Seamos amables


«Que sirva este trabajo también para nosotros, y como dice el primer legión, que nos ayude, si llegamos a captar el significado profundo, a no saborear la muerte», le decía esta tarde a un amigo con el que estamos trabajando en un libro profundo y amable.

Eso significa, pensaba para mis adentros, que podemos estar vivos, y también abiertos a la vida eterna, sea como sea, si es que existe, si es que llega, si es que seremos capaces de entenderla alguna vez. Porque si no fuera así, y solo tuviéramos esta vida para hacer el bien y vivirla bien, deberíamos estrujar con gran empeño cada uno de sus jugos, cada uno de sus tiempos.
Sería pertinente tomar consciencia de ello a cada instante, y de qué manera podríamos aportar nuestra estrofa y nuestro cachito de minúscula vida, a la Vida.

Interroguémonos por cada uno de nuestros actos. Examinemos nuestros minúsculos errores cotidianos, veamos de qué manera podemos mejorar ese mal genio, esa rabia contenida, esa necesidad de mentir o enturbiar, ese odio a lo extraño o extranjero, esa facilidad para inculpar o juzgar al otro y sus circunstancias. Examinemos concienzudamente si merece la pena gastar tanto de ese tiempo limitado en esas cosas que oscurecen y perturban nuestro pequeño paseo por este hermoso planeta.

En verdad ser amable no es tan costoso. Ser amables indica posibilidad. Su etimología es hermosa: digno de ser amado. Esa dignidad es un esfuerzo constante, diario, ilimitado. La oscuridad está ahí, es irremediable. Pero la luz y su amabilidad tiene muchas más posibilidades de expandirse en nuestros corazones.

Estar abiertos a la vida eterna no es más que un sencillo ejercicio de amabilidad. De respirar profundo por las mañanas, sin quejarnos, sin sentirnos pesados, sin sentirnos abatidos por el infortunio. Es cierto que con la edad todo parece más pesado, más quejoso, más difícil. Nuestras articulaciones empiezan a agarrotarse, el cuerpo se vuelve pesado y la energía vital que antes nos conducía por lejanos caminos y montañas, ahora se ajusta a una realidad limitada. Pero hay muchos seres que viven su limitación como una oportunidad. La flor, que no puede volar por los cielos ni correr por los campos, expande belleza y perfume para que otros seres disfruten de su amabilidad. La piedra, en su quietud, es firme y es capaz, ante su inactividad aparente, proveer de sostén y apoyo a muchas construcciones.

Cada elemento en la naturaleza vive su propia amabilidad. Si profundizamos un poco en cada uno de ellos, veremos que nos resulta amable, y que todo tiene un significado que roza la ternura, la belleza, la sostenibilidad de la vida extensa. No nos cuesta nada devolver un abrazo o una sonrisa, aunque el estrés cotidiano atraviese nuestras vidas. Si trabajamos hasta la extenuación sin parar un instante para respirar, simplemente para eso, moriremos en vida. Así que seamos amables también con nosotros mismos, con nuestro entorno inmediato, y con lo profundo. Porque queramos o no, estamos rodeados de eso que los antiguos llamaban Misterio, y queramos o no, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en ese sempiterno y oculto Arcano. Seamos amables con lo sagrado de la vida. O más aún, sacralicemos cada momento, cada cosa, cada inmortal instante con un acto amable.

El Susurro del Viento del Océano


Entre el cielo y la tierra aún quedan personas que quieren vivir en paz. Por ello, no deseo añadir, como cualquier opinólogo de turno, más ruido a la ya dramática situación que vivimos como especie humana. Israel-Palestina fue para mí una tierra de transfiguración, transformación y sanación allá por el 2009, así que guardo un feliz recuerdo de aquellas tierras y solo tengo un deseo profundo e infinito de paz para los pueblos que allí la habitan.

Esta canción la escucho desde entonces, con la esperanza de que todos los pueblos y culturas que allí conviven encuentren alguna vez la paz. No añadiré más juicio sobre unos y sobre otros. Bastante sufrimiento, sangre y lágrimas se derrama todos los días ante la impotencia de los espectadores que desde casa, observamos impasibles la situación. Si creemos en algún Dios, recemos para que toda esa gente encuentre la paz, la seguridad y el cobijo de un hogar. Recemos en silencio para que el Dios de todos los mundos conmueva los corazones y la paz reine para siempre.

Paz, Shalom, Salam.

 

De aquellas Tierras Altas


En la Comunidad de Findhorn, Escocia, en 2019.

«Basta ya de hablar de los viejos tiempos, es hora de hacer algo grande…Quiero que salgas y hagas lo necesario para que funcione…Tantos aliados…Tantos aliados»… Thom Yorke

Estimado M.,

Gracias por la explicación, que para nada me parece pesada. Más bien al contrario, apasionante. Además, es como menos curioso que en tu ADN exista sangre de las Tierras Altas. Me hice ese análisis, sintiendo la misma curiosidad, hace algunos años, pero me daba 70% íbera y 30% romano. No quedé muy convencido, así que me haré alguno más por contrastar resultados (ya me recomendarás alguna empresa), porque siento que en ese reduccionismo genético se olvidaron de la seguro inevitable sangre mora, la sangre celta, fenicia, griega, tartessa y cartaginense, la sangre germana y tantas otras que han atravesado nuestra piel de toro y de la que todos, sin excepción, hemos tenido algún cruce.

Ya me contarás cuando tengas un rato sobre tu investigación sobre la enligthnement. Siento mucha curiosidad y me retrae a ese invierno del 2007 cuando me helaba entre Edimburgo e Inverness buscando ideas para la tesis. Es curioso pero las primeras líneas de esa tesis (tú que eres amante de esas sincronías extrañas), también empezó en el siglo XVIII, con el fenómeno que en Escocia se conocía como las “Highland Clearances” . Te adjunto el primer párrafo solo por curiosidad. 

«La curva de aprendizaje, la clara frontera que enfrentamos para iniciar este trabajo comenzó en el frío invierno de 2007. En las primeras semanas de aquel gélido año llegamos a una de las comunidades pioneras del movimiento utópico de nuestros días, la comunidad de Findhorn, ubicada en una hermosa bahía al norte de Escocia, a unas tres horas de Edimburgo. En siglos pasados estas tierras fueron conocidas por un fenómeno histórico llamado las “Highland Clearances” o expulsión de los gaélicos, un desplazamiento forzado de la población mayoritariamente agrícola de las Tierras Altas que ocurrió a lo largo de todo el siglo XVIII. Paradójicamente, también se conoció como las “comunidades abandonadas”, dando fin al antiguo sistema de clanes escocés y dando comienzo, de paso, a una visión de la tierra más económica y productiva. Antes de esa expulsión, en toda Escocia existieron diferentes formas de organización social y comunal como los “clanes” o los “burgh”, sistemas que habían basado su existencia en fuertes lazos solidarios. Paradojas de la historia, la comunidad de Findhorn representaba un nuevo fenómeno con fuertes lazos de solidaridad en las Tierras Altas, una auténtica Gemeinschaft, por utilizar el término alemán de Tönnies (1979), un lugar donde los hijos de la contracultura habían establecido un campamento base y ponían en práctica sus relaciones y afectos de forma organizada e intencional».

No deja de ser paradójico que mientras te leo, siento cierta envidia extraña. Si alguna vez me he sentido cómodo en alguna tierra ha sido en Escocia y Alemania. Y cuando me dices que ahora estás viviendo allí, siento cierta añoranza profunda. En España me siento algo extraño, especialmente ahora con el lío que nos traemos con las identidades, pero allí me sentía como en casa. No sé si debido a alguna reminiscencia abstracta, o algún hecho más concreto, como bien dices, pero esa es la realidad. Aquí en la Sierra Oeste de Madrid lo único que siento es alivio por volver a cierto anonimato y soledad, y paz, mucha paz. En este pueblecito de no más de dos mil habitantes, me siento cómodo. Pero solo es eso, comodidad, no sentido de permanencia, cosa que ni tan siquiera siento por mi Barcelona natal o por la Andalucía de mis ancestros más próximos.

Disfruto como hacía tiempo que no lo hacía de mi tiempo, sin tener que atender a nadie, sin tener que dar explicaciones a nadie, sin preparar desayunos para decenas de personas o subirme con lluvia a tejados en ruinas. Aquí no me enfado con nadie ni nadie se enfada conmigo. Nunca pensé que la vida burguesa de estar en una casa calentito, arropado con una bata azul de terciopelo y rodeado de cuatro perros, hermosa pareja y un hijo en ciernes, rozara la idea de cierta felicidad. Una vida simple sin batallas ni conquistas, sin éxitos ni derrotas, algo llano, algo pausado, algo quizás superficial, pero que roza una tierna profundidad simbólica. Ahora mismo no deseo más, ni quiero más. Ni siquiera deseo hacer algo grande, más allá de la grandeza de traer al mundo desde lo invisible y el anonimato Vida, Consciencia, Amor.

La aventura de estos años me ha llevado a muchos límites, y la paz de estos meses no tiene precio. Y te cuento esto porque me imagino que allí, en Escocia, lejos de los medios y el ruido mediático al que estabas acostumbrado, de las luces y sombras de este país, te sentirás algo así, aliviado, tranquilo, anónimo, libre, en paz. O al menos ese es mi deseo.

Gracias por compartir un trozo de tiempo. Como te decía más arriba, te envidio sanamente, al mismo tiempo que me arropo tranquilo en este momento de estabilidad y sencillez. De aquellas Tierras Altas siento anhelo. Pero ahora toca bucear en la necesaria regeneración vital. El descanso del guerrero, que diría aquel.

Un abrazo grande y sentido,

J.

De aquellos corazones rotos


 

Hoy paseábamos por el embalse de la Jarosa y la sierra de Guadarrama. Hacía muchos años que no nos veíamos ni sabíamos el uno del otro. Fue uno de los primeros y valientes pioneros que decidió instalarse en la utopía gallega y uno de los primeros que se marchó con el corazón roto, por la dificultad del lugar, de la convivencia, de las condiciones. O Couso fue un lugar de encuentro y aprendizaje, de dura enseñanza, y también un lugar que nos puso excesivamente a prueba. Sentí mucha pena cuando se marchó, y nunca llegué a pensar que más tarde serían muchos los que llegarían y se marcharían de igual manera.

Demasiados corazones rotos que se compensaban con tantas y tantas alegrías que por allí ocurrieron. Tras casi tres horas de paseo me dijo que en el fondo aquello fue como un trabajo, y que nunca nos deberíamos haber tomado las cosas de forma tan personal. La verdad es que el anhelo de convivencia fraterna en un escenario excesivamente complejo y difícil fue toda una prueba en todos los ámbitos, tanto en el personal como en el profesional.

Nunca se lo llegué a reconocer, y tampoco lo hice hoy por falta de tiempo y por el emotivo paseo en el que queríamos ponernos al día de tantas cosas, pero en el fondo, muchos de los postulados por los que llegamos a discutir, pasado el tiempo, le hubiera dado la razón en la mayoría. Yo me aferré a la idea de que para que ese lugar tuviera sentido tenía que postular alto y rozar la utopía. Él era mucho más pragmático y puso los acentos en muchas partes que adolecíamos. Nunca encontramos un punto de equilibrio, ni siquiera años más tarde cuando todos los que por allí pasaban ponían el acento en los mismos errores una y otra vez.

Por un lado, conseguimos parte de la utopía, pero el precio que pagamos, visto con la distancia, fue excesivamente alto. Ahora, con cierto temor, me pregunto si mereció la pena, si todo aquello que hicimos, más allá de los lazos que se tejieron y las relaciones humanas que de allí nacieron, estuvo a la altura de nuestras aspiraciones. El tiempo y las personas que por allí pasaron lo juzgarán. A mí siempre me quedará el consuelo de que al menos lo intentamos.

Lo cierto es que habían pasado diez años desde nuestros primeros encuentros allí en Malasaña y desde que empezamos con ilusión a tejer el sueño.

Queríamos un proyecto en el que todos fuéramos iguales, pero en el fondo no era así. Algunos aportaban más, otros arriesgaban más, otros trabajan más y otros se comprometían más. Él tenía razón en que deberíamos haber partido desde una base más cooperativista y menos enclaustrada en una fundación. La fundación tenía como cometido que no se desvirtuara la idea original, función que ejerció con sus pros y sus contras hasta el final. Pero al no existir un sistema cooperativista, no partíamos desde una igualdad absoluta.

Lo cierto es que desde las cartas que envié en el día de Todos los Santos, este paseo de hoy ha sido la primera muestra real de verdadera reconciliación con el pasado. Corazones rotos que se unen años después con risas y anécdotas e historias, olvidando lo malo y recordando con emoción lo bueno. Los caminos de hoy se nos han hecho cortos, pero la reconciliación ha merecido la pena. Espero y confío que existan más excursiones como esta, con él y con todos aquellos que se fueron heridos, con todos aquellos que se encallaron en el camino y con los que no logré atenuar el bache, el agravio o la desilusión.

Directa o indirectamente hice mucho daño a mucha gente de buena voluntad que quiso echar una mano. Es cierto que se hizo mucho bien, pero también es cierto que por el camino quedaron muchos cadáveres, como decía una y otra vez un amigo amenazando con ese: «te quedarás solo». A todos ellos un sincero “lo siento”, y también una mano abierta para pasear una tarde cualquiera por cualquier bosque encantado.

Es verdad que al final me quedé solo en aquel lugar, pero también es verdad que ya no habrá más corazones rotos en ninguna otra utopía soñada.

Gracias Iván por el paseo de hoy. Gracias por tantas y tantas cosas bellas.

Tres latidos


Ha sido una mañana fría y gris de otoño y Madrid, como siempre, estaba llena de coches, ruidos y rutina. La sierra oeste parecía más calma, más tranquila, más sosegada. Cogimos el coche y llegamos puntuales al que decían era el mejor lugar de toda la capital. La imagen estrecha, la impuntualidad y la dejadez aparente junto a cierto hacinamiento no parecía indicar precisamente eso. Pero allí estábamos, dispuestos a enfrentarnos a lo que la vida y el destino caprichoso quisiera.

