Amanecí en Artaza tras unos días eremíticos en casa de Koldo con el que compartía desde la más absoluta sencillez y armonía unos momentos muy gratos de trabajo conjunto. Tras despedirnos y seguir ruta pirenaica por el norte de España, traspasé Navarra hasta llegar a Huesca, a la comarca de Ribagorza. Hace poco, cosas del destino, estuve allí mismo, en el templo budista de Panillo, cerca de Graus, durmiendo entre sus montañas y meditando sin recordar muy bien como había llegado hasta allí, de donde venía y adonde iba.
Hoy llegué al mismo lugar pero con la intención de conocer uno de los cientos de pueblos abandonados que aún sobreviven en nuestra península Ibérica.
Llegué de nuevo a Graus tras una interesante conversación con Koldo sobre las ecoaldeas, motivo ellas de mi tesis doctoral. Recordé que un buen amigo había comprado uno de esos pueblos abandonados y sentí curiosidad por visitarlo de camino a Barcelona. En Graus entré en un bar para comer un riquísimo bocadillo de tortilla de patatas con cebolla. Mientras preparaban el menú, pregunté como se llegaba a la aldea abandonada. Las indicaciones fueron precisas porque pude llegar hasta el comienzo de la pista, aparcar el coche y empezar una caminata de una hora hasta el lugar preciso. Tras subir por una pendiente prolongada a los pies del monte Calamoc, llegué por fin al lugar abandonado, previo saludo de un zorro que posaba tranquilo en el camino de acceso ya casi inexistente.
Las sensaciones eran increíbles, especialmente por pasear solitario por un lugar que antes había estado habitado por personas, por humanos de carne y hueso con sus historias y sus vidas. Abandonado desde los años setenta, esa aldea había estado habitada hasta por más de ochenta personas a principios del siglo XX.
Lo primero que busqué fue la iglesia medio derruida. La ermita de San Valero, datada en 1725 en la puerta frontal, esperaba paciente mi visita. Pude entrar a duras penas entre zarzas y derrumbes y la pude consagrar con un pequeño ritual donde reconstruí una cruz improvisada en una losa caída. De nuevo la necesidad de reconstruir, de recordar. De nuevo la intensa admiración por esa historia tangible en las piedras del lugar. De nuevo sensaciones que me trasladan a otro tiempo, a otro mundo, a otro espacio.
Cuando el sol empezó a caer sobre las montañas, regresé pausado hasta el coche algo cansado pero feliz. Me despedí de las montañas y de los pueblos abandonados y de los sueños lejanos y seguí el viaje hacia Barcelona.
La piedras son piedras u nunca tiempos pasados mueven montañas, siempre esta nuestro presente y futuro de ahi a la eternidad.
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A mí me ha causado, desde siempre, gran pena que haya en Aragón tantos y tantos pueblos, preciosos y en unos lugares bellísimos, deshabitados. Algunos vuelven a renacer, estar vivos, de una manera u otra, bien porque los han restaurado y sirven para algún fin, como comunidades budistas que tú apuntas y otros comprados por personas, a nivel privado.
Pero otros tantos caen en el olvido más absoluto, derruidas sus casas de piedra y silenciosos testigos del éxodo humano a las ciudades …
No es casual que en uno de ellos, esos pueblos perdidos sin habitantes, se inspirara Julio Llamazares en «La lluvia amarilla» …
Mil gracias, Javi, por el bello y evocador texto.
Feliz Navidad para todos.
Un abrazo.
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