El místico que ha observado la templanza y horadado el sendero que conduce hacia la puerta estrecha tiene capacidad para elevarse hacia la montaña cósmica, hacia las tierras puras que son descritas desde el budismo como ese lugar simbólico donde todo está nivelado, es homogéneo, sagrado, inusual. Es capaz de visualizar las cuatro fuentes de la vida, los árboles floridos del edén, meditar junto al lago azul atravesado por juncos que crecen libres hacia el cielo. A menudo, en las noches calurosas de verano, se acuesta desnudo en ese manto sublime, escuchando el murmullo de las cosas pequeñas, el rumor de cuanto existe, la grandeza de la noche elocuente que clama ante el sueño. Como una planta, sin dolor, sin sueños, sin deseos, elevado a la tierra pura donde el valle reclama rodeado por peñas infranqueables y corazones que laten su pureza. Cubierto por remolinos de flores y hierbas altas, aromáticas, que crecen como manto de vida. Hay en esa tierra abejorros vestidos de terciopelo y mariposas azules. Y bosquecillos plagados de colmenas que tejen la miel del espíritu, compartida con generosidad entre aquellos que atraviesan sublimes los ásperos contornos de la dualidad. El río, siempre fresco, transporta la arena de oro, las esmeraldas que el espíritu recoge para ser compartidas en los palacios de mármol, como esas ricas islas con grandes jardines de laurel que esparcen su riqueza hacia el mundo. El místico que se eleva a esa tierra pura solo desea volver para compartir esas riquezas…
Porque esa tierra pura es como la isla de los Bienaventurados. Los iniciados lo saben, y por eso, cuando son capaces de elevarse hasta sus alturas, anulan la realidad que está debajo de ellos, produciendo un efecto placentero, de vida heterogénea, más allá de lo diverso y lo incompleto. En ese plano paradisíaco son capaces de percibir la superación de la condición humana como requisito imprescindible para comprender la pluralidad dentro de la unidad, la acción dentro de la quietud. La realización lo rescata de la vida, lo mantiene firmemente anclado al propósito de todo cuanto cubre las esencias de las cosas. Intuye el próximo nivel de realidad sin aniquilarla, por eso fluye manso hacia las esferas de la creatividad abstracta. La tierra pura es un lugar hermoso donde se puede reposar tras la batalla del ego, tras las adormideras de la ilusión, tras comprobar que la vida finita donde nos movemos, vivimos y tenemos nuestro ser no deja de ser un espejismo mental que creamos según las derivadas y obstinaciones de nuestra finitud. El iniciado, al igual que el místico, regresa generoso, honrado, útil, y emprende la laboriosa obra de ser silencioso y a la vez grande en el tejido cósmico de la amplitud.
El adepto, más allá del místico y el iniciado, asume la obra y esparce su vida por la tierra pura…

¿Te dice algo ser el Maestro de la Onda?
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