar el cuerpo humano en su triple manifestación. Somos imperfectos porque somos incompletos. Nos quebramos ante el peso de la vida cuando este es insoportable, como el abedul, esperando que al alma y el espíritu se manifiesten algún día y así completar nuestra textura total.

Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes. Los terrestres son como la sombra de aquellos que habitan los cielos. El abedul quebrado es solo una sombra depositada en otra sombra que a su vez es habitada por una penumbra aún mayor. La vida, vista desde una dimensión superior, es como una luminiscencia que fluye por todas partes, como luminarias que brillan en la oscuridad brillante. Desde nuestra finitud, todo parece oscuro y sin sentido, nacido de un azar incomprensible.

Algunos hospedan la luz sin saberlo. Brilla con fuerza en sus adentros, pero se mantiene opaca a los ojos de la ignorancia. La angélica presencia puede manifestarse cuando abrimos las canillas del alma y entra en nosotros el resplandor superior de la vida. El cuerpo celeste está deseoso de ser guardián en la tierra, pues en los cielos, en su estado angélico, requiere presencia constante e incompleta.

Al fin y al cabo, solo se trata de eso. De integrar nuestros cuerpos, los de arriba con los de abajo, para que la luz se precipite, para que el estado angélico y los que le preceden puedan volcar toda su llama en los corazones ardientes. La base esotérica para poder realizar este acto milagroso es compleja. Despierta en nosotros un anhelo que no sabemos conducir porque nos falta guía y muchas veces, valor. El valor es imprescindible para que la luz se precipite, para que nuestro cuerpo terrestre se vuelva un emisario celeste.

Es ese valor que se teje ante las dificultades. Es esa fuerza que se amansa a base de afrontar la vida desde la deconstrucción de los esquemas cognitivos.

Es difícil que la vida se vuelva luminosa si siempre nos regodeamos en las mismas sombras. Si no somos capaces de vaciarnos, de destruir toda nuestra segura realidad, de avanzar, a veces a ciegas, hacia eso que nos impulsa a vivir. Hay motivos suficientes para despertar más allá de nuestra condición humana, para divisar, aunque sea en el infinito horizonte, la unidad de todas las cosas. Abandonar nuestras máscaras, nuestra historia, nuestro origen, es abandonarnos para ser preñados de luz. Y allí, en la línea que separa lo de arriba y lo de abajo, estamos nosotros, interludios capaces de proveer de esa luz al mundo.

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A pocos días del reto


 

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© Julian Escardo 

Hoy me llega por mediación de un ser divino que un investigador citó mi trabajo desde la universidad de Austin, en Texas. En unos días defiendo la tesis doctoral y siento como los nervios se van apoderando poco a poco de todo lo que me rodea. Intento mantener el centro, pero los actores con los que me ha tocado lidiar en este tiempo desconciertan lo que debería ser un momento de aislamiento y reflexión. Debería tener la sangre fría suficiente para abandonar el barco durante diez días y centrarme con atención plena en lo que ahora me corresponde tras quince años de esfuerzo y trabajo. Estoy a diez días de una cita importante y ando achicando agua, intentando que el barco no se hunda, apagando fuegos para que no arda todo en mil pedazos. Intento no distraer mi mente con lo prescindible. Pero diez mil cosas se apoderan a cada paso de todo el escenario.

Llueve desde hace días y se presenta en las próximas horas un frente gélido y de más lluvia. También llueve interiormente, como si las emociones no pudieran ordenarse de forma tranquila, aún dolientes de un pasado que acabo de comprobar, sigue aún muy vivo. Vuelvo, tras la aventura de intentar avivar la llama del amor, a mi estado de cucaracha con cierta virulencia, sin muchos deseos de interrelaciones, sin muchos deseos de entrar en la complejidad astral de lo emocional. También con tristeza, con flojera, esperando no se sabe qué tiene que ocurrir interiormente para abrirme de nuevo a la vida y el amor. No puedo, lo admito, y lo reconozco con dureza, lanzarme a las torrenciales aguas del deseo. Hay algo que aún no está del todo resuelto ahí dentro, en las cavidades del infinito espacio interior.

Ando en un estado tamásico al mismo tiempo que intento manejar cada situación con calma y tranquilidad. Cuando crees haber apagado una llama aparecen cien fuegos más. Los examino uno a uno y me pregunto cuál es su significado profundo, qué tipo de pruebas aparecen en el camino para seguir aprendiendo. Recuerdo al bueno de Asís bajo la nieve, vestido con harapos, comiendo cualquier cosa, y eso me anima. El fue un buen ejemplo de que la constancia y el coraje pueden con todo.

Hace quince años no tuve la oportunidad, como ahora ha tenido el investigador de Austin, de citar ningún tipo de trabajo que tuviera que ver con mi objeto de estudio. De haber sido así, de haber tenido algún tipo de guía, mi marco teórico habría calmado un poco la sed de aventura. Pero me vi abocado a ir al campo de estudio, a dejar de un lado la antropología de salón y lanzarme de lleno a la experiencia etnográfica para abrir camino, para contar en primera persona algo sobre lo desconocido. Mi primer caso fue en las altas tierras de Escocia. Esa decisión marcó para siempre mi trayectoria. En ese viaje empecé a enamorarme del objeto de estudio y quince años más tarde, sigo en ese laberinto que yo mismo creé para fortalecer aún más un destino, al parecer, marcado desde alguna estrella.

Mercurio retrógrado surca los horizontes solares con unas espectaculares imágenes. Se nota que algo está sucediendo a todos los niveles. Siento esa sensibilidad y a veces me dejo arrastrar por ella. Llueve ahí fuera mientras observo que en la cabaña reine cierto orden. Tengo hambre y no he cenado nada. No creo que ya pueda hacerlo. Tengo que seguir trabajando en la defensa. Quince años de trabajo merecen una buena exposición, aunque luego sólo sirva para que alguien me cite desde Austin, en Texas. Aunque luego sólo sirva para abrir un pequeño camino en el mundo académico oscuro hasta ahora.

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El despertar de la bestia o sobre la muerte de la razón…


 

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Los resultados eran los esperados. La bestia se ha despertado, y la sociedad, como en viejas batallas de antaño, vuelve de nuevo a la radical inconsciencia, a los instintos más oscuros, al deseo de destrucción. Los radicales de un extremo han despertado las esencias de los radicales del otro extremo. La moderación ha dejado paso al insulto, al odio y al desprecio. Los viejos avatares se despiertan de nuevo y los tambores de guerra empiezan a sonar a lo lejos a no ser que ocurra algún tipo de milagro.

El «éxito» del independentismo ha sido fracturar la sociedad en dos, crear dos mitades donde antes había una cierta unidad. Otro de los éxitos ha sido fracturar el resto del Estado. Y un tercero ha sido el de despertar a la bestia, a la parte más oscura de este país. Un país que presumía hasta hace muy poco de no poseer extrema derecha y que ahora, ha posibilitado que sea uno de los países con una extrema derecha de las más grandes y virulentas. Felicidades a los éxitos de la revolución de las sonrisas.

La historia se repite. Y España es un país visceral, no muy propenso al diálogo o la racionalidad. Vivimos y pervivimos enfrascados aún en lo más instintivo y atávico. Lo ancestral tiene mucha más fuerza que la razón. La revolución de las sonrisas toca de lleno lo más ancestral, los héroes pasados, el pueblo como entidad autónoma y aislada que merece un futuro mejor, un exilio hacia un desierto plagado de oasis imaginados, donde un benévolo y complaciente nuevo estado hará felices a sus ciudadanos. Esa imagen bucólica, ingenua y perversa en sus entrañas, tiene la suficiente fuerza para recordar al resto que el hecho diferencial pervive, y que alguna vez, esas invasiones pasadas pervirtieron el orden de las cosas, aclamando ahora derechos y territorios.

Realmente nos movemos por símbolos y arquetipos. El grito unánime del “a por ellos” en la celebración de Vox es un grito recurrente a lo largo de la larga historia. Es el grito del odio, de la venganza, de la expulsión de los moriscos, de los judíos y de todo aquello que fuera diferente o de todo aquello que oliera a extranjero. Es la lucha continua de la defensa de las esencias en terrenos medievales. Igual de medievales que la defensa de la concepción de un “solo pueblo” o de un “solo idioma” o de un “nuevo estado”, donde la palabra “nuevo” rechina desde su propia concepción. Crear un “nuevo” estado no es nada nuevo ni revolucionario. Es un juego de tronos, de poder de los de siempre, una vuelta a los señoríos medievales. No es nada transversal, aunque se quiera pintar así. Es algo troglodita, primitivo, carente de valor racional y reaccionario. Las naciones y las patrias son símbolos del pasado más sangriento de la humanidad. La prueba está en la fractura. No es algo que se cree desde la alegría de todos, sino algo que se crea mediante la fractura y el despertar de la bestia, el enfado y la revancha.

Desde un punto de vista geopolítico es preocupante, porque es una situación global. Un nuevo romanticismo donde se pretende apartar a la razón y se pretende recuperar esencias aparentemente ya superadas. La exaltación del yo grupal y el conferir prioridad a los sentimientos, muchas veces irracionales y sin control, no puede traer nada bueno en el futuro que nos espera. Se ha despertado la bestia, y será muy difícil encontrar a un Ulises o a un San Jorge que pueda vencerla. Muerta la razón, nace la oscura sombra de la muerte…

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Día de reflexión. ¿Por qué votaré al PSOE?


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Hoy se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de Alemania. Era tiempo de reunificación y de construcción de una Europa unida y en paz. Hoy día estamos viviendo un tiempo convulso, un tiempo de cambio, un tiempo que puede determinar el futuro inmediato de las políticas, pero sobre todo, de la convivencia futura. Europa está siendo partícipe de un experimento sin igual: la unión de naciones que siempre habían estado en guerra y lucha en un espectro político mayor de paz y fraternidad. Ese experimento también se ha ido tejiendo poco a poco en uno de los países más increíbles de los que podamos conocer: España. Una gran nación construida por naciones, idiosincrasias y espectros culturales distintos y diversos.

El aspecto positivo de cualquier cultura es que puede crear una identidad en la que un grupo de personas se sienta identificada. Uno puede sentirse identificado con un estatus, con un rol, con una saga familiar, con un grupo, con una pequeña comunidad, con un pueblo, con una comarca o región, con un país, con un continente o como muchos hoy día, como ciudadanos de la humanidad. Uno también se puede identificar con todo eso a la vez, o sólo con una parcela particular o aspecto particular de todas esas identidades contrapuestas.

