Siempre ha existido una rigidez dogmática ante el cambio, ante cualquier cambio, promovida principalmente por una potestad carismática que concentra la autoridad en valores que remarcan la sumisión individual. Esa rigidez nace de ideologías teñidas de cierto origen sagrado o afectivo que produce una inmunidad temporal ante cualquier traza que pretenda desviarlas de su originalidad. En sus extremos más inquietantes, si bien por suerte no es la norma generalizada en los tiempos que corren, producen fanatismos y fundamentalismos. Y a veces, para algunos abanderados de la tolerancia, resulta extremadamente difícil ser tolerante con los intolerantes, especialmente con aquellos que por designio divino o ideológico se creen en posición de la verdad absoluta.
La sociedad posmoderna ha llegado a la conclusión tras siglos de descubrimientos científicos y humanos, muertes y guerras sanguinarias que no existe, en el plano humano, ningún tipo de verdad absoluta. Sin embargo, tan sólo se tarda un segundo en encontrar a alguien que cree poseerla. En cierta forma, incluso si aislamos esta sentencia, podríamos pensar que se trata también de una “verdad” esgrimida sutilmente por el que la redacta. Es la paradoja de la palabra como libertad, una libertad que a veces se permite como producto arbitrario. Y la arbitrariedad nace del exclusivismo que parte del filtro ideológico, el cual juzga a los otros como amigos o enemigos según su pertenencia o no al círculo o núcleo de creencias compartidas o no. Y ambas posiciones pueden ser determinadas en la transformación por la conquista o conversión, o el aislamiento de una sociedad, o parte de ella, contaminada por la no pertenencia al grupo.
Los fanáticos y divulgadores de creencias confunden la sutil frontera existente entre la creencia que intenta describir el mundo, en todo caso, interpretarlo, y aquella que pretende aplicarse a todos los mundos posibles. Y verdades fanáticas las hay de todo tipo: religiosas, políticas, económicas, pedagógicas, sociales, culturales… Y la tendencia de una sociedad madura y libre es la de sentir cierta alergia cuando se topa con alguna de ellas, no por ser una abanderada del relativismo absoluto, que esto también sería una verdadera “verdad”, sino porque la libertad madura rechaza con fuerza cualquier tipo de interpretación aleatoria o dogmática, cualquier juicio y prejuicios apriorísticos.
Pongamos como ejemplo una increíble conversación que tuve recientemente con una persona adulta, occidental, de unos treinta y pocos años, con estudios universitarios y cierta cultura. Se confesó cristiana practicante, y como cristiana tiene tres dogmas inamovibles: el primero es que sólo existe un Dios verdadero que es el Cristiano y un único camino y verdad para llegar al mismo que es mediante su hijo Jesús el Cristo libre de cualquier Iglesia o culto. La segunda verdad es que todo el que no sea cristiano en el día de su muerte irá directamente al infierno. Es decir, aquí incluimos a los budistas, ateos, musulmanes, hinduistas, animistas, taoístas, gnósticos y agnósticos, masones, judíos y todos aquellos que no abracen la fe cristiana. De ser así, el infierno se va a llenar de almas en pena por los siglos de los siglos y el cielo, estará prácticamente vacío. En un plano más personal, había una tercera verdad: según su fe cristiana, no podía mantener relaciones sexuales hasta no casarse con su pareja. Algo increíble para valores y morales de nuevo cuño.
Si bien este es un ejemplo muy individual, un caso muy concreto, parece una recurrencia normal el poder ver como partidos políticos, grupos de poder o Iglesias de cualquier calado apuestan firmemente, y socialmente, siendo esto lo verdaderamente angustioso, por defender a capa y espada sus propias verdades, las cuales, dicho sea de paso, no aceptan consensos, ni acuerdos, ni propuestas, porque las mismas invalidarían la fuerza esencial de sus principios.
Y visto desde un plano lejano, cada cual puede tener sus dogmas, creencias o fe y hacer uso de ellas a su manera y según le convenga en su vida diaria. Hasta aquí no hay problema. El problema surge cuando dichos dogmas entran en la esfera de lo público y dichas creencias intentan imponerse de una u otra forma. Entonces aquí las creencias se tornan peligrosas, ya que si el otro no es como yo, si no piensa como yo, si no cree como yo, lo mejor es exterminarlo. Y ahí nace un peligroso equilibrio entre la tolerancia, la empatía y el amor fraternal hacia el otro en contraposición de nuestras egoístas posiciones. Caro Baroja expresó su disgusto con respecto al pensamiento totalitario de la siguiente forma: “vivimos aún bajo el peso de teorías sociales e históricas, totalitarias y dogmáticas, que se nos dieron como llaves para abrir todas las puertas. Ahora bien, lo que sirve para abrir todas las puertas no es una llave, sino una ganzúa”. Quizás si cada cual, ya fuera de forma individual o colectiva, se esforzara en encontrar esa ganzúa, nuestro tiempo, nuestra sociedad, se teñiría rápidamente de valores de autoexpresión, de colaboración y de aprecio hacia lo ajeno y lo extraño. Quizás algún día eso ocurra y podamos liberarnos de nuestros infiernos personales para abrazar la verdadera vida eterna: la vida creadora y amorosa.

Querido javier como era aquello de «mi religion es el servicio»…
Ojala las personas supieramos vivir en libertad respetando nuestras creencias, nuestras ideologias. Pero para eso debemos de empezar por nosotros mismos, haciendo un profundo examen en el que vislumbremos cual es nuestra forma de relacionarnos con los demas; ¿desde la igualdad? O desde la superioridad y la imposicion.
En cuanto a la religion, desde mi modesta opinion creo que la Iglesia debe dar un giro grande hacia la Iglesia Misionera. La fe, la creencia en un ser divino que esta mas alla de nuestra razon debe ser un motivo de union, de union al projimo. Aprendamos los cristianos de la compasion budista, de la capacidad de ayudar a todo el que nos rodea, sin añadir mas sufrimiento. Fomentemos la libertad y la fraternidad, esa que nace en el corazon y que hace que un grupo de hombres y mujeres dejen a 1 lado sus quehaceres para coger 1 avion y tras ponerse 1 nariz postiza se trasladen a la india para compartir con niños pobres unos minutos de felicidad.
Cambiemos cada uno de nosotros nuestro entorno, con pequeños gestos.
Intentemos que resurja una nueva sociedad mas libre, menos dogmatica, pero empecemos por nosotros por favor.
1 abrazo fuerte y sentido muy sentido para ti querido Javier.
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Gracias estimado Jaime por tus palabras. Realmente a eso me refería con el artículo, a la importancia de estar vigilantes para no cometer precisamente aquello que criticamos. Por eso hay que estar alertas continuamente y empezar la autocrítica por nosotros mismos. Es en nosotros, y no en el otro, donde siempre encontraremos a nuestro peor enemigo.
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