Mientras hoy paseábamos por montes limítrofes entre Navarra y Euskadi, visitando una tras otra las bordas donde antiguamente se guardaba el ganado y la hierba y donde algún bertsolari improvisaría algún verso en euskera, recordaba el ritual solsticial de ayer. Como pasado representante del trono del Rey Salomón, recibí de manos del actual venerable anciano la espada grabada con mi nombre, signo de fuerza en el trabajo y de defensa de justos ideales. Recordaba el largo recorrido que durante años albergaba los secretos de la construcción del buen hacer, la nobleza de corazón y las dificultades que todo camino entraña. Las mismas que los antiguos campesinos sentirían en sus carnes a la hora de levantar esas empalizadas y construcciones de piedra pura en valles y montañas del Pirineo.
Recordamos a todos los pobres constructores que pudieran vivir en la desolación del espíritu, esparcidos por las superficies del mar, de la tierra o el aire, rogando por un rápido alivio a sus sufrimientos y el pronto regreso a sus países de origen si éste es su deseo.
Tras el ritual sagrado, la magnanimidad autorizó el comienzo del festejo profano. Aproveché para despedirme hasta otra nueva ocasión y retirarme a la habitación del hotel que gentilmente me habían ofrecido. Allí descansé algo mientras recordaba el ara donde flameaba la llama sublime, imagen de una existencia laboriosa y fecunda. Recordaba el aroma como representación del perfume que se desprende de una vida consagrada al Bien, renovando en ese momento las promesas que hemos hecho de perfeccionarnos.
La luz volvía a nosotros en el ritual, saludando paganamente al rey de la Creación y a su obra más bella. El ígneo Sol, el magnificente dispensador de mágicos colores, de aromadas flores, de sazonados frutos, de alegres ninfas, de esplendorosos cielos y vívidos rayos que lo mismo envía su luz fulgurante al indigente o al potentado, a palacio o a la más humilde choza, dando vida a todo con su calor benéfico. Símbolo grandioso de toda libertad, igualdad y fraternidad.
Y esta mañana, cuando me alejaba de las tierras catalanas, de los valles de Lleida para atravesar montañas cubiertas de nieve dirección norte, miraba en el recuerdo las nubes de la mirra sagrada que subían unidas, como nuestras aspiraciones de saber, como nuestros anhelos de virtud, de amor, de verdad. Atravesando ya los hermosos montes de Aralar, ya en tierras navarras, hacía el balance en el seno de mi consciencia sobre las obras de este tiempo.
Así recordaba la ceremonia de consagración del Fuego Sagrado en el solsticio de invierno mientras llegaba a la frontera con Guipúzcoa, atravesado por el valle de Leizarán, al bello pueblo de Leitza. Allí esperaban los viejos amigos Manu y Aitziber con la grata sorpresa de un embarazo que me llenó el alma de gozo y alegría. Compartimos unas ricas lentejas y luego los paseos por el monte rodeados de agua y fría nieve. A media tarde, de nuevo en ruta hacia Artaza donde el bueno de Koldo me esperaba con un vaso de leche y galletas y mucho, mucho trabajo para seguir rumbo al futuro.

Qué hermoso es el invierno también.
Ya pasado mañana los días empiezan a crecer.
La vida nos deja sus regalos.
Más cuando estamos atentos.
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