Paseos anónimos


Los sueños se hacen realidad. Ocurre a veces, especialmente cuando creemos en ellos. Llevaba años soñando con acompañarla a ese musical. Años sin saber quién era, esperando el momento, esperándola a ella. Y cuando sueñas algo, cuando deseas algo ardientemente, inevitablemente sucede. Así lo demuestra la vida cuando menos te lo esperas. Y hoy era consciente, en esta especial mañana de otoño.

Miraba desde primera hora, angustiado, las noticias en la prensa digital sobre el conflicto de las Coreas. Estaba al mismo tiempo redactando las preguntas para una entrevista que debía hacer pero no podía concentrarme viendo que los tambores de guerra empezaban a sonar de nuevo: primero en el Sahara, ahora en Oriente.

Salí a la calle y paseé por Serrano pensando en ella, como hago a casi cada momento de estos últimos intensos veinte días. Compré vitamina C condensada en kiwis y naranjas ya que en las ciudades no puedes coger la fruta de los árboles. Está resfriada y deseaba cuidarla con ese amor que se exprime en los pequeños detalles, en las pequeñas atenciones. Se terminó el tiempo de las grandes gestas. Ahora vence lo pequeño. El día a día, la aventura del minuto compartido con atención, cariño y respeto. El amor condensado en miradas, en abrazos y en sonrisas.

Y a la vuelta miraba los rostros de la gente. La ciudad y sus ruidos, los cigarros que descansaban en las manos caídas y nerviosas. Los rostros sin voz, ausentes, anónimos. Nadie saludaba a nadie. Nada pasaba excepto el pasar. Mientras volvía leía un hermoso mail escrito con rebosante poesía. Me detuve en una frase: “qué sabe nadie lo que nos pasa por dentro».

Y eso me interrogaba mientras miraba a la gente y observaba cuanto me había alejado de la ausencia. Tanto tiempo en la Montaña había moldeado en mí una especie de forma de ser, incluso de forma de vestir, alejado de aquellas modas que antaño seguía en la gran ciudad. Creo que era el único en la gran manzana que llevaba vaqueros, zapatos marrones y forro polar. Los trajes de moda, las corbatas y los atuendos propios de la vanguardia invadían el decorado urbano. Pero detrás de los mismos, de nuevo soledad, angustia, preocupación.

Volví a casa por la Castellana con tal de cambiar el paisaje y fue a la vuelta cuando recibí con alegría el cantar de la sorpresa. Otro gesto, otro guiño. Hicimos setas con nata y comimos juntos mientras leíamos el prólogo del libro que traía consigo. Me rebelé ante el título: “al final de la utopía”. Lo cerré en la primera página, miré sus profundos ojos azules y dibujé en su rostro un nuevo prólogo: “el principio de la utopía”. Es así, en las pequeñas cosas, en los pequeños paseos anónimos donde se construye la vida, donde se crean los sueños, donde lo inevitable, acaba sucediendo…

6 respuestas a «Paseos anónimos»

  1. El día a día de los que convivimos a golpe de calcetín, no es de color de rosas que nos comentan en infinitas páginas en la red de redes.

    Supongo que irías a deleitarte con tu amada, presenciando el musical «Los miserables». Es de lo mejorcito que se ha conseguido elaborar en muchos años.

    Sigue soñando…no dejes de soñar. Si así lo haces, cada día entre tus días, nacerá el niño que todos llevamos dentro.:

    Rafael

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