Los idólatras del fragmento, de la palabra, del estigma, prefieren enterrarse en las mudas profundidades, allí donde las decepciones parecen tener provecho y son fuente de emoción. No existe una estupidez más grave que vivir orientado a los cálidos adverbios que nacen del ombligo. Es allí donde fructifica la decepción y donde se renuncia a la vida en pro de las certezas sobre el exilio engañoso. Están alejados de la anorexia sagrada, del hambre sagrada, esa que te obliga a amar más allá del rencor de los solitarios, cerca de las vidas paralelas de los fracasados. Y ese hambre duele, ese hambre mancilla. Sólo lo verdadero es digno de ser amado… Pero más allá de lo vago y lo turbio, quizás comprendamos que en el fondo todo es verdadero, porque todo nace de la luz del misterio absoluto y sin orillas. Ama hasta que te duela… sin delicadeza, sin el accesorio soporte del talento, agotando todo cuanto se tenga con tal de sentir el dolor… Sufre, agota todo recurso, súmete en el arte de vencer lo incomunicable, embárcate en la esquizofrenia de la necesidad del alma… No hay excusa para no amar, no hay miedos ni temores que puedan paralizar la propia presencia de su rostro… No vuelvas a la época del ombligo, improvisa dolor, inventa dolor, así la calidad del amor será expresada de forma radiante allí desde donde sólo se ven las sombras y las sustancias. Esa es la hegemonía del delirio, de la locura del otro lado. Ese es el poder del sentido, de la vida plena, del estallido de gracia e intensidad neurálgica. Sólo así es posible la salvación… imitando los silencios, rezando a la química vital, buscando en el lenguaje considerado todo cuanto nos llene de vida. Esas son las llagas, esa es la humillación… amar hasta que te duela…

Todavía hay algo mejor que amar… sentirse amado.Si ambos coinciden y son correspondidos: FELICIDAD
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