Hablo de todo esto porque es importante ver qué está pasando a nivel global y a nivel estatal en particular. A nivel global estamos viviendo un nuevo reflote de las identidades, pero no como entidades que se ayudan mutuamente, sino como identidades que se repelen. Lo estamos viendo con los Estados Unidos de Trump y sus políticas proteccionistas, lo estamos viendo en Reino Unido con su Brexit y lo estamos viendo en nuestro país con los nacionalismos identitarios que exigen para sí mismos el derecho de autodeterminación primero y la creación de un nuevo estado después. Esta reivindicación, totalmente legítima y justa en términos políticos, se está realizando en su formato negativo, es decir, en la antiquísima fórmula de búsqueda de un enemigo arquetípico, en este caso, el estado español, como ente diabólico al que vencer.

Más allá de la legitimidad de las reivindicaciones, estamos en un estado de hechos que buscan la determinación de la vía unilateral. La vía unilateral tanto de unos como de otros, y luego, la opción menos mala, que en este momento es la ambigüedad propia del socialismo español. Esa ambigüedad ahora puede que sea positiva, en cuanto sirve de eje entre unas fuerzas radicales y otras extremistas. Por ese motivo, solo por una cuestión de ambigüedad, y excepcionalmente, votaré al PSOE.

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Sanando en la aventura


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Mi amiga D. siempre dice que mi vida es un gran Belén lleno de pastores. También me dice que si monto un circo me crecen los enanos. Su refranero es infinito cuando de mí se trata. La quiero y la aprecio, aunque siempre se queja de que no sigo sus consejos. En parte tiene razón. La vida a veces nos muestra caminos de aprendizaje que debemos recorrer por nosotros mismos para aprender algo. Y para darle gozo y satisfacción, esta vez he cambiado y voy a seguir sus indicaciones y consejos. He decidido cuidarme y ser feliz con las pequeñas cosas. Por eso de nuevo estoy viajando, ante la invitación irreductible y la propuesta de pasar un fin de semana diferente y especial. Deseo no negarme a la evidencia de que la vida a veces nos ofrece cosas que no esperabas, pero que pueden ser buenas, necesarias, hermosas. A veces hay que dejarse llevar, probar nuevas cosas, arriesgar los patrones que nos arraigan a nuestras ideas prefijadas. Con este viaje estoy rompiendo con muchos patrones, con muchas formas de pensar que limitaban mi realidad. Eso me crea un vínculo con la emoción de vivir, con la aventura se sentir nuevas cosas y potenciar así la capacidad de estar vivos. La vida se muestra de mil formas, y cuando elegimos una de ellas, se abre inevitablemente un abanico de posibilidades.

Mientras miraba el paisaje de las tierras castellanas por el tren, recibía un conmovedor mensaje de una personas que conocí hace algunos años en el proyecto. Me escribía porque me había tomado como una especie de referente en quien confiar. Eso me ruborizó porque sé que los referentes siempre terminan decepcionando cuando no se ajustan a nuestros ideales al milímetro, o cuando evolucionan o yerran. Por eso este viaje es un poco rebelde, porque desea romper con los prejuicios de lo perfecto, y alcanzar, en el error, en el riesgo, una forma de vida diferente.

Me atreví a contestarle algunas palabras, regodeándome de nuevo en mi inmediato pasado. No como una forma de pesadez existencial. Sino como una forma de desapego. Cuando más me regodeo en esa situación dolorosa, doy mayores pasos hacia mi propia sanación. Comparto un trozo de esa carta mientras sigo mirando el paisaje y me abandono a la aventura…

Querido F…

gracias de corazón por tus sentidas palabras… Me halaga saber que aún recuerdas a este humilde servidor, que hace lo que puede y sin predicar mucho, intenta labrar un mundo nuevo en esta tierra cada vez más convulsa. O Couso va progresando poco a poco… No hay prisa por nada… todo va a su propio ritmo… Vamos haciendo en silencio, compartiendo nuestra experiencia para que sirva a otros.

Deseo felicitarte por ese reto que habéis asumido dando vida y soporte a vuestra hija… es una alegría ver que nuevas almas vienen a este viaje conjunto… Tenemos ahora una hermosa familia en el Couso que lleva dos meses con nosotros y tienen una niña de siete años que es toda una maestra… Increíble la experiencia que vivimos con ella… Así que felicidades por asumir el reto de sostener una nueva vida que clama voz para el nuevo mundo.

Ante la pregunta de qué hago cuando algo me irrita… Es algo complejo… Creo que la vida me está dando algunas herramientas basadas en la experiencia que he podido soportar con respecto al desapego… especialmente en estos meses en los que me están ocurriendo mil cosas… Creo que llegaste a conocer a la hermosa N. Estuve con ello casi tres años. Estaba enamorado de ella hasta el punto que casi nos vamos a vivir juntos cerca de Santiago… Allí compramos unos apartamentos y nos pusimos unos anillos de compromiso… A los pocos meses de esa aventura, encontró un trabajo en Francia y decidió abandonar la relación y marcharse. En ese momento de irritación reaccioné mal. No pude entender qué pasaba y estuve nueve meses de baja por depresión. Nunca me había pasado algo así, al menos con tanta intensidad. Me había ilusionado con ella y con la idea de tener una familia juntos. Desapareció y nunca más supe de ella, excepto por un abogado que envió para resolver el tema de los apartamentos.

En ese momento pensé que todo ese proceso fue muy injusto y me irritó mucho. Siempre pensé que era necesario hacer bien las cosas, cerrar bien los ciclos. Pero para que eso ocurra tiene que existir un mínimo diálogo. Al no tener esa oportunidad de poder hablar, de poder expresarme, me ahogué por dentro. Ahora que ya ha pasado el juicio y parece que voy a perder mucho dinero y algo de salud con todo este proceso, puedo decir que la irritación va disminuyendo gracias a enfocar mi vida en otras cosas, en O Couso, en la tesis que defiendo en unos días, en nuevas ilusiones y proyectos que llegan a mi vida de forma insistente… Me está costando salir de esta irritación, pero de todo se sale. 

Quiero decir con todo esto que la vida, en cualquier momento, nos puede poner a prueba y nos puede cambiar de forma drástica. Pensaba que estaba curado de espanto, que ya había vivido muchas situaciones y que tendría herramientas suficientes para superarlas… Y debo decir amigo que esta prueba ha sido toda una sorpresa y una enseñanza. Nunca estamos preparados para según qué cosas, y entonces nos toca hacer lo que podamos, hasta donde podamos. Debo decir que tuve la suerte de tener a personas maravillosas a mi lado que me ayudaron como pudieron a salir del pozo. Y eso ahora lo valoro. Tener a seres queridos cerca es algo que no tiene precio.

No te agobies por lo tanto por la irritabilidad de las cosas. Intenta verlo todo desde el desapego, sin implicarte en exceso emocionalmente. Una mente fría a veces puede echar una mano. El temple, el famoso temple, es necesario ante momentos de tensión ineludibles. Los momentos difíciles siempre van a estar ahí. Eso nos enseña la vida. Siempre debemos estar alertas, esperando la siguiente prueba, la siguiente enseñanza. Así que tómatelo todo con calma, especialmente ahora que tienes una hija a la que atender. Fuerza, mucha fuerza y valor para esa obra. Ser el responsable de un alma es todo un reto. Requiere inevitables sacrificios, pero sobre todo, un exceso de amor incondicional, comprensión y paciencia.
Estoy convencido de que serás un buen referente para tu hija, y estoy convencido que tu luz y amor llegarán todo lo lejos que se merece. ¡Ánimo con esa gran obra!

un abrazo sentido,

Creación de comunidades espirituales


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Miembros de la comunidad subjetiva de O Couso

Ayudar a dar a luz lo espiritual en la materia es una tarea compleja. Ni siquiera tenemos constancia del significado profundo de eso que damos por llamar mundo espiritual. Los filósofos y místicos de todos los tiempos se aproximaban bastante cuando hablaban del mundo de las ideas y los arquetipos. Aún no somos del todo conscientes, pero existe una comunidad de ideas y arquetipos que esperan manifestarse en la tierra, desean el parto para que se produzca el milagro que ocurre entre las nubes cuando las aguas se condensan en la atmósfera y se precipitan hacia el suelo fundando con ello fuentes, ríos y mares. Así funciona, de igual manera, el mundo intangible. Mediante la acción de ciertas fuerzas, las ideas se precipitan.

Cuando intuimos la idea del proyecto O Couso, sabíamos que de alguna manera teníamos que propiciar la caída desde el cielo de ese arquetipo. Ideamos un sistema sencillo. Primero creamos una triada. Tres personas son manifiestamente poderosas para crear y condensar arquetipos. Como es arriba es abajo. Luego buscamos un grupo de meditadores que se reunían todos los martes para crear el egregor, el espíritu grupal necesario para manifestar con ello “fuerzas” y “energías”. Eso hacíamos, elevar la mirada y estar más allá de nuestras pasiones humanas, de nuestros deseos y pensamientos. Mirábamos al cielo con ojos desapegados y brillantes, iluminados por la luz de la vida, con intuición y certeza de que estábamos trabajando para un bien superior. Las meditaciones grupales crearon un pequeño grupo de comunidad subjetivo que fue creciendo con en el tiempo hasta que la idea se precipitó. Lo demás vino por añadidura.

En 1905, Rudolf Steiner, teósofo y fundador de las Escuelas Waldorf, dio en Berlín una conferencia llamada “La Hermandad y la Lucha por Sobrevivir”. En esta conferencia habló de la necesidad de construir comunidades, y describió cómo los seres espirituales actúan a través de las comunidades y las personas que juntas trabajan hacia un mismo ideal. En esa conferencia dijo lo siguiente:

“La unión, la comunidad, trae a un ser superior que se manifiesta gracias a los miembros unidos. Es un principio universal de la vida; cinco personas que están juntas, que piensan y sienten juntos en armonía, son más que uno más uno más uno más… Entre estos cinco ahora hay un nuevo ser superior, también entre dos o tres: “Cuando dos o más se reúnan en mi nombre, estaré entre ellos”. No es el primero, ni el segundo, ni el tercero, pero algo totalmente nuevo que surge de la unión, y sin embargo sólo surge si el individuo vive en el otro, si el individuo obtiene su poder no sólo de él mismo, sino de los demás. Únicamente ocurre al vivir altruistamente en el otro. Por lo tanto, las comunidades humanas son lugares de misterio donde los seres espirituales elevados descienden para actuar a través de los seres humanos. Así como el alma se expresa en los miembros del cuerpo, uno no puede ver a estos espíritus que viven en las comunidades pero ahí están. Están ahí gracias al amor fraternal de las personas que en esa comunidad trabajan. Así como el cuerpo tiene un alma, una comunidad también tiene un alma. Lo repito y no lo digo como una alegoría o una metáfora, lo digo como una realidad”.

