Quiero ser árbol


Ayer pasé la noche en palacio. Llegué y cenamos en familia. Me gustó recorrer entre olivares y bosques los kilómetros que separan las puertas del pequeño reino del centro neurálgico donde se refugian príncipes y princesas. La casa seguía espectacular, inmensa, exagerada. Jamás un hombre solo podría abarcarla en una sola vida. Y esa es solo una de las casas, quizás no la más grande. A veces tanta riqueza me abruma. Especialmente estos días que ando escribiendo el prólogo sobre una de las obras del príncipe ruso Kropotkin. A veces tanta exageración me resulta extraña.
Pero ayer había cierto aire acogedor, festivo, familiar. Nos reunimos alrededor de la inmensa mesa redonda, como los caballeros de la tabla. Hablamos hasta altas horas de lo humano y lo divino. Mientras hablaba con su hijo sobre la vida eremita que ambos llevamos últimamente, me gustó el recuerdo de la sobrina, cuando con risas cómplices recordábamos aquel tiempo en que dormía en la casa de Madrid y nos levantábamos lagañosos para desayunar juntos. “Desde que te fuiste a vivir a la embajada ya no te vemos por allí”, decía. “Ya no vivo en Madrid, he vuelto a La Montaña”, le contesté casi susurrando. La vida en palacio… en los palacios… Eran otros tiempos…
Las explicaciones siempre inteligentes y geniales de “el jefe”, como cariñosamente le llaman, nos hacían reír sin parar sobre asuntos que no hacían nada de gracia por su relevante importancia. Los nietos pronto fueron a la cama porque esa era la gran noche. Al acostarme recordé la última vez que estuve allí. Miraba los grandes cuadros de la habitación. Miré mis venas y se veían azules al trasluz. Sangre azul, pensarían en otra época… Una costumbre muy española para diferenciar a los nobles blancos y pálidos que tenían origen visigodo de los que, de piel más oscura, provenían de origen moro. El palacio, los palacios…
Por la mañana, temprano, el gran árbol de la vida estaba esperando. En sus ramas colgaban esos destellos de luz que representan las almas individualizadas, pero unidas todas por la sabiduría natural, por los hilos de la vida. En su copa, una gran estrella que iluminaba todo el espectro, representando la fuente de luz, el principio y el fin de todas las cosas, el alfa y el omega. Debajo, cerca de las raíces, allá donde termina el tronco visible, los regalos. En la simbología mística, representan los bienes espirituales, los valores, los propósitos, los anhelos del alma.
Los niños vieron asombrados como los magos se habían cenado los bizcochos y sus camellos habían bebido el agua dejada la noche anterior. Empezaron a desenvolver los regalos uno a uno, con la emoción contenida. Mientras lo hacían, cientos de recuerdos se amontonaron de repente dentro.
Hoy regresaba por montañas y valles a casa, al refugio, a la cueva, mientras me despedía de palacio. Precipité la salida porque al mediodía tenía invitados para comer. Y llegaron puntuales cuatro bellas almas con las que, paradojas de la vida, compartimos las enseñanzas del árbol. Primero comiendo en el jardín, algunos en manga corta del calor que hacía en pleno enero. Luego paseando por el bosque, adentrándonos en sus secretos y visitando lugares perdidos. De regreso, empezamos a leer algunas enseñanzas del maestro Tibetano DK, las cuales iluminaron una interesante charla sobre el árbol de la vida que terminó en una meditación profunda y una comunión muy especial entre todos. Nos miramos a los ojos. Reconocimos en ellos la chispa radiante que ilumina cada rostro. Nos abrazamos y se fueron felices, muy felices. La magia actuó, y los intervalos produjeron su efecto.
Y ahora aquí estoy, de nuevo solo, en este silencio casi sepulcral. En mi escritorio, que es ahora mi palacio. Desde aquí dibujo nuevos reinos, imagino princesas y caballeros de la triste figura. Aquí tengo mi lápiz, mi papel, mis libros. La luz de la lamparilla ilumina solo el espectro más inmediato. Es suficiente. No necesito más. Aquí está todo.

5 respuestas a «Quiero ser árbol»

  1. Felices Reyes Javier…
    Cada día estoy más convencida que eres mágico y tú magía la expandes por toda la casa, de ahí que cuando «vivimos allí», todos salgamos impregnados de ella y deseemos compartirla con el mundo…
    Un abrazo apetuñao querido amigo…

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  2. Como escribió Umbral, a propósito de la torpe salida del ministro Corcuera, «Hay que haberse ido de muchos palacios y de muchas mujeres para saber irse. Incluso, hay muertos que se van mejor que otros».

    Tener cierta práctica no es malo.

    Un abrazo.

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  3. Como escribió Umbral, a propósito de la torpe salida del ministro Corcuera, «Hay que haberse ido de muchos palacios y de muchas mujeres para saber irse. Incluso, hay muertos, que se van mejor que otros».

    Tener cierta práctica no es malo.

    Un abrazo.

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