El problema del pequeño mundo


Cuando tenemos mentes mediocres solemos vivir en mundos mediocres. Cuando nuestra inquietud interna es pequeña, solemos recibir de la vida un mundo arraigado en la miseria y la desdicha. Recuerdo que una vez alguien me dijo que vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Cuando las cosas van bien es fácil acordarse de este tipo de frases. Cuando las cosas van mal, ningún tipo de epistolario ideal puede ofrecernos el salvavidas que necesitamos. Por eso hay que estar siempre atentos, conectados a las fuentes de nuestro propósito interno, audaces con todos los reclamos que la vida nos ofrece. Atentos para escuchar y valorar los regalos que nos llegan, los abrazos que nos dan, los guiños que traspasan la barrera de lo aparentemente espontáneo y casual. El problema de vivir en mundos reducidos es que no somos capaces de imaginar otros mundos posibles. Y lo peor de todo, ¡cuantos soñadores habremos conocido que prefirieron regocijarse entre mantas cálidas en la perfección de sus sueños olvidando la noble y difícil tarea de intentar transformarlos en realidad! El problema del pequeño mundo es que nos costará salir de la desdicha a no ser que seamos capaces de dejar de compadecernos de la mala suerte y empecemos a diseñar un nuevo proyecto de vida, un nuevo proyecto que fije nuestros objetivos en cosas buenas, en cosas mejores. Y esas cosas, que al final se reducen a cosas simples, pasan inevitablemente por el amar y agradecer todo cuanto tenemos, todo cuanto se nos ha dado en esta vida…

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