El parto de la luz requiere comunidades dónde seres intangibles puedan manifestarse y ayudar en la labor de crear un mundo nuevo. La unión de almas por un propósito común es posible si se hace desde la más absoluta consciencia, desde la intuición abierta y desde la fuerza de la voluntad al bien. Enfocar nuestras vidas, nuestros recursos, nuestras habilidades, dones y talentos a esta misión merece la pena. Steiner lo manifiesta de forma clara:

“Aquellos que trabajan juntos para ayudarse mutuamente son magos por que atraen a seres superiores. Si uno trabaja en una comunidad en verdadero ánimo fraternal no necesita usar técnicas del espiritismo. Los seres superiores ahí se manifiestan, y si nos rendimos a esta ayuda mutua, a este dar a la comunidad, nuestros órganos se fortalecen de manera muy poderosa. Al hablar o actuar como un miembro de esa comunidad, en nosotros habla y actúa no un alma individual, pero sí el espíritu entero de la comunidad. Este es el secreto del Progreso para el futuro de la humanidad: el trabajo en comunidades”.

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El salto no existe


 

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En esta foto hay un universo entero difícil de describir. Maia, la niña-ángel, el ángel Geo y un humilde servidor del mundo angélico, discípulo directo de Uriel, protector de las tierras y los templos de Dios, habitante de uno de los nueve coros celestiales. 

Recibo una carta de amor. Amor es relación, así que cuando alguien te escribe estrechamente, incidiendo en las letras y sus sentidos, incidiendo en los paisajes y los recuerdos, el amor brota. Acompaña al texto juguetón y divertido un breve relato hermoso, escrito con bella prosa y paisajes vivos. Decía José Luis Sampedro que los personajes que utilizaba en sus novelas salen de uno, pero salen de uno después de conocer un montón de cosas. Carlos Onetti afirmaba que no podría escribir si supiera de antemano lo que va a pasar en sus obras. Los grandes escritores siempre son referentes a los que hay que atender. Uno siempre aspira a ser uno de ellos, aunque con el tiempo, uno se da cuenta de que la grandeza no tiene importancia cuando lo que realmente importa es dar vida a la propia vida desde un estado atávico, desde una consciencia cocreadora. Por eso he recibido con agrado estas letras, tituladas “El Salto no existe”, con las cuales me recreo y comprendo al referirme a ellas con un sí quiero.

Uno no necesita historias ni personajes porque la propia vida es un cúmulo de experiencias difícilmente ordenable cuando se acumulan una tras otras sin tiempo a pensarlas, a sentirlas. Tras unos días intensos y hermosos en el Valle del Tiétar aparecí de repente en una hermosa iglesia en el centro de Madrid, en la plaza de la Paja. Allí, en la capilla del Obispo, había un coro de ángeles que cantaban en misa de doce, atrayendo hacia nuestro mundo tangible las delicias del mundo intangible. Lo digo en voz alta porque si estáis en Madrid o Barcelona os recomiendo la visita.

La Comunidad del Cordero o la Communauté de l’Agneau, en francés suena mejor, es un grupo de monjas de orientación franciscana y dominica que predican la pobreza extrema. Las hermanitas del Cordero, como gustan llamarse, nos acogieron con un amor celestial. Cuando nos dimos la paz, nos abrazamos de tal forma que a la salida alguien nos advirtió del impacto que había recibido al vernos. Ese abrazo fue una especie de sello, una especie de alianza para intentar construir puentes indestructibles. No puedo contar mucho más de lo ocurrido posteriormente porque necesitaría un libro para relatar solo la intensidad de ese día, así que guardaré para la privacidad los acontecimientos y detalles de una jornada intensa, bella y profunda.

Volví alegre y feliz a la montaña, a los bosques, tras unos días inolvidables. Aquí me encontré la noticia de que mi ex, no dada por satisfecha con la sentencia desfavorable para todos, pero sobre todo para mí en el juicio por la cosa común, ahora me reclama un dinero. Respiré profundamente y sentí un poco de pena. Sin más. He decidido no pensar más en este asunto, dejar que los abogados hagan su trabajo lo mejor que puedan y que la vida nos ponga a todos en nuestro justo lugar. Las leyes humanas, tan diferentes a las leyes divinas, no podrán nunca quitarme el sueño. Así que cierro paréntesis, agradeciendo el desahogo necesario para que no surjan tumores ni enfermedades cuando las cosas se enquistan y no salen hacia fuera. Aquí todo se disipa, porque la escritura también es terapia, también es proceso sanador. Me da pena, un poco por ella, y también por mí, por esa facilidad mía de meterme siempre en líos donde no me llaman. Sólo le deseo lo mejor y su mayor felicidad a pesar de esta mancha que quedará siempre entre nosotros.

Tras la vuelta de Madrid han sido días de vértigo. Sin tiempo para nada, sin electricidad en las cabañas, con mil asuntos que resolver en la fundación, en el proyecto, en las secretarías que presido de diferentes instituciones, en mis obligaciones profesionales, como voluntario en el proyecto y con la defensa de la tesis a la vuelta de la esquina. Me agradó encontrarme entre nosotros al amigo Koldo. Ambos sabemos que la nueva tierra ya no necesita maestros, ahora necesita testimonios. Hablamos de la importancia de ser perseverantes en nuestro testimonio, con humildad, con alegría, sin esperar nada a cambio. Un mensaje, en los tiempos que corren, requiere testimonios de vida real, de entrega real, de búsqueda de la verdad mediante el contacto directo con la naturaleza, con el otro extraño, con la experiencia de vida.

Me encantó volver y estar de nuevo entre esta familia hermosa, con Koldo y José Luis como regalo, con el retorno de Helena y Joan, con la familia angélica que estas semanas nos acompaña. Maia sigue siendo ejemplo de virtud y alegría. Os acompaño una foto hermosa de esa niña que descubre en nosotros nuestra parte más bella y profunda. De las cosas más bonitas que han pasado junto a Maia, una de ellas es cuando ayer nos levantamos entre las nieblas propias de esta tierra y tras la meditación encontramos a la perrita blanca comiéndose los huevos de las gallinas. La pudimos atrapar tras un mes viviendo entre las cabañas y jugando al gato y al ratón para no ser vista. Al sentirse atrapada intentó escapar por alguna parte, pero al ver que no podía, se sentó tranquila. La llamamos y nos acercamos lentamente a ella hasta que se dejó tocar. Fue un amor a primera vista. Le dimos de comer, la llevamos al veterinario, la limpiaron, la desparasitaron y quedó hermosa y linda.

Ahora la perrita ya no se separa de nosotros, y creo que el destino quiere que nosotros tampoco de ella. El salto no existe. Creo haber entendido algo de la vida. Quiero creer que la vida puede ser abrazada desde mil formas, pero siempre con un bonito testimonio. Nos equivocamos, erramos una y otra vez, especialmente cuando estás vivo, especialmente cuando caminas y transitas mil universos en una sola jornada. Especialmente cuando amas, cuando te abres al amor, cuando deseas amar y ocurre, entre tinieblas y luces, entre montañas y bosques, el halo milagroso.

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Perseverancia


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Mi primera acuarela

Uno de los mayores éxitos de cualquier empresa es la perseverancia. Puede ser una empresa personal, un proyecto colectivo, un ideario de cualquier tipo. La perseverancia es lo que hace que una semilla caiga a la tierra, sea enterrada por los acontecimientos cósmicos y naturales y de ahí brote algo que años más tarde, tras cientos de avatares, se convierta en un gran árbol. Sembrar cualquier cosa es señal de convencimiento de que lo milagroso ocurrirá tarde o temprano.

Carmen me inició hoy al mundo mágico del arte, de la pintura, de la acuarela. Tenía un miedo atávico a enfrentarme a un lienzo. Sé que mi arte se desarrolla con soltura en la escritura, pero tenía dudas de que fuera capaz de enfrentarme a un lienzo en blanco. La iniciación de Carmen me condujo hacia un mundo que jamás había explorado. Me dio el pincel y me señaló el camino. Tímidamente hice un trazo y algo salió. Vencí el miedo y descubrí que a partir de ahora, todo lo que surgiera tendría que ver con la perseverancia. Mis primeras letras estaban cargadas de miedo. Ahora simplemente escribo sin importarme mucho el resultado. Persevero día tras día por si esto puede ayudar a cualquier. Y siento que a mí me ayuda, me sirve, me resulta útil. Gracias querida Carmen por este bautismo necesario.

Hoy asistíamos a una pequeña reunión de un grupo local que pretende dinamizar cultural y artísticamente la zona del Tiétar y la Vera. Siempre pienso que los encuentros no son fortuitos, que a veces se tejen encuentros que nacen de una malla invisible de interconexiones. Dos personas creían reconocerme y les hice la broma de que quizás me hayan visto en la tele. Lo malo de salir en algún anuncio televisivo, aunque fuera fugazmente, es que puede crear un recuerdo en el inconsciente que luego sale de alguna forma mediante la ley del reflejo. En este caso la broma era cierta, pero el origen del recuerdo siempre puede llegar a ser algo complejo. A veces sucede que los recuerdos no son del pasado, sino de acontecimientos futuros. O recuerdos del ser, que saben, casi a ciencia cierta, que hay personas que inevitablemente pasarán por tu vida.

Me gustó escuchar atento las iniciativas que se pretenden impulsar en un mundo rural sobreviviente durante muchos años gracias al cultivo del tabaco y el pimiento. El pimiento de la Vera y sus miles de secaderos y ahumaderos que configuran esta rica tierra son señas de identidad inequívocas. La agricultura abandonó las tierras y con ello todo ese conjunto de secaderos que alguna vez se construyó para dinamizar la zona. No deja de ser paradójico que los hijos y los nietos de aquellos que luchaban por mantener vivas las tierras y sus familias ahora, convertidos en neorurales, deseen potenciar un lugar increíblemente hermoso y plagado de peculiares explosiones culturales y espirituales. Algo está ocurriendo en esta zona.

Lo cierto es que lo que parecía iba a ser un fin de semana tranquilo y apacible, se ha convertido en un foco de nodos, encuentros y experiencias hermosas y profundas. Las personas se enriquecen de alguna forma cuando interaccionan unas con otras. La perseverancia en los ideales, en los proyectos, en la vida, hace que lo milagroso se manifieste a cada instante. Perseverar en el amor puede provocar que el amor se manifieste de la forma más inesperada. Perseverar en la vida hace que la vida se expanda y se vuelva intensa y única.

