Obama y la soledad del líder


Los filósofos siempre han sido amigos de la verdad, o al menos amigos de sus verdades. Los políticos utilizan la verdad o las verdades, pero también la mentira y las mentiras para transformar la realidad según la conveniencia del momento. A veces resulta de mal gusto el hacer las cosas para quedar bien con el resto del mundo. Podría ocurrir que el resto del mundo estuviera equivocado y solo la apuesta por hacer lo que uno piensa que es coherente para el momento pueda darle fuerzas para continuar. Si lo que es bueno para uno resulta ser veneno para otro, ¿cómo buscar el ansiado bien común? Para muchos, lo que puede ser disfrutado en bien común carece de valor. Es por eso que Nietzsche, que desconfiaba del ser humano nos advirtiera de que las grandes cosas son para los espíritus elevados, los abismos para los espíritus profundos, las delicadezas y los estremecimientos para los delicados y las rarezas, para los raros. Obama, que no parece de este mundo, seguramente tendrá que refugiarse pronto en alguna montaña, en algún abismo, en algún estremecimiento o, si la cosa va bien, en alguna rareza.

Esperanza


Me llamaron esta mañana desde la radio para hacer una entrevista. Contestaba a cada pregunta con una gran sonrisa en los labios, como si en vez de palabras surgiera música y en vez de conceptos expresara poesía. La otoñal primavera resulta que sale al paso en su forma más elevada, transmitiendo una metamorfosis que me produce extrañeza, pero al mismo tiempo una paz profunda. Es como si lícitamente pudiera decir que este otoño sí trae consigo los frutos maduros. El insólito privilegio de sentirme seguro de cuanto ocurre, porque lo que ocurre nace desde lo más hondo, desde donde nace el alma, desde donde reside, respira y conspira.

Así, mientras la periodista me preguntaba sobre la hermosa presentación en Palma dirigida y orquestada por esa gran alma que es Olga Palmero, suspiraba de emoción y merecido despertar. También cuando recordaba las anécdotas de Iznájar, especialmente cuando los cuatro elementos se levantaron para acompañar ese acto cuasi mágico.

Y luego el viaje… Ese viaje mitad vigilia mitad sueño donde el alma envuelve al cuerpo y lo abraza suave en la fusión, en la herencia de la unidad interior que parte del contacto con el otro. Nunca pensé que fuera posible poder mirar por una pequeña ventana de dos puntos no sólo un extenso cielo azul, sino un infinito inimaginable. Y eso durante horas, sin que existiera la noche o el día, sin que existiera el rayo o la oscuridad. Sólo dos seres mirándose, eternos, suficientes, sin tiempo, sin espacio, flotando en una atmosfera vacía que iba llenándose poco a poco con el calor de sus cuerpos. Había sin embargo un movimiento inverso dentro de esa quietud mistérica. Había un respirar, no dos, sino uno, que conspiraba a un ritmo equilibrado entre el crematorio interior y la fuerza exterior. Un aliento poderoso, tímido al principio, pero honrado. Un aliento acoplado al suspiro cósmico de la ocasión única, soberano y emancipado, con un mensaje que se repetía una y otra vez: la esperanza es posible. Es cierta más allá de la ceguera. El milagro ocurre. Sólo hay que abrir las compuertas del llanto y dejarse llevar por el fluir de la vida. Sólo hay que creer y actuar con fe en las maravillas y los entresijos de esta increíble existencia. Gracias Tormenta por empaparme con tu sudor y tu vida. Gracias por abrirme los ojos y dejarme ver.