Nos cogíamos de la mano y mirábamos al infinito. Por dentro, preocupación, nerviosismo y esperanza, sobre todo, mucha esperanza. Las noticias de estos días, con la guerra en Ucrania-Rusia y en Israel-Palestina nos tenía preocupados. Tantas almas desencarnando. Tanto dolor, tanta tristeza, tanta desesperanza. Fuera el mundo se autodestruía, y dentro de nosotros se abría camino.

Ella entró primero. La miré a los ojos como si de una despedida se tratara. Angustiado, quedé en la sala, esperando, esperanzado, nervioso, preocupado, irascible, iracundo. A los pocos minutos alguien pronunció mi nombre y me invitó a entrar. De repente, entré en una pequeña sala semioscura que parecía una de esas cámaras de reflexiones donde no faltan objetos simbólicos. Me imaginaba estar en ese ombligo del mundo donde todo se escucha, en esa matriz oscura, pero a la vez luminosa. En ese lugar imitable de los templos donde hay una pequeña calavera, un reloj de arena, una vela apagada, algún sabio pergamino, una cadena rota, una pequeña daga y un jeroglífico.

Sin embargo, en esa pequeña sala de reflexión había algo más. Vida, más Vida. Un hilo hilozoísta que atravesaba todos los corazones. Nos dimos la mano mientras llorábamos. Se hizo un silencio enorme y de repente, para nuestra sorpresa, se escuchó un pequeño latido acelerado. La emoción llenó la sala, la mayor expresión de alegría y esperanza se apoderó de nosotros. Felicidad, alegría, felicidad, alegría, y una gran esperanza contenida.

Allí, en esa pequeña cámara de reflexión, de Vida, se escucharon tres latidos. Uno pequeño, rápido y poderoso. Y dos grandes, a punto de explotar de la emoción. Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Tres corazones en uno. Dos corazones latiendo en armonía en un mismo cuerpo y un tercero acompasando el ritmo desde el abrazo continuo. Magia, milagro, Vida, más Vida. Y esperanza, una gran esperanza, contenida, prudente aún, pero llena de gozo y de gracia. Tres latidos, así es el milagro sempiterno de la existencia. Así es el latido del Mundo.

Herramientas simbólicas para construir un mundo mejor


Hay muchos símbolos y alegorías que nos ayudan a establecer pautas para la construcción de nuestra personalidad, de nuestras vidas y de nuestros sueños y deseos. Hay algunas herramientas, asociadas a los antiguos constructores de catedrales, que ayudan al desarrollo moral y virtuoso de toda persona. La construcción de uno mismo se asemeja a la construcción de un templo. Nosotros somos ese templo que alberga dentro de sí los tesoros y los misterios sagrados de la existencia: la consciencia, la inteligencia, el flujo emocional y la propia vida. El ser humano es constructor de realidades, también arquitecto de mundos. Si bien pensamos que todo obedece a la más estricta de las casualidades, si observamos nuestra realidad con cierto grado de curiosidad y sospecha, podremos ver ciertas dimensiones conexas, ciertos misterios desvelados al más audaz espectador.

Analicemos algunas de esas herramientas y veamos de qué manera nos pueden ayudar a mejorar como personas, haciendo de un mundo bueno, un mundo mejor, creando siempre una vida más plena y ancha, lejos de la estrechez de miras y la avaricia:

  1. El compás: El compás representa la circunscripción moral y ética que las personas debemos seguir. Simboliza la limitación de los deseos y la necesidad de mantenernos dentro de ciertos límites morales. Esto nos ayuda de forma práctica a tener una vida rica y armoniosa con nuestro entorno, con nuestra sociedad, con nuestro vecindario. Ese círculo-no-se-pasa nos ayuda a establecer límites adecuados para la convivencia. Tener autocontrol sobre nuestros desbocados deseos y no hacer daño a nadie forman parte de esta analogía.
  2. La escuadra: La escuadra simboliza la rectitud y la moralidad. Se utiliza para recordarnos la importancia de actuar con integridad y seguir un camino recto en la vida. Ese camino recto debe establecerse siempre desde los límites de la circunferencia anteriormente descrita. La escuadra y el compás son herramientas útiles para construir cualquier tipo de empresa o sueño. Ser rectos, al mismo tiempo que nos desenvolvemos abiertamente en unos límites establecidos, nos ayuda a construir cualquier cosa que deseemos.
  3. El nivel: El nivel es un símbolo de igualdad y justicia. En la vida debemos enfatizar la idea de que todos los seres humanos somos iguales, independientemente de nuestra posición social, económica o cualquier otro factor externo. Cuando construimos, debemos hacerlo teniendo en cuenta que no estamos solos, que cualquier cosa que hagamos debe ser para ayudar a embellecer nuestras vidas y la vida de los demás en igualdad y justicia.
  4. El martillo: El martillo es un símbolo de fuerza y resolución. Representa la capacidad que poseemos para construir y mejorar a través del trabajo duro y la dedicación. Cualquier acto o empresa que llevemos a cabo debe ser siempre impulsado por nuestra fuerza interior y sobre todo, por nuestra constancia. Pero esa fuerza interior siempre debe ir guiada por una inteligencia, por una consciencia, por un cincel.
  5. El cincel: El cincel simboliza la necesidad de perfeccionar el carácter personal, eliminando las impurezas y defectos morales a lo largo de la vida. Nos ayuda, junto al martillo, a llevar a cabo la gran promesa del amor, la creación de belleza, esculpiendo nosotros mismos obras que puedan ser admiradas para siempre. Enriquecer el mundo con amor y belleza, tal y como lo hace la propia naturaleza, es lo que nos hará elevar nuestra consciencia, y de paso, la consciencia humana. Con la voluntad y la fuerza del martillo junto con la guía y la inteligencia del cincel, esculpiremos inevitablemente obras llenas de amor y belleza. La fuerza, la inteligencia y el amor siempre deben ir de la mano.
  6. La plomada: La plomada se utiliza como símbolo de la rectitud moral y la sinceridad en los actos y palabras que utilicemos. Nos ayuda a mantenernos en el camino de la virtud, porque sin virtud, por más que nos cueste, por más errores que cometamos, no hay templo que construir, ni interior ni exterior. Estar a plomo con la vida, con los que nos rodean, con el mundo en general, es lo mejor para amanecer todos los días con cierta tranquilidad, con cierta consciencia limpia y con ciertas ganas de ser mejores.
  7. La regla de veinticuatro pulgadas: simboliza una actitud juiciosa, comedida y el armónico equilibrio en el que debemos actuar en todo momento en el interior de nuestro espíritu, pues representa el día con sus 24 horas donde en la práctica vivimos tres jornadas, que son el trabajo diario, la vida interior y familiar y el descanso. Esto a su vez es evocación de las tres grandes edades del ser humano: la infancia, la juventud y la senectud, estando en cada etapa mirando siempre al misterio de la existencia, mirando nuestro finito paseo por esta escuela llamada Tierra.

Estas herramientas simbólicas se utilizan en los rituales y enseñanzas de muchos lugares para transmitir valores y principios morales a sus miembros. Son alegorías que nos pueden ayudar, sin necesidad de pertenecer a ningún grupo, a superar los obstáculos de la vida cotidiana. Con un poco de meditación y recogimiento interior, un poco de estudio de todo aquello que pueda ser interpretado y entendido y una puesta en práctica, aquello que los antiguos llamaban el servicio, podemos llevar a cabo cualquier tipo de proeza, siendo aprendices, compañeros y maestros de nuestra realidad, siendo arquitectos de nuestros mundos. Cualquier sueño, cualquier idea, cualquier empresa que queramos llevar a cabo, podrá ser construida con estas sencillas herramientas. Para que así sea, os deseo a todos salud, fuerza y unión.

¿Amnistía?


“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Borges

La palabra amnistía está muy emparentada con la palabra amnesia. Los que tenemos poca memoria estamos todo el día amnistiando a unos y a otros. Amigos que tropezaron, familiares que se pasaron, vecinos que se querellaron, conocidos que criticaron y aquellos que, sin más, sin conocerte, te juzgan a la primera de cambio.

Amnistía significa olvido. Olvidar la ofensa, olvidar el agravio, olvidar el pisotón, olvidar el maltrato, olvidar la traición, olvidar la mentira o la falta de palabra, en definitiva, olvidar todo aquello que nos hizo daño alguna vez o que nosotros hicimos a los demás. Así que supongo que amnistía también significa perdón, indulgencia, clemencia, misericordia, tolerancia, condescendencia, comprensión, amor. Siendo así, es de suponer que solo personas de alto rango moral y fuerte virtud podrían acatar este tipo de cuestiones desde la sobriedad y el desapego. Al fin y al cabo, para cuatro días que vamos a estar aquí, como decía aquel, ¿para qué tanto enredo ante las torpezas del otro? Amnistiemos, olvidemos, perdonemos.

El avaro siempre teme al regalo, como dice el poema escandinavo Hávamál. Teme el perdón y teme la reconciliación, teme la generosidad del otro, teme que su bravura pueda parecer debilidad. Hay miedo en todas partes, y hay desconfianza, rencor, incluso odio.

Existe además un problema añadido: cuando la amnistía se teje bajo el chantaje, el rencor, la desconfianza o el interés, y uno no es capaz de perdonar a sus enemigos, ni siquiera a los que alguna vez fueron amigos. Porque hay rencor, porque hay maldad, porque hay engaño, porque hay sed de venganza y, sobre todo, porque hay ese tipo de vacile o chulería y ese: “lo volveré a hacer”. O aquellos otros que no paras de perdonar y ellos, a su vez, no paran de liarla una y otra vez. Ahí sí que estoy de acuerdo con Borges en que un verdadero olvido es necesario, sobre todo, por pura higiene psicológica. Y de verdad, no pasa nada. La vida sigue.

De la necesidad, virtud, que decía aquel. Así que hice la prueba y escribí a un puñado de amigos que estaban enfadados conmigo por mil razones. Les envié una amable carta el día de Todos los Santos para que llegáramos a algún tipo de olvido, de reencuentro, de puente, de amnistía, de amistad recobrada, como esa tan bonita que se muestra en la película Ocho Montañas. Fueron sorprendentes las respuestas, porque ninguna de ellas quería olvidar. Me di cuenta de que el ser humano, y sobre todo viendo el panorama mundial, no está preparado para la virtud, y hace, de la necesidad, su único objetivo. Te deseo porque te necesito, pero cuando ya no te necesito, te despojo de tu condición humana y pasas a ser un “otro”, pero sin sujeto ni predicado. Es decir, te reduces a una cosa. Es el mundo de los avaros, el mundo oscuro que se teje en el rencor y la animadversión.

Pasa lo mismo en la política. Solo que ahora nadie actúa en nombre de la reconciliación, el perdón o el reconocimiento de los pecados. Más bien en nombre del interés mutuo, no solo partidista, también personal. Y eso no es una verdadera amnistía, una verdadera reconciliación, un verdadero perdón. Es un amaño tramposo, difícil de digerir para los de un bando y para los del otro. Unos porque se prostituyen, los otros porque usan el servicio depravante para salirse con la suya. Realmente es vergonzoso, para unos y para los otros, ¿por qué? Porque no es una amnistía sincera, de corazón, de mutuo acuerdo, de alegría y reconciliación. Es la amnistía del apaño, esa que inevitablemente explotará profundamente en las manos de todos.

¿Qué más podemos pedir a los demás si ni siquiera nosotros somos capaces de perdón, de olvido, de amnesia? ¿De qué manera se pueden construir puentes si las dinamitas ya están puestas antes de que fragüe la base de estos? Amnistía es necesaria y hermosa si hay buena voluntad por ambas partes, o aunque se tenga que ser, a toda corriente, un auténtico funámbulo. Si es bajo el prisma del interés o el chantaje, no tiene razón de ser.

Tránsito


 

Seguimos con la labor editorial entre poesía, mística, ensayos, narrativa y todo tipo de sueños que se plasman en letras. Es una labor ardua, pero muy satisfactoria. El amigo Gopala, que hasta hace unos días (se acaba de jubilar de la vida profana) era el gerente del Consejo General del Poder Judicial, dedicaba gran parte de su tiempo al mundo judicial por las mañanas, y al mundo del yoga por las tardes. Una de esas personas que te sorprenden por su gran actividad social y profesional, llena de espíritu, compromiso y responsabilidad. En Editorial Séneca hemos editado dos de sus poemarios: «La noche lo merece» y este último que ahora presentamos: «Tránsito«, dedicado especialmente a todos aquellos que se marcharon a la Vida amplia.
Siempre he admirado ese Camino del Medio que muchos integran a la perfección. Personas que por la mañana tienen una profunda responsabilidad con el mundo ordinario y por las tardes, se aplican en la búsqueda incansable de ser útiles en el mundo sagrado. Todo eso sin abandonar sus responsabilidades familiares y amistades, compaginando la vasta experiencia del espíritu encarnado en el mundo real.  Gopala siempre ha mantenido ese equilibrio perfecto entre ambos mundos, mezclando en sus avatares necesidad y virtud, servicio y entrega.
Ahora que dispondrá de más tiempo y se convertirá en una especie de sadhu vestido de modernidad, será dueño de sí mismo y alcanzará esa santidad que en occidente se caracteriza por el servicio, por ayudar a la humanidad en su avance y progreso. Será un swāmī moderno, con tiempo para sí mismo, pero también con anhelo de ayudar a los demás en su avance espiritual.
Comparto aquí este video de la presentación de su libro y estas palabras que lanzó a los vientos para compartir su obra y su arte. Fue una bonita e inolvidable tarde arropada por los suyos. Gracias querido por ese incansable compartir.
El dieciséis de septiembre presentamos “Tránsito, poemas para la muerte”. Una oportunidad de escuchar versos para la transición de personas queridas.
El libro, prologado por Rafael Álvarez, el Brujo, y presentado por Javier León Gómez , editor de Séneca, está dedicado a los que se fueron, dejando una estela de Amor a su paso y a quienes perdieron a alguien en algún momento de sus vidas.
Fue una noche mágica llena de poesía, de música y de pintura, en la que participaron David González, Carlos y Beatriz Márquez, Nazaret Laso y Manuel Menor.
Espacio Ronda ha editado de forma impecable esa noche fantástica en la que muchos participasteis.
Ahora podéis disfrutar en www.gopala.es del concierto completo, de un lado, y de cada uno de los poemas por separado, para compartirlos con las personas cercanas a las que se dedicó cada poema. Gracias por hacerlos llegar a quien pueda apreciarlo.
El libro ya está disponible en todas las plataformas, especialmente en https://editorial.dharana.org/seneca/libros/transito/
Vídeo presentación: https://youtu.be/tpSilfqvzGs

Encendiendo la llama del hogar, nuestro verdadero templo


«Jesús ha dicho: Aquel que está cerca de mí, está cerca del fuego, y aquel que está lejos de mí, está lejos del Reino». Logion 82, Evangelio de Tomás. 

