Magna Mater


Tres de la tarde. Unos 25 grados aquí en el sur, en Sierra Morena cordobesa, Andalucía, España. Los pájaros cantan sin parar y toda clase de animales chocan contra las grandes ventanas de mi salón. Compagino el editar libros con incursiones en las utopías para la tesis. De vez en cuando salgo al jardín y me dejo bañar por estos rayos magníficos de sol primaveral. Esta mañana fui a comprar un nuevo frigorífico. El anterior, que estaba nuevo, reventó como el lagarto de Jaén por culpa de una avería eléctrica. El seguro pagó algo, no mucho. Y aún escucho las goteras que el «Cara Chancho» no ha sabido/podido arreglar. Estuvo una hora trabajando y desapareció. Suele hacerlo, pero a veces vuelve tras tres litros de cerveza. El sonido del goteo es como una comparsa que se entremezcla con el berrido de los pájaros, el croar de las ranas y el frescor del viento que sopla. Más allá de esos sonidos, todo está en calma y silencio. Me siento refugiado, o diría que exiliado en una especie de limbo donde todo lo que ocurre forma parte de un paisaje primaveral ajeno a mí. Resulta difícil reubicarte cuando la carta de navegación parece rota por un costado. El norte, el gran norte, siempre aparece claro bajo las estrellas. Pero las cotas de altitud y profundidad son difíciles de prever si la carta está incompleta…

La semana que viene habrá un retiro en mi casa. Vendrán unas treinta o cuarenta personas a meditar durante tres días, en silencio, en una especie de burbuja que servirá para dotarlos de fuerza y valor. Tendré que limpiar el jardín y hacer algunas camas para acogerlos como es debido. Como no he sido invitado a ninguna de las dos fiestas, ni a la de aquí ni a la de allí, quizás desaparezca por alguna parte, en alguno de esos viajes épicos que tanto me gustan.  ¿A dónde ir? Quién sabe…

Miraba por la ventana como el viento derramaba el polen de los árboles por todo el jardín. Me acordaba de los poemas épicos de Homero, sobre todo de los cantos a la diosa de la madre Tierra, a Cibeles, o Gea o Rea, tanto monta. Lo cierto es que la primavera está cargada de esplendor. Lo pude ver ayer cuando hice un pequeño viaje por la campiña a media tarde. Parece como si este año estuviera rebosante de verde florido, de olores que te transportan a los confines de la imaginación. Todo está fértil, con ganas de co-crear, con ganas de preñar de vida cuanto existe. La Magna Mater quiere abrazar a sus hijos dotándolos de la oportunidad de ser copartícipes con la creación. Quisiera ser ahora Atis, el consorte de la madre Tierra y personaje de la novela Alexandra. Quisiera ser creador, dios, fortaleza viviente y siervo andante de la madre naturaleza. Hoy el cielo celeste aguarda mientras el viento sigue barriendo las semillas del futuro… Pero… ¿qué futuro? Esa es la fuerza del desamparo… El futuro no existe más que en la mente de los hombres… Hoy solo tengo el berrido de los pájaros, el goteo, el olor a azahar que entra por la ventana y el bocadillo de pan con chocolate que merendaré de aquí a un rato si todo va bien… Más tarde quizás vuelva el Cara Chancho… sólo quizás…

 

3 respuestas a «Magna Mater»

  1. Aquí siempre tendras una preciosa montaña que contemplar…compañia para un café o dos y quien sabe, lo mismo hasta tortilla de patatas…
    Tu lo que tienes que hacer es fluir, que lo haces de lujo 🙂

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