La substancia de las cosas que no se ven


Siempre hay una sombra que va con nosotros. No tiene nombre, ni rostro. A veces se expresa de forma brusca, otras de forma inocente. No tiene importancia. Está ahí, la reconocemos y la aceptamos. Es solo un vehículo que nos transporta y a veces, incluso nos alivia. Otras nos juega malas pasadas, nos posee de forma intolerante y nos arrastra por los musicales senderos de la selva oscura.
Cuando vivimos en la tierra resulta difícil convertirse en ave, en nube o en viento. De hacerlo corremos el peligro de quedarnos solos flotando en las neblinas del pensamiento, alejados de la sombra, de ese nuestro desconocido que va con nosotros, de ese doble juego que se inyecta en la vida, pero que en verdad, es triple, porque la tumba, el soma, siempre requiere de un puente que nos conecte al nous, al espíritu. Le llaman alma, mensajero, mediador. Nos arrastra hacia abajo para luego empujarnos súbitamente hacia las más extensas llanuras de lo alto. Y cuanto mayor es la luz que soporta más grande se hace la sombra, el eterno desconocido que va con nosotros.
Cuando los antiguos decían eso de conócete primero a ti mismo y luego a Dios se referían a esa doble vida, que también es triple, como la sagrada triada. Cuando miramos los acontecimientos bajo el impulso de los musicales senderos, creemos entender algo, muy poco, de todo cuanto nos rodea. Pero sólo son bondades de la inocencia. Hay tanta complejidad ahí fuera. Es tanto lo que ignoramos de las extrañas oquedades de la vida. Los grimorios y el pentáculo nos advierten continuamente. La luz ilumina nuestras cegueras, pero no son capaces de abarcar todo el conocimiento. Nada puede contener esa asfixiante necesidad de comprender más que las ganas irremediables de ser inmortales para algún día, ser conocedores de todos los misterios. No sé si la vida nos reservará esa sorpresa. El hombre, en su ignorancia, necesita creer, porque la fe es la única herramienta que nos permite hallar luz en la oscuridad y consuelo en la tragedia.
Quizás la finalidad de todo este afán de búsqueda no sea otro que el despertar a una intuición superior, a una fuerza mayor capaz de perfeccionar nuestro cuerpo y hacerlo puro, capaz de contener estable nuestros efluvios astrales, nuestras emociones y capaz de controlar con firmeza todos nuestros pensamientos y deseos. Entonces, quizás podamos manejar sin peligro y utilizar inteligentemente nuestras verdaderas e infinitas facultades para ayudar a la raza, al mundo, a la Obra.
Aún estamos lejos del mundo de los significados y los arquetipos. Pero cada día estamos más cerca de la comprensión de nuestra sombra y sus mentiras. La ignota lejanía nos acerca, valga la paradoja, a los expertos en la vida del alma. Que sean ellos los que experimenten la gran transición y reemplacen toda nuestra tosquedad. Que sean ellos los que nos empujen hacia el absoluto valor, hacia la fe, esa substancia que nos muestra las cosas que no se ven.

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