La muerte espera


Ayer llegó B. con su amiga después de su periplo vacacional por Andalucía y Portugal. Me alegró mucho el reencuentro y verla tan bonita, tan coqueta, con ese moreno que la hace aún más hermosa y tierna. El bueno de mi vecino F. tuvo la gentileza de dejarme las llaves de su casa y pudimos bañarnos de noche en su piscina. El chapuzón nos vino muy bien con las calores que ayer consumíamos. Luego estuvimos hasta altas horas de la madrugada charlando sobre comunidades utópicas y urgencias, ya que la amiga de B. es médico y nos estuvo explicando algunas cosas de su profesión. Y mientras eso ocurría y más tarde nos deleitábamos con las mieles del amor, un poco más abajo, la coneja y dos de sus hijitos morían irremediablemente. Así que de los ocho conejitos que había parido la coneja enferma de mixomatosis solo han sobrevivido cuatro, los cuales hemos rescatado de la improvisada madriguera que la pobre hizo en el sótano intentando reanimarlos con nuestros cuidados. No me termino de acostumbrar a la muerte fácil, a la muerte inútil, a la muerte que te sorprende cuando no toca. Me revelo contra ella y ella se revela contra mí. No sé si el ser vegetariano repercute en algo en el hecho de que con mi actitud provoco, aunque sea mínimo, un grado menor de muertes. Ayer lo hablábamos en la cena. Quizás sea inútil, lo cierto es que cuando esta mañana me he encontrado a los animalitos muertos, la sensación ha sido frustrante.