Relacionando cosas y momentos


Esta mañana me he cruzado con mi vecina de Iowa. Hace poco que se ha instalado tres casas más abajo y siempre me preguntaba el porqué una persona de tan lejos elije un lugar tan perdido como este para vivir. Todas las mañanas se va a correr por la campiña o el monte. A veces me la cruzo en algún camino perdido o paseando con sus hijos made in USA. Quizás en Iowa ahora haga mucho frío mientras que aquí, en el sur andaluz, aún podemos pasear sin abrigo y disfrutar del sol y el cielo azul.

Cuando alemanes e ingleses se instalan en estas tierras siempre lo argumentan de la misma forma: por el clima. Paradójicamente yo vivo aquí, pero me encanta el clima del norte. Quizás por eso me sentía como en casa en las llanuras y los profundos bosques alemanes, alimentando las chimeneas de la granja de caballos y paseando al viejo perro Nikodemos mientras se cruzaban zorros, grullas y ciervos. Me sentía feliz en ese estado semi salvaje, sin un exceso de preocupaciones excepto las del día a día.

También esta noche he recordado mi viaje a Dinamarca y Suecia y Noruega de hace unos años. Lo he reproducido en sueños, porque recuerdo que fue por estas fechas. No sé porqué después de tantos años aún hay situaciones que impactan tanto en el subconsciente. No es importante, pero uno siempre siente cierta añoranza de situaciones específicas, de lugares, de personas, de momentos únicos e irrepetibles.

Alguien me decía hace poco que la vida es relación. La contundencia venía de una frase que me impactó: “las personas que se relacionan de manera negativa están más vivas que las persona que se relacionan poco”. La ausencia de relaciones, disfrazada de una falsa serenidad, es mucho menos valiosa por lo tanto que el estar metidos en cientos de fregados de los que a veces sales escaldado, dañado o asfixiado. Ahí al menos hay vida, atracción, experiencia, aventura. Por eso ahora, con el paso del tiempo, puedo recordarlas, e incluso soñar con ellas.

Estos días donde la única relación que tendré será con los perros y los objetos inanimados de la casa habrá tiempo de seguir soñando con las relaciones, aunque duelan, aunque se sufran, aunque supuren. Las relaciones puras y armónicas solo pueden nacer de personas puras y perfectas. Las nuestras, las de los mortales imperfectos, producen cosas imperfectas como dolor, rabia y sufrimiento.

En todo caso, la capacidad de relacionarnos dependerá siempre de nuestro grado de consciencia. Los que se atreven sin miedo, involucrándose a fondo, sin cobertura protectora que los aísle en contra de las experiencias y los sentimientos, estos aman, porque se permiten amar gracias a una despierta voluntad interna y una buena disposición para hacerlo. Luego vendrán las respuestas, las experiencias, pero si hay relación, habrá vida, mucha vida.

Por eso me gusta ver como mi vecina de Iowa se relaciona con sus hijos, con su marido, con el bosque, con los caminos, con el entorno que ha elegido para vivir, con sus vecinos. Sin conocerla, se nota que es una mujer viva capaz de expresar esa vida en su América de origen o en la vieja Europa de sus ancestros. Esa percepción vital me parece fascinante…

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