Venir a este valle a contribuir de alguna forma, aunque sea humilde, a esa perseverancia de un sueño que debe manifestarse es todo un honor agradable. Las ideas preceden a las formas, decíamos estos días. Las ideas hay que sentirlas, llenarlas de corazón y acción, provocar que tengan vida propia para que se precipiten y provoquen nuevas formas. Es un principio hermético. Luego las formas crean nuevas ideas y así hasta el infinito. La rueda de la vida en la que vivimos requiere visiones. Las visiones son un reflejo de todo aquella que opera en el mundo de los arquetipos. Cuando el arquetipo aterriza, se manifiesta en la forma, la vida se expande. Por eso las semillas caen del cielo hacia la tierra y allí, en la oscuridad cálida y doliente, se transforman para volver a alcanzar el cielo. Así es, como es arriba, es abajo, y viceversa. Perseverancia entonces en todo lo que hacemos, porque los frutos, tarde o temprano, se manifestarán como soportes inevitables de nuevas semillas, de nuevas formas, de nueva vida.

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Una imagen del ser humano


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Esta tarde paseando con el autor del libro por el valle del Tiétar. 

 

Era la primera vez que me invitaban a una audiencia privada con el rey, ahora emérito. Por la profesión de mi compañera, podría acceder a Palacio. Con mucha paciencia le expliqué que como antropólogo siento una gran fascinación por la institución monárquica, pero como político si fuera alguna cosa sería republicano, y por lo tanto, la monarquía me resultaría totalmente incompatible con la democracia. Ante su insistencia y mi curiosidad cada vez mayor, empecé a buscar algunos trajes que pudieran ir en acorde con la ocasión. Me llegaron de repente trajes comprados en Londres, Ginebra, Hong Kong. Unos días antes del real encuentro desistí y me opuse, por principios, a ir. Como curioso antropólogo me arrepentí siempre. Cuando todo terminó, cogí todos los trajes excepto tres y los doné a la parroquia del pueblo de mi madre. El cura me miró extrañado y le dije que seguro que podría servirle a alguien del pueblo.

De eso hace mucho tiempo, pero también hacía mucho tiempo que no me ponía un traje. Me sorprendí al verme vestido de nuevo de editor y de la imagen que eso pudiera proyectar en los demás. Tras cinco años vistiendo con harapos, intentando rehabilitar una vieja ermita y una antigua casa, ya ni recordaba lo bien que se puede ver uno vistiendo con cierto decoro. En un mundo de ilusión y glamour como el nuestro, la imagen, la imagen de todo ser humano, es importante para los demás y para uno mismo.

Pero no era de esa imagen de la que nos quería hablar Javier, amigo y  autor de “Una imagen del ser humano”, libro recién editado en nuestro sello Nous. La imagen del ser humano al que él se refiere es a la del ser humano completo, es decir, irremediablemente, el ser humano espiritual, íntegro y verdadero. Tuvimos la oportunidad de presentarlo ayer, con la entrañable compañía de Esperanza Borús, en el que fuera centro Tomillo. Fue un momento hermoso y entrañable, donde pudimos hablar de la necesidad de esa llamada cósmica que nos llega desde el silencio, desde la meditación, desde la fe en el ser humano.

Es cierto cuando se dice que hay personas que viven en otra dimensión. Realmente lo que ocurre es que hay personas que ven las cosas desde otra dimensión. El dinero, las propiedades, las pérdidas… es como si todo fuera un juego… lo importante es el rastro que dejaremos aquí cuando nos vayamos… la huella que dejaremos… la bondad, la humildad, la generosidad, la amistad… es lo único que realmente deberíamos dejar como legado. El Ser que se manifiesta desde lo más profundo de nosotros solo aspira a dejar un legado de amor, de reconciliación, de perdón, de fe, de esperanza. Suya es la misión de redención del ser humano, de llevarlo a su estado más completo y complejo, de volcar toda la energía en elevar su sagrada condición.

Prestar atención real a eso es estar en plena comunicación con el halo de la vida. Cerrar los ojos y contemplar el ser maravilloso que somos y mostrarnos tal y como somos es sembrar la semilla para un mundo nuevo. Buscar aliados que puedan empoderar ese trabajo útil para las miríadas que nos miran desde los ángulos superiores de la existencia es poder completar esa misión de almas y ese lazo místico que nos une a todos. Javier lo explica muy bien en este libro y me siento honrado por haber sido puente para que el mismo viera la luz. Un nuevo punto de luz en la mente de Dios sujeto a que brille para dar pan al que no tiene y hambre y sed de justicia al que colmaste. Una fuente llena de agua que nos abrirá ventanas a otras dimensiones del ser.

Gracias querido Javier por tu infinita generosidad, ejemplo y valentía. Gracias por ser una hermosa imagen del ser humano.

El libro ya a la venta en este enlace:

http://www.editorialdharana.com/catalogo/una-imagen-del-ser-humano?sello=nous

 

 

Gracias de corazón por vuestro ánimo


Ánimo viene de alma. Aunque aquí en nuestra realidad parcelemos el alma, el gran espíritu es uno y se manifiesta en una unidad invisible que soporta todas sus manifestaciones. La realidad es una, y llega distorsionada a nuestra realidad particular. O mejor dicho, la distorsionamos y parcelamos con nuestra mirada.

Por eso cuando esta mañana recibía el apoyo y el amor incondicional de todos estos amigos, de todas estas almas bonitas que ayer no pararon de llamar y escribir para darme ánimos, sentí interiormente esa verdad de unidad. No estamos solos, no estamos caminando en un desierto. Si alzamos la mirada, ahí están todas las luminarias que forman parte de nuestro cuerpo invisible, de nuestra memoria colectiva. Por eso esta mañana lloraba de emoción al contemplar ese reconocimiento grupal, al comprobar que cuando pones la energía del amor al servicio de los demás, lo único que estás haciendo es reconocer esa unidad, abrazar esa fe de pertenecer a algo mayor, más grande, más poderoso, más universal.

Me quedaría corto si tuviera que agradecer uno a uno todas las muestras de cariño recibidas en estos tiempos complejos. Cuando no desfalleces ante la adversidad, cuando intentas amar a tus enemigos incondicionalmente, inclusive apoyándoles en sus causas y alentando sus vidas, comprendes que todo son pequeñas parcelas de nuestra mente pero que en el halo invisible viven y conviven en la unidad del espíritu.

Por eso en el amor en acción, en la generosidad infinita de unos sobre otros, se manifiesta siempre lo milagroso. Eso no es más que reconocer aquello que realmente somos, aquello que nos une y aquello a lo que aspiramos con fuerza en nuestras vidas presentes y futuras. La unidad de la humanidad no es más que sentir el aliento común, el pasajero palpitar de todos los corazones unidos en una sola música, en un concierto global que desea, en lo más profundo de todo, abrazar al otro, amar al otro, responder a la mirada infinita del otro.

Ese es el misterio de cuanto ocurre de verdad. Entenderlo y abrazarlo es la tarea más ardua que se nos ha dado. Poder amar, abrazar al otro incondicionalmente, sea quien sea, venga de donde venga, es el reto de este proyecto que entre todos estamos levantando. Es ahí donde comprendemos, ante la sorpresa del nuevo día, que el trabajo real del ser humano es abrir su corazón al diferente y respetarlo tal y como es. Por eso amo a los que en estos días, meses y años me han puesto difícil esa tarea. Son ellos los que nos conducen con sus pruebas a la mayor de las incondicionalidades. Son ellos, sin darse cuenta, los que ayudan a comprender que a pesar de nuestros errores, de nuestras infinitas pruebas, solo nos queda amar.

Gracias de corazón por vuestro ánimo amigos. Soy otro tú, y por ello os abrazo agradecido con la esperanza de un nuevo día, con la voluntad de continuar, cueste lo que cueste, levantando en el mundo nuevas utopías… Gracias por ese ejército de luminarias que lo hace posible…

Gracias especialmente a Marian y a María por su amor infinito y por la idea del video. Y a todos los que han participado en el mismo, mi mayor reconocimiento y gratitud.

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Sentencia


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Hoy a las cinco de la madrugada me desperté totalmente despejado. Interiormente intuía que algo iba a pasar. Miré el móvil. Había un correo de mi abogado. Había llegado la sentencia del juez. En resumen: los tres pisos a subasta y yo me tengo que hacer cargo de las costas del juicio, unos veinte mil euros. Me parece surrealista.

Me levanto sereno. Voy a la ermita e intento no perder la calma. Medito en silencio y dejo que amanezca el día. Tocan a la puerta de la ermita. Es el taxista del pueblo que me informa que Geo está en la comisaría de la Guardia Civil. Sonrío por dentro. Recojo mis cosas y voy a buscarlo después de estar un día desaparecido. Se fue de parranda y terminó en el calabozo. El cabo del cuartel me entrega a Geo, el cual se pone contento al verme, pero con esa cara de circunstancia que pone cuando sabe que ha hecho algo que no está bien. Es la misma cara que tengo en este momento. Algo no hice bien, especialmente confiar en la gente, intentar ayudarla de forma tan desproporcionada, dejarme llevar por mi ingenuidad a la hora de enfrentarme a la vida. Me faltó equilibrio y ahora lo estoy pagando.

Subo a la editorial y leo con calma de nuevo la sentencia. Llamo a mi abogado. Me explica que es injusto y que deberíamos apelar. Me informa que los veinte mil euros se los queda el otro abogado, que de eso trata las “costas” de los juicios. Le digo que no entiendo nada, que no entiendo la “justicia” ni su funcionamiento ni porqué un abogado tiene que ganar tanto dinero a mi “costa”. Intento no implicarme emocionalmente. La depresión que sufrí a cuenta de todo esto me hizo fuerte y ya nada me afecta como antes. Sólo analizo los hechos para entenderlos.

Los hechos son objetivamente claros. Me compro iluso e ilusionado unos apartamentos con la persona con la que en ese momento deseaba compartir mi vida, vivir una vida juntos. No tenía necesidad de hacerlo, pero ella quería vivir a toda “costa” en aquel lugar. Cedí a sus deseos con la esperanza de pasar más tiempo juntos. A los pocos meses ella encuentra un trabajo en el extranjero y decide romper la relación, ocupando su familia los apartamentos. Caigo en depresión y la depresión me hace caer en bancarrota. En esa situación tremenda decide demandarme con la intención de quedarse con los tres apartamentos a cambio de nada. Lo quiere todo. Para la compra de esos apartamentos me endeudo con un amigo y con un banco para pagar la entrada y amueblar los pisos. Me endeudo con el abogado para hacer frente a la demanda de quererlo todo. Llega la sentencia y dice que los pisos van a subasta, por lo cual lo pierdo todo, los pisos y lo invertido en los pisos. Y además, así es la justicia, debo pagar cerca de veinte mil euros de costas. Me entero que las costas son los honorarios que se llevan los abogados, lo cual me resulta insultante. Es evidente que la justicia es solo para unos pocos. Porque si alguien que no tiene nada desea pelear por lo suyo, no sólo lo pierde, sino que además debe indemnizar a los avaros que buscan lucrarse ante la debilidad de los mismos. Estos hechos y su injusticia me alejan de la realidad. Es evidente que el mundo gira en un sentido extraño que no soy capaz de entender, ni atender.