Antes de contar cosas sobre el mundo, en sus dos vertientes, el mundo visible y el invisible, me gustaría contar cosas sobre mí, así, en primera persona. Las historias de vida a veces pueden inspirar mucho. De ahí nuestro afán editorial por rescatar y publicar historias de vida que personas, en primera persona, comparten, a veces sin mucho pudor, de aquello cuanto han vivido. Ese compartir no tiene nada que ver con ningún tipo de morbo. El ser humano de hoy ha cambiado el fuego por los píxeles. Antiguamente, los ancianos contaban sus cuentos e historias alrededor del fuego. Era la manera que tenían de transmitir sabiduría y experiencia, de hacer tribu. Por la noche, junto al fuego, al principio en la intemperie, luego en la cueva, más tarde, gracias a la agricultura, en el hogar. Fue así y es así como nacen y mueren las civilizaciones, junto al fuego.

De focaris, el fuego, derivó la palabra focus, el hogar. Poner el foco en la familia, que era el origen de ese fuego donde de alguna manera se forjaba el calor humano, la moral de cada tiempo, los avances y progresos. También era el lugar donde se explicaban las dificultades, donde se discutía, donde se hacía la comida y se tejían los sueños mientras las abuelas urdían a su vez las prendas que protegerían el calor corporal del frío externo. De alguna manera, era donde se forjaba nuestra identidad personal, donde, absortos por el fuego, mirando profundamente sus flamas, nos interrogábamos sobre el misterio de la vida, sobre el quiénes somos. En ese interrogante constante recibíamos, a modo de transmisión, el conocimiento necesario para sembrar todo aquello que con el tiempo seremos algún día. Nos forjábamos a fuego lento, en cada anochecer, con cada cuento, con cada historia.

Hogar de sueños, de ilusiones, pero también de contacto con lo oculto, al menos para los más curiosos, los más inquietos, aquellos que siempre miran hacia dentro y hacia fuera y se preguntan cosas. Lo oculto siempre fue para aquellos que reclaman luz y así poder desvelar los misterios, o como lo llamaban los antiguos, para acceder sigilosamente al Hogar del Padre. Lo oculto es aquello que se esconde, como Dios o la realidad del espíritu, que son dimensiones elusivas (recomendable libro ese: “Elusividad Cósmica”), indescifrables excepto para los sabios y los gnósticos de todos los tiempos que, perdidos en algún paraje inhóspito, creían haber hallado la alquimia necesaria para comprender al universo y a sus dioses.

Si el sentido del hogar se ha perdido, y de paso también el sentido del «templo», de recinto sagrado,  y ya rara vez nos sentamos al fuego para transmitir pensamientos, ideas, emociones o experiencias con los “nuestros”, dejemos que al menos, en nuestra soledad moderna, existan rincones donde acudir, donde tratar con las “viejas sin dientes”, donde descubrir, aunque sea a modo pixelado, un desvelado misterio.

No puedo negar que durante casi diez años conseguimos crear ese fuego, ese intercambio humano, esa magia del calor que traspasa lo ordinario. Ahora que lo miro todo con cierta distancia, admiro y admito esa proeza, ese hilo de esperanza, ese rincón donde bastaba una ruina como excusa para construir hogar, sentido, experiencias, vivencias, gnosis. Comprendo que en el futuro deberán existir más lugares así, más hogares y más templos, a pesar de su dificultad y complejidad.

Le decía el otro día a una amiga que si tuviera los recursos suficientes llenaría el mundo de lugares como el que soñamos durante tantos años y vivimos durante tantos ciclos. Sí, lo volvería a hacer, porque el sentido de hogar y el sentido de templo es algo muy necesario hoy día, donde todos, de alguna manera, nos sentimos solos, pero sobre todo, ausentes, desdichados y huérfanos de espíritu, de fuego, de calor.

Por suerte, tras la experiencia, quedó algo del lazo místico. Es cierto que nada tiene que ver la fuerte y constante experiencia diaria donde el contacto físico era la realidad suprema, con estos píxeles que de alguna forma quieren emular aquellos sueños. No es lo mismo, pero los que hemos experimentado esa experiencia, y sin intención de regodearnos en ella, sentimos la obligada misión de inspirar a aquellos que tengan fuerza o recursos suficientes para volver a recrearlas. Algo muere, pero algo nace de nuevo, inevitablemente. Así que demos aliento a los que, una vez más, seguirán encendiendo la llama, el fuego, el calor, el foco, la sabiduría, la gnosis, en definitiva, el hogar y los espacios sagrados, los templos.

Nos contamos historias para poder vivir


Aquí es donde vivo ahora, en mi nueva Montaña de los Ángeles

Hoy hace justamente un año que cerramos la utopía. Hace unos días me preguntaba si al hacerlo me había quedado sin sueños, o si la propia humanidad entera había perdido un pequeño hilo de esperanza. En este último año se cerraron muchas cosas, entre ellas este pequeño blog del cual necesitaba descansar. Pero estos días, ante la insistencia de unos y de otros y viendo los acontecimientos mundiales, decidí abrirlo de nuevo, no pensando en aportar algo nuevo o decir algo inspirador o ingenioso, sino más bien, sin esperar nada a cambio, solo escribir para cumplir, como decía aquel, con nuestra parte.

Me inspiró una conversación que tuve con Javier en la calle Serrano, en esa hermosa casa de estilo helvético que tanto me gusta. En el salón de reuniones, tras caernos encima un chapuzón inesperado, hablamos distendidamente sobre de qué manera podríamos contribuir a la difusión del mensaje de paz y amor que tanto se necesita en estos tiempos. Tener una editorial es una buena herramienta de difusión, de influencia, de contagio. Poder utilizarla, como hemos hecho hasta ahora, debería aportar una pequeña estrofa en esta historia humana. En esa conversación sentí la necesidad de volver al barro, de volver a la insistencia, de volver a la necesidad de servir al plan de amor y de luz.

Este primer texto promete ser desordenado. He perdido el hilo de la conversación y ya no recuerdo qué nos contábamos en la pasada primavera, o qué contaba desde esta ventana abierta y libre. Digamos que me he aburguesado en esta nueva realidad en la que ahora vivo y había olvidado cosas esenciales de mi propia vida. “Nos contamos historias para poder vivir”, decía Joan Didion. Aquí había contado muchas historias desde el ya lejano 2008. Ese año, tras un hermoso e intenso viaje a Mongolia, empezó la andadura de este blog. Ahora la retomo, con la ilusión de siempre, y con el afanoso deber de seguir inspirando y buscar inspiración.

Hablemos, contemos, vivamos, intentando aprender de los beneficios del diálogo socrático, siendo conscientes de que todo lo que hacemos, y sobre todo, de aquello que no hacemos, como decía Bauman, repercute significativamente en este mundo global. Y ahora siento la necesidad de contribuir, de aportar, de inspirar, porque solo la inspiración de los otros nos puede llevar a vivir una vida mejor y más hermosa, más bella, más equilibrada. Eres hermoso, eres bello, como me dicen todos los días desde hace un año. ¿Por qué no creernos esa inmensa verdad y compartir belleza y hermosura con el mundo?

Y hoy es el cumpleaños de una buena amiga que seguía este blog desde el principio, así que sirva esto como regalo. Así, con los pequeños gestos, nos adentramos en la nueva ética del cuidado, del detalle, del arrumaco.

Y también hoy seguimos estremecidos por la situación mundial, por cómo se está complicando todo y de qué manera las puertas que sellaban el mal se abren una y otra vez en esta desesperante situación mundial. Debemos construir bloques de paz, o mejor aún, bosques y montañas de paz. Lugares seguros, lugares amables, lugares bellos y hermosos. Las guerras son desesperantes. Estamos ya en el siglo XXI. Deberíamos vivir en un milenio de paz y reconciliación humana.

Y hoy hay amor y esperanza al mismo tiempo, incubando una promesa, acompañado felizmente, viviendo en cierta armonía y paz e intentando compartir de alguna manera el progreso que pueda sentir de forma particular. Porque el Reino está entre nosotros, y a ese Reino nos debemos. Todo lo demás es provisional, temporal, anecdótico. Y ese reino crece ahora como una semilla de siete milímetros que desea expandirse y progresar en el vasto mundo de la experiencia espiritual.

Así que, con vuestro permiso, nos contaremos historias para poder vivir. Una vez más. Inevitablemente.

Agradezco la rosa. Agradezco la espina


Hace justo un año cargaba mi pequeño coche con Lago, algunos libros y una modesta mochila en la que cabía poco más que unas desgastadas botas de montaña y mi ordenador.

Supe que ese día comenzaría una de las muchas vidas que tienen cabida en La Vida, un capítulo que estaría colmado de libertad y aventura, pero también de mucho sufrimiento y desubicación, tanto para mí como para los míos.

Me dirigí al norte de España; quizá porque interiormente sentí haberlo perdido, quizá porque sentí haberme perdido en mí misma. Se apoderó de mí el llamado de bucear y navegar hacia lo desconocido, de desapegarme de todo lo que hasta aquel momento había representado una falsa seguridad pero una comodidad real en mi día día.

Hoy escribo estas líneas en el bosque lucense, desde una acogedora cabaña construida por las propias manos de mi compañero de Camino. Hoy sé, gracias a la perspectiva que otorga el paso del tiempo, qué sentido tuvo aquel «carretera y manta» poco propio de mí y que me condujo hasta el lugar y la situación en la que me hallo.

🌱 Honro el Amor, la Unión y el Hogar que hemos creado y que juntos continuamos creando, del que nos siento profundamente merecedores.

🌱 Honro nuestra Familia, nuestro vínculo y nuestra manera de compartir-nos.

🌱 Honro esa vida que no pudo encarnar con nosotros y cuya pérdida hemos afrontado desde la comprensión, la rendición y la más absoluta esperanza.

Soy consciente de que dar por hecho es uno de los grandes errores de nuestro tiempo, y por ello me arrodillo humildemente ante todo lo experimentado en este último ciclo de Muerte-Renacimiento.

Agradezco la rosa. Agradezco la espina.

Se aproxima Beltane, y con ella el nuevo año astrológico. El cambio es inminente e inevitable, lo único que permanece en la ciclicidad de la naturaleza. Lo acojo y abrazo, para surfear la incertidumbre que de un tiempo a esta parte parece reinar en nuestros días, para concederme tiempo-espacio en la gestión del misterio que es vivir.

Hace justo un año cargaba mi pequeño coche con Lago, algunos libros y una modesta mochila en la que cabía poco más que unas desgastadas botas de montaña y mi ordenador.

(Escrito de Alexandra)

Se equivocó la paloma, se equivocaba


© @michaelkennaphoto

¿Nos hemos equivocado? Sí, claro que sí, mil y una vez. Pero la mayor equivocación de todas es llenarte de culpa y de vergüenza. Hemos nacido en la llamada cultura del castigo, en la cultura del pecado original. En nuestra sociedad, especialmente en nuestra cultura cristiana, la culpabilidad juega un papel importante, así como en oriente predomina la cultura de la vergüenza. Nos han imbuido de un sentimiento de culpa desde el origen de los tiempos. Culpa por haber comido del árbol del Conocimiento (menos mal que no lo hicimos del árbol de la Vida), culpa por haber matado a Abel, culpa por haber crucificado al hijo de Dios y culpa por el simple hecho de haber nacido con dolor. La cultura cristiana ha llenado nuestra psique profunda de todo tipo de culpas.

En nuestros tiempos modernos, multiculturales, la cultura de la culpa occidental viene acompañada de la cultura de la vergüenza oriental. Una viene cogida de la mano de la otra. Eso apaga nuestra luz, nos escondemos, nos minimizamos, vivimos siempre en el arrepentimiento, en la deuda constante con el mundo, en la desconfianza perpetua.

Algunos conocen profundamente ese sentir, y saben cómo utilizarlo para su beneficio. Te hacen sentir culpable, te intentan avergonzar, te intentan humillar constantemente con sutiles manipulaciones. Hay personas que tienen la capacidad de crearte ataques de ansiedad y pánico. Personas capaces de manipular a todo un colectivo para saciar su sed de venganza, su sed de reconocimiento o su propia avaricia. Personas llenas de rencor y odio que claman al púlpito una cara de dócil paloma, y luego se empecinan en devorarte con fauces tenebrosas. Personas que te llenan de miedo o te empujan a la destrucción.

Así que, si os queréis, si tenéis un ápice de amor propio, no os dejéis manipular ni engañar ni embaucar por esas sibilinas serpientes que la vida nos pone delante. No os dejéis acallar por aquellas arpías o cantos de sirena con las que Jasón o Ulises batallaron. Aquellos que vuelan y saquean están por todas partes. Y nos roban la paz, la tranquilidad, el silencio, a veces incluso la salud y el alma. No te vendas hermano, no te vendas, que decía aquel poeta. Si te vendes a la culpa, estás perdido. Así que entrégate mejor al silencio, hazte invisible, que nadie te atosigue, que nadie te moleste, que nadie te diga cómo tienes que pensar, sentir u obrar.

¿Por qué sentirnos culpables de nuestros errores, por qué sentir remordimiento o vergüenza? Pecamos de ilusos con la economía del don, con una casa abierta las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Pecamos de cándidos cuando atendíamos todo tipo de necesidades, abriendo las puertas de nuestra casa a todo hijo de vecino, sin preguntarle por su raza, ideas, creencias, intenciones o posición social. Fuimos incautos por no poner cerrojo ni límites a ninguna de las puertas. Por dejar amablemente que todos entraran, que todos disfrutaran del festín, sin protegernos ni un ápice.

