El pequeño dictador, el poder y sus disfraces.


El pequeño dictador suele tener bigote y es bajito, rubicundo, con nalgas que sobresalen por las pantorrillas cociendo todo cuanto cubre entre extremo y extremo. De ahí que a veces su paso sea pesado y torpe, arrastrando todo cuanto se ponga por delante. Normalmente el pequeño dictador actúa por dos motivos principales: primero por sus complejos derivados de un pasado oscuro, y luego, por sus terribles miedos, los cuales almacena en un estómago inflado por la acidez. Suele empezar el día con una copa de licor acompañado de un gran cigarro. Eso le da fuerza para enfrentarse a cuantos se pongan por delante. Es la señal de que el nuevo día ha empezado.

Ayer hubo pleno al quince. El pequeño dictador es muy hábil y se instala en cualquier parte. A veces incluso tiene la capacidad de poseer a seres indefensos que, como él, carecen de humanidad. Puede disfrazarse y atraer la atención fácilmente si lo desea. Sólo tiene que abrir su boca y dejar escapar de la misma tantos demonios como sean posibles. Es muy fácil, se disfraza de idea, de opción política, aboliendo de un plumazo cualquier adversario que pueda estar presente.

Lo de ayer fue patético, dramático, inconcebible después de un análisis serio. El pequeño dictador se meneaba a su antojo ante unas bocas sedientas de poder, de permanecer en el mismo o apoderarse del mismo con tal de ejecutar ciertos intereses. ¿Y qué intereses puede tener una persona por estar sentado en el trono del rey Salomón? Si fueran intereses sociales digo yo que de alguna forma participarían en los mismos. Si fueran intereses colectivos habría algún acto en sus vidas que les delataría… Y si no fuera así, si no hubiera ni un ápice de señal que advirtiera de una entrega generosa, ¿qué otro interés podría haber?

Los disfraces del poder… Analicemos bien este asunto. Hay una incómoda visión en el poder. O mejor dicho, hay un incómodo interés en el mismo. Supongamos que el pequeño dictador tuviera un primo panadero. Si el pequeño dictador estuviera en el poder, lo primero que haría sería comprar pan en la panadería de su primo y regalarlo a los pobres a costa del heraldio público.
De forma aislada, comprar pan y regalarlo a los pobres no resultan ser actos impúdicos. Lo escabroso del tema podría ser el análisis de la intención. El panadero es su primo. Por lo tanto, en la endogamia del poder, el primo recibe un beneficio a costa de la generosidad pública. Pero ni siquiera esa endogamia anecdótica resulta excesiva… ¿quién no haría cualquier cosa por su primo? Lo terrible del asunto es que para llegar a esa concepción del poder, uno sacrifique cuanto haga falta para ejecutarla. Sartre lo describió muy bien en su libro “Manos Sucias”. También algunos antropólogos como John Gledhill hablan de ello sin olvidarnos de Foucault y alguno más. La gente pensaría que el pequeño dictador es una persona de gran corazón. Sin embargo, la realidad a veces se disfraza para camuflar actos que engendran vicio, y aquello que el principio legal podría calificar de corrupción o de trato de favor, podría parecer ante la pantalla pública como algo correcto y lo peor de todo, normalizado. ¿Y qué es lo que crea la norma? La costumbre. Si todos practican el mismo juego, todos asumen la norma como costumbre. Y ahí viene el problema cuando uno pretende salirse de la norma, advirtiendo inclusive, como ayer ocurrió, que de no aceptar el juego, podría acabar mal.

Siendo así, y viendo como el pequeño dictador domina a cualquiera que pretenda seducir al poder con sus disfraces, uno se pregunta si, siendo otras las intenciones que presumiblemente motivan la intención, merece la pena esforzarse por la política de salón, que es la predominante hoy día y que ayer se pudo ver perfectamente en el pleno al quince. El arte de la prudencia lo describió Baltasar Gracián con la gracia de su tiempo barroco. Quizás debamos volver al mismo, y escudriñar qué otras opciones nos quedan para salvar al humano de su condición de animal salvaje.

(Foto: cuando uno se siente en la cumbre de algo empieza a olvidar el camino recorrido y el sentido que le dio al esfuerzo. Entonces se instala en una posición delicada que puede ser corrompida por el poder de sentirse seguro. En los Picos de Europa, 2004)

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