Pienso en ello e intento hacerlo desde la serenidad. Intento descifrar este mundo del cual me deseo desprender poco a poco, pero es complejo poder abarcar algo así. Me llama una amiga y me dice que la gente mata por dinero, que yo vivo en otro tipo de mundo que supongo, no es real. Que la vida no es como yo la sueño. Que hay gente que desea hacer daño, y cuando lo hace, se regocija del mismo. No quiero creerlo, respiro profundo y sigo pensando, en el fondo, que el ser humano es bueno por naturaleza. Solo eso puede darme fe y esperanza para seguir adelante. Y solo por eso merece la pena seguir.

En fin… me toca pensar qué hacer mientras respiro profundamente, mientras intento encajar este nuevo golpe. Además de seguir pagando durante años el préstamo que pedí para comprar los pisos, además de ver como pierdo algo que también era mío, además de dejar que me embarguen lo poco que tengo para poder hacer frente a las injustas costas del juicio, además de no cometer ninguna estupidez que pueda empeorar las cosas, realmente no sé qué hacer, excepto respirar profundamente y dejar que la vida entre en mí. Quizás no deba hacer nada, solo respirar y respirar, preñarme de vida. Quizás deba abandonarlo todo, como cuando en alguna tragicomedia uno siempre se debate entre el ser y la nada, y decide la heroicidad de ser.

Al menos me toca felicitar al mal, que parece que va ganando batallas poco a poco… Algún día me tocará sellar todas sus puertas, las puertas dónde se halla el mal, y vencer todas estas batallas. Mientras, sigamos fortaleciendo el alma, sigamos aprendiendo, sigamos buscando luz, más luz…

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Ser semilla


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La fecundidad vence a la muerte en toda comedia. La sátira representa la inversión de la épica. Lo primero es un viaje a la reclusión, lo segundo es un viaje hacia la libertad. Hoy ha sido un día de comedia, de sátira y de épica. Amanecí con un gran dolor de espalda debido a un mal gesto mientras ayer arrastrábamos un gran tronco pesado. La situación desastrosa duró todo el día. Diciembre se aproxima y hay mucho por hacer antes de que vengan nuestros invitados. Al menos llegaron las estanterías puntuales. Pudimos sacar todos los palés de libros y ordenarlos en los estantes recién montados. Terminamos la épica ya muy tarde, con la espalda casi molida de arrastrar libros, de colocar cajas, de amontonar montones de sátiras en espacios limpios y ordenados. Al menos conseguimos un rincón seguro y bonito, acogedor y esperanzador para protegernos del frío.

También llegaron por fin las pizarras. Con dos meses de retraso, pero llegaron. Las miraba una a una. Todo un dineral invertido para proteger durante las próximas décadas el tejado ya casi terminado. Sólo un último esfuerzo antes de que lleguen las lluvias, y las nevadas y el frío. Un último esfuerzo que aún queda por resolver cómo se hará. Y esta semana llegarán también unas nuevas baterías. Ojalá eso nos permita trabajar hasta que las fuerzas nos abandonen. Me enorgullece poder trabajar desde una pequeña cabaña. Se acaba de ir la luz y no se cuanto más podré escribir. Pero guardo en mi corazón la generosa aportación para que la luz vuelva de nuevo.

Hoy vino también el aparejador. Parece que hoy fue un día fecundo y vencimos a la muerte. El aparejador nos dio instrucciones para empezar a construir la Escuela. Todo se amontona. Mil frentes, mil batallas, un millón de sensaciones que no hay tiempo para ordenar.

En todo este circunloquio extraño me doy cuenta de que soy semilla. Moriré vencido en la tierra oscura y doliente y venceré a la vida cuando algo de todo esto germine. Aún no sé cómo será el fruto, aunque lo ideal es pensar que es algo que nunca sabré. Y ese pensamiento es un viaje hacia la libertad, porque sabes que el propósito es morir para que algo nazca. Todo tiene sentido en esa ecuación. Vencer la muerte no es más que ser generoso con la vida, darlo todo, morir semilla en la tierra. Mirando los cientos de libros editados, viendo el paisaje otoñal de este lugar impresionante, observando todas las almas que deambulan por este espacio, entiendo la necesaria posibilidad del sacrificio. La semilla cae a la tierra, muere en la tierra, y al morir, nace de nuevo la vida. Así con todo. La semilla lo da todo, se envuelve de generosidad para que se exprese la esperanza futura. El sacrificio es algo hermoso, liberador. La muerte en la cruz no simboliza dolor, simboliza esperanza, fe en la nueva vida.

Me gustaría deleitarme en este pensamiento pero mi viejo ordenador no soporta, como antaño, la falta de electricidad. Me marcho a dormir con un inmenso dolor de espalda. Mañana será otro nuevo día. Mañana brotará un manto cálido de efervescente posibilidad.

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La piedra, la hoja, la puerta ignota


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¡Paseo Geo!

A M., agradecido…

Cinco minutos de silencio transforman tu vida. Desnudo, perdido, los libros se amontonan en mis pupilas. Enciendo la barra de incienso y recuerdo las palabras de aquel poeta: la piedra, la hoja, la puerta ignota. Me gustó la película sobre Thomas Wolfe, pero especialmente por el papel de su editor y por la compañía. Los momentos ahora son recuerdos, pero los recuerdos también pueden ser una llama.

Las hojas se amontonan en los aledaños de los caminos. La vida se estruja en cada instante. Todo pasa rápido, todo lo engulle el tiempo. Sí, la vida pasa mientras paseo junto al río viendo como los frutos de otoño caen destrozando avenidas. Extraño todo. Extraño todo aquello que no puedo abarcar, todo aquello que ya será imposible arremolinar entre los sentidos.

Es siempre seductor un cuerpo desnudo. Está prohibido hablar sobre ello, pero cuando se desnuda la vida, podemos observar su fragilidad. El lector de cualquier libro puede danzar en su imaginación sobre pensamientos que engulle de esa prisión indecible e inexplicable que es este mundo. Frágil, vidrioso, quebradizo. La vida se replica, pero sabemos, aunque no queramos admitirlo, aunque vivamos ajenos a ello, que en cualquier momento despertará en nosotros el temor. Somos extranjeros de paso, estamos aquí, vivimos una experiencia humana y la abandonamos en cualquier instante. Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos, nos decía el poeta. Perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Nos replicaba. Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? Se preguntaba.

Admitamos que no sabemos nada. Que vamos improvisando, que vamos arrastrando el alma de un lado para otro, pero sin caer en la cuenta que el alma muere en el soma, en el cuerpo que lo habita. El alma asfixia su propósito mientras que exploramos ciegos cualquier posibilidad, olvidando siempre la gran oportunidad que se nos dio para dar cobijo a la vida, a la expresión máxima de la existencia. Somos demiurgos de nuestra propia ignorancia. Somos presa del pánico que subyace en el olvido de nosotros mismos.

Miro las montañas de libros y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Pero luego resulta que recibo un cariñoso saludo desde Uruguay y eso me abre el corazón, me parte el pecho. Y de madrugada, una mano roza el cabello mientras el bosque eriza su pesada carga. Y vuelvo a la vida reviviendo cada instante sin que me tiemble el suspiro. El perdido sendero que conduce al cielo se aproxima cuando observo que nada permanece. Todo está bien cuando se contempla desde la unidad que los gunas aportan en el estado sátvico. En la unidad del espíritu, la piedra, la hoja y la puerta ignota son una misma cosa. La grandeza del ser solo puede entenderse desde su sencillez, desde su humilde condición humana, desde el inacabado estado de consciencia despierta.

Batido por el viento deambulo de aquí para allá, intentando satisfacer las voces que reclaman agua en el desierto, los cantos sílbicos de aquellos que promulgan una palabra perdida, un verbo creador. La desnudez preñada de noche. La ausencia de luz no es producto de un acto reprochable. Son los ciclos. Debemos adaptarnos a cada nueva estación. Así es la vida. El sol viene y va, esperando nuestra generosa respuesta, muy parecida a ese entendimiento de sabernos dignos de la vida gracias a generaciones y generaciones de supervivientes que durante siglos anduvieron por estas tierras. Y esa generosidad se expande arrojando luz a los otros, a los que nos acompañan en el arrebatador viaje. Miramos el sol pero no comprendemos su grandeza. No es por la vida, es por la generosidad que expande día y noche. Incluso cuando todo resulta oscuro.

Llega el crepúsculo. En otoño es difícil adivinar qué tipo de luz vendrá cada noche. La oscuridad es diferente, cargada de ansiedad pero sosegada, viciada de estrellas pero temida al frío. Miro las estanterías y cientos de libros se amontonan unos sobre otros. No puedo parar de mirarlos. Miro el suelo y cajas y cajas enteras se apilan buscando salida honorífica a tan nobles letras. Aún guardo el adorable paisaje del amanecer mientras me pregunto como hará la luz para adentrarse entre tanta tiniebla. La piedra, la hoja, la puerta ignota. Sólo son fragmentos de una realidad esquiva, fragmentada, ilusoria. Si te instalas en el estado sátvico verás que la luz rodea por todas partes… le digo mientras la imagino caminando entre alamedas de asfalto. Aquí el bosque tiembla. Aquí el bosque se llena de luz.

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El azote del viento


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El viento azota fuerte las copas de los árboles. El ocaso ha terminado con las últimas lágrimas de sol y los rayos, ausentes, deambulan por el otro lado del mundo. Aún puedo distinguir la línea del horizonte, las montañas al fondo, el bosque aquí dentro. Hoy salió el sol y posiblemente las baterías mantendrán algo de electricidad un par de horas más. Luego la noche total, el silencio, el apagón que termina con todo lo que tiene que ver con lo humano. Luego el viento y su azote. Se apaga lo humano y se enciende el lado salvaje de la naturaleza. La oscuridad, el flujo mistérico, los animales del bosque que deambulan de un lado para otro, la soledad y los sueños, de nuevos repetitivos, de nuevo errabundos. La vida manifestada, invisible, palpitante.

