Emigrantes peregrinos


Hoy ha sido un día de anécdotas. Como la vecina que lloraba porque era una pena, según decía, que un vecino tan bueno le pasara todo esto y se tuviera que marchar. O esa otra persona que puso un precio a un taburete –diez euros- y luego descubrió que valía tres euros menos y reclamaba la diferencia después de haberse ahorrado casi más de 500 euros en todo lo que había solicitado. En fin, ha sido un día donde ha habido de todo, cosas buenas y cosas menos buenas, pero que siempre nos ayudan a calibrar la calidad humana, la altura de miras y la sensibilidad de unos y otros.
Pero hay dos cosas que verdaderamente me han impactado y que acompañan este texto con sendas fotos. La primera era algo que intuía. Sabía que antes de marcharme vendrían, volvería las oscuras golondrinas. A dos luces, al atardecer, llegaban las primeras felices por ver que sus nidos seguían misteriosamente ahí, en el mismo sitio. Todos los años, desde que he vivido aquí, he intentado defender la permanencia de los mismos porque era algo increíble ver y sentir el vuelo de estos pájaros. Y han querido venir un poco antes de la primavera para despedirse con una hermosa bienvenida que he podido captar al vuelo.
La segunda imagen me ha impactado de forma significativa y profunda. Bajaba las escaleras hacia la oficina cuando “Le Petit Editor” abandonaba la que ha sido su casa durante tres años. Desde abajo veía su silueta con su maletín y su viejo ordenador. Su cara triste tras una noche sin dormir Dios sabe porqué. Ahí, en su particular templo ha aprendido cosas, lo escuchaba reír desde arriba a altas horas de la noche mientras disfrutaba de su particular vida. Un pequeño hombre sabio que se queda huérfano en un pueblo donde eso de la sabiduría es producto de la locura o la enajenación, por eso no se valora ni se aprecia. Raro será si no lo queman en algún palo mayor, por raro, por inteligente, por amable y buena gente. Quizás algún día alguien le grite, como una vez a mí me gritaron, “¡vete de aquí hijo de emigrante!” Él vivió en primera persona esa anécdota de un julio de muchas calores como dicen por aquí abajo. Un julio inolvidable que quiso ser un aviso para navegantes, porque al final, entre unas cosas y otras, el peregrino ha tenido que abandonar esta tierra con la dignidad de una errante golondrina.
Así que hoy trataba de eso, de unos que vuelven, las golondrinas, y otras que se van, los peregrinos del espíritu. Qué todos tengan un feliz viaje de regreso a su morada interior si ese es su deseo.

4 respuestas a «Emigrantes peregrinos»

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