Pecamos también a la hora de ofrecer espacios y que cada uno creara su propia utopía, su propio techo, con la esperanza de que la fraternidad surgiera, casi de forma espontánea, ante la evidencia de los altos ideales. Pecamos por dejar que, a pesar de todo, algunos nos insultaran, nos robaran, nos criticaran, nos despreciaran y nos odiaran por el único pecado de intentar ayudarles. ¡Qué pecados más ingenuos e infantiles obedecer al corazón! Pecamos por ofrecer paz, fe y esperanza, y por eso ahora somos crucificados en la cruz de la crítica y el desprecio más absoluto. ¡Ay qué país el nuestro!

Y ahora que reconocemos nuestros errores, nuestros fracasos, nuestras faltas, nuestras equivocaciones, ¿por qué deberíamos sentirnos avergonzados o culpables? Más bien todo lo contrario, sentimos orgullo porque lo dimos todo, lo intentamos todo, nos esforzamos hasta la extenuación, atendimos a cientos de personas, ayudamos a muchas más. No nos regodeamos en el fracaso ni en la pena ni en la equivocación. Más bien gritamos al cielo y a la tierra, que al menos, lo hemos ansiado, deseado, provocado, intentado. Así que no, no sentimos culpa, ni arrepentimiento, ni necesidad de pedir perdón por nada. Hicimos lo que pudimos, cuando pudimos, como pudimos.

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Todo el mundo tiene derecho a volver a empezar


© @moments_by_re

“Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos”. Hávamál, poema escandinavo.

Leíamos en la prensa salmón una frase de Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro estadounidense, que decía: «la gente a veces atribuye mi éxito a mi genialidad; la única genialidad que conozco es el trabajo duro«. Sin duda, el trabajo duro es lo que nos acerca siempre a todo éxito y lo que hace que, a nivel individual y colectivo, el mundo crezca y se expanda. El trabajo duro, más que la palabrería y los brindis al sol, es lo que hace que la vida renazca una y otra vez. La genialidad, la persistencia, la voracidad de los instantes, el pulso que hacemos constantemente a la vida, es lo que nos permite desembarcar en cualquier isla y, aunque náufragos, guardar la esperanza de que volveremos a empezar, de que volveremos a vivir de nuevo en algún paradisíaco lugar. Así se forjan las utopías, así se forja la vida entera.

Hoy, agotados por la historia que desde hace semanas nos envuelve, en un momento de desazón y pesadumbre, nos subimos a la moto eléctrica y en silencio buscamos una tranquila cafetería. En mitad de la merienda apareció Golly, una persona desahuciada que iba pidiendo unas monedas para comer. Le dimos las monedas y pensamos que además de las mismas, quizás le apetecía algo de escucha, cariño y atención. Empezamos a preguntarle sobre su vida, y él, en su ilusionante discurso, nos repetía una y otra vez que pronto iba a heredar algo, y que con ese dinero montaría un local donde ofrecer cafés y donde la gente pudiera escuchar algo de música. Nos hablaba con emoción de su pasado, de aquellas glorias ya pretéritas que todos alguna vez hemos saboreado, unos con mayor suerte que otros. Se le iluminaban sus ojos pensando en ello, tarareando que algún día, su vida cambiaría y dejaría de pedir por las calles.

Cuando se marchó después de tomarse algo con nosotros, algo se nos removió por dentro. Es tan fácil perder la cabeza, la salud, la vida y terminar desahuciado, en la calle, solitarios, pidiendo dinero, cobijo o simplemente un poco de charla y cariño. Todos los días estamos a poco de saltar al abismo, de cruzar líneas rojas, de perderlo todo y sentir que nada tiene sentido. Lo hemos visto tantas y tantas veces en estos años, o en aquellos en los que trabajábamos en los arrabales más pobres e intentábamos ayudar a unos y a otros desde nuestro prestigioso pedestal. Haciendo tanto y tanto mientras otros se instalaban en la queja, en la ofensa, en la palabrería.

Nos sentimos algo molestos por dentro. Quizás hoy Golly, como tantos otros, dormirá en la calle. Gente sin casas, casas sin gente. Sentimos algo de ardor interior al ver que la casa de acogida está cerrada. Y que ni siquiera nosotros tenemos casa, porque cuando la enseñamos, la compartimos, cuando invitamos a desconocidos a tomar algo, les damos de comer, les acogemos en sus fantasías y anhelos, les vestimos, les salvamos de un suicidio o de la miseria, resulta que siguen juzgando nuestro aparente privilegio, nos llaman egoístas o nos reclaman su propia parcela, su propio privilegio, a veces, ganado únicamente desde la queja, el enfado, el rencor, el odio y la poderosa convicción de que algo que no es suyo, les pertenece.

Aún recordamos cuando nos escapábamos de la formalidad universitaria para leer a escondidas a Cioran, descubriendo que la inevitable amargura solo puede ser sublimada por la ironía, quizás con algo de humor. Mucha gente vive atormentada y se empeña en atormentar la vida de otros, de oscurecer sus anhelos, sus sueños. No ven la gracia, la bondad, la paciencia, la misericordia del mundo, el trabajo duro y esforzado de cada día. Solo pueden adornar con flores artificiales sus vidas, esas flores que guardan aún su etiquetita dorada “made in Hong Kong” pegada bajo los pétalos. El poeta, y lo dijo alguna vez, pensó que bastaría con un pequeño gesto sin esfuerzo para despegar esa etiqueta y empezar a creer en la ilusión de estar vivos, sin rencor, sin odio, sin tormento. Solo un pequeño gesto, solo una fuerza sublime que nos separe de lo artificioso, de lo mentiroso, para encontrar cierta naturalidad en las relaciones, en la vida, en la profunda existencia. Dejar la palabra para adentrarnos en el verbo, aunque el verbo duela, escueza, supure. Obras, acciones, trabajo, tan lejos de la etiquetita dorada, pequeños gestos lejos de la palabra vacía e hiriente.

Ese vivir y dejar vivir, esa charla amable con Golly en la cafetería, ese disfrutar de tu privacidad, de tu espacio como se te antoje, sin que nadie tenga que recriminar que has puesto hoy las sábanas de color rosa, o que has utilizado tus espacios para trabajar en lo que te dé la gana. Qué desfachatez esa de llamarte egoísta por intentar ser feliz y disfrutar de lo tuyo, de aquello que ganaste con esfuerzo y trabajo, que diría Alexander Hamilton, o simplemente cantando y tocando la guitarra, como tanto desea Golly.

Todos tienen, tenemos, el derecho a recuperar nuestras vidas. Todo el mundo, como Golly, tienen, tenemos derecho a volver a empezar. Es algo sencillo, simple, algo sincero y natural, sin etiquetas, sin palabrería. Cioran, compitiendo con Sartre y Camus lo dijo de forma profunda en “De lágrimas y de santos”: “¿Es posible que la existencia sea nuestro exilio y la nada sea la casa?” No tengamos ningún temor, sigamos siendo generosos y valientes. No dejemos que los ávaros teman nuestros regalos. Seamos naturales en nuestras parcelas, en nuestras vidas, vivamos y dejemos vivir, sin más. No sabemos aún por qué esta fórmula tan sencilla nos resulta tan extremadamente difícil.

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Los saludables beneficios de aceptar el fracaso


© @ninapapiorek
© @ninapapiorek

“Uno nunca tiene miedo de lo desconocido; uno tiene miedo de lo conocido llegando a su fin.” Jiddu Krishnamurti

Hace unos días vinieron hasta el proyecto un grupo de personas interesadas en darle continuidad. Nos sentamos distendidamente, tras visitar toda la finca, para que nos explicaran sus propósitos. Al final de la conversación nos ofrecieron trescientos mil euros por la finca. Les comentamos cordialmente que era de agradecer la propuesta, que en total nos habíamos gastado 485 mil euros en la compra y rehabilitación de la misma (sin contar aquí los gastos derivados del proyecto, alojamiento y manutención durante nueve años a cientos o quizás miles de personas que se beneficiaron de la economía del don), y que además aún debíamos casi cien mil euros de todo lo invertido.

Era la tercera oferta que recibíamos en poco tiempo sin que nosotros hubiéramos solicitado o propuesto ninguna venta, más allá de tantear si alguien estuviera ilusionado en darle continuidad al ideal aquí plasmado, y de saber cómo lo harían y desde qué intenciones.

Hoy alguien que vivió en este lugar durante muchos años venía a ayudarnos a ordenar algo de leña de la finca y le comentamos lo ocurrido este fin de semana. En vez de ánimos, recibíamos de su parte una valiente crítica que nos dejó boquiabiertos un par de horas. Sentimos que en su corazón no había aceptado los saludables beneficios del fracaso y que de alguna manera nos culpaba, con o sin razón, de los mismos.

Recibir críticas en el país de la crítica no es algo que nos moleste. Siempre nos sorprendemos cuando las críticas son tan valientes, aunque no hayan sido solicitadas. No pedimos consejo ni guía para saber qué hacer con nuestras vidas o con el proyecto en estos delicados momentos de nuestra vida. Realmente, en este lapso, solo pedimos silencio, respeto a este proceso y descanso, mucho y necesario descanso. Y si entreabrimos las puertas para recibir a alguien y ese alguien empieza con el ruido, con la crítica, con la manipulación o el atropello, nos sentimos francamente violentados. No los juzgamos ni nos enfadamos, porque ni siquiera tenemos fuerzas para eso, pero nos encerramos aún más en nosotros, y nos protegemos, inevitablemente.

Es difícil entender que el problema no es por una cuestión meramente económica, aunque la economía haya pesado tanto. No se trata de trescientos mil euros, ni de medio millón ni de un millón de euros. Hay cosas que nunca pueden ser compradas o vendidas porque tienen un valor incalculable. No se puede vender o comprar un alto ideal, ni una esperanza, ni ese punto de luz que durante tantos años ha resplandecido en nuestros corazones. El alma no está en venta. Tampoco está en venta la ilusión que tantas y tantas personas han puesto en este lugar, aunque ahora muchas de ellas se sientan desalentadas o decepcionadas.

Las utopías a veces se vuelven distópicas. Forma parte de la vida, de los ciclos. Las cosas nacen y mueren. Los proyectos ilusionantes y esperanzadores, la mayoría de las veces, desaparecen o se vuelven grises y opacos. Unos más tarde que otros, pero todo pasa y todo renace de otra manera. El fracaso forma parte de la vida, igual que el éxito o la victoria. Salir laureados de las batallas es un tópico muchas veces inverosímil, porque en toda batalla, siempre se pierde algo. Es cierto que los fracasos tienen mala fama, al igual que las crisis o los momentos de tensión, pero muchas veces son necesarios para ascender hacia otras metas, otras montañas, otros cielos.

Olvidamos que las noches oscuras son necesarias para recibir la nueva alborada. Nunca caemos en la cuenta de que el alma, o por defecto, nuestras consciencias, necesitan dormir, descansar, reponerse, invernar. Refugiarse y cobijarse es natural, para eso se inventaron la noche y el fuego. Todo el mundo necesita de su privacidad, de su espacio, de su pequeño territorio donde gobernar a su antojo su propia dignidad humana y de paso poner límites adecuados. Todo ser necesita calentarse en la noche oscura.

Cuando te despojan de eso, te despojan de todo significado profundo de la existencia. El ser humano sin dignidad, sin descanso, sin reposo, sin espacio de privacidad propio, sin un lugar donde encender el fuego y la llama de la vida, no es humano, de alguna manera se deshumaniza. Nuestra razón de ser en estos momentos es precisamente eso, de ahí que nos parezca sorprendente que nos llamen egoístas por el simple hecho de reclamar descanso o soledad, especialmente cuando llevas toda la vida dándolo todo a los demás, sin descanso, sin soledad. Y realmente, como decíamos, no es una cuestión de dinero ni de egoísmo, en última instancia, es una cuestión de supervivencia psicológica, de recuperación vital.

Solo necesitamos descansar, saborear el fracaso, permitirnos el lujo de observar todo cuánto ha ocurrido para sacar alguna esperanzadora conclusión y algún tipo de enseñanza. El sendero hacia Shamballa, la resplandeciente, tiene sus noches oscuras. Sentémonos junto al fuego, en silencio, y disfrutemos del estrellado manto de la sublime bóveda celeste mientras el universo entero se despliega misteriosamente ante nosotros.

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El Buda que llora


«Debéis aprender a vivir con vuestro ideal como si este ya fuese una realidad, pero, al mismo tiempo, no olvidaros de que estáis en la tierra. Es muy importante que, en vuestra vida, lleguéis a unir ambas cosas: no perder el sentido de la realidad terrestre y, sin embargo, estar completamente consagrados a vuestro ideal divino. He aquí el verdadero equilibrio, pero raramente es realizado: la mayoría de las veces os encontráis, o bien con idealistas, que no saben por dónde andan, o bien con materialistas completamente obnubilados. La superioridad de una enseñanza espiritual consiste en formar seres que saben que están en la tierra para trabajar en ella, pero que orientan todo su ser hacia la realización de su ideal divino. Entonces se tornan uno con él, se fusionan con este ideal sin perder el sentido de la tierra. Estos son los seres del futuro.» Omraam Mikhaël Aïvanhov

Ayer nos pasamos todo el día limpiando la casa de acogida y las cabañas. Cuatro personas vienen este fin de semana con la intención de ver la posibilidad de hacerse cargo del proyecto. Mientras limpiábamos el patio con todas nuestras dudas y recelos interiores, observamos el Buda que hay mirando hacia la puerta de la casa. Vimos que en sus ojos se había derramado una especie de pintura. Visto arquetípicamente, parecía como si el Buda estuviera llorando, sufriendo con nosotros ese conflicto interior que ahora nos acosa, ese que pretende buscar el equilibrio entre el alto ideal y las cosas de la materia.

También llora la casa, y toda la finca entera. Hay cierta tristeza en el lugar a pesar de que en nuestros corazones reina la alegría y la paz interior por el descanso merecido que estamos sufriendo. Suponemos que la tristeza es en parte porque estamos en invierno, y en parte porque al estar prácticamente vacío todo este gran espacio, algo parece haber muerto. Seguimos con la conclusión de seguir descansando durante al menos un año, y luego ver qué pasa. Pero el mundo no se para, todos preguntan y algunos incluso se quieren lanzar a darle continuidad al proyecto.