Los caminos están plagados de setas. Como hay mucha humedad, las hermosas y vistosas salamandras inundan sus orillas. Hay que caminar despacio entre el crujir de las hojas del bosque para no pisar ninguna. Hay un perro blanco, hermoso, tímido, que se ha instalado al lado de la cabaña. Me cruzo con él e intento hacerme su amigo, pero las alianzas son complejas entre especies que no se conocen, entre seres que acaban de compartir saludos ajenos. Siempre hay miedo a lo desconocido. Por eso nos aterra el ciclo de la vida. Por eso tememos a la muerte.

Son las ocho de la tarde y me acuerdo que tengo que cerrar los patos y las gallinas en el corral antes de que algún zorro se de el festín. Dejo de escribir y me lanzo corriendo hacia el otro lado de la finca. Quizás cuando vuelva ya no tenga electricidad. Las viejas baterías están estropeadas y no dan mucho de sí. Me arriesgo. Lo primero es lo primero, mientras pienso que debo afrontar el invierno de forma diferente si nos quedamos de nuevo sin electricidad. Llevar una empresa y una fundación desde una cabaña no es fácil. Tiene su parte bohemia y romántica pero también sus complejidades. Una heroicidad, o una locura. Lo pienso mientras azota el viento y la vida sigue su curso.

Acabo de volver. Aún hay algo de luz. La gata Meiga ha entrado en la cabaña y posa su cabeza entre la almohada y la ventana, mirando el ocaso. El recuento ha sido perfecto. Diez gallinas, un gallo y dos patos. Echo en falta a los pavos, especialmente a la pava bizca. Le había cogido un especial cariño. Pero este lugar parece que no fue creado para pavos. De hecho, este lugar solo fue creado para valientes, locos o héroes… Yo estoy entre los segundos y eso me llena de cierta soledad que intento desahogar con paseos o escrituras o mucho trabajo. Las tareas del día a día nos distraen, las obras avanzan despacio, pero avanzan. Siempre hay mucho por hacer. San Francisco tenía una gran obra por construir. Ahora entiendo de cerca lo que deseaba transmitir. Es la humildad ante los elementos, también ante lo más elemental de la vida. La supervivencia te hace ver la existencia de forma profunda y dócil. Aprendes a inclinarte, a arrodillar todas tus creencias ante la inmensidad, ante el infortunio, ante el halo mistérico.

La escritura me fascina y la disfruto. Me gustaría dedicarme solo a escribir. Esta combinación de letras y palabras que vienen acompañadas de cierta energía, de cierta emoción, de cierto pensamiento y a veces, incluso de cierta alma. Me gustaría poder vivir abiertamente de la escritura. Editar algún libro, porque me fascina ese trabajo de escribano, de monje medieval que intenta rescatar los clásicos antiguos para que se transmita el conocimiento de generación a generación. La sabiduría perenne sigue llamando a mis puertas como antaño. Pero es una tarea ingrata, compleja, difícil. Para sostenerla los antiguos monjes tenían que labrar la tierra, cuidar de los animales, hacer el pan y rezar mucho para que Dios no descuidara la inmensa labor de proteger el misterio. Mi tarea es parecida. Tengo que editar diez libros ajenos a mi sentir para poder salvaguardar uno que requiere una dimensión espiritual diferente. La cultura ha sobrevivido a lo largo de los tiempos por ese rango de sacrificio que requiere soportar lo material bajo el prisma de lo intangible. Lo espiritual requiere de soportes ajenos a su dimensión profunda, hasta que llega el momento de espiritualizarlo todo. Entonces lo vulgar se vuelve sagrado y lo ordinario extraordinario. Entrar en lo milagroso por la puerta estrecha requiere de mucha disciplina, de mucho sostén y fortaleza interior, de mucha capacidad para soportar los envites de la ceguera. Te quedas sin luz, y de repente no sabes cuanto aguantará la batería del viejo ordenador. Es evidente que cuando en los monasterios se quedaban sin velas la catástrofe podría ser inmensa. En invierno los días son cortos, y la tarea siempre es más compleja.

Por la tarde fuimos a pasear y nos tumbamos en la hierba, en el prado de las hadas. Allí hablábamos sobre el amor. Por dentro sentía ganas de enamorarme. De la vida ya lo estoy, pero sentía ganas de ensanchar de nuevo el pecho, de inflarme por dentro hasta levantar dos palmos mi cuerpo sobre la tierra. La soledad tiene sus cosas buenas, pero la locura de estar enajenado por otro ser es algo que no tiene precio. Hoy sentía deseos de primavera, a sabiendas de que la primavera pasada se frustró el intento de volar un poco más alto y de que las futuras serán posiblemente meras ilusiones. Pero hace frío y el invierno acecha. Viento, hoy azota mucho viento y las copas de los árboles resuenan con fuerza. Así es el otoño en los bosques. El aire despoja y desnuda a toda la naturaleza. Solo permanece lo perenne. Como la sabiduría que estoy obligado a proteger, promover, divulgar. Contra viento y marea.

Por dentro todo está bien hilado. Siento que las vidas se conducen por un camino oculto, invisible. No podemos gobernar del todo los acontecimientos invisibles, pero sí podemos intentar entenderlos. Hay un gran plan universal que nos espera, que está deseoso que nos entreguemos a su causa mientras se teje con sutiles maravillas. Es cierto que nuestras distracciones cotidianas nos impiden ver esa gran belleza, esa oculta brillantez, pero persistimos. Sólo cuando miro al bosque y observo el balancín de las copas de los árboles en el ocaso mientras suena algo de música sacra en esta humilde cabaña puedo entender ese hilo misterioso. Persistir, era tras era, es lo que nos lleva siempre a tan arraigada disciplina.

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Españoles, Franco ha muerto


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España ha sufrido en el último siglo al menos siete golpes de Estado (1874, 1923, 1926, 1929, 1932, 1936 y 1981). Ha vivido a lo largo de su historia una veintena de guerras civiles, siendo la más conocida la última, por haber terminado en una dictadura de más de cuarenta años que aún, fantasmas incluidos, nos persigue. Lo de hoy tan sólo ha sido un acto simbólico, arquetípico. España sobrevive, por su singularidad, a base de mitos y héroes. Un pueblo sin pueblo, o un pueblo donde se cruzan cientos de pueblos, culturas y realidades, sorprende que aún siga gobernando un deseo mayoritario de unidad ante tanta diferencia, procedencia y riqueza cultural. Lo extraño es que no haya sido fragmentada en mil realidades, en cientos de pequeños estados-nación, en mil revoluciones más. Quizás eso dice más de su esencia que los ruidos de aquellos que la han querido dinamitar, ya sea por alzamiento militar o por alzamiento de las sonrisas o por cruentas guerras civiles.

Realmente lo que hay en el inconsciente colectivo es algo que tiene que ver con unas esencias históricas milenaristas que en este momento no somos capaces de entender. No se entiende que la flagrante unidad de España sea dinamitada por unos y por otros a su manera. No se entiende que los que la defienden odien a todas sus singularidades, que por otro lado, es lo que realmente la hace diferente, grande y única. Pocos pueblos han sido tantas veces invadidos, masacrados, conquistados y vilipendiados como los pueblos de España. Pocos lugares como el nuestro ha tenido capacidad de absorber estoicamente todas las singularidades culturales que a lo largo de la historia se han asimilado, ya sea por derecho de conquista o por reconocida vocación de autodestrucción colectiva.

El que hayamos tardado tanto tiempo en separar al verdugo de sus víctimas, al reconocido dictador por todas las fuerzas internacionales de un monumento que rozaba la vergüenza más torera, no deja de ser simbólico de nuestras esencias. Que esto se haya hecho con un gobierno en funciones, en pleno debacle de la unidad de España y en plena crisis territorial por unos y por otros no deja de ser simbólico, digno de tratamiento psiquiátrico.

Quizás esta complejidad, como digo, estas formas de entender el mundo, inclusive con esos tics nostálgicos de unos que piensan eso tan manido de que tiempos pasados eran mejores, no deja de ser una paradoja digna de estudio psicológico, antropológico y social. La complejidad de España y de sus pueblos, muchos extraños y antagónicos los unos con los otros, es una maravillosa riqueza solo posible en un territorio labrado de conquistas, con una orografía tan diferente y peculiar como puedan ser los desiertos del sur y las exuberantes montañas del norte, un mar Mediterráneo unido por un trozo de península con su feroz océano Atlántico. Este país es de tal belleza, riqueza y esplendor que no requiere mayor explicación para entender que todos quieran conquistarlo y todos deseen hacer de su propia parcela un chiringuito al que gobernar a su antojo.

Hoy debería ser un día de celebración silencioso, de restauración humilde, madura y sensata de una historia que reclamaba este hecho. Ojalá, ahora sí, Franco haya muerto de verdad en nuestras consciencias, y especialmente todo aquello que trajo de muerte y dictadura. Ojalá España madure poco a poco hacia un futuro mejor, más justo y libre, y ojalá estos cuarenta años que llevamos de retraso con respecto a otras culturas vecinas nos sirva para enfrentarnos al futuro con optimismo, con unión, con fuerza, fraternidad y alegría. Ojalá los pueblos de España, tan diversos y complejos, entiendan algún día que la riqueza que poseen solo puede ser mejorada mediante el apoyo mutuo y la cooperación. El aislamiento, la sublevación y la rebeldía no traerá nada nuevo ni nada bueno. Solo el fraternal entendimiento entre sus partes hará que la luz brille de nuevo en la estela hercúlea de esta hermosa tierra. El Estado que acoge a tan peculiar holograma y singularidad tendrá el reto futuro de hacer posible la introspección necesaria para el entendimiento. Sus partes, el alza de miras necesaria para entender que sólo juntos podremos enfrentarnos a los retos futuros que se avecinan.

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La supremacía cuántica


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“Moonshots. Objetivo la Luna”. Este es el nombre con el que en Google afrontan los retos y avances científicos que repercutirán a largo plazo los éxitos de la compañía. Saben que estos éxitos deben basarse en proyectos a muy largo plazo, por eso el objetivo principal es tener consciencia de que la inmediatez no es amiga del éxito, y que las carreras de fondo suelen ser más afectivas que aquellas que pretenden un beneficio rápido y, muchas veces, volátil. Pensar así es lo que nos permite cierta supervivencia psicológica a la hora de emprender cualquier proyecto cuyos beneficios, a veces no siempre tangibles, requieren una proyección a futuros, o cuyos beneficiarios no sólo serán unos pocos, sino el conjunto de la humanidad.

