Hacer la revolución puede cansar, sobre todo si la llevas haciendo desde los quince años, si has estado cuatro años en caza y captura por insumiso, si has colaborado de forma voluntaria en ciento y una causas desde muy pequeñito. Recuerdo que con diez o doce años montamos una especie de grupo ecologista llamado «El Lince» y nos dedicamos a poner nidos de pájaros en los árboles que había junto al río. Luego creamos otro grupo, ya más adolescentes, que llamamos «Flores de asfalto», también de talante ecológico. Hicimos muchas reuniones y alguna actividad, pero todo quedó en la anécdota… Y luego la Cruz Roja, y Caritas y … Son tantos años de activismo que el otro día, en la manifestación por Madrid le decía a Pilar, una joven entusiasta que gritaba indignada como nadie que la revolución es lenta, porque siempre debe empezar por nosotros mismos, reconociendo nuestras miserias como humanos, y esta, tal y como decía en el libro «Creando Utopías», dura toda una vida. Y te das cuenta cuando te miras al espejo y ves al humano real, y no al ideal que siempre perseguimos, y lo vemos agotado, temblando, errático, patético. Cuando el otro día llegué de madrugada a casa tras enfrentarnos a los policías por los que estábamos allí (se lo dije a un policía cuando me increpó diciendo: «tú que eres el payaso del grupo» y le contesté, «no, soy un ciudadano que está aquí por vosotros, los funcionarios»), me sentí un poco estúpido ante la paradoja. ¿Qué hacía yo de nuevo, a mi edad, metiéndome en líos, defendiendo a funcionarios que solo se acuerdan de lo social cuando tocan su ombligo y que encima te lo agradecen, como hacían los polícias, a base de golpetazos? Por un momento me sentí ridículo e idiota. Así que al día siguiente nos fuimos a dar un paseo por la Sierra de Gredos para intentar reflexionar. Pero la cara de idiota me duraba aún, así que entré en cierto estúpido autismo y no paré de dormir en todo el fin de semana. A veces es mejor apagar la máquina y vagabundear por el mundo de los sueños todo cuanto se pueda. Si no fuera por eso, la realidad se haría insoportable.

Bonito sitio para recargar pilas si estas están un poquito gastadas de tanta lucha, pero hay que seguir, no podemos ni debemos pararnos… Aunque también me pregunto que hago revindicando a la vida mis derechos que otros me han quitado… Pues ahí estoy «protestando» a mi manera…
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¿Protesta o acción? creo que no hay que descuidar la última. Parece haber un error en el hecho de intervenir en el ente social como si fuera algo diferente de nosotros. Si lo hacemos así uno corre el riesgo de dar más importancia a cambiar lo de fuera en vez de cambiarnos a nosotros mismos. Nosotros somos realmente las partículas que componen la sociedad. Creo que si la acción es una mera protesta y acaba ahí, se repetirá perpetuamente el patrón. De hecho el término re-volución tiene su origen en «volver al punto de partida y comenzar de nuevo». Era un término que originariamente se empleó en astronomía para describir los movimientos celestes.
El cambio es otra cosa, no tiene que ver nada con repetir, tiene más bien que ver con comprender una situación y termirar con ella para siempre. A partir de aquí surge algo nuevo. Basar la acción sólo en la protesta no tiene mucho sentido, en cambio «hacer» algo porque vemos claramente un error (sin esperar un resultado) no tiene porque cansar, al menos la mente.
¿Que piensas al respecto?
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La buena compañía y le descanso, reponen nuestras fuerzas.
Preciosa foto, por lo que se ve y por lo que se intuye.
🙂
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