La muerte siempre es simbólica. En los ciclos de la vida, siempre nos queda la resurrección de toda primavera, y eso nos da cierta esperanza en este invierno que ahora atravesamos. Sabemos que todo se está ordenando. Este silencio está siendo propicio para que todo se recoloque en su lugar. A pesar de que este espacio lleva ya cuatro meses cerrado, aún sentimos el cansancio acumulado de tantos años de entrega. Las cuentas siguen a cero, sin capacidad de ahorro, y las deudas todas por pagar. En cuatro meses no ha dado tiempo a encontrar ningún tipo de equilibrio, ni ante el alto ideal, ni ante las necesidades terrestres y materiales. Solo a descansar, suspirar y disfrutar de este silencio, soledad y naturaleza salvaje. La apuesta fue francamente muy grande y el listón, rozando lo milagroso, se elevó demasiado hacia lo alto.

No sabemos si esas personas que vienen podrán sostener el proyecto, el alto ideal y todas sus exigencias. Quizás, cuando este fin de semana les expliquemos los pormenores, el alto grado de sacrificio que supone sostener algo así, se vengan atrás. Si son idealistas sinceros y equilibrados en la materia, tal vez haya llegado la hora de plantearse el relevo, para que el Buda vuelva a sonreír. Si no ocurre nada, si todo sigue igual, en un año, ya con las energías renovadas, pensaremos qué hacer.

En nuestro fuero interno, la llama existe y sigue alumbrando. Nos preguntamos hacia dónde dirigirla, cómo dirigirla. En estos meses de incertidumbre la mayoría ha salido corriendo, otros han traicionado la amistad por cuatro prebendas, y otros, viendo la imposibilidad de mercadear, faltaron incluso al respeto. El alto ideal sigue ahí porque no pertenece a nadie. Nosotros solo somos instrumentos, manos que intentan ejecutar una voluntad mayor, un propósito que solo llegamos a intuir. De alguna forma, fuimos guardianes durante casi una década para que el ideal no se pervirtiera, no estuviera sometido a los caprichos cambiantes del líder de turno. Pero esa figura guardiana está cansada, vencida, por decirlo de alguna manera, por cierta decepción y abatimiento. Ahora solo deseamos fusionarnos con el alto ideal sin perder el sentido de la tierra. Por ello, deberemos esperar, escuchar las señales, buscar la nueva necesidad y seguir sirviendo, quizás silenciosamente, de forma invisible, aquietados, sensibles a los tiempos que corren.

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La vida de un Maestro en Occidente


 

Después de muchos años agotado, y tras un gran esfuerzo de edición y corrección, mejorando la edición antigua, volvemos a sacar a la luz la biografía más completa que se ha escrito sobre Omraam Mikhaël Aïvanhov, uno de los últimos maestros occidentales que quiso compartir con nosotros la idea de una gran fraternidad universal.

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-1986) fue un filósofo y espiritualista que dedicó su vida a la enseñanza de la sabiduría espiritual y la transformación interior. A través de sus conferencias, libros y enseñanzas prácticas, Aïvanhov inspiró a muchos en todo el mundo a buscar la verdad espiritual y a trabajar en su propio desarrollo personal.

Aïvanhov nació en una familia campesina en el pequeño pueblo de Srpci, en la actual Macedonia del Norte, y desde joven sintió una profunda conexión con la naturaleza y una gran curiosidad por el mundo espiritual. A la edad de 17 años, comenzó a estudiar en un monasterio cristiano ortodoxo, pero pronto se sintió insatisfecho con la educación que recibía y decidió dejarlo para seguir su propio camino espiritual.

Después de viajar por Europa y Asia, Aïvanhov finalmente se estableció en Francia en la década de 1930, donde vivió durante un tiempo en una caravana y más tarde en un humilde cabaña. Allí comenzó a dar conferencias sobre espiritualidad y a escribir libros sobre temas como la meditación, la reencarnación y la ley del karma. A lo largo de los años, sus enseñanzas se volvieron cada vez más populares, y muchos estudiantes acudieron a él en busca de orientación espiritual. En la década de 1940 creó la editorial Prosveta para difundir sus enseñanzas, llegando a cientos de miles de personas.

Las enseñanzas de Aïvanhov se basan en la idea de que cada persona tiene dentro de sí misma la capacidad de alcanzar la iluminación y la realización espiritual. Cree que a través de la meditación, la disciplina y la práctica constante, uno puede desarrollar su conciencia y comprender la verdadera naturaleza de la realidad. También enfatiza la importancia de vivir de acuerdo con los principios espirituales y de buscar la armonía con el universo.

Uno de los conceptos clave en la enseñanza de Aïvanhov es la idea de que la vida es un proceso de transformación continua. Él creía que cada experiencia de la vida, tanto buena como mala, es una oportunidad para aprender y crecer espiritualmente. En lugar de resistirse a los desafíos y dificultades de la vida, Aïvanhov anima a sus estudiantes a verlos como oportunidades para desarrollar su fuerza interior y su capacidad para superar obstáculos.

Aïvanhov también era un defensor del amor y la compasión como herramientas para la transformación espiritual. Él creía que el amor era la fuerza más poderosa en el universo y que a través del amor y la compasión, uno puede conectarse con el universo y encontrar la paz y la felicidad interior.

Omraam Mikhaël Aïvanhov fue un maestro espiritual que dedicó su vida a la enseñanza de la sabiduría espiritual y la transformación interior. Sus enseñanzas enfatizan la importancia de la meditación, la disciplina, la práctica constante y la conexión con la fuerza universal del amor. Su legado sigue inspirando a muchas personas en todo el mundo a buscar la verdad espiritual y a trabajar en su propio desarrollo personal.

Se puede adquirir el libro en el siguiente enlace:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/la-vida-de-un-maestro-en-occidente?sello=nous

 

Trabajo sobre la Responsabilidad


© @holger.nimtz

«El sentido de responsabilidad fulgura con llamas vacilantes en toda alma que ha buscado y encontrado el alineamiento. Procure que estas llamas se conviertan en un fuego constante en cada alma que encuentre». (DK. El Discipulado en la Nueva Era). 

La responsabilidad es un síntoma de que el discípulo está inmerso en el mundo del servicio, y por tanto, en el mundo de la consciencia y la espiritualidad. Es una de las primeras evidencias del contacto con nuestra alma o con nuestra parte más esencial. Cada vez que un ser se eleva hacia el reino divino, su carga es mayor, su responsabilidad es mayor, su necesidad de servicio es mayor.

Tal y como dice el maestro Tibetano DK, la nota clave básica del cuarto reino de la naturaleza es servicio y, por lo tanto, la respuesta a un creciente y profundo sentido de responsabilidad. Ambos constituyen la historia del Sendero de Iniciación. Más adelante nos habla sobre el desarrollo del creciente sentido de responsabilidad a medida que la luz revela la necesidad del todo y también el servicio que el aspirante puede prestar. A mayor luz, a mayor visión y por lo tanto mayor visualización, a mayor conocimiento e intuición sobre lo que hay más allá de todo velo, mayor se acrecienta el sentido de responsabilidad hacia el servicio.

La responsabilidad, sin duda, es un síntoma de desarrollo espiritual, y debe siempre venir acompañada de un justo sentido de equilibrio, inteligencia y amor fraternal. La responsabilidad siempre debe empezar por uno mismo, por el cumplimiento de cierto deber, de cierta actitud ante la vida, de cierta consciencia hacia los acontecimientos mundiales. Debemos ser responsables con nuestros cuerpos, cuidar nuestro físico, nuestro ánimo, nuestras emociones y nuestros pensamientos hasta encontrar un justo equilibrio en todo. Los extremos nos separan, la aceptación nos ayuda, el poder de sentirnos útiles comporta estar dotados para ello.

Esta primera responsabilidad es importante para luego acercarnos a la responsabilidad de interactuar con nuestro medio ambiente, y más adelante, con el mundo espiritual. Si no tenemos pulida nuestra piedra bruta, tal y como nos señalan las tradiciones iniciáticas, no podremos alcanzar una buena posición en la arquitectura espiritual. Por eso todas las escuelas espirituales responden a este principio de responsabilidad con uno mismo. Responsabilidad con uno mismo como principio activo para más tarde responsabilizarse de los demás, de la humanidad en su conjunto y de su propio destino en la fraternal unión a la que estamos llamados.

En nuestra vida personal, hemos intentado durante muchos años atender a ese principio de responsabilidad individual, tratando de tener un cuerpo físico sano, inofensivo y equilibrado, un cuerpo etérico transparente y flexible a los cambios, unos deseos acordes con el anhelo interior y una mente activa y constructiva. También hemos intentado ser útiles a la Gran Obra, atendiendo la necesidad de renovación espiritual que nuestro tiempo demanda, ya fuera con la creación de libros que pudieran servir de inspiración o de proyectos que trataran estos valores universales aunque fuera desde una perspectiva utópica. Ahora, desde la responsabilidad silenciosa, intentamos desentrañar los siguientes pasos desde una visión práctica y equilibrada, diseñando desde la fe y la esperanza un nuevo punto de luz, una nueva forma de obrar, una nueva forma de servir.

Tratar de ayudar a la humanidad siendo creativos o inspiradores es una forma de emprender una aventura necesaria, que debería sumarse a la aventura que ya muchas personas están realizando desde sus rincones y parcelas. El servicio a la humanidad requiere de responsabilidad y compromiso, y ambas siempre vienen de la mano. No basta con ser únicamente responsables con uno mismo, esa responsabilidad tiene luego que expandirse gracias a la fuerza del compromiso y la implicación, en los asuntos mundiales. Cuánto mayor sea nuestro magnetismo, mayor será nuestro alcance. Cuánto mayor sea nuestro alcance, mayor será la inspiración compartida.

¿Cuál es nuestro deber y responsabilidad para con nosotros, nuestro entorno y la propia humanidad? Reflexionar sobre ello es acercarnos a ese punto de fuego interior, a esa consciencia que reclama avivar la llama de lo esencial.

 

Trabajo sobre la Visualización


© @vassilis.tangoulis

«El conflicto en la vida del discípulo tiene lugar cuando los rayos de su alma y de su personalidad integrada, se oponen uno al otro». (DK. El Discipulado en la Nueva Era)

Nos dice DK que no hay iniciación posible si antes no se ha trabajado conscientemente en la construcción del antakarana, atravesando para ello todo tipo de pruebas, conflictos y tensiones. Para ello hace falta una profunda visualización, entendida como una intuición profunda para captar las verdades y enseñanzas espirituales. Intuición incipiente y comprensión espiritual es lo que se pretende mediante la visualización que se practica en la práctica meditativa.

Visualizar y proyectar el siguiente paso como discípulos forma parte del trabajo interior. Visualizar ese siguiente paso no tan solo para nosotros, sino también para la humanidad, y de qué manera podemos ser útiles en el mismo. El reconocimiento de la técnica de la visualización y el arte de la proyección van unidos. La energía sigue inevitablemente al pensamiento, y nos dice DK que el poder de visualizar puede aumentar con la ayuda de la mente iluminada, ya que la luz continúa trayendo revelación, y por lo tanto, toda esta luz nos ayuda a profundizar en la ciencia de la visión.

El poder la de visualización provoca efectos en el campo etérico, y produce a su vez un enfoque de la energía hacia los centros que requieren fortalecerse. La visualización tiene un poder magnetizador, y a su vez, la facultad de visualizar, es el aspecto constructor de formas de la imaginación creadora. El proceso de visualización tiene tres etapas que son: el proceso de acumulación de energía, el proceso de enfoque y el proceso de distribución o dirección de dicha energía.

La visualización también nos permite discernir entre lo verdadero y lo falso. Es una puerta de conocimiento intuitivo que nos hace proveernos de mayor comprensión y sentido. Al mismo tiempo, también es un vehículo para la creación de formas mentales, las cuales nos ayudarán en la práctica de la imaginación creadora.

Visualizar nos ofrece tener visión. Una mayor visión nos permite tener una mayor consciencia y una mirada más clara sobre el espacio que se abre ante nosotros. Tener visión es una guía inspiradora para seguir hacia adelante, y empezar a poder construir formas que ayuden en el servicio de la humanidad. Visualizar el sendero, tener visión amplia sobre el mismo y acumular energía para poder esparcirlas hacia el servicio.

Es una fuerza creadora sutil que nos permite actuar “Como Sí” ya todo estuviera en movimiento. Una fuerza del plano causal que bien utilizada, nos permite avanzar en el sendero de iniciación y, por lo tanto, en la maestría del servicio a la humanidad. La visualización creadora es una de las herramientas más potentes para poder hollar ese sendero y poder ser útiles a la Gran Obra.

Visualizar, inspirar, visualizar, inspirar. Ese es el proceso, la respiración que los iniciados provocan en aquellos que están despertando a un campo de experimentación mayor. Ello crea conflicto inevitable, y por lo tanto, crisis, y por lo tanto, crecimiento.

 

 

El problema del capital y el trabajo


© @ritarkivet

El problema del capital, el trabajo y el empleo se podría resumir diciendo que es el problema de la economía, de la subsistencia humana y su sostén. Desde un punto de vista espiritual, solo se puede atajar este problema mediante la profunda creencia en la fraternidad humana, la unidad y la supresión de la competencia y la explotación de unos sobre otros.

Cuando se resuelva el problema del dinero, de la avaricia y el egoísmo, el ser humano dispondrá de más tiempo para así poder desarrollar sus dones y talentos, sus conocimientos espirituales y su desarrollo personal. El altruismo, la cocreación, la cooperación y el apoyo mutuo serán pilares imprescindibles para que una nueva humanidad florezca.

Una persona enfocada espiritualmente no está de parte del capital o del trabajo, sino más bien en la búsqueda de correctas relaciones humanas. El anhelo de libertad y seguridad son las fuerzas que nos empujan hacia nuestro propio progreso, personal y mundial. El justo equilibrio entre capital y trabajo aún no se ha alcanzado, pero a medida que la ciencia y la tecnología avancen, el ser humano tendrá mayor capacidad de emancipación. El viejo paradigma de explotación dará paso a un nuevo paradigma de colaboración, donde ambas partes, capital y trabajo, colaborarán para conseguir mayor seguridad, mayor libertad y mayor bienestar.