Los valientes y atrevidos exploradores que surcaban océanos y continentes enteros y desconocidos no lo hacían necesariamente por un beneficio material. Ocurre lo mismo con los que exploran la poesía, la mística, las artes o las ciencias. Hay algo mayor que les mueve, algo que surge de una certeza interior que les anima para mejorar la especie humana. En la religión tenemos ejemplos extremos, como el de Jesús, que no temió la muerte y se enfrentó a una vida errante con el único propósito de inyectar en la psique colectiva un mensaje de paz y amor.

Por eso los soñadores y visionarios son imprescindibles, a pesar de que muchas veces son poco valorados, estigmatizados, tachados de locos o fantasiosos. Los que sueñan con un mundo mejor y sacrifican sus vidas para que esto repercuta en beneficio de todos son personas aisladas y poco reconocidas. Normalmente crucificadas en el altar de la historia como desdichados en su tiempo, pero capaces de transformar algo de nuestra cultura o nuestra humanidad cuando otros, normalmente ya desaparecido el sujeto, reconocieron sus actos. De ahí que muchos autores, soñadores, poetas, científicos o artistas murieron en la pobreza más absoluta al ver cómo sus fortunas personales eran atropelladas por la incomprensión de los tiempos.

Vivimos una contemporaneidad extraordinaria y los descubrimientos cuánticos desvelarán aún mucho más los misterios de nuestro universo. Nunca la ciencia había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Los avances son exponencialmente multiplicados por cien en todos los aspectos. Las películas que hasta hace poco resultaban ser de ciencia ficción se quedan anticuadas ante los avances y descubrimientos de nuestro presente. La supremacía cuántica que está logrando empresas como Google o IBM van a cambiar y acelerar aún más estos procesos revolucionarios.

Por desgracia, los hechos culturales no van a la par a los hechos tecnológicos. El ser humano no ha logrado aún adaptarse a los cambios que se avecinan, y el tejido social aún no está preparado para comprender la necesaria transformación que se dará en las próximas décadas. La ciencia y la tecnología abrazará a las artes y éstas, a su vez, se reconciliará con la naturaleza y su misterio. Ese misterio está tejiendo las redes necesarias para desvelarse poco a poco y comprender así, desde un sentido profundo y humano, lo que realmente somos, a lo que realmente hemos venido y la cuestión más imprescindible para nuestra supervivencia: qué debemos hacer a partir de ahora para albergar esperanza de futuro como raza y especie.

En este sentido, los soñadores y visionarios serán cada vez más necesarios, porque suya será la labor de esbozar con precisión, y desde una nueva cultura ética, cómo encauzar estos nuevos retos futuros en esta nueva era de síntesis. La era del saber, como lo llaman los místicos de nuestro tiempo, está empezando a nacer. La era de Acuario nos dará de beber no sólo de las fuentes primigenias del conocimiento, sino también de los ocultos afluentes que saldrán poco a poco a la luz de todos. Estemos atentos a las visiones. Estemos atentos a los sueños. El mundo avanza sin miedo, con esperanza, con fe, con necesidad de supervivencia.

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Que el pasado no condicione nuestro presente


 

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Hoy teníamos que tomar algunas decisiones que a priori, de haberlas dejado en manos de nuestra experiencia pasada, hubieran sin duda condicionado la respuesta a nuestro presente. Pero nos dábamos cuenta de que eso era un error. Lo pasado puede servir de experiencia, eso es indudable, pero no podemos tomar decisiones únicamente basadas en esas experiencias, especialmente si han sido erradas o negativas. Si nuestra última relación de pareja fue un fracaso cargado de rabia, eso no debe condicionar las futuras relaciones de pareja. Si tuvimos una experiencia negativa a la hora de mostrarnos generosos con algunas personas que respondieron a esa generosidad con envidia o rencor o abuso o avaricia, eso no debe condicionar nuestra naturaleza generosa. Por eso cuando hoy teníamos que tomar una decisión extraordinaria y excepcional con respecto a una situación que en el pasado no resultó ser muy positiva, no quisimos que esa experiencia condicionara el presente.

Por eso de alguna forma hemos sentido cierto alivio al pensar que la decisión tomada, algo incómoda, nacía desde lo más profundo del corazón. Sin miedo a expresarla, sin miedo a la contradicción, sin miedo al qué dirán. Lo único que nos preocupaba era el bienestar de las personas que ahora están aquí y única y exclusivamente hemos pensado en eso, sin condicionarnos por el pasado ni por el futuro.

Visto así, esto puede ser algo que nos libere, porque cada situación es justamente diferente al resto, y a veces, condicionar las decisiones por experiencias pasadas, por sentires pasados que tal vez ya no existan o no tengan vigencia puede suponer un punto de liberación. Esto se puede extrapolar a lo macro, a la política, a la economía, a las relaciones entre pueblos hermanos. Si no corrompemos el discurso con dialectos del pasado, si somos capaces de construir una metarealidad nueva que favorezca al conjunto y no a los intereses de unos cuantos, si somos capaces de verificar que los tiempos han cambiado y que, por lo tanto, la mirada también lo ha hecho, podemos tomar decisiones acertadas ajustadas a la nueva realidad, a la nueva experiencia.

Cambiar la óptica es complejo, arriesgarse a tomar decisiones que puedan cambiar las reglas es complejo. Lo que eleva la mirada es la visión de algo nuevo, no el repetir un nuevo patrón ya establecido. Es decir, no prometer algo nuevo cuando de lo que realmente estamos hablando es de replicar algo que ya es conocido por todos. Lo arriesgado de verdad es ofrecer una alternativa realmente liberadora pero que nace del conjunto de fuerzas implicadas, alejados de patrones, alejados de creencias preconcebidas, de amores hacia ideas que se han demostrado erróneas y aberrantes.

Lo revolucionario no es replicar lo que se está intentando destruir. Lo revolucionario es construir algo nuevo, enriquecedor para todos, dibujado desde una perspectiva diferente y extraordinaria, basada en la circunstancia presente, no en hipótesis futuras o en experiencias pasadas que ya nada tienen que ver en todo lo que ahora sucede. Si nuestro presente lo vamos a construir basado en las premisas del pasado, estamos buceando en un mismo circunloquio sin salida. De ahí la mirada fresca del momento presente, de ahí la necesaria revisión de cada uno de nuestros patrones condicionantes.

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No os olvidéis practicar la hospitalidad


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La puerta estrecha de O Couso. Por aquí entran y salen verdaderos seres angélicos…

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. (Hebreos, 13-2)

Las noches ya son frías. Cinco grados de máxima. Cuando el termómetro baja de los diez enchufo la estufa unos minutos para calentar la cabaña antes de acostarme. Los días son cortos, lo cual genera que las viejas baterías no den suficiente luz y a las nueve ya no tengamos electricidad. Nos resignamos. Así son los otoños. Así será el largo invierno, un tiempo donde estaremos más dentro que fuera, más en contacto con la levedad de la luz que nos atraviesa, fina y delgada, invisible.

Esta mañana éramos puntuales a la meditación. Las meditaciones son nuestro mayor soporte para superar los días complejos como los de estos días difíciles. Allí la mente se calma, el espíritu nos posee por unos instantes y nos susurra palabras de aliento y ánimo. Luego cantamos un poco. En la ermita ya empieza a hacer frío, pero los cantos destemplan los ánimos. También los veinte minutos de yoga, que suelen hacerse con deseo de calentar los cuerpos. Los monjes de antaño creaban sus propias rutinas para albergar en sus corazones la esperanza del reino de los Cielos. Nosotros nos arraigamos a la fe para que el Cielo se manifieste cada vez más en nuestros corazones. Sentimos una llamada inequívoca, y esa llamada responde a un eco que proviene de aquello que no se puede nombrar, de aquello que brota como un manantial puro en nuestras almas.

Hoy el reto era conseguir abrir un hueco en la dura pared de piedra para colocar una antigua chimenea en la habitación que estamos habilitando con urgencia para refugiarnos en invierno. Estuvimos cinco horas sin parar de sacar piedras, colocar los tubos y hacer que la estancia recibiera los primeros calores de leña. Ha sido emocionante ver como el esfuerzo ha merecido la pena. El hecho, nuevo para nosotros, de que exista una familia con una hermosa niña de seis años nos anima a buscar las mayores comodidades posibles.

La niña es un ejemplo para todos. Cualquier otro niño estaría llorando todo el día, quejándose ante la adversidad excepcional que estamos viviendo en estos tiempos. Pero ella siempre sonríe y nos anima a seguir adelante. Ha cogido la guía y la batuta para que el ánimo no decaiga. A veces me quedo mirándola y su sonrisa, sus bromas, sus ánimos, me resucitan. Su gran ejemplo supera cualquier expectativa. En vez de estar en el colegio la vemos achicando agua, ayudándonos con la chimenea, apoyando cualquier tarea desde la alegría del trabajo, cocinando para todos. ¿Cómo es posible que una niña de seis años que nos supera en inteligencia y voluntad tenga esa capacidad de esfuerzo y servicio, de alegría y serenidad con toda esta desesperante situación?

Esta casa de acogida que estamos construyendo entre todos merece la pena. Es cierto que al no olvidar practicar la hospitalidad, aunque sea en estos momentos primitiva, rudimentaria, humilde y poco acogedora, estamos recibiendo ángeles encarnados que vienen a construir el nuevo mundo. Este lugar para ella será siempre un referente, algo que jamás olvidará. “El Xavitxu”, como ella me llama de forma cariñosa, está aprendiendo cosas que jamás pensaría que aprendería de un ser tan joven, al mismo tiempo que tan anciano. Ahora me doy cuenta de que este esfuerzo titánico que estamos haciendo por acoger día tras día a todo el que llama a las puertas tiene siempre su verdadera recompensa. Una recompensa que no se puede medir, que no se puede pagar con dinero. Me doy cuenta de que si no fuera por la economía del don jamás hubiéramos albergado en este lugar a seres tan luminosos como los que ahora nos apoyan, nos alientan, nos refuerzan.

Algún día esta casa será totalmente acogedora. Vendrán más ángeles y compartiremos momentos únicos embelesados ya no en las piedras que ahora debemos amontonar para reconstruir este lugar sino entre flores y jardines, entre bosques y atardeceres. Hoy alguien me decía que debía dedicar algo de tiempo a pasear, a disfrutar, a trabajar menos. Pero hay tanto por hacer que solo en este respiro epistolar, en estas cartas que se pierden en las nubes y cuyos destinatarios desconozco, puedo realmente descansar. Hay mucho por hacer, hay muchos ángeles a los que hospedar en los próximos días, mucho que inspirar. El Cielo desea manifestarse y nosotros deseamos empujar en esa labor. La casa espera ser de nuevo acogedora. Seguiremos achicando agua entre risas, sin lamentos, optimistas, cargados de fe, humildad y aliento. Seguiremos aprendiendo de esos ángeles que vienen para iluminar nuestros días oscuros, para hacernos creer que la luz siempre encuentra un verdadero hueco en nuestros pequeños corazones.

