El hambre de lo sagrado


El verdadero hombre de ciencia sabe que no todo lo que existe puede ser medido. Lo no cuantificable, cosas como una emoción o el propio infinito, no dejan de ser realidades que están ahí, que pueden ser percibidas pero no analizadas en un microscópico o una balanza. No se puede medir ni pesar un sentimiento, ni siquiera el fajo de dolor o alegría que una lágrima puede condensar en su fórmula química. De ahí que el hombre haya creado otro espacio, otra forma de llegar al entendimiento de todas las cosas, un espacio que de forma grotesca y burda llama religión, espiritualidad o mística. Los espacios sagrados es lo metahumano, aquello que resulta de transcender nuestras limitaciones de entendimiento para trasladarnos a un espacio y un tiempo diferente. Penetrando en esa otra realidad, nos aseguramos una perpetua dosis de lucha por perpetuar una vida que a priori, pudiera carecer de sentido. De ahí que el hombre inquieto, sabedor de infinitos, tenga hambre de lo sagrado. Porque sabe que más allá de todo cuanto pueda ver y tocar hay cosas que superan su condición y su entendimiento. De ahí, si no queremos arriesgarnos a perder lo que propiamente nos hace humanos, debamos alcanzar esas otras cotas de trascendencia.

(Foto: El cielo y la tierra se unen en un infinito imposible, mientras que el hombre, ingenuo y orgulloso, pretende parcelarlo con su razón. La Montaña, abril de 2009)

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