El origen de todas las cosas es la naturaleza, creada, además, por Dios. Así lo creía la inquebrantable fe de Gaudí, el cual apostó toda su vida por imitar la maravillosa eficiencia de la ingeniería natural. Reflexionaba sobre ello esta mañana movida, tras una breve charla con Mc que me sorprendió cuando desayunaba a punto de irme a Córdoba. Tras pasear por los interminables subterráneos del campus universitario me dirigí a un insustancioso tiempo en el taller mecánico que aproveché para repasar todo el correo postal de esta semana y algunas revistas recibidas, entre ellas, el número de este mes del National Geographic. Allí me empapé de la vida y obra de Gaudí. Me encantó la frase que encabezaba el artículo: “mi cliente no tiene prisa”, refiriéndose a Dios. Lo cierto es que si la naturaleza es la obra de Dios, hizo bien este excelente arquitecto en aprender de él e imitar en todo cuanto pudo a ese otro Gran Arquitecto del Universo. Realmente la geometría natural es increíble… ¿Geometría sagrada? Podemos verla en cualquier parte del cosmos. En las alas de una libélula, en el caparazón de un caracol, en el vuelo de un abejorro, en la esbelta figura de un sauce o un baobad, pero también en el sol, en las estrellas, en el viento, en la luz, en la energía, en la fuerza, en las fuerzas… Todo lo creado está perfectamente ensamblado, perfectamente pensado (¿?) y construido. La técnica natural, la metodología cósmica es asombrosa.
Hay que ver las cosas en las que se piensa en un taller mecánico… bueno, en estas y otras… especialmente las relacionadas con la Tormenta…






