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El suelo en el suelo


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Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

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Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

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La dignidad ante el valle de los avasallados


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Ayer quise estar en silencio. Lo de Cataluña me está dejando triste y sin palabras. También los fuegos que arden estos días dentro de mí. El día de hoy era complejo y difícil en lo personal y deseaba permanecer en serenidad. Ayer trabajé con música. Hacía tiempo que no lo hacía. Me empeñé en no llamar a un profesional y logramos la proeza de colocar un gran palo en el nuevo suelo del salón. Nos sentimos grupalmente orgullosos por ver como la unión hace la fuerza, y crea mundos posibles. Por la tarde me fui al “balneario”. Me recogí entre libros y en silencio, pensé sin hacer, sentí sin juzgar. La soledad fue mi aliada tras la jornada compleja que hoy me esperaba.

Por la mañana temprano felicité a Namada. Era su cumpleaños. El año pasado lo celebramos juntos en tierra de elfos, en un lugar encantado. Ella me salvó del abismo, me cogió de la mano en uno de los momentos más difíciles que recuerdo de mi propia vida personal y en el valle de Qumrán, en el hermoso desierto de Judea, junto a las costas occidentales del mar Muerto, en Cisjordania, cerca del kibutz de Kalia, me elevó hacia las alturas. Nunca olvidaré lo que aquella mujer hizo por mí. Puedo decir que me salvó la vida, junto a las fuerzas de otros seres que sostuvieron el frágil hilo que pendía en ese momento de mí. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento, aunque ahora esté lejos, en otro laberinto, en otra experiencia consciencial y evolutiva.

Paradojas de la vida, la causa de toda esa derrota personal y esa deriva de náufrago que sufrí el año pasado tras una ruptura emocional con una persona que decidió desaparecer y desatender todo cuanto hasta ese momento habíamos construido juntos, se fraguaba hoy en un juzgado de primera instancia. Otra broma del destino. Así que me levanté temprano y me fui hacia los juzgados para intentar interpretar desde la serenidad todos los hechos que vendrían a continuación.

Aunque mi presencia en la vista previa no era precisa, quería dar la cara. Debo decir que sentí mucha vergüenza ajena por ver como unos señores vestidos de negro pueden juzgar y condicionar tu vida para siempre en eso que llaman justicia terrenal. No daba crédito a lo que mis ojos veían, pero intenté respirar profundamente porque había piezas de este puzzle que, más de un año después, aún no terminaban de encajar. Sin querer juzgar lo que se estaba juzgando, más allá de la tomadura de pelo que por la otra parte se rezumaba, respiré profundamente y me marché dirección al océano viendo tristemente como el producto de la cobardía y la huida podía llegar tan lejos.

Allí, junto al frío Atlántico, me esperaba una ex que considero como una hermana y que amo con cariño y profundo respeto. Estaba pasando por un mal momento y aunque hoy no tenía mi mejor día, sentí la necesidad de estar a su lado, pues recordaba fielmente cuando mis amigos estuvieron sosteniendo el hilo de vida del que hablaba antes. Intenté animarla, aunque sin mucho ánimo por mi parte, pero sabía que, otra vez paradojas del destino, debía estar abrazando y sosteniendo su dolor. Quizás porque en el fondo siempre deseé que mi otra ex hubiera hecho lo mismo conmigo cuando casi me hundo en lo más profundo del abismo. Quizás porque siempre soñé que cuando una relación se termina se tiene que entrar en el ámbito del verdadero amor incondicional, y tristemente observo que con algunas personas se puede y con otras eso resulta más que imposible. La rabia o el miedo a veces nos puede.

La vida es así, un todo indefinido. Una partitura incompleta, misteriosa, cargada de incertidumbre. Por eso no queda otra que arrodillarse ante el altar de la ignorancia, ante la liturgia de una vida compleja y arriesgada. No queda otra que ser humildes y esperar pacientes a que la vida ordene todo aquello que ahora no podemos entender. Por eso por dentro, realmente, a pesar del ánimo que pueda tener dadas las circunstancias que hoy debía afrontar, por dentro siento una gran serenidad y una gran paz interior. Una consciencia clara y firme, dispuesta a enfrentarse de nuevo a la derrota con la cabeza alta y la dignidad intacta.

Hicimos lo que pudimos y aprendimos. La avaricia de unos y la torpeza de otros lo juzgará el tiempo y la naturaleza misteriosa de las cosas. Mi torpeza ya está en bandeja, a la espera de juicio. La avaricia de la otra parte pesará para siempre en el colmo de su consciencia, de haberla. Así que llevaré la derrota con dignidad, con la cabeza bien alta, o como diría el poeta, iré a descansar con la cabeza entre dos palabras al valle de los avasallados. Ahora toca descansar, y seguir adelante. Un nuevo mañana surgirá, un nuevo mundo espera para poder ser abrazado. Seguiré en mis trece, cueste lo que cueste, y seguiré aprendiendo sobre la fragilidad humana, sobre nuestras sombras y miserias, sobre el ardor que nos unge y es capaz de mancillarnos. Pero también sobre la valentía, sobre la dignidad, la cual defenderé hasta sus últimas consecuencias. Sí, podría estar perfectamente en el valle de los avasallados, cansado y derrotado, pero no es así, ahora que pude recuperar el aliento del alma, mantengo la firmeza y la dignidad intactas.

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La casa común


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Y llegaron todos y había un tejado, y allí se cobijaron todos. Había muchos, y el tejado era grande y todos entraban, pero unos decían que el tejado les pertenecía. Y entonces querían echar a los otros. Y vino por aquellos días un dragón. Y también lo echaron. Y luego, llegó un día en el que ya no había tejado, ni a quien cobijar.

Y pasó el tiempo y había quien decía haber existido alguna vez un tejado y un dragón. Y todos les creyeron. Entonces echaron a los que no creían en los tejados ni en los dragones. Y se fueron, y ya no quedó nadie, porque la tierra quedó yerma y el agua dejó de ser limpia.

Y pasaron los tiempos y siempre hubo lucha. Unos sobre otros, hijos contra padres y padres contra hijos. Los hermanos se lanzaban contra hermanos y nunca hubo paz. Y vino aquel y dijo: yo construiré un tejado para todos. Y nadie le creyó. Y vino otro y dijo: ya no volverán nunca más los dragones. Pero nadie le creyó. Y fue así que, llegó el final de los tiempos y nunca hubo paz.

Y así, desde el origen de todo, hubo guerras y disputas. Las ancianas sin dientes así lo contaban. Unos por una cosa y otros por otra. Y no hubo tierra en paz, ni tierra de todos, porque todos reclamaban algo. Pero vendrá un día en el que la tierra será escasa y ya no habrá disputa posible. Vendrá un día en que la tierra será de todos, y no de unos pocos. Un día dónde no habrá fronteras, y dónde los dragones podrán campar libremente, y habrá un tejado para todos, y una casa común. Y en esos días, los unos no se levantarán contra los otros, y todos serán como hermanos, y nadie será más que nadie. Y entrarán todos y habrá un tejado. Y vendrá por aquellos días un gran dragón, porque así está escrito.

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Sale el Sol


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Hay un destino escrito, ineludible. Caen las hojas en otoño. También los frutos de temporada antes de que el frío los entierre en la noche oscura. Sale el Sol. Todos los días, uno tras otro. Y cuando sale, el mundo despierta a una vida extensa, todo respira hacia ese horizonte infinito que la luz transporta. Sale el sol y todo brilla radiante.
El avión me llevó taciturno hacia la gran capital. Allí pasé la noche porque el siguiente vuelo no salía hasta el día siguiente. No me importaba, dentro de mí había salido el sol. Y las penumbras de la noche sonreían ante la presencia de la magnificencia, ante el resucitar de la luz dentro de tanta oscuridad. Cogí el siguiente avión y llegué sano y salvo a mi destino, escrito, ineludible.

El autobús tardó más en hacer el recorrido que el avión. Me quedé dormido en el trayecto. Cuando desperté ya habíamos llegado y tras comer algo, empecé a caminar alegre, feliz, por el Camino, bajo el sol. Ella nunca lo sabrá, pero allí estaba, presente en cada caminar, en cada suspiro. Yo no existo para ella, pero no importa porque hay un destino escrito, ineludible. Y en esos pasos entre bosques y peregrinos que saludaban alegres, había una verdad flotante que embriagaba la escena.

Lo importante de todo realmente es lo que no se ve, aquello que es invisible, pero real. La fantasía, si es capaz de despertar en nosotros un mínimo de belleza, ya es real, y diría que necesaria. Hoy no era un día más. Sabré luchar, sabré guardar silencio sobre aquello que es capaz de reanimar el alma. Sabré guardar los secretos y respetar los tiempos de la ahora ya inexistente bahía. Hoy sale el Sol, y por ello estoy aquí, dejándome llevar por el pausado compás de la vida, por la suavidad fragmentada de la existencia.

A medio camino alguien vino a buscarme. Sentí pena porque hacía un día estupendo para seguir paseando, al pesar del anómalo calor, el cansancio acumulado y el sueño irremediable. Le invité a un helado y le dije que me había enamorado. ¿De una fantasía? Sí, precisamente esa es la grandeza. Poder enamorarse de un espejismo incierto, pero capaz de hacerte remover aquello que permanecía totalmente silenciado por el dolor y la incerteza. Me enamoré de la vida, y al hacerlo, resucité. Por eso, hoy más que nunca, sale el sol.

El otro día le decía a mi querida amiga allá en las ahora tan lejanas Tierras Altas de Escocia, que ya solo podría enamorarme de personas entregadas a la vida, de “surrenders” cuya única visión sea la de seguir la regla de oro de nuestra propia naturaleza. Ya solo me interesa ese tipo de seres capaces de abdicar ante la presencia de lo sublime y lo misterioso. Por eso es muy probable que termine en una soledad obligada, pero al mismo tiempo, con capacidad de amar en absoluto silencio. Así que dichosos los que aman sin esperar nada a cambio, recogidos, anónimos. Dichosos si por amar la vida les resulta más sencilla y hermosa.

Los ciclos se repiten una y otra vez, por eso puedo intuir lo que pasará a continuación. Entonces tendré la certeza de que hay un destino escrito, ineludible. De que las hojas caen inevitablemente de nuevo en cada otoño. Y por eso la llama revive. Sale el Sol, una y otra vez…

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