La conciliación entre trabajo y capital será inevitable. Los nuevos tiempos y las nuevas crisis están provocando que esta conciliación se acelere. La crisis pandémica y su consecuencia, el teletrabajo y la disminución de la jornada de trabajo, están provocando este cambio de paradigma. El ideal futuro estará enmarcado en la liberación, de alguna manera, del factor tierra, y el trabajo, estará cada vez más enfocado en la creación de los dones y talentos.

Confiemos en el progreso humano, en el altruismo del capital y el trabajo, en la cooperación inevitable y en las palabras de las Naciones Unidas, bajo el prisma de la Organización Internacional del Trabajo cuando dice que “la paz universal y duradera puede ser establecida únicamente si está fundada en la justicia social”. La conciliación, la cooperación y la participación harán que el mundo del trabajo y el capital se transformen aún más en los próximos siglos.

Todo esto lo hemos intentado experimentar durante casi nueve años. Desde el Proyecto O Couso hemos intentado poner en práctica estos altos ideales. Creamos un entorno natural en un paisaje privilegiado del norte de España en el que no existía la propiedad privada, donde los individuos trabajaban de forma colaborativa de tres a cuatro horas al día, dedicando el resto del tiempo a desarrollar sus dones y talentos. La economía estaba basada en el don, practicando la economía del don en todas sus manifestaciones materiales, artísticas, científicas y espirituales. Existían valores de inofensividad, decrecimiento y simplicidad voluntaria, viviendo en pequeñas cabañas de madera construidas por nosotros mismos, evitando con ello entrar en el peligroso juego de la deuda y la hipoteca. El agua y la electricidad eran gratuitas, ya que provenían de nuestro propio manantial y de un sistema de placas solares independiente. Teníamos además una gran huerta con frutales abundantes de los cuales nos nutríamos en verano y otoño. Meditábamos a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde, creando con ello un ambiente de meditación, estudio y servicio constantes, lema del proyecto.

Fue una apuesta fuerte que terminó en inevitable fracaso, ya que aún no estamos en ese tiempo de conciliación total, fraternidad y cooperación. Pero seguimos buscando en esa semilla que se sembró soluciones futuras para los problemas de la humanidad.

Os recomiendo para buscar inspiración y visionar soluciones el libro de AAB, «Los problemas de la Humanidad». 

Dejad de criticar al Presidente


© @scottforgot

Las mentes mediocres siempre vivimos ancladas en la crítica o la mentira. La crítica, o ese goteo incesante de opiniones sobre cosas que ni van ni vienen, son uno de los males de nuestros tiempos. Uno de los deportes preferidos del ser humano que se cree inteligente es criticar sin ton ni son. Criticar al vecino, o mejor aún, al presidente de la comunidad de vecinos. Criticar al presidente o alcalde de nuestro pueblo o ciudad. Criticar al presidente de la comunidad autónoma y criticar, por último, y con más saña, al presidente de la nación. Los que se creen más inteligentes también critican a los poderosos, a la mano oculta que mueve el mundo, a los líderes, a la supuesta élite, a la masonería y a las Naciones Unidas.

Un pueblo que basa su existencia en la constante crítica es un pueblo que está condenado al fracaso. Nunca, desde nuestra pequeñez ridícula, entenderemos las causas profundas de los aparentes “errores” de nuestros presidentes de turno. Nunca lloverá a gusto de todos y nunca las decisiones tomadas serán justas para todos. Las llamadas personas de bien, deberían encerrar en su casa cualquier trapo sucio, limpiarlo, olvidar las frustraciones personales y, sobre todo, no proyectarlas hacia los demás. Criticar ya no se lleva, es anticuado, es infantil e innecesario, ni aporta absolutamente nada.

Quien lo haya probado, sabe que no es fácil dirigir una comunidad de vecinos. No es fácil dirigir un ayuntamiento. No es fácil dirigir una comunidad o región y menos aún es fácil dirigir con diligencia y ecuanimidad toda una nación, especialmente si esa nación está compuesta por millones de habitantes dispares y tan diferentes. La política de nuestros días no es una política basada en el amor fraterno, en la inspiración de nobles verdades o de valores superiores, sino en la mendicidad mediocre de lo cateto. El catetismo es una religión, una práctica continua de nuestros políticos (y también de nosotros, los ciudadanos que los votamos), aferrados al sistema de crítica y destrucción del adversario, no importa lo que haga, lo que diga o como respire. El catetismo es prima hermana del patetismo, por eso vivimos en un mundo crispado, lleno de guerras e injusticias absurdas. Vivir anclados en el desprecio al otro es vivir anclados en la guerra constante con nuestro interior. Y nuestra esfera humana demanda otra cosa, un progreso más acuariano, más fraternal.

Es muy cateto y patético criticar a los moros porque son moros, a los negros porque son negros, a los fachas porque son fachas y a los rojos porque son rojos. Es patético vivir anclados en esa corriente de crítica constante, en vez de sustituir esa denigrante actitud por un trato más favorable, por un ambiente más amable, por una continua confraternidad donde unos se ayuden a otros, independientemente de su color de piel o del color de su consciencia o ideología política.

Somos diferentes y por suerte siempre lo seremos. Lo único válido entre nosotros es la convivencia fraternal, no el infantil suplicio por opinar y criticar cualquier cosa que no responda a nuestra limitada capacidad consciencial y evolutiva. Si no somos capaces de entender al otro, es de justicia que nos guardemos la opinión, normalmente cargada de malicia. Sería inteligente y ayudaría a mejorarnos como personas y humanidad el poder cerrar la boca, el poder ahuyentar de nosotros los cien mil males que nos poseen cuando el presidente de turno dice o hace algo.

¿Qué culpa tiene el presidente de no ser de nuestra familia, de no formar parte de nuestro grupo ideológico o no ser nuestro colega con el que ir a jugar al dominó los domingos por la tarde? ¿Por qué no le animamos, más allá de nuestras simpatías personales, con fraternidad a que mejore cuando creamos en consciencia que lo ha hecho mal (pobres humanos que también se equivocan), en vez de escupirle los siete males a cada instante? ¿Cuándo nos lavaremos con lejía la boca antes de volver a criticar gratuitamente a nuestro presidente de turno, ya sea el de la comunidad de vecinos o el presidente de la nación?

Valoremos justamente nuestras palabras y opiniones. Seamos justos o impliquémonos en aquellas injusticias que creamos reclamen un mayor grado de responsabilidad y compromiso. Pero guardemos silencio si no somos capaces de sumar y construir. Trabajemos con pasión en construir un mundo mejor. Y el noble silencio, de verdad, siempre ayuda.

La nueva Gran Guerra, ¿hacia otra Revolución de Febrero?


© @olivierrobertphoto
© @olivierrobertphoto

Estamos ante el primer aniversario de la quizás tercera guerra mundial. Como toda guerra, tenemos, siempre desde nuestra sesgada perspectiva, a un héroe, Zelensky, y a un villano, Putin. Y luego tenemos los ingredientes perfectos para que de nuevo el futuro de la humanidad penda de un filo hilo, de una nueva delgada línea roja.

Las grandes guerras se desencadenan por hechos aparentemente aislados. La primera gran guerra, por el asesinato de un archiduque. En la segunda gran guerra, la expansión alemana hacia occidente por Polonia o el ataque de Pearl Harbor por parte de Japón crearon el escenario para una de las guerras más mortíferas de nuestra historia. El escenario actual no ha cambiado mucho, excepto que la nueva Alemania, al parecer, es Rusia, y que la nueva Japón, al parecer, es China. La expansión hacia occidente que antes deseaba Alemania ahora la desea Rusia y la Expansión hacia Oriente, ahora la desea China. Veremos a ver qué ocurre con Taiwan y Corea del Norte si las cosas se empiezan a complicar en los próximos tiempos.

Un año de guerra en Ucrania es mucho tiempo, sobre todo si pensamos en la posibilidad de que el conflicto se enquiste o se expanda a otras regiones. Letonia, Estonia y Lituania están en el punto de mira de Rusia, así como una posible anexión pacífica de Bielorrusia.

Lo único que podría cambiar el tablero de juego sería, como ocurrió en la Gran Guerra, una nueva Revolución de Febrero en Rusia. Posiblemente esto sea lo que intentan crear los aliados occidentales con sus continuos paquetes de sanciones. Sanciones que pretenden a la larga ahogar la economía, enfadar a la población y potenciar el derrumbe de Putin, el nuevo zar de la Rusia moderna.

En el plano geopolítico, no interesa que el pulso entre Occidente y Oriente se extienda como ocurrió en el siglo pasado. No conviene una nueva gran guerra que destruya todo el bienestar conseguido, un conflicto donde el peligro nuclear aceche de nuevo. Pero en el plano más sutil, quizás se esté fraguando una autodestrucción programada, una especie de destrucción especista, una autorregulación del ecosistema, una homeostasis poblacional, una biocenosis que empieza a quebrar y requiere destrucción. Si la tierra empieza a sufrir enfermades, por ejemplo, fiebre (cambio climático), debido al exceso de población y nuestra continua depredación, es posible que como sistema biológico busquemos alguna manera irracional (una guerra, por ejemplo) para regular nuestros excesos.

Dicho así, parece poco serio, pero visto todo con cierta perspectiva biológica y antropológica, podríamos concluir que estamos ante un momento histórico delicado y alarmante. Puede ser que el ser humano tenga la capacidad de autorregularse de forma sabia. Los últimos inventos y tecnologías apuntan a que en un medio plazo esto podría ocurrir. Pero no sabemos si esa autorregulación consciente y sabia está llegando tarde o llegará cuando todo sea irreversible.

Una nueva guerra en Europa es un síntoma de agotamiento de un sistema de estado-nación que pervierte de alguna manera el crecimiento de nuestra cultura, consciencia, tecnología y bienestar actual. Los argumentarios nacionalistas y patrióticos que justifican este tipo de guerras están caducos y choca frontalmente con los tiempos. Esto es lo que nos dice la inteligencia, pero la emoción, lo irracional, siempre nos lleva a portar banderas y señas de identidad explosivas. Una especie de mundo pirómano en manos de adolescentes necesitados de identidad. Países, naciones o estados que saben de esa necesidad y la utilizan para justificar medios y fines poco racionales.

La expansión hacia Occidente u Oriente no es algo nuevo. La guerra de culturas, las supuestamente depravadas contra las que desean mantener y conservar lo tradicional, el orden y la identidad, sigue estando ahí. Las previsiones futuras no son nada optimistas. Lo único que puede salvarnos de una nueva hecatombe mundial sería una nueva revolución de febrero con tintes modernos. La loca mente de un Hitler o un Putin solo puede ser contenida por sus enemigos internos. O Putin es juzgado y encarcelado por crímenes contra lesa humanidad, o el conflicto irá a más y a más con impredecibles desenlaces. Occidente se aferra al discurso de la libertad y la seguridad. Oriente al discurso de la identidad y lo tradicional. Aunque aún no somos del todo conscientes, estamos ante un nuevo escenario de guerra mundial. Quizás la tercera, quizás la última.

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El anillo de Giges


Tras pasar unos días en Madrid, otros en Londres, y de nuevo vuelta a Madrid, hemos reflexionado mucho sobre lo que ha pasado en estos últimos meses y sobre hacia donde deberíamos encaminar nuestros pasos futuros. Hablar de futuro entre terremotos mortales, guerras, pandemias y cambio climático asegurado resulta casi irrisorio y temeroso. Pero los ciclos reclaman cambios y los cambios renuncias, desapegos, vuelta a empezar de nuevo.

En el ciclo anterior, sin darnos cuenta, hemos vivido durante casi diez años inmersos en una anocracia inestable, ineficaz, incoherente, infantil y desordenada. Probamos lo del consenso, el todos iguales en esa inocente horizontalidad que predicamos como solución ante cualquier rasgo carismático o autoritario, pero fue una empresa inútil. Cada dos días había golpes de estado que pretendían hacerse con el control, con el dominio, con el poder, básicamente para cambiarlo todo a su imagen y semejanza. La cosa evolucionó a un consenso jerarquizado que no permitiera a personas recién llegadas cambiar ningún tipo de pilar esencial. El poder, por así llamarlo, lo ejercían los elders, es decir, los ancianos del lugar, los que llevaban más tiempo o los que se implicaban en mayor compromiso o responsabilidad. Esto tampoco funcionó, porque de alguna manera, se estaba pasando a una democracia inservible, a una aristocracia donde no prevalecía la autoridad moral y justa de los sabios, sino el criterio emocional del cabeza de turco de turno.

La anocracia evolucionó hacia el despiporre, donde la falta continua de respeto hacia todo lo realizado era un valor cambiante. Se podía decir que habíamos pasado de lo aristocrático finolis al poder más absoluto de los anos de turno. La hibridación del poder siempre es compleja. El poder siempre nos seduce, aunque sea un poder temporal, estúpido, erróneo. El colmo de los colmos es el apoderarnos de lo dado, como si eso nos diera mucho más derechos o más poder.

Lo ya exagerado viene cuando el poder se ejerce desde la fuerza, la conquista o el derecho de usucapión. La usucapión “secundum tabulas”, que dirían los expertos. Si a ese tipo de abusos le añadimos componentes emocionales, o personas que simplemente vivía en la calle y reclamaban como suyo lo poco que durante ese tiempo habían usurpado, la cosa se complica. ¡Qué aburrido y pesado resultaba intentar hacer pedagogía de lo fraternal a personas incapaces de valerse por sí mismas! ¡Qué sensación de pérdida de tiempo cuando veías que los resultados finales eran el egoísmo más puro y la avaricia en todas sus dimensiones! Ni fraternidad, ni unión, ni círculo, ni nada que se le pareciera. Poder, poder, poder, aunque fuera minúsculo y disimulado.

Lo cierto es que estaba en paz, muy en paz, hasta que de nuevo llegó el ruido. Un ruido atronador, exigente, insensible ante una situación tremenda y delicada. Como buenos autistas, cualquier ruido nos turba, y terminamos desquiciados, fuera de nuestro sitio, fuera de nuestras casillas, y con tal de acabar con ese ruido, somos capaces de regalar el esfuerzo de muchos años y tirarlo todo por la borda en un momento de acelerada desesperación. ¡Qué injusticia hubiéramos cometido de habernos dejado llevar por la inquina o la desesperación temporal!

