Los disipadores de la oscuridad


 

Habían quedado en un remoto lugar para tomar ayahuasca, una planta alucinógena muy usada en América por los chamanes y popularizada especialmente por los libros del antropólogo norteamericano Carlos Castaneda en los movimientos milenaristas y de la nueva era. Eran una veintena, y el Camarada Cuerpo Espín, que así se hacía llamar en nuestros años universitarios, tuvo que tomar doble dosis para que el efecto empezara a funcionar. Era de noche y todos empezaron a entrar en la oscuridad de sus miedos, de sus fantasmas, de sus miserias. El camarada, más que nadie, penetró en un laberinto terrible, de dolor y tensión profunda. De repente, entre el miedo y la bruma, apareció un ser luminoso tocando la flauta. Entre sus bestias y horrores, apareció ese manto blanco lleno de luz. Era H., que había oído voces terribles cerca de su casa y fue a ver de qué se trataba. Al ver el dantesco espectáculo, decidió tocar su flauta, y así fue como el camarada conoció a H. y se transformó al Islam dejando atrás una vida de excesos y desvaríos.

Conocí al camarada en los años noventa. El había terminado psicología y emprendió en mi facultad la carrera de trabajo social, siguiendo más tarde con sociología. Era un tipo inteligente, de una memoria y cultura amplia y muy crítico en todo lo que concierne a la vida cotidiana. Militante activo del partido comunista, mantuvo siempre puestos relevantes en el mismo, llevando su militancia inclusive a un intenso contacto con el entorno de ETA. En la época de estudiantes, criticaba mi radical compromiso con la mística desde su ateísmo también radical. No entendía mi purismo vegetariano, mi abstinencia con respecto al alcohol y las drogas especialmente en una época en la que los estudiantes entremezclaban todo eso en una vida desordenadamente académica.

Hace un año, R. llegó una mañana a mi casa interesado por conocer a ese ermitaño de la Montaña vestido de modernidad. Hablamos de misticismo, de las nuevas tendencias espirituales y pronto se entusiasmó con mi biblioteca, hasta el punto que terminé regalándole 24 tomos de las obras completas de AAB. A los pocos meses me presentó a J.A., un militante con todo lo referente al mundo de la homeopatía. El me mandó tiempo más tarde un libro escrito por un musulmán de nombre S. y titulado “El desvelo del ser amado” para intentar publicarlo en Séneca. El libro me entusiasmó y le pedí paciencia para poder hacerlo, dados los tiempos que corren.

Ayer conocí a H. En la finca, cosas de la vida, estaba además el camarada Cuerpo Espín, que fue rescatado por el flautista H. hace algunos años de su atormentada vida. Además, cosas de la vida, el camarada era el mismo S. que había escrito el libro que tanto me había gustado y que me había enviado su cuñado, J.A. Cuando lo vi allí, transformado en un creyente islámico, casi no daba crédito a lo ocurrido. ¿El mundo como pañuelo o las sincronías de nuevo haciendo de las suyas? Lo cierto es que la vida está entrelazada y a veces hay nudos que se cruzan una y otra vez, como si quisieran transmitir algo, como si quisieran guiarnos hacia alguna parte. Mientras sigo escribiendo intensamente y con pasión mi novela Alexandra, entremezclo las vivencias de ayer en el relato mítico de la experiencia. Y la princesa Alexandra, una disipadora de la oscuridad, absorbe con viva voz todas estas riquezas. Que la luz brille en los corazones de los hombres, y que Alexandra resplandezca desde su isla incógnita.

 

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