A un padre


Pasa algún tiempo hasta que trasciendes la adolescencia, entras en la madurez y con el paso del tiempo y la tranquilidad de la experiencia, logras reconciliarte con tu padre, y de paso, con tu árbol genealógico. Los «yoes», que no son más que los ancestros que aún dominan nuestra vida desde el inconsciente colectivo, aún mandan sus órdenes y aún dirigen nuestros designios. El «yo» individualizado intenta cierta rebeldía cuando queremos demostrar que somos algo soberano e individual. Pero luego, cuando conseguimos desligarnos de los lazos familiares para emprender nuestra propia vida, nace un sentimiento hermoso, de agradecimiento, de humildad, de generosidad hacia los que nos precedieron, hacia todas esas generaciones que sobrevivieron a hambres y guerras y todo tipo de infortunios hasta que llegó nuestro turno. Todo es una cadena de transmisión de cultura, de lengua, de sentimientos, de amor, de cariño, de coraje, de sabiduría, de tecnología, de abrazos, de penas y amores, de humanidad. Cada generación es responsable de esa cadena de unión que nació en los lejanos tiempos y que nos ha de llevar de regreso hacia las estrellas más lejanas. Por eso, GRACIAS a todos los padres que despiertan en nosotros, los jóvenes de este tiempo, las ganas y las ansias y el entusiasmo de seguir completando con nuestro eslabón la cadena humana. Gracias padre por haberme dado parte de tu vida y por haber entregado de forma generosa todo ese bagaje familiar y ancestral que ambos, tú y yo, andamos puliendo y mejorando.

Una respuesta a «»

Deja un comentario