
En el mundo del espíritu siempre ha existido una notable controversia sobre la existencia o no de los maestros espirituales. Cuando he viajado a India o Mongolia, a países de oriente, he visto que existe una tradición que asume la autoría y potestad de los gurús o maestros, los cuales se veneran y respetan como representantes divinos aquí en la Tierra. Al menos, como seres capaces de influir de forma positiva a todos los que circundan su ashram, su círculo de influencia. En occidente, más que una veneración hacia la figura de alguien que personifique algún ideal, se tiende a pensar en el maestro interior, o en aquello que nos hace plenos de maestría. En ocasiones, la búsqueda de ese ideal nos hace entender, desde la humildad y el desasosiego, que existen personas que han llegado más lejos que nosotros y que, a pesar de sus formas o aparentes imperfecciones, tienen algo que aportarnos a los que aún andamos perdidos o desorientados.
Sin duda, occidente ha demostrado estar muy lejos de la maestría de cualquier tipo. La espiritual, entendida como aquella que nos permite penetrar y entender compasivamente la consciencia de todo cuanto vive, es un camino arduo que requiere de perseverancia y trabajo. La expansión de conciencia permite situarnos en perfecta relación con toda la existencia y con todo lo existente, algo difícil de alcanzar en una sociedad tan dispersa y distante, cegada por el paradigma de lo material.
Según explican algunas escuelas, el maestro espiritual es aquel que ha trasladado su consciencia al quinto reino, es decir, está más allá de la quinta iniciación. Ha superado la consciencia mineral, la vegetal, la animal y la humana, trasladando su visión a un plano que las supera a todas. Un maestro de sabiduría ya no vive, según nos cuentan, enfocado en el bajo vientre, sino que ha trascendido esos tres niveles elevando su energía y consciencia hacia los centros superiores, hacia todo aquello que tiene que ver con los aspectos elevados del hombre. Además, su perfección es tal que es capaz de crear cosas y dominar todo lo que ocurre en los reinos que ya ha superado. Ha contactado conscientemente con la verdadera realidad y ya no está atrapado en la ilusión de las diez mil cosas. Ha conseguido llegar por la línea de menor resistencia hacia ese lugar donde la Quietud lo preside todo. Pero sobre todo, es aquel que ha decidido dedicar su vida al servicio a los demás.
A lo largo de mi vida me he encontrado con personas que han alcanzado cierta maestría, y en ese sentido, me inclino con respeto y humildad ante ellos. He conocido gente que trabaja por los demás y hacia los demás, con una entrega que supera los límites de la resistencia humana. En ese sentido, me he encontrado ante auténticos maestros y maestras espirituales y de ahí mi mayor respeto y consideración hacia ellos. Me he convertido en un humilde discípulo y he aprendido todo cuanto he podido. Y la recompensa ha sido tan grande que seguiré buscando su luz y su experiencia allí donde se encuentren. Pero sin buscar tan lejos, sin necesidad de grandes disciplinas o viajes interiores interminables, una de las mayores grandezas de todo es ver al que tenemos al lado como al mayor de nuestros maestros, porque esa persona que tenemos cerca, ya sea amigo o familiar, vecino o conocido, siempre será nuestra mayor enseñanza. Acostumbremos a mirar al otro con reverencia, respeto y humildad. Siempre tendrá algo bueno para nosotros, algo que nos hará más grandes, más libres, más cercanos a la consciencia plena. En todo caso, siempre recordemos la certera frase: cuando el discípulo está preparado, aparece el maestro.
(Foto: En un templo budista, en Mongolia, platicando con un venerable maestro).