Solo queríamos y deseábamos silencio para este año, así que ante el nuevo ruido decidimos cerrar las puertas durante un tiempo mayor, y pensar y sentir si merecía la pena tanto esfuerzo para nada. ¿Estamos ante un final de ciclo inevitable? Ante el episodio desagradable de estos días, hemos decidido cerrar durante más tiempo y ver qué pasa con el sentir. Y de abrir de nuevo, si eso ocurriera, sería bajo el formato original: el silencio. Una, dos o tres semanas de experiencia, pero en silencio.

La casa que tantas alegrías y disgustos nos ha dado, cerrará definitivamente. Y de abrirse, se abrirá en formato escuela, única y exclusivamente para aprender juntos los secretos de estar callados, de no molestar, de no injerir, de no demandar, de no exigir, de ser como el ruiseñor, que no mira a la tierra desde la rama verde donde canta sin esperar mucho más que el disfrute de ese instante evocador. De venir unos días y luego volver cada uno a su casa y practicar la nobleza del silencio tanto como se pueda. Y que cada uno, en su casa, y no en casa ajena, practique lo que más le guste, la anocracia, la aristocracia, la democracia, la sociocracia, la holocracia, la dictadura, la fraternidad, el círculo o la unión. Se terminó eso de ir a casa ajena a dictar lo que se debe y no se debe hacer. Se terminó para siempre.

El silencio es el comienzo del estado de gracia. El alma desprendida entra en gozo ante el silencio. Su éxtasis precede al susurro acallado. Los místicos caminos de Dios nacen en el silencio. El silencio nace del hogar. Así que quédate en tu casa, en tu rincón, en tu fuego, en silencio, sin usurpar el silencio ajeno, sin perturbar el espíritu ajeno ni la casa ajena. Engendrarnos en ese silencio es ser cautos y amables con la vida. De lo contrario, nos volvemos ávaros e injustos, como el mito del anillo de Giges, el cual nos advierte de que el ser humano hace el bien hasta que puede hacer el mal cuando se hace invisible, y puede acceder a cosas que no son suyas, por lo que, llevado por esas circunstancias, las personas se corrompen irremediablemente.

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El complejo Camino del Medio


© @alainbaumgarten
© @alainbaumgarten

«Porque el recto camino del amor, tanto si lo seguimos por nosotros mismos como si somos guiados en él por otros, consiste en empezar con las bellezas de aquí abajo y en seguir elevándonos hasta la belleza suprema».
Platón (El Banquete)

Si no tenemos luz, nadie nos ve, ni las fuerzas del bien ni las fuerzas del mal. Navegamos como seres insignificantes e invisibles en el gran océano de la vida. Eso puede ser una gran ventaja si lo que se desea es descansar o pernoctar en la noche oscura, no importa si del alma o de la personalidad.

A veces es necesario retornar al camino del medio, siempre laborioso, extraño, complejo. Tanto quizás más que los caminos extremos, aquellos en los que Buda transitó, el de la opulencia y el de la indigencia. Nos gustaría no renunciar al sueño, a la felicidad de los otros, pero desearíamos poder hacerlo sin tener que renunciar a nuestros propios sueños personales, y sin tener que renunciar a nuestra propia felicidad, salud o equilibrio. Desearíamos empezar con las bellezas pequeñas, las de aquí abajo, y seguir con ello, poco a poco, para elevarnos hasta la belleza suprema. Lo hemos intentado de mil maneras, y ahora toca recoger velas. Aferrar la vela a su verga de modo que no reciba viento ni pueda este desplegarla.

Diez años de indigencia requieren volver al justo equilibrio. Volver al centro, al punto de quietud, al deseado camino medio. El madhyamā-pratipad es el camino del no Extremo, la práctica del No Extremismo. La moderación que supone huir de los excesos ha llegado a un punto de no retorno. Deseamos descansar, restablecernos, volver a empezar desde otro lugar, desde otra senda moderada. Entre la austeridad y la indulgencia sensual, existe una tercera vía.

El camino medio es el camino de la síntesis. En términos más profundos, es el camino que deja de luchar entre lo fenomenológico, lo aparente, y lo esencial. Se crea un contacto inevitable con aquello que nos permite disfrutar de lo bello y de lo oceánico de la vida sin lucha, sin deseo, sin animadversión, de la vida cotidiana sin mayores suplicios.

El camino medio requiere templanza, especialmente cuando necesita abandonar los límites, los abusos, las injerencias, las intromisiones, las exigencias y atropellos que todo rayo de pequeña luz provoca. Es complejo no dejarse provocar, es complejo no caer en la misericordia camuflada o en la connivencia. Abandonar un lugar para situarte en otro supone reajustar toda tu vida, toda tu existencia, buceando en lo profundo hasta que tu ser esencial te guía por el correcto devenir. Los Asientos servían para eso, para el reposo. Otras Montañas volverán tras el tupido velo del horizonte.

El dharma, la rectitud, el camino recto, siempre es una empresa compleja. ¿Qué es lo correcto para cada uno, y cómo se puede ser útil para los demás sin que ese quehacer nos dañe? A veces es difícil no dañar cuando te aferras a la decisión de no dejar que otros abusen de ti, de no permitir más injerencias o atropellos. Los sacerdotes ataviados en los altares son propensos a pensar en exceso, y por lo tanto, a señalar en exceso. El pecado, la falta, el desliz, formará parte del vocabulario común. Y luego el rencor y el abuso, la crítica y la destrucción. No hay remedio para el que predica sin dar ejemplo. De ahí que sea mejor apagar la luz, permanecer invisible.

El complejo camino del medio requiere silencio. Un silencio especial, disciplinado, oportuno. Requiere dejar que todo se apacigüe para que la vida y su oceánica belleza nos empuje hacia el siguiente devenir. El simbolismo oculto de los bosquecillos interiores requiere de mucha paciencia para poder desbrozar la correcta senda. Cada matiz, cada paleta, cada trazo, necesita concentración, dharana. Los tejedores saben bien lo costoso de cada empresa. Y entienden también lo costoso que es el desapegarse de la semilla que debe morir en la tierra húmeda y doliente. Crear el arquetipo, señalar el camino y desaparecer.

Volver al camino medio es volver a esa enseñanza de muerte y resurrección. Si no tenemos luz, nadie nos verá. Moriremos y volveremos a nacer una y otra vez, en silencio, invisibles.

As bestas, la nada bucólica vida en el mundo rural


Nuestros primeros años viviendo en caravanas mientras reconstruíamos la ruina…

En la aparente y apacible calma que vivimos en la pequeña cabaña, en mitad de un bucólico bosque perdido en un aparente idílico mundo rural, pudimos visionar la película “As Bestas”, del director Rodrigo Sorogoyen. Nos impresionó mucho ver la película, especialmente porque desde hacía semanas hablábamos de lo difícil que resulta vivir en el mundo rural, y de la difícil aceptación que por ser “extraños”, “extranjeros” o lo que fuera, recibimos por parte de algunos paisanos.
Todo empezó cuando ella, recién llegada, ajena a todo lo ocurrido en estos años, marchaba feliz a saludar a uno de los vecinos. En el paseo, quizás por mala suerte o porque tenía que suceder, nuestros perros se enfrentaron al perro del vecino, el cual vino amenazante hacia nosotros con un palo en la mano, enfurecido, gritándonos de muy malas maneras. Unos días más tarde, paseando por la aldea, unas vecinas se santiguaron cuando nos vieron, como si hubieran visto al mismísimo diablo. Ella, recién llegada, no daba crédito.
Esto no dejaría de ser meras anécdotas si no fuera porque años antes algunos vecinos nos tiraban piedras, rompiendo los cristales de los coches y las ventanas de las casas, o entraban en nuestra finca con jabalíes muertos y amenazando, o recogían firmas para echarnos de nuestras propias tierras o corría el bulo insano de que éramos okupas, drogadictos, una secta o de todo tipo de cosas que uno puede imaginar ante lo desconocido. El estigma del extraño, que decimos los antropólogos. Tuvimos buena suerte porque en estos años, más allá de la desconfianza de unos, las malas caras de otros y la poca aceptación de muchos, la cosa no ha ido a más. Eso no quita que vivamos con cierto miedo, porque cuando uno no es bien recibido, nunca sabe hasta donde se puede llegar. El protagonista de As Bestas, basada en una historia rural, no tuvo mejor suerte.
Tras cerrar el proyecto y poner una verja en la entrada de la finca hace unos días, mirábamos las cuentas en una perdida cafetería de Madrid. Por más cábalas que hacíamos, el proyecto no era viable tal y como estaba concebido. No se puede alimentar a cuarenta personas al día con unos ingresos de siete euros por persona a la semana en donativos “conscientes”. Mirábamos atónitos los donativos de unos y de otros. Cincuenta euros por un mes, cien por toda una familia, veinte euros por una semana. Los donativos más generosos, los menos, quizás uno o dos, no subían de quinientos u ochocientos por uno o dos meses. Si a eso le sumamos el desgaste de haber estado casi diez años luchando por el proyecto ante el rechazo de los vecinos, las exigencias surrealistas de algunos y la ruina económica que ha supuesto construir y mantener la utopía, me daba cuenta de que nada aparente merecía la pena. ¿Para qué?, te preguntas al final, algo cansado y decepcionado.
Estos días que nos veíamos solos en el bosque contábamos lo costoso que resulta mantener la finca. Siempre se estropea algo, siempre hay mil cosas por hacer. El mantenimiento de todo es inasumible, y el volver a la dinámica de antes inaceptable. El deseo y el anhelo del alma choca frontalmente con la realidad. También chocan frontalmente las necesidades del alma con las necesidades de la personalidad, y nos preguntamos si existe un término medio, si se pueden manejar las utopías en un mundo en el que nunca serán comprendidas, aceptadas y exitosas desde algún tipo de justo equilibrio. ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos? ¿Cuántas veces más me tengo que arruinar para darme cuenta de que el mundo no está preparado para según qué cosas e ideales?
El otro día recibimos algunas ofertas por la finca y el proyecto. Eran ofertas casi ridículas que se situaban en el entorno de casi la mitad de la inversión que habíamos hecho. Vender a pérdidas podría ser una opción, pero resultaba casi insultante hacer algo así después de tanto esfuerzo, de tanta pérdida no tan solo material, sino también emocional, psicológica, personal y casi diría que espiritual. No hay dinero que pueda comprar eso.
¿Qué hacer, qué hacemos sin pervertir el ideal, sin mancillar el sueño? La mirada de desprecio que sentimos hace unos días cuando bajamos al pueblo por parte de una vecina desencadenó dentro de nosotros una lista de dudas. ¿Qué necesidad tenemos de aguantar ese desprecio de personas que ni siquiera nos conocen? ¿Merece la pena seguir adelante aún con el riesgo de que algún día, alguien enfurecido, nos golpee con un palo y terminemos como en la película de As Bestas? ¿Tiene sentido vivir con miedo, mientras vemos como se arruinan nuestras vidas personales?

Edita tu libro con nosotros


Estamos realizando un gran esfuerzo en la editorial para seguir editando libros de calidad. Acabamos de adquirir los derechos de autor del maestro de meditación Orgyen Chowang y estamos negociando la posibilidad de editar a Jonh Main. El año pasado pudimos adquirir los derechos de Shohaku Okumura y Cynthia Bourgeault, intentando hacer cada vez ediciones de mayor calidad.

El éxito editorial de la edición especial de El Misterio de las Catedrales, nos empujó a seguir esa línea de trabajo, acabando de editar en estos días una edición especial de Utopía, de Tomás Moro, y preparando una edición especial de La lámpara maravillosa, de Ramón Vallé-Inclán.

De forma paralela, queremos volver a incidir en las posibilidades que los autores noveles tienen a la hora de poder afrontar cierto éxito editorial. Esta vez queremos potenciar la creatividad, creando una base de negocio win-win, donde tanto el autor como nuestra editorial ganan.

 

 

Utopía, de Tomás Moro


Acabamos de lanzar una edición muy especial del clásico Utopía, de Tomas Moro. Llega con retraso, pero por fin ha salido en nuestro sello editorial Dharana.

Utopía, cuyo nombre original en latín es De optimo rei publicae statu, deque nova insula Utopia, Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, clarissimi disertissimique uiri Thomae Mori inclytae ciuitatis londinensis ciuis et vicecomitis (en español, La mejor forma de comunidad política y la nueva isla de utopía librito de oro, tan interesante como festivo, compuesto por el muy ilustre e ingenioso Tomás Moro, ciudadano y sheriff de la muy noble ciudad de Londres) es un libro escrito por Tomás Moro y publicado en 1516 en su primera edición, siendo la definitiva terminada en 1518 en la ciudad de Basilea.

El libro de esta edición especial consta de cuatro partes acompañadas de un prólogo del antropólogo español Javier León, especialista en comunidades utópicas. La primera son unas notas introductorias con epístolas, mapas y poemas. La segunda parte es un diálogo que gira principalmente en torno a cuestiones filosóficas, políticas y económicas en la Inglaterra contemporánea al autor. La tercera parte es la narración que uno de los personajes del diálogo realiza de la isla de Utopía y la cuarta viene acompañada de nuevos poemas y cartas de cierre, así como de una breve biografía del autor.

El nombre de la isla fue inventado por Moro y los estudiosos de su obra le atribuyen dos orígenes, ambos del griego. Uno es ou, que significa «no» y el otro eu, que significa «bueno». En ambos casos, el prefijo se complementa con la palabra topos, que se traduce como «lugar». Aunque con el paso del tiempo el término utopía se haya popularizado como sinónimo de perfección, u objetivo inalcanzable, Tomás Moro no le atribuye explícitamente ese significado en su obra.

Ya a la venta en este enlace:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/utopia?sello=dharana

Imbolc


© @carmen_spitznagel_photography

«Todos nacemos felices. Por el camino se nos ensucia la vida, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo». «El amante japonés», Isabel Allende

Mientras a ella se le quemaba la casa con su mejor amiga dentro, otros clamaban al cielo por un trozo de madera. Mientras ella lo perdía todo, otros reclamaban todo. Qué sincronía más extraña. Mientras perdíamos esa vida que venía, otros se empeñaban en mancillar la existente con ruido y más ruido. Cuantas gotas más tenían que caer para desbordar el viejo y cansado vaso. Fuego y muerte, pensé para mis adentros. Renovación y resurrección.

