Si miramos con detalle todo lo que nos rodea parece asombroso, casi milagroso, ese profundo equilibrio que existe entre todas las cosas. Observar cada ser, cada elemento de la naturaleza, cada átomo que se ordena de forma increíble para formar estructuras más complejas… todo parece mágico. Los científicos, muy ordenados ellos, afirman que esa complejidad tiene un sentido explicable gracias a las leyes de la física y la química. Pero hay cosas que resultan difíciles de explicar. Ya no recuerdo quién dijo alguna vez que un simple alfiler tuvo que ser pensado, diseñado y fabricado por alguien. Que en ese proceso había intervenido una mente que le había dotado de forma y cuerpo. Un simple alfiler había sido soñado en la fábrica de las fantasías. Mientras pensaba sobre ello, esta tarde encontré en el salón una golondrina que se había colado por la ventana del despacho. Curiosamente, era la segunda en un mismo día que entraba en casa desde la tercera planta y se situaba en el mismo lugar que la anterior, justo en frente de la gran ventana de entrada al salón. Sus alas parecían perfectas, aerodinámicas, de unas líneas tejidas con tal finura que resultaban asombrosas. Me preguntaba si, al igual que el alfiler del ejemplo, alguien las había diseñado, pensado, soñado. Cogí con delicadeza a la golondrina desorientada y la lleve en mi mano hasta el jardín. Me miraba curiosa con sus hermosos ojos negros. Abrí la mano y emprendió el vuelo sostenida por la gravedad y el viento. Ambos factores hacían posible su desplazamiento conjuntamente con la fuerza que ejercían sus alas. Era asombroso ver como subía y subía hasta perderse en el infinito.
No quiero entrar en el debate neocreacionista que se desarrolló en USA sobre la visión de una evolución nacida de una identidad inteligente, llámase Dios, Gran Arquitecto del Universo o como se quiera llamar. Simplemente, como ser pensante, me encanta bucear en las premisas básicas por las cuales, con algo de sentido común, lo humano se enfrenta a los misterios de la vida y el universo. Y por eso ponía el sencillo ejemplo del alfiler. Si han hecho falta toneladas de años de evolución, de técnica y de diseño consciente para fabricar un solo alfiler, me pregunto, siguiendo ese hilo conductor, qué habrá hecho falta para organizar el cosmos, el universo entero, y lo más asombroso de todo, la vida, la mente y la consciencia. Porque es precisamente en estas tres últimas cualidades de la existencia donde lo sospechoso empieza a tomar forma. Independientemente del sentido o no que puedan tener las cosas en sí mismas, resulta tremendamente suspicaz el que dentro de una estructura física se haya implantado la vida, luego la mente y más tarde, la consciencia.
Resulta angustioso pensar en términos de un diseñador que plantea y ordena con una escuadra y un compás la arquitectura cósmica. Entre otras cosas porque siempre surge la paradoja de preguntarnos quién o qué diseñó al diseñador. Así que seguiré esperando, mirando desde mi ventana, el vuelo mágico de otra golondrina…

