Cárceles


A veces resulta difícil situarse fuera de la cárcel de los sentidos. La trampa de las horas y del tiempo describen el paso penoso hacia el marchitar de la vida. Lo observo en el caminar de aquellos que nos anteceden. Los tránsitos requieren de su propia disciplina. Nos creemos salvos de todo pero no somos inmunes. Todo nos afecta, todo nos anula, todo nos pierde. Y cualquier momento es propicio para arrimar el hombro hacia la pérdida de sentido y razón. Por eso se nos hace necesario abrir una cima diaria hacia nuestra alma, hacia aquello que pueda trascendernos, con la esperanza de que quizás en ese leve murmullo podamos elevar un ápice de altura. Allí jamás ha llegado la voz humana ni sus ecos, pero sí eso que llamamos intuición que no es más que el halo sagrado de las alturas. La belleza se alarga en ese lugar y debería rodearnos constantemente. Tendría que ser obligado el ser bellos, el poseer cosas bellas. Como si con ello pudiéramos labrar el surco necesario para penetrar en el himen de lo etéreo, en la capsula celeste que nos catapulta hacia el infinito. La maravilla de esos vuelos mágicos nos alejan de la tragedia, y de la cárcel del alma. Y es allí, en el centro que los antiguos magos llamaban unidad y en la esfera que llamaban infinito donde se trascienden los barrotes de la oscuridad.