Así que hoy, comienzo de la fiesta celta de Imbolc, pusimos el cierre definitivo. Cerramos por fuera para abrir por dentro. Acallamos el ruido para entrar en el silencio. Todos nacemos felices, pero el camino nos ensucia la vida. Así que ahora toca estar parados, sin hacer nada, sin aspirar a nada, sin pensar en nada, al borde del camino. Solo en silencio. Descansar, descansar mucho, porque luego vendrá un nuevo día, con sus nuevos retos, con sus nuevos sueños, con sus nuevas utopías. Pero para soñar, para dormir, es necesario callar. Sí, por dentro y por fuera, estar en silencio.

La felicidad siempre es incompleta. A veces somos esclavos de nuestros sueños, y otras veces, sin darnos cuenta, esclavos de los sueños de otros. El ser humano nunca está satisfecho, excepto cuando concluye que no hay mayor satisfacción que la de no hacer nada. No ambicionar nada, no desear nada, no querer nada. Bucear en la insustancialidad para intentar llegar a la aniquilación del descontento, del dukkha, del sufrimiento, y de paso, extinguir las causas de la desilusión, la insatisfacción, la incomodidad, la sed de todo, el dolor, la intranquilidad, la imperfección, el malestar, la fricción, el pesar, la frustración, la irritación, la presión, la necesidad estúpida de ir contra corriente, la agonía, el vacío, la tensión, la propia angustia existencial.

El fariseo siempre es descrito como aquel que se postra al fondo de la iglesia, de rodillas y dándose golpes de pecho. Clama al cielo y a los dioses, pero luego no hace nada por ellos, excepto golpearse, quejarse y crucificar al otro. No paga impuestos porque es incapaz de cumplir las leyes de la tierra, y menos aún, las leyes del cielo, aunque diga obrar en su nombre. Cada cruz tiene su propia madera, su propio madero. A veces esas maderas tienen formas extrañas que no suscitan sospechas. Pero ahí están, esperando pacientes para ser crucificado. Ese es el precio de cualquiera que ose.

El dolor y la muerte, el fuego, la ruptura con un pasado que ya no vive, son dolorosos, pero a veces liberadores. La felicidad es siempre silenciosa, tranquila, suave. Es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo. Creo que ahora toca eso. Cerrar afuera para abrir adentro. Silencio para empezar a amarnos a nosotros mismos.

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Sobre la creación de una moderna Escuela de Misterios


«Cuando nacemos lloramos y sollozamos, cuando morimos deberíamos sonreír». Hans Gebser

Este año, el Seminario de Buena Voluntad Mundial ha sido una celebración de las innumerables oportunidades a las que se enfrentan hoy en día grupos de todo el planeta, de todas las naciones y de todos los campos y disciplinas mientras se esfuerzan por participar en una gran transformación de nuestra cultura global durante esta fase transitoria de nuestra vida planetaria, nos dicen en sus comunicados. Continuan diciendo que la fluidez del cambio introduce dificultad e incomodidad, pero también sirve para suavizar la rigidez mental y las estructuras existentes, preparando así el terreno de la experiencia humana para nuevos enfoques y nuevas aventuras.

Durante estos años, hemos querido profundizar, desde nuestro pequeño proyecto, en esos enfoques y nuevas estructuras, creando una visión diferente de aquello que pueda ser útil para nuestra transformación personal y grupal mediante el esfuerzo y el trabajo práctico. A niveles interiores, quisimos crear una especie de Escuela de Misterios vestida de modernidad. A diferencia de las escuelas tradicionales, basadas en el intelecto y el estudio, las escuelas de misterios provocan mediante la praxis y la práctica de ciertas herramientas, acompañadas de estudios basados en la intuición de cada participante, una verdadera transformación e iniciación a una realidad más amplia y universal.

Creamos para ello una estructura y una pedagogía que deseaba, de forma ordenada y metodológica, profundizar en las partes de nuestro ser que deben ser transformadas para progresar hacia una dimensión diferente. Bajo la excusa de la búsqueda de nuestros dones y talentos, lo que verdaderamente dibujamos era la búsqueda interior de nuestro ser esencial, llamado por algunas tradiciones alma o espíritu. Eso crea una transformación en nosotros, un encuentro con nuestro ser, y por lo tanto, un cambio de mentalidad, consciencia y visión, tanto individual como grupal.

Los Cuadernos de Experiencia son los pilares pedagógicos de lo que llamamos La Escuela, basados en unas técnicas y metodología adecuada a estos fines (para nosotros, a nivel interior, una Escuela de Misterios, dado que hay unas prácticas, conocimiento y experiencias transformadoras basadas en la gnosis universal y en la praxis y experiencia grupal e individual). Para hacernos una idea algo más profunda, las experiencias de los cuadernos engloban de forma holística el control del llamado ego, personalidad o cuaternario (según lo nombra cada tradición), provocando con ello la transformación que cada individuo desee trabajar a diferentes niveles: transformación material, anímica, emocional, mental y espiritual, ya sea de forma individual o grupal. Las experiencias son progresivas y se dividen en siete. Cada una de ellas desea provocar algo diferente y se ordenan de la siguiente manera:

1. “Semana de Experiencia”. (GRUPAL) Reconocimiento y transformación sobre el cuerpo físico mediante la práctica de la inofensividad, la simplicidad voluntaria, el apoyo mutuo, el decrecimiento, la acción o trabajo grupal, la divina indiferencia, el desapego, la economía del don, etc… todo ello resumido en nuestros tres acuerdos de convivencia básica. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Luz en el Sendero”.

2. “21 días de Experiencia”. (INDIVIDUAL) Reconocimiento y transformación sobre el cuerpo anímico, vital o etérico, mediante la práctica del silencio y varios ejercicios basados en varias tradiciones espirituales y pedagógicas. Esta experiencia pretende transformar nuestro estado de ánimo y llenarnos de vida y entusiasmo mediante la práctica del silencio y la meditación. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Trabajo mágico del alma”.

3. “Tres meses de Experiencia”. (GRUPAL) Reconocimiento y transformación sobre el cuerpo emocional mediante la experiencia de gobierno grupal, llevando la facilitación, administración y guía en la Casa de Acogida. El llevar un grupo cambiante de treinta o cuarenta personas durante tres meses desde una perspectiva integral te hace tener un mayor autocontrol emocional por todo lo que en esa casa, la casa de los espejos, sucede. Esta experiencia está apoyada y tiene como guía nuestros Doce Principios. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Camino Iluminado de Integración”.

4. “Seis meses de Experiencia”. (INDIVIDUAL) Reconocimiento y transformación sobre el cuerpo mental, mediante una experiencia de seis meses en una caravana, la cual simboliza la cueva en la cual debe nacer nuestro yo esencial. En esos seis meses se pretende conectar con tus dones y talentos, al mismo tiempo que ayudas a los demás en la parte pedagógica, facilitando los procesos anteriores. Aquí te conviertes en facilitador de facilitadores. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Síntesis Aplicada”.

5. “Dos años de Experiencia”. (GRUPAL/INDIVIDUAL) Reconocimiento y transformación de nuestro ser esencial, consciencia, alma o espíritu, según cada tradición. Algunos lo llaman la construcción del Antakarana, el puente que nos conecta con nuestra alma o ser esencial. Dos años de vida en la comunidad Simorg en una cabaña apartados en un bosque, en las montañas, en un entorno privilegiado de retiro y silencio. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Tejedores en la luz”.

6. “Sirviendo a la Humanidad”. (GRUPAL/INDIVIDUAL) Una vez terminadas estas experiencias, las siguientes tienen que ver con la expansión del individuo a nivel grupal y social, según sus dones y talentos, siendo útiles para sí mismos, pero también, para la humanidad. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Servicio al Propósito”.

7. “Puente hacia el Futuro”. La nota clave principal de cada transformación personal, grupal o incluso planetaria, es RELACIÓN… Amor es Relación, la meta de todo esfuerzo en nuestro ser es establecer correctas relaciones entre un ser humano y otro, y entre el ser humano y la naturaleza; entre todas las expresiones de vida, desde el más ínfimo átomo hasta la Infinitud. A nivel interior, este cuaderno se conoce como “Puente hacia el Futuro”.

Esto sería, en resumen, el significado de cada Cuaderno y el significado profundo de esta moderna Escuela de Misterios.

SOBRE LA CONSCIENCIA DE LA ECONOMÍA DEL DON


Haber cerrado el proyecto durante un tiempo nos ha permitido centrarnos en nuestra propia vida personal, en nuestra propia economía y en la búsqueda de cierto equilibrio mental, emocional, anímico y material. Concentrarnos en la editorial sin tener que prestar excesivo tiempo al mantenimiento de la finca y el proyecto nos ha liberado en muchos aspectos. También nos está permitiendo poco a poco poner orden en las deudas que se han generado estos años debido a lo difícil que resulta empujar cualquier proyecto desde la consciencia de la economía del don. Se han hecho muchos sacrificios personales en esta última década, y siempre queda para el anonimato el beneficio que esos sacrificios hayan podido generar en el resto. Las utopías son complejas, y esta no iba a ser menos.

En estos últimos años, las donaciones recibidas eran de una media de un euro por persona/día. Había personas que por necesidades varias alargaban la estancia durante meses y años aportando lo que podían. Otros utilizaban muchas veces egoístamente el proyecto para hacer caja, o para disfrutar de unas vacaciones low cost en un lugar privilegiado. Estos siete euros por persona/semana no han sido suficientes para sostener todo en equilibrio, y tampoco justificaba las exigencias de aquellos que demandaban cada vez mayor comodidad y bienestar a cambio de queja constante.

Con esta media de donaciones, ha sido muy difícil sostener el proyecto, creando una deuda en estos años de unos sesenta mil euros, más las deudas que los residentes han tenido que soportar a modo particular. La economía del don es compleja y es útil si todos colaboramos en ella, dando la oportunidad a que aquellos que no tengan recursos puedan disfrutar de la experiencia. En O Couso no se cobra por los cursos, retiros, estancias o experiencias. Ni siquiera para cubrir los gastos de comida (desayuno, almuerzo, merienda, cena) y alojamiento. Todos los gastos son sufragados por donaciones de personas que han experimentado los beneficios de este lugar y desean también dar a otros la oportunidad de beneficiarse.

Muchas personas nos han preguntado qué dinero sería apropiado donar para que el proyecto fuera sostenible en el tiempo. Nunca hemos dado ninguna cantidad orientativa para que cada cual pueda ofrecer según su propia consciencia. Para que no hubiera un gran déficit, alguna vez calculamos interiormente que unos 250 euros a la semana sería un donativo justo, cifra que se aleja mucho de los siete euros por semana que hemos tenido de media estos años. Poder subir la media de siete euros a doscientos cincuenta sería empezar a entrar en cierto equilibrio económico.

Para hacernos una idea de nuestro déficit, podemos poner varios ejemplos de otras comunidades que también ofrecen la Semana de Experiencia. ¿Qué cuesta esta experiencia en otras comunidades?

Comunidad Esalen: 2.650€
Comunidad Findhorn: 1.470 €
Comunidad Dhamanur: 1.240€
Comunidad Los Portales: 680€
Comunidad Lakabe: 650€

Así que estos próximos años vamos a concentrar nuestras energías en hacer pedagogía de la economía del don para que el proyecto pueda ser sostenible en el tiempo, teniendo siempre en cuenta que todas las personas que colaboran con la Fundación y aportan su trabajo para que las actividades y organización se lleven a cabo, lo hacen de modo voluntario y no reciben ningún tipo de retribución.

Concepto Rosacruz del Cosmos


 

Una de las rarezas que llegaron a mis manos en plena adolescencia fue «Concepto Rosacruz del Cosmos», de Max Heindel. Ese libro marcó un antes y un después en mi búsqueda espiritual, ya que de alguna manera me acercó a conocimientos arcanos nacidos del movimiento rosacruz y teosófico que me pusieron en la pista de sabidurías más amplias que las estrechas que solíamos conocer de mano de lo formalmente aceptado.

Con el tiempo pude impregnarme en las enseñanzas rosacruces, viajé a la sede de la Orden Rosacruz en Oceanside, en California, y pude codearme más tarde con los príncipes rosacruces que habían sido iniciados en hermosos templos postmodernos bajo la cándida rosa y la contundente fuerza de la espada. Resulta extraño observar como este conocimiento se vuelve a ocultar y a desechar por enseñanzas más epidérmicas, de ahí la necesidad de ponerlas de nuevo en circulación para aquellos que, más allá de los analgésicos espirituales, deseen adentrarse un poco más en el conocimiento y la sabiduría arcana. La sabiduría, junto a la meditación y el servicio, son claves para todo progreso, y de ahí que sea necesario profundizar y ampliar con ello nuestra consciencia. Eso inevitablemente nos lleva a enfocar nuestras vidas hacia la inofensividad (de esto habla mucho Max Heindel) y la responsabilidad como seres vivos, conscientes y comprometidos.

Es por ello que nos honramos en poder editar este libro único en su género, el cual recomiendo vivamente a aquellos que deseen extrañarse algo más sobre las cuestiones primordiales del universo, siempre desde un punto de vista espiritual, místico y esotérico. Un concepto rosacruz corregido y mejorado para facilitar la lectura y profundizar en las «verdades» que atañen a creencias milenarias. Una gran obra imprescindible en las bibliotecas ocultistas, místicas y espirituales.

Concepto Rosacruz del Cosmos o Cristianismo Místico (también conocido como Enseñanzas de la Sabiduría Occidental) es un texto rosacruz publicado por primera vez en 1909.

El autor habla sobre el verdadero ser humano y su viaje a través de la involución, la evolución espiritual y la epigénesis, presentando métodos prácticos para ayudar al desarrollo de los potenciales latentes en cada uno de nosotros y cómo transmutar nuestra latencia en poderes dinámicos para lograr conocimiento directo y trabajo concienzudo en los planos interiores.

https://www.editorialdharana.com/catalogo/concepto-rosacruz-del-cosmos?sello=nous